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Molintonia

Los Hombres Razonables

En vista del éxito que obtuvo Valero y de la influencia que ejercía en todos los ámbitos del barrio, surgió un movimiento pretendidamente compensador de los excesos idealistas que el filósofo propugnaba.  Parece ser que su objetivo era adecuar las enseñanzas teóricas a la práctica cotidiana, pero realmente se convirtió en un recalcitrante opositor, de tal manera que los obreros opinaban que era la mano oculta del Régimen.

Al menos, oculto sí.  Nadie sabe con certeza quién componía el grupo, pues su actividad se centraba en ediciones anónimas de octavillas con frases altamente dogmáticas que nunca desarrollaron.  Conforme su labor se asentó, ampliaron contenidos y, finalmente, se convirtieron en una herramienta de opinión que consiguió no pocos adeptos.  Su primera publicación se produjo tras el tercer comunicado de Valero: 

"Es necesario aprovechar el día".

Firmado: Los Hombres Razonables." 

Hubo algunos que pretendieron asignar la edición al filósofo, pues interpretaron estas palabras como de "alto contenido profundo".  Valero se encargó de desmentir las acusaciones, diciendo que él nunca publicaría algo así, puesto que de ello se deduce que "es necesario aprovechar el día".  A instancias de los despistados, aclaró su interpretación:

—El cúmulo de horas productivas no presupone un progreso.  Quizá sin producir, el avance sea más rápido.

Conforme a la naturaleza humana, la pregunta ¿quiénes son "Los Hombres Razonables"? provocó largas conversaciones y disputas, sin importar el alcance de sus mensajes.  Unos dijeron que el propio Jefe del Estado controlaba el grupo.  Otros argumentaron que no, que el Caudillo nunca avalaría un corpúsculo que actuara en la sombra, como los masones.  Algunos apoyaban la tesis de que Valero necesitaba argumentos contrarios para establecer un método dialéctico y, por tanto, él mismo, a falta de opositores, los creaba mediante esta invención.  Los soñadores opinaban que los propios papeles se autogestionaban su edición.   Los que no hablaban pensaban en una composición altamente motivada por aspectos económicos, e involucraban en ella a tal o cual comerciante o tendero, nunca empresario, al que su dependiente le iba con raras patrañas sobre la luz, provocándole parones o rebeldías injustificadas.  Lo cierto es que jamás se conocieron a "Los Hombres Razonables".

Hubo un día en que, sin previa intervención editada de Valero, Los Hombres Razonables actuaron de oficio, con ánimo de establecer un sistema de pensamiento que identificara la verdadera configuración del barrio en materia de futuro.  Tuvo una edición numerosa, e incluso aparecieron en buzones, bajo los cubos de Giesa, en los aledaños de la plaza Utrillas y en los nidos de las golondrinas.  Aquel día, el barrio se paralizó, lo que no gustó a los editores, aunque lo dieron por bueno si en los días siguientes se recuperaba el tiempo perdido.  Aquel día, Valero no evacuaba consultas en la esquina, lo leyó en la cama y sonrió en solitario: 

"BANDO 

Los Hombres Razonables Afirman:

—Es necesario un ahorro energético.

—Nadie puede convertirse en dueño de la luz, y ésta debe administrarse adecuadamente.

—En los domicilios bajos, se aprovechará la luz de las farolas.

—Solamente se utilizará la luz en abundancia dentro de las fábricas y factorías que produzcan beneficios.

—Además del ahorro lúcido, se atenderá al esfuerzo productivo.

—Los obreros obedecerán a los patronos.

—Los patronos velarán por sus obreros.

—La luz es dinero, el dinero conduce al bienestar; a más dinero, más bienestar; inversamente proporcional pues, a menos luz, más bienestar.

—El progreso también depende del dinero.

—La meditación es improductiva.

—Cuando sale el Sol, se inicia el ciclo económico.

—Cuando el Sol se pone, se apaga la luz y a dormir.

—LOS HOMBRES RAZONABLES TIENEN LA RAZÓN.

 

Firmado: LOS HOMBRES RAZONABLES."

 

Cuando el mensaje llegó a la calle, justo al salir el Sol, se paralizó el ciclo económico.

Quienes lo leyeron en sus casas encendieron la luz para leerlo mejor, incluso los patronos.

Hipólito, un comerciante, pensó que su bienestar residía en la salud de su familia.

En las fábricas y factorías que producían beneficios no se llegó a iniciar el trabajo, por lo que fue innecesario encender las luces.

Los obreros desobedecieron a los patronos.

Los patronos castigaron a los obreros.

Aunque no se ganó dinero, todo el barrio consideró que, leyendo la octavilla, habían conseguido un grado más de bienestar.

Cuando el Sol de puso, la luz se encendió y todas las familias comentaron el panfleto hasta que oyeron trajinar a los tranvías.

Muchos preguntaron que dónde estaba Valero.  "Meditando", se oyó, por lo que muchos se pusieron a meditar.

