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Relatos

El grito de un milano

El grito de un milano

Dedicado a la recuperación de Ligüerre de Cinca (Huesca), un pueblo abandonado en los años 60 por la construcción del pantano de El Grado, que anegó sus tierras de labor, pero no las casas.

 

Las aguas crecieron por el encantamiento de la ingeniería y las gentes emigraron hacia la ciudad prometida.  Entonces, el alma del pueblo, que no es más que todas las almas de sus habitantes, se escapó.  Con el viento húmedo, los fantasmas se afligieron entre los muros abandonados porque ya nadie les rezaba.

 

Pero la roca sigue reina del valle, enhiesta y arrogante, exigiendo pleitesía al desfiladero y, a pesar de los espectros, los restos de los edificios constituyen su séquito, cortesanos envejecidos por el tiempo, por las noches, por el sol, por la nieve y por el silencio. La maleza respeta, aunque con algo de descaro, las puertas y las ventanas, pero algún ramal anudado se cuela por las verjas evocando la postura de un amante al habla con la doncella enclaustrada.

 

Desde la esquina del camino ondulado, sobre la tapia de piedras desiguales que salvaba de intrusos los huertos, el fantasma centinela ya no se asusta del renovado pululeo, incluso aguarda la ruidera de las máquinas  para olvidar los años de silencio.  La monotonía de  vagar sobre suelos rotos,  a través de paredes enmohecidas y con la com­pañía de telarañas, ratas y escarabajos se releva por la novedad de sortear las herramientas de los albañiles, de atravesar piedra lavada y de gozar hacia la medianoche de la torre fortaleza con su olor a cemento fresco y a futuro presumido.

 

La cola del pantano sube y baja por laderas y ribazos, pero nunca llega a alcanzar las aspilleras alcahuetas, y jadea, jadea con ese gemido clónico que todas las aguas regalan a los oídos que se acercan a las puertas de su entraña.  En el desfiladero resuena el grito de un milano rogando al verde oscuro del fondo que le ofrezca estelas para picotear la cresta de la onda.  El cielo se hace cada noche más azul, pierde el negro, las estrellas sonríen, y la corte se viste de gala para celebrar el nuevo rumbo que las almas nuevas dictan sobre el destino de la aventura. 

 

Y aseguro a quien descubra Ligüerre que hallará fantasmas alegres, aguas revoltosas y la torre fortaleza a modo de vigía que arrulla  con mirada protectora  la resurrección de un pueblo encantado.

(Relato incluido en el volumen I de "Tres de Tres")

Los juegos peculiares de Montemolín

Los juegos peculiares de Montemolín

Los juegos a destacar que presentan características peculiares en Montemolín son tres: las chapas, las carreras de bicicletas y los partidos de fútbol.

En fútbol, la variedad consiste en que, dadas las dimensiones de la plaza Utrillas, así como el mal genio de don Benito (guardián del edificio de la Estación), se han establecido unas reglas específicas: los límites del campo son redondos, alrededor de la plaza, y los tiros a gol deben realizarse desde una distancia menor de cinco pasos de la portería.  El motivo de esta última se basa en la búsqueda del alejamiento de los cristales de la Estación, con ánimo de evitar tres cosas: la rotura de los que quedan, la pérdida del balón por el agujero de los que faltan y el enfado de don Benito por cualquiera de ambas circunstancias.

Se provocan situaciones curiosas.  Por ejemplo, ver correr a Gonzalito con el balón en los pies dando vueltas y vueltas sin que nadie pueda alcanzarlo.  O ver cómo el equipo que marca un gol se repliega sobre su portería en un radio de cinco pasos, de tal manera que los contrarios se dedican a apartarlos con disparos de pelotazo aunque no valiera el gol si así se produjera (por este motivo se van rompiendo los cristales de la estación).

Se juega sin árbitro.

Las circunstancias descritas hacen que el equipo de la plaza no consiga un entrenamiento adecuado, por lo que siempre han perdido contra el equipo de Larrinaga o el del Patronato de San José.  Es de esperar que con los años mejore.

 

Lo más normal es que al hablar de un ganador en una carrera de bicicletas se piense en quien llega el primero a la meta.  En Montemolín también sucede lo mismo.  El más rápido suele ser muy admirado y se lo considera ejemplo a seguir si su bicicleta es del mismo tipo que las demás.  Ocurrió que un vencedor aprovechó que su tío belga le había regalado una máquina con ocho velocidades.  Desde el día en que ganó, con una enorme ventaja, no se le admitió en competición y, naturalmente, su nombre no pasó a la posteridad... pero todos, todos, deseábamos probar aquel prodigio de la mecánica.

Pero no son estas carreras las que diferencian al barrio de Montemolín.  Las características peculiares se centran en otros dos tipos de competición en bicicleta: la carrera lenta y la carrera de cintas.

Hay raíces que nunca se pierden y, convertidas en tradiciones, conforman la solera de un pueblo.  En Montemolín, ningún muchacho tiene un caballo, pero quién más, quién menos, aspira a convertirse en caballero.  Generalmente, la carrera rápida no provoca en las damiselas de Montemolín grandes signos de admiración, por lo que los caballeros, en montura de dos ruedas, se entrenan más para demostrar su habilidad que su potencia.

Una vez al año, se convoca carrera de cintas.  Para ello, Damián, el carpintero, fabrica un "arco de madera" rectangular, que se coloca del lado izquierdo de la plaza Utrillas , de cuyo larguero se cuelgan cintas bordadas por las chicas del barrio.  Según las reglas, está prohibido conocer por los participantes qué muchacha ha confeccionado cada trofeo (existe confabulación entre los chicos para que los hermanos delaten a las hermanas, y es un mercado que mueve muchos cromos).  En el extremo de cada cinta se coloca una anilla, más o menos grande según la edad de los caballeros.  La anilla debe ser atravesada por un lápiz.

Hay un cuerpo de jueces, madres, que deben determinar si la anilla se atravesó con el lápiz y no con un dedo traidor, y si la velocidad de pasada bajo el arco era la mínima exigida.

Aquéllos que logran su trofeo sin manos en el manillar arrancan multitud de aplausos.

Nadie es proclamado ganador.  Todos los participantes tienen tres oportunidades alternativas para conseguir trofeo.  Una vez logrado, ya no se permiten más pasadas.  Los chicos más osados, en sus primeros intentos, realizan proezas espectaculares para provocar admiración por su pericia.

Las pasadas se cumplen por un orden determinado en un sorteo con boletas de papel.  Los chicos enamorados que han logrado averiguar el trofeo de su amada generan cuchicheos mercantiles para que los demás dejen libre su cinta.  Las enemistades se hacen palpables.

El concurso termina cuando se han alcanzado todas las cintas.  Para ello, si es necesario, se permiten oportunidades de repesca a los menos hábiles.  Algunos, cuando ven que su objetivo ha sido conseguido por un contrincante o por un enemigo, se retiran enfurruñados.

Al término del juego, las muchachas declaran la propiedad de sus cintas y, junto con el poseedor, ocupan las mesas de a dos para ser agasajadas con una chocolatada.  Si las pasiones coinciden, el ambiente es fabuloso; cuando hay intereses contradictorios, se oye un silencio sepulcral, pues uno no atiende al otro y las miradas se pierden buscando o vigilando al verdadero objetivo del corazón.

Cuando se acerca la convocatoria de la carrera lenta, los abuelos pueden pasear con tranquilidad por la plaza Utrillas.  Y más el año en que la Junta del Barrio consiguió fondos para premiar al ganador con una bicicleta Orbea.  En este concurso también participan las chicas, así que ellas y ellos se entrenan con gran dedicación.  Se producen grandes disputas en el seno de algunas familias si existe solamente una bicicleta compartida.  No tuve problemas porque mi hermana nunca gustó del manillar.

Como circuito se utiliza la pista de baloncesto del colegio de Marianistas, con un trazado de Norte a Sur.  El sentido tiene su significado.  Al Sur, el límite es el muro de un edificio con sus ventanas enrejadas.  Al Norte, la pista termina con un bordillo que evita que las piedras del campo de fútbol caigan sobre su cemento.  Y la pista, desde la línea de tiros libres hasta el susodicho bordillo, presenta una inclinación descendente muy apreciable, lo que en los dos primeros concursos, que tuvieron sentido de Sur a Norte, provocó numerosas caídas, debido a que el dominio de la lentitud es mucho más difícil cuesta abajo.  Realmente, el cambio de sentido se decidió cuando Toñín frenó contra la mesa de jueces.

Como puede suponerse, se trata de llegar el último.  Para ello, es obligado poseer buenos frenos y un excelente equilibrio, porque no puede tocarse el suelo ni una sola vez.  Además, hay que mantener el trayecto en una calle ficticia de un metro de anchura.  En los días cercanos a la carrera, el taller de Casorrán hace su agosto cambiando zapatas y tensando sirgas.  Mi padre nunca me dejó visitarlo.

En el caso de que la anchura del campo no dé para que compitan todos los participantes inscritos, se realizan eliminatorias.  Como premio, se conceden bolsas de caramelos a los tres primeros (incluso el año en el que se prometió una bicicleta, pues hubo que utilizar los fondos para obsequiar al Concejal de Hacienda).

Mi cruz fue quedar siempre el último en este concurso, para mofa de Julián y reprimenda de mi padre.  Debo decir que mi habilidad tenía buen nivel, pero mi descuido en el mantenimiento de la máquina era demencial.  A los dos meses, dejé inservibles los guardabarros, el guardaplato y los frenos.  En lugar de zapata, mi freno consistía en zapato, o zapatilla, colocado entre el cuadro y la rueda trasera.  Los días de lluvia recibía bronca maternal (por culpa del barro no guardado por los desaparecidos guardabarros).  Naturalmente, sólo podía sostener el equilibrio durante el primer cuarto del circuito, mientras duraba la cuesta arriba.

Ahora bien, como las chapas no requerían un cuidado especial, se convirtieron en mi debilidad.  Tampoco necesitaba poderío económico, pues simplemente visitando la trasera de los bares el surtido era variadísimo.  Prefería las de Coca_Cola porque resbalaban menos al ser en mate argenta (creo que ahí residía parte de mi buen juego), y Julián, mi eterna pareja, siempre buscaba las de cerveza Ámbar por su color dorado, aunque tuviera que trabajarlas bastante hasta conseguir una superficie totalmente lisa.  A nadie nunca se le conocieron chapas nuevas.

Definido el instrumento, explicaré el lugar de juego.  Debe delimitarse un circuito estrecho, de unos veinte centímetros, y largo, a discreción.  Son admisibles, e incluso recomendables, curvas y esquinas.  En lugares poco transitados, la mejor opción es un bordillo de acera.  Otra posibilidad es elegir una línea continua de la calzada; como ventaja, la chapa resbala con precisión; como inconveniente, siempre hay que apartarse al paso de algún automóvil, con dos riesgos: el de atropello y el de que aplaste las chapas en juego.  No hay muchas líneas continuas en el barrio.

El número de jugadores no está determinado.  Con un mínimo de dos puede iniciarse un juego competitivo.  Asimismo, los participantes tienen permitido agruparse en equipos y no es necesario que se compongan del mismo número de integrantes, puesto que se juega por tiradas alternativas de chapa.  La competición ideal se practica con dos parejas en equipo.

La chapa se coloca al inicio del circuito y se le transmiten impulsos para que discurra entre los límites.  Si la chapa sale del circuito o golpea a una adversaria expulsándola, debe trasladarse al lugar desde donde se hizo la tirada.  Por ello, es crucial la primera tirada: hay que conseguir quedar por delante del adversario.

Quien llega primero a la meta establecida es el ganador.

Cada participante puede impulsar su chapa como crea conveniente.  El sistema más habitual es golpearla con la uña de cualquiera de los cuatro dedos superiores, habiendo presionado anteriormente contra la yema del dedo pulgar.  Algunos arrogantes, aspirantes a futboleros, usan el pie, con resultados catastróficos.

La habilidad consiste en combinar fuerza y precisión.  Según mis cálculos, es necesario mezclarlas en uno y dos tercios respectivamente.  Elegir el índice, anular, corazón o meñique también forma parte de la técnica, porque la trayectoria de golpeo es distinta según se utilice uno u otro.  Generalmente, el meñique es impreciso, pero con un buen entrenamiento puede ser muy útil.  Asimismo, el balanceo del impulso puede ser horizontal o vertical.  El horizontal consiste en colocar el dedo golpeador en paralelo a la superficie y sirve muy bien para las superficies rugosas, que requieren elevar la chapa para evitar el rozamiento.  El vertical, dedo perpendicular, permite lanzar con mucha fuerza, pero al ejercer la presión contra el área de deslizamiento provoca desvíos de trayectoria.  En el caso de jugar en pista deslizante, por ejemplo, pintura de calzada, es muy útil para conseguir largas tiradas.

La plaza Utrillas se convierte en uno de los focos más importante del juego de chapas.  La competición se ha institucionalizado y los aficionados se cuentan por decenas.  Ser buen jugador de chapas es un buen tanto para despertar admiración entre las chicas.  También papás y abuelos respetan a los campeones.

Yo creo que la popularidad de este juego estriba en las pistas de juego de la plaza.  Toda ella se compone  de superficies independientes de hierba, la fuente circular enmedio, un pasillo concéntrico y cuatro transversales en diagonal.  Cada área de verde (o tierra, según la temporada) se delimita por bordillos de veinte por veinte, altura y anchura, respectivamente, formando en largura polígonos irregulares.  Estos bordillos están construidos en cemento algo rugoso.  Así, las largas líneas con esquinas de distinta angulación, y la dificultad del piso conforman circuitos de alta complejidad y emoción.  Otro detalle importante es el diseño del bordillo: al discurrir sus dos vertientes sin paredes, se convierten en jueces indiscutibles sobre las salidas del circuito (si la chapa cae, tirada en fallo); además, la posición de tiro se hace muy cómoda, a horcajadas sobre la propia superficie de juego, con postura inmejorable para enfilar la puntería.

(incluido en mi libro de relatos "Fábulas de Montemolín" - Ed. Combra - 2001)

Los juegos generales en Montemolín

Los juegos generales en Montemolín

    En la plaza Utrillas, se juega a casi todos los juegos habituales.  No suelen existir grandes enemistades, pero la rivalidad se agudiza cuando se trata de un juego competitivo.  Los muchachos de mala ralea no suelen acercarse por allí, y si lo hacen, son expulsados por los abuelos guardianes de la plaza.

No he profundizado en juegos de niñas debido a que no lo soy _aunque en ocasiones me gustaría serlo_ y a que, por regla general, vienen pocas veces a la plaza, por aquello de que la feminidad se guarda en casa, al abrigo de las bestialidades propias del otro sexo.  Sé que juegan a las muñecas, a mamás y papás y a médicas y enfermeras.  Últimamente, alguna chica se añade al grupo de los chicos y su admisión provoca grandes disputas, que siempre se resuelven a favor de la nueva socia.  No suele haber batallas de sexos, a diferencia de Las Fuentes y San José.

Existen juegos generales, es decir, que no resultan específicos de la zona, y que tienen las mismas reglas en todos los barrios de la ciudad.  De entre ellos, nombraré y describiré tres: el taco, el marro_pañuelo y las chibas.

 

Al taco, como su nombre indica, se juega con un taco.  Este utensilio se adquiere en una zapatería o, en caso de urgencia económica puede arrancarse de un zapato viejo, aunque su aerodinámica estará mermada por el desgaste lógico del uso.  Me explicaré: se trata de la tapa de goma que protege el tacón de un zapato masculino.   Como mínimo se necesitan dos participantes.  Antes de comenzar, se fija el monto de pago del perdedor, siempre en unidades de cromos.  Así es el juego:

Se comienza alternativamente en cada jugada, lanzando el taco a distancia, generalmente con un vuelo circular.  Se trata de que el taco propio se acerque lo más posible con una tirada al del contrincante.  Siempre se tira en alternancia.  La partida finaliza cuando se han eliminado a todos los jugadores con un ganador final.  Dichas eliminaciones se producen de la siguiente manera:

A) Por palmo: el taco del tirador queda a menos de un palmo del taco del rival.  El pago es unitario por el monto acordado.

