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Molintonia

El corazón de Montemolín

El corazón del barrio late al ritmo de sus ocupantes.  Podría decirse que todos los corazones se unen para nutrir la máquina de vida general.  Nadie, nadie es consciente de su participación, pero se percibiría algo así como si una fuerza vital se levantara sobre sus cabezas y transportara la realidad del barrio más allá del azul celeste que lo envuelve.

Se habla de Tristeza y Felicidad.  Ponerse de acuerdo en el efecto es fácil.  Lo verdaderamente polémico es dar con la causa, o causas, que llevan a esa máquina grande a transmitir a las alturas una lágrima o una sonrisa.  Existe cierta unanimidad en dar a la Tristeza sensación de desencanto y en adornar a la Felicidad de esperanza.

En Montemolín llueve poco.  Generalmente, los días nublados se llenan de tristeza, pero en cambio el  Corazón no varía apreciablemente su ritmo.  La gente sale menos de casa, los románticos leen canciones de amor y suspiran mirando por la ventana...  se lanza el recuerdo atrás... el barrio se ampara en la meditación y en la hora del anochecer el sueño aparece nostálgico.  Pero hay que deducir que en Montemolín la nostalgia no provoca la Tristeza.

Los hombres dicen que falta dinero, y lo dicen en el bar Otelo, con la faria y la copita fiada por el dueño.  La compra cuesta cada día un poco más, pero la despensa siempre guarda una vuelta de longaniza.  Los comerciantes y algún empresario se quejan sábado a sábado de que los jornales se comen el beneficio, que la venta desciende, y quién más, quién menos de ellos, ha mejorado en cilindrada su automóvil.  Los pordioseros no se van del barrio y siempre hay una pata de gallina para su sopa.  No, el dinero no hace vibrar de Felicidad al Corazón en Montemolín.

Quizá, cuando alguien muere, algunos corazones se convulsionan y, como norma, sólo uno o dos sienten realmente la Tristeza.  Está claro que esos latidos se reflejan poco en el Corazón del barrio.  Pero cuando ha muerto alguien querido de todos, o de casi todos, cuando el entierro paraliza las calles, suceso que podría entenderse colectivo, tampoco se aprecia por las alturas, entre las estrellas del Gran Motor de Montemolín,  movimiento de Tristeza.  Es más, algunas almas evolucionadas envían ciertos compases de alegría en el momento del entierro sin siquiera saberlo ellas mismas, y si alguna de ellas llegara a saberlo, se asustaría por no entender cómo puede alegrarse de una muerte ajena.  Convengamos, de todos modos, que la Muerte no se refleja en el Corazón del barrio.

Hay sucesos que, a la vez, alegran a unos y entristecen o, mejor dicho, encolerizan o irritan a otros.  Es decir, se compensa el sentimiento.  Entrarían en la verbigracia casamientos, licenciaturas, ganancias en sorteos, ascensos laborales... pero tampoco los latidos son tan intensos y continuados como para resaltar el movimiento general.

Así pues, es impredecible, de no existir un profundo estudio estadístico (?), el motivo por el cual se suceden Días Felices y Días Desgraciados en el entorno de Montemolín.

De la observación diaria, se diría que la gente vive metida en la rutina.  Todos participan en las conversaciones de los sucesos del barrio, pero no se aprecia una integración en los problemas generales.  Es dentro de las familias donde se crean los motivos de risa y llanto y raramente salen de allí.

Profundizando se vería que sólo la propia supervivencia mueve los corazones al ritmo suficiente para alargar la vida unos minutos más.  Nadie demuestra un claro interés por el progreso colectivo porque están preocupados de conseguir una mejor situación personal.  Es decir, no existe motivación para contribuir al crecimiento social.

Nada de lo antedicho puede considerarse negativo, porque en el barrio de Montemolín, salvo raras excepciones, se utilizan métodos honestos, incluso amables, para cubrir las necesidades.  Hasta existe ayuda del uno al otro si no hay intereses contrapuestos.

Preguntémonos entonces: ¿qué, o quién, o quiénes, mueven el Corazón del barrio hacia la Tristeza o hacia la Felicidad?

He visto muy clara la contestación.

En cierta manera, mío es el problema y mía la respuesta, porque tampoco nadie del barrio conoce, o percibe, la existencia de su Gran Motor, por lo tanto, sería muy difícil que alguno de sus habitantes respondiera a mi pregunta.

Primeramente, debo decir que desde aquí el Corazón no se ve como un músculo ni como un armado de seis cilindros en uve ni como el reactor de una central nuclear.  El Corazón no tiene materia... ni forma, evidentemente.  Los sentidos humanos son incapaces de percibirlo, no se puede ver, ni oír, ni saborear, ni oler, ni tocar.  Según la ciencia humana, no se puede sentir, paradoja del lenguaje.

Así, para ponernos a la altura de la razón, hay que explicar, haciendo juegos lingüísticos, que los sentidos perciben sensaciones siempre físicas y generalmente medibles.  La mente está hecha para entender, y nos educan para entender razonamientos, los cuales explican las sensaciones.  Con este criterio, es impensable llegar a conocer el Corazón.

Otra cosa son los sentimientos, rara especie de sensaciones no muy bien clasificadas, que la mente percibe, pero que son incomprensibles para sus medios razonadores.  Quizá se entiendan por tradición, quizá.

Bien. Los sentimientos llegan por esa parte tan escondida que es el alma, o sea, el espíritu encarnado.  Y al alma también le pertenece la mente.  Pero el alma no tiene razones, por lo tanto entiende con otro método no clarificado.

Digo, pues, que el Corazón sólo se ve y se comprende a través del alma y por medio de la mente puesta a su servicio y nunca con el método habitual del raciocinio.  Puesto que la gran mayoría del género humano desconoce otro método, los habitantes del barrio de Montemolín ni ven ni entienden su propio Corazón hasta el mismo día, o algunos después, de su propia muerte.

Preguntémonos entonces: ¿qué, o quién, o quiénes mueven ese Corazón hacia la Tristeza o hacia la Felicidad?

El Corazón no tiene forma ni materia...  El Corazón es Amor.

...

Y el Amor no necesita gasolina ni uranio, ni cuerpo, ni piel, ni siquiera caricias...  Para el Amor es imprescindible la armonía, la ternura, la paz, el perdón... el barrio y su gente.

Y toda la gente del barrio tiene alma, aunque no la vea ni la entienda.  Pero el alma vive, aún en el cuerpo, ajena a tantas cosas de él...  Percibe sentimientos y, aunque la mente no los entienda —porque los razona—, toda la energía se ceba hacia una comunicación inconsciente que electriza el Corazón.  Y el Gran Motor retroalimenta su movimiento para que cada alma sepa, aunque no entienda, que su gota es tenida en cuenta.  La gente del barrio que lo percibe no puede razonarlo, porque lo siente por intuición, que es la forma de entender del alma.

El Amor conmueve hacia la Tristeza o hacia la Felicidad, hacia los Días Felices o hacia los Días Desgraciados.

Si todo el barrio siente desamor, todas las almas sienten desamor y todos los desamores unidos emiten Tristeza que amarga al Corazón.

Si todo el barrio siente amor, todas las almas sienten amor y todos los amores unidos emiten Felicidad que alegra al Corazón.

El Corazón habla particularmente a cada alma del barrio.

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