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Incompetencia sobrevenida o "a veces veo muertos"

Incompetencia sobrevenida o "a veces veo muertos"

Un buen amigo mío trabaja en una entidad financiera de las primeras del escalafón nacional.  Hace un año era director de oficina y ahora es responsable de un equipo que persigue la morosidad, un equipo interno de nueva creación que presta ayuda a las oficinas para facilitarles el cobro de los préstamos (necesidad obliga).

 

He conversado largas horas con este amigo sobre asuntos de gestión de personas (y otros asuntos más, claro está), por lo que ha ido adquiriendo algo de información sobre las labores propias del área de recursos humanos.  Sabe de qué va la cosa.

 

Me decía este domingo:

 

–Si es que no sé de dónde han sacado a estos elementos (hablaba de algunos compañeros suyos)…  Es increíble la cantidad de tiempo que pierdo haciendo de intérprete.

 

Su empresa es sólo nacional y él trabaja en un territorio donde sólo el castellano es idioma oficial.  Al ver mi cara de sorpresa, apartó unos centímetros su enfado, sonrió sarcástico y me tradujo:

 

–Creo que esos compañeros tienen mala comunicación con su pareja, no practican adecuadamente la lengua y, en consecuencia,  ¡no me entienden!

 

Seguí mirándolo con los ojos abiertos de par en par.

 

–¡Coño!, que hay gente incapaz de leer un texto… porque leer significa interpretar, y en el caso de una ley, norma o procedimiento, saber qué se debe hacer, después de leerla.

 

–Pero, ¿no me dices que son directores de oficina?  ¿Cómo no van a saber leer?

 

– La m con la a ma… hasta ahí llegan, por supuesto,  pero les cuesta entender que si un papel dice que entregarán todos los lunes, miércoles y viernes un estado individual de no sé qué, quiere decir que los martes y jueves no deben enviarlo.  Eso es interpretar.

 

–No te entiendo… –alucinaba yo.

 

–Que tenías toda la razón cuando me contabas cómo habría que hacer una selección de responsables para algo.

 

Mi amigo se refería a conversaciones anteriores dónde trataba de explicarle la selección por competencias, y entre ellas, las que deberían considerarse básicas para acceder a un puesto de responsabilidad.

 

Siguió hablando él.

 

–Ayer me entretuve en averiguar de dónde venían esos cuatro elementos (los directores supuestamente incompetentes) que tanta lata me están dando con llamadas para explicarles una y otra vez qué era el sujeto y qué el predicado…

 

–¿Descubriste alguna coincidencia?

 

–Unas pocas, grandes y gordas…

 

–Suéltalo, que parece que te está quemando.

 

–Todos, los cuatro, sin excepción, habían sido nombrados a dedo como directores unos meses antes de que su banco fuera absorbido por nosotros, cinco años atrás, más o menos.  O sea, familiares o amiguetes a quienes les debían favores los directivos que se iban a marchar en cuanto se produjera la compra.  Todos, los cuatro, sin excepción, tenían cotas de morosidad por encima de la media de las oficinas.  Todos, los cuatro, sin excepción, tenían anotaciones de auditoría en falta de comprobación de requisitos a la hora de conceder determinados préstamos…  Y no sigo.

 

Pero siguió y siguió desahogándose del estrés propio de tratar con incompetentes.

 

Como él decía, sin proceso de selección adecuado, se corre el riesgo de que una empresa vaya a la ruina, así, dicho sin anestesia ni mercromina.  El estado de incompetencias es mucho más evidente en la época de crisis, donde los errores no pueden esconderse tras unos resultados positivos que, a veces, vienen dados por todo un equipo, menos por el jefe, por ejemplo.

Publicado en ForoRH núm.108 (12/06/2009)

Se rompió el techo

Se rompió el techo

Acababa de cumplir los 18 años con el título de Maestro Industrial recién conseguido.  Ya tenía un puesto reservado en la misma empresa que su padre. Entonces, hace cuarenta y siete años, las cosas se hacían de otra manera, y aquel hombre, con bastante veteranía y profesionalidad en su oficio de operario electricista, hizo valer el expediente impoluto para solicitar el ingreso de su hijo.  Se lo concedieron en función de los méritos por su “demostrada fidelidad a la empresa”. 

 

Pedro había sido educado en el sentido del deber y en la disciplina, en el respeto a los mayores y en la satisfacción por el trabajo bien hecho.  Quería más.  Quería superar barreras y aspiraba a saltar el listón que había dejado su abuelo en la familia: jefe de estación en un pueblo de más de 50.000 habitantes.  El padre no le apoyó.  Con saber que su hijo estaba bien colocado, sólo le pedía un buen comportamiento para ostentar una “excelente hoja de servicios”.  Y Pedro llevaba lo suyo en silencio.

Después del servicio militar, la empresa lo esperaba para continuar en su puesto de ayudante, y estaba señalado para ser oficial en menos de seis meses.  Pero se atrevió a entrar en el despacho del jefe técnico y le solicitó un traslado a la capital para poder cursar estudios universitarios.  Su padre se enteró cuando lo tenía concedido.

Concilió trabajo y carrera durante más de seis años, pasando frío en las noches de invierno, soportando las oscilaciones de una bombilla agónica tapado con una manta raída que le dejaba la dueña de la pensión.  Tuvo su recompensa.  En cuanto presentó el título en las dependencias de Personal, le propusieron un puesto de jefe de sector, algo alejado de su residencia, pero aceptó esperando que no fuera para siempre.

 

Comenzó a trabajar duro y firme.  Le costó hacerse con el respeto de los operarios a su cargo.  Lo consiguió a base de humildad y constancia; humildad para entender que ellos sabían más que él; constancia para aprender cada día cómo ser un buen jefe.

Siguió preparándose, cursó estudios por correspondencia, solicitó consejo en la oficina de Personal, escuchó a los veteranos y se preocupó de que los resultados de su sector mejoraran año a año.  Como sus jefes lo sintieron pionero en aplicar nuevas formas de gestión, lo incluyeron en comisiones de trabajo que le obligaron a viajar asiduamente a la sede central, a preparar informes que cumplimentaba ansioso por demostrar su valía, a ocupar su tiempo libre haciendo cálculos y más cálculos que exponía cada semana ante los altos directivos.

Lo nombraron jefe de brigada en uno de los equipos de la capital. Tenía treinta y cinco años; era el más joven de su nivel profesional… y continuó cultivando la humildad, la constancia, el esfuerzo, la formación.  Un día, un compañero le advirtió de que si no tenía padrino, ya no llegaría a más, que “el techo de los miserables se asienta en este nivel profesional, Pedro, así que o buscas recomendaciones o te asquearás hasta la jubilación en ese cuchitril de mierda”.  Sólo escuchó.  Decidió esperar.

Quizá tenía razón aquel deslenguado, porque habían pasado doce años y seguía en aquel despacho lleno de planos descoloridos, armarios oxidados y sillas parcheadas.

Era agosto.  Sonó el teléfono.  Habló un mando de Personal: “¿Estás dispuesto a viajar a Buenos Aires la semana que viene?”.  “Sí”.  Cuando regresó para Navidades, había sido nombrado gerente técnico en aquella empresa por la que nadie daba un duro.  En ocho años, Pedro contribuyó a un crecimiento espectacular.  Cursó un Máster en Dirección de Empresas, aprendió inglés hasta un nivel casi nativo, batalló por implantar sus criterios de gestión, trabajó sus competencias gerenciales y terminó su andadura porteña como directivo de primer nivel.   También supo cómo encontrar aquel padrino que su compañero le hacía tan necesario: un buen currículo de objetivos cumplidos con creación de valor de futuro.  Lo repatriaron manteniéndole el nivel adquirido.

Mañana se jubila como Director General.

Publicado en Foro RH núm. 138 18/02/2010

i-Responsabilidad

i-Responsabilidad

No voy a hablar de Steve Jobs ni de su iPod (aipod) o de su iPad (aipad).  La “i” en el título es lo que es, un prefijo que da significado contrario a la palabra que acompaña.  Pero me apetece usar algo de técnica de marketing (mercadeo) y de licencia ortográfica para llamar la atención sobre este artículo.  Exclamaré: ¡ay, Responsabilidad!

 

Unos conocidos me comentaron que en el Banco Cántabro DelMedio Ibérico, es decir en el Banco BCMI, están despidiendo a empleados con más de 56 años de edad, a los que indemnizan por encima de lo legal, por lo cual reciben una suma generosa, y les dicen que ni se les ocurra denunciar, que ya van bien servidos hasta poder optar a la jubilación. El BCMI ha presentado últimamente unos beneficios espeluznantes además de haber realizado unos importantes aportes a su dotaciones para provisión por insolvencias, impagos y otros asuntos típicos de la crisis que nos acompaña.  Y también ha dotado con unas migajas de gigante un patrocinio mediático de altas miras.

