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Epistolario de un oficinista, Primera Carta

PRIMERA CARTA

 Zaragoza, 14 de Diciembre de 1.981

 Amigo Pascual:

 Sé que vas a pensar al recibir esta carta: “Ya era hora”, ¿no es verdad?  Desde luego, es hora.  Tengo yo la culpa de que esa hora no diera antes, por lo que solicito tu per­dón...  Gracias.  Sabes que no me gusta escribirte para preguntar: ¿cómo estás?, y seguir: aquí todos bien, Dios lo quiera muchos años.  Me desagrada la rutina, la monotonía.  Bastante tengo con mi trabajo... aunque pre­cisamente el motivo de esta carta nace ahí, en mi oficina.  Verás, lee.

—Señores, les presento a Ponciano.  Va a trabajar con nosotros.  Espero que le ayuden en todo lo posible para lograr que su puesta al día y su integración en el depar­tamento sean rápidas y efectivas.  Mal está decirlo en su presencia, pero he recibido excelentes referencias, tanto del Jefe de Personal como de su anterior departamento.  Don Ponciano, sepa que entra a formar parte de un buen equipo.

Así habló míster Quiterio, ya sabes, mi amable e ínclito jefe.  Su tono severo y responsable nos introdujo al nuevo compañero.  Teníamos noticia de su llegada, puesto que tras la jubilación de Paulino y Marcelo ya se hablaba de él como posible sustituto.  Los chismes han sido continuos, pero nunca he prestado atención a la palabrería y he esperado a conocerlo para opinar.

Ponciano pertenece a la plantilla de la empresa desde hace treinta y seis años.  Entonces tenía veintiuno.  Según cuentan, entró mediante una oposición, de lo que él se enorgullece riéndose de los incorporados a dedo.  Dicen que la situación de su familia era holgada e influyente.  Hablan de Ponciano como recomendado, porque, y te cuento rumores, en su casa querían quitárselo de encima y para ello lo lógico era conseguirle una ocupación.  He de decirte que yo no lo creo así.  Su formación está fuera de toda duda y sus méritos debieron ser suficientes.

Tras el solemne discursito de don Quiterio, Ponciano se nos presentó exageradamente educado.  Parecía muy tímido, pero su apretón de manos era firme y decidido.  Al decir su nombre en un murmullo ininteligible, nos miraba por un momento a los ojos.  Sus pupilas chispea­ban, pero inmediatamente las desviaba hacia el suelo.  Míster Quiterio le asignó una función sencilla que le obli­gaba a permanecer en otro departamento parte de la jor­nada y colocó su mesa en la antesala de nuestra oficina.

El buen Ponciano es bajito.  Rondará el metro y medio, y en la báscula dará unos sesenta y cinco kilos.  Tiene las espaldas relativamente amplias, pero su cinturón apenas sujeta una prolongada barriga que se alarga por encima de sus pantalones.  Parece tener un defecto en los pies, con sus punteras hacia dentro, aunque camina siempre erguido, a la expectativa y con un movimiento de testa que parece confirmar unas posibles visiones.  Mantiene sus ojillos en alerta continua y suele mirar de reojo.  Vigila todo el tiempo y a veces se extraña de algo que nadie percibe.  A pesar de sus cincuenta y siete años, cubre más de media cabeza con su cabello, aplastado hacia atrás con algún líquido inodoro.  Recuerda el peinado del conde Drácula.  Un pliegue en forma de papada le esconde la mandíbula.  El labio superior se delimita por su nariz y por dos profundas hendiduras que prolongan sus mejillas fuera del rostro.  Mientras realiza su trabajo, se coloca unas gafas de montura doraba sobre la punta redonda de la nariz, intuyo que para ver de lejos correctamente por encima de ellas y estar al tanto de cualquier movimiento.

A primera vista, sin hablar con él, lo juzgarías como un individuo sereno, serio, aplicado y de buena educación.  Su forma de andar y de mirar hace pensar en un abolengo de milicia, quizá frustrado por su estatura.  Impone mar­cialidad a sus acciones y es respetuoso.  Parece inteli­gente, demasiado susceptible y acostumbrado al trato con personas extrañas.

...Pero hay algo en él...  resulta interesante.  Ya te contaré.

Un saludo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Prólogo

Mi tío Pascual se ha trasladado a Guinea, a Malabo, ascen­dido a Jefe Administrativo en la nueva sucursal de la empresa donde trabaja. Con esta promoción pretenden recompensarle su labor de hormiguita durante veinte años.  Algo vale Pascual, pero no es para tanto.  Dicen que la veteranía es un grado. Quizá.

No piensa volver, al menos es su intención.  Creo que cam­biará de idea, pero consecuente con lo decidido, me ha nombrado usufructuario total de sus propiedades en España.  ¡Ni que fuera un potentado!...  Suena bien, suena bien... usufructuario total.  Lo cierto es que puedo disfrutar de un amplio ático en una casa antigua de Zara­goza, sin ascensor, situada en la calle del Coso, y de un terreno yermo en El Burgo de Ebro, pero cercano a la urbanización Virgen de la Columna.  Algo haré.

Pascual dejó claro que podía utilizar indiscriminada­mente todos sus enseres, excluida la venta, por supuesto.

Me ha llegado la edad de ser universitario, ¡qué horror!  Convertido pues en un muchacho responsable, llené una maleta de ropa —la preparó mamá—, otra de libros, pósters y recuerdos y me trasladé a Zaragoza, a mezclarme con estudiantes, militares y americanos.  El viento es terrible.

Nada más entrar al ático me asombré.  Desde mis doce años no había visitado a mi tío, siempre era él quien via­jaba hasta Teruel.  El mobiliario se veía recién comprado, ultramoderno, colocado con gusto.  En el techo inclinado, sobre la mesa de despacho, se abría una ventana que daba una luz intensa.  Las paredes estaban pintadas de blanco.  Impresionaba la luminosidad.  Iba a vivir de miedo, ¡sí, señor!

Tiré las maletas sobre el sofá y curioseé por los arma­rios. Estaba todo vacío. Me senté en la silla giratoria y escudriñé la casa.  El interés por encontrar alguna indis­creción de Pascual llevó mi mano al cajón de la mesa.  Lo abrí.  Estaba repleto de fotografías, postales, cartas...  Saqué los papeles, y comencé, uno por uno, a estudiarlos detenidamente.  Abundaban fotografías mías, no sabía que Pascual me estimara tanto.  Allí me vi desnudito, con pañales, en triciclo, con balón, en bicicleta, fumando un puro y en el hospital cuando me operaron de apendicitis.  Supuse que firmaban las postales amistades o compañe­ros de trabajo.  Al esparcir los papeles por la mesa, dejé apartado un paquete de cuartillas unidas por unas gomas.  Cuando las liberé de su atadura, cayeron de entre ellas muchos papelitos escritos con letra pequeña y apro­vechados al milímetro.  Comencé a leer.  Las cuartillas eran cartas firmadas por un homónimo mío, Álvaro, car­tas pulcras y amplias; los papelitos parecían apuntes.  Nada más empezar con la carta más antigua, me creció un interés casi morboso y  no dejé de leer hasta haber terminado de repasar la rúbrica de la última cuartilla.  Narraban las peripecias de un personaje algo especial, llamado Ponciano.  Con este nombre, oí hablar a mi tío de un compañero de trabajo.  Sus palabras hacia él siem­pre fueron de respeto y estima.  El lugar donde sucedían los hechos contados en las cartas me recordaba la oficina de Pascual, incluso coincidían los nombres de los compa­ñeros.  No comprendía cómo un tal Álvaro escribía sobre vivencias claramente protagonizadas por mi tío.  Las fechas no eran muy lejanas.  Dejé las cuartillas.  Por cierto, estaban escritas a máquina, pero no así los pape­litos, y en aquella letra diminuta adiviné la caligrafía de Pascual.  Hablaban del mismo tema que las cartas.  Pare­cían apuntes, notas, diálogos, que no querían quedarse en el olvido.  Casi todo se reflejaba en las cartas más o menos igual. Extrañísimo.

Estaba muy cansado y tenía hambre.  Saqué el bocadi­llo que mamá me había preparado, ¡bendita mamá!, y luego de un baño reconfortante, me acosté.

Empecé a darle vueltas al asunto de las cartas.  Rela­jado, podía pensar mejor.

Era él.  Pascual las escribió.  Era su relato, y los pape­litos, sus apuntes.  Al marcharse, lo dejó todo preparado, las fotografías, las postales...  Me levanté de la cama como un rayo para ir a confirmar mis deducciones.  Estaba clarísimo.  Sólo había en el cajón fotografías mías.  Cuadraba con la firma de las cartas.  Álvaro soy yo y yo no las he escrito.  Todas las postales tenían la rúbrica y el nombre de los compañeros que citaba en la historia.  Iban dirigidas a mi tío.  Me fijé en la firma de las cartas y, a pesar de rezar Álvaro, la rúbrica era idéntica a la de Pascual.  ¿Por qué estaban allí?  Era indudable que las había dejado para que yo las encontrara.  El cajón era lugar inexcusablemente debería utilizar.  Me he atrevido a llegar a la conclusión de que me las ofrecía como regalo...  Como regalo de un guión para escribir una novela.

Como puede comprobarse, he seguido los dictados de mi imaginación.  No sé si estas deducciones correspon­den realmente al deseo de Pascual, quizá me haya exce­dido, pero como algo le debo, mucho le quiero, me tomo la libertad de utilizar este legado con mi nombre.  Y con mi nombre, no por suplantación en interés particular, sino porque de esta manera mantengo su acentuada timidez entre algodones.

He descubierto el porqué de su predilección por mí.  Se consideraba un escritor frustrado y veía su realización en su sobrino Álvaro.  Seguro que tenía pavor a ver su nombre en un papel como autor, y más en una historia de la que él es protagonista directo. También dudaba de su gramática, incluso de su ortografía, y eso le hacía escon­der su afición.  Pensaba que no tenía posibilidades.  Al visitarnos siempre me pedía mi última poesía, mi último relato.  Era la única persona.  De la familia, sólo  él se interesaba.           

