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Entrevista en RRHHMagazine

Entrevista en RRHHMagazine

Escribir sobre el liderazgo es una tarea difícil que requiere experiencia, visión, generosidad y sobre todo sentido común, y por estas razones son pocos los profesionales españoles que han decidido iniciar un camino literario para compartir sus conocimientos utilizando sólo la tinta y el papel.

Escribir un libro sobre management es un desafío que hay que asumir con ilusión y con profesionalidad para no caer en los tópicos ni en la demagogia; desafío que ha sabido afrontar con maestría y humildad, José Antonio Prades, autor del libro titulado ¡Qué cosas tienes, Ceferino! Breve manual de Filosofía Parda en RRHH, el primer libro de la colección “Más allá de los Recursos Humanos” editado por RHM Ediciones.

A través de esta entrevista, comparte con nosotros su visión sobre el liderazgo y la función de RRHH y nos cuenta cómo un artículo para la AprendeRH terminó siendo el inicio de la vida de Ceferino, un personaje de ficción que le da vida a su obra homónima que, a través de sus experiencias profesionales, acerca a las personas a la función de RRHH e invita a reflexionar a los profesionales ligados a gestión de personas sobre los ’pecados’ más habituales durante su gestión.

En un lenguaje sencillo, sin tecnicismos, ¡Qué cosas tienes, Ceferino! Breve manual de Filosofía Parda en RRHHes un libro que viene a reencatar a quienes piensan que se ha escrito todo sobre management, porque es un libro vivo, alegre, práctico y muy humano, alejado de teorías y tecnicismos.


 

1. ¿En que se diferencia el libro ¡Qué cosas tienes, Ceferino!, de otros libros de management empresarial?

Es un libro de carne y hueso. Me explicaré. Podemos generalizar diciendo que la literatura del management se encarrila en dos vertientes: una puramente técnica, donde el autor expone teorías, conceptos y visiones de nuevos enfoques o tratamientos; otra que tiende a la fábula, a la analogía, incluso a la alegoría, para invitar a la reflexión desde lo más sencillo. Bajo mi punto de pista, en los dos casos se adolece de la exposición del “pateo del terreno”.

En “¡Qué cosas tienes, Ceferino!”, he querido intercalar un nuevo estilo entre los dos citados. Un nuevo estilo que sería el equivalente a la literatura realista, casi naturalista, diría yo, de “carne y hueso”, como he dicho antes.

He intentado elaborar una visión a través de un protagonista autodidacta, que ha llegado a ser directivo gracias a su crecimiento experiencial, y que es lo que vuelca a las páginas de la obra, con un deseo implícito de que sus vivencias puedan servir para aprender desde otro punto de vista. ¡Ah!, he querido darle un toque de humor, de socarronería, porque sonreír alarga la vida… así que quien lea el libro puede tener asegurado un tiempo más entre nosotros.

 

2. ¿Cómo nace su interés por escribir esta obra dirigida a los profesionales dedicados a la función de RRHH e interesados en el management empresarial?

No puedo decir que hubiera una planificación, ni incluso una intención concreta para escribir esta obra. Surgió casi de la nada cuando me pedisteis colaboración para un número de AprendeRH que iba a hablar del e-learning. Sí, el primer capítulo que escribí fue Ceferino y el e-learning. Recibí buenas críticas y ánimos para seguir escribiendo sobre el personaje, por lo que ahí se unieron mis deseos de aportar un granito de arena a este mundillo a mi afición literaria, y poco a poco fue naciendo la historia de Ceferino. Pronto se unió Jorge Crespo al equipo y, junto a Raúl, crearon también a Meritorio, por lo que los dos personajes comenzaron su andadura para intentar dar frescura a las visiones de Recursos Humanos.

 

3. Podría contarnos cómo surge la figura de Ceferino, el protagonista de este libro.

Me puse delante de una página en blanco y decidí dejar volar los dedos… Enseguida me asaltó una imagen, la de un antiguo compañero de trabajo, con el que ni siquiera intercambié nunca ni una palabra, y me dije: éste es mi personaje.

No sé por qué este hombre andaba anclado por mi memoria. Elegí que fuera un jefe comercial porque es un rol muy adecuado para ser gestor de personas, y porque algo de experiencia personal he tenido en esa faceta. Lo demás… empatía… quise meterme en los zapatos de Ceferino y contar con su voz lo que le gustaría mostrarnos.

 

4. ¿Cuál es el objetivo de Ceferino al contarnos su experiencia profesional?

Enseñar desde la práctica, desde lo operativo, desde el terreno… Las cabezas más pensantes de Recursos Humanos provienen de Consultoría o de Escuelas de Negocio. Pocos, quizá ninguno de los que ahora recuerdo, han tenido un contacto diariamente largo con lo operativo, con lo cotidiano… Son personas excepcionalmente dotadas para escuchar a los otros, para sintetizar y extraer el jugo que convierten en teoría… pero no la han vivido, no han sido actores de sus propuestas.

Ceferino sí. Ceferino es un sufridor, o disfrutador, del trabajo de diseño exquisito que los teóricos lanzan desde la “torre” y quiere tener derecho a opinar. No pretende invadir territorios de nadie, pero quiere ser oído y tenido en cuenta. Ya veremos ahora cómo le va, porque hace unos meses lo nombraron director de Recursos Humanos… y le toca ser fraile. Quizá nos lo cuente algún día.

 

5. Según su opinión: ¿cuáles son las principales virtudes y los mayores defectos de Ceferino?

Es una persona bregada, hecha a sí misma, que está donde está por méritos propios, por el trabajo bien hecho. Es más bien testarudo y descreído, le cuesta razonar en el cara a cara porque siempre está cuestionando lo que llega… aunque para él ha sido la única manera de crecer.

No le va mucho la conciliación familiar- profesional, pero es que no tiene familia, es soltero y siempre ha vivido para trabajar. Es adicto al trabajo, salvo para ir a misa.

Es un hombre religioso a la vieja usanza y que nadie le toque a su Virgen del Pilar, ahora bien, es respetuoso con todas las creencias, aunque no le gusta hablar de religión.

Refunfuña a menudo y se le escapan algunos gritos… pero como la ternura se le sale por los poros, todo el mundo le perdona de inmediato. Es muy fumador, y no creo que lo deje fácilmente. Fuma tabaco negro, Ducados, que es muy nacional, pero ha sabido aceptar la ley antitabaco y sólo la “transgredí” cuando no hay nadie a quien pueda molestar el humo. Eso sí, si todos los presentes fuman o dan su beneplácito, saca rápidamente el paquete y le daría igual estar en una plaza que en un templo… casi se come la nicotina.

¡Ah!, otra cosa y quizá la más importante para lo que nos ocupa: es un buen jefe.

 

6. ¿Qué opiniones sobre la gestión de personas comparte con Ceferino y cuáles no?

Difícil me lo ponéis… Debería estar bastante distanciado de Ceferino, quizá podría decir que sólo coincidiría en la mitad de sus apreciaciones, pero… Creo que tanto Ceferino como yo hemos ido cambiando de opinión a lo largo de las historias. Se ve más capítulo a capítulo, en cada tema.

Ceferino siempre es reacio a las cosas nuevas, protesta por sistema, como una herramienta de autodefensa, y en eso no me parezco nada a él. Pero poco a poco va entrando en materia, analiza, ve, siente… y aplica. Y por otro lado, ser empático con él me ha devuelto, ha desempolvado y me ha hecho revisar el mundo operativo, por lo que mi visión también se ha modificado. Tendría que revisar una a una todas las opiniones de Ceferino y reflexionar sobre qué pienso después sobre cada tema… y sería muy largo y bastante pretencioso. Quédate con un apunte: Ceferino no soy yo, pero estoy más cerca de Ceferino que antes de iniciar sus historias.

 

7. El libro: “¡Qué cosas tienes, Ceferino!”, nos recuerda la importancia que tiene la el trato justo y el sentido común en el ejercicio diario del liderazgo. ¿Nos puede explicar cómo relacionar estos dos conceptos en la práctica diaria de nuestro trabajo como profesionales y directores de RRHH?

Cualquier persona que lidere un equipo debe basarse en estas dos premisas para llevar adelante su función. Está en juego su credibilidad y por lo tanto su labor responsable. Yo cambiaría el adjetivo justo por equitativo. En la empresa, me gusta hablar más de equidad que de igualdad, salvo para la igualdad de oportunidades. A partir de aquí, debe primar la equidad, es decir, tratar de acuerdo al mérito. El sentido común no tiene especial definición. Es axioma puro y nace como mezcla de muchas otras virtudes, que no competencias, como el respeto, la reflexión, la bondad, la coherencia, la compasión, el cuidado a la persona, la capacidad de dar. Y como profesionales de Recursos Humanos, tenemos dos responsabilidades: una, liderar con el ejemplo, ser modelos dentro de nuestro propio departamento, algo que no es tan habitual, porque muchas veces “en casa del herrero, sartén de palo”; y dos, convencer y vencer los obstáculos a cualquier precio para que ese estilo impregne toda la organización.

 

8. Según su experiencia directiva, ¿cómo aprendemos a liderar?

Siempre en gerundio, siempre. Ahora bien, hay ayudas, e intentaré resumirlas, porque es un tema que daría para mucha conversación. Cualquier aprendizaje requiere capacidades, es decir, aunque sé que contradigo muchas teorías, para liderar hay que valer, no todo se aprende, no todas personas pueden ser líderes, y no todas quieren serlo. Una vez descubierta esa capacidad y esa voluntad, el diamante en bruto debe pulirse mediante la formación, la experiencia y el tutelaje.

Formación en habilidades de gestión, que darán el conocimiento y algo de práctica en su aplicación; la experiencia para vivir directamente las consecuencias del liderazgo y asumirlo en la justa medida para ejercerlo, pues no hay crecimiento sin esfuerzo, sin temor a lo desconocido, sin vértigo, sin sufrimiento. Y cada día se aprende, así que añadamos otro ingrediente imprescindible: la humildad que, unida a la capacidad de elección y observación de los modelos adecuados, nos da el mejor campo de aprendizaje.

 

9. ¿Cuáles son los principales “pecados” que los profesionales de RRHH cometen a la hora de dirigir a las personas?

Hay un pecado muy grave, gravísimo, casi diría que mortal; y es la incoherencia del mensaje con la actuación. Es necesario advertir que dentro de Recursos Humanos hay varios perfiles, y no precisamente complementarios, sino opuestos en bastantes casos.

Tienen poco que ver entre sí la gente de Relaciones Laborales, con la de administración de personal, y con la de desarrollo… pero cuando se fija una política de Recursos Humanos, en la primera área que se debe cumplir es en la dirección de Recursos Humanos… Y no siempre es así.

Alguna vez he oído decir a un directivo de esta función: “Oye, que esto es para los otros, nosotros tenemos que seguir igual, nada de objetivos ni entrevistas ni motivación. Bastante tenemos con tragar lo que nos fabrican aquéllos de allí (los de Desarrollo)”. Si existe el infierno, o el purgatorio, esta persona debería pasar un buen rato por ellos. Las buenas prácticas en gestión de personas son obligatorias en la dirección de Recursos Humanos, por dar ejemplo, por coherencia, por sentido común… Y como este pecado es tan grave, ya no necesitaríamos más para una condenación.

 

10. ¿Cree que está todo dicho en management empresarial?

Nunca está todo dicho en nada, creo yo. El mundo está en permanente evolución, por lo tanto, siempre surgen novedades. Hay que expresarlas, y unas veces cuajarán y otras no. Ahora bien, existe una tendencia muy clara desde hace muchas décadas y que no cambia de orientación. Todas las teorías tienden al buen trato, al respeto, a la atención personalizada, a la flexibilidad… conjuntadas con la medida del rendimiento y la valoración de los méritos, del esfuerzo. No deja de ser una aplicación del Amor. Sí, ponlo con mayúscula. El Amor se introduce en la práctica de las empresas. Se está añadiendo la emocionalidad a la racionalidad, los sentimientos a las razones, y se consiguen unas relaciones más humanas, más satisfactorias.

Generalmente, estas teorías, como son la orientación al cliente, el desarrollo de personas, la responsabilidad social corporativa, el liderazgo motivador, han sido diseñadas o divulgadas por hombres… pero si están obteniendo éxito es por la incorporación de la mujer al mundo laboral. Vosotras traéis la diferenciación que se necesitaba para cerrar el círculo de la creación de valor, no tanto como la generación del beneficio. Soy un optimista irredento, así que digo: en este caso, VAMOS BIEN.

 

 

Las puertas del invierno

Las puertas del invierno

Era como una hoja de otoño, seco, crujiente y amarillo, con aspecto de madurez y profundidad, arrogante, diciendo que milenios le habían dado sabiduría, ansioso, porque su mensaje aguardaba despertar en manos elegidas, y dulce, muy dulce, lleno de paz para comunicar sonriente un discurso limpio.

Su primavera transcurrió en un soplido, con iluminación de ángeles o inspiración de poetas, obra de Dios, que pone su mano para dirigir el mensaje divino, instrumento elegido para un camino de perfección.  Nació sin alardes, como un suspiro, ya decidido y consciente de su valor, de su valor para mí.

