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Molintonia

El infante travieso

En Miguel Servet, 36, se erige la "fuente de cultivo a mi intelecto y la cuna de mi despertar ético", además de los patios de recreo.  Todavía hoy, en la Secretaría, presta bondad y ternura el hermano Adolfo que, por encima de papeles y recibos, nos restaura con dulzura torceduras, arañazos, heridas y estados de ánimo confusos.  Hablo de La Salle Montemolín, pesebre de buenos baloncestistas y refugio del cariño de una congregación.

Habita en él un Infante Travieso.

Cuando cumplía 3º de Bachiller, un estupendo chaval decidió escaparse a los mundos de aquí arriba.  Eligió como punto de partida el pabellón que acogió su entrada.  Nada más cruzar la enorme puerta de acceso al Colegio se alzaba a la izquierda un enorme cobertizo, con más de seis metros de altura, casi hueco si no fuera por los cinco habitáculos a modo de piezas de rompecabezas que se repartían en su interior; la Casa del Alumno, con juegos de recreo a cargo del Hermano Pepe, un almacén y tres clases alargadas de Párvulos y Primero; y sobre ellos, nada más que aire hasta las vigas, vigas metálicas repletas de tornillos gigantes, triangulares con base superlativa, que se apoyaban cada una en columnas gemelas.  Por la superficie libre se esparcían colchonetas, caballos, que no de montar, plintos, potros, que no de tortura, y... cuerdas de escalar.  Olía a polvo húmedo...  Con el aroma extraño, con una maroma lisa, el infante castigado, un chico alegre, gracioso, hecho para vivir y hacer vivir a los demás, se vino a buscar por estas alturas las traducciones de latín, los problemas de matemáticas, las valencias de los metaloides y un poco de amor.  Escapó con el recuerdo de cuando el Hermano Adolfo le regalaba hasta siete barritas de regaliz Zara por ser el primero de la clase.

El infante obtenía Matrículas de Honor y en Ingreso fue distinguido por la Jefatura de Estudios, junto con otros cuatro estudiantes entre los setecientos del colegio.  Don Antonio, su profesor de Párvulos ya le auguró: "Podrás conseguir lo que tú desees".  La señora Marta, cocinera especial, le llamaba "el hijito del Bautista", por el patrón del colegio, y doña Asunción, la matrona del antiguo internado, decía de él que era como un cielo en una tierra de extraños, calificativo merecido por su continua dulzura y aplicación en servir.  Pintaba copias de Miguel Ángel cambiando los personajes por pequeños duendecillos voladores.  A los profesores seguidores de Los Hombres Razonables les parecía sacrilegio, pero el Hermano Vicente le apoyó, le ayudó y convenció a toda la Comunidad de que eran cuadros metafóricos de un artista infantil, que no debían temer la herejía, que el chico rezaba todos los días y que su confesor, el padre Mainar, no le había comentado nada escandaloso en su proceder.

En tercero de Bachiller suspendió Matemáticas el primer trimestre porque algún duendecillo le hizo perder el cuaderno de ejercicios, y el profesor, adicto al orden y a la disciplina, mediaba nota entre la pulcritud de los cuadernos y el examen final.  El infante dio calificación en este último sumando de nueve y medio, cuya media aritmética con cero daba nada más que cuatro con setenta y cinco, es decir, Suspenso.  Aquella nota roja en el Boletín le impactó, pero en vista de la causa no le dio importancia, concluyendo que en el segundo trimestre debería ser más cuidadoso con sus cuadernos.

La tragedia se gestó en casa, donde el color rojo no sentaba nada bien.  No podía existir indulgencia ante tamaña afrenta y más tratándose de Matemáticas, reina de las asignaturas, basamento de los ingenieros...  Y ahí el infante tembló:

—¿Ingeniero has dicho, papá?

—Ya lo creo, ¿o es que pensabas elegir otra carrera?

—Hombre...

—Serás ingeniero, como tu tío.

El infante siguió temblando, y no por el castigo, un mes sin propina y sin ir a jugar con Marito y Esperanza, sino porque, de acuerdo con el Hermano Vicente, ya había planeado su formación en la Escuela de Artes y Oficios.  Ni siquiera los regalos de Reyes le consolaron.

Y queriendo ir muy arriba, no pudo subir más allá del tejado del pabellón.

El infante deambula por el Colegio, casi siempre detrás del Hermano Vicente, que nota como una presencia extraña a su lado, una presencia cálida, pero angustiada, y se asusta cuando, al ponerse a pintar, los colores se le mezclan formando tonos muy parecidos a los frescos de la Capilla Sixtina.

Desde que ocurrió el percance se hace difícil explicar algunos sucesos ocurridos en el Colegio y en sus inmediaciones:

Don Pascual, el señor de Cara Negra, tiene un genio espantoso y reparte bofetadas a todos aquellos muchachos que no cumplen el reglamento,  el cual nadie conoce escrito.  Cuando es Marito el implicado, don Pascual siente que su palmada rebota y que el chico se le escapa.

En el mes de Mayo, a la entrada a clase los viernes, hay misa en honor a la Virgen María.  Hace años que no se utiliza el coro.  Cuando todos han terminado "Con flores a María", se oye una voz lejana que continúa la canción, y se oye desde allí arriba, desde el coro.

En los futbolines de la Casa del Alumno, los "chicos chulillos" no pueden ganar.  Se hacen campeones los que peor juegan, aquéllos de los que se burlaban los prepotentes.  Nadie se lo explica: a veces la bola rebota en una red invisible que cubre la portería de los inferiores en juego, y en cambio, cuando éstos disparan, se rompen todas las leyes físicas y geométricas a favor de que la bola caiga en el cajón de los "chulillos".

El profesor de Matemáticas de tercero de Bachiller ha dejado de puntuar la pulcritud y el orden.

El Hermano Jeremías ha nombrado a un chico pequeñote capitán del equipo de fútbol.  Ese chico nunca había destacado, pero como estaba marcando goles inverosímiles, ahora es titular.  Ese chico se llama Marito.

En el patio de brea se producen muchas menos lesiones que antes.  Y el Hermano Adolfo se alegra y, en realidad, es al único que no le asombran estos fenómenos.  Cuando se comentan a la hora de la comida en el salón de la Comunidad, sonríe y nunca expone teorías propias para explicar los aconteceres extraños.  Es feliz por haber rebajado el gasto en esparadrapo y mercromina, y ha sugerido al Jefe de Estudios que se intente evitar la imposición en materia de vocaciones.  El Hermano Adolfo es bueno y ha visto al infante travieso.

Este año pasado se convocó un concurso de pintura promovido y preparado por el Hermano Vicente.  Se instauraron tres premios dotados con útiles de dibujar, diplomas y becas para cursar estudios en la Escuela de Artes y Oficios.  Ganó el primer premio Marito García, el cual nunca dibujó bien y que se puso a crear la obra ganadora sin saber por qué.  El cuadro representaba los frescos de la Capilla Sixtina repletos de duendecillos, Eva como hada y Adán como ángel.  Al Hermano Vicente le sonaba.

Desde la ceremonia de fin de trimestre, la víspera de Nochebuena, con la entrega de premios al concurso de pintura, han cesado los fenómenos, ya considerados travesuras, con un repente categórico.  El Hermano Adolfo, aunque tendrá que elevar el gasto de esparadrapo, sonríe muy feliz, más feliz que antes.

 

 NOTA: Marito decidió no aprovechar la beca, porque había aprendido tanto a jugar al fútbol que esperaba llegar a Primera División. Marito fue el mejor amigo del infante.

La filla

No muy lejos de donde concluye la calle Fillas –a menos de tres kilómetros— encontramos el cauce del río Ebro.  Son recordadas las excursiones en bicicleta hasta las choperas que abundan en la ribera.  Muchos chicos cursaron en ellas sus primeras clases visuales de sexualidad sin saber que podrían haber sido acusados de "voyeuristas".

Pero las choperas del Ebro no pertenecen a Montemolín.

