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Molintonia

Fusiles al alba

Fuimos grandes amigos, como solamente se puede ser en la infancia.  Todas las ilusiones caían en nuestras manos y fabricábamos un futuro de progreso y de justicia cabalgando sobre las bicicletas, jugando a los “montones” o preparando un partido de fútbol contra el barrio vecino casi enemigo.  No son tanto tiempo veinte años, y hace diez estábamos eligiendo en la ingenuidad de los dieciocho.  Carlos ya luchaba contra el sistema y justificaba la batalla con la bandera de la igualdad.  Entonces, me hacían gracia sus ideas, o si no sus ideas, que las más de las veces no entendía, sí la vehemencia de su defensa y el dogmatismo de su discurso.  Me las contaba encendido, exaltado por la imprudencia de la juventud...  Y no dejó de ser joven.

El patio de la prisión, silencioso, gris, desprendía una sensación fúnebre.  Los guardianes vigilaban por las galerías, unos desfilando con pie firme; otros, relajados, confiando en la solidez de los barrotes.  El cielo se vestía de un color perla que jugaba con la luz y la oscuridad para hacer inútiles los inmensos faroles del tejado.  La brisa del amanecer traía olor a muerte.

Carlos tenía fama de travieso, díscolo o gamberro, según quien juzgara sus actos; sus actos, que también eran los míos, porque los dos nos juramos, después de alguna película de indios, eterna amistad, hermanos de sangre.  Pero siempre tuvo marcado el estigma de la revolución.  No le bastaba con hacer travesuras, debía comunicarlas y defenderlas, sentirse guerrero en una guerra, ahora dudo si contra los demás o contra sí mismo, y cuando todo el mundo las conocía, cuando todo el barrio le nombraba en los corros del atardecer, jugaba a ser héroe, líder de unas masas fantásticas que arrastraba a la rebelión contra el sistema.  A veces le preguntaba:

_¿Qué sistema?

Y Carlos me agredía con la mirada autosuficiente de los iluminados:

_Ingenuo. ¿Qué sistema?, me preguntas.  Tu sistema, tu acomodo con lo fácil, con el dinero, con el sillón burgués.  Todo, todo está podrido.

_¡Eh, eh! _le frenaba_, que estoy contigo, ¿sabes?  No intentes acalorarme con tus mítines, ¿de acuerdo?

Y Carlos, enfadado, se alejaba de mí hasta el día siguiente, quizá porque yo era su amigo de la niñez...

Odiaba a don Francisco y un día, en su clase, el maestro quiso aplastar a los comunistas con una larga perorata tan encendida como cualquier arenga de Carlos.

_Este hombre es del sistema _me chistó al oído_.  Lo pagará, no imagina lo que le puede ocurrir.  Nos está engañando.

Don Francisco, tras las clases de la tarde, cayó por la escalera y pasó cuarenta días y cuarenta noches con la pierna derecha escayolada.  A pesar de que todo el colegio conoció por los pasillos al ejecutor de la venganza, nadie nunca tuvo valor para denunciar a Carlos.  Las canicas en el rellano compusieron su primera “acción popular” para el “encuentro con la justicia”.

Cumplidos catorce años separamos nuestros destinos por primera vez.  Los dos superamos la reválida, los dos con sobresaliente, y nuestras familias nos empujaban al Bachiller Superior.  Pero Carlos ya había escudriñado en nuestra caseta del río las páginas de “El Capital”, robado de la biblioteca secreta de un cura socialista, y decidió llevar la contraria a todo el mundo.  Quiso integrarse en el proletariado, y se hizo con un puesto en la fundición de la competencia de su padre.  Su padre, don Carlos, era el “asqueroso burgués”, enriquecido al amparo de los nacionales, con el estraperlo en la guerra y con los sobornos después, adicto al Régimen y miembro activo de la Falange.  Durante la infancia, Carlos le acompañaba a las reuniones y observaba, que no escuchaba, el estilo de su progenitor para ensalzar sus ideas y lograr el convencimiento y el aplauso fácil de la audiencia.  Una vez que decidió no acudir más, apenas tuvo relación con su padre sino para disputar agriamente sobre política y romperse la cara de mes en mes.  No comprendo cómo no le echó de casa.  ¡Un comunista hijo de un falangista!  Yo creo que don Carlos le aguantó porque, al trabajar para la competencia y enardecer a sus camaradas obreros, minó la productividad de la fundición y la empresa de don Carlos se situó a la cabeza del sector en solitario.  Y mientras yo me debatía entre el latín y las matemáticas, mi amigo sembraba el germen de la revolución.

En multitud de ocasiones, me hablaba de sus acciones, cómo arengaba a  los trabajadores, cómo preparaba atentados _ingenuos_ contra la fábrica y cómo embaucaba a su padre para que le protegiera de la policía política.  Había algo extraño que tardé en comprender: nunca intentó convencerme o arrastrarme hacia sus ideas, parecía que me guardaba en una urna sellada y que sólo hablaba conmigo para desahogarse, jamás para encumbrarse o enorgullecerse.

