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Molintonia

Libro I - Arañazos, Epílogo

Estos párrafos pertenecen al Prólogo a “El Negro de Narciso”, de Joseph Conrad.  Los he incluido al final de "Arañazos".

 ...el artista habla a esa parte íntima de nuestro ser que no depende de la sabiduría, a lo que es en nosotros un don y no una adquisición, siendo, por consiguiente, más duradero.  Habla a nuestra capacidad de alegría y admiración, se dirige al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vincula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquéllos que aún han de nacer.

...obligar a los hombres absortos por el lejano espectáculo de los éxitos materiales a contemplar un momento en torno a ellos una visión de formas, de colores, de luz y de sombras; hacerlos detenerse el tiempo de una mirada, de un suspiro, de una sonrisa, tal es el término, difícil y fugitivo, y a muy pocos de nosotros concedido.  Pero, a veces, por efecto de la gracia y del mérito, hasta ese objetivo puede llevarse a cabo. Y una vez llevado a cabo -¡oh, maravilla!- he aquí que toda la verdad de la vida se encuentra en él: un instante de visión, un suspiro, una sonrisa, y el regreso a un eterno reposo.

La casa digna

(En homenaje a Gabo)

 I

Desde lo alto del edificio caían sonidos graves,  chocaban contra la acera como bloques de granito, rebotaban hasta invadir la calle,  ahogaban el rugido de los carros, y, al poco, con la cadencia rigurosa del golpeo, una nube lloraba grumos de yeso mientras  la Casa Digna respiraba con jadeos y estertores, impotente frente a los martillos, picos y bichos de metal, y desde su cabeza descubierta un obrero descarado ondeaba la bandera recién retirada, y sus ventanas, ojos escrutadores, se cubrían con párpados postizos de maderos bastos y cruzados a modo de sacrificio, mientras por los resquicios se prolongaban ramas de la nube hacia el tronco blanco, a mayor velocidad con cada sonido grave, a menor solemnidad con cada sonido agónico, y sus muros grises, todavía enteros, se atrevían al desafío y soportaban el flagelo de su entraña con valentía, casi con arrogancia, queriendo mantener el poder de sus años de esplendor, como cuando sobre el balcón se colocaba el palio rojo para resguardar del sol o de la lluvia al ángel venido de Dios que velaba la vida de los lugareños, ¡bendito Alcalde, que nos cuida!, o como cuando los cachivaches de la megafonía le arañaban la piel para transmitir a oídos cansados de oír lo mismo las palabras de bienaventuranza, promesas jugosas de presagios benignos, o como cuando a sus pies tendían la alfombra para proteger los zapatos caros del Gobernador, ¡bendito Gobernador, que nos ampara!, en su venida anual para la comida aniversario del día de la victoria sobre los levantiscos, o como cuando engalanaban los pretiles de sus ventanas, ojos inquisidores, con los divinos estandartes de la patria, de la provincia, de la alcaldía y de la santa y casta Mujer del Alcalde, y el picaporte dorado y la puerta maciza, pulida, alta, de dos hojas inmensas, también se cubrían del polvo blanco, y también se retorcían con los arañazos de los sonidos graves, y también soportaban con resignación el humillante paso de los obreros, lugareños de la plebe, que profanaban el dintel sagrado, unos con vómitos de libertad sobrevenida, otros con temor a la resurrección de todos los santos ministros, para continuar la tortura de la destrucción, tortura lenta...

 

II

Don Celestino Rueda, orden de Dios, cautivó mil manos callosas, confiscó un furgón destartalado, y las envió por veinte años a repetir diseño arquitectónico en las siete Casas Dignas del país en los siete pueblos de diez mil lugareños, pero don Celestino cayó fusilado en un patio con paredón de adobe y mientras mil ojos lloraban, ¡oh, Dios, ¿por qué te llevaste a nuestro ángel?!, otros mil confiscaron un furgón destartalado para derruir las siete Casas Dignas, y así el pueblo del Sudeste tuvo por un mes once mil habitantes, y por un mes, la nube de grumos de yeso envolvió con sonidos graves la Casa Digna, y quien en el mes transitaba por la calle de la Restauración cruzaba a la acera de la izquierda según se mira a la plaza de Rueda, y cerraba los ojos para no ver cómo gritaba el edificio magno sus alaridos de lesa majestad, ¡ya les contaría yo si don Celestino resucitara, que todo es posible!, y para creerse escondido de la cólera que le vendría al alcalde huido como cuando alguien orinaba en las esquinas de la Casa Digna o como cuando, siempre pocas veces, alguien osaba sugerir que la leche llegaba tarde o la carne de vaca olía mal, a pesar de que  Radio Calamantes, de los neolevantiscos, cantaba y cantaba el nombre del nuevo don Celestino, eso sí, con otro talante, pero en el pueblo del Sudeste, en el del Este, en el del Nordeste, en el del Oeste, en el del Sudoeste y en el del Noroeste, nadie quiso entender a Radio Calamantes y siguieron trabajando como los días de antes, incluso como los de antes, y cuando llegaron los otros mil nuevos obreros, los de la destrucción, cerraron las tiendas y los bares para que no los desvalijaran, y encerraron a sus hijas para que no las deshonraran, y se acordaron de los Policías de la alcaldía que habían huido justo cuando el furgón destartalado apareció por la colina, y no osaban comentar lo grande que se hacía la nube y lo fea que se quedaba la Casa Digna sin tejado y sin ventanas, pero algunos exaltados comentaron en voz baja que si ahora la leche llegaba antes de que los niños lloraran y si la carne sabía a vaca algo más, verían con buenos ojos que la Casa Digna se cerrara, ¡herejes!, les chilló una amante del alcalde huido, y los exaltados se conformaron con pensar en el sabor de la carne de veinte años atrás, cuando el pueblo criaba sus propias vacas, y la leche no llegaba porque estaba, y el cielo era de otro color porque los sábados y los jueves tiraban fuegos artificiales.

  

III

El día de la Victoria, veinte años ha, una semana más tarde que en el pueblo Central, los mismos exaltados comentaron que a lo mejor todo iba bien, ¡idiotas, siempre irá mal aquí en el Sudeste, sin trigo ni mar!, y los lugareños prepararon una bonita bienvenida al nuevo Alcalde, enviado de don Celestino, ese que decían era el Jefe del Estado, y el nuevo Alcalde llegó por otra calle de la prevista, se instaló en la casa del Predicador, junto a la iglesia, cambió el patrón del pueblo y avisó de la venida de los mil obreros para levantar la Casa Digna, digna casa del Alcalde para el pueblo, según siempre hablaba don Celestino, claro, y fue verdad, que a los dos años llegó el furgón destartalado, y el edificio magno creció tan precioso que todos los lugareños se alegraron, aunque les quitaron las vacas y las tierras y mandaron desterrar a dos o tres exaltados que se atrevieron a ¡vaya cosa, mis vacas por una casa!, y la vida se hizo más lenta porque al Alcalde no le gustaban los relojes y dijo que los pararan a las siete y diez, que a esa hora él cenaba con su santa y casta Esposa, y empezó a mandar cosas raras como que la gente no saliera al campo ni a la calle de noche, ¡qué protección nos da!, y que para cambiar de mulas tenían que entregar en la alcaldía las muertas y pagar por las nuevas el precio marcado por el Alguacil, ¡esto es una buena organización!, y reclutó a ciento doce Policías para cuidar de la propiedad, ¡si toda la tierra es de la alcaldía, es que quiere proteger nuestras casas y nuestras mujeres!, y mandó pagar algo más, ¡es para mejorar!, y a pesar de las rarezas y sin contar con los relojes parados, siguió todo igual, aunque por la noche sólo disfrutaran de la luna treinta y dos Policías, el Alcalde y su santa y casta Esposa, que Hijos no tenían, ¡pobrecitos!, y aunque los domingos el Predicador hablara y hablara de las cualidades de don Celestino, ¡un padre para todos!, ese que decían era el Jefe del Estado, y ahora el día del patrón se celebrara para Julio, que había más luz, en lugar de en Septiembre, para San Moisés, siempre santo del pueblo, y aunque la leche llegara tarde y la carne oliera mal, tan mal que los niños decían a sus madres que no comían, y las madres les castigaban con los brazos abiertos delante del cuadro del otro alcalde, el que les dio las vacas y les creó problemas con el pasto y con la libertad del precio de las lechugas.

El regreso al adiós

Volvía a Zaragoza sin adivinar por qué y con la certidumbre de que se encontraría perdido en la ciudad maldita.  Mientras el tren traqueteaba cada vez más lento, mientras las ruedas chirriaban sobre los raíles pegados al andén, repasó en un golpe fugar los ocho años transcurridos.  No se arrepentía y estaba seguro de que aún no llegaba el final de esta etapa de su vida, pero un impulso incontrolable le arrastró a regresar.

Encontró la estación muy cambiada.  Los rótulos de información destellaban ahora con letras fosforescentes y habían reparado las escaleras mecánicas.  Fue un alivio; estaba cansado, la cincha del petate le molestaba en el hombro y las enormes botas le recalentaban los pies a cada pisada.  Anduvo lentamente por un pasillo y salió al “hall”.  Se detuvo un instante y miró hacia los ventanales de la izquierda.  Sólo había cielo.  Caminó hasta el centro de la estancia y se sentó en una butaca de plástico, dejando caer el petate entre sus piernas.  Respiró profundamente y expulsó el aire con lentitud.  Los viajeros pululaban a su alrededor.  Tenía la certeza de que no vería a nadie conocido y de que nadie se acercaría hasta él para saludarle: “Ricardo, ¿eres tú, Ricardo?  Claro que eres tú.  ¡Qué cambiazo, chico!  Tantos años sin verte…  ¿Cómo te van las cosas?”.  Se había cubierto la cara con una barba rasa, exageradamente cuidada y, a través de su cabello corto podía intuirse una piel curtida, como si hubiera estado expuesta al sol y al polvo durante mucho tiempo.  Los párpados se escondían bajo las cejas gruesas, el rostro había perdido vigor, se marcaban desmesuradamente los pómulos y la nariz, y en los ojos nacía una mirada endurecida, calculadora, peligrosa.  Apoyó su espalda sobre el respaldo y dormitó durante un instante.

—Por favor, señor, ¿me da…

Se incorporó como un resorte y llevó su mano al bolsillo derecho de la guerrera.  Mantuvo tenso todo el cuerpo mientras escrutaba al supuesto enemigo.  El gitanillo se asustó y corrió endemoniado hacia las escaleras de los andenes.  Ricardo se relajó, examinó su entorno intentando encontrar algún curioso y se excusó: “Aún no me he convenido de aquí hay paz”.  Palpó la pistola y se aseguró de que llevaba puesto el seguro.

Decidió abandonar la estación.  Antes, buscó la consigna y depositó el petate.  El empleado tocó con desconfianza el bulto y, al comprobar un objeto duro, le pidió explicaciones.

—Es una caja de plomo.  Recuerdo de una visita

La sacó y la abrió a un palmo de la cara del preguntador.

—Está vacía.  ¿La ve?

—De acuerdo.  Ahí tiene el comprobante.

Dio media vuelta sin despedirse y atravesó lentamente el umbral de las puertas automáticas.  Al salir al exterior, inspiró profundamente y se sintió satisfecho.

Descendió por la cuesta de acceso a la estación y al llegar a la avenida, se volvió para mirar el edificio.  Leyó Zaragoza—Portillo, como queriendo confirmar que iba a iniciar su recorrido por el lugar deseado.  Pensó visitar las calles de su adolescencia, donde aprendió a ratear y revender, donde el hambre le hizo madurar y donde conoció a Lorena.  Cada paso se convertía en un recuerdo lejano, en un ir y venir de imágenes descontroladas que le  castigaban con evocaciones de un pasado escondido.  La sirena de una ambulancia le devolvió al presente con brusquedad.  Volvió a tensar el cuerpo y vigiló con su mirada las luces rojas hasta que se perdieron en la avenida.  Retomó su caminar pausado y convirtió su recorrido en una confirmación de que nada había cambiado, que todo transcurría igual que en la tarde de su huida: ancianos tomando el sol sentados en los bancos, madres advirtiendo a sus pequeños, carteles hincados sobre las tapias, coches zigzagueando para avanzar unos metros más…

Ensimismado con sus comparaciones, cruzó la calzada sin mirar y una motocicleta estuvo a punto de golpearle.  Aquella sensación de riesgo le recordó la traición, el atraco, el asesinato, los policías, el juicio…  No consiguió reprimir un gesto de rabia y la imagen de Lucio y Sandino le impulsó a agarrar con fuerza la pistola.  Comenzaron a unirse episodios fugaces con sentimientos dolorosos: los dos amigos declarándole culpable, la sentencia, la impotencia para rebatir todas las mentiras, la soledad, las lágrimas de Lorena y la huida lejos, sin rumbo, donde la inercia le llevara.  Siguió apretando la culata, deslizó el dedo hasta el gatillo y lo oprimió con ira.  El seguro salvó el disparo.

Se detuvo ante la calle resta, estrecha y larga que daba nombre al barrio.  La continuidad se rompía con las tapias del solar que en su infancia acogió la caseta donde organizaba la banda y planeaba las incursiones para los robos.  Paseó por las callejuelas llevando la mirada a los balcones, a los portales, contando las farolas nuevas y desgranando los adoquines desencajados.  Frente al portal rojo, ahora recién pintado y con los cristales limpios, leyó: “Café La Fama”… el bar de la partida, del café y la copa.  Alguien abrió la puerta y comprobó que el olor a fritura no había desaparecido.  Miró hacia las mesas del fondo.  Un hombre le devolvió la mirada y tocó el brazo de su compañero.  Éste torció el tronco y frunció los párpados queriendo corroborar su visión.  Ricardo exageró el gesto de palparse el bolsillo y se quedó quiero, con el rostro frío y los brazos arqueados.  Los hombres se levantaron, hablaron en la barra y el camarero los acompañó a la trastienda.  Ricardo decidió no acudir a la puerta trasera del bar.

Alcanzó la tapia del solar y rodeó la manzana.  El portal quince de la calle de San Blas estaba cruzado por dos maderos.  Levantó la vista al segundo piso y, en la fachada, junto al balcón de la esquina, permanecía el corazón que dibujó hacía casi veinte años.  Sólo él podría adivinar que, bajo el polvo blanco del derribo, se leía Lorena y Ricardo.  En la ventana de su habitación, clavado en el postigo que soportó su frente cuando lloró la muerte del padre, un cartel decía: “Peligro.  Casa en ruinas”.

Deambuló un tiempo eterno por las calles estrechas, pateando las tapas de las alcantarillas, arrastrando los dedos por los ladrillos carcomidos,  o por las persianas metálicas manchadas de grasa… Salió a la calle del mercado. Olía a verdura y frutas, los cubos de goma se alargaban por las aceras y un basurero recogía con una escoba de palo recio los desperdicios desparramados por los gatos.  Recorrió los porches de la izquierda golpeando las columnas con la mano abierta.  El  aire fresco del río le devolvía algo de vitalidad.  Al dejar atrás el pasillo cubierto, ya podía ver el trasiego de las aguas marrones bajo las arcadas del puente centenario.  Volvió a permitirse el recuerdo y evocó las escapadas a la alameda de la ribera para comerse la fruta robada, los baños en el mes de abril, totalmente desnudo, y los catarros que su madre le sanaba con vasos de leche, miel y zumo de limón.  Lorena le obligaba a quedarse en cama.  No le importaba pasar la tarde junto a él, sentada en la alfombra, haciendo viajes hasta la cocina para cambiar el agua de la palangana y mojar un pañuelo blanco para refrescarle la frente.

Llegó hasta la barandilla que daba al río.  Se apoyó con los codos y observó el trasiego de las aguas.  Dos remeros entrenaban de puente a puente y sintió la tentación de arrojarles una bola de papel mojado para levantaran la vista hacia él y poder saludarles.  Aquello fue idea de Javier.  Nunca consiguieron su propósito.  Le habría gustado ser remero, pero la cuota del Club Helios, o la del Náutico costaban mucho dinero. 

Los álamos de la orilla bandeaban sus ramas y las hojas caían suavemente sobre el agua marrón.  Ricardo siguió la más amarilla hasta que un remolina la tragó.  Jorge ya tendría diez años.  Buscó en el bolsillo interior, sacó una cartera raída y deslizó entre sus dedos una fotografía carcomida.  Lorena sostenía al niño en sus brazos; los dos sonreían.  Se volvió de espaldas al río y durante unos segundos fijó la mirada en aquella imagen.  Cuando no pudo sujetar la lágrima, acarició el papel brillante y lo devolvió a la cartera.  Siguió su camino contra el viento para que sus ráfagas secaran la angustia y el río no pudiera verle llorar.

Quizá todavía le esperaran, quizá todavía en la mesilla quedara su recuerdo en el portarretratos de bronce.  Sintió un escalofrío de temor.  Hacía tiempo que había olvidado esa sensación.  Mantuvo el paso firme y marchó hacia María Agustín, 22.

Frente a su destino, dos chiquillos arrastraban una valla metálica.  Corría hacia ellos una mujer rubia.  Lorena.  La madre reprendió al mayor, pero el muchacho se rebeló, continúo en su juego y el pequeño cayó sobre la acera.

Ricardo reconoció a Jorge.

Un hombre cruzaba la calle.

—Allí viene papá.

Los dos chiquillos se lanzaron a saludarle.

