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Molintonia

Epílogo de Fábulas de Montemolín

Ésta es mi penitencia.  Todavía no sé si pasará el examen de los entes superiores. El aprobado me facilitaría la expiación de mi error y así podría regresar al punto en que quedó mi última vida, según me dijeron.  Desconozco cómo lo harán, pero puedo asegurar que el tiempo sideral es totalmente distinto al tiempo terrestre y que mi estancia por estos lares no significaría un tiempo añadido al período de esa existencia.

De esta experiencia puedo contar que mi deambular por los mundos de aquí arriba es una enseñanza repleta de lecciones que me van a facilitar una vida mejor.  Y debo entender "mejor" como enriquecida por valores de ayuda y dedicación a mis semejantes.  Parece ser que es lo único que de interés para mis profesores, lo único que, puesto en práctica, puede otorgar una nota positiva en las calificaciones parciales.

El contenido de este librito de cuentos es la parte que hasta este momento he aprendido.  Cada pedazo de las Fábulas de Montemolín encierra un concepto de conocimiento que no puede entenderse con la razón, que cada uno recibirá a través de su entraña misteriosa.  Hablan de Amor, o del camino hacia el Amor.  Al menos ese es mi mensaje, al menos eso entendí que mi guía quiso decirme.

Existe una muchachita en Miguel Servet, 128, que ha crecido demasiado para su edad.  Por un motivo especial, y secreto para mí, su alma y la mía confluyen en una misión, su alma y la mía son "simpáticas" entre sí.  Ella no lo sabe, pero lo intuye.  Su mano, dulces deditos, ha tomado un lápiz y me ha servido de instrumento para lograr el contacto necesario con el mundo real. A pesar de que nunca juega en la plaza Utrillas, sé que un día podremos encontrarnos para iniciar la tarea común.  También sé que debo trabajar y tener paciencia para cumplir el Destino. Espero ansioso su presencia junto a mí y así los dos visitaremos las verjas de la Estación para entender también con la razón que estamos unidos por la eternidad.

 

 

 

 Mi agradecimiento a Alejandro Dolina por tenderme sus hilos de seda con las Crónicas del Ángel Gris, que desde sus barrios porteños me trasladaron la nostalgia hacia mi vida en Montemolín.

 Buenos Aires, primavera de 1994

Cuando el barrio quedó vacío

Los momentos clave en la vida del barrio se caracterizan por el silencio.  Es difícil en la ciudad conseguir el silencio absoluto para el oído y, por lo tanto, Montemolín no se salva del defecto.  Hay momentos de ruido y momentos de sonido, momentos de alboroto y momentos de canción.  Quizá debería llamarse silencio al murmullo de la fuente o al trino de los pájaros.  Pero no, no se trata del oído, no es cuestión sensitiva.

En el verano, con las ventanas abiertas, se pide silencio.  En la iglesia, oración elevada, se pide silencio...  Para dejar hablar a los mayores, se pide silencio... ¿Quién no busca la tranquilidad?

El deambular cotidiano provoca situaciones confusas... en la pescadería, en los ultramarinos, en las fábricas, en los colegios... Y el alma se aletarga para encontrar la evasión con un gesto de conformismo.  El alma pide silencio.

Por eso, cuando el destino de las gentes de Montemolín se mueve en la duda, las almas despiertan para meditar.

Hubo una época en la que se coló en el barrio un raptor de niños.  Actuaba por las noches sin que nadie pudiera escuchar el menor ruido.  Realmente, nunca existió ningún secuestro conocido, pero, según la fotografía del periódico, fue identificado por las calles de Montemolín.  La hora de apagar las luces resultó crítica por unas semanas.

Cuando Peipasa suspendió pagos por dos días, las doscientas familias afectadas se sujetaban el alma para que nada les faltara a los cuerpos.  Se acompasaron las respiraciones y se hizo frente común de amargura.  El barrio durmió con el estómago prieto.

Para la enfermedad de Valero, justo en las horas previas y siguientes, excepto los seguidores más exaltados de los Hombres Razonables, el barrio se paró en el tiempo con la única razón de transmitir fuerza al filósofo.  Tal fue la unión que casi detuvieron el Sol en el punto del firmamento donde influía para un desenlace feliz.

Por la prensa todo el barrio se enteró de que grandes inmobiliarias presentaron al Alcalde de la ciudad un proyecto para construir quinientas viviendas en los terrenos de la Estación y de la plaza Utrillas.  Para evitar que los niños conocieran la noticia, los mayores sólo hablaban de ella por la noche.  El rechazo se hincó por las entrañas más escondidas de la gente de Montemolín y rezumó visos de rebelión en cada corrillo, aunque se obviara su comentario.

Nadie del barrio conoció la causa exacta de la paralización del proyecto.

Durante esos períodos de incertidumbre, a pesar de que los tranvías, los coches, los camiones de la basura o los corros del mercadillo emitieran sus alborotos, el barrio estaba en silencio.  A pesar de que el oído percibiera cualquier vibración, en el espacio del Universo donde se refleja Montemolín, se sentía un silencio conmovedor...  Las almas del barrio habían despertado, las almas del barrio estaban meditando, las almas del barrio habían impuesto su silencio.

Cuando el alma guarda silencio se utiliza la otra manera de rezar, la cual ningún cura enseña y que nadie realmente entiende, aunque la intuya.  Y es la forma de oración que se escucha de mejor grado en las alturas... por una razón evidente: hace vibrar los mecanismos del Universo, ese lugar que es sinónimo de cielo.  Hay proporcionalidad directa en progresión geométrica entre los resultados y la cantidad de almas puestas en oración por el mismo deseo.

Aquel día fue crucial para la posteridad del barrio.

Hacía ya algunas semanas que la gente más sensible venía percibiendo una sensación de ataque.  Nada podía justificar ese estado, porque la vida transcurría como siempre.  Se notaba en el aire, irradiada por causas desconocidas, y no se localizaba su punto de emisión en ningún lugar concreto, sino que surgía en lugar y hora dispersos y descontrolados.  Incluso provocaba dolor de cabeza, además de irritabilidad y ciertos impulsos destructivos.

La gente más sensible, primera receptora, pudo sujetar las recomendaciones encubiertas con un poco de paciencia, pero cuando el influjo se extendió a otros grupos, los afectados ocasionaron altercados que perturbaron la paz del barrio.  Naturalmente, desconocían el motivo.

Hubo un momento en que ya todo el barrio se sintió incluido en la sensación.  Aclaro que no se hablaba del asunto, pues nadie era capaz de detectar causas, solamente efectos que no tenían razón alguna para existir.  A la irritabilidad siguió la angustia, después la astenia y, por fin, la desilusión.

Montemolín entero se sumió en el pesimismo, el futuro se presagiaba negro, los niños no reían, el hastío hizo estragos en los bares, la plaza Utrillas quedó vacía y los novios no se besaban.