B) Por montada: el taco del tirador queda encima del taco del rival.  El pago es del doble del monto acordado.

NOTAS:

*Puede acordarse que la montada total  (taco del tirador completamente encima, sin tocar suelo, se pague al triple).

*Cuando el taco del tirador se encuentra a una distancia muy cercana del atacado (debe acordarse previamente tal distancia, medida por palmos, aunque generalmente es un paso), se lanzará mediante tirada de vela (en pie, se coloca la mano a la altura de la clavícula y se deja caer el taco).  Esta situación se provoca por un fallo del atacante en el intento de acercamiento.  Con esta regla, se pretende no perjudicar al jugador arriesgado, pues la tirada de vela evita casi siempre la montada y, por lo tanto, el pago doble o triple.

 

A marro-pañuelo se juega por equipos en un campo previamente delimitado.  Es preciso un árbitro que decida en las controversias.  Este árbitro se coloca justamente en el extremo de la línea central del campo, sosteniendo con el brazo estirado y paralelo al suelo un pañuelo por una de sus puntas.

Los equipos se colocan detrás del límite exterior del campo, frente por frente.  Cada jugador tiene adjudicado un número correlativo desde el uno hasta el número de participantes, cuya cantidad debe ser idéntica para los equipos.  Esta adjudicación debe ser secreta por razones obvias.

El árbitro dirá en voz alta un número, y nada más nombrarlo los jugadores que lo tengan adjudicado, uno de cada equipo, deben acudir a agarrar el pañuelo.

No puede atravesarse la línea central, si no es con el pañuelo en la mano, bajo amenaza de eliminación.  En el momento que uno de los jugadores agarra el pañuelo, gana el lance y elimina al contrario si logra alcanzar su línea de salida sin que le haya pillado.  En el caso de ser apresado, el poseedor del pañuelo será el eliminado.  Gana el equipo que elimina a todos los contrincantes.

Sin que lo diga ningún reglamento, se aconseja designar a un capitán.  Puesto que el árbitro dirime las controversias, muy habituales, se recomienda que se nombre como tal a una persona de edad, sin familiares en el juego o, en su defecto, con probada equidad.  Generalmente, se nombra a los abuelos.

 

A las chibas se juega en un espacio de tierra que contenga la mínima cantidad de piedras posible.  Las chibas son bolitas de cristal del tamaño de un bombón.  Presentan interiores espectaculares con mezclas de colores difuminados.  En algún otro lugar también les llaman canicas.

Los jugadores, dos o más, se colocan en un extremo del campo.  Previamente, en el centro se habrá excavado un pequeño hoyo llamado guá.  La primera tirada, que se realiza en forma alternativa, siempre tratará de introducir la chiba en el guá.  Mientras no se consiga, está prohibido atacar al contrincante.  Una vez hecho guá ya puede atacarse a cualquier adversario, incluso aunque éste se encuentre todavía intentando acertar en el hoyo.

Se trata, pues, de atacar la chiba del contrario.  Para eliminarlo es necesario golpearla con éxito cinco veces: chiba, pie, tute, retute y valedar.

1) chiba: golpeo directo.

2) pie: después del golpeo, las dos chibas deben guardar al menos un pie del tirador de distancia; si esta medida no se consigue, se pierde el turno.

3) tute: golpeo directo.

4) retute: golpeo directo (es opcional, según acuerdo previo, pero siempre se utiliza).

5) valedar: después del golpeo, las dos chibas deben presentar una distancia de al menos cinco palmos del tirador; si esta medida no se consigue, se pierde el turno.

Después de estos cinco ataques triunfantes, debe acertarse nuevamente en el guá.  Al conseguirlo, el contrincante que ha sufrido el valedar queda eliminado

Los intentos para superar cada una de estas fases son continuados, siempre y cuando no se falle.  Es decir, que un buen tirador podría eliminar a todos los adversarios (ha ocurrido en alguna ocasión) en una sola tirada.

Los ataques válidos de un contrincante a otro se mantienen durante toda la partida, por lo que la tirada contra un adversario ya atacado supondrá continuar siempre con el paso inmediato, es decir, hay que mantener en la memoria el paso de ataque que se ha realizado con éxito contra cada adversario.  En caso de haber llegado al valedar con dos o más contrincantes, conseguir gúa elimina a éstos simultáneamente.

La técnica de disparo es: colocando la mano lanzadora a modo de puño y con la punta del pulgar entre el índice y el corazón, la chiba se rodea por el interior del dedo índice contra la uña del dedo pulgar, que será el impulsor del lanzamiento.  Para ayudar en la puntería, el disparo puede producirse levantando la mano lanzadora a un palmo del suelo.  En este caso, por razones de estabilidad, la mano de apoyo se estira, con el meñique en el suelo, y el puño se apoya sobre el pulgar.

Suele jugarse sin monto a pagar, pero si se pacta cantidad de apuesta, debe fijarse el cobro por eliminar a un contrincante y el cobro por haber quedado ganador final, que será satisfecho por todos los eliminados.  Siempre se cobra por chibas y si están "quicadas" (con alguna mella), su valor se reduce a la mitad.

Es impresionante observar una partida con cuatro o más participantes.

(incluido en mi libro de relatos "Fábulas de Montemolín" - Ed. Combra - 2001)

 

Un amigo te guarda III - (PÁJARO AZUL)

Un amigo te guarda III - (PÁJARO AZUL)

Sucedió un día que no recuerdo de un mes de vacaciones.  Estaba atardeciendo  después de unas horas exageradamente calurosas que ni la brisa del mar pudo suavizar.  Aquella mañana había aguantado al sol demasiado tiempo; el sopor y el murmullo de las olas aniquiló mi voluntad y dormité sobre la hamaca casi tres horas.  Supongo que sufrí una insolación terrible, porque apenas pude comer y pasé toda la tarde en una siesta larguísima.  Me dolía la cabeza y salí a la terraza para despejarme con el próximo frescor de la noche.  Ocupé la mecedora de la terraza y me dispuse a disfrutar del recorrido del sol descendente sobre las lomas cercanas y de los cirros de barro recalentado que dibujaban figuras fantásticas.  Jugaba a imaginar historias increíbles con aquellos monstruos de algodón sucio que poblaban el cielo cada vez más oscuro.  En su otro extremo, la luna les retaba presuntuosa; sabía que iba a suplirlos por unas horas en su reinado.  Casi en el horizonte, los últimos pescadores dirigían sus barcos hacia el puerto y, sobre ellos, las gaviotas revoloteaban como cruces móviles buscando un  trozo de pescado sobre las cubiertas.

Bandeaba la mecedora tratando de vencer mi aturdimiento con la mínima brisa que producía el movimiento, pero mis párpados caían con su peso y las pestañas me distorsionaban la mirada hasta prestar vida a las brujas y ogros anaranjados del cielo.  Las gaviotas se convertían en animales gigantes que picoteaban a las ballenas; sus chillidos triunfantes me herían el oído...  De pronto, uno de aquellos pajarracos se escapó del grupo y voló directamente hacia mi terraza.  A unos metros, planeó varias veces mirándome con fijeza.  Quería que le reconociera.  En mi sopor, notaba cómo el corazón me latía más rápido.  El pájaro se acercaba más y más al barandado.  Comprendí quién era.  Al saberse reconocido, esbozó una sonrisa y se posó frente a mí.  Mi pájaro, mi pájaro majestuoso me estaba saludando.  Inclinó su cabeza e instintivamente acaricié su nuca con las yemas de los dedos.  Sumiso, se acurrucó a mis pies.

- Casi te había olvidado -me excusé.

A pesar de que vestía plumaje de distinto color, sentía su olor y su presencia.  Era imposible equivocarme.  Admití mi culpa por el olvido y le solicité el perdón.

- No tengo disculpa, amigo mío.  Debo reconocer que no te había echado en falta y... ahora lo estoy sintiendo.

Le hablaba convencido de que no me contestaría.

- Mi labor siempre debe quedar en el olvido.  No necesitas excusarte.  Ha sucedido lo que pretendí.

Escuché una voz profunda y envolvente.  Me sobresalté, no por sus palabras, sino porque nunca habría esperado escucharle un sonido inteligible.

- Pensé que no podías hablar.

- A veces sobran las palabras.

- En otras ocasiones deseé preguntarte, tener una conversación contigo, conocerte, pero tu silencio me causaba respeto y no me atreví.

- No te habría contestado.  Solamente me es permitido hablar cuando la situación lo pide.

- ¿Y ahora puedes hacerlo?

- Ya lo ves.  Estoy autorizado.

- ¿Por qué has vuelto?

- Vas a conocer mi universo.

- Hace tiempo sentí curiosidad por saber de ti, pero mi deseo desapareció poco a poco y te olvidé.

- Porque no me necesitas -justificó mi pájaro.

- Y, ¿cómo lo sabes?

- Debo conocer los momentos en que tú me requieras.

- Pero si ni antes ni ahora te he llamado.

- Antes me necesitabas, ¿no es cierto?

- Sí, así es... ¿Quién eres tú?

- Precisamente vengo a decírtelo.  En este viaje conocerás de dónde vengo y por qué existo.

Con delicadeza, me invitó a subir a su lomo y empezamos un vuelo quedo.  Noté su plumaje envejecido, el nuevo color le daba aspecto deteriorado como signo de ancianidad.  Sobrevolamos con lentitud la ciudad, los acantilados, la playa y el mar cercano.  Volvió la cabeza, me envió una mirada triste y aceleró hasta la extenuación.  Las imágenes se distorsionaban y ni siquiera sentí movimiento.

Su voz me devolvió el sentido.

- Este es mi universo.

Me distendí.

Volábamos por encima de unas brumas que no dejaban ver el suelo.  El ambiente desprendía frialdad y se oía silencio, grave silencio sacerdotal.  Las brumas se movían sin viento y cambiaban de forma a nuestro paso.  Al fondo, entre ellas y sobre un apoyo invisible, pude ver a unos seres idénticos a mi amigo, solamente distintos en el color de su plumaje.  Permanecían inexpresivos, quietos, parecían disfrutar con paciencia una larga espera.

- ¿Cuál es tu lugar aquí? -pregunté a mi pájaro.

- El mismo que el de mis compañeros.

- ¿Vives con ellos, allá abajo?

- Así es.  Esta es nuestra morada.

- Entonces, ¿naciste aquí?

- No nacemos, existimos.  Ninguno de nosotros sabemos cuándo fue creado ni por qué motivo.  Aparecemos aquí y aguardamos.

- Y ¿esa es vuestra misión, sin más?

- No es ésta nuestra única morada.

- No te entiendo -me enfadé-. No quiero adivinanzas ni juegos.  Has dicho que me ibas a mostrar tu mundo y ahora quiero conocerlo tal cual es.

Aun con el genio de mis palabras, el pájaro no se inmutó.

- Mi promesa fue enseñarte mi universo, no explicártelo.

- Ya lo he visto.  Devuélveme a mi terraza -le exigí.

Ahora noté una contracción en su espinazo y, ante mi enojo, volvió la cabeza para decirme:

- Pretendí que entendieras sin palabras.  No estoy acostumbrado a hablar.

- Quiero saber quién eres.

- Soy tu pájaro, así de sencillo.  Cuando me has necesitado, he estado junto a ti.

- ¿Y tus compañeros?  Yo sólo tengo un pájaro.

- Cada uno de tus semejantes reclama un hermano mío para protegerse y a su llamada acude el indicado.  Por eso ves en la espera a tantos seres como yo, viviendo en este mundo de los sueños, en la fantasía de quien nos solicita.  ¿Recuerdas?, tu princesa también tuvo su pájaro.

- Pero tú eres real.

- No, amigo.

- ¿Por qué te siento, pues?

- Porque me has llamado -mintió.

- Sabes que no es cierto.

- Tú no puedes saberlo.

- Entonces, ¿por qué viniste a buscarme?

- Es mi deber.  Nos llamáis en el desencanto o en la frus­tración, cuando habéis agotado todos los medios de lucha a vuestro alcance y necesitáis un apoyo irreal.  Entonces creáis un pájaro, un ser invisible, para que os sirva de acicate en la superación de la tristeza.  Nunca aceptáis que exista en voso­tros, porque el orgullo os lo impide, nos utilizáis por instinto y os prestamos el empuje necesario para seguir adelante.

- Ni estoy triste, ni desencantado, ni frustrado.  Sólo me dolía la cabeza por un exceso de sol.  No viniste para curarme.

- Luego, ¿por qué tu llamada? -insistió el pájaro.

- Sabes que no te llamé.  Acudiste por tu propia iniciativa.

Con su silencio me dio la razón.

- ¿Cuál es tu motivo? -continué.

- He saltado las reglas.  Aunque no hay sanción por ello, es la primera vez que lo hago.

- Y, ¿qué pretendías?

- Quiero despedirme de ti.

- Habría sido fácil hacerlo de otra manera.  En otra ocasión, podrías haberme enseñado tu mundo con más tiempo.

- No habrá otra ocasión.

- ¿Cómo? -me extrañé.

- Es la última vez que vamos a vernos.  Voy a morir.

- Pero, ¿por qué?  Es injusto.

- Nadie puede impedirlo.

- Lo intentaré.  Te salvaré y seguirás siendo mi pájaro.

- Es imposible.  Mi tarea ha terminado.

- Volveré a necesitarte.  Si no estás ¿a quién recurriré?

- Debí mantener oculto mi secreto.  Siento el daño que voy hacerte.  Ahora no me llamarás, porque has alcanzado tu plenitud.  Eres estable, como tus semejantes que dejaron atrás a mis amigos sin dejar adiós, sin conocer siquiera que existieron, sin pensar en una palabra de agradecimiento.  Yo voy a irme más feliz que ellos, porque tú me has conocido y me estás dando tu gratitud.  En adelante, cuando precises apoyo, yo no acudiré porque no me llamarás.  Tendrás a tu lado otro ser, otra fuerza o tu mismo brazo, ¿quién sabe?  Voy a morir en este Mundo, en este Mundo que tú ves y no existe.  Te llamé en el sueño para darte mi adiós. Despertarás y me iré.

- No quiero que te vayas.  Siempre te necesitaré.

- Te engañas para compadecerme.  No temas por mí.  He cumplido gratamente mi tarea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aun no había anochecido.  En un recodo entre los cirros todavía quedaba un poco de cielo azul.  Miré allí con pasión.  Quería ver a mi pájaro... pero mi pájaro también era azul.

 

 

Un amigo te guarda II - (PRINCESA BLANCA)

Un amigo te guarda II - (PRINCESA BLANCA)

Cuando murió mi Rosa quedé muy triste, porque había perdido la única compañía que me hizo comprender el significado de dos seres unidos.  Cuidé de ella, y me dio brío, me contagié de su majestad y sentía ser un rey en un mundo de hadas.  Me hacía soñar con esperanzas, premiaba mi vida.  Mi querida Rosa fue la página en blanco de un libro incompleto, y escribí esa página con letras de sus pétalos, pero el libro quedó inacabado y nadie podrá terminarlo.  Lo fugaz de su paso me hizo mucho daño, porque al irse se llevó su equipaje.  Apenas me legó unos recuerdos y no cumplí mis ilusiones.  Se marcharon con ella mis anhelos de un amor permanente.  Lloré por ella, pero quiso morir.  Pudo haber regresado a su Mundo con fuerzas para triunfar y así vivir eternamente.  Le propuse mi ayuda, pero se negó para entregarse a la muerte.

