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Libro III - Fábulas de Montemolín, cómo se hizo

Libro III - Fábulas de Montemolín, cómo se hizo

Esta colección de relatos relacionados (por el ángel extraviado), surgió después de haber leído “Crónicas del Ángel Gris”, otra serie de fábulas que Alejandro Dolina, un polifacético artista porteño, publicó un poco antes de mi llegada a Buenos Aires, en 1993.   En ella descubrí el mundo de Flores, el barrio que vio crecer al autor en su infancia y que se puebla de extraños y entrañables personajes configurando una mitología urbana que hoy es casi un objeto de culto.

Lo escribí a trazos sueltos desde septiembre a diciembre de aquel año, a caballo entre huecos del tiempo de empresa, en la habitación 619 del Hotel Continental, en Diagonal Norte y Maipú, (donde se alojó Antonio Banderas mientras rodó “De amor y de sombras”), y en las mesas de mármol del Café Tortoni, en la española avenida de Mayo, entre partida y partida de billar americano con Leonard Marín, mi acompañante de risas y fatigas en aquellos tres meses de arribada al nuevo mundo. 

Aún guardo los borradores, los esquemas, los apuntes…  Casi todos ellos  —involucrado en el ahorro de costes que se predicaba en mi trabajo— están escritos sobre la cara posterior de unos folios azules que se quedaron en proyecto de comunicado, norma o carta de la empresa.

Añoré Montemolín en aquellos meses.  Quizá si no hubiera salido de mi ciudad, estos relatos nunca se habrían escrito, porque nacieron desde la nostalgia que los sonidos de tango y los recuerdos de los emigrantes me contagiaron sobre mi barrio de origen.

Fueron retazos sueltos que me inspiraba Mandeb (personaje de Crónicas del Ángel Gris) y sus acólitos porteños, un recuerdo de aquí, otro de allá, muchas fantasías y un amor descubierto hacia los pequeños detalles que adornaron mi infancia hasta convertirse en tatuajes imprescindibles que se han fijado en mi corazón…. Tatuajes del recuerdo, con la plaza de Utrillas, el palacio de Larrinaga, las ciénagas de la filla, las vías del tranvía y la tienda de mi padre.

Fábulas… es un libro muy personal, con toques autobiográficos, bañado de nostalgia y sabroso en la ingenuidad del protagonista, un niño de doce años que estaba aprendiendo a volar.

Las últimas palabras

Os lego todas mis posesiones, sin más límites que tasas, impuestos y otras sangrías, para las cuales he previsto suficiente saldo en la cartilla de ahorro.  Espero que hagáis buen uso de ellas y que no os peleéis por tal o cual objeto.  Realmente, nada es imprescindible, pero guardo cierto cariño a ciertas cosas y me gustaría que les dierais el tratamiento adecuado.  La imagen de “La Última Cena” tiene un significado especial, no os deshagáis nunca de ella, y procurad que tenga cerca la imagen de la Dolorosa.  Como imágenes que son, ninguna de las dos tiene valor, pues son meras representaciones carnales, pero a lo largo de los años se han cargado de una energía propia de nuestra familia.  Entendedlas como signo de protección, y la fe os acogerá.  A Benito le ruego que conserve la pluma que ganó papá en el torneo de ajedrez.  No hay nada especial en ella, pero este deseo nace del cariño y me gustaría que perviviera.  Rosa, te corresponde mi mantilla blanca, que ya fue heredada por mi madre y por mi abuela.  Si alguna vez te decides a pasar por el Pilar, llévala para que sea bendita también sobre tu cabeza.  Desde aquí, ahora, puedo decirte que no es tan importante como creía, que la fe no reside en la mantilla, sino en el espíritu, pero la Virgen vela por nosotros y acepta los signos de veneración.  Lucía, sólo necesitas resignación, porque ya tienes conocimiento y sabiduría.  Conserva la piedra azul que guardas en tu monedero, tómala en tu mano con tus desencantos y suplica la paz para tu alma.  Tienes el camino abierto.  Con las otras propiedades podéis hacer lo que queráis, venderlas, lo mejor, para que la mejora económica os estabilice materialmente y os dediquéis así a repartir el bien, a dar ayuda y a la búsqueda de la verdad.  Por favor, quemad todos los muebles...  Y ya no hagáis más acopio...  Sé que os sorprenderá este ruego.  Nada más cerca de la realidad, ahora que la conozco desde dentro.  Cada hijo de Dios necesitamos de un apoyo material que nos libere de la carga de nuestro cuerpo, aunque en verdad la necesidad es vana, pero puesto que no somos perfectos, si no no estaríamos ahí, nos está permitida la búsqueda de esa satisfacción.  Ahora bien, ir más allá de lo necesario, de lo que nos viene, y, además, hacer de ello objetivo de la vida, significa renunciar al crecimiento del alma.  No busquéis poseer, sino dar con amor, porque el mensaje es verdadero: “Todo lo que deis de corazón, os será devuelto con creces”.  El poder material se extingue con la muerte, nos queda la lucidez espiritual, que alimentamos exclusivamente con el único acto nutritivo: el acto del Amor.

  

Estaba equivocada en mi práctica religiosa.  Os parece extraño que lo reconozca, ¿verdad?  Pero tampoco es vuestra la razón.  Cometí el error en la forma de practicar, no en el uso de la práctica.  Ya he recibido el perdón, pero la indulgencia de poco sirve, porque todos tenemos la posibilidad de conocer el verdadero camino, y para ello sólo se debe desear y buscar.  Vuestra nula práctica y mi exceso tienen la misma causa: la influencia de la sociedad.  Yo por sumisión y temor, vosotros por rebeldía y orgullo, hemos elegido una comodidad de conciencia que nos ha desviado.  No sirve mirar una imagen como consuelo, no sirve una reunión multitudinaria con respuestas pasivas, no sirve rezar letanías como un loro maleducado...  Y da lo mismo ser bautizado, o ser absuelto, o ser confirmado, o ser unido en matrimonio, o ser ungido, da lo mismo porque son errores humanos basados en signos materiales que sólo aportan aceptación social.  ¿Recordáis mis indulgencias plenarias?  Tantas son que debería tener audiencia directa en el salón del trono divino.  Las enseñanzas se han distorsionado, hemos perdido la sabiduría y trazamos vericuetos retorcidos, en lugar del sendero limpio y recto.  Debéis cambiar vuestra actitud, pero no hacia la veneración ni hacia el rezo, sino dirigida al mensaje que nace dentro de cada uno, es decir, que la imagen de tal o cual virgen, de tal o cual santo, no será objeto sagrado sino recordatorio de ese mensaje que recibís, y la oración nacerá del íntimo deseo de comunicaros individualmente con vuestro interior, con Dios, y si esos deseos se unen y nace un deseo común, la intención será más fuerte y más loable.  Los sacerdotes no son elegidos, son personas que han decidido entrar a formar parte de una organización humana, pero el mensaje que reciben de ella les llega del conocimiento, así como su rango.  Cada uno de ellos servirá según sepa mirar dentro de sí y, por ello, los habrá mejores y peores en su tarea.  No son sólo ellos los sucesores de los apóstoles, cualquier ser humano puede dar enseñanza, aunque no haya jurado los votos de castidad, pobreza y obediencia.  Por eso, os ruego que no juzguéis a nadie por su fachada pía ni que os dejéis influir por ese o aquel mensaje religioso, comparadlo con vuestro corazón y, si os conmueve, aceptadlo.  Puede que llegue el día en que alguno de vosotros sea elegido.  Por ello voy a rezar.  Por favor, no rechacéis la tarea porque con ella os acercáis más a Dios...  Y tampoco deshagáis lo hecho por rencor o desprecio, no cultivéis el odio con que me atacabais por mi devoción eclesiástica, sabed que toda alma imperfecta, que todo ser humano, comete errores, y la salvación es patrimonio de cada cual, no debe imponerse sino elegirse como opción individual.  Sed comprensivos con todo aquél que desee acercarse a Dios, porque el camino no es único, sólo debe ser única la intención, y si ella es pura, siempre se abre la puerta, aunque sólo sea para enseñarnos nuestro error.  Por cierto, Lucía, tenías razón cuando me dijiste que un sacerdote no era quién para justificar tu amor ante Dios ni para perdonarte los pecados.  Ni casarte ni confesarte te ayudará, ni a ti ni a nadie, para encontrar la luz de Dios.

  

¡He sido tan religiosa, tan practicante, tan “beata” o “misicas”, que me decíais vosotros...!  Y realmente no es malo, ya os he dicho, pero el culto, los ritos, los cepillos, no sirven para nada, el alma no se compra ni se vende, no se salva ni se condena por tal o cual servicio religioso.  ¡Tantas de mis amigas de mantilla, de novenas, de cenáculos, practicaban por obligación, por “el qué dirán”!  Y su imagen de humildad piadosa, sólo imagen, desaparecía en cuanto pisaban su casa o la calle, creyéndose salvadas porque el domingo cantaban muy bien en la iglesia o porque se confesaban y comulgaban casi todas la semanas.  Hacían alarde de su moralidad, y su vida se basaba en aparentar, criticando con crueldad cualquier acto que se saliera de sus normas, siempre por motivo de sexo, dinero, matrimonio y vestuario.  Sé que no puedo ser acusada de sus mismos defectos y tampoco obré mal cuando las aceptaba junto a mí, pero me faltó valor para hablarles de verdad.  Mi vida ha sido constante entrega a los demás, a mis padres, a mi marido, a vosotros, a mis amigas...  He hecho del servicio mi quehacer diario, sacrificándome para que todo a mi alrededor estuviera bien.  Cada respiración mía estaba pensada para otro de mis semejantes.  Recuerdo especialmente mi dedicación a los últimos años de cada una de vuestras abuelas, soportando de mi madre su senilidad y de mi suegra su odio hacia mí “por haberle robado a su hijo”.  La enfermedad de papá estuvo a punto de hundirme y sólo por vosotros no me fui con él.  Esta entrega es mi patrimonio, nada más, que podría servir de ejemplo como una vida de bien.  Pero no ha sido perfecta, estuvo muy lejos de serlo, y no por mi religiosidad excesiva o por mis deseo de dinero.  Mi error estuvo en que mis actos eran de servicio a los demás, pero mi actitud servía a mi egolatría.  Cada uno de mis actos de entrega nacía por necesidad propia y con obligación, y llegaba a los demás como regalo de vitalidad.  Actuaba por conocimiento, es decir, me lo habían enseñado y no era capaz de rebelarme.  La intención surgía de mi deseo, no de mi amor, deseo de sentirme bien por hacerlo y no al contrario.  Ahí nace mi mayor falta: esperar algo a cambio, exigir a los demás que me dieran lo mismo que yo les había dado, que me devolvieran favor por favor.  No soy del todo culpable, culpable en la razón, porque lo exigía sin consciencia, pero ahora me doy cuenta del daño que he causado.  Vosotros habéis sufrido mi enfermedad cuando la enferma era yo; vosotros habéis sentido mi dolor cuando el dolor era mío.  He fingido miedos, he fingido desfallecimientos, he fingido para teneros cerca de mí un minuto más, porque no sabía vivir sin sentiros físicamente a mi lado.  Toda esa entrega, toda esa obligación, toda esa egolatría me ha impedido llegar a lo más preciado: ser yo.  No he sido yo, he sido siempre lo que los demás me dejaban o lo que los demás me daban, y, antes de nada, cada uno debemos ser nosotros mismos para poder dar lo mejor de dentro a nuestros semejantes.  Mi constante lamento interior, silencioso, se prolongaba en mis palabras y en mis actos, y, sin desearlo, todo mi bien se escondía detrás de esas lágrimas, y a mi alrededor sólo regalaba llanto, aun recubierto por una sonrisa.

