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Molintonia

Por una esperanza

El aparte de la ciudad se alzaba en un montículo con cima pelada y pinos pequeños en la ladera.  El camino serpeaba entre los troncos para llegar al barrio, paredes de tablas, tejas robadas.

Un hombre descendía arrastrando un carrito viejo de bebé repleto de papel y cartón; una mujer lavaba a golpe de puño contra una losa rajada; un niño, cara sucia, pelo revuelto, lloraba sentado sobre los escombros; unos perros husmeaban comida por la plaza.

No había iglesia.  Un anciano predicaba al viento y la gente, con ropas raídas, rostro castigado y mirada alegre, le sonreía incrédula.  De vez en cuando, siempre martes, Pedro, algo así como alcalde, se quedaba escuchándole a distancia, muy atento, un largo rato, casi horas, y cuando los ojos se le cerraban, sonreía con la misma incredulidad de su gente y escapaba hacia la hoguera.

Alrededor del fuego, todas las noches se mataba el día contando dulzuras y amargores, quejas y esperanzas, canciones... y nunca venía futuro; pobreza, resignación y supervivencia.  Las voces rasgadas, al son de la guitarra, hablaban del día, o de los otros días, los del pasado, con deseo, siempre cumplido a medias, de poder contar una bonanza...  Pedro hacía las veces de patriarca, o casi dios y casi cura, pues al término del desahogo siempre elevaba una oración a las estrellas y se acordaba del martes pasado y del martes próximo.

Y el martes siguiente, el anciano no predicó, predijo para la noche una buenaventura, que sólo escuchó el alcalde, y calló con el rostro lleno de esperanza.  Pedro se llenó de incredulidad, pero no parpadeó y se dirigió a la hoguera, con su gente.

Esa noche no había alegrías, sino pobrezas, aunque no de espíritu, pues todos se hastiaron de protestar y cantaban.  Al término, el casi cura levantó los brazos para orar, y la luz vino, un destello, más que de día, invadió a la gente y al fuego, y todos radiaron de ilusión, como si las penas desaparecieran.

Al día siguiente, todos trabajaron igual.

A la noche siguiente, no hubo tristeza, todos cantaron... y el anciano murió en su chabola con el rostro lleno de esperanza.

La madre

Una rama del sauce estaba creciendo.  Desde la terraza, la veía correr como una serpiente hambrienta, sorteando los otros árboles, ninguno, sauce, y respetando las flores.  No se detenía para retirar las hojas perdidas en su camino, trazaba una trayectoria recta, inexcusable, a una velocidad constante.

En el cobijo del sauce no pasaba el sol y tampoco por su lado se oía el rumor del agua que le debiera dar sustento.

Más allá del ombú, el puesto soltaba el humo gris por la chimenea.  En un camastro, Alfredo, viejo resero, yacía con unas fiebres malditas, delirando con los sueños de la muerte y la vida.  Su caballo, alazán de manos claras, bufaba y relinchaba de la única manera que sabía llorar; esperaba su recado.

A la par de un chillido agónico en el puesto, la rama se detuvo y todo el sauce tembló como queriendo sacar las raíces y volar acelerado.  Cuando el humo se hizo blanco, la rama reanudó su camino.

Cerca de la casa perdí de vista el alargue del árbol.

Y tras unos segundos de espera, la tierra tembló, el puesto se hizo un destello y la rama volvió a su lugar, confundiéndose con sus hermanas en perlas de lágrima.

Dolores corría por la estancia, sin evitar los potreros, para encontrar oídos que escucharan la paz de Alfredo desde que una rosa blanca apareció junto a su mejilla sobre la almohada.

El sauce se hizo más verde.

Mirando al río, camino al mar, destino: España, una losa se alzaba bajo la rama escapada.  Antes de que el árbol naciera, un resero de nombre Alfredo, hace veinticinco años, mandó inscribir: "Aquí yace Mariela Ruiz, mi madre".

El anciano solitario

El viejo se apoyaba en el bastón con cabeza de buey y mástil nacarado que recibió de su abuela el día de un cumpleaños.  Julián lo recordaba desde casi siempre colocado sobre la cabecera de su cama.  Todos los años, el día del santo patrón, la abuela le acompañaba al acostarse, señalaba el bastón y le repetía:

—Tenlo presente como símbolo de familia.  Nunca te separes de él porque es tu protección y la de mucha gente.