Ricardo se dio la vuelta, saludó por última vez al río y al mercado y marchó hacia la estación, a por el primer tren, a vivir o morir en la próxima guerra mirando en las noches de campaña una fotografía cada día más ajada.

María

El reloj de bronce marcaba las diez y cuarto.  Unas voces leves de la televisión rompían el  silencio y ayuda­ban a eludir el diálogo inquietante.  Desde una esquina de la habitación, la luz pálida de una lámpara de mesa ate­nuaba los destellos que penetraban por las rendijas de la persiana.  La tímida bombilla alumbraba tres rostros inquietos; uno jovial, alegre, lleno de vitalidad, que fingía despreocupación; los otros dos severos, arrugados, car­gados de largos sufrimientos... temerosos.  Ella se sentó en la esquina del sillón y miraba a la pantalla para esqui­var unos ojos extrañamente intranquilos.  El sofá acogía, recostado él, erguida ella, a sus padres.  El hombre unía las manos bajo el pecho y sus dedos pulgares temblaban.   La mujer no podía evitar en su rostro la expresión de cul­pabilidad.

La llegada de María había sido como siempre, preci­pitada, alargando los últimos minutos de su libertad.  Se desenvolvía con ingenuidad simulada, quería tapar su retraso, pero esperaba la reprimenda.  Para enjugarla, charlaba animadamente de sus andanzas en el trabajo.  Las figuras de la televisión no despertaban la expectación de otras noches.  Apenas servían de compañía.  Ellos las necesitaban.  Ella las utilizaba como excusa.  Si hubiera mirado hacia los rostros arrugados, habría encontrado tensión.  Acumulaban solemnidad porque su próximo acto resultaría trascendente.  De él podían nacer repro­ches, desprecio, desesperación...  Debían revelarle la clave de una existencia... y era más fácil que ella lo descubriera.  Sí, habían decidido enseñarle los papeles para esperar en silencio la reacción al conocimiento de los hechos y de los nombres.  Se habían propuesto no rebatir ninguna de las palabras que ella pronunciara.  Hoy se sentían culpables y ni siquiera el acuerdo mutuo de callar durante años los consolaba.

La madre, con voz profunda, rompió su silencio:

–Hija, escucha...  Esto te pertenece.  Léelo.

Habría deseado decir algo más, explicar el contenido de los documentos o el motivo de su ocultación, pero el temor le impidió alargar sus palabras y su mano se resis­tió a soltar la carpeta.  En ella se escondía el mayor secreto guardado por unos corazones penitentes.

María se extrañó.  Sus padres nunca le habían ense­ñado ningún documento, ni siquiera una carta o un recibo.  En cierta ocasión, le dieron a firmar un pliego con ribetes barrocos.  Hacía ya tres años.  Ella preguntó: “¿Qué es esto?”.  “Una formalidad”.  Así le hicieron propietaria de un extenso terreno en el pueblo de su pro­cedencia.  Lo supo muy tarde, cuando ya no merecía la pena decir gracias.  Así, durante todo el tiempo, las deci­siones del hogar habían sido unilaterales, ella no formaba parte, las aceptaba.  María tomó unos papeles cuidado­samente doblados y leyó...

Ellos se miraban con hielo en el rostro.  Su pulso se aceleró.  Temían lo esperado, no querían adivinar la res­puesta.

Mientras desplegaba los papeles, ella mostraba ávida la mirada, sereno su rostro y alterado el corazón.  Aque­llas letras encerraban su historia.  Todo su olvidado deseo de conocerlas se encendía con ansiedad.  Deseó estar sola, pero ellos no lo merecían.

María conoció su nombre.  El secreto, guardado celo­samente entre unas tapas de cartón, había desaparecido.  Con él quedaban atrás palabras esquivas, engaños piado­sos, amenazas...  Pero la verdad desempolvada no hacía olvidar los días de hielo que sus padres le dieron como respuesta a un deseo justo.  Días de hielo que fabricaron separación y barreras para romper el calor filial.  Nadie ha derramado una lágrima, nadie ha desatado la reacción esperada, nadie ha querido lanzar la sinceridad necesaria.  Solamente silencio...  María  dobló los papeles, los recogió en el sobre marrón y preguntó:

–¿Qué has preparado para cenar, mamá?

Acababa de leer los documentos de su adopción, había conseguido alcanzar la meta de sus desvelos arras­trados desde el momento en que conoció su procedencia.  Su fervor llegó a hundirla en lágrimas a pesar del ímpetu natural para superar dolores del alma.  Aquel instante le llegó con el deseo encallecido, cuando ya había olvidado los días de soledad y las noches de fantasías creando ros­tros morenos.  Mostró la misma expresión que le habría causado leer un impreso publicitario.  Al recorrer aque­llas líneas, mantuvo pétreo su rostro y, al terminar, le dio un aire despreocupado.  En el hogar siempre actuó así.  Era la experiencia de años interpretando el papel de niña ajena a la realidad para no crear a sus padres compro­misos de explicaciones vagas.  Esta vez perseguía dos in­tenciones muy distintas: evitarles un daño inmerecido al expresarles sus sentimientos; inmerecido porque en su labor de padres derrocharon todas sus fuerzas para darle un hogar; pero también quería mostrarles el mismo her­metismo que habían mantenido durante todos estos años.

Cuando sujetó con sus manos los papeles, ocultó bajo su rostro sereno todos los azotes que recibía en cada una de las líneas.  Conoció su nombre de pila, los apellidos de sus progenitores, su lugar de nacimiento y el hospicio donde vivió los tres primeros años de su infancia.  Leyó ávida y solamente se detuvo al terminar de leer la línea impresa que decía: “Nombre de la madre:”  No pudo seguir leyendo la letra redondilla.  Cerró los ojos y sus­piró...  Acudieron a su mente los recuerdos de adoles­cente huérfana, imágenes de una señora que le sonreía, una mujer morena de mirada cálida, con su rostro que cambiaba de la dulzura a la crueldad, según la juzgara con deseo filial o rencor de hija abandonada.  Siempre supuso que aquellas manos la acunaron en sus sollozos, pero también las imaginaba tomando un bebé para abando­narlo en un portal oscuro o en los brazos de una monja de cofia blanca con la promesa de volver a recogerla a las pocas semanas.  Debía seguir leyendo.  Aquellas letras quizá le liberaran de sus vacilaciones y lograran cambiar su recuerdo voluble con un sentimiento fiel.  Al abrir sus párpados, fijó con fuerza la mirada en aquella inscripción y leyó, pretendiendo quemar el papel con su pupila.  Su madre fue Sofía de Sandubal y Díez...  Sintió vacío.  Reflexionó.  Volvió atrás para releer.  Repasó el nombre cien veces.  Quería ver algo más, sentirse sólida, pero la vacilación de sus sentimientos persistía, nada cambiaba, nada le confortó.  Miró los otros datos.  Allí residía el eslabón que unía la cadena de su historia, todo lo que deseó y rechazó con el mismo anhelo, lo que ansió cono­cer y temió...  Sus tutores la escrutaban, habían unido sus manos y mientras la madre rezaba en silencio, el padre soportaba la culpabilidad del silencio que le impusieron.  Tenían miedo.  María siguió conociendo, pero ni Ramón, el nombre de su progenitor, ni su filiación completa, María de la Luz Costa de Sandubal, pudieron asirla a las raíces que ella buscaba para saberse en esta tierra por alma y gracia de dos seres palpables.  Fundió en su me­moria aquellos nombres y los relacionó con los rostros que había imaginado.  No fue solución.  Dobló los papeles y los devolvió.  Todo debía seguir como antes.

Esa noche, la cena gozó de un diálogo inusual.  Repa­saron vacaciones anteriores, juegos infantiles en el par­que, regalos de reyes, visitas familiares, parientes allega­dos... Ellos se relajaron, no había ocurrido nada de lo temido.  Ella parecía feliz... Los dos adultos nunca supieron que cuando descansaban de la tensión con un sueño reparador, la muchacha vacilaba con sus recuerdos ahogando el llanto para sentirse fuerte.  Acababa de leer los datos que hace años habrían colmado su ansia por saber.  Sin embargo, ahora le creaban más dudas y desengaños.  El alivio no había llegado. 

 

 

El recuerdo

Aquel día no tenía nada de especial, debía ser uno de tantos.  Hacía varias semanas que María inició la cuenta atrás.  “¡Ya queda un día menos!”.  Nueve eran los que restaban para su cumpleaños número catorce, y esperaba con ilusión más regalos que en el anterior.  Había supe­rado las notas de los cursos pasados.  Su padre nunca le prometió recompensas, pero el mes anterior había descu­bierto entre las revistas un catálogo de viajes.  El verano se presagiaba prometedor.

Correteaba por la acera agitando los libros en la cartera.  Saludaba con más efusión, para más gente.  El sol, ya cálido, en el ecuador de la primavera, le transmitía vitalidad que deseaba compartir.  Dirigía sus sonrisas a todo el mundo sin esperar respuesta.

Los rayos de la tarde golpeaban en los pupitres dejando arañazos amarillos.  A través de ellos, se vislum­braban gránulos de polvo suspendidos.  La primera hora estaba destinada a trabajo en grupo.  Las chicas se reunieron de a cinco en torno a cartulinas y lápices de colores.  María se adjudicó la tarea de redactar el texto que explicaría las ilustraciones del mural a confeccionar.  Un bullicio tortuoso inundaba el aula.  La profesora estaba inmersa en un lío de papeles, ausente bajo sus gafas alargadas que resbalaban continuamente hacia la punta de su nariz generosamente larga y perfectamente estrecha.

El color del lápiz negro presagió la batalla.

–Marina, pásame mi lápiz –pidió María.

–¿Éste? –y señaló uno algo apartado.

–Sí, claro.

–Si acaso te lo presto.

–Es el mío, ¿no?

–Claro que no.

–Acabo de dejarlo en la mesa, Marina.

–¡Éste es mi lápiz!  ¿O no ves que está marcado?

–Sí, con una eme.

–De Marina.

–Sabes que yo también lo marco con mi inicial.  Y esa es mi letra, ¿no es así? –preguntó María a sus compa­ñeras, esperando conformidad.

Ninguna contestó porque palparon la tensión.  Tres muchachas se convirtieron en mudas espectadoras, ame­drentadas por la disputa.  Adivinaban un motivo arras­trado, que ahora destapaba la propiedad de un lápiz negro.  La discusión creció, tenían los rostros desenca­jados, golpeaban las mesas, agitaban los brazos y afilaban sus miradas.  El bullicio tortuoso amortiguaba el volumen de las voces.  Nacieron insultos, resurgieron diferencias pasadas, crearon mentiras malintencionadas.  Una y otra turnaban sus palabras, haciéndolas salir como agujas de unos labios arqueados.  El lápiz negro estaba olvidado sobre la mesa, mientras la batalla verbal se encarnizaba.  Y comenzó a ser cruel. 

Cuando el furor hacía temer el peor desenlace, vino el silencio.  María liberó su cara de la melena negra y, con sus ojos encendidos en un brillo hiriente, calló.  Había escuchado:

–¡Tú eres una hija de ramera, una inclusera, una expósita!  ¡A ti te recogieron de la calle... porque tu madre era una furcia barata, una puta!  ¡Apártate de nosotras!  ¿Qué quieres, ensuciarnos con tu mierda?  ¡Lárgate con las de tu especie!  La calle es tu casa y tu trabajo.  Vete a la esquina y encontrarás tu verdadera vida.  Allí estarás a gusto.  ¡A lo mejor encuentras a tu verdadera madre!

Pareció que el bullicio cesaba para que todos los oídos escucharan aquellas palabras.  María cerró los puños.  Debía destrozarle la cara a golpes, arañazos y dentelladas, pero mantuvo su furia en una tensión conte­nida.  Esas frases, solamente las primeras, las únicas que oyó porque ya a las demás había cerrado su entendi­miento, le hicieron renacer todas las preguntas oscuras sobre su pasado.  ¿Por qué mi álbum de fotos comienza cuando yo tenía cuatro años?  ¿Dónde están los recuerdos de mi bautizo?  ¿Qué ha sido de mi ropa de bebé?  ¿Por qué mis padres son tan mayores?  ¿Por qué no tengo hermanos?  Los interrogantes rebotaban en su cerebro.  ¿Eran aquellos insultos la respuesta?

El ágil repaso a su recuerdo no le hizo olvidar su batalla pendiente.  Dejó de lado sus vacilaciones, esquivó el dolor de su rostro y para dejar su lucha zanjada, for­mando una espada con sus labios, esgrimió:

–¡El mundo está lleno de rameras!  Y tu familia no se salvará de ellas, y no porque sean furcias de esquina, sino porque están llenas de porquería en sus entrañas, tanta como la que mandas por tu boca y que te ensucia desde la frente hasta las puntas de los pies.

Sus ojos mostraban odio pausado.  Había pronun­ciado sus palabras lentamente, machacando cada afirma­ción, impregnando de fuego cada frase, sabiendo que su mirada apoyaba a sus labios para herir con saña.  Conte­niendo las lágrimas, solicitó permiso para salir de clase... y el pasillo se convirtió en mudo espectador de su llanto silencioso.  Paseó por él segundos eternos, el reloj se había parado en su interior con el dolor en el alma por haber escuchado esa verdad sospechada.  No intentó apa­gar su amargura, apoyó su frente sobre el cristal de una ventana y cerró los ojos para exprimir las lágrimas que desahogaron su impotencia.

Cuando su lloro cesó, con la cabeza alta y tomando valor de las baldosas amarillas, encontró una vía para la respuesta.

Llegó ante la puerta grande de hoja doble y recién pintada, sobre la cual el cartelito informaba: Dirección.  Llamó con dos golpes decididos y una voz seca dijo: “Pase”.

Al abrir el pomo, clavó sus uñas en el metal hasta sentir que se le quebraban.  Atravesó el umbral con ener­gía fingida y se dirigió hacia la mesa de patas talladas.  La directora levantó la vista y esbozó una sonrisa sincera:

–María, mujer, ¿cómo no estás en clase?

–He pedido permiso para...

–Cuéntame, cuéntame –solicitó la directora con tono maternal.

Ella debía saber todo, era amiga y confidente de su madre, se visitaban con asiduidad y compartían su edu­cación.  María estaba segura de que aquella mujer cari­ñosa le resolvería sus dudas.

Titubeó.  Temía expresarse mal.  Aun en su confianza, la mujer le imponía respeto, allí sentada, en el despacho amplio, tras un gran ventanal que hacía destellar su figura.

–¿Quiénes son mis padres?

El rostro enjuto perdió su compostura.

–¡Qué idiotez, María!  ¿Quiénes van a ser?

–Sé que no vivo con mi verdadera familia.

–¡Por Dios!  ¿Cómo puedes pensar eso?  Sabes que tus padres son... tus padres... los que conoces.

–Soy adoptada, ¿no es eso?

–No, mujer.

–Lo sé, no puede negarlo.  Usted también debe saberlo y quiero que me diga todo sobre mí.

Las explicaciones siguieron titubeantes.  En las pala­bras de la directora se encerraba sorpresa y temor.  No era posible que se hubiera enterado.  Nadie lo sabía.  El secreto estaba celosamente guardado.

María salió del despacho y mientras caminaba por el pasillo, la ruleta del teléfono repiqueteó.

–Soy Prudencia.  He hablado con María y he descu­bierto que sabe de dónde viene o, por lo menos, lo adi­vina.  No conoce detalles, pero en lo esencial no está equivocada.  No ha querido decirme cómo se ha enterado y ha insistido en pedirme datos que, naturalmente, no le he facilitado, además de negarle todo lo que me insi­nuaba.  Ahora debemos ser discretos y procurar que no le afecte.  Distraedle en sus conjeturas y mantened inflexi­ble vuestra postura.  Es lo que más le conviene.  Ya lle­gará el momento de informarle.

Lanzó un suspiro.  La carga había cambiado de sostén.

Las nubes se erizaban en lo alto y habían vencido al sol.  El día ya era gris y el viento silbaba notas de tor­menta.  Todo se nublaba.  María salió del colegio y deam­buló por las aceras sin prestar atención a los saludos.  Supo mentira en las palabras de la directora, creyó ciertos los insultos de Marina.  No, no podía ser verdad.  Al mirar a su pasado con la certidumbre de saberse en un hogar extraño, se sintió intrusa.  Le era imposible imaginarse unos rostros ajenos a ella para identificarlos como sus padres.  No podía creerse abandonada y despojada de sus raíces.  No podía ver a sus tutores como seres que no tenían nada que ver con su llegada al mundo...  Caminaba absorta, sin nubes, sin cielo, sin viento, sin sol...

La inercia le llevó a tomar el camino cotidiano.  Quizá había vagado horas por las calles igual que si hubiera caminado sobre polvo y piedras o brasas y agujas.  Lle­gaba al hogar de siempre y, frente al portal, todo le pare­ció sin relación con ella.  Pensó que vivía allí por compa­sión de un matrimonio y sentía herido su orgullo.

Sus padres le esperaban con su amor paternal muti­lado.  Sin permitirle siquiera saludar, su madre le exigió:

–¿Quién ha sido?  Di, ¿quién te ha dicho esa barbari­dad, esa mentira tan sucia?  ¡Dínoslo, porque se acordará de morderse la lengua toda la vida!

Guardó silencio unos segundos, electrizó la mirada y, con tranquilidad en los labios, desprecio en su corazón e ironía en sus palabras, contestó:

–Mamá, tú me enseñaste lo que es mentira y lo que es verdad, ¿recuerdas?  Sé distinguirlas… no quieras que el pasado sea como tú quieres que sea. Me imaginé la reali­dad hace tiempo, comencé con unas dudas vagas, que siempre apartaba, y por el respeto que me unía y me separaba de vosotros, nunca me atreví a preguntaros.