Es sabido que el ser humano se sumerge en la contradicción como símbolo genuino de su condición imperfecta (a pesar de algunas opiniones particulares en contra).  De acuerdo con este principio, los mayores añoran los tiempos felices de la infancia, aludiendo a la ingenuidad, tan cómoda, y a la falta de entendimiento.  Gran paradoja cuando la mayoría de edad y subsiguientes épocas tampoco facultan por sí mismas para la asunción responsable de la madurez y de la inteligencia (?)...  Más disculpable parece la pretensión del niño que desea crecer para convertirse en creador de su destino.  Se trata de eludir la disciplina, supuestamente impuesta para lograr el progreso...  ¡Qué razón tienen los niños para querer gestionarse sus propias vías!  Abundando en la cuestión, son habituales las declaraciones de voluntad para convertirse, y viceversa, de casado en soltero, de soltera en casada, de jefe en subordinado, de dependiente en autónomo, de hijo en padre, etc., etc.

Las aguas del río, tan poderosas con su constancia, se filtran por cualquier resquicio que les permita demostrar su inconformismo.  Al igual que el hombre, se salen de su cauce cuando un descuido aparece en el camino.  El Ebro, a su paso por la ciudad, tiene algunas escapatorias.  La más famosa, junto al puente de Piedra, es el pozo de San Lázaro, "boca del diablo" que se ha tragado sin dejar rastro cualquier cosa que se haya acercado por sus dominios.  Menos cruel es "la filla" de Montemolín.

En los ratos de ocio e independencia, los chicos del barrio se internan por los confines de la calle Fillas, buscando el lugar donde los mayores que quieren ser niños no sean capaces de hacer llegar sus órdenes de control.  Y allí, desde el antiguo Reformatorio, con su torre cuadrada a modo de vigía, nace el terreno de "la filla".

La filla es un terreno semipantanoso por donde la escapada del río se convierte en delincuencia de sus aguas.  El caudal huido de su cauce se transmuta en un líquido negruzco que discurre entre dos riachuelos y una superficie blanda que le deja asomarse a la intemperie.  Los mayores no se acercan porque huele mal.  La filla recorre los aledaños de la CEFA y de la Giesa, y recoge sus desechos.  Entre otras causas naturales, por eso huele tan mal.

Sobre todo para el verano, los chicos buscan la libertad en posesiones escondidas dentro de ese terreno y forman límites imaginarios para cada pandilla.  En el interior de la filla, crecen árboles muy grandes, juncos y matorrales que se convierten en referencia para la segregación del terreno.

Las pandillas se componen de hasta cinco muchachos —y alguna muchacha—.  Los únicos rasgos comunes de estos grupos son la tenencia de un jefe de hecho y la diferencia de edades entre sus miembros.  Generalmente, el jefe es el mayor y nunca una mujer.

Dependiendo de la experiencia de este líder, cada pandilla sigue una u otra forma de pasatiempo.  Y todos los pasatiempos tienen como fin "ser como los mayores".

"Los H" suelen montar una calle comercial, donde instalan tiendas con un género variopinto: desde varas para el arreo de animales hasta neumáticos reutilizables para hacer señales de humo negro.  Las piedrecitas son monedas y los trozos de madera, billetes.

"Los X" han organizado un campamento militar.  Poseen un reglamento que marca la cantidad de tiempo para descansar y para comer, dejando a discreción las tareas propias de la formación guerrera.  Tienen prohibido matarse entre sí y quien lo hace está condenado a diez minutos de calabozo.

"Los C" lo pasan peor. Están unidos por su afición a desenterrar y juegan a creerse importante arqueólogos que buscan vestigios de la civilización anterior al barrio.  Casi siempre se encuentran con vetas malolientes del líquido negruzco, y alguna vez desenterraron trozos de plástico (CEFA) que atribuyeron al avance tecnológico que sus ilustres antepasados generaron en lo que hoy es Montemolín.

Uno de los grupos que reúne mujeres en sus filas presenta características especiales.  También quieren ser mayores.  También ejercitan actividades impropias de su edad.  También son chicos normales.  Pero nunca planifican sus juegos y nunca los repiten.  Para las vacaciones de verano, se reúnen a las diez de la mañana junto a la fuente de la plaza Utrillas.  Son cinco.  Sus nombres no importan, incluso es necesario mantenerlos en secreto.  Tres de ellos aportan bicicleta y los dos restantes se sientan en cualquiera de los manillares para iniciar la marcha hacia la filla.  Su terreno asignado se encuentra bajo el terraplén de Larrinaga y desde allí se alarga hasta el chopo más grande de la ciénaga.  Justo en el centro de su territorio, emergen unos juncos en círculo que esconden en su interior un espacio limpio de olor y vegetación.  Habitualmente, utilizan en exclusiva esta superficie.  Apartando los tallos verdes, acceden a su propiedad y nadie, desde ningún lugar, puede descubrirlos.  Así, han evitado las injerencias de las pandillas belicosas.  Se sientan en círculo alrededor de una piedra que ellos trasladaron de otro lugar de su terreno.  Nunca se les ha oído conversación alguna y, en cambio, cuentan que sus juegos son los más maravillosos que puedan inventarse.

Nada más tomar asiento se unen de las manos y conocen, desde la primera vez que jugaron así, qué deben hacer: guardar silencio, respirar muy hondo y pausado, eliminar los pensamientos y sonreír por dentro.  Pueden pasar así varias horas.

El líder de esta pandilla ("A") es un chico reconocido en el barrio por su sensatez y bondad.  No es un estudiante aventajado, pero tampoco suspende.  Para formar el grupo, no tuvo más que ir mirando a los ojos de los candidatos, y no necesitó de ninguna ceremonia para convencerles.  Tiene bicicleta.

En cierta ocasión, se supo el tipo de aventuras que esta pandilla corría por la filla.  Los del grupo "H" se extrañaron porque nunca los habían visto en sus cercanías.  El líder "A" contó una vez que toda su gente había jugado a construir una carretera en la selva amazónica, manejando una máquina que comprimía la vegetación en lugar de cortarla.  En otra aventura, se habían lanzado a vacunar contra la fiebre amarilla a una tribu de Biafra.  También habían pilotado una nave espacial que buscaba un planeta oculto donde sus habitantes no conocían el asfalto ni el cemento.  Y la última narración que puso en común antes de que se burlaran de él, contaba un viaje más allá de las nubes y con salida al espacio, en el cual sólo sentían sensación de libertad total.  El líder "A" ya no contó más aventuras.

Podría decirse que la filla guarda secretos.

Pero la filla es solamente un lugar pantanoso creado por las filtraciones del río Ebro, con juncos y choperas.

Habría que preguntar a la pandilla "A".

La pandilla "A" no querrá hablar.

Los tranvías

La electricidad es el primer vestigio de energía cósmica puesta al servicio de los seres humanos.  Y los tranvías funcionan con electricidad.  Quizá por eso sean tan entrañables.  Quizá por eso los quieran desterrar.

El garaje de los tranvías en la ciudad se localiza en Montemolín.  Como deben pernoctar en su domicilio, su último traqueteo de la jornada se realiza por las vías del barrio, por lo que la gente mayor protesta por el ruido, al contrario que los niños imaginativos, pues al tener la conciencia libre de culpabilidades duermen sin sobresaltos y, por el día, son capaces de disfrutar con el encanto del trole.

Antes de seguir, hay que recordar que, al efecto tranviario, Montemolín no es Montemolín, sino el Bajo Aragón, línea 1, la cual transcurre desde la Facultad de Veterinaria hasta la plaza San Miguel, con visos de prolongarse hasta Casablanca.

A pesar de sus chirridos, los tranvías son dulces.  Caminan como sobre miel y se conducen con ese vaivén propio de una barquichuela navegando por una bahía.  El piso de madera estriada, los asientos barnizados y el saludo del cobrador le proporcionan un calorcillo que invita a quererlo como algo más que una máquina de transporte.

Los pequeños se encandilan con el señor conductor de traje gris y gorra de plato, que maneja sus manivelas con el arte apropiado para frenar en el tiempo justo y sin sobresaltos para sus pasajeros.  Los pequeños se creen que el embudo de la arenilla a la derecha del cuadro de mandos es el medio de comunicación con las entrañas de la Tierra, la casa de los demonios, y los más atrevidos, al final de la línea, cuando el conductor abandona por unos minutos su puesto, se acercan hasta allí, saltan, y gritan obscenidades que retumban por todo el bajo del tranvía.