 

Erais tan guapos cuando nacisteis, los tres, tan guapos y tan dulces...  Mi única ilusión fue ser esposa y madre.  ¡Qué alegría cuando me casé!  ¡Qué alegría cuando di a luz!  En cada uno de esos cuatro instantes pensé: ya tengo alguien a quien cuidar, soy feliz.  Y me dediqué por entero a cada uno de los cuatro, fuisteis reyes y estoy orgullosa de la educación que recibisteis.  Me propuse que fuerais hombre y mujeres de bien y de provecho, cultivando el alma, la mente y el cuerpo, intentando mejorar lo que yo había recibido.  Naturalmente, el centro de casi toda mi intención fue que no pasarais hambre, que la vida os fuera fácil, pensando que con dinero se solucionaba vuestra mayor necesidad.  Puedo presumir de haberos proporcionado casa y pan suficientes, además de una educación social y formativa.  No habéis sido buenos estudiantes, pero para ello no pude daros más; os comportáis bien en sociedad y, sobre todo, sois excelentes personas,  “buena gente”, que me gusta decir.  En vida, os reprocharía la falta de religiosidad...  Estoy orgullosa de haber creado y mantenido una familia unida con lazos de amor, y ha servido para que ahora, con vuestras vidas fuera del hogar, sepáis en qué se basa una relación.  Seguid unidos, limad los desacuerdos, y cada día crecerá en vosotros la grandeza del alma.  La vida es una escuela y todas las lecciones comienzan en el primer hogar, cultivando la convivencia, la tolerancia, la comprensión y la ternura.  Sé que ya no sois unos niños, pero no he querido creerlo.  Sé que sois libres y distintos, y no he querido entenderlo.  Mi excesiva pasión de madre, mis exigencias absorbentes han hecho de mi relación con vosotros un camino agobiante desde que fuisteis hombre y mujeres.  Incluso os debo confesar que me reprimí, pues habría deseado hasta el último momento que mi consejo se cumpliera, que regresarais a las diez a casa y que me pidierais que os preparara la comida.  No me atreví a comprender que vuestra libertad no era la causa de mi sensación de soledad, que mi deber de protección terminó hace muchos años y que crecer no es delito contra la maternidad.  Los padres sólo somos cauce, nunca motor, porque cada uno, también cada hijo, estamos obligados a vivir las experiencias que nos depara nuestra existencia, y quien pretenda influir directamente en el camino de otro puede provocar más daño que bien.  Debí convertirme en vuestra mejor amiga y sólo fui vuestra mejor madre.  Os pido perdón por exigiros tanto, por presionaros, para seguir mi camino, y aunque lo hice por amor, no causé más que retraso en vuestra madurez.  Sufrí, sufristeis por un error, pero os agradezco de corazón el respeto con que me soportasteis.

 

Apenas he nombrado a papá, y es todo un logro, ¿verdad?  Lo conocí con quince años, era costurera, “modistilla”, que me decía él, y le costó hacerse con mi atención.  Yo era muy guapa, y los chicos del pueblo suspiraron cuando me vine a la cuidad; él, un buen mozo, el “ojo derecho de su madre”.  Necesitamos catorce años de festejo, el dinero mandaba, y nos casamos muy enamorados.  Para nosotros, el otro era perfecto, y la unión, sublime, la ilusión aumentaba cada día, con cada acontecimiento que compartir.  Vivíamos en el amor, no cabe explicarlo de otra manera, y podéis incluir en él la ternura, la amistad, el respeto, la comprensión...  Reconozco que algunas tareas las cumplía por obligación, porque me enseñaron que una buena esposa debía comportarse así, pero no me importaba porque nacía como servicio para él.  A pesar de su aspecto serio y sensato, vuestro padre tenía un hervidero de alegría en su alma.  Le daba a cada cosa una importancia relativa y, en todo momento, actuaba con la dedicación necesaria.  Formábamos una pareja única y despertábamos la envidia de todos los amigos.  Cuando salíamos con ellos, aun separados, él con los maridos, yo con las mujeres, nos sentíamos cerca, como si uno estuviera dentro del otro, y nos intercambiábamos guiños, miradas y sonrisas, y, en ocasiones, él abandonaba su conversación, se acercaba hasta mí, me besaba y me decía al oído: “Te quiero como a un cielo”.  Sólo me di cuenta de su enfermedad cuando ya se había ido.  Mientras sufrió, siempre con los labios risueños, yo deseaba exclusivamente estar junto a él y proporcionarle lo mejor para que sanara pronto.  Gracias a vuestra existencia pude vivir... por vuestra existencia... y por su recuerdo.  Desde su muerte, mi vida sólo tuvo sentido para cuidaros y para pensar en él, fui parte de los demás, nunca yo misma.  Todas las noches alargaba mi brazo en la cama para acariciar el lugar de la almohada donde él reclinaba su mejilla.  Y el servicio que a él le debía se repartió entre vosotros tres.  Seguí a rajatabla sus deseos sobre la educación, sus inquietudes para vuestro futuro y, con ello, ya me sentía fuerte y amada... aunque sola.  Con el paso del tiempo, os exigí que me dierais lo que él me debería haber dado, a cada uno de vosotros os exigía que fuerais mi marido, y entre uno y otras deambulaba para buscar la acogida de la esposa fiel y cariñosa.  Necesitaba encontrar un calor de igual a igual, la brasa que mantiene cálido el corazón de una mujer...  quería encontrarle a él...  Quizá ahora entendáis por qué fui tan absorbente con vosotros, por qué ansiaba vuestras caricias, vuestros besos y abrazos, por qué me hundí cuando ibais saliendo del hogar.  No entendí que vosotros sólo erais semilla y fruto que cultivar para dejaros crecer en libertad.  A pesar de mi apariencia, nunca fui yo, sino la imagen de él que se proyectaba en mis actos, en mis sentimientos, en mis penas y en mis alegrías.  Desde que él murió, se apagó mi luz, ya no crecí, equivoqué el sentido del amor y me anclé en su recuerdo.  Perdí un tiempo magnífico... pero ahora... tengo esperanza otra vez, soy feliz, feliz, hijos, como nunca lo he sido... voy... voy a encontrarme con él, me está esperando, me lo han mostrado, lo he visto... y, juntos, como siempre lo hacíamos, vamos a iniciar un nuevo camino, un aprendizaje hacia el amor.

 

 

 

Os estoy aguardando, hijos, porque la muerte no es final, es un paso más hacia Dios, un alto en el camino hacia la perfección, y de ella nace cada vez la enseñanza de la única verdad, la enseñanza del Amor.  Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

La estación del Edén

Cuando yacía en la cama, ya con los dolores apagados, ya con mis acompañantes unos rezando, otros llorando, llegó hasta mí Juan, mi hijo menor, que siempre tuvo la piel muy cálida, y colocó sus dedos sobre mis párpados, a la vez que me decía quedamente, al oído, pero con la firmeza del convencimiento:

—Papá, el camino es limpio y recto, sin sobresaltos;  el destino, lo que tantas veces hemos hablado, el Edén.  Allá arriba te esperan, pero debes viajar en solitario, porque sólo tú eres dueño de tu alma.  La Luz te vendrá a buscar y se abrirán las puertas. Acércate a Ella.

Transcurrió en un susurro, sin tiempo material de que las palabras fueran pronunciadas, y las oí más allá de la habitación, como si Juan hablara desde la Luz que me prometía.  No, no eran frases tangibles, no eran frases de consuelo ni de resignación ni de despedida, surgían dulces porque las decía el Amor, y no el amor filial, ni yo las recibía con amor o debilidad de padre...  eran palabras de espera y esperanza.

Me llegó el último sonido y aún pude oír:

—Ha muerto.  Descanse en paz.

Sé que hubo sollozos, que casi todo el mundo se apenó, pero sentí que Juan irradiaba paz, no sabía si para consolarse, para transmitírmela o para fortalecer a los demás.  Mi última imagen es su rostro transfigurado mirando hacia lo alto, señalando el camino, la vía de iluminación.

El miedo a la muerte me desapareció veinte años atrás, cuando ella se fue y dejó su labor en este mundo con la satisfacción de haber cumplido su papel y sabiendo que nada le ataba, que debía ascender a la presencia de su Dios con el alma como único equipaje.  Juan tenía quince años y quiso irse con ella, sufrió con desesperación, maldijo la vida y todo en lo que no creía, se ofreció a cambio, no aceptó la huida de su madre...  Pero ella, en su lecho de agonía, le habló palabras que nadie sabe, y el hijo se marchó, desapareció por todo el día, no asistió al entierro y, tras el regreso, nunca necesitó un consuelo ni un consejo, tornó su vida alegre, feliz...

Supe al instante que mi cuerpo había perdido la vida.  Por un momento, pude ver el mundo desde arriba con una superioridad no deseada, como si lo de allá abajo no importara.  Oí el silencio absoluto y a mis lados se hizo la oscuridad, una oscuridad impersonal, sin temor, pero repleta de vacío, llena de significado indescifrable.  Quise ver a lo lejos y nada se abría; abajo, lágrimas; a los lados, nada; y arriba...

Elevé los ojos, por fin, y encontré la Luz, un resplandor intenso, como un sol incoloro, sin forma... Y sentí que sonreía, que sonreíamos los dos al encuentro con una paz deslumbrante.  Me llamaba, y recordé las palabras de Juan.  La Luz me tendía una mano en forma de camino, de haz radiante que ocupaba un pedazo de oscuridad desde arriba hasta mi lugar.  Tuve un instante de duda y el haz parpadeó como queriendo apagarse, dando a entender que existía un tiempo determinado, una sola oportunidad.  Y cuando mi deseo se hizo firme, el haz se convirtió en peldaños, en una escalera automática que llegaba hasta la Luz, ahora convertida en cúpula a modo de cobijo.

