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Análisis teórico de un relato (Macario, de Juan Rulfo)

Análisis teórico de un relato (Macario, de Juan Rulfo)

Se trata de analizar el relato de Juan Rulfo, titulado Macario e incluido en su libro El llano en llamas, desde la posición de tres escuelas críticas:

el formalismo ruso,

el postformalismos ruso y

la estética de la recepción.

(va incluido al final el texto íntegro del relato)

Desde el formalismo ruso:

Esta escuela crítica pone el foco en la obra con una actitud científica, desechando aspectos biográficos, filosóficos o sociológicos. Se centra en el texto y su efecto estético mediante la forma, que llega a determinar el contenido.  Según Zirmunski, se estudia la obra como un organismo, con sus elementos luchando entre sí por la supremacía.

Macario es el título del cuento y el nombre del personaje principal, convertido en narrador, puesto que se trata de un monólogo interior.  Mediante frases directas, “por eso estoy contento en su casa”, “ella sabe que no se me acaba el hambre”, con un lenguaje coloquial, “el tum tum del tambor”, “pero dice que porque dizque hago locuras” y, a veces deslavazado adrede, el autor presenta un enfoque individual, en el que las perspectivas de la historia se deducen de las expresiones propias de Macario, “eso dice el señor cura”.  Se trata, pues, de un lenguaje llano, incluso con expresiones del habla popular, “apalcuachar”, “ajuarear”, chamuco”, que presentan una expresión de transparencia en los sentimientos y opiniones del narrador.  Así pues, el contenido queda ceñido, o restringido, a esa visión personal que nos llega con una voz que parece infantil, o incluso de persona disminuida intelectualmente, puesto que sus interpretaciones de los hechos que cuenta no reflejan un análisis maduro, ya que hay connotación de un maltrato y manipulación a su alrededor que Macario relata con inocencia.  Se aprecian diferentes usos repetidos sobre cómo lo trata primero su madrina “es mi madrina la que me manda hacer las cosas”, luego su cuidadora, “Felipa es muy buena conmigo”, el resto de la gente, “me apedreaban”, e incluso los bichos que pueblan su casa: grillos, cucarachas y alacranes, cuya inclusión potencia la pobreza expresada de su situación.

Además de los elementos citados, aparecen otros que, junto a estos, se convierten en símbolos que se involucran en la historia a modo de referencias, como la comparación entre sapos y ranas, entre luz y oscuridad, la definición del pecado y su relación con la oscuridad.

Es pues este relato una situación personal expresada con un lenguaje específico para mostrar un mundo sórdido y pobre, con la explotación o manipulación humana en su seno.

Desde el postformalismo ruso (Bajtín):

Según esta escuela, una obra literaria es una totalidad producto de una construcción estética. Propone el estudio de la polifonía entre autor, narrador y personaje, dando al primero el dominio del universo narrativo. Conocemos a los personajes desde el propio narrador, pero el autor, con su pericia, maneja lo que le interesa que conozcamos para introducir al lector. Y es fundamental el espacio y el tiempo que, unidos, forman el cronotopo y dan configuración a la historia.

En Macario, Juan Rulfo se instala en la mente de un narrador que, en un largo monólogo, desmenuza los aspectos principales de su vida, como su actividad desde la que comienza y termina su narración, “y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar brincos la apalcuachara a tablazos…”, y las relaciones con su madrina y su cuidadora, “Ella es la que me da de comer en la cocina”. El hilo argumental se va alargando con el lenguaje propio de Macario, transmitiendo así su personalidad con intención de llegar a quien lo lee desde una perspectiva que deriva en compasión, dolor e incluso de deseo de denuncia del maltrato y la manipulación de que es objeto por todo su entorno, incluso por la naturaleza que le invade su casa para molestarlo: cucarachas, alacranes y grillos, “buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija”.

El espacio queda delimitado desde la posición en la que narra, “Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas” y lo que cuenta: sus peripecias en un entorno cercano, que compone todo su mundo, “Cuando me saca a dar una vuelta es para llevarme a la iglesia”.  Y el tiempo, inexcusablemente unido a ese espacio, se marca por los minutos en los que transcurre su monólogo, y el momento en que ocurren las circunstancias, siempre en un pasado cercano.

El autor ha conseguido, con su propuesta estética, transmitir, a través de la voz de su personaje, la descripción de un mundo sórdido, que genera deseo de compasión y significación para emitir una denuncia contra quienes el lector pueda identificar los símbolos de los opresores: las ranas, los sapos, el color de los ojos, la leche de Felipa, los alacranes que le impiden moverse, la Iglesia, el infierno, el miedo, el pecado…

Es un relato que impacta por la identificación que el autor ha sabido transmitir con la voz narradora.

Desde la estética de la recepción: estética de la recepción

El estudio del texto necesita tener presente la interpretación que se hace de él.  En la lectura influyen la psicología del lector y las características de la sociedad a la que pertenece. Texto, lector-individuo y lector-colectivo dialogan hasta conformar una estructura de orden superior. La lectura está guiada por el «horizonte de expectativas» propio de la situación pragmática de los lectores.

Juan Rulfo es un exponente que brilla en su literatura basada en aspectos de la sociedad que le rodea, ya sea en su momento bélico como de explotación y manipulación del pueblo mexicano.  Lo consigue con un estilo directo y minucioso, llenando de símbolos sus relatos para llegar a provocar en quien lo lee la identificación con el personaje.  Así ocurre en Macario, relato incluido en su libro El llano en llamas. La posición del lector frente a la historia contada se verá influenciada por su experiencia y su conocimiento.  Pongámonos en el caso de que ese lector se acerca a Rulfo sin saber quién es, y con un relato cuyo contenido le llega sin el contexto citado en el párrafo anterior. Este monólogo interior de seis páginas impacta en sus primeras líneas por la alusión directa al estado del personaje, “Estoy… aguardando a que salgan las ranas”, y el cambio brusco de contenido en la décima línea, “Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza.  Los sapos son negros”.  Ahí empiezan a notarse rasgos del aspecto errático de la voz, que conforme avanza se convierte en deducciones propias de un niño, “Yo quiero más a Felipa que a mi madrina”, o quizá un disminuido intelectual que es explotado por su madrina, “Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca”, y probablemente abusado por su cuidadora “y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito”.  Las diferentes circunstancias narradas revelan hechos que la experiencia del lector identificará con sucesos propios o con los ajenos que le hayan impactado, dado que el autor presenta temas universales que pueden o han podido ocurrir en cualquier lugar o tiempo. 

La predisposición del lector a la compasión y a la protección o la identificación con la clase opresora también pueden variar la emoción transmitida, aunque el autor se ha cuidado de que sea la primera, por ese tono en la voz de ingenuidad e inocencia que nos puede transportar a nuestro mundo niño.

 

TEXTO DE MACARIO, transcrito de ciudadseva.com

 

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas… Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso… Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero… La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa… Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos… Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua… Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacÍa cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche… A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida… Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto… Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor… Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura…: “El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro.” Eso dice el señor cura… Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa… Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija… Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude… De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo… Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están… Mejor seguiré platicando… De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco…

Realismo mágico. Origen, concepto literario y evolución

Realismo mágico. Origen, concepto literario y evolución

EL REALISMO MÁGICO, ¿VUELVE, SE QUEDA O VA?

Artículo que nace de un trabajo de investigación sobre ell realismo mágico en la literatura, con una conceptualización del movimiento y diferentes visiones por teóricos y escritores, remontándonos a sus origenes.

