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Molintonia

Epistolario de un oficinista, Cuarta Carta

CUARTA CARTA

Zaragoza, 2 de Febrero de 1.983

Amigo Pascual:

Lo de Ponciano es inaudito, tan anecdótico que no quiero adelantarte ningún detalle.  Lee con atención.

He intimado un poco más con Carlos.  A pesar de su juventud, es un muchacho que razona con madurez, con­versa de cualquier tema lúcidamente, aunque siempre coloca su guinda irónica o burlona, y demuestra tener buena formación.  Me resulta algo chocante, sobre todo, al hablar de temas acerca de la gente de su edad, puesto que yo, sin considerarme desfasado, llego a escandali­zarme de algunas de sus opiniones.  No es sumiso, trata a míster Quiterio de tú y habla claro de lo que no le parece bien.  A mí me gustaría hacerlo también, pero nos educa­ron para criticar en la sombra, asentir y obedecer.  Carlos es ácido en sus comentarios, y en ocasiones se excede y cae en el sarcasmo o el cinismo.  Tiene arte para encon­trar a las personas que no entienden su forma de hablar y, por eso, al espectador le resulta divertido.  Ha cuajado rápidamente en el departamento.

Ponciano ha ido evolucionando.  Ya comprenderás.

Durante las últimas semanas, hemos trabajado de firme y no he tenido tiempo de observarlo detenida­mente.  En esos días, me llamaba la atención el contraste de su sobriedad con sus salidas de tono.  Podía ser el ejemplo del empleado constante que airea sus manías de vez en cuando.  Esta semana, más relajados todos, Pon­ciano ha sido protagonista de unas situaciones dignas de ser contadas.

El lunes llegó al departamento una solicitud del Juz­gado con petición de datos sobre un cliente.  Refiriéndose al caso, alguien hizo un comentario sobre las leyes o algo referido a su aplicación.  Ponciano, oído avizor, se acercó a Carlos y le dijo:

—¿Lo sabes?, ¿lo sabes?  Es la ley, la ley, entendida como fuente principal del Derecho, y si hay vacío legal en el asunto a juzgar, se observan las costumbres y los prin­cipios generales.  Todo juez lo sabe y se informa y, si no, acude a la jurisprudencia, ¿sabes qué es?.  Tú qué vas a saber.  Yo te lo diré.  Son los pronunciamientos o senten­cias de los tribunales en cuanto deciden conflictos de Derecho, y sirven con valor de precedente.  No lo sabías, ¿eh?, inculto.  Pues no, que el juez decidirá y el general lo sabe y si lo sacan, no me caso.

—Ole y ole la cultura de Ponciano —se burló Carlos.

Está claro lo acertado de la definición, las palabras precisas, el lenguaje jurídico.  Demuestra que es un hom­bre informado en Derecho.  Carlos adivinó mis pensa­mientos.

—Álvaro, no te equivoques.  Tiene buena memoria, nada más.  ¿No recuerdas tú las preguntas del Catecismo con exactitud? Pues cuando él estudió Derecho Mercantil se empapó como un loro todo el libro.

—Pero se ve que razona.

—Algo tiene que tener el pobre.

—No seas cruel.

—Realista sin más.

—¿Y lo del general? —interrogué, curioso.

—Tan verdad como que mi padre guerreó en Waterloo.   

—¿Estás seguro?

—Ya te enterarás. Tiempo al tiempo.

Ponciano es culto, no me cabe la menor duda.  Sus esporádicos comentarios lo atestiguan.  A veces, se inmiscuye en las conversaciones y aporta sus conoci­mientos.  Hay que decir que normalmente no vienen al caso, pero son acertados. 

Lucía es vegetariana y trae zanahorias para su almuerzo.  Ponciano se le acercó y le dijo:

—¡Ah!, Lucía.  Zanahorias.  Buenas, muy buenas para la vista.  Vitamina A tienen.  Evitan la ceguera nocturna y pigmentan la piel.  Ya lo creo.  Yo también las como, también, frescas y cocidas.

—Por eso tienes la piel tan morena, y no usas gafas porque tienes una vista de lince —le espetó Carlos en voz alta y acusadora.

Ponciano se escabulló.

Algo se publicó recientemente en los diarios sobre “El Campesino”, haciendo alusión a su protagonismo en la guerra del 36. Comentábamos sobre el asunto y Ponciano se acercó.

—¿Habías oído hablar de “El Campesino”, Ponci? —le preguntó, utilizando el diminutivo no sé si con cariño o burla.

—Sí, hombre, ¿cómo no? —contestó, orgulloso.

—He oído hablar que fue un buen militar —intervine.

—Habría que discutirlo.  Le gustaba la disciplina con exageración.  Mataba a los que volvían la espalda al ene­migo —me aclaró Ponciano.

—¿Era nacional o republicano? —preguntó, incisivo, Carlos.

—Rojo, rojo, de las Brigadas Internacionales.  Hubo mucha gente extranjera que vino a luchar.  Los nacio­nales tuvieron ayuda de los italianos y de los alemanes, porque les interesaba un gobierno español como el de ellos.  Los alemanes eran buenos, daban la cara, pero los italianos eran unos cobardes —bajó el volumen de la voz y se acercó más a Carlos para hablarle casi al oído—. Se parecen a los españoles en el físico y en el gusto por las mujeres, para esos son latinos, pero en la valentía se que­dan atrás muchos kilómetros, muchos.

Se quedó satisfecho, orgulloso de su patria.

—Somos buenos los españoles, ¿eh, Ponciano? —continuó Carlos.

—Mejor que algunos y con más arrojo y si no, que repasen la historia, la Reconquista.

—Tú eres un buen ejemplar.

—Mejor que algunos que se las dan, ya lo creo.

—Alto y fuerte, agresivo.  Das la talla, Ponciano —ironizó Carlos.

El aludido se pegó dos buenos puñetazos en el pecho y se irguió tanto que pareció crecer. A continuación, con una sonrisa llena de satisfacción, como si marchara en un desfile, comenzó a caminar con aire marcial.

—Ahí tienes, Carlos —le dije—. Son conocimientos sobre historia, sobre la guerra, sobre el mundo.

—Su padre luchó en el 36 —justificó.

—Siempre tienes excusas.

—Ponciano tiene cultura.  No sé cómo la ha adqui­rido... pero está loco, a la vista está.

—Yo no lo veo tan claro.

—¿No has oído que se cree el supermacho ibérico? Pues así se autocalifica, y ya lo ves, una birria de hombre.

—Eres cruel, muy cruel, con el buen Ponciano.

—No le hago daño y me divierto.  Está loco.

—No lo creo.

—Ya lo creerás.  Ya lo creerás —y sonrió convencido.

Estoy seguro de la verdad de mis razones.  Encuentro a Ponciano ligeramente extraño, retraído, escurridizo, pero su comportamiento y formación no son los de un desequilibrado mental.  Tengo dudas, pero me inclino por mi teoría.  La soledad puede con este hombre y le ha agudizado sus manías, manías que se acrecientan por su carácter fuerte y sus ideas arraigadas.

Al poco tiempo, Carlos comenzaba a demostrarme el porqué de su sonrisa.

—Ven aquí, Ponciano, acércate —le ordenó.

—¿Qué quieres? —solicitó, enfadado por el tono de la exigencia.

—Explícame cómo va lo de tu ascenso.  Hace meses que no sé nada de tu carrera militar.

—Todo estancado —contestó seco.

—¿No me digas? ¿Y por qué?

—Hasta que no se resuelva el juicio, nada.  No quiero ni oír de ascensos.  La sentencia dejará todo en claro.  Salvará mi honor y el expediente seguirá su curso.  Hasta entonces, seguiré de comandante.

—Pero tú, hombre de Dios, hormiguita del diablo, cariñito de mamá, sorbo de inocencia —tras el tono iróni­camente suave, lanzó su siguiente afirmación con severi­dad—, ¡tú qué vas a ser comandante!

—De sobras lo sabes, renacuajo —fue la primera vez que oí a Ponciano rebatir la ironía de Carlos, si no con igual arma, sí con un insulto cargado—. Comandante honorífico de la Guardia Civil.  ¿Te quieres cachondear o qué?

Se alejó enfadado.

—Verás, Álvaro, que mi teoría se cumple —aseveró Carlos.

—¿Acaso no es comandante? —pregunté, ingenuo.

—A ver si el loco eres tú.

—Explícate.

—Nuestro buen amigo Ponciano habría deseado ser un militar de alta graduación y ama las pesquisas para restablecer la ley y el orden.  ¿De acuerdo?

—Podría cuadrar.

—Bien.  En nuestro anterior departamento trabaja un tío muy cachondo, Marcial Buendía, lo conocerás, supongo.

—¡Si es tan serio!

—Échale un galgo al pajarito.

—¿Quién lo diría?