La escalera ascendía y yo subí sin mirar atrás, sin miedo, con esperanza, con paz que aumentaba conforme veía la cúpula más cerca.  Ya no tenía oscuridad a los lados porque el fin de la escalera había cubierto el pasillo con flecos de la cúpula...  Alguien se acercaba hacia mí, alguien desconocido, pero cuya presencia sentí familiar.  De lejos, apareció con túnica blanca, casi confundido con la Luz, y se movía con paso quedo en dirección firme.  Comunicaba la paz igual a la ascensión, como si sonriera, aun con su rostro hierático... pelo negro, melena sobre los hombros, rasgos angulosos y ojos brillantes.

—Eres un ser de luz —me habló—y has decidido llegar hasta aquí para aprender.  Nosotros te recibimos con alegría, como hermano que eres de la gran fraternidad.  Sé bienvenido.

—Gracias, pero ¿por qué estoy aquí contigo?  ¿Quién eres?

—Has sentido mi presencia en muchas ocasiones.  Soy tu guía espiritual, el ser que tú has intuido como ángel de la guarda en el concepto limitado de tu enseñanza.  Me llamo Antares y elegí la misión de hacerte llegar hasta la Luz, el Padre Eterno...  Me honro por tenerte aquí.  Somos dichosos porque has encontrado el camino.

—Y ¿qué debo hacer?

—Debes continuar en la búsqueda porque tu sabiduría no es plena.  Aún debes aprender para estar con nosotros en el proceso de iluminación.  Tu camino no ha terminado todavía.  Tienes la Luz, pero no has comprendido la enseñanza.  Aprenderás, y en la última etapa te están esperando para acompañarte.  Déjate llevar, nosotros te guiaremos.

Antares se sumergió en la Luz y desapareció, desapareció a mi vista, que no a mi sentido, porque su presencia era palpable, como él dijo, igual que en otras ocasiones, cuando reclamaba ayuda incorpórea para consolar un sufrimiento.

Y sí, la escalera me llevó a una estación, a una encrucijada.  La cúpula se hizo imagen  de una gran cobertura con nervios de hierro y columnas moldeadas, andenes de piedra, pitidos resonantes...  Y en todas las vías me esperaba un tren, con su máquina y un solo vagón.  No había gente, pero sentía con vida a cada uno de los trenes, les palpitaba un corazón, su hálito vital.  Crucé las vías por delante de las máquinas para observarlos de cerca.  Se alineaban en la misma dirección, con los motores en marcha, ya  para partir.  Recorrí los andenes y vi cada vagón con su puerta abierta, aguardando mi entrada.  ¿Cuál debía elegir?...

Nadie podía ayudarme, la decisión caía en mí exclusivamente y sin posibilidad de evitarla.  Comprobé que donde debían colgar los carteles del trayecto, aparecían rectángulos con pintura menos desgastada.  Todos los trenes silbaron al unísono como señal de salida inminente...  La duda me atenazó, y no dudé, invoqué a mi ángel de la guarda, a mi guía espiritual, Antares, y, sin sentirlo, pero con la seguridad de tenerlo a mi lado, supe de inmediato cuál era el tren correcto, el que debía llevarme al lugar escogido para acercarme a la última estación.

El humo de la máquina se confundía con las brumas erizadas que aguardaban afuera.  Me había sentado en una butaca tapizada, justo en el centro del vagón, al lado de la ventanilla.  Intenté ver la dirección que tomábamos pegando la mejilla al cristal, pero la vista sólo me alcanzaba hasta la chimenea de boca grande pasando por encima del carbón que transportaba la vagoneta auxiliar.  Estaba solo, como en el ascenso por la escalera, pero ahora me amparaba una sensación cálida, porque realmente entendía al tren como un personaje con vida propia y misión determinada.  Salimos de la niebla enseguida, al menos por mi lado, pues por la otra hilera de butacas, la visión seguía igual.  Parecía que circulábamos por la ladera de una montaña, puesto que al frente sólo se veía cielo y abajo vegetación con un pequeño manantial.  Sonó un pitido prolongado y la corriente de agua cayó en cascada.

Aparecieron construcciones, cobertizos, establos y una casa de campo que me resultó familiar.  El arroyuelo discurría al fondo del paisaje, algo crecido y postizo al conjunto de la escena.  La sorpresa me agarrotó al llegar sobre la casa: “Tristán”, mi perro pastor correteaba por el camino... y un muchacho... ¡era yo!... le lanzaba un palo para jugar.  Mi frente, mi nariz, mi barbilla y mis manos abiertas se aplastaron contra el cristal...  Sentí como si todo el tren sonriera con la suficiencia de un abuelo cariñoso, con exceso de protección y comprendiendo mi sorpresa ingenua.  Casi se detuvo y pude observarme de niño feliz, en la ignorancia del porvenir, con la conciencia limpia, la maldad escondida y el egoísmo acentuado.  Aquel muchacho todavía disfrutaba de las cosas insignificantes, se sabía dueño del mundo y se creía tal vez el centro del Universo.  Mi padre salió de la casa y le negué ayuda con los aparejos porque prefería jugar con “Tristán”; mi madre apenas conseguía levantar el recipiente de ropa recién lavada piedra contra piedra; y yo, único hijo, acariciaba el lomo de mi perro y buscaba un trébol de cuatro hojas.  Me invadió una sensación de angustia con deseo de penitencia, sin agobios, con paz, con intención de reponer el daño con un servicio.  Era como si el Amor desprendido para uso personal se difuminara aislando el brote de egoísmo, para, en el balance, reconocer la justa medida de la existencia infantil.

Regresaron las brumas y ahora rayos de luz se filtraban hasta destellar contra el metal negro de la máquina.  Manteníamos viva la marcha y percibí que el tren se encontraba más relajado y más alegre, como si esta etapa le hubiera confirmado la utilidad del viaje.

El paisaje volvió a la claridad y, paralelo a nosotros, apareció un tren que circulaba en la misma dirección y a igual velocidad.  Yo viajaba en él, viajaba hacia la casa de campo con la cara enfurruñada para visitar a mi abuelo.  A través de las ventanillas del tren acompañante, me vi disgustado por salir de viaje y, a lo lejos, mi abuelo, nostálgico, me esperaba...  Nuevamente me invadió la angustia, hasta que toda la ventanilla se ocupó por un abrazo de abuelo y nieto, repleto de lágrimas nacidas de la ternura... y mi abuelo, mi mano entre las suyas, me miró, no al niño, sino al viajero de las brumas, y con reproche y cariño pareció decirme que no le importaba mi ausencia en su muerte porque sabía que ocupaba un lugar en mi corazón.  Lloré.

La aceleración creció y nos sumergimos en brumas que ahora se erizaban a mayor velocidad.  Intenté ver hacia todos los lados, pero las imágenes desaparecieron.  Sentí como si diéramos un amplio giro, el vagón se inclinó ligeramente y sonó otro pitido prolongado.  Al concluir el aviso, estábamos detenidos, habíamos regresado a la estación de partida, y la puerta se abrió.  Entendí que debía bajar al andén y así lo hice.  Tal como pisé el bordillo, el tren viajero inició una marcha lenta y noté su saludo con gesto de satisfacción por un deber cumplido.  La estación estaba más iluminada, incluso por la salida al exterior se atisbaba una luz más fuerte.  Ahora eran tres las máquinas que me aguardaban con los motores en marcha y, tras ellas, igualmente se enganchaba un solo vagón.  Cada una parecía llamarme a su seno, pero no sentí la necesidad de elegir, en realidad, un impulso me empujaba a subir a un vagón, cualquiera, sin preferencia, para iniciar otro viaje.

Tomé uno con máquina de vapor inmensa y vagón lujoso, que no tenía butacas alineadas y semejaba la habitación de un hotel, con barra de bar, cortinas, sofás y sillones tapizados en telas vistosas.  Me senté en un taburete cercano a la ventanilla, desde donde podría observar con claridad lo que aconteciera durante el trayecto por el mundo exterior.

Arrancamos de inmediato y nos sumergimos en las brumas a mayor velocidad que la del viaje anterior.  Y antes también, el paisaje se hizo diáfano a mi derecha, con montañas y bosques entre los que serpeaba el arroyo caudaloso con brío y desbocado.  Casi al frente de la máquina me vi con edad adolescente, quince años, corriendo por una calle desierta.  Sentí ansiedad como la tuve en aquel entonces, y deseaba ver enseguida la meta de la carrera.  No tardé en llegar.  Justo ante la ventanilla, mis brazos adolescentes rodearon la cintura de Mariana, mi primer amor, y recibí el beso en los labios igual que aquella vez, apasionado y voraz.  Pero de inmediato, Mariana salió llorando, gritando contra mí y mi desplante, y la escena me agobió con puñalada de culpabilidad.  El yo adolescente sonreía sin remordimiento, como así sonrió también cuando participó en escenas de otros desplantes poco románticos y en la burla y paliza a un vagabundo epiléptico que mi yo propuso sin piedad ni compasión.  Aparecí frotándome las manos cuando maquinaba la maniobra para engañar y desbancar a mis adversarios para un consejo escolar, y la pantalla se tiñó de gris oscuro cuando negué la ayuda a Carlos Miramón para el estudio del examen final en el último curso de Bachiller.  Y con ese gris que me inundaba, no ya por los ojos, sino en la entraña, donde duele la maldad, sentí el desgarro de la angustia y de la penitencia como un arañazo en el alma, acto de contrición para un final de justicia.  Así, con la espalda curvada por el peso de la culpabilidad, desapareció el color amargo y la luz se acercó con ella, que traía el amor, con ella, habitante inmediata de mi corazón, Esther María, cuya imagen ascendió del fondo de la escena, allá donde el arroyo se había hecho maduro y sus aguas se abrían a la tierra fértil.  Invadió el blanco la visión, el gozo se hizo paz y sentí curada mi alma con la presencia de ella, con su amor.

Cuando desperté del blanco, la ventanilla me enseñaba de nuevo la estación, donde había crecido la luz y, sin palabras, sin sonidos, el entorno se había llenado de vida.  Al descender, entré en calor de compañía, como si me introdujera en un gentío dichoso, aunque no tuviera nadie real a mi alrededor.  En el costado del tren recién abandonado, vi un cartel que antes del viaje no estaba en ese lugar; informaba: “Viaje a los sentidos, camino de la perfección”.  Y también este tren sonrió antes de partir.

Una sola vía aparecía ocupada por un vehículo futurista, de morro puntiagudo y perfiles redondeados.  Me aguardaba con la puerta levantada, pero sentí reparos a entrar...  Estaba tan colmado con la sensación del viaje anterior...  Oí dentro de mí la voz de Antares:

—Tus viajes han sido elegidos acertadamente.  No dudes.  Continúa, porque el final es la recompensa.

Recogí el mensaje sin extrañeza y accedí al moderno tren con la esperanza de continuar sumido en la paz.  Tomé asiento en un sillón envolvente y, con tranquilidad, me dispuse a recibir las imágenes necesarias.

