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Crónica de un despido anunciado

Crónica de un despido anunciado

1.- Llegaba a casa después del trabajo y me encontré a Luisa aparcando su automóvil.  Mostraba un rostro alegre y traía en sus manos varias bolsas con compras en distintas tiendas de moda.  Después de los saludos de rigor, me informó jocosamente:

—¿Sabes?  Me han despedido.

—Pero, ¿qué me dices?

—Sí, me han llamado al despacho y me han entregado la carta.

—¿No te habían hecho ya contrato fijo?

—Hace cinco meses, pero ya ves, alegan falta de rendimiento, reconocen la improcedencia del despido y me pagan el finiquito, la indemnización de 45 días y puedo solicitar el paro.

—Y ¿cómo estás?

—Mírame, radiante de contenta, feliz.  Y te lo digo sin ironías.  Hasta me he permitido estos premios –y me señaló las bolsas— a cuenta de la indemnización.

Luisa tiene 39 años.  Había dejado de trabajar a los 29 para acompañar a su marido, que se trasladó como expatriado fuera de España.  Unos años después de regresar, decidió reincorporarse al mercado laboral y fue contratada como vendedora en una empresa distribuidora (la voy a llamar SONRI, S.A.) de productos de saneamiento y baño de un importante fabricante nacional.  SONRISA es una empresa familiar creada en los años 70 por don Faustino, que fue creciendo poco a poco hasta ganarse una buena base de negocio por ofrecer mejores precios que los otros distribuidores de la marca.  Consta de unos 50 trabajadores, de los cuales 14 son vendedores en tienda.  Don Faustino ya estaba dejando la Dirección en manos de sus dos hijos, María Dolores y Julián, ambos con títulos universitarios, Derecho y Empresariales, respectivamente.

La primera entrevista de Luisa con María Dolores tuvo un resultado muy prometedor.  Le aceptaron sus condiciones de horario y jornada (30 horas a la semana en horario de tarde), y le plantearon un mes de formación a cargo de la empresa con contrato al efecto, más seis meses como Ayudante de Dependiente para pasar a la categoría de Dependiente con contrato indefinido si cumplía las expectativas.  El salario se vería complementado con comisiones sobre ventas, pagadas dos veces al año, en cuanto cumpliera los primeros seis meses.

Pasó el período de formación intensa, cumplió los seis meses con el contrato temporal, y cinco meses después recibió la carta de despido con la acogida tan alegre que he relatado.

Cuando comprobé su cara satisfecha al comunicarme una situación que generalmente debe ocasionar el sentimiento contrario, invité a Luisa a tomar un café y le pedí que me contara qué había ocurrido en su experiencia laboral en SONRISA.  Lo que oí, a veces tan surrealista, me dispongo a dejarlo documentado en estas páginas, recordando a un profesor que nos hablaba de la “pedagogía por el contrario”, es decir, que “contar lo que no se debe hacer es un buen método de enseñanza”.

Con Luisa, asistieron al curso otros cuatro aspirantes.  Se desarrolló en la sala de reuniones de la empresa, impartido por diferentes mandos de la empresa.  Allí les presentaron a don Faustino, a Ernesto, el Jefe de Tienda, y a Sonia y Silvia, las dos encargadas.  Junto al Jefe de Almacén y al Jefe de Producto, la mayor parte del curso fue dirigido por Julián, que ejercía de hijo del dueño.

Durante casi un mes, recibieron una charla tras otra sobre las excelencias del producto, sus componentes, los márgenes que dejaban...  y sobre todo, los impresos que debían cumplimentar con cada venta (larga lista de impresos).  También fueron informados someramente de las comisiones, que no presentaban grandes novedades, salvo que eran devengadas por quien acompañaba al cliente para la realización del presupuesto, y no por quien finalizaba la gestión de la venta. 

A lo largo del curso, a una de sus compañeras se le comunicó que no seguiría adelante con la formación, porque no daba el perfil, argumento tan socorrido como vacío de contenido.  Se produjo un fuerte impacto entre los compañeros, puesto que se estaba generando una unión especial entre todos ellos.  Luisa fue incapaz de encontrar una causa para ese “despido fulminante”, salvo que la muchacha se retrasaba unos minutos todos los días a pesar de que vivía justo enfrente de la tienda.

Los tres últimos días recibieron, con gran pompa en el  anuncio del ponente, enseñanzas sobre Técnicas de Venta, impartidas por el delegado de la firma que distribuía uno de los productos, con unos contenidos que rayaban más en la picardía que en argumentos teóricos como, por ejemplo, que había que fijarse en la marca de la ropa de los clientes y orientarlos a productos con precio alto, medio o bajo, según deducción inicial de su poderío económico.

La intervención de las encargadas resultó divertida para Luisa, veterana en estas lides, pues ya había ejercido ese cargo en anteriores trabajos.  Las dos chicas, que rayaban la treintena, hablaron muy seguras sobre las normas de disciplina reinantes en el colectivo de empleados:  “Prohibido fumar en la tienda”, “prohibido mascar chicle”, “prohibido salir a la calle”, “prohibido sentarse en horas de trabajo”, “prohibido subir a la oficina, que ya lo hacemos nosotras”...  “obligado mantener limpio el sector asignado”, “obligado ocupar el puesto de recepción cuando se solicite”, “obligado vestir con el uniforme proporcionado, por supuesto limpio y bien planchado”...

En cambio, la conversación con el Jefe de Tienda resultó más motivadora.  El hombre, casi de cincuenta años, provenía de un cargo similar en unos grandes almacenes con solera que habían cerrado definitivamente.  Llevaba unos cuatro meses en SONRISA, alto, buena planta, agradable en las formas, suave con sus palabras, enfocó sus palabras en que su labor era ayudarles a desempeñar bien su trabajo, que no dudaran en preguntar cualquier duda y que siempre estaría a su disposición.

“Buenoooooo”, pensó Luisa, “al menos parece coherente”.

Con estas premisas, comenzaron los cuatro novatos su andadura laboral en la venta de saneamientos y productos para baño.

Se integraron en un equipo aparentemente dinámico, muy organizado y compenetrado...  “Ummmm…”, algo sospechó ya Luisa de aquel aspecto pretendidamente idílico.

 

 

2.- Sonia y Silvia departían alegremente junto al habitáculo del Jefe de Tienda (él no estaba), una sentada en la silla y otra en la mesa.  Desde allí, abroncaron a una vendedora porque llevaba mal abrochada la falda.  Poco después, salieron muy juntitas a buscar a Estrella, otra vendedora que pululaba por la sala, y se fueron al aseo de señoras a fumar un cigarrillo, con la puerta medio abierta para vigilar ante posibles llegadas de la autoridad.  Por cierto, Silvia mascaba chicle.

Luisa fue adquiriendo más o menos contacto con los distintos compañeros según se ofrecían para enseñarle las reglas y triquiñuelas de la función, sobre todo, del seguimiento de pedidos, que como comprobó algo después en carne propia, desesperarían al mismo Job.  Era inevitable tener más relación con unos que con otros.  De inmediato, observó un excesivo interés de Estrella por conocer sus antecedentes de todo tipo...  Otro compañero, Antonio, le advirtió para que guardara silencio ante “esa arpía que va de correveidile de Julián”.  Por él también conoció la filiación de las encargadas, con un currículum de auténtico mérito para ocupar sus puestos:  Sonia era la hija del Jefe de Obras, accionista de la empresa, y Silvia, la esposa del Jefe de Almacén. 

“¡Qué comienzo, ¿no?!”, comentó alegre Luisa.  Pero ella quería superarse y, como veterana en las lides de la vida, sabía que nada es orégano en el mundo laboral.  Poco a poco, fue haciéndose su sitio, aprendiendo sin problemas un catálogo complejo y atendiendo a los clientes según las normas más elementales de educación, tal como le gustaba que a ella le trataran en cualquier establecimiento parecido.

A los dos meses de su ingreso, uno de los compañeros del curso recibió una amable carta de la Dirección, informándole de su despido.  Razón: bajo rendimiento.  Curiosamente, a pesar de no contabilizarlos aún, sus números eran mejores que algunos de los veteranos, dado que ya tenía experiencia en funciones de vendedor.  Parece ser que tuvo unas palabras de crítica hacia Julián y que salía a fumar a la calle en lugar de hacerlo, como todos, en el baño..

Luisa tardó en recibir su uniforme de tienda, una falda azul oscura y una blusa a rayas amarillas y marino, a modo de vestimenta como de un equipo futbolístico.  Así, acudía a trabajar con su propia ropa desde casa.  Esto le facilitó no tener que utilizar el vestuario, un cuchitril oscuro de unos seis metros cuadrados, donde diez o doce mujeres hacían equilibrios para cambiarse.  La exposición se extendía por cuatro mil metros cuadrados, como bien le gustaba ponderar a Julián y María Dolores.  Y fue Julián quien reprochó a Luisa no vestir igual que las demás.  Cuando ella le informó que aún no había recibido el uniforme, se escabulló con la excusa de que le llamaban de arriba (o sea, su padre).

Esos cuatro mil metros cuadrados se dividían en tres plantas.  Rotaban por ellas todos los vendedores de saneamiento, y se iban relevando en el mostrador de recepción, desde donde se informaba a los clientes del lugar al que deberían dirigirse.  Era una función pesada y aburrida, que debía ejercerse de pie durante las ocho horas, tras un mostrador, y que incluso obligaba a pedir sustitución para ir al baño.  Además, una cámara de vigilancia observaba exclusivamente ese punto de atención.  Se intuía entre los compañeros que la asignación al mostrador era utilizada como medida de castigo, por su tedio y porque casi no se generaban ventas que primaran las comisiones.

Pronto llegó la fiesta de Navidad.  El patrón Faustino invitó personalmente a cada una de la vendedoras.  Se trataba de una cena en el restaurante del propio edificio, adecentado para la ocasión con orquesta y adornos varios.  Ofrecieron un menú apetitoso y variado incluyendo sorteo a los postres de diferentes obsequios, con la garantía de que todos se llevaban algo a casa.  Pero lo más esperado era la entrega del sobre con las comisiones, junto con la designación del Vendedor del Año.  Luisa miraba con distancia porque no tenía nada a ganar.  Charlaba con Antonio:

—O Sonia, o Silvia, o Estrella.  Es más, te diría que, si sale una de ellas, se reparten el premio.

—¿Son tan buenas amigas?

—Íntimas –dijo con sorna Antonio—.  Tanto como para repartirse los importes de ventas de los grandes clientes que no pasan por la tienda.  ¿Has visto en el mes que llevas que alguna de ellas atienda a alguno de los clientes que entran en la exposición, salvo que Julián pasee por aquí?

Ciertamente, Luisa nunca les había visto atender a nadie.

—Estrella no pinta nada en esto –siguió Antonio—, pero se alía con ellas haciéndoles la pelota, “chivándoles” los cotilleos, hablando bien de ellas a don Faustino.  Eso rinde a fin de año.

Tal como Antonio preconizaba, fue Silvia la mejor vendedora, por lo que recibió de regalo un televisor de plasma de 42” más un sobre que iba pegado a su pantalla.  Sólo aplaudían con fuerza los Jefes,  Sonia y Estrella.  Los otros bufaban por lo bajo.

—¿Qué hay en el sobre, Antonio? –preguntó Luisa.

—¡Qué va a ser!  La “pasta”.

—¿Qué “pasta”?

—La de las comisiones.  Supongo que algo más de 3.000 euros, aparte de los que le pagaron en julio, claro.  Ya te habrán dicho que las comisiones se pagan en julio y diciembre.

—Pero ¿se lo pagan en efectivo?

—Claro, niña, en cash y en “B”...  Todito de color negro.

—Y ¿a los demás también?

—Por supuesto.

—Y ¿de dónde sacan tanto dinero en “B”?

—Ya sabes.  Acuerdos con constructores y trapicheos varios.  Aquí se mueve muchísimo dinero negro. Incluso en los pagos a los jefes, no sólo en comisiones, sino parte del sueldo.  También en cobros a los grandes clientes.  Una mafia, Luisa.

En ese momento sonaba “Dulce Navidad” por los altavoces y don Faustino animaba a cantar a los asistentes.

 

 

 

 

3.- A lo largo de los tres primeros meses del año, Luisa asistió a cuatro bajas de la plantilla de vendedores, todas ellas por decisión propia y con un gran contento por su parte.  María Dolores se encargaba de valorar cada salida con un mensaje positivo, pero en algún caso dejó caer comentarios entre líneas sobre aquello que la persona saliente había dejado incompleto o incorrecto, así como si nada, queriendo decir que “menos mal que se había ido, porque si no, tenía el despido en puertas” (según explicó Antonio en grupillo apartado).

Ingresaron nuevas vendedoras, con lo que Luisa esperaba hacer menos horas en el mostrador.  Ya no era la menos antigua de la plantilla.

La primera punzada que sintió se debió a la convocatoria a una reunión sobre los Objetivos del año, que fue preparada para las 9:00 a.m., una hora antes de la apertura y a la que fue invitada, a pesar de que era su día libre (como la tienda abría de lunes a sábado, cada persona disfrutaba de una jornada libre rotativa).  Alegando su horario de tarde, expuso que a esa hora era imposible su asistencia porque llevaba a su hijo al colegio.  Julián puso mala cara, pero lo aceptó.  Posteriormente, sus compañeros le informaron del contenido de la reunión con mucha rabia y enfado, pues podría resumirse así:

—Hemos disminuido las ventas en un 20% sobre el año pasado y los culpables sois vosotros, que no habéis vendido lo suficiente.  Espero que os apretéis las tuercas este año porque las comisiones se pagarán sobre importes que sobrepasen un 15% el mínimo del año pasado.  Y no quiero excusas. 

A continuación pasó a enumerar los productos bonificados, es decir, aquellos cuya venta se primaba porque dejaban mayor margen. 

—Ahora bien, no se pagarán bonificaciones a quienes no hayan llegado al mínimo de ventas en el mes anterior. 

Y con voz elevada:

—¡Y haremos reuniones de estas cada dos meses.  Espero que asistáis todos sin falta.  En lunes a las 9:00, como hoy!

Luisa nunca pudo acudir a las reuniones.  Algunas compañeras que habían faltado a ellas en alguna ocasión le dijeron haber notado cierta merma en el sobre de las comisiones, sin posibilidad de reclamación, claro, pues los datos para el cálculo eran un secreto llevado desde la oficina.  Se rumoreaba que lo utilizaban para descuentos por sanción encubierta u otras razones, como Luisa comprobaría meses más tarde en cabeza de Antonio, por un error del chico en la facturación, que la empresa hubo de aceptar porque el cliente apeló al precio fijado en el presupuesto.  Los 250 euros de diferencia quedaron descontados en el sobre de las comisiones del vendedor. 

Luisa aprendió pronto los catálogos, productos, márgenes y se afanaba por atender bien a los clientes, pero...

El papeleo era inmenso: presupuestos, albaranes, pedidos, facturas... todos por duplicado, escritos a mano y luego pasados al ordenador con las incidencias de cada caso... seguimiento de las fechas de entrega pactadas y vigilancia de la llegada del producto al almacén para después organizar la entrega con los portes de la empresa. ¡Ah! y prohibición expresa de contactar con los proveedores, que de eso se encargaban en la oficina.  Así, luchaba continuamente por acoplar plazo pactado y período real, pero se encontraba con la sorpresa de que reservaba en el almacén un producto y, al ir a recogerlo para la entrega, había desaparecido porque lo necesitaban para un gran cliente.  Luisa se deshacía en excusas y buenas palabras con los clientes de menudeo, pero las broncas eran descomunales.

Mientras tanto, Julián se paseaba ufano por la tienda, haciéndose notar como “The Boss”, guiñando el ojo a sus aduladoras que le chistaban en sus desfiles.  María Dolores también hacía acto de presencia de vez en cuando para pasar el dedo buscando polvo por encima de los estantes.

Ernesto, el Jefe de Tienda, se fue.  Nadie supo por qué, pero se fue.  Los rumores hablaban de despido.  Parece ser que la realidad se teñía de color diferente.  Se marchó por su voluntad pactando la salida.  No tenía padrino en la casa y las dos encargadas ya se encargaron de ir anulándolo, jugándole malas pasadas: le ocultaban información, le daban datos falsos, dejaban que se equivocara...

Julián asumió el rol de Ernesto, pero en realidad continuó con su pasividad habitual, salvo para controlar y pavonearse.