 

Fui a comprobar lo que mis conocidos me contaban, y lo encontré, más o menos en los mismos términos, en noticias y foros escondidos por Internet.

 

Desde hace varios años, está de moda el concepto Responsabilidad Corporativa, al que recientemente se añade el de Sostenibilidad (en lo económico, social y medioambiental).  Llanamente, se trata de que las empresas sean “buena gente”: que actúen con bondad, con equidad, con honestidad y con cariño en el entorno en el que conviven, ya sea para con sus clientes, empleados, accionistas, proveedores y comunidad.  La cosa vende, así que los departamentos de comunicación o de marketing se están encargando de orientar las políticas de la empresa dentro de estos códigos de buenas formas, del buen hacer, de las buenas prácticas… y se incluyen en unas y otras asociaciones, fundaciones, tendencias, oenegés o similares, que propugnen esa forma de actuar.  Después, llega el Gran Jefe (o Jefecillo a secas), que a veces no se ha enterado muy bien de lo que sus directivos han planteado por ahí, y da una orden tajante -para cualquier cosa- que contradice flagrantemente todo el ideario tan especialmente lindo, y que nadie se atreve a discutirle.  ¿Por qué?  Porque “hay que ganar más dinero”, “porque se debe engordar el balance” y “así los demás nos seguirán teniendo miedo, crecemos más en tiempos de crisis, oh, qué buenos son, dirá la competencia”.

 

En estos momentos, recibo otra información vía mail de un amigo que me cuenta cómo una sociedad cooperativa está despidiendo a varios de sus empleados que no son socios, cuando justo en marzo pasado les había propuesto formar parte de la sociedad.  También vende aspectos de “buen rollito, ¿vale?” y lleva ganancias acumuladas harto suculentas.

 

En junio del pasado año un alto responsable de una firma de inversores afirmó que la rentabilidad de las empresas socialmente responsables (según FTSE Good IBEX) aumentó un 149 % entre 2003 y 2008, mientras que la rentabilidad de las empresas del IBEX 35 lo hizo un 120% en el mismo período.

Recuerdo de nuevo el libro “Liberando el alma de las empresas”, de Richard Barret, que relata cómo varias empresas norteamericanas se pusieron de acuerdo internamente en tiempos de crisis para no despedir a nadie, para aguantar el tirón como fuera y proteger los puestos de trabajo.  A lo largo del siglo XX, lo consiguieron varias veces.  Su valor en Bolsa era de los más seguros, de los más constantes en su crecimiento, muy sostenido, hasta llegar a superar, a la vista de cien años, a todos sus competidores en porcentajes asombrosos.  Seguro que no lo llamaban así en el año 1914, o en el año 1940, ni siquiera en los 80, pero ya estaban aplicando estos conceptos hoy novedosos y “marketineros”, que se llaman Responsabilidad Corporativa y Sostenibilidad.  Eran buenas personas, buenos empresarios integrados en los valores y en los objetivos sociales de su comunidad, de su país, que con sentido común y coherencia se hacían co-responsables de los males que en ese momento le tocaba vivir a su entorno, y con su capacidad de influir en las soluciones, se comprometieron a crear valor, y no sólo a conseguir dinero.

 

Por suerte, aún quedan empresarios de tal guisa.  Apoyémoslos y tendremos algo más de luz y algo menos de crisis.

 

Publicado en ForoRH núm. 137, del 12/02/2010

La absorción de Alicia

La absorción de Alicia

Alicia trabaja en una empresa como administrativa comercial.  Después de un par de años con rumores intermitentes y poca comunicación oficial, en junio pasado el Director General les informó de que se fusionaban con la empresa “Talytal” para garantizar la solvencia y el futuro de ambas organizaciones.  Las condiciones de la fusión no supondrían ninguna merma en los derechos de los trabajadores y no se aplicaría ningún expediente de regulación de empleo.  La fusión sería efectiva a partir del 1º de enero de 2010 y hasta entonces se comenzarían a unificar sistemas de gestión.

 

Desde junio a diciembre no tuvieron más información oficial, a pesar de que, por vía Comité de Empresa o vía conductos extraoficiales, se quiso extraer algún dato que redujera la incertidumbre.  Según estimó un jefe adicto al trabajo, la productividad había bajado más del 25 % debido al nerviosismo y a la contraproducente preocupación por los acontecimientos que no se habían producido.   Lo del 25 % era un cálculo fiable.

 

Alicia es madre divorciada, con dos hijos de 8 y 10 años que están bajo su guarda y custodia, por lo tanto le viene muy bien el horario continuado de mañana.  Está identificada con la empresa, todos sus familiares y amigos son sus clientes debido a su propia influencia, aunque se queja del mal jefe que le ha tocado en suerte, bastante gritón, a veces histérico y muy mal organizado.  De cualquier manera, ya ha aprendido a saber escucharle exclusivamente lo referido al trabajo y se aísla de esos malos modos presuponiendo que la consideran una buena trabajadora por  ciertos detalles (le llama el propio Sr. Rodrigo, el Director General, para resolver algunas cuestiones técnicas).

 

 A 31 de diciembre, sin que nadie supiera bien por qué, cinco compañeros suyos recibieron la carta de despido.  Les adujeron razones organizativas; eran informáticos y sus puestos estaban duplicados con los de la empresa compradora.  “¿Compradora?”.  “Por supuesto.  Talytal ha comprado a Seguretti, ¿no se lo habían dicho?”.  “Esto era una fusión, creíamos”.  “Exactamente, fusión por absorción… y nosotros absorbemos”.

 

El Comité pidió explicaciones y nadie les dio audiencia.  Viajaron a la ciudad origen de la nueva empresa matriz y los llevaron directamente a un sótano, un jefecete de mediopelo les explicó tres cosas y los mandaron de vuelta.  Suerte que les pagaron el viaje.  El Sr. Rodrigo se escondía por los rincones mientras se supo que lo nombraban Director Territorial con una subida del sueldo que rondaba el 33%.

 

Los nuevos jefes consolidados comenzaron a llamar uno a uno a los empleados de la empresa de Alicia y, con diferentes discursos y estilos, les proponían cambios en sus condiciones de trabajo para ajustarlos a los de la empresa compradora.  Alicia empezó a sufrir porque le proponían cambiar a jornada partida, lo que le rompía la organización familiar, además de cambiarle conceptos salariales fijos por otros variables, ya que iban a reconvertirla en comercial telefónica, y tendría objetivos en función de la retención de clientes.  Siguiendo las instrucciones del Comité de Empresa se negó a cualquier cambio y a sufrir de un estrés cada día más inaguantable.  Llegó a tener mareos y ahogos.   La mitad de los integrantes del Comité de empresa, individualmente, aceptó los cambios que les proponían, pero siguieron pidiendo que nadie los asumiera.

 

Alicia puede arreglarse contratando a una asistenta para que le cuide durante dos horas a los niños las tardes de los lunes a los jueves (200 € al mes).  Se integró en el otro departamento bajo la furia de su anterior jefe (ya está despedido), que proclamaba a los cuatro vientos cómo le estaban desmantelando la función más importante del negocio.

 

Alicia lleva quince días con su nuevo jefe.  Malvive con el horario y apura gastos por los menores ingresos, pero, al menos, le ha bajado el estrés.  Y cuenta, con una leve sonrisa, que su nuevo jefe, un chico joven de la empresa compradora le ha dicho tres veces lo que nunca escuchó en veinte años: “Pero qué bien haces las cosas, Alicia”.

Crónica de un despido anunciado

Crónica de un despido anunciado

1.- Llegaba a casa después del trabajo y me encontré a Luisa aparcando su automóvil.  Mostraba un rostro alegre y traía en sus manos varias bolsas con compras en distintas tiendas de moda.  Después de los saludos de rigor, me informó jocosamente:

—¿Sabes?  Me han despedido.

—Pero, ¿qué me dices?

—Sí, me han llamado al despacho y me han entregado la carta.

—¿No te habían hecho ya contrato fijo?

—Hace cinco meses, pero ya ves, alegan falta de rendimiento, reconocen la improcedencia del despido y me pagan el finiquito, la indemnización de 45 días y puedo solicitar el paro.

—Y ¿cómo estás?

—Mírame, radiante de contenta, feliz.  Y te lo digo sin ironías.  Hasta me he permitido estos premios –y me señaló las bolsas— a cuenta de la indemnización.

Luisa tiene 39 años.  Había dejado de trabajar a los 29 para acompañar a su marido, que se trasladó como expatriado fuera de España.  Unos años después de regresar, decidió reincorporarse al mercado laboral y fue contratada como vendedora en una empresa distribuidora (la voy a llamar SONRI, S.A.) de productos de saneamiento y baño de un importante fabricante nacional.  SONRISA es una empresa familiar creada en los años 70 por don Faustino, que fue creciendo poco a poco hasta ganarse una buena base de negocio por ofrecer mejores precios que los otros distribuidores de la marca.  Consta de unos 50 trabajadores, de los cuales 14 son vendedores en tienda.  Don Faustino ya estaba dejando la Dirección en manos de sus dos hijos, María Dolores y Julián, ambos con títulos universitarios, Derecho y Empresariales, respectivamente.