—Escucha, escucha. Marcial, en una de sus venadas, le nombró sargento.  Sargento a secas, sin más.  Ponciano se engordó unos diez kilos de satisfacción y se añadió, para hacerlo creíble, la coletilla “honorífico de la Guardia Civil”.   Se lo creyó hasta tal punto que se inventa misio­nes a cumplir en pro de la justicia, contactos con altos mandos militares y civiles, del gobierno, de la policía, del ejército, de lo que cae a pelo.  Tiene franca la puerta de todas las comisarías, ¿sabes?, incluso coche oficial.  Y por ahí lo saben, ¡eh!, lo saben.  Siguiendo con la broma a lo largo de los años, Marcial le enviaba comunicados ascen­diéndole grado a grado.  Nunca los creía, hasta imaginaba quién era su redactor, pero allá a los días, informaba solemnemente de su ascenso, conseguido por méritos en la captura de algún criminal, en la desarticulación de un comando terrorista o en la desactivación de una bomba colocada en el baño de una Maternidad.  Y ya ves, hoy es comandante...  ¡Hombre!, guardo una prueba.

Abrió uno de los cajones de su mesa, rebuscó dentro de una carpeta azul, tomó un folio escrito a máquina y lo depositó sobre la mesa.

—Atento. Esta es la comunicación de su último as­censo.  Marcial tuvo la deferencia de regalarme una foto­copia.

Y comenzó a leer:

 

‘Admirado Ponciano:

Tengo el grato placer de comunicarte por anticipado una extraordinaria noticia: con el comienzo del año serás nombrado Comandante.  Enhorabuena. Al tiempo oportuno recibirás el correspondiente oficio.

¿Qué tal te sienta? Sé que en tu humildad pensarás que no has hecho suficiente mérito para tal honor, pero todos sabemos que eres el hombre más íntegro y audaz de nuestro cuerpo.  Con esto, van a quedar atrás todas las especulaciones surgidas acerca de tu anterior nom­bramiento como Capitán.  He contactado con los más acérrimos detractores de aquel ascenso y han corrobo­rado mi opinión y la de los demás generales: tus méritos de este año superan con creces a los de campañas pasa­das.  Eres fantástico, Ponciano, honrado, trabajador, honesto, valiente, consecuente...  En fin, que tu próximo ayuntamiento con mi hija Inmaculada me hace extre­madamente feliz.

Quiero aprovechar esta misiva para hacerte exten­siva mi felicitación, tal como  S. M. Don Juan Carlos te congratuló en el mensaje de Nochebuena.  Yo sé que a pesar de que no quiso mencionarte, al ensalzar a los luchadores contra el terrorismo, en su mente estaba viva tu imagen como el principal adalid de la batalla.  Los terroristas tiemblan al oír hablar de ti.  Hombres sanos y fuertes necesitamos como tú.  Así nos irían mejor las cosas.

Sr. Comandante, sea usted bien hallado al recibo de esta carta, y sea receptor de mis mejores deseos para el próximo año.  Un fuerte abrazo,

 

EL GENERAL SANJURJO’

 

Dejó pasar un largo silencio mientras miraba sonriente la misiva.

—¿Qué te parece? ¿No es cómico?

Continuaba boquiabierto.

—¿Quieres ascenderlo a teniente coronel?  Ánimo, escríbele una carta.  Tienes el camino despejado, lo está esperando.

Habría querido seguir la conversación con Carlos, pero llegó trabajo y el jefe nos miraba de reojo.

Anteayer, a última hora de la mañana, Ponciano se encontraba apacible ante la mesa alta.  Apuntaba en sus papeles con tranquilidad.  Hubo un rato que permaneció pensativo, con la mirada perdida.  Cuando despertó, tras un ligero cabeceo, informó en voz alta a todo el departa­mento:

—Nada, hasta Abril no me caso.  Está decidido.  Hasta Abril no me caso, ni que se empeñe el general ni el gobernador.  Primero, el juicio; después, hablaremos.  Yo no quiero los millones de Inma, ¿para qué?, yo tengo los míos.  No es por el dinero, no, pero hasta Abril no me caso.  Inma está de acuerdo.  ¿Qué se habrá creído el cerdo ese?  ¿Cedrés va a manchar mi honor?  ¡Y una mierda!  No me caso ni me casaré.  El juicio, la sentencia es lo que hace falta.  Estaría bueno.  El, en la cárcel, y sin fianza. Ni por cien millones le dejan salir.  Y que no la pida.  Ni se le ocurra.  Con lo que hizo el tío.  Nada, nada, hasta Abril nada.

—Pero, ¿te ibas a casar, Ponciano?  Ya era hora —habló Antonio.

—Ya lo creo.  Con Inma —contestó, radiante.

—Y, ¿quién es Inma? —siguió Antonio.

—¡Quién va a ser!, la hija del general.

—Y, ¿cómo es?, ¿cómo es, Ponciano?

—Virgen y guapa, y muy discreta. Toda una mujer, sí, señor.

—¿Virgen? —intervino Carlos—. Si se la ha pasado por la piedra Alfonso.  Anda, Alfonso, cuéntale, cuéntale cómo funciona.

—Ese desgraciado. Si ni con su novia puede.

—Tú sí que eres impotente —se defendió Alfonso.

—¿Yo?  Así todos los días —se tocó el antebrazo que tenía levantado—, así me levanto todas las mañanas.

—¿Y has podido aguantar sin tocar a Inma? —continuó Carlos.

—Ella, virgen hasta el matrimonio.

—¿No dijiste que la habían violado? —intervino Lucía con tono ingenuo.

Ponciano se exasperó.

—¡Lo intentaron! A ti si te follan, ¿qué diría tu padre?, ¿qué diría?, ¿se quedaría en el sitio? ¿Y tu novio?  ¿Se cruzaría de brazos?  Di, di, di...

Mientras hablaba, se acercaba hacia ella. Lucía, asus­tada, se escondió tras la pila de papeles de su mesa.  Pero antes de que Ponciano alcanzara el frente de la mucha­cha, Carlos le incre­pó:

—Hacia las mujeres vas, cobardes.  Con ellas te desaho­gas.  Basura eres.  Una basura.

—Tú a trabajar y a callar.

—Y tú a contar embustes a tu padre —le gritó enérgico Carlos.

Ponciano se plantó en el sitio y le miró fijamente. Las pupilas le brillaban, tenía la frente cubierta de sudor, le temblaba todo el cuerpo, su mano derecha estaba a punto de romper el lápiz y la izquierda arrugaba fieramente una cuartilla.  El silencio fue espantoso.  Carlos se levantó y se apoyó en la mesa sin dejar de mirarle.  Estaba fingiendo, pero no podía ceder ni un centímetro en su postura.  Siguió hablándole:

—Eres un cochino embustero que nos rebozas tus his­torias con la insistencia de un crío de primera comunión.  Si te dicen algo que te molesta, sólo a las mujeres gritas, cobarde.  Tú no eres un hombre, eres un faldero imbécil.

Ponciano inclinaba su cabeza con lentitud y miraba a Carlos por encima de las gafas.  Todavía cerró más sus puños y dio un paso adelante.

—Ni te cantees —le advirtió Carlos—.  Ni un paso más, ¿entiendes?

Vi que don Quiterio se acercaba al departamento.  Todo esto sucedía sin su presencia, naturalmente.  Carlos también se dio cuenta, pero no dejó su actitud.  Al oír la puerta, Ponciano se volvió hacia ella y, con una expresión de temor, dio media vuelta y continuó su tarea en la mesa alta.  Todos suspiramos.  Durante varios minutos conti­nuó el silencio, culpable para unos, amedrentado para otros.

Más tarde, comenté con Carlos.

—Has estado demasiado duro con Ponciano.

—Lucía lo necesitaba.

—Te has excusado con ella para desahogarte.

—Una cosa lleva a la otra.  Ponciano merece de vez en cuando una buena reprimenda.  Cede ante los fuertes y se calma.

—Me gustaría saber algo de Inma.

—¿No me has oído llamarle embustero?

—¿Qué quieres decir?

—Inma no existe.  Es la Dulcinea del siglo XX.

—¿Cómo lo sabes tan seguro?  ¿Acaso le espías?

—No, no me interesa tanto Ponciano.  Es fácil adivi­narlo.  El dice que es hija del general Sanjurjo, hijo a su vez del fallecido en accidente cuando la guerra, si no me equivoco.  Se supone en su historia que la conoció en una reunión de alto copete.  Allí estaba también Cedrés, que, obsesionado por ella, intentó violarla.  Ponciano, al verlo, se lanzó como un mosquetero sobre el vil villano, y lo derribó de un soberbio puñetazo.  Al salvarla, es obligada la boda.  Los hermanos Grimm, ¿no crees?  Caperucita Roja al lado de este montaje queda calificado como vera­cidad indiscutible.

—Así contado.

—Es farmacéutica, ¿sabes?  Su farmacia está por el barrio de Las Fuentes.  Cuando le dije que quizá la cono­cía, porque pasaba mucho por allí, me salió con que ella sólo ponía el título, que apenas iba por el estableci­miento.

—Todo parece a tu favor.  No puedo replicarte.  Ahora ya es curiosidad.  Parece que sabes bastante de la vida de Ponciano.  ¿Tuvo novia alguna vez?