Ahora se había convertido en báculo de su vejez.  Desde hacía veinte años le ayudaba en su paseo vespertino; se aferraba firmemente a él, arrastraba los pies y miraba al suelo, como si no quisiera dirigir la mirada, avergonzado, a quien se cruzara con él. Caminaba silencioso sobre el empedrado de las calles y, entre el gorjeo de las golondrinas y el olor a hierba, se escuchaba el golpeo del bastón a cada paso.  Por las baldosas de la plaza, siempre amortiguaba en lo que podía ese sonido metálico.  Acostumbraba a sentarse en el poyo de la fachada del Ayuntamiento.  A su frente, se alzaba una pared de adobe que servía a los mozos del pueblo para jugar al frontón.  Podía parecer que el viejo observaba las partidas de pelota, pero en realidad ni siquiera se fijaba en los muchachos.  Pasaba horas y horas sentado sobre el borde del poyo, con la espalda muy recta y con las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Únicamente se movía para sacar un pañuelo y secarse el sudor en verano o frotar su nariz en invierno.  Nunca se dirigía a nadie, nunca comenzaba una conversación y si no era interpelado, pasaban días y días sin oírle pronunciar una palabra.  Se cubría con una boina negra y pulcra y vestía con camisa blanca y pantalón gris.  En época de frío, se abrigaba con un largo gabán oscuro.  No se le recordaban otras ropas ni una mancha en su vestuario.  La única variación a encontrarle se vería en su rostro, un rostro limpio, terso, tostado, por donde aparecían todos aquellos recuerdos que le acudían en las horas sobre el poyo: expresiones de inocencia, de rabia, de amor, de injusticia, de rebelión, de resignación o de renuncia.  Vivía solo, en la casa que siempre fue de su familia.  Nadie entraba en ella desde hacía veinte años, desde que murió doña Luz, su madre.  Pero no sólo aquel día marcó el bloqueo de la puerta que antaño tanta gente traspasó; después del entierro comenzó el aislamiento de Julián y el uso del bastón.

—Hijo, tengo que irme, ya ves.  A partir de hoy, tu salvaguarda debe acompañarte sin excusa.  Descuélgalo y no te separes de él.

Y con la misa de funeral se inició el ritual de silencio que duraba veinte años.  Las gentes del pueblo hablaron sin cesar de su transformación.  La infancia de Julián fue alegre, muy alegre, traviesa, rebelde.  En la adolescencia, su quehacer se tornó más serio de lo que correspondía a su edad.  La juventud le hizo llorar y al culmen de la madurez se encerraba en un ensimismamiento total.  Unos decían que la abuela le había embrujado; otros hablaban de miedo a la soledad; los más atrevidos, opinaban que alguna influencia maligna le obligaba a comportarse así; y los más morbosos dejaban caer por cualquier rincón que Julián estaba enamorado de la madre y que su muerte le había quitado los deseos de vivir.  Lo cierto es que no se casó. Y siendo un “mozo apuesto y solvente, con galanura y propiedades”, se hacía extraño que no eligiera mujer.  Tuvo novia, una novia preciosa, que llegó al pueblo hecha casi una mujercita.  Tan pronto la conoció, Julián anduvo tras ella a escondidas de su madre y de su abuela durante algunos meses, los que hoy le quedaban en su recuerdo como la época más feliz de su vida.  Pero doña Luz lo supo pronto, ¡cómo no! y con el gris del atardecer, frente al crepitar de la chimenea, le dijo palabras duras que apagaron para siempre la alegría innata del muchacho.  A los pocos días, María José, la novia, y su familia marcharon del pueblo con pocas palabras de despedida.  La influencia de la abuela se había dejado sentir.  Julián comenzó a sembrar silencio.