En la noche previa al desenlace, la luna desapareció tras un grumo de nubes opacas, y de algún lugar ajeno al barrio una ligera brisa visible se fue colando por cada una de las casas.  La gente se despertó callada, sin sobresalto, pero con todo el cuerpo cargado de pereza, y se asomaron a ventanas y balcones.  La brisa se convirtió en viento, el viento en huracán... y los árboles no se movían, los toldos no se movían... se hicieron remolinos en las esquinas que se convertían en tornados allá por la plaza Utrillas.

Los hombres y las mujeres bajaron juntos a la calle sin que una sola palabra de coordinación saliera de sus labios.  Dejaron a los niños durmiendo sin vigilancia con la razón de que algo dentro de sí les arrastraba a cumplir con un deber de inexcusable realización.  Parecía que debieran salvar la existencia del barrio.

Se congregaron alrededor de la fuente de la plaza Utrillas, atravesando sin esfuerzo el tornado que la recorría en diagonal de esquina a esquina.  Se miraban unos a otros entendiéndose con un lenguaje más allá de los sentidos: estaban unidos en una misión importante, de cuyo fin dependían graves consecuencias.  Conforme el grupo aumentaba, el tornado crecía en densidad y sin que nadie se diera cuenta... el barrio se quedó vacío.  Allá, por la luna, en el trasluz de las nubes opacas, pulularon unas cuantas sombras.  El tornado siguió sujeto a todo el barrio.

Los niños, durmiendo, soñaban con cuentos de hadas y la ciudad seguía su tenue ajetreo nocturno.  Nadie ajeno a la misión pudo darse cuenta.  Quizá duró un segundo, quizá por un segundo el barrio quedó vacío.

El día del desenlace amaneció con la alegría perdida semanas atrás.  Volvió la esperanza, el optimismo y el tránsito cotidiano.

El tiempo del Universo no tiene reloj.

La gente de Montemolín, las almas de Montemolín acudieron de visita a su parcela en el reflejo del Universo para rogar en tiempo límite por la vida del barrio.

Entendamos lo que fue un segundo sideral para una oración eterna.

El corazón de Montemolín

El corazón del barrio late al ritmo de sus ocupantes.  Podría decirse que todos los corazones se unen para nutrir la máquina de vida general.  Nadie, nadie es consciente de su participación, pero se percibiría algo así como si una fuerza vital se levantara sobre sus cabezas y transportara la realidad del barrio más allá del azul celeste que lo envuelve.

Se habla de Tristeza y Felicidad.  Ponerse de acuerdo en el efecto es fácil.  Lo verdaderamente polémico es dar con la causa, o causas, que llevan a esa máquina grande a transmitir a las alturas una lágrima o una sonrisa.  Existe cierta unanimidad en dar a la Tristeza sensación de desencanto y en adornar a la Felicidad de esperanza.

En Montemolín llueve poco.  Generalmente, los días nublados se llenan de tristeza, pero en cambio el  Corazón no varía apreciablemente su ritmo.  La gente sale menos de casa, los románticos leen canciones de amor y suspiran mirando por la ventana...  se lanza el recuerdo atrás... el barrio se ampara en la meditación y en la hora del anochecer el sueño aparece nostálgico.  Pero hay que deducir que en Montemolín la nostalgia no provoca la Tristeza.

Los hombres dicen que falta dinero, y lo dicen en el bar Otelo, con la faria y la copita fiada por el dueño.  La compra cuesta cada día un poco más, pero la despensa siempre guarda una vuelta de longaniza.  Los comerciantes y algún empresario se quejan sábado a sábado de que los jornales se comen el beneficio, que la venta desciende, y quién más, quién menos de ellos, ha mejorado en cilindrada su automóvil.  Los pordioseros no se van del barrio y siempre hay una pata de gallina para su sopa.  No, el dinero no hace vibrar de Felicidad al Corazón en Montemolín.

Quizá, cuando alguien muere, algunos corazones se convulsionan y, como norma, sólo uno o dos sienten realmente la Tristeza.  Está claro que esos latidos se reflejan poco en el Corazón del barrio.  Pero cuando ha muerto alguien querido de todos, o de casi todos, cuando el entierro paraliza las calles, suceso que podría entenderse colectivo, tampoco se aprecia por las alturas, entre las estrellas del Gran Motor de Montemolín,  movimiento de Tristeza.  Es más, algunas almas evolucionadas envían ciertos compases de alegría en el momento del entierro sin siquiera saberlo ellas mismas, y si alguna de ellas llegara a saberlo, se asustaría por no entender cómo puede alegrarse de una muerte ajena.  Convengamos, de todos modos, que la Muerte no se refleja en el Corazón del barrio.

Hay sucesos que, a la vez, alegran a unos y entristecen o, mejor dicho, encolerizan o irritan a otros.  Es decir, se compensa el sentimiento.  Entrarían en la verbigracia casamientos, licenciaturas, ganancias en sorteos, ascensos laborales... pero tampoco los latidos son tan intensos y continuados como para resaltar el movimiento general.

Así pues, es impredecible, de no existir un profundo estudio estadístico (?), el motivo por el cual se suceden Días Felices y Días Desgraciados en el entorno de Montemolín.

De la observación diaria, se diría que la gente vive metida en la rutina.  Todos participan en las conversaciones de los sucesos del barrio, pero no se aprecia una integración en los problemas generales.  Es dentro de las familias donde se crean los motivos de risa y llanto y raramente salen de allí.

Profundizando se vería que sólo la propia supervivencia mueve los corazones al ritmo suficiente para alargar la vida unos minutos más.  Nadie demuestra un claro interés por el progreso colectivo porque están preocupados de conseguir una mejor situación personal.  Es decir, no existe motivación para contribuir al crecimiento social.

Nada de lo antedicho puede considerarse negativo, porque en el barrio de Montemolín, salvo raras excepciones, se utilizan métodos honestos, incluso amables, para cubrir las necesidades.  Hasta existe ayuda del uno al otro si no hay intereses contrapuestos.

Preguntémonos entonces: ¿qué, o quién, o quiénes, mueven el Corazón del barrio hacia la Tristeza o hacia la Felicidad?

He visto muy clara la contestación.

En cierta manera, mío es el problema y mía la respuesta, porque tampoco nadie del barrio conoce, o percibe, la existencia de su Gran Motor, por lo tanto, sería muy difícil que alguno de sus habitantes respondiera a mi pregunta.

Primeramente, debo decir que desde aquí el Corazón no se ve como un músculo ni como un armado de seis cilindros en uve ni como el reactor de una central nuclear.  El Corazón no tiene materia... ni forma, evidentemente.  Los sentidos humanos son incapaces de percibirlo, no se puede ver, ni oír, ni saborear, ni oler, ni tocar.  Según la ciencia humana, no se puede sentir, paradoja del lenguaje.