—Sí, ya lo creo que la tuvo.  No tiene desperdicio el asunto.  Estaban a punto de casarse.  Tenían todo prepa­rado.  Las familias se conocían, habían comprado el piso y fijado el día del acontecimiento.  Faltaba poco más de un mes cuando se echó atrás.  En una semana, sin que nadie se enterara, vendió el piso y los muebles y no quiso volver a ver a la novia.  Su familia solucionó el problema con bastantes dineros.  Ponciano creyó que su trampa había funcionado, nunca supo del arreglo de sus padres con su novia y pasó a ser el más inteligente de los morta­les.  Por palabras suyas, sé que ella vive en Madrid, casada y con dos o tres hijos.

—¿Por qué lo hizo?  ¿Por el dinero?

—Supongo que fue la razón principal, pero seguro que un día apareció un detective amigo suyo para informarle de la calaña de su futura esposa, es decir, de su promis­cuidad y ansia crematística.

—¿De verdad lo crees así?

—Claro que no.  Vete a saber qué pasó por su linda cabecita.  Pero está comprobada su infinita tacañería.  Vamos, que me río yo de la fama de los catalanes y soria­nos.

—¿Es cierto lo de los millones?

—¿Los suyos?

—Sí, claro, los de Ponciano.

—Tiene, tiene, varios.  Me ha enseñado certificados de depósito de hasta diez millones.  Las únicas llamadas que recibe son las del Director del Banco.  A veces las hace él y he oído cómo ordena la compra o venta de tales accio­nes, o cómo recrimina con autoridad alguna demora en el envío de cierto documento.  Utiliza el mismo tono de voz con que un gerente abroncaría a su secretaria por pin­tarse las uñas en horas de trabajo.  Fíjate en este otro detalle y juzga: cuando las nóminas no estaban domici­liadas, el día de pago se presentaba un personaje del Banco para recogerle el sobre e ingresarlo íntegro en su cuenta.

—¿Cómo ha conseguido ese dinero?

—No sé si algo ha heredado.  Juraría que no.

—¿Entonces?

—Supongo que con su hacer mezquino.  Cuentan, y de buena tinta, que después de morir su madre, vivía con su hermana y de su hermana.  Ella recibía una pensión, creo que por la condición de huérfana soltera de militar falle­cido o algo así.  Pues bien, vivían de la susodicha paga.  No aportaba nada.  Incluso dejó de comprar el diario y pasó suscribirse para que el recibo de la cuota llegara a casa y lo pagara la hermanita.  Fíjate si estaría harta de él que, aun a costa de perder la pensión, se casó, cercana a los sesenta años, hace bien poco.  No hace falta que te cuente sus razones, ¿verdad?  Ponciano empleaba su dinero propio en pequeños vicios: tabaco, cerveza abun­dante, ropa cara.  El primer Dauphine de la ciudad fue suyo.  Lo vendió por ineptitud en la conducción, aunque él dice: “¡Bah!, si no lo necesitaba para qué lo quería”.

Ya ves, Pascual.  Yo todavía mantengo mi escepti­cismo.  Carlos no es amigo de inventar cuentos, pero la conversación que ayer tuve con Ponciano me abre la posibilidad de pensar que es demasiado inteligente.  Se encontraba tranquilo, tal como predijo Carlos para des­pués de su reprimenda,  y me acerqué hasta él muy edu­cado.

—¿Qué hay, Ponciano?

—Hola, hola, Álvaro.

—Oye, Ponciano, hay veces que me haces dudar de tus historias.  Inma, el general, el juicio, el señor Cedrés...

El hombre sonreía pícaramente, como burlándose de mí.  Intentó escabullirse.

—No te vayas, explícame —le supliqué, sujetándolo por el brazo.

Ponciano sacudió el codo y sin mirarme dijo algo que me dejó perplejo:

—¡Bah!, son todo mentiras, cosas para reírnos todos y pasar el rato.

Se escapó cuchicheando por lo bajo.

No juzgo a Ponciano por ninguno de sus extremos: ni por sus alteradas intervenciones, ni por la lucidez de esta última conversación.  Es evidente su desequilibrio mental, pero loco es una palabra muy dura que tiene connotaciones más exageradas. Pienso que Ponciano conoce su situación, que sabe su desvarío y en los momentos de cordura lo disimula con la excusa del humor.  No dudo en absoluto de su capacidad de razonar, incluso, como te he dicho, de su inteligencia, pero entrando en su vida descubriríamos las causas de sus invenciones.  Bien pudiera ser que una vocación frus­trada de militar le lleve a creerse hoy esa alta jerarquía, y su educación por unos padres severos degenere en su pintoresca defensa de la justicia, entendida desde el sillón del magistrado, como instrumento, no como la actitud humana de repartir igualdad.  Para él, la persona del juez es excesivamente importante.  Inma no existe, yo también estoy seguro, pero Ponciano respeta la femi­nidad y está formado para el matrimonio.  Es probable que haya sufrido constantemente presiones para llegar al altar.  Sus padres, su hermana, los amigos, los compañe­ros... y, por eso, ella aparece en sus fantasías como para­peto ante nuevas exigencias.  O quizá sea un amor plató­nico; aunque si de verdad es así, no he visto ninguna demostración de romanticismo al referirse a ella.

Ponciano necesita ayuda médica.  No creo necesario el internamiento,  pero le harían bien unas sesiones de siquiatra.  Desde luego que él no aceptaría.  Le supondría admitir su enferm­edad y presume de salud.  Heriría su orgullo y “mancharía su honra”.  Es difícil la solución.

Pronto recibirás más noticias.  Es interesante, ¿no crees?

Un abrazo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Tercera Carta

TERCERA CARTA

 

Zaragoza, 16 de Septiembre de 1.982

Amigo Pascual:

A medida que van transcurriendo los meses, este Ponciano me asombra sin remedio.  Tan pronto pasa la jornada relajado y silencioso como se altera hasta el enfado sin existir motivo aparente.  Cuando se encuentra en este último estado, nadie le increpa, nadie se dirige a él, pero inicia un murmullo en solitario durante varios minutos.  El jefe todavía no se ha enterado de estos ava­tares, porque siempre ha coincidido que no estaba en su despacho cuando sucedían.  No creo que sea casualidad.  Ponciano escoge los momentos oportunos.  A pesar de nuestro silencio, todos nos asombramos de su actitud, pero Carlos, sin embargo, acepta con naturalidad los repentinos cambios e incluso se permite bromear con él.  Ponciano le deja hacer o no le importa la burla o la ignora o se embebe tanto en sus cavilaciones que solamente escucha lo que le interesa.

A última hora de esta mañana, Carlos estaba concen­trado en su trabajo con una factura complicada.  Pon­ciano se encontraba frente a él, de pie y apoyado sobre la mesa alta y amplia en la que realiza su tarea cuando entra al departamento.  Llevaba el lápiz en la mano y a su lado había dejado la goma de borrar.  Oímos un ruido muy fuerte en la calle, pareció el pinchazo de un automóvil, que nos sobresaltó a todos un instante.  Nadie le dio importancia... excepto Ponciano.  Al escuchar el estam­pido apenas levantó la cabeza, pero pasados algunos segundos escudriñó el panorama sigilosamente, enviando su mirada a todos los rincones de la oficina.  Su rostro se hizo tenso, sus pupilas, brillantes... Agarró el lápiz con toda la mano y lo clavó con energía en la goma.  Después, se acercó raudo a Carlos.  Creímos que le iba a golpear.

—Me quieren matar, ya ves.

Carlos continuó impasible su tarea.

—Me lo dice el general... y su hija.  No les hacía caso, pero al final va a ser verdad.  Están preparando el aten­tado.  Me quieren eliminar porque yo solucioné todo.  ¡Canallas!  Y se creen que me van a asustar.  No cedo ni cederé.  Al tío ese hay que atarlo corto.  Sin fianza. Y si hace falta, ¡zas!, un tiro en la cabeza y tierra al asunto.  Estaríamos arreglados si no.

Mientras Ponciano hablaba, Carlos levantó su mirada lentamente:

—Ponciano, vamos, relájate.  Explícame todo, pero con tranquilidad.  Me estás poniendo en vilo.  Ya tiemblo con tu historia y si además la cuentas a medias... A ver, ¿qué pasa con el general?

—Con el general nada.  Es muy honrado.

—¿Y con su hija?

—Santa, que es una santa.

—Dices que estás amenazado de muerte.

—Seguro.  Van a por mí, porque yo la defendí y lo metí en la cárcel.

—Mi querido Ponciano, dime algo más del complot que han urdido contra ti.  ¿Es internacional?, ¿nacional?, ¿regional?, ¿comarcal?, ¿provincial?, ¿de tu barrio?, ¿de tu calle?, ¿de tu casa?, ¿o de tu salerosa cabecita gra­sienta?

—Que no, que no, que esto explota.

—Aquí no hay goma—dos, ni trinitrotolueno, ni dina­mita... Nada en absoluto, Ponciano.  Somos pacifistas y te queremos vivo porque nos alegras la vida.

—Al Cedrés, a la cárcel y por muchos años.  Es un asqueroso, un salido, un violador.  Tiene el coño en la cabeza.  Mira que querer tirarse a la hija del general.  Menos mal que estaba yo allí —dijo ufano, estirándose y poniendo sus palmas sobre el pecho—, si no, ¿quién salva a Inma de la violación?  Pues yo, con mis puños.  Menudo cómo le aticé.  Cayó redondo y al verme le cambió la cara.  Me entraron ganas de pisarle el cuello.  No puede ser.  Es un cerdo, un cerdo.  Y si no le juzgan, no me caso.  Está hablado.  Juzgado y culpable, claro.  Si no lo juzgan, no me caso.