–¡Indigna!  Eres indigna de esta casa.  ¡Dinos, di quién te lo ha dicho, quién ha sido, quién se ha atrevido!  ¡Dímelo, que le arreglaré bien las cuentas por mentiroso!

–¿Qué importa?  ¿Acaso te solucionaría algo?  Provo­carte alguna histeria y algún enemigo.  No merece la pena que sepas quién ha sido más valiente y sincero que voso­tros.  Ni esa persona ni tú lo merecéis.

–¡¡¿Quién, quién ha sido?!! –continuaba exigiendo la madre, mientras golpeaba el rostro de María con fiebre de venganza.

El padre se había quedado apartado, observando la escena con lágrimas en las mejillas, sintiendo la falsedad con la que estuvo siempre en desacuerdo.  Recordó a la pequeña niña que escogieron casi al azar en un hospicio carcomido por la humedad y el descuido.  Recordó cómo María se escondió tras una columna cuando los vio apa­recer.  Recordó cuánto calló durante las primeras sema­nas y cómo sus bromas y regalos le hicieron recuperar esa alegría innata que ya nunca perdió, y de la que él, sobre todo, supo disfrutar con el mayor amor del mundo.  Aquella niña había crecido, pero no querían entender que pensaba por sí misma y que debía decidir su futuro con el conocimiento de la verdad.  Pero tenían miedo a perderla.  Habrían dado la vida por explicarle la historia completa porque era su derecho y porque no podía soportar aquella batalla que presenciaba entre sus dos seres más queridos.  Se lo habría contado con suavidad, con la comprensión necesa­ria, intentando endulzar con el cariño y la bondad el trago amargo y doloroso... pero nunca envuelto por la crueldad de aquel instante...  Era un hombre de palabra y hacía años acordaron un hermetismo total sobre el asunto.  Su deseo de silencio era firme, aunque lo sabía injusto.  Estaba atrapado.  Salió a la calle con la mirada perdida mientras reflexionaba sobre cuál debería ser su peniten­cia por el pecado cometido.

A partir de aquel instante, María se fabricó rostros para elegir el de la mujer que le dio la vida.  Con esos bocetos, intentó conocerla, sentirla madre y descubrir los motivos de su huida.  Ese rostro moreno, altivo, radiante, le perseguía en las horas de soledad.  Creó unas manos cálidas que le acunaban en el llanto y escuchó el sonido de una voz relajante cantándole una nana.  Pero  tras esa ternura surgía odio y ansia de venganza al saberse aban­donada.  No podía llamarla madre.  El paso de un senti­miento a otro se hizo imprevisible e irrazonable.  Quería vencer al rencor, pero su intento resultaba vano.  A cada instante, llegaba a su mente una imagen desgarradora: la madre abandonando a su hija.  Se sen­tía basura de amor... y, sin embargo, “esa señora” le apa­recía como luz de consuelo en cada momento desdichado.

Jamás pudo comprender por qué el recuerdo de su padre le venía estable y sin rencores.  Llegaba hasta ella con potestad.  “Un hombre bueno”, pensaba.  No cabía la culpabilidad en él, era incapaz de acusarle.  “Quizá ni sepa de mi existencia, quizá ni sepa que de un instante de amor nació una mujer que a veces llora en silencio”.  Imagina en ese hombre las cualidades paternales y se siente digna de él.  Lo supone desamparado, solo y dis­puesto a abrirle los brazos cuando ella se acerque.  María le daría su amor filial sin condiciones.

Marchaba hacia el colegio en una mañana fría.  Enfrente, a lo lejos, caminando hacia ella, vio una mujer morena.  A cada paso, cada vez más cerca, percibía unos ojos vivos, una mirada dulce, unos ademanes enérgicos.  Su corazón se agitó.  Sintió la tentación de correr hacia su regazo, apoyarse en su pecho y susurrar: “Mamá, mamá, por fin estás aquí...”.

Giró bruscamente y se alejó con rapidez. 

Aquel día en clase viajó lejos de las aulas.  Su alma se llenó de lágrimas mientras removía sus conjeturas y recordaba la infancia junto a sus tutores.  Con ellos repasó: dureza, imposición, castigos... sonrisas, cariño, generosidad...   Una educación severa y cálida...  Y así sentía su ternura encerrada entre paredes de plomo.  Añoró el abrigo de un hogar alegre y entendió que esa ausencia labraba su marca.  Evocó la imagen de la mujer morena y quiso alojar en ella sus caricias, sus inquietu­des, sus confesiones... pero de inmediato volvió el rencor.

Aquella noche se revolvió en la cama, golpeó la almohada con sus puños, arañó la colcha... y rendida por el esfuerzo, se durmió.

“... Una mujer morena caminaba entre nieblas.  Vestía velos transparentes que bailaban lentamente al son de sus pasos.  Abría los brazos pidiendo la cercanía de un ser.  Cantaba.

“... Manaba el sollozo angustiado de un recién nacido.  La mujer quería alcanzar los sonidos del bebé, pero la nube flotaba sin rumbo, el bebé se hacía niña y crecía, crecía hasta que sus cabellos negros cubrieron sus hom­bros mientras le temblaban las manos pidiendo abrazos.  La nube se deshacía y en el rostro adolescente unos ojos negros derramaban lágrimas de adoración.

“...  Las dos mujeres unieron su son en una misma balada, pero sus voces se diluían entre el viento y los truenos.  Sus dedos entrelazados sentían calor de la misma sangre y el cielo se abría.  Cuando la nube desapa­reció, la niña ya había crecido tanto que comenzó a caer.

“... Atravesaba un túnel a gran velocidad, quizá el túnel del amor perdido.  Vio rayos de luz entre las tinieblas, escuchaba melodías dulces y aullidos de lobos, sentía caricias y desdenes.

“... Se detuvo en el destino negro, pero la luz se dio.  Se encontraba en una selva virgen: enrejados de lianas como brazos gigantes, sonidos de gargantas profundas, chapoteos gelatinosos, horror.  Huyó asustada y monstruos deformes pugnaban por alcanzarla.  Al volver atrás la mirada, sus perseguidores se habían convertido en animales salvajes que mostraban sus garras para rasgar su piel.  Cuando se alejó de la selva, estaba huyendo de perros hambrientos que perdían su tamaño en la distancia.  Allá delante, terminaba la llanura con edificios llenos de colores.

“... Un avión atravesaba el cielo.  Lanzó una señal y las tropas invadieron el silencio.  Gritó aterrorizada y corrió para llegar a la ciudad...  Estaba desierta... Un rumor de masas se acercaba por sus lados, oía chasquidos de metal.  Miles de brazos la agarraron, no tenía fuerzas para luchar y querían aplastarla.

“... Por encima de la multitud caminaban dos seres impertérritos.  Separaron todos los brazos y con poder infinito la tomaron sin daño.  Se acurrucó en sus regazos.  Eran sus padres de siempre, los de adopción.

 

La revelación

Para cumplir unos trámites, María necesitaba una partida de bautismo.  Al solicitarla, habría conocido su verdadera filiación.  De ahí nació el motivo para sacar los papeles amarillentos.  Los padres dieron por supuesto que la muchacha conocía su procedencia, a pesar del silencio a lo largo de los años.  Aquella compañera de colegio había liberado de una carga al matrimonio y aún agradecieron el dramatismo siguiente porque les evitó liberar la verdad.  Pero ahora se convertía en inevitable.  Debían revelar el secreto y lo hicieron con vergüenza.  En los días siguientes, como conversaciones intrascendentes, como si todo hubiera estado sabido desde el principio de los tiempos, ellos fueron contándole pequeños detalles que no estaban escritos en aquellos documentos.

María nació en la Maternidad Provincial, una institu­ción benéfica situada en el Casco Antiguo de la ciudad.  Allí no hacían preguntas a las próximas madres.  Acogían mujeres en dudosa situación legal, con pocas posibili­dades económicas o que debía ocultar el alumbramiento.  “Aquella señora” cruzó la puerta de la Maternidad un veintidós de mayo.  Horas más tarde, casi de madrugada, daba a luz una niña que a la semana siguiente recibía el bautismo en la capilla de otro hospital cercano.  La inscribieron en el registro con el nombre de María de la Luz, a elección de la madre.  Y ya su historia se corta hasta tres años después, cuando un matrimonio impedido para tener hijos movía sus contactos para conseguir la adopción de una niña.  A casi cien kilómetros de la ciudad existía un hospicio.  Cumplieron los requisitos legales y se dirigieron a la madre superiora para elegir la niña ade­cuada.  “Esta rubita es una pocholada, señora, hacendosa, simpática, buen comportamiento...”.  Tras una columna, se escondía un pequeña pizpireta que escuchaba la con­versación.  La mujer se dio cuenta y la niña se escabulló.  “Niña, no molestes”, gritó la monja.  “Quiero ver a esa niña”, exigió la mujer.  “Es muy traviesa, feíta...”.  “Quiero verla”.  “María, estos señores quieren conocerte, acér­cate”.   El matrimonio la miró con dulzura.  La pequeña agachó la cabeza y les envió una mirada temerosa.  “Prepare los papeles.  Me quedo con ella”.

Al día siguiente de leer los documentos cuarteados, acudió a por la partida de bautismo.  Se hizo el firme pro­pósito de no caer en la agitación o en la nostalgia.  Cami­naba distendida y se detuvo ante la puerta sombría de la Maternidad.  Imaginó una enfermera correteando por el pasillo para avisar al médico de que todo estaba a punto para el parto.  Evocaba a “esa señora” con ella en los bra­zos, todavía unidas las dos.  Pensó en su padre, quizá también estuvo allí, y se preguntó si trabajaría en la Maternidad alguna persona que les atendió.  Quiso entrar... pero caminó hacia la parroquia del Hospital.

La placa de la entrada decía: Hospital Real y Provin­cial de Nuestra Señora de Gracia.  Atravesó una puerta giratoria y se dirigió hacia la recepción.  Preguntó por el encargado del Registro Parroquial y le indicaron dónde se encontraba la capilla.  Caminó por un pasillo espacioso y llegó hasta una pequeña puerta.  La abrió con energía y accedió al lateral de una fría sala iluminada por un único haz de luz que bajaba desde la claraboya hasta la pila bautismal.  La pared de la izquierda, tras el altar, estaba presidida por un crucifijo con un Cristo torturado que perdía el rostro hacia el suelo.  En la lúgubre sala se encendieron de nuevo las luces de su imaginación:

“... Una joven señora con pulcra cofia y uniforme azul acunaba una niña en sus brazos.  La niña lloraba.  Sobre el chal, asomaba un incipiente cabello negro.  La capilla estaba vacía.  El sacerdote esperaba junto a la pila.   La joven señora caminaba lentamente.  Los pasos sonaban terroríficos.  No había nadie, nadie que sonriera porque el reino de Dios acogía un nuevo súbdito.  El sacerdote tomó el agua bendita y, mientras la derramaba sobre el cabello negro, callaron los sollozos: ‘Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  Amén‘.

Después de detener unos segundos su mano sobre un picaporte desconchado…

–Buenos días, señorita, ¿qué desea?

Ante ella se presentó un hombre maduro, de aspecto apacible.  Ningún atributo le caracterizaba como sacerdote, pero se podía intuir por sus ademanes y su voz calmada.  María se dirigió hasta él y le preguntó:

–¿Es usted el encargado del Registro Parroquial?

–Sí, hija, soy el párroco.  ¿En qué puedo servirte?

María dejó pasar un silencio.

–Necesito una partida de bautismo.

–¿Traes los documentos?

–Aquí los tengo.

El sacerdote leyó de soslayo y adivinó por qué María se comportaba con acritud.

–Bien, pasa a mi despacho –la condujo hasta él–.  Debo ir al archivo. Vuelvo ahora mismo.

La habitación era sobria; el silencio, exasperante.  María, sola en la espera, se esforzó en observar los libros sagrados, los teológicos, las comunicaciones parroquiales, los picados de la mesa... para mantenerse alejada de sus fantasías.  En cada objeto quería ver sinceridad.  La necesitaba, estaba segura de haber encontrado el auténtico camino a sus respuestas.

Chirrió la puerta y apareció el párroco con un sobre blanco.  Apenas miró a la muchacha.

–Esto es lo que consta en nuestros archivos.

El sobre contenía unos papeles desgastados.  María los tomó ocultando su ansiedad.  Podían revelarle su secreto... y habían estado allí escondidos casi veinte años, sin valor para nadie.  Leyó, sereno el rostro, ávido el cora­zón.  Conforme las letras machacaban su cerebro, convertía el semblante en un río de lava.  Al terminar, exclamó:

–¡¿Cómo es posible?!  Aquí no dice nada.  No hay cuatro palabras.  En los documentos que he traído existen más datos que en estos papeles.  Esto es...

El sacerdote contestó sin perturbarse.

–No tienes por qué preocuparte.  Tengo poder para extenderte una partida de bautismo con los nombres de tus padres y abuelos adoptivos y con los padrinos que tú dispongas.

–Sería una mentira.

–Es cierto.  Pero es legal.

–¡Al diablo con la legalidad!  Quiero saber quién soy.

–Venías a por una partida de bautismo.

–Un partida de bautismo verdadera.

–De forma que te diera datos sobre tu procedencia –adivinó el párroco.

–Exactamente.  ¿Es eso un delito?

–No, María, pero aquí no existen más datos.

–Y, ¿en otro lugar?

–Quizá en el Registro General de la Maternidad, pero sin alegar motivo justificado no podrás acceder a la información.  Si deseas ampliar algún detalle, tendrás que dirigirte al Registro Civil y dudo que encuentres algo más de lo que ya sabes.

María contenía la cólera.  Le enfurecía pensar en el fracaso de esta oportunidad.  No podía acabar así, con unas respuestas tan simples y vacías.

–Padre, es imposible que no haya más datos.  Me bautizaron en esta capilla, la mujer que me dio a luz ins­cribió su nombre en estos registros...  ¿Es que nadie pensó en mí?  ¿Nadie pensó que un día aquella niña se haría mujer y querría conocer los detalles de su histo­ria...?  ¡Claro, el más débil es más fácil de apartar!  Se protege al pecador y se olvida al inocente.

–Mira, hija, no debes exaltarte.  Resígnate.  Estos son todos los datos que yo poseo y que puedo proporcionarte.  En caso de que existieran más, y lo dudo mucho, en la Maternidad o en algún otro Registro, no tienes poder legal para acceder a ellos.  Esos datos, según la ley, son secretos ante todas las peticiones.

–Y ¿para quién los guardan?  ¿Quién tiene más dere­cho que yo a conocerlo?  El poder legal no tiene nada que ver con el deber moral.  Además, como usted podrá com­probar en mis documentos, o quizá ya sepa, hay una cláu­sula que me permite indagar acerca de la identidad de mis padres biológicos.

El párroco no perdía su aspecto tranquilo.  Estaba acostumbrado a escuchar los motivos de María.  En su Registro, archivaba muchos casos como el de ella y todos los inscritos estaban obligados a volver algún día por su parroquia.

–Escucha, María.  Esa cláusula permite investigar, pero no me obliga a mí ni a nadie a quebrantar la ley.  Todo derecho está recogido en las leyes y, en este caso, existe una norma que niega tu pretensión.

–¡Vaya!, justa ley que niega a una hija el conoci­miento de la mujer que la engendró.  ¿O no tengo derecho a conocer datos de “esa señora”?

Al escuchar estas palabras con tono de desprecio, el sacerdote perdió su cariz apacible y le recriminó:

–No puedo permitirte que nombres así a tu madre.  ¿De dónde tomas el apelativo de “esa señora”?  Esa mujer que te engendró es tu madre por encima de todo y de todos.  Debes darle las gracias por haberte dado la vida que hoy me estás demostrando.  Ella puso su semilla para crearte y la cultivó para que se convirtiera en fruto.  Debes agradecerle que no truncara su gestación, que no te abandonara en el limbo, y debes alabarle por darte la luz de Dios y el calor del mundo, ten por seguro que con el mayor de los cariños.

¡Cuántas veces pensó que esa posibilidad debería haberse cumplido!  ¡Cuántas veces creyó que habría sido todo más fácil si se hubiera quedado en ese limbo de los no nacidos!  Felicidad para todos, incluso para ella que no tendría que enfrentarse a sus continuos problemas.  Tranquilidad para “esa señora”, que la habría llorado unos días quizá y después la paz.  Unos minutos y todo solucionado.  Sin embargo, ahí estaba la paradoja: “Si quería negarme su amor de madre, ¿por qué traerme al mundo?...”.

–Padre, esa señora no es mi madre, es la mujer que me parió.  Mi verdadera madre es la que me recogió de los escombros, la que con su amor de mujer sin hijos me tomó como tal y me dio, sin esperar nada a cambio, su protección y su cariño.  Mi verdadera madre es la mujer que me vistió y me alimentó, la que se negó placeres para mantener vivas mis ilusiones, la que me arropó de los fríos de la vida y a la que, a pesar de sus errores, yo quiero como tal, como madre.

Habló de corazón.  Nunca había descubierto la admi­ración y el cariño que profesaba a su tutora.  Nunca lo había pronunciado, porque en sus vacilaciones cambiaba el amor en falso odio de mujer enardecida.

–No es censurable tu razonamiento, hija, y te com­prendo.  Pero ten en cuenta que, ante Dios y ante los hombres, madre sólo existe una y madre es la mujer que nos da la vida.