Se ajó al calor del verano, escondido como estaba, tan sólo amparado por los árboles del bosque y por las hojas de los otoños.  Su verano fue largo, porque ante la espera también su calor colaboró, calor de ansia por prestar utilidad al cumplir su destino.  Las tormentas le estremecieron y quiso convertirse en cuero para soportar las aguas, como si el arranque de supervivencia le hiciera alcanzar el deseo de eternidad.

Y cuando ya el verano le llevaba a la desesperación, cuando mis pasos aún dudaban en la ignorancia o en la ingenuidad, causa del dolor, decidió por su naturaleza dar entrada al otoño en su vida, comenzar la tercera edad, porque su resistencia mermaba a cada golpe de tiempo y su ilusión se perdía cada atardecer, que cada vez preludiaba una noche más larga.  Le llegaron los vientos, aires y desaires, cielos oscuros, lunas escondidas, árboles desnudos, algún hielo y alguna bruma.  ¡Qué paz en la madurez!, cuando el deseo estaba apagado y la paciencia en la duda jugaba con la sabiduría.

Ya le cansaba su soledad, soledad de sabio y fiel amigo, carga a la tarea impuesta, dolor ante la exaltación y medida para la grandeza.  Le vencía el otoño con armas de carcoma contra lo más profundo de su entraña, pero aún la esperanza de encontrarme dejaba aliento de vida en su corazón frente a las puertas del invierno.  Y ante ese umbral, obertura de la agonía, hizo aparición un lívido manto de nieve, aviso de final.  Apenas pudo respetar la tentación de cruzar al otro lado, se ancló al otoño escuchando estertores, mantuvo su sangre caliente, pero en lo alto veía la luz con paz de espíritu y pena de inutilidad.  Por primera vez, quiso caminar hacia la muerte.

 

***

 

Me preguntaba si realmente era insensible...  Podía responderme que no, dudando, puesto que nunca al instante se me rasgaba el corazón, pero conforme crecían las horas con la lucidez desorientada, la sensación de vacío iba ocupando un lugar predominante por los alrededores del estómago.

Cada una de ellas desaparecía según desarrollaba su papel, con enfado, con reproche, con lágrimas, con aliento, con suspiro, con alegría o con portazo.  Al principio, me importaba el desenlace, pasaba días analizando tal frase, o tal entonación, intentando comprender la causa del final, pero la repetición de la tarea sin resultado me convenció de que no servía para nada, porque fuera lo que fuera, la consecuencia era el abatimiento.

Estaba solo de nuevo y, en aquella ocasión, quedaba atrás una muchacha encantadora, un cielo con deseo de sentirse amada.  Y yo, como siempre, fui voraz al comienzo, cuando la sorpresa significa misterio, descubriendo su alma, su pasado y su cuerpo -sobre todo, su cuerpo-, con herramientas de investigador pertinaz.  Mientras yo jugaba a destapar lo desconocido con mi aire romántico, galante y lejano, ella se enamoró, me vio como el Príncipe solamente por el hecho de que era objeto de mi atención.  Yo me entregaba, me sumergía en cada unión como si me naufragara en el agua de un balneario para alcanzar la eterna juventud.  Ni siquiera deseo mencionar su nombre, porque todavía ningún nombre de mujer se ha grabado en mi memoria, pues para mí ellas son iguales, porque igual es la huella que me regalan, solamente recuerdos.  Y como a las demás, en un ejercicio de ciencia, la desarmé en mil pedazos con el anhelo de encontrar la culminación de una búsqueda.  Fui capaz de poseerla con pasión, de llegar hasta cualquier último vericueto de su propiedad, sin saber, o sin querer, comunicarle la verdadera intención.  No supo ver en mi alma, y la tuvo a su disposición, porque aunque lo hubiera querido, en mi afán, me era imposible ocultarla.  Y si hubiera visto, todo habría acabado antes de empezar, pues mi alma no desprendía una gota de amor, estaba impregnada de ansia por encontrar, con un deseo loco de forzar al destino para que terminara de una vez el vagabundeo de mi corazón; mi alma estaba vacía, sin una pizca de contenido veraz, y así, ella se encontró al pronto perdida, sin asas, sin cuerdas, sin apoyo, con un vuelo ficticio que quiso prolongar para conseguir apenas unas semanas de agonía.  Ella se fue y no la retuve.

Como tantas veces, en sueños la llamé y, al despertar, asustado, clavando las uñas en la almohada, iba descubriendo que mi verdad no era la suya, que no había verdad en ella ni en las anteriores, quizá ni siquiera en mí, y la ilusión se despedazó contra el amargor de la soledad y de la impotencia.

¿Por qué el amor?  Nada me impedía renunciar a la compañía enamorada, nada de mí y nada ellas... y, sin embargo, a una quimera sucedía otra y otra, como si fuera dirigido al fracaso desde un trono escondido, como si debiera sufrir con el gozo extraviado y el fracaso fulminante.  Las culpas me atacaban y siempre me dejaba llevar para que la certidumbre de la soledad me inundara... hasta que la próxima mujer se apropiara de mi sugestión y abatiera el esfuerzo del resurgimiento.  Una se despidió:

- No la busques, no vive en este mundo, no es carnal.

Y me dolió, no sé si por el contenido irreal de la frase o porque su verdad me hizo daño.  No podía admitir ser etéreo, no deseaba renunciar a este mundo, la mortalidad me limitaba a creer en él como puerta de salvación o, cuando menos, a la evasión, al fin de la búsqueda, aunque la meta ya no pudiera llegar.  Otra respondió:

- Hasta que mueras no podrás llenar tu alma. Eres insaciable porque ya naciste colmado, nada es bueno para ti.

Y tanto creí amarla que sus palabras me tambalearon hacia la muerte, hacia el suicidio veloz para llenar mi alma o para nacer otra vez colmado.

- ¿Por qué huyes? -dijo mientras decidía abandonarme.

Y ¿de qué?, ¿de quién huía?  La respuesta fácil era mirarme y decir “de mí”; la autocompasión no me satisfacía.  Sabía que no obraba mal y que mi búsqueda se dirigía con buen sentido, deseo de amar, y que nunca fallaba en el cultivo de mi sentimiento, pero la tierra estaba yerma, aunque el viento y el sol, ellas, me acunaran para germinar.

Cada vez creí amar con más ternura, cada vez acaricié más dulce, y así mi reconocimiento del vacío se demoraba para, con su tardanza, hacer la herida más profunda.  Entendí cada amor como castigo a la pasión y busqué en ellas el alma como quien busca una paloma; encontraba el alma y me sumergía, llenaba mis manos de alma... pero mi alma quedaba vacía, y dañaba sin deseo mi alma y su alma.  Embrutecida, me lanzó:

- ¡Te has querido apoderar de mi!

Y me invadió la sensación de maldad, tuve miedo de hacer daño, me creí nacido para el mal, vampiro de las almas, parásito del amor, y me encerré en una burbuja de soledad para cumplir penitencia por el pecado de no poder amar.

 

 

***

 

A lo lejos, los montes nevados, las nubes de anillo, los rayos de sol, querían darme la luz que yo me ocultaba.  Las hileras de árboles, el viento dulce, música de amor, me dibujaban el sendero...  Y por la noche, la luna, mensajera de los ángeles, sonreía pícara para elevarme hacia su manto...

Había elegido la soledad por un tiempo, tiempo de espera, no de reflexión, para agotarme en el lenguaje del vacío.  Hice el equipaje con todas mis desilusiones y escapé hacia donde el quehacer humano es diluido por la naturaleza divina para fundirme con un mundo donde la individualidad no importa.

Y la vida cotidiana menguó hasta hacerse dispensable.  Quise ser pájaro, quise ser lince, quise ser arroyo para poder amar con el alma ignorante de la soledad.  Las cigarras y los búhos me acunaban, el silencio natural me acogía, y el desgarro en la entraña iba creciendo ante la impotencia de sumergirme en ese mundo calmado, lleno de paz.

Quizá aquella noche las estrellas brillaron más, quizá todo el cielo se iluminó por un destello prolongado de la luna, quizá el sol se asomó por una rendija de las tinieblas, quizá.  La luz me encogió como haría un saco a mis espaldas, desperté atemorizado por un sueño que no recuerdo, y la angustia se hizo insoportable.  Afuera, aún quedaban restos del relámpago y decidí salir, no por curiosidad, sino buscando desahogo.

Todo estaba bien, la luna, las estrellas, las nubes y los árboles, sólo yo desvariaba.  No quería volver a la casa.  Extrañamente, un eco me atraía hacia el bosque, y deseaba acudir.  Se había detenido el viento, las cigarras callaron y, sin embargo, no sentí silencio.  Por encima del bosque parecía crecer una sensación de ceremonia, como si los árboles se estiraran por cubrir un espacio donde me esperaban, y de donde creí ver, reflejado en la única nube, un destello blanco.

Caminé hacia la llamada.  Todo estaba bien, sólo los árboles me miraban.  Y cubierto por hojas de otoño, bajo el punto que con el destello sentí iluminado, finalizó mi búsqueda ante un papiro ajado, descolorido, cruzado por grietas de vejez:

 

 

Has caminado en tu búsqueda,           

tu signo de vida,

hacia el amor sublime, la paz,               

y no te has colmado,

no te has llenado de ternura,         

amor de mi alma,

has vagado por lo cielos         

hasta llegar a mí.

 

Y ahora que muere tu alma

comida por el desencanto,

marchita de penitencia,

ahora que has conocido

la lucha por el amor,

tu cielo se ha partido

para nacer contigo,

sentido amor de tu amor.

 

Yo, alma gemela, parte de ti,

te aguardo en el umbral de tu alma

con las luces del recuerdo,

para que tu penitencia,

savia de amor, dulzura,

sea calor en mi entraña,

esperanza paciente,

ternura de corazón.

Relato incluido en "Cuentos de Luz" (el que más le gustó a mi abuela Edmunda)

Las últimas palabras

Las últimas palabras

Os lego todas mis posesiones, sin más límites que tasas, impuestos y otras sangrías, para las cuales he previsto suficiente saldo en la cartilla de ahorro.  Espero que hagáis buen uso de ellas y que no os peleéis por tal o cual objeto.  Realmente, nada es imprescindible, pero guardo cierto cariño a ciertas cosas y me gustaría que les dierais el tratamiento adecuado.  La imagen de “La Última Cena” tiene un significado especial, no os deshagáis nunca de ella, y procurad que tenga cerca la imagen de la Dolorosa.  Como imágenes que son, ninguna de las dos tiene valor, pues son meras representaciones carnales, pero a lo largo de los años se han cargado de una energía propia de nuestra familia.  Entendedlas como signo de protección, y la fe os acogerá.  A Benito le ruego que conserve la pluma que ganó papá en el torneo de ajedrez.  No hay nada especial en ella, pero este deseo nace del cariño y me gustaría que perviviera.  Rosa, te corresponde mi mantilla blanca, que ya fue heredada por mi madre y por mi abuela.  Si alguna vez te decides a pasar por el Pilar, llévala para que sea bendita también sobre tu cabeza.  Desde aquí, ahora, puedo decirte que no es tan importante como creía, que la fe no reside en la mantilla, sino en el espíritu, pero la Virgen vela por nosotros y acepta los signos de veneración.  Lucía, sólo necesitas resignación, porque ya tienes conocimiento y sabiduría.  Conserva la piedra azul que guardas en tu monedero, tómala en tu mano con tus desencantos y suplica la paz para tu alma.  Tienes el camino abierto.  Con las otras propiedades podéis hacer lo que queráis, venderlas, lo mejor, para que la mejora económica os estabilice materialmente y os dediquéis así a repartir el bien, a dar ayuda y a la búsqueda de la verdad.  Por favor, quemad todos los muebles...  Y ya no hagáis más acopio...  Sé que os sorprenderá este ruego.  Nada más cerca de la realidad, ahora que la conozco desde dentro.  Cada hijo de Dios necesitamos de un apoyo material que nos libere de la carga de nuestro cuerpo, aunque en verdad la necesidad es vana, pero puesto que no somos perfectos, si no no estaríamos ahí, nos está permitida la búsqueda de esa satisfacción.  Ahora bien, ir más allá de lo necesario, de lo que nos viene, y, además, hacer de ello objetivo de la vida, significa renunciar al crecimiento del alma.  No busquéis poseer, sino dar con amor, porque el mensaje es verdadero:  “Todo lo que deis de corazón, os será devuelto con creces”.  El poder material se extingue con la muerte, nos queda la lucidez espiritual, que alimentamos exclusivamente con el único acto nutritivo: el acto del Amor.