Además de su tono y de la expresión en el rostro, me extrañó el nombre que pronunció.  Cedrés fue Secretario General de la empresa.  Está jubilado desde hace un par de años.  Se decía de él que era maleducado, elitista, racista y dedicado a buscar el error del empleado.  Ya has visto cómo le atacaba Ponciano. Pudiera ser que sus razones nacieran de estos adjetivos, pero ni yo los puedo atestiguar ni sé si Ponciano los tuvo que sufrir.

—Ponciano, ten cuidado —le aconsejó Carlos—.  Pue­des caer en un problema grave si alguien de la Dirección te oye hablar así del amigo Cedrés.  Tendrías un disgusto serio.

—Ese tío es un cerdo.  Mira que querer violarla.  Y allí, delante de todos.  Es un mierda... Si se me puso de rodi­llas para pedirme perdón medio llorando.  ¿Y me va a dar un disgusto?  A la cárcel y sin fianza.  Para eso está la justicia.  El juez lo arreglará.  Va listo.

El jefe salió de su despacho y Ponciano volvió rápida­mente a su trabajo.  Carlos le siguió con su mirada y, adornando sus labios con una sonrisa bonachona y tími­damente reprochadora, parecía decir: “Este Ponciano...”

Naturalmente, yo no entendía, estaba perplejo, no sabía qué pensar.  En cambio, Carlos prosiguió su tarea sin demostrar el menor asombro.  Me decidí a pregun­tarle:

—Carlos, ¿Ponciano...?

Me contestó sonriendo, sin dejarme terminar la pre­gunta, como si hubiera estado esperándola días atrás:

—Ponciano, Ponciano...  Está loco —soltó—, deshecho de la cabeza.  Rige menos que un canguro en Siberia.

—¿Loco? ¿Estás seguro?

—Segurísimo.  No hace falta ser siquiatra para verlo.

—Pero... parece normal, es aseado, culto...  No puedo creerlo.

—No es un loco de atar.  Tiene alucinaciones, para­noias.  Es pacífico, bueno... se sabe controlar.

—Está trabajando, sabe lo que hace y cumple con su tarea.

—Nada demuestra eso para justificar su comporta­miento.

—¿Y nadie ha pretendido curarlo, llevarlo a un sanato­rio, darle tratamiento?  ¿No tiene a nadie?

—Sí, tiene familia, hermano y hermana, pero pasan de él, porque es imposible tratarle.  Su hermano marchó a Salamanca y su hermana se casó hace muy poco.

—Y ¿en la empresa?

—¡Ay!, ahí duele.  Ya quisieron intentarlo.  Hace tiempo.  No sé cuándo, porque yo aún debía llevar chu­pete, pero míster Cedrés se hartó de él y pretendió ingre­sarlo en un manicomio.  Todos los gastos pagados por la empresa, claro.  De ahí viene la fobia por ese señor.  Lógi­camente, su honor no podía ser mancillado.  Él loco, ¡por Dios!, con el bien que hace a la Humanidad.  Él, preocu­pado por la justicia, por el bienestar social.  Se opuso rotundamente, amenazó con acudir a la Magistratura de Trabajo.  Mentó al ministro, al gobernador, al general.  Armó un revuelo que se conoció hasta en las Bahamas.  Intentó agredir a Cedrés, se buscó aliados que no apare­cían por ningún sitio.  En fin, en Contabilidad pueden informarte, no es invento mío.  Como tratándole afable­mente no es conflictivo y cumple con su trabajo sin fallos graves, lo aguantan hasta que se jubile.  ¡Ya le metieron buen pepinazo a míster Quit!  No sé cómo lo engatusaron para trasladarlo a este departamento, pero quien lo hiciera es digno de ser embajador en Cuba.  Buena diplomacia, sí, señor.  Ya te irás dando cuenta de lo agra­dable que puede ser el buen Ponciano.

No puedo creerlo, Pascual.  No puedo creer que Pon­ciano esté tan loco como pretende Carlos.  No he observado nada censurable en él.  Hay mucha gente con manías, con genio fuerte.  Además, es un hombre pre­sentable en cualquier ambiente.  Igualmente, pienso que Carlos no ha inventado su historia.  Espero tener más elementos de juicio.

Un saludo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Segunda Carta

SEGUNDA CARTA

Zaragoza, 23 de Marzo de 1.982

Querido amigo:

 Ponciano está resultando un ser de lo más original.  Todo su quehacer se revela interesante y a veces diver­tido.  Me atrae su personalidad, aunque actúe de forma rutinaria.  Estoy seguro que tú también sentirás curiosi­dad por él.

Últimamente, observo a Ponciano con una atención que raya en el descaro.  Le persigo con la mirada a todas partes, vigilo sus gestos, sus pasos, sus palabras...  No me pierdo ni un solo detalle de su deambular solemne.  Todavía no me ha descubierto, y desde luego que no lo deseo, porque le sentaría muy mal y es difícil adivinar su reacción.  Tiene un sentido escrupuloso de la intimidad.  Apenas conversa y si lo hace, se cuida mucho de tocar temas personales.

Ha tomado costumbres inalterables y da la impresión de que toda su vida está así ordenada, con secuencias programadas en una cadencia rígida, todo organizado por su temperamento estricto.  Siempre escucha el sonido de las ocho en su mesa de trabajo.  Yo suelo llegar unos minutos antes de esta hora, y tengo que pasar a su lado para acceder a la oficina.  Pues bien, aún no me ha fallado Ponciano ningún día.  Lo encuentro sentado, mirando al frente, perdido, con un cigarrillo en la mano y hasta tres en el cenicero.

—Buenos días, Ponciano.

Levanta la vista, esboza una sonrisa burlona, quizá para insinuarme: “He llegado antes que tú, ja, ja, ja”, y contesta:

—Buenos, buenos días.

Saluda alegre, educado y rápido, a pesar de su apa­rente ausencia.  Con todos los compañeros se comporta igual, siempre y cuando sean ellos los primeros en diri­girle la palabra.

Para comenzar su trabajo tiene fluctuaciones.  Hay jornadas que antes de las ocho ya circula con sus papeles.  Otras mañanas permanece en su mesa hasta media hora, sin parar de fumar y en situación reflexiva.  Supongo que tendrá algo en qué meditar.  Realiza su tarea mecánica­mente, sin prisas y con descansos, que nunca nota nadie porque nadie se preocupa de él.  El jefe tampoco lo con­trola, ni su trabajo ni su actitud y, así, campa como un lobo solitario por el departamento, excepto cuando a media mañana sale del edificio para ir, según comentan, al bar.  Allí dicen que es alegre y comunicativo, y las malas lenguas siembran comentarios sobre la bebida que toma: si es cerveza, o coñac, o carajillo de anís, o chato de vino...  Tras el refrigerio, continúa su trabajo, quizá un poco más activo, y momentos antes de las tres ya no se sabe nada de él.  Se ha marchado sin despedirse.

Los demás compañeros, ya te he comentado, no cruzan siquiera una frase con él.  El distanciamiento se debe al carácter introvertido de Ponciano.  Rehúye todo comen­tario ajeno al trabajo y, por lo tanto, la gente deja de hablarle, y le trata a sus espaldas de huraño.  Parece que en vista de estas actitudes, ha tomado conciencia de su insociabilidad y ha mejorado en su disposición para el diálogo.  Sin grandes alardes, claro.  De todas formas, es difícil que consiga con cualquiera de nosotros una amis­tad profunda.

Llegó ayer el otro sustituto.  Para suplir a Marcelo, ¿recuerdas?, el segundo jubilado.  Es más joven que el buen Ponciano, sociable y con mejores dotes de conver­sador, astuto y vivaracho, disciplinado, pero burlón.  Tampoco es nuevo en la empresa, por eso puedo darte estos detalles, y coincide con nuestro amigo en el anterior departamento.  Se deduce que hacían buenas migas, pues han cruzado algo más de las frases que Ponciano nos ofrece.  Se llama Carlos y lo han colocado a mi derecha.  Todavía es pronto para tomarle confianza, pero pienso que no será difícil.

Esta mañana, Ponciano ha entrado en el departamento muy alterado.  Sus pasos eran enérgicos y sus acciones mucho más rápidas.  Movía los ojillos a gran velocidad, mirando de soslayo por encima de sus gafas.  Daba miedo observarlo, parecía enfadado y presto para contestar una provocación.  Sus manos temblaban y agarraban con des­cuido los papeles.  Al escribir, daba la impresión de que clavaba una daga en el papel y movía de tal manera el lápiz que parecía dibujar signos cabalísticos.  Recorría la oficina deslizándose con rapidez y sigilo, mirando de un sitio para otro, como esperando un ataque.  De pronto, tras un oteo por encima de sus lentes, se acercó como un rayo hasta Carlos y, en un susurro, le dijo:

—He estado con el general.  Ya está todo preparado.  En cualquier momento saltará.  Va a haber una gorda.  Todo está preparado.  Saltará, te lo digo yo.  Estoy seguro.