–Cierto.  Yo tengo sólo una madre, porque la mujer que me ha dado la vida no tiene nada que ver con aquélla que me engendró.  Dar la vida no es parir.  Dar la vida es dar amor.

Cerró los ojos con fuerza.  Dudó si se había traicionado.

El sacerdote guardó silencio, herido, vencido.  Envió su mirada al suelo:

–No reproches nada a tu madre, porque no conoces qué le impulsó a dejarte en aquel orfanato.  Quizá ella pensó que no podía darte lo que siempre había deseado dar a una hija, quizá creyó que nunca alcanzarías la feli­cidad a su lado y quiso proporcionarte un medio válido para lograrla.  Si una madre actuó así, su dolor de cora­zón fue y será mayor que el que tú llegues a sentir durante toda la vida.

–Quizá “esa señora” pensó que una hija en sus condi­ciones suponía un estorbo, quizá pensó que dar algo por aquella niña era imposible para su egoísmo, quizá creyó que aquel ser resultaría una carga para conseguir sus deseos y ni siquiera tuvo el valor de no dejarme nacer...  Sin conocerla no podemos asegurar que nuestros razo­namientos sean los verdaderos...  No, padre, no reprocho nada a “esa señora”.  Mis gracias a ella son infinitas  porque vivo.  Solamente quiero decirle que nunca será mi madre, porque mi madre es otra mujer.

No hubo más palabras.  El silencio aumentó la sobriedad del despacho.  La despedida fue innecesaria.  Ambos quedaron dolidos al repasar una situación tan cruel.  Ninguno convenció al otro, pero el sacerdote comprendió que María eligió hacía tiempo, que unas palabras para mitigar una culpa no podían esconderla, evitarla o empequeñecerla.

María salió decidida del Hospital.  Caminó hacia el Registro Civil.  Quedaría escrito que sus padres eran Tomás y Josefina, el matrimonio que la recogió del orfa­nato con alegría.

Nada había cambiado.  Volvía a su quehacer coti­diano, al silencio de su hogar, a la alegría de su ambiente exterior.  La vida continuaba, sus dudas continuaban.  No podía amar desinteresadamente a su madre adoptiva y tampoco era capaz de despreciar a “esa señora” como merecía.  Aumentó su poder de evasión, sabía esconderse de sus conjeturas.   Cuando le asaltaban, utilizaba sus gentes y sus lugares para olvidar.  Pero la soledad era inevitable y en la noche siempre durmió con sensación de desamparo.

Aurora conmigo

Su automóvil se había parado a la salida de una curva después de que el motor le amagara varias veces.  Cuando aceleró y no le respondía, dejó que se deslizara por un camino de piedras hasta que el paragolpes dio contra una roca negra.  El cielo oscuro presagiaba temporal y empezaron a caer gotas sueltas.

A su izquierda se extendía un campo pequeño, yermo, con árboles en las lindes y tras ellos discurría el cauce seco de una acequia.  Se olvidó de la avería y salió a pasear por el erial con las manos en los bolsillos. 

Parecía despreocupado, sin culpa. 

Pisó los hierbajos, pateó los charcos y metió sus zapatos en el lodo. 

¡Tantos avisos como tuvo!... tantas veces como hizo propósito de la enmienda, y ahora...  su casa estaría repleta de policías, las balizas destellando frente a su jardín, habrían acordonado la zona y los vecinos se extrañarían de tanto despliegue sin causa aparente. 

Las luces de los coches sorteaban los troncos para ir a clavarse en sus ojos.  Había atravesado todo el campo, tenía la ropa húmeda y el barro cubría ya los bajos de sus pantalones.  Cogió una hoja de la morera próxima, mordió su tallo, inspiró profundamente y expulsó el aire con lentitud.

  ***

Ser el único hijo del juez de la comarca era casi siempre un privilegio.  Quizá en alguna ocasión le mirara con rencor el hijo de algún condenado por su padre, pero siempre solía resolver la situación con su elocuencia.  Estudió en el colegio de curas, los dominicos, y no tenía quejas, puesto que su madre le había inculcado un fuerte sentido de independencia, y así pudo saltarse a la torera las enseñanzas que no le interesaban.  Aprendió en la mesa a asentir ante las observaciones de su padre y a  olvidar los consejos o reprimendas para seguir haciendo lo que le venía en gana.  Calculaba con exactitud las calificaciones a conseguir para no desairar a sus progenitores.  Estudiaba lo justo para el sobresaliente en Física, Historia, Matemáticas y Lengua Española, y se desentendía de la Religión, la Educación Física, el Latín y el Francés.  Sabía encubrir perfectamente sus mínimos esfuerzos.  Sólo un año quiso alcanzar el Premio de Honor, pero se alió con la mala suerte y la hepatitis le truncó su deseo.  Renunciaba todos los años a ser delegado de curso, aunque se erigía en más de una ocasión líder de cualquier reivindicación que nada tenía que ver con él.  En clase, siempre pasaba desapercibido, sentado en la última fila, silencioso, abstraído, hasta que el profesor le hacía alguna pregunta para despertarle de su letargo, y él contestaba: “Creo que no le he entendido muy bien. ¿Sería usted tan amable de repetir, por favor?”.  Nunca dejó de contestar, aunque sus palabras poco tuvieran que ver con la demanda.

A pesar de su don de gentes, sólo compartía el tiempo libre con dos amigos, y no precisamente sus competidores en calificaciones.  Eran muchachos mediocres, a los que dejaba copiar en los exámenes, permitía mandar en los recreos y  a los que dominaba con una simple sugerencia.  Formaban un triunvirato alejado de los demás que intervenía en los asuntos más dispares y estrambóticos.  No admitían réplicas a sus actuaciones, y una sola vez utilizaron la fuerza para imponer su criterio.  Ahí demostró Armando que, a pesar de su aparente pasividad, escondía un luchador enconado, cruel y febril.  Con una ligera provocación, inició un ataque sanguinario contra el primer adversario que encontró, sin importarle a quién dirigía sus puños ni cuál era la intensidad de su agresión.  El rival quedó con la cara ensangrentada, el labio roto, la ceja partida, tumbado en el suelo suplicando clemencia.  Cuando Armando volvió en sí, se estremeció, pero en unos segundos recuperó su postura erguida y pareció decir: “Tuya es la culpa”.  Aceptó con resignación, pero sin arrepentimiento, los castigos del director y de su padre.  A partir de entonces, se unió mucho más a sus dos amigos.  Al terminar octavo, ellos no siguieron el bachillerato.  No le importó y nunca más volvió a verlos.

Su padre pretendió inculcarle el sentido estricto de la justicia marcándole pautas de comportamiento rígido y enseñándole un acatamiento feroz a la ley establecida.  Quería de su hijo un juez ejemplar. 

Pero Armando sabía que nunca podría ser justo, ya desde aquel  mediodía, cuando perdió el respeto por la figura de su padre como defensor de la justicia.  Más tarde comprendió que ese episodio fue el aborto de su vocación infantil. 

Era el verano de sus nueve años y se celebraban las fiestas mayores.  Su prima Isabel pasaba todos los años dos semanas en casa durante el mes de julio.  Tenían la misma edad y se compenetraban a la perfección: él no jugaba a pistoleros y ella olvidaba las muñecas.  Celebraban un juicio en la cocina.  Armando se sentaba en la mesa a modo de estrado del tribunal.  Cómo no, ejercía de juez.  Isabel actuaba de abogado defensor.  El osito de peluche estaba acusado de comerse las natillas, preparadas por mamá para la merienda y escondidas en el frigorífico tras una cacerola.  La prueba número uno, la fuente de cristal con algunos restos de su contenido, se presentaba ante el tribunal.  El juez ordenó colocarla sobre un taburete.  Isabel solicitaba piedad, pero ante la evidencia el juez debía mostrarse inflexible.  Los alegatos de la defensora fueron refutados uno a uno sin remisión.  Caso resuelto: el reo cumpliría condena encerrado en el armario hasta la semana siguiente.  Isabel se rebeló, pidió apelación inmediata, cuestionó la competencia del tribunal, se encaró con el juez y tropezó con la prueba número uno.  Cayó al suelo hecha añicos.  En ese momento, papá entraba en casa, serio, como siempre.

–Isabel, has roto la fuente –saludó.

–Ha sido sin querer, tío.  Estábamos jugando.

–Has roto la fuente.  Nunca debiste colocarla en ese taburete.  Una fuente debe estar en su sitio y no se utiliza para jugar.

–Era la prueba de un juicio... –sollozó Isabel.

–Papá, ha tropezado.  No quería romperla –intercedió Armando.

–Has sido negligente.  Tu acción merece un castigo.  Esta tarde te quedarás sin salir de casa.

–¡No, esta tarde no! –suplicó Isabel.

Aquella tarde se celebraba la gran fiesta infantil.  Los dos formaban equipo en la carrera de tobillos atados.

–Esta tarde no, papá –exigió Armando apretando los dientes.

–Está dicho.  No hay más que hablar.

–Esta tarde no, papá.

–No repliques.

–¡Te he dicho que esta tarde no! –gritó.

El juez se dio la vuelta haciendo caso omiso de los sollozos de su sobrina y de las protestas de su hijo.  Armando se lanzó hacia él, ofuscado, sin pensar un segundo, con los ojos encendidos en cólera y el rostro congestionado.  Agarró los pantalones de su padre, le golpeó la espalda, le mordió las nalgas...  El juez gritó y se giró.  Armando cayó al suelo y desde allí lanzaba patadas a las espinillas sin alcanzar su objetivo.  El padre se agachó, le cogió del jersey para ponerlo en pie y le lanzó un revés.  Armando se calmó.

–No es ésta la reacción que podía esperar de ti, hijo.  Siempre pensé que deseabas ser juez.  Hoy has perdido la paciencia y el respeto, cualidades que en el tribunal deben permanecer inalterables.  Jamás cuentes conmigo si deseas seguir esta vocación.  Serías un mal juez.

Se dirigió hacia el dormitorio y desde la puerta, auguró:

–Y si no te dominas, podrías ser tú el juzgado.

 ***

 La lluvia no cesaba de caer.  Armando miraba a lo lejos buscando un reflejo que le permitiera observar el camino recto de las gotas diminutas.  Se había apoyado en un tronco y los salientes de la corteza se clavaban en su espalda.  El tallo de la hoja de morera estaba resquebrajado por la presión de sus dedos.  Tenía los pies ligeramente hundidos en la tierra húmeda.  No quería moverse, se anclaba en el espacio y en el pasado lejano, huyendo de su crimen por temor a revivirlo y a permanecer impasible.  La fiebre indómita le había perdido, la debilidad de su autocontrol le venció y era imperdonable.  Se conocía lo suficiente para suponer que algo así podía ocurrirle y, sin embargo, nunca decidió buscar el remedio.  A cada imagen, resbalaba y se reclinaba más y más.  Acabó sentado sobre el polvo húmedo cobijado por la morera.  Volvió a abstraerse para buscar un claro de luna a través de las gotas impenitentes.

El chasquido prolongado de unos neumáticos le devolvió a la realidad.  Se levantó y comenzó a sacudirse la trasera de los pantalones arrastrando la palmada para producirse picor.  Alargó suciedad imaginaria por las perneras y siguió castigándose.  Los golpes le lastimaban, pero cada vez surgían más rápidos, más fuertes y buscaban el lugar donde producían más dolor.  Le detuvo un destello en la carretera.  Se irguió como un resorte y miró desafiante hacia la luz.  Pensó que le habían encontrado, que su crimen estaba descubierto, que ya conocían su culpabilidad... pero los haces se perdieron en una curva.  Se mantuvo pasivo, sin inmutarse, no temió la detención.  Quizá deseara el encuentro con la Policía, con su culpa o con su castigo.  Pero entonces, ¿por qué no volvía a la ciudad?, ¿por qué escapó de su casa?  Se asombraba al recordar cómo salió hasta el porche y cómo golpeó con rabia la barandilla hasta que cerró los ojos con fuerza y consiguió la calma.  Y allí, en lugar de analizar su acto de locura, decidió seguir un impulso que le llevó hasta la puerta del garaje para tomar el automóvil y arrancar despacio, muy despacio...

Avanzó unos pasos hacia la carretera, pero el campo era un lodazal y patinaba en cada apoyo.  Acomodó una piedra junto al tronco y volvió a sentarse con los talones unidos, los codos apoyados en las rodillas y los dedos entre sus ojos y las gafas.  Sintió deseos de vomitar.  El sabor agrio le hizo escupir.  Estiró las piernas y apoyó la cabeza en el tronco.  Tomó sus lentes y pasó lentamente el pañuelo blanco por los cristales.  Al elevarlos para comprobar que habían desaparecido las gotas, se quedó observando las hojas de la morera.

 ***

 Un domingo, acudieron al paseo de La Merced para caminar entre los comerciantes trotamundos que montaban sus tenderetes en hilera.  Papá advirtió en casa: “Nada de compras.  Consideradlo una visita de reconocimiento”.  Mamá le miró reprochadora.  Estuvo a punto de cumplirse la orden del juez, pero un muchacho, separado de la multitud, ofreció a su esposa: “Señora, ¿quiere comprar gusanos de seda para su hijo?”.  Y ella recordó con qué ilusión cuidó en su infancia de cientos de gusanos en una enorme caja de cartón.  Abrió su monedero y pagó, sin mirar al impertérrito juez, por unos cuantos huevecillos.  Armando ni siquiera les dedicó una mirada y, al llegar a su dormitorio, los abandonó en el cajón de los calcetines junto al tirador de gomas que utilizaba para romper los cristales de la fábrica abandonada.  Al cabo de unas semanas, se preparó una incursión contra las ventanas y debía demostrar que seguía siendo el número uno en puntería.  Acudió a por su arma y, al revolver los calcetines, cayó la tapa de la caja de zapatos.  Los gusanitos negros ya habían salido y Armando miró extrañado cómo trepaban.  Arrojó el tirador sobre la alfombra y corrió hacia la cocina.

–Mamá, mamá, ¿te acuerdas de los gusanos?

–¿Qué gusanos, hijo?

–Los que me compraste.

–¡Ah!, pero los has guardado.  Pensaba que los habrías tirado.

–Tú me diste huevos.  Ahora hay bichos negros pequeñajos.  Se mueven.

–Ya te lo expliqué, pero no quisiste escucharme.  Estos bichos negros pequeñajos, si les das de comer, seguirán creciendo hasta parecer ciempiés y luego se esconderán en capullos amarillos para salir a los pocos días convertidos en mariposas.

–No me lo creo.  ¿Cómo pueden ser mariposas estos pegotillos?

–No son, serán.

–No me lo creo.

–Armando, ¿tú crees que crecerás y que te harás un hombre de provecho?

–Claro.

–Pues por la misma razón los gusanos serán mariposas.

–¿Qué comen, mamá?

–Hojas de morera, hojas de esos árboles de la cañada.

Abandonó la caja de zapatos sobre la lavadora y corrió hacia las moreras.  Agarró todas las hojas que cabían en sus manos, llenó sus bolsillos, las colocó entre la chaqueta y la camisa y volvió a casa jadeante.

Su madre lo recibió con una carcajada.

–¿Dónde vas sin hojas?

–Tienen que comer mucho.

–Se secarán antes de que puedan devorar tres o cuatro.  Dámelas, las dejaremos en el frigorífico, pero deberás traer cada dos o tres días para que puedan comerlas frescas.

Hasta la hora de la cena, se embebió estudiando a los gusanillos, mirando cómo trepaban por las hojas y cómo iban carcomiéndolas.  Seguía pensando que era imposible que esos pegotillos negros se transformaran en cualquier cosa, y menos en mariposas.

A los pocos días, se había olvidado de ellos.  La caja descansaba junto al tostador de pan.  Mamá se encargó de pasear hasta la cañada para reponer las provisiones y vigiló cómo engordaban hasta embutirse en los hilos pegajosos del capullo.

–¡Armando!  Ya tenemos una mariposa.

Le costó dejar sus deberes.  Descendió lentamente por las escaleras con el rostro enfurruñado y miró a su madre con reproche.  Abrió la tapa... y con ella los ojos hasta desorbitarlos al comprobar que sus pegotillos habían crecido, habían cambiado de color y estaban tejiendo una especie de cacahuete blando que iba ocultándolos.  En el centro de la caja, aleteaba una mariposa blanca, fea, gorda.  Examinó el espectáculo ensimismado.

–Mamá, esa mariposa... ¿era un gusano?

–No te mentí, hijo.

–¿Cómo lo hacen?

–Es la ley de la Naturaleza.  Se llama metamorfosis.