Siendo sincero, poco he modificado sus escritos, porque he querido guardarle lealtad.  Ha quedado un relato corto, no llegará a novela.  Algunas cartas las he ampliado, siempre pensando en qué deseaba contar, y como siete era su número preferido, en siete he dejado el número de cartas.  ¡Mi tío Pascual!  ¿Quién lo iba a pensar?

Don Manuel

Don Manuel

El silbido del viento arrullaba la hacienda musicando la melodía de un silencio calmado.  La mansión se construyó grandiosa para albergar la familia próspera de don Armando, el cacique del lugar, amor de tierras fértiles, conseguidas a costa de billetera, palabrería e influencias.  Tras la casa habían crecido pinos sin fruto a modo de un jardín gigantesco.  Las flores no eran necesarias, no le gustaban.  El viejo don Armando quería todo enorme porque en su infancia sólo conoció pedazos de algo.  Los pinos crecían rápido y llegaban a tocar el cielo.  A Manuel le agobiaban, pero ya no podía rebelarse contra ellos.  Estaba tendido sobre el colchón de las agujas todavía verdes y apoyaba la cabeza sobre una raíz que asomaba en la tierra.  Junto a él, a cada lado, tenía las muletas y, a unos pasos, una hamaca cómoda, que decidió no utilizar nunca.  Miraba el gris de una nube a través del verde esperanzado.  Se había convertido en el hombre derrotado por su propio ideal y desgarraba su mente con excusas inútiles que sabía mentiras.

Cuando Manuel apenas había comenzado a gatear, su madre los abandonó, cansada de soportar ultrajes y humillaciones de su marido.  Nunca recuerda haberla echado en falta porque el dinero de su padre compró un ama rechoncha y cariñosa.  El niño pasó feliz su infancia hasta que conoció el talante de tu padre y las noticias del mundo.  Don Armando, el hombre recto, práctico, ocupado, el simpático peligroso, impuso a su hijo una formación estricta, encaminada a aumentar el patrimonio y a colocar el estatus familiar en el peldaño más alto.  Envió al muchacho al mejor colegio de la ciudad, le obligó a cursar el Bachiller en un internado inglés y le consiguió una plaza en la universidad más famosa de Estados Unidos, especializada en formar economistas.  Nunca llegó a saber don Armando que Manuel cursó filosofía y letras a la par que los estudios demandados.  Cuando regresó a la hacienda, con veintidós años, informó de su deseo de escribir con el aplomo en sus enseñanzas le habían inculcado para su quehacer de vida.  Su padre porfió cruelmente para obligarle a cambiar sus deseos.  Manuel mantuvo impertérrito su intención y se encerró durante meses en su habitación abuhardillada.

Hacía ya tiempo, Manuel se marchó de la hacienda, peregrino hacia la meditación, para encontrar el medio de divulgar su verdad.  Salió silencioso, sin dejar recado ni despedida.  Llegó hasta la cabaña del tío Jeremías.  Se detuvo y recordó sus juegos con Caridad.  Ya no continuó su camino, escondió sus ropas caras, tomó los harapos que el bueno de Juan, el capataz, le legó como única herencia y, oliendo su aroma fresco, se tumbó sobre la hojarasca de la ribera y se durmió.  No contaba horas ni días.  Se alimentó de bayas y frambuesas y vivió de la soledad.  Una tarde, Zacarías se escabullía de una paliza del amo y encontró a Manuel.  Zacarías fue su único contacto con el mundo durante años, le visitó todas las semanas, llevándole periódicos viejos, pan duro y la pregunta que siempre le turbaba:

—Sea bueno, don Manuel, ¿por qué no se viene a la hacienda?

Nunca contestó.

—Ande, don Manuel, que todos le queremos allí, Paco, Remigio, el Luisillo… y yo, don Manuel, ¿qué soy yo sin usted?  Vuelva, don Manuel.

No le escuchaba porque temía decirle “voy contigo, Zacarías, voy contigo”.

Leía los periódicos mugrientos como tentáculos hacia el mundo.  Le mantenían vivo el vómito de la sociedad que conoció en su juventud.  Siempre creyó entender lo mismo y cada día pretendía estar listo para su labor, ya purificado en su aislamiento, pero su ímpetu se derrumbaba, necesitaba más fuerza.

Una mañana leyó un número reciente casi intacto.  Sus letras, que hablaban de sangre, le azuzaron.  Colgó su zurrón del hombre huesudo y caminó hacia el mundo.

Tomó el sendero que le llevaba hasta su villa rodeando la hacienda de su padre.  Con su paso lento, reconoció parajes antaño cotidianos, cuando se escapaba con Caridad hasta el arrullo del río para refrescarse del sol del mediodía.  Su padre entonces no tenía aún claro si construiría una mansión porque la gran casa donde vivían, en la plaza Mayor, superaba en ampulosidad al Ayuntamiento.  Allí, Manuel vivía a gusto.  Decoró un cuartito junto a la carbonera y desde una puerta pequeña se comunicaba con un callejón trasero.  Era muy fácil escaparse en el verano y correr sigiloso hasta las afueras para llamar a Caridad con su silbido secreto.  La familia de la muchacha ocupaba una casa vieja lindante con los campos arrendados por don Julián a Renato, el padre de Caridad, labrados curtido en mil soles y que, por fin, había encontrado uno bajo el cual asentarse.  Hacía cinco años que despedazaba los mismos terrones.  Manuel asomaba sus labios en una rendija del pequeño establo y emitía su sonido melodioso.  Caridad pedía permiso a su madre y salía al encuentro del galán.  Don Armando no tenía tiempo para enterarse.  Todo el pueblo conocía la relación inocente… y adivinaban su final cercano.  Don Manuel, con su caminar lento, comenzó a evocar los atardeceres junto a ella, el silencio de la brisa que acunaba violetas, el rostro lozano, las piedras azules de mirada dulce, el pliegue encarnado de sus labios.  Manuel no hablaba, sus sentidos se paseaban por aquella adolescente bella.  Paseaba a su lado pisando la hojarasca seca con cuidado de sortear  las hormigas que caminaban en hilera; escuchaba sus ilusiones; reía.  Pero Caridad se marchó.  Don Armando escuchó rumores en el bar y don Julián recibió una visita.  “Amigo mío, ¿no cree usted que con la familia Lope no rinden esas tierras tan fértiles lo que cabría esperar?”.  “¡Hombre, don Armando!”.  “Mire por el negocio, don Julián.  No tienen hijos varones y Renato se está haciendo viejo”.  “Tiene usted razón, don Armando”.

Don Renato Lope recogió su hogar en la carreta y partió con su familia a despedazar otros terrones.  Manuel no tuvo valor para conocer la verdad.  Aquel día perdió su juventud y ya no regresó de la ciudad en los veranos.

Apresuró el paso y sorteó los recuerdos volviendo su pensamiento a la labor encomendada por su conciencia.  Todos le escucharían.  Él sabría sacarles las espinas que endurecían las almas y los convertiría en nuevos seres.  Le esperaban.  Lo intuía.  No defraudaría a sus paisanos, serían los primeros en conocer sus palabras, las más difíciles, y entró en el pueblo, asustado, caminando sobre el empedrado con sus pies descalzos.  Llegó hasta la plaza.  Le habían seguido en silencio unos chiquillos asombrados.  Los ancianos, sentados en sus sillas de anea, cesaron su charla y miraron al hombre extraño, intentando ver un rostro conocido.  Las comadres del corro interrumpieron sus labores porque el forastero les podía venir al pelo para matar las tardes venideras hablando de él.

Don Manuel se detuvo ante la fuerte y bebió un sorbo del caño.  Suspiró, miró la iglesia y se subió al poyo de la entrada.  Extendió los brazos y, elevando la vista por encima de las cabezas, exclamó sin temor:

—¡Amigos, escuchad!

—Es Manuel, el hijo de don Armando, ¿no lo reconocéis? —cuchicheaban.  Se marchó hace años.  Dicen que se volvió loco en la cabaña del tío Jeremías.

—Su padre lo ha dado por muerto —informó un arriero de la hacienda. No quiere saber nada de él.

—Dejadle hablar.  A lo mejor dice algo importante.

—¡Está loco! ¿No veis las pintas que lleva?

—Bueno, pero escúchale.

Don Manuel prosiguió.

—¡Amigos!  ¡Vecinos! Hoy comienza vuestra liberación.  Es hora de que rompáis el espejismo que os están imponiendo.  Es tiempo de que os unáis para combatir la plaga que os han enviado.  Escuchadme y seréis libres.

La gente le atendía curiosa.  Hombres y mujeres dejaron sus faenas.  Los mayores arrastraron sus sillas por el empedrado y tomaron la primera fila; los niños dejaron sus juegos y miraban la hombre de barba larga y casi desnudo.  El cura observaba por la ventana de su casa adosada a los muros de la iglesia.  Estaba preparado para intervenir, por si acaso.

Don Manuel siguió su plática:

—Ha llegado la hora de abrir vuestra alma, de facilitar su entrada a los razonamientos de la paz y juzgarlos con el corazón.  Debéis punzar la conciencia maltrecha.  El hombre debe alzarse contras las acciones que le hunden en los excrementos de la maldad.  Seres crueles os embaucan con mil razones estúpidas y os dirigen por caminos de amenazas que han vaciado vuestra pureza.  Así os habéis convertido en corderillos antes los designios de una ley inhumana.  Unos escondéis vuestras repulsas con la falta de fortaleza; otros ni siquiera queréis saber y entender para vivir apartados en la mentira de la ignorancia.  Los primeros pecáis de debilidad; los segundos, de irresponsabilidad.

Los ojos ancianos le miraban tristes.  Los rostros tersos comenzaban a rebelarse contra él.  Los que quisieron atacarle se impusieron a los que se burlaban:

—¿De qué hablas, pordiosero?

—De guerra, de crueldad, de armas… de manipulación por los poderosos.  Los jóvenes debéis iniciar la lucha pacífica, contra las mentes, no contra los cuerpos.  Si permanecéis pasivos, ¿dónde queda vuestra vocación de libertad?  Ahora calláis por temor.  La cobardía os domina.  Permitís a esos hombres que jueguen con los más preciados ideales humanos: la paz y la libertad.