 

Estaba equivocada en mi práctica religiosa.  Os parece extraño que lo reconozca, ¿verdad?  Pero tampoco es vuestra la razón.  Cometí el error en la forma de practicar, no en el uso de la práctica.  Ya he recibido el perdón, pero la indulgencia de poco sirve, porque todos tenemos la posibilidad de conocer el verdadero camino, y para ello sólo se debe desear y buscar.  Vuestra nula práctica y mi exceso tienen la misma causa: la influencia de la sociedad.  Yo por sumisión y temor, vosotros por rebeldía y orgullo, hemos elegido una comodidad de conciencia que nos ha desviado.  No sirve mirar una imagen como consuelo, no sirve una reunión multitudinaria con respuestas pasivas, no sirve rezar letanías como un loro maleducado...  Y da lo mismo ser bautizado, o ser absuelto, o ser confirmado, o ser unido en matrimonio, o ser ungido, da lo mismo porque son errores humanos basados en signos materiales que sólo aportan aceptación social.  ¿Recordáis mis indulgencias plenarias?  Tantas son que debería tener audiencia directa en el salón del trono divino.  Las enseñanzas se han distorsionado, hemos perdido la sabiduría y trazamos vericuetos retorcidos, en lugar del sendero limpio y recto.  Debéis cambiar vuestra actitud, pero no hacia la veneración ni hacia el rezo, sino dirigida al mensaje que nace dentro de cada uno, es decir, que la imagen de tal o cual virgen, de tal o cual santo, no será objeto sagrado sino recordatorio de ese mensaje que recibís, y la oración nacerá del íntimo deseo de comunicaros individualmente con vuestro interior, con Dios, y si esos deseos se unen y nace un deseo común, la intención será más fuerte y más loable.  Los sacerdotes no son elegidos, son personas que han decidido entrar a formar parte de una organización humana, pero el mensaje que reciben de ella les llega del conocimiento, así como su rango.  Cada uno de ellos servirá según sepa mirar dentro de sí y, por ello, los habrá mejores y peores en su tarea.  No son sólo ellos los sucesores de los apóstoles, cualquier ser humano puede dar enseñanza, aunque no haya jurado los votos de castidad, pobreza y obediencia.  Por eso, os ruego que no juzguéis a nadie por su fachada pía ni que os dejéis influir por ese o aquel mensaje religioso, comparadlo con vuestro corazón y, si os conmueve, aceptadlo.  Puede que llegue el día en que alguno de vosotros sea elegido.  Por ello voy a rezar.  Por favor, no rechacéis la tarea porque con ella os acercáis más a Dios...  Y tampoco deshagáis lo hecho por rencor o desprecio, no cultivéis el odio con que me atacabais por mi devoción eclesiástica, sabed que toda alma imperfecta, que todo ser humano, comete errores, y la salvación es patrimonio de cada cual, no debe imponerse sino elegirse como opción individual.  Sed comprensivos con todo aquél que desee acercarse a Dios, porque el camino no es único, sólo debe ser única la intención, y si ella es pura, siempre se abre la puerta, aunque sólo sea para enseñarnos nuestro error.  Por cierto, Lucía, tenías razón cuando me dijiste que un sacerdote no era quién para justificar tu amor ante Dios ni para perdonarte los pecados.  Ni casarte ni confesarte te ayudará, ni a ti ni a nadie, para encontrar la luz de Dios.

 

¡He sido tan religiosa, tan practicante, tan “beata” o “misicas”, que me decíais vosotros...!  Y realmente no es malo, ya os he diho, pero el culto, los ritos, los cepillos, no sirven para nada, el alma no se compra ni se vende, no se salva ni se condena por tal o cual servicio religioso.  ¡Tantas de mis amigas de mantilla, de novenas, de cenáculos, practicaban por obligación, por “el qué dirán”!  Y su imagen de humildad piadosa, sólo imagen, desaparecía en cuanto pisaban su casa o la calle, creyéndose salvadas porque el domingo cantaban muy bien en la iglesia o porque se confesaban y comulgaban casi todas la semanas.  Hacían alarde de su moralidad, y su vida se basaba en aparentar, criticando con crueldad cualquier acto que se saliera de sus normas, siempre por motivo de sexo, dinero, matrimonio y vestuario.  Sé que no puedo ser acusada de sus mismos defectos y tampoco obré mal cuando las aceptaba junto a mí, pero me faltó valor para hablarles de verdad.  Mi vida ha sido constante entrega a los demás, a mis padres, a mi marido, a vosotros, a mis amigas...  He hecho del servicio mi quehacer diario, sacrificándome para que todo a mi alrededor estuviera bien.  Cada respiración mía estaba pensada para otro de mis semejantes.  Recuerdo especialmente mi dedicación a los últimos años de cada una de vuestras abuelas, soportando de mi madre su senilidad y de mi suegra su odio hacia mí “por haberle robado a su hijo”.  La enfermedad de papá estuvo a punto de hundirme y sólo por vosotros no me fui con él.  Esta entrega es mi patrimonio, nada más, que podría servir de ejemplo como una vida de bien.  Pero no ha sido perfecta, estuvo muy lejos de serlo, y no por mi religiosidad excesiva o por mis deseo de dinero.  Mi error estuvo en que mis actos eran de servicio a los demás, pero mi actitud servía a mi egolatría.  cada uno de mis actos de entrega nacía por necesidad propia y con obligación, y llegaba a los demás como regalo de vitalidad.  Actuaba por conocimiento, es decir, me lo habían enseñado y no era capaz de rebelarme.  La intención surgía de mi deseo, no de mi amor, deseo de sentirme bien por hacerlo y no al contrario.  Ahí nace mi mayor falta: esperar algo a cambio, exigir a los demás que me dieran lo mismo que yo les había dado, que me devolvieran favor por favor.  No soy del todo culpable, culpable en la razón, porque lo exigía sin consciencia, pero ahora me doy cuenta del daño que he causado.  Vosotros habéis sufrido mi enfermedad cuando la enferma era yo; vosotros habéis sentido mi dolor cuando el dolor era mío.  He fingido miedos, he fingido desfallecimientos, he fingido para teneros cerca de mí un minuto más, porque no sabía vivir sin sentiros físicamente a mi lado.  Toda esa entrega, toda esa obligación, todo esa egolatría me ha impedido llegar a lo más preciado: ser yo.  No he sido yo, he sido siempre lo que los demás me dejaban o lo que los demás me daban, y, antes de nada, cada uno debemos ser nosotros mismos para poder dar lo mejor de dentro a nuestros semejantes.  Mi constante lamento interior, silencioso, se prolongaba en mis palabras y en mis actos, y, sin desearlo, todo mi bien se escondía detrás de esas lágrimas, y a mi alrededor sólo regalaba llanto, aun recubierto por una sonrisa.

 

Erais tan guapos cuando nacisteis, los tres, tan guapos y tan dulces...  Mi única ilusión fue ser esposa y madre.  ¡Qué alegría cuando me casé!  ¡Qué alegría cuando di a luz!  En cada uno de esos cuatro instantes pensé: ya tengo alguien a quien cuidar, soy feliz.  Y me dediqué por entero a cada uno de los cuatro, fuisteis reyes y estoy orgullosa de la educación que recibisteis.  Me propuse que fuerais hombre y mujeres de bien y de provecho, cultivando el alma, la mente y el cuerpo, intentando mejorar lo que yo había recibido.  Naturalmente, el centro de casi toda mi intención fue que no pasarais hambre, que la vida os fuera fácil, pensando que con dinero se solucionaba vuestra mayor necesidad.  Puedo presumir de haberos proporcionado casa y pan suficientes, además de una educación social y formativa.  No habéis sido buenos estudiantes, pero para ello no pude daros más; os comportáis bien en sociedad y, sobre todo, sois excelentes personas,  “buena gente”, que me gusta decir.  En vida, os reprocharía la falta de religiosidad...  Estoy orgullosa de haber creado y mantenido una familia unida con lazos de amor, y ha servido para que ahora, con vuestras vidas fuera del hogar, sepáis en qué se basa una relación.  Seguid unidos, limad los desacuerdos, y cada día crecerá en vosotros la grandeza del alma.  La vida es una escuela y todas las lecciones comienzan en el primer hogar, cultivando la convivencia, la tolerancia, la comprensión y la ternura.  Sé que ya no sois unos niños, pero no he querido creerlo.  Sé que sois libres y distintos, y no he querido entenderlo.  Mi excesiva pasión de madre, mis exigencias absorbentes han hecho de mi relación con vosotros un camino agobiante desde que fuisteis hombre y mujeres.  Incluso os debo confesar que me reprimí, pues habría deseado hasta el último momento que mi consejo se cumpliera, que regresarais a las diez a casa y que me pidierais que os preparara la comida.  No me atreví a comprender que vuestra libertad no era la causa de mi sensación de soledad, que mi deber de protección terminó hace muchos años y que crecer no es delito contra la maternidad.  Los padres sólo somos cauce, nunca motor, porque cada uno, también cada hijo, estamos obligados a vivir las experiencias que nos depara nuestra existencia, y quien pretenda influir directamente en el camino de otro puede provocar más daño que bien.  Debí convertirme en vuestra mejor amiga y sólo fui vuestra mejor madre.  Os pido perdón por exigiros tanto, por presionaros, para seguir mi camino, y aunque lo hice por amor, no causé más que retraso en vuestra madurez.  Sufrí, sufristeis por un error, pero os agradezco de corazón el respeto con que me soportasteis.

 

Apenas he nombrado a papá, y es todo un logro, ¿verdad?  Lo conocí con quince años, era costurera, “modistilla”, que me decía él, y le costó hacerse con mi atención.  Yo era muy guapa, y los chicos del pueblo suspiraron cuando me vine a la cuidad; él, un buen mozo, el “ojo derecho de su madre”.  Necesitamos catorce años de festejo, el dinero mandaba, y nos casamos muy enamorados.  Para nosotros, el otro era perfecto, y la unión, sublime, la ilusión aumentaba cada día, con cada acontecimiento que compartir.  Vivíamos en el amor, no cabe explicarlo de otra manera, y podéis incluir en él la ternura, la amistad, el respeto, la comprensión...  Reconozco que algunas tareas las cumplía por obligación, porque me enseñaron que una buena esposa debía comportarse así, pero no me importaba porque nacía como servicio para él.  A pesar de su aspecto serio y sensato, vuestro padre tenía un hervidero de alegría en su alma.  Le daba a cada cosa una importancia relativa y, en todo momento, actuaba con la dedicación necesaria.  Formábamos una pareja única y despertábamos la envidia de todos los amigos.  Cuando salíamos con ellos, aun separados, él con los maridos, yo con las mujeres, nos sentíamos cerca, como si uno estuviera dentro del otro, y nos intercambiábamos guiños, miradas y sonrisas, y, en ocasiones, él abandonaba su conversación, se acercaba hasta mí, me besaba y me decía al oído: “Te quiero como a un cielo”.  Sólo me di cuenta de su enfermedad cuando ya se había ido.  Mientras sufrió, siempre con los labios risueños, yo deseaba exclusivamente estar junto a él y proporcionarle lo mejor para que sanara pronto.  Gracias a vuestra existencia pude vivir... por vuestra existencia... y por su recuerdo.  Desde su muerte, mi vida sólo tuvo sentido para cuidaros y para pensar en él, fui parte de los demás, nunca yo misma.  Todas las noches alargaba mi brazo en la cama para acariciar el lugar de la almohada donde él reclinaba su mejilla.  Y el servicio que a él le debía se repartió entre vosotros tres.  Seguí a rajatabla sus deseos sobre la educación, sus inquietudes para vuestro futuro y, con ello, ya me sentía fuerte y amada... aunque sola.  Con el paso del tiempo, os exigí que me dierais lo que él me debería haber dado, a cada uno de vosotros os exigía que fuerais mi marido, y entre uno y otras deambulaba para buscar la acogida de la esposa fiel y cariñosa.  Necesitaba encontrar un calor de igual a igual, la brasa que mantiene cálido el corazón de una mujer...  quería encontrarle a él...  Quizá ahora entendáis por qué fui tan absorbente con vosotros, por qué ansiaba vuestras caricias, vuestros besos y abrazos, por qué me hundí cuando ibais saliendo del hogar.  No entendí que vosotros sólo erais semilla y fruto que cultivar para dejaros crecer en libertad.  A pesar de mi apariencia, nunca fui yo, sino la imagen de él que se proyectaba en mis actos, en mis sentimientos, en mis penas y en mis alegrías.  Desde que él murió, se apagó mi luz, ya no crecí, equivoqué el sentido del amor y me anclé en su recuerdo.  Perdí un tiempo magnífico... pero ahora... tengo esperanza otra vez, soy feliz, feliz, hijos, como nunca lo he sido... voy... voy a encontrarme con él, me está esperando, me lo han mostrado, lo he visto... y, juntos, como siempre lo hacíamos, vamos a iniciar un nuevo camino, un aprendizaje hacia el amor.

 

Os estoy aguardando, hijos, porque la muerte no es final, es un paso más hacia Dios, un alto en el camino hacia la perfección, y de ella nace cada vez la enseñanza de la única verdad, la enseñanza del Amor.  Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

Relato incluido en "Cuentos de Luz"

 

El aura del bosque

El aura del bosque

El pueblo está casi deshabitado.  Todos los años se deshoja más y más, aunque don Jesús hace lo posible para que no enmudezca.  Parece que el Monte Grande ha perdido su don y lo que antes fue protección y belleza ahora se alza como gigante huraño, malencarado y amenazador.  El camino que asciende por su ladera está cubierto de maleza, las huellas de su cauce se hunden en el polvo y cada día sus orillas se acercan poco a poco.  Está desierto.  Solamente el ulular de los pinos contesta al viento y en su conversación intercambian palabras de soledad.