Al día siguiente, el filósofo colocó su mesa plegable en la esquina habitual y recibió decenas de consultas, la mayoría referidas a Los Hombres Razonables.  A cada uno, le dedicó un razonamiento sobre la pregunta cuestionada, pero realmente pocos se iban contentos y, a la hora de comer, la plaza Utrillas era un hervidero de conversaciones sobre lo mismo.  Valero, aplicándose paciencia, se marchó a su casa para echarse una siestecita y soñar con un magisterio enriquecedor, producto de la controversia en las opiniones.  Por la tarde, siguió evacuando consultas con mayor énfasis que por la mañana, instigando a que cada cual construyera su criterio y a que, si era necesario, hiciera uso de la meditación, herramienta imprescindible para encontrarse consigo mismo.

A las diez de la noche, el barrio no se acordaba de cenar y, al igual que a mediodía, giraban conversaciones sobre lo mismo en torno al círculo de la plaza, visto lo cual Valero decidió intervenir.

Llevó la mesa plegable al centro de la multitud, colocó la silla a modo de escalón y ascendió a las alturas presto a realizar una declaración (consideró que la ocasión no merecía un panfleto de respuesta).  Se hizo tal silencio expectante que hasta los tranvías callaron con respeto.  El cielo estaba teñido de un rojo tenue.  Valero habló: 

—LOS HOMBRES RAZONABLES NO TIENEN RAZÓN. 

La muchedumbre se dispersó lentamente con las dudas resueltas.

Aún dura la época de controversia.  Naturalmente, Valero no contribuye a apaciguarla, pues precisamente su motivación aumenta no porque exista una corriente de opinión distinta, sino porque se producen enconadas discusiones que él encauza hacia el enriquecimiento individual.

Los Hombres Razonables tienen una caterva de seguidores continuamente renovada, pues quienes siguen sus enseñanzas muy pronto salen del barrio en busca de oportunidades para apagar su luz y conseguir que su fábrica tenga las bombillas encendidas todo el día.

Valero, el filósofo

Cualquier barrio que se precie ha de tener un filósofo.  Es imprescindible para la buena evolución de sus gentes, actuando como contrapeso de acciones extremistas y centrando las ideas en unos valores singulares, pero universales.  Un barrio sin filósofo va a la deriva y puede ser víctima de cualquier influencia perjudicial.  Durante muchos años, ejercían ese papel los párrocos, con filosofía católica llena las pinceladas personales, a veces de brocha gorda.  Cuando su mensaje quedó anticuado, surgieron individuos cuyo discurso suplió las carencias de una sociedad sin conductor.  Naturalmente, los cambios ideológicos incruentos presentan etapas de convivencia entre las dos tendencias.  En Montemolín, con don Pepe se cumplió totalmente la transición.

Valero fue un hombre borracho.  Nadie le conoció trabajo alguno y todos le vieron con una perpetua botella de vino Monteviejo en la mano.  No se le conocían otros vicios y era un borracho pacífico, incluso entrañable.  Regalaba golosinas a los niños, les contaba historias de los duendes de la plaza Utrillas y jugaba con ellos a los montones.  Con la punta de la nariz y los pómulos en color de pimiento morrón, andaba con pisada fuerte y paso tambaleante.  Nunca se cayó.

Cuando murió don Pepe, Valero dejó de beber y empezó a fumar en pipa.  Su nariz y sus mejillas tomaron color de sol y frecuentó las tertulias de los mayores.  Apenas tardó quince días en publicar el siguiente axioma: 

"Montemolín es un barrio de estrellas".

Puesto que todo el barrio creía que los borrachos y los niños siempre dicen las verdades, las mujeres empezaron a pensar que sus hijas estaban hechas para triunfar en televisión y los hombres vieron en sus hijos unos astros del fútbol.  Desde entonces, sin nombramiento o ceremonia al efecto, Valero se convirtió en el filósofo de Montemolín.

Realmente, Valero quiso decir que cada uno de los habitantes del barrio tenía luz propia, y que no conseguirían iniciar el desarrollo de su individualidad hasta que así lo comprendieran.  Este valor de Montemolín era un valor universal.

Visto el éxito de su octavilla, decidió editar un decálogo a modo de base para su sistema de pensamiento, porque ya entrevió que, dado el vacío de ideólogo con la muerte de don Pepe, el barrio estaba necesitado de crear su propia escala de valores.  Ahora bien, a causa de su bisoñez en estas tareas y, teniendo en cuenta que nada es inmutable, decidió darle carácter dinámico, aunque no lo hiciera constar así en la publicación:

Sus diez artículos decían: 

1) Este barrio tiene luz.

2) La luz se nutre de un astro rey y de las lámparas de cada uno de sus habitantes.

3) Si cada habitante hace uso de su luz, nunca habrá oscuridad en el barrio.

4) Los niños también tienen luz, incluso más luz.