Recuerdo con especial ensueño un día de invierno, a las ocho de la tarde, cuando acompañé a mi padre hasta la oficina de los tranviarios para preguntar por una bolsa que mi abuela había dejado olvidada en el trayecto de la línea 11 (Parque—San José).  Allí tenían la bolsa... pero no fue ésa mi sorpresa.   La oficina de reclamaciones estaba justo a la entrada del garaje.  El cielo se debatía entre dos luces.  Desde los escalones, envié mi mirada a unos seis o siete tranvías que dormitaban a la intemperie y quedé prendado de su imponente inmovilidad, enhiestos, pero humildes, con el trole escondido y el cartel de trayecto apagado.  Por un momento, los oí bostezar... y mientras, con su trajín, un compañero suyo pasaba por la calle.  Me pareció ver lágrimas en el parabrisas frontal del segundo tranvía verde.  Creí que me pedían ayuda... pero no sabía por qué.  Como en un ejercicio de desesperación, varios de sus compañeros chirriaron enloquecidos al aparcarlos en una vía muerta..  De camino a casa, mi padre me informó que a la semana siguiente inauguraban dos líneas de autobuses.

Los tranvías provocan adicción.  He conocido seres que tardaron en recobrar el sueño habitual cuando su traqueteo se espaciaba.  He conocido por aquí arriba seres desorientados en las rutas de la ciudad buscando la parada de la línea tal que había desaparecido.  He conocido niños lesionados porque al subir a la trasera de los autobuses no encontraron la cuerda del trole.  Y tres espíritus encantadores se están quedando por abajo haciendo campaña por la reinstauración de los tranvías.  Se pegan a los empresarios de motores eléctricos y les susurran nuevas tecnologías para crear vehículos más cómodos y económicos.  Estos espíritus se alojan por la noche en el tranvía—monumento del Parque Grande.  Los oigo llorar a menudo.

Cuando yo vivía en la calle Fillas (hoy Francisco de Quevedo), 1, 2º ctro., desde el balcón, casi esquina a Miguel Servet, casi frontal a la plaza Utrillas, me fijaba con interés en los tranvías de fuelle.  Eran como un tren sin máquina, con dos o tres vagones enlazados por gigantescos acordeones.  Mi tía me dijo un día que sus chirridos provenían de esos grandes instrumentos musicales mal afinados.  Al observarle yo que los otros tranvías también chirriaban, cambió de fantasía, y complicó la cosa desvelándome que no eran acordeones sino fuelles que liberaban a los tranvías de los suspiros malignos: "Son como la chimenea de los trenes, pero los suspiros se vuelven invisibles para colarse más fácilmente en las almas descuidadas".  Desde entonces siempre los conocí como tranvías de fuelle.

Sólo supe de una línea que se cubriera con vehículos de este tipo: la 29, con término en la Academia General Militar.

Todos los tranvías eran atacados por los chicos traviesos de Montemolín, ya fuera por asalto pirata o por disparos de escopeta de madera.  El asalto pirata se reservaba para acciones temerarias: los muchachos más valientes se lanzaban contra la trasera y, una vez bien situados, gritaban: ¡Conquistado!, para después tirar de la cuerda con la intención de sacar el trole de la catenaria (los conductores salían muy enfadados y amenazaban con denuncias a la Autoridad).  Nunca me atreví a ser pirata, pero fui francotirador aventajado con la escopeta de corcho.

La línea 29 era intocable, estaba prohibido asaltarla.  No se sabía muy bien el motivo.  Me enteré mucho más tarde, estando aquí arriba, cuando oí la siguiente historia:  en un viaje de estos tranvías de fuelle, un capitán de gran bigote, yendo pegadito al cristal del furgón de cola, sufrió un asalto pirata y, con ánimo de defenderse, sacó su pistola reglamentaria para amenazar: "¡Disciplina castrense te hace falta!  ¡Ya te veré por el cuartel cuando vistas de soldado!”, y Rodolfo, el asaltante, diez años más tarde, cumplió el servicio militar con sudor y lágrimas, entre carreras nocturnas, guardias en festivo, perolas grandiosas y calabozo al encontrarse de teniente coronel a un señor bigotudo con muy malas pulgas.

Nadie de mi tiempo conoció esta historia y, por lo tanto, se contaron historias fantásticas sobre la línea 29.  Yo me apuntaba a la más increíble, por la cual los tranvías de fuelle iban armados hasta los dientes.  Todos los efectivos de la flota habrían participado en innumerables batallas cumpliendo la función de vehículos de avanzada para romper los flancos del enemigo.  La chapa redonda que adornaba su frontal escondería una ametralladora de turbina, y los grandes tornillos de la trasera serían alojamiento de bayonetas...  El fuelle...  No, entonces no habrían tenido fuelle, sino, en su lugar, plataforma elevada, desde donde el soldado más experto accionaría un lanzallamas, a modo de boca de dragón, que devastaría las posiciones estratégicas enemigas.

La gente mayor del barrio aplaudirá la desaparición de los tranvías porque así dormirá con más tranquilidad (?) o no será molestado cuando siga atentamente el serial televisivo.  A la gente mayor del barrio le ocupan poco los problemas de los niños aventureros.  Quizá una minoría se apene... pero ninguno colaborará junto a los espíritus encantadores para inventar un nuevo tranvía.  El transporte público presenta poco interés.

Los niños aventureros van a sufrir un golpe terrible, porque de pronto van a ir quedándose sin enemigos.  Pasarán una época muy desorientados, quizá refunfuñen y sean incapaces de montarse un juego nuevo por unas semanas... hasta que descubran los cristales de la Estación o los depósitos vacíos de la Granja.  Probablemente, por reacción, las nuevas actividades sean más violentas, y así en progresión.

El tranvía se quedará en el olvido, solo.

Es fácil comprender por qué aquella ventanilla frontal se llenó de lágrimas, por qué me miró tan triste: aquel ser de hierro y madera con energía cósmica había previsto su final.

La Bombilla

Desde la plaza Utrillas siempre me llamaba en silencio la esquina de Belchite con Miguel Servet.  Sentía una atracción que no podía soportar y, como mínimo, debía dirigir la vista hacia allí.  Y normalmente ocurría cuando jugaba a las chapas.  Desde La Bombilla me llegaba algo así como un hechizo que transmitía una sensación de grito angustioso en busca de libertad.  A días, la intensidad y el tono variaban.  Una vez supuse que dependía de si ganaba o perdía con las chapas, pero no pude confirmarlo porque durante una buena temporada dejamos ese juego por las canicas y el balón.  Y al principio de ese tiempo me quedé tranquilo, pues las voces se detuvieron, y así deduje que todo se debió al raspado del metal por los gránulos de los bordillos.  Me equivoqué.

No he tenido difícil recordar el momento justo de la primera llamada.  Aún no sabía circular en dos ruedas, es decir, no había cumplido seis años, pero ya cursaba Párvulos en La Salle y era un día soleado del mes de Febrero o Marzo.  Al mediodía, mi madre me había enviado a La Bombilla a comprar algo de comida y, antes de descender por los dos escalones, ya sentí un escalofrío extraño.  Las horas de la tarde en el colegio se me pasaron en un estado hipnótico, casi de trance, y tuve que esforzarme para terminar las sumas que don Antonio nos impuso con delicadeza.  Mi imaginación se escapaba sin control hasta unos parajes sórdidos, con luz y oscuridad, con vida y muerte, sucediéndose rápida e ininterrumpidamente como en una película del Gordo y el Flaco.  Volví a la realidad cuando mi compañero Cedrés me pedía comparar el resultado de una suma.  De vuelta a casa, en la fila que nos llevaba hasta el cruce de San José, o tropezaba con el compañero de delante o el de detrás chocaba conmigo.  Aquel día me tocó ir solo desde allí a casa.  Metí el pie en todos los agujeros de la acera y enderecé alguna que otra señal de tráfico, amén de hacer caer a una señora con la bolsa de la compra.  Mientras tanto, los pasajes de a mediodía se agitaban por mi imaginación.