Luisa esperó ansiosa el día de la renovación de su contrato.  Y todo transcurrió con naturalidad.  María Dolores la llamó a su despacho y firmaron un contrato indefinido con categoría de Dependienta.  Ahora bien, su horario parcial no le disminuía el objetivo global de ventas, por lo que para cobrar comisión debía conseguir un volumen mínimo igual a sus compañeras de tiempo completo.  No le valieron de nada las argumentaciones...

Antonio quería conseguir la distinción (y el premio económico) como Mejor Vendedor del Año.  Para ello, se afanó en la búsqueda de mejores clientes con una entrega total.  Cometió varios errores de impetuosidad, como eludir pedidos pequeños, obviar ciertos presupuestos realizados por otros compañeros (con lo cual, se apuntaba él la comisión), delegar algún seguimiento complejo…  Cuestiones propias de avidez mezclada con exceso de ambición.  Sus cifras de venta fueron aumentando hasta convertirse en líder provisional del ranking… 

Sonia y Silvia sintieron peligro por los aledaños de su bolsillo y de su prestigio.  Así, tomaron la siguiente reacción: redactaron una carta conjunta en la que solicitaban a la Dirección el despido de Antonio por mal compañerismo.  Y la pasaron a la firma de la plantilla de la tienda.  Sólo la rubricaron las promotoras, más Estrella y Remedios, una chica de las recién entradas que hacía méritos para conseguir favores, incluso más allá de los profesionales.

La carta no llegó a su destino, pero Antonio quedó tocado, aún sin perder su deseo de ser el mayor vendedor.  A los meses, después de cobrar las comisiones (con el descuento de los 250 euros), encontró otro trabajo y se marchó de la empresa.

Poco a poco, comenzó a gestarse otro conflicto a causa de los días de libranza.  Julián había cambiado la política anterior, y ahora, si el día de descanso caía en festivo, no se adjudicaba otro.  Ah, y tampoco se contemplaba en la nueva directriz que esas horas se disfrutaran como descanso de una u otra manera.  Remedios se ganó las simpatías de Julián apoyando en público la decisión, puesto que “había que pensar por la empresa”.  Su premio, a las pocas semanas, fue la asistencia a un curso de diseño asistido por ordenador, con viaje en avión y estancia pagada en hotel de cuatro estrellas, en el cual también participaron Sonia, Silvia y Estrella, con el compromiso que nunca se cumplió de enseñar al resto de la plantilla a su regreso.  La transmisión de conocimientos se compuso exclusivamente de un extenso relato de las peripecias nocturnas por Barcelona.

 

 

 

4.- Más o menos en esos días localiza Luisa el embrión de su despido.  Atendió una venta por la cual recibió el 50 % de su importe por anticipado.  En cuanto se recibió el producto, llamó puntualmente al cliente para que pasara a recogerlo y así abonar la mitad restante.  Pero la señora sólo podía acudir por la mañana, a lo cual Luisa contestó que indicara el número de factura a cualquier compañera, y que sería igual de atendida.

Así sucedió.  Pero al hacer el arqueo de caja, faltaron 2 euros (repito, 2 euros).  El error se había producido en el cobro a la señora cliente de Luisa, y la operación quedaba registrada a su nombre.  Luisa fue requerida por María Dolores:

—Faltan 2 euros de un cobro tuyo.  Tienes que ponerlos tú o la cliente.

Luisa calló y llamó a la señora, quien se ofreció a llevar personalmente los 2 euros, pero sería en unos días, lo que la vendedora comunicó telefónicamente a María Dolores:

—SONRISA no tiene por qué soportar ese descubierto.  Hasta que la cliente venga, tendrás que depositar los 2 euros en la caja.

Luisa se negó educadamente.

— Bien.  O pones ese dinero o tu dimisión en mi mesa.

—No voy a poner ese dinero y no voy a dimitir.  Si lo crees oportuno, mándame la carta de despido –contestó firme Luisa.

—Mira, aquí mando yo y se hace lo que yo digo.  Si no, atente a las consecuencias.

—Me atengo, María Dolores, me atengo.

Ahí terminó la conversación.  Luisa, dolida, llamó a la señora cliente para decirle que no trajera los 2 euros… “total, me van a echar igual”, le dijo.

Pero llegó el dinero.  Luisa lo recogió y se lo dio a Sonia, aprovechando para comunicarle su negativa a seguir cobrando, función que no entraba en sus responsabilidades como dependienta.  La encargada lo aceptó, pero a la semana le pidió que depusiera su actitud para “no buscarme un lío contigo y los de arriba, porque se lo tendré que decir”.  Luisa aceptó volver a cobrar.

Sobre este incidente, además del apoyo de los compañeros, sobre todo de Pilar, quien había cometido el error en el cobro, recibió el del Jefe de Obras, que le recomendó hablar con don Faustino o con Julián.  Como éste se encontraba de viaje, charló con el patrón.

—No estoy de acuerdo con lo que ha hecho mi hija, pero tampoco con lo que has hecho tú.

El hombre se dio media vuelta y dejó a Luisa con la palabra en la boca.

En ese momento, comenzó a pensar si merecía la pena aguantar ese ambiente solamente por dignidad o superación personal.

Aún faltaban dos meses hasta la comunicación de su despido.

Mientras tanto, siguió sufriendo situaciones de tensión e incompetencia, que apaciguaba con una buena amistad con otras compañeras, entre las que se había ganado un gran prestigio por no delatar a Pilar.

Luisa relató como hecho anecdótico una incidencia que no quiso relacionar con el asunto de los 2 euros.  La empresa fabricante primaba con regalos a los vendedores las salidas de determinados artículos antes de ponerlos en oferta por renovación de stocks.  Ella recibió una notificación de que en breves días llegaría a SONRISA una cámara fotográfica a su nombre, como premio por la venta de un producto bonificado.  Los breves días se convirtieron en semanas, las semanas en algo más de un mes… y nunca vio Luisa la cámara fotográfica.

Se acercaba el puente del 6 y 8 de diciembre.  Julián informó a la plantilla de que ese año, cambiando la política anterior nuevamente, se abriría la tienda el día 7 y que, al haber dos días festivos, quedaban por esa semana suspendidos los días de libranza.  Lo comunicó y se fue.  Se produjo un revuelo importante, como era de esperar.  Luisa habló con tranquilidad

—Creo que no debemos permitirlo.  Según calculamos la semana pasada, terminaremos el año con más de 150 horas en el debe de la empresa para nosotras, es decir, casi 20 días que no cobraremos ni disfrutaremos.

Tras ese comentario, se oyeron voces clamando para acudir a un abogado laboralista, de “UGT ó CC.OO, que ya está bien de aguantar”.

En los días siguientes, el malestar era patente y Pilar acudió a un bufete para pedir información sobre los derechos que podían ejercer.

El día 29 de noviembre, cuarenta y cinco minutos después de su ingreso al trabajo, Silvia informó a Luisa de que María Dolores quería verla en su despacho.

—¡Uy!, qué miedo –dijo sonriendo la vendedora.

—No te preocupes, mujer –quiso quitar “hierro” la encargada.

La Directora de Administración revisaba unos papeles.  La invitó a sentarse en la silla de confidente.

—Luisa, tengo que darte una mala noticia –comenzó hierática.

Un silencio solemne…

—Voy a entregarte la carta de despido.

—¿Que me despides?

—Sí.

—Pues de mala noticia nada.  Te daría un beso en la frente –habló Luisa con una gran sonrisa sincera.

María Dolores torció algo el gesto ante la contestación inesperada.

—Es la primera vez que veo alguien que se alegra porque la despidan.

Y le extendió la carta.  Luisa leyó tranquila.

—Me haces un favor, querida.  Pensaba dejar la empresa a final de año, así que me adelantas veinte días mis vacaciones, me pagas la indemnización que no esperaba y puedo cobrar por desempleo.  Una maravilla.

A la Directora se le encendían los ojos, pero no pronunció palabra.

—Por cierto –siguió Luisa—.  Aquí has resaltado en negrita que el despido es por bajo rendimiento y sabes que es mentira, como ya se deduce cuando continúas hablando que aceptas el despido improcedente.  En realidad, ¿es por lo de los 2 euros?

—No, no.  Es que no llegas al importe mínimo de ventas.

—Ya.  Una buena excusa.

—En lo de los 2 euros tuviste una lealtad mal entendida.  Al final, ¿no me vas a decir quién fue?

—Mira, María Dolores, no entiendo cómo una licenciada que hace el arqueo de caja todos los días no sabe que anotamos en un listado todos los cobros realizados en efectivo, junto con el nombre de la persona que los ha realizado.

—Pero, ¿me vas a decir quién fue?

—No, baja al mostrador y en el segundo cajón de la derecha encontrarás el listado.  Míralo tú si tanto interés tienes.

—Bien, dejémoslo.  ¿Me firmas el recibí?

—Sí, sí, claro, ¡cómo no!

Mientras Luisa revisaba la carta y extendía su firma, María Dolores hablaba con voz maternal.

—Ojalá tomarais todas el ejemplo de Remedios, que siempre tiene su zona limpia como una patena y cuando está en el mostrador se dedica a formarse leyendo los catálogos y listas de precios.

—Vaya, lo de la cámara era verdad también.  Pero anda, cuando bajes a mirar el listado, abre un par de catálogos de esos que Remedios estudia tan en profundidad… y, por favor, no te asombres si encuentras entre sus hojas unos cuantos libritos de pasatiempos…  ¿Y si quizá están rellenos con la letra de esa chica tan aplicada?

Nuevo silencio.

—Luisa, espero que no nos guardes rencor.

—No, no, por supuesto.  ¿No te digo que me voy muy contenta?

—Ah, despídete rápido de tus compañeras.

Luisa escuchó de Pilar cuando se abrazaban:

—¿Sabes por qué te despiden?  Porque han notado que eres mejor que ellos.  Has mostrado madera de líder y tienen miedo a que nos lleves a una rebelión.

Luisa sonrió, sólo sonrió.

  

 

Nota del autor:  Ojalá estos hechos fueran producto de mi fantasía.  Son auténticamente verídicos, ocurridos entre los noviembres de 2003 y 2004.  He cambiado los nombres por respeto a algunos protagonistas.   Lo demás… verdad, verdad como que el agua moja.

(Publicado en AprendeRH, el día 22 de febrero de 2006)

Introito a "¡Qué cosas tienes, Ceferino!", por Ceferino Cifuentes

Introito a "¡Qué cosas tienes, Ceferino!", por Ceferino Cifuentes

Se han dirigido a mí varios personajes importantes para que deje constancia por escrito de mis opiniones sobre algunos aspectos de mi andadura profesional. Gracias, señores, es un halago que, después de tantos años de trabajo, alguien valore de esta manera los esfuerzos invertidos y los aprendizajes obtenidos para llegar a ser quien soy, ni más ni menos primordial que cualquier otro trabajador que ronde mi edad. En algún sitio leí que la experiencia es la madre de la ciencia, pero que también la experiencia no se compone de las cosas que se han vivido, sino de las cosas que se han reflexionado. Y no hay mejor aprendizaje que reflexionar sobre la experiencia, ya sea propia o ajena.

 

Señor/a lector/a, voy a hacer todo lo posible para que estas páginas que han llegado a sus manos se conviertan en enseñanzas que lleven al aprendizaje. Ya sabe, la enseñanza es de una dirección, mientras que el aprendizaje viene de la contraria. No hay enseñanza sin alumno, pero sí aprendizaje sin maestro. Es una de las cosas que me ha hecho ver mi vida profesional y que me ha salido poner aquí, al principio del texto. Y quiero decir que como usted me está leyendo, hay enseñanza, y si nadie me leyera, nada tendría de enseñanza, por supuesto. Habrá aprendizaje si algo de lo que digo no le suena a sandez y es capaz de estimular su cerebro para entender mejor o para aplicar mejor algún precepto o regla, ya sea de sentido común o de sentido profesional, que ambos adjetivos no son necesariamente intercambiables.

 

Me llamo Ceferino Cifuentes Rodrigo y tengo sesenta y un años, esa edad tan mal observada últimamente por personas dedicadas a la empresa, y más, si ocupan un cuadradito del organigrama, porque soy jefe comercial de una empresa de seguros en el Área Sur de España y Portugal, que ahora es multinacional después de pasar con grandes vicisitudes varios procesos de absorción y fusión. A los mayores nos miran mal hasta los propios mayores, sí, aquéllos que deben hacer las grandes reestructuraciones a consecuencia de sesudos planes de reingeniería. ¿Pero no quedamos en que “re” es una nota musical?

 

Sí, soy un mando en una empresa que no sé si llamarla grande, mediana o elástica, porque de unos años a esta parte hemos pasado por tres dueños distintos y en realidad no he conocido a ninguno en profundidad como para decir si hemos sido cabeza de ratón, cola de león o entraña de rinoceronte.Hemos superado vicisitudes varias que más eran producto de nuestra propia superstición que de la realidad cotidiana porque la cosa es que mi trabajo tampoco ha cambiado mucho, pero los sustos… Qué sustos nos venían cada vez que anunciaban una nueva movida. En fin, que ahora ya está uno acostumbrado y se convence de que en la vanguardia (en mi vanguardia) todo continúa igual, que sólo cambian los del Estado Mayor.

 

Sigo aquí, siendo un frente operativo del negocio y me siento algo raro cada vez que tengo que poner un nuevo logo en la fachada de mi oficina, que me obliga a pedir que los limpiadores se esmeren en liberar las marcas de polvo que ha dejado el anterior, no sea que los nuevos vengan a visitarnos y se lleven un cabreo mayúsculo creyendo que no hemos asumido su compra con lealtad. ¡Como si la lealtad se midiera por la densidad del polvo marcado en la pared por el logo anterior!

 

En fin, le diré que regento una sucursal comercial de la compañía en una zona de tamaño medio y, aunque me agrada mi trabajo, apreciaría un buen acuerdo para jubilarme mirando a cualquier isla del Caribe.

Le contaré algunos de mis antecedentes personales para que pueda usted encuadrarme con lo que le voy a decir, pues estoy seguro de que si no viniera de donde vengo, ni hubiera pasado por donde he pasado, las siguientes letras iban a ser otras, y quizá hasta muy distintas.

 

Soy hijo de un matrimonio que emigró a Zaragoza en 1960, cuando yo tenía 15 años. Acababa de terminar el Bachiller Elemental en el pueblo más grande de la comarca, Utrillas, cabecera de una zona minera, gracias a que mi padre hacía muchas horas extraordinarias en las minas de Escucha. Él quiso salir del polvo que iba ocupando sus pulmones y nos quiso dar una vida mejor, según el canon de aquella época: vivir en una ciudad trabajando muchas horas de lunes a sábado, para poder ir a comer un bocadillo el domingo en el Parque aún llamado Primo de Rivera.

 

En Zaragoza viví en una zona noble, codeándome con “señoritos”, porque mi madre regentó una portería en la calle Alfonso I, la que termina justo enfrente de la catedral del Pilar, mientras mi padre trabajaba en el negocio del taxi. Gracias a que mi madre sabía coser bien (me hacía unos trajes impecables) y a que mi padre iba trayendo buen dinero en efectivo con su Seat 1400 tan negro, ese círculo de la calle importante me aceptaba como alguien a quien no humillar.

 

Ingresé de botones en un banco, recomendado por uno de aquellos “señoritos” a los que cautivé con mis atrevimientos y salvajadas que un niño de ciudad no haría, y menos vestido de forma impecable, sin un remiendo. Mi agudeza me ayudó en mi carrera y llegué a oficial administrativo después de muchas horas de no levantar la cabeza del escritorio y trazar asientos contables con una pulcra letra redondilla. Habiendo cumplido los 30 años, justo cuando murió Franco, me propusieron cambiar a la filial de seguros, cubriendo una vacante de subjefe.

 

Allí vi mi oportunidad y decidí aprovecharla porque intuía un gran cambio en mi vida al igual que en la sociedad que me estaba tocando vivir. Llegué a participar en política dentro de una organización que terminó integrándose en el PSP de Tierno Galván. Me sirvió para entender qué significaba un carácter reivindicativo y para saber que el miedo sólo paraliza a quien se deja vencer. Corrí delante de los grises… y que no se entere mucha gente, por favor, que mi padre aún no lo sabe: dormí una noche en los calabozos de la comisaría del barrio de San José.