Carlos pareció entender de qué le hablaba.

—Se ha retrasado algo, ¿no te parece?  Hacía tiempo que no veías al general.

—Ahora caerá.

—¿El general?

—No, el criminal. Está cercado y pronto Inma podrá salir de casa.

—Por cierto, ¿qué tal está tu mujercita? ¿Ha curado sus jaquecas? ¿Sigue tan virgen como siempre?

—Está muy bien, gracias.  Pero todavía no me caso.  Tenemos el asunto pendiente.

Se alejó rápidamente, caminando con energía y mur­murando frases ininteligibles.  Pero tras unos pasos, como activado por un resorte, se detuvo, giró la cabeza y señalando con furia a Carlos le volvió a informar.

—Habrá tiros, que te lo digo yo.

Sus ojos contenían ira desmedida y en un vuelco comenzó a reír. Supongo que las carcajadas le tranquili­zaron y salió satisfecho, como si al soltar la última frase se hubiera sosegado.

Carlos, al intervenir, mantuvo su sonrisa dócil y habló con un tono irónico que a  cualquiera habría molestado, pero Ponciano no lo quiso percibir, necesitaba estallar y no le importó lo que Carlos pudiera decirle.  Cuando Ponciano le dirigió esa mirada cargada de odio, él lo contemplaba sonriente, bonachón, como si observara la travesura de un niño o las gracias de un bebé.

Esta conversación me abrió la curiosidad, pero no me atreví preguntar a Carlos.  Estuve tentado durante toda la mañana y, al final, cuando me decidí, el jefe me reclamó.  También los compañeros se alarmaron y no hablaban de otra cosa.  En cambio, Carlos permaneció tranquilo.

Antes de empezar esta carta, he querido adivinar el sentido de las palabras de Ponciano.  Fueron tan vagas...  Además, no conozco nada sobre él y sobre su pasado y no me quiero fiar de los rumores.  Intuyo de su aire marcial una relación con altos mandos militares, y de sus pala­bras un posible coloquio mantenido con ellos acerca de asuntos trascendentes.  Desprende autoritarismo y, por lo tanto, lo imagino dirigiendo el diálogo con agresividad y discutiendo las opiniones que le contraríen.  Quizá sea Ponciano una alta jerarquía civil relacionada con el espionaje y en cuyas manos se encuentra el destino del país, la solución a una guerra o el desmantelamiento de una organización terrorista.  Se sentaría en la presidencia de una gran mesa ovalada, rodeado de gentes con uni­formes satinados de las más altas condecoraciones.  Con su voz enérgica, expondría teorías acerca de algún acon­tecimiento político o bélico internacional.  Todos los pre­sentes callarían respetuosos al escucharle y al acabar su plática, justamente enfrente de él, se alzaría su eterno contrincante, rebatiéndole con mil razones sus preclaras ideas.  Ponciano lo miraría con desprecio y altanería para después demostrar que sólo él tenía razón.  La sala se lle­naría de aplausos...

Creo que si Ponciano leyera esto, me convertiría en su mejor amigo.  Pensarás que exagero.  Cierto, pero su actitud cuadraría con esta historieta...  Quiero recalcarte un detalle.  Aquella risa que lanzó inclinado hacia atrás, mientras apoyaba las manos en su barriga y cerraba los ojos, me estremeció tanto como su cambio de actitud en un segundo.

No sé qué pensar.  Cualquiera diría que ese compor­tamiento es el de una persona mentalmente desequili­brada, pero su aspecto, su metódico trabajo, su educa­ción, dan a pensar en un hombre de altas cualidades humanas.

Pronto le preguntaré a Carlos y tendrás fiel informa­ción.  Seguro que resultará tremendamente interesante.

Un saludo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Primera Carta

PRIMERA CARTA

 Zaragoza, 14 de Diciembre de 1.981

 Amigo Pascual:

 Sé que vas a pensar al recibir esta carta: “Ya era hora”, ¿no es verdad?  Desde luego, es hora.  Tengo yo la culpa de que esa hora no diera antes, por lo que solicito tu per­dón...  Gracias.  Sabes que no me gusta escribirte para preguntar: ¿cómo estás?, y seguir: aquí todos bien, Dios lo quiera muchos años.  Me desagrada la rutina, la monotonía.  Bastante tengo con mi trabajo... aunque pre­cisamente el motivo de esta carta nace ahí, en mi oficina.  Verás, lee.

—Señores, les presento a Ponciano.  Va a trabajar con nosotros.  Espero que le ayuden en todo lo posible para lograr que su puesta al día y su integración en el depar­tamento sean rápidas y efectivas.  Mal está decirlo en su presencia, pero he recibido excelentes referencias, tanto del Jefe de Personal como de su anterior departamento.  Don Ponciano, sepa que entra a formar parte de un buen equipo.

Así habló míster Quiterio, ya sabes, mi amable e ínclito jefe.  Su tono severo y responsable nos introdujo al nuevo compañero.  Teníamos noticia de su llegada, puesto que tras la jubilación de Paulino y Marcelo ya se hablaba de él como posible sustituto.  Los chismes han sido continuos, pero nunca he prestado atención a la palabrería y he esperado a conocerlo para opinar.

Ponciano pertenece a la plantilla de la empresa desde hace treinta y seis años.  Entonces tenía veintiuno.  Según cuentan, entró mediante una oposición, de lo que él se enorgullece riéndose de los incorporados a dedo.  Dicen que la situación de su familia era holgada e influyente.  Hablan de Ponciano como recomendado, porque, y te cuento rumores, en su casa querían quitárselo de encima y para ello lo lógico era conseguirle una ocupación.  He de decirte que yo no lo creo así.  Su formación está fuera de toda duda y sus méritos debieron ser suficientes.

Tras el solemne discursito de don Quiterio, Ponciano se nos presentó exageradamente educado.  Parecía muy tímido, pero su apretón de manos era firme y decidido.  Al decir su nombre en un murmullo ininteligible, nos miraba por un momento a los ojos.  Sus pupilas chispea­ban, pero inmediatamente las desviaba hacia el suelo.  Míster Quiterio le asignó una función sencilla que le obli­gaba a permanecer en otro departamento parte de la jor­nada y colocó su mesa en la antesala de nuestra oficina.

El buen Ponciano es bajito.  Rondará el metro y medio, y en la báscula dará unos sesenta y cinco kilos.  Tiene las espaldas relativamente amplias, pero su cinturón apenas sujeta una prolongada barriga que se alarga por encima de sus pantalones.  Parece tener un defecto en los pies, con sus punteras hacia dentro, aunque camina siempre erguido, a la expectativa y con un movimiento de testa que parece confirmar unas posibles visiones.  Mantiene sus ojillos en alerta continua y suele mirar de reojo.  Vigila todo el tiempo y a veces se extraña de algo que nadie percibe.  A pesar de sus cincuenta y siete años, cubre más de media cabeza con su cabello, aplastado hacia atrás con algún líquido inodoro.  Recuerda el peinado del conde Drácula.  Un pliegue en forma de papada le esconde la mandíbula.  El labio superior se delimita por su nariz y por dos profundas hendiduras que prolongan sus mejillas fuera del rostro.  Mientras realiza su trabajo, se coloca unas gafas de montura doraba sobre la punta redonda de la nariz, intuyo que para ver de lejos correctamente por encima de ellas y estar al tanto de cualquier movimiento.

A primera vista, sin hablar con él, lo juzgarías como un individuo sereno, serio, aplicado y de buena educación.  Su forma de andar y de mirar hace pensar en un abolengo de milicia, quizá frustrado por su estatura.  Impone mar­cialidad a sus acciones y es respetuoso.  Parece inteli­gente, demasiado susceptible y acostumbrado al trato con personas extrañas.

...Pero hay algo en él...  resulta interesante.  Ya te contaré.

Un saludo,

ÁLVARO

Epistolario de un oficinista, Prólogo

Mi tío Pascual se ha trasladado a Guinea, a Malabo, ascen­dido a Jefe Administrativo en la nueva sucursal de la empresa donde trabaja. Con esta promoción pretenden recompensarle su labor de hormiguita durante veinte años.  Algo vale Pascual, pero no es para tanto.  Dicen que la veteranía es un grado. Quizá.

No piensa volver, al menos es su intención.  Creo que cam­biará de idea, pero consecuente con lo decidido, me ha nombrado usufructuario total de sus propiedades en España.  ¡Ni que fuera un potentado!...  Suena bien, suena bien... usufructuario total.  Lo cierto es que puedo disfrutar de un amplio ático en una casa antigua de Zara­goza, sin ascensor, situada en la calle del Coso, y de un terreno yermo en El Burgo de Ebro, pero cercano a la urbanización Virgen de la Columna.  Algo haré.

Pascual dejó claro que podía utilizar indiscriminada­mente todos sus enseres, excluida la venta, por supuesto.

Me ha llegado la edad de ser universitario, ¡qué horror!  Convertido pues en un muchacho responsable, llené una maleta de ropa —la preparó mamá—, otra de libros, pósters y recuerdos y me trasladé a Zaragoza, a mezclarme con estudiantes, militares y americanos.  El viento es terrible.