Arrancamos con una exagerada aceleración y en la velocidad mantenida presagiaba un viaje cómodo y sin sobresaltos.  Las imágenes llegaron de inmediato y se sucedieron rápidamente.  Al principio, se encadenaron con el fin del trayecto anterior, por lo que me confirmaron en el placentero estado de la vuelta.  Fue confianza vana o juego del proceso, pues de inmediato la regresión me mostró como impactos de meteorito las escenas más duras de mi vida, calificadas así en el viaje, no porque las entendí de esa manera cuando realmente transcurrieron, y más angustioso resultó verme indiferente o satisfecho ante actos como aquéllos: negar la compañía a Esther en el parto de Juan, olvidarme de ella en mi lucha egoísta por adquirir prestigio, descuidar mi atención en los primeros síntomas de su enfermedad; y como latigazos intermitentes me vinieron salpicones del cierre de la empresa para no perder dinero, de la lucha con mi socio por arrebatarle poder, del despido del contable para justificar mi ineptitud...; y el colmo del vía crucis sucedió cuando tres pequeños, mis hijos, callados, sufrían sin saber por qué, con la intuición de que su padre vivía una vida ajena a sus inquietudes...  Me revolví en el asiento con una herida que sabía a muerte cruenta por agresión alevosa al amor...  Y cuando Esther me miraba con dulzura desde su lecho de muerte, la desazón y el remordimiento hurgaron en la herida para regalar saña al estertor definitivo...  La luz se me había apagado, vencía la oscuridad y mi ser intangible yacía en el sillón con la agonía del castigo.  Incluso el tren se detuvo y me transmitía su compasión.  Fueron pasando tinieblas con movimiento propio que me hacían aceptar la penitencia con la resignación de merecer una condena ejemplar.  Entre la oscuridad, las aguas calmadas del río se habían teñido de una mugre apestosa...  Esther encendió el alivio.  Todavía en el lecho de muerte, su mano se unió a la mía y dio calor a la escena como consuelo a mi fracaso.  María, Luis y Juan me arropaban camino del cementerio, acompañaban mi pesar en los meses siguientes y prestaban su ayuda a mi resurgimiento como hombre solo.  Al frente de la escena, un atisbo de ternura se introducía en las tinieblas con deseo de ocupación.  Observándolo, el consuelo aumentaba, y el tren comenzó una suave marcha, como queriendo acercarse a la sensación abandonando la oscuridad.  Comprendí que Esther me la enviaba, no desde la vida terminada, sino desde algún lugar existente por encima del vagón.  La escena se llenó de seres, seres desconocidos que irradiaban amor para despertarlo en mí hacia ellos... y tal fue su atracción que quise que mi alma se prolongara entre sus almas para conseguir una fusión completa.  Esther me incitaba con aliento cálido, y toda su presencia se hallaba en cada ser de la escena.  El río, transparente, inmenso, traspasaba la última llanura, el mar al fondo... Y como un suspiro, como una brisa, las tinieblas huyeron y la luz se hizo con sonidos de paz, el tren aceleró en un arranque de dicha y abrió una compuerta en el techo del vagón.  Sobre mí aparecieron cruces de vías, puentes metálicos, pasos a nivel, y sobre ellos, con placidez, ocupados por seres felices, circulaban otros trenes en una venturosa sinfonía de amor.

Al mirar arriba ensimismado, no percibí el regreso a la estación.  Se cerró la compuerta y volví mis ojos a la ventanilla.  La sensación de gentío ahora fue real, los andenes se encontraban repletos de hermanos que desprendían hospitalidad hacia mí.  No deseaba bajar, pero la puerta lateral se abrió... se abrió para permitir que ella, Esther, radiante, única, esplendorosa, se uniera a mi camino con un abrazo de encuentro en la dulzura, de encuentro en el amor.  El tren se puso en marcha, y a la salida hacia las nubes, en la última columna, se iluminó un cartel que se despedía: “Estación del Edén”.

La llamada de la luz

Acudían en multitud, uno tras otro, apelotonados, desde abajo, en un tropel de cuerpos intangibles que se movía lentamente hacia mí con rostros desencajados y suplicantes.  Me asusté, pero no podía moverme, y no porque estuviera paralizada, sino porque, sin conocer la causa, yo sabía que debía darles ayuda... ¿qué ayuda?

Los veía como gentío impersonal, pero, sobre ellos, un ser más iluminado parecía protegerles, y me miraba de forma distinta, muy distinta, como si debiera decirme con su expresión, dulce, que cumpliera mi tarea sin perder un segundo.  Yo me acaloré y me puse tensa, casi no sentía la silla, y luchaba por entender mientras me entraba por el vientre una angustia de impotencia.

Un hombre de cara amargada me vino por la derecha, no de la multitud, pero con el mismo rostro apenado.  Se acercó casi a un palmo de mí, se alejó y se acercó, tomando un rictus serio, de reproche, entendí.  De abajo, distinguía una niña con vestido corto, trenzas rubias, sangre por detrás de la cabeza y una muñeca en la mano.  Un muchacho, también emergido del gentío, se acercó hasta ella y la tomó de la mano.  La niña se sintió protegida, pero mantenía una mirada de extravío, sin buscar nada, y caminaba arrastrando los pies y la muñeca.  El hombre de cara amargada seguía junto a mí, esperando, ya no se alejaba.

De pronto, vi sobre el gentío una imagen, parecía un accidente entre dos automóviles, que tomó protagonismo sobre lo demás.  Un joven deambulaba entre curiosos sin percatarse de lo ocurrido, parecía despistado, miraba a todas partes.  El ser de luz me empujaba a decirle algo, pero yo no sabía qué.

Llegó Ángel —por fin— y cerramos la rueda de energía.  Cuando tomó mi mano, supuse que también veía lo mismo que yo, porque dijo:

—Están todos contigo.  Tú los has atraído.  Bien, no te asustes.

—Pero, ¿quién es el ser de luz?

—Nuestro guía.  Está ahí para ayudarnos.  En realidad, para ayudarte.

El hombre de cara amargada insistía con su presencia y Ángel notó mi estremecimiento.

—No temas.  Pregúntale si sabe por qué está ahí.

—Pero, ¿cómo?  ¿Me oirá?

—Pregúntale.  Ellos están contigo.  Oirán lo que tú les digas.  No lo hagas en voz alta, háblales con la mente.

Así lo hice.  El hombre contestó que no y lo comuniqué al grupo.  Soraya me indicó:

—Dile que ha muerto.

—Sí, me dice que ya lo sabe.

—Bien —continuó Soraya—.  Dile que mire a lo alto y que busque la luz.

—Sí, también veo la luz —contesté, extrañada—.  Está arriba, muy lejos.

—Muy bien, pues enséñale el camino —habló ahora Ángel.

Le señalé la luz y pareció que el hombre entendía.  Miró como queriendo agradecérmelo y ascendió por un pasillo imaginario hasta perderse sumergido en un destello.

—¿Y la niña?

—También ha muerto.  Todos que tú ves han muerto y están vagando.  Esperan un camino, una respuesta, una palabra.  Ahora dependen de ti para iluminarse y ascender.  Eres su guía.

—Y ¿por qué yo?

—Porque tienes luz, Roxana —me aclaró Soraya.

—Sí, y ellos viven en la oscuridad —siguió Ángel—. Han acudido a tu luz, les has atraído.

—Quiero salvar a la niña.

—No hace falta.  El muchacho que la lleva de la mano va a conducirla.  Es su misión.  El también murió de accidente y ahora ayuda a todos los niños que mueren así.

Era cierto, caminaban hacia el mismo pasillo por donde ascendió el hombre de cara amargada.  Pero se detuvieron y el muchacho me saludó y comenzó a hacer muecas graciosas, bailes desgarbados.  Cuando sonreí, parece que quedó satisfecho y siguieron su camino.

—A su manera, él también quería ayudarte.  Y lo ha conseguido.  Ya no estás tan tensa, ¿verdad?

—Sí, me he relajado.  Era muy gracioso.  Parecía un “pasota”.

—No descuides a los demás —me advirtió Ángel—.  Están aguardando.

El joven del accidente miró hacia mí, pero en seguida escondió la mirada y siguió caminando entre la gente que yo veía en un aparte, en distinto plano.  Oía un murmullo que me molestaba.

—Llámalo —me exigió Ángel con voz firme.

Obedecí.

—Dile que si sabe que ha muerto... aunque no, no lo sabe.  Vas a tener que decírselo, necesita saberlo.  Díselo.

Sin palabras, le dije: “Has muerto en el accidente que ves”.

El muchacho giró el rostro hacia mí rápidamente, con sorpresa, con crudeza, queriendo agredirme, pero creo que entendió al momento, porque se recogió la cara entre las manos y lloró.

—Dile que no se preocupe.  La muerte no es destrucción, ni culminación, simplemente es la frontera para dar otro paso.

—Me pregunta que qué hace ahí.

—Acaba de morir y no ha visto la luz —habló Soraya—.  Quienes no la ven están apegados a la vida terrena, no quieren abandonar el mundo material.  Intenta guiarlo, dile dónde tiene la luz y que vaya hacia ella sin miedo.  Es el camino.

Mientras se lo iba comunicando, el muchacho levantó la mirada, primero hacia mí, después hacia la luz, me dio las gracias y se elevó.  Quedé satisfecha, colmada, como si hubiera obedecido las órdenes del ser de luz —lo llamé ángel de bondad—que me sonrió ahora con mayor énfasis y asintiendo, dando conformidad a mi quehacer.

El gentío seguía allá abajo con rostros anhelantes, pero dubitativos, desorientados, mirándome algunos con extrañeza, otros con esperanza.

—Pidamos al Padre por ellos para que puedan encontrar el camino hacia la luz, para que se deshagan de lo que les une a este mundo y se eleven hacia Él.

Unimos todos las manos con más fuerza y Ángel comenzó la oración...  Apenas pudo pronunciar la primera frase.

—Espera, Ángel, veo a una mujer que viene hacia mí.  Está desesperada... lleva los vestidos rotos y la cara sucia...  Viene deprisa.  Ángel, ¡está llorando...!, grita: “¡Mis hijos!  “¡Mis hijos!”.

—Tranquilízate, Roxana —me confortó Ángel; y él y Soraya apretaron mis manos.

—Dile lo mismo que a los otros —me indicó otra vez Soraya.

—No quiere escuchar, pregunta por sus hijos, que dónde están sus hijos.

—Si sube hacia la luz, podrá serles de ayuda.  Primero necesita encontrar la luz.  Guíale.

—Está llorando... y se enfada conmigo... se va... quiere encontrar a sus hijos...  No me escucha.

—Bien, déjale, ya entenderá.  Recemos por los otros.  El guía lo pide.

Ángel volvió a iniciar la oración con voz profunda, pausada y firme.  Me concentré en sus palabras —un Padrenuestro y un Ave María—y a cada frase, por detrás del gentío, crecía una luz de igual intensidad a la superior donde había dirigido al hombre y al muchacho.  Cuando terminó la oración, el gentío recibía el destello desde arriba, estaba todo iluminado.  Al instante, se apartaron para crear un pasillo y volvieron el rostro hacia donde había nacido la luz.

