Blogia
Molintonia

El pintor endemoniado

El talento artístico resulta incomprensible desde los conocimientos actuales.  Grandes inteligencias reconocidas son incapaces de escribir un renglón de poesía, o dar unas pinceladas con sentido, o entonar una melodía con encanto.

El talento artístico no se enseña, ni se aprende, no se adquiere ni con el mayor esfuerzo, es inútil buscarlo, es innato, existe o no existe.

Otra cosa distinta es la obra de arte.  Componer una obra de arte (no se puede crear; el hombre sólo transforma, Dios crea) implica conocer y haber practicado las técnicas adecuadas, lo que sí supone esfuerzo intelectual, para ponerlas al servicio del talento artístico.  Cuando estas dos virtudes se unen, surge la obra admirable.

Pero lo que aquí nos importa es el talento artístico, no la obra de arte, porque en Montemolín no hay obras de arte.

Cuando el talento artístico aparece en una persona, se producen comentarios y opiniones sobre su origen.  El más corriente es justificarlo por antecedentes genéticos (?).  Otros hablan de influencias ambientales (?).  Algunos se decantan por favoritismos de crítica.  Ciertos colectivos hablan de influencia esotérica: si el artista es bondadoso, predican intervención angelical... o de santos cualesquiera; si el artista es maligno, hablan de posesión demoníaca.

El barrio de Montemolín acoge entre sus habitantes a un hombre con talento artístico.  Se llama Fabio y trabaja adecuadamente las técnicas del óleo sobre tela y el temple sobre madera.  Solía exponer en la acera de la plaza Utrillas los días festivos entre semana, y los domingos en la plaza Santa Cruz.  En el barrio vende todos sus cuadros; los domingos apenas vende uno o dos, según la temporada.  Sus obras más cotizadas, y que ha repetido por demanda, son las que presentan los lugares encantados del barrio, especialmente las verjas de la estación, la filla y el palacio de Larrinaga.  Precisamente, el original del primero fue catalogado como "la composición que anticipa el nacimiento de un genio".  Valero siempre opinó lo mismo.

Hacía treinta años que Fabio había alquilado un pequeño local en Miguel Servet, 89, cuando apenas llegaba a la veintena.  Durante diez años, no participó en las actividades de la comunidad ni se integró siquiera en su grupo de vecinos, así que nadie supo mucho de él, salvo que se calzaba gorra de marino, tenía barba cerrada y fumaba en pipa.

Cuando ya expuso por primera vez, y así tomó contacto con la gente del barrio, en los corrillos se empezó a hablar de él con asiduidad.  Caía muy bien a las mujeres y, en especial, a las ancianitas, que se admiraban de "cuánto se parece este cuadro a mi casa", y le adquirían con generosidad todas sus obras.  Esta selección de mujeres lo encuadraba entre los elegidos del cielo.  Los más sensibles de Montemolín se felicitaban por contar en su cercanía con un verdadero artista, aunque en realidad —palabras de Valero— los verdaderos artistas no son los que cumplen acertadamente con su tarea técnica, sino los que, aprovechando su talento y habilidad, son capaces de aportar con su obra lecciones para el progreso interior revestidas de belleza.  A Fabio no se le reconocía esta cualidad.  En cierta ocasión fue preguntado sobre el tema y contestó, mirando al suelo como pillado en falta:

—La función del arte es meramente festiva.  Se trata de cumplir labores para agradar a los demás con su tendencia a la perfección.  Un cuadro decora, una mansión cobija, un libro enseña y una canción entretiene.  Si todo ello se fabrica con belleza, estaremos ante una obra que cumple su funcionalidad con expresión artística.

—Pero, ¿y el artista?  ¿Con quién se compromete? –le interpelaron.

—… —silencio.

–El talento supera la condición humana.  ¿No es obligación del artista ponerlo al servicio de la enseñanza para el hombre?

—… —silencio.

Desde entonces, Fabio dejó de pintar escenas del barrio.  Fabricó cuadros abstractos con predominio del negro, satinado de rojo y amarillo.  Se afeitó la cabeza y la barba y se vistió con telas de saco.  Fue un cambio radical, que se acentuó con un trato hosco y grosero a quien se le acercara.  Las ancianitas quisieron ayudarle y las despidió a patadas.  Así empezó a cundir el rumor de que Fabio estaba poseído por el demonio, apreciación que cuadraba con la excelente valoración que a partir de ahí se hacía de sus obras...  "Y, ¿si hubiera vendido su alma al diablo?".

Agustín se atrevió a contar que desde la galería interior –era vecino de Fabio— oía ruidos muy extraños, gritos de ultratumba.  Alentado por la gente morbosa, indagó a través de las rendijas y, como no pudo constatar más aliciente para las mentes retorcidas, se inventó que veía a su vecino pintar personajes del infierno a los que hablaba.  A consecuencia de tal mentira, las ancianitas maltratadas exigieron al párroco, don José, que solicitara un exorcismo inmediatamente.

Poca gente del barrio creyó en la posesión.  En algún corrillo se comentó que quizá su actitud era parte de su obra y que la evolución de su personalidad había desembocado en una locura artística, situación transitoria hasta que le llegara el propio entendimiento del proceso de cambio.

Hoy poca gente se preocupa de Fabio.  Agustín se cansó de fisgar.  También es cierto que sus visitas por el barrio son esporádicas, porque parece ser que gracias al aumento de ingresos alquiló otro estudio en el Casco Viejo de la ciudad.  Ahora bien, sigue siendo "el pintor del barrio", porque para las fiestas de septiembre vuelve a la plaza Utrillas para vender los cuadros que contienen escenas del barrio.  Es difícil saber si son remanente de su época anterior o nuevas composiciones.  En cualquier caso, sólo las expone en la plaza Utrillas.

El domingo pasado, don Fabio Nuño, pintor reconocido tardíamente en el mundo del arte nacional, publicó un artículo en el suplemento cultural del Heraldo de Aragón.  Merece la pena entresacar los siguientes párrafos:

"... el arte es esencialmente una mezcla de belleza inexplicable con intemporalidad.  Un artista está obligado a dominar las técnicas a su alcance para ponerlas al servicio de su talento...

... el talento podría ser un don divino, pero entonces no sería justo por discriminatorio.  Tiene que haber otra razón para explicarlo.  Es evidente que no conocemos reglas que avalen su existencia o inexistencia... pero estoy seguro de que las encontraríamos de estar dispuestos a bucear en el origen humano...

... igual que un empresario utiliza sus medios para dar progreso a su entorno, el artista no sólo debe crear belleza, a lo que está obligado y que le surge con facilidad, sino que debe salir de la comodidad de su virtud y comprometerse en una obra cuya expresión ayude al avance espiritual...  Si hoy yo escribo aquí, es porque lo entendí, y me arrepiento de haberlo conseguido tan tarde..."

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres