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Molintonia

Por una moneda, un sueño

Por una moneda, un sueño

Érase una vez...  una feria...

Como me gusta que todos los cuentos empiecen con "érase una vez..." tengo que escribir eso de la feria, pues exactamente fue allí donde me ocurrió la aventura, pero me parece que lo más importante del cuento es otra cosa, no la feria, sino algo que no alcanzo del todo a entender y lo dejo para tu descubrimiento.

En todas las ciudades, las fiestas patronales se celebran a lo grande, y lo más grande para los pequeños es la feria, esos cacharros y cachivaches pensados para la diversión, con el deseo de regalarnos sensaciones o espectáculos que nos hagan creer que estamos en otro mundo por un momento.  Yo soy partidario de ir a la feria muchas veces, pero mis papás siempre dicen que son muy caras, y mi tía no me ayuda, porque piensa que esas sensaciones dejan de ser divertidas si se disfrutan mu­chas veces.  "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", me repite todos los años cuando le insisto para convencerla.

Aquel año ya habían pasado los días de las fiestas de más ajetreo y aún no había­mos ido a la feria.  "Espérate al final, que hay menos gente y bajan los precios", me decían los mayores.  Tampoco puedo que­jarme porque me habían llevado a los festi­vales de jotas, a los cabezudos, a la verbena infantil del parque Bruil y al teatro guiñol en la plaza del Pilar.

Por fin, un domingo, mi tía me propuso llevarme y, claro, yo encantado.   Pero en su propuesta le noté un algo de misterio, no sé... y me miró sonriéndose por dentro.  ¿Guardaba algún secreto?  Mis papás no pusieron ningún impedimento y como mi hermana había ido con el colegio el día de antes refunfuñó muy poco cuando le dijeron que ella se quedaría en casa. 

En la feria, los primeros cachivaches son siempre tómbolas y bingos que se anuncian con la voz chillona de los jefes del puesto. Mi tía dice que se ponen a la entrada intentando atrapar a los posibles jugadores con el bolsillo todavía lleno:

—¡Señora! ¡Señora!  No se pierda el ja­món que le ofrece Ramón.  Jamón, pan y vino para mejorar el destino.  ¡Señora! ¡Señora!  De Jabugo el jamón en el puesto de Ramón.  ¡Señora!  ¡Señora!  Juegue con nosotros y gane más que los otros.

Me quedé observando cómo el señor charlatán agitaba unas grandes tablas con números escritos para ofrecerlas a quienes pasaban o se paraban frente al puesto.  Unas bolitas subían y bajaban por un tubo transparente y parecían angustiadas por salir, como burbujas en una copa de cham­pán. Estaba apabilado mirando y oyendo... y suavemente, mi tía me arrastró.

 A mí siempre me han gustado mucho los carruseles donde los niños dan vueltas en un avión, sobre un pájaro o en una nave espacial, y levantan los brazos para golpear una pelota, un globo o un saco.  Justo en­contré uno un poco más adelan­te de las tómbolas, uno que era un carrusel de co­ches, aviones y motos, con unas grandes pelotas colgadas del techo.  Me solté de la mano y corrí a colocarme junto a la plata­forma de entrada.  Disfruté un ratito viendo cómo del centro salían brazos que sujeta­ban en su punta algunas de mis ilusiones, y los niños que las maneja­ban movían las palanquitas para hacer que despegaran o aterrizaran.  Se acercó mi tía hasta mi meji­lla y se quedó ahí unos segundos, poniendo sus brazos alre­dedor de mi pecho.  Después me dijo:

—Sé que te gusta subir y bajar cuando tú quieres, como si estuvieras volando, pero ¿no te parece más lindo elegir tú mismo el recorrido?

¡Qué especial, mi tía, ¿no?! 

Yo sólo tengo esa tía, que es hermana de mi madre.  Aunque tiene novio, no se ha casado todavía y soy su sobrino mayor.  Vivimos cerca, pero no la veo tanto como yo quisiera porque trabaja mañana y tarde en una tienda del centro.  Es la única persona con quien me atrevo a dormir que no sean mis papás y mi abuela, y yo creo que así lo pienso por los cuentos que me cuenta algu­nos domingos.  En realidad, son los mismos de siempre: Caperucita, Blancanieves, Pi­nocho... pero los cuenta de una manera... no sé... me parece que los vivo de verdad, y cada vez me siento un personaje distinto: o el lobo, o Cascarrabias, o Gepetto, o Cape­rucita, o el Príncipe, o el Mudito.  Es muy diver­tido salir de paseo con mi tía; por ejemplo, siempre estamos de los primeros en la cola del autobús, o llegamos antes que nadie en el cruce del semáforo de la avenida Independencia.  Además, su novio tiene una moto Ducati, y me lleva por la ciudad senta­do casi encima del depósito y con las ma­nos en el manillar, como si condujera yo.  ¡Ah!, mi tía es también mi madrina.

Ya seguimos por la feria, ahora sin lle­varme de la mano, pero ella siempre detrás y muy cerca de mí.  Volví a correr para ver de cerca el Tren de la Bruja.  También me gustaba porque, a pesar de los escobazos, me impresionaba entrar y salir al túnel, como si entrara y saliera una y otra vez de las fantasías, esperando que en cada oca­sión me sorprendiera una nueva aventura.  Además regalaban globos.  Los señores del tren se vestían de diferentes maneras y a mí me llamaban la atención las caretas de pa­yasos, no las de ogros ni de diablos que iban armados de escobas y horcas para asustar.  El payaso era quien repartía los globos... y tenía preferencia por las niñas, pero...

Mi tía me miró con cara de comprensión cuando le pedí que me comprara una ficha.  Traté de convencerla:

—Mira, tía, es como en tus cuentos...

Y ella, otra vez muy suave, me contestó:

—¿No te parece que ir sobre unas vías es vivir siempre lo mismo?

—Pero tía, yo quiero subir.

—No, hoy no, te propongo un trato.  Volveremos al domingo que viene.

—Quiero hoy.  He venido para diver­tirme.

—Creo que te vas a divertir.  Y sólo con una atracción.

 
   

—¿Es un trato de verdad?  ¿Volveremos al domingo que viene?

—Sí, te lo prometo.

Me enfadé un poco, pero confiaba en mi tía.  Recuerdo que me prometió lle­varme a la playa, y me llevó.  Recuerdo que me pro­metió llevarme a la nieve, y me llevó.  Y sobre todas, su promesa que mejor cumplió fue la de convencer a mis papás para que yo comulgara de capitán.  Ellos querían ves­tirme de fraile para ir a juego con mi herma­na, que comulgaba de monja.  Pero mi tía me había contado una historia titulada "Un capitán de quince años", y desde entonces yo me imaginé así vestido, mandando en un barco que combatía a los piratas.  El día de la fiesta me vi muy guapo, y me sentí impor­tante cuando mi amigo José Julián, comul­gante de fraile, me confesó:

—¡Cómo me hubiera gustado vestirme de capitán!

Por lo menos, le dejé tocar mi silbato dorado, y entonces me prometió que cuando yo fuera capitán de verdad, él se apuntaría para ser mi segundo de a bordo y que para entonces esperaba ya tener un bonito traje de marinero.

Desde que hice el trato con mi tía, el paseo ya tenía menos ilusión.  La tomé de la mano y me dediqué a mirar los tenderetes, puestos y cachivaches de la feria.  Perdí el nerviosismo y así me di cuenta de algunas co­sas que nunca había descubierto, como por ejemplo esas luces tan brillantes de los carruseles, o los dibujos rodeando el teja­dillo de los caballitos, o las canciones que ponen en cada atracción, o la cantidad de señores hablando y hablando sin parar con los micrófonos pegados a la boca.  Era otra forma de diver­sión, un poco más tonta, pero a falta de la otra.  También me fijé en las caras de los niños, todos sonrientes cuando disfrutaban de las atracciones, contentos y satisfechos. Me dio algo de envidia.  En fin, para el domingo siguiente.  Pero más me sorprendieron otras caras igual de ra­diantes, otras caras que reían tanto como los niños, y sólo mirando, sin montar en los cacharros...  las caras de los papás y mamás en espera de recoger esa felicidad cuando sus hijos terminaran la diversión.