Tomó la caja abierta y, sin dejar de observar el descubrimiento, volvió a su habitación, se sentó en la cama y apoyó la morada de los gusanos sobre sus piernas.  Continuó estudiando detenidamente el gran acontecimiento, colocó en la palma de su mano la hoja más grande con los dos bichos que la mordisqueaban, los volteó, presionó sus anillos, los enroscó en sus dedos y los depositó nuevamente en la caja.  La mariposa aleteó y llamó su atención.  La tomó con cuidado y le hizo ocupar el mismo escenario.  La aprisionó suavemente con su dedo pulgar y comprobó un “esqueleto frágil”.  El aleteo le causó una sensación extraña y sujetó los apéndices blancos.  Estiró.  Las alas quedaron pegadas a sus yemas, no podía quitárselas de encima, una a otra pasaban al dedo que más presionaba.  Enfadado, arrojó el bicho mutilado a la caja.  Se levantó y tomó del escritorio dos bolígrafos y la tijera de los recortables.  Preparó el cojín de la silla sobre la alfombra, a modo de reclinatorio, y se arrodilló frente al lateral de la cama.  Vació la caja sobre el edredón y arrancó los capullos para dejarlos en hilera junto a la lámpara de la mesilla.  Una vez preparada la mesa de operaciones, desentumeció los dedos y pasó rápidamente a una investigación concienzuda.  Recortó a la mariposa a lo largo y separó las partes con el bolígrafo azul.  No tenía sangre.  Dejó de interesarle.  La enterró bajo el almohadón y eligió el capullo mayor.  Hizo un pequeño agujero con la tijera, pero terminó por rasgarlo del todo.  Empujó a la larva con un dedo y cayó a la cama.  Casi era mariposa.  La analizó con detenimiento y le chocó su orificio trasero.  Introdujo el otro bolígrafo por el conducto hasta hacerlo salir por el extremo opuesto. Tampoco tenía sangre, aunque despedía un líquido viscoso que empapó el edredón.  Enterró el desaguisado junto a la mariposa.  Se acercó otra vez al escritorio y se llevó la espátula de moldear plastilina y un cuaderno.  Volvió hasta el reclinatorio y colocó el gusano mayor sobre la cubierta del cuaderno.  Apoyó las nalgas sobre los talones y la barbilla sobre el borde de la cama para observar de cerca sus movimientos.  El gusano contoneaba su cuerpo prensando sus anillos para avanzar lentamente.  Decidió comparar las tripas de la mariposa y las del gusano y, con la espátula y el bolígrafo azul, fue separando cada anillo hasta dejar al bicho cuarteado.  Como lo descubierto no le contentó, retiró el cojín, desplegó la alfombra y se tumbó sobre ella.  “No está bien.  No está bien.  No me habían hecho nada.  Sólo comían”.  Se colocó nuevamente de rodillas, levantó el almohadón y desenterró a la larva.  La colocó sobre la tapa del cuaderno e intentó recomponerla.  Mojó su dedo con saliva y embadurnó con ella los pedazos.  Aguantó unos segundos, liberó su presión y empujó la trasera del gusano.  Nada, no se movía.  Volvió a levantar el almohadón y exhumó a la mariposa.  Tomó del escritorio el pegamento y roció unas gotas en el cuerpecillo seccionado.  Nada, no se movía.  Les colocó plastilina roja en las heridas y los cubrió con sus manos para aplicarles calor.  Aguantó varios minutos esperando la resurrección.  De vez en cuando, levantaba los pulgares para comprobar el resultado.  Nada, no se movían.  Comenzaron a caerle lágrimas, lágrimas de impotencia y de dolor.  Sintió la culpabilidad con un nudo en el estómago.  Lloró amargamente.  Se tumbó en la alfombra boca abajo, las manos contra sus sienes.  Presionaba más y más, quería castigarse, cerraba con fuerza los párpados... 

Se calmó de inmediato.  Envolvió su carnicería en una hoja del cuaderno, salió al retrete, la arrojó en el inodoro, lo cerró y tiró de la cadena.

 ***

 Había dejado de llover, pero las gotas continuaban resbalando en las hojas de morera y caían sobre los charcos que parecían ensancharse con las olas circulares.  Las nubes de lluvia marchaban hacia la ciudad, empujadas por otros grumos de algodón estirado que dejaban huecos por donde la luna alumbraba el erial.  No podía atravesar el campo, la tierra prieta había soltado una fina capa de polvo marrón que impedía dar un paso.  Se puso en pie y robó al árbol una hoja.  Colocó el tallo entre sus dientes y lo mordisqueó con fuerza.  “¿Qué substancia le encontrarán los gusanos de seda?”.  “¿Y si ahora mi saliva fabrica capullos?”, bromeó.  Miró sus manos... el instrumento del crimen.  Tiró con fuerza la hoja y las escondió en los bolsillos del pantalón.  Esta vez sintió el escalofrío recorriéndole todo el cuerpo.  En algún país oriental, la condena obligaría al verdugo, antes de ejecutarlo decapitado, a cortárselas ante la muchedumbre, a mostrarlas como signo de justicia y ejemplo, y a arrojarlas después al cesto que también recogería su cabeza.  Se le erizó el vello de las falanges y le cosquilleó hasta la uña del dedo meñique.

Tras la hilera de árboles, una acequia recorría el lindero del campo.  En sus riberas, crecían matojos casi amarillos.  Pisó sobre ellos y comprobó que no resbalaba.  Caminó despacio para no caer al cauce embarrado.  Consiguió llegar hasta la última morera, se apoyó en su rama más baja y ascendió al arcén de la carretera.  Un automóvil se acercaba a gran velocidad y acompañó los destellos de las luces largas con un pitido de claxon prolongado.  Se cubrió con el antebrazo y dibujó con los dedos de la otra mano el signo del cornudo.  “Cabrón”, acompañó al símbolo.  El lodo en las suelas le hizo dar unos resbalones sobre el asfalto mojado, pero mantuvo el equilibrio.  Un nuevo automóvil se acercaba más despacio y se detuvo junto a él.  La mujer del asiento derecho le hablaba por la ventanilla:

–Señor mío, ¿qué le ha ocurrido?  ¿Se encuentra bien?  Le noto mareado.  ¿Se encuentra bien?  ¿Le duele algo?   Quizá nosotros...  No se apure, le llevaremos donde diga, sí, sí donde usted diga, a su casa, a un hospital, al próximo pueblo, donde diga, no se preocupe, para eso estamos.  Queremos ayudar, ¿sabe?, díganos, díganos.

Tantas palabras juntas en un instante, como disparos de ametralladora, le incitaban a una contestación grosera.  Se contuvo.

–No, gracias, señora.

–Como lo vimos tambaleante, con el brazo en la cara, pensamos que...

El conductor, supuesto marido, se inclinó hasta verle el rostro. Como Armando le inspiró confianza, se acomodó en el asiento y permitió a su esposa continuar el martilleo de las preguntas.

–Estoy bien, señora. No me ocurre nada.

–Pues yo creo que sí le ocurre.  A mí me lo va a decir, tiene una cara demacrada, está lleno de barro.  ¿No habrá tenido un accidente? ¿No se habrá golpeado en la cabeza?  ¿No habrá perdido la memoria?  Creo que usted no se encuentra en condiciones de seguir deambulando por la carretera. Podrían atropellarle y nosotros nos sentiríamos culpables, ¿no es así, querido?

–Sí, sí, claro que sí, cómo no –contestó el marido.

Armando suspiró para evitar insultar a la señora.

–Señora, me encuentro bien.  Anduve tambaleante porque resbalaba a causa del barro en los zapatos, ¿ve? –levantó un pie, dejando ver la suela y sus contornos cubiertos de un limo acuoso–.  Y las luces de un coche me deslumbraron, por eso me tapé los ojos hasta que pude reaccionar, ¿comprende?

–¿No quiere que le llevemos?  ¿Está usted seguro?  Queremos ayudar, ¿sabe?  Y en estos tiempos... ¿entiende?... pero estamos a su disposición.  ¿No quiere que le llevemos?

–No, señora, no.  Tengo el automóvil ahí al lado.  Se ha averiado, pero ya hay un mecánico en camino.  Vendrá enseguida –mintió.

La mujer estiró la cabeza fuera de la ventanilla para buscar el automóvil mencionado y lo vio bajo el primer árbol.  Después inspeccionó la indumentaria de Armando.

–¡Está usted empapado!  ¡Dios mío, se va a resfriar!  ¡Va usted como una sopa!

–Lógico, señora.  Los coches sólo se estropean cuando llueve, pero pronto estará arreglado.  Gracias por sus palabras... y adiós.

Mientras la ventanilla subía, le pareció entender: “Ingrato, una quiere ayudar y...”.

¿Por qué mintió?  Podían haberle acercado hasta la gasolinera más próxima.  Quizá el marido entendía algo de mecánica...  Aquella grotesca señora, con su voz aguda y penetrante, con sus preguntas alcahuetas, sus frases rápidas...  Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para escuchar la andanada.  En otro tiempo le habría soltado un descaro, quizá una ironía acerca de su peinado o de su cintura, quizá un insulto...  En realidad, tuvo miedo de que le reconocieran, de que su fotografía o su descripción ya corriera por todo el país con una orden de busca y captura.  No deseaba que le encontraran... todavía.  Ya llegaría el momento.  Se entregaría a la justicia.  Sopesaba el atenuante, no por la disminución de condena, qué más daba, sino por la inculpación del horrendo crimen para tranquilizar su conciencia.  Jamás tuvo un encuentro con los tribunales, a pesar de sus estudios de leyes, porque desde el episodio con la fuente de cristal decidió no comparecer nunca como profesional ante los estrados de la justicia.

Le despreocupaban las comisarías, los tribunales y las cárceles, no les temía ni le inmutaban, ya conoció la justicia en casa, pero enfrentarse con los hechos le carcomía.  ¿No podría celebrarse el juicio sin él?  Su testimonio no sería necesario.  Era culpable.  Se dirigió hacia el automóvil sorteando los charcos del camino.  Al saltar sobre el último, estuvo a punto de caer, pero la trasera del coche le sirvió de colchón.  Lo rodeó de puntillas y con pasos largos llegó hasta la portezuela.  Se hundió en el asiento y apoyó las manos sobre el volante.

 ***

 Tenía dieciocho años cuando aprobó el acceso a la Universidad.  Intuía que su padre, aun con su clásica seriedad, iba a obsequiarle con un premio importante por la brillantez del resultado.  Aquel verano lo presagió impresionante.  Frente al portal de su casa le esperaba un automóvil rojo, corto, potente.  “Es tuyo”, rugió el juez.  Salió eufórico al ver cumplido un sueño.  Se lanzó al volante, arrancó con estruendo, y embebido con la máquina dio una vuelta por el barrio.  Cuando ya creyó controlado el auto, se lanzó a la carretera para buscar la máxima velocidad.  Ciento veinte, ciento cuarenta, ciento sesenta, ciento setenta...

–¡Uuuuuuuuuuuuuh! –exclamó.

La velocidad le emborrachaba, pero la primera curva le asustó.  Frenó casi al límite.

–¡Dios!, pude matarme.

Con el pulso alterado y tragando saliva, giró para volver lentamente al pueblo.  Sobrepasó su casa y mirando hacia ella susurró:

–Gracias, papá.

Se dirigió hacia la calle del Porvenir.  Aurora abriría los ojos desmesuradamente y exclamaría:

–¡Esto es un coche!

Cuando Aurora llegó al pueblo los dos tenían dieciséis años.  Apareció el primer día del curso sin que nadie de la clase supiera su incorporación al colegio.  Armando se entretuvo en casa porque se levantó tarde y no encontraba las deportivas nuevas.  Llegaba jadeante y los dos coincidieron a la entrada del aula:

–¡Hola!  ¿Sabes si esta clase es tercero A? –preguntó ella.

Armando la miró extrañado.  Aurora sonreía con un rostro fresco, con unos ojos profundamente azules y unos labios gordezuelos que regalaron la pregunta con simpatía.

Mirando por el cristal de la puerta, Armando reconoció a los compañeros del curso anterior.

–Supongo que sí.

Abrió y cedió el paso a Aurora.  Sólo quedaba por ocupar el último pupitre de dos asientos en la fila de la ventana.  

Armando estuvo silencioso toda la jornada.  Se sintió incómodo ante Aurora porque le costaba adaptarse a las novedades.  Observó cómo ella charlaba amigablemente con los demás compañeros y, cuando finalizaron las clases, comprobó que la chica parecía una alumna veterana.

Al día siguiente, repitieron pupitre y compartieron libros.  Aurora le cayó bien y, por la tarde:

–¿Cuántos días llevas en el pueblo?

–Hoy es el tercero.  Vine antes de ayer.

–Entonces, todavía eres forastera.  ¿Puedo ser tu cicerone?

–Sí, te lo agradezco.  Será un placer.

–¿Tienes tiempo a la salida?

–Sí, como un par de horas.

–Pues te enseñaré el pueblo.

Armando le mostró el encanto de las callejuelas, la iglesia y su retablo, el Ayuntamiento y el castillo del duque, allá en la loma.  Habló orgulloso de las excelencias de su pueblo.

–Me gusta que te intereses por el arte.

–Es lo único que hay para ver  por aquí.  Te llevaría también al Juzgado, pero a mi padre no le agrada verme en su trabajo.

–¿Trabaja en el Juzgado?

–Es el juez de la comarca –respondió dándose importancia.

Aurora rió estrepitosamente y él se sintió herido.  Pensaba que un padre juez era lo mejor que podía ocurrirle a un hijo.  La miró con furia.

–No te mosquees, hombre.  No me río de tu padre, ni del juez.  Yo soy la hija del comandante de la Guardia Civil–. Seguía riendo–. ¿No te hace gracia?  La justicia y su brazo juntos...

Armando le acompañó en sus carcajadas.

–¿Te gustan las ciruelas?

–Además de juez tu padre es terrateniente y quieres enseñarme sus posesiones, ¿me equivoco?  No me deslumbrarás así.

–Eres coqueta, maldita sea –habló para sí–.  En el campo del tío Jacinto crecen unas para chuparse los dedos.

–¿Se atreve a robar el hijo del juez?

–Soy como los demás.

–Me lo imagino.

–Bien, ¿te apetecen o no?

–Vamos.

Desde aquella tarde, los viejos de la plaza les dijeron novios.

Aurora contestaba.

–¿Quién se va a casar?  Yo no me casaré nunca.

Sonaba como una premonición.

Armando regaló el tirador a su vecino, cambió la decoración de su dormitorio, decidió estudiar por la noche las dos horas exigidas y renovó su vestuario.  Por las tardes, tras la última clase y después de haber atendido con responsabilidad a cada uno de los profesores, abandonaban los libros en la tienda de Dorita y paseaban por el bosque que rodeaba el cauce del río.

El tío Jacinto tuvo el privilegio de ser el propietario de la cabaña.  Un día de tormenta, al comienzo de la primavera, no tuvieron otro remedio que descubrirla para guarecerse de las gotas enormes.  Estaba construida con troncos de álamos y los años y el viento habían cubierto el suelo de hojarasca.  La ventana trasera se asomaba al río.  Diría Aurora que parecía la casa de un gigante bueno que gobernaba un pueblecito de seres diminutos.  A pocos metros, a los lados de la casa, se juntaban varios recintos casi derruidos que en su tiempo de esplendor acogieron a los animales para el sustento o compañía del tío Jacinto.  Dos sauces hacían de porche y desde el interior, entre susurros de viento y gorjeos juguetones, se oía el murmullo de la pequeña cascada.  Todas las tardes, tras la última clase, paseaban por el bosque hasta su guarida de amor.  Sentados en el suelo, apoyados en la pared, uno frente al otro y cruzando miradas de soslayo, charlaban de asuntos importantes para una pareja de adolescentes enamorados.

El nueve de mayo, Armando pisó con más cuidado la hojarasca de la cabaña y acompañó los pasos de Aurora hasta el lugar que ocupaba cada tarde, bajo la ventana.  Se sentó y acercó su rostro al hombro de ella.  Su corazón latía apresurado, tenía miedo a la sensación desconocida.  La muchacha se movió tímidamente y Armando dejó caer su cabeza sobre el pecho jadeante.  Pudo comprobar cómo aquel compás rimaba con el suyo.  El impulso de un latido le hizo incorporarse, girar el cuerpo y dirigir sus labios hacia la mejilla encendida de Aurora.  Ella respondió con un quiebro sutil y le ofreció sus labios...   un cálido beso de mujer enamorada... 

Al abrir sus ojos, no se atrevieron a romper el silencio.  Él se arrodilló frente a ella y comenzó a desabrocharle la blusa lentamente.  Aurora prendió sus manos a los brazos de Armando y deslizaba caricias sin cruzar su mirada asustada con los ojos del muchacho.  Volvieron a unirse en un beso profundo y ahí el tiempo se detuvo mientras hacían el amor sobre las hojas secas que crujían entre sus cuerpos.

Aquel nueve de mayo sólo cruzaron una palabra más, adiós, frente al portal número siete de la calle del Porvenir.  Durante el examen de Literatura al día siguiente, contestando a la pregunta “El amor en la poesía del Siglo de Oro”, intercambiaron sonrisas de complicidad.

–Cuenta, Armando, cuenta, ¿te la has “trajinado” ya?  Habrá caído, seguro, seguro.  Tú no te andas con tonterías.

Hablaba el estúpido de Marino, el cachondito de la clase, el mayor imbécil conocido.

–No te entiendo –quiso evitarle Armando.

–Oye, tío, que los demás también queremos probar, no te hagas el estrecho y suelta prenda.

–Sigo sin entender.

–Tú te has vuelto marica.

Armando lo miró fijamente, con las pupilas encendidas, el rostro enrojecido, los puños cerrados.  Le agarró el cuello de la camisa y echó atrás el brazo libre.

Cuando el puñetazo iba a surgir como un disparo, una mano le sujetó la muñeca.

–Quieto, Armando, vámonos.

Aurora se lo exigía.

Bajó el brazo, sumiso, le rodeó la cintura y caminaron hacia la cabaña...

El automóvil rojo se deslizaba por la única calle recta del pueblo: el enamorado cabalgaba sobre un corcel camino del balcón de su adorada.  Aurora se asombraría, reiría ilusionada y, sorteando las escaleras, descendería hasta él para sentirse reina del mundo.