La primera entrevista de Luisa con María Dolores tuvo un resultado muy prometedor.  Le aceptaron sus condiciones de horario y jornada (30 horas a la semana en horario de tarde), y le plantearon un mes de formación a cargo de la empresa con contrato al efecto, más seis meses como Ayudante de Dependiente para pasar a la categoría de Dependiente con contrato indefinido si cumplía las expectativas.  El salario se vería complementado con comisiones sobre ventas, pagadas dos veces al año, en cuanto cumpliera los primeros seis meses.

Pasó el período de formación intensa, cumplió los seis meses con el contrato temporal, y cinco meses después recibió la carta de despido con la acogida tan alegre que he relatado.

Cuando comprobé su cara satisfecha al comunicarme una situación que generalmente debe ocasionar el sentimiento contrario, invité a Luisa a tomar un café y le pedí que me contara qué había ocurrido en su experiencia laboral en SONRISA.  Lo que oí, a veces tan surrealista, me dispongo a dejarlo documentado en estas páginas, recordando a un profesor que nos hablaba de la “pedagogía por el contrario”, es decir, que “contar lo que no se debe hacer es un buen método de enseñanza”.

Con Luisa, asistieron al curso otros cuatro aspirantes.  Se desarrolló en la sala de reuniones de la empresa, impartido por diferentes mandos de la empresa.  Allí les presentaron a don Faustino, a Ernesto, el Jefe de Tienda, y a Sonia y Silvia, las dos encargadas.  Junto al Jefe de Almacén y al Jefe de Producto, la mayor parte del curso fue dirigido por Julián, que ejercía de hijo del dueño.

Durante casi un mes, recibieron una charla tras otra sobre las excelencias del producto, sus componentes, los márgenes que dejaban...  y sobre todo, los impresos que debían cumplimentar con cada venta (larga lista de impresos).  También fueron informados someramente de las comisiones, que no presentaban grandes novedades, salvo que eran devengadas por quien acompañaba al cliente para la realización del presupuesto, y no por quien finalizaba la gestión de la venta. 

A lo largo del curso, a una de sus compañeras se le comunicó que no seguiría adelante con la formación, porque no daba el perfil, argumento tan socorrido como vacío de contenido.  Se produjo un fuerte impacto entre los compañeros, puesto que se estaba generando una unión especial entre todos ellos.  Luisa fue incapaz de encontrar una causa para ese “despido fulminante”, salvo que la muchacha se retrasaba unos minutos todos los días a pesar de que vivía justo enfrente de la tienda.

Los tres últimos días recibieron, con gran pompa en el  anuncio del ponente, enseñanzas sobre Técnicas de Venta, impartidas por el delegado de la firma que distribuía uno de los productos, con unos contenidos que rayaban más en la picardía que en argumentos teóricos como, por ejemplo, que había que fijarse en la marca de la ropa de los clientes y orientarlos a productos con precio alto, medio o bajo, según deducción inicial de su poderío económico.

La intervención de las encargadas resultó divertida para Luisa, veterana en estas lides, pues ya había ejercido ese cargo en anteriores trabajos.  Las dos chicas, que rayaban la treintena, hablaron muy seguras sobre las normas de disciplina reinantes en el colectivo de empleados:  “Prohibido fumar en la tienda”, “prohibido mascar chicle”, “prohibido salir a la calle”, “prohibido sentarse en horas de trabajo”, “prohibido subir a la oficina, que ya lo hacemos nosotras”...  “obligado mantener limpio el sector asignado”, “obligado ocupar el puesto de recepción cuando se solicite”, “obligado vestir con el uniforme proporcionado, por supuesto limpio y bien planchado”...

En cambio, la conversación con el Jefe de Tienda resultó más motivadora.  El hombre, casi de cincuenta años, provenía de un cargo similar en unos grandes almacenes con solera que habían cerrado definitivamente.  Llevaba unos cuatro meses en SONRISA, alto, buena planta, agradable en las formas, suave con sus palabras, enfocó sus palabras en que su labor era ayudarles a desempeñar bien su trabajo, que no dudaran en preguntar cualquier duda y que siempre estaría a su disposición.

“Buenoooooo”, pensó Luisa, “al menos parece coherente”.

Con estas premisas, comenzaron los cuatro novatos su andadura laboral en la venta de saneamientos y productos para baño.

Se integraron en un equipo aparentemente dinámico, muy organizado y compenetrado...  “Ummmm…”, algo sospechó ya Luisa de aquel aspecto pretendidamente idílico.

 

 

2.- Sonia y Silvia departían alegremente junto al habitáculo del Jefe de Tienda (él no estaba), una sentada en la silla y otra en la mesa.  Desde allí, abroncaron a una vendedora porque llevaba mal abrochada la falda.  Poco después, salieron muy juntitas a buscar a Estrella, otra vendedora que pululaba por la sala, y se fueron al aseo de señoras a fumar un cigarrillo, con la puerta medio abierta para vigilar ante posibles llegadas de la autoridad.  Por cierto, Silvia mascaba chicle.

Luisa fue adquiriendo más o menos contacto con los distintos compañeros según se ofrecían para enseñarle las reglas y triquiñuelas de la función, sobre todo, del seguimiento de pedidos, que como comprobó algo después en carne propia, desesperarían al mismo Job.  Era inevitable tener más relación con unos que con otros.  De inmediato, observó un excesivo interés de Estrella por conocer sus antecedentes de todo tipo...  Otro compañero, Antonio, le advirtió para que guardara silencio ante “esa arpía que va de correveidile de Julián”.  Por él también conoció la filiación de las encargadas, con un currículum de auténtico mérito para ocupar sus puestos:  Sonia era la hija del Jefe de Obras, accionista de la empresa, y Silvia, la esposa del Jefe de Almacén. 

“¡Qué comienzo, ¿no?!”, comentó alegre Luisa.  Pero ella quería superarse y, como veterana en las lides de la vida, sabía que nada es orégano en el mundo laboral.  Poco a poco, fue haciéndose su sitio, aprendiendo sin problemas un catálogo complejo y atendiendo a los clientes según las normas más elementales de educación, tal como le gustaba que a ella le trataran en cualquier establecimiento parecido.

A los dos meses de su ingreso, uno de los compañeros del curso recibió una amable carta de la Dirección, informándole de su despido.  Razón: bajo rendimiento.  Curiosamente, a pesar de no contabilizarlos aún, sus números eran mejores que algunos de los veteranos, dado que ya tenía experiencia en funciones de vendedor.  Parece ser que tuvo unas palabras de crítica hacia Julián y que salía a fumar a la calle en lugar de hacerlo, como todos, en el baño..

Luisa tardó en recibir su uniforme de tienda, una falda azul oscura y una blusa a rayas amarillas y marino, a modo de vestimenta como de un equipo futbolístico.  Así, acudía a trabajar con su propia ropa desde casa.  Esto le facilitó no tener que utilizar el vestuario, un cuchitril oscuro de unos seis metros cuadrados, donde diez o doce mujeres hacían equilibrios para cambiarse.  La exposición se extendía por cuatro mil metros cuadrados, como bien le gustaba ponderar a Julián y María Dolores.  Y fue Julián quien reprochó a Luisa no vestir igual que las demás.  Cuando ella le informó que aún no había recibido el uniforme, se escabulló con la excusa de que le llamaban de arriba (o sea, su padre).

Esos cuatro mil metros cuadrados se dividían en tres plantas.  Rotaban por ellas todos los vendedores de saneamiento, y se iban relevando en el mostrador de recepción, desde donde se informaba a los clientes del lugar al que deberían dirigirse.  Era una función pesada y aburrida, que debía ejercerse de pie durante las ocho horas, tras un mostrador, y que incluso obligaba a pedir sustitución para ir al baño.  Además, una cámara de vigilancia observaba exclusivamente ese punto de atención.  Se intuía entre los compañeros que la asignación al mostrador era utilizada como medida de castigo, por su tedio y porque casi no se generaban ventas que primaran las comisiones.

Pronto llegó la fiesta de Navidad.  El patrón Faustino invitó personalmente a cada una de la vendedoras.  Se trataba de una cena en el restaurante del propio edificio, adecentado para la ocasión con orquesta y adornos varios.  Ofrecieron un menú apetitoso y variado incluyendo sorteo a los postres de diferentes obsequios, con la garantía de que todos se llevaban algo a casa.  Pero lo más esperado era la entrega del sobre con las comisiones, junto con la designación del Vendedor del Año.  Luisa miraba con distancia porque no tenía nada a ganar.  Charlaba con Antonio:

—O Sonia, o Silvia, o Estrella.  Es más, te diría que, si sale una de ellas, se reparten el premio.