Así, para ponernos a la altura de la razón, hay que explicar, haciendo juegos lingüísticos, que los sentidos perciben sensaciones siempre físicas y generalmente medibles.  La mente está hecha para entender, y nos educan para entender razonamientos, los cuales explican las sensaciones.  Con este criterio, es impensable llegar a conocer el Corazón.

Otra cosa son los sentimientos, rara especie de sensaciones no muy bien clasificadas, que la mente percibe, pero que son incomprensibles para sus medios razonadores.  Quizá se entiendan por tradición, quizá.

Bien. Los sentimientos llegan por esa parte tan escondida que es el alma, o sea, el espíritu encarnado.  Y al alma también le pertenece la mente.  Pero el alma no tiene razones, por lo tanto entiende con otro método no clarificado.

Digo, pues, que el Corazón sólo se ve y se comprende a través del alma y por medio de la mente puesta a su servicio y nunca con el método habitual del raciocinio.  Puesto que la gran mayoría del género humano desconoce otro método, los habitantes del barrio de Montemolín ni ven ni entienden su propio Corazón hasta el mismo día, o algunos después, de su propia muerte.

Preguntémonos entonces: ¿qué, o quién, o quiénes mueven ese Corazón hacia la Tristeza o hacia la Felicidad?

El Corazón no tiene forma ni materia...  El Corazón es Amor.

...

Y el Amor no necesita gasolina ni uranio, ni cuerpo, ni piel, ni siquiera caricias...  Para el Amor es imprescindible la armonía, la ternura, la paz, el perdón... el barrio y su gente.

Y toda la gente del barrio tiene alma, aunque no la vea ni la entienda.  Pero el alma vive, aún en el cuerpo, ajena a tantas cosas de él...  Percibe sentimientos y, aunque la mente no los entienda —porque los razona—, toda la energía se ceba hacia una comunicación inconsciente que electriza el Corazón.  Y el Gran Motor retroalimenta su movimiento para que cada alma sepa, aunque no entienda, que su gota es tenida en cuenta.  La gente del barrio que lo percibe no puede razonarlo, porque lo siente por intuición, que es la forma de entender del alma.

El Amor conmueve hacia la Tristeza o hacia la Felicidad, hacia los Días Felices o hacia los Días Desgraciados.

Si todo el barrio siente desamor, todas las almas sienten desamor y todos los desamores unidos emiten Tristeza que amarga al Corazón.

Si todo el barrio siente amor, todas las almas sienten amor y todos los amores unidos emiten Felicidad que alegra al Corazón.

El Corazón habla particularmente a cada alma del barrio.

El pasillo del recuerdo

La entrada a la calle Fillas es un corredor estrecho desde la esquina con Miguel Servet hasta la casa de los ultramarinos Cenis.  A partir de ahí se ensancha hasta desembocar en las tapias de Giesa y en la filla (génesis de su nombre).

La entrada a la calle Fillas es un espacio esotérico.

Hay ciertas personas, adictas a los Hombres Encantados, que han contado episodios inexplicables, sucedidos mientras caminaban por el corredor indicado.

Pilar, la pescatera, narró su experiencia de la siguiente manera: "De pronto me vi muy desorientada.  Sabía que estaba en ese lugar, pero en cambio me sentía viviendo un sueño algo difuso, en el cual mi hijo era mi hermano y yo una mujer joven de una familia pescadora.  Las imágenes me llegaban entre neblinas y como si me pusieran postales en un proyector.  Todo terminó cuando entré en la tienda de los Cenis".

Elías, el panadero, se tomó muy en serio su caso.  Pensó ser un hombre afortunado y, por lo tanto, hay que valorar su narración con la justa medida de subjetividad: "Resultó algo maravilloso.  Yo veía todo como un ángel desde el cielo.  Iba descendiendo poco a poco y aterricé cerca de una casa que me parecía conocer... y estoy seguro que es la que me corresponderá cuando muera.  Allí había una familia encantadora y yo me convertía en el hijo mayor.  Después de sentirlo como si lo estuviera viviendo, volví a ascender envuelto en una nube majestuosa que emitía destellos rojos y amarillos".

Juanito contó: "Yo no era yo.  Yo no era como soy ahora, pero era yo, más alto y más mayor.  Estaba disfrazado con ropas de teatro, ropas antiguas y llevaba una capa y una espada.  Me parecía que era un alguacil, porque me veía mandando como un jefe y todos me hacían caso".

Estos tres sólo son ejemplos, pues hay gran variedad de casos y muy variopintos.  Incluso alguna persona repetía experiencia con asiduidad, unas veces con historias parecidas y en otras totalmente distintas e inconexas con las anteriores, de lugares y épocas dispersos.

Podía parecer que eran sueños por alucinación.

El testimonio más escalofriante salió por los labios de don Abel, un viejecito encantador que, con una buena jubilación, se dedicaba a ayudar a las familias necesitadas.  Como vivía en el número 4 de la calle Fillas, estaba obligado a atravesar el corredor todos los días.  Sufrió una experiencia repetitiva por una semana, de tal manera que al llegar el viernes no se atrevió a salir de su casa.

Don Abel contó que él mismo, con unos veinte años, con unas facciones tremendamente idénticas a las que tuvo en esa edad, se veía atado a un pilar, vestido con una túnica blanca y rodeado de guerreros que lo custodiaban.  Al frente suyo se alzaba una gran piedra lisa, manchada de rojo seco por los costados.  Uno de los guerreros le agarraba del cabello para que no moviera la cabeza mientras sucedía la ceremonia.  Cinco mujeres fueron colocadas en hilera junto al altar y una a una las acostaron sobre él, entre gritos espeluznantes.  El que parecía Gran Sacerdote les clavaba un cuchillo en el corazón.  Cuando la última mujer dejó de respirar, lo desataron y seis guerreros lo elevaron sobre sus cabezas para trasladarlo a la piedra del sacrificio.  Cuatro guardianes lo sujetaban de pies y manos.  La túnica se le empapaba de rojo caliente.  El Gran Sacerdote se acercó hasta él y, poniéndole la mano abierta sobre el pecho, miró al cielo, susurró algo así como una rogativa y elevó la otra mano que asía un puñal dorado para clavárselo en el corazón.

Don Abel sufrió esta experiencia como un recuerdo propio durante cinco días hasta cuatro veces diarias.  Cuando el lunes, doña Antonia, la practicante, pudo convencerle para que saliera de su encierro y bajara como siempre a la calle Fillas, el recuerdo cambió por una experiencia más gratificante y ya no se repitió más la historia cruenta.

Al cabo del tiempo, este corredor de la calle Fillas fue llamado "El Pasillo del Recuerdo".  Hoy, ya abierta toda la entrada con la casa de los Cenis derribada, no se producen casos de este tipo.