En mi desencanto, renació mi pájaro, mi pájaro majestuoso.  No le había llamado, estaba relegado en mi olvido, pero no hizo reproches y de nuevo me invitó a subir a su lomo.  Me saludó con su sonrisa de bondad y me quedé mirándole mientras recordaba la otra aventura.  Esta vez, la desilusión me hizo ser temerario y abandoné en un lugar escondido de mi mente los miedos que el primer vuelo me causó.  Acepté su invitación.

Sobre su lomo, mantuve una postura rígida para ocultar la herida de mi corazón.  Ahora, mi pájaro no quería hacerme esperar y comenzó su viaje a gran velocidad.  El viento en el rostro me hacía sentir ingrávido y solamente notaba cómo rompíamos el aire.  Recuerdo que lloré, y mis lágrimas se deslizaban con el ímpetu del pájaro hasta empaparse en mis cabellos.  Cerré los ojos y dejé al pájaro seguir su rumbo.  No quería ver nada, me dejaba llevar, estaba derrotado y hundido.

A los pocos minutos, la velocidad cesó y comenzamos a describir círculos.  Miré abajo y descubrí que estábamos sobrevolando un bosque.  Planeábamos en un vuelo quedo y mi pájaro también miraba al fondo.  Salimos del rumbo y recorrimos el paraje.  En el horizonte, una enorme montaña, cual gigante vigía, se alzaba con camisa blanca y chistera de niebla.  No vi seres animados.

Llegamos a una sabana limitada por grandes árboles.  De pronto, el pájaro se lanzó en un picado feroz.  Me atemoricé, no veía nada que lo justificara.  Rodeé su cuello con mis brazos y sujeté con crueldad las piernas a su costado.  Comencé a sentir la misma sensación del primer viaje.  El paisaje, cada segundo, se hacía más grande...  Un resorte pareció frenarnos y  aterrizamos suavemente.  Mi pájaro me miró solicitando perdón.  Acaricié su pico, concediéndoselo, y tomó mi gesto como el signo del final de su misión.  ¿Debí haberle dicho adiós?...  Se marchó silencioso, majestuoso, como llegó.

La montaña gigante se había perdido en la oscuridad.  Las estrellas comenzaron su pulular y me quedé con su sola compañía.  No salía de mi asombro.  Busqué algo que me desvelara el objetivo del descenso y nada encontré,  no adivinaba la razón de aquel viaje... no podía explicarme por qué me dejaba en ese lugar, un paraje extraño, que desprendía un vacío desolador.  El silencio me atemorizaba.  Caminé un largo trecho entre la vegetación, desorientado, sin saber dónde ir.  Un extraño cansancio me dominaba, estaba aturdido.  Tomé asiento sobre un montón de hojarasca e intenté pensar.  Poco a poco, me deslizaba, el sopor se apoderaba de mí, recosté la cabeza sobre un tronco caído y me dormí.

Soñé con una mujer.  Se encontraba en una llanura y yo la observaba desde un promontorio escarpado.  Vestía con pieles moteadas de blanco y negro.  No podía verme.  Sus largos cabellos negros le cubrían la silueta.  Llevaba en su mano derecha un arco dorado que refulgía al sol del atardecer.  Tenía preparada una flecha de marfil, sólo una.  Miraba al horizonte, buscaba su pieza.  El intento de la captura no podía fallar.  ¿Tan segura estaba de hacer blanco?

- ...duermes en un país prohibido, extranjero.

Me despertó una voz melódica, angelical.  A pesar de sus palabras no me sobresalté, porque parecía aconsejarme, no exigirme.  Enfrente de mí, tenía un adolescente.  Me levanté.  Al mirarlo, sentí cómo un escalofrío me recorría entero, hasta la punta de los dedos.  Comprendí que sí era posible la perfección.  El rostro que tenía delante me lo demostraba.  Nunca veré nada igual.  El muchacho vestía una túnica blanca con ribetes puntiagudos y ceñida a la cintura con una faja morada.  Adornaba el cuello con un cinta de cuero perforada.  A partir de ahí, nacía su rostro; por los ojos negros desprendía el brillo del arco iris; la diminuta nariz exhibía una fragilidad que contrastaba con el agresivo descaro de sus pómulos prominentes; los cabellos de oro destellaban con los rayos de sol naciente; sus labios, gruesos, dibujaban una boca ligeramente alargada.

Su voz siguió creando suavidad.

- No puedes permanecer en este país.

- ¿Por qué? -le desafié.

- Este país se prohibe a tu gente.  Nadie de tu Mundo puede visitarlo.

- ¿Tú no eres de mi gente?

- No, pertenezco a una princesa.

- Y ella, ¿es de mi gente?

- Os rechazó hace mucho tiempo y no desea ver a nadie de vosotros.  Debo velar por ella e impediré que llegues hasta su morada.

No me inmuté.  Seguí disfrutando de aquel exquisito retrato.

- No quiere ver a nadie, extranjero -insistía.

- Y, ¿está sola en este paraje?

- Vive conmigo, no necesita más compañía... Mis palabras deberían bastar para obedecerme.  Tienes que irte.

- Pero, ¿cómo?  No sé salir de aquí.

- ¿Cómo has venido?

- Me trajo un pájaro y se fue.

- Es fácil, llámalo y te devolverá  a tu destino.

- No sé dónde encontrarlo.

- Te ayudaré...  Dime, ¿quién es tu pájaro?

- No lo sé, no sé nada de él, desconozco su nombre, el lugar de dónde vino.  No sé nada de él.

Enmudeció.  Me observó durante largo tiempo.  Me escrutaba cada hueco de mi cuerpo y parecía querer entrar en mi mente.  Volvió la espalda.

- Sígueme -ordenó.

Lanzó un imperativo con la seguridad de que no tenía más remedio que aceptarlo.  Comencé a caminar tras él con curiosidad.  Me habían impresionado su belleza y su actitud.  A pesar de su aspecto dulce e irremediablemente perfecto, se comportaba con aspereza.  El muchacho era el único ser animado que habitaba aquel entorno y no presagiaba la aparición de ningún otro.  Quizá esta condición le daba derecho para tratarme así.  Su personalidad transmitía un rango principesco, pero su conducta mostraba el desagrado de un servidor, quizá un ministro, a punto de ser destituido.  No acertaba a comprender su tarea, pues en un principio dudé que existiera su princesa; una princesa en este Mundo vacío, sin súbditos, no tenía razón de ser.  Ahora bien, si realmente existía, podría entender este comportamiento de servicio, pero no me resolvía las preguntas que me invadían: si éste era su Mundo, y nadie lo había visitado, ¿cómo podía odiar a mi gente?, ¿por qué necesitaba la protección de este muchacho y sólo la de él?

El guía adivinó el bullicio de mis pensamientos:

- Mi princesa fue de tu gente, pero hace tiempo renunció a vosotros y quiso aislarse por su voluntad.  Le obligasteis al exilio, no tuvo otra posibilidad, se le cerraron las puertas de vuestros corazones y vino aquí con lágrimas de ingratitud, de crueldad y de abandono.  Le rechazasteis con el desprecio y la maldad y ahora, aquí, conmigo y lo que ves, es feliz porque disfruta de la libertad de la naturaleza y evita el contacto con seres desagradecidos.  Has aprendido a vivir y no necesita nada más.

- Y, ¿cómo llegó, entonces, a este paraje “fantástico”? -ironicé-.  Nunca oí hablar de un Mundo así.

Mi pregunta le hizo desvelar el secreto que me había ocultado alevosamente.  Se detuvo sin volverse a mirarme, y con los ojos hacia el suelo, me contestó:

- También la trajo un pájaro.

- ¿Un pájaro?

- Así es.

- Y él, ¿está todavía con ella?

- No, huyó y nunca regresó.

Comenzó a interesarme la princesa.  Siempre pensé que mi pájaro era único, que solamente yo tenía esa protección, y oír hablar de otro ser idéntico, o quizá el mismo, me pareció un engaño, me resistía a compartir mi pájaro.

- ¿Dónde nos dirigimos? -le pregunté.

- Vamos hacia mi princesa.

- Pero tú dices que no quiere verme.

- Debo llevarte hasta ella.

- ¿Aun contra su voluntad...?  Puede castigarte.

- Sé cuál es mi misión.

- Y, ¿si no desea verme?

- ¡Silencio!...  El camino es duro.  Sígueme sin desfallecimiento y guarda las fuerzas, porque no me detendré.  Debemos llegar ante ella en seguida, no puede soportar la soledad.

- Entonces, ¿por qué vino a este paraje?

Tuve que tragarme mis palabras y hacer una carrera para alcanzarle, porque había cumplido su advertencia a rajatabla.  Marcó un paso enérgico y avivaba el andar sin importarle si yo podía ir tras él.  Estaba enojado y transmitía su ira a unas piernas acostumbradas a patear aquellos senderos.  Me resultaba difícil seguirle, pero qué más deseaba yo que conocer a su enigmática señora.  Una vez cercano a él, me atreví a preguntarle:

- ¿Cuál es tu nombre, muchacho?

- Nonato -respondió con sequedad.

Mantuvo invariable su mirada al frente y continuó avanzando siquiera con más rapidez.  Ni una sola vez comprobó si podía soportar su paso.

El entorno era ciertamente acogedor.  La ligereza de su caminar no me impedía la visión maravillosa de aquellas tierras.  Era un bosque virgen, la naturaleza verde se extendía por todas partes hasta donde mis ojos llegaban.  A través de los resquicios que dejaban las ramas de los árboles, se filtraban los rayos del sol incipiente, haciendo juguetes de las sombras.  La hojarasca crujía a nuestros pies, como único sonido en todo el paraje, y escondía por completo el sendero serpeante.  Teníamos que apartar con los brazos las ramas que cruzaban y que en más de una ocasión llegaron a golpearme en el rostro. A pesar de lo solitario, nada presagiaba peligro; al contrario, se respiraba acogimiento y confianza.

- ¿Dónde está vuestra gente, Nonato?

- No tenemos gente, aquí sólo vivimos ella y yo, un paje y su princesa.  Cualquiera que pretenda cambiarlo, será alejado de nosotros, deberá marcharse, no será posible su estancia aquí.

- Pero, ¿quién puede vivir solo?

- Mi princesa no vive sola.  Yo cuido de ella y no necesita nadie más que le sirva ni le proteja en este Mundo.

- No lo entiendo.  ¿Por qué me llevas hasta ella?, ¿qué hago tras de ti?

- Tú no vivirás en este Mundo.

Sonó como una premonición.

- Sigo sin entender.

- No tengo más respuestas que darte.

Le adivinaba rencor, estaba dolido y sin embargo me conducía, con un sentido admirable del deber, hasta su dueña.  A cada paso, su herida se abría más y más, pero superaba la terrible contradicción y me franqueaba las puertas de su mundo.

Caminábamos tan deprisa e imaginaba tantos desenlaces que perdí la noción del tiempo.  Ahora los senderos nos conducían por una sabana inmensa que terminaba al pie de la montaña gigante. El paje se despreocupaba de mí y seguía acelerando el ritmo.  Apenas podía ya seguirle y, casi sin aliento, le rogué:

- ¿Podemos descansar?  Siento que mis pulmones van a estallar y ya no me obedecen las piernas.  Sentémonos un instante.

- No.

La respuesta impedía cualquier réplica.

Por ningún lado veía algo que pareciera el lugar habitado por la princesa, e incluso volví a dudar de su existencia.  El cansancio me derrotaba  y minaba mi esperanza.  Pero no podía perder la estela del muchacho por dos razones: mantenía la curiosidad y no quería quedarme solo en el paraje.

- ¿Vive muy lejos tu princesa?

Pregunté por la inercia de mi pensamiento, porque en realidad no esperaba contestación alguna.  Y esta vez, jugando a contradecirme, respondió.  Respondió nostálgico, como quien habla de algo que fue suyo y se perdió para siempre.

- Queda poco camino.  ¿Ves aquellas rocas horadadas, en la montaña, donde la ladera comienza a ascender más inclinada hacia la cima? -me señalaba hacia la montaña de chistera blanca-.  Allí vive la princesa.

- ¿Y hay que subir hasta esas rocas?

- Sí, tengo que llevarte hasta allí.  Has venido para conocer a mi señora.

- ¿Yo? -me asombré.

¿Cómo iba yo a venir a conocer a la princesa?  El muchacho me desconcertaba.  ¿Qué sabía él?  Ante la extrañeza, dejé de caminar y permanecí mirándole estupefacto.

- No te detengas, no podemos perder tiempo, todo debe acabar cuanto antes.

- Pero escucha...

- Allá arriba tendrás la contestación.  Ahora sígueme.

El cambio de actitud del paje y su sorprendente revelación me dio nuevas fuerzas para continuar.

Comenzamos la ascensión por una senda estrecha y tremendamente irregular.  Estaba trazada zigzagueante, sorteando los obstáculos de la ladera.  Elevé la mirada hacia la cima al doblar un recodo, y sobre mí se alzaban las nieves eternas del gigante, la camisa blanca de la montaña, cuyo último fleco casi moría sobre el conjunto de rocas que formaba el castillo de la princesa.  Nos adentramos en los anillos de niebla.  El viento erizaba las brumas creando remolinos.  Sentía frío y un extraño temor.  Sonaba un silbido suave, como un aviso de un misterio a punto de desvelarse.  Podíamos ir hacia una morada de brujas o al campamento de unos duendes perversos.  Si el paje hubiera desaparecido, nunca habría osado continuar por aquel tenebroso ambiente.

Como por ensalmo o encantamiento de un hada bienhechora, las nieblas quedaron atrás y el sol castigaba nuestra senda.  Doblamos un pequeño picacho y, por fin, llegamos al destino.

- Aquí acaba mi camino -anunció mi guía.

Nos detuvimos frente al ojo de una gruta y, a través de ella, al término de un túnel larguísimo, destellaba un punto de luz.

- Espera.

El muchacho anduvo hacia unos matorrales y se perdió de mi vista.  En apenas un instante, volvió a mi lado completamente desnudo y con una rama de olivo en la mano.

- Acompáñame -rogó.

Atravesamos la gruta con un paso lento y en el más absoluto silencio.  A unos metros de la salida, se volvió hacia mí.  La intensa luz solamente permitía ver el dibujo de su silueta, ribeteada por un aura extremadamente blanca.  Su voz sonó cortada, lastimera, y con un quejido en sus labios, se despidió:

- Di a mi princesa que me llevo una rama de su Mundo.  Adiós.

Creo que lloró. Pareció decir “hasta nunca”, y me dejó sin darme tiempo a responderle.

Tardé en reaccionar.  El pequeño paje me heló con sus palabras.  Se había marchado sin explicación, huyó por un cortado de la roca y no encontré ningún resquicio por el que seguirle.  Con su primera actitud lo había despreciado, pero sus últimas frases, cuando ascendíamos la montaña, iban cambiando mi parecer; al principio, en desconcierto, luego, en curiosidad, más tarde, en confianza y, al final, en compasión.

Atravesé con lentitud el tramo hasta la salida de la gruta y los rayos del sol me cegaron.

Me encontré en un patio extenso, cubierto de polvo, o arena, de una capa fina que cubría el granito liso.  Verdadera­mente, aquella obra de la naturaleza parecía diseñada por el arquitecto de un señor feudal.  Era un auténtico castillo.  Frente a mí, a pocos pasos, se alzaba la roca horadada que vi desde la falda de la montaña.  A través de los grandes agujeros, se filtraban pedazos del paraje verde del fondo.  Desde abajo, era imposible imaginar aquel espacio abierto en la ladera, porque su entorno estaba protegido por paredes naturales que hacían las veces de almenas.  Y sobre esas paredes de roca pura trepaban tallos y hojas respetando unas aberturas a modo de tragaluces.  En el centro del patio, un enorme cedro señoreaba el castillo.  Desde donde me encontraba, elevando la vista, sólo se veía cielo, cielo azul sin nubes.  No era el nido de brujas que imaginé entre las nieblas.  Dibujaba formas suaves, figuras cálidas, no tenía torres alargadas ni agujas que punzaran el aire.  Se respiraba silencio acogedor, protección, belleza.  Aquéllo no podía ser el castillo de un ser que odiaba ni el de una mujer malvada o un princesa triste.