 

Dejé esta actividad porque me propusieron en 1978, casi al amparo del referéndum de la Constitución, (con 33 años de edad, la de Cristo, ese signo de madurez), una plaza de jefe de equipo en una ciudad del sur (no quiero localizarla porque no viene al caso y que me perdonen quienes esperaban esta revelación, pero es que prefiero que en este libro destaque mi Zaragocica antes que cualquier otra ciudad), que acepté. También por aceptar este cargo abandoné mis estudios de Perito Mercantil, que había comenzado unos meses antes, lo que me fue penando durante varios años, y aún me pena, aunque menos, porque ya he tocado mi techo profesional y no se ha quedado tan bajito.

 

En realidad, poco ha cambiado mi vida superficial desde aquel traslado,porque sigo en el mismo edificio, en la misma calle, en la misma ciudad y casi en el mismo puesto…digo casi, porque he ido creciendo en categoría y sueldo en la medida en que pudimos hacer crecer la facturación de la oficina y no me abrieron en las cercanías otra agencia que se me llevara la clientela. He dicho vida superficial, sí, porque la profunda he querido que cambiara, y ha cambiado, y creo que mucha de ella va a ir quedando reflejada en estas páginas. Espero no rasgarme la piel en el empeño de escribirla, porque sé que alguna historia de las que cuente me va a dejar un rasguño por aquí adentro, no por su contenido en sí, sino por las emociones que remueva.

 

Al mirarme en el espejo, veo ya a un hombre maduro y canoso, con poco pelo, repeinado hacia atrás con gomina para evitar que se me crispen cuatro pelillos rabiosos allá por un remolino en el cogote. Tengo unas cejas muy pobladas que aún mantienen un color oscuro, casi como su primigenio color castaño, que no cuadra con mi cabello blanco, y le da a mi rostro un aspecto más duro del que realmente tengo. Llevo unas gafas algo anticuadas, con montura de pasta negra en la parte superior y aro dorado para sujetar el cristal (me gustan, qué narices, ¿por qué las tengo que cambiar?), que casi ocultan del todo mis ojos azules, tan alabados por ciertas damas de las que ya no hablaré más. También tengo otras gafas para corregir la presbicia que presentan un diseño más moderno, con montura al aire, y que uso sobre todo cuando me pongo delante del ordenador para “liberar” las nuevas pólizas y otras zarandajas que ahora piden con firma electrónica, nada de papel. Reconozco la generosidad de mi nariz, con una punta redondeada que semeja el postizo de un “clown” tipo Charlie Rivel. Tuve mandíbula fuerte en mi juventud, pero hoy la papada me ha dulcificado el perfil. Gusto de llevar las patillas más bien largas y frondosas, a la moda de los años de mi época adolescente. Así, en conjunto, me dicen que tengo un aire a Woody Allen, o quizá a Stan Laurel, sobre todo por su expresión de despistado perpetuo.

 

Me habría gustado crecer más porque fui admirador de Emiliano y Buscató,pero me quedé raspando el 1,60. Es decir, ni para jugar de base. He cultivado una buena barriga que nunca tuve antes de los 50, puntiaguda, de lasque no se adivinan mirándome desde atrás, pero que no me preocupo en disimular. Cuando no llevo corbata (casi siempre me la pongo, incluso en fin de semana para ir a la iglesia), me abro tres botones de la camisa porque me gusta mostrar sin empaque mi buena pelambrera en el escote, que no tengo nada contra nadie, pero soy de los de pelo en pecho. Ejerzo de soltero por vocación.

 

No cuento mucho de mis andanzas (“que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”), porque soy un hombre discreto, ni siquiera mis compañeros de trabajo podrían dar fe de mis anécdotas extralaborales. Lo que sí confirmo es que no he adquirido el deje andaluz, que no, que no quiero, sino que más bien cada día aumento mi acento aragonés (y a mucha honra), y además, soy socarrón antes que gracioso natural.

 

Lo dicho, amigo/a lector/a, espero que pueda aprender riendo, que se divierta, porque voy a poner todo lo que de verdad pienso sobre los temas que me han propuesto los editores, señores que parecen honestos y no van a recortar o retocar nada más que lo necesario para hacerle asequible a usted este librito (seguro que yo me enreveso mucho).

 

 

Nota del Editor:

 

Una vez leído lo escrito más arriba, nos dijo Ceferino que contáramos algunas cosas que no se atrevía a exponer por pudor y vergüenza, así que, haciéndole caso, añadimos unas líneas a su preámbulo, con salpicones de nuestro charco:

 

Ceferino es un hombre curtido, veterano, hecho a sí mismo gracias a una inteligencia instintiva con profunda puesta a tierra que él reconoce y achaca a los años que vivió en el medio rural, entre los mineros, los agricultores y los pastores, unos de agujeros oscuros y otros de cielo abierto. Dice que tiene aún la filosofía parda de entonces. Transmite bondad y, sobre todo, honestidad, es de esos hombres que si te da la mano para sellar un pacto, no necesitas papeles firmados. Usa un lenguaje llano y directo, probablemente porque no conozca ni le importe conocer otro; además, desconfía de todo lo nuevo hasta que no se ha probado su efectividad. Comenta que su apóstol preferido es Santo Tomás. Se declara cristiano, que no del todo católico, aunque va a misa, y repite mucho la máxima de “haz el bien y no mires a quién”. Es como si quisiera tener una moral, probablemente basada en la religión que le enseñaron, pero sobre la que no se atreve a reflexionar para afianzar su propio criterio.

 

En sus 28 años andaluces, aunque repite machaconamente que sigue igual, ha pasado de un quehacer monótono y rutinario gestionando pólizas administrativamente a ser el jefe comercial de zona que mejores resultados obtiene, especialmente en la retención de clientes (a pesar de las crisis sobrevenidas cada vez que sonaba una fusión) y en el aumento de negocio individual por fidelización. Sus empleados lo respetan y admiran, él los sigue llamando de usted aunque tengan veintipocos años, y todos destacan que siguen su modelo de gestión, con pocas palabras vanas y muchos actos de verdad. Si le nombras la palabra ´líder’ se le erizan los pelos y te mira en silencio frunciendo el ceño.

 

Habitualmente, podríamos verlo en su despacho acristalado con las mangas de la camisa remangadas en pliegues casi hasta el codo, con el primer botón de la camisa desabrochado de tal manera que le salen algunos recios pelitos por encima de la corbata desencajada… y si es ya última hora del día, los cabellos rebeldes de su cogote han vencido a la gomina y sobresalen como unos finos talles enhiestos sobre la coronilla… la mesa llena de papeles… y con el cigarrillo en los labios, que a esas horas ya no aguanta la Ley Antitabaco y se enciende uno tras otro para compensar la abstinencia de toda la jornada laboral. ¡Ah!, pero no le ven fumar sus empleados.

 

Dice que no le importaría que le jubilaran para volver a su Zaragoza, que visita al menos cuatro veces al año, pero cuando lo ves en su puesto de trabajo transmite la misma ilusión que cualquier jefe recién nombrado. No quiere ni oír hablar de un traslado, aunque supusiera ascenso y gratificación, que estima mucho a sus chavales de ahora, que al fin ha conseguido un equipo a su gusto y que ellos aún lo necesitan. Cuando habla de la gente de su equipo se le pone tono y cara de padre.

Las puertas del invierno

Las puertas del invierno

Era como una hoja de otoño, seco, crujiente y amarillo, con aspecto de madurez y profundidad, arrogante, diciendo que milenios le habían dado sabiduría, ansioso, porque su mensaje aguardaba despertar en manos elegidas, y dulce, muy dulce, lleno de paz para comunicar sonriente un discurso limpio.

Su primavera transcurrió en un soplido, con iluminación de ángeles o inspiración de poetas, obra de Dios, que pone su mano para dirigir el mensaje divino, instrumento elegido para un camino de perfección.  Nació sin alardes, como un suspiro, ya decidido y consciente de su valor, de su valor para mí.

Se ajó al calor del verano, escondido como estaba, tan sólo amparado por los árboles del bosque y por las hojas de los otoños.  Su verano fue largo, porque ante la espera también su calor colaboró, calor de ansia por prestar utilidad al cumplir su destino.  Las tormentas le estremecieron y quiso convertirse en cuero para soportar las aguas, como si el arranque de supervivencia le hiciera alcanzar el deseo de eternidad.

Y cuando ya el verano le llevaba a la desesperación, cuando mis pasos aún dudaban en la ignorancia o en la ingenuidad, causa del dolor, decidió por su naturaleza dar entrada al otoño en su vida, comenzar la tercera edad, porque su resistencia mermaba a cada golpe de tiempo y su ilusión se perdía cada atardecer, que cada vez preludiaba una noche más larga.  Le llegaron los vientos, aires y desaires, cielos oscuros, lunas escondidas, árboles desnudos, algún hielo y alguna bruma.  ¡Qué paz en la madurez!, cuando el deseo estaba apagado y la paciencia en la duda jugaba con la sabiduría.

Ya le cansaba su soledad, soledad de sabio y fiel amigo, carga a la tarea impuesta, dolor ante la exaltación y medida para la grandeza.  Le vencía el otoño con armas de carcoma contra lo más profundo de su entraña, pero aún la esperanza de encontrarme dejaba aliento de vida en su corazón frente a las puertas del invierno.  Y ante ese umbral, obertura de la agonía, hizo aparición un lívido manto de nieve, aviso de final.  Apenas pudo respetar la tentación de cruzar al otro lado, se ancló al otoño escuchando estertores, mantuvo su sangre caliente, pero en lo alto veía la luz con paz de espíritu y pena de inutilidad.  Por primera vez, quiso caminar hacia la muerte.

 

***

 

Me preguntaba si realmente era insensible...  Podía responderme que no, dudando, puesto que nunca al instante se me rasgaba el corazón, pero conforme crecían las horas con la lucidez desorientada, la sensación de vacío iba ocupando un lugar predominante por los alrededores del estómago.

Cada una de ellas desaparecía según desarrollaba su papel, con enfado, con reproche, con lágrimas, con aliento, con suspiro, con alegría o con portazo.  Al principio, me importaba el desenlace, pasaba días analizando tal frase, o tal entonación, intentando comprender la causa del final, pero la repetición de la tarea sin resultado me convenció de que no servía para nada, porque fuera lo que fuera, la consecuencia era el abatimiento.

Estaba solo de nuevo y, en aquella ocasión, quedaba atrás una muchacha encantadora, un cielo con deseo de sentirse amada.  Y yo, como siempre, fui voraz al comienzo, cuando la sorpresa significa misterio, descubriendo su alma, su pasado y su cuerpo -sobre todo, su cuerpo-, con herramientas de investigador pertinaz.  Mientras yo jugaba a destapar lo desconocido con mi aire romántico, galante y lejano, ella se enamoró, me vio como el Príncipe solamente por el hecho de que era objeto de mi atención.  Yo me entregaba, me sumergía en cada unión como si me naufragara en el agua de un balneario para alcanzar la eterna juventud.  Ni siquiera deseo mencionar su nombre, porque todavía ningún nombre de mujer se ha grabado en mi memoria, pues para mí ellas son iguales, porque igual es la huella que me regalan, solamente recuerdos.  Y como a las demás, en un ejercicio de ciencia, la desarmé en mil pedazos con el anhelo de encontrar la culminación de una búsqueda.  Fui capaz de poseerla con pasión, de llegar hasta cualquier último vericueto de su propiedad, sin saber, o sin querer, comunicarle la verdadera intención.  No supo ver en mi alma, y la tuvo a su disposición, porque aunque lo hubiera querido, en mi afán, me era imposible ocultarla.  Y si hubiera visto, todo habría acabado antes de empezar, pues mi alma no desprendía una gota de amor, estaba impregnada de ansia por encontrar, con un deseo loco de forzar al destino para que terminara de una vez el vagabundeo de mi corazón; mi alma estaba vacía, sin una pizca de contenido veraz, y así, ella se encontró al pronto perdida, sin asas, sin cuerdas, sin apoyo, con un vuelo ficticio que quiso prolongar para conseguir apenas unas semanas de agonía.  Ella se fue y no la retuve.

Como tantas veces, en sueños la llamé y, al despertar, asustado, clavando las uñas en la almohada, iba descubriendo que mi verdad no era la suya, que no había verdad en ella ni en las anteriores, quizá ni siquiera en mí, y la ilusión se despedazó contra el amargor de la soledad y de la impotencia.

¿Por qué el amor?  Nada me impedía renunciar a la compañía enamorada, nada de mí y nada ellas... y, sin embargo, a una quimera sucedía otra y otra, como si fuera dirigido al fracaso desde un trono escondido, como si debiera sufrir con el gozo extraviado y el fracaso fulminante.  Las culpas me atacaban y siempre me dejaba llevar para que la certidumbre de la soledad me inundara... hasta que la próxima mujer se apropiara de mi sugestión y abatiera el esfuerzo del resurgimiento.  Una se despidió:

- No la busques, no vive en este mundo, no es carnal.

Y me dolió, no sé si por el contenido irreal de la frase o porque su verdad me hizo daño.  No podía admitir ser etéreo, no deseaba renunciar a este mundo, la mortalidad me limitaba a creer en él como puerta de salvación o, cuando menos, a la evasión, al fin de la búsqueda, aunque la meta ya no pudiera llegar.  Otra respondió:

- Hasta que mueras no podrás llenar tu alma. Eres insaciable porque ya naciste colmado, nada es bueno para ti.

Y tanto creí amarla que sus palabras me tambalearon hacia la muerte, hacia el suicidio veloz para llenar mi alma o para nacer otra vez colmado.

- ¿Por qué huyes? -dijo mientras decidía abandonarme.

Y ¿de qué?, ¿de quién huía?  La respuesta fácil era mirarme y decir “de mí”; la autocompasión no me satisfacía.  Sabía que no obraba mal y que mi búsqueda se dirigía con buen sentido, deseo de amar, y que nunca fallaba en el cultivo de mi sentimiento, pero la tierra estaba yerma, aunque el viento y el sol, ellas, me acunaran para germinar.

Cada vez creí amar con más ternura, cada vez acaricié más dulce, y así mi reconocimiento del vacío se demoraba para, con su tardanza, hacer la herida más profunda.  Entendí cada amor como castigo a la pasión y busqué en ellas el alma como quien busca una paloma; encontraba el alma y me sumergía, llenaba mis manos de alma... pero mi alma quedaba vacía, y dañaba sin deseo mi alma y su alma.  Embrutecida, me lanzó:

- ¡Te has querido apoderar de mi!

Y me invadió la sensación de maldad, tuve miedo de hacer daño, me creí nacido para el mal, vampiro de las almas, parásito del amor, y me encerré en una burbuja de soledad para cumplir penitencia por el pecado de no poder amar.

 

 

***

 

A lo lejos, los montes nevados, las nubes de anillo, los rayos de sol, querían darme la luz que yo me ocultaba.  Las hileras de árboles, el viento dulce, música de amor, me dibujaban el sendero...  Y por la noche, la luna, mensajera de los ángeles, sonreía pícara para elevarme hacia su manto...

Había elegido la soledad por un tiempo, tiempo de espera, no de reflexión, para agotarme en el lenguaje del vacío.  Hice el equipaje con todas mis desilusiones y escapé hacia donde el quehacer humano es diluido por la naturaleza divina para fundirme con un mundo donde la individualidad no importa.

Y la vida cotidiana menguó hasta hacerse dispensable.  Quise ser pájaro, quise ser lince, quise ser arroyo para poder amar con el alma ignorante de la soledad.  Las cigarras y los búhos me acunaban, el silencio natural me acogía, y el desgarro en la entraña iba creciendo ante la impotencia de sumergirme en ese mundo calmado, lleno de paz.

Quizá aquella noche las estrellas brillaron más, quizá todo el cielo se iluminó por un destello prolongado de la luna, quizá el sol se asomó por una rendija de las tinieblas, quizá.  La luz me encogió como haría un saco a mis espaldas, desperté atemorizado por un sueño que no recuerdo, y la angustia se hizo insoportable.  Afuera, aún quedaban restos del relámpago y decidí salir, no por curiosidad, sino buscando desahogo.

