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Comportamientos de la fauna trepadora

Comportamientos de la fauna trepadora

Hay personajes muy peculiares en la fauna empresarial, sobre todo entre aquellas especies que pretenden evolucionar siguiendo la teoría Darwiniana, es decir, que se comportan con el ritual de de imitación basado en los simios, comportamientos que aún nos deben quedar a lo humanos de nuestra ancestral ascendencia.

Es sabido que en algunos manuales para evolucionar hacia los rangos directivos de la especie empresarial se anima a seguir el modelo dado por quienes ocupan esos puestos.  Y hasta hubo algún intento de gurú para presentarlo como una tendencia de ésas que tienen buen marketing en boca de aspirantes a revolucionarios: la dirección por modelos, si bien no referida a esos delgaditos seres que pueblan las pasarelas marcando un contoneo que al espectador inexperto le provoca dolor articular.

El uso del vocablo ‘modelo’ se equipara al término ‘ejemplo’ en el significado de referencia a seguir o imitar.  Un directivo ejemplar es el que se comporta siguiendo modelos de comportamiento imitables por su efectividad (siempre entendida según la cultura de la empresa).

Pero lo sorprendente, a veces divertido, a veces despreciable, es la imitación por la imitación, siguiendo el dicho: “Debes comportarte como si ya lo fueras (jefe o directivo)”.  Los ambiciosos superficiales, no necesariamente de  la especie de los pelotas, se fijan en una lista de aspectos que les parecen imprescindibles para que los de arriba posen en ellos su mirada, para que los de al lado los vean como rivales difíciles y para que los de abajo ya los traten como si fueran los directivos que pretenden ser.

El comportamiento más llamativo es el uso de la indumentaria. 

Los especimenes machos, por supuesto, acuden al trabajo con traje gris o azul, generalmente de confección barata, con hilachos que cuelgan de la manga o de la sisa.  Si por un casual, han comprado en rebajas un conjunto de marca, dejan en algún lugar de la tela un detalle que revele esa procedencia cara.  Gracioso es cuando dejan la etiqueta en la bocamanga y se rascan continuamente el rostro con esa mano para lucir la procedencia antes los ojos del interlocutor.  La camisa, mayormente comprada en un hipermercado, suele ser blanca o en tonos azules, mal planchada y con brillos…  Y si encima quieren ser originales con la corbata, no digamos más… 

Las especímenes hembras suelen mejorar muchísimo la presencia que dan los machos porque su experiencia en el vestir viene de antes (es cosa de mayoría simple, no de unanimidad, porque también hay cada una…).  Se calzan un traje chaqueta, ajustado, falda de tubo y zapatos de tacón, provocando posturitas que suponen una colocación digna en el puesto de trabajo y tratando ser más bien de comportamiento neutro o tirando a masculino, sobre todo si sus jefes son hombres (si son mujeres ya sería otro cantar, tal largo como el del Mío Cid, que aquí no cabe).

Ah, estos aspirantes a ejemplares no se quitan la chaqueta del traje ni para sentarse en el retrete, ya les impida las acciones a realizar o haga un calorazo tropical y supuren por las axilas todas las toxinas que acumulan internamente en su esfuerzo por la imitación directiva.  Siempre con la chaqueta puesta, incluso abotonada…

Querría destacar otro aspecto propio de estos elementos trepadores.  Se trata del comportamiento económico ampuloso.  Una gran parte de esta fauna pulula por los ambientes más pijos de la ciudad el fin de semana, para lo cual, los días laborables son capaces de comer perritos calientes a un euro en la cafetería de Ikea con el fin de ahorrar para ir el domingo a territorio pijo y comentarlo muy pijamente de lunes a viernes en el momento del café cuando se está acercando un colega adversario de puesto o un jefe dueño de vacante.  Tanto macho como hembra elevan el cuello a modo de jirafa vigilante y sin agacharse informan al aire (nunca al personal) de que el aperitivo del Ritz el domingo resultó espectacular porque las aceitunas tenían denominación de origen del Bajo Aragón.

Hay ejemplos de ejemplares de esta fauna hasta hartarse… por supuesto. Hablaremos más, seguro

(Publicado en ForoRH núm.140, 19/03/2010)

¿Planes de carrera o Itinerarios de desarrollo?

¿Planes de carrera o Itinerarios de desarrollo?

Estoy muy sorprendido, de veras que muy sorprendido…

He vuelto a ver en algunas webs la expresión “Planes de carrera”.  Pensé que se trataba de artículos retrasados, de los años noventa, quizá pioneros en los cimientos de Internet.  Qué va… Haga la prueba, introduzca la expresión en un buscador y lea… son más o menos recientes, incluso anunciada por empresas consultoras de Recursos Humanos como una excelente herramienta para la gestión de las personas.

¡Ah!, qué mundo tan idílico, “Un Mundo Feliz”, a lo Aldous Huxley. “Oh, Ford, Ford, Ford”.  Bernard, el protagonista, enterado del revival, me ha enviado una interesante carta, de la que transcribo los párrafos más llamativos:

“Me gustaría ser un pasajero en el planeador de carreras... para volar y volar entre las nubes.  Sé que para conseguirlo debería superar unas pruebas exigentes, sobre todo en cuestionarios de inteligencia y de personalidad.  Quizá también de conocimientos, pero no me importaría, asumiría el riesgo y el posible esfuerzo porque si saliera bien, merecería la pena.  Además, sé que si superara esas pruebas, ya no me bajaría nunca más del planeador.

Una vez que hubiese montado en él, me iba a encontrar con mis colegas superinteligentes que también (tannnn bien) habrían superado los exámenes, y que se sentirían grandemente satisfechos por pasar a formar parte del cuerpo de elite en esta empresa tan maravillosa que aplica los Planes de Carrera.

Se me comunicaría que en función de los perfiles que se desprenden de las pruebas realizadas, mi trayectoria de carrera sería la siguiente: Auxiliar de vuelo, comodoro de cabina (o algo así), radiotelegrafista, copiloto en varios aparatos de pequeño a grande, piloto en varios aparatos de pequeño a grande, subdirector de mecánicas y anclajes, director adjunto al director técnico de zona, director técnico, director de zona…. y quizá director regional, si los tiempos me favorecieran. 

Estoy de contento, uf.