- ¿Por qué has venido?

Escuché agresividad.  La voz surgió a mi espalda.  Me volví hacia ella.

Una mujer me miraba desafiante, me estudiaba.  Sus ojos lanzaban un reto pendenciero y su postura invitaba al duelo.  Pero a pesar de ese deseo, habría deslumbrado a cualquier mortal.  Sus cabellos, en largo y negro manto, se movían con una ligera brisa.  Destellaban.  Su rostro nada tenía que ver con la dulzura de los rasgos del paje.  Despedía fuego por sus pupilas negras en un brillo tempestuoso.  Agredía con su mirada, transmitía seguridad y un aguerrido comportamiento.  Y aunque había lanzado una provocación, aquellos labios rojos, aun esgrimiendo la más afilada espada, jamás podrían hacer daño.

- ¿Eres tú la princesa de este Mundo?

- A la vista está, supongo -contestó arrogante.

- Así lo creo, no intentas disimularlo.

- No has respondido. ¿Por qué estás aquí?

Volví a oir el mismo tono de exigencia que el paje me ofreció en su aparición.

- Debes saberlo.  ¿O quizá quieras oírlo de mí?

- No te conozco, ¿cómo quieres que lo sepa?  Aquí no vive nadie conmigo.

- ¿Y tu paje?  Debió informarte cumplidamente. ¿No es tu servidor?

- No sé nada de mi amigo.

- Dijo que no podía separarse de ti.

- Y es cierto, pero hace varias horas que salió de aquí... y veo que ha incumplido su deber.

- ¿Por qué?

- Nadie puede acercarse al castillo y su ausencia ha permitido que tú lo hicieras.

- Al contrario, princesa, me condujo hasta aquí.

Noté un gesto de extrañeza en su rostro.

- Me encontró en tus parajes -continué-.  Y me exigió que le siguiera.  Sin él no habría encontrado este castillo. Me dejó a su puerta y se marchó con una rama de olivo, rogándome que no me olvidara de decirte este detalle.

- Una rama de olivo...  Se ha ido...

- Eso es, se escapó.

- Y, ¿quién te trajo a este Mundo?

Casi gritó con su pregunta.

- Un pájaro.

Ahora sus mejillas se encendían.

- ¿Un pájaro?  Y, ¿cómo era tu pájaro?

- Un pájaro majestuoso, silencioso.  Me tomó entre sus alas y me hizo volar a tal velocidad que no podría reconocer el camino que  siguió.  Me abandonó y se fue...  Como ves, no tengo ningún motivo para estar aquí.  Debería ser mi pájaro quien te contestara, pero no sabe hablar.

- A mí sí me habló.  Sígueme... por favor.

Habló con dulzura y cuando giró para que siguiera sus pasos, recordé la noche pasada: ella era la firme arquera de mi sueño.  No podía confundir su silueta.

Accedimos a una galería en la roca.  El pasillo estaba alumbrado por teas a los lados, y terminaba en una pequeña estancia.

- Toma asiento -me rogó.

Ella continuó en pie, paseando a mi alrededor, como si todavía desconfiara de mi presencia,  Tras un corto silencio, me volvió a requerir:

- Cuéntame de tu Mundo.

- Según me dijo tu paje, vienes de allí, así que lo conoces y no creo que mis explicaciones añadan algo a tu experiencia en él.

- Es cierto. Viví entre vosotros durante mucho tiempo, pero prefiero este lugar.

- Lo entiendo, pero este lugar no es mejor, es diferente.  Aquí estás sola.

- Quiero saber de tu Mundo -insistió-.  Tu opinión sobre él, cómo vives, qué haces.

Nació otra vez su energía, encendía destellos de ansiedad, exigía la respuesta.  Tardé en contestar, porque no pensaba que me solicitara ésto.  En el silencio de la espera, tembló.

- Mi Mundo, princesa, también es hermoso...  La variedad de los seres lo enriquece, y evita esta soledad.  Nuestros parajes no desmerecen de los que te rodean.  Existen bosques, montes y selvas para vivir como tú lo haces; también despiertan libertad.  Y aunque las ciudades crean bloques de asfalto y cemento, están ahí para cumplir su misión.  Además, mi Mundo tiene algo que no he visto en tu feudo: seres, seres vivos, animales que completan la naturaleza.  Me gusta mi Mundo, princesa.

- Todo eso lo conozco y lo he gozado.

- ¿Por qué huiste entonces?

Eludía mi pregunta.

- Me arrepentí de perderlo, amigo... Pero quiero que me cuentes de tu gente, de tus semejantes.

- No entiendo.

- Dime sus virtudes, sus defectos, sus ideales.

- Es difícil.  Mi gente es dispar.

- La gente es cruel -me lanzó.

- No.

- ¿Tan seguro estás?

- Te he dicho que es dispar.  Nadie es igual a otro, no puedo generalizar.

- Pero, ¿y la mayoría?

- Persona a persona, pocos son crueles, muy pocos.  Quizá los locos....

- Pero nadie es persona sola, nadie vive solo, bien lo has dicho antes.

- Es cierto.  Todos necesitamos de alguien, o de todos, pero cada ser humano siente y hay que llegar hasta esos sentimiento.  ¿No te parece?

- Es imposible.

- Difícil sí, no imposible.

- Cuando la gente actúa en colectividad, se vuelve impersonal, no cuidan por ti, avasallan y asfixian.  La masa se come al individuo, lo engulle y lo despersonaliza.

- Pero no todo es masa -le rebatí.

- Los gobiernos de los fuertes sólo hablan de poder, de guerra, mientras los débiles tienen que mendigar un poco de alimento para subsistir.  Los poderosos presionan al pequeño con el dinero, le obligan a comprar armas cuando le proporcionan algo para comer.  Y sólo ayudan a quien le garantiza un gobierno en su misma línea política.  Esas son tus naciones, tus reinos, que crean la paz con el miedo a la guerra.  ¿Y eso está bien?  ¿Eso es correcto?

- Los países no sólo son sus gobiernos.  Hay organiza­ciones con otros fines más humanitarios.

- Pero tienen que bailar al son de los gobiernos.

- ¿Por ellos te has escondido?

- Es una buena razón.  ¿No te parece suficiente?

- Sinceramente, no.

Me miró con el ceño fruncido.  Estaba seguro que aún no me había revelado el motivo de su huida.

- No es razón suficiente, princesa -continué-. El Mundo se compone de algo más que un modo de gobernar.  Debes tener otras causas  que no hablen de masas ni países...

- Sí, el egoísmo de cada ser.

Apenas pude oír sus palabras.  Había escondido la barbilla junto al pecho y su mirada se perdía por el suelo.

- ¿Quién es egoísta? -le increpé.

- ¿Quién no?... Me cansé de recibir desdenes, todo el mundo me hería, no podía sincerarme a nadie, porque luego aprovechaban en mi contra lo que les descubría, abusaban de mi ingenuidad, o de mi confianza...  Cada día recibía más desilusiones de quien me rodeaba, todos actuaban para su provecho, para ganar más dinero, para alcanzar mejor posición, y sólo se aliaban por interés, prestaban su amistad y sus favores a quien pudiera ayudarles en sus pretensiones.  Y, mientras tanto, los seres realmente solidarios con los demás se condenaban a una vida repleta de necesidades.

- Eres muy débil, princesa.

- Y ¿contra quién puedo luchar?

- Contra ti misma.  No hay nadie más culpable que tú.

- ¿Yo tengo la culpa de todas las inmundicias de tu Mundo?

- Sólo debes responder por ti.

- Por eso decidí recluirme en este país de soledad.

- Actuaste con cobardía, te refugiaste, huiste de la lucha, te derrotaron.  Eres una mujer vencida.

- Pero vivo con dignidad.

- ¿Te sientes digna sin haber siquiera intentado la lucha?

Guardó silencio.  Creo que mis palabras le herían más que sus experiencias en el Mundo real.  Comenzaba a sonsacarle sus razones y se derrumbaba.  Comprendí que podía hacerle mucho daño y cedí en mi presión.

- Te ha ganado la impaciencia.  Eres rígida y no has querido entender más allá de tus ojos.  No puedo negar que exista, e incluso que abunde, la mezquindad, o el engaño, o la mentira...  Hasta es bueno, princesa, bueno porque si no existiera, no podríamos diferenciar y apreciar el amor, el desinterés, la unidad, la esencia de cada ser.  ¿O es que no encontraste ésto?

- Sí, ¿y qué?

- ¿Cómo que “y qué”? -le repliqué, enfadado-.  ¿Disfrutas sólo valorando lo negativo?  ¿No ves cómo tu error está en ti misma?

- Estimado amigo, no acepto tus reproches -volvía a su arrogancia-.  No puedes juzgarme tan severamente sin conocer todas las situaciones que pasé.  No, no puedes hacerlo.

Guardó silencio mientras cerraba los ojos para ocultar unas lágrimas entre las pestañas.

- Nunca me podrás entender -prosiguió-.  Claro que he visto amor, y amistad, y entrega... Lo he visto, pero ¿quién me lo ha hecho sentir?  He vivido sin calor, sin ayuda, recibiendo presiones y desprecios hasta llegar a pensar en el suicidio.  Nadie se acercaba hasta mí con deseo de darme su presencia, de sacrificarse para consolarme o para animarme...  Estaba sola.

- ¿A quién se lo pediste?

- Nadie quiso dármelo.

- ¿A quién se lo pediste?

- Si estaba sola, ¿a quién?

- Y, ¿por qué no fuiste a buscarlo?  Decías que la masa es cruel, pero no te acercaste al ser humano, no te atreviste a descubrir en él la bondad, la alegría y el bien que puede dar, no tuviste la paciencia de buscar y encontrarlo.  Te escondiste en tu mundo porque te crees frágil... y lo serás si insistes en permanecer aquí, si estás oculta a la realidad.

- ¿Dónde están tan buenos amigos? -ironizó.

- No crees que existan, ¿verdad?

- ¿Eres tú uno de ellos?

- No soy yo quien deba decírtelo.  Si lo deseas, tú puedes descubrirlo.

- Y, ¿qué me puedes enseñar?

- Ojalá fuera un sabio y te diera la solución.  No soy ningún experto, sólo sé que sin lucha no hay batalla ganada a disfrutar.  Mientras actúes con fortaleza y superes tus carencias, la vida es simplemente vivir, lo demás llegará por añadidura.  Si el primer obstáculo te derrumba y no quieres levantarte, ¿dónde queda tu amor propio?  A la única persona que no debes defraudar es a ti misma.  Créate unos valores y lucha por mantenerlos.

Conforme escuchaba mis palabras, la princesa encendía su rostro.  Había hablado con un énfasis que ni yo mismo creía posible y sus ojos se habían teñido de dulzura y esperanza.  No la había convencido, porque ella sabía que todo era así, solamente necesitaba alguien que se lo dijera y le confortara.  Sé que para la princesa yo era un valiente.  Estaba equivocada, su misterio me arrancaba palabra a palabra sin poder meditar qué debía decir.

Quedamos en silencio y el momento dulce me hizo recordar a mi pájaro... y al de la princesa.

- ¿Cómo es que habló tu pájaro? -le pregunté.

- Mi pájaro nunca tuvo silencio, me acogía en la tristeza y me hablaba suavemente.  No podía suponer que en sus últimas palabras me anticipaba este final.  Al despedirse me dijo: “Nonato será tu paje, porque ahora eres princesa.  Está creado para servirte a ti y sólo a ti, en este paraje de ilusión.  Pertenece a mi universo y a él volverá cuando ya no tenga labor que cumplir contigo.  Yo regresaré cuando alguien sea digno de ser tu compañero”.  Y me dejó aquí, en esta roca que hoy es mi palacio.

- Dime tu nombre, princesa.

- Esperanza, amigo mío.

Dos sombras majestuosas descendieron hasta nosotros.  Nuestros pájaros nos tomaron quedamente, dejamos atrás el mundo de la fantasía y comenzamos un viaje al unísono hacia la realidad.

Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Quizá mi sensación de soledad le llamó, o quizá estaba al acecho desde que nací, o quizá su labor ya estaba preparada desde siempre.  Llegó mi pájaro sin aviso.  Le miré con recelo, pero sin temor, como si lo conociera... y me invitó a subir a su lomo.  No quise aceptar, porque nada ni a nadie habría aceptado.  Y menos aún, en esas horas de noche temprana, cuando el silencio te sumerge más allá de tu propio corazón.  Rechacé su petición, escondiendo la cabeza bajo la almohada, pero el pájaro aguardó pacientemente hasta que asomé la nariz, y me ofreció una sonrisa de confianza.  Volvió a agacharse, repitiendo su invitación, y, en el sopor, no recuerdo si la habitación se convirtió en cielo o el mundo de las nubes entró en mi guarida.  Lo cierto es que volábamos.

Volábamos quedamente, atravesando el aire con suavidad.  Apoyaba mis manos sobre el plumaje gris de su cuello y entrelazaba los pies bajo sus alas.  Recorríamos un cielo blanco y azul entre los huecos del algodón inconstante que cubría nuestro camino.  Desde lo alto, los parajes se me hacían tan diminutos como el carro de las estrellas o el rostro somnoliento y bonachón de la luna de la noche.

No podía suponer si mi pájaro tenía un destino, y tampoco hice esfuerzos en imaginarlo; me dejaba llevar, su sonrisa me había cautivado, y en su lomo me sentía protegido y feliz como un bebé acostado en el regazo de su madre.  Sobrevolamos ciudades atestadas con monstruos de cemento y asfalto, con fábricas apestosas y luces de neón, campos enormes de trigo, tierra yerma y montes exuberantes sin torres de metal.

Pero a pesar de su vuelo quedo, a pesar de su calma contagiosa, mantenía un rumbo recto hacia el horizonte, sin dudas y por horas y horas que parecieron segundos.

Nos acercábamos hasta los parques y las escuelas y yo gritaba a los niños saludos que no podían oir.  Un labrador pareció vernos, llevó la mano a su frente para protegerse del sol y asegurarse de la visión, pero una nube gris nos ocultó como por encanto y continuamos la línea recta de nuestro camino.  Surcábamos el mar...  jugueteábamos con las gaviotas, con los albatros y con los peces voladores.  Sorteamos las tempestades ascendiendo hasta el infinito y con el mar calmado dibujábamos el sendero ondulado de las olas.

Volvimos a ver tierra y el rígido rumbo nos trasladaba por encima de los  acantilados y de las arenas doradas.  Llegamos a la selva y atravesamos las sabanas y un río inmenso, y, al ver las cataratas a lo lejos, empujé el cuello de mi pájaro para pedirle que descendiera.  Entendí que cedía a mis deseos, pero solamente se acercó hasta que el agua embravecida salpicó mi rostro.  Entonces comencé a preocuparme.  Comprendí que aquel vuelo no era un vuelo de placer, incluso llegué a pensar que mi pájaro me había raptado, que pretendía trasladarme a su cubil y esconderme noches y noches, quizá toda la vida.  Me invadió la angustia y me aferré con manos y pies a su cuerpo.  Era imposible, mi pájaro no podía fallarme así.  Y siguió, siguió volando en su cauce hacia no sabía dónde.  Tuve miedo.  A pesar de su sonrisa, sentí morir.  Pensé que no volvería a casa...