—¡Calla, imbécil!  Vete de aquí.  Estás trastornado.  No sabes lo que dices.

Alguien quiso razonarle.

—Nadie quiere la guerra.

—Nadie de vosotros… y pocos de ellos.  Pero quieres poder y lo alimentan con armas de guerra para disuadir.  Si un día esas armas disparan, ¿me dirías que no habrá guerra?  No, claro que no, sólo destrucción.  Mientras tanto, vivís oprimidos.

—¡A nadie le interesan tus palabras, idiota!  ¡Déjanos en paz!  No queremos revolucionarios.  Estamos bien como estamos.  No eres nadie para molestarnos con tus ideas falsas, con tu exageración y tu palabrería vana.

—Soy la voz de la conciencia purificada.

—¡Eres un loco!  ¡Lárgate!

Ya no quedaban sillas frente al poyo.  Los ancianos se alejaron silenciosos.   La masa se acercaba hasta él agrediéndole con sus palabras.  Levantaron las horcas, las azadas, los puños, le amenazaron.

Don Manuel levantó una mano y su rostro se encendió.  Todos callaron.

—Quise que fuerais los primeros en la redención de vuestra culpa, en la vuelta a la virtud humana.  Habéis negado la entrada de mi palabra en vuestro corazón encallecido.  Aquéllos que sepáis de qué hablo convenced a los otros, porque un día volveré y los incrédulos esconderán la mirada a mi paso.  Aún quedará tiempo para ellos y serán perdonados.

Salió del pueblo con su victoria.  Se había enfrentado al mundo y, a pesar del rechazo, su comienzo le servía de empuje.  Inició un nuevo camino hacia otras gentes de la comarca, hacia las villas limítrofes que le repudiaron como hijo del cacique.  Pateó el asfalto, el polvo de los caminos, las piedras de los senderos que castigaban sus pies descalzos mientras buscaba argumentos en su razón para llevar al mundo al estado de la comprensión.

Buscaba las plazas y, al paso por las calles, emergía de su interior el resplandor del profeta.  Las gentes se asustaban, pero le seguían y le escuchaban.  Algunos descubrían quién era y le volvía a tachar de loco. 

—Amigos, despertad a la creación, volved a las virtudes de la condición humana, recuperad la cualidad que os diferencia de las bestias, de las máquinas.  Vosotros sois sentido, sensibilidad y si lo despertáis, encontraréis injuria en el comportamiento de los dirigentes.  Os atacan escondiendo la verdad.  No os mienten siempre, pero visten la verdad de ropajes brillantes y no queréis entender.  Ellos braman promesas, os regalan esperanzas de falsedad, desean manejaros con vuestro consentimiento.  ¡Cómo se ríen!  Cuando hablan de misiles, de zonas de influencia, de evitar expansiones, están diciendo que quieren poder, que quieren asentarse para que su dinero gobierne.  No debéis olvidar que si la fuerza es vuestra, debéis usarla para vosotros mismos.  La vida la da el espíritu.  La vida la implanta el hombre que habla con su obra, el que redime la violencia.  Abrid vuestras almas al envío del amor, al letrado en el sentimiento, al poeta, al artista, al filósofo, al cantor y entended sus mensajes.  Sujetad con ternura la sensación que os regala…

Ante él ya no se arremolinaban las gentes que podrían recibir, entender y transmitir tus palabras.  Sólo niños y ancianos le escuchaban.  Niños encandilados con su elocuencia y su aspecto extraño.  Ancianos que recordaban el brío de su juventud y le compadecían con la certeza de adivinar que él no sería una excepción y acabaría como ellos, sujeto a una silla de anea y viviendo de imágenes pasadas.

Pero don Manuel prosiguió con entereza, no se amilanó ante la gente que hacía de su vida un juego o una rutina.  Reflexionaba cada una de sus frases en los pequeños descansos que robaba a su caminar, recostado sobre un tronco mientras comía pedazos de pan seco y negro.    Quería tener fe en sus semejantes.  Recordaba los rostros que se estiraban al escucharle y los consideró apóstoles de su ideal.  Quizá fueran pocos, pero irían creciendo hasta ser suficientes para derribar las puertas de los pode—rosos.

Su voz se divulgó.  “¡El loco ha dejado su escondite!  Anda por la comarca predicando cosas extrañas!”.  Para algunos ya dejaba de ser el ermitaño atormentado y comenzaron a preguntarse: “¿Será un profeta?”.  Otros admitían su condición de inspirado, pero referían: “Vanas palabras”.  Su mensaje voló con el viento, se esparcía tergiversado, aumentado, desmenuzado, despreciado, adulado…

Don Manuel llevaba en su zurrón un Nuevo Testamento.  Y apoyado en aquellos troncos leía en ocasiones, desengañado unas, apurado otras.  Cerraba siempre el libro con un golpe seco y elevaba su rostro hacia el cielo con los ojos cerrados.  Tras suspirar, abría sus párpados y quería ver algo de lo leído.  Sólo veía azul y gris.  Después dormía.

Continuó su tarea y en una parte del camino recordó a Caridad.  Ella le habría escuchado, quizá cumpla ahora la misma labor.  Caridad tenía miedo, pensaba que el mundo estallaría en unos días cercanos y siempre nombraba palabras del Apocalipsis.  Manuel le hacía mirar con más esperanza: “Seguro que eso está lejos de suceder”.

Nueva gente le esperaba.

—¡Hombres, mujeres!, limpiad vuestro espíritu.  Mirad en vuestro interior, dentro, muy dentro… ¿encontráis manchas que os avergüencen?  Ahí están, son las taras de vuestra conciencia, las que ensucian el ideal de vivir en paz y amar al amigo… y saber amar al enemigo.  Purificaos con el agua de la simplicidad, con el agua que bebió el primer hombre, el rey de la naturaleza, y entonces comprenderéis que el hombre impuro se engaña y engaña.  Si conseguís derrocar al poder inmundo, desaparecerá la sangre amenazante y llegará la paz, la paz deseada, la paz olvidada.  Recordáis de la niñez palabras que os asustaban, palabras que desde un púlpito os hacían temblar.  ¿Recordáis cómo retumbaban las lecturas de Juan, el apóstol joven, el profeta, el amigo, con el eco de la iglesia?  Él escribió con iluminación divina: “Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.  De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones y hubo granizo y fuego mezclados con sangre y una montaña ardiendo fue precipitada al mar y murió la tercera parte de los seres vivientes.  Cayó del cielo una estrella, ardiendo como una gran antorcha y secó las fuentes de las aguas.”  Son palabras de destrucción, de aviso profético, de peligro intuido.  ¿Y haréis caso a los que desde el poder os hablan hoy de guerra y olvidaréis la voz divina?  El único que tiene poder, el infinito, dios, os habló a través de su Hijo: “Quien esté limpio de corazón vivirá junto al Señor”.  Y limpio de corazón es quien en su conciencia guarda: “Amarán a tu prójimo como a ti mismo”.  Y ahora yo os digo: el Poderoso, el Padre quiere que viváis junto a Él en el paraíso, y el paraíso es esta tierra, porque Él la creó, dijo Moisés.  Y debéis preservar esta tierra de la destrucción, debéis llevarla a la paz distendida, siendo limpios en vuestro espíritu y evitando que llegue la espada, el granizo y el fuego, la montaña y la estrella de muerte y para lograrlo hay que amarrar la mano de los que quieres hacerlos caer.

Entre el gentío nadie le llamaba loco, pocos sonreían.  Buscando el rostro de Caridad, don Manuel había visto jóvenes impetuosos que despedían ilusión, muchos venidos de lejos, de la ciudad, de otras ciudades.

Al anochecer salió al camino para buscar el tronco del descanso.  Tomó su pedazo de pan y al terminarlo metió la mano en su zurrón.  Topó con el libro sagrado y, después de abrirlo por el pasaje de la crucifixión según San Mateo, lo arrojó a las aguas del arroyo.

—¿Dónde ha ido don Manuel?

Un joven de mirada agresiva y rasgos suaves había oído hablar del ermitaño y preguntaba a un aldeano.

—Ha tomado el camino del bosque.  Por allí se llega a Valverde de Lucerna.

El muchacho ya conocía aquellos mensajes desde mucho tiempo atrás, oídos en su interior, grabados a fuego en su entraña.

Le alcanzó a la orilla del lago.

—Te esperaba —saludó don Manuel.

—Siempre creí que encontraría alguien como tú.

—No soy ningún Mesías.

—Pero no tienes miedo a decir la verdad.

—Sólo he querido renunciar a unas cosas que todos deseáis por comodidad.  He forjado mis ideas con palabras y quiero ser oído.

—¿Quién eres tú en realidad?

—Un escapado del mundo.

—Yo te encuentro tan dentro de él…  Eres valiente.  ¿Sabes que muchos te despreciarán y lanzarán su furia contra ti?

—Pero siempre habrá alguien como tú que entienda mis palabras como un hálito de ilusión que despierta el alma escondida.

—¿Eres sacerdote?

—No.

—Y ¿por qué predicas a Dios?

—Sus mensajes deben llegar a este mundo.

—Manuel —surgió una voz irreverente—, ¿crees en Él?

El silencio amarró al predicador.

—Soy cristiano.

—Entonces, ¿por qué estimular la vida en la Tierra y no la resurrección junto al Ser Divino?

—La Tierra es la morada de Dios y de los hombres.

—Pero los hombres no somos eternos.

—El hombre ha muerto y quiere matar.  Debemos crear al hombre.

—El hombre vive.

—No el hombre que yo busco.

—Sí, el hombre que buscas vive.

—No, yo debo resucitarlo antes de que muera para siempre.

—El hombre vive, Manuel, vive en el espíritu joven, en los seres que estamos despertando, en los jóvenes que no quieres destrucción y luchan contra los poderosos. No combatas por los que ya han muerto, habla a quienes aún poseen arrestos para enfrentarse a la mentira.  Ven a la ciudad, allí tomarán tu fuerza, te escucharán.

—Todavía es pronto.

—Pronto será tarde.  Yo anunciaré tu llegada.