Llamaría a mi Lenina, mi novia, para decírselo, porque sería una forma de afianzar el futuro.  Con el convenio y unos estudios salariales que proporcionaría algún compañero, ya le podría garantizar a mi chica los emolumentos que cada mes tendríamos en nuestro nidito de la cuenta corriente, y si aprendiéramos a invertir pronto compraríamos el adosado por el que tanto suspira, como el de sus padres.

Sólo habría unas ligeras pegas, pero serían salvables.  Tendría que hacer unos cursos que se llaman de gestión de empresas, mantener el inglés vivo, obedecer ante las propuestas de movilidad geográfica para ocupar las vacantes que surjan de mi referido Plan de Carrera, aunque eso sí, bien remuneradas, con complementos de destino, sobre todo si son en el extranjero, cosa deseable para acelerar el tránsito… el de la carrera, no vaya usted a pensar en otro… por ejemplo en el tránsito aéreo, que no sería de mi competencia, bastante tendría con ocuparme de mi Plan.

Así, desde los 28 años, a partir de los cuales podría ser incluido en el programa, a razón de 2 ó 3 años por puesto, 2’5 de media, a los 58 alcanzaría la primera posición directiva sin tener que salir como expatriado.  Podría adelantar ese hecho casi 15 años, si al menos me marchara 5 al extranjero, con mi mujer e hijos si los hubiera en unas excelentes condiciones económicas por complementos de expatriación.

Sé que me costaría esfuerzo, quizá no me seleccionen y lo pasaría muy mal, con depresión incluso, pero me parece un plan tan bonito saber ya lo que serás dentro de 30 años.  No tendría que preocuparme de nada, todo me lo daría la empresa, y yo iría recibiendo nuevas tarjetas de visita con cargos más altos cada vez y más ascensos, más ascensos, porque sí, estoy dispuesto a probar un par de años en algún país tranquilo, que, al fin y al cabo, igual da tener el despacho aquí que allá, y si encima te renta un buen montón de años de adelanto…”.

 

Generalmente, queremos provocar la desaparición de la incertidumbre, a ser posible como Harry Potter con el hechizo evanesco.  Buscamos por inercia la seguridad, que nadie nos saque de nuestra rutina… pero eso es imposible, la propia definición de vida lleva el concepto de incertidumbre, ya sea sólo por la fecha de la muerte.  No me voy a poner metafísico, aunque tengo tentaciones.  Utilizo esa comparación para fijar una de tantas incoherencias habituales en el ser humano.

Los planes de carrera están hechos dentro de la certidumbre.  La vida, la empresa, vive en la incertidumbre.  Ya desde las últimas décadas del siglo pasado, se puede dar por desaparecido el trabajo para la toda la vida, las estructuras inamovibles, el mercado cautivo.  La evolución de la tecnología, junto con la economía de mercado y sus ciclos (¡dichosos ciclos!), provocan necesidades de adaptación al medio que suponen cambios, evoluciones, transformaciones… nacimientos y muertes de empresas, de departamentos, de organismos, de leyes…

¿Qué ocurre con algo (los planes de carrera, por ejemplo) preparado para la certidumbre a largo plazo cuando no se puede asegurar ni siquiera un medio plazo de futuro?  Que provoca muertes anticipadas, la muerte de la ilusión, de la motivación, del propio desarrollo… muertes parciales tan dolorosas.

Los planes de carrera (última vez que los nombro, lo prometo) no contribuyen a la preparación básica para el entorno actual.  Siendo una herramienta del desarrollo profesional, es decir para una gestión a futuro, se enfocan precisamente a lo contrario de lo que se van a encontrar los próximos directivos al gestionar el área que le toque.  Se educa en certidumbre a quien tiene que gestionar la incertidumbre.  Paradójico, ¿no?  Le contaré una anécdota personal: tenía unos ocho años cuando mi padre compró un libro para que yo aprendiera a nadar; exponía, y así los hice, multitud de ejercicios sobre suelo o silla donde había que repetir movimientos una y otra vez; convencido después de dos semanas que iba a emular a Mark Spitz, casi me ahogo la primera vez que me arrojé “ande cubre” en la piscina más profunda de Zaragoza (la del club Arenas: 5 metros).  Pues lo mismo: no se puede enseñar a nadar en un ambiente seco.

Un buen plan de desarrollo (como cualquier plan de educación, enseñanza, formación, capacitación…) tiene que preparar a sus participantes en lo más parecido a aquello que van a experimentar después.  Tiempo y espacio tendré para hablarle de ello las próximas semanas… Hoy anticipo el concepto de itinerarios de desarrollo, que se enfoca mejor hacia la incertidumbre que la herramienta anterior a la que sustituye (que no, que he dicho que no iba a nombrarlos, ¡lagarto, lagarto!).

Un itinerario es un camino marcado… marcado pero ¿por quién?  Por el participante, lo que ya da idea de dos aspectos importantes: el libre albedrío (puedo elegir) y la responsabilidad (no dejo, cómodamente, que otros decidan por mí).  Ahora bien, no todo debe hacerse en solitario.  La ayuda al participante consiste en presentarle el mapa con sus trayectos aconsejables.  Además, tendremos que proporcionarle determinados recursos, incluso incentivos, pero ni todos, como si fuéramos una mamá absorbente, ni abundantes, como si fuéramos un papá rico.

Y una vez puesto en viaje, el participante debe ir aprendiendo a elegir caminos y rutas que quizá no vienen en el mapa y que encontrará por autodescubrimiento y no por enseñanza ajena.  Si ese aprendizaje cuaja, tendremos una persona preparada para acometer la problemática que el entorno zigzagueante del siglo XXI nos oferta.  Concretando: que ese itinerario (con variables geográficas, funcionales, experienciales y formativas) le haga competente, sobre todo, en gestionar lo que no está previsto, entre otras cosas menos importantes.