Incluido en la versión digital de la revista Turia (Instituto de estudios turolenses)

https://www.ieturolenses.org/revista_turia/index.php/actualidad_turia/el-realismo-magico-vuelve-se-queda-o-va     

La controversia sobre la diversidad de género

La controversia sobre la diversidad de género

Hay quienes afirman que somos más que cuerpo, incluso más que mente o cerebro. Los cientificistas se aferran al conocimiento empírico y rechazan, a veces contundentemente, cualquier otra aproximación a la realidad, como por ejemplo la alquimia o la intuición.  Carl Jung trabajó con la imaginación activa, que da resorte a una creación visualizada de imágenes que, sin conocer de dónde provienen, nos dan información de nuestro inconsciente.

Y ya nombrado Carl Gustav Jung, continúo en su cercanía nombrando una de sus teorías más consolidadas como herramienta aplicada en sus terapias: el anima/animus, que sirve de introducción a esta intención de acercamiento analítico —muy somero— a la identidad de género.  El anima (alma en latín) es el aspecto femenino del inconsciente del hombre. El animus (mente o espíritu en latín) es el aspecto masculino del inconsciente de una mujer.  Dijo Jung: “Todo hombre en su interior lleva la eterna imagen de la mujer... una imagen femenina definida...  Lo mismo puede decirse de la mujer; ella también tiene su imagen innata del hombre”.1 Jung defiende que las tensiones internas que llegan a derivar en enfermedades mentales pueden provenir de la falta de aceptación de ese hombre-mujer en nuestra identidad de mujer-hombre.

El yin yang nació como filosofía oriental para explicar la forma por la que dos fuerzas opuestas se convierten en complementarias para el equilibrio del mundo.  El yin se asocia a lo femenino, a la oscuridad, a la pasividad, a la tierra; el yang a lo masculino, la luz, lo activo, el cielo.  Su propio símbolo se representa como un círculo blanco y negro a partes iguales, separadas por una línea central en ese, en las cuales se inserta un punto blanco en la negra, y viceversa, para indicar que nada hay puro en esas esencias.

Nuestro mundo se nutre de la dualidad.  Nos movemos de un extremo a otro para buscar los equilibrios que den paz a nuestra vida.  Según el budismo, nuestro objetivo es eliminar el sufrimiento que provoca esa dualidad.  Antropológicamente, el ser humano se ha debatido en los enfrentamientos que marcan los fundamentalismos sobre la dualidad.  Y como en un eterno retorno, los conflictos finalizados vuelven a abrirse una y otra vez, parece que como confirmación de que los cambios se producen para seguir como antes.

Hace unas décadas, surgió la llamada identidad de género, presuntamente para superar esa dualidad entre el sexo masculino y el femenino y, también presuntamente, para anular la supremacía del primero sobre el segundo. Se asignó al término género el significado en idioma inglés de gender, que va referido, con diferentes definiciones teóricas, a una construcción cultural o social sobre los comportamientos o sentidos de inclusión del ser humano, yendo así mucho más allá del concepto clásico de sexo como hombre y mujer.  Se han llegado a definir más de treinta tipos de género.  Asignarte a uno o más de ellos supone activar tu identidad de género.  Dentro de esa asignación van incluidos los comportamientos sexuales, que pueden determinarse desde la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad.  No tengo claro si la asexualidad puede integrarse dentro de estos encuadres.

La tradicional asignación de roles y expectativas de comportamiento a hombres y mujeres en esta clasificación dual ha determinado, incluso cuerpos legislativos que iban más allá de la denigración moral de quien no respondiera a los cánones establecidos, con castigos que llegaban hasta la pena de muerte.  Estas circunstancias han provocado influencias psicológicas y grave persecución social en quienes han sentido una asignación diferente a uno de esos dos tipos sexuales. Resulta complejo decidir dónde colocarnos sobre el segmento que separa la dualidad de identidad de género o identidad sexual.  Tiendo a la creencia de que hay colectivos que viven azuzando los enfrentamientos dentro de esa dualidad, y más en este asunto que conlleva ese morbo de los comportamientos íntimos tan proclives al chafardeo y crítica acerada en los foros promovidos por los más bajos instintos.  Y también tiendo a la conciliación y acercamiento de posturas para evitar las agresiones y violencia que suelen derivarse de esas posturas enconadas.  Así, en esta línea, intento explicarme, y explicarle a usted, mi aportación al debate desde esa óptica del entendimiento.

De lo expuesto hasta aquí, propongo la atención a la existencia de dos energías interiores del ser humano, que serían las denominadas como femenina y masculina y que tradicionalmente se han ajustado a la diferenciación sexual entre hombres y mujeres.  Pero fijándonos en esas sucintas exposiciones de la filosofía oriental sobre el yin yang y sobre el anima/animus de Jung, con más de dos mil años de distancia histórica entre ellas, podríamos colegir que todos los seres humanos contenemos las dos energías, con mayor preponderancia de una u otra según variadas razones, no sólo biológicas, sino también, y quizá más importantes, de imposición de creencias, fundamentalmente desde lo moral religioso.  Esto quiere decir que un hombre puede estar lleno de energía femenina y viceversa, hasta que podamos completar un ciclo de evolución humana en el que, independientemente de los rasgos físicos, se unan en equilibrio en un mismo ser ambas energías, con sus comportamientos correspondientes.  Y no me refiero solo al comportamiento sexual, tan manido y manipulado para clasificarlo moralmente como faltas o pecados que nos condenen o nos salven.

No tengo ninguna duda sobre la constitución diferenciada de ambos sexos, pero tampoco la tengo sobre los comportamientos orientados hacia uno y otro rol, que pueden intercambiarse entre sí y enriquecer las posibilidades del ser humano hasta conseguir esa completitud que Platón llamó la unión de las almas gemelas.

Entrevista de Antón Castro 9/4/2024 sobre Otoño contigo

Entrevista de Antón Castro 9/4/2024 sobre Otoño contigo

LETRAS ARAGONESAS. OCIO Y CULTURA

José Antonio Prades: “Montemolín existe y si escribo del barrio es por un acto de amor".

El escritor, que ha residido unos años en Buenos Aires, publica ‘Otoño contigo’, 44 cuentos, y exalta Zaragoza y ese espacio nativo y postergado

Con más de treinta libros de poesía, relato y novela a sus espaldas, José Antonio Prades (Zaragoza, 1961) publica un nuevo volumen de cuentos en papel y edición digital en Amazon, 44, con el que quiere abrir una nueva etapa en su extensa trayectoria: ‘Otoño contigo’, todo un inventario de asuntos, de atmósferas, de hechos y de espacios, que cristalizan en su amor a Zaragoza y en la exaltación del barrio de Montemolín.

¿Desde cuándo escribe cuentos?

Por poner un momento concreto, en 1977, con un relato de denuncia medioambiental gané un concurso de redacción en el colegio que, unido al impulso que me daban los profesores de Literatura, conseguí el convencimiento de que podía escribir algo más. Y, ya con consciencia de querer escribirlos como acto creativo, fue en 1982, con veinte años, cuando terminé mi primer relato, ‘Rosa Roja’, una alegoría sobre las dictaduras. Desde entonces, he ido combinando todos los géneros, pero me he sentido especialmente atraído por la narrativa breve.

¿Cómo se plantea el cuento? ¿ Le preocupan la concisión, la sorpresa final, la atmósfera? ¿Es usted de teorías o más intuitivo?

