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Molintonia

La ceremonia

Un hombre es enamorado.

Ha ocurrido en una plaza, ahí delante,

y la imagen es esperanzadora.

Se han despertado unos pájaros

y la soledad ha quedado desparramada,

como rota en mil pedazos

por los rincones bajo los árboles.

Parece que ha sucedido así:

ella paseaba alrededor de la estatua,

un caballero doliente que adora a su caballo sin cabeza

iba leyendo un libro de Salinas

prologado por Cortázar.

Poesía de Amor, decía la portada.

Es de noche.

Hay luna llena.

Un rayo se espejaba en una gota de lluvia

encima del caballero,

la mujer se ha agachado a recoger un verso

y el rayo le ha impactado,

un rayo de luna

que ha convertido en blanco su vestido.

El hombre venía de negro,

o quizá de oscuro,

la noche lo ennegrece casi todo.

Iba despistado, pensaba en el número

de sus tareas como un canario en su alpiste.

Se han cruzado las pisadas

y el rayo se ha escapado.

Las pisadas del hombre y de la mujer,

un pie de puntera sobre el suelo

para sostener una rodilla en equilibrio,

otro pie caminando sin sentido

lleno de números sobre controles.

Se han encontrado

y el rayo se ha fundido, se ha fundido.

Pero ahora refulge el traje negro

y el vestido se ha quedado en oro.

¿Eso es el amor?

No, no, viene después de ese impacto

prolongado, miles de segundos para la escena.

La escena se detiene cuando el caballero

desciende del pedestal

con su espada en la mano.

El silencio se corta con acero.

Un cura pasea trasteando entre el alpiste,

se santigua,

se exaspera,

maldice al caballero del caballo

gritándole que quién es él para ser sacerdote.

“Sacerdote, Vuecencia, por ahora”,

le lleva escrito en un papel una paloma despierta

en nombre del de la espada.

¿Será que la espada es el altar para los amantes?

¿O quizás un cáliz y la forma?

Dos muchachas se han quedado paradas

sonriendo.

Ahora mueven las manos,

para prender los restos

del rayo de luna expandido.

Ellas tienen lágrimas,

y llevan una de sus gotas hasta la espada

del caballero,

que brilla,

que está afilada de sabores,

quizá el del mosto

que van a beber en la ceremonia.

El caballero se parece a Neptuno

o a un guerrero que luchó contra los moros.

Ella se está convirtiendo en una ninfa,

su vestido se hace túnica,

y sus ojos no son los mismos,

son castaños.

El hombre sigue sin moverse,

el impacto le ha quebrado el movimiento,

pero ella lo acaricia.

Llega gente por la esquina de la plaza,

gente para mirar el desgarro de ternura,

porque ellos la perdieron, la ternura.

La gente son otros.

Los dos se miran

y los otros miran, quieren vivir en ellos,

y no pueden.

La paloma del mensaje se apoya en una rama,

sobrevuela la escena como una pluma

entrando en su tintero,

y el ala derecha se aposenta

en el hombro del caballero,

sólo el ala,

la paloma regresa a la rama

y sonríe.

Neptuno con espada también sonríe

a la par de la paloma.

Y ellos se miran,

ya casi se besan con las manos,

los dedos rozados,

la túnica de la dama,

la capa del amante.

Los otros miran y se emocionan, ya no son gente,

son Uno para la ceremonia,

son los ángeles, las vestales,

héroes y gigantes, musas y guardianes.

Y cuando Neptuno baja la espada,

los amantes reverberan,

son como luz en un disparo,

los dioses se arrodillan

para rendir pleitesía a príncipes recientes,

regresados,

desde siempre,

antes se amaron y ahora lo saben,

nada es nuevo,

es renovado después de un giro casi eterno.

Se reconocen.

El cura enfadado se difumina,

ya es sacerdote el caballero,

ya es forma y cáliz la espada,

ya se besan los esposos,

ha sido un instante, un instante de infinito,

de infinito.

Y la plaza no es plaza,

templo enarbolado,

los árboles son señores de otros reinos,

la gente, sus ejércitos,

luna se hace la noche toda,

y todos se difuminan como el cura,

más alegres,

mientras ellos, uno y otro,

los dos,

uno solo,

márgenes de amor,

página repleta de ternura,

un aura dorada,

un deseo en rebelión para las pieles,

fuego,

un Amor.

 

...solo mira la paloma, que ya tiene sus dos alas...

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