Nada más entrar al ático me asombré.  Desde mis doce años no había visitado a mi tío, siempre era él quien via­jaba hasta Teruel.  El mobiliario se veía recién comprado, ultramoderno, colocado con gusto.  En el techo inclinado, sobre la mesa de despacho, se abría una ventana que daba una luz intensa.  Las paredes estaban pintadas de blanco.  Impresionaba la luminosidad.  Iba a vivir de miedo, ¡sí, señor!

Tiré las maletas sobre el sofá y curioseé por los arma­rios. Estaba todo vacío. Me senté en la silla giratoria y escudriñé la casa.  El interés por encontrar alguna indis­creción de Pascual llevó mi mano al cajón de la mesa.  Lo abrí.  Estaba repleto de fotografías, postales, cartas...  Saqué los papeles, y comencé, uno por uno, a estudiarlos detenidamente.  Abundaban fotografías mías, no sabía que Pascual me estimara tanto.  Allí me vi desnudito, con pañales, en triciclo, con balón, en bicicleta, fumando un puro y en el hospital cuando me operaron de apendicitis.  Supuse que firmaban las postales amistades o compañe­ros de trabajo.  Al esparcir los papeles por la mesa, dejé apartado un paquete de cuartillas unidas por unas gomas.  Cuando las liberé de su atadura, cayeron de entre ellas muchos papelitos escritos con letra pequeña y apro­vechados al milímetro.  Comencé a leer.  Las cuartillas eran cartas firmadas por un homónimo mío, Álvaro, car­tas pulcras y amplias; los papelitos parecían apuntes.  Nada más empezar con la carta más antigua, me creció un interés casi morboso y  no dejé de leer hasta haber terminado de repasar la rúbrica de la última cuartilla.  Narraban las peripecias de un personaje algo especial, llamado Ponciano.  Con este nombre, oí hablar a mi tío de un compañero de trabajo.  Sus palabras hacia él siem­pre fueron de respeto y estima.  El lugar donde sucedían los hechos contados en las cartas me recordaba la oficina de Pascual, incluso coincidían los nombres de los compa­ñeros.  No comprendía cómo un tal Álvaro escribía sobre vivencias claramente protagonizadas por mi tío.  Las fechas no eran muy lejanas.  Dejé las cuartillas.  Por cierto, estaban escritas a máquina, pero no así los pape­litos, y en aquella letra diminuta adiviné la caligrafía de Pascual.  Hablaban del mismo tema que las cartas.  Pare­cían apuntes, notas, diálogos, que no querían quedarse en el olvido.  Casi todo se reflejaba en las cartas más o menos igual. Extrañísimo.

Estaba muy cansado y tenía hambre.  Saqué el bocadi­llo que mamá me había preparado, ¡bendita mamá!, y luego de un baño reconfortante, me acosté.

Empecé a darle vueltas al asunto de las cartas.  Rela­jado, podía pensar mejor.

Era él.  Pascual las escribió.  Era su relato, y los pape­litos, sus apuntes.  Al marcharse, lo dejó todo preparado, las fotografías, las postales...  Me levanté de la cama como un rayo para ir a confirmar mis deducciones.  Estaba clarísimo.  Sólo había en el cajón fotografías mías.  Cuadraba con la firma de las cartas.  Álvaro soy yo y yo no las he escrito.  Todas las postales tenían la rúbrica y el nombre de los compañeros que citaba en la historia.  Iban dirigidas a mi tío.  Me fijé en la firma de las cartas y, a pesar de rezar Álvaro, la rúbrica era idéntica a la de Pascual.  ¿Por qué estaban allí?  Era indudable que las había dejado para que yo las encontrara.  El cajón era lugar inexcusablemente debería utilizar.  Me he atrevido a llegar a la conclusión de que me las ofrecía como regalo...  Como regalo de un guión para escribir una novela.

Como puede comprobarse, he seguido los dictados de mi imaginación.  No sé si estas deducciones correspon­den realmente al deseo de Pascual, quizá me haya exce­dido, pero como algo le debo, mucho le quiero, me tomo la libertad de utilizar este legado con mi nombre.  Y con mi nombre, no por suplantación en interés particular, sino porque de esta manera mantengo su acentuada timidez entre algodones.

He descubierto el porqué de su predilección por mí.  Se consideraba un escritor frustrado y veía su realización en su sobrino Álvaro.  Seguro que tenía pavor a ver su nombre en un papel como autor, y más en una historia de la que él es protagonista directo. También dudaba de su gramática, incluso de su ortografía, y eso le hacía escon­der su afición.  Pensaba que no tenía posibilidades.  Al visitarnos siempre me pedía mi última poesía, mi último relato.  Era la única persona.  De la familia, sólo  él se interesaba.           

Siendo sincero, poco he modificado sus escritos, porque he querido guardarle lealtad.  Ha quedado un relato corto, no llegará a novela.  Algunas cartas las he ampliado, siempre pensando en qué deseaba contar, y como siete era su número preferido, en siete he dejado el número de cartas.  ¡Mi tío Pascual!  ¿Quién lo iba a pensar?

Libro I - Epistolario de un oficinista, Palabras propias de presentación

Libro I - Epistolario de un oficinista, Palabras propias de presentación

Palabras propias de presentación de Epistolario de un oficinista 

Lo más importante para mí en este momento es agradecer a todos los asistentes su presencia.  Muchos de ustedes serán madres o padres.  Yo también.  Para alguien que escribe, y más si es su primera presentación al público, este acto se siente como el bautizo de su primer hijo, por lo tanto, estoy seguro de que comprenderán mi emoción y de por qué he mencionado ese agradecimiento en primer lugar.  Y además es muy especial porque hoy parte de mi familia no puede estar presente por razón de la distancia, así que ver a tantos asistentes en esta sala suponga un entrañable calor de hogar.  Envío mis abrazos a mis hijos Raúl y David, a mis padres y a todos aquéllos a quienes les habría gustado estar presentes.  Igualmente, quiero hacer expresa mención a la familia Prado-Quintás, que con su hospitalidad y cariño me han acercado a esta encantadora localidad de Caseros y me han abierto el camino de esta primera publicación.

Pienso que todo escritor debe ser una persona comprometida con unos valores, ya sean éticos, sociales, políticos o espirituales, porque su obra, en el momento que sale de sus manos inicia una vida que, como la de cualquier hijo, es imposible de controlar.  Convengamos que la elaboración de una obra siempre debe tener presentes unos principios muy parecidos a los que unos padres van inculcando a sus hijos… aunque todos conocemos hijos rebeldes, ¿no es verdad?... y han sabido crecer muy bien por sí mismos.

Escribir es un oficio y se convierte en arte cuando la combinación de sus instrumentos sumerge al lector en un mundo distinto al que sus sentidos percibe.  Y ningún escritor, ningún crítico, ningún filósofo, es capaz de describir por qué se consigue.  Se puede hablar de técnicas, de oficio, de sensibilidad, de observación… pero el lector habitual, que es quien realmente siente esa sensación, no quiere entender de escuelas, estilos, ni de voces narrativas, ni de metáforas, ni de rimas, ni de ritmos…  El lector habitual lee… y le gusta o no le gusta.  Igual que el observador de una escultura o de una pintura.  Los estudiosos del arte se han permitido investigar los motivos y llegan a conclusiones verdaderamente concienzudas, pero no convencen a esa mayoría que no quiere entender del arte, sino disfrutar del arte con ese sexto sentido que nadie se atreve a buscar científicamente.  ¿Cuál es ese sexto sentido?  ¿Qué órgano lo tiene atribuido?

Carl Jung, discípulo aventajado de Sigmund Freud, hablaba de una conciencia universal a la cual, según él, todos podríamos tener acceso.  ¿Quizá los artistas son capaces de acceder a ella y toman de ahí los elementos para hacernos vibrar de esa manera?  Platón también hablaba de la teoría de las ideas.  Y todas las religiones predican la existencia de un mundo ajeno a nuestras percepciones sensoriales.

Me voy a arriesgar a filosofar sobre esta cuestión, apoyándome en la línea que predica la dualidad cuerpo—alma.  A partir de la Edad Media, las investigaciones médicas, además de intentar descubrir el sexo de los ángeles, buscaban un lugar del cuerpo donde encontrar el alma.  Todavía no se ha llegado a una solución demostrable, y creo que nunca se llegará, porque el alma no va a ser tan grosera de alojarse en un lugar del cuerpo.  Esperemos seguir pensando que nuestra alma, en definitiva nosotros, sea tan etérea que nos permita creer en volar sin aviones.  ¿Qué es el alma?  ¿Dónde está?  Si el alma, es inaprensible, inmaterial, incorpórea, tampoco pretendamos que tenga orejas, ojos, oídos o boca, por lo tanto, ¿por qué no aventurar que el artista es capaz de hablar a ese pedazo de nosotros que ni siquiera sabemos dónde lo tenemos?  Entendamos que sí, que es capaz, y de ahí que la obra de arte sea universal, porque suponiendo que todas las almas nacen y vuelven al mismo mundo, fuera de fronteras, idiomas, ideología y políticas, el lenguaje verdaderamente artístico impactará a todos aquéllos que sepan sentir, aunque sea intuitivamente, su alma.