Un relato breve debe ser muy específico en esas tres condiciones, aunque no siempre son imprescindibles, ya que creo que es necesario que el autor trabaje con perspectivas diferentes. Para conseguir impacto, he buscado giros argumentales en el cuerpo de la narración, pero sobre todo en el final, que varias veces he dejado abierto para que provoque dudas y apertura de interpretaciones. Considero fundamental que la creación literaria provoque algo más que entretenimiento, que ayude a pensar y a cuestionar distintos aspectos como la sociedad, el poder, el crecimiento interior, las relaciones personales…

¿Cuál es la pequeña o gran historia de este libro? Concentra una buena porción de su narrativa breve, desde 1982, como decía, hasta 2022.

Estoy en una época de revisión y cambio, por lo que he querido despedir a la anterior y recibir la nueva con esa reunión de relatos, una selección propia de entre los 170 que he publicado. Hay 44 relatos, 22 de despedida y otros 22, inéditos en libros, de bienvenida. Estos números tan curiosos no los elegí adrede, surgieron sin premeditación y me resultó muy chocante. Hasta ahora he publicado nueve libros de relatos individuales más cinco colectivos dentro del grupo 3d3, y tres recopilaciones propias. Otra vez los números… Me atrae la numerología y la he aplicado habitualmente en mis creaciones.

Vayamos con el título: ‘Otoño contigo’...

Se titula ‘Otoño contigo’ por la connotación de los dos términos por separado. ‘Otoño’ es por mi momento vital y por esa visión especialmente romántica, a veces melancólica de esa estación. La naturaleza siempre supone una metáfora, quizá un aprendizaje para entender nuestra evolución existencial. Y ‘contigo’ trae esa referencia de diálogo y cercanía con quien lo reciba, es una llamada directa sobre lo que considero mi forma de narrar de intimidad a intimidad. La unión es entonces mi ofrecimiento en el presente para que estemos en compañía, esta vez por medio de la lectura.

Hablemos de asuntos, de argumentos. Le interesa un poco todo: la vida cotidiana, el asombro, el deporte, la fantasía, las vidas inadvertidas y humildes...

He tocado muchos temas y con enfoques variados. Me introduzco en mundos cotidianos, sí, de personajes sencillos a quienes ocurren hechos anormales, que pueden ir desde un hechizo hasta un partido de fútbol. He trabajado bastante con el realismo mágico llevándolo a más extremo, como si fuera un expresionismo o naturalismo sobrenatural o prodigioso. También, por mi profesión, he buceado en temáticas de empresa, de gestión de personas, de liderazgo, tanto desde un punto de vista técnico como de ambientación de las historias. De todas formas, pienso que no es tan importante lo que cuentas, sino cómo lo cuentas. Me interesa menos la historia, sin hablar de minusvalorarla, que los personajes. He querido enfocar la creación desde la posición de los seres humanos frente a sus circunstancias y no al contrario.

¿Cómo elige los escenarios?

Podría decirse que la elección responde a cada necesidad de los personajes y del entorno más adecuado para lo que quiero contar, nunca han tenido prioridad en la planificación del argumento. Tiendo más a la profundidad psicológica que a la descripción de ambientes. Pero hay un hecho curioso. En mi primera etapa creativa, renuncié expresamente a ubicar la acción en algún lugar conocido, no hacía mención a sitios concretos y así aparecía habitualmente algún tono mágico con el que empecé a familiarizarme, como ocurrió en esa primera trilogía de ‘Un amigo te guarda’, que transcurre en un país alegórico con personificación de las flores, o en ‘Don Manuel’, con un bosque como retiro de un apóstol, o en ‘La Casa Digna’, donde se atisba una dictadura latinoamericana. Más tarde, me centré en mi barrio, en Montemolín, al que añoré en mi periplo porteño, adjudicándole incluso el carácter de territorio mítico, al modo de Macondo por García Márquez, Comala por Juan Rulfo, Dublín por James Joyce o el barrio del Carmelo por Juan Marsé, para ampliar después el ámbito hasta Zaragoza completa, con referencias concretas y declaración amorosa.

Una imagen, ante los descampados, del palacio de Larrinaga, donde jugaba de niño José Antonio Prades.
Una imagen, ante los descampados, del palacio de Larrinaga, donde jugaba de niño José Antonio Prades. ARCHIVO PRADES.

Ya son bastantes los narradores de Montemolín: Gabriel García Badell, Rodolfo Notivol, Olga Bernad, José Giménez Corbatón, Jorge Sanz Barajas y, entre algunos otros, usted que lleva el barrio por bandera.

Sí. Por ejemplo, en mi última novela publicada, ‘Nadine, l’amour’, el protagonista recorre literalmente de norte a sur la ciudad, justo en el sentido complementario al que hizo Gabriel García Badell con su ‘De Las Armas a Montemolín’, de oeste a este, y recreo tres lugares míticos que Zaragoza ofrece a los enamorados: el palacio de Larrinaga en mi barrio, la torre del Trovador en La Aljafería, y la fuente de la Princesa, en el Parque Grande José Antonio Labordeta. Tengo una novela inédita, que espero publicar este año, con tintes de autoficción, que he ambientado en Buenos Aires, Madrid y Zaragoza, mis tres lugares de residencia, y aquí muevo a los personajes por lugares arquetípicos de la ciudad: el templo del Pilar, la plaza de Los Sitios, el paseo de Las Damas…

Entre los personajes hay un poco de todo en cuanto a oficios y personalidad. ¿Los sueña, se los dicta la realidad?

Estoy seguro de que antes de ponerme a escribir su historia, los personajes, que tienen vida previa, por supuesto, se han puesto en contacto conmigo, no sé si en sueño lúcido o subconsciente, pero desde luego que involuntario, no inicio su búsqueda, a veces hasta me muestran su aspecto físico a lo largo de su vida. Yo creo que es algo así como ‘mediúmnidad’, que los personajes viven en su mundo invisible y cuando quieren que conozcamos lo que desean contarnos, se incorporan en el cerebro y en el alma de quienes escribimos y no paran de insistir hasta que les hacemos caso.

¿Quiénes son sus personajes favoritos?

Es difícil de elegir entre tus hijos o nietos. He trabajado con personajes que son mis ‘alter ego’, más o menos fieles o afines a mi deambular, más o menos modificados para hacerme vivir otras vidas en esta. También he trabajado con personajes que son calco de personas cercanas a mí, que he sentido, o siento muy cerca, o con las que he convivido y resaltan por alguna característica individual o aventura vivida. Diría que ‘La rosa roja’ o ‘La princesa blanca’, mis dos primeros cuentos que se titulan como las protagonistas, son los personajes que revivo con más cariño, pero ahora mismo me llega la imagen de Cat, que es el espíritu de esa novela inédita, junto a sus ‘partenaires’, Bern y Yul, que se crean una historia conjunta al modo de los tríos protagonistas de ‘Jules et Jim’, ‘Epílogo’ o ‘Dos hombres y un destino’.

¿Qué le da Zaragoza como escenario, y especialmente Montemolín?

En mis años de adolescencia y juventud, por un sentimiento de cierta superioridad, no quería ser un chico de barrio, aspiraba a volar y volar con aires de importancia y ambición. A los 32 años, salí hacia Buenos Aires por trabajo, estuve inicialmente tres meses sin familia, con compañeros recién conocidos y así me llené de nostalgia. Buenos Aires es un lugar ideal para sentir nostalgia de España, y escribí de memoria y de sopetón ‘Fábulas de Montemolín’. Eso me sirvió para reflexionar sobre aquel desapego ciertamente soberbio, y me avergoncé tanto, que creo que más de dos tercios de mi creación posterior están ubicados o inspirados en mi barrio o en mi ciudad. En la novela citada, nombro setenta dos veces ‘Zaragoza’ (aún la tengo que corregir), quizá como penitencia o acto de contrición, pero me siento bien, no es dolor, sino agradecimiento.