Todo estaba bien, la luna, las estrellas, las nubes y los árboles, sólo yo desvariaba.  No quería volver a la casa.  Extrañamente, un eco me atraía hacia el bosque, y deseaba acudir.  Se había detenido el viento, las cigarras callaron y, sin embargo, no sentí silencio.  Por encima del bosque parecía crecer una sensación de ceremonia, como si los árboles se estiraran por cubrir un espacio donde me esperaban, y de donde creí ver, reflejado en la única nube, un destello blanco.

Caminé hacia la llamada.  Todo estaba bien, sólo los árboles me miraban.  Y cubierto por hojas de otoño, bajo el punto que con el destello sentí iluminado, finalizó mi búsqueda ante un papiro ajado, descolorido, cruzado por grietas de vejez:

 

 

Has caminado en tu búsqueda,           

tu signo de vida,

hacia el amor sublime, la paz,               

y no te has colmado,

no te has llenado de ternura,         

amor de mi alma,

has vagado por lo cielos         

hasta llegar a mí.

 

Y ahora que muere tu alma

comida por el desencanto,

marchita de penitencia,

ahora que has conocido

la lucha por el amor,

tu cielo se ha partido

para nacer contigo,

sentido amor de tu amor.

 

Yo, alma gemela, parte de ti,

te aguardo en el umbral de tu alma

con las luces del recuerdo,

para que tu penitencia,

savia de amor, dulzura,

sea calor en mi entraña,

esperanza paciente,

ternura de corazón.

Relato incluido en "Cuentos de Luz" (el que más le gustó a mi abuela Edmunda)

Las últimas palabras

Las últimas palabras

Os lego todas mis posesiones, sin más límites que tasas, impuestos y otras sangrías, para las cuales he previsto suficiente saldo en la cartilla de ahorro.  Espero que hagáis buen uso de ellas y que no os peleéis por tal o cual objeto.  Realmente, nada es imprescindible, pero guardo cierto cariño a ciertas cosas y me gustaría que les dierais el tratamiento adecuado.  La imagen de “La Última Cena” tiene un significado especial, no os deshagáis nunca de ella, y procurad que tenga cerca la imagen de la Dolorosa.  Como imágenes que son, ninguna de las dos tiene valor, pues son meras representaciones carnales, pero a lo largo de los años se han cargado de una energía propia de nuestra familia.  Entendedlas como signo de protección, y la fe os acogerá.  A Benito le ruego que conserve la pluma que ganó papá en el torneo de ajedrez.  No hay nada especial en ella, pero este deseo nace del cariño y me gustaría que perviviera.  Rosa, te corresponde mi mantilla blanca, que ya fue heredada por mi madre y por mi abuela.  Si alguna vez te decides a pasar por el Pilar, llévala para que sea bendita también sobre tu cabeza.  Desde aquí, ahora, puedo decirte que no es tan importante como creía, que la fe no reside en la mantilla, sino en el espíritu, pero la Virgen vela por nosotros y acepta los signos de veneración.  Lucía, sólo necesitas resignación, porque ya tienes conocimiento y sabiduría.  Conserva la piedra azul que guardas en tu monedero, tómala en tu mano con tus desencantos y suplica la paz para tu alma.  Tienes el camino abierto.  Con las otras propiedades podéis hacer lo que queráis, venderlas, lo mejor, para que la mejora económica os estabilice materialmente y os dediquéis así a repartir el bien, a dar ayuda y a la búsqueda de la verdad.  Por favor, quemad todos los muebles...  Y ya no hagáis más acopio...  Sé que os sorprenderá este ruego.  Nada más cerca de la realidad, ahora que la conozco desde dentro.  Cada hijo de Dios necesitamos de un apoyo material que nos libere de la carga de nuestro cuerpo, aunque en verdad la necesidad es vana, pero puesto que no somos perfectos, si no no estaríamos ahí, nos está permitida la búsqueda de esa satisfacción.  Ahora bien, ir más allá de lo necesario, de lo que nos viene, y, además, hacer de ello objetivo de la vida, significa renunciar al crecimiento del alma.  No busquéis poseer, sino dar con amor, porque el mensaje es verdadero:  “Todo lo que deis de corazón, os será devuelto con creces”.  El poder material se extingue con la muerte, nos queda la lucidez espiritual, que alimentamos exclusivamente con el único acto nutritivo: el acto del Amor.

 

Estaba equivocada en mi práctica religiosa.  Os parece extraño que lo reconozca, ¿verdad?  Pero tampoco es vuestra la razón.  Cometí el error en la forma de practicar, no en el uso de la práctica.  Ya he recibido el perdón, pero la indulgencia de poco sirve, porque todos tenemos la posibilidad de conocer el verdadero camino, y para ello sólo se debe desear y buscar.  Vuestra nula práctica y mi exceso tienen la misma causa: la influencia de la sociedad.  Yo por sumisión y temor, vosotros por rebeldía y orgullo, hemos elegido una comodidad de conciencia que nos ha desviado.  No sirve mirar una imagen como consuelo, no sirve una reunión multitudinaria con respuestas pasivas, no sirve rezar letanías como un loro maleducado...  Y da lo mismo ser bautizado, o ser absuelto, o ser confirmado, o ser unido en matrimonio, o ser ungido, da lo mismo porque son errores humanos basados en signos materiales que sólo aportan aceptación social.  ¿Recordáis mis indulgencias plenarias?  Tantas son que debería tener audiencia directa en el salón del trono divino.  Las enseñanzas se han distorsionado, hemos perdido la sabiduría y trazamos vericuetos retorcidos, en lugar del sendero limpio y recto.  Debéis cambiar vuestra actitud, pero no hacia la veneración ni hacia el rezo, sino dirigida al mensaje que nace dentro de cada uno, es decir, que la imagen de tal o cual virgen, de tal o cual santo, no será objeto sagrado sino recordatorio de ese mensaje que recibís, y la oración nacerá del íntimo deseo de comunicaros individualmente con vuestro interior, con Dios, y si esos deseos se unen y nace un deseo común, la intención será más fuerte y más loable.  Los sacerdotes no son elegidos, son personas que han decidido entrar a formar parte de una organización humana, pero el mensaje que reciben de ella les llega del conocimiento, así como su rango.  Cada uno de ellos servirá según sepa mirar dentro de sí y, por ello, los habrá mejores y peores en su tarea.  No son sólo ellos los sucesores de los apóstoles, cualquier ser humano puede dar enseñanza, aunque no haya jurado los votos de castidad, pobreza y obediencia.  Por eso, os ruego que no juzguéis a nadie por su fachada pía ni que os dejéis influir por ese o aquel mensaje religioso, comparadlo con vuestro corazón y, si os conmueve, aceptadlo.  Puede que llegue el día en que alguno de vosotros sea elegido.  Por ello voy a rezar.  Por favor, no rechacéis la tarea porque con ella os acercáis más a Dios...  Y tampoco deshagáis lo hecho por rencor o desprecio, no cultivéis el odio con que me atacabais por mi devoción eclesiástica, sabed que toda alma imperfecta, que todo ser humano, comete errores, y la salvación es patrimonio de cada cual, no debe imponerse sino elegirse como opción individual.  Sed comprensivos con todo aquél que desee acercarse a Dios, porque el camino no es único, sólo debe ser única la intención, y si ella es pura, siempre se abre la puerta, aunque sólo sea para enseñarnos nuestro error.  Por cierto, Lucía, tenías razón cuando me dijiste que un sacerdote no era quién para justificar tu amor ante Dios ni para perdonarte los pecados.  Ni casarte ni confesarte te ayudará, ni a ti ni a nadie, para encontrar la luz de Dios.

 

¡He sido tan religiosa, tan practicante, tan “beata” o “misicas”, que me decíais vosotros...!  Y realmente no es malo, ya os he diho, pero el culto, los ritos, los cepillos, no sirven para nada, el alma no se compra ni se vende, no se salva ni se condena por tal o cual servicio religioso.  ¡Tantas de mis amigas de mantilla, de novenas, de cenáculos, practicaban por obligación, por “el qué dirán”!  Y su imagen de humildad piadosa, sólo imagen, desaparecía en cuanto pisaban su casa o la calle, creyéndose salvadas porque el domingo cantaban muy bien en la iglesia o porque se confesaban y comulgaban casi todas la semanas.  Hacían alarde de su moralidad, y su vida se basaba en aparentar, criticando con crueldad cualquier acto que se saliera de sus normas, siempre por motivo de sexo, dinero, matrimonio y vestuario.  Sé que no puedo ser acusada de sus mismos defectos y tampoco obré mal cuando las aceptaba junto a mí, pero me faltó valor para hablarles de verdad.  Mi vida ha sido constante entrega a los demás, a mis padres, a mi marido, a vosotros, a mis amigas...  He hecho del servicio mi quehacer diario, sacrificándome para que todo a mi alrededor estuviera bien.  Cada respiración mía estaba pensada para otro de mis semejantes.  Recuerdo especialmente mi dedicación a los últimos años de cada una de vuestras abuelas, soportando de mi madre su senilidad y de mi suegra su odio hacia mí “por haberle robado a su hijo”.  La enfermedad de papá estuvo a punto de hundirme y sólo por vosotros no me fui con él.  Esta entrega es mi patrimonio, nada más, que podría servir de ejemplo como una vida de bien.  Pero no ha sido perfecta, estuvo muy lejos de serlo, y no por mi religiosidad excesiva o por mis deseo de dinero.  Mi error estuvo en que mis actos eran de servicio a los demás, pero mi actitud servía a mi egolatría.  cada uno de mis actos de entrega nacía por necesidad propia y con obligación, y llegaba a los demás como regalo de vitalidad.  Actuaba por conocimiento, es decir, me lo habían enseñado y no era capaz de rebelarme.  La intención surgía de mi deseo, no de mi amor, deseo de sentirme bien por hacerlo y no al contrario.  Ahí nace mi mayor falta: esperar algo a cambio, exigir a los demás que me dieran lo mismo que yo les había dado, que me devolvieran favor por favor.  No soy del todo culpable, culpable en la razón, porque lo exigía sin consciencia, pero ahora me doy cuenta del daño que he causado.  Vosotros habéis sufrido mi enfermedad cuando la enferma era yo; vosotros habéis sentido mi dolor cuando el dolor era mío.  He fingido miedos, he fingido desfallecimientos, he fingido para teneros cerca de mí un minuto más, porque no sabía vivir sin sentiros físicamente a mi lado.  Toda esa entrega, toda esa obligación, todo esa egolatría me ha impedido llegar a lo más preciado: ser yo.  No he sido yo, he sido siempre lo que los demás me dejaban o lo que los demás me daban, y, antes de nada, cada uno debemos ser nosotros mismos para poder dar lo mejor de dentro a nuestros semejantes.  Mi constante lamento interior, silencioso, se prolongaba en mis palabras y en mis actos, y, sin desearlo, todo mi bien se escondía detrás de esas lágrimas, y a mi alrededor sólo regalaba llanto, aun recubierto por una sonrisa.

 

Erais tan guapos cuando nacisteis, los tres, tan guapos y tan dulces...  Mi única ilusión fue ser esposa y madre.  ¡Qué alegría cuando me casé!  ¡Qué alegría cuando di a luz!  En cada uno de esos cuatro instantes pensé: ya tengo alguien a quien cuidar, soy feliz.  Y me dediqué por entero a cada uno de los cuatro, fuisteis reyes y estoy orgullosa de la educación que recibisteis.  Me propuse que fuerais hombre y mujeres de bien y de provecho, cultivando el alma, la mente y el cuerpo, intentando mejorar lo que yo había recibido.  Naturalmente, el centro de casi toda mi intención fue que no pasarais hambre, que la vida os fuera fácil, pensando que con dinero se solucionaba vuestra mayor necesidad.  Puedo presumir de haberos proporcionado casa y pan suficientes, además de una educación social y formativa.  No habéis sido buenos estudiantes, pero para ello no pude daros más; os comportáis bien en sociedad y, sobre todo, sois excelentes personas,  “buena gente”, que me gusta decir.  En vida, os reprocharía la falta de religiosidad...  Estoy orgullosa de haber creado y mantenido una familia unida con lazos de amor, y ha servido para que ahora, con vuestras vidas fuera del hogar, sepáis en qué se basa una relación.  Seguid unidos, limad los desacuerdos, y cada día crecerá en vosotros la grandeza del alma.  La vida es una escuela y todas las lecciones comienzan en el primer hogar, cultivando la convivencia, la tolerancia, la comprensión y la ternura.  Sé que ya no sois unos niños, pero no he querido creerlo.  Sé que sois libres y distintos, y no he querido entenderlo.  Mi excesiva pasión de madre, mis exigencias absorbentes han hecho de mi relación con vosotros un camino agobiante desde que fuisteis hombre y mujeres.  Incluso os debo confesar que me reprimí, pues habría deseado hasta el último momento que mi consejo se cumpliera, que regresarais a las diez a casa y que me pidierais que os preparara la comida.  No me atreví a comprender que vuestra libertad no era la causa de mi sensación de soledad, que mi deber de protección terminó hace muchos años y que crecer no es delito contra la maternidad.  Los padres sólo somos cauce, nunca motor, porque cada uno, también cada hijo, estamos obligados a vivir las experiencias que nos depara nuestra existencia, y quien pretenda influir directamente en el camino de otro puede provocar más daño que bien.  Debí convertirme en vuestra mejor amiga y sólo fui vuestra mejor madre.  Os pido perdón por exigiros tanto, por presionaros, para seguir mi camino, y aunque lo hice por amor, no causé más que retraso en vuestra madurez.  Sufrí, sufristeis por un error, pero os agradezco de corazón el respeto con que me soportasteis.

 

Apenas he nombrado a papá, y es todo un logro, ¿verdad?  Lo conocí con quince años, era costurera, “modistilla”, que me decía él, y le costó hacerse con mi atención.  Yo era muy guapa, y los chicos del pueblo suspiraron cuando me vine a la cuidad; él, un buen mozo, el “ojo derecho de su madre”.  Necesitamos catorce años de festejo, el dinero mandaba, y nos casamos muy enamorados.  Para nosotros, el otro era perfecto, y la unión, sublime, la ilusión aumentaba cada día, con cada acontecimiento que compartir.  Vivíamos en el amor, no cabe explicarlo de otra manera, y podéis incluir en él la ternura, la amistad, el respeto, la comprensión...  Reconozco que algunas tareas las cumplía por obligación, porque me enseñaron que una buena esposa debía comportarse así, pero no me importaba porque nacía como servicio para él.  A pesar de su aspecto serio y sensato, vuestro padre tenía un hervidero de alegría en su alma.  Le daba a cada cosa una importancia relativa y, en todo momento, actuaba con la dedicación necesaria.  Formábamos una pareja única y despertábamos la envidia de todos los amigos.  Cuando salíamos con ellos, aun separados, él con los maridos, yo con las mujeres, nos sentíamos cerca, como si uno estuviera dentro del otro, y nos intercambiábamos guiños, miradas y sonrisas, y, en ocasiones, él abandonaba su conversación, se acercaba hasta mí, me besaba y me decía al oído: “Te quiero como a un cielo”.  Sólo me di cuenta de su enfermedad cuando ya se había ido.  Mientras sufrió, siempre con los labios risueños, yo deseaba exclusivamente estar junto a él y proporcionarle lo mejor para que sanara pronto.  Gracias a vuestra existencia pude vivir... por vuestra existencia... y por su recuerdo.  Desde su muerte, mi vida sólo tuvo sentido para cuidaros y para pensar en él, fui parte de los demás, nunca yo misma.  Todas las noches alargaba mi brazo en la cama para acariciar el lugar de la almohada donde él reclinaba su mejilla.  Y el servicio que a él le debía se repartió entre vosotros tres.  Seguí a rajatabla sus deseos sobre la educación, sus inquietudes para vuestro futuro y, con ello, ya me sentía fuerte y amada... aunque sola.  Con el paso del tiempo, os exigí que me dierais lo que él me debería haber dado, a cada uno de vosotros os exigía que fuerais mi marido, y entre uno y otras deambulaba para buscar la acogida de la esposa fiel y cariñosa.  Necesitaba encontrar un calor de igual a igual, la brasa que mantiene cálido el corazón de una mujer...  quería encontrarle a él...  Quizá ahora entendáis por qué fui tan absorbente con vosotros, por qué ansiaba vuestras caricias, vuestros besos y abrazos, por qué me hundí cuando ibais saliendo del hogar.  No entendí que vosotros sólo erais semilla y fruto que cultivar para dejaros crecer en libertad.  A pesar de mi apariencia, nunca fui yo, sino la imagen de él que se proyectaba en mis actos, en mis sentimientos, en mis penas y en mis alegrías.  Desde que él murió, se apagó mi luz, ya no crecí, equivoqué el sentido del amor y me anclé en su recuerdo.  Perdí un tiempo magnífico... pero ahora... tengo esperanza otra vez, soy feliz, feliz, hijos, como nunca lo he sido... voy... voy a encontrarme con él, me está esperando, me lo han mostrado, lo he visto... y, juntos, como siempre lo hacíamos, vamos a iniciar un nuevo camino, un aprendizaje hacia el amor.

