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Molintonia

Ayúdame a mandar bien, Capítulo IV

4.– ...corregir...

–Mi teatrito tiene tantas puertas de palcos como queráis: diez, ciento o mil, y detrás de cada puerta os espera lo que vosotros vayáis buscando precisamente.  Es una bonita galería de vistas, caro amigo; pero no le serviría de nada recorrerlo así como está usted.  Se encontraría atado y deslumbrado por lo que viste usted llamando su personalidad.  Sin duda ha adivinado usted hace mucho que el dominio del tiempo, la redención de la realidad y cualesquiera que sean los nombres que hayan dado a sus anhelos, no representan otra cosa que el deseo de desprenderse de su llamada personalidad.  Esta es la cárcel que lo aprisiona.  Y si usted, tal como está, entrase en el teatro, lo vería todo con los ojos de Harry, todo a través de las viejas gafas del lobo estepario.  Por eso se le invita a que se desprenda de sus gafas y a que tenga la bondad de dejar esa muy honorable personalidad aquí en el guardarropa, donde volverá a tenerla a su disposición en el momento que desee.

Hermann Hesse, El lobo estepario, Alianza Editorial, 1984

 

El capataz

Esperé al viernes con nerviosismo, tardaba en centrarme en mis cosas y la mente se me iba a todos los papeles que había recibido.  Llevaba una empanada soberana, con tanto lenguaje raro y definiciones voladoras.  Pero la intuición me decía que aquella reunión podía ser útil, muy útil, y no sólo para mandar en la empresa, porque al fin y al cabo, empezaba a ver más claro que ser jefe tenía mucho que ver con la vida cotidiana, con la relación con los demás.

Apareció sobre las nueve y media de la mañana.  Ya tenía el trabajo repartido entre mis empleados y sólo quedaba por allí un aprendiz que buscaba herramienta en el almacén.  Me había sentado en mi puesto y por inercia revisaba el test sin llenar que debería haber entregado a mis colaboradores.  Sentí nuevamente un vuelco en el estómago.

Me extrañó que no llevara corbata.  El chico casi parecía un aprendiz saliendo de juerga el domingo, aunque su carpeta de piel marcaba cierto nivel de lujo.  Nos saludamos muy contenidos, el ambiente parecía tenso, pero creo que los dos estábamos a punto de estallar con la tarea.  Simplemente preguntó: “¿Cómo estás?”, y sin esperar contestación, me propuso: “¿Te parece que salgamos de aquí?”.

No me podía imaginar que íbamos a salir a dar un paseo.  Cerca de la oficina hay un parque antiguo, con árboles centenarios.  Era mediados de abril, así que teníamos una mañana preciosa con un ambiente florido.

Esta vez no habló tanto.  Me preguntaba sobre mí, sobre mi deseo de ser capataz, sobre mi manera de ver las cosas del mando, de relación con mi gente, con mis jefes anteriores y actuales, sobre mi padre, mi abuelo...  Al principio, me sentí reacio a hablarle con sinceridad, pero Antonio tiene capacidad para escuchar, mira de una manera que te transmite confianza y le fui contando, más como si fuera una persona externa al trabajo que el consultor venido de la Central.  Nos sentamos a tomar un café en el kiosco del parque y tenerlo enfrente aumentó mi apertura.

Después de más dos horas, emprendimos regreso al tajo.  Cuando miré el reloj, me sentí algo culpable por haber robado ese tiempo a la empresa, pero enseguida lo superé porque al fin y al cabo también eso era trabajo, ¿o no?

Ya sentados en la oficina, me pidió:

–¿Me devuelves los papeles que te envié?

–No los he leído todos... y me parecen muy interesantes.

–Son un rollo... todavía.  Dámelos, yo los guardaré.

Le hice caso y, sin mirarlos, los metió en su cartera.

Se hizo un silencio incómodo.  Antonio miraba su agenda y yo no sabía qué hacer.  Al cabo de largos segundos, me dijo:

–¿Qué es ser un buen capataz para ti?

–Pues...