Montemolín ya se ha convertido casi en una obsesión.

Sí. Buena parte de mi tiempo lo estoy dedicando a que se haga evidente su existencia, que nos lo quieren subsumir entre Las Fuentes y San José, y no. Esos dos barrios son muy queridos también para mí, por cosas del fútbol y de mis novias, pero Montemolín existe y espero dejar constancia con mi humilde aportación. Puede decirse que es un acto de amor.

José Antonio Prades, con sombrero, con su familia en el barrio de Montemolín.
José Antonio Prades, con sombrero, con su familia en el barrio de Montemolín.ARCHIVO FAMILIAR PRADES.
Antón Castro
Antón Castro REDACTOR DE CULTURA DE HERALDO DE ARAGÓN

Antón Castro (Arteixo, A Coruña, 1959) se formó en ‘El Día de Aragón’ y ‘El Periódico de Aragón’. Desde 2001 trabaja en HERALDO en la sección de Cultura y en la web. Coordina el suplemento ‘Artes & Letras’ desde 2002. Y en 2013 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural

Malinche, símbolo femenino de la colonización americana

Malinche, símbolo femenino de la colonización americana

Es una reflexión desde las distintas perspectivas teóricas feministas sobre la conquista de América. En este caso, se relaciona con la figura de la Malinche, con la referencia a esta figura en tres textos representativos de las siguientes autorías mexicanas: 


„  Esquivel, Laura. (2005). Malinche. (pp.92-97)

„  Garro, Elena (1964). La culpa es de los tlaxcaltecas. En La semana de colores

„  Paz, Octavio. (2007 [1950]). Los hijos de la Malinche. En El laberinto de la soledad

 

MALINCHE, SÍMBOLO FEMENINO DE LA COLONIZACIÓN AMERICANA

La perspectiva de género que se ha desarrollado en las últimas décadas, aplicada a la historia de la conquista española, permite analizar el rol de la mujer y el significado de la femineidad en esta época histórica (1516-1519) desde otro punto de vista.

Los tres textos propuestos presentan diferencia en cuanto a su género literario.  Mientras que el extraído de Los hijos de la Malinche, de Octavio Paz, y que está incluido en su obra Laberinto de la soledad (1950), es un ensayo en el que se analiza la expresión ‘los hijos de la Chingada’, los otros dos son fragmentos de obras de narrativa.  La culpa es de los Tlaxcaltecas, de Elena Garro, incluida en el libro La semana de colores (1964) es un relato corto, con aplicación de elementos del realismo mágico, en el cual, la protagonista, un trasunto de la Malinche, vive dos realidades paralelas en épocas distantes. El tercer fragmento está extraído de una novela, Malinche, (2005), de Laura Esquivel, narradora mexicana que ficciona en términos contemporáneos la historia de la controvertida figura femenina en la Conquista, en la cual, esta ‘lengua’ (persona que traduce) mexicana es accedida sexualmente por Hernán Cortés en una secuencia con toques eróticos que pretenden expresar la analogía de una violación con la propia conquista del territorio y la destrucción de una civilización.

Las teorías feministas de Silvia Federici y Rita Segato quieren mostrar la imagen del continente americano con una simbología de mujer, estableciendo en ella los signos de explotación, apartamiento y menosprecio. Partiendo de teorías que a lo largo de la historia han expresado la inferioridad del sexo, se alargan en su interpretación para entender, con ese punto de vista, el impulso que movió a los conquistadores, quienes espejaban esa imagen femenina y, por tanto, inferior en su conceptualización, a todo el continente.  Marcaban así el deseo de posesión, la imagen de belleza y de aventura inexplorada, que desembocan en el fanatismo que lleva al maltratro y a la violación, rasgos proyectados de las acciones bélicas que constituyeron el dominio español.

Resulta llamativa y muy interesante la exposición que Octavio Paz presenta sobre el significado de la expresión ‘hijo de la chingada’. Aplicando ‘chingada’ a la madre, el personaje femenino más querido, busca rebajar su valor hasta llevarlo al suelo y pisotearlo para agravar la ofensa. “…la Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuera.  El ‘hijo de la Chingada’ es el engendro de la violación, del rapto o de la burla”.  La importancia radica en el acto volitivo de la mujer.  Mientras que la furcia recibe al hombre con consentimiento y hasta con deseo, aunque sea económico, la chingada es violada o raptada o burlada.  Hay violencia en el acto, lo que degrada aún más, ofende aún más.  Paz lleva su comparación hacia la figura de la Virgen y su cotejo, donde ‘la chingada’ sale peor parada respecto a su pasividad.  Desde ese punto, y tras indicar que “es la atroz encarnación de la condición femenina”, el escritor comienza a subsumir esos significados con la Conquista: “…no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación”. Y queda representado en la Malinche, que es “las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles”. A partir de ese momento, el ensayo se introduce en el cambio de paradigma que se ha producido en la sociedad mexicana al entender su verdadero origen, con el dolor que supone romper con la ideología anterior tan arraigada. 

El relato La culpa es de los Tlaxcaltecas presenta una profundidad extrema, desarrollado entre dos realidades paralelas que rompen con la linealidad temporal y cuya frontera es un puente (“Yo me quedé en la mitad del puente blanco…La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el aútomóvil empezaron a flotar en ella”).  Está cargado de símbolos que representan a la masculinidad, cargada de un componente de dominio, con la significación del mundo opresor que conquista; el hombre indígena, identificado como familiar (primo, y a la vez marido, en ese pretendido incesto que se adjudicó a la Malinche, aquí llamada Laura, para añadir más infamia a la consideración de traidora por ambas partes.  El realto es una excelente muestra del valor literario de Elena Garro.  Presenta un llamativo juego de voces y tiempos intercalados que desbordan el seguimiento y la atención del lector hasta entender que se encuentra en un viaje entre dimensiones temporales, en una ensoñación que puede ser real o en la presentación de una locura del subconsciente.  En cualquier caso, dentro de la historia de la Malinche, es un grito de dolor y petición de auxilio desde la acusación de traidora, que se le adjudicó durante siglos, “traicionera”, solo por el hecho de ser mujer.

En el tercer texto, aparece una narración lineal, muy centrada en una relación íntima, con una estética que pretende ser erótica entre un contacto deseado y una posesión a la fuerza entre Hernán Cortés y su amante Malinalli, nombre indígena de Malinche. La secuencia se inicia con el deseo de la muchacha de brillar.  A continuación, relaciona la excitación sexual que le provoca al hombre la visión de la exhuberancia de las tierras, de sentir que son suyas, con la visión de Malinalli bañándose desnuda.  El giro de la descripción de las tierras hacia la del cuerpo desnudo de la muchacha simboliza la antes indicada asignación simbólica del continente americano a la imagen de una mujer; una mujer a merced del conquistador, del hombre, a la cual posee, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo.  Pero no lo consigue.  Sigue buscando dominarse y, tras lamer con lujuria su pezón, simbólico alimento, a la vez que excitación, que pretende extraer de la tierra conquistada, se entrega a su deseo irrefenable.  “No le importaba nada, más que entrar y salir de ese cuerpo”.

