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Relatos

Severiano, el tenor

Severiano, el tenor

Severiano se ha vuelto loco.  Decididamente, está loco de atar.  Y tengo que hacer esfuerzos para creerlo, pero lo he visto, lo he visto y lo he oído.  Ramiro me lo había avanzado en la última reunión de exalumnos y, como siempre exageró con brutalidad, imaginé de sus palabras una historia imbécil para desprestigiar el carisma del buen Severiano.  Esta vez, Ramiro llevaba razón con su cuentecillo. 

Severiano y yo fuimos carne y uña durante trece años colegiales, amigos con las escapadas en bicicleta, con los primeros cigarrillos en los pinares y con las centraminas para empollar de un tirón el curso completo de Filosofía.

Mientras cursábamos los años del Bachillerato, Severiano simultaneaba las muchachas con el Conservatorio.  Quería cantar, ganarse la vida cantando, una utopía en su caso, pero bueno, ahí estaba, alegre, ilusionado y consciente de sus virtudes.  Timbre de tenor, presencia y dotes interpretativas le avalaban; su sentido musical, también; pero sus cuerdas vocales... sus cuerdas... más que cuerdas parecían hilos, y no de seda precisamente.  Resultado: ronquera profunda a la segunda pieza.  Como el Conservatorio estaba saturado y al profesor de canto no le gustaba escuchar voces mejores que la suya, Severiano sólo interpretaba un par de estrofas en los exámenes.  Lógicamente, alcanzó las mejores notas y su ego se idolatraba.  Comenzó a pensar en Pavarotti.

Con tan excelentes augurios, al terminar el curso preparatorio para la Universidad _ahí nos separamos_, quiso dedicarse al bel canto.  Morirse de hambre casi lo consigue.  Subsistió gracias a un amigo que le facilitó un bonito trabajo: vender números de rifa ilegal en las bocas de metro, lo que le reportaba beneficios, pues acompañaba el anuncio de la venta con notas de los coros de Nabuco.  Y de ahí nace su locura.  Me explicaré.

Un buen día, se le acercó un avispado empresario de corsetería, con ínfulas de creativo y sin nada que hacer en las tardes calurosas, para proponerle interpretar a Mefistófeles en un Fausto que llegaría a representarse en el Teatro Colón de Buenos Aires.  El amigo Severiano regaló a una ancianita los últimos boletos de la rifa y se abalanzó sobre el corsetero para besarle los anillos, los dedos, las orejas y los calcetines.  Acababa de alcanzar la meta soñada.  Tras dos días de ensayo, el drama se estrenó en el salón social de la fábrica de bragas del empresario.  Severiano triunfó, el público era un clamor, ni un solo espectador permaneció en su silla, se palpaba la exaltación del éxito.  Todos aplaudían, él pensaba que a su voz, al más ridículo traje de cuernos asimétricos y rabo enroscado jamás visto en un escenario.  En la gira posterior por las otras fábricas y los colegios del barrio, el triunfo se prolongó.  Las carcajadas ahogaban su afonía y el drama se convirtió en una comedia feroz: Fausto, en lugar de vender su alma al diablo, compraba estampitas de santos para ahuyentar a los vampiros.  Cuando el corsetero acudió a la última función de la primera gira, y corroborando su intención de llevar la obra al Teatro Colón o similares y no al Folies Bergère de París, no tuvo más remedio que acercarse al camerino de Severiano:  “Señor del Cacho, entiendo el éxito de la obra con este giro de la temática, pero, teniendo en cuenta que deseo representar el drama ante un público selecto, me veo obligado a contratar un tenor para el papel de Mefistófeles, puesto que un cómico no necesito”.  Aquello fue un noqueo fulminante.  Demoledor.

Ahora, Severiano vende números de rifa junto a las puertas del Congreso, vestido de Satán serio, colgado en un trapecio y entonando canciones de Joaquín Sabina, que no le producen ronquera.  De vez en cuando, sentencia: “Mientras busco a Fausto, quedaré suspendido en el espacio y en el tiempo, frente a un agujero negro de antimateria”.

Decididamente, Severiano se ha vuelto loco.