El joven regresó a la ciudad y encendía su rostro de esperanza al explicar su conversación  y cómo le convenció para traer su mensaje.  Contagió su entusiasmo y miles de personas lo esperaron.

Don Manuel se quedó con el lago y su misterio.  Comparó la profundidad de las aguas con los hombres que no conocía.  Había pasado mucho tiempo desde que dejó la ciudad y recordó la asfixia del cemento, la masa cruel, la palabrería de los embaucadores.  Necesitaba tomar más fuerzas, necesitaba a Valverde, la villa que le acogería con calor, donde sus gentes le respetaban porque compartían sus ideales, disfrutaban con sus palabras y no tardarían en ponerse en acción.  Después saldría hacia la ciudad.

Levantó la vista hacia el cielo y vio brillo a través del azul.  Comenzó a caminar fortalecido.

Oyó chasquear la maleza.  Volvió su mirada hacia el ruido.  No había nadie junto a los arbustos.  Tuvo un presentimiento.  Sintió temor, pero no aligeró su paso.  Tras una roca, cuatro hombres enmascarados le salieron ante él.  No se detuvo.  Al intentar, arrogante, pasar entre ellos, uno le derribó y los otros tres descargaron sus palos en su cuerpo.  El que le empujó permaneció observando.  Cuando dijo “basta”, sus compañeros le obedecieron y se apartaron.  Agarró los tobillos con sus manos y le giró los pies.  A continuación le asestó unos golpes secos en los muslos, en las tibias… y fijando sus ojos en el rostro de un don Manuel resignado, ordenó “vámonos”.

El silbido del viento arrullaba la hacienda meciendo las ramas y musicando la melodía de un silencio calmado.

Reposaba entre los enormes pinos de su padre.  Había vuelto a casa, le habían llevado, no pudo oponerse… en realidad nunca quiso decir no.  A su lado, descansaban dos muletas como tentación de dar el paso que le alejara de su silla de ruedas.  Apenas abría los labios para alimentarse y susurrar un saludo al bueno de Zacarías.  La ciudad se quedó en el horizonte para siempre.  Mirando hacia ella sólo veía a Caridad con sus ojos vivos.

Por primera vez, Zacarías vio cómo don Manuel cogió las muletas y comenzó a moverse.  Se acercó hasta la mesa de mármol.  Tomó papel y pluma.  Pensó largamente mientras perdía la mirada entre los pinos.  Esperaba convencerse de su nueva intención, asentar la validez de su idea.  Sus dedos parecían frenados.  Y escribió.  No renunciaba a sus palabras ni a su deseo de comunicarlas y de crear inquietud.  Daría al mundo engañado su mensaje.  Quedaría escrito y conocido.

Zaragoza, año de gracia 2051

Zaragoza, año de gracia 2051

Se despertó aturdido.  Apenas podía abrir los ojos.  La cámara hibernática no estaba iluminada, llegaba luz a través de un foco alejado.  Deslizó la mampara de cristal que le aislaba de la estancia y dio unos pasos, frotó su cara y se despegó el cabello de la piel.  Su mente estaba confusa, se perdían sus recuerdos.   Empujó la puerta de la cámara.  Se abrió con lentitud, pero con facilidad.  “¿Ya es la hora?”, se preguntó.  Anduvo por la sala con los ojos semicerrados hasta que tropezó con un taburete.  El ruido le hizo daño.  Lo colocó en su posición anterior y se sentó en él.  Recogió la cabeza entre las manos y apoyó los codos sobre sus rodillas.  No podía concentrarse, tiraba con fuerza de sus cabellos húmedos, apretaba los párpados, presionaba sus antebrazos contra la cabeza… Poco a poco desapareció el zumbido y sus pupilas se acostumbraron a la nueva situación.  Su primera mirada se dirigió a la pared y centró su atención en el suelo blanco.  Se relajó.  Ahora percibía un bip—bip continuo.  Provenía de una máquina que soltaba una gráfica a impulsos, como un encefalograma.  Se levantó torpemente para intentar desconectarlo.  El movimiento le fatigó y se alteró.  No encontraba la forma de desconectarlo.  Golpeó unos mandos repetidamente.  El bip—bip cesó.

Buscó apoyo en la pared.  La piel de su espalda resbalaba por el material brillante.  Enfrente vio una ventana que daba a un patio interior.  Avanzó hacia ella arrastrando los pies.  Al alcanzarla cedió su peso a la frente que, junto con sus manos, buscó apoyo en el cristal.  Estaba cubierto de vaho.  Deslizó sobre él las yemas de los dedos.  Le agradó el tacto húmedo.  Tenía la piel arrugada.  Extendió las palmas y lo desempañó.  Miró al cielo.  El día estaba oscuro.  Le pareció temprano.  Abrió la ventana y respiró profundamente.  El aire le hizo bien.

 

—¿Dónde vas, papá?

—Salgo de viaje y tardaré en volver, Sergio.

—¿Por qué tardarás?

—Es muy importante.

—¿Y no podremos ir contigo?

—No, hijo.  Allí sólo puedo ir yo.  Mamá se quedará contigo y me esperaréis, ¿de acuerdo?

—Pero no te llevas maleta.

—Adonde voy no necesito maleta.

—¿Te darán ropa, y cepillo de dientes, y corbatas?

—Sí, no te preocupes, me cuidarán bien.

—Estás mejor en casa.

—Es difícil que lo entiendas, pequeño.

—Entonces, ¿podré disfrazarme con tus camisas?

—Claro que sí, pero no las ensucies, eh, o mamá te regañará.  Oye, Sergio, ¿cuidarás bien a mamá?, ¿bien, bien?

—Prometido, ya soy mayor.

—Adiós, hijo.

—Adiós papá, sé bueno.

 

El frío le mañana le hizo temblar.  Caminó hacia atrás y saltó sobre sus pies para conseguir un poco de calor.  Las piernas le fallaron y cayó al suelo.   Casi no se pudo levantar.  Volvió a sentarse en el taburete y esta vez sintió el frío en las nalgas.  Estaba desnudo.  Tenía el vello erizado, los dedos de los pies ligeramente morados.  Pesadamente, se acercó a la ventana y la cerró.  Frente a ella vio un armario y se dirigió a él con dificultad.  Al abrirlo, el olor fuerte le obligó a volver el rostro.  Había colgado trajes blancos y tomó uno.  Los focos del techo destellaban en los botones nacarados.  Comenzó a desabrocharlos.  Sus manos se desentumecían.  El abrigo de aquel tejido le causó una sensación extraña.

 

—Solamente tiene una solución, señor Luna.  Debe hibernarse.

—¿Hibernarme?

—…es duro, lo sé.

—Espero que lo sepa, por Dios.

—Serán dos o tres años como máximo, la ley no permite más de cuarenta meses y en su caso será suficiente.  Las investigaciones están muy avanzadas.  Con este procedimiento, evitaremos la proliferación del virus y usted estará vivo para someterse a la nueva medicación.  En otros casos ha funcionado. 

—¿Vivo? ¿Congelado?

—Sus órganos no sufrirán deterioro.  No sentirá nada.

—¿Y si al cabo de dos o tres años, o de cuarenta meses, la enfermedad sigue sin solución?

—Es su riesgo.

—No me ha contestado.

—Es imprevisible.

—Me devolverían la vida para dejarme morir.

—Es tiempo suficiente, señor Luna.

—Dos años muerto… ¿qué ocurrirá entretanto?

—Todo seguirá igual.

—Espero que las investigaciones no.

—No, claro, la ciencia no se detiene.

—¡Ah, bueno!

—Entonces, ¿accede usted?

—Sí, claro, los virus no se detienen.

—Fijemos fechas.

—Déme tiempo, doctor.

—Lo comprendo, pero no se demore.

—Pierda cuidado.

 

 

Dejó la antecámara y salió al pasillo.  Se sentía ridículo con aquel traje.  No tenía cara de médico.  Avanzó tambaleante unos pasos, pero aseguró sus piernas y pudo evitar chocar contra la pared.  Había muy poca luz.   Solamente estaban encendidas las luces de noche.  Un resplandor le indicaba el ‘office’ de las enfermeras.  Siguió con sus pasos renqueantes y llegó hasta el mostrador bajo.  “¿Qué hora es?”.  Buscó el reloj sobre la puerta.  Marcaba las seis y veintidós.  No había nadie.  Sobre el mostrador una pantalla marcaba la fecha del día: 25 de octubre de 2051.  Tenía suerte.  No habían terminado los dos años previstos.  ¡El virus!

 

—Se lo explicaré en palabras llanas. En su análisis de sangre hemos encontrado unos organismos desconocidos.  Con su acción impiden que el oxígeno llegue a las células con la cantidad necesaria.  Por eso se siente usted cansado y respira con mayor frecuencia, tiene sobrealiento al realizar esfuerzos y aumenta su ritmo cardíaco…  Aún no conocemos con certeza de dónde viene.  Las primeras teorías apuntaban a una infección del agua corriente.  Hoy los investigadores han descubierto un posible presencia de ellos en el aire, aunque no afecta a todas las personas por igual.  En España, hay doce casos.  En Zaragoza, ninguno.  Pero usted viaja mucho, ¿verdad?

—Sí, suelo visitar todo el Norte, desde Cataluña hasta Galicia.

—En Barcelona y Bilbao se han detectado los casos más virulentos.

—¿Y?

—Seré sincero.  La mortalidad ha sido del cien por cien.

 

El traje blanco comenzaba a darle asco.  Odiaba a los médicos, tan autosuficientes, tan acostumbrados a tener el paciente en su poder.  ¿Dónde dejaron su ropa?  Debía estar en algún sitio.  Recordaba su traje azul con la insignia de La Salle, la corbata granate, la camisa listada.  Regresó a la antecámara.  Al lado del aparato desconectado, vio una puerta.  La palpó y comprobó que nada le impedía el desplazamiento.  Al mismo tiempo que se abría, la otra estancia se iluminaba con una luz amarillenta.  Era un laboratorio que acogía aparatos sofisticados.  Al frente de la puerta se veía una mampara que separaba un despacho.  Entró en él.  Sobre la mesa se alzaba una pantalla que titilaba.  La tocó y se activó de inmediato, con un fogonazo que casi le hizo daño a los ojos.  Conocía la estructura de los ficheros que encontró abiertos, una base de datos con opciones parecidas a las de su trabajo.  Tecleó “Adán Luna Sender”, y apareció su fotografía en un registro repleto de botones virtuales.  Pulsó en “Informes”  y surgió una imagen de su cerebro con una mancha oscura en la base.  Instintivamente se llevó la mano a la nuca.  Siguió buscando y las últimas palabras le hicieron cerrar los ojos con fuerza: “Sin solución de continuidad.  Desconexión.  Zaragoza, 17.09.2051”.