—¿Son tan buenas amigas?

—Íntimas –dijo con sorna Antonio—.  Tanto como para repartirse los importes de ventas de los grandes clientes que no pasan por la tienda.  ¿Has visto en el mes que llevas que alguna de ellas atienda a alguno de los clientes que entran en la exposición, salvo que Julián pasee por aquí?

Ciertamente, Luisa nunca les había visto atender a nadie.

—Estrella no pinta nada en esto –siguió Antonio—, pero se alía con ellas haciéndoles la pelota, “chivándoles” los cotilleos, hablando bien de ellas a don Faustino.  Eso rinde a fin de año.

Tal como Antonio preconizaba, fue Silvia la mejor vendedora, por lo que recibió de regalo un televisor de plasma de 42” más un sobre que iba pegado a su pantalla.  Sólo aplaudían con fuerza los Jefes,  Sonia y Estrella.  Los otros bufaban por lo bajo.

—¿Qué hay en el sobre, Antonio? –preguntó Luisa.

—¡Qué va a ser!  La “pasta”.

—¿Qué “pasta”?

—La de las comisiones.  Supongo que algo más de 3.000 euros, aparte de los que le pagaron en julio, claro.  Ya te habrán dicho que las comisiones se pagan en julio y diciembre.

—Pero ¿se lo pagan en efectivo?

—Claro, niña, en cash y en “B”...  Todito de color negro.

—Y ¿a los demás también?

—Por supuesto.

—Y ¿de dónde sacan tanto dinero en “B”?

—Ya sabes.  Acuerdos con constructores y trapicheos varios.  Aquí se mueve muchísimo dinero negro. Incluso en los pagos a los jefes, no sólo en comisiones, sino parte del sueldo.  También en cobros a los grandes clientes.  Una mafia, Luisa.

En ese momento sonaba “Dulce Navidad” por los altavoces y don Faustino animaba a cantar a los asistentes.

 

 

 

 

3.- A lo largo de los tres primeros meses del año, Luisa asistió a cuatro bajas de la plantilla de vendedores, todas ellas por decisión propia y con un gran contento por su parte.  María Dolores se encargaba de valorar cada salida con un mensaje positivo, pero en algún caso dejó caer comentarios entre líneas sobre aquello que la persona saliente había dejado incompleto o incorrecto, así como si nada, queriendo decir que “menos mal que se había ido, porque si no, tenía el despido en puertas” (según explicó Antonio en grupillo apartado).

Ingresaron nuevas vendedoras, con lo que Luisa esperaba hacer menos horas en el mostrador.  Ya no era la menos antigua de la plantilla.

La primera punzada que sintió se debió a la convocatoria a una reunión sobre los Objetivos del año, que fue preparada para las 9:00 a.m., una hora antes de la apertura y a la que fue invitada, a pesar de que era su día libre (como la tienda abría de lunes a sábado, cada persona disfrutaba de una jornada libre rotativa).  Alegando su horario de tarde, expuso que a esa hora era imposible su asistencia porque llevaba a su hijo al colegio.  Julián puso mala cara, pero lo aceptó.  Posteriormente, sus compañeros le informaron del contenido de la reunión con mucha rabia y enfado, pues podría resumirse así:

—Hemos disminuido las ventas en un 20% sobre el año pasado y los culpables sois vosotros, que no habéis vendido lo suficiente.  Espero que os apretéis las tuercas este año porque las comisiones se pagarán sobre importes que sobrepasen un 15% el mínimo del año pasado.  Y no quiero excusas. 

A continuación pasó a enumerar los productos bonificados, es decir, aquellos cuya venta se primaba porque dejaban mayor margen. 

—Ahora bien, no se pagarán bonificaciones a quienes no hayan llegado al mínimo de ventas en el mes anterior. 

Y con voz elevada:

—¡Y haremos reuniones de estas cada dos meses.  Espero que asistáis todos sin falta.  En lunes a las 9:00, como hoy!

Luisa nunca pudo acudir a las reuniones.  Algunas compañeras que habían faltado a ellas en alguna ocasión le dijeron haber notado cierta merma en el sobre de las comisiones, sin posibilidad de reclamación, claro, pues los datos para el cálculo eran un secreto llevado desde la oficina.  Se rumoreaba que lo utilizaban para descuentos por sanción encubierta u otras razones, como Luisa comprobaría meses más tarde en cabeza de Antonio, por un error del chico en la facturación, que la empresa hubo de aceptar porque el cliente apeló al precio fijado en el presupuesto.  Los 250 euros de diferencia quedaron descontados en el sobre de las comisiones del vendedor. 

Luisa aprendió pronto los catálogos, productos, márgenes y se afanaba por atender bien a los clientes, pero...

El papeleo era inmenso: presupuestos, albaranes, pedidos, facturas... todos por duplicado, escritos a mano y luego pasados al ordenador con las incidencias de cada caso... seguimiento de las fechas de entrega pactadas y vigilancia de la llegada del producto al almacén para después organizar la entrega con los portes de la empresa. ¡Ah! y prohibición expresa de contactar con los proveedores, que de eso se encargaban en la oficina.  Así, luchaba continuamente por acoplar plazo pactado y período real, pero se encontraba con la sorpresa de que reservaba en el almacén un producto y, al ir a recogerlo para la entrega, había desaparecido porque lo necesitaban para un gran cliente.  Luisa se deshacía en excusas y buenas palabras con los clientes de menudeo, pero las broncas eran descomunales.

Mientras tanto, Julián se paseaba ufano por la tienda, haciéndose notar como “The Boss”, guiñando el ojo a sus aduladoras que le chistaban en sus desfiles.  María Dolores también hacía acto de presencia de vez en cuando para pasar el dedo buscando polvo por encima de los estantes.

Ernesto, el Jefe de Tienda, se fue.  Nadie supo por qué, pero se fue.  Los rumores hablaban de despido.  Parece ser que la realidad se teñía de color diferente.  Se marchó por su voluntad pactando la salida.  No tenía padrino en la casa y las dos encargadas ya se encargaron de ir anulándolo, jugándole malas pasadas: le ocultaban información, le daban datos falsos, dejaban que se equivocara...

Julián asumió el rol de Ernesto, pero en realidad continuó con su pasividad habitual, salvo para controlar y pavonearse.

Luisa esperó ansiosa el día de la renovación de su contrato.  Y todo transcurrió con naturalidad.  María Dolores la llamó a su despacho y firmaron un contrato indefinido con categoría de Dependienta.  Ahora bien, su horario parcial no le disminuía el objetivo global de ventas, por lo que para cobrar comisión debía conseguir un volumen mínimo igual a sus compañeras de tiempo completo.  No le valieron de nada las argumentaciones...

Antonio quería conseguir la distinción (y el premio económico) como Mejor Vendedor del Año.  Para ello, se afanó en la búsqueda de mejores clientes con una entrega total.  Cometió varios errores de impetuosidad, como eludir pedidos pequeños, obviar ciertos presupuestos realizados por otros compañeros (con lo cual, se apuntaba él la comisión), delegar algún seguimiento complejo…  Cuestiones propias de avidez mezclada con exceso de ambición.  Sus cifras de venta fueron aumentando hasta convertirse en líder provisional del ranking… 

Sonia y Silvia sintieron peligro por los aledaños de su bolsillo y de su prestigio.  Así, tomaron la siguiente reacción: redactaron una carta conjunta en la que solicitaban a la Dirección el despido de Antonio por mal compañerismo.  Y la pasaron a la firma de la plantilla de la tienda.  Sólo la rubricaron las promotoras, más Estrella y Remedios, una chica de las recién entradas que hacía méritos para conseguir favores, incluso más allá de los profesionales.

La carta no llegó a su destino, pero Antonio quedó tocado, aún sin perder su deseo de ser el mayor vendedor.  A los meses, después de cobrar las comisiones (con el descuento de los 250 euros), encontró otro trabajo y se marchó de la empresa.

Poco a poco, comenzó a gestarse otro conflicto a causa de los días de libranza.  Julián había cambiado la política anterior, y ahora, si el día de descanso caía en festivo, no se adjudicaba otro.  Ah, y tampoco se contemplaba en la nueva directriz que esas horas se disfrutaran como descanso de una u otra manera.  Remedios se ganó las simpatías de Julián apoyando en público la decisión, puesto que “había que pensar por la empresa”.  Su premio, a las pocas semanas, fue la asistencia a un curso de diseño asistido por ordenador, con viaje en avión y estancia pagada en hotel de cuatro estrellas, en el cual también participaron Sonia, Silvia y Estrella, con el compromiso que nunca se cumplió de enseñar al resto de la plantilla a su regreso.  La transmisión de conocimientos se compuso exclusivamente de un extenso relato de las peripecias nocturnas por Barcelona.

