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La paz en sí

La paz en sí

Cuando en el mundo aparecen determinados conflictos bélicos y los medios de comunicación nos llenan de sus noticias escabrosas, manipuladas en muchas ocasiones, bombardeando, tal como los “malos” en la batalla, con hechos in situ que juzgan indirectamente unas u otras acciones, informando (?) de que atentan contra algo (siempre “contra”), la palabra paz se alía con su antónimo guerra inexcusablemente.  De tal manera que en el imaginario colectivo se asume la idea de que la paz es la ausencia de la guerra.  Y no es esto, no es esto, Ortega y Gasset dixit.

Que la guerra, como antónimo de la paz, es un negocio lo tratarán en este monográfico personas con más capacidad valorativa que quien suscribe.  Igual ocurrirá con el argumento de que la paz es consecuencia de un equilibrio de fuerzas, o del triunfo del poderoso que es magnánimo y dictador en su conquista, o de la rendición condicional o incondicional del más débil.  Casi siempre, en estos dos últimos casos, habrá muertos sobre las calles y terror en los corazones de los pueblos.

Nuestro devenir como raza durante miles de años se transcribe con referencia a las guerras y sus consecuencias.  Así, esa paz antónima de la guerra apenas dura unas temporadas, por mucho “tratado” que la ampare.

Pero la paz va más allá de la ausencia de la guerra.  Esa paz forzada repercute en el dolor de las gentes, circunstancia que puede sembrar un germen alimentador del próximo conflicto bélico.  Recomiendo la película “La cinta blanca” (2009), en la que Michael Haneke muestra las acciones intrahistóricas en el pueblo alemán que permitieron la extensión de la violencia fascista con la colaboración, el acuerdo o el silencio de esas gentes. Y también “La ola”, novela de Tod Strasser y película de Denis Gansel, que cuenta un experimento en un colegio para mostrar hasta dónde puede llegar la crueldad humana.  En las dos historias, no hay guerra, pero tampoco paz.  Se trata de la propagación de la violencia, de la represión y de la agresividad desde un poder que genera individuos adocenados por el miedo; un poder que maneja los bajos instintos de la superioridad mediocre y de la supervivencia biológica, como por ejemplo el racismo, el machismo y otras fobias y discriminaciones sobre colectivos diferentes a los que pretenden imponer la supremacía.

Desde lo racional, las formas de impedir que el ser humano descienda a sus profundidades más instintivas son la educación y la formación, acciones de alta solidaridad que se deberían aplicar, si existiera la ética en los gobernantes, desde el poder con base igualitaria.  En algunas épocas, en algunos países, se ha conseguido implantarlas de esa manera, y son innegables los avances en integridad y moral, que se ven reflejados en leyes y organizaciones sociales que los promueven y colocan en alto valor.  Entonces nos llaman seres civilizados. Cada vez son menos los países o entidades que las aplican bajo la ética, incluso la contradicen con medios más sofisticados desde lo tecnológico y desde lo psicológico.

Existe otro punto de partida, que es también de llegada, con más profundo calado y que, por ello, también ha sido profusamente tratado, aunque desde una visión más etérica, menos densa: el interior, esa difusa parte del ser humano que no se define por huesos, nervios, músculos, humores, órganos o vísceras, sino por conceptos borrosos como el alma, el corazón, la trascendencia o la espiritualidad.  Así que hablaremos de la paz interior como la generada desde la individualidad, con capacidad volitiva para decidir el propio estado del ánimo, que busca la serenidad.  La paz interior tiene que ver con el amor, la felicidad y la calma que llevan a una observación diferente de la realidad.

La diferentes religiones y prácticas espirituales se han dotado de herramientas que buscan esa serenidad mediante la conexión con un espectro divino o sagrado: un Dios, el cosmos, el universo, el atmán… Se logra a través de la oración, la contemplación, los mantras o la meditación. Esta última, procedente de las religiones orientales, se ha extendido por Occidente, a través del yoga en un principio y otras prácticas después, como el divulgado mindfulness o la MT (meditación trascendental).  Aparte de su valor espiritual, adjudicado por quienes así enfocan su existencia, es innegable su capacidad para aquietar la mente y predisponer el ser a la serenidad, paso imprescindible para la paz interior. Y esa serenidad, ese apagón de la mente se desliga del ego y así el doctor David Hawkins, pisquiatra estadounidense y estudioso de la consciencia, afirma: “Las grandes guerras y los desastres humanos que se prolongan durante siglos son el resultado de los grandiosos planes del ego para involucrarse y marcar la diferencia, desde Genghis Khan hasta Karl Marx, y desde Adolfo Hitler hasta los terroristas de nuestros días”.

Maharishi Majesh Yogi, gurú religioso indio, se hizo famoso en Europa porque su práctica denominada Meditación Trascendental fue nombrada y difundida en su momento por los Beatles, así como años después por el cineasta David Lynch.  Existen multitud de fundaciones, instituciones y centros que no sólo practican y extienden la MT, sino que han realizado estudios de impacto de ese tipo de meditación.  El más famoso, llevado a cabo en 1993, en el distrito de Columbia de Washington, con rigurosos controles de aplicación y recopilación de efectos, concluyó que los delitos violentos descendieron un 23 por ciento en el tiempo en el que varios meditadores centraron su práctica en aumentar la armonía y reducir la tensión en el distrito.  Han existido varios experimentos repetidos al respecto con resultados similares (y no solo de descenso de la delincuencia).

Es decir, trabajar en conseguir la paz interior, mediante esa y otras prácticas que contenga el objetivo tratado, influye en el entorno como un analgésico para los efectos que llevan a la agresividad, a la violencia y a la guerra.

Esa paz interior lograda como posición de liderazgo personal en los comportamientos cotidianos y trasmitida hacia un liderazgo social hace fácil deducir que iniciaría el camino hacia la paz global y permanente.  Ese podría ser el camino evolutivo.

Thich Naht Hanh, monje budista que fue propuesto en 1967 al Premio Nobel de la Paz por Martin Luther King, promovió estas prácticas a través de diferentes actividades.  Estos son unos versos publicados por él:

La Paz está en cada paso.
Este reluciente sol rojo es mi corazón.
Cada flor sonríe conmigo.
Qué verdes y frescos son estos campos.
Qué cálida es la brisa.
La paz está en cada paso.
Sigue la infinita senda de la alegría.

Se trata de conseguir como suma individual una evolución social marcada por la consciencia.  Ervin Laszlo, reputado científico y consejero del director general de la UNESCO afirma en su obra “El cambio cuántico”: “Debemos enfocar… el progreso hacia una civilización basada en la empatía, la confianza y la solidaridad, una civilización de Holos (holística, con visión global).  

 

Es la paz en sí.

(Publicado en revista Imán, número 32)

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