...Y de allí, hacia el espacio abierto por la multitud, apareció un ser mucho más luminoso que el guía, parecía que la luz venía con él.  Iba vestido con una túnica blanca que sólo dejaba al descubierto la cara y las manos.  Lo vi con una melena que casi tocaba los hombros, pelo rubio, brillante con la luz y sólo distinguía sus ojos, ojos que irradiaban una sensación que solamente pude entender de Amor.  A la vez que caminaba entre el gentío, por mi izquierda, emergió otro ser, con túnica y capucha, con figura de mujer, que avanzó al encuentro de aquél, sin la luz, pero con luminosidad propia.  Por los lados de la capucha, veía unos mechones de pelo negro brillante, azul con los destellos, y no vi, pero intuí que sonreía con bondad.  Se encontraron frente a mí.  El hombre abrió los brazos y extendió las manos como dándome a entender que sus palabras iban a ser de protección.  Llevaba heridas en las manos.  La mujer quedó en segundo plano.  Él me miró a los ojos fijamente, con ternura, y habló:

—Esperamos grandes cosas de ti.

Ambos se giraron, la mujer tomó el brazo del hombre, caminaron por el pasillo entre el gentío, y se perdieron a través de la luz.

La revelación

Aquel día brillaba la luna llena.  La veía a través de los árboles desnudos en la plaza de Los Sitios, a veces sí y a veces no, porque Zaragoza sufría un viento racheado, regalo del Moncayo, que desplazaba rápidamente las nubes.  Apenas daban las ocho de la tarde, pero hacía casi dos horas que la luz solar se había escapado.  Aunque la temperatura real no era desagradable, la sensación de frío helador se extendía como una capa de rocío.  Iba provisto de abrigo, guantes y bufanda, suficientes prendas para vencer un clima nórdico, pero las ráfagas hirientes se colaban por cualquier poro buscando un centímetro cuadrado de piel donde depositar su mensaje de hielo.  Según el golpe de viento, tiritaba.

Suelo acudir habitualmente a la llamada maña, porque su gente es simpática, desprendida y hospitalaria.  En aquella ocasión, acababa de asistir a un seminario sobre la Literatura de la Postguerra, invitado por la Universidad de Zaragoza. El último día, ya cansado, me retiré rápidamente escuchando la despedida sobre el estrado del conferenciante.

Puesto que todavía era pronto para cenar, antes de regresar al Gran Hotel, donde me hospedaba, decidí dar un paseo por las calles del centro zaragozano.  Los porches del paseo de la Independencia abrigaban del viento, pero en cuanto era necesario cruzar una calle transversal, el latigazo era terrible.  Pretendí acercarme hasta la iglesia de La Magdalena, pero, después de andar por toda la calle Costa, al llegar a la plaza de Los Sitios, dudé si luchar contra enemigo tan inmisericorde me compensaría.  Aún anduve varios metros, crucé la calle Sanclemente y, frente al kiosco de la plaza, determiné tomar dirección al hotel.

Antes de aparecer junto al botones, a las nueve y cinco de la noche, con la cara helada y el pelo revuelto, lo último que recuerdo de la realidad es un cartel en negro brillante con el nombre de una imprenta, justo antes de torcer hacia la calle Zurita.

A la vuelta de la esquina, me sacudió un enorme torbellino, supuestamente de viento, que me obligó a inclinarme hacia delante y a agachar la cabeza para evitar que el impacto me derribara.  Sentí un frío glacial que me recorrió no sólo la poca piel a la intemperie, sino todo el cuerpo, incluso por dentro de las entrañas.  Creí encontrarme en el centro de un tornado, porque con los ojos cerrados me sumergí en una vorágine ascendente.

Supuse que había perdido el sentido, pues aquella sensación era inconsciente, no pertenecía al mundo de los vivos, me encontraba en un espacio ingrávido y no podía dominarme.  Por un momento pensé en la muerte... pero ¿sin agresión?, ¿sin dolor?...  Quizá un sueño... pero no, no dormía.  La situación era real, yo había sufrido un golpe de viento, tenía los ojos cerrados y mi cuerpo se alzaba... al menos, eso sentía.  Tuve miedo, me encontraba a merced de algo o de alguien y no podía ni siquiera luchar, o defenderme, o pedir explicaciones.  Rogué ayuda a lo infinito, recé lo que sabía y me encomendé al Dios que me habían enseñado... porque la sensación de vacío sólo podía entenderse como... muerte.

Cesó todo de inmediato, el viento, el frío, el miedo.  Me creí suspendido en el aire y protegido por una burbuja... o por un campo de energía, valga la expresión científica.  Y abundando en este lenguaje, convengamos que “había traspasado el umbral físico y estaba viviendo una experiencia extrasensorial de magnitud elevada con repercusión directa en mi espacio, en mi tiempo y en mi cuerpo”.  Lo trascendente era que me sentía con existencia, pero incorpóreo, en otra dimensión... y aún no había abierto los ojos.  Así, pendulante, desapareció el temor.  En mi entorno, se desparramaba el silencio y la paz, y se creó un ambiente de acogimiento.  Con reparos, quise ver.

Estaba muy arriba, estaba volando, me había elevado en vertical como disparado por un cohete, y podía ver los tejados, las antenas, las copas de los árboles, desde una altura impresionante.  Levanté la cabeza y vi cielo.  Miré a los lados y vi oscuridad.  Extrañamente, me encontraba muy tranquilo, pero no me creía que aquello fuera consciente... y me pellizqué.  Tenía cuerpo, tenía... y me di cuenta de que no me cubrían mis ropas, sino una túnica de color gris perla, con mangas anchas, que me llegaba hasta los tobillos.  Puesto que mis conocimientos y mi sentido común no eran capaces de hallar explicación al fenómeno, decidí ampararme en el escepticismo, aunque, por seguridad, sólo miraba hacia abajo.  Destacaban sobremanera la basílica del Pilar y los haces de luz que parecían traspasarla hasta perderse más o menos por donde andaba, o volaba, yo.  Me llamó la atención la curva que el río Ebro describe antes de trazar la recta de llegada a Zaragoza.  La plaza de toros rompía el diseño de aristas y daba encanto a tanto vértice...  En fin, supuse que pronto despertaría.

He sido siempre proclive a creer en lo que puedo tocar, o en lo que puedo entender.  Mi formación humanística no me ha dado claves para ir más allá de lo material y me ha anclado en una visión vitalista y generosa del mundo, donde la evolución sólo depende de la tecnología y de la solidaridad.  Por ser estudioso del arte literario, defiendo al hombre como creador en su límite humano, aunque algunas veces he podido percibir en mi trabajo que la mente no trabaja en solitario, que lo que nosotros, los investigadores y los críticos, llamamos talento, no reside en los genes o en el cerebro, sino que mana de una fuente misteriosa, propia del ser humano, pero despierta en casos elegidos por alguna razón incomprensible.  Un catedrático de arte, en alusión a esta teoría que le había expuesto, me contestó que el talento es una cualidad del alma, y que su admiración por los artistas era debida a que habían sido capaces de destaparse frente a su medio de expresión, sea pincel, pluma o plumilla, de desnudar su alma escondiendo el pudor.  Quizá mi sensación se refería al descubrimiento del alma, quizá... pero era una sensación, no un conocimiento.  Y si, en alguna ocasión, yo pude haber percibido en mí la emanación de esos valores ocultos, debo ceñirme en exclusiva a mis trabajos de investigación, nunca publicados, sobre el fenómeno religioso.  La idea de Dios me atrae, pero me avergüenza; la espiritualidad me llama, pero me desconcierta.  He intentado profundizar en mis convicciones trascendentales a través de la investigación sobre trabajos de los demás, y siempre, por intangible, he abandonado el trabajo con dolor de cabeza y desasosiego.  Pero, en fases de creación, no de estudio, cuando intentaba plasmar en un papel mi verdadero sentir sobre la trascendencia del ser humano, me he sumido en un éxtasis inesperado, durante el cual mi mano se deslizaba con fluidez sin que mi mente fuera capaz de seguir su trayectoria.  Y el producto conseguido era bello, arte, literatura, pero repleto de un contenido metafísico que habría hecho sonreír a cualquier lector.  Me asustaba y rompía los folios en mil pedazos, con rabia en los dedos y nostalgia en el corazón.

Sonaron en algún reloj las campanadas de las ocho.  Miré a la gente, a los coches, a las ventanas, y los acontecimientos ocurrían con detalle, con realidad, tan creíbles que era imposible fabricarlos en un sueño.  Me moví inquieto, pero, sin suelo, quedé en el mismo lugar... De pronto, sentí una presencia extraña, de alguien que estaba a mi lado y que no era visible... y, como absorbido por una gran turbina, comencé a desplazarme en dirección al sur de la ciudad.  Algo tiraba de mí sin agarrarme, me arrastraba con suavidad, me hacía descender... y era real, ese algo era un ser, lo sentía con presencia, con calor humano.  Sobrevolé el paseo de la Independencia, el Paraninfo, la Gran Vía, el estadio de la Romareda, el Pirulí, cada vez a menos altura y cubriendo cierta curva, hasta, que tras casi chocar con los edificios de Univérsitas, aterricé en la estación del Portillo, en medio del gentío.  Me sentí ridículo con aquella túnica, y mi llegada desde luego que no resultaba de lo más habitual. Intenté ascender, pero no dependía de mí.  Intenté esconderme, pero no podía moverme.  Temí que alguien me conociera...  Y la presencia que me protegía, sonrió.  Sonrió, porque la gente pasaba a mi lado y no se inmutaba, nada le llamaba la atención.  Observé detenidamente el trasiego, miré al reloj, marcaba las ocho y cinco, y me fijé en la mirada de aquéllos que caminaban cerca de mí.  ¡No me veían!, era invisible, transparente, supongo, y entonces ya creí que mi situación era irreal, que pertenecía a otra dimensión...  Ni me sentía muerto, ni estaba soñando, ni tenía cuerpo...

Y otra vez, como en la esquina de la calle Zurita, se hizo un tornado que me acogió, y, con una velocidad de vértigo, noté que ascendía en vertical directamente hacia el cielo, si es que existía, hacia una luz difusa que destellaba en lo alto.

Me detuve en seco, sin problemas de inercia ni de deceleración, como si el movimiento hubiera sido un paso terrestre.  Cuando pude ver sin distorsiones, miré con curiosidad a mi alrededor, y lo que vi... en fin, no vi nada...  una oscuridad iluminada...  podría definirla así... como un espacio inmenso, lleno de vacío, pero con una luz... luz de luna llena... A lo alto, un foco, un destello permanente, del que no nacía la iluminación descrita, parecía presidir el entorno.

—Bienvenido.

Me hablaba un ser vestido como yo, que había aparecido sin aviso por detrás de mí.  Era más alto de lo normal, su rostro desprendía blancura, con cabello lacio sobre los hombros y mirada profunda.  Extrañamente, no me inmuté, incluso le creí conocido.