El viaje continuaba sobre las nubes, nubes oscuras que ocultaban la tierra y hacían aumentar mi sensación de impotencia.  De pronto, tras atravesar una cordillera, después del último promontorio, se abrió a mis ojos una llanura que se perdía a lo lejos.  Y mi pájaro descendió casi imperceptible-mente, con un vuelo siquiera más quedo.  Le liberé de la presión en su cuello y observé detenidamente el paisaje.  Desde la montaña hasta el horizonte, la tierra estaba cubierta de flores, flores de todos los colores y de todas las especies.  ¡Pero tenían vida!, tenían movimiento.  Mi pájaro casi se había detenido en el aire y me permitía una visión perfecta.  ¡Las flores eran personajes, estaban vivas!, hablaban, jugaban, reían, formaban grupos.  A vista de pájaro, aquel Mundo irradiaba felicidad... Todos desbordaban alegría...  Todo era cortesía...  Desde mi vuelo veía a las flores en un juego continuo, respetuosas, amables, gozosas...  Una de tallo largo se agachaba y conversaba con otra pequeñita que se estiraba para ver la corola de su compañera.  Más lejos, una muy bella peinaba los estambres de otra insignificante, de tallo corto y asimetría indecorosa.  Todos los grupos parecían reuniones de viejos amigos, nadie avasallaba, nadie imponía su poderío.

Los arbustos formaban habitáculos variados de gran tamaño, diseminados por toda la  llanura, y las flores correteaban en los espacios abiertos entre ellos.  No se veía el final del jardín.

Y mi pájaro, mi pájaro amigo, después de recorrer suavemente el alegre jardín, comenzó una ascensión veloz, se detuvo de repente y con un golpe de ala me arrojó al vacío y huyó.  En mi caída, aún tuve tiempo de pensar en mis sospechas anteriores y de volver a sentir la angustia y el miedo que me invadió.  Cerré los ojos y supongo que perdí la consciencia, porque no recuerdo cómo, en el tiempo de tan rápida caída, unas rosas blancas tejieron una malla protectora para evitarme el impacto contra el suelo.  Cuando desperté, una de ellas, con las demás separadas, como guardándole la espalda, me saludó:

- Bienvenido, extranjero.

El sonido de su voz me dejó perplejo, y con el aturdimiento de la inconsciencia, no acertaba a contestar.

- Eres bienvenido, extranjero. Estás en el Jardín Feliz.

Me incorporé.

- Gracias, me habéis salvado.

- Nuestro deber es guardar la alegría en este Mundo.  Un accidente siempre es una desgracia.

- No me importan los motivos.  Gracias otra vez -reafirmé.

- ¿De dónde vienes, extranjero? -continuó interrogando la rosa blanca.

- De allá lejos - y señalé hacia dónde había huido mi pájaro.

- Y aquéllo, ¿qué es?

- Otro Mundo -le respondí con voz queda y sin querer parecer misterioso.

Su tallo penduló.  Creí ver miedo en su cáliz.  Se estremeció y todas sus compañeras se unieron en un murmullo.

- En fin, somos generosidad y aún no te hemos ofrecido nuestra morada.  Acompáñanos y te mostraremos los aposentos donde podrás descansar.

A pesar de su pretendida largueza, notaba sequedad en su ofrecimiento, y, al comenzar a caminar, sólo ella se colocó junto a mí, mientras unas cuantas rosas blancas más nos seguían a poca distancia.

- Y tu Mundo, ¿cómo es? -siguió interesándose.

- Muy distinto al vuestro, por lo que veo, muy distinto.

- Y ¿en qué ves tanta diferencia?

- Es palpable, no tiene comparación.  Desde mi pájaro he visto en vosotras unidad, alegría continua, juegos, risas.

- ¿Acaso tu Mundo no es así?

- No, por lo menos en esa continuidad.  Aquí he podido ver desde las alturas todo felicidad.  Y mi Mundo no es siempre feliz.  Se hace dura la vida y conseguir vuestra situación es imposible.  ¿Cómo podéis lograrlo?

- Mediante la igualdad -aseveró tajante-.  Todas somos iguales. Basamos la identidad en el respeto, en la mutua confianza y en la unión.

Caminábamos entre los grupos de flores, entre un sinfín de colores, entre un mundo atrayente.  Todas cumplían sus quehaceres con pulcritud, con compañerismo, con bromas y sensatez.  Todas sabían su misión y cada grupo prestaba un servicio distinto.  La organización era perfecta y en ese orden nada parecía fallar.

- Hemos llegado, extranjero.  Aquí podrás descansar.

Nos detuvimos frente a una construcción de cañas de bambú casi cubiertas con musgos y helechos.  El verdor y la fragancia envolvían el ambiente.  Una vez en su interior, invitaba al descanso y a la relajación.

- Dos de mis compañeras te servirán mientras permanezcas aquí.  Más tarde conocerás nuestro Mundo.  Que tengas buen reposo.

- Gracias, Rosa Blanca.  Hasta pronto -me despedí.

Como ella me había anticipado, dos compañeras de la anfitriona me acompañaron hasta los aposentos.  Se deslizaban silenciosas, una de ellas mostrándome el camino; la otra guardaba mi espalda.  Con gestos amables, me condujeron a una estancia inmensa, donde crecían multitud de plantas verdes.  En la pared frente a la entrada, se abría una ventana baja, tapada con troncos espinosos, cruzados a modo de celosía.

Realmente, necesitaba un respiro, habían sido muchas emociones extrañas en poco tiempo.  Me disponía a descansar sobre un montón de hierba, que supuse era el lecho de la estancia, y, a través de los troncos espinosos, vi cómo la rosa blanca que me guardó la espalda vigilaba mis acciones con la corola tensa y el tallo estirado.  La desafié con mis ojos y comenzó un paseo de centinela extremo a extremo de la ventana.

Al cabo de unas horas, tras haber dormitado inquieto, la Rosa Blanca penetró en mi estancia:

- Deseo que tu descanso haya sido provechoso.

- Gracias -contesté-, pero me resulta difícil dormir con esa vigilancia -añadí, señalando a mi guardián.

- Su deber es protegerte y servirte.

- ¿Protegerme en este Mundo?  No lo entiendo.

Y ella tampoco intentó explicármelo.

- Supongo que sigues interesado en conocernos...  El Jardín Feliz te espera.

Me invitó a salir y nuevamente las dos rosas blancas se colocaron a distancia y caminaron detrás de nosotros.

Las flores no se extrañaban de mi presencia.  Risueñas, nos cedían el paso.  Para saludar, inclinaban sus corolas, no sus tallos, dirigiéndolas hacia mi rostro.  Así, percibía la sugestiva mirada y el agradable perfume.  Ya habían terminado su labor y conversaban y jugueteaban sonrientes en grupos dispares que no repetían especie de flor entre sus componentes.  En cada grupo se erguía enhiesta una rosa blanca, amenazante con sus espinas, pero llena de luz y esplendor.

- He visto que vosotras, las rosas blancas, no participáis ni en el trabajo ni en la alegría de las demás.  ¿Es que formáis un conjunto aparte?

- ¡Claro que no! -contestó la Rosa Blanca, muy enfadada por mi observación-.  Nosotras somos los seres más desarrollados y, por eso, nuestra labor es encauzarlas en el aprendizaje de la confraternidad y del bien común.

- ¡Aaaajá! -y callé.

El paseo resultaba encantador.  Aquella ingenuidad, aquel entusiasmo querían contagiarme.  No veía en las flores un mínimo resquicio de tristeza, de desencanto, de lucha o de rebelión.

- ¿Siempre tienen esta actitud?  ¿Siempre demuestran esta felicidad? -pregunté a mi anfitriona.

- Así es, siempre, amigo mío.  Nuestro Mundo vive en la felicidad, en la comprensión, en el amor y nosotras cuidamos de que cada día su corazón crezca en la libertad y por el bien de todas ellas.  Es la única forma de alcanzar la felicidad.

- El objetivo es hermoso, pero imagino que difícil de conseguir.  ¿No teméis la llegada del invierno y morir con él sin haber logrado este ideal?

- Veo que no conoces este Jardín.  Aquí no existe el invierno.  Somos inmortales, vivimos en la eternidad. Sólo podemos morir de tristeza.

¿Quién pudiera ser habitante en este Mundo?, un Mundo eternamente feliz.  Sonaba a paraíso.  Desde luego, era increíble, aquella sociedad era increíble.  No sentía el odio ni la maldad, no había hipocresía, ni ahogo.  No escuchaba ningún llanto ni veía ninguna lágrima.

Los grupos se hallaban distanciados y no se relacionaban entre sí.  Habían vuelto a su tarea y cada uno de ellos cumplía su cometido con responsabilidad, pero sin perder el entusiasmo o la sonrisa, ni siquiera los trabajos ingratos afectaban a su comportamiento.  De vez en cuando, en nuestro camino se cruzaba una rosa blanca que paseaba por los espacios separadores de los grupos.  Frente a la anfitriona, envíaba un saludo rígido, disciplinado, y la Rosa Blanca respondía del mismo modo.  Cuando se dirigía a mí, forzaba una sonrisa y, en un murmullo temeroso, pronunciaba un nuevo saludo. Las otras flores eran más graciosas, más amables, menos afectadas; desprendían espontaneidad.

Comenzaba a anochecer y, a la orden de las rosas blancas, se inició un movimiento general en el más completo silencio.  Ahora se creaban otros grupos, esta vez por especies: lirios, alhelíes, gladiolos, crisantemos, narcisos...  Caminaron hacia los grandes barracones, construidos de troncos y enredadera, con paso disciplinado que no rompía su grácil quehacer.  También en cada grupo seguía presente una rosa blanca...  Y entre toda aquella amalgama, quise encontrar algo... faltaba alguien...

- Y vosotras, rosas blancas, ¿no os agrupáis como ellas?

- No, debemos cumplir nuestra misión.

- ¿No es vuestra misión la misma que la de las otras flores? -me interesé.

- Está claro que no, extranjero.  Nosotras debemos protegerlas y educarlas para procurar su felicidad, para que mantengan el espíritu que tú mismo habrás observado.  Por nacimiento y formación nos resignamos a perder la libertad para amparar a nuestras hermanas.  Nos debemos a ellas, sólo a ellas.  Cuidamos de su desarrollo en el afán de darles una existencia dichosa.  Renunciamos al grupo, pero ellas lo entienden y nos ayudan.  Han sido educadas para ser maravillosas.

Empezaba a indignarme. Aquélla situación me iba pareciendo agobiante.  Tanta sumisión, tanta entrega, tanto poder...

- Y ellas, ¿no se rebelan?  ¿No son inteligentes para decidir cómo deben vivir, cómo quieren organizarse?

- No, sería motivo de muerte -contestó muy exaltada.

- Entonces, ¿cómo habláis de libertad? -grité, enojado-  ¿Cómo podéis dar felicidad y actuáis de esa manera?  ¿Hay que amenazar de muerte para crear un Mundo perfecto?

A pesar de mi agresividad, la Rosa Blanca había recuperado su calma y me contestó en tono paternal.

- No me has entendido.  Ellas no saben que pueden morir, no conocen esas supuestas amenazas.

- Y, cuando matáis, ¿qué ocurre?  ¿Ocultáis las muertes, cómo les explicáis el asesinato?

- Querido amigo, nunca ha ocurrido.  Nosotras no somos asesinas.  Pero está previsto.  Si el caso llegara a producirse, se les comunicaría que su compañera había partido hacia un grupo mejor.  No sabrían la verdad.  Seguirían felices por medio de la ignorancia.

Procuré calmarme.  Mi corazón bullía asustado.

- ¿Basáis, pues, la felicidad en la ignorancia?  ¿Sois capaces de entenderlo así?

- Exactamente.  El conocimiento es patrimonio de las rosas blancas, porque nuestra formación se ha dirigido a saberlo encauzar para transmitir exclusivamente felicidad.  Ellas viven en la ingenuidad y en la ignorancia.

- Pero ser ignorante significa dejar de conocer lo que realmente puede hacernos felices.  Si no se conoce la belleza, ¿cómo se puede amarla?   Si no se conoce la ciencia, ¿cómo progresar?  La formación lleva a la comprensión de la felicidad.

- Te equivocas.  Los conocimientos llevan a la mente hasta los problemas que no tienen solución.

- ¡Cualquier ser tiene derecho a elegir su camino!  La educación completa es el primer paso a la libertad...  Te voy entendiendo, Rosa Blanca, tú quieres poder, y si enseñas la libertad, no podrás ejercerlo.  Vuestro deseo es tener sometidas, sumisas, a las demás.

- De tu entusiasmo deduzco que hablas por tu Mundo.  Supongo que así está instituido.

- Tienes razón.  Intentamos ser libres, tendemos a la igualdad, educamos en ella a nuestros niños.  Nuestro Mundo es más justo que el tuyo.

- Entonces, dime, ¿cuántos sois felices?

- Muchos, creo yo... -pero mis palabras temblaron.

- Tus ojos contestan de otra manera.

No sabía defenderme.

Si permanecía callado, iban a convencerse de su verdad.  Estaban equivocadas y debía demostrárselo.

- ¿Suponéis inteligente vuestro Mundo? -le lancé.

- Sí, lo es -contestó, arrogante.

- Por lo tanto, todas lo sois, ¿no es cierto?

- En potencia, sí... aunque sólo las rosas blancas estamos preparadas para desarrollar la inteligencia, siempre en favor del bien común.

- Y, ¿puedes decirme que nadie, ninguna de ellas, ha sido capaz de desarrollarla como tú dices y de rebelarse como vosotras y vuestra manera de gobernar?

- No, hoy nadie es capaz.

Ahí vaciló y perdió viveza su color.

Continuamos caminando un largo trecho en silencio.  La Rosa Blanca había descompuesto su apostura.  Parecía temer algo.

En nuestro camino ya no había nada que ver.  El silencio era sepulcral, porque las flores ya dormían bajo la vigilancia de los escuadrones de rosas blancas.  En sus paseos, ahora estiraban las espinas para enseñar el signo de su poder y evitar cualquier posible desliz.  Formaban un ejército disciplinado y fuerte, sometido a sus ideales, convencidos de que su labor era la correcta.

Llegamos frente a mis aposentos.  Con mis divagaciones, apenas escuché la despedida de la Rosa Blanca, pero aprecié que estaba inquieta, que tenía deseos de dejarme para dirigirse a algún lugar.

Me tumbé en el lecho.  Debía reconocer que aquel Mundo era maravilloso para sus habitantes.  ¿Quién tenía motivos para protestar?  Nadaban en la alegría, eran eternos niños en un continuo jugueteo, su forma de vida sería deseada por cualquier ser infeliz.  El fin de las rosas blancas era digno de alabanza.  Y lo conseguían.  Todas las flores se creían en el Mundo perfecto, quizá porque no conocían otro, quizá porque no necesitaban más...  Al día siguiente saldría de dudas, hablaría con ellas y me dirían su parecer.

La Rosa Blanca entró en mi aposento.  Había recobrado su color, caminaba erecta, reluciente.  Cruzó la estancia y se acercó hasta mi lecho para decirme:

- Hemos celebrado Gran Consejo ...  El Gran Consejo de Rosas Blancas estima que tu permanencia entre nosotras es dañina para la buena evolución de nuestro Mundo.  Mañana deberás marcharte.

- Pero si no conozco... si no he visto aún cómo lográis...  Tengo que llevar a mi Mundo vuestro método.  Nosotros también buscamos la felicidad eterna.  ¿Por qué no me ayudáis?  Hablaste de hospitalidad.

- Debes marcharte.

- ¿Acaso tenéis miedo de que descubra la verdadera intención de vuestro proceder?  ¿Me tenéis miedo, Rosa Blanca?  ¿A un hombre solo?  ¿Tan poco estimáis esa labor de dirección hacia la felicidad?  ¿Tan poco os fiáis de esas hermanas tan bien educadas?