No todo el barrio entiende por qué se le llama "El Pasillo del Recuerdo", si bien se le conoce por siempre como tal.  El análisis de los hechos llevó a diferentes interpretaciones.

Unos afirmaban que se producían debido al exceso de cables eléctricos que cruzaban la calle.  El campo magnético creaba ondas excesivamente fuertes que influían en los pensamientos de las personas más sensibles, distorsionando la capacidad de raciocinio y de adecuación a la realidad.  Esta hipótesis no podía explicar la cadencia de los "sueños", ni su repetición, o su variedad, o su contenido...  Pero era un razonamiento científico.

Un gran grupo de mujeres estaba convencido de que se trataba de un conjuro dirigido por brujos malignos a quienes eran capaces de vivir en paz consigo mismo, tratando de volverlos locos para inclinarlos al mal y entorpecer la buena marcha del barrio.  Según alguna de estas mujeres, podría evitarse con trabajos de magia blanca.  Se contrató a un parasicólogo visionario que no logró evitar el fenómeno.  Además, según esta teoría, no se daba explicación a casos como el de Elías, el panadero, que consiguió una gran quietud interior y un mejor humor para con sus vecinos.

Se llamó a un radiestesista especializado en detectar vetas internas de energía negativa, y encontró un ramal de desagüe atascado que de no haberse descubierto podría haber provocado una gran inundación.  El alcalde pedáneo se puso muy contento.

Realmente, el nombre de "El Pasillo del Recuerdo" se adjudicó por una razón muy obvia que, intuitivamente, pero lejana de aceptación racional, entendió la mayoría del barrio.

"Estamos de paso aquí, en una etapa finita, regresando de un camino anterior hacia una misión infinita".  Parece ser que este lema salió de Valero evacuando una consulta sobre el tema que nos ocupa.  Nadie lo comentó, pero muchos lo aprendieron para reflexionar en la soledad de la noche.

El corredor de entrada a la calle Fillas estaba habitado por espíritus superiores que debían actuar influyendo en personas determinadas para lograr en ellas un mayor progreso durante su vida actual.  Aprovechando un espacio reducido de tránsito habitual y continuado, ejercieron allí una de sus tareas: hacer despertar la sensación de eternidad provocando el recuerdo de experiencias importantes.  Es decir, los episodios de otras vidas, latentes en la memoria espiritual, eran reactivados para que su conocimiento ayudara a encontrar actitudes positivas en cada ser.

"El Pasillo del Recuerdo" no tiene otra explicación.

Las verjas de la Estación

Cuando Luis y Beatriz desaparecieron, se armó un gran revuelo en el barrio.  Luis era hijo de doña Engracia, la señora del Estanco, y Beatriz, hija de Antonio el tranviario, dos familias muy queridas por la comunidad.  Luis tenía dieciséis años, y Beatriz, quince.

Todo el mundo sabía que iban para novios, pero nadie les había visto darse la mano o un beso.  Una noche de diciembre, ninguno de los dos volvió a casa y, aunque Gustavín dijo haberlos visto juntos, no se sospechó de una fuga conjunta.

El barrio entero se movilizó en su busca sin saber que nadie de este mundo podría encontrarlos.

El fondo de la plaza Utrillas se cierra con la antigua estación de ferrocarril, pero sus ángulos no llegan a juntarse con los edificios colindantes.  Para evitar intromisiones, entre las esquinas se alzan dos grandes verjas de hierro trabajado.  Cuando el sol se va, ninguna farola es capaz de alumbrar los dos espacios aludidos.

Luis y Beatriz eran tan vergonzosos que los padres de ambos pensaban que serían incapaces de entablar otras amistades distintas a las de su familia.  Luis y Beatriz vivían en el mismo edificio de la calle Higuera.  Así, Luis y Beatriz, recíprocamente, eran los únicos miembros ajenos al parentesco con quienes se relacionaban desde niños.  Estaban enamorados.

Tres años antes de la desaparición, ambos por separado, evacuaron consulta ante Valero sobre su problema de indecisión al respecto.  Recibieron los dos idéntica respuesta al uso del filósofo:

"La luz y vuestra voluntad os ampararán".

Naturalmente, nada les aclaró y así nunca hablaron del asunto, por lo que el barrio entero desconocía la profundidad de sus sentimientos.

Luis, el día anterior a la desaparición, sintió un fuego interno que le recomendaba constantemente hacerle muestra a Beatriz de su amor.

Beatriz, el día de antes a la desaparición, oyó una voz interna que le rogaba con insistencia besar dulcemente a Luis.

En invierno, cuando ya no hay sol, la plaza Utrillas se queda desierta.  Las farolas alumbran con deficiencias y el viento suave forma remolinos que levantan nubes de polvo.  En invierno, los plátanos de la plaza están deshojados y proyectan sombras alargadas como de brazos esqueléticos que se apoderan de la fuente.

La noche de la desaparición, el viento habitual se había calmado y los plátanos parecían sonreír.  Las farolas habían crecido tanto en luz que las esquinas de la Estación destacaban por su enorme oscuridad.  Alguien diría que esto ocurría sin capricho.

En los corrillos de las Novias Románticas se comentaba que los chicos llevaban a los ángulos oscuros de la plaza a las novias avanzadas para enseñarles el arte del beso.  Y las más indiscretas contaban que las novias besadas habían experimentado, entonces y en ese lugar, una sensación de magnetismo que las elevaba por encima de las verjas durante un tiempo de imposible medida.

Por eso, las verjas de la Estación consiguieron cierta fama de misterio.

El día de la desaparición, Luis y Beatriz decidieron hacer caso a sus impulsos interiores.  Sin quererlo, pero buscándose, se encontraron en el patio de su casa cuando ya nadie podía atreverse a circular a la intemperie.  El uno viendo al otro se dieron cuenta de que sus ojos irradiaban una luminosidad inexplicable.

Luis, obedeciendo sus instrucciones, quería hablar de amor, y dada su timidez, decidió que sólo había un lugar en el barrio para superar su terrible apuro cuando dijera las palabras que hervían en su entraña: las verjas de la Estación.

Hace varios lustros, cuando se construyeron la Estación de Utrillas y las casas colindantes, la empresa del carbón, dueña de las instalaciones, decidió encargar a don Álvaro Fernández la forja de dos verjas artísticas para cerrar unos huecos entre edificios.

Don Álvaro era un hombre con gran iluminación, que había enfocado su sensibilidad al trabajo artesano del hierro.  Obras suyas habían llegado a Europa y cruzado el Atlántico hasta Buenos Aires.  Siguiendo ciertas recomendaciones inconscientes, una vez al año, alguna de su obras debía culminarla en arco peraltado, debajo del cual iría una circunferencia hueca con tres radios en forma de Y.  Además, no podía enviar dos composiciones de éstas a la misma ciudad.

