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Cómo se hizo Vestigios de un extraño

Cómo se hizo Vestigios de un extraño

Mi primera composición que recuerdo con consciencia de haber finalizado con deseo literario fue una descripción en pareados del Cantar del Mío Cid para un ejercicio de Lengua en el curso 6º de la EGB.  Irradiaba entonces once años.  Volví a la poesía cuatro años después en un poema casi de suspense y que no ha pasado de mi cuaderno adolescente, como la mayoría de las poesías que en él se alojan.  Desde ese momento hasta una gran edad (cerca de los 60) iba escribiendo poemas más por impulso que por motivación para sumergirme en el género.  Y en ese momento citado, decidí revisar todos los que había escrito y preparé una selección ordenada bajo criterio cronológico y temático.  Me había dado cuenta de que esos impulsos hacia la poesía se nutrían del amor o del dolor, y que tenía dos épocas de escritura, los de la veintena y los de la cuarentena, así que los reuní bajo esos epigrafes, manteniendo algunos de los títulos iniciales:

Así quedaron:

En el amor… de los veintitantos

  • Color de hoja

En el amor… de los cuarenta y tantos

  • Márgenes en la memoria

En el dolor… de los veintitantos

  • Un desencanto frustrado

En el dolor… de los cuarenta y tantos

  • Crujen los corazones

Epílogo de Vestigios de un extraño

Epílogo de Vestigios de un extraño

Un poeta podría volver a ser humano después de crear sus poemas, los del mundo, que son los míos.  Es difícil buscar entonces el tiempo como brújula para desembarcar en la certidumbre. 

Sigo queriendo regresar a ser humano. 

Ya utopía. 

Lánguido deseo en el proceloso mar de la angustia que rastrea la esperanza.  Y a veces llega, casi siempre, me dice esa consciencia que me irrita porque parece inconsciente.  

Ya no quiero ser humano. 

El frío en hielo y esa mirada pétrea que aprendo a macerar en un blando atardecer, para qué, para morir y amar en única respuesta a ti, la única, no busques más, estoy lamiendo la esquina que no me atrevo a cruzar.

Prólogo de Vestigios de un extraño

Prólogo de Vestigios de un extraño

Dicen que hay demostraciones científicas de que el tiempo no existe, de que los momentos encadenados son invenciones de quien rige ese mundo virtual que nunca aprendemos a vivir completamente.

Si el tiempo no existe, no sé cómo mirar atrás, o adelante, ¿existe el Aleph borgiano?, ¿o nos conquista el carpe diem?, ¿y si el poder del ahora nos hiciera eludir el poder del reloj?

La poesía también es duda, no sé si es tiempo o espacio, esencia o expansión, un todo o la nada.  Quizá esta incertidumbre, que no reposa en mi alma, me haga renacer de entre estos poemas que una vez fueron pasado.  Pero, ¿y si no existe el tiempo?  Aquí recibo la condena de Sísifo y vuelvo a leer desde la primera línea.

Epílogo de Filosofía parda en Recursos Humanos

Epílogo de Filosofía parda en Recursos Humanos

La vida da tantas vueltas… tantas y tantas… que si no estás entrenado, puedes sufrir un mareo, o dos, o tres, o perder la consciencia, incluso.  Algo de esto me ocurre ahora, y por esa razón: por las vueltas que da la vida.

¿Se imagina usted, después de leer estos capítulos, que yo me hubiera dirigido a usted no siendo lo que decía ser, es decir, usurpando una personalidad que le diera más atractivo a mis escritos?  No, yo tampoco me lo perdonaría.

Empecé y terminé las letras hasta el punto final de la página anterior ejerciendo el cargo de jefe de sucursal comercial, no le he mentido a usted.  ¿Pero es que mi tarjeta dice: Jefe de Recursos Humanos Área Sur!  Que sí, que sí, que me sigo asombrando tanto como espero que usted se esté asombrando ahora mismo; porque si no lo hace, me sentiré tocado en la honestidad.

Le contaré cómo fue la historia.  Andaba yo por el capítulo del desarrollo, cuando me visitó un consultor de la central, del área de Organización y Recursos Humanos, para interesarse por la repercusión que estaba teniendo el nuevo sistema de Gestión por Objetivos.  La cosa es que el chaval me cayó bastante bien y me lo llevé a comer con cargo a mi bolsillo, con el fin de tener la conciencia tranquila cuando le preguntara mis dudas regulares sobre la fiabilidad de los nuevos socios.