 

 

 

4.- Más o menos en esos días localiza Luisa el embrión de su despido.  Atendió una venta por la cual recibió el 50 % de su importe por anticipado.  En cuanto se recibió el producto, llamó puntualmente al cliente para que pasara a recogerlo y así abonar la mitad restante.  Pero la señora sólo podía acudir por la mañana, a lo cual Luisa contestó que indicara el número de factura a cualquier compañera, y que sería igual de atendida.

Así sucedió.  Pero al hacer el arqueo de caja, faltaron 2 euros (repito, 2 euros).  El error se había producido en el cobro a la señora cliente de Luisa, y la operación quedaba registrada a su nombre.  Luisa fue requerida por María Dolores:

—Faltan 2 euros de un cobro tuyo.  Tienes que ponerlos tú o la cliente.

Luisa calló y llamó a la señora, quien se ofreció a llevar personalmente los 2 euros, pero sería en unos días, lo que la vendedora comunicó telefónicamente a María Dolores:

—SONRISA no tiene por qué soportar ese descubierto.  Hasta que la cliente venga, tendrás que depositar los 2 euros en la caja.

Luisa se negó educadamente.

— Bien.  O pones ese dinero o tu dimisión en mi mesa.

—No voy a poner ese dinero y no voy a dimitir.  Si lo crees oportuno, mándame la carta de despido –contestó firme Luisa.

—Mira, aquí mando yo y se hace lo que yo digo.  Si no, atente a las consecuencias.

—Me atengo, María Dolores, me atengo.

Ahí terminó la conversación.  Luisa, dolida, llamó a la señora cliente para decirle que no trajera los 2 euros… “total, me van a echar igual”, le dijo.

Pero llegó el dinero.  Luisa lo recogió y se lo dio a Sonia, aprovechando para comunicarle su negativa a seguir cobrando, función que no entraba en sus responsabilidades como dependienta.  La encargada lo aceptó, pero a la semana le pidió que depusiera su actitud para “no buscarme un lío contigo y los de arriba, porque se lo tendré que decir”.  Luisa aceptó volver a cobrar.

Sobre este incidente, además del apoyo de los compañeros, sobre todo de Pilar, quien había cometido el error en el cobro, recibió el del Jefe de Obras, que le recomendó hablar con don Faustino o con Julián.  Como éste se encontraba de viaje, charló con el patrón.

—No estoy de acuerdo con lo que ha hecho mi hija, pero tampoco con lo que has hecho tú.

El hombre se dio media vuelta y dejó a Luisa con la palabra en la boca.

En ese momento, comenzó a pensar si merecía la pena aguantar ese ambiente solamente por dignidad o superación personal.

Aún faltaban dos meses hasta la comunicación de su despido.

Mientras tanto, siguió sufriendo situaciones de tensión e incompetencia, que apaciguaba con una buena amistad con otras compañeras, entre las que se había ganado un gran prestigio por no delatar a Pilar.

Luisa relató como hecho anecdótico una incidencia que no quiso relacionar con el asunto de los 2 euros.  La empresa fabricante primaba con regalos a los vendedores las salidas de determinados artículos antes de ponerlos en oferta por renovación de stocks.  Ella recibió una notificación de que en breves días llegaría a SONRISA una cámara fotográfica a su nombre, como premio por la venta de un producto bonificado.  Los breves días se convirtieron en semanas, las semanas en algo más de un mes… y nunca vio Luisa la cámara fotográfica.

Se acercaba el puente del 6 y 8 de diciembre.  Julián informó a la plantilla de que ese año, cambiando la política anterior nuevamente, se abriría la tienda el día 7 y que, al haber dos días festivos, quedaban por esa semana suspendidos los días de libranza.  Lo comunicó y se fue.  Se produjo un revuelo importante, como era de esperar.  Luisa habló con tranquilidad

—Creo que no debemos permitirlo.  Según calculamos la semana pasada, terminaremos el año con más de 150 horas en el debe de la empresa para nosotras, es decir, casi 20 días que no cobraremos ni disfrutaremos.

Tras ese comentario, se oyeron voces clamando para acudir a un abogado laboralista, de “UGT ó CC.OO, que ya está bien de aguantar”.

En los días siguientes, el malestar era patente y Pilar acudió a un bufete para pedir información sobre los derechos que podían ejercer.

El día 29 de noviembre, cuarenta y cinco minutos después de su ingreso al trabajo, Silvia informó a Luisa de que María Dolores quería verla en su despacho.

—¡Uy!, qué miedo –dijo sonriendo la vendedora.

—No te preocupes, mujer –quiso quitar “hierro” la encargada.

La Directora de Administración revisaba unos papeles.  La invitó a sentarse en la silla de confidente.

—Luisa, tengo que darte una mala noticia –comenzó hierática.

Un silencio solemne…

—Voy a entregarte la carta de despido.

—¿Que me despides?

—Sí.

—Pues de mala noticia nada.  Te daría un beso en la frente –habló Luisa con una gran sonrisa sincera.

María Dolores torció algo el gesto ante la contestación inesperada.

—Es la primera vez que veo alguien que se alegra porque la despidan.

Y le extendió la carta.  Luisa leyó tranquila.

—Me haces un favor, querida.  Pensaba dejar la empresa a final de año, así que me adelantas veinte días mis vacaciones, me pagas la indemnización que no esperaba y puedo cobrar por desempleo.  Una maravilla.

A la Directora se le encendían los ojos, pero no pronunció palabra.

—Por cierto –siguió Luisa—.  Aquí has resaltado en negrita que el despido es por bajo rendimiento y sabes que es mentira, como ya se deduce cuando continúas hablando que aceptas el despido improcedente.  En realidad, ¿es por lo de los 2 euros?

—No, no.  Es que no llegas al importe mínimo de ventas.

—Ya.  Una buena excusa.

—En lo de los 2 euros tuviste una lealtad mal entendida.  Al final, ¿no me vas a decir quién fue?

—Mira, María Dolores, no entiendo cómo una licenciada que hace el arqueo de caja todos los días no sabe que anotamos en un listado todos los cobros realizados en efectivo, junto con el nombre de la persona que los ha realizado.

—Pero, ¿me vas a decir quién fue?

—No, baja al mostrador y en el segundo cajón de la derecha encontrarás el listado.  Míralo tú si tanto interés tienes.

—Bien, dejémoslo.  ¿Me firmas el recibí?

—Sí, sí, claro, ¡cómo no!

Mientras Luisa revisaba la carta y extendía su firma, María Dolores hablaba con voz maternal.

—Ojalá tomarais todas el ejemplo de Remedios, que siempre tiene su zona limpia como una patena y cuando está en el mostrador se dedica a formarse leyendo los catálogos y listas de precios.

—Vaya, lo de la cámara era verdad también.  Pero anda, cuando bajes a mirar el listado, abre un par de catálogos de esos que Remedios estudia tan en profundidad… y, por favor, no te asombres si encuentras entre sus hojas unos cuantos libritos de pasatiempos…  ¿Y si quizá están rellenos con la letra de esa chica tan aplicada?

Nuevo silencio.

—Luisa, espero que no nos guardes rencor.

—No, no, por supuesto.  ¿No te digo que me voy muy contenta?

—Ah, despídete rápido de tus compañeras.

Luisa escuchó de Pilar cuando se abrazaban:

—¿Sabes por qué te despiden?  Porque han notado que eres mejor que ellos.  Has mostrado madera de líder y tienen miedo a que nos lleves a una rebelión.

Luisa sonrió, sólo sonrió.

  

 

Nota del autor:  Ojalá estos hechos fueran producto de mi fantasía.  Son auténticamente verídicos, ocurridos entre los noviembres de 2003 y 2004.  He cambiado los nombres por respeto a algunos protagonistas.   Lo demás… verdad, verdad como que el agua moja.

(Publicado en AprendeRH, el día 22 de febrero de 2006)

La Gestión de las expectativas

La Gestión de las expectativas

Capítulo 1

 

Se le pide al buen jefe que sea un gran motivador.  “Sólo serás líder si consigues que tu equipo esté motivado”.  Hay cientos de teorías sobre la motivación, pero qué duro es el día a día, cuánta diferencia entre teoría y práctica, qué distancia entre la estrategia y la operativa. 

Normalmente, se lanza formación e información sobre técnicas que mantengan y aumenten la motivación de las personas que desean superarse, que buscan labrarse un futuro profesional, basado primero en el desarrollo y después, como consecuencia necesaria, la promoción.  Son técnicas que propugnan una adecuada gestión de las expectativas y que se basan en dar lo que la persona quiere con las dosis ajustadas a su momento profesional y al momento de la empresa.

Pero… ¿cómo se motiva a las personas que no se incluyen en ese colectivo?