- No eres quién para cuestionarnos.  Vienes de un Mundo imperfecto.  No eres feliz, ¿verdad?  Y si no lo eres, no podemos permitir que contagies a las flores.  Sencillamente, no queremos acoger a un infeliz.

- No es verdad, no es verdad.  Claro que existe mi felicidad...  No me has entendido.

- Debes salir de aquí.

- Pero, Rosa Blanca... -emití el canto de la súplica, de la impotencia, a lo que supongo estaba tan acostumbrada a oir, y se creció todavía más, mirándome de soslayo; mientras salía, sentenció:

- No estás autorizado a replicar.  Las decisiones del Gran Consejo son irrefutables.  Mañana deberás marcharte...

Di un puñetazo al tronco más cercano.. Sentí una desazón terrible y caí derrotado.  Suspiré.  Estaba enojado, herido, pero no podía hacer nada...  Pensé si incitarlas a sublevarse sería la solución.  Quizá hablarles, hacerme fuerte con ellas, las sometidas, les daría empuje para imponerse a la tiranía de sus gobernantes.  Quería suponerlas reprimidas...  Era un error.  Su existencia era feliz, nada tenían que reprochar, nada tenían en esa mente anulada para descubrir que había algo distinto.  No podrían entenderme ni tampoco tenían motivo para cambiar.

Paseé por la estancia largo tiempo. No podía conciliar el sueño.  Me apoyé en el alféizar de la ventana, y a través del enrejado observé el horizonte.  ¡Qué pequeña se hacía la Luna!  Sus rayos se extendían por el rocío del jardín, y lanzaban un reflejo que vencía la oscuridad y la propia luz del astro.  En aquella belleza era imposible que siempre hubiera existido el dominio de las rosas blancas.  Disfruté del paisaje con nostalgia:  tenía que irme...

Pero allá, a lo lejos, algo no cuadraba y me extrañó.  Entre tanta luminosidad, había un espacio tremendamente oscuro.  Agudicé la mirada y el resplandor de sus alrededores me permitió ver el perfil de un tenebroso edificio que se erguía con descaro, sobresaliendo en altura y forma de todo lo que le rodeaba.  Era algo así como un palacio o una cárcel.

Bajo la ventana, paseaba mi guardián:

- Rosa blanca -le llamé.

No me contestaba.

- Rosa blanca, tengo que hablar contigo.

Sin dejar de caminar, me respondió:

- ¿Qué quieres?  No me está permitida la comunicación con el prisionero.

- No soy prisionero.  Estoy invitado por vosotras.

Parece que le convencí, porque, aun sin detenerse, volvió a hablar:

- ¿Qué quieres?

- Allá al fondo, veo un edificio extraño.  No cuadra con vuestro jardín.  ¿Qué es?

Ahora sí se detuvo, y mirándome retadora, explicó:

- En él yace la tristeza.  Es un lugar prohibido, el cementerio de quien no quiere gozar la felicidad.

- Si sois inmortales, ¿quién está enterrado?

La rosa blanca había vuelto a su paseo de centinela y no advertí que quisiera continuar la conversación.

Seguí observando el edificio, y pensé: “Allí guardan su secreto.  Allí está la respuesta al origen de este gobierno”.  Aquel paraje me daría la solución a todas las dudas.  Decidido, me dispuse a crear un plan para acercarme hasta él.

La arrogancia de las rosas blancas me lo puso fácil.  Burlé a mi guardián, no había más vigilantes y la puerta no tenía cierres. Amparado por el silencio, me escabullí entre las sombras y sorteé con sigilo a los escasos centinelas que guardaban el reposo de las flores.  Casi sin aliento, alcancé mi objetivo.

Ante mí, se extendía un campo yermo, satinado con brotes de maleza y limitado por barreras de espinos.  Todo aquéllo despedía hedor de muerte.

En una esquina de aquel camposanto, se alzaba una torre inmensa, construida de troncos secos y cubierta de ortigas.  En lo alto, se abría una ventana, y, filtrándose entre la hiedra que la cerraba, vi una luz. Ni siquiera me dio tiempo a entender el impulso.  Trepé por los troncos, azorado, lastimándome la piel.  Rasgué la reja y salté a la estancia.

Allí se encontraba.  Entonces me di cuenta de lo que había echado en falta en el Jardín Feliz.  Allí estaba el vacío del Mundo perfecto.  La Rosa Roja.

- Rosa Roja, eres tú -susurré.

Se acurrucaba en un rincón del calabozo, con sus pétalos ajados, el tallo encorvado, las espinas romas...  Levantó lentamente su corola y vi una mirada triste...

Había algo en mi interior que me obligaba a compadecerla y admirarla.  Su misterio tenía poco que ver conmigo, pero me sacudía una sensación inexplicable y estaba paralizado.

Se irguió y, escondiendo todo aquéllo que la extinguía, con un tono entre ingenuo y arrogante, me preguntó:

- ¿Quién eres tú?  ¿Por qué te extraña verme aquí?

Callé, no quería contestar todavía.  Aquella flor me cautivaba con su presencia, su aroma y su historia.  El enigma de su cautiverio ya no tenía secretos para mí, y su belleza me estaba envolviendo.

- ¿Quién eres? -insistió.

Sacudí la cabeza, olvidé las alabanzas que estallaban en mi corazón y respondí:

- No sé cómo ni por qué he llegado hasta aquí.

- ¿De alguna forma habrá sido, algún interés te habrá movido?  Nadie sabe dónde se encuentra el Jardín Feliz.  ¿Quién te ha traído?

Preguntaba con seguridad, parecía acostumbrada a exigir y verse complacida.

- Desde luego, mi deseo no era llegar hasta aquí, pero un amigo tan misterioso como tú me abandonó en un viaje y caí en tu Mundo.  Era un pájaro, un pájaro majestuoso.

- ¿Cómo es posible?  Nunca conocí a un pájaro que nos visitara.  Aquí sólo habitamos flores, ningún pájaro es de este Mundo.

- Quizá mi amigo pertenezca a todos los mundos.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

- Llegué esta mañana.  Las rosas blancas me acogieron y me alojaron.  Ahora...

Volvió a preguntar presurosa, inquieta por conocer mi respuesta:

- Y, ¿qué has visto?  ¿Qué te han contado?

- Cuando mi pájaro me abandonó, las rosas blancas me ofrecieron su hospitalidad.  Tuve un aposento y me mostraron su organización.  Todas las flores eran felices, jugaban, reían, disfrutaban de su existencia.  No vi un atisbo de tristeza, de agresividad.  Su vida era calmada, dichosa.  Nadie era presionado para cumplir su trabajo.  Me extrañó tan gratamente que quise averiguar sus métodos para conseguirlo y llevarlos conmigo.

- ¿Y te mostraron cómo lo han logrado?

- Con mi insistencia, pude hacerles hablar y lo que deduje de sus palabras no fue tan grato como mis observaciones.

- Cuéntamelo, por favor.

Mi Rosa Roja perdía su exigencia y, en su seno, emitía un ruego casi desesperado.

- Las rosas blancas han sometido a sus hermanas, han adquirido un poder fuerte y con él las educan en la ignorancia.  Creen que la ignorancia es la base de la felicidad.  ¡Y lo cierto es que la consiguen!  No lo comprendo, no lo admito.  No entendía que nadie se hubiera opuesto... pero ahora tú me das la respuesta a todas las dudas.  Aun con todo, algo me extraña, mi Rosa, ¿cómo estás cautiva y no muerta?, ¿cómo te han recluido aquí y las de tu especie yacen en ese cementerio?

Pareció gemir, pero no perdió su aspecto de majestad.  Había escuchado mi relato con la corola encendida y sujetando su tallo para mantener la gallardía.

- Como habrás supuesto, soy cautiva de mis hermanas blancas.  Me encerraron hace tiempo y, por lo tanto, sólo puedo hablarte de lo que conocí en mi libertad.

- Realmente, eso quiero saber.

Guardó un grave silencio y se deslizó por la estancia hasta llegar a la ventana y perder la mirada hacia la luna.  Sus palabras nacieron nostálgicas.

- Las rosas siempre hemos sido la especie fuerte, no importaba el color, todas las rosas formábamos parte del Consejo Rector y del ejército.  El Gran Consejo se elegía entre nosotras y la presidencia se alternaba.  Nunca hubo una disputa importante; la vida transcurría con altibajos, con criterios distintos, con odios y amores, risas y desilusiones, temores y alegrías.  Nuestra relación podía causarnos cualquiera de esos sentimientos, pero no por interés personal, sino porque todas queríamos lo mejor para el Jardín, cada una pensaba que su propuesta era la más beneficiosa para el bien común.  El Gran Consejo pretendía ser justo y yo creo que lo conseguía.  Las rosas velábamos para que se cumplieran sus acuerdos.  Nuestras espinas, creadas para defendernos, también podían prepararnos el ataque, y las utilizábamos para vigilar la igualdad, para proteger a los débiles de un abuso de fuerza.  Cada una tenía libertad para cumplir sus tareas y jamás nadie se negó a realizarlas.

- Y, entonces, ¿qué ocurrió, qué hizo cambiar aquéllo en el país de la “felicidad eterna”?

- Un día, una orquídea, llegada de muy lejos, de un lugar recóndito del Jardín, comenzó a disertar sobre unas nuevas ideas.  Pretendía dar a conocer una nueva forma de vida: el gobierno de los débiles, decía.  Hablaba de igualdad, de una existencia más justa.  Rechazaba el poder, la organización.  Su lema era “plena libertad” y para conseguirla todos debían vivir a su libre albedrío.  En torno a ella, se formó un grupo de elementos que le halagaba y compartía sus ideas.  Poco a poco, sus palabras calaban en los demás, a pesar de que las rosas rojas encontrábamos y comunicábamos mil argumentos para rebatirla.  Al cabo de un tiempo, la orquídea desapareció inexplicablemente, sin dejar noticias ni prueba de sus teorías.  Inmediatamente, las rosas blancas, calladas mientras la orquídea hacía sus discursos, se sublevaron.  Habían preparado un ejército numeroso y disciplinado.  Blandieron sus espinas y nosotras, las rosas rojas, fuimos aplastadas por su mayoría.  Nos encerraron y nos juzgaron, sentenciándonos a muerte.  En aquel momento, yo regía el Gran Consejo, y esperaba ser la primera en sufrir la ejecución.  Sin embargo, permanezco cautiva desde entonces en esta torre donde me has encontrado.

- Las rosas blancas supieron planear hasta el último detalle.  Si te hubiesen ejecutado, ¿cómo habrían enseñado en el tiempo los resultados de su fuerza?  Mataron a tus compañeras para demostrarlo, pero tú eres el símbolo de su poder.  En sus métodos de educación mostrarán esta torre como el camino a la tristeza y a la infelicidad, encubriendo el verdadero nacimiento de tu cautiverio.

- Pero, ¿qué han creado? -preguntó, escandalizada-.  ¿Qué han hecho con las flores?  Desde mi ventana no oigo más que risas, juegos y silencio.  Todo parece ingenuo, a lo largo de este tiempo no he sentido ni un llanto, ni una lágrima, ni una disputa, siempre oigo calma y dicha, pero es superficial y creo que fingido.  Y los silencios de la noche me estremecen.  Con la oscuridad siento temor, sólo escucho un caminar disciplinado y luego, silencio, silencio.  No entiendo una vida sin lucha, sin lágrimas.  ¿Qué ha sido de aquel Mundo excitante?

Su melancolía me lastimaba.  Había escuchado el relato con ansiedad de conocer su historia, no su Mundo.  Sentí deseos de tomarla con mis brazos, de besarla y acariciarla para protegerla y defender su inocencia.

- ¡Mi flor! Tú perteneces a un Mundo como el mío, tú puedes ser parte de mi existencia...  ¡Mi flor!  ¡Mi Rosa Roja!

En aquel momento, me habría convertido en un héroe justiciero.  El entusiasmo y la fuerza me desbordaba... Intenté relajarme y seguí hablando con ella:

- Las flores rebeldes habéis sido aniquiladas y las supervivientes se educan al son que tus hermanas blancas deciden.  Han hecho valer su fuerza, pero no puedo negarles su diplomacia y su tacto.  Apenas hacen ostentación de sus espinas, su labor se centra en vaciar la mente de sus súbditos y diseñarla para que acaten sumisamente las órdenes, o ruegos, del poder.  Nadie se atreve a rebelarse porque carece de medios para creer que las rosas blancas están equivocadas.  Alguien puede entender hermoso ese objetivo, todas viven felices, pero el camino para conseguirlo es inadmisible.

Agachó su corola, inclinó el tallo, escondió sus pétalos y se sumió en llanto amargo.  Quise consolarla.

- Yo vengo de un Mundo como el tuyo, Rosa.  Nada es fácil, nadie tiene la verdad, cada uno es distinto, cada uno es un ser independiente, pero necesita de los demás para sobrevivir.  Y sobrevivir es el objetivo, sobrevivir hasta alcanzar la felicidad, pero no con imposiciones, la felicidad es libre, es individual, cada ser la busca a su manera y la encuentra en lugares distintos.  Para lograrla hay que luchar todos los días y vencer.  No te permiten el descanso...  Y creo que nadie ha alcanzado la felicidad pura que predican tus hermanas, porque en mi Mundo es imposible, los obstáculos son numerosos y a veces insalvables.

Mi Rosa Roja escuchaba atentamente; mis frases le habían devuelto el color a su corola y recobraba su aire de majestad.

- Entonces, ¿quién puede lograr sobrevivir en tu Mundo si es imposible la felicidad?

- No, no es imposible.  Nadie es continuamente feliz.  Creo que la felicidad debe conseguirse con la sencillez, con los ideales simples.  Sólo tenemos vida mientras hay algo que cumplir.  Por eso, los grandes objetivos, cuando se han alcanzado, ya no proporcionan ilusión por muy importantes que hayan sido, y la ilusión es felicidad.  Hay que estar educado para entender y disfrutar los pequeños detalles, hay que conocer la belleza y el amor, la cara alegre de cualquier instante, de cualquier acción, para poderlos gozar.  Yo puedo ser feliz acariciando un niño, observando una mariposa, caminando entre los árboles o conversando con quien amo.  Si me tumbo al sol, si escucho la música o miro las estrellas, si escribo un libro o trabajo para mis amigos, si preparo una fiesta o alimento a un perro abandonado, puedo ser feliz.  Cuando todos estos instantes se hayan unido sin ninguna pausa, o viva esperando encontrar alguno de ellos en cualquier momento, entonces tendré la felicidad pura.

La Rosa Roja enviaba su mirada perdida hacia la oscuridad.  Recordaba el Mundo donde vivió.

Continué:

- También existen las rosas blancas y también tienen espinas, pero son parte de nosotros, están en ese lugar porque sus hermanos se lo permitimos.  Cumplen su labor de organizar, como cualquier otro ser realiza su tarea.  El poder lo tienen concedido, nunca usurpado.  Y los demás tenemos la obligación de vigilar el ejercicio de ese poder...

- Esos gobernantes unen el Mundo, entiendo.

- Sí, piden opiniones y su obligación es actuar por el bien común.  Hay casos y países que rompen esa regla, en otros, la fuerza es su bandera; en fin, todo no es perfecto, en mi Mundo no hay nada perfecto.  Somos pequeños seres con grandes limitaciones.  Cada uno de nosotros es distinto, cada uno tiene su propio mundo, somos millones de mundos, y la unidad de todos ellos forma la gran sociedad.  Esa unidad es lo único que puede superar las limitaciones... existe el egoísmo, existe la maldad, pero el amor y la colaboración intentan contrarrestarlo.

Mis palabras la envolvieron.  Iba recobrando la esperanza, porque le había contado aquéllo que quería oir.  Y le hablé con el corazón, no pretendí engañarle.