(Publicado en ForoRH, febrero de 2008)

Desarrollo profesional

Desarrollo profesional

Hace años el desarrollo profesional en la empresa estaba relacionado con ascender, no sólo en sueldo, sino en responsabilidades. Se trataba de ir buscando la vía para desempeñar puestos de más o menos jefatura y que implicaran un mayor salario, pero también más responsabilidades…. aunque anecdóticamente, les cuento el caso de un empleado que entró en una empresa como becario a los 21 años de edad y ya a los seis meses de experiencia era totalmente autónomo en las tareas asignadas.  Pues bien, durante 18 años más siguió realizando las mismas tareas con igual eficiencia y evolucionó, ascendió o promocionó desde Becario de Cálculo de Rutas de Fluidos, hasta Superintendente de Cálculo de Rutas de Fluidos, cuadruplicando su sueldo.  Nada más cumplir los 40 años, se despidió de la empresa, se marchó al Japon, estudió el método Kaizen y se hizo consultor de calidad total.

Las posteriores evoluciones de los sistemas de promoción dentro de las empresas trajo al mundo de los RRHH un nuevo modelo para determinar el desarrollo profesional de los empleados, exigiendo para ello cierta formación y el cumplimiento de exámenes y de méritos relacionados con la afinidad, la idoneidad y la experiencia. Para superar estas pruebas era necesario aprobar diferentes cursos de formación, que incluso se alejaban de las características del puesto vacante.

En este caso, la formación otorgaba puntos para el desarrollo. A partir de ahí, RRHH fue experimentando con nuevas técnicas para incentivar y para medir el desarrollo, de las cuales surgieron los primeros pasos para la Evaluación del Desempeño, para la Medición de la Eficiencia y otros sistemas evaluativos.

Posteriormente, con la llegada de los Planes de Carrera para titulados, la prioridad para el desarrollo y para entrar en las empresas fueron los títulos universitarios, ya fuera para hacer fotocopias o para meter datos en una BBDD.

La consecuencia de todos estos sistemas es que hoy se busca el desarrollo a partir de métodos que facilitan el crecimiento de las personas en función de requisitos predeterminados, que no siempre valoran aquello que más debe ser tenido en cuenta como mérito: el esfuerzo, que siempre sería la variable que más pesara en una ecuación, que además incluyera, por supuesto, la capacidad (conocimientos, habilidades, competencias, rasgos de personalidad…) y sin olvidarnos de la voluntad.

Los Planes de Carrera obviaban la voluntad, entendida en dos aspectos: la voluntad de adscribirse al Plan, y la voluntad de adherirse al proyecto de la empresa, por lo que (esto no sucedía los primeros meses de trabajo en el Plan, sino conforme se trataba como reyes a los “elegidos”) iba derivando en engreimiento, soberbia y “bajada de brazos”.

Quizás sea necesario integrar un nuevo enfoque, incluir la equidad para impulsar el desarrollo considerando un mayor peso del esfuerzo y de la voluntad (compromiso) y a partir de su valoración ayudar al avance de los empleados mejor calificados, con  su posterior recompensa y promoción.

Más allá de los sistemas, la ley natural indica premiar el esfuerzo (que es la parte más importante del mérito), de lo contrario quien no recibe el premio, pero sí se ha sacrificado, pensará en silencio que no merece la pena esforzarse para conseguirlo.. y no se esforzará más, “enfermedad” llamada pereza y que se transmite por contagio visual.

Por otro lado, no debemos empujar a desarrollarse a quien no quiera, porque hay personas de gran valía que no quieren salir de donde están por multitud de razones. Están en su derecho y hay que respetarlas; aunque, quizá, sería conveniente incentivarlas para ver si podemos remover su deseo, pero lo justito justito para que no se sientan violentadas.

En definitiva, la búsqueda de quien quiere desarrollarse debe obligar a encontrar a quien tiene las capacidades (cinéticas o potenciales), después proponerle el esfuerzo y al final que levante la mano para decir “yo quiero ser parte de ese proyecto”.

Con Miguel Delibes

Con Miguel Delibes

 

No soy proclive a contar mis modelos literarios, porque he tenido una formación autodidacta, ecléctica, heterodoxa. Pero hoy desayunaba con la noticia del fallecimiento de Miguel Delibes, leía los artículos sobre su biografía, su obra… y he sentido la necesidad de ponerme a escribir estos párrafos removido por la llamada del maestro.

Delibes no fue un autor sobre el que mis profesores de Literatura hicieran especial hincapié.  Fue el éxito de la recreación teatral de su novela “Cinco horas con Mario”, sobre 1980 ó 1981, cuando la estrenaron en Zaragoza, junto con el otorgamiento del Premio Príncipe de Asturias lo que me llevó a interesarme por el escritor.  De antes, recuerdo sobre él la película de Antonio Mercero, “La guerra de papá”, basada en su novela “El príncipe destronado”, que gozó de cierto tirón comercial, y de la que mi memoria adolescente me hizo parodiar con mis amigos aquella escena en la que el pequeño mira por debajo de la falda a la criada y dice “que está mirando a Pamplona”.  Además, supe que Delibes ejercía de profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Estudios Empresariales, estudios que yo cursaba en ese momento, una coincidencia que me motivó hacia la emulación.

Comencé por “La hoja roja”, con un ejemplar editado en la famosa colección de la Biblioteca Básica Salvat RTVE, que mi tía exponía en su librera con orgullo y buen criterio.  Me atrapó la metáfora de aquel anciano que identificaba la salida de la hoja roja en su estuche de papel de fumar como señal de que ya quedaban pocos papelitos, metafóricamente pocos días de vida después de la jubilación.  Me supo amargo, duro, una muestra de la soledad en una época también exenta de luz, los años 50 en la España franquista.

Tardé algún tiempo en regresar a Delibes, quizá por ese poso amargo, triste…  Pero en la Historia de la Literatura Española, publicada por Orbis, incluyeron “Mi idolatrado hijo Sisí”, que, sin saber su contenido, me recordó a la película de Mercero (aunque nada tienen que ver) y decidí leerlo.  Aquel padre, fabricante de váteres, tan absorbente, tan agobiante, tan permisivo y condescendiente, me sobrecogió ante la muerte fatal de su hijo, Añado mi sorpresa al encontrar un trío amoroso entre el padre, su querida y el hijo, el cual la deja embarazada en una relación intempestiva…

Y aparece Mario Camus con “Los santos inocentes”.  Aún guardo los escalofríos y los odios y rencores contra los señoritos andaluces gracias a la magistral película, de la que gocé antes que la novela.  Raramente, una película me llevó a la novela que ha inspirado el guión, porque es muy extraño que la calidad coincida, pero en este caso sí, me llegaron las mismas sensaciones, a pesar de que ya los actores de la película habían puesto cara y cuerpo a los personajes de la novela mientras la leía.  Ahora me estremezco recordando a la niña chica.