(Relato incluido en la antología "Voces con vida", de la editorial mexicana Semiotics)

Fusiles al alba

Fuimos grandes amigos, como solamente se puede ser en la infancia.  Todas las ilusiones caían en nuestras manos y fabricábamos un futuro de progreso y de justicia cabalgando sobre las bicicletas, jugando a los “montones” o preparando un partido de fútbol contra el barrio vecino casi enemigo.  No son tanto tiempo veinte años, y hace diez estábamos eligiendo en la ingenuidad de los dieciocho.  Carlos ya luchaba contra el sistema y justificaba la batalla con la bandera de la igualdad.  Entonces, me hacían gracia sus ideas, o si no sus ideas, que las más de las veces no entendía, sí la vehemencia de su defensa y el dogmatismo de su discurso.  Me las contaba encendido, exaltado por la imprudencia de la juventud...  Y no dejó de ser joven.

El patio de la prisión, silencioso, gris, desprendía una sensación fúnebre.  Los guardianes vigilaban por las galerías, unos desfilando con pie firme; otros, relajados, confiando en la solidez de los barrotes.  El cielo se vestía de un color perla que jugaba con la luz y la oscuridad para hacer inútiles los inmensos faroles del tejado.  La brisa del amanecer traía olor a muerte.

Carlos tenía fama de travieso, díscolo o gamberro, según quien juzgara sus actos; sus actos, que también eran los míos, porque los dos nos juramos, después de alguna película de indios, eterna amistad, hermanos de sangre.  Pero siempre tuvo marcado el estigma de la revolución.  No le bastaba con hacer travesuras, debía comunicarlas y defenderlas, sentirse guerrero en una guerra, ahora dudo si contra los demás o contra sí mismo, y cuando todo el mundo las conocía, cuando todo el barrio le nombraba en los corros del atardecer, jugaba a ser héroe, líder de unas masas fantásticas que arrastraba a la rebelión contra el sistema.  A veces le preguntaba:

_¿Qué sistema?

Y Carlos me agredía con la mirada autosuficiente de los iluminados:

_Ingenuo. ¿Qué sistema?, me preguntas.  Tu sistema, tu acomodo con lo fácil, con el dinero, con el sillón burgués.  Todo, todo está podrido.

_¡Eh, eh! _le frenaba_, que estoy contigo, ¿sabes?  No intentes acalorarme con tus mítines, ¿de acuerdo?

Y Carlos, enfadado, se alejaba de mí hasta el día siguiente, quizá porque yo era su amigo de la niñez...

Odiaba a don Francisco y un día, en su clase, el maestro quiso aplastar a los comunistas con una larga perorata tan encendida como cualquier arenga de Carlos.

_Este hombre es del sistema _me chistó al oído_.  Lo pagará, no imagina lo que le puede ocurrir.  Nos está engañando.

Don Francisco, tras las clases de la tarde, cayó por la escalera y pasó cuarenta días y cuarenta noches con la pierna derecha escayolada.  A pesar de que todo el colegio conoció por los pasillos al ejecutor de la venganza, nadie nunca tuvo valor para denunciar a Carlos.  Las canicas en el rellano compusieron su primera “acción popular” para el “encuentro con la justicia”.

Cumplidos catorce años separamos nuestros destinos por primera vez.  Los dos superamos la reválida, los dos con sobresaliente, y nuestras familias nos empujaban al Bachiller Superior.  Pero Carlos ya había escudriñado en nuestra caseta del río las páginas de “El Capital”, robado de la biblioteca secreta de un cura socialista, y decidió llevar la contraria a todo el mundo.  Quiso integrarse en el proletariado, y se hizo con un puesto en la fundición de la competencia de su padre.  Su padre, don Carlos, era el “asqueroso burgués”, enriquecido al amparo de los nacionales, con el estraperlo en la guerra y con los sobornos después, adicto al Régimen y miembro activo de la Falange.  Durante la infancia, Carlos le acompañaba a las reuniones y observaba, que no escuchaba, el estilo de su progenitor para ensalzar sus ideas y lograr el convencimiento y el aplauso fácil de la audiencia.  Una vez que decidió no acudir más, apenas tuvo relación con su padre sino para disputar agriamente sobre política y romperse la cara de mes en mes.  No comprendo cómo no le echó de casa.  ¡Un comunista hijo de un falangista!  Yo creo que don Carlos le aguantó porque, al trabajar para la competencia y enardecer a sus camaradas obreros, minó la productividad de la fundición y la empresa de don Carlos se situó a la cabeza del sector en solitario.  Y mientras yo me debatía entre el latín y las matemáticas, mi amigo sembraba el germen de la revolución.