Sabía que iba a morir, pero expuesto de esta forma tan brutal sintió daño.  ¿Cuánto tardaría el virus en hacer su efecto?  Rechazó sus preguntas y su temor.  Salió del despacho y examinó el laboratorio.  Le extrañó la sensación de vacío.  Era consciente de su estado, de que actuaba por impulso, de que apenas podía pensar.  Pasó a otra estancia.  En un armario encontró sus ropas.  Se vistió con lentitud.  Le faltaba aliento.

 

—Elisa, tengo miedo.

—Todo pasará.

—¿Qué pasará?

—El tiempo y tu enfermedad.

—Y ¿si no hay solución?

—¿Qué más te da?  Hay que ser fuertes.  Si no te hibernan, en un mes…

—Tengo miedo a la muerte.

—Te enseñaron a Dios, ¿no es cierto?

—¿Tú crees que basta con eso?

—Adán, es la fe.

—Sólo pueden tener fe los ignorantes, la gente simple.  Quien sepa pensar siempre se quedará cuando menos en la duda.

—Nunca me hablaste así.

—Nunca tuve la muerte cerca.  ¿Y si no hay nada después?

—Debes confiar en Dios.

—Es la única solución, ¿no?  Por si acaso existe, para no ser condenado.

—Siempre creíste en Él.

—Y siempre dudé.

—Rezabas y eras feliz haciéndolo.

—La fe que me enseñaron.

—No renuncies a ella

—No tengo más remedio.

 

Salió al pasillo nuevamente.  El silencio del hospital le envolvía.  Caminaba muy despacio.  No percibía ningún ruido.  Revisó algunas habitaciones.  Todos los convalecientes dormían.  El ocupante de la 302 tenía la boca abierta.  Desde fuera, le pareció que no respiraba.  La pantalla de su lado emitía un bip—bip rápido.  La  cabeza le seguía dando vueltas.  Se le nubló la vista y se dejó caer al suelo.  Tardó unos segundos en recuperarse, pero creyó haber estado horas sin sentido.  Todo seguía igual.  Silencio.  Comenzó a preocuparse.  Volvió a caminar apoyado en la pared.  Las habitaciones tenían la puerta cerrada.  Ni una voz, ni un susurro.  Salió a la sala de los ascensores y llamó al más próximo.  Decidió bajar por las escaleras.  Desentumecería las piernas.  Se apoyó en la barandilla e intentó flexionar las rodillas para comprobar la fuerza de sus músculos.  Le respondieron.  Pero casi no podía respirar.  Descendió los peldaños despacio, midiendo cada movimiento.  Elisa, ¿dónde estará?

 

—Es un niño, Adán, un niño.

—No importa niño o niña, es nuestro.

—¿Qué nombre le pondremos?

—Abel.

—Y yo Eva, ¡no te digo!

—Es broma, mujer.

—Y al siguiente Caín, ¿de acuerdo?

 

El reloj de la planta baja daba las siete cero uno.  Ni un murmullo.  Manejaba mejor las piernas.  Volvía a caminar sin apoyarse en la pared.  Le llamó la atención una pantalla encendida y se acercó a ella.  Mostraba una página de noticias.  Tensión mundial.  El presidente italiano pide sensatez.  El mundo, a punto de estallar.  ¿Se atendrán a razones los dos grandes.  A las 18:00 de ayer se reunieron en Ginebra Sun y Patrick.  Ambos han accedido al contacto después de las presiones de Italia y la India en su papel de intermediarios entre las dos grandes potencias para lograr esta cumbre mundial en el momento de mayor tensión de los últimos cien años.  Corlane y Ghandi están encabezando un movimiento para detener el enfrentamiento entre China y Estados Unidos que podría desembocar en una guerra de inalcanzables consecuencias debido a la carrera armamentística de ambos países.  Las conversaciones se preveían muy tensa.  Han durado menos de una hora y ambos líderes han salido de su encuentro con expresiones altamente preocupantes.  Es conocido el carácter inflexible de Patrick y Sun no admite las pretensiones americanas en Asia.  Ninguna ha realizado declaraciones y los dos han acudido directamente al aeropuerto para tomar sus aviones y regresar a Washington y Beijing.

Comenzó a dolerle terriblemente la cabeza y recostó la nuca sobre un estante.  “Estos imbéciles continúan podridos”, pensó.  Dejó que transcurrieran unos minutos y siguió mirando las noticias.  El titular le estremeció.  USA y China dispuestos a utilizar todo su potencial.  Hoy se cumplen treceavos de las agresivas declaraciones de Randolph Taylor.  Desde aquel día, el cuarenta por ciento del presupuesto estadounidense se destina a armamento.  Su sucesor, Patrick, es la continuación del política del miedo.  El mundo teme a los botones.  Cientos de misiles apuntan en direcciones opuestas.  Los chinos han avisado de que no vacilarán en hacer uso de su poder de disuasión.  Tecnológicamente, aún van por detrás de Estados Unidos, pero hace varios años que poseen poder atómico para acabar con el planeta.  Desde su base espacial Mao controlan los movimientos del mundo…

…El plutonio ha sido desbancado.  Las armas químicas han adquirido preponderancia en las investigaciones y se han convertido en una amenaza ostensible.  El proyectil MKR17, diseñado como la bomba H por científicos alemanes en la Universidad de Oregón, es el arma más sofisticada de las creadas hasta hoy.  Nace de la bomba de neutrones, más conocida como la “bomba del capitalismo”.  Su radio de acción sobrepasa los quinientos kilómetros y actúa solamente sobre células vivas.  Destruye sin explosión, se mueve con el nitrógeno del aire y mata en silencio.  Sólo unos segundos…

…El observatorio de Maspalomas ha conseguido investigar las posibilidades de la nave espacial Mao.  Su descubrimiento no puede alarmar más a los españoles.  Si actúa para la interceptación de misiles lanzados desde la costa atlántica de Estados Unidos, existen grandes posibilidades de que su acción se demore hasta que sobrevuelen suelo ibérico.  ¡Si esto ocurriera…!

Salió al exterior.

“Han apretado el botón”.

Frente al hospital yacían dos cuerpos sobre el asfalto.  Se acercó hasta ellos.  Tenían la piel amoratada, las piernas encogidas, las manos tapaban los oídos.  Tocó su frente.  Al contacto con los dedos cálidos, brotó un ligero reguero de sangre.  Cerró los ojos y se desplomó.

“Ha estallado.  Todo ha muerto”.

Vio lacias las hojas de los árboles.  Caían de las ramas con el viento frío y llegaban al suelo posándose con suavidad.

“¡Elisa!  ¡Sergio!

Comenzó a caminar enfebrecido.  Intentó correr.  Tuvo que detenerse, el mundo daba vueltas a su alrededor.  Se recostó sobre una pared y al fondo de la calle vio tres coches cruzados, subidos a las aceras.  Sus conductores estaban recostados sobre el panel de dirección tapándose los oídos con sus manos.

El sol había salido como él lo recordaba.  Dio unos pasos para comprobar su estabilidad y pudo seguir caminando.  A su alrededor, en cualquier dirección, yacían cuerpos en igual postura, caídos de costado, con las rodillas encogidas hacia el pecho y las manos sujetando ambos lados de la cabeza.

Adán solamente se preocupaba de la longitud de la avenida.  Quedaban kilómetros para su destino y se encontraba débil.  Le aterrorizaba el silencio, el silencio del viento del amanecer.  Se atemorizaba de sí mismo, de su final.  Cruzaba los brazos agarrándose con fuerza a los hombres y en sus ojos comenzaban a convivir lágrimas de rabia y de dolor.

“Todo está acabado.  Hemos destruido el mundo.  Los hombres han vencido en su batalla contra el hombre”.

Seguía la línea recta de la avenida.  Los ojos semicerrados miraban hacia la barandilla del Ebro.  El agua continuaba su camino sin la esperanza de dar vida.  Bajo el puente de Piedra se escapaban dos mil años de historia.  Sobre sus arcos yacían más zaragozanos.  Muertos.  Cada pisada aguantaba frágilmente el peso de su cuerpo.  Cada pisada hacía caer al suelo una lágrima de impotencia.

Ni un ápice de vida.  No quería escuchar el susurro del agua.  Atraía a su mente recuerdos de la Historia que estudió en las aulas viejas del colegio de Montemolín.  Los hermanos elogiaban el espíritu del hombre y sus logros en el tiempo.  ¡Qué ironía! 

Ahogaba los kilómetros de la avenida con la vista del río que no había muerto y con sus nostalgias inútiles.  Se resistía a evocar a Sergio, a Elisa.  Tenía miedo a desfallecer.

Su calle estaba vacía, silenciosa, iluminada.  Los muertos la habían respetado.  Se detuvo ante el portal y miró arriba, al tercer piso, el último del edificio.  Había una ventana entreabierta.  Entró al patio y acarició las plantas artificiales.  Evitó la espera del ascensor y subió una a una, lentamente, las escaleras.  Buscó en sus bolsillos las llaves y encontró la cartera.  Se le cayó de las manos.  Quedó abierta en el suelo mostrando una fotografía de tres personas sonrientes.  La pisó.  Entró en casa.  Caminó hasta el dormitorio.  Empujó la puerta suavemente esperando lo imposible.  Elisa abrazaba a Sergio.  Un hilo de sangre seca descendía de su oído derecho.  Apenas podía ver a Sergio.  La madre lo protegía con todo su cuerpo.  Adán se acercó sereno y besó sus mejillas.  Se sentó en el borde la cama y abrió el cajón de la cómoda.  Cogió la pistola, la apoyó en su sien y disparó.