Tocó el timbre.  Ella se asomó por la ventana y sonrió con afectación.

–Me lo ha regalado mi padre –informó Armando, orgulloso.

Aurora no se inmutó.  Bajó hasta el portal.

–Es una flecha.  ¿No te parece una maravilla?  Alcanza los doscientos por hora, de cero a cien en menos de diez segundos.  Es lo último, lo último.  Mi padre se ha esmerado, ¿no crees?  Yo no sabía nada y estoy seguro de que mi madre tampoco.  No habría podido guardar el secreto.  Y cualquiera le da dos besos, con lo serio que es.  ¡Ven!, sube, vamos a probarlo –le abrió la portezuela–.  ¿No es maravilloso?

Una vez dentro del automóvil, Armando continuó su soliloquio mientras ella enviaba su mirada lejos a través del parabrisas.

–¡Observa!, elevalunas eléctrico, cuentarrevoluciones, asientos anatómicos, seis altavoces...

–Armando... –dijo, por fin, Aurora.

–¿No te gusta?

–Sí, pero...

Armando apoyó el codo izquierdo sobre el volante a la vez que se giraba hacia ella.

–¿Qué es?

Aún la muchacha no quería hablar.  En sus ojos marcaba una expresión de dolor contenido que le impedía traslucir la sonrisa que Armando quería arrancarle.

–Dos noticias... y nada buenas.

Hablaba solemnemente, tibia, escondiendo la preocupación con su tono pausado.

–No quiero rodeos –exigió Armando.

Aurora evitó mirar a los ojos de Armando.

–Hemos recibido una carta...

—...

 —Ascienden a papá y lo trasladan.

–¿Dónde? –preguntó él fríamente.

–No sé, no he querido escuchar más.  Me he encerrado en mi cuarto y has llegado tú.  Mamá decía que el viaje sería largo.

–Tú irás con ellos, ¿verdad?

–¿Qué hago si no? ¿Fugarme contigo?

–No lo había pensado –bromeó Armando para eludir la situación–.  Te imaginas que con nuestro bólido nos escapamos a la Costa del Sol, entre la jet, a comerles la sangre y a vivir como sultanes.

–No seas loco.

–¿Y por qué no?

–¿Viviríamos del viento?

–Comeríamos amor.

–Adobado de caricias y salpicado con besos ilusionados –respondió Aurora irónica y muy seria.

–Vayas donde vayas no habrá otra Aurora.

–No será tan fácil.

–Ahora tengo un bólido para llegar al fin del mundo.  Correos funciona mejor y a partir de las ocho Telefónica cobra la mitad.  ¿Algún impedimento más?

–Sí, que no podré verte.

–Nos haremos dos fotografías de tamaño natural.

–No es sólo esto, Armando.  Hay algo más.

–Suéltalo, pequeña, tengo solución para todo –Armando chasqueaba los dedos jugando a chulapo madrileño.

–Puedo estar embarazada.

Armando estiró el rostro.  Intentó hablar.  No digería la frase.

–¿Yo padre?

–Dime que no sirves, anda –bromeó Aurora para distender ahora el ahogo de Armando.

–¡Oye!, que esto es serio.

–No es seguro, ¿sabes?  Llevo de retraso unos días y soy un reloj suizo.  Quería decírtelo cara a cara... por lo del traslado, ¿me entiendes?

–¿Cuándo lo sabrás?

–Por lo menos hasta la semana próxima.  Y nos vamos este domingo.

–¿Cómo tan rápido?  ¿Por qué?

–Es lo último que oí antes de encerrarme.

–¿Quieres que tengamos ese hijo, Aurora?

–Sería bonito.

–Lo será, ya lo creo.

–Aún no es seguro...  Vamos a dejar las preocupaciones.  Tenemos tres días, ¿no? Aprovechémoslos.

Vivieron tres días de ilusión y desencanto, alargaron las horas con silencios, se amaron en la cabaña como si esperaran una separación eterna, y el tiempo corrió implacable.  “No hay por qué preocuparse.  Todo será muy fácil.  Al curso próximo acudiré a la Universidad y volveremos a estar juntos”, habló Armando con tono melancólico que deseaba ser esperanzado.

Papá le había exigido para aquel verano un viaje a Inglaterra.  “Debes perfeccionar tu inglés”.  En su equipaje envolvió un paquete de cuartillas para crear palabras de amor.

Cuando al mes siguiente volvió a casa, voló hasta su cuarto esperando encontrar mil cartas sobre el pupitre.

–¿No ha escrito Aurora?

–No, hijo.

Habrá aguardado mi regreso”, se consoló.  Deshizo el equipaje y se tumbó sobre la cama imaginando disparates y preparando proyectos de futuro.

–Armando, hijo, ¿quieres bajar? –rogó el juez.

Le extrañó la suavidad de su padre.

–He recibido una carta del comandante Pablos, de la Guardia Civil.  ¿Recuerdas?, estuvo en el pueblo, en visita de rutina.  Se alojó con los padres de Aurora.

Se acordaba vagamente.

–Sí... creo.

–Son malas noticias.  Habla de un accidente.

–¿Y qué?

–El coche colisionó con un camión.  Todos han muerto.

Entonces comprendió.

–¿Aurora?

–Sí, hijo –el juez pronunció como si dictara una sentencia de muerte.

Armando sintió un escozor en el estómago que le ascendió hasta la garganta.  Se estremeció, tenía deseos de llorar... pero no dijo palabra alguna ni cambió la expresión de su rostro.  Salió hacia su automóvil, subió en él y, sereno, llegó hasta la carretera.  Allí, pisó el acelerador hasta sentir el rictus de la muerte.

 ***

Probó si el coche arrancaba.  Arrancó.  “Sería el agua”.  Y salió del camino.  Conducía relajado, disfrutando lentamente de las sombras montañosas del horizonte.  ¡Cuántas veces le habían advertido!  Debía controlarse, pensar antes de actuar en ese estado, recoger su cólera y aporrear la pared, un mueble, un tronco, si necesitaba desahogarse.  Ya perdió así su mejor cliente por no acceder a un ajuste de precio.  ¡Pobre hombre!, lo que tuvo que oír... y gracias a la secretaria no salió hacia el hospital.  Mierda de nervios.  Todo estaba acabado, el futuro, la ilusión...  Había destruido los motivos de su felicidad.  Ahora podía ser capaz de someterse a la penitencia más dura que jamás nadie hubiera sufrido.  Sólo él tenía la culpa y pagaban inocentes. 

Las luces de los automóviles le castigaban con sus destellos fugaces. Circulaban hacia la ciudad.  Trece años de ciudad;  cinco de libros, salpicados de juergas, amores, pintadas y manifestaciones ilegales;  ocho años de despachos y matrimonio, machacando la rutina y viendo crecer a su hija.

***

 –Alumnos, el curso ha comenzado.

La Universidad le causó respeto.  Los edificios se diseminaban por el campus como casas magníficas de terratenientes.  Los estudiantes pululaban en grupos poco numerosos.  En las esquinas se abrazaban las parejas como siameses.  Aurora.

Entró a la primera clase empujado por el tropel de sus compañeros.  Se sentó en una fila intermedia, en la segunda butaca de madera.  Una vez que el aula se ocupó, el asiento de su izquierda, el más cercano al pasillo, quedó libre.  Aurora.

Pasó sus años universitarios sin iniciativa, dejándose arrastrar.  Vagó por las asignaturas, por las salas del colegio mayor, asistió a conferencias y sin ilusión obtuvo la máxima calificación en el cuarto curso.  Su apatía le hizo exclamar: “¡Qué bien!”, desencantado, triste, solo.  Al mes siguiente, su padre fallecía de un cáncer que arrastraba desde tres años atrás.  Tras el entierro, comunicó a su madre:

–Tengo asuntos urgentes en la ciudad.

Pero se alojó en un hotel de la carretera, cercano al pueblo, hasta que comenzaron las clases.  Solamente abandonó sus jardines para visitar la cabaña de los sauces.

En el quinto curso se propuso mantener el resultado del anterior.  No lo consiguió.  Al entrar en el aula donde comenzó su primera clase universitaria, un impulso le condujo al mismo asiento que ocupó aquel día.  En la butaca ‘de Aurora’ se sentó una muchacha con una carpeta llena de papeles desordenados.

–¡Hola! –saludó ella con desparpajo.

–Hola –le contestó.  Preferiría que dejaras libre este asiento.  Espero a alguien.

–Está desocupado el de tu derecha.  Guarda ése y no me hagas mover, por favor.  Vengo corriendo.

–Es que... este asiento es especial.

–¿Tiene calefacción incorporada?

–Recuerdos.

–Está bien –se resignó–. Tú ganas –y se cambió al otro lado de Armando.

–Gracias.

–De nada, hijo, de nada.  Ya eres raro.

–No te conozco de otros años.

–Pues soy prima de Frank Sinatra.  ¿Te suena?

–¡Oye, simpática!, ¿no vas a terminar de hacerte la graciosa?

–No me lo hago, lo soy.

–Entonces deberías presentarte a algún concurso de cómicas y dejar el Derecho para los serios.

–Sobre las leyes se hacen muchos chistes.

–¡Vete a paseo! –se hartó Armando, y abrió su portafolios, fijando la mirada hacia la pizarra.

–Me llamo Celia –intentó suavizar.

–Celia Graciosa, supongo.

–Eh, eh, hagamos las paces, ¿de acuerdo?

–Yo soy Armando –le tendió la mano; Celia se giró y le besó las dos mejillas.

–Buenos días, señores –rugió el profesor.

Cuando volvió a rugir: “Hasta mañana a las diez.  Les ruego que sean puntuales”, Celia y Armando se levantaron de los asientos y salieron del aula sin darse cuenta de que caminaban juntos.  En el pasillo, él se disculpó:

–Perdona, Celia, fui grosero ahí dentro.

–No importa, chico, cada uno tiene sus manías.

–No es una manía, es un recuerdo, ya te dije.

–Mañana me sentaré en esa butaca –dijo ella, resuelta.

–No, por favor.

–Por favor lo hago.  Lo siento, tengo que irme.

Había descubierto en Celia, en sus ojos, un brillo, una forma especial, un desparpajo...  Pasó la tarde en la habitación del colegio mayor escuchando música y el jaleo de los del primer curso que huían de las novatadas.  Miraba el trasiego de las nubes blancas.  Tras ellas, se dibujaba un rostro pecoso.  Sobre la mesilla, Aurora le observaba.  Tomó el portafotos, separó el cristal, sujetó la imagen con sus dos manos, la acercó hasta sus labios, la besó tiernamente y la rompió en mil pedazos.  Olvidó las nubes blancas y salió a pasear por el parque para recordar por última vez la cabaña del bosque.

Al día siguiente, llegó el primero a la clase.  Las paredes, las butacas, la pizarra habían cambiado de color y olían a remordimiento.  Celia entró intentando poner en orden sus papeles.

–¡Hola!, ¿puedo elegir sitio?

–Están todos libres.

–¿Le has quitado la calefacción a éste?

–Se han escapado los recuerdos.

–Que te crees tú eso... ¿o tu cerebro tiene goma de borrar?

–Ya la buscaré...  Oye, Celia, ¿de dónde has salido?  No te he visto en ningún curso.

–Traslado de expediente.  He cambiado de ciudad.  Soy nuevecita.

–¿Sin estrenar? –se burló Armando.

–¿Acaso parezco la última película de Hollywood?

–¿Eres gallega?

–¿Y tú?

–¿No lo adivinas?

–¿Tan fácil es?

–¿No se me nota?

–¿Puedes ser maño?

–¿Tan claro lo tienes?

–¿Te parece que contestemos alguna vez con una respuesta, serio estudiante de Derecho?

–Va a ser difícil.

–Buenos días, señores –saludó el viejo profesor–.  Agradezco su puntualidad.  Haremos buenas migas.

 ***

 Casi no aceleraba. Dejaba al automóvil pasear por inercia desoyendo los improperios de los conductores que le adelantaban.  Se alejaba de la ciudad.  ¿Por qué?, si no quería huir.  Estaba confuso y, sin embargo, le invadía la tranquilidad; nunca había disfrutado tanto de paz de espíritu, y al recordar su atrocidad se asustó.  ¿Qué malformación de conciencia tenía?  Debería retorcerse de culpa, debería agonizar de remordimiento con el terrible crimen y desesperarse ante el futuro.  Sentía un final cercano, pero no entendía de qué: ¿su libertad?, ¿su vida?, ¿su pasado?...  El camino a su pueblo natal no le seducía, demasiadas nostalgias de la infancia.  ¿Y qué le contaría a su madre?  Pobre mujer... aunque a ella nunca le importó la crueldad de la gente y sus cuchicheos.  Sufriría el castigo sola, incluso sería capaz de renunciar a sus raíces y escapar a la ciudad si con ello reservaba más lealtad para su hijo.

¡Maldita conciencia!  Tampoco le remordía haber defraudado a su padre, que allá donde estuviera le juzgaría con la mayor severidad de su vida.  ¡Pequeña Lina...!  Creció la punzada en su pecho y se alargó hasta alojarse en la nuca...  Las lindas trenzas castañas y unos ojos negros le castigaron.  Veía el rostro aterciopelado con una mancha roja que se extendía por su mejilla.

Pisó el acelerador con fuerza y el motor rugió como su mente bullía.  Apenas veía las marcas blancas del asfalto. 

Miraba sus manos al volante, escrutaba los pliegues, sus nudillos... el reloj que le regaló Celia...   Bajo él, la muñeca, las venas, las venas, las venas... y sí, allí una navaja, o aquella espátula para modelar la plastilina, la que seccionó a la mariposa, el plástico con el borde aserrado ahora junto al reloj, aplastando la piel, buscando el resquicio para encontrar la sangre.  Sintió la presión del reloj como los bordes de la espátula...  Lograría rasgar la carne, reventar la vena y un hilo de sangre recorrería el brazo hasta gotear sobre sus piernas... para así dejar que todo volviera a ser como antes.

Aferró las manos al volante y fijó su mirada en el horizonte negro para concentrarse en una conducción suicida y olvidarse de ella.

 

***

 Cumplió el quinto curso con mediocridad en los libros y sobresaliente en su corazón.  Celia le cubrió los recuerdos de Aurora y vivió nuevamente la ilusión adolescente de estar enamorado.

Crearon la Asesoría Fiscal en un piso mugriento de paredes agrietadas y repletas de manchas de humedad.  Amueblaron de segunda mano dos habitaciones y Celia se lanzó a la busca de clientes.  En un año, tiempo que sólo tuvo conversaciones de negocios y discusiones de tarifas, lograron levantar sus expectativas y reforzar la compenetración, únicamente rota por las salidas agresivas de Armando, que, presa de nervios o preocupaciones, cambiaba su actitud paciente con amenazas e insultos hacia quien se atreviera a increparle.  La casera de su primera oficina recordará algún tiempo cómo le exigió el pago del cuarto mes y cómo Armando se acaloró ante su intransigencia y se lanzó hacia ella, la agarró del cuello y la zarandeó varias veces.  La mujer cedió, qué remedio, y todo quedó solucionado con unas disculpas y el pago del retraso al siguiente mes con una gratificación por las molestias ocasionadas.  Celia no se enteró.

Tras la inauguración de las céntricas oficinas, después de la fiesta, en el sofá del despacho del director, Armando preguntó:

–¿Quieres casarte conmigo?

–Tengo la iglesia y el restaurante elegido.

–¿Decías?

–¿Sorprendido?

–¿Tú no lo estarías?

–Estaba segura de que ibas a pedírmelo antes de tres días.  Y si en ese tiempo no te hubieras decidido, se habrían trastocado los papeles y yo te habría preguntado: querido Armando, ¿cuándo vas a pedirme que me case contigo?

–Siempre adelantándote a los acontecimientos.

–Intuición femenina.

A los seis meses de la boda nació Lina.  Armando se propuso ser el mejor padre y Celia dejó el trabajo.

 ***

Redujo la velocidad bruscamente, como si hubiera despertado de una pesadilla, al ver el resplandor de las luces en el pueblo.  Su madre podría darle alguna explicación.  Ella conocía sus impulsos y trató de controlárselos.  Le perdonaría.  Aurora también le perdonó.  Aurora.  Pasó junto al cuartel de la Guardia Civil y un golpe de imágenes le invadió.  Desde algún lugar, Aurora ya conocería lo ocurrido.  Le había defraudado.  Ella no estuvo para poner la mano en su hombro y, con aquella mirada dulce, pedirle calma.

***

El trabajo, las horas de encierro, la lucha con los clientes, la irritabilidad de Celia con el nuevo embarazo, los impulsos incontrolados.  Hacía tres meses que dormía con sobresaltos.  Juan Luis y Adela, el único matrimonio amigo, apenas pisaban la ciudad.  Nadie podía escuchar sus quejas ni sus confesiones.  Celia estaba inaguantable y no quería contratar una asistenta.  Armando había despedido a una de las secretarias y su jornada se prolongaba hasta dieciocho horas diarias por siete días a la semana.  La vuelta a casa era regresar al infierno del desamparo.  Su hermosa Lina le llamaba todas las noches y él no estaba, pequeña niña para sus ojos dormidos.  Se sumergía en su soledad cuando salía del dormitorio después de dejar un beso en la melena de rizos castaños.  Su vacío se hacía más denso mientras escuchaba las mil y una historias de Celia. ¿Dónde quedaba la ilusión?  Habría querido hablar y hablar, palabras del desahogo.  No, nadie podía escucharle.