Laura todavía vive en la cabaña; aún quiere hacer compañía al Monte Grande y soportar el silencio de la noche.  Sabe esperar.  Mira hacia el sendero vacío porque su hombre volverá.  Su hombre y su niño volverán a la cabaña del monte.

Hace tiempo, da lo mismo cuánto, Juan y Sergio llenaron sus mochilas y salieron camino abajo.  Laura no preguntó, no le importaba saber, ni siquiera imaginó, permitió su marcha con un pañuelo blanco, un hasta pronto y mil lágrimas en las mejillas. Sergio, casi niño, también lloró; enfiló el sendero con la vista en el pañuelo que ondeaba Laura, hasta que la primera curva le devolvió la espalda de su padre.  Juan caminó radiante, liberado, dejando atrás la parte de su pasado que le ataba a Monte Grande.  Alargaba sus pasos para olvidar el tiempo perdido; pretendía alcanzar el mundo que abandonó.  Todas las noches siguientes, bajo el tejado de la cabaña, se oiría una plegaria ante una imagen y dos fotografías.

Era Laura una mujer conformada, ingenua, de rostro aniñado, feliz.  El cuerpo gordezuelo, los ojos redondos, los labios cortos y rosados, mantenían eterna la candidez de su adolescencia, la inocencia que nunca le abandonaría.  Nació al abrigo del aire fresco y libre, creció entre las amapolas y los frutales, correteó por el bosque, descubrió senderos escondidos y jugó a perseguir ardillas y conejos.  Su escuela se repartió entre la sacristía de don Jesús y los trigales ya verdes, ya dorados.  Apenas tuvo compañeros de juego porque poco a poco iban marchando a la ciudad para regresar de cuando en cuando o algún verano.  Tenía dieciséis años y una figura de incipiente mujercita cuando de un viaje a la capital su madre trajo a casa varias revistas. Laura hojeó una de ellas miles de veces y con la noche de luna nueva recortó una fotografía y la guardó bajo la almohada.  Su corazón descubrió el instinto del amor y suspiraba con la visión del galán que la había cautivado.  Besaba el papel couché al acostarse y soñaba aventuras de pasión.

En aquel tiempo, llegó Juan.

En el pequeño pueblo causó revuelo, un pueblo acostumbrado a ver marchar a su gente que había olvidado cómo dar bienvenidas.  No se supo por qué apareció, lo cierto es que un día de otoño, con la plaza cubierta por las hojas secas de los dos plátanos de la entrada al Casino, el hombre hizo su entrada con unas grandes botas y una mochila a la espalda.

Juan venía de lejos, de alguna ciudad.  Traía el rostro cubierto de polvo y don Jesús adivinó que había caminado por el atajo de piedras desde la carretera general hasta el pueblo.  Lo que nunca nadie supo fue de dónde había escapado.  El forastero llegaba de los suburbios, el único mundo en que había vivido, y en su corto equipaje traía miedos de venganza.  Creció cerca del delito, a caballo de los placeres, el robo, el alcohol, las drogas, el juego, el dinero y la sangre para conseguirlo.  Había sido rey en la corrupción, había conseguido poder y prestigio.  Pero en ese mundo, el reinado no es vitalicio, los errores se pagan y la ambición de Juan le llevó a la bancarrota y a las amenazas de sus enemigos.  Y derrotado, hundido en el camastro de un cuchitril de paredes agrietadas, recibió la visita de un hombre que le hizo firmar unos papeles.  Así tomaba la herencia, unas tierras lejanas.  Un familiar se acordaba de él.  Juan pensó vagamente en tío Luis diciéndole adiós cuando marchó del barrio.  No le prometió volver.  La escritura informaba de una porción de monte y una choza a cinco kilómetros de un pueblo perdido.  No aguardó un segundo; lió sus cosas en la mochila de lona y salió hacia su herencia.

A la llegada de Juan, Laura cumplía diecisiete años; diecisiete años de arraigo con su pueblo, con su tierra y con su monte.  Y en el hogar, era la única cuerda que ataba a la familia.  Sus padres querían emigrar, renegaban del campo, de las pedregadas, de las heladas, de la falta de agua, de los inviernos angustiosos a causa de los caprichos de la naturaleza.  En los últimos años, apenas las tierras les daban para comer y en cada primavera sembraban con la incertidumbre de saber si valdría para algo.  Pero Laura se rebelaba; visitó tres veces la ciudad y nunca deseó volver a hacerlo.  Nada había igual a su casa de piedra, a los cercados del ganado, a los pastos de la montaña. presentaba a sus padres una dura batalla que cada día vencía con mayor oposición, cada noche nacían más aliados de la ciudad, luces de neón, flamantes automóviles, grandes almacenes, diversión...  Don Jesús tampoco quería irse; sus cuarenta años de sermones y caridad le habían anclado en la iglesia semiderruida.  Además, sabía que si le aguantaban como párroco con tan pocos feligreses era por su edad; si él se iba, no enviarían otro cura al pueblo, y los parroquianos serían servidos por algún colega itinerante.  Laura y don Jesús se convertían así en dos almas solitarias que día a día perdían argumentos para defender su verdad.  Los paisanos escapaban.  Ni siquiera veinte familias permanecían de los más de mil habitantes que alguna vez cultivaron aquella tierra.  Veinte familias que también creían a la ciudad un paraíso.

En Juan, Laura vio el galán de su almohada.  En Laura, Juan encontró la mujer que le haría olvidar un mundo de locos.  La muchacha le escuchó sus historias de horror y se arriesgó a ser la calma después de la tempestad.  El hombre se enamoró del cielo limpio de los parajes, del silencio en la noche, de la paz de ese mundo tan escondido.  Y Laura envolvía todo aquel mundo y formaba parte de él como el agua forma parte del mar.  En tres meses, cautivó con sus planes el corazón de la muchacha.  Por fin, Laura conoció a un hombre apasionado por su misma pasión.  Don Jesús trató de evitarlo, pero aquel domingo, en la iglesia, la unión quedó sellada.  Padre y madre salieron libres, ya nada les impedía su deseo. Ellos partieron hacia la ciudad, y Juan y Laura hacia la choza del monte heredado.  Don Jesús, todavía con la casulla de oficiar, se despidió con temor.

Laura se entregó en cuerpo y alma.  Cumplió la orden sagrada del libro de Don Jesús: ser la costilla del varón, amor y servicio hasta que la muerte los separe.  Juan empezó su nueva lucha entre los pinos y el monte.  Esta vez encontraba adversarios honestos, seres y fuerzas a los que no pretendió derrotar, sino atraerlos a él para convivir.  Y la mujer a su lado le infundía sentido a su obra.  Cobró brío y valor, trabajó ilusionado; recuperó la choza, roturó las tierras, construyó el corral y la cuadra como antes levantó garitos y burdeles.  Cultivó el amor por la naturaleza, por el Monte Grande, por su cabaña, sus gallinas, sus hortalizas, su caballo y “Corito”, el pequeño perro pastor que no ejercía.  Laura le dejaba hacer, todo estaba bien hecho si lo decidía Juan.  Ella le regalaba su sonrisa, su admiración, la mirada dulce.  Y en plena edificación del imperio nació Sergio.  Fue la culminación de la mujer, un hijo para su hombre.  Ella lo cuidó para entregarlo a Juan.

El tiempo transcurrió con facilidad.  Los días y la vida libre pasaban con el arado sobre la tierra, con el cubo bajo las ubres de la vaca, con el cacareo de las gallinas...  El rostro de Laura sonreía cada mañana para saludar al sol y a los pájaros.  Cada mañana proveía de agua los corrales y la cabaña y con una suave caricia despertaba a sus hombres para la faena diaria.

Juan se apagaba.  Sergio crecía.  Padre e hijo conocieron unos parajes que desprendían libertad, naturaleza, belleza y calor, soledad, recogimiento, hastío y frustración...  El hombre comenzó a recordar las alfombras de asfalto, los bloques de cemento, las luces de neón, las grandes chimeneas, la muchedumbre, las orgías, la diversión...  El niño escuchaba admirado las aventuras que su padre le auguraba en la ciudad y reía feliz chapoteando en el río, encorriendo a los conejos o dejando comida a las ardillas junto al tronco seco.

El hombre olvidaba a Laura.  Ella no sabía comprender y escuchaba con mirada dócil las palabras de sus hombres.  Sonreía sin ver cómo se escapaban porque en ella y su mundo no podían encontrar las ilusiones que bullían en sus pensamientos.

Un día de invierno gélido, cuando Sergio cumplía trece años, Juan le propuso un regalo:

_Sergio, ya es hora.  Vámonos de aquí... vámonos a nuestra ciudad...  Esta rutina, este espejismo de vida, esta choza solitaria no son para nosotros... En la ciudad nos esperan, Sergio.  Tienes que conocer la ciudad.  Tú y yo debemos irnos.  Te enseñaré cómo vencer, cómo disfrutar allí de lo que puede ofrecernos...  Los dos nos haremos fuertes y dejaremos atrás este asco.  Tendremos estímulos, acción, dinero, vida.  ¡Vida, Sergio, vida, y no esta desesperación!

¡Cuántas veces el muchacho había deseado escuchar esta proposición!  Soñó con aventuras y fantasías; en los libros que su padre le enseñó a leer encontró mundos distintos al suyo, donde existían otras gentes, otras cosas.  Y a pesar de sus ilusiones no había decidido su respuesta.  Giró la cabeza hacia la cabaña y preguntó:

_¿Y madre?

Juan cerró los ojos y guardó silencio.  Jamás había hablado de ella con el muchacho.  En Laura residía su tormento y su culpabilidad.

_No quiero hacerle daño _acertó a decir el marido.

_¿Abandonarla no es hacerle daño?

_No, no es eso.

_Si la abandonamos, morirá.

Sergio sabía que no podrían separarla del bosque.

_Tu madre pertenece a este mundo.  No podemos llevarla hasta abrirnos camino, hasta tener algo que ofrecerle.  Ella sobrevivirá, sabe vivir aquí, el bosque le da fuerza.  Estaremos en contacto con ella.  Algún día vendrá.  Será fácil convencerla.  Algún día vendrá, estoy seguro _su voz tembló; dudaba.

Juan habló con la vista escondida.  Al levantar la cabeza, Sergio le miraba a los ojos.

_¿La quieres?

Un terrible silencio asoló el corazón del hombre.

_...Sergio, tú eres de mi mundo.  Tú no perteneces a estas tierras, a este monte.

_Nací aquí, padre.  Tú me hiciste nacer aquí.

_Pero compartes mis ilusiones.

_Tal como tú me las has enseñado.

_Y así son, no te he mentido.  Tú eres mi hijo, Sergio, mi hijo, y debes estar conmigo, en mi verdadero mundo, porque ahí es donde yo puedo educarte y enseñarte cómo vivir.  No puedes renunciar.  Parte de ti pertenece a esa vida...  ¿Vendrás, hijo?

_Quizá.

Aquella noche, Sergio, apoyado junto a la puerta del dormitorio de sus padres, lloró.  Ceñía su mirada al rostro dormido de Laura, un rostro feliz.  Habría querido despertarla, contarle su proyecto y pedirle una respuesta.  Era cruel dejarla, aunque ella lo permitiera.  Aquella noche, Sergio paseó por el bosque; quería despedirse en silencio, con sus lágrimas, de los pinos, del cielo, del viento, de las estrellas.

Al amanecer, los dos hombres salieron hacia la ciudad, camino abajo, dos hombres que no podían volver la vista atrás para evitar a la mujer que agitaba su mano con las pupilas brillante, húmedas las pestañas y risueños los labios.

Laura no contaba los días.  Para ella, el tiempo transcurría intrascendente.  Vivía con el mundo que le pertenecía, nunca en soledad, para disfrutar cada mañana del canto de los pájaros, de las sombras alargadas de los pinos, del guiño del sol rojizo, de la furia de las tormentas en primavera y de las nieves del invierno crudo.  Resignada, guardó a sus hombres en el recuerdo, acompañándolo con la esperanza del regreso y con el rezo del atardecer frente a la imagen y a las dos fotografías.  Laura crecía en la lealtad del bosque; sus hombres eran del bosque; sus hombres eran leales.  Esperaría, no importaba el tiempo.  Los gorjeos, los rayos de sol, de la luna, el susurro del viento suplían a las voces y juegos de Juan y Sergio.  El rostro aniñado no perdería la sonrisa.

Una tarde llegó un hombre resollando y maldiciendo.  Vestía uniforme de pana marrón con gorra de plato.  De su costado colgaba una cartera vacía.  Tenía la piel sudorosa.  Apoyó la bicicleta en un árbol, se quitó la gorra, secó su frente con un pañuelo y se dejó caer sobre una piedra:

_Laura Calenda, ¿es usted? _preguntó, jadeando.

_Sí, yo soy.  ¿Qué desea?

_Tiene carta.

_¿Carta?  ¿De quién? _enseguida imaginó.

_Lea el remite y lo sabrá.

_Da igual, da igual _y tomó el sobre.

_¿Quiere firmarme aquí?

_No sé escribir.

_Bien, bien, yo pondré la marca en la entrega.

El hombre se marchó.