Años después, soy incapaz de sentir lástima por él; ni el silencio del patio, ni los rifles de los guardianes, ni las lágrimas de su madre, me causaban el estremecimiento lógico ante el desenlace. 

Mis notas brillantes en el Preuniversitario le obligaron a sufrir una leve vacilación.  Recuerdo en sus ojos una brizna de nostalgia cuando le comuniqué mi decisión de estudiar Derecho.

_Tú serás grande, Manuel _me vaticinó.

Dio la vuelta sin despedirse, y me dejó... hasta el día siguiente.

_Yo también voy a la capital...

Me alegró oírle así, pero...

_Ingresaré en otra universidad.  Allí, más cerca del poder, lo combatiré con mayor eficacia.  Me aguardan otros compañeros.  Está todo preparado.  Caerán.

_¿Sabes a lo que te arriesgas? _me atreví a prevenirle.

_Sé dónde voy a parar...  Manuel, es fácil que no volvamos a vernos.  No te conviene mi amistad.  Mientras dure mi padre, me salva mi apellido, pero tú serías blanco de una venganza contra mí.  Cultiva tu carrera y algún día tendrás noticias mías.

Supe que se escapaba para casi siempre.  Y sin despedidas, sin abrazos, sin más palabras que su sonrisa, me dio la espalda y se escabulló.

Tardé en saber de él.  Ocurrió como en aquella ocasión, en nuestra pequeña ciudad, cuando pululando por los caminos de los alrededores vimos un tumulto en una vieja casa abandonada y nos acercamos a paso quedo hasta descubrir una confabulación secreta de la oposición a la dictadura.  Si allí Carlos sembró su ánimo para la acción encubierta, en esta otra ocasión, descubrí el verdadero fervor de mi amigo por aquella causa.  Tres imberbes de tercero de Derecho, con americana de gales y cuello almidonado, sufríamos unas copas de más, y la desorientación nos llevó hacia las casas semiderruidas del casco viejo.  Oímos murmullos bajo el edificio más alejado de una calle sin salida.  El sótano respiraba por un tragaluz con rejillas enfangadas.  Mirándonos en silencio, decidimos buscar un resquicio por donde fisgonear.  De pronto, el murmullo se apagó, crujieron unas maderas y una voz surgió penetrante:

_¡Camaradas!, gracias por vuestra asistencia en este momento tan decisivo.  Os honra la valentía y no puedo menos que sentirme halagado por presidir este importante elenco de luchadores...

Hablaba Carlos, lo escuchaba después de tres años y sentí como si todo ese tiempo se agrupara en un segundo para recordar solamente su despedida.  No podíamos ver a nadie, pero en nuestra incipiente inquietud política, abríamos los oídos a lo que pensábamos sería una página de la historia.  Aguantamos helados de frío hasta cinco minutos antes del cierre del colegio mayor, y, en esa larga hora, Carlos se enfebreció, haciendo apología de la libertad y del comunismo, incitando a la lucha armada y a la rebelión con una pasión enardecida.  A cada frase, sus oyentes le jaleaban y poco a poco comenzaban a compartir el ardor de la arenga.  Lanzaba frases demagógicas, mencionaba acciones internacionales, refería artículos del periodismo extranjero... A la semana siguiente, la prensa nacional hacía una escueta reseña a la detención de cinco revolucionarios, acusados de promover movilizaciones en una fábrica de las afueras de la ciudad.  Carlos no aparecía entre ellos.

Mientras el sol se tornaba rojizo sobre el ala Este de la prisión, recordaba el rostro de mis dos compañeros de escucha, asustados y emocionados, deseosos de narrar su aventura, pero reprimidos por la imagen del Caudillo, que presidía cada uno de nuestros rincones habituales.  Se abrió el portón principal, y los guardianes dieron paso a un coche negro y a su escolta militar.  El director de la prisión se cuadró, mano derecha en alto, para saludar a un general plagado de medallas.

A partir del mitin del casco viejo, busqué contactos para recibir información sobre Carlos.  Supe que se había integrado en una organización terrorista y que le asignaban tareas de responsabilidad.  Quise entender las razones, pero, a pesar de comprender sus motivos, a pesar de compartir el rechazo por sus enemigos, sólo podía juzgarle como un fanático, como un exaltado en una imprudencia desmesurada.  Pero si mi Carlos no había cambiado, tenía la seguridad de que nadie guiaba sus pasos, de que era consciente de su camino.  Carlos había planeado su autodestrucción.

Los ciudadanos vivían felices con el seiscientos y la Seguridad Social; el aparato político se encargaba de ocultar las preocupaciones del Gobierno por los movimientos revolucionarios, pero Carlos, siempre Carlos, me obligaba a mantenerme informado sobre las revueltas.  Y yo, sin valor para enfrentarme a mi sentido de rebelión, sorbía diariamente la lucha escondida para acabar con el Régimen.  La Universidad se convirtió en un hervidero de noticias, comenzó a palparse actividad.  Carlos iba de boca en boca como el líder de un próximo pronunciamiento.  Los más exaltados lo tomaban como estandarte.  Sentí preocupación por él y por su verdad...  pero el Régimen lo controlaba todo.