Después leí su primera novela, un poco a destiempo, pero como ya había conocido Ávila, viví aquel drama encerrado también entre sus murallas.  Me estremeció mucho más la primera parte que, de por sí, vale cien premios.

También me llego en desorden y a destiempo “Cinco horas con Mario”, tras haber visto la obra en su segunda época con Lola Herrera y conocer hasta qué punto el personaje se había apoderado de ella.  Y nada más abrir el libro, recibí una sensación agridulce.  Esta novela comienza con la esquela del marido.  En la mía “Olor a Varón Dandy” también empiezo con una esquela, la del protagonista … y pensé en su momento que había sido muy original.  Pero, en cierto modo, me sentí reconfortado por haber tenido la misma idea que el maestro Delibes, aunque…

Y mi relación con Delibes se cierra con “El hereje”, disfrutando de la guinda que la tarta literaria de este buen castellano nos ofreció.  Qué buen maestro abriendo camino para esta moda de novela histórica, tal como fue pionero de otras técnicas y temas literarios.

Me apasionó saber hace poco que en su labor periodística habló mucho de fútbol, y que fue admirador de Lerín, el portero de los “alifantes”, el primer gran equipo del Real Zaragoza.

Inmortal Delibes.

Un tropezón en el crecimiento

Un tropezón en el crecimiento

Cuando Fernando estaba decidiendo si aceptaba la oferta de su empresa, se cumplían treinta años desde que cruzó la puerta de la tienda de ropa para trabajar en ella como dependiente.  Entre su primera experiencia laboral y la que ahora cumplía, habían transcurrido horas y horas de aprendizaje en atención al cliente y estrategias de ventas, cada vez más sofisticadas, cada vez más profundas por su deseo de crecer en la profesión y de aumentar sus ingresos y la importancia de las funciones a realizar.  Y también habían pasado horas y kilómetros en la carretera, con alojamientos en pensiones baratas o en medianías de hoteles, con menús del día y zapatos manchados de barro, siempre con la sonrisa abierta y demostrando capacidad de servicio aunque cayeran chuzos de punta.

 

Le llamaron de la competencia un domingo para ocupar su primer puesto como jefe de equipo comercial con una oferta consistente.  En su empresa de entonces, la siguiente a la tienda de ropa, no quisieron ni oír hablar de que Fernando quisiera marcharse “después de diez años proporcionándote el sustento, un buen sustento, creo yo”, bramó el dueño.

 

Le costó tomar la decisión porque se consideró en deuda por la formación y el trato recibido… pero su novia, ¡tan prácticas las mujeres! le cambió el panorama:: “Les has dado, al menos, tanto como ellos te han dado a ti.  No les debes nada”.  Y provocó el cambio rompiendo su paradigma de buscar un trabajo seguro, pero arropado por unas perspectivas de un futuro con más proyección.

 

En la época de alta actividad económica, con aquel crecimiento imparable y sostenido de principios de década, había aceptado dos ofertas para continuar en ese cadencioso crecimiento profesional, después de algo más de tres años en cada una de ellas, la última en una multinacional alemana donde, ahogado por las múltiples normas a cumplir, limitado por el carril que le imponían desde Hamburgo para ser algo más que un número, aceptó con deseo de escape una oferta para convertirse en el delegado de zona de una empresa italiana que deseaba ampliar su territorio de ventas.  Aprendió a organizarse sin presión externa, a controlar el tiempo de dedicación a las tareas, a trabajar con objetivos ambiciosos que suponían un jugoso pago por conceptos variables…

 

Hace año y medio, Fernando  recibió una nueva llamada de la consultora que lo había llevado a la multinacional alemana.  La propuesta era jugosa porque le suponía integrarse en un grupo nacional como responsable de proyectos, dejando los viajes a un lado, y podría dedicar más tiempo a la familia porque ya eran muchos años de viajes y viajes.  El salario global sería idéntico al percibido en el último año como delegado, pero el 85% englobaría conceptos fijos.  Aceptó.

 

En seis meses, llegó la crisis, y con ella, un agresivo director de Recursos Humanos que obligaba a despedir sin otro dato que el coste de la indemnización.  Fernando tenía el despido más barato  Sus objetivos se medían por disminución neta de plantilla al menor coste posible… y Fernando entraba en su lista.  Sus jefes directos abogaron por él, presentaron los datos de sus buenos resultados con tan poco tiempo de adaptación… y tres semanas después batallando por la permanencia de Fernando, recibieron una oferta para presentarle: cambio de ubicación a comercial de nuevos mercados y un sueldo reducido casi a la mitad.

 

Después de sondear el mercado laboral, Fernando aceptó, dolido y defraudado.  Han pasado ocho meses, ha conseguido más de cien nuevos clientes en la provincia limítrofe… y en cuanto el mercado ofrezca otras perspectivas, no tardará nada en buscar otra empresa  que valore su valía con el mismo valor que su amor propio lo hace.

(Publicado en ForoRH num.139, 04/03/2010)

El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

Nadie sabe dónde comienza exactamente el barrio.  Y es que formamos un barrio pequeño, aprisionado por dos corredores de cemento y asfalto, Las Fuentes a la izquierda, y San José a la derecha, según se mira río abajo.  La mayoría le da el comienzo en el puente del Huerva, al principio de Miguel Servet, y el final, en el gran silo de la carretera de Castellón.  No dicen nada de su extensión lateral.  Digamos que hay opiniones dispersas, cuya discusión poco aporta a la clarificación de las fronteras.  Los expansionistas nombran propios a terrenos que siempre pertenecieron a los barrios colindantes y alargan el eje desde la Plaza San Miguel hasta el cementerio de La Cartuja.  En fin, por menos se libraron batallas, así que nadie les hace caso.  Los tradicionalistas traen los límites al Matadero Municipal y a las Sopas Cenis, o la Lechería Quílez en la otra acera, dando anchura hasta el camino Cabaldós y el camino Fillas.  ¡Ah, por cierto!, el nombre del barrio es también objeto de discordia: los "snob" prefieren llamarlo Miguel Servet, por aquello de la fama universal y de la categoría de la calle; los de Tranvías, y por extensión casi todos los habitantes de Zaragoza, lo conocían como el Bajo Aragón, pues empalma con la carretera que llevaba a las tierras de los tambores: Alcañiz, Calanda, Híjar...; los antiguos, los fundadores, se quedan con Montemolín, y no sé de dónde viene el nombre, nadie me lo dijo nunca.

