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Molintonia

Mirando atrás

A veces, quizá siempre, el espacio y el tiempo son relativos, no hay metros, ni segundos y, a pesar de la realidad, nos parece que no estamos donde estamos, sino donde pensamos.  El espacio se transforma y el tiempo desaparece como si quisieran enseñarnos que no vivimos donde vivimos.  Puede ser sueño, fantasía, imaginación... Quizá.

Eran las tres de la tarde y el solecillo ya calentaba.  Las mañanas húmedas castigaban demasiado al reuma.  Por eso, Venancio y Antonio paseaban en invierno después de comer, excepto si llovía, algo más habitual de lo que conocieron en su infancia.  Sólo deseaban conversar y mirar al cielo, huían de las vidrieras frívolas y exclusivamente se detenían en los kioscos para ojear la portada de los diarios del exterior que siempre ocupaban un lugar escondido.  Andaban por la vereda derecha de la avenida y se quejaban de los agujeros y de la mala educación de los conductores.

–¿Viste que están refaccionando la iglesia de San Miguel?  Seguro que nunca la terminan.  Pasará como con La Seo.  ¿Creés que quedará mejor que antes?  Ni lo sueñes.  Reventarán alguna verja, alguna talla... Mirá al arcángel, miralo bien y hablaremos de él en unos meses.

Venancio era devoto de San Miguel y, además, en esa iglesia lo bautizaron cuando aún se recordaba la campana de los perdidos y un zapatero remendón echaba medias suelas en un cuchitril intruso contra la fachada, junto a la puerta del templo, frente a la plaza.

–Venancio, que se está cayendo a trozos.  Y la cornisa, ¿ves la cornisa?  Parece la cancha de fútbol de Larrinaga, llena de pozos y carcomida.  Necesita una refacción.  ¿No quedó bien el Pilar?

–¡Andate, boludo!

–Y vamos, vamos por la calle de San Miguel, nuestra querida calle.  Andá, caminá por esa vereda bárbara.  Y mirá las fachadas... todas limpias, arregladas...  Las arreglaron.  Está más lindo, ¿o no?

–Atento a la Casa del Duende, atento.  Ves.  Para comer, un restaurante, un boliche.  Ese edificio no es para la diversión.  No, Antonio.  ¡Es un sacrilegio, un sacrilegio!

La concejalía que su padre tuvo en los cuarenta daba derecho a Venancio a criticar cualquier acción urbanística contra su ciudad.  ¡Qué diferencia de planificación, de sensibilidad hacia lo rancio, hacia la ciudadanía!

–Si reventarán también Santa Catalina con una playa subterránea o con un bloque de quince pisos.  Ya viste con Santa Ana, en el Coso.

–Y... bueno, yo veo la ciudad más linda, Venancio.  Acá tenés la plaza José Antonio: pasto cuidado, adoquines, arbolado, zona para perros, el monumento cuidado, espacio para caminar...  Éso es pensar en los zaragozanos.

–¿Cómo?  ¿Cómo dijiste?  ¿La plaza José Antonio?  Perdón, Antonio, perdón, la plaza de Los Sitios.  Leé bien el cartel, y no pequés contra el Excelentísimo Ayuntamiento y la Concejalía de Urbanismo.

–¡Y qué más da!  Yo quiero caminar por mi ciudad, caminar tranquilo y recordar cómo escalaba hasta Agustina de Aragón y cómo encorría a los perritos engalanados de las señoronas encopetadas.  No seás tan cruel y amá un poco más, con ternura, la vida que tuvimos, no la que tenemos.  Esta de ahora qué más da.

–¡Y un cuerno!  Si mi Pascuala levantara la cabeza... llamaría a Radio Zaragoza para poner firmes al Alcalde y a unos cuantos concejales.  Vos que decías, la plaza del Pilar, el Tubo.  Vamos, vamos al paseo y no me hablés hasta la esquina de Zurita.

Antonio era un hombre profano en muchas cosas, sólo buscó el trabajo y no tuvo tiempo de profundizar más que en el corazón de su mujer y en el de su ciudad.  Sabía amar mejor que nadie, pero no entendía de política ni de planes de urbanismo.  Le importaba el calor de cada cosa y de cada ser, sin etiquetas ni ornamentos.  Cuando emigró, dejó su alma y su recuerdo en las callejas que conoció.

–Mirá a la izquierda, Antonio... y ahora hacia la derecha, hacia el Ebro.  ¿Dónde, dónde está el Ebro?  Detrás del Tubo, detrás de esas casas abigarradas sin servicios ni cocheras.  Pero no, hay que respetarlo porque es el patrimonio artístico de la ciudad, el casco histórico, repleto de "cacos" históricos y patrimonios sustraídos...  Igual que el Mercado Central.  ¡No, déjenlo, que es una maravilla!  Sí, señor, mirando a la avenida y al puente, como un estorbador oficial...  ¿No eran lo mismo las plazas de La Seo y del Pilar?   Y, ¿qué han hecho?  ¡Reventarlas!, con una pista de aterrizaje y unas palanganas para los pies de los turistas.