La conversación iba por buen cauce, pues él no tenía pelos en la lengua, pero sí muy buen criterio, y además no dejaba de ser un mercenario que vendía al mejor postor su currículum con Máster en USA, así que le daba bastante igual cómo pudiera tomarme yo sus comentarios, a pesar de ser un rango jerárquico algo superior al suyo.  Es decir, no tenía ningún miedo de que lo que yo pudiera transmitir después a la central sobre él, su labor, o sus comentarios sobre el Presidente.

A los postres, me pedí mi acostumbrado coñac, a lo que no me acompañó, y con los efluvios del Torres 5, me vi con confianza para contarle lo que estaba escribiendo.  Se interesó por su contenido, y comenzó a preguntarme más y más sobre lo que yo le narraba, casi hasta el punto de que se fue conociendo mejor que el autor lo que había escrito.  Volví a la oficina pasadas las seis, con tres coñacs y muchas dudas sobre si había hecho bien en contarle todo aquello a aquel muchachote con alto nivel de inglés y con un título muy universitario.

A la semana, recibí una llamada de la secretaria del director de Organización y Recursos Humanos para España y Portugal, instándome a realizar una visita a su jefe en los próximos días para una entrevista de unas dos horas de duración, con comida subsiguiente, para lo cual no era necesario que cursara parte de viaje, ya que se encargaban ellos de asumirlo a través de su centro de coste.

“¿En dónde me he metido?”, me pregunté.  Tardé en darme cuenta de que la llamada en cuestión tenía que ver con esa visita del consultor.  Llamé a mi jefe, el director Comercial, para comunicarle el asunto y aprovechar para preguntarle si sabía algo.  Sí, sabía algo, pero me dijo que no.  Un zorro como yo, veterano y con muchas cicatrices de batallas sufridas, se da cuenta cuando el otro lado del auricular miente.  Mi jefe mintió.  Ya había hablado con el director de Recursos Humanos sobre lo que me iba a encontrar en aquella entrevista.

No le voy a enredar a usted más con la conclusión.  Dicho director me sondeó durante un buen rato, que incluyó comida prometida, y por la tarde me volvía a mis dominios con una propuesta para ser lo que le he dicho al principio: jefe de Recursos Humanos para el área Sur, es decir, para Andalucía y Extremadura.

Quizá mis motivos para decir que sí puedan ser fundamento para otro librito como éste, que me he sentido muy bien haciendo de articulista, pero no voy a incluírselos aquí porque quiero ya poner punto final.  Sólo me habría sentido mal si estas páginas llegaban a sus manos y usted no sabía lo que ya han causado… porque sí, eso se lo anticipo, son la causa del susodicho nombramiento.  Algún día entenderá la razón.

Prólogo de Filosofía parda en Recursos Humanos

Prólogo de Filosofía parda en Recursos Humanos

Ceferino es un hombre curtido, veterano, hecho a sí mismo gracias a una inteligencia instintiva con profunda puesta a tierra que él reconoce y achaca a los años que vivió en el medio rural, entre los mineros, los agricultores y los pastores, unos de agujeros oscuros y otros de cielo abierto. Dice que tiene aún la filosofía parda de entonces. Transmite bondad y, sobre todo, honestidad, es de esos hombres que si te da la mano para sellar un pacto, no necesitas papeles firmados. Usa un lenguaje llano y directo, probablemente porque no conozca ni le importe conocer otro; además, desconfía de todo lo nuevo hasta que no se ha probado su efectividad. Comenta que su apóstol preferido es Santo Tomás. Se declara cristiano, que no del todo católico, aunque va a misa, y repite mucho la máxima de “haz el bien y no mires a quién”.  Es como si quisiera tener una moral, quizá basada en la religión que le enseñaron, pero sobre la que no se atreve a reflexionar para afianzar su propio criterio. 

En sus 28 años andaluces, aunque repite machaconamente que sigue igual, ha pasado de un quehacer monótono y rutinario gestionando pólizas administrativamente a ser el jefe comercial de zona que mejores resultados obtiene, especialmente en la retención de clientes (a pesar de las crisis sobrevenidas cada vez que sonaba una fusión) y en el aumento de negocio individual por fidelización. Sus empleados lo respetan y admiran, él los sigue llamando de usted aunque tengan veintipocos años, y todos destacan que siguen su modelo de gestión, con pocas palabras vanas y muchos actos de verdad.  Si le nombras la palabra ´líder’ se le erizan los pelos y te mira en silencio frunciendo el ceño.

