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Molintonia

Línea 38

Línea 38

Mientras escalo por los peldaños de entrada tintinea el ding—dong de salida.  Deposito mis monedas, recojo el billete, acaricio el plástico que cubre la barra alta y me detengo.  Por un instante, algunos pares de ojos me escrutaron.  Pero no, no soy nada especial, uno más.  El murmullo de conversaciones intrascendentes me hace reflexionar sobre la impersonalidad de la situación. Se repite cada día.

Los asientos están ocupados.  Al fondo, algunas personas se aferran a las barras verticales.  Esperan su parada.  Se apean.  Vuelve a sonar el ding—dong.  Otros recogen su billete.  Otra vez se alzan los ojos escrutadores, pero igual abandonan su objetivo por rutinario.  Tampoco son nada especial.  Se acerca mi destino.  Ahora la barra vertical es mía. La puerta resopla.  Se abre y bajo.

Dos, tres… varios viajes todos los días.  Y por impersonal es enervante.  Supongo que debe ser así.  Es cruel sentir una masa que asfixia, unos cuerpos que oprimen y no poder por impotencia suplicar que todo cese.  Quizá cincuenta, quizá cien personas que se pisan, que se empujan que sienten el calor de unas a otras y… quizá cincuenta, quizá cien personas solitarias.

¡Si el autobús hablara… quién sabe si no callaría por respetar la cotidiana incomunicación de sus pateadores!

Mas sin palabras también hay vida.  Los labios se tabican, pero vence el movimiento.  Seguro que el autobús no habla, pero sí posee el dossier anecdotario de sucesos que presenció:

 

“Aquel señor llevaba gafas oscuras y bastón blanco.  Se sentaba delante, en el primer asiento.  Prendida en su solapa y acariciándola continuamente con sus dedos, enseñaba una tira de números.  La cabeza, alta; sus manos, nerviosas.  Era ciego.

El autobús se preparaba para cruzar el canal Imperial.

—¡Señor conductor!  ¿Podría pararme después del puente, junto a la parroquia.

El señor conductor se volvió extrañado.  Su mirada, ruda.  Analizó, desafiante, a su interlocutor y se sintió seguro al ver que miraba al frente sin poder observarlo.

—Lo siento, no tenemos parada donde usted dice.  Si acaso el semáforo se pusiera rojo…

El ciego agachó la cabeza, se santiguó, entrelazó sus manos y susurró algo que parecía un padrenuestro.

La puerta delantera lanzó un resoplido.  Ronca, seca, volvió a sonar la voz del conductor con un atisbo de bondad mal disimulada:

—¡Venga!, que lo tenemos rojo. ¡Baje usted!  ¡Rápido!

El suspiro del ciego liberó a los ocupantes de toda la tensión retenida.  Sonrieron.”

  

“¿Adónde va aquella pila de paquetes?  Por el pasillo del autobús, con inverosímil equilibrio, se deslizaba una señora con la compra ciertamente que de todo un mes.

Sin pedir ayuda y sin nadie que se la ofreciera, alcanzó la puerta trasera.  No podía bajar.  El hombre del último asiento volvió la cara.  El que miraba por la ventanilla grande consiguió sentarse.

De la fila de los que subían, se escapó un muchacho.  Cuando fue a coger el primer paquete, la pila se desparramó.  La buena mujer mantuvo su silencio.  Entre los dos recogieron el desastre.  El muchacho perdió el autobús”.

 

“El puñetazo sonó clarividente.  Tendido en el suelo, el agredido miraba extrañado.  El agresor, tranquilo, se apretaba los nudillos, dibujando un leve gesto de dolor.  En la siguiente parada, nuestro primer personaje se apeó asustado, muy asustado.  El muchacho, con uniforme de soldado del Ejército del Aire y una cartera en la mano, se quedó pensativo, con una expresión de seguridad que mostraba sentido de justicia: ‘Se lo merecía’.  Al descender, caminó con paso firme hacia Gran Vía, 4.  Su rostro no presentaba el menor arrepentimiento.

Cuando el autobús describía movimientos bruscos, aquel señor se abalanzaba sobre el soldado.  Las primeras veces, el muchacho se sorprendía y aceptaba el perdón.  Se volvió de espaldas.  A la siguiente ocasión, el hombre aún tomó más impulso y, torneando los hombros hacia atrás, le empujó con mayor decisión y fuerza.  El puñetazo surgió como un disparo.”

Pero sigue impersonal el entorno. Apenas nadie dice nada. 

No importa.  El mundo no se detiene, sigue.

 

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