–No me contestes, contéstate tú, y no ahora.  Si te parece, yo volveré el viernes que viene.  Si crees que puedo ayudarte en algo, llámame.  Y cuando hayas pensado cuántas cosas te gustaría hacer para ser un buen capataz, elige una, sólo una, y comienza a aplicarla.

Tardé algo en contestar porque me sorprendió este párrafo de despedida.

–Bien, lo haré.

–¿Nos vemos el viernes entonces?

–De acuerdo.

–¿En el parque, a las diez?

–En el parque, a las diez.

Me quedé algo cortado, esperaba más.  Todo lo que había pasado me creó deseos de que me resolviera más cosas... no sé... que trajera una receta infalible, una varita mágica que me diera la solución a todas las dudas.

Ese fin de semana, le dediqué algunas horas a pensar en los deberes que me había dejado.  ¿Qué es ser un buen capataz?...  ¿Y yo qué podía saber?  Si precisamente eso era lo que él me debía contestar.  Antonio era el especialista, ¿no?  Además se había llevado los apuntes que ahora podían ser mi “chuleta”.  No, no era capaz de responder... 

Pero me rondaba la idea sobre qué me gustaría hacer con mi gente, o cómo quería yo que me viera la gente, o cuál era la misión que a mí me agradaría cumplir con ellos.  Y me puse a escribir cosas como éstas:

  • Ayudarles a que hagan bien su trabajo
  • Acompañarles en los tajos difíciles
  • Tenerlos bien atendidos
  • Que me respeten y respetarlos yo a ellos
  • Enseñarles
  • Poderles conseguir más sueldo
  • Que representen bien a la empresa

...

Y cosas así, muy desbaratadas.  Ponerlo por escrito me ayudó a tener las ideas más claras y me hizo coger algo de confianza.  Pero Antonio me dijo: elige una y ponla en práctica.  Ja. ¿Y cuál elegía?  ¿Y cómo la ponía en práctica?  Me puse nervioso y abandoné la tarea.  Recogí el papel en la cartera mientras me olvidaba “para siempre” de  la tarea.

Sólo de pensar durante la semana en esa cita me tensaba.  Supongo que era la sensación de no haber hecho los deberes, pero había algo más, no sé, me costaba pensar en el asunto.  No fueron unos días tranquilos, estaba enfadado, no me centraba en nada, continuamente me venía a la mente el papel... y llegó el viernes.

A las nueve ya estaba solo en la oficina.  No quise esperar más, me fui al parque, paseando toda esa hora intentando que los árboles, las flores y los pájaros me despistaran.  Recordé mis tiempos de colegio y me sentí como si el profesor fuera a castigarme con las orejas de burro frente a la clase, de rodillas y brazos en cruz.

Cuando vi el kiosco, apreté fuertemente los ojos y los puños.  Antonio ya estaba sentado en las mesas de afuera.

–¿Qué tal la semana, José Luis? –me saludó.

–Bien –contesté por cortesía.

El muchacho empezó a contarme su semana, muy distendido, con una media sonrisa que no supe si interpretar de satisfacción o de superioridad.  Yo esperaba en cualquier momento que me preguntara por los deberes, pero no lo hacía... y entramos en una conversación intrascendente que se fue a su infancia, a su adolescencia... y luego me preguntó por la mía, por mis hijos...

Volvió a conseguir que me relajara y que me abriera...  Así, en el momento menos pensando, me preguntó:

–¿Has pensado en lo que te dije?

Guardé silencio mientras él me miraba a los ojos.

–¿Estás tenso?

–No, –le mentí.

Lo hizo como un mago saca el conejo del sombrero.  Me supo arrancar todas las cosas que me rondaban por la cabeza... y le leí el papel.

–Elige una.

–La primera, –dije por decir algo.

–Está bien...  Y ¿cómo es eso de ayudar a hacer bien el trabajo?

–Pues no lo sé.

Dimos vueltas con varias preguntas y respuestas que me iban moviendo algo por dentro.

–¿Tienes miedo de no ser buen capataz?

¡Qué punzazo recibí bien adentro!