—¿Es usted el responsable de esto? —le pregunté con aplomo.

—No.  Cada uno es responsable de lo que le ocurre.  Es decir, tú eres responsable de tu presencia aquí.

Me encontraba tan tranquilo que hasta percibí el tuteo.  Aun con su majestuosidad, decidí darle el mismo tratamiento.  En cierta manera, lo sentía igual a mí.

—Nada más lejos de mi intención que desear vestirme de esta manera, volar de forma indiscriminada y saltear el Universo con mi aventura.

—Es cierto. Todo lo que has nombrado no ha sido deseo tuyo, pero no estás en condiciones de comprender por qué te ves de esta manera.  Tú me preguntabas la razón de estar aquí...

—Sí. Pretendía una respuesta sobre eso.  ¿Puedes dármela?

—No hay más contestación que darme a conocer.

—Pues has llegado acompañado de unos efectos especiales muy espectaculares.  Has conseguido impresionarme.  ¿Cuál es tu técnica?

—No depende de la técnica.  Debía presentarme de una forma que te introdujera sin sobresaltos en la sabiduría de la Verdad.

—¡Vaya!, ¿es esto parte de la verdad?

—Digamos que estando en la Verdad, esto no es sorprendente, sino lo habitual.  Es este momento, estás juzgándote como ser humano, y tu apreciación mental es errónea, porque nos encontramos en otra dimensión, que ya conoces, pero a la que te has cerrado por falta de sabiduría.

—Entonces, ¿soy un ignorante?

—No, vives en la oscuridad, y cuando has estado a punto de iluminarte, te has ocultado.  Has tenido a las puertas de tu conocimiento la luz de la Verdad, el camino correcto, pero tus dudas cerraban el paso sin remedio.  Yo vengo para darte la enseñanza.

En condiciones normales, mi contestación habría sido intolerante y despectiva, pero tenía la sensibilidad excitada y recibí sus palabras como un rayo de entendimiento.  Sentí recuerdos sin imágenes, quizá de algo ya sabido, que me obligaron a guardar silencio y a meditar sobre las palabras escuchadas.

—Mi labor —continuó—se centra en despertarte la luz interior, en darte inspiración para que tu existencia se llene de sentido verdadero.

—Yo creo que no carezco de sentido, al contrario, he sabido buscar acicates repletos de contenido para realizar un trabajo que me enriquezca tanto a mí como a los demás.  Y no me considero frustrado.

—Sabes que sí lo estás.  Ahora no has hablado con el corazón.  Sientes que tu vida no está colmada....

Tenía razón y nadie conocía este secreto.  Desde años atrás, allá cuando sobrepasé la treintena, comencé a sufrir desencantos esporádicos sin motivo aparente.  Estaba felizmente casado, mis hijos también disfrutaban de bienestar y mi labor docente tenía un  reconocido prestigio.  Económicamente, mi situación no podía despertar ninguna queja y, sin embargo...

—...que te falta un ingrediente esencial imposible de encontrar.  Bien, estoy dispuesto a descubrírtelo si tú lo deseas.

—Tu ofrecimiento es generoso y no puedo negarme.  Pero, ¿qué me vas a pedir a cambio?

—Solamente humildad para corregir tus errores y oídos abiertos para mis recomendaciones.  Con ello me consideraré satisfecho, pero si ni aún eso me das, tampoco me sentiré engañado.  Ya te he dicho, tu deseo me basta.

—Es fácil de aceptar.  Te escucho.

—Tu error se basa en la carencia, en la omisión.  Tu descontento no nace por lo que haces, sino por lo que estás dejando de hacer.  Has recibido suficientes pruebas para que tu alma perciba lo que el mundo espera de ti, pero las has rechazado porque, según tu interpretación, no tienen fundamento.  Y no, no tienen fundamento humano, pero el hombre no es sólo humano, es también divino, se compone de alma, es alma, y hay que llegar hasta el entendimiento interior para descubrirla.  Te has detenido en tu mente, en el conocimiento, no has querido profundizar en lo que tu corazón te demandaba, y lo que tú llamas descontento es una cavidad vacía en tu corazón...

Me estaba hablando y no podía mirarle a los ojos.  Sus palabras, su tono, se introducían por cada poro de mi piel y llegaban hasta el lugar más recóndito de mi cuerpo.  Pero no me sentía avergonzado, sino dolido, porque cada golpe de su voz se hincaba en una llaga de mi alma.  Él repetía lo que tantas veces yo escuché desde mi entraña, y tantas veces eludí...

—...Recibiste un don, un don nada gratuito, porque lo habías ganado con justicia, y todos los dones deben ponerse al servicio de la verdad, de la verdad divina, que no es otra cosa que la ayuda para tus compañeros de camino.  No has hecho mal uso de él, sino que no lo has utilizado para lo que es necesario, incluso por ello no lo has desarrollado por completo.

—¿Qué debo hacer entonces?

—Ya lo sabes, pero necesitar oírlo, ¿verdad?  Tu don para comunicar es tu herramienta.  Con ella debes hacer caso a tu intuición y dejar que trabaje dirigida por tu interior para expresar en palabras y papel cómo debe llegarse al camino de la Verdad, el único que lleva a la paz del hombre.

—¿Quién eres?  ¿Cómo me conoces tan bien, mejor que yo mismo?

—Soy parte de ti, tu guía, y te amparo sin condiciones desde que llegaste a esta existencia.  Es mi obligación y deseo servirte, y si tú lo quieres no será ésta la última vez que me haga presente a tus sentidos...  Ahora debo marcharme.  Haz uso de tu don y ambos nos alegraremos.

El mensajero

Creo que debo contártelo, aun a sabiendas de la enorme posibilidad de que me tomes por loco o, al menos, alucinado.  Ocurrió con agravante de nocturnidad, pero sin alevosía, te lo juro, sobre las tres de la madrugada, si el reloj funcionaba correctamente.  Durante el día anterior, anduve algo nervioso, pero nada más de lo habitual, y, al acostarme, como siempre, tardé en conciliar el sueño después de encomendarme al Padre y hacer unos minutos de reflexión.  Ya resultó curioso que, a la par del rezo, con los ojos cerrados, la visión se me inundaba de un resplandor extraño que desapareció al cesar en mis oraciones.

Al lograr dormirme, caí con profundidad en un sopor intenso —lo sentí en sueños—y me parecía estar viviendo realmente imágenes de mi pasado que me asaltaban con cadencia y sin pausa.  Todas ellas tenían un contenido común: eran mis frustraciones o dolores, pequeños o grandes, que había sufrido, no por enfermedades físicas, sino por acontecimientos o situaciones, como cuando murió mi padre, discutí con un excelente amigo, rompí con mi novia, o como cuando alguna actuación de persona con poder suponía abuso de autoridad —ya sabes que son precisamente estas cosas las que más me deprimen—.  Recuerdo todo ésto como pesadilla, pues con cada imagen me venían otra vez las sensaciones que ya sufrí con esos acontecimientos, pero no desperté por ellas, sino a las tres de la mañana —creo que desperté—con una lucidez impropia de quien abandona el sueño a esas horas y con tiempo insuficiente de descanso.

No vi nada extraño, lo que se dice ver, pero noté algo en el ambiente que no sabría describir y que me causaba inquietud, inquietud por una espera, no por temor, puesto que sentía paz, silencio y quietud.  Intuía que tenía que suceder algo inexplicable, pero mi habitación estaba como siempre, todo igual, y, en ese momento, no recordaba nada de las imágenes soñadas ni de la angustia que me produjeron.  Es curioso, no intenté volver a dormirme, crucé los brazos entre la almohada y mi cabeza, y me dispuse a esperar, no sabía qué, pero a esperar.  Se me cerraban los párpados.

Te repito que me encontraba completamente lúcido, es importante que lo entiendas.

Y en esa espera, de pronto, apareció un resplandor a los pies de mi cama, una luz que podría englobar a una persona completa, con un brillo intenso, blanco, aunque era tal su irradiación que pudo ser de cualquier tonalidad.  Por unos segundos, permaneció quieta, tal como la vi al primer instante, y parecía que había estado allí desde siempre, pues no percibí su creación o cómo llegó.  Continué en mi posición, asustado, sin poder moverme y, al poco, la luz se acercó por mi izquierda hasta la mitad del largo de mi cama.

Abrí y cerré los ojos para comprobar que estaba despierto, y sí, lo comprobé, estaba inmerso en la realidad, en una realidad jamás sentida, pero palpable, no era sueño ni pesadilla, ni siquiera alucinación.

La luz se fue difuminando, dejando al descubierto lo que ya supuse: el perfil, en luz, de una figura humana, con silueta delgada, pelo largo y manos grandes.  Así, inmóvil, se mantuvo, como inmóviles tenía yo todos los músculos de mi cuerpo.  Y su rostro se erigía en comunicador, parecía querer hablar, pero sus labios no se movían y, en cambio, transmitía un mensaje, un mensaje indescifrable, aunque estaba cargado de paz, silencio y quietud.  Quizá sólo quería comunicarme ésto...  Lo cierto es que callaba.

No ando desorientado del todo en estos temas, estoy documentado sobre apariciones y he leído bastante sobre espiritismo y similares.  Conozco teorías que demuestran y justifican la existencia y presencia de extraterrestres en misión especial para con la Tierra, y muchas de ellas son, al menos para mí, muy creíbles.  Y si además, hago caso a la teoría de la reencarnación —acertadamente defendida por la doctrina espiritista— estaría perfectamente preparado para entender y asumir la aparición que presencié, ya sea como espíritu superior, enviado de otro nivel, o extraterrestre en cumplimiento de una misión.  Naturalmente, si sigo mi formación católica, sólo podría entenderla como la visión de un ángel, de un santo, o de un miembro de la Santísima Trinidad...  Pero a pesar de todo, la sorpresa me paralizó.

Alargó su brazo hasta mí y me aparté.  Entonces, sonrió, sonrió para darme confianza, para que creyera en su paz... y me relajé.  Sus ojos quedaron al descubierto de la luz, el resplandor cedió para que el rostro se mostrara al completo, sobre todo, sus ojos, profundos, azules, de mirada bondadosa, cargados de... amor —no encuentro otra palabra—.  Igualmente, la luz fue perdiendo vigor, y toda la figura apareció tal cual era, rodeada de una franja blanca y brillante, intensa, que parecía irradiada por la propia figura como una fuente de energía.

No recuerdo haber oído ningún sonido, se mantenía el silencio, silencio inquietante, y, sin embargo, contesté:

—Sí, soy José Ángel.

Me extrañé de esta reacción, pero hablé por impulso como respuesta a la pregunta: “Tú eres el hermano José Ángel, ¿no es verdad?”, y, como he dicho, mis oídos no oyeron, sus labios no se movieron y, sin embargo, escuché estas palabras tal como fui oyendo lo siguiente:

—No tengas miedo, no venimos a hacerte daño, somos hermanos tuyos y nos envía el Padre.