Laura temió ensuciar con sus manos el papel blanco.  Sin apenas rozar el sobre con las yemas de sus dedos, llevó la carta como si fuera un cáliz hasta la repisa de la imagen.

Aquel atardecer rezó apasionada.  Su nuevo símbolo le hacía vibrar, le había encendido el corazón acercándole el recuerdo de sus hombres.  Castigó sus rodillas toda la noche y llenó la cabaña de plegarias agradecidas.

Aun el cielo vestía gris de noche cuando Laura tomó el camino con una marcha lenta, iluminada, en busca de don Jesús.  El cura le daría las palabras de Juan con su voz afable, convincente, profunda.  Leería aquellas letras para ella, para ella, para decirle que su hombre la sigue amando.

Aun el pueblo sobrevivía.  La torre de la iglesia había desaparecido.  Era un montón de escombros que dejaba asomar una campana oxidada.  A su lado, encontró al cura.

La carta temblaba en las manos de don Jesús.  De su voz, Laura escuchó:

 

 

“Querida Laura:

 

Te escribo desde la ciudad ahora que ya he conseguido instalarme.  Perdona por la tardanza en hacerlo.  Todo nos va muy bien.  Estoy bien situado.  Me ha costado, pero merece la pena, porque los resultados son mejores de lo que podía imaginar.  Gano mucho dinero, la ciudad es generosa y somos felices en ella.  ¿Sabes, Laura?, a pesar de todo, noto que me falta una parte muy importante de mi vida.  Te echo de menos.  ¡Cuánto había deseado que vinieras con nosotros! Pero volveré pronto, antes de lo que piensas, con dinero suficiente para comprar las tierras que te prometí, cerca del pueblo, y así podrás vivir en la casa de tus padres.  Verás, todo será mejor entonces, seremos felices juntos.  Sergio está conmigo y comparte mis deseos.  Trabaja duro y se ha convertido en un hombre al que todos respetan.  Te envía muchos besos.

Pronto recibirás más noticias.

Te quiere,

JUAN.

 

En el regreso a la cabaña, el sendero no tenía piedras ni le pesaban las piernas ni su garganta jadeaba.  No existían ni el tiempo ni la distancia.  Caminaba orgullosa, radiante.  Su hombre había triunfado.  La vuelta estaba cercana y ella le esperaría en su morada, en el castillo del bosque.

Laura colocó la carta sobre una repisa, frente a la ventana que recibía el sol del amanecer.  El blanco del papel, con su resplandor y sus letras, relevó a la imagen y a las dos fotografías.  A partir de entonces, Laura se arrodillaba con el atardecer frente al nuevo dios de la choza para rezar con su esperanza.  Al alba, despertaba con el primer rayo de luz que iluminaba el sobre carismático.  Renació su ilusión.  Aquellas palabras leídas por don Jesús le dieron nueva fuerza para enjugar la espera ya casi olvidada.  ¡Ojalá supiera leer!, porque si así fuera, todas las mañanas alojaría esas letras entre el vestido y su pecho y caminaría en el bosque para leerlas fielmente a cada pino, a cada roca.  “Corito”, anciano perro, y el caballo conocían todo lo que la memoria de Laura recordaba de ellas.  Los dos leales confidentes escuchaban con avidez.

Aquella primavera, el bosque reverdeció como el primer año del matrimonio, como cuando comenzó a oír la risa de Laura y el claveteo de Juan al restaurar la choza.  En el verano, la pequeña cosecha saturó el granero y los gorjeos acompañaron el canto de Laura.  Durante el otoño, las agujas de los pinos cayeron dulces y el viento silbó melodías de amor.

Con las primeras nieves, el hombre del uniforme, bicicleta al hombro, preguntó resoplando:

_Señora Calenda, ¿va a recibir muchas cartas?

_Ojalá que sea la última.

_Amén, señora...  No se preocupe, señora, ya firmo yo.

La misma inquietud, la misma esperanza le recorrió la espalda.  Esta segunda vez, no esperó al amanecer y tras una oración de gracias caminó hacia don Jesús.

El sacerdote la recibió con extrañeza, no esperaba volver a verla, no con una nueva carta.  Después de la anterior, pensó que no habría más noticias, que no serían necesarias más palabras.

_Laura, deberías quedarte en el pueblo, en tu casa.

_Léame la carta, don Jesús.

_Ahora, Laura...  pero pienso que es mejor para ti volver al pueblo.

_No, padre, seguiré en el bosque.  Cuando vuelva Juan, si él lo decide, lo haré.  La carta, don Jesús.

_Hija, piénsalo _no quiso insistir, sabía que era inútil, y abrió el sobre.

El sacerdote se asustó.  Laura no merecía aquel daño. El ya lo intuyó, incluso cuando vio al hombre en la plaza por primera vez.  Tenía que acabar así.  En esta ocasión, la voz profunda nació débil, empañada, augurando la mayor desgracia para un corazón que aguardaba palabras de amor:

 

“Mi querida Laura:

 

Me resulta difícil escribirte.  Mis palabras tendrían que ser de esperanza, pero no puedo mentirte.  Estoy enfermo, muy enfermo, creo que a punto de morir, el pecho me oprime, parece que mis pulmones van a estallar.  Y estaba a punto de volver, esta carta debería anunciarte mi llegada.  Me siento débil, Laura, y en la cama del hospital creo que el mundo se me acaba, veo que todo se vuelve negro.  Te necesito, Laura, te quiero y te necesito a mi lado, quiero que tus manos me limpien el sudor, que tus palabras me consuelen.  Me siento morir y no podré verte.  Nunca como ahora pienso en ti y en lo felices que pudimos ser.  Casi no tengo fuerzas para terminar esta carta.

Te quiere,

JUAN.”

 

_Esta letra parece del médico que le atendía _aclaró don Jesús.

 

“Señora, su marido ha fallecido.  Encontré esta carta en sus manos.  Ni siquiera había cerrado el sobre, por lo que así aprovecho para comunicarle el triste desenlace.  Hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos.  Lo siento”.

 

Laura tomó la carta y dio la espalda a don Jesús.  El la miró con pena.  No quiso decirle más, no merecía más desgarros.  Dejó que se marchara con su dolor.  El cumplió con su deber.  Así todo estaba mejor.  Como debía estar.

La mujer volvió a su cabaña, con su bosque y sus compañeros de siempre.  Aunque Juan había muerto, su legado quedaba intacto.  Era el testimonio de su hombre, los muebles, las cercas, la cuadra, la casa, todo el trabajo para una vida.  Al entrar a la choza, fue directamente al dormitorio y escondió la carta bajo la almohada.  Durmió para soñar con Sergio, el bebé, el niño.  Nada de él decían estas letras.

Cuidó las posesiones como lo habría hecho Juan, mantuvo los pequeños cultivos, crió los animales para su sustento y elevó al viejo “Corito” y al caballo al grado de hombres de la casa.  Les hablaba de Juan, de sus cartas y de Sergio.  “Pronto sabré algo de él”, pensaba.  En el tiempo que no le ocupaban sus tareas, se dedicó a enaltecer el bosque, a adorarlo.  Arrancó malas hierbas de los troncos, arregló entradas de madrigueras y charló con pájaros y ardillas.  Tenía razón Juan.  Allí Laura no podía morir.  Cualquier motivo y su sencillez le daban aliciente para respirar el aire fresco y libre, para enamorar y enamorarse del bosque.

Atardecía.  Laura estaba recostada sobre un árbol, sentada en una piedra de espaldas al camino, mirando al Monte Grande.  Recogía en su regazo a “Corito” y le acariciaba la nuca.  Unos pasos calmados avivaron al perro.  Laura volvió la cabeza para mirar hacia el sendero.

_Mamá.

_¡Hijo, hijo mío!

El abrazo no tenía tiempo para acabar.

_¡Hijo, hijo, cuánto he pensado en ti!  ¡Cuánto me apenaba no recibir más noticias tuyas!  ¡Cuánto sufrí por ti al conocer la muerte de tu padre y lo solo que te dejó!  No imaginaba que pudieras defenderte. 

_¿Padre te escribió?

_Sí, dos cartas, dos cartas preciosas.  Por ellas sé que murió pensando en mí, pensando en volver.  Me las leyó don Jesús, con su voz profunda y entrecortada.  ¡Qué bueno es don Jesús!  Ven, ven, entra en la casa y podrás leerlas.

El sol se había escondido y la única luz de la cabaña nacía de los troncos que ardían en la chimenea.  Laura tomó las cartas, una de la repisa, otra de la almohada.

_Toma, Sergio, léelas.  A partir de ahora ya no las necesito.  Hoy las destruiré.

Sergio leyó para sí.

 

 

“Querida Laura:

 

Te escribo desde la ciudad ahora que ya he conseguido instalarme.  Todo es maravilloso, todo me va bien.  En poco tiempo he vuelto a mi verdadero ser.  Soy feliz, Laura, y quiero que tú lo seas también.  Hace tiempo, cuando llegué al pueblo, yo era un hombre deshecho, derrotado, y gracias a ti y a tu mundo pude superarme y volver a ser el hombre que había sido, más incluso, un hombre mejor.  Los años contigo no puedo olvidarlos, pero fueron el espejismo que me salvó de una vida agobiante.  No renuncio a ellos, porque te conocí  y me enamoré, tal y como ahora te quiero.  Pero Laura, quiero que sepas que no sabría vivir en el bosque, no estoy hecho para ese mundo tan especial.  Quiero que vengas junto a mí.  Yo soy débil para renunciar ahora.  Sé que a ti también te resultará difícil abandonar tu ideal, la pureza de esa vida.  Lo sé porque la he vivido y puedo comprenderte.  Pero yo sería una mano firme para darte ayuda en tu adaptación.  Resultará, Laura.  Debes intentarlo.

Te envío mi dirección.  Yo no volveré.

Te espero,

JUAN.”

 

 

 

“Laura:

 

Ha pasado más de un año.  Un año es tiempo para decidir y nada te reprocho en tu deseo.  Dentro de poco, mi vida va a cambiar, porque tengo que marcharme muy lejos.  Mis nuevos negocios me obligan a dejar esta ciudad.  Es el momento para escribirte y decirte adiós para siempre.  No podremos ser los mismos y nuestra ilusión se apagará con la distancia.  Tendremos vidas distintas y ninguno deberá sacrificarse por el otro.  Siento haberte rogado que dejaras todo para venir junto a mí.  Sabía que nunca podrías abandonar tu mundo, pero mi egoísmo y mi debilidad me arrastraron a pedírtelo.  Perdóname, Laura.

Adiós para siempre,

JUAN.”

 

Pdta.:  He de ser sincero contigo.  Hace un tiempo he conocido otra mujer.  Para nosotros habría sido imposible empezar aquí de nuevo.  Don Jesús lo habría adivinado, ¿verdad?”.

 

El muchacho levantó la mirada hacia su madre.

_Su amor fue grande, Sergio, grande.

Mientras los papeles ardían con el fuego de la chimenea, el hijo sentenció:

_Sí, madre.

 

 

La fiesta de los payasos

La fiesta de los payasos

¡TICTAC, TICTAC, TICTAC!        

El reloj dice que es la hora

 

¡TOLÓN, TOLÓN, TOLÓN!               

La campana también suena

 

¡PLAS, PLAS, PLAS!                         

Todos los niños aplauden esperando la función

 

¡UUÚ, UUÚ, UUÚ!                             

La luz se apaga y el público se calla

 

¡TACHÁN, TACHÁN, TACHÁN!      

Una música comienza y el escenario se ilumina

 

¡JAJAJÁ, JEJEJÉ, JIJIJÍ!                  

Allí vienen los payasos con sus risas de colores

 

 

SON  DONLUIS  Y  CARMIRONE

 

 

¡TURURÚ, TURURÚ, TURURÚ!     

Donluis toca la trompeta y Carmirone se le burla

 

¡TUM, TUM, TUM!                            

Carmirone le molesta con el ruido del tambor

 

¡ZAS, ZAS, ZAS!                                 

Y Donluis le abronca fuerte para que se porte bien

 

¡AÚ, AÚ, AÚ!                                       

Carmirone se queja y le sale humo de la oreja

 

¡TURURÚ TANTÁN, TURURÚ TANTÁN!        

Suena ya la orquesta y todos a cantar

 

¡TARARÍ, TARARÍ, TARARÍ!            

Termina la función y el público está feliz

 

¡PLAS, PLAS, PLAS!                         

Qué bien lo pasamos, otro día volveremos

 

 

¡¡Chao, Donluis

Chao, Carmirone!!

 

Una rubia platino

Una rubia platino

Llegábamos a Zaragoza de madrugada,  desde Aínsa, mi pueblo, de dónde habíamos salido después de cenar –mi padre trabaja de día todos los días del año-, para desembarcarme a las puertas del colegio mayor La Salle, en la calle San Juan de la Cruz.  El hombre apenas habló siquiera para despedirse, como siempre, y me quedé con mis aparejos mirando cómo se alejaba hasta que le perdí de vista por el giro hacia Mariano Barbasán.  El siguiente lunes –era sábado-, me incorporaba a las clases de tercero en la Facultad de Filosofía. 