 

Os estoy aguardando, hijos, porque la muerte no es final, es un paso más hacia Dios, un alto en el camino hacia la perfección, y de ella nace cada vez la enseñanza de la única verdad, la enseñanza del Amor.  Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

Relato incluido en "Cuentos de Luz"

 

El aura del bosque

El aura del bosque

El pueblo está casi deshabitado.  Todos los años se deshoja más y más, aunque don Jesús hace lo posible para que no enmudezca.  Parece que el Monte Grande ha perdido su don y lo que antes fue protección y belleza ahora se alza como gigante huraño, malencarado y amenazador.  El camino que asciende por su ladera está cubierto de maleza, las huellas de su cauce se hunden en el polvo y cada día sus orillas se acercan poco a poco.  Está desierto.  Solamente el ulular de los pinos contesta al viento y en su conversación intercambian palabras de soledad.

Laura todavía vive en la cabaña; aún quiere hacer compañía al Monte Grande y soportar el silencio de la noche.  Sabe esperar.  Mira hacia el sendero vacío porque su hombre volverá.  Su hombre y su niño volverán a la cabaña del monte.

Hace tiempo, da lo mismo cuánto, Juan y Sergio llenaron sus mochilas y salieron camino abajo.  Laura no preguntó, no le importaba saber, ni siquiera imaginó, permitió su marcha con un pañuelo blanco, un hasta pronto y mil lágrimas en las mejillas. Sergio, casi niño, también lloró; enfiló el sendero con la vista en el pañuelo que ondeaba Laura, hasta que la primera curva le devolvió la espalda de su padre.  Juan caminó radiante, liberado, dejando atrás la parte de su pasado que le ataba a Monte Grande.  Alargaba sus pasos para olvidar el tiempo perdido; pretendía alcanzar el mundo que abandonó.  Todas las noches siguientes, bajo el tejado de la cabaña, se oiría una plegaria ante una imagen y dos fotografías.

Era Laura una mujer conformada, ingenua, de rostro aniñado, feliz.  El cuerpo gordezuelo, los ojos redondos, los labios cortos y rosados, mantenían eterna la candidez de su adolescencia, la inocencia que nunca le abandonaría.  Nació al abrigo del aire fresco y libre, creció entre las amapolas y los frutales, correteó por el bosque, descubrió senderos escondidos y jugó a perseguir ardillas y conejos.  Su escuela se repartió entre la sacristía de don Jesús y los trigales ya verdes, ya dorados.  Apenas tuvo compañeros de juego porque poco a poco iban marchando a la ciudad para regresar de cuando en cuando o algún verano.  Tenía dieciséis años y una figura de incipiente mujercita cuando de un viaje a la capital su madre trajo a casa varias revistas. Laura hojeó una de ellas miles de veces y con la noche de luna nueva recortó una fotografía y la guardó bajo la almohada.  Su corazón descubrió el instinto del amor y suspiraba con la visión del galán que la había cautivado.  Besaba el papel couché al acostarse y soñaba aventuras de pasión.

En aquel tiempo, llegó Juan.

En el pequeño pueblo causó revuelo, un pueblo acostumbrado a ver marchar a su gente que había olvidado cómo dar bienvenidas.  No se supo por qué apareció, lo cierto es que un día de otoño, con la plaza cubierta por las hojas secas de los dos plátanos de la entrada al Casino, el hombre hizo su entrada con unas grandes botas y una mochila a la espalda.

Juan venía de lejos, de alguna ciudad.  Traía el rostro cubierto de polvo y don Jesús adivinó que había caminado por el atajo de piedras desde la carretera general hasta el pueblo.  Lo que nunca nadie supo fue de dónde había escapado.  El forastero llegaba de los suburbios, el único mundo en que había vivido, y en su corto equipaje traía miedos de venganza.  Creció cerca del delito, a caballo de los placeres, el robo, el alcohol, las drogas, el juego, el dinero y la sangre para conseguirlo.  Había sido rey en la corrupción, había conseguido poder y prestigio.  Pero en ese mundo, el reinado no es vitalicio, los errores se pagan y la ambición de Juan le llevó a la bancarrota y a las amenazas de sus enemigos.  Y derrotado, hundido en el camastro de un cuchitril de paredes agrietadas, recibió la visita de un hombre que le hizo firmar unos papeles.  Así tomaba la herencia, unas tierras lejanas.  Un familiar se acordaba de él.  Juan pensó vagamente en tío Luis diciéndole adiós cuando marchó del barrio.  No le prometió volver.  La escritura informaba de una porción de monte y una choza a cinco kilómetros de un pueblo perdido.  No aguardó un segundo; lió sus cosas en la mochila de lona y salió hacia su herencia.

A la llegada de Juan, Laura cumplía diecisiete años; diecisiete años de arraigo con su pueblo, con su tierra y con su monte.  Y en el hogar, era la única cuerda que ataba a la familia.  Sus padres querían emigrar, renegaban del campo, de las pedregadas, de las heladas, de la falta de agua, de los inviernos angustiosos a causa de los caprichos de la naturaleza.  En los últimos años, apenas las tierras les daban para comer y en cada primavera sembraban con la incertidumbre de saber si valdría para algo.  Pero Laura se rebelaba; visitó tres veces la ciudad y nunca deseó volver a hacerlo.  Nada había igual a su casa de piedra, a los cercados del ganado, a los pastos de la montaña. presentaba a sus padres una dura batalla que cada día vencía con mayor oposición, cada noche nacían más aliados de la ciudad, luces de neón, flamantes automóviles, grandes almacenes, diversión...  Don Jesús tampoco quería irse; sus cuarenta años de sermones y caridad le habían anclado en la iglesia semiderruida.  Además, sabía que si le aguantaban como párroco con tan pocos feligreses era por su edad; si él se iba, no enviarían otro cura al pueblo, y los parroquianos serían servidos por algún colega itinerante.  Laura y don Jesús se convertían así en dos almas solitarias que día a día perdían argumentos para defender su verdad.  Los paisanos escapaban.  Ni siquiera veinte familias permanecían de los más de mil habitantes que alguna vez cultivaron aquella tierra.  Veinte familias que también creían a la ciudad un paraíso.

En Juan, Laura vio el galán de su almohada.  En Laura, Juan encontró la mujer que le haría olvidar un mundo de locos.  La muchacha le escuchó sus historias de horror y se arriesgó a ser la calma después de la tempestad.  El hombre se enamoró del cielo limpio de los parajes, del silencio en la noche, de la paz de ese mundo tan escondido.  Y Laura envolvía todo aquel mundo y formaba parte de él como el agua forma parte del mar.  En tres meses, cautivó con sus planes el corazón de la muchacha.  Por fin, Laura conoció a un hombre apasionado por su misma pasión.  Don Jesús trató de evitarlo, pero aquel domingo, en la iglesia, la unión quedó sellada.  Padre y madre salieron libres, ya nada les impedía su deseo. Ellos partieron hacia la ciudad, y Juan y Laura hacia la choza del monte heredado.  Don Jesús, todavía con la casulla de oficiar, se despidió con temor.

Laura se entregó en cuerpo y alma.  Cumplió la orden sagrada del libro de Don Jesús: ser la costilla del varón, amor y servicio hasta que la muerte los separe.  Juan empezó su nueva lucha entre los pinos y el monte.  Esta vez encontraba adversarios honestos, seres y fuerzas a los que no pretendió derrotar, sino atraerlos a él para convivir.  Y la mujer a su lado le infundía sentido a su obra.  Cobró brío y valor, trabajó ilusionado; recuperó la choza, roturó las tierras, construyó el corral y la cuadra como antes levantó garitos y burdeles.  Cultivó el amor por la naturaleza, por el Monte Grande, por su cabaña, sus gallinas, sus hortalizas, su caballo y “Corito”, el pequeño perro pastor que no ejercía.  Laura le dejaba hacer, todo estaba bien hecho si lo decidía Juan.  Ella le regalaba su sonrisa, su admiración, la mirada dulce.  Y en plena edificación del imperio nació Sergio.  Fue la culminación de la mujer, un hijo para su hombre.  Ella lo cuidó para entregarlo a Juan.

El tiempo transcurrió con facilidad.  Los días y la vida libre pasaban con el arado sobre la tierra, con el cubo bajo las ubres de la vaca, con el cacareo de las gallinas...  El rostro de Laura sonreía cada mañana para saludar al sol y a los pájaros.  Cada mañana proveía de agua los corrales y la cabaña y con una suave caricia despertaba a sus hombres para la faena diaria.

Juan se apagaba.  Sergio crecía.  Padre e hijo conocieron unos parajes que desprendían libertad, naturaleza, belleza y calor, soledad, recogimiento, hastío y frustración...  El hombre comenzó a recordar las alfombras de asfalto, los bloques de cemento, las luces de neón, las grandes chimeneas, la muchedumbre, las orgías, la diversión...  El niño escuchaba admirado las aventuras que su padre le auguraba en la ciudad y reía feliz chapoteando en el río, encorriendo a los conejos o dejando comida a las ardillas junto al tronco seco.

El hombre olvidaba a Laura.  Ella no sabía comprender y escuchaba con mirada dócil las palabras de sus hombres.  Sonreía sin ver cómo se escapaban porque en ella y su mundo no podían encontrar las ilusiones que bullían en sus pensamientos.

Un día de invierno gélido, cuando Sergio cumplía trece años, Juan le propuso un regalo:

_Sergio, ya es hora.  Vámonos de aquí... vámonos a nuestra ciudad...  Esta rutina, este espejismo de vida, esta choza solitaria no son para nosotros... En la ciudad nos esperan, Sergio.  Tienes que conocer la ciudad.  Tú y yo debemos irnos.  Te enseñaré cómo vencer, cómo disfrutar allí de lo que puede ofrecernos...  Los dos nos haremos fuertes y dejaremos atrás este asco.  Tendremos estímulos, acción, dinero, vida.  ¡Vida, Sergio, vida, y no esta desesperación!

¡Cuántas veces el muchacho había deseado escuchar esta proposición!  Soñó con aventuras y fantasías; en los libros que su padre le enseñó a leer encontró mundos distintos al suyo, donde existían otras gentes, otras cosas.  Y a pesar de sus ilusiones no había decidido su respuesta.  Giró la cabeza hacia la cabaña y preguntó:

_¿Y madre?

Juan cerró los ojos y guardó silencio.  Jamás había hablado de ella con el muchacho.  En Laura residía su tormento y su culpabilidad.

_No quiero hacerle daño _acertó a decir el marido.

_¿Abandonarla no es hacerle daño?

_No, no es eso.

_Si la abandonamos, morirá.

Sergio sabía que no podrían separarla del bosque.

_Tu madre pertenece a este mundo.  No podemos llevarla hasta abrirnos camino, hasta tener algo que ofrecerle.  Ella sobrevivirá, sabe vivir aquí, el bosque le da fuerza.  Estaremos en contacto con ella.  Algún día vendrá.  Será fácil convencerla.  Algún día vendrá, estoy seguro _su voz tembló; dudaba.

Juan habló con la vista escondida.  Al levantar la cabeza, Sergio le miraba a los ojos.

_¿La quieres?

Un terrible silencio asoló el corazón del hombre.

_...Sergio, tú eres de mi mundo.  Tú no perteneces a estas tierras, a este monte.

_Nací aquí, padre.  Tú me hiciste nacer aquí.

_Pero compartes mis ilusiones.

_Tal como tú me las has enseñado.

_Y así son, no te he mentido.  Tú eres mi hijo, Sergio, mi hijo, y debes estar conmigo, en mi verdadero mundo, porque ahí es donde yo puedo educarte y enseñarte cómo vivir.  No puedes renunciar.  Parte de ti pertenece a esa vida...  ¿Vendrás, hijo?

_Quizá.

Aquella noche, Sergio, apoyado junto a la puerta del dormitorio de sus padres, lloró.  Ceñía su mirada al rostro dormido de Laura, un rostro feliz.  Habría querido despertarla, contarle su proyecto y pedirle una respuesta.  Era cruel dejarla, aunque ella lo permitiera.  Aquella noche, Sergio paseó por el bosque; quería despedirse en silencio, con sus lágrimas, de los pinos, del cielo, del viento, de las estrellas.

Al amanecer, los dos hombres salieron hacia la ciudad, camino abajo, dos hombres que no podían volver la vista atrás para evitar a la mujer que agitaba su mano con las pupilas brillante, húmedas las pestañas y risueños los labios.

Laura no contaba los días.  Para ella, el tiempo transcurría intrascendente.  Vivía con el mundo que le pertenecía, nunca en soledad, para disfrutar cada mañana del canto de los pájaros, de las sombras alargadas de los pinos, del guiño del sol rojizo, de la furia de las tormentas en primavera y de las nieves del invierno crudo.  Resignada, guardó a sus hombres en el recuerdo, acompañándolo con la esperanza del regreso y con el rezo del atardecer frente a la imagen y a las dos fotografías.  Laura crecía en la lealtad del bosque; sus hombres eran del bosque; sus hombres eran leales.  Esperaría, no importaba el tiempo.  Los gorjeos, los rayos de sol, de la luna, el susurro del viento suplían a las voces y juegos de Juan y Sergio.  El rostro aniñado no perdería la sonrisa.

Una tarde llegó un hombre resollando y maldiciendo.  Vestía uniforme de pana marrón con gorra de plato.  De su costado colgaba una cartera vacía.  Tenía la piel sudorosa.  Apoyó la bicicleta en un árbol, se quitó la gorra, secó su frente con un pañuelo y se dejó caer sobre una piedra:

_Laura Calenda, ¿es usted? _preguntó, jadeando.

_Sí, yo soy.  ¿Qué desea?

_Tiene carta.

_¿Carta?  ¿De quién? _enseguida imaginó.

_Lea el remite y lo sabrá.

_Da igual, da igual _y tomó el sobre.

_¿Quiere firmarme aquí?

_No sé escribir.

_Bien, bien, yo pondré la marca en la entrega.

El hombre se marchó.

Laura temió ensuciar con sus manos el papel blanco.  Sin apenas rozar el sobre con las yemas de sus dedos, llevó la carta como si fuera un cáliz hasta la repisa de la imagen.

Aquel atardecer rezó apasionada.  Su nuevo símbolo le hacía vibrar, le había encendido el corazón acercándole el recuerdo de sus hombres.  Castigó sus rodillas toda la noche y llenó la cabaña de plegarias agradecidas.

Aun el cielo vestía gris de noche cuando Laura tomó el camino con una marcha lenta, iluminada, en busca de don Jesús.  El cura le daría las palabras de Juan con su voz afable, convincente, profunda.  Leería aquellas letras para ella, para ella, para decirle que su hombre la sigue amando.

Aun el pueblo sobrevivía.  La torre de la iglesia había desaparecido.  Era un montón de escombros que dejaba asomar una campana oxidada.  A su lado, encontró al cura.

La carta temblaba en las manos de don Jesús.  De su voz, Laura escuchó:

 

 

“Querida Laura:

 

Te escribo desde la ciudad ahora que ya he conseguido instalarme.  Perdona por la tardanza en hacerlo.  Todo nos va muy bien.  Estoy bien situado.  Me ha costado, pero merece la pena, porque los resultados son mejores de lo que podía imaginar.  Gano mucho dinero, la ciudad es generosa y somos felices en ella.  ¿Sabes, Laura?, a pesar de todo, noto que me falta una parte muy importante de mi vida.  Te echo de menos.  ¡Cuánto había deseado que vinieras con nosotros! Pero volveré pronto, antes de lo que piensas, con dinero suficiente para comprar las tierras que te prometí, cerca del pueblo, y así podrás vivir en la casa de tus padres.  Verás, todo será mejor entonces, seremos felices juntos.  Sergio está conmigo y comparte mis deseos.  Trabaja duro y se ha convertido en un hombre al que todos respetan.  Te envía muchos besos.