Nos detuvimos al lado de un grupo de gente apelotonada que debía esperar alguna cosa.  Yo no vi nada entre tanta pierna y, cuando ya iba a preguntarle a mi tía, oí:

—¡Comer pronto bombilla!  Si no hay duro, no hay “espetaculo”.

Lo dijo muy como de pito, sin la “c” y sin el acento en la “a”, y me sonó a la vez tan gracioso y raro, ade­más del tono extranjero, que aparté faldas y pantalones para poder ver al que habló.  Era un señor mayor muy sucio, sen­tado en una alfombra, con pinta de árabe, y con una bombilla en la mano.

—Yo comer bombilla... pero si no hay duro, no hay espetaculo.

Alguna persona echaba una moneda y yo miré a mi tía:

—¿De verdad crees que vas a ver cómo se traga esa bombilla?

—Eso dice, tía.

—Sí, eso dice. Toma.

Y le eché un duro sobre la al­fombra.

—Si haber duro, haber espetaculo.

La gente se fue amontonando y me apretujaba.  El señor árabe repetía y re­petía lo mismo.  Yo estaba ya nervioso y miraba a mi tía:

—¿De verdad crees que veremos cómo se come la bombilla?

—Eso dice, tía, y le he dado una moneda, que es lo que pide.

—Sí, eso dice... Vámonos, es un farsante.

—Y, ¿mi moneda...?

—¡Eh, eh!, que era mía, ¿recuerdas?

—Pero yo se la eché.

—¿Te atreves a quitárselo ahora? —me desafió mi tía.

Y enfurruñado di media vuelta y me alejé deprisa.

—Son cosas de la feria— intentó expli­carme ella.

Pero no me consoló, porque me sentía engañado.

Continuamos caminando y se me pasó el enfado en cuanto vi la noria y es­cuché los gritos de quienes la disfrutaban.  Había subido una vez el año pasado y me vino aquella sensación de vacío en el estómago parecida a una caída desde un avión.  Como me acordé de que también le gustaba a mi tía, levanté la mirada con deseos de romper el trato.  Sólo sería por una atracción y como ella subiría conmigo...  Pero sus ojos no estaban en la noria, estiraba el cuello girándolo para buscar algo por los alrede­dores.

—¿Qué buscas, tía?

—Un regalo.

—¿Para mí?

—Sí, para ti.

Me olvidé de la noria, del tren de la bruja y del otro domingo.  Iba a seguir pre­guntando por la sorpresa, pero ella me tomó de la mano y me arrastró dulce­mente hacia el pasillo asfaltado, colocándose algo de­lante de mí.  Sólo me dijo:

—Por eso hemos venido hoy.

Otra vez me vino el nerviosismo y, como me gustan las sorpresas, no quise cargar a mi tía con preguntas... aunque no podía parar mi pensamiento, que se iba por encima de todas las cabezas intentando adivinar adónde me iba a llevar.

Pasamos por delante de los carteles que anunciaban a la mujer barbuda, a los monos que comían con cuchillo y tenedor, al oso bailarín y otras atracciones cerradas.  Caminábamos despacio y yo me sentía muy nervioso esperando que cada cartel fuera el buscado.

—Ahí está.

—¿El qué?

—Lo que buscaba.

—¿Mi sorpresa?

—Sí.  Tu regalo.

—¿Eso?

En una esquina muy escondida había una tienda de campaña cuadrada, sin luces ni música y con muy poca gente en sus alrededores.

—Creo que te va a gustar mucho.

—Pero, tía, ¿qué es?

—Lee. A lo mejor con eso lo adivinas.

El cartel decía: "Por una moneda, un sueño"

Me quedé mirándolo muy fijamente.  Después miré a mi tía de una manera que no debió parecerle muy bien.

—Si prefieres perderte el regalo, pode­mos volver a casa ahora mismo.

Lo de la "moneda" me sonó a "si no hay duro, no hay espetaculo”.