Habitualmente, podríamos verlo en su despacho acristalado con las mangas de la camisa remangadas en pliegues casi hasta el codo, con el primer botón de la camisa desabrochado de tal manera que le salen algunos recios pelitos por encima de la corbata desencajada… y si es ya última hora del día, los cabellos rebeldes de su cogote han vencido a la gomina y sobresalen como unos finos talles enhiestos sobre la coronilla… la mesa llena de papeles… y con el cigarrillo en los labios, que a esas horas ya no aguanta la Ley Antitabaco y se enciende uno tras otro para compensar la abstinencia de toda la jornada laboral. Ah, pero no le ven fumar sus empleados.

Dice que no le importaría que le jubilaran para volver a su Zaragoza, que visita al menos cuatro veces al año, pero cuando lo ves en su puesto de trabajo transmite la misma ilusión que cualquier jefe recién nombrado. No quiere ni oír hablar de un traslado, aunque supusiera ascenso y gratificación, que estima mucho a sus chavales de ahora, que al fin ha conseguido un equipo a su gusto y que ellos aún lo necesitan. Cuando habla de la gente de su equipo se le pone tono y cara de padre.

Introducción de Inútiles directivos

Introducción de Inútiles directivos

Alberto Trevijano Menéndez es un buen amigo mío, de 55 años, que ha pasado por importantes experiencias profesionales y esta semana me ha contado con detalle su trayectoria.  Todo tiene su razón de ser… y es que yo le he preguntado, no ha sido por su iniciativa,  porque no es proclive a hablar de sí mismo.  Aun así, puedo presentar con alto porcentaje de fidelidad un amplio material que no me ha dejado indiferente.

Antes de nada, daré unos detalles de aperitivo para ilustrar diversas circunstancias que ayudan a localizarlo, encuadrarlo, incluso visualizarlo en su papel de subordinado a unos jefes.

Lo primero, lo más relevante, lo que le da más credibilidad a las páginas siguientes es que Alberto, después de trabajar desde los 14 años, se ha jubilado de la forma más deseada por cualquier mortal a sueldo: con una excelente indemnización, cuyo rédito en el banco ya le daría para vivir holgadamente si no fuera porque además ha heredado una pequeña fortuna de un tío lejano suyo en Brasil, del que nunca tuvo noticias.  Sí, todavía es válida aquella canción de “Yo tengo un tío en América…”.  Poco nos acordamos de que los españoles fuimos emigrantes y ahora aquellos pioneros, anclados en su vejez repleta de añoranzas, no saben si sentirse del país donde nacieron, que ya es otro muy diferente del que dejaron atrás, o del país que ha dado a luz a sus nietos…  En el caso de Alberto, no hay hijos ni tampoco nietos reconocidos, así que él, siendo el único sobrino de un tío olvidado, ha recibido un pellizco gordo. Como también tuvo su emigración, en muy distintas circunstancias que su tío y con resultados aún más diferentes, los quiebros de la vida le han regalado una recompensa por otros cauces que los merecidos.

Es decir, Alberto no le debe pleitesía a nadie y ha contado su verdad sin aprensiones, sin escrúpulos, sin dudas y sin servilismos.

Le pregunté, y le costó muy poco hablar sobre lo que le inquiría: que me hiciera un cuadro de todos sus jefes, lo que más le gustaba, lo que odió, lo que les protesto, a qué les ayudó, cómo le trataron, y cómo le gustaría que le hubieran tratado a él.   No me ha contestado en todos los casos a estos interrogantes, pero le han salido unas jugosas semblanzas que ilustran este oficio poco entendido de ser jefe

Alberto fue el último botones de su empresa.  Permaneció en ese puesto seis meses, hasta mayo de 1969 (había entrado el 1 de diciembre, día de su cumpleaños), como si la revolución del 68 hubiera alargado su halo hasta las inmediaciones de su empresa para erradicar ese puesto tan servil, hoy cubierto solapadamente por universitarios vestidos de becarios.

Saltó a la siguiente categoría, Ordenanza, y se recreó en el espejo mirándose los galones de la chaqueta como si de un uniforme militar se tratara y soñando con alcanzar un día algún despacho de la planta superior, ocupada por la Alta Dirección.  Se movió tan bien con los papeles bajo el brazo que, en tres años, casi a punto de cumplir los 18, fue colocado como Auxiliar de Oficina, traducido en cobrador de calle, con esas carteritas que se llevaban colgadas del cinturón, y que se consideraron preludio de las “mariconeras” y las “riñoneras”.