Pronto recibirás más noticias.

Te quiere,

JUAN.

 

En el regreso a la cabaña, el sendero no tenía piedras ni le pesaban las piernas ni su garganta jadeaba.  No existían ni el tiempo ni la distancia.  Caminaba orgullosa, radiante.  Su hombre había triunfado.  La vuelta estaba cercana y ella le esperaría en su morada, en el castillo del bosque.

Laura colocó la carta sobre una repisa, frente a la ventana que recibía el sol del amanecer.  El blanco del papel, con su resplandor y sus letras, relevó a la imagen y a las dos fotografías.  A partir de entonces, Laura se arrodillaba con el atardecer frente al nuevo dios de la choza para rezar con su esperanza.  Al alba, despertaba con el primer rayo de luz que iluminaba el sobre carismático.  Renació su ilusión.  Aquellas palabras leídas por don Jesús le dieron nueva fuerza para enjugar la espera ya casi olvidada.  ¡Ojalá supiera leer!, porque si así fuera, todas las mañanas alojaría esas letras entre el vestido y su pecho y caminaría en el bosque para leerlas fielmente a cada pino, a cada roca.  “Corito”, anciano perro, y el caballo conocían todo lo que la memoria de Laura recordaba de ellas.  Los dos leales confidentes escuchaban con avidez.

Aquella primavera, el bosque reverdeció como el primer año del matrimonio, como cuando comenzó a oír la risa de Laura y el claveteo de Juan al restaurar la choza.  En el verano, la pequeña cosecha saturó el granero y los gorjeos acompañaron el canto de Laura.  Durante el otoño, las agujas de los pinos cayeron dulces y el viento silbó melodías de amor.

Con las primeras nieves, el hombre del uniforme, bicicleta al hombro, preguntó resoplando:

_Señora Calenda, ¿va a recibir muchas cartas?

_Ojalá que sea la última.

_Amén, señora...  No se preocupe, señora, ya firmo yo.

La misma inquietud, la misma esperanza le recorrió la espalda.  Esta segunda vez, no esperó al amanecer y tras una oración de gracias caminó hacia don Jesús.

El sacerdote la recibió con extrañeza, no esperaba volver a verla, no con una nueva carta.  Después de la anterior, pensó que no habría más noticias, que no serían necesarias más palabras.

_Laura, deberías quedarte en el pueblo, en tu casa.

_Léame la carta, don Jesús.

_Ahora, Laura...  pero pienso que es mejor para ti volver al pueblo.

_No, padre, seguiré en el bosque.  Cuando vuelva Juan, si él lo decide, lo haré.  La carta, don Jesús.

_Hija, piénsalo _no quiso insistir, sabía que era inútil, y abrió el sobre.

El sacerdote se asustó.  Laura no merecía aquel daño. El ya lo intuyó, incluso cuando vio al hombre en la plaza por primera vez.  Tenía que acabar así.  En esta ocasión, la voz profunda nació débil, empañada, augurando la mayor desgracia para un corazón que aguardaba palabras de amor:

 

“Mi querida Laura:

 

Me resulta difícil escribirte.  Mis palabras tendrían que ser de esperanza, pero no puedo mentirte.  Estoy enfermo, muy enfermo, creo que a punto de morir, el pecho me oprime, parece que mis pulmones van a estallar.  Y estaba a punto de volver, esta carta debería anunciarte mi llegada.  Me siento débil, Laura, y en la cama del hospital creo que el mundo se me acaba, veo que todo se vuelve negro.  Te necesito, Laura, te quiero y te necesito a mi lado, quiero que tus manos me limpien el sudor, que tus palabras me consuelen.  Me siento morir y no podré verte.  Nunca como ahora pienso en ti y en lo felices que pudimos ser.  Casi no tengo fuerzas para terminar esta carta.

Te quiere,

JUAN.”

 

_Esta letra parece del médico que le atendía _aclaró don Jesús.

 

“Señora, su marido ha fallecido.  Encontré esta carta en sus manos.  Ni siquiera había cerrado el sobre, por lo que así aprovecho para comunicarle el triste desenlace.  Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.  Lo siento”.

 

Laura tomó la carta y dio la espalda a don Jesús.  El la miró con pena.  No quiso decirle más, no merecía más desgarros.  Dejó que se marchara con su dolor.  El cumplió con su deber.  Así todo estaba mejor.  Como debía estar.

La mujer volvió a su cabaña, con su bosque y sus compañeros de siempre.  Aunque Juan había muerto, su legado quedaba intacto.  Era el testimonio de su hombre, los muebles, las cercas, la cuadra, la casa, todo el trabajo para una vida.  Al entrar a la choza, fue directamente al dormitorio y escondió la carta bajo la almohada.  Durmió para soñar con Sergio, el bebé, el niño.  Nada de él decían estas letras.

Cuidó las posesiones como lo habría hecho Juan, mantuvo los pequeños cultivos, crió los animales para su sustento y elevó al viejo “Corito” y al caballo al grado de hombres de la casa.  Les hablaba de Juan, de sus cartas y de Sergio.  “Pronto sabré algo de él”, pensaba.  En el tiempo que no le ocupaban sus tareas, se dedicó a enaltecer el bosque, a adorarlo.  Arrancó malas hierbas de los troncos, arregló entradas de madrigueras y charló con pájaros y ardillas.  Tenía razón Juan.  Allí Laura no podía morir.  Cualquier motivo y su sencillez le daban aliciente para respirar el aire fresco y libre, para enamorar y enamorarse del bosque.

Atardecía.  Laura estaba recostada sobre un árbol, sentada en una piedra de espaldas al camino, mirando al Monte Grande.  Recogía en su regazo a “Corito” y le acariciaba la nuca.  Unos pasos calmados avivaron al perro.  Laura volvió la cabeza para mirar hacia el sendero.

_Mamá.

_¡Hijo, hijo mío!

El abrazo no tenía tiempo para acabar.

_¡Hijo, hijo, cuánto he pensado en ti!  ¡Cuánto me apenaba no recibir más noticias tuyas!  ¡Cuánto sufrí por ti al conocer la muerte de tu padre y lo solo que te dejó!  No imaginaba que pudieras defenderte. 

_¿Padre te escribió?

_Sí, dos cartas, dos cartas preciosas.  Por ellas sé que murió pensando en mí, pensando en volver.  Me las leyó don Jesús, con su voz profunda y entrecortada.  ¡Qué bueno es don Jesús!  Ven, ven, entra en la casa y podrás leerlas.

El sol se había escondido y la única luz de la cabaña nacía de los troncos que ardían en la chimenea.  Laura tomó las cartas, una de la repisa, otra de la almohada.

_Toma, Sergio, léelas.  A partir de ahora ya no las necesito.  Hoy las destruiré.

Sergio leyó para sí.

 

 

“Querida Laura:

 

Te escribo desde la ciudad ahora que ya he conseguido instalarme.  Todo es maravilloso, todo me va bien.  En poco tiempo he vuelto a mi verdadero ser.  Soy feliz, Laura, y quiero que tú lo seas también.  Hace tiempo, cuando llegué al pueblo, yo era un hombre deshecho, derrotado, y gracias a ti y a tu mundo pude superarme y volver a ser el hombre que había sido, más incluso, un hombre mejor.  Los años contigo no puedo olvidarlos, pero fueron el espejismo que me salvó de una vida agobiante.  No renuncio a ellos, porque te conocí  y me enamoré, tal y como ahora te quiero.  Pero Laura, quiero que sepas que no sabría vivir en el bosque, no estoy hecho para ese mundo tan especial.  Quiero que vengas junto a mí.  Yo soy débil para renunciar ahora.  Sé que a ti también te resultará difícil abandonar tu ideal, la pureza de esa vida.  Lo sé porque la he vivido y puedo comprenderte.  Pero yo sería una mano firme para darte ayuda en tu adaptación.  Resultará, Laura.  Debes intentarlo.

Te envío mi dirección.  Yo no volveré.

Te espero,

JUAN.”

 

 

 

“Laura:

 

Ha pasado más de un año.  Un año es tiempo para decidir y nada te reprocho en tu deseo.  Dentro de poco, mi vida va a cambiar, porque tengo que marcharme muy lejos.  Mis nuevos negocios me obligan a dejar esta ciudad.  Es el momento para escribirte y decirte adiós para siempre.  No podremos ser los mismos y nuestra ilusión se apagará con la distancia.  Tendremos vidas distintas y ninguno deberá sacrificarse por el otro.  Siento haberte rogado que dejaras todo para venir junto a mí.  Sabía que nunca podrías abandonar tu mundo, pero mi egoísmo y mi debilidad me arrastraron a pedírtelo.  Perdóname, Laura.

Adiós para siempre,

JUAN.”

 

Pdta.:  He de ser sincero contigo.  Hace un tiempo he conocido otra mujer.  Para nosotros habría sido imposible empezar aquí de nuevo.  Don Jesús lo habría adivinado, ¿verdad?”.

 

El muchacho levantó la mirada hacia su madre.

_Su amor fue grande, Sergio, grande.

Mientras los papeles ardían con el fuego de la chimenea, el hijo sentenció:

_Sí, madre.

 

 

Una rubia platino

Una rubia platino

Llegábamos a Zaragoza de madrugada,  desde Aínsa, mi pueblo, de dónde habíamos salido después de cenar –mi padre trabaja de día todos los días del año-, para desembarcarme a las puertas del colegio mayor La Salle, en la calle San Juan de la Cruz.  El hombre apenas habló siquiera para despedirse, como siempre, y me quedé con mis aparejos mirando cómo se alejaba hasta que le perdí de vista por el giro hacia Mariano Barbasán.  El siguiente lunes –era sábado-, me incorporaba a las clases de tercero en la Facultad de Filosofía. 

 

Lleno de la astenia otoñal que provoca el comienzo de un curso poco apetecido, entré al colegio… desperté al conserje… le pedí la llave… subí a la habitación… tiré la maleta… y me senté sobre la cama.

 

Nada había cambiado.

 

Suspiré como quien se resigna a la fatalidad del destino....  ¡Qué angustia!  El ambiente se presentaba igualito que en los años anteriores; veía a mi alrededor los mismos muebles, la misma cama, la misma cortina, las mismas baldosas, las mismas paredes...  Ver así la habitación, tan insulsa, me derrotó; era como sentirse encerrado en una celda de monasterio con la inútil paradoja de que debería sentirme liberado.  Me tumbé sin ánimo para deshacer las maletas, sin ánimo para pensar o hacer otra cosa que autocompadecerme de la “dura” rutina que me venía.  Todo tan idéntico, tan desangelado...  El techo se me venía encima, las estanterías vacías me atacaban como monstruos de repetición alargando y encogiendo sus barras de metal para crear rejas de calabozo.  Regresaba a la mentira del universitario sin vocación, a un cuartucho como vivienda para nueve meses de embarazo extrauterino y a una docena de libros con frases aburridas.

 

Quizá un aire benigno...

 

Abrí la ventana...  Aún hacía bueno, corría brisa y sentí su caricia en mi rostro como un alivio al desencanto.  En un ejercicio de despiste, observé las luces de las farolas durante unos minutos mientras mi mente se perdía por vericuetos inconexos saltando por recuerdos de infancia, soledades adolescentes, trivialidades del hogar, asignaturas aprobadas... en unas secuencias sin orden ni concierto, como quien rememora todo el pasado al morir... ¡o al comenzar una nueva etapa!

Desde ‘mi torreón’, descubrí a una pareja de paseantes.  Los seguí hasta perderlos de vista porque se cruzaron hacia la calle Santa Teresa y, recibiendo en el rostro el agradable frescor de la noche, me sentí animado a imitarlos Quizá un paseo me sacara de la rutina...

 

Dejé mi cárcel como la encontré y salté hacia la libertad.  El conserje dormía.

 

Tal estado de ánimo no me resultaba extraño. Ya llevaba tres años de vuelo en solitario para comprender que era un bajonazo más de los habituales.  Muchos de mis compañeros envidiaban a los desplazados por la falta de controles paternos, pero eran incapaces de entender los vacíos que nos invadían en los momentos de debilidad.

 

Permití a mis pies que hicieran lo que les viniera en gana para que así mi mente se ocupara solamente en traer desahogos o despistes, es decir, me dediqué a planear proyectos para el nuevo curso: vencer la vergüenza para presentarme al concurso de poesía, aprobar sin esfuerzo el Griego, escribir algún artículo para la revista de la Facultad... En ese estado paseé bastante tiempo -supongo, nunca llevo reloj- y mis piernas empezaron a quejarse.  Atendí sus plegarias y tomé asiento en el escalón de un portal.  Desde allí, me entretuve en observar los anuncios que nadie miraba, a unos juerguistas que pateaban bolsas de basura y a dos taxistas que conversaban, ventanilla abajo, esperando el verde del semáforo.  Fueron unos minutos.

 

De pronto, sentí una sacudida que me subió del vientre a la garganta.  No fue un escalofrío ni un latigazo muscular, sino una presión suave y sostenida que avanzó lentamente en su recorrido.  Pensé que era un calambre, una señal para regresar y me levanté.  Quizá me había dormido en el escalón.  El cielo iba dejando el tono oscuro y los gorriones despertaban.  Caminaba con dificultad, me invadía el sopor, las piernas ganaban peso, los cuadros de las baldosas se hacían más grandes, los bordillos más altos, las calles más anchas y el colegio parecía estar a cada paso más lejos.  Supuse que el cansancio y el desánimo me estaban arrastrando al sueño.

 

Seguí caminando por inercia y, deseando acortar el cruce de la  plaza Roma, comencé a atravesarla en diagonal.  Tuve que rodear la fuente bordeándola por la acera que la circunvala.  El viento sopló más fuerte y el agua de los surtidores me mojó la cara y los brazos.  Me detuve para secar las gotas y al seguir andando noté que alargaba los pasos con energía.  Como si mi cuerpo se elevara unos milímetros del suelo, los pies avanzaban con más rapidez a cada metro y los obstáculos apenas me daban trabajo extra.  Interpreté que tenía el descanso más cerca y colaboré para alcanzarlo...  Pero el empuje no cesaba, crecía, tal así que salté arrastrado por una fuerza extraña y me habría lanzado a la carrera...  Asustado, conseguí dominarme y recuperé el paso lento, no sin esfuerzo.  Anduve unas manzanas hacia el colegio de las “josefinas” con serenidad forzada, casi inclinado hacia atrás intentando contener un viento inexistente...

 

...Pero sujetas mis piernas, el empuje cambió de objetivo y atacó a mis fantasías.  El control de mi cuerpo no pudo con el de mi mente y comenzaron a llegarme deseos de niño travieso: dar una patada a una papelera, pulsar los timbres de un portal, escalar una farola...  Mi pasividad habitual se encaró con esas intenciones y tuve una discusión interna muy acalorada; el extraño comportamiento tiraba de mí, pero las enseñanzas del padre Ángel me obligaban a ser educado.  No, no podía jugar con mis buenas maneras, debía cumplir con las obligaciones de un joven sensato.  La calle Unceta seguía en silencio.

 

Mis modales ganaron la batalla por unos minutos gracias al reproche de mis enseñanzas y al temor a quedar en ridículo ante cualquier espectador que pasara por allí.  Mientras tanto, la mente se iba dejando dominar y viajé muy atrás: a cuando fumaba celtas cortos entre los cañizos, a cuando pateaba las huertas sólo por ensuciarme de barro, a cuando robaba cerezas a la frutera de la plaza...  Recuerdos tan entrañables que me animé a disfrutarlos y... perdía el control de mi cuerpo, la influencia iba conquistándome ...

 

Mirándolo con “objetividad”, eran las horas del amanecer, todo el mundo dormía, nadie me miraba... tenía la oportunidad de recrearme en lo prohibido, podía violar las reglas impunemente... volver al placer de crear locuras sin temor a soportar “el imperio de la ley social”.

 

...esperé a que el peatón de la ventanita se pusiera en rojo para cruzar a la otra acera, elegí con cuidado dónde terminar una carrera a la pata coja, sorteé en zigzag los árboles en hilera, pisé de puntillas las rendijas de las baldosas...  convertí la calle en un tablero de juegos y cambié de uno a otro como un chiquillo; me sentí en un reino fantástico y disfruté con ardor de una libertad extraña, como si estuviera a punto de perderla...  Pudo haber ocurrido durante toda la noche, me sentía lleno de una vitalidad que me transportaba a un paraíso.