Doña Luz ejerció desde los catorce años como curandera de la comarca.  Antes lo hizo su madre y antes su abuela, su bisabuela, su tatarabuela...  Atendían enfermos en un pajar de las afueras.  Quizá doña Luz se comportara algo más distante que sus predecesoras y además nunca predecía el futuro, su madre se lo prohibió tajantemente el día que le cedió el relevo, pero los lugareños acudían en gran número y todos salían satisfechos.  Una silla alta, artesanal, a modo de trono, presidía la estancia amplia; frente a ella, había un taburete de anea para el enfermo y, colgado de la cercha, se proyectaba sobre él un crucifijo gigante; más atrás, pegados a los muros de adobe, se alargaban unos maderos, apoyados en los extremos sobre unas piedras, para dar asiento a quienes esperaban su turno, a los acompañantes y, de cuando en vez, a espectadores.  Doña Luz curaba con las manos, con el simple contacto de su piel sobre la parte enferma —algunos contaban que habían sentido un calor extraño o una especie de corriente eléctrica, como de transmisión de energía—.  Pero era tradición familiar aderezar el rito con líquidos mágicos, con algún gesto discreto o con recetas de hierbas inocuas.  Así, los enfermos se pensaban curados con una medicina especial.  Doña Luz siempre ocultaba su magia con una grave elocuencia de humildad y nunca aceptaba pago por sus servicios.  Vivían de una importante porción de trigales que arrendaban todos los años.  No tuvo hijas, sólo a Julián, y su marido murió despeñado con la mula a los tres meses de haber estrenado paternidad, por lo que el muchacho creció al amparo de las dos mujeres, la madre y la abuela.  El día que Julián cumplió catorce años, doña Luz dejó de acudir al pajar y ya no atendió a los enfermos de la comarca.  Por la noche, la abuela comunicó al nieto:

—¿Recuerdas el bastón con cabeza de buey que hay colgado sobre tu cama?

—Sí, abuela.

—No está ahí por capricho.  Nunca lo descuelgues hasta que tu madre te lo ordene y siempre, la noche de tu cumpleaños, pásale este pañuelo por la caña.

—¿Por qué tengo que hacerlo?

—Lo sabrás a su tiempo.  Ahora obedece.

Julián tomó el pedazo de tela gris y lo deslizó por el bastón repetidas veces.

—Así está bien —aprobó la abuela—.  No te olvides. Lo mismo todas las noches de tu cumpleaños.

A pesar de la repetición de la ceremonia durante tres años, no volvieron a hablarle del bastón hasta el día siguiente del que se marchó María José.  Y tras la revelación, cada aniversario creyó más necesario acariciar esa noche la caña nacarada.

Era el tiempo de la recolección y, con el ocaso, los temporeros bullían por la plaza.  Formaban corros para beber un porrón de cerveza, o dormitaban apoyados en las paredes, o entraban y salían de la cantina.  Julián seguía impertérrito, con la espalda muy recta y las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Si algún forastero, por descaro o por educación, le saludaba, movía la cabeza como respuesta y le ofrecía una ligera sonrisa.  Nadie pasaba del hola, abuelo, o ¿qué pasa, viejo?, o buenas tardes, ¿cómo va eso?  Tampoco él pretendía más.  Cuando las estrellas atisbaban, regresaba a casa arrastrando los pies y mirando al suelo.

Una tarde, apareció entre los temporeros un hombre de barba.  Llamaba la atención porque no tenía aspecto de venir a trabajar en el campo.  Vestía algo llamativo, con camisa floreada y pantalón a rayas.  Movía los ojos con rapidez y examinaba con curiosidad todo el ambiente.  Después de un buen rato de observación, se metió entre el jolgorio y comenzó a preguntar con desparpajo.  No parecía impacientarle que nadie le diera razón.  Fumaba una pipa combada y llevaba colgado al hombro un bolso marrón que sujetaba a su costado con la mano derecha.  Entró en la cantina y se dirigió al mostrador.  La mujer que servía le señaló a los ancianos de la esquina.  Uno de ellos le habló unas palabras y el hombre dibujó una mueca de satisfacción.  Salió, decidido, a la plaza, atravesó el gentío y se detuvo frente a Julián.  Mientras sorbía la pipa con fluidez, escrutó al viejo durante unos instantes.  Tras el examen, metió la mano al bolso, sacó un pequeño bloc, escribió pausadamente unas notas, devolvió la libreta a su lugar y, con lentitud estudiada, para dar aviso de su intención, marchó hacia Julián.  Tomó asiento en el poyo, muy pegado a él, le tendió la mano y el hijo de Luz, la curandera, sin sorpresa, respondió al saludo como si lo hubiera estado esperando desde el primer día de su silencio.  El forastero le habló de inmediato.  Quiso ganarse al viejo y animaba sus palabras con gestos simpáticos y palmadas de confianza.  Julián mantenía su rigidez y enviaba la mirada a los corros de los temporeros... pero, conforme el hombre de la barba avanzaba en su discurso de presentación, su rostro se quebraba.  La pipa se apagó y, tras reponerla, el forastero ofreció tabaco al viejo.  Aceptó, lió un cigarrillo y con el humo de sus labios salieron tantas palabras como nadie del lugar le recordaba en toda su vida adulta.  Cuando lanzó la primera frase, el hombre de la barba metió la mano al bolso marrón y pulsó una tecla.  Mientras hablaba, Julián asía con fuerza la cabeza de buey y sus ojos emitían destellos de nostalgia, temor, rabia, desahogo...  De vez en cuando, el forastero abría la solapa del bolso y miraba su interior.  Siguió exhalando bocanadas de humo blanco, pero no pronunció otras palabras que su discurso de presentación.  El hijo de la curandera habló casi dos horas sin ninguna interrupción y cuando el sol se puso terminó el monólogo.  El forastero metió por última vez la mano en el bolso y cerró la solapa.  El jolgorio de la plaza había cedido.  Julián se levantó pesadamente, dio la vuelta sin despedirse y volvió más despacio a casa.