 

Lleno de la astenia otoñal que provoca el comienzo de un curso poco apetecido, entré al colegio… desperté al conserje… le pedí la llave… subí a la habitación… tiré la maleta… y me senté sobre la cama.

 

Nada había cambiado.

 

Suspiré como quien se resigna a la fatalidad del destino....  ¡Qué angustia!  El ambiente se presentaba igualito que en los años anteriores; veía a mi alrededor los mismos muebles, la misma cama, la misma cortina, las mismas baldosas, las mismas paredes...  Ver así la habitación, tan insulsa, me derrotó; era como sentirse encerrado en una celda de monasterio con la inútil paradoja de que debería sentirme liberado.  Me tumbé sin ánimo para deshacer las maletas, sin ánimo para pensar o hacer otra cosa que autocompadecerme de la “dura” rutina que me venía.  Todo tan idéntico, tan desangelado...  El techo se me venía encima, las estanterías vacías me atacaban como monstruos de repetición alargando y encogiendo sus barras de metal para crear rejas de calabozo.  Regresaba a la mentira del universitario sin vocación, a un cuartucho como vivienda para nueve meses de embarazo extrauterino y a una docena de libros con frases aburridas.

 

Quizá un aire benigno...

 

Abrí la ventana...  Aún hacía bueno, corría brisa y sentí su caricia en mi rostro como un alivio al desencanto.  En un ejercicio de despiste, observé las luces de las farolas durante unos minutos mientras mi mente se perdía por vericuetos inconexos saltando por recuerdos de infancia, soledades adolescentes, trivialidades del hogar, asignaturas aprobadas... en unas secuencias sin orden ni concierto, como quien rememora todo el pasado al morir... ¡o al comenzar una nueva etapa!

Desde ‘mi torreón’, descubrí a una pareja de paseantes.  Los seguí hasta perderlos de vista porque se cruzaron hacia la calle Santa Teresa y, recibiendo en el rostro el agradable frescor de la noche, me sentí animado a imitarlos Quizá un paseo me sacara de la rutina...

 

Dejé mi cárcel como la encontré y salté hacia la libertad.  El conserje dormía.

 

Tal estado de ánimo no me resultaba extraño. Ya llevaba tres años de vuelo en solitario para comprender que era un bajonazo más de los habituales.  Muchos de mis compañeros envidiaban a los desplazados por la falta de controles paternos, pero eran incapaces de entender los vacíos que nos invadían en los momentos de debilidad.

 

Permití a mis pies que hicieran lo que les viniera en gana para que así mi mente se ocupara solamente en traer desahogos o despistes, es decir, me dediqué a planear proyectos para el nuevo curso: vencer la vergüenza para presentarme al concurso de poesía, aprobar sin esfuerzo el Griego, escribir algún artículo para la revista de la Facultad... En ese estado paseé bastante tiempo -supongo, nunca llevo reloj- y mis piernas empezaron a quejarse.  Atendí sus plegarias y tomé asiento en el escalón de un portal.  Desde allí, me entretuve en observar los anuncios que nadie miraba, a unos juerguistas que pateaban bolsas de basura y a dos taxistas que conversaban, ventanilla abajo, esperando el verde del semáforo.  Fueron unos minutos.

 

De pronto, sentí una sacudida que me subió del vientre a la garganta.  No fue un escalofrío ni un latigazo muscular, sino una presión suave y sostenida que avanzó lentamente en su recorrido.  Pensé que era un calambre, una señal para regresar y me levanté.  Quizá me había dormido en el escalón.  El cielo iba dejando el tono oscuro y los gorriones despertaban.  Caminaba con dificultad, me invadía el sopor, las piernas ganaban peso, los cuadros de las baldosas se hacían más grandes, los bordillos más altos, las calles más anchas y el colegio parecía estar a cada paso más lejos.  Supuse que el cansancio y el desánimo me estaban arrastrando al sueño.

 

Seguí caminando por inercia y, deseando acortar el cruce de la  plaza Roma, comencé a atravesarla en diagonal.  Tuve que rodear la fuente bordeándola por la acera que la circunvala.  El viento sopló más fuerte y el agua de los surtidores me mojó la cara y los brazos.  Me detuve para secar las gotas y al seguir andando noté que alargaba los pasos con energía.  Como si mi cuerpo se elevara unos milímetros del suelo, los pies avanzaban con más rapidez a cada metro y los obstáculos apenas me daban trabajo extra.  Interpreté que tenía el descanso más cerca y colaboré para alcanzarlo...  Pero el empuje no cesaba, crecía, tal así que salté arrastrado por una fuerza extraña y me habría lanzado a la carrera...  Asustado, conseguí dominarme y recuperé el paso lento, no sin esfuerzo.  Anduve unas manzanas hacia el colegio de las “josefinas” con serenidad forzada, casi inclinado hacia atrás intentando contener un viento inexistente...

 

...Pero sujetas mis piernas, el empuje cambió de objetivo y atacó a mis fantasías.  El control de mi cuerpo no pudo con el de mi mente y comenzaron a llegarme deseos de niño travieso: dar una patada a una papelera, pulsar los timbres de un portal, escalar una farola...  Mi pasividad habitual se encaró con esas intenciones y tuve una discusión interna muy acalorada; el extraño comportamiento tiraba de mí, pero las enseñanzas del padre Ángel me obligaban a ser educado.  No, no podía jugar con mis buenas maneras, debía cumplir con las obligaciones de un joven sensato.  La calle Unceta seguía en silencio.

 

Mis modales ganaron la batalla por unos minutos gracias al reproche de mis enseñanzas y al temor a quedar en ridículo ante cualquier espectador que pasara por allí.  Mientras tanto, la mente se iba dejando dominar y viajé muy atrás: a cuando fumaba celtas cortos entre los cañizos, a cuando pateaba las huertas sólo por ensuciarme de barro, a cuando robaba cerezas a la frutera de la plaza...  Recuerdos tan entrañables que me animé a disfrutarlos y... perdía el control de mi cuerpo, la influencia iba conquistándome ...

 

Mirándolo con “objetividad”, eran las horas del amanecer, todo el mundo dormía, nadie me miraba... tenía la oportunidad de recrearme en lo prohibido, podía violar las reglas impunemente... volver al placer de crear locuras sin temor a soportar “el imperio de la ley social”.

 

...esperé a que el peatón de la ventanita se pusiera en rojo para cruzar a la otra acera, elegí con cuidado dónde terminar una carrera a la pata coja, sorteé en zigzag los árboles en hilera, pisé de puntillas las rendijas de las baldosas...  convertí la calle en un tablero de juegos y cambié de uno a otro como un chiquillo; me sentí en un reino fantástico y disfruté con ardor de una libertad extraña, como si estuviera a punto de perderla...  Pudo haber ocurrido durante toda la noche, me sentía lleno de una vitalidad que me transportaba a un paraíso.

 

Metido en las travesuras, disfrutaba del momento con mayor pasión, cuando el silencio se rompió con el ruido del camión que regaba las aceras.  No tuve más remedio que guardar las apariencias para evitar la llamada al orden del adulto conductor: caminé como un muchacho formal haciéndome el distraído.  El intruso me robaba las diversiones, pero no perdí la esperanza de recuperarlas... convirtiéndolo en socio de mi aventura: le di el papel de monstruo que invadía mis dominios con sus alas desplegadas para amenazarme con un vuelo devastador.  Me propuse combatir y expulsarle de mi territorio.  Aguardé a que me sobrepasara, calculé la carrera necesaria, corrí hacia la plataforma de la trasera y salté sobre ella.  El monstruo no se inmutó y eso me hizo sentirme seguro de la estrategia.  Una vez tomada la posición, quedé quieto meditando el paso siguiente: debería escalar por su lomo de tal manera que su movimiento no me desequilibrara y le asestaría un golpe mortal en la nuca.

 

Pero una vez allí, me quedé quieto... Con la espalda pegada al depósito, el sentido común, no el monstruo de alas transparentes, me devolvió al mundo de la realidad, donde gobernaba el padre Ángel.  Sucedió como si la carroza se hubiera convertido en calabaza, como si se apagaran de súbito las luces de un escenario, como si un brujo rompiera el conjuro.  Me abandonó la ingenuidad; me supo amargo; la sensatez y las clases de Educación Cívica iban ganando la guerra... y me reí de la situación, me reí de la aventura.  El impulso, muy débil, me llevaba a continuar el juego, pero otra fuerza superior me decía: “Juan, no seas niño”.

 

Sin más dudas, entendí que viajaba sobre un camión de riego con veinte años de edad y cara de chico serio.  Quizá en ese momento se produjo el inicio de mi madurez en la vida y decidí acabar con la infancia.  Ensimismado, aún acompañé durante unos minutos los salpicones del agua por el cemento, pero el encanto había desaparecido, no lo pensé más y, cuando el camión estaba a punto de girar por una bocacalle, salté.

 

¡Excelso Ayuntamiento!  La caída sobre el asfalto, ya producto de una decisión adulta, no tuvo la suerte de mis travesuras y aterricé con el pie izquierdo sobre el borde de un agujero en la calzada.  Naturalmente, el tobillo se torció y... ¡qué dolor!  Compuse un cuadro apañado: quedé tirado en el medio de la calle, con las piernas cruzadas, las manos sujetando el tobillo lesionado, los ojos prietos y la boca abierta hasta las orejas, ahogando el quejido para que el conductor del camión continuara ignorándome no fuera a pedirme explicaciones sobre la caída. Una vez que el monstruo desapareció por el horizonte, me arrojé sobre el banco más cercano, me descalcé y examiné la zona lesionada.

 

 

Y bien, el relato hasta aquí presenta una anécdota de un jovenzano con alma de infante.  Nunca podré saber si existe alguna relación de esta aventura con los hechos que sucedieron a continuación, pero debo decir que es la primera y única vez que sentí aquella sensación de vientre a garganta y aquel empuje interior desde la entraña más profunda que me arrastró a cometer esos actos inconscientes.

 

Así, con la pantorrilla apoyada en el muslo contrario, el pie agarrado con las manos, el zapato bajo el banco, el calcetín sucio sobre el bordillo y en la cara una expresión de idiota, tuve una visión...  Al otro lado de la calzada, junto a una señal de “prohibido aparcar”, ante mis ojos, de nadie más, y gracias que así de solitario estaba, vi una mujer.

 

¿Quién llamaría a esto una visión?  No lo dudo, quien viera como yo, al amanecer de un domingo, a una rubia platino, en una calle vacía, completamente sola y... completamente desnuda....

 

Repito, completamente desnuda.

 

Quizá ya deba hablar del hechizo, porque alguien habrá que quiera repetir mi aventura.  No soy quién para impedirlo, pero antes, por prudencia, le sugiero que lea la novela “El embrujo de una rubia platino” hasta la última página.  Sirva lo siguiente como avance del misterio: aparecí en la misma calle, en el mismo banco, de la misma guisa, varias horas más tarde, al anochecer del propio domingo, sin memoria ni consciencia de lo ocurrido en ese tiempo; apenas recordaba el camión de riego escapándose por una esquina lejana y, eso sí, no podía andar.

(Incluido en la antología "Palabra y silencio", de Creativos Argentinos Editores)

Sacerdotisas para morir

Sacerdotisas para morir

por Shedy Martin (*)

 

Es mediodía y no hay luz.  Reviso los relojes, todos los de casa, y son las doce en punto, sin duda.  La televisión y la radio no funcionan, siento un terrible silencio que casi me hace daño, como si estuviera sordo, o así creo que deben no escuchar los sordos.  He dormido entonces cuatro horas, aún era de noche cuando llegaba, he visto las siete y cincuenta y cinco en el reloj de la tienda de forjas, ahí al lado.  Muy poco más recuerdo, a pesar de que no bebí alcohol, creo.  Mirar a Charlotte a los ojos me aturdió igual que si ella intentara hipnotizarme y yo quisiera evitarlo con toda mi fuerza.  Sus ropajes eran feos, austeros, olían muy extraño y, en cambio, su piel brillaba.  Con sus pupilas quería capturarme, parece.  También huele raro mi traje.  La americana está rasgada en el dorso con un descosido que se habrá producido por un movimiento brusco de mis dos brazos hacia delante; no lo recuerdo.  Me está algo pequeña.  He engordado desde la última vez que me la puse, en el entierro de mi tío.  ¿Por qué me la he vuelto a poner?  Los pantalones me aprietan, el michelín sale por encima y los bajos están sucios de tierra.  Me pica, ¿qué me ocurre?  ¡Llevo marcas en las manos!, qué símbolos tan raros…  En esa casa ha debido ocurrir algo extraño.  No llevo camisa.  Me duele la cabeza.  Charlotte, ¿quién es Charlotte?

 

Creo que se despierta el recuerdo de esta noche.  Sí, qué dolor de cabeza, recibo imágenes lentas. 