En multitud de ocasiones, me hablaba de sus acciones, cómo arengaba a  los trabajadores, cómo preparaba atentados _ingenuos_ contra la fábrica y cómo embaucaba a su padre para que le protegiera de la policía política.  Había algo extraño que tardé en comprender: nunca intentó convencerme o arrastrarme hacia sus ideas, parecía que me guardaba en una urna sellada y que sólo hablaba conmigo para desahogarse, jamás para encumbrarse o enorgullecerse.

Años después, soy incapaz de sentir lástima por él; ni el silencio del patio, ni los rifles de los guardianes, ni las lágrimas de su madre, me causaban el estremecimiento lógico ante el desenlace. 

Mis notas brillantes en el Preuniversitario le obligaron a sufrir una leve vacilación.  Recuerdo en sus ojos una brizna de nostalgia cuando le comuniqué mi decisión de estudiar Derecho.

_Tú serás grande, Manuel _me vaticinó.

Dio la vuelta sin despedirse, y me dejó... hasta el día siguiente.

_Yo también voy a la capital...

Me alegró oírle así, pero...

_Ingresaré en otra universidad.  Allí, más cerca del poder, lo combatiré con mayor eficacia.  Me aguardan otros compañeros.  Está todo preparado.  Caerán.

_¿Sabes a lo que te arriesgas? _me atreví a prevenirle.

_Sé dónde voy a parar...  Manuel, es fácil que no volvamos a vernos.  No te conviene mi amistad.  Mientras dure mi padre, me salva mi apellido, pero tú serías blanco de una venganza contra mí.  Cultiva tu carrera y algún día tendrás noticias mías.

Supe que se escapaba para casi siempre.  Y sin despedidas, sin abrazos, sin más palabras que su sonrisa, me dio la espalda y se escabulló.

Tardé en saber de él.  Ocurrió como en aquella ocasión, en nuestra pequeña ciudad, cuando pululando por los caminos de los alrededores vimos un tumulto en una vieja casa abandonada y nos acercamos a paso quedo hasta descubrir una confabulación secreta de la oposición a la dictadura.  Si allí Carlos sembró su ánimo para la acción encubierta, en esta otra ocasión, descubrí el verdadero fervor de mi amigo por aquella causa.  Tres imberbes de tercero de Derecho, con americana de gales y cuello almidonado, sufríamos unas copas de más, y la desorientación nos llevó hacia las casas semiderruidas del casco viejo.  Oímos murmullos bajo el edificio más alejado de una calle sin salida.  El sótano respiraba por un tragaluz con rejillas enfangadas.  Mirándonos en silencio, decidimos buscar un resquicio por donde fisgonear.  De pronto, el murmullo se apagó, crujieron unas maderas y una voz surgió penetrante:

_¡Camaradas!, gracias por vuestra asistencia en este momento tan decisivo.  Os honra la valentía y no puedo menos que sentirme halagado por presidir este importante elenco de luchadores...

Hablaba Carlos, lo escuchaba después de tres años y sentí como si todo ese tiempo se agrupara en un segundo para recordar solamente su despedida.  No podíamos ver a nadie, pero en nuestra incipiente inquietud política, abríamos los oídos a lo que pensábamos sería una página de la historia.  Aguantamos helados de frío hasta cinco minutos antes del cierre del colegio mayor, y, en esa larga hora, Carlos se enfebreció, haciendo apología de la libertad y del comunismo, incitando a la lucha armada y a la rebelión con una pasión enardecida.  A cada frase, sus oyentes le jaleaban y poco a poco comenzaban a compartir el ardor de la arenga.  Lanzaba frases demagógicas, mencionaba acciones internacionales, refería artículos del periodismo extranjero... A la semana siguiente, la prensa nacional hacía una escueta reseña a la detención de cinco revolucionarios, acusados de promover movilizaciones en una fábrica de las afueras de la ciudad.  Carlos no aparecía entre ellos.