La tarde siguiente casi todo el pueblo acudió a velar el cuerpo del hijo de doña Luz, la curandera.

 

***

 

El viejo Secretario del Ayuntamiento se había jubilado y poco tardó el nuevo en aparecer por el pueblo, un chico joven, pequeñajo, y con aspecto de intelectual, corroborado por sus gruesas gafitas redondas y el montón de libros que traía en su equipaje.  En una de las cajas de madera, se leía sobre la tapa una inscripción manuscrita: “Ciencias Ocultas”, y en un rincón del fondo se parapetaba un libro más bien delgadito, con las tapas raídas y algunas hojas manchadas, titulado “Herencias de Poderes”.  Esta afición a la lectura del nuevo Secretario  avivó en el Alcalde un antiguo deseo: crear una biblioteca en la antigua escuela.  Y como en el actual ejercicio iba escaso de fondos, se le ocurrió una idea para comenzar: pidió un libro a cada vecino.  El nuevo Secretario, con el afán de caer bien a su jefe, donó un buen puñado de los suyos.  Entre ellos, se encontraba uno delgadito, de tapas raídas y varias hojas manchadas.  Cuando Estrella, la maestra, quiso preparar una charla sobre “Facultades Parapsicológicas”, repasó el índice de materias en la antigua escuela.  Encontró abundantes obras sobre el tema, y en la página veintitrés, capítulo segundo, del libro “Herencias de poderes”, comenzó a leer atentamente algo que se parecía a unas habladurías que corrían por el pueblo desde algunos años atrás:

 