–¿Te fijás en la tabaquera?  ¿Cuántos paquetes de contrabando le compraste?  ¿Y la ortopedia?  ¿No le comprabas de “estrangis” los condones para tus líos?  ¿Y “El Plata”?  ¿Querés arrasar tus aventuras?  ¿Qué te quedá, Venancio?  ¿Odio por tus años pasados?  Caminá por Estébanes, seguí por Mártires, o por Cinegio y llegate al antiguo número uno del Paseo de la Independencia, al Gobierno Civil, con la mirada retadora del Guardia Civil con tricornio.

Se conocieron en el Círculo de Aragón hace años incontables, cuando aún suspiraban por encontrar un mundo mejor y la vida no les había regalado arrugas.  Venancio, presidente, le encargó a Antonio que colocara fotografías de la tierra en cada uno de los rincones del local.  No tuvo que viajar, porque su maleta desbordaba material.  Desde entonces, unieron su pasión por Zaragoza antigua y, ahora, cuando el Círculo es de los jóvenes que crecieron fuera, los dos maños se consuelan con la duda de que si siguieran allá, amarían lo mismo aquello que dejaron.

–Tiraron el Monumental, se cargaron el Argensola, el Dorado es un bingo.  Aquí tenés, confiterías y boliches para recordar a Paco Martínez Soria y a Colsada.  Menos mal que aún perdura el Elíseos... ¿Dónde están Los Espumosos de entonces?

–Yo los tengo, ¿y vos?...  Sí, vos también, pero no los encontrás.  Todo está igual en nuestra memoria.  Todo está bien porque la ciudad ya no nos pertenece.  Tal como hemos encogido cada día, Zaragoza se ha vestido de otra manera, con minifalda y con tacón... pero vos sólo ves con los ojos.  Cerralos un momento y acordate del tranvía.  Pisá por ahí cerca y sentirás los raíles, el chillido del freno, las maderas de los escalones, la trasera ocupada, el embudo para la arena...  O por ejemplo, ahí están los porches, y Los Mártires, y el Banco de España... allí, el Justicia, Capitanía, Medicina...  y lo que no está lo tenés vos...  ¿Cómo lo recordará aquel chiquillo?

–¡Boludeces!  Lo que es es como es.  Y aún puede ser de otra manera.  Medicina, o Correos, eso está bien, viejo.  Y la fuente, que la han puesto otra vez.  No ves como todo vuelve...  Se dan cuenta, Antonio, se dan cuenta.  Hay que decírselo.  Le escribiré al Alcalde.  Y lo pondré a parir por estas farolas y por las del Ebro, y las de detrás del Principal, y las del Puente de Piedra, ¡ah! y por los leones, allá tan arriba.

–Ahí enfrente está la Diputación, y el Casino... Y allí, el Zaragozano.

Venancio ya jadeaba, y no por su vehemencia, sino porque el paseo se hacía largo.  Agarró del brazo a Antonio, que todavía soportaba bien la artrosis, y cesó en sus protestas.  La brisa les traía olor a humedad, y el recuerdo tierno les endulzaba el ruido de los colectivos.  Antonio miraba alrededor desde dentro y disminuía el paso para no cansar a su amigo.  Los ojos del alma le descubrieron que no había sirena sobre la cúpula del Banco de España.

–¿Iremos mañana al Círculo?  Actúa la rondalla y canta un amigo de mi sobrina.

–No, Antonio.  Prefiero pasear y ver todo esto.  Estoy cansado de llorar por dentro, de ver a mi Josefina en cada moza que baila, cansado de que las cuerdas de la bandurria se me desgarren en el estómago y de que las rodillas me fallen cuando el jotero canta “la palomica”.

Antonio puso su mano sobre la de Venancio y la palmeó:

–Caminaremos, pues, mañana, y nos acercaremos hasta la Magdalena.  Y no dirás ni una palabra de cómo refaccionaron la torre.

Llegaron hasta la avenida más ancha del mundo y, en el centro, el Obelisco, como una rosa de los vientos, parecía que sobrevolando la Casa Rosada y el Río de la Plata señalaba el camino a Zaragoza.

  

 Antonio murió el 12 de noviembre de 2003, con noventa años, de los cuales la mitad más uno los vivió en Zaragoza (España).  Dejó suficiente dinero para que, junto con su mujer, fuera llevado en barco hasta cualquier puerto que les dejara cerca del cementerio de Torrero, en su ciudad natal, y les compraran un nicho a perpetuidad.  De Venancio no he sabido nada más.

 

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