 

***

Por la calle de San Fernando, vino hacia mí Manoli, una compañera de bachiller.  Estábamos frente a la iglesia del cuartel, más o menos.  Nos alegramos de encontrarnos y se mostraba muy amable conmigo, incluso con gestos de seducción, los que siempre me lanzaba en el colegio y nunca le hice caso.  Esa chica estaba muy enamorada de mí, me decía un colega.  Hablamos bastante rato y fuimos a mi casa para buscar un libro que me pedía, que ya se lo había dejado años antes, que nos lo recomendó la profesora de literatura, una novela gótica sobre la que hicimos un comentario de texto en grupo, me atosigaba la chica.  Estábamos ya dentro y en menos de un minuto llamaron al timbre.  Quise ir hacia la puerta, pero ella me sujetó mientras se daba la vuelta para acudir a la llamada.  Entraron dos mujeres más, fantasmagóricas, con unos pasamontañas finos y unas vestimentas muy ajustadas, sin dejar ver nada de piel, una de blanco, otra de negro. Manoli vestía igual, en color gris perla, pero no llevaba pasamontañas, supongo que para dejarme ver su cara y así, con la confianza de reconocerla, permitir su entrada. Parecían disfrazadas para una fiesta de Halloween.  Se mostraron amenazadoras, aunque mi compañera me acariciaba el pelo. Una de las otras sacó un cuchillo, parecía una daga con empuñadura tallada, no podía verlo bien porque enseguida lo apoyó en mi espalda.  Mi amiga empezó a desnudarme, me sentí paralizado, sin poder responder.  La mujer de la daga me miró queriendo dominarme y no tuve más remedio que dejarme hacer.  Ellas dos intercambiaban sonrisas de complicidad.  Me dejaron con el boxer a pesar del frío…  Temblaba…  Entró la otra con el traje gris que guardaba al fondo de mi armario.  Me puso la chaqueta.  Llevaba también el pantalón colgando de un brazo, lo estiró de golpe, lo abrió y me sugirió que metiera las piernas.  Vestido sin camisa, me arrastraron al rellano y cerraron la puerta comprobando antes que habían dejado las llaves en el bolsillo de la americana.  Con sus cuerpos formaron un triángulo que no dejaba resquicio entre ellas y yo.  Así entramos al ascensor...  En la calle, esperaba un coche plateado, grande, elegante.  Quien conducía iba con una vestimenta igual, negra.  Manoli ocupó el asiento delantero. Las otras dos mujeres se colocaron conmigo atrás, una a cada lado sin evitar rozarme. Callejeamos despacio mientras un efluvio me iba adormeciendo, sentía sopor, pero no recuerdo que me durmiera.  Querían que no viera por dónde íbamos.

 

***

No funciona el ascensor y bajo por las escaleras de mi casa; algo me impulsa, alguien me llama, me atrae.  Me siguen el silencio y la penumbra.  Reviso de nuevo la hora.  El segundero se mueve por encima de las saetas que marcan las doce y cinco; sin embargo, la casa parece vacía, ni una luz ni un ruido.  Me siento cansado, arrastro los pies, tengo frío y cruzo los brazos en aspa por delante de mi pecho para cubrirme la abertura de la chaqueta.  A lo lejos, hay gente caminando muy deprisa, tapada para un frío de muchos grados bajo cero.  Los escaparates tienen luz, las tiendas están abiertas, sin gente o únicamente con el vendedor.  Algunos coches circulan por la avenida, en silencio, ni siquiera susurrantes, y sus viajeros no hablan entre sí, pasan y no me miran.  En el reloj de la tienda, en rojo fosforito, destellan intermitentes la hora y la temperatura: menos siete grados, qué frío.  Voy bajando, la parte alta de San José es cuesta abajo, la cuesta Morón.  Todas las luces iluminan a medio gas, por eso hay zonas de oscuridad entre cada foco de escaparate o farola.  ¡Allá hay un resplandor!  Parece que sale de la parte izquierda de Tenor Fleta.  Quiero avanzar más rápido, pero casi no puedo levantar los pies del suelo, como si pisara en alquitrán, o en arena pegajosa, pero no hay nada en las aceras, lo de siempre; soy yo, mis pies.  La luz se mueve, mucha luz, infinidad de luz, todo sigue en silencio y no siento calor.  ¡Lo veo, lo veo!  Es la guardería redonda, la de la esquina.  No es un incendio, nada crepita, es un haz de luz, resplandores que no queman y sin embargo son luz.  Ahora me duelen las tripas, algo se revuelve aquí dentro, parece que se quieren encoger.

Recuerdo ahora más.  Se va aclarando mi memoria, pero se extiendo con un movimiento de líquido denso, negro, sucio y maloliente.

 

 

***

La casa estaba en las afueras, por los alrededores de pabellón Príncipe Felipe, cerca de la Z-30.  Se rodeaba de cañizos altos y descuidados, también una higuera y dos árboles más, que parecían crecidos al azar sobre la ribera de una antigua acequia, pero el edificio se veía bien antes de llegar, no tenía pérdida… si no fuera de noche.  Sí, era noche cerrada, sin luna y a nuestro alrededor sólo alumbraba una pequeña farola, adherida a la fachada principal, con una tenue luz amarilla.  Me obligaron a bajar del coche empujándome, no porque me resistiera, sino por ese sopor que aún no había desaparecido. Por encima de la casa, se alzaba a lo lejos el perfil del silo de la carretera de Castellón y también distinguí los focos del campo de fútbol del Fleta.  Aunque quisieron desorientarme en el trayecto, creo que no lo lograron.  Dieron muchas vueltas.  Quienes me acompañaban se preocuparon por mis movimientos.  No me sujetaban, pero me habría resultado muy difícil escapar.    ¿Quiénes son?  Se abrió la puerta de la casa y en la oscuridad del recibidor destacaba una mujer desnuda con una piel blanca, muy blanca.  Pasamos adentro.  Percibí un olor extraño; lo reconocía, pero no acertaba a identificarlo.  También olían igual las túnicas que sacó el anfitrión para ofrecérselas, dos blancas, dos negras.  Se las pusieron.  Coincidían con el color de su pasamontañas.  Manoli se lo había puesto antes de bajar del coche, así que todos los personajes guardaban la misma estética.  Una de ellas me hizo notar con un gesto que sobre un mueble había otra túnica plateada, quizá para mí. Comenzaron a comunicarse en un idioma que no entendía… pero así pude comprobar que todas tenían timbre de mujer.  Estaba secuestrado por mujeres, me fijé mejor y las siluetas me lo confirmaron.  Se acercaron a mí las seis, despacio, sonriendo, parecían provocativas, mientras, ya sin embotamiento, me volvió la sensación de temor que tuve en mi casa.  Manoli se mantuvo de espectadora muy cerca de mí, y las otras diez manos comenzaron a quitarme la ropa… la americana, las zapatillas, el pantalón…  Y siguieron moviendo sus dedos sin rozarme, a milímetros de la piel; me hicieron sentir como si cientos de gusanos se arrastraran sobre mí con sus movimientos serpenteantes… y luego, en cambio, sus palmas se deslizaron por los mismos senderos, pretendiendo apartar el rastro baboso expulsado antes.  Cuando estábamos entrando en éxtasis, Manoli, sin dejar de sonreír provocativamente, trajo el  pasamontañas y  la túnica desde el mueble para vestirme así, igual que ella, en gris plateado.  Cerca de mi boca chasqueó suavemente sus labios.

 

***

Tengo miedo de acercarme a esa emanación de luz, no hay nadie cerca, la gente camina en la acera de enfrente, entran a una tienda, salen con barras de pan y ni siquiera lo miran, no se extrañan de lo que ocurre en ese edificio.  Cruzo Tenor Fleta y sigo caminando.  En el chaflán hay una tienda de jamones con todas las luces encendidas, no hay nadie, me detengo a mirar fijamente, pero en esa distancia veo distorsionado, borroso, con las figuras alargadas, sufro mareo.  Me sujeto al tirador de la puerta, empujo… no se abre… ¿por mi falta de fuerzas o porque tiene el pestillo echado?  Levanto la mirada al frente.  Noto que pasan dos autobuses del 40 a una velocidad de centella.  Circulan vacíos.  Ni siquiera acierto a ver a quien conduce.  Al fondo de la avenida, parece que la casa de la parroquia de San Agustín está desapareciendo, se está llenando de brumas, de nubes oscuras que lo abrazan en remolinos.  Avanzo sujetándome a la valla de protección para peatones que hay sobre el bordillo.  Por suerte es cuesta abajo, porque camino arrastrándome, no puedo más… y a cada momento me vuelve el dolor de vientre, parece que un organismo se me ha instalado dentro y pasea entre mis vísceras, como un alien.  A veces tengo frío, a veces calor… el sol no termina de apuntar, sigue la penumbra desde el cielo, con luz de amanecer y son las doce y veinte…  No entiendo esta sensación.  Quiero recordar más de esta noche, pero tengo la memoria detenida con los labios de Manoli cerca de los míos.  ¿Por qué me viene el nombre de Charlotte cuando regresa su imagen?  Y yo… yo no soy Damián para ella, no, no lo soy, ahora la siento pronunciando otro nombre.  ¿Luis?  Sigue allí, con sus labios sensuales, queriendo provocarme.  En el colegio la rechazaba, no es mujer de mi gusto, aunque ahora parece que me atrapan sus ojos, pero… es Charlotte, y me domina, tengo que entregarme.  Siguen las brumas sobre la parroquia, ahora estoy más cerca y no se ve el edificio, la niebla negra se derrama hasta la tapia que delimita el solar.  Sus labios pegados a los míos, escucho su chasquido, se relame…  No la veo, la siento en mi entraña…  Hay resplandores más abajo, por la prolongación de Cesáreo Alierta.  Voy hacia ellos por inercia… con el frescor de sus labios entreabiertos…

 

Se agita mi memoria sobre ayer y Manoli se hace ahora imagen en mi mente, sin sensación, es un deber revisar toda la película. 

 

***

Ella se apartó de mí y una de negro y otra de blanco me tomaron de la mano para obligarme a caminar junto a ellas.  Bajamos al sótano.  Sentía la túnica muy pesada, pero era de un tejido suave.  Llevaba capucha que me colocaron sobre el pasamontañas mientras íbamos pisando lentamente los escalones.  La bocamanga bailaba de un lado a otro, arrogante en su anchura de campana donde mi brazo delgado parecía el badajo.  Seguía la penumbra.  A mitad de la escalera, volví la vista…  Aquello era un lugar tétrico: un entorno redondo, delimitado por largas cortinas, seis conté… otra vez se repetían colores dos a dos; negro, blanco, gris…  Luz de llamas en velas y antorchas…  Cada cortina llevaba un bordado en su centro.  Por inercia, llevé mi mano al pecho y comprobé que mi túnica también llevaba un bordado, un círculo en el que mi palma tocaba los extremos con las yemas de los dedos y con la muñeca.  Tuve ganas de girar la mano dentro de ese círculo.  En el centro de la estancia, se alzaba una gran piedra redonda, a modo de altar, con algunos objetos encima que no acertaba a reconocer.  También contenía algunos símbolos en círculo.  Noté que el frío era intenso.  Mirando arriba comprobé la causa… Por encima de la piedra se alzaba un espacio en forma de cilindro, horadado en los techos y  en el tejado de la casa,  que continuaba hasta el cielo, por donde se veían las nubes erizadas.  Las paredes parecían de adobe, con cañas que sobresalían… pero la bodega transmitía una sensación muy sólida.  Es una esquina de la estancia, una cómoda alta y amplia, de sacristía antigua, soportaba algunos utensilios; podrían ser velas, copas, cuchillos, botellas.  Fueron marchándose silenciosas, sólo acompañadas por la brisa que levantaba el leve vuelo de sus túnicas.  Me rozaron al pasar y creí verles una sonrisa de más satisfacción que antes.  Subían por la escalera mientras Manoli (no quiero nombrarla Charlotte), que se había quedado junto a mí, comenzaba a acariciarme los labios.  Su tacto me paralizó.  Eran movimientos sensuales, eran gestos sensuales, era mirada sensual…  Continuó sus caricias por todo mi cuerpo por encima de la túnica, ahora tocando, palpando, deseando encontrar cada cosa en cada lugar que tanteaba: mis hombros, mi espalda, mi pecho, mi vientre, mis nalgas, mis muslos.  Al llegar a mi entrepierna, saltó el bulto de mis genitales y su sonrisa se hizo más procaz, casi lujuriosa.  Comenzó a sonar una música de violín.  Las demás se habían colocado en el piso de encima, justo al borde del agujero donde terminaba el techo y miraban con las manos unidas, contoneándose levemente.  Subía el volumen de la música.  Aumentaban la velocidad y fuerza de las caricias.  Ellas cantaban desde arriba, la única desnuda hacía solos de soprano, las otras contestaban en coro… Más alta la música… Manoli más cerca de mí, ofreciéndome su lengua…  Y sin dejar de sonreír, me empujó… me tiró sobre el altar… y ellas gritaban como hembras en celo… Manoli (¡no, no es Charlotte!) tocándome mis muslos, mi vientre, ahora directamente sobre la piel, apretando, aplastándome contra la piedra…

 