“... Existen casos extraños, en los cuales la transformación de poderes sufre importantes modificaciones en la transmisión.  En unas ocasiones, la cantidad de poder varía, es decir, aumentan o disminuyen los tipos de poder que recibe el heredero; en otras varía la calidad, siendo entonces más o menos intensos, con mayor o menor proyección.  Si bien en la mayoría de los casos conocidos el poder se transmite con unas características muy semejantes, las excepciones no siguen una regla que permita clasificarlas más detalladamente.  Cada caso es distinto, como ya expondré más adelante, y son eso, excepciones sin más.  Pero de entre todas estas transmisiones con variación de poder que pasaré a describir, tuve la oportunidad de conocer una de ellas verdaderamente inquietante.  Podría entroncarse dentro de las denominadas variaciones por calidad, aunque la modificación en sí no existió, porque el receptor tomó una decisión, digamos, trágica.  Recibí informes de una generación de curanderos que se perdía en la memoria, y que inexplicablemente se truncó.  El caso me pareció interesante y me desplacé al lugar de los hechos, una pequeña población en la frontera catalano—aragonesa.  Había contactado anteriormente con gente emigrada a Barcelona y me comunicaron que todavía vivía allí el hijo de la última portadora conocida.  Una vez en el lugar, no fue difícil localizarle y me contó la historia.  Los habitantes del pueblo, según me hablaron tras la entrevista, divagaban sobre el motivo del cese de la tradición tan antiquísima, pero ninguno de ellos adivinaba ni remotamente la razón.  Todos los primogénitos habían heredado poderes especiales, pero resultaba curioso que nunca usaban de ellos dos personas a la vez: el portador daba paso a su heredero sin que éste hubiera utilizado antes los poderes y cesando aquél en el desarrollo de los mismos.  Esto se producía el día justo en que el receptor cumplía catorce años de edad.  Y la actividad curativa terminó precisamente cuando mi entrevistado cumplió esa edad.  En un principio, deduje que se había cortado la transmisión porque siempre habían sido mujeres las primogénitas y, por lo tanto, receptoras.  Algo había de cierto, pero mi conclusión pecó de simplista.  Ese día, el del catorce cumpleaños de Julián, el protagonista de este caso, su abuela aisló las posibilidades extrasensoriales del heredero, haciendo caso a una excepcional revelación: el primer varón portador poseería poderes malignos que no podría controlar, que causarían desgracias y catástrofes a las gentes de su entorno, y que así se transmitirían a sus descendientes.  Y este primer varón era mi entrevistado.  Por ello, su bisabuela conjuró en una talla de cabeza de buey, como símbolo de animal manso, la fuerza necesaria para que Julián pudiera abstenerse de utilizar sus poderes.  Pero he aquí otro caso curioso: tal como he contado, a los catorce años, cada portador estaba obligado a abdicar de sus posibilidades, por lo que el conjuro fue realizado muchos años antes de que naciera ese primer varón.  De cualquier forma, los poderes malignos no quedaban eliminados.  Y ésta fue la cruz de Julián.  Tuvo que soportar no sólo la ocultación de sus poderes sino también la renuncia al amor, porque al mantenerse la malignidad en recesión, sería heredada por su primer descendiente, varón o hembra.  Y Julián triunfó en su meta.  Nadie le conoció su poder gracias a sus renuncias, gracias a su responsabilidad, gracias a la bisabuela.  A cambio, enterró su vida en el silencio...”

 

La contraportada del libro hablaba de su autor.  Sobre un texto, en una fotografía, aparecía la imagen de un hombre con barba fumando en pipa.

Libro II - Cuentos de Luz, Preludio, dedicatoria y cita

La Luz es difícil de ver, y a veces se ve, pero no se entiende.  A lo largo de la vida, todos los seres humanos nos vamos acer­cando a la Estación de donde sale el tren de la Luz.  Unos pasan de largo; otros entran y miran; algunos saludan a los viajeros; y pocos adivinan el destino y suben a los vagones.  Raramente la Luz se identifica como tal, es decir, la decisión no tiene nada que ver con nuestra capacidad de razonar, sino de sentir, cualidad ra­dicada por un lugar recóndito de nuestra entraña.

Ningún científico ha demostrado ni demostrará la existencia de la Luz, por lo tanto se trata de una cuestión difícilmente acep­table por los sistemas tradicionales del conocimiento.  Pero todo el mundo sabe que la felicidad no se compone de verdades (?) científicas, por ello permítanme apostar por la Luz como esencia de la felicidad.

Si alguien me pregunta "¿qué es la Luz?", no voy a poder contestarle, ni siquiera me atrevería a responder si me interroga­ran sobre "¿quién me enseñará la Luz?".  Nadie está capacitado para dar una información que descubra la Luz.  Las palabras servirían al raciocinio y, en este caso, el raciocinio no es el cami­no...  La Luz está dentro de nosotros y solamente hay que en­contrarla (quizá hasta esta afirmación sea peligrosa).  Para la bús­queda no necesitamos a ninguno de los cinco sentidos: no la veremos, no la oiremos, no la oleremos, no la gustaremos, no la tocaremos; sin embargo, la sentiremos, aunque no podamos reco­nocerla.

Estos relatos no le van a levantar el velo, debe levantarlo usted... y quizá abrir estas páginas le ayude.

 

A mis padres

 A Juanjo y su grupo de Valdefierro

 

A Ángel, Soraya,

Vicente, Pili, María, Asun

 y el grupo de los Jardines de Lisboa

 

...llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

...la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles.  Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

 

De "La luz es como el agua".