 

Realmente, pues, es como si el barrio no existiera... sus límites se diluyen, su nombre se divide y allá, visto por el aire, la calle grande del barrio, la de Miguel Servet, únicamente serviría para deslindar Las Fuentes de San José.  Y como no quiero que Satán se apodere de estas hojas, veo necesario fijar cuanto antes una delimitación.  Debo decir antes que a mi guía protector no le gusta fijar fronteras, pero tratándose de los diablillos permite una excepción que vulnere la dimensión universal de los espíritus.

 

Puesto que mi infancia es lo que cuenta, será mi opinión (perdonen) la que sirva como voto de calidad.  Según mis andanzas, según mis terrenos naturales, el límite Oeste se fija en el cine Roxy, lugar de aventuras, triunfos, derrotas, lágrimas y sonrisas.  Al Este, cierro con el Palacio de Larrinaga y con los Marianistas, incluyendo las casas de la CEFA, donde al tiempo me enteré que se fabricaban juguetes anunciados en televisión (me hinché de importancia).  Al Norte, los patios traseros de Giesa, CIMA y el antiguo Reformatorio, cortan los dominios.  Hago a "la filla" terreno neutral.  Y al Sur, me muevo poco, porque sólo se incrustan en los números pares de Miguel Servet el hueco de la plaza Utrillas y las acequias de la Granja.  ¡Atención!, hago islas en dominios ajenos: sean La Salle más al Oeste, y la manzana que englobaría las Sopas Cenis con las lecherías Quílez y con la Piscina Montemolín.  Es decir, un barrio que nace sin solución de continuidad y que termina en los albores de la ciudad por Levante, un barrio chiquito, olvidado en los mapas, fantasma para los diablillos de los barrios vecinos, próspero para el alcalde pedáneo y único para el ángel extraviado.

 

No pretendo haber acertado, ni siquiera haber complacido a unos o a otros, y mucho menos ser juez de la controversia.  Además, si hubiera hecho caso extremo a las ternuras de mi recuerdo, habría limitado el barrio a las cuatro esquinas de las cuatro calles: Miguel Servet, Belchite, Higuera y del Sol, por donde discurría mi único paseo en libertad allá cuando acababa de conseguir mi supuesto uso de razón.

 

Quizá sea más romántico limitar el barrio a los carteles... presagio de humos, sabores, tertulias..., estandartes inmóviles de actividad o complacencia.

 

Allá donde dice: Bar Nerín, que sirve el desayuno a los matarifes que trabajan en el Matadero Municipal, sito justo a su frente, Bar Nerín que alimenta para dar vida a los que dan muerte para alimentar, o allá: Bar Otelo, reino del café, copa, puro y guiñote, punto neurálgico, confluencia de palabras, o frente a la plaza Utrillas: Bar Didí, que agarra chaflán en la casa nueva de los Diego, o: Bar Utrillas, escape de la Policía Municipal en la madrugada...  En estos lugares se juntan los personajes encantados para robarle tiempo al tiempo y colocar su producto en el mercado del Camino al Más Allá.  Son los carteles del descanso, o de la charla para arreglar el país, o de la disputa por aquel "renuncio", o del desahogo del vino, o de la evocación de un pasado mejor...  No sería nada el barrio sin los bares.

 

Más carteles...  La CEFA, en Levante, jardín de ilusiones con sabor a plástico, botín de los Reyes Magos, prefirió esconderse cerca de la filla, en la esquina que casi no es barrio para que los chavales nunca la descubrieran; quizá, con mala fe, para no ser robada; quizá, con buena fe, para no derrumbar la fantasía de Melchor.  En una manzana inmensa, con fachada de ladrillo, torreón cuadrado y portón con arco de medio punto, la GIESA, única fábrica en cadena del barrio, le da nombre internacional, los trenes desembocan en su entraña y, ¡envidia!, los Reyes de Oriente dejan regalos adicionales a los hijos de sus empleados.  De la CIMA sólo recuerdo que traía árabes y cubanos, con sueños de las mil y una noches y aires de igualdad comunista.

 

La energía de Montemolín se nutre de un calor surgido bajo unas letras rojas, encuadradas por un diseño en doble arco, anchas por los extremos, cerrándose hacia el centro, como queriendo exprimirse para lanzar el ataque hacia la conquista de la ciudad... las letras de PEIPASA.  De sus hornos, sale pan caliente de lunes a sábados, y el asado de mamá los domingos.  Gabriel Pellicer, hijo del dueño, pasea a caballo por debajo del cartel.  Y, sin saberlo entonces, como ahora he descubierto, el fuego continuo hizo crecer demasiado a una niña especial que vivió sobre las letras rojas y a la que tardaron en conocer los niños aventureros del barrio.

 

Me impresionaba la Casa de los Martínez, ultramarinos de postín, de techos altos, casi alcanzados por estanterías lúgubres de madera, suelo crujiente, luz escondida, sardinas rancias en la puerta y sacos de legumbres pegaditos al mostrador.  La simpatía de los dueños, siempre con caramelos para los chicos, no rompía la sensación de terror, y pocas veces entré solo con el recado de mamá.  En los Ultramarinos Cenis me encontraba mejor, y eso que no me daban caramelos.  Hace muy poco que he descubierto el porqué, razón de infante.  En los Martínez, la entrada se abre de costado, es decir, el mostrador y los productos aparecen de lado, y el local se pierde poco a poco en la oscuridad; todo parece mirarte de soslayo, con aire de superioridad.  En cambio, en los Cenis, encuentras de frente a una señora dulce, de frente, repito, con sonrisa eterna, tras un mostrador simétrico a tu posición, los sacos abiertos hacia ti, ofreciéndote lentejas, garbanzos y alubias...  Casi igual que con los Martínez, me ocurría en la Cooperativa de la Estación, pero había más luz y un dependiente calvo completo, con camisa blanca, que daba sensación de amparo.