Antes de nada, diré que no me parece justo asignar toda la responsabilidad de la motivación al jefe-líder.  Nadie habla de que cada cual somos dueños de nuestro propio estado de ánimo, salvo patologías (hoy en día más habituales que antaño: depresión, angustia, ansiedad, estrés, síndrome del quemado…).  Sí, cada uno debemos venir motivados de casa y desde ese estado, el jefe-líder tendrá éxito en la medida en que no desmotive.  El gran líder (oficio más bien difícil) elevará el listón, seguro, pero los buenos líderes muy pronto son llamados a ejercer misiones más altas… y se van.  En la oficina, en el taller, en la tienda… no están los grandes líderes, sino buenos jefes-líderes que lo hacen lo mejor que saben, pueden y les dejan.

¿Quién enseña a gestionar en el día a día las expectativas de los no ambiciosos?

Los más comunes de los humanos, aquellas personas que solemos calificar con el adjetivo tan socorrido de “normales”, pretenden tener un trabajo cómodo, adecuadamente pagado, y que les ayude a sentirse integrados en un entorno social desde lo laboral. Es decir, no quieren más formación, ni más desarrollo, ni pretenden cobrar más a costa de promociones o ascensos que suelen implicar esfuerzos que no están dispuestos a asumir.  Admitirán lo que la empresa les proponga, quizá con algún reniego, si no supone gravamen o pérdida sobre alguna de las tres características que buscan en su trabajo: comodidad, sueldo e integración.

¿Podemos pedirles más?  ¿Debemos pedirles más?  Una empresa, área o departamento lleno de ambición se va convirtiendo en una bomba de relojería, que debe ir estallando poco a poco para causar el menor daño posible.  Verbigracia: cualquier consultoría de renombre, donde se propugna esa ambición profesional, ya en la selección, para ir preparando esa bomba que nunca (o casi nunca) llega a estallar, porque se descomprime con la salida de los profesionales que van sobrando, es decir, los que han alcanzado una descompensación entre edad y carrera conseguida, entre otros.  En una empresa, área o departamento es necesario que existan personas que hacen bien su trabajo, sin más, que ayuden a cumplir objetivos en un ritmo adecuado a sus preferencias y generalmente equilibrado con “lo que me dan, doy”.  Se convierten en los catalizadores de los resultados, por lo que hay que darles la importancia que merecen, un trato delicado y justo, que quizá simplemente deba componerse de “caricias” verbales, de palmada en el hombro, de potenciar la tercer a característica que buscan: sentirse integrados… y válidos, sin tiritas ni palabras fatuas, porque son los que antes van a detectarlas…

No hay que pedirles mucho más, ni tampoco darles mucho más.  Buscan el equilibrio y hay que darles equilibrio…. 

Pensemos también en ellos y también crecerán con ellos los resultados.

 

Capítulo 2

 

Hablábamos la semana pasada de cómo gestionar la expectativas de las personas no ambiciosas, las que desean mantener un puesto de trabajo cumpliendo con diligencia y buena fe las funciones encomendadas.

Entre otras problemáticas a tratar respecto a esa gestión de las expectativas, podemos analizar las situaciones desde dos variables, la Ambición y la Capacidad.  A efectos de una gestión total, deberíamos incluir para el análisis los Resultados y la Oportunidad, pero los dejamos en un aparte, sin olvidarlos para otra ocasión.

La problemática se agruparía entonces en tres subdivisiones, atendiendo a la corrrelación entre las dos variables: AMBICIÓN (Am) y CAPACIDAD (Cp).

Si Am es igual a Cp estamos ante un caso de coherencia, al que se aplicarán las herramientas disponibles para favorecer el deseo de crecimiento.

Si Am es menor que Cp nos encontramos con una persona válida pero conformista, sobre la cual deberemos decidir si deseamos actuar para elevar su deseo de superación.  En caso de hacerlo y conseguir lo buscado, llegaríamos al caso anterior.

Si Am es mayor que Cp podemos actuar sobre los dos factores.  Aumentamos la Cp o le bajamos los pies a la tierra.  Los potenciales en Cp pueden preverse con cierta puntería, así que podríamos decidir si actuar sobre ella o no.  Bajar la ambición…oh…

Me voy a centrar en este último caso porque hay veces que ¡manda huevos! (por Federico Trillo y algunos otros después, lo que pongo y expongo no sea que la SGAE me vaya a cobrar algún canon).

Hablemos de los ambiciosos sin capacidad.  Menudo peligro nos amenaza, Sancho.  Tuve un jefe que analizando un problema más o menos parecido dibujaba una gráfica en la que sobre la abscisa colocaba una escala para la Capacidad, a la qué él llamaba Inteligencia, y en la ordenada una para la capacidad de trabajo.  Refiriéndose a un compañero nuestro, decía:

-Aquí sobre todo hay que cuidarse de Felipondio (y señalaba el eje de abscisas en su punto derecho más alejado), que te llena de papeles y papeles, que te llama continuamente, que te roba el tiempo sin conocimiento…  Hay que alejarlos, darles tareas imposibles, que las asumen sin darse cuenta, y así los espantamos por meses y meses.  Prefiero los de aquí (señalando el cuadrante superior izquierdo), que los de aquí (cuadrante inferior derecho).  De éstos hay muy pocos (decía señalando el superior derecho, relamiéndose con su postura para intentar que entendiéramos su pertenencia a tal clasificación.  ¡Ja!) 

Y si traigo este ejemplo aquí, es porque generalmente el ambicioso sin capacidad es una máquina de generar trabajo, un enfermo de la actividad, que, por supuesto, desea adquirir más responsabilidades, verbigracia: cobrar más, para lo cual está dispuesto a asistir a cursos y conseguir títulos, a aceptar movilidades geográficas o funcionales y cobrar muchos complementos, a extender horarios más allá del horizonte (junto con el sol, o sea, desde el amanecer hasta el anochecer para jugar al Tetris en el ordenador de la empresa), a responder con prontitud “sí, bwuana” a las peticiones del superjefe a quien reportan, el cual sonríe satisfecho…  en fin, la caracterología del pelotas, tiralevitas, franelero…

Solamente queda aplicar valentía, mano izquierda y elocuencia.  A la persona que exagera su ambición sobre sus capacidades hay que bajarla a la realidad porque si la dejamos volar es más que probable que vaya cometiendo tropelías con alas, pico y panza, provocando destrozos irreparables en lo ajeno.  Hay que colocarlo en su lugar con la delicadeza y el respeto que toda persona merece, pero sin rebajas en el contenido del mensaje.

Felipondio fue nombrado directivo al año siguiente.  ¡Qué desastre!

y Capítulo 3

Si coinciden Ambición y Capacidad, vamos bien.  En estos casos, la gestión de las expectativas entra en un raíl, cuyo diseño debe ser marcado por la organización para que el tren (la persona) se detenga en determinadas estaciones.  ¿Podríamos hablar de Gestión del Talento?  Podríamos…y lo dejaremos para artículos posteriores, aunque por aquí se escaparán pinceladas.

Hay personas dotadas para adquirir responsabilidades, fundamentalmente porque quieren, que sería, desde mi punto de vista, la principal virtud.  Desear una promoción o ascenso, sabiendo las implicaciones que conlleva, debe ser un requisito esencial.  De lo que se trata, es de no forzar ni tentar a nadie que no se ha postulado, puesto que con ello garantizamos el estímulo para soportar esfuerzos.  Habría excepciones: promociones por carrera técnica y provisión de vacantes de directivos senior… de donde se deduce que me estoy refieriendo a puestos de gestión de recursos para gestores junior.

Si podemos conseguir un adecuado reclutamiento, podremos afinar en la selección.  Es decir, debemos crear un campo de cultivo que atraiga a quienes tengan ambición (quiero aclarar a petición de algunos lectores que la ambición no debe entenderse con significado negativo, la ambición es deseo de superación y crecimiento), que esas personas quieran acercarse a la dirección del Plan de Desarrollo para solicitar su inclusión en él.  De esta manera, la voluntad de permanecer se verá fortalecida y será un seguro a largo plazo en la búsqueda de oportunidades.  Por otro lado, si alguien se postula, es menos costoso para la organización decir “no, usted no porque…”, el motivo que sea, siempre equitativo, nunca discriminatorio.

Ya estamos entonces en un proceso de selección para el desarrollo, con una batería de pruebas o entrevistas que nos irán cercando ese grupo de personas sobre las cuales podemos invertir.  Sí, invertir, aunque luego en la contabilidad debamos imputarlo a gasto, pero se trata de invertir en ese concepto que parece pasado de moda porque los gurús lo han apartado en sus modernas recetas: invertir en capital humano.