Gabriel García Márquez

Libro II - Cuentos de Luz, Índice

El anciano solitario (1989)

La madre (1993)

El caballo de la luna (1989)

Por una esperanza (1992)

El árbol y Raúl (1992)

Las puertas del invierno (1992)

Vuelo hacia el Amor (1992)

El mensajero (1993)

La revelación (1993)

La llamada de la luz (1992)

La estación del Edén (1993)

Las últimas palabras (1992)

Un amigo te guarda (1981/82)

Libro II - Cuentos de Luz, Prólogo

Libro II - Cuentos de Luz, Prólogo

Creo que este libro tomó inicio el día en que me levanté de un confesionario cuando el cura me inquirió sobre mis costumbres sexuales.  Tenía 15 años.  Desde aquella separación con la doctrina oficial, la católica, hasta este libro ocurrieron circunstancias que culminaron con mi bajo estado anímico buscando respuestas, porqués, motivos a esas realidades que no entiendes en la melancolía o en la frustración.  En 1991 se rompió mi primer matrimonio y acababa de conocer a personas con inquietudes espirituales que cuadraban con mis intuiciones que nunca terminaba de investigar.  Conocí a Juanjo y a su grupo de Valdefierro, donde recibí una enseñanza impagable.  Con ese empujón, con muchas lecturas, con alguna revelación y con el descubrimiento de que mi amigo José Julián también andaba por estas vías (30 años juntos y no nos lo habíamos contado), sentado de nuevo ante el pupitre de mi habitación en casa de mis padres, aquel que había soportado el vuelo de mi bolígrafo para escribir los primeros intentos literarios, comencé a escribir relatos que iban surgiendo de las nuevas circunstancias.  Seguí durante algunos meses en el proyecto, recopilando de aquí y de allá, incluso añadiendo relatos que había escrito antes con otra motivación…  y me los llevé en diskette a Buenos Aires.

Estaba cerrando la publicación de Epistolario de un oficinista, y quería comerme el mundo literario.  Su editor, hombre comedido y centrado, no quiso abusar de la ebullición de mi ego, y me había preparado una edición digna, sencilla, de 500 ejemplares y 96 páginas.  En cambio, la editorial con la que contacté por un anuncio en el diario Clarín, se apoyó en mi crecida egolatría, me llenó de elogios y anticipó tales éxitos cercanos al Premio Nobel que pudo arrancarme una edición con portada a color y 2000 ejemplares.  Ellos me dijeron que era compartida porque editaban para sí mismos otros 2000 que distribuirían en el mercado hispano de Estados Unidos, en Chile y en el interior de Argentina.  A mí, por supuesto, me dejaban que distribuyera los míos en Capital Federal, en el Gran Buenos Aires, España, Europa y resto del mundo.  Para favorecer mi trabajo me presentaron a Enrique Santiago Rueda, un editor de origen español, que vivía de la fama y del fondo editorial adquirido por su padre.  El hombre me cobró por adelantado sus honorarios y se comprometía por dos años a distribuir los ejemplares por más de 100 librerías, de las cuales me habló de un listado que no me proporcionó después.  En fin, una estafa de la que pude recuperar algo de dinero (aunque no los ejemplares que se había llevado; ni importa, me quedan muchos aún) gracias a la intervención de Antonio Sempere, vecino mío en la casa de la calle Juncal al 1700 y con nombre reconocido y trayectoria respetada en el mundillo editorial porteño.

El editor no incluía la presentación en su contrato.  Intenté prepararla, pero la ocupación profesional no me lo permitió.  Aun así, transcribo aquí los apuntes que había preparado para mi intervención como un ser sorprendido por los nuevos enfoques que iba absorbiendo:

 

Cuando un escritor presenta una obra suya, la intervención debería iniciarse obligatoriamente con los agradecimientos.  Y no es casualidad ni buena educación…  Que en este momento un libro se vea saliendo de las manos del autor es un logro que a quien más satisface es sin duda a él mismo y por eso todos los pasos intermedios, desde el punto final hasta la llegada al lector, son producto del interés de otras personas o sociedades que han puesto su esfuerzo con una apuesta para que así sea.

Pero hay más en la elaboración de un libro, y es la génesis desde que surge como un chispazo en la imaginación del escritor hasta que está listo para iniciar el proceso comercial.