Línea 38

Línea 38

Mientras escalo por los peldaños de entrada tintinea el ding—dong de salida.  Deposito mis monedas, recojo el billete, acaricio el plástico que cubre la barra alta y me detengo.  Por un instante, algunos pares de ojos me escrutaron.  Pero no, no soy nada especial, uno más.  El murmullo de conversaciones intrascendentes me hace reflexionar sobre la impersonalidad de la situación. Se repite cada día.

Los asientos están ocupados.  Al fondo, algunas personas se aferran a las barras verticales.  Esperan su parada.  Se apean.  Vuelve a sonar el ding—dong.  Otros recogen su billete.  Otra vez se alzan los ojos escrutadores, pero igual abandonan su objetivo por rutinario.  Tampoco son nada especial.  Se acerca mi destino.  Ahora la barra vertical es mía. La puerta resopla.  Se abre y bajo.

Dos, tres… varios viajes todos los días.  Y por impersonal es enervante.  Supongo que debe ser así.  Es cruel sentir una masa que asfixia, unos cuerpos que oprimen y no poder por impotencia suplicar que todo cese.  Quizá cincuenta, quizá cien personas que se pisan, que se empujan que sienten el calor de unas a otras y… quizá cincuenta, quizá cien personas solitarias.

¡Si el autobús hablara… quién sabe si no callaría por respetar la cotidiana incomunicación de sus pateadores!

Mas sin palabras también hay vida.  Los labios se tabican, pero vence el movimiento.  Seguro que el autobús no habla, pero sí posee el dossier anecdotario de sucesos que presenció:

 

“Aquel señor llevaba gafas oscuras y bastón blanco.  Se sentaba delante, en el primer asiento.  Prendida en su solapa y acariciándola continuamente con sus dedos, enseñaba una tira de números.  La cabeza, alta; sus manos, nerviosas.  Era ciego.

El autobús se preparaba para cruzar el canal Imperial.

—¡Señor conductor!  ¿Podría pararme después del puente, junto a la parroquia.

El señor conductor se volvió extrañado.  Su mirada, ruda.  Analizó, desafiante, a su interlocutor y se sintió seguro al ver que miraba al frente sin poder observarlo.

—Lo siento, no tenemos parada donde usted dice.  Si acaso el semáforo se pusiera rojo…

El ciego agachó la cabeza, se santiguó, entrelazó sus manos y susurró algo que parecía un padrenuestro.

La puerta delantera lanzó un resoplido.  Ronca, seca, volvió a sonar la voz del conductor con un atisbo de bondad mal disimulada:

—¡Venga!, que lo tenemos rojo. ¡Baje usted!  ¡Rápido!

El suspiro del ciego liberó a los ocupantes de toda la tensión retenida.  Sonrieron.”

  

“¿Adónde va aquella pila de paquetes?  Por el pasillo del autobús, con inverosímil equilibrio, se deslizaba una señora con la compra ciertamente que de todo un mes.

Sin pedir ayuda y sin nadie que se la ofreciera, alcanzó la puerta trasera.  No podía bajar.  El hombre del último asiento volvió la cara.  El que miraba por la ventanilla grande consiguió sentarse.

De la fila de los que subían, se escapó un muchacho.  Cuando fue a coger el primer paquete, la pila se desparramó.  La buena mujer mantuvo su silencio.  Entre los dos recogieron el desastre.  El muchacho perdió el autobús”.

 

“El puñetazo sonó clarividente.  Tendido en el suelo, el agredido miraba extrañado.  El agresor, tranquilo, se apretaba los nudillos, dibujando un leve gesto de dolor.  En la siguiente parada, nuestro primer personaje se apeó asustado, muy asustado.  El muchacho, con uniforme de soldado del Ejército del Aire y una cartera en la mano, se quedó pensativo, con una expresión de seguridad que mostraba sentido de justicia: ‘Se lo merecía’.  Al descender, caminó con paso firme hacia Gran Vía, 4.  Su rostro no presentaba el menor arrepentimiento.

Cuando el autobús describía movimientos bruscos, aquel señor se abalanzaba sobre el soldado.  Las primeras veces, el muchacho se sorprendía y aceptaba el perdón.  Se volvió de espaldas.  A la siguiente ocasión, el hombre aún tomó más impulso y, torneando los hombros hacia atrás, le empujó con mayor decisión y fuerza.  El puñetazo surgió como un disparo.”

Pero sigue impersonal el entorno. Apenas nadie dice nada. 

No importa.  El mundo no se detiene, sigue.

 

El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

Nadie sabe dónde comienza exactamente el barrio.  Y es que formamos un barrio pequeño, aprisionado por dos corredores de cemento y asfalto, Las Fuentes a la izquierda, y San José a la derecha, según se mira río abajo.  La mayoría le da el comienzo en el puente del Huerva, al principio de Miguel Servet, y el final, en el gran silo de la carretera de Castellón.  No dicen nada de su extensión lateral.  Digamos que hay opiniones dispersas, cuya discusión poco aporta a la clarificación de las fronteras.  Los expansionistas nombran propios a terrenos que siempre pertenecieron a los barrios colindantes y alargan el eje desde la Plaza San Miguel hasta el cementerio de La Cartuja.  En fin, por menos se libraron batallas, así que nadie les hace caso.  Los tradicionalistas traen los límites al Matadero Municipal y a las Sopas Cenis, o la Lechería Quílez en la otra acera, dando anchura hasta el camino Cabaldós y el camino Fillas.  ¡Ah, por cierto!, el nombre del barrio es también objeto de discordia: los "snob" prefieren llamarlo Miguel Servet, por aquello de la fama universal y de la categoría de la calle; los de Tranvías, y por extensión casi todos los habitantes de Zaragoza, lo conocían como el Bajo Aragón, pues empalma con la carretera que llevaba a las tierras de los tambores: Alcañiz, Calanda, Híjar...; los antiguos, los fundadores, se quedan con Montemolín, y no sé de dónde viene el nombre, nadie me lo dijo nunca.

 

Realmente, pues, es como si el barrio no existiera... sus límites se diluyen, su nombre se divide y allá, visto por el aire, la calle grande del barrio, la de Miguel Servet, únicamente serviría para deslindar Las Fuentes de San José.  Y como no quiero que Satán se apodere de estas hojas, veo necesario fijar cuanto antes una delimitación.  Debo decir antes que a mi guía protector no le gusta fijar fronteras, pero tratándose de los diablillos permite una excepción que vulnere la dimensión universal de los espíritus.

 

Puesto que mi infancia es lo que cuenta, será mi opinión (perdonen) la que sirva como voto de calidad.  Según mis andanzas, según mis terrenos naturales, el límite Oeste se fija en el cine Roxy, lugar de aventuras, triunfos, derrotas, lágrimas y sonrisas.  Al Este, cierro con el Palacio de Larrinaga y con los Marianistas, incluyendo las casas de la CEFA, donde al tiempo me enteré que se fabricaban juguetes anunciados en televisión (me hinché de importancia).  Al Norte, los patios traseros de Giesa, CIMA y el antiguo Reformatorio, cortan los dominios.  Hago a "la filla" terreno neutral.  Y al Sur, me muevo poco, porque sólo se incrustan en los números pares de Miguel Servet el hueco de la plaza Utrillas y las acequias de la Granja.  ¡Atención!, hago islas en dominios ajenos: sean La Salle más al Oeste, y la manzana que englobaría las Sopas Cenis con las lecherías Quílez y con la Piscina Montemolín.  Es decir, un barrio que nace sin solución de continuidad y que termina en los albores de la ciudad por Levante, un barrio chiquito, olvidado en los mapas, fantasma para los diablillos de los barrios vecinos, próspero para el alcalde pedáneo y único para el ángel extraviado.

 

No pretendo haber acertado, ni siquiera haber complacido a unos o a otros, y mucho menos ser juez de la controversia.  Además, si hubiera hecho caso extremo a las ternuras de mi recuerdo, habría limitado el barrio a las cuatro esquinas de las cuatro calles: Miguel Servet, Belchite, Higuera y del Sol, por donde discurría mi único paseo en libertad allá cuando acababa de conseguir mi supuesto uso de razón.

 

Quizá sea más romántico limitar el barrio a los carteles... presagio de humos, sabores, tertulias..., estandartes inmóviles de actividad o complacencia.

 

Allá donde dice: Bar Nerín, que sirve el desayuno a los matarifes que trabajan en el Matadero Municipal, sito justo a su frente, Bar Nerín que alimenta para dar vida a los que dan muerte para alimentar, o allá: Bar Otelo, reino del café, copa, puro y guiñote, punto neurálgico, confluencia de palabras, o frente a la plaza Utrillas: Bar Didí, que agarra chaflán en la casa nueva de los Diego, o: Bar Utrillas, escape de la Policía Municipal en la madrugada...  En estos lugares se juntan los personajes encantados para robarle tiempo al tiempo y colocar su producto en el mercado del Camino al Más Allá.  Son los carteles del descanso, o de la charla para arreglar el país, o de la disputa por aquel "renuncio", o del desahogo del vino, o de la evocación de un pasado mejor...  No sería nada el barrio sin los bares.

 

Más carteles...  La CEFA, en Levante, jardín de ilusiones con sabor a plástico, botín de los Reyes Magos, prefirió esconderse cerca de la filla, en la esquina que casi no es barrio para que los chavales nunca la descubrieran; quizá, con mala fe, para no ser robada; quizá, con buena fe, para no derrumbar la fantasía de Melchor.  En una manzana inmensa, con fachada de ladrillo, torreón cuadrado y portón con arco de medio punto, la GIESA, única fábrica en cadena del barrio, le da nombre internacional, los trenes desembocan en su entraña y, ¡envidia!, los Reyes de Oriente dejan regalos adicionales a los hijos de sus empleados.  De la CIMA sólo recuerdo que traía árabes y cubanos, con sueños de las mil y una noches y aires de igualdad comunista.