Para llegar a casa debía pasar por delante de La Bombilla, porque cruzaba Miguel Servet entre las esquinas de Juana de Ibarbourou con Minas.  Detenido en ese cruce, sin pensar en aquella tienda todavía, decidí continuar por el lado del Bar Otelo y de la Peipasa para atravesar Miguel Servet frente a la calle Fillas.

Allá, enfrente, se quedaba La Bombilla y, al pasar a distancia, un golpe de calor me invadió como si anduviera en un cuarto de baño con el agua caliente saliendo a borbotones por todos los grifos.  Continué el camino y llegué a casa asustado.  Mi madre me preguntó por la cara tan pálida y tuvo que insistir para que le contestara: "No, no me pasa nada".  Naturalmente, debía terminar la tarea escolar y, al punto de concluirla con bastantes errores, Julián me reclamó.  Conseguí permiso para jugar con él en la plaza Utrillas.  Como entonces primaba la moda de las chapas, nadie podía rehusar el desafío, así que comenzamos la partida de a cuatro, Julián y yo de pareja.  En la tercera tirada, llegó esa primera llamada, un aldabonazo sordo que nadie oyó, ni yo mismo, pero que inmediatamente me hizo mirar hacia La Bombilla.  Miraba sin motivo aparente —tardé varios meses en descubrir que era realmente de allí desde donde me llamaban—, y Julián se impacientó porque íbamos ganando en la última manga del circuito y yo no acerté a colocar la chapa.  Así en diez o doce tiradas.  Ganamos por los pelos.

Todas las tardes de la primera semana sucedió lo mismo, y andaba loco, asustado y sin contarlo a nadie —nadie lo supo nunca—.  Infinita suerte tenía, pues por las noches podía dormir como un lirón.  Tarde tras otra, la llamada se prolongaba, en unas ocasiones por una sola vez, en otras con insistencia.  Alguna vez noté que Julián también miraba hacia allí, pero quizá era porque pasaba el tranvía.  Estuve un tiempo obsesionado, sobre todo cuando la llamada me transmitía sensación de grito desgarrado.

Tiene explicación; explicación que he encontrado nada más comenzar a deambular por los mundos invisibles.  Primero voy a tener que ampliar noticias sobre mi estado.  Ya contado que cumplo penitencia en estado espiritual, debo indicar que permanezco en soledad contemplativa.  Por aquí arriba intuyo que habitan otros seres, quizá todos los que no están por abajo, pero puedo ver exclusivamente a aquellos que han evolucionado menos que yo.  No tengo permitido entrar en contacto con ellos, y ellos no me ven, ni siquiera me perciben.  ¿Cómo se evoluciona?  Cumpliendo la Ley Universal, la Ley del Amor, que significa total desprendimiento de la materia (dinero, pasiones, vicios...) y práctica continua del bien...  Eso me dijeron.

Así pues, una vez hecho a la idea de todas las cualidades que un espíritu disfruta, me decidí a investigar por las profundidades de La Bombilla en busca del misterio.  No lo tenía muy claro, pues siendo incorpóreo también se siente miedo, pero saqué fuerzas de flaqueza y me armé de valor.

A pesar de que nadie podía verme, busqué la puerta trasera.  Descendí por el patio interior del edificio para llegar hasta el corralón de la tienda.  Había toneles, cajas de madera, botellas mugrientas...  Cuando llegué, los gatos huyeron maullando desesperados.  Olía a pescado rancio.  Estaba atardeciendo y preferí esperar a que el sol se ocultara por completo entreteniéndome en fisgonear por los pisos: me enteré que doña Julita, tan encopetada, usaba peluca y que don Ambrosio, el sobrio, se sacaba con el dedo las pelotillas de la nariz.  Lástima no poder contárselo a Julián... o pasarlo a la tertulia de las comadres, tan dispuestas a pelar los acontecimientos del barrio.

A la hora de entrar, me quedé parado.  Pensé si podría encontrarme a un muchacho prisionero con las uñas retorcidas y los cabellos hasta el suelo, o a un hombre alucinado, o a un monstruo con parche en el ojo y garras de halcón...  De pronto, recibí la llamada otra vez, ahora tierna y lánguida, pidiendo ayuda como un animal herido.  Me estremecí por donde tuve el vientre... y no tuve más remedio que acudir.

Lo vi recostado junto a los sacos de lentejas. Lloraba elevando la vista al cielo, con las manos abiertas implorando clemencia.  Era don Víctor, el dueño anterior de La Bombilla, con su perilla bien cuidada y sus ropas raídas.  Según rumores del barrio, fue tan rico como un rey medieval y tan avaro como el de Molière, engañaba con la balanza, vendía género podrido y llegó a prestar con usura.  También contaban que por la noche hacía montones de duros para cerrar la contabilidad de las ventas, y que si le faltaba alguno, al día siguiente castigaba al dependiente, prohijado desde niño,  a contar los garbanzos hasta que le sangraran las yemas de los dedos.  Nunca me lo creí.

Pues bien, La Bombilla tenía fantasma.

El hombre me dio pena y quise consolarle.  No, no podía verme ni escucharme.  Juro que lo intenté con fuerza, porque su llanto era aquella llamada, y ahora me hería, me hería allá por donde tuve el corazón como si un desgarro me atravesara de pecho a espalda.  La impotencia me obligó a rezar... y fue plegaria para mi guía, que me habló; me contó lo que a continuación escribo:

Don Víctor murió hace veinte años.  Murió en la miseria, en el altillo de la tienda y tardaron dos días en encontrar su cuerpo.  Con acierto hablaban los que le decían avaro, pero ni hacía montones de duros ni castigaba al dependiente.  Incluso al chico le daba mejores alimentos de los que él tomaba.  Su avaricia era locura, locura de amor, amor por una mujer.  Acopiaba monedas de oro para comprar hacienda cuando ella volviera.  Ella lo abandonó en la juventud porque no tenía dinero.  Ella se fue con otro hombre, pero Víctor esperaba y esperaba verla aparecer sobre los escalones, bella y radiante, y entonces él, antes de besarla, le entregaría como presente su baúl repleto de riqueza...  Se hizo viejo y llenó cinco veces más de lo pensado, crecieron sus talentos a puro de sacrificio y avaricia para comprar a su amada joyas, visones y caricias.  Ahora sigue esperando detrás del mostrador con paciencia.  Si un cliente roba, se encoleriza.  Si entra un chiquillo, languidece con ternura.  Cuando una mujer entra, una joven cualquiera con ojos verdes, pelo castaño, mechón rebelde en la frente, se acerca hasta ella, se tiende a sus pies y le ofrece monedas y monedas de oro..  Se parece a su amada... y Víctor grita, brama con un lamento amargo...

Rezar por él le ayuda.  Quizá algún día, cuando la Luz le indique el camino, pueda encontrar por otros mundos de allá arriba un mechón rebelde en forma de amor.

El novio desorbitado

Anda por Montemolín un joven enamorado.  No sería noticia si estuviera poco enamorado o si en lugar de hombre fuera mujer.  En el caso de las mujeres, este evento se considera más habitual, incluso lógico, aunque en verdad nada, nada, les diferencia de los hombres.  Ocurre que la mujer expresa su sensibilidad con una dosis mucho mayor de dramatismo.  Ya desde pequeñas, está bien visto que lloren de amor.  Si un hombre lo hace...

El joven en cuestión se llama Adolfo, y desde hace ocho o nueve años le llaman "Dieguito", por el amante de Teruel.  Recoge papeles, periódicos, cartones, botellas de cristal y cuentos de princesas enamoradas.  Transporta su producto en un carrito de bebé para entregarlo a media tarde en la trapería de Sr. Chuchín, sita en la calle Higuera.  Según el precio, se desplaza hasta el establecimiento del Sr. Carramiñana, algo más allá del Cine Roxy.