Los tres textos son diferentes y complementarios, los tres dirigidos hacia la expresión simbólica de la asignación de la condición femenina a la tierra de las indias, aplicándole esas características que el mundo masculino atribuye a la mujer: belleza, aventura, conquista, dominio, explotación, fruto… Es significativo observar la diferencia de tratamiento entre las Crónicas, especialmente la de Bernal Díaz del Castillo, y estos textos contemporáneos; aquéllas desde la idealización y subjetivización de los autores, y éstos desde la ficcionalización de una historia con intención de mostrar otros puntos de vista sobre lo que significó lo ocurrido.

A mi parecer, estas teorías son interesantes para crear metáforas literarias y textos atractivos con la transferencia psicoanalítica.  Puede resultar apropiado como hipótesis creativa, pero, desembocarla en una tesis que pretenda explicar situaciones solo desde ese punto de vista, me parece forzado y parcial, sobre todo si no se añaden otras acciones que, tanto los conquistadores de las indias como los hombres, en general, han aplicado en su relación con las tierras colonizadas y el mundo femenino.

Aproximaciones de la literatura al fútbol

Aproximaciones de la literatura al fútbol

No es corriente encontrar estos dos términos tan juntos, literatura y fútbol, la primera considerada un arte mayor, de oficio refinado, intelectual y casi siempre solitario, en silencio creativo o contemplativo, mientras que el segundo es una actividad física, practicada en equipo, presentada ante masas enfervorizadas, de poco rigor para el intelecto y mucho que ver con las pasiones encendidas. 

Pero los caminos hacen extraños compañeros de viaje y como, ya desde el principio del artículo, me veo obligado a asegurar su relación para proseguir en la creencia de que transmito credibilidad, me permito incluir, a modo de prueba pertinente, una lista bibliográfica que los une, con el riesgo de que alguien me acuse de haber colocado la tirita antes que la herida.

¨     Salvajes y sentimentales, de Javier Marías, por Aguilar

¨     Los Cuadernos de Valdano, de Jorge Valdano, por Santillana 

¨     El Fútbol contado con sencillez, de Alfredo Relaño, por Maeva

¨     El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, por TM Editores

¨     Yo Soy el Diego, de Diego Armando Maradona, por Planeta

¨     Me gusta el futbol, por Johan Cruyff, de  Ediciones B

¨     Cuentos de fútbol I y II, (Selección de Jorge Valdano), por Alfaguara

¨     El Fútbol que Viví...... y que siento, de Adolfo Pedernera, por IPESA

¨     Aquellos domingos de gloria, de varios autores, por La Esfera de los Libros - Marca

¨     Gracias, Vieja, de Alfredo Di Stefano, por Aguilar

¨     Locas por el Fútbol, de Eva Orúe y Sara Gutiérrez), por Temas de Hoy

¨     Historia del fútbol, del juego al deporte, por Alfred Wahl, de  Editorial B

¨     Ronaldo, un genio de 21 años, por Wensley Clarkson, de Cooperación Editorial

 

  • …Horacio Quiroga y su relato ’’Suicidio en la cancha’’
  • …Pablo Neruda, y su poema “los Jugadores”, en su obra Crepusculario
  • …Mario Benedetti  y su cuento ’’Puntero izquierdo’’
  • …Rafael Alberti y su ’’Oda a Platko’’, portero del Barcelona

 

El poeta brasileño Vinicius de Moraes escribió un célebre poema a Garrincha; el español Camilo José Cela, sus “Once cuentos de fútbol”.

Pero lo más conocido de todos es “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano: la historia de un tiro desde los once metros que dura una semana entera, sobre lo cual se rodó una película en España hace tres años con el mismo título.

Estos datos sirven para avalar una realidad que se ha negado mucho tiempo: que la literatura y el fútbol están hermanados por un pacto de sangre, por algo más allá que un matrimonio.

Algunos intelectuales despreciaron este deporte y estimaron que no debía ser objeto de atención, como Rudyard Kipling, que inició esa mala relación en 1880, desdeñando al fútbol y “a las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.  Y prácticamente, desde esa fecha, el desencuentro se mantuvo generalizado hasta los años setenta.

Jorge Luis Borges también se despachó: "Es feo estéticamente. Once jugadores contra once, corriendo atrás de un balón no son especialmente hermosos", expresó. Estaba claro que entre las letras y la pelota no había amor.

Borges abundó en ese desdén, influido o arropado por la idea de que el futbol es el opio de los pueblos, que engaña a millones de estúpidos, por cuanto se convirtió en arma de dictadores para despistar al pueblo, sobre todo en su país, con la celebración del Mundial de 1978 para mayor propaganda de la dictadura militar.  En ese sentido, Eduardo Galeano también afirma:  “El fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Su historia es un triste viaje del placer al deber. El fútbol y la patria están siempre atados y los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad”.

Otra anécdota sarcástica de Borges sobre el fútbol sucedió precisamente en el Mundial citado, cuando Argentina venció a la magnífica selección holandesa y se proclamó campeona del mundo. Buenos Aires era un alboroto. Ese día Borges organizó una conferencia sobre Baruch Spinoza, el filósofo holandés. Los asistentes lo miraron con asombro y el maestro dijo: “¿Acaso alguno de ustedes piensa que ser de Argentina es mejor que ser de Holanda?”.

No voy a seguir contando ataques de los literatos al fútbol, que los hay, porque ya desde mediados del siglo XX, con setenta años de historia futbolística, cuando la literatura dejó de ser elitista y llegó al pueblo llano, tuvo la osadía de embarrarse en un campo de fútbol.

 

 

Le preguntaron a Valdano:  ¿Son incompatibles el fútbol y la literatura? 

Y Valdano contestó: “Leer un libro no sirve para jugar mejor al fútbol ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura. Son dos juegos (fútbol y literatura) que tienen diferentes modos de expresión y que resultan compatibles a fuerza de ser distintos”.

Otra pregunta: ¿A qué cree debida esa relación de amor-odio entre ambas disciplinas?

Contestación de Valdano: “Es la desconfianza  que siempre ha tenido la mente con respecto al cuerpo. Los intelectuales se desmarcaron del fútbol por considerarlo una expresión popular menor, por deducir que era, como la religión, "el opio del pueblo", por desconfianza hacia la masa y, finalmente, por snobismo. Por su parte, el mundo del fútbol presumía de hombría en el peor sentido, esto es, desde la exhibición de la brutalidad”.

Sigo haciendo constar opiniones, ahora la  de Juan Sasturain (1945), periodista editor de la sección Deportes del diario Página 12, de Buenos Aires, sobre los contactos entre el fútbol y la literatura:

 Tanto la práctica del fútbol como el ejercicio de la literatura, llevados a su grado de excelencia y respeto por los medios y posibilidades, pueden (aunque no suelen) alcanzar el grado de la artisticidad: pueden ser un arte, no sólo una actividad reglada por la eficacia o un trabajo marcado por la recompensa. El manejo de la pelota como el del lenguaje -puestos en buenos pies y manos- son un desafío a la creatividad y de ahí, de esa tensión por encontrar una forma original, cada vez única, para resolver dificultades expresivas, puede saltar la belleza. Ambas actividades tienen en común su condición de juego en tanto desafío, actividad en el fondo inmotivada, asunción de un riesgo y entrega personal. Las habilidades que requiere el fútbol (saber golpear una indócil pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean las manos) no sirven absolutamente para nada... Para nada que no sea el fútbol. De ahí su equívoca grandeza.