 

La verdulería de la Alicia, con la señora Felipa al fondo, fue la cuna de "el moreno Julián".  Y junto a ella, la pescadería de doña Pilar, con Ignacito de lumbrera, y la droguería de Pepe Palacios, local ínfimo con más de cien mil artículos colgando del techo como telarañas...  La Pilarín del kiosco nos ilustraba con los tebeos de Bruguera y nos malalimentaba con caramelajos que sabían a gloria después de ganar la propina.  Y el señor Ullate, con su cara de judío simpático nos vendía en su carpintería los paneles para el colegio (la importancia que me di cuando me enteré de que su hijo era un bailarín de talla internacional).

 

En la esquina de Miguel Servet y Belchite, antes de llegar a la frutería de la señora Dora, lugar para rapiña de cerezas, se yergue, humilde, la Bombilla, tienda de casi todo para comer, más que ultramarinos, de los Garay, serios comerciantes, que no tienen ni idea de lo que guardan en su establecimiento.  No lo voy a descubrir ahora...  Es un local cuadrado, enmaderado de techo a suelo, con belleza sobria en su mostrador.  Siempre la observé mejor desde fuera; su perspectiva desde la puerta, sobre los escalones descendentes del acceso, daba sensación de pintura renacentista, y algo me empujaba a entrar...

 

Por la calle Fillas, los "señores Domingos", que se alargan por una manzana entera, trabajan en algo que nunca supe muy bien.  Quizá me llaman la atención por la eterna bondad que regala uno de sus dueños, el señor Cesáreo, y su mujer, doña Antonia, y su hermana, doña Pilar.  Además, desde casa de mi abuela veía los tejados del garaje.

 

Me ensimismaba con los carteles, vistos desde tan abajo, dispuestos para informar de la sorpresa, artísticos unos, cochambrosos otros.  Y me preguntaba cómo los pintarían, sobre todo los del cine Roxy para anunciar las películas.  Alguna noche soñé que cobraban vida y todos a coro iban hablando como charlatanes incansables de lo que sus letras querían enseñar.  Nada sería el barrio sin ellos, país sin identidad.  Me molesta que en lugar de rehabilitarlos los cambien, prefiero que se mantengan siempre igual, y cuando alguno desaparece, paso tiempo sin mirar al sustituto, por mucho que sea luminoso o más llamativo.  Suerte que la Peipasa nunca cambia, y sus letras de fuego y pan tierno se mantienen impertérritas en su fachada, junto al número 128 de Miguel Servet.

 

Quizá el barrio no se acaba, quizá no comience, quizá sus límites sólo sean quimeras y, como la Ley Universal dice, las fronteras son signo de debilidad, pero yo solamente podré eliminarlas cuando alguien convincente, maestro de la verdad, consiga hacerme entender que no pertenezco a tal o cual ambiente, a tal o cual país, sino que soy, sin raza ni color, un ciudadano del mundo, o más todavía, un habitante de las galaxias...

Guía para volar, de "Fábulas de Montemolín"

Guía para volar, de "Fábulas de Montemolín"

GUÍA PARA VOLAR, por el ángel extraviado

 

Cuando empecé a dictar este libro, sólo tenía claro que deseaba contar historias sobre Montemolín, por lo tanto era fundamental presentar la localización del barrio con sus peculiaridades y sus personajes.  Pero después me vino la idea de hablar de los juegos de mi reciente infancia... y luego pensé que tendría que explicar cosas de mi mundo actual, aderezándolas con unas gotitas de amor, para terminar explicando qué podría hacerse para ser cada día un poco mejor.

Todas estas sugerencias me vinieron de golpe, como fogonazos que me iban sacudiendo sin cesar, con desorden y con ansiedad por captar mi atención.  Esto provocó un apasionamiento que me empujó a dictar apresuradamente a mi espíritu simpático -¡pobrecita chica!-.  Cuando el impulso desapareció, decidí que había que aclarar las cosas... y me dispuse a ordenar los relatos.  ¡Dios mío, qué lío!

Después de mucho cavilar, establecí los temas principales que ilustraban cada uno de los fogonazos antedichos:

 

***

 

1.- Características propias de Montemolín

 

Un barrio es un grupo de personas que se diferencia de los demás grupos por su localización geográfica dentro de una ciudad.  Pero ese propio carácter de grupo le proporciona unas peculiaridades que van aumentando la diferenciación y que, a la larga, son las que los niños echamos en falta cuando nos mudan de barrio.

Montemolín es entrañable, con virtudes y defectos muy propias y propios del género humano, pero con unas sorpresas tan atrayentes que lo hacen especial.

Esas características no van a ser indicadas en ninguna guía turística, ni mucho menos en una reseña histórica, así que la lectura de estas páginas hará que nos involucremos en un secreto maravilloso.

 

 

2.- Los Personajes

 

Sin lugar a dudas, el mundo es así por obra y gracia de los personajes que por él han transitado.  Particularizando, un barrio se hace tal gracias a los seres que han influido en su devenir.  Ahora bien, resulta muy difícil determinar si un personaje en cuestión se destaca por motivos individuales o porque vive o ha vivido en tal o cual entorno.  Supongo que todo es relativo, y que entorno y personaje se interrelacionan sin poder descubrir los límites.

Los relatos aquí incluidos harán conocer mejor la idiosincrasia de Montemolín, pero siempre nos quedará la duda si Montemolín es así gracias a ellos, o ellos son de esa manera gracias a Montemolín.

 

 

3.- Los Pensadores

 

Son una variante de "Los Personajes" y cabe para ellos también la misma explicación.  Si los coloco en lugar separado, es por darles preeminencia, puesto que el mero hecho de trabajar con el pensamiento provoca el movimiento de energías muy especiales y altamente contagiosas para, a la larga, siempre conseguir un fruto muy sabroso.

 

 

4.- Cosas de niños

 

Los niños guardan en esencia la pureza y el recuerdo de las enseñanzas de la Creación; por eso, estudiar sus comportamientos detenidamente muestra las incongruencias que el espíritu debe soportar hasta que se adapta a su condición terrena.