Es alto, delgado y bien parecido.  En su adolescencia fue campeón de chapas y, como desde los diez años suspiraba por Anita, todas las estampas que ganaba se convertían en dádiva de amor.  Anita no pudo soportarlo y cayó rendida a sus pies sin haber pertenecido a ningún grupo de Novias.  Desde hace ocho o nueve años, Adolfo se ha cargado de espaldas ostensiblemente.  Las Novias Realistas opinan que le ocurre por culpa del peso del carrito.  Las Novias Románticas saben que, por la noche, el amante de Montemolín se sienta frente a la ventana y, cuando comprueba que Anita no llega, esconde su llanto entre sus manos y sus rodillas.  Las Novias Románticas lo saben porque él lo contó una vez junto a la fuente de la plaza Utrillas y piensan que ésa es la verdadera causa de su encorvadura.  Adolfo es asiduo de este lugar porque piensa que Anita, de ser, habría sido Novia Romántica.  Allí es donde regala los cuentos de princesas enamoradas que las Novias Realistas desencantadas, ya con marido, le escuchan con suspiros junto a algún cartón o botella de gaseosa vacía que le entregan al terminar.

Anita fue una muchacha espectacular: casi tan alta como Adolfo, rubia nórdica, activa y colérica.  Nunca aprendió a cocinar, pero se hizo esclava de la limpieza y experta en medicación.  Su abuela le enseñó el uso de los emplastes y su madre el de las aspirinas, pastilla para todo.  Sus muñecas tenían las nalgas agujereadas por la jeringuilla que le regaló don Rafael, el practicante de la Giesa... aunque ella se entendía mejor con doña Antonia, la otra practicante de la barriada.  En su infancia, deseaba con pasión coger un resfriado, a ser posible degenerativo en bronquitis, para convencer a doña Carmen, la médica, de que le recetara inyecciones de penicilina, a ser posible Farmapén.  Por cuestión de pudor y confianza, prefería que se las pusiera doña Antonia. 

Anita fue la primera mujer del barrio que se tituló en Ayudante Técnico Sanitario.

Vio a Adolfo por primera vez en la sala de espera de don Rafael, Miguel Servet, 85, segundo piso.  Puesto que la fama del practicante no era de hombre suave, el muchacho temblaba de pies a cabeza.  Anita no tenía miedo y le consoló, pero como le tocó entrar antes, se preocupó de que la puerta de la consulta estuviera bien cerrada.  Por la tarde, en la plaza Utrillas, Adolfo se declaró:

—Anita, ¿te diste cuenta de que nuestros culitos nos duelen por causa de la misma aguja?  Compartimos dolor en el mismo sitio.  Ojalá pudiera curártelo.

—¡Qué tonto eres! —respondió Anita—.  De un paciente a otro no da tiempo de esterilizar la jeringuilla.  A ti te pinchó con otra.

Y a partir de entonces, casi todas las tardes jugaban a médicos un ratito.  Cuando Anita se retiraba, a su casa o a jugar con sus amigas, Adolfo se entrenaba para ser el mejor en chapas.  Lo consiguió.

Como puede suponerse, Anita habría sido una excelente Novia Realista, pues alargó su afición a sanar catarros de niños recién nacidos, lo que también le dio especialidad en crianza, confección de ropita y elaboración de papillas.  Quizá se diferenciaba de ellas en que no consideraba necesaria la cohabitación con varón.  Prefería valerse sola ante la vida.

Frente a la insistencia de Adolfo, Anita no pudo esconder su corazoncito y es sabido que también estaba enamorada, pero como cualquier Novia Realista.  En las noches de verano paseó con él de la mano por donde las farolas no alcanzaban a iluminar y, durante algún tiempo, frecuentó las reuniones junto a la fuente de la plaza Utrillas.  Suspiró, pero cambió muy poco.

Con dieciséis años, fue capaz de dar a Adolfo un beso en los labios.  Provocó el acontecimiento la decisión paterna, con influencia de la abuela, sobre los estudios de enfermería de Anita.  Tal fue el contento que la muchacha salió corriendo al encuentro de alguien con quien compartir la mayor alegría de su vida.  Quizá la casualidad, quizá los latidos de su corazón, le llevaron a las cercanías de Adolfo.  El chico escuchó extasiado.

Mientras duraron los estudios sólo se vieron las tardes de los domingos y una vez al mes se introducían en la oscuridad del cine Roxy, o del cine Dux, en San José, según la película.  Bajo un abrigo o chaqueta puesto sobre brazo de la butaca, unían sus manos.  Adolfo adoraba el tacto y el calor en su piel de la piel de Anita.  Anita palpaba los carpos y metacarpos de una mano masculina, excepto cuando él la besaba en la mejilla o los enamorados se abrazaban en la pantalla.

Al terminar la carrera, Anita hizo prácticas durante unos meses en la consulta de doña Antonia.  Adolfo se duchaba con agua fría todas las mañanas con la sana intención de resfriarse para que, mediante receta de inyecciones, si acaso el muslito de la mano de Anita que sujetaba la aguja le rozara una parte de la superficie de su piel íntima.

Cuando Anita entró en plantilla de Hospital Provincial, Adolfo recibió lecciones de anatomía.  Prestó mucha atención y aprendió rápidamente.

El día en que Adolfo se convirtió en Novio Desorbitado brillaba el sol y soplaba ligera brisa.  Anita había cubierto turno de mañana en el servicio de "Atención de Urgencias" y salió muy motivada.  Se vieron por la tarde con la intención de pasear hasta la Facultad de Veterinaria.

—No puedo realizarme en una capital civilizada.  Los enfermos no están necesitados.

—Mujer, tú eres su necesidad.

—No. Está claro... y decidido.  Me voy a las misiones, donde no hay jeringuillas, aspirinas y penicilina.

—Iré contigo.

–No. Tú no eres médico.

Anita pidió destino en Senegal, con los hermanos de La Salle, donde estudiaba su hermano.  Adolfo cayó enfermo y no pudo ir a despedirla.  Le puso las inyecciones don Rafael, que tuvo que luchar contra una nalga muy prieta.

Adolfo dejó su empleo en Peipasa —lo perdió— y cuando su padre le exigió aporte económico, buscó un trabajo que le permitiera indagar sobre Anita.  Se colocó de dependiente en la mercería que ocupaba el local justo debajo del piso de los padres de la chica.  Pero entre los suspiros y las subidas y bajadas a pedir información a su exfutura suegra, doña Adela, la mercera, se hartó y no tuvo más remedio que despedirlo.

Intentó colocarse de cartero, pero no conseguía concentración para estudiar los pueblos de España (quizá si preguntaran por los de Senegal...).  Repartió leche para la vaquería de la calle Belchite, pero en su despiste derramaba cada día dos o tres cántaros...  en vista de lo cual, decidió por la autonomía y se hizo trapero.

Por las noches camina desde el cine Roxy hasta la Facultad de Veterinaria para mirar al horizonte en espera de ver aparecer a su amada.  Las aceras se llenan de suspiros y los viandantes le ceden el paso.  Hasta las gárgolas de la estación se apenan con su desamor.

Las noches de luna llena, con las doce campanadas, se llenan de un grito amargo: "¡¡¡Anitaaaaaaa!!!, que remueve las entrañas del barrio.  Ya nadie pregunta.  Las Novias Románticas lloran y se ponen a rezar.

Adolfo es la onda de frescura para aquellas Novias Realistas frustradas que se hacinan limpiando mocos, cocinando tres veces al día, limpiando el polvo y cumpliendo el débito conyugal con un marido bruto, generalmente borracho.  Con él desahogan sus pesares, queriéndose convertir en princesas que anhelan la llegada del príncipe apuesto.  Algunas le han llegado a confesar: "Ojalá hubiera sido Novia Romántica".

La madre de Anita llora en silencio un secreto.  Llegó hace tiempo una carta de la Congregación Lasaliana.  Se le comunicaba la muerte de Anita, enferma de fiebre amarilla, dejando viudo a un médico traumatólogo...

¡Chisst!, es mejor que Adolfo no se entere.

Las novias

Existe en Montemolín el amor prematrimonial, pero, a diferencia de otros barrios, se les dice novias a todas aquellas jovencitas sin marido, es decir, a las chicas solteras sin novio, pero con intención de tenerlo.  O sea, el apelativo se otorga también a la intención, a la inquietud, al deseo y al poder potencial.  No sería novia, pues, quien siendo soltera no presentara demostración de futuro usufructo de marido.