—Será como lo del señor árabe.  Nos van a engañar como tontos.  Además, no tengo monedas.

—Aquí parece que no hay bombillas, ¿no crees?  Y la moneda del señor árabe no la perdiste tú.  Podemos hacer una cosa: tú te arriesgas y yo pongo la moneda.

—Pero ¿y si no me gusta?

—Pero ¿y si te gusta mucho?

Mi tía no era dada a mentiras, pero una vez se equivocó cuando me prome­tió que la película "Ben-Hur" iba a gustarme una barbaridad y tuve que aguan­tarme cuatro horas en una butaca fea e incómoda viendo a romanos y cristianos.  Me aburrí bastante.  Y a mí me pareció que se me llevó porque no quería ir sola y qué mejor que su sobrino para acompañarla.  Acordándome de aque­llo, me imaginaba algo parecido con esa sorpresa.

—Tía, creo que va a ser un aburrimiento total.

—¡Ah!, para mí seguro.

—Venga, entonces no sé qué hacemos aquí.

—Te digo que para mí seguro, porque yo te tengo que esperar afuera.

—¿Cómo?  ¿No vas a entrar?

—Veo que no has terminado de leer.

Era verdad.  Debajo de las letras gran­des, ponía: "Sólo para pequeños".

—Yo soy mayor, ¿no es cierto? —me dijo.

No le contesté.  Cogí la moneda que me daba y me metí rápido en la carpa.

Lo primero que noté fue un olor muy raro.  Este verano ya he sabido a qué.  Olía como en la Catedral, a ese humo que sale de una jarra muy grande colgada del techo.  Se llama incienso y es religioso.

Lo segundo fue el señor de dentro, que llevaba una barba larga y blanca, y estaba vestido con una túnica morada, como si fuera de procesión de Semana Santa.  Este señor hablaba con una niña y, al verme entrar, me dijo con la mira­da que me sen­tara.  Había una fila de sillas con tres niños más esperando.  En seguida terminó la conversación que le ocupaba, la niña se levantó, echó la mo­neda en una bolsa de tela y salió.  Otro niño pasó a sentarse fren­te al mago.

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Darío.

—Muy bien, Darío.  Yo soy un mago y cuento sueños.  Lo que tienes que ha­cer es muy fácil, ya verás.  Sólo tienes que decirme qué te gustaría soñar.

La voz de ese señor me entró por algún sitio de mi cuerpo que no eran las orejas.  Sonaba muy honda, como de un pozo, y parecía la de un señor bueno.  Cuando oí lo del sueño, empecé a prestarle mucha aten­ción.

—No sé —contestó el niño.

—Seguro que sí lo sabes, Darío.  A ver.  Si cierras los ojos, podrás imagi­narte ves­tido de algo fantástico, podrás imaginarte algo que desees con todas tus fuerzas para divertirte mucho o para ser impor­tante o para ayudar a los demás o para hacerte pronto mayor.  Vamos, cierra los ojos y sueña.

El niño le hizo caso.  Yo, mientras, también cerré los ojos y me imaginé tantas cosas...

—Quiero ser enfermero.

Y se me ocurrió que eso de enfermero...  Hombre, por qué no, Darío bien podría ser enfermero, pero no de los que ponen esparadrapos o pasan consulta en los ambulatorios, sino de ayudante de quirófano, sí, entregando los bisturís y las pinzas, secando el sudor de la frente a la cirujana que hace la operación…  que terminaría con gran éxito y todos se mirarían con esperanza y alegría de haber salvado una vida.