5) Es mejor la luz de una vela bella que la de una lámpara fea.

6) El barrio está abierto a otras luces.

7) Es mejor la luz blanca que la de otro color.

8) Las luces deben encenderse en armonía.

9) Siempre se tendrá encendida la luz.

10) Si la luz se apaga, hay que procurar encenderla. 

El Decálogo tuvo mucho eco porque se publicó en invierno y hacía mucho frío.  Valero explicó a los pocos días que no era necesario encender todas las bombillas de la casa, que por el día bastaba con el Sol y que por la noche, al estar dormidos, la luz de los sueños era suficiente.  En general, no se le hizo caso y, por ello, en el barrio de Montemolín, casi todas las casas tienen una luz encendida continuamente.  Valero se olvidó de explicar que el Decálogo hacía referencia a la luz interior y no a la luz eléctrica, y que más que la del Sol era más linda la de la Luna.

Al mes siguiente, en medio de gran expectación repartió otra octavilla: 

"Los días transcurren uno detrás de otro". 

El barrio lo recibió con tal alegría que Valero decidió establecerse a la entrada de la plaza Utrillas para evacuar consultas al módico precio de la voluntad.  A pesar de que no explicó que en ese mensaje hablaba de la paciencia, nadie le preguntó sobre su significado.

No se sabe si Valero era nombre o apellido, y él tampoco lo desveló.  Decía que no importaban ni los hombres ni los nombres, sino las ideas, porque un hombre podía haber tenido muchos nombres y las ideas sobrevivían a los hombres y a los nombres.  En la esquina de la plaza Utrillas enseñaba que una idea podía salvar a un hombre, pero nunca condenarlo, que una idea respetada sirve para crear otra, pero que si se combate contra ella, según sea la lid, generará vida o muerte.  Como nadie en esta tierra tiene la Verdad, hay que buscarla fuera de ella con el devenir de las ideas.

La siguiente octavilla, rezó: 

"Haz el bien y no mires a quién".

La gente lo entendió bien porque era un refrán muy oído.  Valero dijo esta vez que sólo era una idea y, como tal, sólo su aplicación serviría para demostrar su validez.  Dijo que no editaría más octavillas hasta que pudiera comprobar que se había aplicado lo suficiente esa idea como para poder decidir si nos acercaba o nos alejaba de la Verdad.  En lo sucesivo, publicaría "Edictos", es decir, opiniones sobre los sucesos del barrio.  Así, el primer caso comentado en un Edicto fue la creación, a propuesta vecinal, de la escuela valeriana: 

"Yo digo:

No está mal la idea, pero Valero no quiere ser profesor.  Una escuela sirve para enseñar hablando, y pienso que hay que enseñar actuando.  Como yo no actúo, sino que hablo, no puedo ser profesor.

Así propongo la creación de una escuela valeriana donde se enseñe la práctica de fútbol por jugadores expertos de más de treinta y dos años de edad, con, al menos, diez de práctica habitual".

De la escuela valeriana, salió el primer jugador del barrio que llegó a jugar en Tercera División.  Lastimosamente, la escuela desapareció, por falta de apoyo, al tercer año de su andadura.  Los chicos preferían jugar por libre y con derecho a pegar patadas al contrario.

Valero cometió algunos errores, pero poco a poco consolidó un sistema filosófico de barrio que dio a Montemolín una seña de identidad.

El pintor endemoniado

El talento artístico resulta incomprensible desde los conocimientos actuales.  Grandes inteligencias reconocidas son incapaces de escribir un renglón de poesía, o dar unas pinceladas con sentido, o entonar una melodía con encanto.

El talento artístico no se enseña, ni se aprende, no se adquiere ni con el mayor esfuerzo, es inútil buscarlo, es innato, existe o no existe.

Otra cosa distinta es la obra de arte.  Componer una obra de arte (no se puede crear; el hombre sólo transforma, Dios crea) implica conocer y haber practicado las técnicas adecuadas, lo que sí supone esfuerzo intelectual, para ponerlas al servicio del talento artístico.  Cuando estas dos virtudes se unen, surge la obra admirable.

Pero lo que aquí nos importa es el talento artístico, no la obra de arte, porque en Montemolín no hay obras de arte.

Cuando el talento artístico aparece en una persona, se producen comentarios y opiniones sobre su origen.  El más corriente es justificarlo por antecedentes genéticos (?).  Otros hablan de influencias ambientales (?).  Algunos se decantan por favoritismos de crítica.  Ciertos colectivos hablan de influencia esotérica: si el artista es bondadoso, predican intervención angelical... o de santos cualesquiera; si el artista es maligno, hablan de posesión demoníaca.