Cuando una empresa compra o mejora sus recursos tangibles (especialmente, maquinaria e instalaciones) realiza análisis de inversión para comprobar la rentabilidad de la erogación. No, no voy a pedir lo mismo para la selección de personas a desarrollar porque tratamos con más incertidumbre muy difícil de concretar.  Pero tampoco podemos dejarlo al albur de “vamos a hacer algo, porque confío en que se notará más adelante”.  Hace años escribí que creer en las funciones de Recursos Humanos es cuestión de fe…  No me desdigo, pero, como Zapatero con los 400 €, hay que matizar la oferta.  La fe mueve montañas para llegar hasta la base de la cima apropiada… pero a partir de ahí, tenemos que calibrar quiénes deben ser nuestros compañeros de viaje, qué equipo debemos llevar, si será necesario hacer noche en el camino a la cumbre… habrá que valorarlo y decidir, primero si tenemos suficiente dinero, y si lo tenemos y decidimos aplicarlo a la escalada, que nos dé la máxima garantía posible de que se aumentará esa cantidad desembolsada.

Elegir con criterio estructurado y medido a quienes entrarán en el programa es dar mayor garantía a los frutos, porque habremos confirmado su capacidad con un buen porcentaje de acierto y, con la adecuada motivación y concreción de expectativas, mantendremos el nivel de ambición.  

He escrito concreción de expectativas.  No por obvio se sabe que es fundamental ni se aplica con sentido común.  Si tenemos un grupo destacado de “estrellas” a las que estamos preparando para ser directivos a medio y largo plazo, que las vacantes de esos puestos sean cubiertas por personas pertenecientes a este grupo, ¿de acuerdo?  Es como si formáramos en una academia a los GEO’s y luego configurábamos ese cuerpo de elite con algunos agentes de movilidad de urbana.  Pues eso, que la realidad es tozuda.

(Publicado en ForoRH, nros. 45, 46 y 47, en enero de 2008)

Cómo mandar bien

Cómo mandar bien

Aprendemos a mandar desde la infancia, nada más nacer, y cada ejemplo de autoridad que pasa por nuestro lado deja una huella. Estas marcas, junto con la propia personalidad, definen nuestro estilo potencial para ejercer el mando. Pero la realidad no se ve hasta que lo aplicamos...y lo sufren nuestros mandados.

Tradicionalmente, una posición jerárquica se ha relacionado con la superioridad total del que tiene el poder, debido a la influencia de los modelos autoritarios de la sociedad, esencialmente de los gobiernos y de los ejércitos. No es hasta la llegada de las democracias y de las libertades individuales cuando ese estilo de mando va evolucionado.

La profundización psicológica encauzó el cambio. Desde ese momento (en la década de los años 50) se entendió que ‘saber mandar’ es una cualidad, a veces innata, siempre asumible y, por supuesto, perfeccionable; pero ‘mandar bien’ es un arte que se nutre de la habilidad, de la técnica y de un poquito, sólo un poquito, de talento.

Así, ‘mandar’ es un aspecto complejo porque requiere hacer confluir las personalidades múltiples del que manda y del que es mandado. Un ‘buen mando’ debe conocerse primero a sí mismo y después propiciar desde la modestia su mejora en los defectos.

La perfección utópica se alcanza cuando esa modestia llega a comprender que cada ‘mandado’, en cada momento, requiere su propia manera de ejercer ese mando.

Ahondar en sistemáticas complejas para ‘mandar bien’ es llenar la cabeza de conceptos que caen en saco roto.

El aprendizaje no es cuestión de una charla o de un curso o un master, y menos en esa materia; puesto que en cada momento es necesario aplicar un estilo, la teoría viene bien sólo para conocer cada uno de esos estilos.

Sin embargo, aplicarlo es otro cantar porque requiere la modificación de actitudes que se han adquirido desde la más tierna infancia; y ahí encontramos el ‘quid’ de la cuestión.

No pretendo dar soluciones a la pregunta del título de esta columna, sin embargo, quizás ahora lo de ‘mandar bien’ tenga relación con el ‘aprender a aprender’; es decir, que ahora es el momento de que adquiramos a través de la práctica aquellas habilidades que nos permitan dirigir efectivamente.

Si queremos mandar bien, necesitaremos esta dosis de disciplina, de paciencia y de sudor (al menos mental) que requiere la rehabilitación.

Y la mejor metodología para saber qué músculo estirar o encoger es exageradamente sencilla: hablemos con nuestros mandados, preguntémosles desde el interés sincero sobre cómo quieren ser coordinados y apoyados y sobre cómo quieren ser enseñados... dejemos que nos contesten, analicemos sus sugerencias, cumplámoslas, comprobemos su efectividad... y continuemos cambiando…

(Publicado en ForoRH nº 16, 10/5/2007)

Introito a "¡Qué cosas tienes, Ceferino!", por Ceferino Cifuentes

Introito a "¡Qué cosas tienes, Ceferino!", por Ceferino Cifuentes

Se han dirigido a mí varios personajes importantes para que deje constancia por escrito de mis opiniones sobre algunos aspectos de mi andadura profesional. Gracias, señores, es un halago que, después de tantos años de trabajo, alguien valore de esta manera los esfuerzos invertidos y los aprendizajes obtenidos para llegar a ser quien soy, ni más ni menos primordial que cualquier otro trabajador que ronde mi edad. En algún sitio leí que la experiencia es la madre de la ciencia, pero que también la experiencia no se compone de las cosas que se han vivido, sino de las cosas que se han reflexionado. Y no hay mejor aprendizaje que reflexionar sobre la experiencia, ya sea propia o ajena.

 

Señor/a lector/a, voy a hacer todo lo posible para que estas páginas que han llegado a sus manos se conviertan en enseñanzas que lleven al aprendizaje. Ya sabe, la enseñanza es de una dirección, mientras que el aprendizaje viene de la contraria. No hay enseñanza sin alumno, pero sí aprendizaje sin maestro. Es una de las cosas que me ha hecho ver mi vida profesional y que me ha salido poner aquí, al principio del texto. Y quiero decir que como usted me está leyendo, hay enseñanza, y si nadie me leyera, nada tendría de enseñanza, por supuesto. Habrá aprendizaje si algo de lo que digo no le suena a sandez y es capaz de estimular su cerebro para entender mejor o para aplicar mejor algún precepto o regla, ya sea de sentido común o de sentido profesional, que ambos adjetivos no son necesariamente intercambiables.

 

Me llamo Ceferino Cifuentes Rodrigo y tengo sesenta y un años, esa edad tan mal observada últimamente por personas dedicadas a la empresa, y más, si ocupan un cuadradito del organigrama, porque soy jefe comercial de una empresa de seguros en el Área Sur de España y Portugal, que ahora es multinacional después de pasar con grandes vicisitudes varios procesos de absorción y fusión. A los mayores nos miran mal hasta los propios mayores, sí, aquéllos que deben hacer las grandes reestructuraciones a consecuencia de sesudos planes de reingeniería. ¿Pero no quedamos en que “re” es una nota musical?

 

Sí, soy un mando en una empresa que no sé si llamarla grande, mediana o elástica, porque de unos años a esta parte hemos pasado por tres dueños distintos y en realidad no he conocido a ninguno en profundidad como para decir si hemos sido cabeza de ratón, cola de león o entraña de rinoceronte.Hemos superado vicisitudes varias que más eran producto de nuestra propia superstición que de la realidad cotidiana porque la cosa es que mi trabajo tampoco ha cambiado mucho, pero los sustos… Qué sustos nos venían cada vez que anunciaban una nueva movida. En fin, que ahora ya está uno acostumbrado y se convence de que en la vanguardia (en mi vanguardia) todo continúa igual, que sólo cambian los del Estado Mayor.

 

Sigo aquí, siendo un frente operativo del negocio y me siento algo raro cada vez que tengo que poner un nuevo logo en la fachada de mi oficina, que me obliga a pedir que los limpiadores se esmeren en liberar las marcas de polvo que ha dejado el anterior, no sea que los nuevos vengan a visitarnos y se lleven un cabreo mayúsculo creyendo que no hemos asumido su compra con lealtad. ¡Como si la lealtad se midiera por la densidad del polvo marcado en la pared por el logo anterior!

 

En fin, le diré que regento una sucursal comercial de la compañía en una zona de tamaño medio y, aunque me agrada mi trabajo, apreciaría un buen acuerdo para jubilarme mirando a cualquier isla del Caribe.

Le contaré algunos de mis antecedentes personales para que pueda usted encuadrarme con lo que le voy a decir, pues estoy seguro de que si no viniera de donde vengo, ni hubiera pasado por donde he pasado, las siguientes letras iban a ser otras, y quizá hasta muy distintas.

 

Soy hijo de un matrimonio que emigró a Zaragoza en 1960, cuando yo tenía 15 años. Acababa de terminar el Bachiller Elemental en el pueblo más grande de la comarca, Utrillas, cabecera de una zona minera, gracias a que mi padre hacía muchas horas extraordinarias en las minas de Escucha. Él quiso salir del polvo que iba ocupando sus pulmones y nos quiso dar una vida mejor, según el canon de aquella época: vivir en una ciudad trabajando muchas horas de lunes a sábado, para poder ir a comer un bocadillo el domingo en el Parque aún llamado Primo de Rivera.