Aparte de que estas disquisiciones puedan tener o no visos de verdad, es innegable que el artista es poseedor de un don que no es habitual entre los mortales, lo que se denomina talento.  Creo que ese talento, como cualquier otro, entendido desde el punto de vista empresarial, organizativo, político, altruista, etcétera, debe ponerse al servicio de la colectividad con el compromiso que antes aludía, compromiso consigo mismo y con su obra y su mensaje, con su significación dentro de la sociedad, ya sea exclusivamente con el deseo de entretener, divertir, meditar, enseñar.  Aunque una obra no vaya a salir de las puertas de casa del autor, es necesario que sea elaborada con ese compromiso de hacer valor una intención, intención que alcanzará mayor sentido cuando se enfoque hacia un proyecto que signifique hacer mejor la vida de los demás, aunque solamente sea distraerlos unos segundos haciéndole salir de este mundo nuestro tan complejo.

La mayoría de las veces, los autores no son capaces, al momento de terminar la obra, de analizar objetivamente cuál ha de ser el lugar que va a ocupar, y ni siquiera si va a ocupar un lugar.  Para quienes se acercan a la literatura como lectores, surge la duda de si el autor ha previsto que va a tener tal o cual repercusión.  Más en concreto, muchas veces nos preguntan a quienes nos dedicamos a esto cuál ha sido el motivo que nos ha empujado a escribir ésta o aquélla obra, el porqué de tal tema o tal estilo.  Si tuviera que contestar refiriéndome a este libro, en los cuatro primeros relatos diría que exclusivamente el deseo de llenar una página en blanco.  Todas las interpretaciones que puedan surgirme sobre cada relato nacen muy lejanas al momento en que coloqué el punto final.  Es decir, que las musas existen…

El relato que da nombre al libro, Epistolario de un oficinista, es una historia real, a pesar de lo estrambótico del personaje, quien, por sus peculiaridades, me incitaba a tomar nota de todo lo que hacía o decía en la oficina, en un principio sólo por curiosidad o diversión, después ya con intención de fijarlo en el papel.  Utilicé la forma epistolar por timidez.  Puesto que soy protagonista indirecto de la historia, diluido en los otros personajes, sentí reparo al verme incluido en ella, por lo que mediante las cartas pretendí esconderme un poco más.  Elegí un modelo estilístico prestado de Unamuno, el que utilizó en sus “Historias de don Sandalio, o un jugador de ajedrez”.

El aura del bosque surgió un día en que deseaba escribir imperiosamente, pero no sabía el qué.  Tomé un libro de Tagore, “El jardinero”, leí una poesía que me impactó, y asumí su argumento para lanzarme contra el papel sin tener ni idea de qué iba a constar mi relato.

Cuando comencé a escribir ¡Qué genio! sólo pretendía hacer reír.  Hacía poco tiempo que se había estrenado mi primera obrita cómica, y como vi que los espectadores se reían, me surgió el deseo de escribir una narración de ese estilo.

A veces los concursos ayudan a la creatividad de los escritores.  Este es el caso para … y los fusiles hablaron. Llegó a mis manos una convocatoria para un concurso de relatos relacionados con el tema del fanatismo.  Sin más motivación, agarré el bolígrafo y me apareció el fanático señor Carlos, que supongo estaría oculto por algún lugar escondido de mi cerebro.

En Las últimas palabras ya hay más intención y más compromiso.  También nace de un caso real, pero esta vez más novelado.  Forma parte de otro libro titulado Cuentos de Luz, que estoy terminando, pero Juan ha querido incluirlo en esta antología que ha seleccionado de entre mis relatos.

Tengo cierta intención motivada que engloba a todos estos cuentos, y que he querido plasmar en una carta prólogo incluida en el libro, y que quiero leeros como fin a mi intervención:

 

Querido lector:

Seas bienvenido a esta pequeña isla de la producción literaria, donde he desembarcado, casi por intuición, para ofrecerte unos cuantos pedazos de esa parte humana dentro de la cual se alojan los fantasmas y fantasías del mundo interior.

Este libro contiene palabras puestas en orden con la única meta de mostrarte un cúmulo de sensaciones que no sé expresar de otra manera.  Cada entorno, cada personaje, nace de un mundo ajeno a tu realidad, pero se inmiscuirán en ella a través de la confabulación que sepa despertar en ti.  Y nadie será tu guía, el camino para sentir reside en algún lugar escondido de tus pensamientos.

Por ello, sólo aliento esta intención: que los minutos de lectura dedicados a estas páginas hagan de tu tiempo un paseo por la libertad de la imaginación, un lugar donde tan sólo tú serás capaz de llegar.

Puedes estar seguro: este libro está escrito pensando en ti.

Gracias.

(puedes comprar este libro en  www.bubok.es/libros/212595/Aranazos)


Libro I - Epistolario de un oficinista, Presentación de Eva Esquivel

Libro I - Epistolario de un oficinista, Presentación de Eva Esquivel

Palabras de Eva Esquivel en la presentación de “Epistolario de un oficinista”

19/11/94, 19:30

Fundación del Banco Caseros

Valentín Gómez 4726 – Caseros (Buenos Aires)

 

Normalmente, cuando los escritores vamos a presentar nuestro libro, llamamos a otro escritor, o a varios, de los cuales somos amigos y de cuyo afecto no nos cabe ninguna duda, para que se despachen a gusto con las loas pertinentes y hagan la vista gorda con los defectos que pudieran encontrar.  A lo sumo, podemos permitirles sin ofendernos que señalen uno o dos errorcillos menores, sobre todo si los tildan de picardía literaria y no de defecto, en aras de darle credibilidad al acto en cuestión.

Otras veces, no tan frecuentes, un escritor solicita a otro, que no conoce, que presente su libro.  Cuando esto sucede, como es el caso de hoy, se corren varios riesgos. 

El presentador corre el riesgo de tener que leer un libro malo y, como si esto fuera poco, sin ánimo de molestar a nadie, pero menos aún de traicionar sus propias convicciones, deberá recurrir a toda su habilidad literaria para decir que el libro es bueno, pero no; esta tarea se complementa con el recurso (por demás agotador) de desdecirse varias veces, aunque con coherencia a fin de dejar a todo el mundo confundido en un híbrida telaraña verbal.

El autor, por su parte, corre el riesgo de haberle propuesto la tarea a un escritor, o escritora, pedante que, haciendo muy buen uso de la palabra, se las ingenie para hablar de sí mismo y de su propia obra, resaltar con falsa humildad sus propios méritos literarios y, como al descuido, dedicarle medio minuto al libro que se presenta, deslizando que es “bastante digna” y que confía en la futura obra del autor.

El público, como siempre, cumpliendo su fatal sino de público, corre el riesgo de aburrirse.

Hoy, el primero de los riesgos está felizmente superado ya que al abocarme a la lectura de Epistolario de un oficinista, me encontré con un excelente libro, cuyos valores, para que no queden dudas, voy a pasar a explicar más adelante.

Por mi parte, espero no ser una presentadora pedante y espero que el público no se aburra.

Manos a la obra.

Ya les dije que no conocía al autor.  Para saber quién era José Antonio Prades tuve que recurrir a la contratapa del libro.  Me encontré con que era un hombre joven, español, que comienza a escribir siendo niño, que gana un concurso literario en su adolescencia –lo cual es digno de ser destacado porque los concursos literarios no se ganan por casualidad como algunos pueden pensar— que ha colaborado en revistas universitarias y empresariales, y que es autor de varios sainetes que se han representado en España.  Todo esto me lleva a pensar que, si bien estamos frente a la primera obra editada de José Antonio Prades, ya podríamos considerarlo, y la lectura del libro me apoya en lo que digo, un escritor con oficio.  Pero además leí en la contratapa: “Los rumbos de la vida le van dando prioridad a su promoción laboral, de modo que su producción literaria va surgiendo de a poco, sin pausa, siempre oculta, incluso para sus allegados.”  Esto significa para mí que, además de ser un escritor con oficio, José Antonio es respetuoso de sí mismo y de quien lo lee.  Alguien que no se impone el escribir porque sí, sino como una tarea necesaria, solicitada por esa compulsión interior indispensable para que la creación no sea cerebral sino sanguínea, que es como debe ser una entrega literaria sin hipocresías.  Alentada por estos antecedentes, entro definitivamente en el libro y me encuentro con un prólogo del autor que confirma sin más todas mis suposiciones.  En él, José Antonio Prades dice: Querido lector, este libro está escrito pensando en ti y entonces ya no tengo duda de que la lectura de los cinco cuentos que componen el libro va a ser un placer.

Me voy a referir a cada uno de ellos, intentando hacerlo no como una disección sino como una reseña ordenada.

En el primero, Epistolario de un oficinista, nos encontramos con un singular talento narrativo del autor para ubicar una historia dentro de otra historia, y ésta dentro de otra más, sorprendente, que sólo está si el lector se aviene a construirla.  Nos recuerda los cubos coloridos de la infancia que encajaban uno dentro de otro con sucesivas dimensiones.  Es el cuento de un joven que casualmente encuentra unas notas de su tío que a su vez lo impulsan a escribir un cuento, pero no en la forma tradicional, sino echando mano a siete cartas a través de las cuales llegará a nosotros una historia fraccionada que deberemos armar como rompecabezas.