Cada vez que don Álvaro culminaba su obra especial del año, Martita, su hija menor, la brujilla, se fijaba con intensidad en la culminación y decía: "Papá, ¿no ves cómo el señor de arriba sonríe?  Es muy guapo". 

Gustavín había bajado a dejar la bolsa de la basura en el cubo del portal.  Luis y Beatriz no contestaron a su simpático: "Buenas noches".

Temiendo que los descubrieran, los enamorados dieron un rodeo por la calle del Sol hasta la calle Fillas, dirigiéndose con paso firme hacia el lugar que, sin palabras, los dos habían decidido.  Caminaban a la par y, al roce de sus hombros, sentían cómo una luz en su corazón se encendía para calentarles el alma.

Aquella noche, nadie sensible del barrio quedó inmune.  Las brigadas de búsqueda se desorientaban con gran facilidad, pero, extrañamente, dado su conocimiento del barrio, les pareció normal.  Las madres que permanecieron en sus casas no pudieron dormir y gozaron hasta el amanecer de un halo de paz cálido y acogedor.  Todos los niños durmieron como ángeles benditos y despertaron por la mañana con una alegría nunca sentida a causa de un sueño que no recordaban.  Los adictos y adictas a los Hombres Razonables se angustiaron enormemente y pasaron días hasta calmar los nervios.

Como acertadamente todo el barrio sospechó, Luis y Beatriz no se habían fugado, ni por asomo lo pretendían, sólo deseaban ser capaces de demostrarse su amor.

Cuando llegaron a los pretiles alargados de la plaza, ensimismados en la lucha contra su timidez, no se dieron cuenta de que las farolas se cargaron de una luz más blanca, ni de que el viento, con respeto, detuvo su trajinar por los alrededores.

Las verjas seguían en la oscuridad.

Sólo dudaron en dirigirse hacia el frente, verja cercana, o a la izquierda, verja del otro lado.  La decisión era irrelevante porque ambas gozaban de idéntica virtud.

Se adentraron en la penumbra con el sonido acelerado de su pecho.  Apenas sentían los hierros labrados, apenas sentían la realidad de su ser, se veían sólo el uno al otro como almas enardecidas que buscaban su comunión.  Si hubieran mirado alrededor, no habrían podido ver la plaza Utrillas.

Cuando Luis quiso hablar —¡por fin!—, Beatriz le acercó los labios tapándole la palabra.

Al día siguiente, hora del desayuno, aparecieron junto a la verja de la Estación con el firme convencimiento de comunicar a todo el barrio que ya eran novios universales.  Una gran mayoría les felicitó y se puso a llorar de gozo.  El resto, adictos a los Hombres Razonables, les recriminó su falta de sensatez, y soportaron los residuos de la angustia pensando que a lo peor podía ocurrirles lo mismo a cualquiera de sus hijos.  "¡Ojalá les suceda!", contestaban los novios.

En el preciso instante en que los labios se unieron, a través de la circunferencia partida en tres sectores descendió una luz de amor que los envolvió y los elevó hacia el mundo de la felicidad eterna, donde enseñan el amor, donde se aprenden lecciones desaparecidas de los libros, y tal fue la intensidad del sentimiento que el tiempo se truncó, convirtiéndose en eternidad o milésima de segundo, quién sabe.  Y mientras duró la noche terrena, Luis y Beatriz cumplieron con calificación cum laude el doctorado en la asignatura de Ternura, Entrega y Servicio.

Una luz les enseñó.

El palacio de Larrinaga

Érase una vez una muchacha bella, muy bella, tan bella que sus padres le obligaban a salir a la calle con velo.  Habitaban cerca de Montemolín, en el barrio, entonces pueblo, de La Cartuja de la Concepción, adonde se llegaba por la carretera de Alcañiz en una media hora sirviéndose de carro.

La muchacha se llamaba Ángela, por aquello de que su madre salvó la vida de milagro después del parto, consiguiendo salir de peligro en el momento de comenzar a amamantarla.  "Fue mi ángel de salvación", contaba doña Luciliana, la madre.  A consecuencia del parto tan difícil, Ángela tomó una naturaleza enfermiza y Luciliana quedó imposibilitada para tener más hijos.

La niña creció entre algodones y no le faltaron cuidados, pues su padre descendía de sangre azul y era propietario de muchas yeguadas de tierra fértil en el lindero del río.

Nadie se explicaba por qué coincidían en Ángela belleza y enfermedad.  Cualquiera entiende que Dios crea la hermosura para ser admiraba por el hombre, y ella, frágil cuerpo, apenas podía salir al aire libre, y cuando lo hacía, el padre ordenaba que se cubriera con mantilla y velo negros.  Don Gerardo no actuaba con exceso de autoridad, decidió así por motivo de protección.  "Cualquier muchacho que pueda verla se enamorará perdidamente de ella y Ángela no está capacitada para entregarse a un varón con las condiciones necesarias".  Don Gerardo sabía que un nieto mataría a su hija como estuvo a punto morir su esposa.  Además, ninguna familia de los alrededores podía ostentar un linaje tan antiguo y noble.

Ángela acudía a misa todos los domingos a la capilla del monasterio del pueblo, acompañada por su madre y su aya.  Evitaban la iglesia por aquello de la tentación.  Así, además de su padre, ella no vio otro varón a velo quitado, excepto...

El amor no es exclusivo de los don Gerardos ni las doñas Lucilianas.  El amor fluye en el Universo apoyándose en cualquier partícula creada por Dios, y se aloja, especialmente, en las cercanías de los corazones de las muchachas adolescentes.  No hay velos ni mantillas ni clausuras que lo escondan ni lo eviten.

Andrés Larrinaga comerciaba con tejidos, y desde Laredo recorría todo el país para surtir de sus mercancías a los monasterios.  En La Cartuja atendía un pedido para hilar tapices y confeccionar hábitos.  Como hombre devoto, escuchaba siempre Misa allí donde se encontrara.

Aquel día de verano hacía mucho calor.  La capilla del monasterio era fresquita, pero el camino hasta ella a las doce del mediodía provocaba una quemazón insufrible.

Andrés ocupaba el tercer banco de la capilla, justo detrás de los monjes más ancianos y justo al lado del lugar donde Ángela y sus dos acompañantes se sentaban todos los domingos.  El apuesto joven nunca pudo imaginar...

El cambio de temperatura tan brusco provocó a las tres mujeres un exceso de transpiración. Ángela sudaba copiosamente por culpa del velo negro y, para limpiarse el rostro, sacó de su manga un pañuelito bordado.  Por un momento, separó el velo de su cara; por un momento, sus facciones quedaron al descubierto... para un hombre.