A los hombres no les cabía lo antedicho.

Así, en Montemolín, las novias sin novio, supuestamente doncellas, se dividen en tres grupos, a saber: las románticas, las realistas y las malvadas, clasificación surgida de la forma de proceder.

No se tienen noticias de que exista otro barrio en Zaragoza con una diferenciación tan excluyente.  Y esto sirve de orgullo, y para disputa con Las Fuentes, entre otros.

Aparte la originalidad, esta división presenta un aspecto muy práctico para los muchachos: pueden elegir entre realistas o románticas.  Las malvadas, claro está, no son objeto de atención, y hay que ser precavido para distinguirlas, pues se entremezclan con los otros grupos definidos.

Las Novias Malvadas, como su nombre indica, actúan con maldad.  No presentan organización aparente, excepto que la señorita Julia Mandarín quiere hacer las veces de cabecilla.  Julia Mandarín no se declara Novia Malvada, evidentemente, pero todo el mundo lo sabe.  Sólo es posible que caiga en sus brazos un forastero o un alucinado por su extrema belleza: pelo azabache, melena larga, ojos rasgados, labios sensuales, piernas interminables y otras habilidades de las que dan cuenta chicos de otros barrios.  Las Novias Malvadas buscan colocarse con muchachos de posición, sea social o económica, y de inmediato exigen sociedad de bienes gananciales.  Generalmente, trabajan de secretarias, tarea que abandonan con la nupcialidad, pues durante la soltería deben proveerse de fondos, nunca ahorrar, para dar un aspecto atractivo y elegante: trapitos de París, perfumes afrodisíacos, peinados exuberantes...

Puede ser muy difícil descubrirlas si no es que alguien las delata, pero tampoco será fiable la información a no ser que provenga de un muchacho escarmentado o de una Novia Realista.  Gustan de robar novios y para ello utilizan artes sibilinas.  Suelen hacer ostentación de gran sabiduría amatoria, "siempre adquirida a través de las enseñanzas teóricas de una hermana o prima casada", son capaces de dirigirse a un hombre sin ser presentadas y pueden utilizar filtros o maleficios, proporcionados por una bruja que habita en las inmediaciones de Miraflores (nadie, y yo tampoco, la ha visto nunca).

A diferencia de los otros dos grupos, no les es conocido ningún punto específico de reunión, pero hay malas lenguas que afirman que la señorita Mandarín las convoca los jueves de Luna Llena en el caserón izquierdo de la plaza Utrillas.  Otros dicen que aprovechan la oscuridad de los jardines del palacio de Larrinaga.

Las Novias Realistas son la repera.  Ni guapas ni feas —para ellas la belleza es indiferente—, se ocupan todo el día en aprender las faenas del hogar.  Muchas de ellas abandonan el colegio sin llegar al Bachiller, porque su Licenciatura se cubre por cursos de cocina, de corte y confección, de manualidades, catequesis y puericultura.  Prefieren cambiar el pañal al hermanito que llevarlo al Parque Grande, y participan muy pronto en la administración de los ingresos familiares.  Sus padres y hermanos varones son escaparates de limpieza y pulcritud.

Ansían encontrar un hombre trabajador, dispuesto a criar una familia numerosa, que no moleste mucho en casa y que las lleve los domingos, todos encopetados, a tomar vermú a cualquier bar del barrio, no del centro, pues les gusta enseñar sus triunfos domésticos a la gente conocida.  Intentan la conquista invitando a comer al pretendiente, y se esmeran tanto en la preparación del condumio que gran cantidad de muchachos espabilados las cortejan exclusivamente para probar sus guisos.

Puesto que sus encantos se alcanzan con la experiencia, tardan algunos años en alcanzar su meta y son pocas las jovencitas que se inician directamente con este grupo.  No disputan entre ellas por tal o cual novio, incluso se intercambian información, pues no se sabe de ninguna que haya tenido un objetivo concreto, es decir, que no quieren nombres sino características.

Como puede suponerse, presentan una organización altamente estructurada, mínimamente jerárquica, pero muy funcional.  Coordina los asuntos Mariana Beltrán, regordeta y cercana a la treintena.  Hay responsables de Tareas Propias (limpieza, lavandería y planchado), Gastronomía y Confección.  También forman especialistas en Catequesis, donde se incluye una capacitación pedagógica, encaminada a la futura educación de la prole.  Se establecen cursos de estrategia para detectar Novias Malvadas infiltradas, con resultados altamente provechosos.  Tal como indicamos, al ser duradero el estado de Novia Realista, la estructura presenta carácter de estabilidad y, sobre todo, una comunicación muy fluida.  Es tan grande la cohesión del grupo que muchas veces reciben enseñanzas de mujeres ya casadas que antes fueron Novias Realistas, cosa que no sucede, ni sucederá, en los otros grupos.  Se declaran partidarias del Real Madrid.

Es fácil identificarlas y localizarlas.  Individualmente, se descubren porque siempre su conversación deriva en cómo lleva planchados los pantalones fulanito, o si está mal almidonado el cuello de su camisa.  Se reúnen todos los días en la puerta del mercadillo y allí comentan el precio del día en tal o cual producto, se informan de las ofertas y es objeto de comentario festivo el embarazo o parto de alguna conocida.  Suelen comprar regalos a los recién nacidos: una camiseta, unas gasas, un jersecito... nunca un chupete o un sonajero.

Sus pretendientes se encuentran generalmente entre los hombres maduros, y es habitual el matrimonio entre Novia Realista y hombre viudo.

Se preocupan poco de las cosas del amor.

¿Dónde están las Novias Románticas?  Es fácil encontrarlas.  O sigues el sonido de un suspiro, o te acercas al atardecer a la fuente de la plaza Utrillas.  Es como si se hubieran apoderado de ellas los fantasmas de los aguadores, y algunas comentan que les gustaría ser cortejadas como lo fueron sus madres (todas son hijas de exNovias Románticas, excepto Remedios, que grandes castigos debe soportar), al caminar con los cántaros apoyados en cabeza y cadera camino a los caños del suministro de agua para el hogar.

Hay una condición imprescindible para pertenecer al grupo: estar enamorada, no importa de quién, pero cada cual debe tener asignado un personaje masculino.  Las hay que aman a hombres casados; al panadero, al pescadero, al cobrador del tranvía; otras a Clark Gable, a Rock Hudson, a Vicente Parra... a Rodolfo Valentino, a Gary Cooper, a James Dean... al Capitán Trueno, a Tintín, a Roberto Alcázar, e incluso a Pedrín; y las menos soñadoras aman a chiquillos solteros, sean o no del barrio.  Puede haber discusiones si el objetivo coincide, pero suele ser secreto y no se divulga con facilidad; en todo caso, si se produce el enfrentamiento, nunca llegan a los mordiscos.

Son completas nulidades para los aspectos prácticos.  Quizá sean expertas en alguna materia aislada: limpiar el polvo, planchar... pero nunca por afición, sino por exigencia familiar.  Necesitan disciplina férrea para realizar estas tareas.  Pero hay que ser justos; ellas dicen: "Aprenderé cuando tenga novio, porque entonces lo haré todo a su gusto, no como mi padre o mi hermano quiere".  Generalmente, lo cumplen.

También se intercambian información: dónde han visto a Carlitos, la última película de Paul Newman, los amoríos de Elizabeth Taylor... y las aventuras de las radionovelas, en especial la de María Celeste.  Naturalmente, si encuentran novio, desaparecen de la sociedad, lo que ocurre con frecuencia, pues son las más solicitadas, y se casan por amor.  Tienen alguna consejera, casi siempre anciana, antigua Novia Romántica, viuda, viudísima, que no da pautas a seguir, sino que les habla y les habla de cómo fue su marido y de lo mucho que se quisieron.

Es impensable una estructura organizada entre las Novias Románticas.