Está escrito con un estilo ágil y concreto.  El autor maneja muy bien la frase brevísima y la puntuación, lo cual lo hace realmente agradable de ser leído.  Aparecen toques de humor y de inteligencia, no casuales sino empleados hábilmente como recursos para llevarnos de la mano por una historia dramática sin que nos demos cuenta.  Más sonreímos cuanto más adentrados estamos en el drama de un personaje cuya locura avanza y se agranda como la trama misma del relato.  Pero cuando ya todo pareciera haber terminado, queda flotando, sin embargo, una última vuelta de tuerca que estará a cargo del lector.  Él decidirá si está dispuesto a recomenzar la lectura y a buscar entre lo no dicho y lo sugerido ese tercer cuento al que me refiero y para el cual la pista clara es una pregunta claramente inocente: Mi tío Pascual, ¿quién me lo iba a decir?  Les queda sembrada la duda para cuando lo lean.

Tengo que destacar, aunque se van a reír, pero no se rían porque lo estoy diciendo en serio, que es un libro escrito en español.  Lo remarco porque en la Argentina todos creemos que hablamos, leemos y escribimos en español, pero en el fondo sabemos que no es así, que hablamos y escribimos “argentino”.  De manera que, aunque los escritores argentinos hayamos hecho grandes esfuerzos para abandonar el “tú” y hacer nuestros relatos más creíbles, es muy simpático refrescar el idioma y encontrarse con formas como “carajillo de anís”, “al tío ese hay que atarlo duro” o algún que otro “guapa”, que al principio nos llaman la atención y llegando al final nos pasan desapercibidos de tanto que nos hemos españolizado con la lectura.

El segundo cuento, El aura del bosque es un cuento de amor.  Que conste que no dije un cuento rosa, sino de amor.  Un cuento donde el amor es el protagonista verdadero que justifica ciertas actitudes que de otro modo no podríamos entender.  Aquí otra vez la versatilidad del autor coloca al personaje justo en el lugar exacto.  Hay una mujer sencilla, ingenua, aniñada, amante de la naturaleza, idealizada, diría yo.  Una de esas mujeres que –según palabras del autor— son la costilla del hombre.  ¿Dónde puede estar esa mujer sino en un lugar bucólico y cuál sería la forma para expresar todo esto sino el lenguaje poético?  José Antonio Prades nos demuestra que lo sabe cuando dice: El pueblo está casi deshabitado.  Todos los años se deshoja más y más, aunque don Jesús hace lo posible para que no enmudezca.  O cuando refuerza el paisaje paradisíaco: Aquella primavera, el bosque reverdeció como el primer año de matrimonio, como cuando comenzó a oír la risa de Laura y el claveteo de Juan al restaurar la choza.  En el verano, la pequeña cosecha saturó el granero y los gorjeos acompañaron el canto de Laura.  Durante el otoño, las agujas de los pinos cayeron dulces y el viento silbó melodías de amor.

En este relato aparecen otra vez las cartas como recurso.  En éstas se respeta más fielmente las características del estilo epistolar que en las del cuento anterior y hasta, diría yo, están más justificadas que los otras, más exigidas por la esencia de la trama.  Y hay una sorpresa final que es el broche digno de un cuento romántico.

En ¡Qué genio! el humor nos sorprende desde las primeras frases.  Dice José Antonio Prades: Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación, censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo”.

De aquí en más nos vamos a divertir con un cuento de humor disparatado, donde el autor hace muy buen uso de la ironía, que además es aprovechada para hacer denuncias de tipo social.  Hay diálogos desopilantes, un excelente manejo del absurdo y un niño que resulta ser un genio que llega a tener a la Humanidad en vilo a raíz de su fórmula para hacer una bomba nuclear casera, pero que en cambio abandona todo y se dedica a cultivar hongos venenosos.  Así, de exageración en exageración, llegamos al final exacto (que no les voy a contar) disparatado, exagerado y con un toque de ironía fina como para que nos deje pensando.

A esta altura del libro, ya descubrimos que José Antonio Prades intenta constantemente que el lector abandone su lugar pasivo y colabore con la creación aportando sus propios elementos.  Esta vez, el anzuelo es la frase final, que nos dejará cierto tufillo (para usar una palabra bien española) de duda acerca de la ingenuidad del personaje, sobre todo por aquello de que las casualidades no existen.

Aquí el autor se ha manifestado como un escritor con “olfato”, con esa sensibilidad que se tiene o no se tiene y que no se puede adquirir en ningún taller literario.  Un escritor que sabe crear los climas que corresponden a cada idea y rematar cada cuento con el final acertado.  Se ha dicho que un cuento bien escrito es aquél que no se podría haber escrito de otra manera.  Aquél al que no se le puede agregar ni quitar una palabra y al que no se podría terminar de otra forma.  Por lo tanto, estamos ante un libro de cuentos bien escritos… que no es poco.

En Y los fusiles hablaron nos introducimos en una temática totalmente diferente.  Aparece la España del período franquista y la rivalidad entre falangistas y comunistas.  Sin embargo, ésta también podría ser considerada una historia de amor.  En este caso, un amor fraternal, que crece entre dos amigos que se aman porque se respetan pese a las diferencias y que está perfectamente elaborada sobre la base de un juego de idas y vueltas en el tiempo manejado con maestría.  El cuento comienza prácticamente por el final, ubicado en tiempo presente, pero volvemos una y otra vez a la infancia y adolescencia de los protagonistas que se han vuelto a encontrar después de que la vida los separara, en un momento dramático en el cual ya ninguno de los dos es el mismo.  El autor no toma partido y sabe mantenerse a distancia con una mesura y delicadeza dignas de ser señaladas, dejando solos a sus personajes involucrados en la trama.

En este cuento, aunque se preste a ello, no hay golpes bajos, ni tremendismos, ni una sola gota de sangre explícita, aunque la sangre y el apasionamiento sean los verdaderos motores que se intuyen desde el título.

Y por último, Las últimas palabras, que no creo que por casualidad esté puesto al final.  No responde a las formas tradicionales del cuento.  No es una narración, ni un cuento, ni un relato sino un monólogo inteligente de alguien que llega a la sabiduría en sus últimos momentos de vida y aunque tarde, desea compartirla generosamente por si algo de lo aprendido pudiera servir a otros.

Una vez más el autor se propone hacernos trabajar.  El cuento, en realidad, no aparece y queda a cargo del lector elaborarlo sobre la base de los elementos que el autor aporta deshilvanadamente.

Hay una madre, hay hijos, hay un marido afectuoso que desaparece joven y hay una trama que será distinta para cada uno de nosotros según sintamos o no el deseo de elaborarla, haciendo de la lectura, como nos pide el autor en el prólogo, “un paseo por la libertad de la imaginación”.  Pero al margen de la historia fantástica que elaboremos o no, estamos frente a frases moralizantes, ejemplificadoras sin pedantería.  Cada renglón es un consejo dado con humildad que podría cabernos a cualquiera.  Cito algunos:

—La fe no reside en la mantilla sino en el espíritu.

—Sólo necesitas resignación porque ya tienes conocimiento y sabiduría.

—No sirve rezar letanías como un loro maleducado.

—Crecer no es delito contra la maternidad.

—Los padres sólo somos cauce, nunca motor.

Y quiero destacar muy especialmente las hermosas palabras con que termina el libro: Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

En síntesis, este ánimo festivo que vivimos todos hoy aquí se justifica.  Ha nacido un libro muy bien escrito, con diversidad temática, que nos obliga a pensar, que entretiene, que hace volar la imaginación, que aconseja, que divierte, que nos aporta poesía.  Creo que es mucho más de lo que se le puede pedir al libro de un autor novel. 

Y para terminar, debo confesar a que esta altura de mi carrera literaria y de los avatares editoriales que estoy empezando a conocer, no sé qué se le puede desear a un autor novel.  No sé si desearle paciencia, valor, suerte o resignación.  Te deseo que se cumpla lo que desees para tu literatura.  No siempre la literatura es un fin.  Si en tu caso lo es, que llegues a buen puerto.  Si en tu caso es un medio, que ese medio te haga feliz.

Te felicito.

Libro I - Arañazos, Índice

Libro I - Arañazos, Índice

(Ernesto Sabato me escribió esa carta con ocasión de la publicación de Epistolario de un oficinista, del que le envié un ejemplar)

Introducción

Palabras de Eva Esquivel

Palabras propias

 Un amigo te guarda (1981/82)

                 Rosa Roja

                 Princesa Blanca

                 Pájaro Azul

Línea 38 (1981)

María (1983)

Zaragoza, año de gracia 2051 (1983)

Don Manuel (1984)

El aura del bosque (1984)

Epistolario de un oficinista  (1984)

Aurora conmigo (1985)

¡Qué genio! (1985)

Severiano, el tenor (1985)

El regreso al adiós (1986)

Una rubia platino (1986)

El Grasas (1987)

El grito de un milano (1988)

Fusiles al alba (1989)

La casa digna (1989)

 

(puedes comprar este libro en  www.bubok.es/libros/212595/Aranazos)