El barrio de Montemolín acoge entre sus habitantes a un hombre con talento artístico.  Se llama Fabio y trabaja adecuadamente las técnicas del óleo sobre tela y el temple sobre madera.  Solía exponer en la acera de la plaza Utrillas los días festivos entre semana, y los domingos en la plaza Santa Cruz.  En el barrio vende todos sus cuadros; los domingos apenas vende uno o dos, según la temporada.  Sus obras más cotizadas, y que ha repetido por demanda, son las que presentan los lugares encantados del barrio, especialmente las verjas de la estación, la filla y el palacio de Larrinaga.  Precisamente, el original del primero fue catalogado como "la composición que anticipa el nacimiento de un genio".  Valero siempre opinó lo mismo.

Hacía treinta años que Fabio había alquilado un pequeño local en Miguel Servet, 89, cuando apenas llegaba a la veintena.  Durante diez años, no participó en las actividades de la comunidad ni se integró siquiera en su grupo de vecinos, así que nadie supo mucho de él, salvo que se calzaba gorra de marino, tenía barba cerrada y fumaba en pipa.

Cuando ya expuso por primera vez, y así tomó contacto con la gente del barrio, en los corrillos se empezó a hablar de él con asiduidad.  Caía muy bien a las mujeres y, en especial, a las ancianitas, que se admiraban de "cuánto se parece este cuadro a mi casa", y le adquirían con generosidad todas sus obras.  Esta selección de mujeres lo encuadraba entre los elegidos del cielo.  Los más sensibles de Montemolín se felicitaban por contar en su cercanía con un verdadero artista, aunque en realidad —palabras de Valero— los verdaderos artistas no son los que cumplen acertadamente con su tarea técnica, sino los que, aprovechando su talento y habilidad, son capaces de aportar con su obra lecciones para el progreso interior revestidas de belleza.  A Fabio no se le reconocía esta cualidad.  En cierta ocasión fue preguntado sobre el tema y contestó, mirando al suelo como pillado en falta:

—La función del arte es meramente festiva.  Se trata de cumplir labores para agradar a los demás con su tendencia a la perfección.  Un cuadro decora, una mansión cobija, un libro enseña y una canción entretiene.  Si todo ello se fabrica con belleza, estaremos ante una obra que cumple su funcionalidad con expresión artística.

—Pero, ¿y el artista?  ¿Con quién se compromete? –le interpelaron.

—… —silencio.

–El talento supera la condición humana.  ¿No es obligación del artista ponerlo al servicio de la enseñanza para el hombre?

—… —silencio.

Desde entonces, Fabio dejó de pintar escenas del barrio.  Fabricó cuadros abstractos con predominio del negro, satinado de rojo y amarillo.  Se afeitó la cabeza y la barba y se vistió con telas de saco.  Fue un cambio radical, que se acentuó con un trato hosco y grosero a quien se le acercara.  Las ancianitas quisieron ayudarle y las despidió a patadas.  Así empezó a cundir el rumor de que Fabio estaba poseído por el demonio, apreciación que cuadraba con la excelente valoración que a partir de ahí se hacía de sus obras...  "Y, ¿si hubiera vendido su alma al diablo?".

Agustín se atrevió a contar que desde la galería interior –era vecino de Fabio— oía ruidos muy extraños, gritos de ultratumba.  Alentado por la gente morbosa, indagó a través de las rendijas y, como no pudo constatar más aliciente para las mentes retorcidas, se inventó que veía a su vecino pintar personajes del infierno a los que hablaba.  A consecuencia de tal mentira, las ancianitas maltratadas exigieron al párroco, don José, que solicitara un exorcismo inmediatamente.

Poca gente del barrio creyó en la posesión.  En algún corrillo se comentó que quizá su actitud era parte de su obra y que la evolución de su personalidad había desembocado en una locura artística, situación transitoria hasta que le llegara el propio entendimiento del proceso de cambio.

Hoy poca gente se preocupa de Fabio.  Agustín se cansó de fisgar.  También es cierto que sus visitas por el barrio son esporádicas, porque parece ser que gracias al aumento de ingresos alquiló otro estudio en el Casco Viejo de la ciudad.  Ahora bien, sigue siendo "el pintor del barrio", porque para las fiestas de septiembre vuelve a la plaza Utrillas para vender los cuadros que contienen escenas del barrio.  Es difícil saber si son remanente de su época anterior o nuevas composiciones.  En cualquier caso, sólo las expone en la plaza Utrillas.

El domingo pasado, don Fabio Nuño, pintor reconocido tardíamente en el mundo del arte nacional, publicó un artículo en el suplemento cultural del Heraldo de Aragón.  Merece la pena entresacar los siguientes párrafos:

"... el arte es esencialmente una mezcla de belleza inexplicable con intemporalidad.  Un artista está obligado a dominar las técnicas a su alcance para ponerlas al servicio de su talento...

... el talento podría ser un don divino, pero entonces no sería justo por discriminatorio.  Tiene que haber otra razón para explicarlo.  Es evidente que no conocemos reglas que avalen su existencia o inexistencia... pero estoy seguro de que las encontraríamos de estar dispuestos a bucear en el origen humano...