 

Metido en las travesuras, disfrutaba del momento con mayor pasión, cuando el silencio se rompió con el ruido del camión que regaba las aceras.  No tuve más remedio que guardar las apariencias para evitar la llamada al orden del adulto conductor: caminé como un muchacho formal haciéndome el distraído.  El intruso me robaba las diversiones, pero no perdí la esperanza de recuperarlas... convirtiéndolo en socio de mi aventura: le di el papel de monstruo que invadía mis dominios con sus alas desplegadas para amenazarme con un vuelo devastador.  Me propuse combatir y expulsarle de mi territorio.  Aguardé a que me sobrepasara, calculé la carrera necesaria, corrí hacia la plataforma de la trasera y salté sobre ella.  El monstruo no se inmutó y eso me hizo sentirme seguro de la estrategia.  Una vez tomada la posición, quedé quieto meditando el paso siguiente: debería escalar por su lomo de tal manera que su movimiento no me desequilibrara y le asestaría un golpe mortal en la nuca.

 

Pero una vez allí, me quedé quieto... Con la espalda pegada al depósito, el sentido común, no el monstruo de alas transparentes, me devolvió al mundo de la realidad, donde gobernaba el padre Ángel.  Sucedió como si la carroza se hubiera convertido en calabaza, como si se apagaran de súbito las luces de un escenario, como si un brujo rompiera el conjuro.  Me abandonó la ingenuidad; me supo amargo; la sensatez y las clases de Educación Cívica iban ganando la guerra... y me reí de la situación, me reí de la aventura.  El impulso, muy débil, me llevaba a continuar el juego, pero otra fuerza superior me decía: “Juan, no seas niño”.

 

Sin más dudas, entendí que viajaba sobre un camión de riego con veinte años de edad y cara de chico serio.  Quizá en ese momento se produjo el inicio de mi madurez en la vida y decidí acabar con la infancia.  Ensimismado, aún acompañé durante unos minutos los salpicones del agua por el cemento, pero el encanto había desaparecido, no lo pensé más y, cuando el camión estaba a punto de girar por una bocacalle, salté.

 

¡Excelso Ayuntamiento!  La caída sobre el asfalto, ya producto de una decisión adulta, no tuvo la suerte de mis travesuras y aterricé con el pie izquierdo sobre el borde de un agujero en la calzada.  Naturalmente, el tobillo se torció y... ¡qué dolor!  Compuse un cuadro apañado: quedé tirado en el medio de la calle, con las piernas cruzadas, las manos sujetando el tobillo lesionado, los ojos prietos y la boca abierta hasta las orejas, ahogando el quejido para que el conductor del camión continuara ignorándome no fuera a pedirme explicaciones sobre la caída. Una vez que el monstruo desapareció por el horizonte, me arrojé sobre el banco más cercano, me descalcé y examiné la zona lesionada.

 

 

Y bien, el relato hasta aquí presenta una anécdota de un jovenzano con alma de infante.  Nunca podré saber si existe alguna relación de esta aventura con los hechos que sucedieron a continuación, pero debo decir que es la primera y única vez que sentí aquella sensación de vientre a garganta y aquel empuje interior desde la entraña más profunda que me arrastró a cometer esos actos inconscientes.

 

Así, con la pantorrilla apoyada en el muslo contrario, el pie agarrado con las manos, el zapato bajo el banco, el calcetín sucio sobre el bordillo y en la cara una expresión de idiota, tuve una visión...  Al otro lado de la calzada, junto a una señal de “prohibido aparcar”, ante mis ojos, de nadie más, y gracias que así de solitario estaba, vi una mujer.

 

¿Quién llamaría a esto una visión?  No lo dudo, quien viera como yo, al amanecer de un domingo, a una rubia platino, en una calle vacía, completamente sola y... completamente desnuda....

 

Repito, completamente desnuda.

 

Quizá ya deba hablar del hechizo, porque alguien habrá que quiera repetir mi aventura.  No soy quién para impedirlo, pero antes, por prudencia, le sugiero que lea la novela “El embrujo de una rubia platino” hasta la última página.  Sirva lo siguiente como avance del misterio: aparecí en la misma calle, en el mismo banco, de la misma guisa, varias horas más tarde, al anochecer del propio domingo, sin memoria ni consciencia de lo ocurrido en ese tiempo; apenas recordaba el camión de riego escapándose por una esquina lejana y, eso sí, no podía andar.

(Incluido en la antología "Palabra y silencio", de Creativos Argentinos Editores)

Sacerdotisas para morir

Sacerdotisas para morir

por Shedy Martin (*)

 

Es mediodía y no hay luz.  Reviso los relojes, todos los de casa, y son las doce en punto, sin duda.  La televisión y la radio no funcionan, siento un terrible silencio que casi me hace daño, como si estuviera sordo, o así creo que deben no escuchar los sordos.  He dormido entonces cuatro horas, aún era de noche cuando llegaba, he visto las siete y cincuenta y cinco en el reloj de la tienda de forjas, ahí al lado.  Muy poco más recuerdo, a pesar de que no bebí alcohol, creo.  Mirar a Charlotte a los ojos me aturdió igual que si ella intentara hipnotizarme y yo quisiera evitarlo con toda mi fuerza.  Sus ropajes eran feos, austeros, olían muy extraño y, en cambio, su piel brillaba.  Con sus pupilas quería capturarme, parece.  También huele raro mi traje.  La americana está rasgada en el dorso con un descosido que se habrá producido por un movimiento brusco de mis dos brazos hacia delante; no lo recuerdo.  Me está algo pequeña.  He engordado desde la última vez que me la puse, en el entierro de mi tío.  ¿Por qué me la he vuelto a poner?  Los pantalones me aprietan, el michelín sale por encima y los bajos están sucios de tierra.  Me pica, ¿qué me ocurre?  ¡Llevo marcas en las manos!, qué símbolos tan raros…  En esa casa ha debido ocurrir algo extraño.  No llevo camisa.  Me duele la cabeza.  Charlotte, ¿quién es Charlotte?

 

Creo que se despierta el recuerdo de esta noche.  Sí, qué dolor de cabeza, recibo imágenes lentas. 

 

***

Por la calle de San Fernando, vino hacia mí Manoli, una compañera de bachiller.  Estábamos frente a la iglesia del cuartel, más o menos.  Nos alegramos de encontrarnos y se mostraba muy amable conmigo, incluso con gestos de seducción, los que siempre me lanzaba en el colegio y nunca le hice caso.  Esa chica estaba muy enamorada de mí, me decía un colega.  Hablamos bastante rato y fuimos a mi casa para buscar un libro que me pedía, que ya se lo había dejado años antes, que nos lo recomendó la profesora de literatura, una novela gótica sobre la que hicimos un comentario de texto en grupo, me atosigaba la chica.  Estábamos ya dentro y en menos de un minuto llamaron al timbre.  Quise ir hacia la puerta, pero ella me sujetó mientras se daba la vuelta para acudir a la llamada.  Entraron dos mujeres más, fantasmagóricas, con unos pasamontañas finos y unas vestimentas muy ajustadas, sin dejar ver nada de piel, una de blanco, otra de negro. Manoli vestía igual, en color gris perla, pero no llevaba pasamontañas, supongo que para dejarme ver su cara y así, con la confianza de reconocerla, permitir su entrada. Parecían disfrazadas para una fiesta de Halloween.  Se mostraron amenazadoras, aunque mi compañera me acariciaba el pelo. Una de las otras sacó un cuchillo, parecía una daga con empuñadura tallada, no podía verlo bien porque enseguida lo apoyó en mi espalda.  Mi amiga empezó a desnudarme, me sentí paralizado, sin poder responder.  La mujer de la daga me miró queriendo dominarme y no tuve más remedio que dejarme hacer.  Ellas dos intercambiaban sonrisas de complicidad.  Me dejaron con el boxer a pesar del frío…  Temblaba…  Entró la otra con el traje gris que guardaba al fondo de mi armario.  Me puso la chaqueta.  Llevaba también el pantalón colgando de un brazo, lo estiró de golpe, lo abrió y me sugirió que metiera las piernas.  Vestido sin camisa, me arrastraron al rellano y cerraron la puerta comprobando antes que habían dejado las llaves en el bolsillo de la americana.  Con sus cuerpos formaron un triángulo que no dejaba resquicio entre ellas y yo.  Así entramos al ascensor...  En la calle, esperaba un coche plateado, grande, elegante.  Quien conducía iba con una vestimenta igual, negra.  Manoli ocupó el asiento delantero. Las otras dos mujeres se colocaron conmigo atrás, una a cada lado sin evitar rozarme. Callejeamos despacio mientras un efluvio me iba adormeciendo, sentía sopor, pero no recuerdo que me durmiera.  Querían que no viera por dónde íbamos.

 

***

No funciona el ascensor y bajo por las escaleras de mi casa; algo me impulsa, alguien me llama, me atrae.  Me siguen el silencio y la penumbra.  Reviso de nuevo la hora.  El segundero se mueve por encima de las saetas que marcan las doce y cinco; sin embargo, la casa parece vacía, ni una luz ni un ruido.  Me siento cansado, arrastro los pies, tengo frío y cruzo los brazos en aspa por delante de mi pecho para cubrirme la abertura de la chaqueta.  A lo lejos, hay gente caminando muy deprisa, tapada para un frío de muchos grados bajo cero.  Los escaparates tienen luz, las tiendas están abiertas, sin gente o únicamente con el vendedor.  Algunos coches circulan por la avenida, en silencio, ni siquiera susurrantes, y sus viajeros no hablan entre sí, pasan y no me miran.  En el reloj de la tienda, en rojo fosforito, destellan intermitentes la hora y la temperatura: menos siete grados, qué frío.  Voy bajando, la parte alta de San José es cuesta abajo, la cuesta Morón.  Todas las luces iluminan a medio gas, por eso hay zonas de oscuridad entre cada foco de escaparate o farola.  ¡Allá hay un resplandor!  Parece que sale de la parte izquierda de Tenor Fleta.  Quiero avanzar más rápido, pero casi no puedo levantar los pies del suelo, como si pisara en alquitrán, o en arena pegajosa, pero no hay nada en las aceras, lo de siempre; soy yo, mis pies.  La luz se mueve, mucha luz, infinidad de luz, todo sigue en silencio y no siento calor.  ¡Lo veo, lo veo!  Es la guardería redonda, la de la esquina.  No es un incendio, nada crepita, es un haz de luz, resplandores que no queman y sin embargo son luz.  Ahora me duelen las tripas, algo se revuelve aquí dentro, parece que se quieren encoger.

Recuerdo ahora más.  Se va aclarando mi memoria, pero se extiendo con un movimiento de líquido denso, negro, sucio y maloliente.

 

 

***

La casa estaba en las afueras, por los alrededores de pabellón Príncipe Felipe, cerca de la Z-30.  Se rodeaba de cañizos altos y descuidados, también una higuera y dos árboles más, que parecían crecidos al azar sobre la ribera de una antigua acequia, pero el edificio se veía bien antes de llegar, no tenía pérdida… si no fuera de noche.  Sí, era noche cerrada, sin luna y a nuestro alrededor sólo alumbraba una pequeña farola, adherida a la fachada principal, con una tenue luz amarilla.  Me obligaron a bajar del coche empujándome, no porque me resistiera, sino por ese sopor que aún no había desaparecido. Por encima de la casa, se alzaba a lo lejos el perfil del silo de la carretera de Castellón y también distinguí los focos del campo de fútbol del Fleta.  Aunque quisieron desorientarme en el trayecto, creo que no lo lograron.  Dieron muchas vueltas.  Quienes me acompañaban se preocuparon por mis movimientos.  No me sujetaban, pero me habría resultado muy difícil escapar.    ¿Quiénes son?  Se abrió la puerta de la casa y en la oscuridad del recibidor destacaba una mujer desnuda con una piel blanca, muy blanca.  Pasamos adentro.  Percibí un olor extraño; lo reconocía, pero no acertaba a identificarlo.  También olían igual las túnicas que sacó el anfitrión para ofrecérselas, dos blancas, dos negras.  Se las pusieron.  Coincidían con el color de su pasamontañas.  Manoli se lo había puesto antes de bajar del coche, así que todos los personajes guardaban la misma estética.  Una de ellas me hizo notar con un gesto que sobre un mueble había otra túnica plateada, quizá para mí. Comenzaron a comunicarse en un idioma que no entendía… pero así pude comprobar que todas tenían timbre de mujer.  Estaba secuestrado por mujeres, me fijé mejor y las siluetas me lo confirmaron.  Se acercaron a mí las seis, despacio, sonriendo, parecían provocativas, mientras, ya sin embotamiento, me volvió la sensación de temor que tuve en mi casa.  Manoli se mantuvo de espectadora muy cerca de mí, y las otras diez manos comenzaron a quitarme la ropa… la americana, las zapatillas, el pantalón…  Y siguieron moviendo sus dedos sin rozarme, a milímetros de la piel; me hicieron sentir como si cientos de gusanos se arrastraran sobre mí con sus movimientos serpenteantes… y luego, en cambio, sus palmas se deslizaron por los mismos senderos, pretendiendo apartar el rastro baboso expulsado antes.  Cuando estábamos entrando en éxtasis, Manoli, sin dejar de sonreír provocativamente, trajo el  pasamontañas y  la túnica desde el mueble para vestirme así, igual que ella, en gris plateado.  Cerca de mi boca chasqueó suavemente sus labios.

 

***

Tengo miedo de acercarme a esa emanación de luz, no hay nadie cerca, la gente camina en la acera de enfrente, entran a una tienda, salen con barras de pan y ni siquiera lo miran, no se extrañan de lo que ocurre en ese edificio.  Cruzo Tenor Fleta y sigo caminando.  En el chaflán hay una tienda de jamones con todas las luces encendidas, no hay nadie, me detengo a mirar fijamente, pero en esa distancia veo distorsionado, borroso, con las figuras alargadas, sufro mareo.  Me sujeto al tirador de la puerta, empujo… no se abre… ¿por mi falta de fuerzas o porque tiene el pestillo echado?  Levanto la mirada al frente.  Noto que pasan dos autobuses del 40 a una velocidad de centella.  Circulan vacíos.  Ni siquiera acierto a ver a quien conduce.  Al fondo de la avenida, parece que la casa de la parroquia de San Agustín está desapareciendo, se está llenando de brumas, de nubes oscuras que lo abrazan en remolinos.  Avanzo sujetándome a la valla de protección para peatones que hay sobre el bordillo.  Por suerte es cuesta abajo, porque camino arrastrándome, no puedo más… y a cada momento me vuelve el dolor de vientre, parece que un organismo se me ha instalado dentro y pasea entre mis vísceras, como un alien.  A veces tengo frío, a veces calor… el sol no termina de apuntar, sigue la penumbra desde el cielo, con luz de amanecer y son las doce y veinte…  No entiendo esta sensación.  Quiero recordar más de esta noche, pero tengo la memoria detenida con los labios de Manoli cerca de los míos.  ¿Por qué me viene el nombre de Charlotte cuando regresa su imagen?  Y yo… yo no soy Damián para ella, no, no lo soy, ahora la siento pronunciando otro nombre.  ¿Luis?  Sigue allí, con sus labios sensuales, queriendo provocarme.  En el colegio la rechazaba, no es mujer de mi gusto, aunque ahora parece que me atrapan sus ojos, pero… es Charlotte, y me domina, tengo que entregarme.  Siguen las brumas sobre la parroquia, ahora estoy más cerca y no se ve el edificio, la niebla negra se derrama hasta la tapia que delimita el solar.  Sus labios pegados a los míos, escucho su chasquido, se relame…  No la veo, la siento en mi entraña…  Hay resplandores más abajo, por la prolongación de Cesáreo Alierta.  Voy hacia ellos por inercia… con el frescor de sus labios entreabiertos…

 

Se agita mi memoria sobre ayer y Manoli se hace ahora imagen en mi mente, sin sensación, es un deber revisar toda la película. 