Como característica entrañable, señalamos que presentan la media de edad más baja de los tres grupos.  Esto se explica de la siguiente manera: el genio romántico se despierta tempranamente, pues es maduración de los sueños infantiles; igualmente, encuentran pronto novio, no siempre el definitivo, y se casan al poco de pasar la veintena.  A muchas niñitas les gusta acercarse a la fuente de la plaza en lugar de jugar a las muñecas.  Debemos añadir que en este grupo se producen deserciones sonoras, tanto hacia el grupo de Realistas, como al de las Malvadas, por diferentes motivos: los desengaños, el crecimiento en edad, o la competencia por el mismo novio.  En el primer caso, pueden pasar igual a uno u otro grupo; en el segundo, siempre a las Realistas; y en el tercero, a las Malvadas.

Son ineficaces para descubrir la infiltración de las Novias Malvadas.

Hay rumores que les adjudican el uso de filtros amorosos que despiertan el corazón, supuestamente preparados por pequeños duendes que habitan en la copa de los plátanos de la plaza Utrillas (nadie, ni yo tampoco, ha visto nunca ni un duende ni un filtro).

Para conquistar a una novia romántica, es decir, poder cambiarle el objeto de su pasión platónica, solamente es menester acercarse a la fuente de la plaza y recitarle versos de Bécquer, o propios si son aceptables.  Puede servir también un relato fantástico.  Atención: es muy importante no abordarlas nunca en solitario, pues la soledad les hace fuertes en sus sentimientos; por el contrario, si se encuentra con el grupo y el pretendiente se dirige a ellas específicamente, los comentarios de sus compañeras serán decisivos para facilitar la labor.

Según la teoría, todas las novias de Montemolín están encuadradas en uno de estos grupos y es fácil localizarlas.  Yo tuve un problema: nunca localicé a la muchachita que había crecido demasiado al calor de los hornos de Peipasa.

Las primeras novias

Montemolín es un barrio esencialmente machista.  Los hombres se reúnen en los bares y conversan sobre fútbol, toros o economía, acompañados de copa, café y puro o, en su defecto, faria. Se autocontrolan al hablar de política, religión y de las mujeres del barrio.  Al ponderar —siempre ponderar— al resto de mujeres, se extralimitan.  Sobre fútbol y toros, la polémica se extiende hasta generar enfados perpetuos.  En economía, los acuerdos suelen ser habituales, y si no existen, tampoco hay disputa, pues las diferencias se producen porque interviene algún empresario al que no es conveniente contradecir.  En general, los hombres nunca comentan ni los Edictos, ni los Bandos, ni las Ideas.

Los hombres creen que el barrio, y la nación, y el mundo, se mueven a su compás.

Pero no saben, ni quieren saber, que al barrio, y a la nación, y al mundo, le iría mejor si se dejaran de fanfarronadas y hablaran de lo que se callan.  Lo que se callan es lo que dicen que no piensan porque son cosas de mujeres.  Pero mienten.  Sí que lo piensan, pero, al no ponerlo en común, el barrio, la nación y el mundo pierden tales aportaciones individuales y no se enriquecen.

Como dice Valero, las filosofías nacen en la calle.

Como dicen los filósofos, las filosofías enriquecen al mundo.

Enriquecer al mundo es caminar hacia la perfección.

(La última frase también las suscriben los Hombres Razonables)

Al mundo le interesa poco el comportamiento sexual de las mujeres, y si es mejor la teta grande o pequeña, o si los tobillos anchos son signo de frigidez.  Todo esto es cuestión de asuntos que no aportan progreso.  Pero hay empeño en fanfarronear hasta imponer la propia opinión sobre si las mujeres de Las Fuentes o de San José son las más cálidas.

Todos los hombres han tenido una primera novia, todos, aunque algunos nieguen la evidencia o se escondan cuando salga el tema.  Si han sido discretos en su adolescencia y nadie supo entonces de aquel amorío, el hombre de Montemolín prefiere contar payasadas sobre su primera experiencia sexual con alguna muchacha desconocida, nunca del barrio, naturalmente.  Hay gran mayoría que equivocan primera novia con primera experiencia sexual.  Nadie se atreve a sacarles del error; es peligroso y contraproducente.

Así, uno (los prefiero en secreto, por su bien) contó que fue asaltado a los nueve años por una vecina casada para robarle la inocencia con engaños y muestras de glándulas mamarias.  Parece ser que lo utilizó hasta los doce.  Cuenta el hecho con gallardía y arrogancia, pero, siendo huérfano de madre desde su nacimiento, le brillan las pupilas cuando habla de la muerte por tisis de su amante.

Los hay que por un momento se ponen nostálgicos y sufren de vergüenza con la sonrisa maliciosa de los demás.  Se saben en ridículo, pero han disfrutado.

Otros narran peripecias de conquista galante hasta caer en la pérfida, pero valorada, estrategia de prometer matrimonio para lograr un favor, siempre exagerado, que fue poco más de un roce de labios.

Un importante grupo, los machos, dicen que su primera novia, como mujer algo duradera en sus tiempos de juerga, fue realmente la "madrina de guerra".  Es decir, aquella señora madurita, casada, viuda o ramera, que les apagaba los fuegos carnales mientras los deberes del servicio militar les ocupaban los mejores años de su vida.  No se oyen contar las veces que, después de colmar su pasión de bragueta, lloraban en el regazo de la amada llenos de soledad, miedo y desesperación.

Y los grandes hombres del barrio, los que no salieron de estos límites para convertirse en prototipos de virilidad, alardean con bravura de que las mejores "primeras novias" se cobijaban en el Club Sarita de sus tiempos, hembras de grandes pechos y culos prominentes.

No son muy distintos los hombres de Montemolín, se conforman con palabras desprovistas de sentimientos, y son exclusivamente dulces cuando compran el roscón de nata para San Valero.

Pero los hombres de Montemolín se guardan tantas cosas... tantas cosas que no dicen...

Las primeras novias hacen estragos en sus corazones, estragos que su adocenado cerebro oculta con la excusa de la hombría.  ¡Cuánta ternura!

Así, uno (los prefiero en secreto, por su bien)  no contó que a los once años se prendó de su vecina rubia, de trece, y que por las mañanas salía tarde al colegio para verla desde la mirilla bajar por la escalera, porque con la lente panorámica le parecía seguir soñando una historia magen –imagen distorsionada  de amor y dulzura.

Otros son quienes, aunque su rostro se endurezca al oír los relatos, reaccionan con una sonrisa benévola cuando los demás dejan escapar una mirada blanda.

Algunos recuerdan cómo se arrebolaban cuando su amada les dirigía un discreto saludo, y ellos, después de contestar tímidos, salían disparados hacia una esquina oscura para suspirar cómodamente.

Un importante grupo, los románticos, abren su corazón y, por detrás, juntan sus manos para que no les duela el recuerdo de su primera cita, en la que ya pensaban cómo sería la vida junto a ella.  A veces, hablan y dicen que todas las muchachitas de su edad andaban locas por gozar de sus atenciones.  Uno cuenta que debido a su popularidad recibió una rosa roja envuelta en una poesía de amor. 

Todo el barrio conoce la historia de Javier.  Javier era un muchacho que sólo bajó a la Tierra para verla una vez.  Alegre, rebelde, buen amigo, fue objeto de castigos sin par en maternales por levantar la falda a sus compañeras.  Su padre le golpeaba con el cinturón mientras se apenaba de haber tenido un hijo tan indecente.  Su madre le encerraba en el cuarto oscuro a la hora de merendar.

Javier tenía los ojos claros como las hojas de un castaño en abril.  Se enorgullecía de su nariz, quizá larga para su edad, y se convirtió en líder de los jóvenes que buscaban un poco de libertad en un barrio de prisioneros.

Y mientras tanto, sabía que la encontraría.

Incluso desapareció alguna noche para escuchar portal a portal cómo suspiraban todas las chicas conocidas.  Indagó hasta entre las Novias Realistas, y ellas, sobre todo ellas, le soltaron buenos sopapos cuando pedía, o intentaba, ver más allá de lo que dejaba al descubierto la faldita.  Nunca se interesó por escotes.

Si se cruzaba con un atisbo de su objetivo, se detenía en seco, cerraba los ojos y recordaba, recordaba, para lograr siquiera una imagen de aquella silueta esbelta, melena larga.