... igual que un empresario utiliza sus medios para dar progreso a su entorno, el artista no sólo debe crear belleza, a lo que está obligado y que le surge con facilidad, sino que debe salir de la comodidad de su virtud y comprometerse en una obra cuya expresión ayude al avance espiritual...  Si hoy yo escribo aquí, es porque lo entendí, y me arrepiento de haberlo conseguido tan tarde..."

Las batallas

Las batallas no son un juego de niños, pero hay que hablar de ellas.

En todos los barrios de la ciudad se producen batallas de bandas, y Montemolín es un barrio de la ciudad.

Para que se produzca una batalla es necesario que existan dos grupos enfrentados por alguna razón.  Esta razón puede ser fundada e infundada.  En el primero de los casos, la batalla siempre es evitable; en el segundo, una imbecilidad.

A fin de poderse integrar en la moda de la historia humana (razón de batalla, pues, infundada), en el barrio de Montemolín se formaron dos bandas de chavales: la de Larrinaga y la de la plaza Utrillas.

La banda de Larrinaga se compone de muchachos que viven en las inmediaciones del palacio de dicho nombre, o que simpatizan, o están emparentados con ellos.  Su lugar de reunión y preparación de estrategias se localiza en una nave abandonada de la CEFA.  El capitán de la banda se llama Alonso, un chico moreno, delgado y alto, con fama de buen tirador y, en ocasiones, demasiado cruel.

En la plaza Utrillas, los miembros de la banda se reúnen junto a los bajos del pretil alargado, vertiente interior.  Por eso, en los ladrillos se ven dibujos que responden a los planes de ataque concebidos.  De entre José Cruz, Quique y Gonzalo, no existe un jefe decisivo.  Cualquiera de los tres lidera porque se reparten las acciones según el tipo.  José Cruz planifica, y en batalla es un soldado más.  Quique dirige a los grupos y Gonzalo capacita en los períodos entreguerras.  Uno u otro de ellos puede decidir en nombre de la banda.

No existe normativa sobre la adscripción a una u otra banda y puede pertenecerse a cualquiera de las dos sin que haya controversias de dominio.  Incluso puede darse el caso de chicos que en una batalla pertenezcan a banda distinta a la de la batalla anterior; no se exige lealtad de una contienda a otra.  Ahora bien, una vez iniciada la época de planificación, se mira muy mal un cambio de bando.  En el caso de descubrirse espías, se les condena a no permitirles acudir a los lugares de reunión habitual hasta que haya concluido la temporada de batalla, y ya nunca más podrán participar en los enfrentamientos.  Si a lo largo de una contienda, alguien discrepa de las órdenes o muestra disconformidad de la estrategia, debe retirarse y mantenerse al margen hasta la siguiente batalla (generalmente, por dignidad, el cambio no se produce hasta la temporada siguiente).  Se utilizan alternativamente dos campos de acción: la trasera de Giesa, como local de Larrinaga, y los antiguos depósitos de la Estación, como feudo de plaza Utrillas.

La trasera de Giesa es campo abierto con arboleda.  Se extiende desde el terraplén de la fábrica, que tiene incrustados bidones repletos de tierra, hasta los límites de la filla.  En esta cancha, se considera vencedor al bando que, a la hora de comer, ocupa mayor cantidad de bidones.  Los locales se protegen sacando la tierra y metiéndose en los bidones.  Los visitantes avanzan de tronco en tronco hasta ir llegando al terraplén.

Los depósitos de la Estación son unos grandes hoyos rectangulares con paredes de cemento, que contuvieron agua y carbón para las máquinas de vapor.  Existen cuatro depósitos.  Por todo el terreno hay casetas, grandes tuberías de metal, remolques, dos furgones destartalados y muros de contención.  Los locales tienen la posición de defensa de los cuatro depósitos en dos líneas: una de francotiradores sobre las casetas y los muros; la otra, en las inmediaciones de los hoyos, parapetados entre las hendiduras de sus pretiles.

Los proyectiles a utilizar son piedras seleccionadas con anterioridad por los jefes de ambos bandos.  Se trata de que no tengan aristas.  Está totalmente prohibido usar tanto tiradores o "tirachinas" como hondas a menos de veinte metros del objetivo, y en todas las confrontaciones se hace declaración jurada de su no uso.  Expresamente, debido a los avances tecnológicos, se ha tenido que incluir en la ley de guerra la prohibición de ballestas y armas de aire comprimido.

Operativamente, se trata de atacar las posiciones del adversario mediante el lanzamiento de los proyectiles, en tal abundancia que provoque la imposibilidad de mantener la defensa del puesto.  Si el lugar es tomado, se considera avance del visitante.  Hay que ser lo suficientemente hábil para mover a los soldados propios debajo de la propia línea de fuego, pues es imprescindible ocupar el espacio físico del puesto inmediatamente a su abandono.