Celia se había quemado al preparar la cena.  El aceite le saltó por los antebrazos y no soportaba el dolor.  Lina lloraba amargamente, asustada y hambrienta, sentada sobre la alfombra del salón.  Su madre, en el baño, se extendía pomada por las quemaduras.  Sonaban las once y llegó Armando.

–Lina, ¿cómo no estás en la cama?, ¿qué haces llorando?  ¡¿Celia?!

No contestó.

–Ven, pequeña –la tomó en brazos, pero la niña, lejos de calmarse, comenzó a patalear y a golpearle la cara con las manos.

–¡Calla de una vez, Lina!  ¡¡Celia!!

–¡¡¿Qué quieres?!!

–¿No oyes llorar a la niña?

–Claro que la oigo.  Voy bien de oído.

–Y, ¿por qué no la atiendes?

–Ella me tendría que atender a mí.  ¿No ves mis brazos?

–Deja tus brazos en paz y cálmala.  Sólo quiere ir contigo.

Lina seguía llorando arqueándose en los brazos de su padre.

–¡Maldita cría!  ¡Celia, ven inmediatamente!

–A la mierda tú y la cría.

–No me provoques, Celia.  Y tú cállate de una vez.

La pequeña lanzó sus uñas a la cara de Armando y le arañó con fuerza.  Celia advirtió:

–Deja de chillarle o la irritarás todavía más.  Ni siquiera te conoce, ¿cómo quieres que se calme así?

–¿Soy acaso un mal padre?

–Y mal marido.  Deja que me cure en paz. Cállate.

Lina ahora tiraba del cabello de su padre.  Armando la cogió por las axilas y la agitó en el aire.  Con las acusaciones de Celia, sintió una presión en la garganta y su pulso se aceleró.

–¡Calla, bruja!  ¡Calla de una vez!

Brillaban sus pupilas y su rostro se congestionaba.  Iba a estallar.  Lo presagiaba, lo intuía, y no podía evitarlo.  Celia salió rauda hacia él y le agarró de la muñeca.

–¡Déjala, déjala! –exigía.

Lina cayó al suelo como un fardo.  Sus lloros cesaron de inmediato. 

Armando perdió la consciencia.  Aquella mano de Celia en su muñeca...  Enfebrecido, ciego, atacó a su presa.  Clavó sus dedos en la garganta de ella y apretó hasta la extenuación.  Apenas sí recuerda el rostro que tuvo delante con los ojos en blanco, la boca abierta y la lengua queriendo alcanzar el mentón para dejar paso al aire que aquellas tenazas le negaban.  Escuchaba sin compasión los jadeos, apretaba, apretaba...  Y de pronto, se hizo el silencio, el silencio.

...

...

¿Lina?

Detrás de él, la pequeña apoyaba su cabeza sobre la esquina de la librera.  Un hilo de sangre descendía por su mejilla.

...

...

Los segundos se dilataron.  Armando comenzó a ver la realidad con la distorsión de un proyector desenfocado a cámara lenta... sintió que la eternidad se le volcaba encima como un vaso lleno de metal candente que se derramaba sin llegar a tocarlo.  La vida era otra, un impacto de lava..., sus oídos cerrados...  Se sujetó al respaldo de la silla mientras miraba el rostro de su niña, sus ojos en blanco, la tez blanca, la mejilla.

Y cada vez más lejos, cada vez más lejos, un silencio lleno de duelo...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giró hacia la ciudad con decisión.  Regresaron a su vientre las sensaciones de aquella mariposa rota, de su plastilina verde, de su pegamento blanco... Los gusanos de seda, su hija convertida en mariposa, las alas casi transparentes pegadas en sus dedos, y quería volar...

Aceleró como cuando se enteró de que ella no estaba.  Aurora.  Volvió a sentir la furia por alcanzar lo inalcanzable.  Buscó aquella carretera, la que llevaba al mar, la misma que ella tomó.  Aprisionó el volante y aplastó el pedal... 

Ella lo entendería.

Epistolario de un oficinista, Séptima Carta

SÉPTIMA CARTA

Zaragoza, 31 de Enero de 1.984

Amigo Pascual:

El último párrafo de mi última carta se ha cumplido.  Ya no existe el problema de Ponciano.  Todavía no he encontrado un aliciente que me empuje a escribirte, pero estoy en ello.  Antes, lee estas líneas.  Supongo que no van a ser pocas, porque el desenlace de Ponciano no te lo imaginas.

Los días de tranquilidad apenas llegaron a diez.  Teníamos confianza en la recuperación, todos los detalles indicaban el restablecimiento.  No había para menos.  Ahora bien, Carlos no se lo creía y mantenía su escepticismo.  Me molestaba su incredulidad y llegué a enfadarme con él...  Pero tenía razón.

Al cabo de una semana, Ponciano comenzó con su quehacer enérgico y muy alterado.  Vibraba por momentos, aunque aguantaba en silencio.  Dirigía la mirada hacia el despacho del jefe y a través de las mamparas parecía que lo despedazaba con sus ojos hirientes.  Empezó a hablar de sus conversaciones con los directivos de la empresa.

—Se han creído que podrán conmigo.  ¿Yo loco?  Ellos sí que están locos.  ¿Cómo va esta empresa?  Ya se ve.  Todos descontentos.  Ellos, ellos necesitan médicos.  Son amigos del Cedrés.  Otros cerdos.  Bastida es su amigo y, claro, ahora me quieren echar.  Que lo intenten.  A Magistratura y tengo las de ganar.  Yo, un hombre honesto, honrado, que nunca ha hecho mal a nadie, que trabaja.  No podrán conmigo.  Y si quieren algo, millones.  Ya está.

Volvió a sus errores en el trabajo.  Julita desesperaba.  Consiguió que le cambiaran de lugar, pero siguió protestando por la falta de seriedad en su tarea.  Ponciano no atendía indicaciones ni se amoldaba a los cambios de organización.

Descuidó nuevamente su aspecto.  Su ropa seguía pulcra, pero tenía el cabello grasiento, se afeitaba cada tres o cuatro días, sus dedos estaban amarillos y sus labios, enrojecidos y cortados.  Llegó a decir que no se lavaba la cabeza, que se peinaba mojándose el cabello con Pantén, “y así me va, mira, mira, cuánto pelo me queda, más que algunos”.  Su aliento olía a alcohol, según él, porque se limpiaba los dientes con cerveza, “la espuma descompone los restos alimenticios”.  Llegaba a ser repugnante.

—Yo ni cedo ni cederé.  Si lo sueltan, no me caso. El asqueroso ese. Treinta años le caerán...  El peso de la justicia.  Ni cedo ni cederé.

Carlos le miraba y sonreía.

—¡Ah!, nos reímos, nos reímos.  Está escrito y firmado.  El gobernador ya lo sabe.

—¿Es amigo tuyo el gobernador? —preguntó Carlos.

—Su hija es íntima de Inma.

—¡Bobadas! El gobernador tiene treinta y ocho años, ¿sabes, Ponciano?, y una hija de diez.

—Ni cedo ni cederé.  Si lo sueltan, no me caso.

Se convirtió en rutina. Siempre la misma cantinela.

—¿Tomas tus pastillas, Ponciano? —me interesé.

—Eso son drogas.  Al váter las tiro.  Me quieren envenenar.  Drogas, drogas.  Cedrés y Bastida están en el tráfico de drogas.  Son unos asesinos.  Hasta a los niños les venden.  Pero Javier lo sabe y acabará con ellos.  Bueno es Javier.

No podía hacerle razonar.

Otra mañana preguntó en voz baja a Carlos.

—Lucía, ¿está enferma?, ¿de vacaciones?

—Le duele la cabeza de tanto oír tus estupideces y se ha quedado en la cama.

—Le duele un oído —aclaré a Ponciano.

—Estas crías.  Yo, ni un día de baja.  Ya lo veis, fuerte como un toro.  Un hombre, sí, señor, y con dos pelotas, lo que hay que tener.  Mira, mira —se desabrochó la camisa y dejó al descubierto el vello del pecho—.  Esto es un hombre.  Y sano, sin enfermedades.  Otros, a mis años, ya tienen chocheces.  Se les va la cabeza y todo.

—Tú estás cuerdo, claro —Carlos no pudo aguantarse.

—Yo no chocheo, ¿entiendes? —contestó, agresivo.

—Tú estás mal de la cabeza.  Estás loco, loco.

—Tú eres un mierda crío que no pinta nada.  ¡Pintamonas!

—Y tú, ¿qué eres, imbécil?  El dios de Roma.

—Soy comandante.  Y tengo carnet.

—De la sección juvenil de la Falange Española.

—No te metas conmigo que te... —mientras decía esto, Ponciano se lanzó contra Carlos y le agarró del cuello—. ¡Pintamonas!  Ya te daré yo.

Con parsimonia, Carlos levantó su mano derecha y agarró el brazo de Ponciano.  Consiguió separárselo del cuello y fue empujándolo hasta que cesó la tensión del músculo. Carlos tenía fuego en los ojos.  Ponciano inclinó la cabeza, dio media vuelta y se marchó herido, derrotado.

Un detalle.  Ya no importaba que el jefe estuviera o no presente. Esta situación lo tuvo de espectador. Guardó silencio.

El martes de la pasada semana es histórico de principio a fin.  Entró Ponciano a las ocho y cinco, alteradísimo, hablando a diestro y siniestro.  El día anterior me había enterado de que le proponían la jubilación anticipada en muy buenas condiciones.  Dentro de unos meses, cumplirá sesenta años.

—De teniente coronel o nada.  Me quieren jubilar, así, por las buenas.  Primero, el ascenso; luego hablaremos.  Y todo firmado desde Madrid, que éstos de arriba son unos pelagatos.  Lo mío, de Madrid y publicado en Boletín Oficial del Estado.  Yo soy alguien.  No como ellos que son unos mierdas.

El monólogo fue más amplio, pero no quiero extenderme porque ya me aburre.  A continuación, vas a leer conversaciones totalmente inconexas, todo contado por Ponciano con menos de una hora entre cada una de ellas.

—Carlos, ¿sabes qué pasó ayer, a las tres y cuarto?

A pesar del incidente con él, Ponciano siguió acercándose a Carlos para narrarle sus aventuras.  Ni siquiera levantó la vista del papel.

—Atracaron el Banco Popular.  Yo entré y se cagaron.  ¿Me oyes?, se cagaron y me dieron sus pistolas y el dinero.  Yo solito, oye.  Me tienen pánico porque me conocen.  ¡Claro!  Y que se atrevan.  ¡Ah! y por la tarde, otra vez.  Una bomba en el aeropuerto,  la encontré y se la di a los artificieros de la Guardia Civil.  Todo el mundo aplaudió.  Pero yo no quiero honores y me fui.

—Vete a la mierda —dijo Carlos.

—De teniente coronel o nada.  Si no lo sueltan, no me caso.

Se escabulló hacia su mesa.

Al poco rato, otra vez.

—Ya he cazado a mis asesinos.  Cedrés les pagaba.  Eran de la ETA.  Ya lo sabía yo.  El Cedrés es un cerdo, un cerdo.  Pagar tíos para que me liquiden...  Javier estaba allí y me avisó.  Los agarré por detrás y todo arreglado.  Como agarre al cerdo ese, le rajaré el vientre y le pisaré el mondongo.

—¿Me quieres dejar en paz? —Carlos se hartó, con razón.

—Es todo verdad.

—Estimado Ponciano —Carlos afiló su ironía—, ¿necesitas mi humilde ayuda para atrapar a tu enemigo?

—Yo solo me basto.  Faltaría más.

—Entonces, Javier es un vasallo.

—No, actúa por su cuenta.

—¿A sueldo del general?

—El general no interviene.  Es el jefe de la BIS, que se cuida de los delincuentes y me protege.

—¿No le das tus millones?

—No los necesita.  Y su hija tampoco.  Inma es rica.

—Y supongo que fértil, ¿no?

—Ya lo creo.

—¿Tendrás hijos, Ponciano?

—A lo mejor tengo ya alguno —dijo sonriendo pícaro.

—¡Cómo! ¿Inma tan virgen y tú tan promiscuo? Es intolerable.

—¡Yo tengo dispensa papal para fornicar!  No peco nunca, nunca peco.  Está escrito.  Pío XII, firma y sello.  ¡Tengo bula!  Mis dineros me costó.

—Estás loco, loco.  ¿No lo notas, Ponciano?

—Hay más locos que yo por ahí.  Yo estoy sano.

—Ya veo que el Farmipol te va bien.  Has adelgazado, ¿eh?

Ponciano escondió la barriga y apoyó sus palmas en el pecho.

—Estoy fuerte...  como un toro

—¿Te reto a un pulso?... ¡Vamos, apoya el codo!

—Yo ni cedo ni cederé.  De teniente coronel o nada.  Si lo sueltan, no me caso.

Ponciano volvió a su trabajo.

—Anda y que te zurzan —se despidió Carlos.

Durante la conversación, Ponciano estaba a gusto, se desenvolvía con seriedad, contestaba rápidamente, pero ya ves, Carlos lo llevó por donde quiso, le hizo tocar todos sus temas y en el momento que algo no le sentó bien, salió con sus palabras de siempre y escapó.

Después volvió a la carga.  Comenzó a gritar desde la mesa alta, miraba a todos los lados, su rostro estaba tenso y sus ojos quemaban con sólo mirarlos.  Sus palabras eran las mismas, cambiado el orden, inconexas, pero su voz podría oírse desde la calle.  Don Quiterio salió de su despacho y le increpó.  Ponciano, lejos de callarse, como en otras ocasiones, se le encaró:

—¿Tú qué te has creído?  Ni sueñes que vas a poder conmigo.  Eres de ellos también, ¿verdad?  ¿Sabes que estás en la lista?  Pronto irán a tu casa y te encerrarán con todos, Cedrés, Bastida...

—Cálmese, Ponciano.

—¡Yo ni cedo ni cederé!  Estaría bueno.

Se plantó erguido, los labios apretados, la frente alta.

—Está usted trabajando —advirtió el jefe.

—Tú cállate, pelagatos.

—¡Se acabó, Ponciano!  Vamos, delante de mí —don Quiterio se había enfadado—.  Camina.  Veremos si le dices todo eso al Director.  Deja los papeles, ¡delante de mí, y sin rechistar!.

Ponciano, callado, buscaba apoyo en alguno de nosotros.  Pocas veces habíamos visto al jefe tan alterado.  Entró a su despacho y Ponciano siguió su trabajo.  Don Quiterio se puso la americana y volvió ante él.  No había cedido un ápice en su pretensión.

—Camina.

El silencio era sepulcral.  Ponciano cambió su expresión.  Se le adivinaba miedo.  Obedeció al jefe y salieron de la oficina.  Eran casi las tres y nos marchamos antes de que regresaran.

Se repitió la historia.  Volvió la paz a la oficina.  No se producía ni un palabra altisonante, ni un comentario, el ambiente comenzó a distenderse, pero nadie confiaba en su duración.  Ponciano volvería a las andadas.  Estábamos seguros.  Carlos lo probaba en alguna ocasión, preguntándole por sus asuntos.  No contestaba y cedió en su empeño.

Ayer, Ponciano no aparecía.  Don Quiterio nos informó:

—Los vecinos llamaron al  Psiquiátrico.  Lo han internado.  Según parece, en su casa, nadie podía dormir a causa de ruidos y gritos.  Llegó también la Policía.  Se encontraron con los muebles deshechos, ropas rasgadas...  Se lo llevaron en una ambulancia con la camisa de fuerza.  Tengo noticias de que la Dirección va a tramitarle la incapacidad total, aunque cabe la posibilidad de jubilarlo.  Decidirán la fórmula que le deje en mejor situación.  De cualquier manera, no volverá a trabajar con nosotros.

Por la mañana, Carlos le había preguntado: “Ponciano, ¿qué tal tu Inma?”.  Contestó: “Déjame en paz.  Son todo mentiras, patrañas para pasar el rato”.

Un fuerte abrazo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Sexta Carta

SEXTA CARTA

Zaragoza, 2 de Noviembre de 1.983

Amigo Pascual:

Ya ves que no he demorado esta carta.  Mis razones tengo.  Estos días han ocurrido acontecimientos importantes con Ponciano y quiero tenerlos frescos en mi memoria para no olvidar ningún detalle.

Te vaticiné que era el momento justo para tomar una decisión drástica sobre nuestro amigo.  Se ha cumplido.  Míster Quiterio no se cruzó de brazos ante las protestas de Julita, apoyada por otros compañeros, y tomó cartas en el asunto.  Tenemos los resultados encima.

El Jefe de Personal llamó a Ponciano.  El hombre se presentó pulcro y acudió disciplinado a su despacho al día siguiente de la comunicación.  Se le veía calmado y algo asustado.  Le acompañó don Quiterio y luego nos dio cuenta de lo ocurrido en la entrevista.  El señor Bastida, el Jefe de Personal, le exigió explicaciones sobre su comportamiento, aludiendo a quejas tanto de su Jefe de Departamento como de los compañeros.  Ponciano, en un principio, divagó, presentó excusas.  Pero al insistirle, comenzó a contarle sus historias con pelos y señales, tal como las oíamos nosotros de cincuenta a cien veces todos los días.  Añadió que todo era un complot preparado por manos en la sombra para desprestigiarle y evitar su ascenso a teniente coronel.  Sus dos interlocutores se armaron de paciencia, intentaron darle la vuelta, primeramente, dándole la razón, después, acorralándole con sutiles amenazas.  Al verse perdido, lanzó su comentario: “Si lo sueltan, no me caso.  Ni cedo ni cederé.  De teniente coronel o nada”.  Dejaron por imposible el contacto directo.