–No me contestes.  Lo hago yo.  Sólo por el hecho de dejarme estar contigo, ya demuestras que quieres serlo.  Y ser valiente no es no tener miedo, sino conseguir vencerlo.

Dejó otro silencio en el aire.

–Hiciste una lista.  ¿Por qué no haces otra con las cosas que significan para ti hacer bien el trabajo?  Ah, y si te animas, ponlas en práctica antes de que nos veamos, ¿vale?

Tenía toda la razón.  Enfrentarme de lleno a mi posición me daba miedo, un vuelco en el estómago y lucecitas por las alturas.  Era tan extraño reconocer esa sensación....  Pero me propuse conseguir la valentía que Antonio colocaba encima de la mesa.

Volví a hacerme una lista y allí salieron todas aquellas cosas que había ido pensando y que ya he contado al principio.  Mi parálisis las había escondido detrás de ese temor a mirar hacia la realidad.  “Tratarlos como me hubiera gustado que me trataran a mí”... éste sería el resumen.  Y siguiendo el consejo, me puse en el carril de “ayudarles a que hagan su trabajo bien”.

Tenía seis parejas a mi cargo y era imposible que atendiera a todas a la vez.  Tampoco era cuestión de irme con ellos para mirarles por encima del hombro cómo cogían los alicates o cómo hacían los empalmes.  Se trataba de encontrar la forma de hacer algo sin que se notara demasiado mi presencia porque así además preservaba mi auténtica manera de ser.

A veinte centímetros de mí se amontonaban los partes de trabajo del día anterior, muy desordenados, arrugados, cumplimentados de forma desigual...  Cogí el primero y... se encendió la luz.

Las ideas se me apelotonaron, empecé a mirar los papeles con exceso de interés, con nerviosismo y ansiedad porque intuí que por ahí se me presentaba el primer peldaño de la escalera.

Encontré posibles mejoras en el diseño, grandes en la cumplimentación, enormes en la ordenación...  Me pasé todo el día repasándolos, rediseñándolos, comprobando rutas, contenidos, prioridades... Luego fueron uno, dos, tres días.... hasta llegar a multitud de propuestas.  Ni corto ni perezoso, me planté ante mi jefe, le expliqué lo que había hecho y al final, sin pensarlo, le suelto:

–Tengo que preparar un curso para mi gente sobre las cosas del parte.

Encontré su apoyo, me animó a hacerlo, me dio sugerencias, aportó sus ideas... y mostró mucho interés en conocer a Antonio.

El viernes me fui al parque con todo el diseño, ya sin ese miedo, aunque con otro por lo de ser profesor, ¡yo profesor! y la conversación discurrió con mucha alegría, nos reímos... la tensión se había escapado y los ojos del muchacho brillaban más que las otras veces.

Mi jefe y Antonio estuvieron en el curso, presentaron algunas cosas y verlos allí atrás cuando exponía mi parte me hizo sentirme fuerte. Parece mentira que unas horas dedicadas a ese asunto puedan tener tanta repercusión.  Mejoramos el desarrollo del trabajo, los tiempos, las rutas y después de todo, mi gente se encontraba mucho más distendida, más organizada, menos agobiada... y subió la productividad.

Aquella fue la primera acción.  Me costó observar los resultados, pero se fueron dando poco a poco.  Los seguí con Antonio y las conversaciones posteriores, ya distintas, más concretas, más explicativas, menos conductoras me fueron abriendo un campo nuevo y emocionante.

 

 

El consultor

 