Mi Mundo no le había defraudado, porque el suyo fue igual.  Allí vibró, sufrió y rió; en su Mundo construyó su intento de felicidad.  Fue reina, tuvo poder, sus espinas sujetaron el cetro del Jardín Feliz.  Y estaba orgulloso de él.

Con un gesto fulminante, se dirigió a mí, y entre ruego y exigencia, me pidió:

- ¡Llévame contigo!  ¡Quiero vivir en tu Mundo!  Allí reinaré, conseguiré cautivarlo y hacerlo feliz.  Sé cómo hacerlo, he vivido en un Mundo como el tuyo.  Vosotros me devolveréis el ansia de vivir.  A tu lado, crearé ilusiones, crearé paz, crearé tu felicidad.

Yo sabía que era cierto.  Sería reina.  Me aduló y no tenía más deseo que ampararla, atraerla junto a mí.  Ahora yo era el cautivo, de su fragancia, de su corola, de su esculpido tallo.  No podía defraudarle.

Invoqué a mi pájaro y mi fiel compañero atendió la llamada.   Tomándonos con sus alas nos hizo viajar hacia el horizonte.  Nos olvidamos de las Rosas Blancas y del Jardín, porque abrazados apenas nos quedaba aliento para disfrutar del vuelo.

 

 

Mi Rosa Roja vivió junto a mí y rodeada de todo aquéllo que antes conoció desde su trono.  ¡Y vaya si lo conoció!  Supo vibrar de emoción, enjugar lágrimas, sortear fracasos...  Recobró su vitalidad, rió y jugó, tuvo instantes felices... pero en todo el Mundo no pudo reinar, mi Mundo es muy grande.  Aun así, se convirtió en única princesa de otro entorno más pequeño: encontró mi corazón, encendió mi alma, compartió mis ilusiones, consoló mis errores...  Supo ser monarca de algo sencillamente vivo: mi mundo.

 

 

Mi Rosa Roja ya murió, aquí sí existe el invierno.  La lloré amargamente, como ella merecía.  Nunca quise decirle que todo podía acabar.  Cuando lo conoció, ya no le importaba, porque en este Mundo renació su felicidad.

El supervisor

Octavio baja por las escaleras lentamente dejando caer su cuerpo en cada pisada. Su casa rompe un chaflán en el barrio de Molintonia, casi a las afueras de Augusta, en dirección Oeste, hacia la tierra de los tambores de Buñuel. Es un edificio añejo al que quizá un día le otorguen el título de monumento histórico y sea remodelado en su interior, manteniendo incólume una fachada de rancio abolengo, con gárgolas bajo los dinteles de los balcones y columnas de orden corintio en bajorrelieve.

Sin embargo, aún hoy sigue enseñando sobre el portal una placa ajada por el tiempo que descubre su solera o su antigüedad: 1929, obra del arquitecto Manuel Argüelles en tiempos de juventud. Así comenta ante sus invitados cuando llegan ante la fachada: “Honrad este honor, amigos míos, porque setenta y cinco años de historia os contemplan”, parodiando a Napoleón ante las pirámides.

Ya lleva tres años actualizando el mensaje, desde que terminó la carrera y decidió no regresar a Sarinián, su lugar de origen en el interior. Tres años completados a golpe de contratos eventuales en tareas afines a su titulación de ingeniería: operario de montajes en cadena.

Tropieza un par de veces por culpa de los escalones diagonales que cruzan los descansillos.

Octavio maneja una máquina de inyección plástica. Ingresó en la empresa dos semanas atrás contratado por una Empresa de Trabajo Temporal con un salario de 6,56 € la hora, incluidas pagas extras y vacaciones. Sin apenas formación, una raquítica hora de charla virtual sobre Seguridad en la Fábrica, lo colocaron a pie de máquina. Aprendió de su compañero, un hombre de 53 años, que llevaba tres meses en su mismo puesto de trabajo, gracias a los incentivos fiscales (para la empresa, naturalmente), que primaban el ingreso de personas de su edad.

Previamente, una atenta muchacha, como representante del área de Personal le había dado la bienvenida. Octavio le preguntó si existían posibilidades de que le hicieran contrato indefinido. La chica agachó la cabeza con gesto de culpabilidad.

Quería cumplir bien su trabajo. Quizá existieran buenas perspectivas, pero tampoco se iba a confiar. Vio transitar a una secretaria vetusta con algunos mails impresos en su mano para entregarlos en los despachos. Las paredes estaban decoradas con fotografías de la evolución empresarial, máquinas antiguas, próceres veteranos.

A lo lejos del pasillo, percibió una boisserie impecable precedida de unos sillones marrones de cuero como antesala del despacho del gran Gerente General; todo el mundo se saludaba formalmente con el tratamiento de usted.

Y un silencio absoluto, casi macabro.

El despacho del Supervisor se abría con ventanas acristaladas desde un piso alto que controla todos los puestos de trabajo asignados a su sección. Durante los breves minutos que duró la primera charla con él, escuchó palabras que escondían peticiones de sumisión a cambio de un trato preferente. Prefirió entender que el Sr. León no era una mala persona. Al menos, sus ojos así lo delataban, aunque tenía voz de mando en plaza.

Ayudándose en su Manual de Gestión de Empresas, ya en la primera semana dedujo una cultura de empresa rancia y paternalista, orientada a la producción, con reducción de costes y disciplina espartana. Se convenció de que debería esperar tiempos mejores, aunque estaba seguro de que su carácter le iba a traicionar de nuevo.

Corrían rumores de un cambio de Dirección, de que una multinacional iba a comprar la empresa porque los dueños actuales no pensaban seguir con el negocio, pero ¿quién podía creerlo en una compañía con más de 30 años sin cambios?

Como apenas ha dormido en toda la noche, hoy se ha levantado más temprano que de costumbre para espantar las angustias con el aire fresco de la mañana, y ha decidido acudir a la fábrica caminando. Según su contrato, debe cumplir 15 días de prueba y mañana se cumple el último día.

Y ya le ha vencido el contrato de alquiler, con la dueña detrás de él para que lo renueve con el pago de las dos mensualidades acordadas como aval: “porque no puedes garantizar un empleo estable”, reproche de la casera.

El lunes pasado se había decidido a dar forma a una idea que comenzó a madurar a los dos días de integrarse en la cadena. El trabajo rutinario le permitía observar una y mil veces el proceso de trabajo. Imaginó soluciones dispares hasta que consiguió reorganizar mentalmente todos los pasos de producción y reconvertirlos en unos movimientos que podrían mejorar los tiempos en más de un treinta por ciento. Se había emocionado en sus deducciones mientras las iba pasando a limpio en un documento de propuesta. Y ese lunes, sin querer suponer el impacto en su jefe, supo que iba a jugar con temeridad.

El Supervisor recibió la sugerencia con mucha sorpresa.

–¿Cómo dices?–, rugió.

El Sr. León vestía de azul, con cazadora de paño y pantalón de pana, propio de su rango, que además se acreditaba por una chapa sujeta con aguja a la altura del pecho. Calvo y de voz grave, repartía instrucciones por los puestos de la cadena en un tono severo. Entre los subordinados tenía sus preferencias y el tratamiento podía ser más o menos hosco según que el operario le cayera menos o más simpático. Hasta el lunes, parecía que Octavio entraba en el grupo de los preferidos.

En la parada programada, el Supervisor se encontraba tres puestos más allá del suyo. Mientras los demás se desplazaban hacia el cuarto del café, Octavio se acercó al Sr. León.

–¿Puede dedicarme un momento?

No recibió contestación, pero la mirada le sugirió que el hombre estaba a la escucha.

–Querría charlar con usted unos minutos sobre un asunto que me ronda hace varias semanas. ¿Le parece que vayamos a su despacho?

El Supervisor se giró y le hizo una señal con la mano para que le siguiera.

–Perdón, Sr. León, tengo que pasar antes por mi taquilla para buscar un documento que quiero presentarle.

Recibió una mirada reprochadora, seguida de unas palabras tajantes.

–Tengo tres minutos. Te espero en mi despacho.

Octavio salió al resuello para recoger la propuesta, elaborada ese fin de semana con una dedicación especial, acompañada de gráficos y estudios de tiempos y costes.

Solicitó permiso para acceder al habitáculo acristalado. Un gesto adusto le autorizó.

Sin sentarse, casi a distancia, casi en posición de “firmes”, acercó el documento a la mesa, mientras iba explicando los pasos realizados para llegar a las conclusiones que había colocado en la primera página.

Dos minutos.

–Me lo quedo. Vuelve a tu puesto.

El camino al trabajo discurre por las afueras de la ciudad. Sale al paseo que bordea el río y se apoya en la barandilla para observar el paso de las aguas. Los remolinos le agitan su estado de excitación. Vuelve a recordar las consecuencias de su propuesta, que había olvidado bajando por la escalera de su casa. Maldice al mundo, maldice a la fábrica, maldice a la máquina y maldice al Sr. León. Nadie tiene derecho a comportarse de esa manera ni los demás de permitirlo. ¿Por qué soportan personas como él en las empresas? Un hombre castrador, angustiado y que angustia a los demás, lleno de complejos, cruel...Sigue el camino con la vista en el puente que debe atravesar, largo, de una sola arcada.

Al día siguiente de la propuesta, el Supervisor esperaba a Octavio a la entrada de la sala de máquinas. El hombre no contestó al saludo, pero le observó con ojos inquisidores durante una larga media hora. El muchacho trabajó inquieto y cometió errores propios de la desatención. A media jornada, Octavio sintió detrás suyo la presencia del Supervisor y escuchó su primera reprimenda como subordinado laboral.

Mientras atraviesa el puente, se siente volando sobre esas aguas turbias que le recuerdan su agitación. El miedo y la rabia se le agarran en el vientre y le vienen deseos de gritar al viento su injusticia, de lanzar su ira contra el Sr. León... y de romperle los huesos. Se consuela dando un fuerte puñetazo al pretil. Seguiría pateando los hierbajos, escupiendo a las baldosas... pero la sensatez le domina. Tiene que mantener su trabajo a toda costa, nada de violencias, sino aceptación, aceptación, aceptación. Cumpliría los tres meses de contrato y después... ya se vería.

El Sr. León lo miraba desde todos los ángulos posibles sin dejarle un resquicio por el que pudiera escapar de su vigilancia. Sus ojos de águila carroñera se movían en círculo por sus órbitas, lo perseguía con saña y con su media sonrisa de deleitación ante la tortura. Pero no acabó ahí el castigo por “haber sido más listo que él”. Después de las miradas repletas de agujas, comenzó la agonía. No podía ser que un hombre fuera capaz de amargar a otro de esa manera. El Supervisor, revestido de poderes para hacer y deshacer a su antojo, iba desgranando sus armas de superioridad: detenía la cadena justo cuando Octavio iniciaba su labor para obligarle a reiniciar su trabajo; le abroncaba en voz alta con la intención de que todos los compañeros le escucharan; analizaba el más pequeño error para después anotarlo con risa de satisfacción; controlaba atento sus horarios de entrada, descanso y salida; revisó exhaustivamente su ropa de trabajo y finalmente, etc.

Cuando llega a los descampados, el miedo se apoderó de las piernas y tiene que hacer esfuerzos para mantenerse en pie. Casi le es imposible seguir adelante y le aparece la imagen del Sr. León como un vampiro babeando sangre; primero con esa expresión de desprecio sarcástico...; pero después, con el esfuerzo de querer vencer en la batalla que le espera, lo imagina postrado y humilde, aceptando su culpa, destrozado, suplicando perdón, como Octavio desearía encontrarle al incorporarse hoy al trabajo.

El día de antes, justo el día de antes, el Supervisor había emitido un informe mentiroso donde daba cuenta del descuido, torpeza y falta de atención que estaba observando en el desempeño de Octavio Antúnez. Recalcaba con solemnidad todas las instrucciones desobedecidas, los errores en los trabajos, incluso mencionaba un conato de rebelión ante la autoridad establecida. La recomendación final rezaba: "Despido inmediato".

Se coloca frente a la puerta de la fábrica y ve entrar a sus compañeros. Piensa por un momento en esconderse por cualquier paraje solitario y aguardar a que una mano salvadora le preste ayuda. El vigilante sonríe como todas las mañana, saludando efusivamente y entregando la tarjeta horaria a cada empleado. Decide avanzar y enfrentarse a las consecuencias.

Cuando el vigilante le entrega la tarjeta, un papelito adherido le ordena: "Preséntese ante el Jefe de Personal".

Se le dispersa la mente por conjeturas de reproches, despido y humillación.

–Adiós al contrato–, suspiró.

Camina unos pasos por el patio y se acurruca bajo un dintel en penumbra. Toda la sangre se le acumula a borbotones por los alrededores del estómago y siente la sensación de vomitar. Apoyado contra la puerta metálica se ve señalado, descubierto y amenazado por los 200 compañeros de la fábrica. Cierra los ojos y transcurre su tiempo imponderable.

La secretaria le ruega que espere.

–Pase, Sr. Antúnez –le invita secamente el Jefe de Personal.

–...

–Siéntese, señor Antúnez.

–...

–Veamos, señor Antúnez, desde hoy usted es Supervisor de Cadena.

–Pero... ¿y el Sr. León?

–Ayer lo despedimos.

¡Qué genio!

Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo cuando la visite.”  “Tiene usted mucha razón, señor”, le contestó.

El buen padre esperaba una niña.  ¡Qué ilusión tenía con una nenita de trencitas doradas que lo cuidaría en su vejez!  Cuando se enteró del desenlace de los casi diez meses de embarazo, pataleó contra la cama, llorando de rabia, y estuvo a punto de sacudir un tortazo a su esposa al verla llegar a la habitación sobre una camilla, medio dormida bajo los efectos de la anestesia _parto sin dolor, como quiso el médico_, pero cuando extendió el brazo para lanzar la mano con fuerza, golpeó el gotero con el codo, tirándolo al suelo.  Miró al enfermero y pidió perdón.  “Cosa de los nervios”, se excusó.  Al minuto siguiente, sin tiempo para reiterar su tentativa, entró el ginecólogo con un traje de calle impecable, lo que le provocó un efecto sorprendente.  El papá se enfadó: “¿Así se viste usted para atender a las señoras? ¿No tiene bata blanca, o verde, o rosa?”.  “Señor, cálmese, acabo de cambiarme.  ¿Cómo puede usted creer...?”  “Ah, pues perdone”. “De nada.  Está usted disculpado”.  “Gracias”.  “Tiene usted un hijo guapísimo, el niño más guapo de España, ¡qué digo de España, del mundo!”.  “Eso se lo dirá usted a todos”.  “No me insulte, yo no halago de balde”.  “Entonces, es usted muy amable”. “Gracias”.  “El parto, ¿bien?”.  “Bien, ¿y usted?, gracias”.  “Yo regular”.  “Me alegro”.  “¿El pequeño, pues?”.  “Tiene un corazón formidable, fortísimo”.  “Vaya, guapo y fuerte el niño, me gusta”.  “Además, es muy espabilado, ha abierto los ojos enseguida y ha estado a punto de decirme mamá.  Pero yo le he tapado la boca, ¡qué horror!, ¡qué equivocación!  Es un niño adelantado”.  “Después de diez meses, ¿adelantado?”. “Adelantado de luces”.  “Será electricista, pues”.  “Será, será”. “El tiempo nos lo dirá...  Gracias, doctor”.  “De nada, yo siempre a su servicio, para hacerle a usted y a su hijo todos los favores que quiera”.  “Y, ¿a mi señora?”.  “A su señora se los hará usted, vamos, digo yo.  Hasta la vista, señor”.  “Adiós, adiós”.