Lo sentí, no lo oí, con un tono grave y dulce que comunicaba la misma quietud que me invadió con su presencia.  Realmente, sus palabras me calmaron, quizá no tanto por su significado o por su tono como por la expresión que tomó el rostro del ser.

—Pero, ¿de dónde vienes? —pregunté en voz alta.

—No hace falta que hables, recibimos tu pensamiento y podemos contestarte.  No temas.

Sí, cuando escuché esto, realmente temí, temí pensar algo en contra de él, o de ellos, que pudieran captar.  Me creí desguarnecido, a merced de ese ser... y ya ni siquiera pensé en alucinación, lo entendía real y por encima de mí.

—Somos reales.  No de tu mundo, sino del Padre, para servirle a Él y a vosotros, nuestros hermanos.

Estaba desorientado, pero no atemorizado en exceso.  Sin dejar de mirarle, me incorporé hasta sentarme apoyado en el cabezal de la cama.

—Gracias por tu confianza.

Asentí y casi pronuncié “no hay de qué”, pero me retuve porque... ya lo habría oído, supuse.  Hice esfuerzos por no pensar, por no desnudarme ante él...  Imposible, es imposible dejar la mente en blanco, y me vino la duda de quién era ese ser de luz.

—Tu preocupación no es importante.  Sabrás quienes somos a su tiempo.  Hemos sido enviados porque debes escucharnos para iniciar tu camino sin dudas.

La habitación continuaba en silencio, sus frases llegaban a mí telepáticamente, pero ya no me sorprendía; en mi desorientación, lo asumía con naturalidad.

—Tú también eres un ser de luz y ha llegado tu hora.

Como un fogonazo, me vino la idea de muerte, no atendí a la primera frase, mi preocupación se fijó en adivinar si realmente me anunciaba mi salida de este mundo.  Casi no tuve tiempo de angustiarme.

—No vas a morir, no nos referíamos a la hora de tu muerte, sino a la hora de que te reconozcas como un ser de luz con una misión importante.  Hemos venido a iluminarte.

Me alivié del desasosiego.  Se suponía, pues, que yo era un ser como él, es decir, una burbuja de luz en lugar de un ser humano vulgar y corriente, de color carne.  No pude menos que sonreir.

—Todos los hijos del Padre somos portadores de su luz, que reside en el alma, y la luz es parte del Padre.  Él nos creó para servirle en misión de Amor.  La tarea de todos sus hijos es existir de acuerdo con la Ley Universal, la Ley del Amor.

Recordé mensajes parecidos en alguna de mis lecturas, mensajes comunicados por seres extraterrestres a las personas contactadas.  En esos libros, se definía a estos seres como espíritus evolucionados, habitantes en otros planetas, cuya misión era encauzar el comportamiento terrestre para evitar su autodestrucción, es decir, redescubrir el mensaje de Cristo para vivir en amor fraternal.

—Aunque no somos seres encarnados de otros planetas, tu conocimiento es verdadero.  Pero el conocimiento no es suficiente, hay que obrar.  Nosotros también somos portadores de ese mensaje, pero mientras que ellos no pueden intervenir directamente en vuestra evolución, nosotros llegamos a seres elegidos como tú para darles la revelación de su tarea, para que obren desde dentro de su mundo con el deseo de comunicar a sus hermanos la verdadera naturaleza de su existencia y el verdadero camino para llegar hasta el Padre.

Me conmoví, se me erizaban los cabellos y sentí un fuerte escalofrío.  La serenidad y firmeza del mensaje no me dieron lugar a dudas, me parecía estar escuchando algo ya sabido, pero olvidado por algún rincón de la memoria.

—Tú ya fuiste iluminado al término de tu última encarnación, ya deberías estar junto a nosotros, pero deseaste, por intención de servir al Padre, volver aquí para ayudar a tus hermanos.

Lo de la reencarnación ya no me había asombrado cuando lo leí por primera vez, a pesar de su escasa demostración razonable, tan necesaria y acorde con nuestros tiempos, pero darla por cierta no me resultaba fácil así, de pronto, y menos siendo yo el protagonista y con cualidades tan halagüeñas.

—Tu humildad es tu virtud, tus dudas las da tu condición humana.  No hagas caso de tu mente, entiende a tu interior, tu Yo Superior, y verás claro.  Si miras dentro de ti sin temores, te será fácil reconocer nuestro mensaje, porque ya lo recibiste al convertirte en ser de luz.

Siempre he tenido fuertes convicciones espirituales, y digo espirituales por diferenciarlas de religiosas, puesto que religión me suena a Iglesia, y no me animan del todo las organizaciones eclesiásticas.

—Todos los hijos del Padre pueden ser dignos portadores de su esencia y dignos enseñantes del camino, pero hoy tu Iglesia está muy mediatizada por su condición humana, y al materializarse ha adquirido debilidad.  Otros pueden ser los enseñantes.  Tú así lo elegiste.

Nunca me imaginé con vocación de sacerdote, aunque en mi adolescencia llegué a pensar si no tendría estola por algún lugar de mi cuerpo, pues tanto amigos como amigas me utilizaban como escuchador de penas, y casi siempre con buen resultado.  En cualquier caso, seguían sin resultarme extraños los comunicados del ser de luz... y quería saber quién era.

—Tu impaciencia es indigna de tu fuerza de luz... pero es comprensible, no estás libre de defecto por ser humano.  Nuestra presencia es necesaria para ti.

—Pero... ¿para qué?, ¿qué debo hacer? —me atreví ya a preguntarle directamente con mi pensamiento.

—Ya has conocido tu verdadera esencia.  Ahora debes trabajar por desligarte de lo material en la medida que lo creas necesario para lograr la dedicación a la tarea que elegiste.

—¿Qué tarea, por Dios, qué tarea?

—El Padre nos envió a su Hijo, al espíritu de más luz, y dejó su Ley en la Tierra, la Ley del Amor.  Entiéndela y transmítela.

Yo creo en Jesucristo como Hijo de Dios, tal como me lo enseñaron, pero nunca me ha atraído la interpretación que de su mensaje hace la Iglesia.  No quiere decir que la rechace, sino que me parece que ocultan algo, como si se quedaran verdades para su uso exclusivo, quizá porque entienden que sólo ellos son capaces de interpretarlas.  Es decir, que me da la sensación de que me tratan como a un ingenuo.

—No se puede racionalizar un mensaje divino.  El error humano es buscar explicación intelectual a todos los fenómenos, y como no es lo mismo hablar a la mente que hablar al espíritu, vuestra Iglesia evita comunicar aquello que no resulta racional para no perder su condición de poder, ya sea espiritual o material.  Sus alegorías para explicar la Verdad resultan infantiles, de ahí su debilidad para enfrentarse a la verdadera evolución del mundo.  Y por ello, es necesario que otros seres comuniquen a los hermanos la esencia real del mensaje.  Tu capacidad de entendimiento está abierta y debes utilizarla para cubrir esa carencia.

—Pero mis dudas no son precisamente capacidad de entendimiento —le transmití—. ¿Cómo puedo entender si dudo?

Había llegado un momento en el que por dentro de mí se agitaba el deseo de saber.  Ya sentía al ser como una presencia habitual, y sus palabras me parecían recibidas de cualquier persona real conocida.  Lo tomaba como a un maestro, con confianza y respeto, y su mensaje, o su recomendación, lo recibía sin asombro.

—Cada paso llega a su tiempo.  No te vamos a abandonar.  Conocerás, sentirás e intuirás, y cuando el momento esté cerca, tu alma lo hará saber a tu mente.  Pon tu razón al servicio de tu espíritu y el camino surgirá fácil.

—¿Qué camino?  ¿Qué tarea?

—La Ley del Amor se basa en la fraternidad universal.  El bien puede al mal, pero hay que desear vencer.  Tú amas a tus hermanos y ese sentimiento te impulsará a obrar dentro de la enseñanza divina.  Tu alma es pura, permítele mostrarse tal cual es, y quien lo desee podrá seguir tu ejemplo...

Sentí un desgarro de ternura y se me humedecieron los ojos.  Comencé a llorar sin saber por qué.  Sus palabras me despertaron la intención de abrazarme a él... porque todo él era amor.  Supongo que me inundaba de emoción y creí estar liberando un sentimiento contenido desde hacía tiempo.  Sentía ser YO cada vez más.

—...Darte a los demás es darte al Padre y puedes hacerlo sin orgullo, sin interés y sin egoísmo.  Y si te das al Padre, te entregas al Amor, porque Dios es Amor, y Dios, el Amor, es la esencia de toda vida.  Sé que estás entendiéndonos y tus guías están preparados para ayudarte.

—¿Quién eres?

—Sí, ya puedes saberlo.  Soy un enviado del Padre, pero no vengo solo, y mi mensaje no parte sólo de mí.  Me llamo Rafael y María está conmigo.  Que la paz quede contigo, hermano.

Y el ser desapareció.  Continué llorando abstraído, sin apenarme por su marcha —realmente, siento que no se ha ido— y, dando gracias a no sé quién ni por qué, me dormí.

Vuelo hacia el amor

Y SI FUERA UN DULCE SUEÑO...

 

A lo largo de sus párpados cerrados, en el universo de la oscuridad, a través de un firmamento sin explicación, le atacaban juegos de luces, unos con destellos, otros con recorrido y sólo uno, intenso, se sujetaba, agrediéndole con su color, blanco, azul o amarillo.

Yacía, relajado, encima de la cama, pero creía que no estaba dormido porque percibía sensación de consciencia, como un sueño sin sueño, quizá pesadilla de la realidad... Quería despertar, pero era imposible, una fuerza sobrenatural, aunque en absoluto desagradable, le obligaba a permanecer en el letargo, y el deseo de escapar o era impedido, o era débil.  Se anclaba por inercia...

Las luces se hicieron formas, rostros, cuerpos, con algo de realidad, con algo de misterio, con algo desconocido, y pulularon por su pantalla hasta que, con fogonazos, desaparecían allá por los límites izquierdo y derecho y en lejanía frontal.  Empezó a dejar de sentir piernas y brazos, como si su ser sólo se compusiera de cabeza y tronco, y oía los latidos de su corazón... no, no los oía, sabía que estaban allí, percibiéndolos con un sentido más allá de los sentidos.

Por un segundo eludió las imágenes y quiso analizar su estado.  Tuvo miedo.  La casa estaba sola, por las rendijas de las persianas se filtraba luz del patio interior, el disco se había agotado y el libro descansaba abierto sobre su pecho acompañando las lentas inspiraciones que ahora también percibía.  No conseguía abrir los párpados y el fondo oscuro quería vencerle, conquistarle de nuevo.  Por un escalofrío, volvía a sentir el cuerpo al completo, pero duró poco tiempo, y también desaparecieron de su consciencia el tronco, el cuello y la cabeza, sólo tenía mente, mente dominada por el impulso de excavar en lo oscuro, por el deseo de perseguir una luz o de meterse de lleno en el resplandor central.