Cuatro meses anduvo cobrando por las casas, atendido en ocasiones por mujeres desesperadas que llegaron a ofrecerle favores carnales por el pírrico importe de un recibo.  No aceptó, aunque fue testigo en aventuras eróticas de sus compañeros.  En seguida pasó al departamento de Contabilidad mientras llegaba la democracia al país, y ya con los socialistas y el Estatuto de los Trabajadores bien aplicado, ascendió al primer puesto con mando.  Desde ahí, se fue especializando en la nueva función de analítica de costes y control de gestión, lo que le llevó a expatriarse con su empresa en una aventura ultramarina con aires porteños (a Buenos Aires) durante más de diez años.   Regresó a España y siguió subordinado a jefes que, como al final nos cuenta, le prorrogaron el abastecimiento de Luz y Oscuridad al modo de cualquier batalla ocurrida en el más allá.

No se trata de presentar un currículum exhaustivo de mi amigo, ya lo conoceremos a través de sus jefes, porque de sus jefes nos va a hablar Alberto, de sus conciertos y de sus desconciertos, de sus cualidades y de sus defectos, de sus grandezas y de sus miserias…  Jefes, jefes, jefes… inútiles directivos.

Reseña de Fernando Gracia sobre Los últimos catorce años

Reseña de Fernando Gracia sobre Los últimos catorce años

(Publicada en el suplemento cultural Artes y Letras, del diario Heraldo de Aragón)

Los años a los que se refiere el autor son, curiosamente, los primeros catorce años de su vida, los que van desde su nacimiento a la muerte de Franco.  Pero no es una novela política, sino un ejercicio de memoria para recordar y contar a los demás lo que fue la vida de un muchacho normal y corriente, uno de esos que se mueve entre nosotros, uno que podría haber sido cualquiera de sus lectores.

Es en la verdad que desprenden todas y cada una de las páginas de este libro donde el lector encuentra el mayor de los méritos de esta hermosa novela.  Con una prosa aparentemente sencilla, el autor-protagonista se desdobla y por un lado nos cuenta sus andanzas y por otro lado –utilizando la letra cursiva- sus reflexiones.

De esta guisa podría decirse que con lo primero se convierte en narrador y con lo segundo hace literatura.  Todo ello sin ponerse demasiado exquisito, pegado a la tierra aunque nunca descendiendo a lo vulgar.

Como poeta que es José Antonio, lo que he podido comprobar en más de una ocasión, su libro destila poesía, una poesía sencilla, pero no facilona y, en todo momento, humanidad.

Su barrio, Montemolín, que ya fue el escenario e incluso el “leit motiv” de obras anteriores, está presente a lo largo de la medida duración de libro.  A la manera de los grandes escritores que reflejaron el mundo de la infancia y primera adolescencia, consigue trascender el aparente carácter localista de sus andanzas y hacer que en muchos momentos de la lectura nos sintamos identificados con el autor, a pesar de que nos puedan separar unos cuantos años de edad.

José Antonio Prades maneja estupendamente el vocabulario de la época, pone a prueba su magnífica memoria para contar cómo se vivía en aquella España de no hace tanto tiempo, y en todo momento mantiene una mirada amable, comprensiva y siempre humanista hacia un tiempo que, como dijo el poeta, constituye la auténtica patria de cada uno.

Con buen criterio coloca en la portada una hermosa fotografía de sus padres en la plaza del Pilar.  Su familia aparece retratada con precisión, sin acritud, en una palabra: con amor.  Porque en el fondo, este libro no ha parecido sino un acto de amor hacia sus progenitores, un acto que mucho podemos suscribir, porque en muchos aspectos, el leerlo es muy probable que el lector esté viendo a los suyos propios.

Antes... (previo de Olor a Varón Dandy)

Antes... (previo de Olor a Varón Dandy)

 

De mi abuelo Fausto recuerdo dos frases que me repetía habitualmente: “¡Qué huevos tienes, chaval!” y “no me seas maricón, nieto”.  Murió hace tres meses, casi nueve años más tarde que su amigo protagonista de la novela que sigue. 

Fausto Salazar, mi abuelo materno, nacido en 1909, participó en las dos guerras que marcaron a su generación: la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, en ambos casos al lado de los fascistas.   Dejó varios hijos reconocidos y una esposa, de la que enviudó mucho antes de que yo naciera.  Lo cuidó mi tía Rosita, la soltera, que, como el personaje de Lorca, vivió la boda de su novio con otra, dada la tardanza en morirse el padre, que ejerció en su casa de tirano, conservador, machista y voceras.

Al ser yo su nieto mayor y gustarle al hombre hablar y hablar de sus aventuras, siempre las mismas y con una tendencia grave hacia la reiteración, me pasé muchas horas de mi infancia en el papel de absorto escuchante. El hombre llegó a ser un oficial en el cuerpo de intendencia, donde, con gran eficacia, se ocupaba de las cocinas de campaña, por lo que todas las historias épicas que describía con tanta pasión habían sido protagonizadas por otros con él de “importante personaje secundario”.