Puede ocurrir que algún muchacho resulte lesionado.  Entonces se produce tregua para atenderlo, y un adversario (para equiparar las fuerzas), que si se conoce debe ser el causante de la lesión, lo acompaña hasta su casa.  Salvo casos de extrema gravedad, se continúa la contienda hasta la hora prevista, hora de comer.

A lo largo de la temporada se programan ocho batallas, cuatro en cada campo.  Si en el cómputo final, hay empate, se considera ganador a quien no lo hubo sido la temporada precedente.  El último sábado de agosto se procede a la entrega de los galardones: al bando campeón, al más arriesgado, al mejor estratega y al más disciplinado.  Se eligen de forma democrática.  En caso de lesionados, se les distingue con el premio de honor.

Al comienzo de cada temporada, se discute arduamente sobre si celebrar o no este tipo de contiendas.  Hasta hoy, se ha decidido continuar siempre y cuando existan guerras en la televisión, puesto que Montemolín también es parte del mundo.  Hay que decir que cada año presenta nuevos asistentes y más heridos.

Libro III - Fábulas de Montemolín, Índice

Preámbulo

Guía para volar

1.— El barrio de Montemolín

2.— Los juegos generales

3.— Los juegos del barrio

4.— Las batallas

5.— El pintor endemoniado

6.— Valero, el filósofo

7.— Los Hombres Razonables

8.— Los Hombres Encantados

9.— Las primeras novias

10.—Las novias

11.—El novio desorbitado

12.—La Bombilla

13.—Los tranvías

14.—La filla

15.—El infante travieso

16.—Susana

17.—Los espíritus agrupados

18.—El palacio de Larrinaga

19.—Las verjas de la Estación

20.—El pasillo del recuerdo

21.—El corazón de Montemolín

22.—Cuando el barrio quedó vacío

Epílogo

Libro III - Fábulas de Montemolín, Palabras propias en la Presentación

Presentación de Fábulas de Montemolín

26/10/2001; 20:00

C.M.U. Virgen del Carmen, C/ Albareda, 23

ZARAGOZA

 

Quiero empezar, para que no se olvide ninguno, y para que nada quite atención hacia ellos, con los agradecimientos por haber contribuido al nacimiento de este libro.

 

A Alejandro Dolina, un multiartista argentino, que con su libro Crónicas del Ángel Gris, estimuló el contenido y estructura de estos cuentos.

A los habitantes de Montemolín, que me han dado el entorno y los personajes para dejar que el ángel extraviado escarbara en sus anécdotas.

A mis padres y a mi familia por haberme hecho crecer en Montemolín, lugar de mi infancia, al que perteneceré siempre viva donde viva.

A mi tío Julián, también llamado Manolo, porque es de aquéllos pocos que saben lo que significa Montemolín y luchó por ello.

A  José Julián y a Jesús Ángel, que son habitantes especiales de este barrio también, porque en este barrio saltaron al mundo muy cerca de mí.

A Esther, Eduardo, Raúl y David, mi mujer y mis hijos, que me hacen ser como soy y como es una parte fundamental del ángel extraviado

A Adela, por sus palabras de aliento para que este libro no se quede en los almacenes de la editorial

A Editorial Combra y, en especial a Manuel Cotoré, por creer que este libro es algo más que un recuerdo personal y animarme a que saliera del cajón donde ha vivido siete años.

 

...y debería nombrar quizá a tantos santos como nombró Almodóvar en la entrega de los Oscar, porque me parece un milagro que tengamos impreso aquí el libro, pero sólo quiero nombrar a alguien más que no ha podido venir, también habitante de Montemolín, también de mi familia, que ahora sé que está pensando en mí, con el libro entre las manos, leído de cabo a rabo... a pesar de sus 95 años.  Por tantas cosas, mi agradecimiento a mi abuela Edmunda.

 

Fábulas de Montemolín nació muy lejos de aquí, nada más y nada menos que a más de diez mil kilómetros de distancia, en Buenos Aires, aunque sólo le separa de España un océano, pero no sus gentes ni sus pensamientos.  Nació desde la añoranza de unos orígenes que habían estado tan cerca que nunca los había visto.  ¡Qué verdad es que los árboles no te dejan ver el bosque!  O que sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos...  Llegué a aquella tierra el 13 de septiembre de 1993, fecha premonitoria... porque dos años después nacería ese mismo día mi hijo Eduardo, allí en Buenos Aires, algo impensable cuando ese primer avión aterrizaba en el aeropuerto de Ezeiza.  Al poco de llegar, mi afición por escribir me llevó a preguntar por la realidad literaria de aquella ciudad... y Eric Calcagno, un enamorado de la ciudad porteña me recomendó las Crónicas del Ángel Gris, un libro que recogía artículos relacionados y publicados en los diarios argentinos por Alejandro Dolina, un personaje entrañable, rebelde y polifacético.  Estas Crónicas hablaban sobre historias fantásticas del barrio de Flores, un barrio popular casi en el centro geográfico de la ciudad, sobre la calle Rivadavia (por cierto, los porteños presumen, entre otras cosas, de tener la más larga y la más ancha del mundo, como algunos hombres de Montemolín... las calles, digo, la calle más ancha del mundo, la Avenida 9 de Julio, y la más larga, la de Rivadavia, calle del barrio de Flores, cuestión esta última que coincide con el pensamiento orgulloso del ángel extraviado de que Miguel Servet es la calle más larga de Zaragoza, al fin y al cabo, la más larga del mundo... del mundo conocido por el ángel extraviado)