***

Camino hacia los golpes de luz que alumbran de a poco la avenida.  Vienen de la derecha, no veo su origen.  Transmiten igual sensación de amparo que los haces de la guardería de Tenor Fleta, pero… ¿qué es eso?...  ¿Es Torre Luna?... Puede ser… lo que era Torre Luna… Ahora parece un agujero negro… las brumas se erizan haciendo del terreno un desagüe, ahora suben en remolino, y bajan.  Qué frío, aunque a la derecha no ha cesado el brillo de la luz que me atrae en disputa con el tornado oscuro.  Sí, mejor así, pierdo el temor a seguir caminando porque llegaré antes a la luz… o a sus dominios, tampoco me atreveré a entrar en ella.  Sigo mirando allá, a Torre Luna, con ese aspecto siniestro, idéntico al de la parroquia.  Estoy llegando a la emisión de los resplandores, sobrepaso la esquina de una calle… y allí está, en el colegio de La Salle Montemolín….  Lo veo por encima de las tapias de un solar.  No quiero detenerme (o no puedo).  Avanzo junto al centro deportivo de La Granja. Tengo a pocos pasos la inmensa mole del pabellón Príncipe Felipe.  Me fijo en las farolas de la plaza de la izquierda.  Parecen estiradas hacia el cielo, agujas para llevar el hilo enhebrado hasta otro mundo de allá arriba… que no es atractivo… aún.  El agujero negro regurgita sin sonido, los resplandores se hinchan a ritmo lento de latido, las farolas se estiran… cada uno de los lugares semeja una puerta, un enlace, un contacto hacia otra realidad.  Avanzo y sobrepaso otra calle por donde veo luz derramada, llego a las puertas del pabellón, que tiene las luces interiores encendidas, no veo a nadie, pero lo siento con las gradas llenas, a punto de explotar por un clamor de gente enardecida.  No quiero la luz.  Me sigue como una hilacha y se me enrosca en el tobillo.  Sacudo la pierna para adelantar más pasos en una cadencia pesada, lenta, encima de una acera que parece engrudo.  Algo me sigue atrayendo más adelante.  Llego a la rotonda de Miguel Servet, a unos doscientos metros de Torre Luna, el pozo de frío y temor, nieblas negras, pero la llamada silenciosa viene de la derecha, para seguir por la Z-30.  Y recuerdo la sensación.  La recuerdo en el recuerdo de antes, la percibo, la siento… estoy en el camino a la casa donde ellas me esperan…  Dentro de mí, las fuerzas en mi vientre me llevan y me traen hacia Torre Luna o hacia La Salle.  También un fleco negro quiere acercarse a mi pierna, pero no le doy posibilidad de enroscarse, lo alejo con un golpe de puntera.  Avanzo, avanzo, avanzo, asciendo por la leve cuesta, sobre el solar del antiguo ferial, al frente de la nueva estación de cercanías, por el puente que supera las vías del tren…  y allí está, donde confluyen los remolinos negros y los destellos blancos…  la casa desde donde ellas me esperan… debo ir.

Los acontecimientos de la noche me vuelven en una explosión de imágenes.  Caigo al suelo de rodillas sujetándome la cabeza.  Se reordena la cadencia...

 ***

Era una música coral.  Manoli se movía encima de mí al ritmo del compás que invadía toda la casa.  Los lienzos se bandeaban, la luz se iba haciendo más intensa y un olor extraño, mezcla de azufre e incienso se esparcía por los alrededores del altar.  Se acallaron las voces, pero no la música, y las manos de Manoli se arrastraron por mi piel hasta quitarme la túnica.  Quedé desnudo, porque a continuación me despojó también del pasamontañas.  Se bajó de la piedra como si fuera una gata deslizándose sigilosa, una gata que se llevaba la poca fortaleza que me quedaba, una minúscula valentía frente a la presencia de las cinco mujeres que ahora volvían a estar junto a mí.  Manoli colocó en unos agujeros ya hechos en el altar unos clavos grandes por encima de mi cabeza y al lado de mis pies y de mis manos.  Desde la cómoda, acercó unos pañuelos de seda, blancos y negros, que fue colocando en mis muñecas primero, luego en mis tobillos, con nudos corredizos cuyo cabo ató a cada uno de los clavos.  Me había quedado en forma de aspa: víctima propiciatoria de un ritual sagrado.  Quizá moriría del miedo, una sensación que sólo se alteraba por los efluvios que se colaban entre los pliegues abiertos de mi cuerpo hasta penetrar por mi nariz y llegar a mi cerebro.  Volvía a estar embriagado, aunque no lo suficiente para perder la consciencia tal como hubiera querido.  Ahora el olor era seco y agridulce, me dejaba sin saliva, provocaba dolor en mi lengua, casi agrietada.  Ellas se colocaron alrededor de mí, una detrás de mi cabeza, la desnuda de piel lechosa, y las otras pegadas a mis manos y a mis pies.  Llevaban en sus manos unos cirios encendidos.  Sus lúgubres llamas se movían ligeramente, parecían bandeabas por una brisa que yo no sentía.  Enfrente, alcancé a distinguir a Manoli, subida en un pedestal. Tomé cuenta de que seguía desnudo, de que estaba desnudo ofreciéndome a ella.  Manoli no.  Y habló levantando los brazos a modo de copa mientras miraba al cielo a través del cilindro:

 

“Jerarcas de los cielos y de los infiernos…

 

Hizo una pausa y mis guardianas colocaron sobre mis muñecas, mi frente y mis pies unas piedras redondas y planas que parecían tener símbolos a ambos lados. Apretaron para que se marcaran y las quitaron.  Las de la parte izquierda eran estrellas; las de la parte derecha parecían cintas al viento.  En las primeras sentí frío; en las segundas, calor.  Después, la mujer desnuda de la cabecera acercó dos cálices de plata, muy brillantes, desde el mueble hasta el altar, para depositarlos en el hueco entre mis piernas abiertas.  De uno de ellos sacó unas grandes obleas, hostias de sagrario parecían, pero unas blancas, unas grises, otras negras, algunas como la palma de la mano, otras como una moneda de dos euros.  Me colocó de las pequeñas en los lugares donde antes me pusieron las piedras redondas.  Puso las grandes en mi frente, en mi garganta, en mi pecho, en mi pubis y bajo mis nalgas.  Después, con dulzura, con movimientos serenos de cisne, tomó el otro cáliz, rodeó el altar, se colocó en el lugar anterior y desde allí, puso la mano en mi nuca para elevarme la cabeza y derramar gotas de líquido sobre mis labios, líquido denso, rojo oscuro, sabroso, cálido, que alivió la sequedad de mi lengua.   Siguió hablando en la misma postura de antes…

 

“En nombre de los que fuimos, Luis y Charlotte, antes en Lyon, hoy en Zaragoza, ciudad espectral, os hablamos ahora, ya reencontrados, juntos de nuevo en el albor de los siglos de luz, después de recorrer desheredados tiempos de angustia y temor.  Hace años, siguiendo a LaVoisin, colocamos nuestras almas enamoradas a vuestra disposición, demonios del averno, Lucifer y séquito, para que nos unierais bajo la maldición que nos diera la juventud y la eternidad.  Mikael lo impidió con su espada justiciera….

 

Uno de los lienzos blancos se movió más rápido por un momento, agitando el aroma a incienso.

 

“Pero nos obligó a vagar haciéndonos sentir seres empobrecidos, almas desgarradas, sin amores y sin afectos hasta llegar a nuestra existencia actual como Damián y Manuela, los jóvenes que hoy queremos volver a rendir pleitesía.

 

Las otras mujeres pronunciaron enérgicamente estas réplicas:

 

“Mikael, Bafumet, ángeles y demonios, escuchad a las almas derrotadas.

“Astaroth, Samuel, ángeles y demonios, recibid las súplicas

“Gabriel y Baal, ángeles y demonios, abrid vuestro poder para su salvación.

 

Comenzó otra música que ya no cesó en todo el ritual.  Sentí frío, angustia, miedo, dolor… pero nada en el cuerpo, sino en la entraña, adentro… y las marcas de las piedras pequeñas se encendían por cada nombre pronunciado, me lastimaban y no podía gritar.

 

El olor se hizo denso, creó niebla sólida, negra, eran sombras que caprichosamente, con vida propia, iban y venían de lado a lado de la estancia.  Ella siguió hablando.

 

“Ya queremos vuestro favor, arrepentidos de la adoración al mundo tenebroso, arrepentidos al entender que no hay amor sin luz, que no hay placer sin la mirada de un ángel, cumplidores de la penitencia siempre separados desde entonces hasta hoy, nos postramos ante vosotros, seres de luz y entes de oscuridad, para rogar que con vuestros poderes unidos sepamos comprender la verdad del sentimiento.

“Mikael, Bafumet, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

“Astaroth, Samuel, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

“Gabriel y Baal, entendedlos, protegedlos, amparadlos.

 

Manoli se desnudó mientras se agitaban los lienzos y la música alcanzaba la máxima intensidad.  A través de la chimenea hacia el cielo, unas presencias invisibles llegaban hasta mí para colocarse bajo mi garganta atrayendo a los seres que se alojaban en mis vísceras.

 

“Ahora debemos entender que esta es nuestra oportunidad para superar la unión terrenal.  Es el último día que estamos separados y os rogamos, ángeles y demonios, que consagréis nuestro amor para la verdadera eternidad…

 

El altar comenzó a temblar, se iban formando unas líneas que nacían de mis pies y de mis manos, que subían por mi cabeza, configurando un pentáculo blanco.  Sonaba imperiosa la música y las voces de las cinco guardianas…

 

Manoli descendió de su pedestal, subió a la piedra, caminó por ella hacia mí y se arrodilló entre mis muslos, sentándose en los talones, inclinando el tronco y colocando la cara a escasa distancia de la piedra.

 

“Mañana, si ambos nos reencontramos de nuevo bajo el amparo de las luces y de las brumas, si los dos logramos la sabiduría en la reflexión y volvemos a este oratorio, habremos superado aquel macabro error, recuperaremos el brillo del alma y abriremos juntos la era de los amores…

 

***

 

 

Llego con ansia a las puertas de la casa.  Están abajo, en la bodega que he recordado.  Me detengo un instante por temor… pero voy a la escalera...  Suena la misma música ocupando el espacio tan rotundamente que expulsa a las brumas y a las luces.  Reina el coro en la casa.   Abajo, ellas me miran desde la misma posición, las cinco puntas de la estrella blanca, cinco velas…  Sobre el altar reposa Manoli… Charlotte…  en posición fetal, desnuda, con los brazos cruzados sobre su pecho.  Escucho su voz leve: “Luis… Luis… Luis… has venido… lo has entendido”.  Llego hasta ella, me desnudo, me acuesto sobre la piedra también en posición fetal, pero en sentido contrario, completando entre los dos una figura en círculo.  Crece la apoteosis del sonido, veo arriba haces y nieblas uniéndose.  Aspiro, ahí está el olor, aspiro… Veo la mano de ella que se acerca a mí.  Llevo la mía a su piel.  Se están llenando mis entrañas de sensaciones vitales, ardo, vibro… Nos tocamos…  

Y ya no hay más, la nada.

  

 

(*) Shedy Martin es el seudónimo de Eduardo y José Antonio Prades, hijo y padre, autores de este relato.

(Relato incluido en el volumen I de "Tres de Tres")

 

Pepa es mi amor

Pepa es mi amor

Pepa vive justo encima de mí.  La conocí hace dos años, cuando llegó al barrio con sus padres.  Los primeros días ya me llamó la atención por su forma de andar, muy gallarda, pero a la vez muy sencilla. 

“Tú eres Miguel, ¿verdad?”.  “ Sí, ¿cómo lo sabes?”. “Tu portera me lo ha dicho.”

Estas fueron las primeras palabras que cruzamos, ya para mí palabras de amor.

Al cabo de tres meses, ella me propuso hacernos novios, que ya era hora, porque el tiempo pasaba y era cuestión de aprovecharlo en esa sensación tan linda.  Le contesté que sí, que deseaba ser su novio, pero que no había tanta prisa, pues éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante.  Entonces ella se puso a llorar muy amargo, casi sin ruido.

Empecé a quererla tanto...

Pepa era misteriosa y ya es conocido que las mujeres misteriosas atrapan de una forma que no se sabe por qué.  Siempre estaba alegre, eso sí, y nunca cambiaba de humor, pero a días parecía que se me escapaba de las manos porque me miraba de una manera que nadie mira en este mundo, con una belleza fantástica, con una bondad exquisita, y yo creía que se iba muy alto, como ahora.  En cambio, otros días, al atardecer, la sentía triste, muy de despedida, y entonces yo la besaba y, aunque sus labios estaban cálidos, los besos eran de compasión.

Un día me dijo que la llevara al bosque.  Una vez allí, se desnudó; luego, me desnudó.  De golpe, se hizo un silencio radiante, un silencio de espera… y Pepa me hizo el amor.

Pepa es mi amor.

Cuando ahora nos unimos, recuerdo aquella primera vez como si hubiera sido la única, pero no la extraño porque cada día que pasa mi sensación es más profunda y un halo de luz nos envuelve.  No he podido descubrir de dónde viene, pero creo que me llega desde el piso de arriba, justo donde Pepa vive.

Al día siguiente de amarnos en el bosque, el barrio se sorprendió de que Pepa Guzmán, sin haber dado muestras nunca de ninguna enfermedad, apareciera muerta en su cama con una sonrisa de iluminación.

(Relato incluido en el volumen I de "Tres de Tres")