Creo que todo libro está iniciado mucho antes de que la primera letra se plasme en el papel. Un libro es inseparable de su autor y, por ello, sus vivencias se van acumulando, quizá sin premeditación, para un día estallar contra la hoja en blanco, y eso se descubre mucho después de haberlo escrito, cuando al releer con la reflexión sobre el progreso de esa época, el autor se sorprende con la comprobación de que gran parte de su vida y de su personalidad quedó impresa en esas hojas.

Cuentos de Luz nació como deseo literario en el año 1991.  Después de una etapa turbulenta en mi vida, intensifiqué el contacto con grupos de personas que se movían en otro ámbito de conocimiento espiritual del que yo estaba iniciado.  Y ahora lanzo una paradoja impactante: me sorprendí de que no me sorprendiera.  Dentro de las enseñanzas que había recibido, el golpe de información que me llegó de pronto debía haberme provocado rechazo, alucinación o admiración…  Cualquier estado menos el de escucha sin asombro.  Aquellas ideas sobre alma, espiritualidad, poderes sobrenaturales, guías, médiums, eran canalizadas por mi conocimiento de igual manera que se abre una compuerta de un canal y el agua fluye sin sobresaltos por el cauce ya preparado.  O como cuando repasamos con nuestros hijos las tareas escolares de primaria y nos decimos para adentro: “Pues esto ya lo sabía, pero no me acordaba”.

Y así, una vez que hube reflexionado y asumido lo que acabo de contar, me vino la impaciencia por saber, por confirmar esa sensación.  Llegué a esta confirmación: lo que por fe se comprende se convierte en axioma del espíritu, porque todas las lecturas y consultas que realicé no me aportaban más de lo que yo había intuido.  Entonces me envolvió el deseo de contar, de explicar, de hacer entender a mi mejor manera todo ese mundo que acababa de descubrir.  Empecé a escribir sobre experiencias personales, narraciones ajenas, intuiciones metafísicas, con la única intención de recrear literariamente un mundo que comenzaba a explorar.

Así ahora, vuelvo a los agradecimientos, esta vez refiriéndome a aquellos que van impresos en la página 5 del libro, porque gracias a esas personas me involucré en este camino hacia la Luz, un camino como otro cualquiera para descubrir ese mundo desconocido que habita en nosotros.

Pero me encontré con más sorpresas.  Haciendo mención a esa época que antes aludía de repaso sobre un tiempo transcurrido, releí escritos míos de años atrás.  Y allí, sin buscarlo, quizá menos explícitos, fui capaz de hallar y comprender los indicios de esos cauces que habían estado latentes, de esos cauces que ahora me traen al descubrimiento de una ebullición interior que no es nacida, que ya tenía en embrión y que desconocía por completo.  ¡Qué misterios nos depara la vida!

Ningún arte es casual.  Toda manifestación artística responde a unos cánones universales que pertenecen al patrimonio del género humano.  De ahí que las obras de arte sean propiedad exclusiva de la historia.  Y en mi modesto aporte hacia la creación, quiero entender que esta obra que presento tiende a postularse hacia ese patrimonio.  El objetivo es ambicioso, pero a partir de ahora ya no depende de mí, sino de que los lectores, convertidos en jueces, la hagan no subir a ese escalón.

Libro IV - El juego de las sillas, Índice

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1ª) parte

 No es cierto (1995)

Pepa es mi amor (1995)

H. (1995)

Ramón Luna Gutiérrez (1995)

Los guardaba por casualidad (1995)

Ataúd abierto (1995)

Mirando atrás (1995)

El regreso (1995)

El emigrante (1995)

 

2ª) parte

Celina, la equilibrista (1996)

Por una moneda, un sueño (1996)

El destino de un pastor (1996)

La fiesta de los payasos (1996)

Diatán (2005)

 

3ª) parte

Eros equivocado (2001)

La pierna (2003)

Querida yaya (2004)

Sacerdotisas para morir (2009)

…abrazándola (2010)


 4ª) parte

La metamorfosis de un capullo (2010)

Qué corto se me hace el viaje (2010)

Pasan cosas, ya sabes (2010)

A mesa puesta (2010)

A tiro fijo (2010)

A la vez que tú (2010)

Animals (2010)

Niñas con abrigo (2010)

Indecisión (2010)

 

5ª) parte

Microrrelatos

Libro IV - El juego de las sillas, Prólogo

Libro IV - El juego de las sillas, Prólogo

(Manuscrito de mi yaya, que escribió a los 98 años)

En el año 2009, recopilé varios relatos no publicados para presentarlos a un certamen de la Diputación Provincial de Zaragoza.  Entre varios títulos, mi hijo Eduardo eligió El juego de las sillas, porque un libro de cuentos puede leerse como se juega a las sillas, haciendo girar a las historias en torno a los asientos, y escoger a la que se quede de pie después de sonar la palmada.