La licenciatura me apartó de aquella efervescencia.  Comencé a trabajar en el bufete de un abogado criminalista y procuré olvidar a Carlos.  Supe que huyó a Europa y, sabiéndolo a salvo, conseguí mi deseo.

Desde la galería, la tranquilidad de aquellos años volvía a estar lejana.  Observaba la arena del patio para evitar la visión de la pared de adobe, pero aun con la certeza que todo estuvo escrito desde el principio, sentía una congoja horrible.  Me confortaba que Carlos no pudiera verme, aunque supiera que estaba ahí, hasta el último paso, hasta el último suspiro.

Regresó a España, ¡maldita la hora!, y en su vuelta únicamente trajo una fiebre: luchar y luchar, enardecer a las masas, encontrar fanáticos como él para que le arrastraran a su final.  Lo encontró un 26 de septiembre, cuando su padre llevaba tres días bajo una losa.  Fue acusado de cien delitos, quizá noventa y nueve falsos.  Y aquella vez tampoco le podía fallar.

_Hola, Carlos.

_Hola, Manuel.  ¿Por qué tú?

_¿Crees en alguien mejor?

_Ya lo creo _me contestó, enfadado_. ¡Cualquiera!  No debes mezclarte en esto.  Es cosa mía y yo lo solucionaré.  Puedes salir de aquí, y muchas gracias.

_No, no salgo, y tú tampoco.  He venido a preparar tu defensa con todas las consecuencias.

Carlos eludía mirarme al rostro.  Había perdido vigor, le vencía la palidez y de su eterna adolescencia solamente conservaba el brillo de unas pupilas limpias.  Me pareció derrotado, por eso no podía irme.

_Siempre has hecho tu voluntad, y sea buena o mala, tu suerte ha conseguido que nadie te obstaculizara _se rindió.

_Quizá actúe en el momento oportuno.

_Y, ¿ahora lo es?

No quise contestarle.

_Carlos, tienes todo perdido, mañana estarás acabado _le anticipé_.  Y no vengo como víctima, sólo como amigo para soportar junto a ti la derrota.

No había cambiado.  Inició una sonrisa pausada y culminó con grandes carcajadas el desprecio a mi vaticinio.

_Eres un perdedor, maldito Manuel.  ¿Quién te ve? ¿Crees que unos cuantos sentados junto a la poltrona pueden acabar con millones de voces?  No podrán conmigo, aún no es el momento, todo está listo para derrumbarlos y yo tengo la dinamita necesaria.  No me rindo, ¿sabes?... Y tú...

_Basta, Carlos... _interrumpí sus bravuconadas porque me causó miedo; se encendía a cada frase y su mirada huidiza se tornó en agresión; vibraba, intentaba comunicar, mostrarse como un profeta iluminado con el don de la verdad, con licencia para utilizar cualquier medio a fin de concluir su misión_...  Eres más inteligente que yo, me conoces bien y, por lo tanto, sabes a quién estás hablando.  Nunca te dejaste engañar, así que creo tus palabras como nacidas de ti y no impuestas.  Hace años te veía como un joven arriesgado que estaba en una línea de justicia con unos métodos violentos, pero siempre dominándose, siempre dando el otro paso muy meditado, con lucidez matemática.  ¿Esa lucidez te ha llevado hasta aquí?

_¿Acaso no tengo la luz?  ¿Acaso crees que estoy equivocado?  ¿No puede vencer la verdad?

_Carlos, ¿eres tú?...  Sabías que esto estaba fracasado desde el principio.

_¿Quién te crees?  ¿Dios?

_No, amigo, soy un hombre que lee la realidad.  Estamos entre barrotes, es la cárcel, y tú estás con la cabeza rapada y con tres guardianes esperando a que intentes escapar para regarte la espalda de balazos.

_No será ese mi final.

_Cuéntamelo tú _le reté.

Se levantó y rodeó la mesa para colocarse detrás de mí.  No quería mirarme.

_He escrito mi vida, Manuel.  Desde veinte años atrás he esperado este momento, he trabajado duro para conseguirlo, y todo está hecho.  Además, tenía que servir para algo, había que buscar una causa noble para cumplir el destino que quise fijarme... y ha servido, ha servido para iniciar una lucha justa.

Le escuchaba a mi espalda y no me volví.

_¿Cuál es tu justicia? _quise saber.

_Mi liberación _contestó, recalcando el posesivo.

_¿Y a cuántos has arrastrado por tu liberación?

Salió de la sala, sin despedirse, para no volver a verle... hasta el día siguiente.

El general subió al estrado de madera.  Diez fusileros, engalanados en oro, formaron frente a la pared de adobe.  Carlos caminó lentamente hacia ellos, se detuvo y fijó la mirada en el rostro del cabo del pelotón.  Se oyó una voz, unos rugidos de fuego y el reo cayó a la arena.

 

José Antonio Prades

Zaragoza, octubre de 1987

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