El mago le empezó a hablar:

—Querido Darío, ser enfermero es ser un poco ángel.  Y si trabajas en los quirófanos será como si ayudaras a mantener la vida.  Tu sonrisa sería entonces como tus alas, que te llevarían más allá de los bisturís y de las pinzas porque no necesitarías utensilios para curar ni sanar ni mantener con vida a los pacientes.  Notarás cómo esa sonrisa y esa mirada y tu mano cálida colocada sobre otra mano o sobre una frente, darán ánimo y fuerzas a quienes se sientan débiles o tristes.  Y no te penará haber elegido ese lugar, aunque no apliques tus conocimientos sino la energía de tu corazón.  A veces tendrás que salir a otros mundos para aprender otras técnicas que no saben enseñar aquí. Seguro que esperarán que traigas noticias y estarán ansiosos por recibirte y te sentirás dichoso y muy convencido de tu destino.  A tu llegada todo el mundo te abrazará y querrán saber qué aprendizajes nos traes y tú dudarás de la respuesta, sólo podrás decir que estás muy contento.  Ante la insistencia, reflexionarás hasta encontrar la mejor respuesta, que dirás muy, muy convencido: "He descu­bierto la paz y la alegría serena".

Darío le había escuchado con una cara de mucha atención.  No tenía los ojos cerra­dos, pero creo que no vio nada de lo que tenía alrededor, sino que se imaginó perfec­tamente lo que el señor le iba contando

El otro niño, que se llamaba Raúl, subió deprisa y muy nervioso a la silla, y respon­dió en seguida que quería ser maestro.  Nada más oírlo, me vinieron imágenes de Raúl como mi maestro en el colegio.  Pero no era un maestro normal y corriente.  Era de esos que en la clase no gritan ni se enfadan.  De esos que ayudan a los niños después de clase y los animan con toque suave en el pelo.  Era tan bueno, tan bueno, que le iban a dar una medalla, de la UNESCO, imaginé.

Y el hombre de barba blanca le dijo:

—Raúl, tú serás maestro y serás como un jefe de estudios que enseña a los otros maestros cómo enseñar lo que ya sabemos, pero no encontramos dentro de nosotros.  Explicarás muy bien y sobre todo serás hábil en ejercicios de matemáticas y en el recitado de poemas.  Te aplaudirán mucho tus alumnos, pero el día en que más lo harán será cuando un alumno tuyo, el que más dificultades tenía para aprender, salga a la pizarra para hacer una división que no le salía, pero esa vez consiga resolverla con rapidez y seguridad.  ¡Qué batería de aplausos!

La otra niña que esperaba, Uxía, tenía mucha vergüenza, y el señor mago tuvo que acercarse a bus­carla porque no se atrevía a levantarse de la silla.  El señor, en lugar de sentarla enfrente de él, la colocó encima de sus rodillas.  Uxía dijo que le gustaría ser ingeniera.

Yo pensé en una señora vestida con una bata blanca que iba tomando notas en una fábrica.  Y creo que podía volar, claro, y hacerse peque­ña o grande, visible o invisible, cuan­do ella quisiera.  No era de echar broncas al personal, sino de ponerse a hacer las cosas ahí mismo para que nadie tuviera dudas de cómo hacer bien el trabajo. Me la imaginaba, por ejemplo, cerca de un señor mayor tomándole de la mano para consolarle su miedo por no poder entende el manejo de la nueva máquina.  O muy seria, tomando nota de las piezas que salían con defectos, pero sin enfadarse ni nada, sólo para luego estudiar lo ocurrido y poner remedio. 

—Y estás sacando las mejores notas en matemáticas, Uxía, es como si fueras la mejor ingeniera de la clase.  No necesitas soñarlo.  ¿O no te lo dicen en casa?  Claro que sí.  Sólo tienes que actuar como ingeniera y tu vida entonces será tu sueño, tan lindo que a tu alrededor todos tendrán siempre felicidad con la mejor solución para sus problemas.

Me tocaba a mí y me levanté en seguida para ir junto al señor mago.  Le dije mi nombre, pero tuve un problema muy serio: no sabía qué sueño pedirle.  El señor me miró muy sonriente, tocándose la barba de arriba hacia abajo.  No hablaba y me miraba.  Así pasó bastante rato.

—¿Qué quieres de mí, Eduardo?

—No, yo no puedo contarte tu sueño.

—Pero... ¿y a los otros niños...?

—No, yo no puedo contarte un sueño porque el soñador eres tú.

Al salir, le devolví la moneda a mi tía... y los dos nos sonreímos.

¿Qué quiso decir el señor mago?

 

 

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