Inmediatamente, le acercaron al niño y, raudo, inició un examen exhaustivo para comprobar los loores del ginecólogo.  Asentía con cada golpe de vista: "Bien armado está el pibe", y se convenció de que había creado un varón prototipo, por lo que olvidó a la niña deseada. Dio un beso a su esposa, otro al niño, y se arrellanó en el sillón _eran las tres de la madrugada_, apoyó las piernas estiradas sobre un taburete y durmió plácidamente soñando con el triunfo de su retoño.

El día del bautizo hubo revuelo.  Se corrían rumores. Que si el niño era tonto, que si la madre no asistía por vergüenza, que si el padre era el ginecólogo, que si el cura iba a ser negro...  Pero toda esa palabrería quedó atrás cuando se conoció el nombre a colocar al neófito: Aristóteles Napoleón.  La recién parturienta le había añadido Adolfito, por el abuelo.  El agua bendita se escurrió por el parietal y el pequeño sonrió.  “Este niño deslumbrará”, pronunció papá Gabino.

Aristóteles lloró mucho en su infancia, no por desgraciado, sino porque su inteligencia le enseñó a pedir con lágrimas, e incluso sin ellas, pues sus glándulas se cansaban y le mandaban a paseo.  Le daba igual, berreaba sin pausa hasta que mamá Pilar le envolvía la boca con un pañuelo de hatillo o papá Gabino cedía encantado a sus pretensiones.  A la vista de los resultados, optó por llorar solamente cuando papá se encontraba en casa, cosa poco frecuente, pues consiguió varios empleos para sufragar primero los caprichos y después la formación amplia y suficiente para su angelito.  En evitación de la llegada de más genios al hogar, y como Pilar se negaba rotundamente, Gabino solicitó la ligadura de trompas a la Seguridad Social.  Le contestaron que como él no tenía trompas, sino tubos seminíferos y solo un hijo, era imposible acceder a la operación.  Como anécdota, se lo contó a un primo suyo residente en China y éste le envió la píldora anticonceptiva masculina, todavía en observación, pero que resultó efectiva.  Un día le llegó una misiva desde Pekín, agradeciéndole su colaboración en el experimento.  Estaba redactada en un español nefasto, escrita en papel amarillo e iba firmada por un tal Chu_Lang_Chei, amigo de Hirohito, aunque fuera japonés.  Le entusiasmó tanto el halago que subió al trastero la copia de La Gioconda y colocó la carta enmarcada en su lugar.  Se enorgullecía de ella ante sus amistades.

El pequeño genio jugó pronto con el ordenador.  Lo destripó al tercer día.  Conectó los chips de otra manera _él los llamaba escarabajos selenitas_y después de “adecentar” sus posibilidades, consiguió convertirlo en un órgano electrónico que su madre aprendió a tocar.  Como Aristóteles no gustaba de la música, una noche le dio por recomponer nuevamente la estructura  de los escarabajos selenitas.  Y, por la mañana, al ir Pilar a tocar “Para Elisa”, se encendió la pantalla y apareció una pareja presta a hacer el amor.  El juego consistía en acercar al varón a la posición ideal para iniciar la cópula siguiendo las coordenadas que solicitaba la hembra.  Pilar se escandalizó tanto como el día que entró a la habitación de Aristóteles y lo encontró dormido, desnudo y con su atributo erecto y sujeto por la mano derecha.

Le gustaba acudir al colegio porque podía rebatir cualquier explicación de los profesores y embarazarlos con preguntas complicadas de las que él ya conocía la respuesta.  Cada dos meses le pasaban de curso.  Entretenía las horas de clase fabricando figuritas de papel, aun estando sentado en la primera fila.  A pesar de su aparente distracción, no consiguieron pillarle en falta.  Los alumnos del último curso le buscaban en el recreo para pedirle que les resolviera sus problemas de matemáticas.  Papá Gabino le propuso cobrar por ello, pero él se negó.  El director del centro recibía todos los días alguna protesta de los profesores:  “Este niño no hace más que perjudicar a sus compañeros. Les hace sentirse retrasados mentales”.  “Aristóteles nos pone en ridículo cuando se lo propone y los alumnos empiezan a perdernos el respeto”.  “Tantísima inteligencia es un insulto”.  Ante tales argumentos, el director decidió enviarle a un centro especializado para genios.  Papá Gabino alegó falta de recursos económicos, pero la idea le engordó cuatro kilos.  Todo quedó solucionado con una carta al ministro de Educación y Ciencia solicitando una beca.  Le examinaron de un nivel muy superior al de su edad y terminó el ejercicio con la máxima nota en la mitad del tiempo requerido.  La última línea decía: “Por favor, no sean ridículos, es un examen para bebés.  Me he aburrido soberanamente”.  En el nuevo colegio, en un par de cursos, superó a todos los otros genios y, como no podían facilitarle el acceso a la Universidad, lo entretuvieron con tratados de filosofía que leyó como cuentos de los hermanos Grimm.  Le entusiasmó Maquiavelo, quiso ser “El Príncipe”, pero Montesquieu le hizo cambiar de opinión:  “Esto es más lógico, caramba”.  Rousseau le pareció un niñato y se embebió en la lectura de la Biblia y de El Capital.  “Engels y Marx debieron ser primos de Jesucristo”.  La clase obrera le tuvo sin cuidado, pero comenzó a imitar a Moisés con su compañeros.  Estuvo a punto de ahogarlos haciéndoles atravesar un canal nombrándolo Mar Rojo.  Se aprendió de memoria el Evangelio de San Juan, porque le gustaban las águilas.  Quiso convertir en cinco mil un pan y un sardina: se enfadó.  Tomó un vaso de agua y pidió que fuera vino: se enfadó.  Llegó al Apocalipsis.  Empezó a buscar en su barrio al nuevo profeta y como no lo encontró, devolvió las Sagradas Escrituras a la biblioteca y aconsejó que las colocaran junto a los cuentos infantiles.  Acababa de cumplir diez años.

Al acabar el curso, papá Gabino y el director solicitaron el acceso a la Universidad.  Cuando en la Secretaría vieron la fecha de nacimiento, después de comprobar que no había error, se rieron a rabiar y enviaron a los peticionarios una invitación  al acto de Apertura de Curso para ocho años después.  Papá Gabino pensó: “Ilusos”, y marchó hacia el campus con el expediente académico de Aristóteles y una carta de aval firmada por el director de la escuela para genios.  Consiguió una entrevista con el Rector.  A la pregunta de “¿y qué estudios quiere realizar su hijo?” Gabino quedó en fuera de juego.  Ante el silencio, el Rector sonreía irónicamente y pasó a decirle: “¡Hala, Gabino!, vuélvase a casa y convenza al niño de que jugar con soldaditos es más educativo”.  El papá no se levantaba, estaba ensimismado.  Sobre la mesa del despacho, junto a una figura de la paloma de la paz de Picasso, vio un enjambre de hilos metálicos con unas bolitas que simulaban la estructura del átomo.  “Física Nuclear.  Matricule a mi hijo en Física Nuclear”.  “Pero, por Dios, que tiene diez años”.  “Ha aprobado el acceso, ¿no?”  “Sí”.  “Y con las mejores notas, ¿no?”  “Sí”.  “Pues dé las órdenes oportunas”, concluyó Gabino.

“Hijo, vas a estudiar Física Nuclear”,  anunció a su llegada a casa.  “Muy bien, papá”.  Pasó todo el verano en la biblioteca, desmenuzando capítulo a capítulo cada uno de los libros que contenían alguna palabra sobre la energía atómica.

Para celebrar el éxito de Aristóteles en su recién acabado bachiller, Gabino le regaló una bicicleta.  El genio la miró de soslayo, pero, enérgico, aseveró: “Me gusta”.  Y comenzó a usarla en las horas que no acudía a la biblioteca.  Con los conocimientos que adquiría sobre energía, construyó un motorcillo de hidrógeno que aplicó a la rueda delantera.  Lo perfeccionó de tal manera que alcanzaba los noventa kilómetros por hora.  Como no abundó en conocimientos de mecánica, olvidó mejorar los frenos y, al doblar una esquina, atropelló a una vieja.  En un alarde de reflejos, evitó el golpe directo, pero al derrapar tocó el bastón de la señora.  Aristóteles quedó en pie, y la buena anciana fue a parar de bruces al suelo.  Se rompió la nariz y la barbilla, la cadera y la rodilla y quedó con las sayas levantadas más arriba de los muslos.  “Qué horror”, pensó Aristóteles.  Se acercó hasta ella, le compuso la ropa y le dijo con cariño:  “Es usted muy guapa, señora”.  La anciana murió feliz al día siguiente, dejándole toda su herencia, que consistía en dos gatos y unos muebles roídos por la polilla.  A pesar de que dijera:  “Vaya mierda”, nunca supo que al convertirse en heredero universal de la señora, su papá evitó pagar los siete millones de indemnización con que el juez condenó el atropello.  Llevó muy pronto los dos gatos a la Sociedad Protectora de Animales, porque le molestaba que se orinaran en su alfombra.

El primer día de clase no osó contravenir al profesor, pero ya al segundo le lanzó una pregunta comprometedora.  Continuó igual los siguientes, aumentando la dosis ante cada uno de los catedráticos, hasta que optaron por llamarle a la Sala del Consejo.  Todos reconocieron ante él su imposibilidad para seguir el programa del curso si continuaba con su actitud.  Utilizó muy bien el terreno ganado y con apenas quince días de curso, salió de aquella reunión con tres asignaturas calificadas con sobresaliente cum laude.  No quiso abusar.

La noticia trascendió rápidamente y comenzó a hacerse popular.  Le propusieron para delegado de curso, pero rehusó diciendo:  “No puedo perder el tiempo con tonterías políticas”.  A pesar de este reconocimiento, algunas muchachas comenzaron a reírse de él, llamándole pequeñajo, imberbe, polilla, empollón.  Cansado de ellas, las convocó en una clase e intentó disertarles sobre la relación hombre_mujer.  Le abuchearon, se abalanzaron sobre él y lo desnudaron.  Así se dieron cuenta de que sus atributos viriles eran los de un hombre maduro.  Comenzaron a marcharse, comentando el acontecimiento, pero una se quedó allí, observándolo.  Aristóteles se acercó hasta ella, la rodeó con sus brazos, la besó en los labios, le quitó la ropa, le hizo el amor y se despidió: “Eres buena, muñeca”.

Las excelentes calificaciones le proporcionaron  becas sustanciosas, por lo que papá Gabino dejó alguno de sus empleos y pudo dormir lo suficiente para enseñarle a jugar al ajedrez.  Aprendió pronto el movimiento del caballo, pero se le atragantó que el peón comiera en diagonal y que pudiera convertirse en dama al llegar a la octava fila.  Protestó y protestó a su padre.  Gabino le explicaba las reglas con pulcritud y él le demostraba la idiotez de algunas, de tal manera que habría convertido el juego en una matanza de marcianos por pantalla.  Una vez derrotado por la lógica del reglamento, cuando papá le aplicó con elegancia el jaque pastor en las tres primeras partidas, tomó tal interés por el ajedrez que no durmió hasta conseguir vencer a su progenitor con tal rotundidad que se quedó sin oponente, porque Gabino sucumbió al aburrimiento de oír con rapidez: “Jaque mate. Jaque mate.  Jaque mate”.  Consiguió ser campeón de la Universidad sin perder una sola partida.  En el momento de recibir la placa acreditativa, abandonó su motivación y no jugó más.

Al cumplir doce años, comenzó a orinarse en la cama.  Nunca lo había hecho, es más, también fue precoz en su peticiones de pipí y caca, que solicitaba como “nene quiere grifito” y “nene quiere purruf”, respectivamente.  En un principio, Pilar le dejó estar, pero al repetirse diariamente, le llegó hasta el gorro la tarea de lavar sábanas y dar la vuelta al colchón.  Cuando se decidió a recriminarle, Aristóteles contestó: “Mamá, necesito dormir. No puedo preocuparme de pequeñeces como los deseos de acudir al mingitorio”.  “¡Ah, muy bien”, dijo mamá Pilar.  Al día siguiente, ni cambió las sábanas, ni dio la vuelta al colchón.  Cuando se acostó, Aristóteles, al sentir el olor y la humedad, colocó un plástico sobre la cama y durmió entre él y la manta. Como despertó empapado en sudor y resbaló al bajar de la cama golpeándose la espinilla con el orinal, decidió hacer caso a las ganas de orinar.

Se le hacía aburrida la Universidad y decidió acabar de una vez.  Al tercer año, se examinó de todas las asignaturas de cuarto y quinto.  Matrícula de Honor fue el resultado.  Tenía ilusión por el título de doctor, así que en dos meses preparó la tesis.  Le costó elegir el tema, pero al caer en sus manos un tomo de la  enciclopedia “La Segunda Guerra Mundial” disipó sus dudas.  “¿Puede usted fabricar una bomba atómica casera?”, tituló su trabajo.  La primera frase del preámbulo constaba de dos letras: “Sí”.  En setenta y tres folios escritos y quince esquemas, demostró cómo un licenciado en Física podía plantearse y resolver prácticamente el deseo de construir una bomba atómica.  El catedrático que dirigió la tesis se asustó y solicitó el cambio de distrito.  En su lectura, todos los asistentes quedaron mudos.  A los cinco días, recibió una invitación del Pentágono.  Contestó que no estaba en su ánimo dedicarse a juegos de guerra y que si le presionaban enviaría cartas a los árabes uno a uno, explicándoles cómo fabricar el arma, de tal manera que se convirtieran en el mayor peligro para Occidente.  No hubo respuesta.  Abandonó la Física Nuclear sin aplicar sus conocimientos y se dedicó a plantar setas venenosas para exterminar a las ratas que poblaban el solar de al lado de su casa.

Papá Gabino le insinuó: “Es hora de que te ganes la vida”.  “Aquí estás tú para eso”, le contestó.  Durante una semana se encontró sin plato ni cubierto en la mesa, por lo que descubrió cómo comer setas venenosas sin envenenarse, escribió un tratado sobre ello y vendió treinta mil ejemplares, no por su contenido, sino por la propaganda de la editora acerca de la edad del autor, trece años recién cumplidos.  Papá Gabino se compró un Mercedes y no le molestó por una temporada.

Una vez que mató a todas las ratas del solar de al lado de su casa, abandonó la cría de setas venenosas y se imbuyó en temas teológicos, excluyendo la lectura de la Biblia.  Cuando ya obvió la existencia de Dios, el misterio de la Santísima Trinidad y la llegada del Espíritu Santo para fecundar a la Virgen María, recopiló vidas de santos, en especial, misioneros.

Entre libro y libro, aprendió a conducir el Mercedes, estudió su chasis e inventó la manera de que nunca pudiera volcar.  Después de instalar sus artefactos, invitó a papá y a mamá a un pequeño viaje para demostrárselo.  Llevó el automóvil por pendientes casi verticales, sorteó vaguadas y barrancos y no volcó.  Regresaba a casa tan eufórico que oprimió el acelerador a tope.  Alcanzó los doscientos veinte kilómetros por hora y sonreía feliz.  A quinientos metros de la entrada a la ciudad, la carretera tenía un badén excesivamente pronunciado.  El coche voló y un remolino de viento en contra hizo que volcaran.  Aristóteles, al diseñar la colocación de sus artefactos, nunca pensó que un automóvil pudiera girar sobre su eje transversal _incluso los contrapesos le ayudaron en el volteo_.  Aristóteles salió ileso, papá Gabino apareció con el cinturón de seguridad enroscado al cuello y mamá Pilar bajo la rueda de repuesto.

El pequeño genio les lloró la ausencia.  Vendió la casa, retiró el dinero de todas las cuentas y se marchó al África, para cristianizar tierras inexploradas.  Nunca se supo más de él.

Se rumoreó que Togo tenía la bomba atómica.

Incluido en el libro de relatos "Epistolario de un oficinista"