Y con esa historia de Alejandro Dolina en la mesilla, escribiendo en el dorso de folios azules cuyo anverso era documentación borrador de la empresa donde trabajaba, Edenor, fueron gestándose estas Fábulas, a caballo entre la habitación 619 del Hotel Continental, en la Diagonal Norte y las mesas del Café Tortoni, en la Avenida de Mayo, páginas que quise escribir de memoria, solamente de memoria, sin recurrir a ninguna consulta, para que fuera un auténtico libro de creación, imaginado, recordado, una historia de dentro tal como se había archivado, y seguro que deformado, tal como se deforman los recuerdos que se hacen sueños.

Escribí un libro mágico, para mí es mágico, porque mágico es el recuerdo de una infancia, envuelto entre nebulosas y repleto de mitos, más importantes para mí que los clásicos, que han ido quedando plasmados inconscientemente en sus páginas.  A diez mil kilómetros de distancia, escribí un libro de donde soy, de Montemolín, donde nací... aunque realmente no somos de donde nacemos, sino de donde alcanzamos la primera libertad en la infancia, donde podemos disfrutar en la soledad con conocimiento de causa la sensación de: “Esto lo he hecho... y me lo habían prohibido”.  Somos de donde aprendemos a ser rebeldes, donde los sueños de ser alguien comienzan a hacerse realidad.  Si el ángel extraviado hubiera tenido esta sensación en otro lugar, este libro no hubiera podido incluir en el título el nombre de Montemolín.

Este ángel extraviado, protagonista de las Fábulas, vive parte de mi historia y ocupa parte de mi alma.  Es un ángel que vive en la intemporalidad de cada uno para ir susurrándonos al oído que las cosas que vemos y palpamos no son sólo como las vemos y las palpamos, sino que tienen una esencia nacida de sensaciones y sentimientos que las convierte incluso en algo totalmente distinto.

Hoy, siete años después de haberlo escrito, después de dos años de haber vuelto habitualmente al barrio desde Madrid, donde ahora vivo, casi aprecio que su título y su contenido pueden entenderse como una reivindicación de Montemolín.  Probablemente, la actualidad que vivimos haga pensar así, lo que no fue en ningún momento mi intención al escribirlo.  Pero el pasado día del Pilar, este mes, vi un artículo en el Heraldo de Aragón, que hablaba del precio medio de la vivienda en Zaragoza, y mostraba un mapa con los distritos de la ciudad.  Pues bien, no existe Montemolín, no existe, se lo han comido entre Las Fuentes y San José... y pensé, me lo han quitado, y quizá yo contribuí a ello, porque hace años escribí en el libro:

 

“...es como si el barrio no existiera... sus límites se diluyen y allá, visto por el aire, la calle grande del barrio, la de Miguel Servet, únicamente serviría para deslindar Las Fuentes de San José”.

 

Y las cosas desaparecen porque alguien se desentiende de ellas.  Sé que hoy han venido aquí muchos habitantes de Montemolín... que quizá no sabían ni siquiera que el barrio se llamaba así.  Y mucho menos, otros habitantes de Zaragoza.  No quiero preguntar, no me atrevo a preguntar quién lo sabría.  Tampoco quiero apelar a una lucha de reivindicación, porque no serviría para nada, pero quiero ofrecer un capricho en una fantasía medieval: que este acto, como un rito de la caballería andante, y para rendir también homenaje a Don Quijote, que pasó por Zaragoza, sirva para armar a quien lo desee como Dama o Caballero de la Orden Montemolinense.

Alguien me preguntó si, en mi libro, Montemolín era como Macondo, el pueblo de Cien Años de Soledad, llevado por mi admiración hacia Gabriel García Márquez.  No, tampoco fue escrito pensando en eso.  Además, Macondo tiene existencia imaginaria, nadie puede encontrar Macondo.  Montemolín, sí, aunque no tenga un Aureliano Buendía que regrese una y otra vez, pero con cientos de seguidores de los Hombres Encantados (aún sin saberlo) que se fueron del barrio pasito a pasito y que no derramarán una gota de sangre por Montemolín, porque consumen su recuerdo con gotas de lágrimas ocultas.

Y he dicho que no es mi intención reivindicar Montemolín, pero después de reflexionar sobre esto, quizá no me importara que este libro se entendiera como una voz en el silencio que grita en el papel la existencia de una identidad apagada.