Andrés miró a Ángela.  Ángela vio a Andrés sin el filtro eterno.  Y esa química que ningún científico explica actuó como relámpago en noche de luna nueva.  Los dos oyeron el corazón del otro de la misma forma que si los tuvieran juntos.  Los dos se supieron unidos por un hilo de plata, los dos irradiaron por encima de sus cabezas los efluvios del amor que no es materia, mientras allá abajo, los sentidos les demostraban la verdad de sus vidas: habían nacido para unirse.

El hombre insistió ante el padre y la madre para llegar hasta la mujer.  No llegó a verla de nuevo y ya se encontró con el duro obstáculo de la condición social.  Por sus venas corría sangre plebeya, indigna de un linaje azul.

La mujer porfió ante su padre y su madre para llegar hasta el hombre.  No llegó a verlo de nuevo y ya exigió su libertad de amar con tal pasión que su salud se resintió gravemente.  Juró no recuperarse nunca si su amado no era aceptado en la familia.

Don Gerardo no cedió: comunicó a don Andrés que nunca sería merecedor de su hija, porque no podría superar la cuantía de su dote.  Además, le prohibió pisar tierra de la familia, es decir, le impidió entrar en el pueblo de La Cartuja.

El hombre no se rindió.  Volvió a su ciudad y reunió todo el dinero que sus negocios fueron capaces de darle.  Compró un terreno equidistante entre La Cartuja y el centro de la capital y comenzó la construcción del palacio más exquisito jamás visto en los alrededores.

Mientras su obra crecía, pudo encontrar el medio para comunicar a su amada todas las riquezas que iba instalando al servicio de su amor.

Don Gerardo hizo oídos sordos a las noticias que hablaban de un palacio con una grandiosidad desconocida en cualquier obra de aquella época, envidia de todos los pudientes de la comarca y ejemplo futuro para todos los nobles.  Hizo oídos sordos al rumor de que la dueña sería su hija Ángela en cuanto se desposara con el señor Larrinaga.

La última carta que Ángela recibió decía que el palacio estaba terminado y que en breve su padre sería invitado a la inauguración, con la intención de que comprobara la belleza y opulencia de la futura casa de su hija.  Andrés la ofrecía como regalo de boda.

Ángela, al leerla, sintió que una fuerza lejana le atraía sin remedio, y se arriesgó a salir sin velo, ensillar un caballo y lanzarse al camino para encontrarse con su amado.

Llegó ante la verja del palacio con la noche caída.  Los rayos de luna llena hacían destellar los mosaicos del frontal y se colaban por las vidrieras de color.  Sólo pudo ver los setos del jardín y la escalinata de entrada rematada por dos grandes copas de piedra que semejaban ofrenda para el visitante.  Ángela murió en el linde de su casa.

Andrés no volvió por la comarca.  Nadie supo más de él.

Cuando los Hermanos Marianistas compraron el palacio para instalar allí su noviciado, obviaron los relatos de un albañil que decía haber visto una mujer vestida de negro aguardando en la entrada de la casa.

Los Hermanos Marianistas no saben que Óscar, el hijo de "la camarera", habla de vez en cuando con una mujer errante que dice esperar ansiosa la vuelta de su prometido.

Los Hermanos Marianistas no saben que cuando se celebra una boda en la capilla del palacio la novia siempre está acompañada de una madrina especial vestida de negro.

Los Hermanos Marianistas no saben que Ángela habita en el palacio de Larrinaga.

Los espíritus agrupados

Una noche de invierno crudo, descubrí que se estaba gestando un importante grupo en las entrañas mismas del barrio.  Lo localicé frente a la plaza Utrillas, en el cruce de Fillas con Miguel Servet.  Eran cinco seres que conversaban.

Llevaba la voz cantante, de tenor autoritario, don Justo, un alcalde del barrio en otra época y enterrado como tal en su día.  Los otros cuatro también habían sido hombres importantes de la comunidad, a saber: don José, párroco y hábil predicador para la causa divina del cepillo;  González, socio de Peipasa, excelente industrial y buen comedor; Landáburu, prohombre de Cima, mujeriego donde los haya a cual más fornicador; Picazo, dueño de varios comercios y rígido patrono con los dependientes.

Todos habían fallecido recientemente y se saludaban con efusividad muy extrañados del encuentro. 

Don José asumió la responsabilidad de analizar la situación como experto en las cosas del más allá.  Argumentaba que estaban cumpliendo un pequeño purgatorio por sus pecados veniales, es decir, que se encontraban en la antesala del cielo y que, cercano el momento de ver a San Pedro, deberían aguardar en la cercanía de un altar consagrado.  Se inició un arduo debate donde los otros, todos ellos de acuerdo, exponían que, demostrada claramente la vida después de la muerte y, puesto que a nadie más habían visto por allí, eran los designados por la Providencia para solucionar los problemas del barrio.  Don José, visto el panorama, se adhirió a la mayoría sin gran convencimiento.

Cada cual de ellos hacía tiempo que vagaba con circunstancias similares.  Los cinco se asustaron al morir porque, al verse entre la gente velando su cuerpo, creyeron que pasaban por un mal sueño. Cuando se dieron por convencidos de su muerte, después de haber asistido cristianamente a su entierro, se molestaron por la enorme luz que arriba les salió, cuyo resplandor les picaba como un grano en la coronilla.  Una vez liberados del picor, creídos de que seguían en el mismo mundo sin mundo, se lanzaron a por sus inquietudes terrenales.

El párroco, sumo secreto, buscó a la Pruden, señora de García, para comprobar si con su marido fornicaba tan austera como le informaba en la confesión.

Don Justo pensó seguir como alcalde, quizá ministro, en la nueva configuración del Estado y marchó a presentar credenciales al Gobernador Militar.

Los otros tres, viendo que no gozaban de billetera —González para comer en "Los Borrachos" (cinco tenedores); Landáburu para invitar a cierta jovencita; y Picazo como control estricto de sus negocios—, se dirigieron raudos hacia las cajas fuertes de su propiedad.

Don José, viendo que la Pruden disfrutaba más que Mesalina, Don Justo, viendo que el Gobernador Militar no le hacía ni puñetero caso, y los otros tres, viendo que no podían llevarse los billetes de sus entretelas, se desesperaron hasta la extenuación.  Cansados de llorar, se les aparecieron a las viudas —don José a su concubina de la calle Montearagón—buscando el consuelo que ellos les negaron en vida (Landáburu descubrió al amante de su mujer). Comprobaron la inutilidad de la acción y, como último remedio, acudieron a la iglesia, rezaron ante la Cruz, se arrepintieron de sus pecados y... como premio, después de esos avatares y con dicho arrepentimiento, pudieron encontrar a alguien conocido en la esquina indicada.  Solucionada la desazón, sólo don José aprobó una parte del temario.