Mientras el sol se tornaba rojizo sobre el ala Este de la prisión, recordaba el rostro de mis dos compañeros de escucha, asustados y emocionados, deseosos de narrar su aventura, pero reprimidos por la imagen del Caudillo, que presidía cada uno de nuestros rincones habituales.  Se abrió el portón principal, y los guardianes dieron paso a un coche negro y a su escolta militar.  El director de la prisión se cuadró, mano derecha en alto, para saludar a un general plagado de medallas.

A partir del mitin del casco viejo, busqué contactos para recibir información sobre Carlos.  Supe que se había integrado en una organización terrorista y que le asignaban tareas de responsabilidad.  Quise entender las razones, pero, a pesar de comprender sus motivos, a pesar de compartir el rechazo por sus enemigos, sólo podía juzgarle como un fanático, como un exaltado en una imprudencia desmesurada.  Pero si mi Carlos no había cambiado, tenía la seguridad de que nadie guiaba sus pasos, de que era consciente de su camino.  Carlos había planeado su autodestrucción.

Los ciudadanos vivían felices con el seiscientos y la Seguridad Social; el aparato político se encargaba de ocultar las preocupaciones del Gobierno por los movimientos revolucionarios, pero Carlos, siempre Carlos, me obligaba a mantenerme informado sobre las revueltas.  Y yo, sin valor para enfrentarme a mi sentido de rebelión, sorbía diariamente la lucha escondida para acabar con el Régimen.  La Universidad se convirtió en un hervidero de noticias, comenzó a palparse actividad.  Carlos iba de boca en boca como el líder de un próximo pronunciamiento.  Los más exaltados lo tomaban como estandarte.  Sentí preocupación por él y por su verdad...  pero el Régimen lo controlaba todo.

La licenciatura me apartó de aquella efervescencia.  Comencé a trabajar en el bufete de un abogado criminalista y procuré olvidar a Carlos.  Supe que huyó a Europa y, sabiéndolo a salvo, conseguí mi deseo.

Desde la galería, la tranquilidad de aquellos años volvía a estar lejana.  Observaba la arena del patio para evitar la visión de la pared de adobe, pero aun con la certeza que todo estuvo escrito desde el principio, sentía una congoja horrible.  Me confortaba que Carlos no pudiera verme, aunque supiera que estaba ahí, hasta el último paso, hasta el último suspiro.

Regresó a España, ¡maldita la hora!, y en su vuelta únicamente trajo una fiebre: luchar y luchar, enardecer a las masas, encontrar fanáticos como él para que le arrastraran a su final.  Lo encontró un 26 de septiembre, cuando su padre llevaba tres días bajo una losa.  Fue acusado de cien delitos, quizá noventa y nueve falsos.  Y aquella vez tampoco le podía fallar.

_Hola, Carlos.

_Hola, Manuel.  ¿Por qué tú?

_¿Crees en alguien mejor?

_Ya lo creo _me contestó, enfadado_. ¡Cualquiera!  No debes mezclarte en esto.  Es cosa mía y yo lo solucionaré.  Puedes salir de aquí, y muchas gracias.

_No, no salgo, y tú tampoco.  He venido a preparar tu defensa con todas las consecuencias.

Carlos eludía mirarme al rostro.  Había perdido vigor, le vencía la palidez y de su eterna adolescencia solamente conservaba el brillo de unas pupilas limpias.  Me pareció derrotado, por eso no podía irme.

_Siempre has hecho tu voluntad, y sea buena o mala, tu suerte ha conseguido que nadie te obstaculizara _se rindió.

_Quizá actúe en el momento oportuno.

_Y, ¿ahora lo es?

No quise contestarle.

_Carlos, tienes todo perdido, mañana estarás acabado _le anticipé_.  Y no vengo como víctima, sólo como amigo para soportar junto a ti la derrota.

No había cambiado.  Inició una sonrisa pausada y culminó con grandes carcajadas el desprecio a mi vaticinio.

_Eres un perdedor, maldito Manuel.  ¿Quién te ve? ¿Crees que unos cuantos sentados junto a la poltrona pueden acabar con millones de voces?  No podrán conmigo, aún no es el momento, todo está listo para derrumbarlos y yo tengo la dinamita necesaria.  No me rindo, ¿sabes?... Y tú...