 

 

5.- Amor de a dos

 

Las relaciones sentimentales son una pieza muy importante en el motor de nuestro planeta.  Pueden ser capaces de dar la vuelta a una historia íntima o a toda la Historia Universal.  Como somos hombres y mujeres, cuyos ambos nos necesitamos para sobrevivir según nuestra naturaleza humana, los distintos tipos de relación que se generan influirán precisamente en esa supervivencia.

Creo que exponer algunos ejemplos de esas relaciones puede ayudar a entender cómo sobrevive la naturaleza humana y cómo puede llegar a sobrevivir una pasión sentimental.

 

 

6- Los Lugares Encantados

 

Las fuerzas "ocultas" se localizan también geográficamente.  Algunos llaman a estos lugares puntos telúricos.  En Montemolín yo prefiero llamarles lugares encantados, porque así me recuerdan mejor a las hadas, duendes y gnomos.

Cada punto telúrico, cada lugar encantado tiene su razón para existir, y es verdaderamente complicado encontrarla... pero nada es imposible.

 

 

7.- Cosas del Más Allá

 

La Ciencia es quien impone la frontera entre el Más Allá y el más acá.  Como no soy científico, no sé qué parte de estos escritos contiene ideas del Más Allá o del más acá.  La clasificación incluye a las historias en las que aparece algún ápice de lo que yo entiendo como información necesaria para comprender este mundo invisible donde me encuentro, el cual, naturalmente, es rechazado tanto por la Ciencia como por las religiones mayoritarias.

 

 

8.- Camino a las estrellas

 

¿Seremos humanos otra vez?

Por aquí arriba, coexisten muchos mundos, siempre unos encima de otros, donde sólo se puede ver hacia los lados y hacia abajo; pero el superior siempre responde a la llamada del inferior.

He llamado "estrellas" al último escalón, al más alto.

El camino a las "estrellas" se compone de escalones... y podrán leerse relatos que contienen hechos o actitudes que hacen subir algún peldaño.

 

Preámbulo de "Fábulas de Montemolín"

Preámbulo de "Fábulas de Montemolín"

Me dicen que he vivido en muchas épocas y en muchos lugares, que he sido muchos hombres y muchas mujeres, y tantas veces niño, adulto, anciano...  Pero, allá, en la memoria mortal, quedan muy pocos recuerdos y casi siempre hay que añadir fantasía y ternura para que esas imágenes se hagan comprensibles sin enfadar a la razón.

 

Y lo que los Hombres Razonables no consiguieron eliminar de mi imaginación, salpicado con algunas gotas de mis fantasmas, ha ido preparando lo único que puedo recordar de esta vida: una infancia sonámbula en el barrio de Montemolín.

 

Viví durante doce años dentro de un único paisaje.  Decía un profesor: barriada de Montemolín, ciudad de Zaragoza, provincia de ídem, región de Aragón, país: España, continente europeo, planeta Tierra, sistema solar, Vía Láctea, Universo de Dios.  Y desde Montemolín hasta Dios yo sólo entendía que la plaza Utrillas ya me servía para perderme, así que cómo podía pensar siquiera en la Vía Láctea, sonido a las lecherías Quílez de la carretera de Castellón.  En fin, lo aprendimos de memoria, y también el abecedario, y la tabla de sumar, y los afluentes del Ebro, sin saber qué era una letra, qué un sumando, y qué un río principal.  El profesor era un seguidor de los Hombres Razonables.

 

En las Hermanitas de Santa Ana, calle Numancia, no libré ciertamente la batalla de Viriato, porque caí bien a las monjitas por chiquito modoso y aplicado.  Supongo que aprendía algo más, pero sólo recuerdo a Mariasun, mi primera novia –ahora bastante fea, por cierto –, y la paliza que me pegué con el Galisteo porque pretendía adherirse a los favores de la chica.  De verdad, de verdad, que ni puñetero caso nos hacía a los dos.  Y lo que se rió ella cuando a él le llenaron la cara de rojo mercromina y a mí me aligeraron el chichón del cogote con una "perra gorda" mojada en vinagre.  Como al día siguiente fui el mejor en lectura, me libré del castigo.  El Galisteo se pasó un buen rato de rodillas.

 

En aquel tiempo, yo aún conocía lo bueno de la vida.  Disfrutaba de esa especie de aturdimiento terreno que te eleva hacia la sensación de dicha celestial.  Apenas sabía leer (lo único a faltar) y me sobraban dedos para las sumas obligadas, no conocía el sistema político, ni ansiaba libertad, ni el paro era mi ocupación, el producto nacional bruto me sonaba a campeón de boxeo, la balanza de pagos era como el peso de la carnicería de mi padre y un billete de mil podía ser cualquier estampita del álbum de Naturaleza.

 

¡Qué mayor preocupación que conseguir una bicicleta!  Prestigio, autonomía, independencia, amistad...  Los Reyes Magos fueron equitativos: trajeron una de barra baja para compartirla con mi hermana.  No me inmuté.  Evitaba las riñas entre sexos y sabía que ella no era amiga de estas cosas de chicos.  La estrené contra el suelo el mismo día de aquel seis de enero, cuando sus ruedas quisieron imitar al tranvía y se introdujeron en un carril para que mi inexperiencia no supiera encontrar el rumbo libre.  Me dejé la piel de codo y rodilla en los adoquines de la calle Sanjoaquín, paralela a la fábrica de Giesa.  Desde entonces, nunca, nunca, volvió a estar entera la bicicleta.  No era yo aficionado a la mecánica, ni aun enseñado por el cuidado de mi padre en estos menesteres, porque él tuvo bicicleta y moto compradas con sudores propios y aprendió a cuidarlas por necesidad.

 

En fin, la gran locura comenzó cuando, ya experto en manillares, me lanzaba por la acera desde la calle Belchite hasta la calle Higuera, con cara de satisfacción tal que las señoras a quienes atropellaba me insultaban en un tono bastante cariñoso.  Dados estos pequeños incidentes, decidieron que ya era hora de que campara por terrenos más vastos, es decir, por la gran plaza Utrillas, antesala de la antigua estación de un ferrocarril carbonero.  Y allí me encontré con la primera gran desilusión: mi amigo, "el moreno", consiguió una bicicleta más grande y más versátil (era plegable), aunque también de barra baja.  Pero después de la primera y única "envidieta", sólo me importaba que para ganarle en las carreras tenía que pedalear 1,15 veces más que él (así aprendí la proporcionalidad), es decir, la relación que, a igual piñón trasero, existía entre el número de dientes de su plato y el mío.  La cantidad de sudor que expulsé...  Así me crié de delgadito.