¡Pobre José Luis!, lo que le había tirado encima.  En el camino a la primera cita, reflexioné sobre mi actuación con él.  Habíamos tenido esa semana unas charlas sobre coaching, mentoring y liderazgo y me había quedado con una frase del monitor: “Nadie hace bien lo que no quiere hacer”.  O sea, que enseguida me vi como un perro de presa agarrándome al capataz para machacarlo con mis burdas teorías de las que ni siquiera tenía noticia de cómo se habían aplicado.  Le había mandado nada más y nada menos, entre otras cosas, datos biográficos de grandes líderes, tanto de empresas como políticos y militares... como si pretendiera construir en José Luis un líder mesiánico en lugar de un buen capataz.  Me sentí muy mal, avergonzado y asustado ante mi tarea que, al fin y  al cabo, yo había instigado con él.  La responsabilidad sobre el error cayó sobre mi cabeza como la lona de un circo. Trabajé la empatía y me imaginé pidiendo nociones sobre la clonación y recibiendo de un científico un camión de tratados de Microbiología, cien revistas sobre las investigaciones del ADN y un panfleto en sánscrito sobre las aplicaciones del carbono 14 en la Sábana Santa.  Recordé a un profesor que nos aconsejaba: “Pensad mucho sobre la conveniencia de enviar una carta.  Una vez en el buzón, ya no tiene retorno.  Su destinatario la leerá indefectiblemente”.  Dicen que el aragonés piensa bien, pero tarde.  Cuando reflexionaba sobre esto, hacía algunas semanas que José Luis recibió mi primer panfleto en sánscrito.

Tendemos a crear estereotipos, modelos, esquemas que nos autoconvencen de su infalibilidad.  Los “teóricos”, con cuatro viajes al campo y miles de horas de despacho, podemos llegar a creernos que alcanzamos la perfección, que quien no nos siga se arriesga a la condenación eterna.  Yo me había fijado mi prototipo de líder y estaba llevando a José Luis hacia él como quien acompaña a un reo al cadalso.  A pesar de la rebeldía innata que he contado, raras veces me había ilusionado con un proyecto.  Ser consultor de Recursos Humanos me estaba colocando en la ansiedad, ya quería cambiar el mundo con cuatro palabras y reprochaba a todos sus habitantes no haberse dado cuenta de que tenían la panacea al alcance de la mano.  Que me pregunten y verán cómo soluciono todos sus problemas.  ¡Qué soberbia!  Antes de subir al coche aquel primer viernes ya había decidido que intentaría llevarme aquellos papeles, que yo no era protagonista de nada, que José Luis debía descubrir y trabajar por sí solo, que yo no debía ser ni siquiera cauce para alcanzar su deseo.

En cuanto vi el edificio, decidí que no era lugar para charlar en el sentido que quería.  Al encontrarme frente a él, me regresó la vergüenza, casi no llego a saludarle.  Intercambiamos palabras amables y le propuse salir a dar un paseo.  Intuyo la cara que se le pondría por dentro, pero aceptó sin excusas. 

Fueron más de dos horas de escucha, sí, de escucha.  Nos sentamos en la terraza del kiosco del parque y sólo pregunté.  Tuve que hacer un esfuerzo grande para no “adornar” su historia con interpretaciones seudopsicológicas.  Adopté el rol que me habían enseñado en aquel curso de Consultoría Organizacional Modelo Tavistock, con el deseo de sentir, de entender, de percibir sus emociones, con la intención de comprender sus deseos, de comprenderlo a él, para, al final, decidir cómo le podía ayudar.

Al principio fue parco, le costaba contar... pero tenía ganas de explayarse, se contenía.  Intenté adoptar una posición de confianza, le miraba a los ojos con atención, incluso mentalmente le pedía que me hablara, que fuera soltando sus inquietudes.  Poco a poco, entró su historia... y yo con él.  Me removía serenamente mis deseos de superación, tuve que hacer esfuerzo para regresar de inmediato a sus palabras, porque cada uno de sus episodios conseguía transportarme a aquellos momentos en los que quise crecer de golpe y comerme el mundo.  Conocí a un José Luis sensato, comprometido con sus responsabilidades, crítico comedido hacia sus jefes y compañeros, humilde y lleno de valor humano.  Creo que entré tanto en su historia que olvidé para qué estaba allí.  Por eso, cuando desperté del ambiente creado, sólo pude proponerle una pregunta, la que implícitamente aparecía en las emociones de su relato.

–¿Qué crees tú que es ser un buen capataz?