Resulta evidente que Juan Sasturain es un apasionado del fútbol.  Curiosamente, se da entre algunos intelectuales el deseo de justificar la unión de la literatura y el fútbol, como si se sintieran necesitados de ligar externamente esas dos pasiones que les producen cierta incomodidad en su conciencia.  En cambio, Miguel Pardeza, interpelado en una entrevista televisiva sobre sus gustos literarios, contestó a la cuestión de si el fútbol es un arte, después de pensar largamente para medir sus palabras, algo así:  “El fútbol requiere de habilidad corporal y, en su intento por agradar al público, se provocan acciones estéticas, pero de ahí a calificarlo de arte queda mucho trecho”.

Me gustaría destacar una obra, cuya principal originalidad es que trata de futbol escrita por dos mujeres, las periodistas españolas Eva Orúe y Sara Gutiérrez y que fue publicada por primera vez en Internet.  Se titula “Locas por el fútbol” y habla de un deporte, el fútbol, inventado por y para hombres, y que fue durante muchos años un terreno vedado a las mujeres. No sólo eso: el fútbol se convirtió en un rival, y miles de novias y esposas cantaron convencidas, durante años, aquel pegadizo por qué, por qué los domingos por el fútbol me abandonas. Sin embargo, poco a poco, las mujeres han saltado al campo para convertirse en protagonistas del espectáculo. ¿Qué tiene el fútbol que las vuelve locas?  Ese es el argumento de esta novela tan divertida.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo, es el autor de esta definición tan aguda y repleta de sarcasmo y calidad literaria: “el árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los golpes. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga al exilio (...) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.

Tras un partido entre Junior y Millonarios, Gabriel García Márquez declaró: ’’No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien’’.

Mario Vargas Llosa llegó a ser columnista deportivo en “El País” durante el Mundial de 1982.  Ha expresado su amor por el fútbol en reiteradas ocasiones y en su artículo “El corazón goleador” se expresa así:

El fútbol (muy de vez en cuando) no es una operación matemática de resultados previsibles, sino un encuentro de seres vivos que juegan más para divertirse y gozar que para un salario o una copa. Esas tardes, en las que el corazón mete los goles y no los pies, se recuerdan después como una de esas experiencias que nos reconcilian a nosotros, los hinchas pobres diablos con la vida".

Otras referencias al fútbol por artistas y literatos, recogidas por Hernán Bienza, son:

Javier Marías dijo que ’’el fútbol es la recuperación semanal de la infancia’’ y ha escrito varios artículos sobre fútbol, especialmente uno que habla de Zinedine Zidane, autor de un “gol sobrenatural”.

El intelectual comunista Antonio Gramsci lo definía como ’’el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre’’.

Con cierto tono meloso, el checo Milan Kundera escribía que ’’tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo’’.

Y el multifacético Pier Paolo Pasolini dejó la mejor definición que la literatura pudo hacer de este deporte, que remite a los juegos circenses de la Roma antigua:

’’El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad.  Igual que la palabra poética.  El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que produce más goles es el más poético. Incluso el dribling es de por sí poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, driblar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Pero no sucede nunca. Es un sueño’’.

El periodista recopilador de estas definiciones, un apasionado argentino, después de transcribir las palabras del cineasta italiano, se siente obligado a rendir pleitesía a su dios con esta expresión: “Pasolini, obviamente, no había visto jugar a Diego Maradona. A pesar de desmentidas por el segundo gol del ’’Diez’’ a los ingleses, sus palabras están llenas de verdad poética. Pero de eso podría tratarse este desencuentro entre las letras y la pelota: Maradona tampoco había leído a Pasolini”.

Es conocida también la anécdota del Bryce Echenique colegial que jugó en la selección infantil de Universitario contra el Independiente argentino. Bryce entregó a cero su portería en la primera parte, pero en el segundo tiempo pidió jugar por el cuadro rival. Según ha explicado el escritor, quería sentir lo que sentía el otro, sentir lo suyo, ponerse en su lugar. A Bryce lo botaron a patadas del estadio y hubo quien le gritó “traidor a la patria”.

Se sabe que Albert Camus fue igualmente portero juvenil en la Universidad de Argel(Heraldo de Aragón, en “Hace 50 años”, publica el pasado 7 de Enero: El escritor francés Albert Camus… fue un excelente guardameta; una lesión pulmonar le hizo abandonar el fútbol); también, que Rafael Alberti, hincha del Barcelona, tuvo un duelo en verso con Gabriel Celaya, fanático del Real Sociedad.  Vladimir Nabokov jugó de portero y una vez, tras parar un balón en el césped, recibió tal cantidad de patadas en la cabeza que sufrió una conmoción.  Günter Grass ha dedicado un poema al Friburgo, el equipo de sus pasiones.

 

 

Jugué al fútbol durante treinta años, lo que me ha proporcionado experiencia y conocimiento para saborear sus cualidades y entender sus defectos, pero además me dio base para entender que la literatura y el fútbol se unen tal como se convierten en una pasión doble, la del hincha, forofo, profesional o estudioso de ese deporte con la del escritor que la reverbera en sus páginas a modo de catarsis expresiva.

En mi búsqueda para documentar este artículo, encontré un relato de un escritor argentino nacionalizado español, Andrés Neuman, ganador del último premio Alfaguara de novela, que me trajo sensaciones muy parecidas a las que me invadían en mi época futbolera.  Por eso, quiero finalizar transcribiendo unos párrafos de ese relato que creo muy especiales:

“Mi infancia son recuerdos de un patio con gravilla. Gritos desaforados. Mucho viento. La inminencia de un timbre. Los zapatos demasiado justos. Y algo más. Qué. Una pelota. De plástico anaranjado, o de cuero muy frágil, casi descosida.  

Yo no sabía, por entonces, que a la pelota debía llamársela balón. Además, como estudiaba francés en el colegio, semejante mote me habría parecido una blasfemia o una concesión algo afeminada. Y en la escuela, señores, había que ser macho. Había que ser tan macho, tan rabioso y tan bestia, que el balón, no sé si me comprenden, de ningún modo podía ser masculino.  

A mí, qué quieren que les diga, el fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el púber tísico, aspirante a poeta, al que todos martirizan en el patio. De no poder intercambiar más de tres o cuatro gruñidos vagamente sintácticos con la mayoría de la especie masculina; esa especie brusca y hermética con la que rara vez conseguía encontrarme cómodo. El fútbol me salvó, también, del riesgo de ignorar el cuerpo, tendente como era a elucubrar y a soñar despierto. El fútbol me enseñó que, en la vida, si uno echa a correr debe hacerlo hacia adelante. Que a la belleza, casi siempre, le ponen zancadillas. Y me enseñó, desde luego, que no conviene hacer la guerra solo, y que el enemigo, ay, es siempre demasiado parecido a nosotros. Cada vez que me preguntan qué habría sido de mí de no ser escritor, cuando estoy a punto de responder que nada en absoluto -un escritor de veras, como sabía Rilke, es incapaz de imaginarse un destino distinto a la escritura-, me viene a la mente un sueño infantil que duró algunos años. De modo que carraspeo, sonrío y replico: quizás habría sido futbolista.”  

 

 

Publicado en el número 3 (junio 2010) de la revista Imán - Asociación Aragonesa de Escritores

Gregorio, de la generación resistente

Gregorio, de la generación resistente

Cuando Gregorio nació, ya estaba creada en su entorno la fuerza que le llevaría por la vida con un hilo resistente, de seda o esparto, según los tiempos, fuerte por obligación y largo por destino.  Su madre, Isidra, hacía pocas semanas que había recorrido andando el trayecto desde la casa de sus suegros, en La Cartuja de la Concepción, hasta la torre Olivera, porque quería dar a luz junto a la abuela Miguela, igual que había hecho en su primer parto, el de Pilar. Más de cinco kilómetros recorridos con nueve meses de embarazo. Era el 17 de noviembre de 1930, inicio de la década en que la España de Primo de Rivera pasó de la ilusión de la República a la oscuridad tenebrosa de la Dictadura, con una guerra civil de por medio, bombas, balas, hambre y muerte.