 

***

Ella se apartó de mí y una de negro y otra de blanco me tomaron de la mano para obligarme a caminar junto a ellas.  Bajamos al sótano.  Sentía la túnica muy pesada, pero era de un tejido suave.  Llevaba capucha que me colocaron sobre el pasamontañas mientras íbamos pisando lentamente los escalones.  La bocamanga bailaba de un lado a otro, arrogante en su anchura de campana donde mi brazo delgado parecía el badajo.  Seguía la penumbra.  A mitad de la escalera, volví la vista…  Aquello era un lugar tétrico: un entorno redondo, delimitado por largas cortinas, seis conté… otra vez se repetían colores dos a dos; negro, blanco, gris…  Luz de llamas en velas y antorchas…  Cada cortina llevaba un bordado en su centro.  Por inercia, llevé mi mano al pecho y comprobé que mi túnica también llevaba un bordado, un círculo en el que mi palma tocaba los extremos con las yemas de los dedos y con la muñeca.  Tuve ganas de girar la mano dentro de ese círculo.  En el centro de la estancia, se alzaba una gran piedra redonda, a modo de altar, con algunos objetos encima que no acertaba a reconocer.  También contenía algunos símbolos en círculo.  Noté que el frío era intenso.  Mirando arriba comprobé la causa… Por encima de la piedra se alzaba un espacio en forma de cilindro, horadado en los techos y  en el tejado de la casa,  que continuaba hasta el cielo, por donde se veían las nubes erizadas.  Las paredes parecían de adobe, con cañas que sobresalían… pero la bodega transmitía una sensación muy sólida.  Es una esquina de la estancia, una cómoda alta y amplia, de sacristía antigua, soportaba algunos utensilios; podrían ser velas, copas, cuchillos, botellas.  Fueron marchándose silenciosas, sólo acompañadas por la brisa que levantaba el leve vuelo de sus túnicas.  Me rozaron al pasar y creí verles una sonrisa de más satisfacción que antes.  Subían por la escalera mientras Manoli (no quiero nombrarla Charlotte), que se había quedado junto a mí, comenzaba a acariciarme los labios.  Su tacto me paralizó.  Eran movimientos sensuales, eran gestos sensuales, era mirada sensual…  Continuó sus caricias por todo mi cuerpo por encima de la túnica, ahora tocando, palpando, deseando encontrar cada cosa en cada lugar que tanteaba: mis hombros, mi espalda, mi pecho, mi vientre, mis nalgas, mis muslos.  Al llegar a mi entrepierna, saltó el bulto de mis genitales y su sonrisa se hizo más procaz, casi lujuriosa.  Comenzó a sonar una música de violín.  Las demás se habían colocado en el piso de encima, justo al borde del agujero donde terminaba el techo y miraban con las manos unidas, contoneándose levemente.  Subía el volumen de la música.  Aumentaban la velocidad y fuerza de las caricias.  Ellas cantaban desde arriba, la única desnuda hacía solos de soprano, las otras contestaban en coro… Más alta la música… Manoli más cerca de mí, ofreciéndome su lengua…  Y sin dejar de sonreír, me empujó… me tiró sobre el altar… y ellas gritaban como hembras en celo… Manoli (¡no, no es Charlotte!) tocándome mis muslos, mi vientre, ahora directamente sobre la piel, apretando, aplastándome contra la piedra…

 

***

Camino hacia los golpes de luz que alumbran de a poco la avenida.  Vienen de la derecha, no veo su origen.  Transmiten igual sensación de amparo que los haces de la guardería de Tenor Fleta, pero… ¿qué es eso?...  ¿Es Torre Luna?... Puede ser… lo que era Torre Luna… Ahora parece un agujero negro… las brumas se erizan haciendo del terreno un desagüe, ahora suben en remolino, y bajan.  Qué frío, aunque a la derecha no ha cesado el brillo de la luz que me atrae en disputa con el tornado oscuro.  Sí, mejor así, pierdo el temor a seguir caminando porque llegaré antes a la luz… o a sus dominios, tampoco me atreveré a entrar en ella.  Sigo mirando allá, a Torre Luna, con ese aspecto siniestro, idéntico al de la parroquia.  Estoy llegando a la emisión de los resplandores, sobrepaso la esquina de una calle… y allí está, en el colegio de La Salle Montemolín….  Lo veo por encima de las tapias de un solar.  No quiero detenerme (o no puedo).  Avanzo junto al centro deportivo de La Granja. Tengo a pocos pasos la inmensa mole del pabellón Príncipe Felipe.  Me fijo en las farolas de la plaza de la izquierda.  Parecen estiradas hacia el cielo, agujas para llevar el hilo enhebrado hasta otro mundo de allá arriba… que no es atractivo… aún.  El agujero negro regurgita sin sonido, los resplandores se hinchan a ritmo lento de latido, las farolas se estiran… cada uno de los lugares semeja una puerta, un enlace, un contacto hacia otra realidad.  Avanzo y sobrepaso otra calle por donde veo luz derramada, llego a las puertas del pabellón, que tiene las luces interiores encendidas, no veo a nadie, pero lo siento con las gradas llenas, a punto de explotar por un clamor de gente enardecida.  No quiero la luz.  Me sigue como una hilacha y se me enrosca en el tobillo.  Sacudo la pierna para adelantar más pasos en una cadencia pesada, lenta, encima de una acera que parece engrudo.  Algo me sigue atrayendo más adelante.  Llego a la rotonda de Miguel Servet, a unos doscientos metros de Torre Luna, el pozo de frío y temor, nieblas negras, pero la llamada silenciosa viene de la derecha, para seguir por la Z-30.  Y recuerdo la sensación.  La recuerdo en el recuerdo de antes, la percibo, la siento… estoy en el camino a la casa donde ellas me esperan…  Dentro de mí, las fuerzas en mi vientre me llevan y me traen hacia Torre Luna o hacia La Salle.  También un fleco negro quiere acercarse a mi pierna, pero no le doy posibilidad de enroscarse, lo alejo con un golpe de puntera.  Avanzo, avanzo, avanzo, asciendo por la leve cuesta, sobre el solar del antiguo ferial, al frente de la nueva estación de cercanías, por el puente que supera las vías del tren…  y allí está, donde confluyen los remolinos negros y los destellos blancos…  la casa desde donde ellas me esperan… debo ir.

Los acontecimientos de la noche me vuelven en una explosión de imágenes.  Caigo al suelo de rodillas sujetándome la cabeza.  Se reordena la cadencia...

 ***

Era una música coral.  Manoli se movía encima de mí al ritmo del compás que invadía toda la casa.  Los lienzos se bandeaban, la luz se iba haciendo más intensa y un olor extraño, mezcla de azufre e incienso se esparcía por los alrededores del altar.  Se acallaron las voces, pero no la música, y las manos de Manoli se arrastraron por mi piel hasta quitarme la túnica.  Quedé desnudo, porque a continuación me despojó también del pasamontañas.  Se bajó de la piedra como si fuera una gata deslizándose sigilosa, una gata que se llevaba la poca fortaleza que me quedaba, una minúscula valentía frente a la presencia de las cinco mujeres que ahora volvían a estar junto a mí.  Manoli colocó en unos agujeros ya hechos en el altar unos clavos grandes por encima de mi cabeza y al lado de mis pies y de mis manos.  Desde la cómoda, acercó unos pañuelos de seda, blancos y negros, que fue colocando en mis muñecas primero, luego en mis tobillos, con nudos corredizos cuyo cabo ató a cada uno de los clavos.  Me había quedado en forma de aspa: víctima propiciatoria de un ritual sagrado.  Quizá moriría del miedo, una sensación que sólo se alteraba por los efluvios que se colaban entre los pliegues abiertos de mi cuerpo hasta penetrar por mi nariz y llegar a mi cerebro.  Volvía a estar embriagado, aunque no lo suficiente para perder la consciencia tal como hubiera querido.  Ahora el olor era seco y agridulce, me dejaba sin saliva, provocaba dolor en mi lengua, casi agrietada.  Ellas se colocaron alrededor de mí, una detrás de mi cabeza, la desnuda de piel lechosa, y las otras pegadas a mis manos y a mis pies.  Llevaban en sus manos unos cirios encendidos.  Sus lúgubres llamas se movían ligeramente, parecían bandeabas por una brisa que yo no sentía.  Enfrente, alcancé a distinguir a Manoli, subida en un pedestal. Tomé cuenta de que seguía desnudo, de que estaba desnudo ofreciéndome a ella.  Manoli no.  Y habló levantando los brazos a modo de copa mientras miraba al cielo a través del cilindro:

 

“Jerarcas de los cielos y de los infiernos…

 

Hizo una pausa y mis guardianas colocaron sobre mis muñecas, mi frente y mis pies unas piedras redondas y planas que parecían tener símbolos a ambos lados. Apretaron para que se marcaran y las quitaron.  Las de la parte izquierda eran estrellas; las de la parte derecha parecían cintas al viento.  En las primeras sentí frío; en las segundas, calor.  Después, la mujer desnuda de la cabecera acercó dos cálices de plata, muy brillantes, desde el mueble hasta el altar, para depositarlos en el hueco entre mis piernas abiertas.  De uno de ellos sacó unas grandes obleas, hostias de sagrario parecían, pero unas blancas, unas grises, otras negras, algunas como la palma de la mano, otras como una moneda de dos euros.  Me colocó de las pequeñas en los lugares donde antes me pusieron las piedras redondas.  Puso las grandes en mi frente, en mi garganta, en mi pecho, en mi pubis y bajo mis nalgas.  Después, con dulzura, con movimientos serenos de cisne, tomó el otro cáliz, rodeó el altar, se colocó en el lugar anterior y desde allí, puso la mano en mi nuca para elevarme la cabeza y derramar gotas de líquido sobre mis labios, líquido denso, rojo oscuro, sabroso, cálido, que alivió la sequedad de mi lengua.   Siguió hablando en la misma postura de antes…

 

“En nombre de los que fuimos, Luis y Charlotte, antes en Lyon, hoy en Zaragoza, ciudad espectral, os hablamos ahora, ya reencontrados, juntos de nuevo en el albor de los siglos de luz, después de recorrer desheredados tiempos de angustia y temor.  Hace años, siguiendo a LaVoisin, colocamos nuestras almas enamoradas a vuestra disposición, demonios del averno, Lucifer y séquito, para que nos unierais bajo la maldición que nos diera la juventud y la eternidad.  Mikael lo impidió con su espada justiciera….

 

Uno de los lienzos blancos se movió más rápido por un momento, agitando el aroma a incienso.

 

“Pero nos obligó a vagar haciéndonos sentir seres empobrecidos, almas desgarradas, sin amores y sin afectos hasta llegar a nuestra existencia actual como Damián y Manuela, los jóvenes que hoy queremos volver a rendir pleitesía.

 

Las otras mujeres pronunciaron enérgicamente estas réplicas:

 

“Mikael, Bafumet, ángeles y demonios, escuchad a las almas derrotadas.

“Astaroth, Samuel, ángeles y demonios, recibid las súplicas

“Gabriel y Baal, ángeles y demonios, abrid vuestro poder para su salvación.

 

Comenzó otra música que ya no cesó en todo el ritual.  Sentí frío, angustia, miedo, dolor… pero nada en el cuerpo, sino en la entraña, adentro… y las marcas de las piedras pequeñas se encendían por cada nombre pronunciado, me lastimaban y no podía gritar.

 

El olor se hizo denso, creó niebla sólida, negra, eran sombras que caprichosamente, con vida propia, iban y venían de lado a lado de la estancia.  Ella siguió hablando.

 

“Ya queremos vuestro favor, arrepentidos de la adoración al mundo tenebroso, arrepentidos al entender que no hay amor sin luz, que no hay placer sin la mirada de un ángel, cumplidores de la penitencia siempre separados desde entonces hasta hoy, nos postramos ante vosotros, seres de luz y entes de oscuridad, para rogar que con vuestros poderes unidos sepamos comprender la verdad del sentimiento.

“Mikael, Bafumet, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

“Astaroth, Samuel, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

“Gabriel y Baal, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

 

Manoli se desnudó mientras se agitaban los lienzos y la música alcanzaba la máxima intensidad.  A través de la chimenea hacia el cielo, unas presencias invisibles llegaban hasta mí para colocarse bajo mi garganta atrayendo a los seres que se alojaban en mis vísceras.

 

“Ahora debemos entender que esta es nuestra oportunidad para superar la unión terrenal.  Es el último día que estamos separados y os rogamos, ángeles y demonios, que consagréis nuestro amor para la verdadera eternidad…

 

El altar comenzó a temblar, se iban formando unas líneas que nacían de mis pies y de mis manos, que subían por mi cabeza, configurando un pentáculo blanco.  Sonaba imperiosa la música y las voces de las cinco guardianas…

 

Manoli descendió de su pedestal, subió a la piedra, caminó por ella hacia mí y se arrodilló entre mis muslos, sentándose en los talones, inclinando el tronco y colocando la cara a escasa distancia de la piedra.

 

“Mañana, si ambos nos reencontramos de nuevo bajo el amparo de las luces y de las brumas, si los dos logramos la sabiduría en la reflexión y volvemos a este oratorio, habremos superado aquel macabro error, recuperaremos el brillo del alma y abriremos juntos la era de los amores…

 

***

 

 

Llego con ansia a las puertas de la casa.  Están abajo, en la bodega que he recordado.  Me detengo un instante por temor… pero voy a la escalera...  Suena la misma música ocupando el espacio tan rotundamente que expulsa a las brumas y a las luces.  Reina el coro en la casa.   Abajo, ellas me miran desde la misma posición, las cinco puntas de la estrella blanca, cinco velas…  Sobre el altar reposa Manoli… Charlotte…  en posición fetal, desnuda, con los brazos cruzados sobre su pecho.  Escucho su voz leve: “Luis… Luis… Luis… has venido… lo has entendido”.  Llego hasta ella, me desnudo, me acuesto sobre la piedra también en posición fetal, pero en sentido contrario, completando entre los dos una figura en círculo.  Crece la apoteosis del sonido, veo arriba haces y nieblas uniéndose.  Aspiro, ahí está el olor, aspiro… Veo la mano de ella que se acerca a mí.  Llevo la mía a su piel.  Se están llenando mis entrañas de sensaciones vitales, ardo, vibro… Nos tocamos…  

Y ya no hay más, la nada.

  

 

(*) Shedy Martin es el seudónimo de Eduardo y José Antonio Prades, hijo y padre, autores de este relato.

(Relato incluido en el volumen I de "Tres de Tres")

 

Pepa es mi amor

Pepa es mi amor

Pepa vive justo encima de mí.  La conocí hace dos años, cuando llegó al barrio con sus padres.  Los primeros días ya me llamó la atención por su forma de andar, muy gallarda, pero a la vez muy sencilla. 

“Tú eres Miguel, ¿verdad?”.  “ Sí, ¿cómo lo sabes?”. “Tu portera me lo ha dicho.”

Estas fueron las primeras palabras que cruzamos, ya para mí palabras de amor.

Al cabo de tres meses, ella me propuso hacernos novios, que ya era hora, porque el tiempo pasaba y era cuestión de aprovecharlo en esa sensación tan linda.  Le contesté que sí, que deseaba ser su novio, pero que no había tanta prisa, pues éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante.  Entonces ella se puso a llorar muy amargo, casi sin ruido.

Empecé a quererla tanto...

Pepa era misteriosa y ya es conocido que las mujeres misteriosas atrapan de una forma que no se sabe por qué.  Siempre estaba alegre, eso sí, y nunca cambiaba de humor, pero a días parecía que se me escapaba de las manos porque me miraba de una manera que nadie mira en este mundo, con una belleza fantástica, con una bondad exquisita, y yo creía que se iba muy alto, como ahora.  En cambio, otros días, al atardecer, la sentía triste, muy de despedida, y entonces yo la besaba y, aunque sus labios estaban cálidos, los besos eran de compasión.

Un día me dijo que la llevara al bosque.  Una vez allí, se desnudó; luego, me desnudó.  De golpe, se hizo un silencio radiante, un silencio de espera… y Pepa me hizo el amor.

Pepa es mi amor.

Cuando ahora nos unimos, recuerdo aquella primera vez como si hubiera sido la única, pero no la extraño porque cada día que pasa mi sensación es más profunda y un halo de luz nos envuelve.  No he podido descubrir de dónde viene, pero creo que me llega desde el piso de arriba, justo donde Pepa vive.

Al día siguiente de amarnos en el bosque, el barrio se sorprendió de que Pepa Guzmán, sin haber dado muestras nunca de ninguna enfermedad, apareciera muerta en su cama con una sonrisa de iluminación.

(Relato incluido en el volumen I de "Tres de Tres")