Sé que le desconcerté, probablemente porque era la primera vez que alguien le dejaba con el problema en sus manos cuando esperaba una solución directa.  Y ¡cuánto me dominé para no dársela, para soltarle parrafadas sobre teorías adornadas, para aconsejarle haz esto, aplica aquello, observa lo de más allá!  Pero cumplí mi compromiso con las palabras del monitor que me hizo aterrizar.  José Luis se quedó con la sugerencia de apuntar sus opiniones y yo me fui con la sensación de no haber hecho nada.  Quedamos para el viernes siguiente... en el parque.

Mi semana estuvo agitada, no hacía más que reprocharme mi actuación, cuestionaba mi propuesta, nada pensada, que surgió casi en el último instante de nuestro contacto.  Estuve tentado de llamarle varias veces, pero pudo mi autocontrol y aguanté estoicamente hasta el momento de la cita.

Le propuse quedar directamente en el parque.  La noche de antes dormí mal, me desperté con una hora de adelanto, así que salí de casa muy pronto y di varias vueltas con el coche.  Reflexioné largamente sobre el encuentro que me esperaba, buscando respuestas para ayudar a José Luis.  Repasé decenas de imágenes inconexas, cómo nos conocimos, los envíos que le hice, la conversación con Alba sobre mi elección de personaje para la prueba, su silencio, charlas con mis jefes anteriores, con mi padre... una retahíla de pensamientos que no me llevó a ninguna solución.  Me sentí en el vacío, a ratos con ansiedad, a ratos con desazón y en un momento pareció que el mundo se me venía encima.  ¡Estaba asustado!, muy asustado, tuve miedo al fracaso, a no cumplir con mi tarea, a defraudar a José Luis, a Alba... a mí mismo.  Detuve el coche para evitar cualquier siniestro, coloqué la cabeza sobre el volante y suspiré muy muy fuerte.  En la radio sonaba Queen, “I want to be free...”.  Fueron segundos plenos de emociones, cosquilleos en los brazos, vértigo en el vientre... pero levanté la vista, allá al fondo estaba la entrada al parque, aparqué.

El kiosco acababa de abrir, lucía una bonita mañana de primavera, los árboles alargaban sus sombras y un ramillete de flores me sonrió.  Al pedir al camarero un café, al notar que tenía alguien enfrente que me escuchaba y me atendía, comencé a recuperar la calma.  Sólo pensé: “No tengo que hacer nada... entender a José Luis... lo demás vendrá”.

Apareció a lo lejos y le sonreí.  Cuando se sentó, me apeteció hablar y hablar, supongo que como defensa ante mi falta de argumentos.  Mirarle a los ojos me inspiraba contarle mi historia sin ningún pudor.  Lo hice con el mismo tono que él había utilizado en el encuentro anterior.  Creo que me surgió por intuición, pero resultó la mejor estrategia para sentirme como él.  Necesitaba esa empatía, ponerme en sus zapatos, acercarme por dentro a sus inquietudes.  Sentí que nunca había hecho un ejercicio como aquél, buscando mis analogías con su historia personal y profesional.  Hasta le hablé de Nuria, aquella novia psicóloga que criticaba mi falta de autoanálisis, mi impulsividad y repliegue ante los previsibles fracasos de mis proyectos.  En realidad, hablé para mí, estaba conociéndome frente a una persona casi desconocida y, en los momentos de vuelta a su rostro, me iba dando cuenta de que sólo necesitaba despertar con él de todos mis miedos  Entonces, me pregunté:  “Y si yo ahora temo, ¿también José Luis teme?”.  Me arriesgué a pensar que sí, que esas emociones que yo sentía en ese ejercicio intutitivo de empatía eran el reflejo de las suyas. Me vino la imagen de dos pajaritos caídos del nido que sólo pueden sobrevivir dándose calor el uno al otro.

Le pregunté por la lista propuesta el viernes anterior.  Cuál fue mi sorpresa cuando la sacó de su bolsillo y la comenzó a leer sin enseñármela, como quien se tapa un examen para que no le copie el compañero. 

Me asombró que José Luis hubiera seguido esa recomendación, porque se la lancé con muy poco convencimiento, sin haberla previsto, como una solución de última hora que pretende cumplir el expediente.

La aproveché proponiéndole que aplicara su primera opción, pero además me atreví a devolverle mi sensación de aquella mañana.