_Basta, Carlos... _interrumpí sus bravuconadas porque me causó miedo; se encendía a cada frase y su mirada huidiza se tornó en agresión; vibraba, intentaba comunicar, mostrarse como un profeta iluminado con el don de la verdad, con licencia para utilizar cualquier medio a fin de concluir su misión_...  Eres más inteligente que yo, me conoces bien y, por lo tanto, sabes a quién estás hablando.  Nunca te dejaste engañar, así que creo tus palabras como nacidas de ti y no impuestas.  Hace años te veía como un joven arriesgado que estaba en una línea de justicia con unos métodos violentos, pero siempre dominándose, siempre dando el otro paso muy meditado, con lucidez matemática.  ¿Esa lucidez te ha llevado hasta aquí?

_¿Acaso no tengo la luz?  ¿Acaso crees que estoy equivocado?  ¿No puede vencer la verdad?

_Carlos, ¿eres tú?...  Sabías que esto estaba fracasado desde el principio.

_¿Quién te crees?  ¿Dios?

_No, amigo, soy un hombre que lee la realidad.  Estamos entre barrotes, es la cárcel, y tú estás con la cabeza rapada y con tres guardianes esperando a que intentes escapar para regarte la espalda de balazos.

_No será ese mi final.

_Cuéntamelo tú _le reté.

Se levantó y rodeó la mesa para colocarse detrás de mí.  No quería mirarme.

_He escrito mi vida, Manuel.  Desde veinte años atrás he esperado este momento, he trabajado duro para conseguirlo, y todo está hecho.  Además, tenía que servir para algo, había que buscar una causa noble para cumplir el destino que quise fijarme... y ha servido, ha servido para iniciar una lucha justa.

Le escuchaba a mi espalda y no me volví.

_¿Cuál es tu justicia? _quise saber.

_Mi liberación _contestó, recalcando el posesivo.

_¿Y a cuántos has arrastrado por tu liberación?

Salió de la sala, sin despedirse, para no volver a verle... hasta el día siguiente.

El general subió al estrado de madera.  Diez fusileros, engalanados en oro, formaron frente a la pared de adobe.  Carlos caminó lentamente hacia ellos, se detuvo y fijó la mirada en el rostro del cabo del pelotón.  Se oyó una voz, unos rugidos de fuego y el reo cayó a la arena.

 

José Antonio Prades

Zaragoza, octubre de 1987

Eros equivocado

 Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania.  Era rico, respetable, feliz.  Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó, no fue amado; y su vida acabó en un desastre.

 

(el siguiente relato se crea a partir de este primer párrafo, que corresponde a "Risa en la oscuridad", de Nabokov)

 

Érase una vez una mujer, esposa de Albinus, que vivía en Berlín, Alemania.  Era elegante, amorosa con sus hijos, hermosa, de mirada profunda…  entregada por la felicidad de su familia… y sometió su verdad a la mentira de su entorno.  Un día su marido la abandonó por una amante joven; odió, perdonó; quiso ganar el futuro; batalló con la sociedad y sus prejuicios; encontró la ilusión; y a su muerte fue admirada.

 

Érase una vez otra mujer, llamada Tara, que vivía en Berlín, Alemania; era fría, dulcemente fría, angustiosamente bella, de sedosas palabras y caricias sumergidas…  Apostaba su anhelo al hallazgo de lo imposible, cuando encontró la suerte oscura de su lado y corrió a jugarse la vida en un solo envite.  Un día huyó con un hombre casado, un hombre respetable, padre de cuatro hijos, querido por su familia y en su barrio.  Tara rompió la fidelidad a sí misma y el tiempo le llevó a la amargura más doliente; amó, gozó de la pasión y el encanto; olvidó la vida en los brazos de su amante; se fundió con él en un corazón de viento y entregaron la realidad a sus fantasmas; sufrió; y en su entierro sólo tuvo sollozos de tragedia.

 

Érase una vez el amor, variante de dicha y desgracia, que vivía en las almas de tres seres desconocidos.  Jugaba al escondite detrás de cada máscara, irrepetible en cada rostro, pétrea la primera, tierna la segunda, ligera la tercera.  Quería cambiar las señales de los amarres con cada tentación y porfió hasta lograr que una de ellas fue capaz de vencer a otra.  Un día consiguió colarse tras la fortaleza y desde la retaguardia causó estragos a la paz.  El amor se volvió loco entre las apariencias porque no supo buscar la diferencia entre las caras y las caretas, fingió la satisfacción por estar dando la fortuna, quiso apostar al azar para crear vida nueva...  El amor caminó por las largas esperas de lo inesperado para inventar la imagen de la felicidad; fracasó, quiso volver; y se perdió; retrocedió, pero no supo mirar atrás; se marchó pensando en la ilusión de otra primera vez.