El fin del cónclave se demoró porque costó mucho llegar a acuerdos concretos.  Parecía entenderse que todos pretendían una acción conjunta y coordinada, pero primaban los intereses particulares.  Dado que don José entendía mejor la misión, pidió erigirse consejero general de las almas individuales y, dada la confusión, se le concedió la jefatura del grupo, previa advertencia de los otros integrantes de acudir a Misa solamente los domingos.  Así, don José, en secreto de confesión, impartió los consejos para encaminarlos al bien común.

A los dos días de trabajo conjunto, cada cual campaba a su aire.

Landáburu, por el golpe brutal de su cornamenta, fue el primero que comenzó a desarrollar una labor prometedora.  Se convirtió en sombra de los esposos engañados, desvelándoles al oído las andanzas de sus mujeres malvadas.  Provocó tres separaciones inmediatas y un intento de crimen pasional.  El remordimiento le hizo llorar de nuevo.

González, buscando proporcionar una mejor aporte nutritivo en las cartas de afamados restaurantes, se dedicó a revisar las recetas gastronómicas de los más nombrados cocineros.  Al comprobar en tres conocidos restaurantes la porquería, cucarachas y ratones que abundaban por las trastiendas, no dejó de perseverar hasta conseguir que el Delegado ministerial iniciara una exhaustiva inspección de higiene en la ciudad. Su empresa, Peipasa, fue la primera sancionada con falta muy grave y un importante monto económico.  La culpa le hizo llorar otra vez.

Don Justo pretendió colaborar en la Comisión de Festejos y, puesto que él los prohibió sin razón consistente, instigó sin pausa hasta lograr la inclusión de los fuegos artificiales como fin de fiesta.  Como consecuencia de la prisa e inexperiencia de los comisionados, un niño sufrió quemaduras en las nalgas.  La impotencia le hizo llorar  nuevamente.

Picazo le sopló a su hijo para que derogara el Reglamento de Régimen Interior (ver en Anexo) que instaurara su abuelo para el primer comercio de abacería.  Vigente desde 1.823 para toda la cadena de establecimientos, fue rápidamente anulado sin sustitución.  El desorden provocó una huelga general en Picazo e hijos, S.L. y las mujeres del barrio no pudieron abastecer su despensa en una semana.  El exceso de responsabilidad le hizo llorar repetidamente.

Don José se presentó ante el nuevo párroco y le susurró algunas sugerencias de comportamiento individual.  Como el nominado era joven y rebelde, reaccionó al contrario y, en la misa dominical, lanzó una prédica donde abogaba por la necesidad de desterrar las falsas apariencias provocadas por el egoísmo, dando prioridad absoluta a los valores de una comunidad que velara por los intereses generales...  Entendida su equivocación, Don José lloró de segundas.

Y así, con hipidos y lagrimones, los cinco volvieron a encontrarse en el punto de partida como si un alma caritativa les hubiera indicado el camino del consuelo.

Contadas sus experiencias y visto el fracaso, don José expuso la teoría de los esfuerzos aunados y desarrolló un esquema de actuación.  Se le ocurrió que, atropellada Martita frente al palacio de Larrinaga, el barrio necesitaba semáforos para peatones en las esquinas más transitadas.  Utilizando la importancia de los contertulios, cada uno debería influir en sus conocidos para conseguir la instalación de ellos lo más rápido posible.  Se aprobó la moción.

Esta vez, don Justo, usando sus dotes organizativas y los conocimientos que de su gente tenía, preparó el plan.  Landáburu, por medio de su ascendiente sobre las mujeres, se encargaría de informarles de sus derechos para llevarlas a la protesta ordenada.  Picazo atacaría por el flanco de la Asociación de Comerciantes, intentando que denunciaran la inseguridad de la zona.  González haría que la plantilla de su empresa, en el corazón del barrio y la más numerosa, detuviera el tráfico por una hora en el lugar del atropello de Martita.  Don José influiría en los sermones de las iglesias del barrio para que se lanzara el problema como cuestión de algún mandamiento mosaico.  Y don Justo hablaría con el concejal de Tráfico.

Ninguno de los cinco supo que contaron con una ayuda especial.

A los dos meses, semana víspera para nombrar al nuevo alcalde, las esquinas de Montemolín se fueron alumbrando con luces amarillas, verdes y rojas.

Estaban celebrándolo con gozo infantil en la esquina Fillas con Miguel Servet, cuando una luz idéntica a la del picor en la coronilla los envolvió como una nube y ascendieron hasta perderse entre los confines del Cielo.

 

 ANEXO CITADO

Reglamento de Régimen Interior para las tiendas Picazo y Cía (1.823)

Exposición de motivos: Es menester que el patrono vele por sus empleados.  Haciendo una labor educadora y disciplinaria, el cumplimiento de este Reglamento supondrá una obligación en sus puntos normativos y una orientación en sus puntos de consejería.  Respecto a los primeros, su inobservancia se castigará con sanción; respecto a los segundos, se emitirá una recomendación.

Artículo 1: La tienda debe estar abierta desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche.

Artículo 2: Hay que barrer la tienda y limpiar el polvo de los mostradores y estanterías, llenar las lámparas, limpiar las chimeneas y traer un cubo de agua y otro de carbón, todo ello antes de desayunar, sin dejar por esto de atender a los clientes que nos visiten.

Artículo 3: El domingo no se abrirá la tienda, a menos que sea imprescindible y en ese caso sólo unos minutos.

Artículo 4: Los empleados del sexo masculino dispondrán de una tarde a la semana para cortejar y de dos si van a un acto religioso.

Artículo 5: El sábado será día de paga una vez cerrada la tienda.  No se admitirán protestas por cuantía.

Artículo 6: Cada empleado pagará por lo menos 50 pesetas al año a la Iglesia y asistirá a la catequesis con regularidad.

Artículo 7: El empleado que tenga la costumbre de fumar puros cubanos, afeitarse en la barbería y asistir a bailes y otros lugares de diversión, dará motivos a su patrono para desconfiar de su honradez e integridad.

Artículo 8: Después de 14 horas de trabajo en la tienda, el tiempo libre debe dedicarse principalmente a la lectura.

Susana

Nadie en Montemolín conoce a Susana.  Susana vive en una casita baja de la calle Belchite, casi esquina a la calle del Sol.  Hoy tiene ya quince años y nunca ha visto reflejados en las aceras los rayos del sol ni de la luna.  Susana vive con su abuela y morirá con su abuela.

Morirá una santa sin que lo sepa la Santa Madre Iglesia...  Aunque si la Docta Institución supiera toda la verdad —es incapaz de saberlo— condenaría a Susana al infierno más profundo.  Bueno, a esta Susana no, a otra.  En fin, perdón, todo quedará claro al final de la historia, espero.