Cuando el fondo fue tomando color, se sintió más cálido, porque adquiría tono anaranjado, y las luces continuaban su pululeo, y la Luz no se movía. Alguna forma le recordó persona conocida, pero cada una de ellas descifrable se alejaba de inmediato por un límite lateral.  Se convencía de que jugaban con él...  Quizá fuera un sueño.

El color anaranjado se diluyó como rayo de sol al atardecer, pero no llegó la noche, el fondo tomó un azul de cielo y seguía sintiéndose cálido, por la Luz, pensó...  Un golpe de rojo, rojo sangre, le agredió por impacto, y él mismo ocupó la pantalla, cubierto de rojo, sin regueros, todo sangre, creyó... y no le vino el desamparo, porque la Luz no se fue.

Cuando quedó solo el azul, por un instante su cuerpo se hizo incorpóreo y la Luz se desplazó a la lejanía y vio cómo él, todo sangre, salía del cielo fingido a velocidad rápida, con imágenes que se sucedían sin posibilidad de ver su contenido.  Creyó que salía de sí y pensó en la muerte, muerte plácida, pero él, su alma quizá, todo sangre, existía junto con la Luz, allí, lejana, sin dejar de presidir el acontecer.

Se paró el desplazamiento y se supo dentro de una casa pequeña, en un dormitorio y, sobre la cama, abrazando la almohada, descansaba Ángeles, con sueño inquieto y párpados irritados.  Vio su propio cuerpo, también en su cama, pero Ángeles estaba allí, en otro lugar, y se dio cuenta que él no era su cuerpo, sino una mancha roja.  Sobre ella, en la lejanía, la Luz reinaba, y cuando la miró por un momento, sintió dolor, y decidió acercarse a Ángeles. Así se calmó, se calmaron, él también, porque volvió a mirar a la Luz, y ahora le dio paz.

Regresó de inmediato a su cuerpo, miró la habitación y quiso salir del sueño, pero no podía, porque estaba despierto...  Ahora recordaba a Ángeles durmiendo y lloró de resentimiento, por falso orgullo, pero la Luz volvió a crecer, ocupó el azul casi hasta rozarle por donde miraba, y nuevamente sintió paz, consuelo o perdón.

Las luces menores regresaron a su deambular, algunas se acercaban a su mirada, otras rodeaban a la Luz, y ya todas permanecían en la pantalla, como si el dolor por Ángeles hubiera seleccionado colores y tamaño, para dejar a la vista algunas elegidas, porque todas eran ya consistentes, con órbitas definidas.  Y su cuerpo aparecía inerte, con respiración suave y expresión de placidez, sin otro movimiento, sin otro sonido que los latidos y, quizá, hasta el fluir de la sangre.

Pretendió introducirse en él y se sintió dentro, pero los músculos no respondían a su deseo.  Era dueño sin posibilidad de ordenar sus acciones y, en el esfuerzo de dominio, cuerpo y alma se elevaron lentamente unos centímetros, y si antes no sentía las sábanas, ahora se sabía sin gravedad, con el todo oscuro, sin azul y sin Luz, con terror.  Intentó asirse y nada le obedecía, cerró con fuerza los párpados y llamó a no sabía quién, deseaba respuesta o que todo cesara, y, relajándose, olvidando el esfuerzo, regresó la Luz, y luego el azul, y luego las luces, y se hizo como antes.

Un destello abandonó su órbita y pululó inquieto por la visión, inmiscuyéndose entre las otras luces.  Parecía que iba a perderse por cualquier límite, pero cambiaba de dirección y seguía su juego.  Le prestó atención, perdió la fijeza en la Luz y, entonces, el destello se abalanzó contra él, buscó otro límite y le envolvió en su resplandor para sacarlo nuevamente de su cuerpo, y comenzó a volar, o a viajar, sin percibir el desplazamiento, a otra sensación de agonía que se agudizó conforme se alejaba de su punto de partida.  La Luz se hizo pequeña y se sintió desprotegido nuevamente, con angustia y dolor, como si nunca fuera a escapar la sensación.  El destello, todo él era destello, cambiaba de color, se oscurecía, hasta casi alcanzar el negro, y a más oscuro, más desazón, y la Luz presidiendo, se alejaba, se alejaba, porque no se atrevía a mirarla.

A cada golpe de agonía, su cuerpo respiraba más lentamente, y el destello, a la par de gobernarle en su estado, se acercaba sobre su pecho y le presionaba.  Quiso morir, veía la muerte, y Ángeles, otros rostros desencajados y manchas negras que sonreían ocupaban su visión dejando cada vez más pequeña la ventana que daba paso a la Luz... Y los recuerdos le estallaron, todos amargos, como punzadas de remordimiento, se ajaba... y vio un hilo, débil, casi roto, que quería soltarse de su alma, que no de su cuerpo.  Y Ángeles desapareció, pero los rostros y las manchas continuaban su risa con crueldad y rictus de satisfacción, expresando victoria, humillándole.

Y sin querer, se asió a la Luz, la llamó, y la Luz se hizo grande, tapando las manchas negras y los rostros desencajados, la respiración volvió a su cuerpo, el hilo desaparecía y él regresaba al cuerpo, a los latidos y al fluir de la sangre.  Toda la Luz cubrió por un segundo la pantalla, y se quedó sin azul y sin destellos, no sabía si por deseo suyo o deseo de ella, porque empezaba a intuir que la Luz era ser, ser con albedrío capaz de escuchar y decidir.

En su cuerpo, sobre la cama, con el libro abierto, controló su pensamiento y recordó los recuerdos amargos con intención de darles dulzura, de engarzarlos con afecto, de darles cariño, una caricia, con amor, aunque le hirieran... pero pudo abrir los párpados y la Luz se fue a un aparte, vigilante, y creyó que sonreía con encanto, con cierta suficiencia, también triunfante, pero respetuosa.  Y sin fondo, las manchas y los rostros se sucedieron, ahora perdiéndose por los límites laterales, en sucesión, con cadencia, y él creyó dominarlos, porque ahora ya no sentía dolor... hasta que una de ellas, la más oscura, tenebrosa, se detuvo a su frente y giró, giró para, de pronto, ir hacia él en busca de su alma.  Tembló sin movimiento en su cuerpo.

Miró a la Luz, y la Luz, sabia, continuó en su sonrisa apacible, y comenzó a hacerse grande, y conforme así crecía, la mancha se apartaba lentamente y se perdía, no por los límites, sino diluyéndose, tomando color, desapareciendo, vencida, y creyó verle expresión de derrota, de rabia y también de temor, porque volvió la Luz, y todo fue Luz.

Estaba como antes, ya sentía sus piernas, sus brazos, su ser encarnado, y se sintió débil, no por esfuerzo, sino por nimiedad, como si hubiera conocido la inmensidad y ahora regresara a un mundo ínfimo.  Quiso salir, pedir la Luz, tomar los destellos, volar o viajar, pero su cuerpo era él, su cuerpo y su alma eran él, sus párpados le daban oscuridad y no quería abrirlos porque buscaba la Luz.

Y en su lucha por llamar a la sensación de paz, la oscuridad se le quebró con luces blancas que él creyó de amor, porque él deseó convertirse en una de ellas para compartir su órbita, aun la de aquéllas que se perdían.  Y con ese deseo volvió la Luz, pero sin potestad, como espectadora, porque no existía ahora por necesidad, y se movió, se movió con delicadeza para tomar una de las otras luces, la más grande, la más brillante, y otra vez con delicadeza, con dulzura, con amor, la llevó frente a él a un mundo que ya comenzaba a ser real, y ya no necesitó salirse de sí, porque su búsqueda había acabado, tuvo satisfacción y sonrió... la pequeña Luz le fue conocida.

Abrió los párpados, sin oscuridad, sin temor, y caminó, como volando, como viajando, a una casa, a un dormitorio, al lecho de Ángeles.

 

...NADA VENDRÍA A SER REALIDAD

El árbol y Raúl

I

 

El árbol se había estirado sin pedir permiso.  Sus ramas se extendían por encima del río y dejaban caer alguna que otra hoja sobre el lodo de la orilla.  El día de antes, pequeño Raúl había trepado a la copa y le dijo algo al oído.  No había viento.  El árbol se estremeció.  La noche fue oscura y fría; la luna, menguante; el cielo, limpio.

Por la tarde, pequeño Raúl regresó a la orilla, besó el tronco, subió a la copa y caminó por las ramas sobre las aguas.  Con los pies en el  lodo, envió un saludo.  Entró a la cabaña, le robó una piedra y regresó por las ramas.

Al día siguiente, el árbol se había encogido sin pedir permiso. 

  

II

 Todos callaron; el bosque estaba en silencio; la penumbra desaparecía.  Un resplandor inaudito llenaba la orilla oculta del río.  Parecía que la luz nacía en la hojarasca y, sin embargo, troncos y ramas se iluminaban por completo.  La luna, arañazo blanco, cedía su majestad y el cielo seguía oscuro.  Nada se movía.  De pronto surgió una brisa y las ramas, cimbreándose con sutileza, ulularon. La melodía inundó el bosque, sólo el bosque, y de un lugar lejano, quizá de donde todo acababa, un rumor de agua se unió a la orquesta verde.  Un anciano recordó el torrente desaparecido en los albores de la sequía; dijo que el arrullo era el mismo, pero  la música era nueva, desconocida por siempre.

Pequeño Raúl, bajo las sábanas, acariciaba la piedra robada a la cabaña vieja.


 

III

La cabaña, de piedras y adobe, se teñía de luz dorada, con más brillo que los árboles, con la mayor sonrisa del bosque.  Salía de sus ventanas bruma nada misteriosa y, a través de los cristales rotos, pedazos pequeños y casi opacos, destellaban con salpicones de color que parecían guirnaldas de fiesta.

Fue un momento.  El resplandor del bosque se consumió con delicadeza y la luna volvió a ser reina del cielo, la música se hizo tenue, duró algo más que la luz, pero cesó con acordes pausados. Y cuando el bosque volvió a ser como antes, el árbol de la otra orilla se bandeó, la cabaña se limpió de maleza, los cristales, pedazos pequeños, quedaron transparentes... y permanecía el arrullo de las aguas.

El anciano predijo que los males habían acabado y que todo sería como antes.

La noche fue oscura y fría; la luna, menguante; el cielo, limpio.

Pequeño Raúl, bajo las sábanas, acariciaba la piedra robada a la cabaña vieja.

 

 

 Agonizaba entre cipreses de aguja al cielo.

Miraba la muerte entre ramas de angustia.

Era dios y su luz, dios y una cruz.

 

Cuando se abrió la tumba y respiró el aroma impuro,

miró hacia lo alto: la noche, brío de victoria, talismán.

Era dios y su luz, dios y una cruz.

 

Y crecía la aurora en color,

mataba la noche sin sangre

con fuego eterno de luz.

 

Ya no hay muerte, es la paz.