 

La energía de Montemolín se nutre de un calor surgido bajo unas letras rojas, encuadradas por un diseño en doble arco, anchas por los extremos, cerrándose hacia el centro, como queriendo exprimirse para lanzar el ataque hacia la conquista de la ciudad... las letras de PEIPASA.  De sus hornos, sale pan caliente de lunes a sábados, y el asado de mamá los domingos.  Gabriel Pellicer, hijo del dueño, pasea a caballo por debajo del cartel.  Y, sin saberlo entonces, como ahora he descubierto, el fuego continuo hizo crecer demasiado a una niña especial que vivió sobre las letras rojas y a la que tardaron en conocer los niños aventureros del barrio.

 

Me impresionaba la Casa de los Martínez, ultramarinos de postín, de techos altos, casi alcanzados por estanterías lúgubres de madera, suelo crujiente, luz escondida, sardinas rancias en la puerta y sacos de legumbres pegaditos al mostrador.  La simpatía de los dueños, siempre con caramelos para los chicos, no rompía la sensación de terror, y pocas veces entré solo con el recado de mamá.  En los Ultramarinos Cenis me encontraba mejor, y eso que no me daban caramelos.  Hace muy poco que he descubierto el porqué, razón de infante.  En los Martínez, la entrada se abre de costado, es decir, el mostrador y los productos aparecen de lado, y el local se pierde poco a poco en la oscuridad; todo parece mirarte de soslayo, con aire de superioridad.  En cambio, en los Cenis, encuentras de frente a una señora dulce, de frente, repito, con sonrisa eterna, tras un mostrador simétrico a tu posición, los sacos abiertos hacia ti, ofreciéndote lentejas, garbanzos y alubias...  Casi igual que con los Martínez, me ocurría en la Cooperativa de la Estación, pero había más luz y un dependiente calvo completo, con camisa blanca, que daba sensación de amparo.

 

La verdulería de la Alicia, con la señora Felipa al fondo, fue la cuna de "el moreno Julián".  Y junto a ella, la pescadería de doña Pilar, con Ignacito de lumbrera, y la droguería de Pepe Palacios, local ínfimo con más de cien mil artículos colgando del techo como telarañas...  La Pilarín del kiosco nos ilustraba con los tebeos de Bruguera y nos malalimentaba con caramelajos que sabían a gloria después de ganar la propina.  Y el señor Ullate, con su cara de judío simpático nos vendía en su carpintería los paneles para el colegio (la importancia que me di cuando me enteré de que su hijo era un bailarín de talla internacional).

 

En la esquina de Miguel Servet y Belchite, antes de llegar a la frutería de la señora Dora, lugar para rapiña de cerezas, se yergue, humilde, la Bombilla, tienda de casi todo para comer, más que ultramarinos, de los Garay, serios comerciantes, que no tienen ni idea de lo que guardan en su establecimiento.  No lo voy a descubrir ahora...  Es un local cuadrado, enmaderado de techo a suelo, con belleza sobria en su mostrador.  Siempre la observé mejor desde fuera; su perspectiva desde la puerta, sobre los escalones descendentes del acceso, daba sensación de pintura renacentista, y algo me empujaba a entrar...

 

Por la calle Fillas, los "señores Domingos", que se alargan por una manzana entera, trabajan en algo que nunca supe muy bien.  Quizá me llaman la atención por la eterna bondad que regala uno de sus dueños, el señor Cesáreo, y su mujer, doña Antonia, y su hermana, doña Pilar.  Además, desde casa de mi abuela veía los tejados del garaje.

 

Me ensimismaba con los carteles, vistos desde tan abajo, dispuestos para informar de la sorpresa, artísticos unos, cochambrosos otros.  Y me preguntaba cómo los pintarían, sobre todo los del cine Roxy para anunciar las películas.  Alguna noche soñé que cobraban vida y todos a coro iban hablando como charlatanes incansables de lo que sus letras querían enseñar.  Nada sería el barrio sin ellos, país sin identidad.  Me molesta que en lugar de rehabilitarlos los cambien, prefiero que se mantengan siempre igual, y cuando alguno desaparece, paso tiempo sin mirar al sustituto, por mucho que sea luminoso o más llamativo.  Suerte que la Peipasa nunca cambia, y sus letras de fuego y pan tierno se mantienen impertérritas en su fachada, junto al número 128 de Miguel Servet.

 

Quizá el barrio no se acaba, quizá no comience, quizá sus límites sólo sean quimeras y, como la Ley Universal dice, las fronteras son signo de debilidad, pero yo solamente podré eliminarlas cuando alguien convincente, maestro de la verdad, consiga hacerme entender que no pertenezco a tal o cual ambiente, a tal o cual país, sino que soy, sin raza ni color, un ciudadano del mundo, o más todavía, un habitante de las galaxias...

Guía para volar, de "Fábulas de Montemolín"

Guía para volar, de "Fábulas de Montemolín"

GUÍA PARA VOLAR, por el ángel extraviado

 

Cuando empecé a dictar este libro, sólo tenía claro que deseaba contar historias sobre Montemolín, por lo tanto era fundamental presentar la localización del barrio con sus peculiaridades y sus personajes.  Pero después me vino la idea de hablar de los juegos de mi reciente infancia... y luego pensé que tendría que explicar cosas de mi mundo actual, aderezándolas con unas gotitas de amor, para terminar explicando qué podría hacerse para ser cada día un poco mejor.

Todas estas sugerencias me vinieron de golpe, como fogonazos que me iban sacudiendo sin cesar, con desorden y con ansiedad por captar mi atención.  Esto provocó un apasionamiento que me empujó a dictar apresuradamente a mi espíritu simpático -¡pobrecita chica!-.  Cuando el impulso desapareció, decidí que había que aclarar las cosas... y me dispuse a ordenar los relatos.  ¡Dios mío, qué lío!

Después de mucho cavilar, establecí los temas principales que ilustraban cada uno de los fogonazos antedichos:

 

***

 

1.- Características propias de Montemolín

 

Un barrio es un grupo de personas que se diferencia de los demás grupos por su localización geográfica dentro de una ciudad.  Pero ese propio carácter de grupo le proporciona unas peculiaridades que van aumentando la diferenciación y que, a la larga, son las que los niños echamos en falta cuando nos mudan de barrio.

Montemolín es entrañable, con virtudes y defectos muy propias y propios del género humano, pero con unas sorpresas tan atrayentes que lo hacen especial.

Esas características no van a ser indicadas en ninguna guía turística, ni mucho menos en una reseña histórica, así que la lectura de estas páginas hará que nos involucremos en un secreto maravilloso.

 

 

2.- Los Personajes

 

Sin lugar a dudas, el mundo es así por obra y gracia de los personajes que por él han transitado.  Particularizando, un barrio se hace tal gracias a los seres que han influido en su devenir.  Ahora bien, resulta muy difícil determinar si un personaje en cuestión se destaca por motivos individuales o porque vive o ha vivido en tal o cual entorno.  Supongo que todo es relativo, y que entorno y personaje se interrelacionan sin poder descubrir los límites.

Los relatos aquí incluidos harán conocer mejor la idiosincrasia de Montemolín, pero siempre nos quedará la duda si Montemolín es así gracias a ellos, o ellos son de esa manera gracias a Montemolín.

 

 

3.- Los Pensadores

 

Son una variante de "Los Personajes" y cabe para ellos también la misma explicación.  Si los coloco en lugar separado, es por darles preeminencia, puesto que el mero hecho de trabajar con el pensamiento provoca el movimiento de energías muy especiales y altamente contagiosas para, a la larga, siempre conseguir un fruto muy sabroso.

 

 

4.- Cosas de niños

 

Los niños guardan en esencia la pureza y el recuerdo de las enseñanzas de la Creación; por eso, estudiar sus comportamientos detenidamente muestra las incongruencias que el espíritu debe soportar hasta que se adapta a su condición terrena.

 

 

5.- Amor de a dos

 

Las relaciones sentimentales son una pieza muy importante en el motor de nuestro planeta.  Pueden ser capaces de dar la vuelta a una historia íntima o a toda la Historia Universal.  Como somos hombres y mujeres, cuyos ambos nos necesitamos para sobrevivir según nuestra naturaleza humana, los distintos tipos de relación que se generan influirán precisamente en esa supervivencia.

Creo que exponer algunos ejemplos de esas relaciones puede ayudar a entender cómo sobrevive la naturaleza humana y cómo puede llegar a sobrevivir una pasión sentimental.

 

 

6- Los Lugares Encantados

 

Las fuerzas "ocultas" se localizan también geográficamente.  Algunos llaman a estos lugares puntos telúricos.  En Montemolín yo prefiero llamarles lugares encantados, porque así me recuerdan mejor a las hadas, duendes y gnomos.

Cada punto telúrico, cada lugar encantado tiene su razón para existir, y es verdaderamente complicado encontrarla... pero nada es imposible.

 

 

7.- Cosas del Más Allá

 

La Ciencia es quien impone la frontera entre el Más Allá y el más acá.  Como no soy científico, no sé qué parte de estos escritos contiene ideas del Más Allá o del más acá.  La clasificación incluye a las historias en las que aparece algún ápice de lo que yo entiendo como información necesaria para comprender este mundo invisible donde me encuentro, el cual, naturalmente, es rechazado tanto por la Ciencia como por las religiones mayoritarias.

 

 

8.- Camino a las estrellas

 

¿Seremos humanos otra vez?

Por aquí arriba, coexisten muchos mundos, siempre unos encima de otros, donde sólo se puede ver hacia los lados y hacia abajo; pero el superior siempre responde a la llamada del inferior.

He llamado "estrellas" al último escalón, al más alto.

El camino a las "estrellas" se compone de escalones... y podrán leerse relatos que contienen hechos o actitudes que hacen subir algún peldaño.

 

Preámbulo de "Fábulas de Montemolín"

Preámbulo de "Fábulas de Montemolín"

Me dicen que he vivido en muchas épocas y en muchos lugares, que he sido muchos hombres y muchas mujeres, y tantas veces niño, adulto, anciano...  Pero, allá, en la memoria mortal, quedan muy pocos recuerdos y casi siempre hay que añadir fantasía y ternura para que esas imágenes se hagan comprensibles sin enfadar a la razón.