Ella es alta, ya desarrollada y con un cuerpo perfecto. Desde que tiene uso de razón sólo ha querido utilizar ropas de la abuela: sayas, enaguas y velos.  Por ello, y por sus ojos, podría pasar por la auténtica Virgen María.  Sus ojos son límpidos, de una transparencia tal que uno ve en ellos el remanso de un torrente apenas nacido.  Sólo mirarla da paz... y nadie la ve, porque la abuela sufre de cataratas agudas.

Su historia de esta vida es dulce; la otra, cruel.  Nació sin asistencia, en el granero de la casa, con su madre y su abuela de únicos participantes.  La parturienta, cuando el caldo de gallina la recuperó, se marchó a buscar a un novio para recorrer el mundo, dijo.  Embarazo de madre soltera, secreto bien guardado, deshonra escondida para la familia, la abuela viuda cargó el paquete.

Miguela dio por perdida a su hija Miguelita.  No recuerda por quién lloró más, si por la madre o por la niña.  Al menos pudo llorar en compañía esta vez, pues con el nacimiento había cumplido veinte años de viuda.

Susana creció en silencio, nunca nadie pudo oírla llorar, ni siquiera hablar.  La abuela la creyó muda (¿lo era?) y así se conformó, sin atender el defecto para no descubrir una existencia que de esta manera se guardaba mejor.  ¡Qué dócil, qué obediente fue Susana!  A los dos años, ya se valió por sí misma y empezó a servir a la abuela.

La abuela Miguela nació para ser amada hasta cierta edad.  Vivió una infancia tan feliz que era incapaz de recordarla para no herirse en comparación con la de su nieta.  Convivió con un hermano protector y dos hermanas cariñosas, igual que los padres, tal así que siempre le pareció cursar estudios de amor en una academia especializada.  Y aprendió, aprendió a amar lo mismo que a cocinar, coser, lavar, planchar y fregar, con gran alegría y un deseo de profundizar en cada materia para doctorarse en la Universidad que su tiempo le brindaba a las mujeres.  La razón de su estudio fue simplemente saber amar mejor.

Miguela tuvo un matrimonio perfecto, de los que no se estilaban en la época.  Hombre apuesto y tierno fue el marido, tan amante de su esposa que evitó el embarazo hasta después de cinco años de casados para amar mejor a su esposa.  Entonces tampoco ansió un varón, sino, al contrario, una hembra morenita y cariñosa con mechones rebeldes y deseos de ser ingeniera.  Ayudó a limpiarle el culito y a preparar papillas de verdura.

Siete años duró el paraíso, hasta que Miguelita, la hija, supo farfullar unas frases seguidas.  En esos días, murió Macario por unas fiebres mal curadas; en esos días, Miguela comenzó a sufrir la prueba de su vida; en esos días, Miguelita inició su camino de insensatez... y así a la madre Miguela le tocó sufrir por esta hija descastada, porque, siglos atrás, en otra vida, abandonó a sus hijas de entonces para correr hacia la "bondad" de una hacienda suculenta.  Miguelita fue su expiación.

¡Qué bien aprendió su lección antes de regresar!  Muchos años de amor en su hogar, de enseñanza para la ternura, le habían proporcionado el poso de la paciencia, de la probidad, de la entrega sin rencores... Miguelita, la hija, lo disfrutó sin darse cuenta, como casi todos los hijos, recibiendo el más dulce fruto que pueda recibirse... regalando a cambio exigencias e ingratitud, rebeldía y maldad.

Hay quien dice que todo está escrito.  No, por cierto.  Susana no aparecía en ningún índice de esta vida, tenía reservados más años de expiación en las Escuelas de Universo, donde ya alcanzaba grados elevados de conocimiento.  Pero Susana no debía regresar... todavía.  Susana (llamémosla así) había faltado gravemente en su otra vida contra la Ley del Amor en un ejercicio de auténtica soberbia.  Odió, humilló y despreció a seres que a su alrededor se movían con sentido del servicio y de la subordinación.  Ella, tan amante de sus iguales, tan dulce con la gente que la acompañaba en los bailes de la Corte, hundía a sus servidores en la tiranía...  Un día oscuro, en un ataque de celos, estranguló a quien había sido su aya y la de sus hijos...  A continuación, llena de conciencia equivocada (estuvo bien hecho, pensó), mantuvo su amor por los iguales y el desprecio por sus criados.  Susana (llamémosla así) no tuvo ningún castigo en esa vida.  Al morir, cayó en lo oscuro con una deuda pendiente.

Alguien pensó que Miguela necesitaba ayuda, Alguien pensó que Miguelita necesitaba ayuda y Alguien vio que Susana podría estar en condiciones de ayudar.  La purgación debería ser más larga en el tiempo estelar, pero, nunca mejor dicho, el arrepentimiento siempre hace milagros, y ese Alguien, que los tiene en su mano, armó el rompecabezas para lograr avances de amor... y nació Susana.

Conforme la pequeña tomaba conciencia de su ser, la abuela Miguela contribuyó a extender las lecciones que se truncaron para Susana en la Escuela del Universo y sembró las caricias y la ternura en los pasos de la nieta como ampliación del curso estelar.

Miguela le marcó sin saberlo el camino de su progreso y, cuando la niña ya fue casi mujer, comenzó a perder las fuerzas del cuerpo mientras crecía el color en su alma.  Miguela perdía la vista, perdía el oído, cargó su espalda con dolores, pero nunca dejó de tener encendido el corazón.  Y Nadie le explicó por qué aquella niña estaba allí sin hablar, sin ofrecer un gesto de cansancio ni queja; Nadie le explicó por qué, al ver sus ojos, sentía un amor profundo ni por qué, al mirar las manos de su nieta, se estremecía en una angustia de temor que no recordaba en esta vida.

Susana tiene hoy quince años.  Vive con su abuela y morirá con su abuela.

El Futuro rueda a la par del Pasado y del Presente.

Susana hará dieciséis años sin pronunciar una palabra, derramando una sola lágrima y ansiando pacientemente que su abuela sea capaz de cumplir su labor de madre amante.

La abuela va a disminuir su calvario porque amó.  Susana va a responder con calificación brillante al examen de esta vida.  Y en el barrio de Montemolín nadie conoce a Susana.

La gente de Montemolín sabrá de Miguela y su nieta cuando la morbosidad descubra que dos hombres asaltaron una casita baja en la calle Belchite para robar sayas y enaguas.  El barrio se escandalizará cuando sepa que se encontró a la abuelita postrada en su cama, muerta por su natural, y a la nieta con el cuello destrozado por dos manos como tenazas, como hacía siglos murió un aya.  El informe policial no dirá que ambas sonreían.

Y nadie allá abajo sabrá que Miguela tenía experiencia en otra vida como aya de unos muchachos revoltosos en casa de una tiránica mujer que alternaba con los más poderosos de la Corte, y llamada Susana algún tiempo sideral más tarde.

Miguelita no supo encontrar el sentido de su vida.