 

Cuando la luna quiso reinar - (fábula)

Hacía viento en el Universo.  La Luna se desperezaba de su descanso largo.  Había soñado que ya no era como ahora.  El Sol la aguardaba para el relevo mientras jugaba con las sombras alargadas y las nubes rojizas.

—Adiós, señora, ya me retiro –se despedía.

—No, no, espera, Sol, quiero hacerte una pregunta.

—Te escucho.

—¿Qué tengo que hacer para ser como tú?

—Oh, ¿quieres ser como yo?

—Creo que sí.

—Y ¿por qué ya no quieres ser como eres?

—Estoy cansada de dar poca luz, de enseñarme por partes, de alumbrar menos que una vela, de vivir siempre en la oscuridad.

—¿Es eso malo para ti?

—Ni malo ni bueno, sólo quiero que cambie.  También quiero ser reina.

—¿Qué harías si fueras reina?

—Dar el calor necesario para que haya vida, ser siempre entera para todos, enviar sonrisas de espiga y caricias de azucena…  Quiero que aguarden con ansia mi despertar, que me adoren como la diosa que seré.

—Tienes grandes ambiciones.

—Claro que sí, pero dime, ¿qué tengo que hacer?

—Qué difícil es contestarte…  Sólo puedo decirte lo que yo pasé para llegar a este trono… Y sé que todos los soles han pasado por las mismas etapas, son imprescindibles para reinar en el día.

—Dímelas, dímelas, por favor.

—Primero, tendrás que transformarte por dentro.  Surgirán explosiones en ti que te originarán erupciones y todo tu ser irá cambiando.

—Sigue, sigue…

—Tu corteza se estirará para dejar camino a la energía… y cuando haya salido, tu piel estará teñida de heridas candentes que tendrán que cicatrizar lentamente.

—Uf, parece duro.

—Lo es.  El crecimiento es sufrimiento.

—Y entonces ¿ya seré reina?

—No, por cierto.  Aún quedan pasos escabrosos.  En ese momento, habrás conseguido la capacidad de reinar, pero a partir de ese momento deberás encontrar a tus seguidores en el Universo.

—Ah, entiendo, debo conquistar mi reino.

—Algo parecido.  Tendrás que convencer a los astros para que quieran recibir tu calor y responder a sus demandas, crearles esperanzas de futuro, darles sus rutas que acompañarán con la tuya, ofrecerte como servidora para sus necesidades.

—¿Pero no debe ser lo contrario?  Tienen que ser ellos los que se pongan a mi servicio, ¿no?

—Si haces así, te quedarás sin súbditos, porque los otros Soles cumplen esa Ley del Universo, la que habla del servicio en el amor, y se llevarán a tus seguidores.

—Bueno, puedo aceptar a prestarles mi calor y mi luz.  ¿Qué más?

—Tendrás que aprender a cumplir con puntualidad tus compromisos sin faltar un día, un minuto, un segundo.  Aparecer por la mañana, recorrer el horizonte en la misma cadencia, llegar a tu cénit en la hora prevista, y tener la humildad de despedirte mientras tu color y tu calor se disipan.  Cada día morirás.

—Puede ser parecido a lo que hago ahora.  No me parece difícil.

—Soportarás a quienes te oscurecen sin luchar contra ellos, aceptarás con resignación que te obliguen a ocultarte y seguirás sonriendo para regresar con tu luz y calor.

—¿Cómo se puede hacer eso a una reina?

—Porque es una de las partes esenciales del compromiso.

—Bien, bien, querido Sol, ¿y cuándo podría estar en condiciones de reinar?

—Amiga mía, pasarían millones de años, millones…

Ella guardó silencio.  Y el Sol se marchó por el horizonte del oeste.  Esa noche la Luna estuvo pensando… pensando… si sería negocio cambiar su principado por un reino tan lejano… y duro de obtener.

José Antonio Prades