 

Y lo que los Hombres Razonables no consiguieron eliminar de mi imaginación, salpicado con algunas gotas de mis fantasmas, ha ido preparando lo único que puedo recordar de esta vida: una infancia sonámbula en el barrio de Montemolín.

 

Viví durante doce años dentro de un único paisaje.  Decía un profesor: barriada de Montemolín, ciudad de Zaragoza, provincia de ídem, región de Aragón, país: España, continente europeo, planeta Tierra, sistema solar, Vía Láctea, Universo de Dios.  Y desde Montemolín hasta Dios yo sólo entendía que la plaza Utrillas ya me servía para perderme, así que cómo podía pensar siquiera en la Vía Láctea, sonido a las lecherías Quílez de la carretera de Castellón.  En fin, lo aprendimos de memoria, y también el abecedario, y la tabla de sumar, y los afluentes del Ebro, sin saber qué era una letra, qué un sumando, y qué un río principal.  El profesor era un seguidor de los Hombres Razonables.

 

En las Hermanitas de Santa Ana, calle Numancia, no libré ciertamente la batalla de Viriato, porque caí bien a las monjitas por chiquito modoso y aplicado.  Supongo que aprendía algo más, pero sólo recuerdo a Mariasun, mi primera novia –ahora bastante fea, por cierto –, y la paliza que me pegué con el Galisteo porque pretendía adherirse a los favores de la chica.  De verdad, de verdad, que ni puñetero caso nos hacía a los dos.  Y lo que se rió ella cuando a él le llenaron la cara de rojo mercromina y a mí me aligeraron el chichón del cogote con una "perra gorda" mojada en vinagre.  Como al día siguiente fui el mejor en lectura, me libré del castigo.  El Galisteo se pasó un buen rato de rodillas.

 

En aquel tiempo, yo aún conocía lo bueno de la vida.  Disfrutaba de esa especie de aturdimiento terreno que te eleva hacia la sensación de dicha celestial.  Apenas sabía leer (lo único a faltar) y me sobraban dedos para las sumas obligadas, no conocía el sistema político, ni ansiaba libertad, ni el paro era mi ocupación, el producto nacional bruto me sonaba a campeón de boxeo, la balanza de pagos era como el peso de la carnicería de mi padre y un billete de mil podía ser cualquier estampita del álbum de Naturaleza.

 

¡Qué mayor preocupación que conseguir una bicicleta!  Prestigio, autonomía, independencia, amistad...  Los Reyes Magos fueron equitativos: trajeron una de barra baja para compartirla con mi hermana.  No me inmuté.  Evitaba las riñas entre sexos y sabía que ella no era amiga de estas cosas de chicos.  La estrené contra el suelo el mismo día de aquel seis de enero, cuando sus ruedas quisieron imitar al tranvía y se introdujeron en un carril para que mi inexperiencia no supiera encontrar el rumbo libre.  Me dejé la piel de codo y rodilla en los adoquines de la calle Sanjoaquín, paralela a la fábrica de Giesa.  Desde entonces, nunca, nunca, volvió a estar entera la bicicleta.  No era yo aficionado a la mecánica, ni aun enseñado por el cuidado de mi padre en estos menesteres, porque él tuvo bicicleta y moto compradas con sudores propios y aprendió a cuidarlas por necesidad.

 

En fin, la gran locura comenzó cuando, ya experto en manillares, me lanzaba por la acera desde la calle Belchite hasta la calle Higuera, con cara de satisfacción tal que las señoras a quienes atropellaba me insultaban en un tono bastante cariñoso.  Dados estos pequeños incidentes, decidieron que ya era hora de que campara por terrenos más vastos, es decir, por la gran plaza Utrillas, antesala de la antigua estación de un ferrocarril carbonero.  Y allí me encontré con la primera gran desilusión: mi amigo, "el moreno", consiguió una bicicleta más grande y más versátil (era plegable), aunque también de barra baja.  Pero después de la primera y única "envidieta", sólo me importaba que para ganarle en las carreras tenía que pedalear 1,15 veces más que él (así aprendí la proporcionalidad), es decir, la relación que, a igual piñón trasero, existía entre el número de dientes de su plato y el mío.  La cantidad de sudor que expulsé...  Así me crié de delgadito.

 

Durante tres años no pude mirar más allá de la plaza.  Pero, ay cuando nuestro valor se alargó primero hacia las calles del barrio, después hacia los campos aledaños y, por último, ¡qué aventura!, hasta La Cartuja, a orillas del Ebro, pasando por Pinarcanal o por la Torre de la Olivera.  Aunque entonces ya entendía de libertad, lo sentía de forma ingenua, sin rebeliones, con el verdadero goce de unas horas fuera del poder.  Fumamos los primeros "Celtas" escondidos entre los maizales de aquellos caminos, y el primer puro, bajo el puente del ferrocarril.

 

Las cuadrillas iban desde dos –Julián, "el moreno", y yo– hasta siete muchachos aventureros.  A última hora, incluso llevaba a mi hermano, cuatro años menor, sentado sobre el manillar, recostado sobre mi hombro.  Y lo que verdaderamente me impactó fue aquella excursión de rumbo incierto que nos llevó hasta la orilla del río, a una arboleda fangosa, sólo habitada por pájaros y mosquitos.  Con ellos, nos voló la imaginación.  Inmediatamente, trazamos el plano: en aquel árbol, el de horquilla "inversa piramidal de tres ejes", se alzaría nuestra caseta inexpugnable.

 

Cumplía mi verano número doce.  Al día siguiente, después de recopilar propinas y material, volvimos al paraje, no sin antes perdernos tres veces, para montar nuestro cubil.  Hasta salida de emergencia acondicionamos, por si acaso algún enemigo sitiaba el castillo.  Pero qué poco duró el encantamiento: una semana.  Las tormentas de verano, o la apertura de alguna presa, o un espíritu burlón, provocaron una crecida que dejó el palacio como palafito.  Algunos lloramos...

 

Volví a casa rabiando por el primer desencanto de esta vida terrena, y me encerré en mi cuarto sin permitir que mi hermano hiciera uso de su derecho a habitación.  Sólo recuerdo que mi almohada se convirtió en paño de lágrimas y saco de arena, en instrumento de consuelo y desahogo, sintiendo que estaba prisionero en un cuerpo de mierda y en un mundo cruel.  Quería elevarme y atravesar el techo, quería volar y romper las nubes, quería escaparme y alcanzar las estrellas.  Deseaba morir sin morir, vivir sin vivir, engañar a la nada, surcar el espacio en un soplo y perderme más allá de las estrellas para buscar un arranque de paz.

 

¡Dios mío, si lo logré...!  Fue como el sueño de Alicia, la ascensión de María o el despertar de Morfeo.  Todo estaba oscuro, oscuro brillante por la luz de un sol espectacular que ni calentaba ni alumbraba.  Veía mi cuerpo y no lo sentía, y mis sentidos estaban lúcidos en un silencio abrumador.  Podía desplazarme sólo con pensarlo, podía volar, mis pies no tocaban suelo, era fluido...  Pareció que una luz me llamaba, destelló y tuve miedo a un dominio desconocido, pero la atracción resultó invencible y decidí obedecer.

 

–Soy tu ángel.

 

La luz se había convertido en un ser blanco, canoso, que creí conocer sin haberlo visto jamás.  Siguió hablando:

 

–Estás errante, hijo mío.  Has dejado escapar a tu alma sin soportar los dolores de la existencia.  No nos has querido escuchar y has abandonado tu misión a destiempo.  Antes de regresar, tendrás que trabajar para que tu progreso no se detenga.  Serás errante y purgarás tu debilidad volviendo a tu infancia en espíritu.  Con nadie hablarás y nadie te hablará, verás y oirás...  Sólo yo, según tu intención, podré comunicarme contigo.

 

Y desapareció.

 

No pretendo contar desdichas, así que me ahorraré las peripecias de mi desconcierto.  Mi buen guía fue severo, aunque supongo que la orden no surgió de él, sino de la ley misma de la existencia.  Aclararé a continuación lo que hoy entiendo de todo el episodio –entonces yo no estaba muy esclarecido que digamos–.  Me porté mal de acuerdo con la Ley Universal, no superé la prueba del desencanto infantil y rompí el hilo de plata, es decir, cometí algo parecido a un pecado y debía cumplir la penitencia con arrepentimiento sincero para redimir la falta.  Todavía no entiendo esa ley, pero la intuición me dice que si la cumplo convencido, todo se arreglará de nuevo y volveré ahí abajo.  Podré parecer iluso o alucinado...  ¿Lo soy?  Creo que no, pues me siento feliz.

 

En estado errante, vagando en mi barrio, colándome a través de paredes, puertas, techos y suelos, empecé a concebir una idea especial.  Antes debo aclarar que en el estado dicho no me parecía ser un chiquillo de doce años, sino un ser intemporal, con conocimientos sospechados e inteligencia en embrión.  Dicho esto, explicaré aquella idea tan especial.  Entendí que para redimirme no tenía necesariamente que sufrir, puesto que a nadie había causado daño, sino trabajar con ánimo, que era lo que perdí con mi desencanto... Pero, ¿cómo, si era intangible e invisible?  Ya había aprendido a bromear haciendo ruido por las noches en casa de los cascarrabias, a cambiarle de sitio el tirachinas al Galisteo y a sujetar las puertas a las señoras cargadas de bolsas...  Pretendí escribir un libro.  Y ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?, pensarán.  Pues bien, quería decir que estaba en condiciones de entrar en contacto con lo material, y por intuición pensé que podría mover la mano de alguien para que contara mis historias.  Recordé a mi ángel y decidí preguntarle.  No sabía cómo llamarle, pero llegó.

 

–Si así lo deseas, puedes hacerlo.  Serás responsable de lo que dictes y sólo si su contenido despliega enseñanza podrá servirte de expiación.  Busca un espíritu simpático para ti y nosotros lo prepararemos.

 

Así, busqué y hallé alguien simpático –yo entendí alegre y dicharachero, aunque ahora sé que no quería decir esto–, y cuando vi que podía dictarle frases, comencé a pensar en el contenido de la obra...  De esta manera nacieron las "Fábulas de Montemolín, por un ángel extraviado".