Ahora, quiero haceros una propuesta.  Espero que leáis el libro... y cuando lo hagáis, hacedlo con una actitud totalmente distinta a cuando leéis otro libro.  Intentad pensar y sentir junto al alma del ángel y dejaos llevar con él en el recorrido por su barrio.  Será un viaje por un mundo jamás explorado, que lograréis hacer vuestro de una manera especial... tan especial que os pido que no la compartáis con nadie que no haya vivido la historia del mismo libro.  Leédselo, prestadlo, regaladlo, pero, como si de una historia de suspense se tratara, no le desveléis vuestras sensaciones...  ¿Y sabéis por qué?   Porque sin quererlo le estaréis hurtando su derecho a la sensación única.

Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Reseña de Fábulas de Montemolín, en la revista Trébede, nº 58, de diciembre de 2001, pág. 83-84, por José Ramón Marcuello.

Desde la entrañable y ya clásica novela del malogrado Gabriel García Badell, De las Armas a Montemolín, no habíamos tenido ocasión de toparnos de nuevo con ese añejo barrio zaragozano como escenario de una obra literaria.  La que ahora ve la luz, Fábulas de Montemolín es una sugestiva destilación de un aún joven “ángel extraviado”, macerada en el tiempo y en la distancia, a más de un tercio de siglo de una infancia perdida y a diez mil kilómetros de la plaza de Utrillas, que es lo que, según los atlas, media entre la calle Miguel Servet y el centro de Buenos Aires.

Su autor, José Antonio Prades, había ido afilando pulcramente el lápiz en el sacaminas de dos obras anteriores y casi simultáneas –Epistolario de un oficinista y Cuentos de Luz, editadas ambas en Argentina en 1994-, siguiendo registros narrativos distintos, pero en las que subyacen ya dos elementos sobre los que descansa, esencialmente, su libro más reciente: el desasosiego existencial y la lealtad a una infancia que nos marca para siempre.

En Fábulas de Montemolín –libro en el que se evidencia, para bien, la profunda admiración de su autor por el realismo mágico de García Márquez- aparecen y desaparecen inquietantes espectros (como los Hombres Razonables o los Hombres Encantados, pero, sobre todo, Valero, el filósofo) que dan cobertura metafísica al microcosmos de un niño que empieza a conocer el mundo exterior rompiendo, poco a poco, desde el corazón de la plaza de Utrillas, las capas concéntricas de un barrio/cebolla al que se le van hurtando, lentamente, sus señas de identidad.

No es, sin embargo, un ejercicio de simple evocación del tiempo perdido ni tampoco –lo que, por otra parte, justificaría holgadamente el esfuerzo del autor- un cuaderno de campo de etnografía urbana, tan huérfana de vocaciones por lo que a Zaragoza, ciudad de alución, se refiere.  Se trata, sobre todo, de buscar inútilmente y a sabiendas respuesta a las preguntas sin contorno que un niño formula, cuando llega a la madurez –que no entonces-, frente al espejo de los adultos que habitan o pululan por un retal zaragozano cada día más desdibujado e irreconocible.

Así las cosas, el viejo barrio de Montemolín de los años 60, aporta la cuartilla sobre la que el autor garabatea primero y escribe después dos actas simultáneas de defunción de otros tantos ocasos: el de su propia infancia y el del paisaje humano y urbano de una ciudad en la que, como en el más remoto de los pueblos, la auténtica escuela estaba en la calle.  Se trata, en suma, de un lírico y sugerente alegato forense, inundado de ternura y de profundos sentimientos vírgenes, lejanos aún a la contaminación de los adultos y a la agonía de una forma de aprender a leer la vida.

Libro III - Fábulas de Montemolín, sinopsis de contratapa

Montemolín es un barrio zaragozano, quizá como los demás, pero el ángel extraviado le ha concedido el título de barrio fantástico. 

Pasear por estas páginas descubre las honduras y las alturas de Montemolín; permite alcanzar la delicia de “involucrarse en un secreto maravilloso” que sólo conocen los personajes que han prestado su historia para conformar este libro de cuentos. Los relatos se suceden unos a otros por una escalera ascendente que nos lleva por un recorrido no sólo turístico.  El barrio existe, pero desde aquí se va convirtiendo en un país de ternura que no puede verse sólo con sus calles, edificios y carteles. 

La voz, supuestamente ingenua, acertadamente observadora, agudamente tierna, que relata las peripecias de un entorno real, nos transporta a un mundo mágico y, sin darnos cuenta, tomamos conciencia de que nuestra parte del Universo no termina en los confines de este mundo.  No es necesario hacer un esfuerzo de imaginación para sentir ese placer de la magia con las “enseñanzas” del Ángel.

… el género de cuento está asignado con absoluta lealtad.

... y la calificación de fantástico se amplía en todos sus significados.