Ese mismo día, localizaron a sus familiares.  Tal como te dije, tiene hermano y hermana.  Aquél se personó en la empresa a los dos días, llegado de Salamanca.  Su presencia parecía indicar que se responsabilizaría del problema.  Tuvo contactos con la Dirección.  Pasó en nuestra ciudad casi una semana y antes de su partida dio a entender que la rebeldía de su hermano le impedía gestionar cualquier acción con él y que no podía permanecer más tiempo alejado de Salamanca, porque tanto sus negocios como su familia le requerían urgentemente.  Se marchó sin dejar nada solucionado, pero las malas lenguas hablan de si su viaje lo hizo para comprobar el estado de salud de su hermano y ver si podría alegar incapacidad para lograr la administración de sus bienes.  Otros dicen que antes de marcharse dejó en buenas manos el testamento de Ponciano.  Sólo son malas lenguas, no puedo darte fe.  Su hermana tampoco intervino con profundidad.  Limitó su partici­pación a una llamada telefónica al departamento, que casualmente yo recibí.  Al contestar al teléfono, cuando se identificó, no pude reprimir un gesto de sorpresa.  Inmediatamente pensé en la osadía de pedirle datos sobre su hermano, su vida, su situación.  La oportunidad era irrepetible.  Le dejé hablar.  Utilizó un tono suplicante para relatarme los problemas que todos conocíamos y me rogó paciencia y resignación.  Me dijo que Ponciano era un hombre solitario, necesitado de ternura y cariño, que era bueno, pero no sabía vivir en sociedad porque desconfiaba de todo y de todos.  Siempre pensaba en el engaño y en el robo.  Ante esta actitud, no creí conveniente atosigarla con mis preguntas y sólo pude asegurarle que intentaríamos tratar a su hermano de la mejor manera posible.  La mujer me lo agradeció.

La empresa acordó con el hermano de Ponciano el nombre de un especialista para darle la atención necesaria.  Acudió a regañadientes, y le recetó unas pastillas que como efecto secundario producían somnolencia, por lo que debía permanecer una semana en su domicilio.  Al tercer día, ya lo tenemos de vuelta.  Es lógico, ¿cómo iba a pasar el buen Ponciano, y cualquier mortal, una semana en soledad, entre cuatro paredes, soportando un estado de reposo que crearía ansiedad y quién sabe si hasta deseo de suicidio?

Ponciano ha vuelto a su normalidad. Se encuentra calmado, relajado.  Ha mejorado su aspecto, algunos kilos han desaparecido de su barriga, sus ojos han recuperado el color blanco y se muestra centrado en su trabajo.  No habla con nadie, mantiene el aislamiento que trajo con su incorporación al departamento, se limita a recoger su tarea y a deambular por la oficina.  Igualmente, nadie le provoca.

Todo hace pensar que ha recuperado su estabilidad emocional.  Hemos vuelto a la tranquilidad y por tanto a la rutina que odio.  Temo la conclusión del motivo de mis cartas.  Si continúa la normalidad, me veré obligado a buscar otro tema interesante.  No dejaré de escribirte.

Un saludo,

 ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Quinta Carta

QUINTA CARTA

Zaragoza, 28 de Septiembre de 1.983

Amigo Pascual:

No puedo demorarme en comenzar la carta con otros temas que no sean los de nuestro Ponciano.  He dejado pasar más tiempo porque los acontecimientos se están desbordando.  Esperaba poder contarte un cambio de Ponciano, pero ha ocurrido todo lo contrario.

Los compañeros ni siquiera le hacen caso si no es para reírse de él o amenizarse un rato con sus ocurrencias.  Unos días son repetitivas, otros, renueva detalles real­mente dignos de Alfred Hitchcock.  Será mejor empezar por algunas de sus historias.

Ponciano continúa con su juicio pendiente, lo remoza, lo remueve, se reitera hasta la saciedad.

—Estaría bueno que le dieran fianza.  Su abogado es un inútil.  Mucho nombre y pocas nueces.  Claro, es como él, imbécil.  No me extrañaría que fuera el asiduo de los delincuentes.  Sí, ya ha defendido a alguno de la ETA.  Si es que Cedrés estará metido en la ETA.  Estará, estará, seguro.

—Ponciano —le recriminé—, te estás jugando mucho con esas acusaciones.  Si Cedrés se llega a enterar...

—Ése, un cerdo.  Y es todo verdad.  Todo.  Ya se descu­brirá.  El juez tendrá en cuenta sus crímenes y lo meterá en la cárcel hasta que se pudra.

Cuenta ahora con un nuevo personaje, Javier, el her­mano de Inma.  Joven, de unos treinta años, hombre leal y efectivo donde los haya.  “Tomamos copas juntos y la gente habla y se extraña.  Todos hablan.  Y es que Javier es un tío importante, pero nadie sabe que es de la B.I.S., la Brigada de Investigación Secreta.  Teniente es.”

Ponciano suele informar a Carlos de asuntos importantes —perdona, se me contagia no sé si la ironía de Carlos o las invenciones de Ponciano.

—Ayer me querían matar.  Prepararon bien el atentado, pero soy un elemento distinguido y me vigilan.  Fue por la noche.

—¿Cómo piensas que eres tan importante?  Si eres un pobre diablo, una caquita de cordero...  ¡Dios mío, qué ilusiones!

—Sigue, sigue con tu historia —me interesé.

—Son todas igual, Álvaro —intervino Carlos.

—No hagas caso, Ponciano.

Ponciano estaba nervioso, miraba a todas partes.  Se me acercó, puso su rostro tan cerca del mío que olí su aliento a cerveza.

—Subieron por el patio de luces.  Habían tirado cuerdas por el tejado y escalaron hasta mi ventana.  Hicieron un agujero en el cristal.  Iban encapuchados y nadie vio sus caras.  Sacaron sus Astra 9 milímetros Parabellum y cuando quisieron disparar allí estaba Javier con su revólver.  Tres tiros.  A la cabeza.  No falló ninguno y los tres cayeron como pajaritos, ji, ji, ji.

Sonreía satisfecho.

—¿Cómo supo Javier lo del atentado?

—Contactos... y que me vigilan, me vigilan.

Carlos hizo un gesto despectivo y se levantó.

—¿Quién te vigila?

—Me protegen Javier y sus amigos del Cuerpo.  Inma se ha venido a vivir enfrente de mí y me ve por la ventana y por el circuito de televisión que han instalado en mi casa.  Me quiere Inma.

—Lógico. Le salvaste la vida —afirmé.

—No, la vida se la salvé al general.  Cedrés lo quería matar para que desapareciera la denuncia y yo me interpuse.  Mi padre también salvó la vida al gobernador, cuando la guerra, en el 37.  Todo queda en familia.  En mi buena familia.

—¿Por qué se mudó Inma?

—Para estar conmigo.

—Pero tú, ¿la ves?

—Sí, algún día, pero es ella la que me ve a mí. Me idolatra.  Ella sabe cuándo me levanto, qué hago...  Me ve desnudo, oye.  Y le gusto.  Soy un tío sano, sanísimo, no como otros.  Mira —se dio dos puñetazos en el pecho, mientras escondía la barriga—.  Estoy fuerte.  Y la gente lo sabe.  Habla de mí.  ¿Qué hablará?  Pero todos hablan de mí, de lo mío.  Está en la calle.  Se enteran de todo.  Me apoyan.  Soy popular, pero no quiero.  El otro día, la televisión vino a mi casa.  La regional.  Pretendían hacerme una entrevista.  Los despaché.  Yo soy hombre humilde.  La televisión para otros, para otros.  Estoy bien como estoy.

Esto es una pequeña muestra.  Todos los días, Ponciano nos acosa con sus patrañas.  Muchas veces, nosotros le incitamos, pero poco a poco son más las ocasiones en que nadie le provoca y él suelta toda la retahíla a quien la quiera escuchar.  Siempre aprovecha cuando don Quiterio no está.  Le respeta en demasía, le tiene miedo.

Julita se ha hartado.  Tiene su mesa junto a la de Ponciano y cuando no está con nosotros, debe continuar martilleando con su palabrería a la pobre chica.

—Este hombre es desesperante —protesta Julita—.  Se ha vuelto inaguantable y cada día me da más asco.  Huele a cerveza, grita a rabiar y ahora no hace más que enseñarme fotografías pornográficas y decirme: “Te gusta, te gusta”.  Trajo un día una caja de preservativos y decía en voz alta que no le valían, que eran pequeños.  Tiene en el cajón un consolador.  “Así la tengo”, me dice.  ¡Ya está bien!  Así no se puede trabajar.

Julita es la encargada de prepararle el trabajo.  Su protesta ya ha sido formal, pero la ha extendido contra algún bromista encubierto:

—Hombre, don Quiterio, y es que encima ya soy objeto de burla entre los compañeros. Tenga, lea, lea la carta que me han dejado sobre la mesa.

Te la transcribo, Pascual, y no pierdas letra:

 

‘Amadísima señorita:

Debo canalizar mis sentimientos hacia objetivos sinceros.  Ya soy mayor y he sufrido mucho de entrepierna, que tengo hernia desde hace cuarenta años, por culpa de un torcido ayuntamiento, y desde entonces no he vuelto a repetir tratos con tal institución.  Y como mucho he sufrido, sé lo que es sufrir por gozar, o mejor dicho, por no poder gozar, que en mi caso es no poder gozar de los atributos amorosos de usted.

Sí, amadísima señorita, me he enamorado de usted como una señora de su perrito faldero, y cuando siento su presencia, de al lado de mi hernia sube y sube un influjo espiritual que se eleva y se eleva hasta donde llega.  ¡Eso es amor!  Amor fantástico que me hace imaginar su cuerpo puro tal cual se asea, y deseo convertirme en el gel que limpia su piel, porque usted debe ser quien limpie a su vez mi alma de la soledad descastada que me inunda.  Limpieza, limpieza húmeda, cura de amor que apague mi fuego inguinal, el que oprime mi hernia.

Exuberante dama, diosa nacida de Eros, poseedora de mi instinto, dueña del efluvio amoroso que me arrastra hacia sus secreciones sensuales, emperadora de mi sufrimiento, ¿cuándo nos vemos?  Desespera mi tálamo sin el calor de su cuerpo y las noches se hacen duras, mirando al techo y evocando curvas de montaña, montañas de cordillera virgen, selva amazónica, rutas de naturaleza que quieren semejar el mundo desconocido de su belleza vestida.  Dudo si tomar sendero hacia su puerta o desesperar entre las sábanas imaginando su presencia entre mis piernas.  ¡Qué agonía, mujer! ¡Agonía de hombre enamorado!

Y deseo apagar mi sed en el líquido de sus entrañas, con el néctar de su amor, con la brisa de sus jadeos.  Acérquese a mí, no tarde, aprisa, por favor, o el influjo de este tormento me arrastraría a cometer la locura de operarme la hernia, y entonces, ¿qué sería de mí?

Espero cualquier orden de sus labios húmedos.  Pídame, por favor, soy todo suyo,

 

PONCIANO’

 

¿Qué te parece?  Deja de reír y sigue leyendo, por favor.  Don Quiterio mantuvo el rostro pétreo, pero sus ojillos descubrían el esfuerzo para contener las carcajadas.

—Y esto no puede continuar así —recalcó Julita—.  Debe usted tomar medidas o pediré responsabilidades a quien proceda.

—Espere un poco, Julita —intentó tranquilizarla el jefe—. Ponciano está pasando una mala racha.  Tiene preocupaciones.

—Pero su sueldo, que no es poco, lo cobra él y lo gano yo, señor Quiterio.  Ponciano es oficial de primera, yo, auxiliar y ¿quién saca el trabajo?  Por Dios, que ya está bien.  Es un vago y se aprovecha en sus desvaríos para justificarse.

El jefe pareció ceder a las quejas de la chica y llamó a Ponciano.  Una vez los dos frente a frente:

—Vamos a ver, Ponciano.  ¿Qué significa esto? —y le tendió la carta.

Nuestro amigo, muy sumiso, tomó el papel y leyó atentamente.  Sin decir palabra, salió hacia su mesa.  Julita exclamó:

—¡Ponciano!

Pero el hombre regresó al momento con otro papel en sus manos y sin más lo entregó al señor Quiterio.

 

‘Amadísimo Ponciano:

Es inútil esperar.  Tengo que arriesgarme a seguir el impulso que dicta mi corazón.  Aunque mi raciocinio me lo impide, aunque mis pasos no se dirijan a una meta razonada, aunque una fuerza superior me obstaculice abrirme a lo desconocido, debo ser fiel a mi sentir enfebrecido.

Y ese sentir que me enardece no es más que un amor apasionado, grandioso, etéreo, inaudito, inexpresable... así, en una sola palabra, definido con el adjetivo perfecto, es decir, sublime.  Y el bendito sentimiento así por mí conceptuado se dirige hacia tu suprema persona.

¡Son tantas cosas tuyas las que me atraen irremediablemente!  ¿Me permites que te tutee?...  Es que te considero tan dentro de mí, tan imbuido en mi camino desesperado, tan penetrado en mis entrañas, que con ese tratamiento alcanzo el éxtasis extraviado de un dicha feliz, es una sensación maravillosa que recorre mi sistema nervioso, que me produce un placer hasta ahora inédito y que estoy segura que ningún otro hombre podría hacerme sentir jamás.

Y vuelvo a decirte ¡son tantas cosas tuyas las que me atraen irremediablemente!  En primer lugar tu sin par rostro enérgico, viril, con esas piedras preciosas por ojos, esa original prominencia nasal que da idea de fuerza arrasadora, ese pliegue sutil de tus labios a manera de corazón...  y tu complexión... atlética sin más, con esos poderosos hombros, anchas espaldas, y esa cintura tan enervante que pide ¡abrázame!...  Hasta tu altura me derrite.

Tengo constancia de tu inteligencia amplia y bien utilizada.  He podido conocer tus amenas conversaciones con los compañeros de oficina, tus alegres chistes y el desinteresado cariño que todo el mundo te ofrece por tu dignidad, tu honor, tu nobleza y tu compresión.  Sé de tu incansable labor contra la delincuencia, de la valentía y arrojo que derrochas sin esperar compensación pecuniaria.  Eres inigualable, Ponciano, inigualable.  Pero también soy consciente de los enemigos y de los males que te acechan, de los inhumanos individuos que buscan tu destrucción.  No temas.  Protégete en mí.  Yo saldré defensora de tus valores y consoladora de tus penas.  Ven a mí, bebe mi amor, y quiéreme... te necesito.

Soy capaz de luchar hasta la extenuación contra todos aquéllos que se interpongan en nuestra unión.  Soy capaz de amarte como personaje dramático, como la Julieta shakesperiana, como la Isabel de Teruel, como Melibea amó a Calixto, es decir soy capaz de morir por tu amor.  Te aguardo, Lancelot de mi esperanza.  Sucumbo por ti,

 

JULIA.’

 

Y Carlos sonreía.  Estoy seguro de que tiene gran culpa de este buen rato que acabamos de disfrutar.

—Y bien, don Quiterio —requirió Julita.

—Vuelvan a su trabajo.  Tomaré medidas.

—Eso espero, don Quiterio.  Si no, ya sabe —amenazó la chica.

Cuando ambos se hallaban fuera del departamento, don Quiterio, sin mostrar enfado, pero enérgico con sus palabras, soltó a los presentes:

—Señores, esta broma es impresentable.  No quiero buscar culpables, pero en caso de que se vuelva a repetir me veré obligado a sancionar severamente.  De ocho a tres es tiempo de seriedad y trabajo.

Carlos escondió la mirada.  Creo que todos pensábamos en él, incluso míster Quit, pero nadie dijo palabra.

No quiero ir más allá con la broma.  Simplemente es divertida y con originalidad.  Lo importante es la actitud de Ponciano ante ella, tan serio, tan en su sitio, sin demostrar enfado o divertimento.  En cambio, otras situaciones provocan más quejas.  Antonio también ha protestado.  La mesa alta se encuentra frente al costado de su silla y tiene que aguantar continuamente el soliloquio de Ponciano.  Le machaca y le machaca con sus historias.  No sería la primera vez que Antonio se levantara, harto, a dar un paseo para evitar el martilleo.

Pero goza de alguna defensa.  Lucía, a pesar del episodio que sufrió, intercede por él.

—Dejadlo en paz.  Es un buen hombre.  No hace daño a nadie.  Ya se jubilará.

—Me gustaría verte a ti en mi lugar.  ¿Aguantarías ocho años más con él?  Prueba, prueba, te cambio la mesa.  Prueba —le rebatió Julita.

—No será para tanto.  Eres una exagerada.

—Ni lo sueñes.

Realmente, no hay defensa que valga y todos están contra él, pero aprovechan sus ratos libres para escucharle y divertirse, incluso los compañeros de otros departamentos.  Y con estas confianzas,  Ponciano deambula orgulloso contando sus peripecias a cualquier mortal que se le presenta por delante.  Algunos le hacen callar, pero no se preocupa y cambia de objetivo hasta encontrar a quien le presta oído.

Debo reconocer que se ha hecho inaguantable.  En realidad, es intermitente, pero sus desvaríos han aumentado, tanto en cantidad como en falta de credibilidad.  Ha perdido el nexo entre unos y otros, incluso pierde el hilo en un mismo monólogo.  Todo predice una pronta conclusión.

Te envío un abrazo,

ÁLVARO