Para esa recopilación, rescaté unas líneas que guardaba por alguna carpeta escondida y las incluí de prefacio en aquel libro, donde no estaban todos los que son, ni son todos los que estaban (los cuentos, digo). Creo que ilustran a la perfección varias de las sensaciones percibidas a la hora de reunir mi obra a los 50.  Ten, sírvete…

 Escribo estas líneas varios años después de que diera por terminada la creación de la mayoría de los relatos que siguen.

Releer es un ejercicio apasionante; siempre se descubren nuevas sensaciones que a veces son recuerdos y a veces novedades que enriquecen la memoria.  Y en esta ocasión, al reencontrarme con el mundo que yo tuve en aquellas épocas, la aventura se convierte en un viaje hacia el interior de una persona que debió ser yo en un lugar del tiempo.

Bucear por esas páginas, que escribí por intuición y sin consciencia de que volcaba con la tinta mis fantasmas tan ocultos, me lleva al pensamiento de que quizá no somos los mismos cuando el tiempo se adueña de nuestra alma.

Los escritores, raza tan difícil y tan oscura, amamos a nuestras obras como hijos bastardos que se parecen a nosotros mucho más que los legítimos.  Y son los propios hijos quienes nos enseñan que también fuimos jóvenes y que cometimos errores y herejías que nos persiguieron durante años hasta que supimos descubrirlos sin saber cómo, y entonces, como arte de prestidigitación, dejan de ser carga pesada y se transforman en objeto de divertimento –¡qué sagrado el humor!

Este libro es el jardín de infancia donde se han encontrado todos estos niños para iniciarse en el conocimiento de la vida fuera del hogar.  Entre ellos hay diferencias, distintos gustos y caracteres, porque su padre, inexperto y caprichoso, jugaba a encontrar el camino de hacer ideal el culmen de la creación.  Y todos son del mismo padre, pero sus madres son desconocidas (que no inexistentes), por lo que discrepan tanto en su evolución que algunos no se hablan, otros se adoran y el resto se soportan en un ejercicio de obediencia debida al progenitor.  Incluso algunos han nacido en otro país, en otro continente y en otro hemisferio, donde el Sol pasa por otro lado, la Luna crece al revés, las estaciones se contradicen y los astros influyen de otra manera.

Atrás han quedado espíritus sin encarnar, cópulas sin amor, ejercicios gimnásticos y ensayos en la memoria, cuyo producto fue tan generoso que ni siquiera quiso nacer.

En Buenos Aires conocí el precioso apelativo de "Maestra Jardinera", así, en femenino exclusivamente, porque parece que los hombres no estemos hechos para creer en la infancia.  Como sé que esto no es verdad, recurro a que si eres mujer, te hagas Maestra Jardinera por unas horas para que apliques ese cariño recto que necesitan los niños.  Y si eres varón, sé que el ejercicio no te va a ser tan duro como tus amigos se creen que eres.  Tómalo como un ruego.

Que os sea muy agradable.

 

Divido este libro en varias partes:

—la primera de ellas engloba los nueve relatos que escribí en 1995, muchos de ellos como ejercicio de estilo mientras leía teoría argentina sobre sus maestros en relato corto, sobre todo Cortázar y Borges; El regreso fue publicado en el boletín del Círculo Aragonés de Buenos Aires y Los guardaba por casualidad (antes El periquito) está incluido en Tintas distintas.

—en la segunda van los cuentos infantiles, que bien podrían configurar un libro aparte, pero he preferido dejarlos ahí por razón cronológica.

—en la tercera, aparecen cinco relatos inconexos, muy separados en tiempos, estilos y temáticas, que hacen de puente para llegar a las dos últimas...

—la cuarta parte: los nueve escritos expresamente para el libro de 3d3 Tintas distintas

—y la quinta parte contiene experimentos en microrrelatos

(puedes comprar este libro en www.bubok.es/libros/212905/El-juego-de-las-sillas )