Al no encontrarla, desesperaba, sólo esto le retenía; su misión, premio o castigo, era verla, saber dónde podía dirigir su alma para vivir junto a ella.  Y ese destierro en este mundo, camino a las estrellas, le sumergía en pasiones de libertad.  Luchaba por luchar, contraviniendo normas y tradiciones sin causa aparente ni real, pero ella no aparecía.

Se enamoró una vez en esta vida, pero sintió que no era la primera, no, no era la primera novia, y con el descubrimiento mató su amor con lágrimas de impotencia en la almohada...

Fueron fiestas del barrio en un paréntesis de letanía.  Javier corría por las calles, pateaba las aceras ahogado en el picor del desencanto.  Cada muchacha era ella y todas llevaban la falda demasiado larga para descubrir la única huella que él podía conocer.

Y Javier tropezó con un bordillo invisible.  Javier cayó boca arriba con una punzada muy adentro, en el corazón, un dolor insoportable (infarto, dijeron los médicos).

Sólo pudo acercarse a él una muchacha de otra ciudad, quizá de otro mundo.  Y él, en un ejercicio de investigación, miró arriba, por debajo de la falda, al muslo derecho.  Allí, por un instante, vio la marca, el pequeño corazón encarnado que tantas veces había buscado como signo inequívoco de su amor perdido.  Era ella.

El corazón de Javier se detuvo... para siempre.

Ella, hacía muchos años, quizá siglos, fue su Primera Novia.

Los Hombres Encantados

"Hay ocasiones en que la aparición de una idea debe entenderse como un rayo de frescura". Son palabras de Valero en referencia al primer panfleto que editó la tercera línea filosófica del barrio.

Toda corriente tiene su contracorriente y viceversa.  A las pocas horas de la aparición de los Hombres Razonables, nació un nuevo grupo de opinión, que utilizó el mismo método propagandístico: la octavilla.  Es necesario aclarar que octavilla viene de octavo, y octavo significa en este caso la octava parte de un folio.

La respuesta a Los Hombres Razonables rezaba lo siguiente:

"Los días y las noches tienen luz.

Firmado: Los Hombres Encantados".

Igualmente, nadie sabe quién compone esta agrupación, pero, por el contrario, nadie quiere averiguarlo.  Así como el rótulo "Los Hombres Razonables" genera morbo, "Los Hombres Encantados" empujan al misterio del romanticismo.  El barrio quiere conocer a los primeros con un deseo insistente; unos por envidia, pues los creen poderosos; otros por encono, pues querrían destruirlos.  En cambio, a los segundos, se les desea en el anonimato porque, como a los Reyes Magos, es preferible imaginarlos que conocerlos.  Sólo una niña, Charito, ha preguntado quiénes son, porque una noche sin luz -su papá era seguidor de Los Hombres Razonables- soñó que la transportaban a un eterno parque de atracciones.  Otros no preguntan, pero miran hacia las nubes en su busca.

Nadie sabe si "Encantados" es un estado o una cualidad.  Los Hombres Razonables optan por el  primer caso.

No se generó asombro por su aparición.  En un principio, parecía que todo el barrio los habría conocido desde siempre o incluso que el tal grupo era realmente el alma individual del barrio en ejercicio de expresión.  Ya después, los seguidores de "Los Hombres Razonables" se encargaron de pregonar las críticas, bastante afiladas.  Pero se quedaron solos, nadie les presentaba oposición como seguidores de "Los Hombres Encantados".  Valero intentaba conciliar posturas y su trabajo se convirtió más en moderador que en creador de filosofía.

Digamos que, aunque los partidarios de "Los Hombres Encantados" guardaban cierta reticencia a mostrar su condición, tampoco la ocultaban, por lo que era fácil identificarlos e interrogarlos.  Por lo general, estos seguidores mantenían su posición durante toda la vida, y cada día fueron mayores porque ninguno de ellos se escapó totalmente del barrio.  Si se marchaban por razones del destino, mantenían su domicilio o visitaban a los papás todas las semanas, enorgulleciéndose de pertenecer al barrio de Montemolín.

Los Hombres Encantados son muy anárquicos.  Tan pronto editan todos los días de una semana como transcurre un mes sin comunicados.  Tan pronto las publicaciones contienen una frase como es una epístola completa.  Tan pronto utilizan un estilo lacónico como se relamen en adornos barrocos.  Por ejemplo, así como Valero y "Los Hombres Razonables" tardaron poco tiempo en presentar un ideario general, "Los Hombres Encantados" esperaron a la primavera, es decir, nueve meses, período de gestación, en el cual aparecieron otras pintorescas opiniones, y alguna que otra octavilla en blanco, sólo con la firma.

El día en que publicaron su sistema ideológico, veintiuno de marzo, con un viento feroz, sus hojas se desparramaron por todo el barrio, y, aunque hubo pocos ejemplares, se leyó hasta en el último rincón:

 "El Mundo necesita que se cree un conjunto de leyes metafísicas para ayudar al desarrollo integral del ser humano.

Nadie debe inmiscuirse en las cuestiones ajenas y cada cual puede defender su idea por métodos pacíficos.

Así, nosotros instauramos las líneas de pensamiento que un día triunfarán en la Tierra.  El barrio de Montemolín ha sido la colectividad elegida.

 —La luz es patrimonio individual y reside en el alma.

—El cuerpo no debe alimentarse si no se alimenta el alma.

—Quien pretende que el alma no existe, no tiene la luz encendida.

—Es imposible eliminar la luz.

—Sólo será productivo aquello que alimente la luz.

—Las demás producciones no tienen importancia, y si desaparecieran, el Mundo seguiría siendo Mundo.

—Hagamos de la vida el camino hacia la Luz.

No todos serán capaces de entender estas consideraciones.  Nosotros no tenemos la Verdad, pero la buscamos dentro de cada ser humano.  Hagamos todos examen de conciencia y reconocimiento de nuestra alma divina.  Quien nos siga, será capaz de encontrar la Luz.  No se la entregaremos, le daremos los medios para conseguir el objetivo.

Los hombres son buenos por naturaleza.

La semilla germina en cada corazón abonado.

Firmado: Los Hombres Encantados."

 

El día de esta comunicación transcurrió sin sobresaltos.  Pareció que nada había ocurrido o que por fin alguien había dado con una opinión general.  Lo más probable es que todo el barrio estuviera reflexionando.  Unos suspiraron; otros se enojaron, pero la multitud entera esperó a que otro dijera la primera palabra.

"Los Hombres Razonables" fueron los primeros en responder al día siguiente:

 

"Seamos serios, señores.  Descúbranse ya Los Hombres Encantados para poder decirles vis a vis que su teoría es de un tenor utópico.

 

—La luz proviene hoy del sol o de la energía eléctrica.

—La energía eléctrica se produce por trabajo de turbina.

—Si no hay otra producción, la producción de luz es irrelevante.

—El alma no existe, es invención de Dios.

 

No creemos que Los Hombres Encantados vivan.  Si viven, se alojan en el reino de las nubes.  Quien les escuche morirá de inanición."

 

Los seguidores de Los Hombres Razonables quisieron avivar la polémica y, aunque el corazón les hacía cosquillas, criticaron con dureza el ideario de sus opositores.

Los seguidores de Los Hombres Encantados esperaron a que Valero preparara su mesa de consultas.

El filósofo anduvo preocupado por la cuestión y durmió intranquilo.  Se sintió obligado a contestar en público porque las preguntas se hicieron excesivamente profundas, y debía presentar una respuesta general.  Pensó detenidamente la forma de la comunicación y decidió realizarla de igual modo a como respondió al ideario de Los Hombres Razonables.  Fue una decisión diplomática, porque realmente creía que el asunto necesitaba un soporte duradero.

Encima de la mesa habló:

—Siendo consecuentes con la realidad, el hombre debe tener un camino.  Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César

Particularmente, ya había aclarado que el cuerpo es imprescindible para alimentar la luz.

El barrio volvió a la tranquilidad y los seguidores de ambos idearios se sintieron vencedores y vencidos.