Después de su entierro, empezaron a surgirme punzadas de culpabilidad por no haber disfrutado de él como un buen nieto que se precie (tengo muy asumido el deber familiar, para desgracia en la mayoría de las ocasiones) y hasta somaticé cierto trauma psicológico porque de adolescente le jugué al despiste cuando pretendía soltarme una nueva repetición de sus batallitas.

Y cuento esto en el prólogo, porque en ese momento, en el entierro, planté la semilla para que esta novela germinara.  Me encerré todo un fin de semana en mi estudio desempolvando los recuerdos que mi tía me otorgó del soldado fallecido: el buen hombre quería que yo los tutelara por los siglos de los siglos para dejárselos a mis hijos o, en su defecto, donarlos a mi muerte a algún sobrino que despuntara en esto de la vocación guerrera o militar.  Ya los tiene Roberto, el hijo de mi hermano pequeño, que salió de teniente aviador el año pasado.

Pero antes, de aquellas cajas de hojalata que aún olían a Cola Cao, saqué varias fotografías unidas por una goma, donde mi abuelo aparecía junto a un supuesto héroe identificado como “El Valeroso” en el dorso de todas ellas.  Recordé las aventuras que me contaba nombrando a este compañero como las únicas que me atraparon porque sólo en su narración aquel hombre rudo y estridente dejaba que su voz temblara.  Como hasta sus suspiros me daban pavor, me encogía en la escucha esperando que soltara un bramido final como compensación a la muestra de tanta debilidad.  “No me seas maricón, nieto”.

Me había despedido de la enésima empresa que no cubría mis necesidades personales (¡qué aburrimiento!), con ahorros suficientes para vivir desahogado durante un par de  años.  El abuelo Fausto me lo reprochaba a todas horas, porque él hubiera querido que mi, según él, proverbial inteligencia sirviera para opositar al cuerpo de altos funcionarios del Estado, ya fuera como abogado, juez, fiscal o inspector de trabajo, dado que ni los números ni las armas se encontraban entre mis vocaciones. “El mejor trabajo es el que sirve al Estado.  Te da satisfacciones y te jubilas pronto”, me decía. 

Con su reloj de bolsillo en la mano, jadeando por una crisis de ansiedad mientras temía que se apareciera detrás de alguna cortina, decidí que le debía un homenaje.  Tenía esparcidas esas fotos en blanco y negro, donde repetía postura y acompañante, ese conocido como “El Valeroso”, un hombre enjuto, de mirada perdida, nariz ganchuda y dedos enormes.  Así que, siéndome fiel a algún extraño sentir que me impedía investigar sobre él (probablemente fuera otra ceguera mental para no encontrarme con otro hombre que no fuera quien residía en mi elaborada imagen de un abuelo ideal), concluí que aquel otro guerrero sería probablemente su mejor amigo, y por lo tanto, si escribiera y divulgara su vida, la deuda casi kármica que comenzaba a pesarme, podría ser saldada con generosidad.

Sea la excusa que sea, me puse a buscar información sobre el único soldado que parecía respetado por mi abuelo (“si es que los otros no tenían cojones”).

Encontré su último cuartel de destino y en su lugar se alzaba un edificio con pisos de lujo.  Llamé a varios números del Ministerio de Defensa hasta que un sargento veterano me dio unos datos interesantes: su último cargo, subteniente, su domicilio, y el nombre de su esposa, Manuela, que aún vivía.

Me recibió una mujer de 82 años con una fluidez intelectual que rivalizaba con su memoria en el grado más alto posible.  Viví muchas jornadas pegado a ella, en un sillón que exclusivamente fue usado por su marido, después de escucharle unas palabras de cortesía referidas a Fausto Salazar, “sí, recuerdo a un Salazar del cuartel, de las cocinas o algo así, ¿verdad?”.

Estoy aún expectante por la historia que me contó… Todavía tiemblo por esa mujer, perdidamente enamorada de un déspota que le marcó una vida acotada en una cárcel virtual que se limitaba por aquellos lugares, hechos y personajes que él pudiera controlar.  

Esta novela tiene más fuentes, pero nacen también en Manuela, en unos folios que me ha prestado indefinidamente, unos folios que son cartas y un diario del único nieto que tuvo.  También he hablado largo y tendido con  su yerno, el segundo marido de la también única hija que tuvieron, no con tanta emoción, aunque sí con igual afán. 

Con deseo de que puedas soportar las emociones…