–¿Tienes miedo de no ser un buen capataz?

Aquella pregunta fue un descarga eléctrica... de alto voltaje.  Me asusté de su acogida y no le dejé contestar.  Quizá fui demasiado directo a su corazón.  Y quedamos para el viernes siguiente.

La semana me resultó mucho más distendida que la anterior.  Me había sentido reconocido cuando José Luis leyó su lista, a la que, en honor a la verdad, presté poca atención.  El impacto se produjo porque, al comprobar que mi sugerencia era cumplida y aprovechable, vi la luz dentro del túnel.  Además, aquella liberación de mis emociones me cargó de una energía nueva, me sentí más válido para mi labor de consultor, me sentí válido para otra persona como nunca lo había sentido.

Cuando regresé al parque, caminaba lleno de alegría, algo expectante por el resultado, pero con la certeza de que ese día podía ser revelador.  Es decir, que los árboles estaban más verdes, las flores, más hermosas y los pájaros, más cantarines.

El capataz llegó con una carpeta donde había recogido el trabajo de varias horas de dedicación a su idea.  Contenía una propuesta de mejora de proceso, que él llamaba “modificaciones al parte”, donde se incluían posibilidades de tomar decisiones,  documentos normativos, organizaciones de ruta,  rutinas de cumplimentación...  Mientras lo leía, estuve a punto de abrazarlo.  También a él le brillaban los ojos.  José Luis había volcado en aquella carpeta todo su saber acumulado en los años de trabajo y reflexión.  Y no sólo significaba que podía ser buen capataz para su gente.  Aportaba mejoras sustanciales en el desarrollo de la tarea, con las cuales favorecía el trabajo de sus colaboradores y optimizaba tiempos muertos, al delegar decisiones en cada una de las personas, incluso los aprendices. Sin esa intención previa, había enriquecido el trabajo con medidas de calidad, estaba dando más contenido humano y profesional a las obligaciones laborales de sus empleados.  “Por supuesto que eso significa un gran paso en tu labor de buen capataz”, tuve que confirmarle, y no sólo de capataz, sino que “acabas de realizar una labor de directivo”, si directivo es quien canaliza los procesos, dando más valor a los recursos a su disposición.  Y cuando me dijo que ya lo había hablado con su jefe, que había decidido preparar un curso para explicarlo, que me invitaba a trabajar con él, me esforcé tanto para contener las lágrimas... que estornudé.

Formamos un equipo comprometido.  Su jefe se entusiasmó con la idea y lo vi como candidato ideal para ser el próximo “conejillo de Indias” en mi labor.  Ocupamos más de dos semanas en preparar los contenidos, coordiné con el departamento de Formación su participación en el proyecto... en resumen, que logramos un producto redondo en el que José Luis fue el gran protagonista, el maestro en todas sus facetas.

Abrió primero el Jefe Técnico.  Tras algunos titubeos, José Luis tomó las riendas de la charla.  Me coloqué en la última fila del aula y desde allí le iba enviando miradas y gestos de asentimiento.  Actuó con seguridad, con dominio de la materia... y con emoción.

Después de esa primera convocatoria de las tres que iba a durar el curso, nos permitimos una celebración tan entusiasta que parecimos haber ganado la Copa de Europa.

Preparamos un seguimiento de aplicación para comprobar los efectos.  Me sentí tan eufórico que pensé calificarlo como el curso de mayor aprovechamiento de los impartidos en la empresa.  Pude dominarme en el informe, pero me quedaron ganas de enviarlo a la revista interna para presentarlo como ejemplo de buen hacer.

José Luis se reafirmó en su posición de capataz.  Adquirió ascendiente con el Jefe Técnico, que lo requirió para revisar otros procesos del área.  Y, sobre todo, empezó a entenderse como “bueno” en su cargo, al percibir que su gente subía en entusiasmo, que tenía ganas de aprender, que le preguntaban como experto... y casi como amigo.  Se sintió útil.

A partir de ahí, su camino se hizo llano y los siguientes contactos fluyeron como las aguas de un estuario antes de desembocar en el océano.

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