La alegría llenó la familia provocando las sonrisas de Bernardo, su padre, y su hermana Pilar, que festejaban dejando atrás el dolor por la muerte de Isabel, hija y hermana que perdieron a los pocos años de nacer.

Gregorio, con rizos royos y mirada bondadosa, correteó por los campos de la frontera del barrio de Montemolín, cerca de las arboledas de Cantalobos, mirando cómo pasaban silenciosas las aguas del río Ebro, hasta que destinaron a su padre a La Zaida, a 55 kilómetros de Zaragoza.  Era guardagujas en MZA, una empresa de ferrocarriles que había comprado esa línea.  Y allí les pilló uno de los frentes más duros de la guerra, el choque entre los dos ejércitos que provocó el desalojo de los pueblos en toda la zona y que tuvieron su éxodo desde las orillas del Ebro hasta Almudévar, donde se habían preparado campamentos de refugiados.  Bernardo había sido movilizado a Barcelona por el Gobierno republicano.  Las tropas nacionales avanzaban aguas arriba del Ebro y Gregorio, con cinco años, de la mano de su madre y de su hermana Pilar, de nueve, se unieron a las columnas de los desahuciados, más de 100 kilómetros en los que pasaron bombas a su lado, soldados maltrechos y miedo, mucho miedo.  Recuerda Gregorio que una bomba les pasó por encima de la cabeza, no estalló porque cayó en tierra de labor, pero a su hermana le salió sangre de los oídos.

En Almudévar estuvieron unos cuantos días. Algunos soldados les daban ropa o utensilios de lo que habían robado en los pueblos que iban conquistando, pero un sargento autoritario se las hizo devolver y llegó a amenazar con matarlos mientras su madre le rogaba de rodillas que no disparara.  También recuerda Gregorio un bombazo contra un autobús y a los soldados heridos salir gritando y gimiendo.  Finalmente, los trajeron a Zaragoza en camiones de las tropas golpistas.

Se instalaron en la torre Olivera primero, y después, vuelta a La Zaida, a esperar las visitas del padre, a vivir del estraperlo, o de la venta de bocadillos a los soldados transportados en los trenes que paraban en esa estación.  Terminó la guerra y regresó Bernardo, y Gregorio pudo recibir su primera formación en la escuela municipal... Pero en 1944, una trombosis tras una operación de hernia dejó a la familia sin el padre. No había nada que hacer en La Zaida y se mudaron a Zaragoza.

Gregorio, con trece años, tuvo que ponerse a trabajar.  Ayudaba a su madre a vender fruta o a recoger cartones o leña, lo que pudiera venderse y así conseguir algo de dinero para sobrevivir.  En 1939 había nacido su hermano pequeño, Antonio.  Eran cuatro bocas para alimentar.  Vivieron en la calle Manuela Sancho, cerca de la iglesia de San Miguel, luego tan importante en su historia.  Consiguió empleo en una carnicería de la calle del Salvador para ayudar en la fabricación y venta de morcillas, donde además de ganarse un sueldo, conoció a Josefina, una muchachita que vivía justo enfrente, con su madre Edmunda y su hermana María Pilar.  Aún no habían cumplido los 14 y los 17, y se hicieron novios, novios de entonces.  En aquellos tiempos oscuros de dura dictadura, estuvo muy vigilada la expresión de amores en la calle, con multas y calabozo a quien los mostrara en público.  En el portal de la calle del Salvador, casi esquina con Privilegio de la Unión, la parejica se hacía algunos arrumacos cuando un policía de paisano los vio y quiso llevárselos a comisaría. Gregorio, algo farruco, se dio la vuelta tapando a su novia, dijo en alto “tú, Josefina, métete en casa” y al hombre “yo voy con usted”.  Salieron a la avenida y, en cuanto vio un tranvía, se echó a correr como alma que lleva el diablo, se subió a él y perdió de vista a su captor.  Parece ser que había besado a Josefina en los labios.

Fue Gregorio aspirante a torero y futbolista, participando en capeas primero, como torero especialista en el estoque, y en torneos juveniles después, como portero especialista en parar penaltis por aguante al tirador. Pero cuenta que, sin tiempo y sin padrinos, no pudo triunfar, porque potencial tenía.  Lo quiso fichar un Tercera División, el Celta, y algo se rumió para el Arenas.  Su equipo fue el Atlético San José.  Entrenaban en un sótano y le tiraban a una portería pintada con tiza sobre unas paredes húmedas y desconchadas.  Cuenta ufano que una vez le prometieron un puesto en un equipo importante si se dejaba meter un gol que le diera la victoria al equipo que representaba el directivo corrupto que le hablaba, y no sólo cuenta su honestidad, sino que una parada inverosímil a un penalti en el último minuto del partido final le permitió dejar su portería a cero.  También se ufana, y gusta verlo así, cuando cuenta que aquel equipo de San José estaba compuesto de estudiantes universitarios y algún profesor de Veterinaria.  Su club residía en un banco de la plaza de Santa Engracia.

En aquellos años vivió con su abuela Miguela en la calle Belchite y también comía muchas veces con los manoletes, sus jefes casi parientes y, ya novio de Josefina, en casa de su futura suegra Edmunda, a quien apreciaba y recuerda con mucho cariño porque lo trató como un hijo.

Cambió de trabajo buscando ganarse mejor la vida, pensando en su familia futura, y se convirtió en migrante a 120 kilómetros de su casa, se marchó a Sabiñánigo, pasando unos meses por Jaca, nada menos que durante diez años, para aprender el oficio con aquellos llamados ‘los chaparros’, los Rapún, luego con Ángel Campo, haciendo de camarero los domingos, su único día libre, en el Casino, y eventualmente como organizador de eventos en las fiestas o de alguacilillo en las corridas de toros.  Bajaba a ver a su novia con una Lambretta arriba y abajo por el Monrepós, cada tres o cuatro meses.

Se casaron el 8 de mayo de 1960 en la iglesia de San Miguel, donde bautizaron diez meses después a su primer hijo.  Josefina también era huérfana de padre desde la misma edad que Gregorio, y fue entonces su cuñado Luis el padrino, y la hermana de ella, María Pilar, la madrina.  Su viaje de novios fue a golpe de Lambretta desde Zaragoza a los Pirineos y hasta Calpe, el peñón de Ifach, ilusionados como jóvenes para comerse el mundo.  En sus escalas, tuvieron que enseñar en todos los hoteles el libro de familia, pues veían joven a Josefina, aunque ya tenía veintiséis años, y no se creían que estuvieran casados cuando pedían una habitación para los dos con cama de matrimonio.

