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Molintonia

L@s pelotas

Antes de ponerme a escribir este artículo, que ya tenía planeado hace días, he querido trabajar el título. Y menuda sorpresa me he llevado cuando el ejercicio de pensar se me ha mezclado con el anuncio de la “desigualdad” (más mujeres que hombres) del Ejecutivo Zapatero, porque tanto énfasis en la paridad me ha influido soberanamente y quería titular este artículo en femenino para adherirme a la causa. Pero, oh, sorpresa, el membrete quedaría así: “Las pelotas”, con significante masculinizado referente a órganos no muy acordes con lo previsto. Volví así a mi referencia inicial: “Los pelotas”, pero, entre la discordancia gramatical y el continuismo masculino de la expresión, quedaba descontento. ¿La solución? Como la mayoría de las soluciones últimamente, estaba en Internet, no ya en la red, sino en el simbolito llamado arroba (@), que engloba la a y la o, a la sazón letras femenina y masculina, respectivamente, donde las haya. Y ahora que me fijo, ¿queda feo que la o sea letra de masculino?

¿No sería más interesante asignarle la i (por la cosa de la similitud con el órgano más diferenciado, aclaro)? Sonaría muy italiano, lenguaje para el amor.

Que me enrollo… y es que me apetece también escribir sobre la igualdad, paridad, equidad, discriminación positiva, premios y castigos… pero será otro día. Dedico este artículo a quienes tan sufridamente son capaces de soportar jornada a jornada un jefe o compañero, cuya principal cualidad es el peloterío, entendido como la acción encaminada a agradar exageradamente a quien tenga en su mano otorgarnos un favor o prebenda con el fin de predisponerlo a ello.

Observar esta característica de las relaciones personales (dentro de la empresa, en este caso) me lleva a encuadrarla dentro de la visualización de méritos, lo que me parece muy grave, así que lo re-pienso… Sigo colocándolo en ese apartado y lo razono de la siguiente manera: quien pelotea para intentar conseguir favor o prebenda, debe creer que su comportamiento es un mérito para ser recompensado, a no ser que el premio le venga en la propia acción (generándole placer), caso entonces de desviación.

Cuando existen expectativas de recompensas, hay que especificar los méritos cuya consecución o aplicación hará que sean obtenidas.

Rara es la empresa que documenta esos méritos para ser premiado con promoción, ascenso o subida de sueldo. Es una cuestión que casi siempre queda en el limbo de los supuestos compartidos.

Es decir, si se premia a un/a pelotas (léase zalamero, halagador, lisonjero, tiralevitas, lameculos…) quien no tenga escrúpulos en actuar en esa tesitura aplicará sus tácticas para ser reconocido como meritorio. De esa manera, cultivando el estiramiento de lengua a modo de perro pachón que espera golosina de su amo, aguarda recibir el nombramiento al efecto, con paga elevada y derecho a plaza de garaje reservada.

El jefe de cocina del restaurante de unos grandes almacenes me comentaba las acciones de un pinche que se afanaba continuamente para servirle cual lacayo amenazado de muerte si no cumple su labor. Era habitual que se fijara en los zapatos de su jefe para proceder a limpiarlos con el paño más blanco a su alcance; que le ofreciera una copita de jerez o tacita de café en el momento de la llegada al lugar de trabajo; que le quitara el cuchillo si lo veía cortar tomate diciendo “no se vaya a manchar, jefe, que ya lo hago yo”; que le desatara el delantal o le despojara del gorro al final de la siempre alargada jornada…

-Y, ¿qué sensaciones te produce ese comportamiento? – le pregunté.

Se quedó pensativo un buen rato.

-Me da asco, nunca lo propondré para nada que suponga ascender, pero quiero hacerle un contrato fijo, de muy largo plazo, porque, ¿sabes tú lo agradable que resulta que alguien por la mañana te reciba con ese ofrecimiento de servicio como si fueras su dueño, su señor, su amo, su rey, su dios? –y se le encendían sus ojos mirando hacia lo alto…

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