 

En Zaragoza viví en una zona noble, codeándome con “señoritos”, porque mi madre regentó una portería en la calle Alfonso I, la que termina justo enfrente de la catedral del Pilar, mientras mi padre trabajaba en el negocio del taxi. Gracias a que mi madre sabía coser bien (me hacía unos trajes impecables) y a que mi padre iba trayendo buen dinero en efectivo con su Seat 1400 tan negro, ese círculo de la calle importante me aceptaba como alguien a quien no humillar.

 

Ingresé de botones en un banco, recomendado por uno de aquellos “señoritos” a los que cautivé con mis atrevimientos y salvajadas que un niño de ciudad no haría, y menos vestido de forma impecable, sin un remiendo. Mi agudeza me ayudó en mi carrera y llegué a oficial administrativo después de muchas horas de no levantar la cabeza del escritorio y trazar asientos contables con una pulcra letra redondilla. Habiendo cumplido los 30 años, justo cuando murió Franco, me propusieron cambiar a la filial de seguros, cubriendo una vacante de subjefe.

 

Allí vi mi oportunidad y decidí aprovecharla porque intuía un gran cambio en mi vida al igual que en la sociedad que me estaba tocando vivir. Llegué a participar en política dentro de una organización que terminó integrándose en el PSP de Tierno Galván. Me sirvió para entender qué significaba un carácter reivindicativo y para saber que el miedo sólo paraliza a quien se deja vencer. Corrí delante de los grises… y que no se entere mucha gente, por favor, que mi padre aún no lo sabe: dormí una noche en los calabozos de la comisaría del barrio de San José.

 

Dejé esta actividad porque me propusieron en 1978, casi al amparo del referéndum de la Constitución, (con 33 años de edad, la de Cristo, ese signo de madurez), una plaza de jefe de equipo en una ciudad del sur (no quiero localizarla porque no viene al caso y que me perdonen quienes esperaban esta revelación, pero es que prefiero que en este libro destaque mi Zaragocica antes que cualquier otra ciudad), que acepté. También por aceptar este cargo abandoné mis estudios de Perito Mercantil, que había comenzado unos meses antes, lo que me fue penando durante varios años, y aún me pena, aunque menos, porque ya he tocado mi techo profesional y no se ha quedado tan bajito.

 

En realidad, poco ha cambiado mi vida superficial desde aquel traslado,porque sigo en el mismo edificio, en la misma calle, en la misma ciudad y casi en el mismo puesto…digo casi, porque he ido creciendo en categoría y sueldo en la medida en que pudimos hacer crecer la facturación de la oficina y no me abrieron en las cercanías otra agencia que se me llevara la clientela. He dicho vida superficial, sí, porque la profunda he querido que cambiara, y ha cambiado, y creo que mucha de ella va a ir quedando reflejada en estas páginas. Espero no rasgarme la piel en el empeño de escribirla, porque sé que alguna historia de las que cuente me va a dejar un rasguño por aquí adentro, no por su contenido en sí, sino por las emociones que remueva.

 

Al mirarme en el espejo, veo ya a un hombre maduro y canoso, con poco pelo, repeinado hacia atrás con gomina para evitar que se me crispen cuatro pelillos rabiosos allá por un remolino en el cogote. Tengo unas cejas muy pobladas que aún mantienen un color oscuro, casi como su primigenio color castaño, que no cuadra con mi cabello blanco, y le da a mi rostro un aspecto más duro del que realmente tengo. Llevo unas gafas algo anticuadas, con montura de pasta negra en la parte superior y aro dorado para sujetar el cristal (me gustan, qué narices, ¿por qué las tengo que cambiar?), que casi ocultan del todo mis ojos azules, tan alabados por ciertas damas de las que ya no hablaré más. También tengo otras gafas para corregir la presbicia que presentan un diseño más moderno, con montura al aire, y que uso sobre todo cuando me pongo delante del ordenador para “liberar” las nuevas pólizas y otras zarandajas que ahora piden con firma electrónica, nada de papel. Reconozco la generosidad de mi nariz, con una punta redondeada que semeja el postizo de un “clown” tipo Charlie Rivel. Tuve mandíbula fuerte en mi juventud, pero hoy la papada me ha dulcificado el perfil. Gusto de llevar las patillas más bien largas y frondosas, a la moda de los años de mi época adolescente. Así, en conjunto, me dicen que tengo un aire a Woody Allen, o quizá a Stan Laurel, sobre todo por su expresión de despistado perpetuo.

 

Me habría gustado crecer más porque fui admirador de Emiliano y Buscató,pero me quedé raspando el 1,60. Es decir, ni para jugar de base. He cultivado una buena barriga que nunca tuve antes de los 50, puntiaguda, de lasque no se adivinan mirándome desde atrás, pero que no me preocupo en disimular. Cuando no llevo corbata (casi siempre me la pongo, incluso en fin de semana para ir a la iglesia), me abro tres botones de la camisa porque me gusta mostrar sin empaque mi buena pelambrera en el escote, que no tengo nada contra nadie, pero soy de los de pelo en pecho. Ejerzo de soltero por vocación.

 

No cuento mucho de mis andanzas (“que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”), porque soy un hombre discreto, ni siquiera mis compañeros de trabajo podrían dar fe de mis anécdotas extralaborales. Lo que sí confirmo es que no he adquirido el deje andaluz, que no, que no quiero, sino que más bien cada día aumento mi acento aragonés (y a mucha honra), y además, soy socarrón antes que gracioso natural.

 

Lo dicho, amigo/a lector/a, espero que pueda aprender riendo, que se divierta, porque voy a poner todo lo que de verdad pienso sobre los temas que me han propuesto los editores, señores que parecen honestos y no van a recortar o retocar nada más que lo necesario para hacerle asequible a usted este librito (seguro que yo me enreveso mucho).

 

 

Nota del Editor:

 

Una vez leído lo escrito más arriba, nos dijo Ceferino que contáramos algunas cosas que no se atrevía a exponer por pudor y vergüenza, así que, haciéndole caso, añadimos unas líneas a su preámbulo, con salpicones de nuestro charco:

 

Ceferino es un hombre curtido, veterano, hecho a sí mismo gracias a una inteligencia instintiva con profunda puesta a tierra que él reconoce y achaca a los años que vivió en el medio rural, entre los mineros, los agricultores y los pastores, unos de agujeros oscuros y otros de cielo abierto. Dice que tiene aún la filosofía parda de entonces. Transmite bondad y, sobre todo, honestidad, es de esos hombres que si te da la mano para sellar un pacto, no necesitas papeles firmados. Usa un lenguaje llano y directo, probablemente porque no conozca ni le importe conocer otro; además, desconfía de todo lo nuevo hasta que no se ha probado su efectividad. Comenta que su apóstol preferido es Santo Tomás. Se declara cristiano, que no del todo católico, aunque va a misa, y repite mucho la máxima de “haz el bien y no mires a quién”. Es como si quisiera tener una moral, probablemente basada en la religión que le enseñaron, pero sobre la que no se atreve a reflexionar para afianzar su propio criterio.

 

En sus 28 años andaluces, aunque repite machaconamente que sigue igual, ha pasado de un quehacer monótono y rutinario gestionando pólizas administrativamente a ser el jefe comercial de zona que mejores resultados obtiene, especialmente en la retención de clientes (a pesar de las crisis sobrevenidas cada vez que sonaba una fusión) y en el aumento de negocio individual por fidelización. Sus empleados lo respetan y admiran, él los sigue llamando de usted aunque tengan veintipocos años, y todos destacan que siguen su modelo de gestión, con pocas palabras vanas y muchos actos de verdad. Si le nombras la palabra ´líder’ se le erizan los pelos y te mira en silencio frunciendo el ceño.

 

Habitualmente, podríamos verlo en su despacho acristalado con las mangas de la camisa remangadas en pliegues casi hasta el codo, con el primer botón de la camisa desabrochado de tal manera que le salen algunos recios pelitos por encima de la corbata desencajada… y si es ya última hora del día, los cabellos rebeldes de su cogote han vencido a la gomina y sobresalen como unos finos talles enhiestos sobre la coronilla… la mesa llena de papeles… y con el cigarrillo en los labios, que a esas horas ya no aguanta la Ley Antitabaco y se enciende uno tras otro para compensar la abstinencia de toda la jornada laboral. ¡Ah!, pero no le ven fumar sus empleados.

 

Dice que no le importaría que le jubilaran para volver a su Zaragoza, que visita al menos cuatro veces al año, pero cuando lo ves en su puesto de trabajo transmite la misma ilusión que cualquier jefe recién nombrado. No quiere ni oír hablar de un traslado, aunque supusiera ascenso y gratificación, que estima mucho a sus chavales de ahora, que al fin ha conseguido un equipo a su gusto y que ellos aún lo necesitan. Cuando habla de la gente de su equipo se le pone tono y cara de padre.