 

Durante tres años no pude mirar más allá de la plaza.  Pero, ay cuando nuestro valor se alargó primero hacia las calles del barrio, después hacia los campos aledaños y, por último, ¡qué aventura!, hasta La Cartuja, a orillas del Ebro, pasando por Pinarcanal o por la Torre de la Olivera.  Aunque entonces ya entendía de libertad, lo sentía de forma ingenua, sin rebeliones, con el verdadero goce de unas horas fuera del poder.  Fumamos los primeros "Celtas" escondidos entre los maizales de aquellos caminos, y el primer puro, bajo el puente del ferrocarril.

 

Las cuadrillas iban desde dos –Julián, "el moreno", y yo– hasta siete muchachos aventureros.  A última hora, incluso llevaba a mi hermano, cuatro años menor, sentado sobre el manillar, recostado sobre mi hombro.  Y lo que verdaderamente me impactó fue aquella excursión de rumbo incierto que nos llevó hasta la orilla del río, a una arboleda fangosa, sólo habitada por pájaros y mosquitos.  Con ellos, nos voló la imaginación.  Inmediatamente, trazamos el plano: en aquel árbol, el de horquilla "inversa piramidal de tres ejes", se alzaría nuestra caseta inexpugnable.

 

Cumplía mi verano número doce.  Al día siguiente, después de recopilar propinas y material, volvimos al paraje, no sin antes perdernos tres veces, para montar nuestro cubil.  Hasta salida de emergencia acondicionamos, por si acaso algún enemigo sitiaba el castillo.  Pero qué poco duró el encantamiento: una semana.  Las tormentas de verano, o la apertura de alguna presa, o un espíritu burlón, provocaron una crecida que dejó el palacio como palafito.  Algunos lloramos...

 

Volví a casa rabiando por el primer desencanto de esta vida terrena, y me encerré en mi cuarto sin permitir que mi hermano hiciera uso de su derecho a habitación.  Sólo recuerdo que mi almohada se convirtió en paño de lágrimas y saco de arena, en instrumento de consuelo y desahogo, sintiendo que estaba prisionero en un cuerpo de mierda y en un mundo cruel.  Quería elevarme y atravesar el techo, quería volar y romper las nubes, quería escaparme y alcanzar las estrellas.  Deseaba morir sin morir, vivir sin vivir, engañar a la nada, surcar el espacio en un soplo y perderme más allá de las estrellas para buscar un arranque de paz.

 

¡Dios mío, si lo logré...!  Fue como el sueño de Alicia, la ascensión de María o el despertar de Morfeo.  Todo estaba oscuro, oscuro brillante por la luz de un sol espectacular que ni calentaba ni alumbraba.  Veía mi cuerpo y no lo sentía, y mis sentidos estaban lúcidos en un silencio abrumador.  Podía desplazarme sólo con pensarlo, podía volar, mis pies no tocaban suelo, era fluido...  Pareció que una luz me llamaba, destelló y tuve miedo a un dominio desconocido, pero la atracción resultó invencible y decidí obedecer.

 

–Soy tu ángel.

 

La luz se había convertido en un ser blanco, canoso, que creí conocer sin haberlo visto jamás.  Siguió hablando:

 

–Estás errante, hijo mío.  Has dejado escapar a tu alma sin soportar los dolores de la existencia.  No nos has querido escuchar y has abandonado tu misión a destiempo.  Antes de regresar, tendrás que trabajar para que tu progreso no se detenga.  Serás errante y purgarás tu debilidad volviendo a tu infancia en espíritu.  Con nadie hablarás y nadie te hablará, verás y oirás...  Sólo yo, según tu intención, podré comunicarme contigo.

 

Y desapareció.

 

No pretendo contar desdichas, así que me ahorraré las peripecias de mi desconcierto.  Mi buen guía fue severo, aunque supongo que la orden no surgió de él, sino de la ley misma de la existencia.  Aclararé a continuación lo que hoy entiendo de todo el episodio –entonces yo no estaba muy esclarecido que digamos–.  Me porté mal de acuerdo con la Ley Universal, no superé la prueba del desencanto infantil y rompí el hilo de plata, es decir, cometí algo parecido a un pecado y debía cumplir la penitencia con arrepentimiento sincero para redimir la falta.  Todavía no entiendo esa ley, pero la intuición me dice que si la cumplo convencido, todo se arreglará de nuevo y volveré ahí abajo.  Podré parecer iluso o alucinado...  ¿Lo soy?  Creo que no, pues me siento feliz.

 

En estado errante, vagando en mi barrio, colándome a través de paredes, puertas, techos y suelos, empecé a concebir una idea especial.  Antes debo aclarar que en el estado dicho no me parecía ser un chiquillo de doce años, sino un ser intemporal, con conocimientos sospechados e inteligencia en embrión.  Dicho esto, explicaré aquella idea tan especial.  Entendí que para redimirme no tenía necesariamente que sufrir, puesto que a nadie había causado daño, sino trabajar con ánimo, que era lo que perdí con mi desencanto... Pero, ¿cómo, si era intangible e invisible?  Ya había aprendido a bromear haciendo ruido por las noches en casa de los cascarrabias, a cambiarle de sitio el tirachinas al Galisteo y a sujetar las puertas a las señoras cargadas de bolsas...  Pretendí escribir un libro.  Y ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?, pensarán.  Pues bien, quería decir que estaba en condiciones de entrar en contacto con lo material, y por intuición pensé que podría mover la mano de alguien para que contara mis historias.  Recordé a mi ángel y decidí preguntarle.  No sabía cómo llamarle, pero llegó.

 

–Si así lo deseas, puedes hacerlo.  Serás responsable de lo que dictes y sólo si su contenido despliega enseñanza podrá servirte de expiación.  Busca un espíritu simpático para ti y nosotros lo prepararemos.

 

Así, busqué y hallé alguien simpático –yo entendí alegre y dicharachero, aunque ahora sé que no quería decir esto–, y cuando vi que podía dictarle frases, comencé a pensar en el contenido de la obra...  De esta manera nacieron las "Fábulas de Montemolín, por un ángel extraviado".