Se volvieron a Sabiñánigo y vivieron en una casita de encanto a las afueras del pueblo, pero solo fue para unos meses, porque le habían encontrado trabajo en una carnicería de los Picazo y precisamente en pleno corazón del barrio de Montemolín, donde los dos habían vivido pegados a sus fronteras, en Miguel Servet, 97, con vivienda en la parte de atrás, que daba al corral de los Diago.  Años felices, unos cinco, en ese local, viviendo cerca de la madre y de la suegra, viendo crecer a los tres hijos que fueron llegando mientras la empresa ganadera se iba desmoronando.  En todo ese tiempo, no tuvo vacaciones y sólo un puente libre para tomarse un descanso fuera de Zaragoza.  Era el año 1967 cuando para agosto, Gregorio llevó a la familia a Panticosa a pasar una semana y él se volvió al trabajo.  El puente se lo tomó de fiesta y así pudo pasar un par de días allí antes de traerlos y casi le pilla un terremoto del que el famoso barman Perico Chicote hizo chanza cuando entregaba unos premios en el balneario, adonde pudieron llegar por una carretera serpenteante con aquel 4/4 renqueando y provocando una larga fila porque Gregorio no se atrevió a pasar de primera velocidad, por miedo a que se le calara en la subida.

Gregorio veía venir el descalabro de los Picazo al haber fallecido Leandro, el inteligente de los hermanos, y salió a tiempo, convirtiéndose en lo que hoy se llama emprendedor, sin cambiar casi de manzana, tomando en arriendo la carnicería de don Hipólito Melero, en el 85 de la misma calle, con un salto al vacío que parecían apaciguar las escasas nueve pesetas de su saldo en la cartilla de ahorros.  Tiempos quedaron atrás con los recuerdos de sus aprendices, de sus viajes semanales hasta la plaza de España para entregar la recaudación, de equilibrios para llegar a fin de mes y poder pagar el colegio de sus hijos o el seguro de aquel Renault 4/4 primero, o del Seat 600 después.

Fue Gregorio un seguidor a muerte de Los Magníficos del Real Zaragoza, acudiendo sin falta a la Romareda y contando con emoción aquel remate de Marcelino, esa carrera de Canario, el paradón de Yarza o la salida al corte de Violeta.  Vivió los desencantos del descenso a Segunda, pero gritó los éxitos de los Zaraguayos.  En uno de los trayectos con el Seat 600 para ver un partido contra el Sevilla, un poco más adelante de la iglesia de San Antonio se le trabó el pie en el acelerador y le dio un golpetazo al Dodge Dart que tenía delante.  Salió una señora encopetada que le dijo malencarada. “Pero bueno, si casi nos tira usted al Canal”. El pobre 600 se había quedado con una aleta pegada al neumático, y el soberbio Dodge se quedó con un ligero rasguño que más parecía un adorno que una consecuencia del choque.

El negocio empezó paso a paso a ir bien.  A Gregorio le gustaba que le dijeran que era industrial en carnicería.  Entre él y Josefina preparaban embutidos y algún preparado especial que eran admirados en el barrio, como la longaniza y las hamburguesas, que a veces elaboraban con sus hijos en la trastienda.  También traía conejos que criaban sus primos en la torre Olivera, y las clientas les hacían pedidos para los sábados, tal que así se quedaban hasta las tantas de la madrugada del viernes preparándolos para que al día siguiente sólo hubiera que entregarlos, lo que hacían sus hijos mayores, José Antonio y María José, ganándose algunas propinillas.  Acudía tres días a la semana al Matadero, que lo tenía ahí a mano, en el número 57 de Miguel Servet, para elegir el género y marcarlo con su sello GRP en rojo, como si de un exlibris se tratara.  Luego los traían por la tarde, los descargaban operarios vestidos de blanco con manchas de sangre, y Gregorio los colocaba en la cámara frigorífica a la espera de trocearlos para su venta.  Era hábil Gregorio con las herramientas de fileteado y deshuese.

Como les iba entrando dinerillo casi abundante, se cambió el coche por un Seat 124 D, con el que acudieron al valle de Gistain en el primer viaje, a visitar a su hijo el mayor al campamento Virgen Blanca, bajo el Posets.  Qué gran aventura, con el volante y el tubo de escape casi desencajados a la vuelta, después de ir más de 12 kilómetros por un camino forestal.  En Barbastro pudieron ayudarles en un taller y así llegaron a Zaragoza con más susto que placer viajero. Una vez arreglado, hizo una excursión a Sabiñánigo, para poder mostrar a aquellos amigos que había dejado años atrás cómo su negocio propio le estaba dejando una prosperidad muy evidente.  El aprendiz se había hecho empresario.

Después de vivir en la vivienda trastienda de la carnicería, se trasladaron por fin al 2º Centro de la calle Fillas, luego llamada Francisco de Quevedo, en principio proporcionado por los Picazo, pero que luego, cuando dejó la empresa, siguieron teniendo un par de años en alquiler, hasta que compraron su primera propiedad, en la calle Montearagón, 2, 1º A, un piso de pasillo largo y cuatro habitaciones, pero sin calefacción central, lo que le llevó en poco más de tres años a aceptar la oferta de su prima Emilia, de Peipasa, para comprar un piso en un edificio que había promovido esa empresa panificadora en la que sería después la calle Hermano Adolfo, en el 2, 6º D. Por supuesto, con calefacción central.

Es Gregorio un hombre de esa escuela que firma un contrato con un apretón de manos, un hombre al que la honradez le guía por encima de todo, que tiene la bondad como herramienta de trabajo y al que no le gusta deber dinero a nadie, ni a los bancos y, por eso, vendió de inmediato aquel piso de la calle Montearagón para pagar la deuda a su prima Emilia, a pesar de que ella le dejaba el tiempo que quisiera para pagar, diciéndole que “así te guardas el otro para alguno de tus hijos o para hacer patrimonio”.

Se murió Franco, y Gregorio recordó cómo el haber sido hijo de rojo le había colocado en listas de la policía política y así le negaron varias posibilidades que buscó antes de irse a Sabiñánigo, como trabajar de mecánico de aviación o entrar en alguna empresa grande o de funcionario.  Siempre estuvo en vilo como autónomo por si enfermaba o si le iban mal las cosas.  Trabajaba horas y horas para terminar las salchichas o la longaniza o deshuesar esa ternera o amasar carne picada para las hamburguesas.  Y todo con su Josefina al lado cuidando a los hijos, cocinando o llevando las cuentas, o saliendo a atender si la cosa se ponía apretada con tres o cuatro clientas en la espera.

Y en esa época de la Transición, con el miedo que le daba no se volvieran a repetir la guerra y la represión, afianzó con raíces el negocio, aunque no se atrevió a cambiar de local y ampliarlo a pequeño supermercado, como le hubiera gustado a la más lanzada Josefina.  Pero Gregorio se había hecho más conservador y no se quiso arriesgar.  La carnicería siguió adelante y en el verano de 1978 pudieron por fin salir de auténticas vacaciones, a Lloret de Mar, al hotel Mireia, con ayudas que todavía daba lo que se llamaba Educación y Descanso, dos semanas de hotel a pensión completa, repletas de excursiones por la Costa Brava que no olvidaron en muchos años.

En el 79, con el mayor en la mili, María José trabajando en Agrar y Andrés en la escuela taller del Ejército del Aire en Agoncillo, se cambió el Seat 124 por un Ford Fiesta 1100 Ghia, aún también de segunda mano, pero de apenas un año de matriculación y perfectamente cuidado. Iba el mundo dando coletazos y Gregorio

Y el 5 de octubre de 1981 llegó el primer nieto, Juan Carlos, de María José, que le trajo alegría y esperanza por la vida y el negocio, ya que la aparición de los mercadillos, con más puestos de carnicería, le había dejado muy preocupado por el futuro.  Pero el chaval, que revoloteó muy a menudo por el piso de Hermano Adolfo, le proporcionó esa vitalidad que transmiten los niños cuando te miran sonriendo sólo porque estés allí con ellos.

Y a partir de ese momento, ya fueron tiempos de más nietos, con Raúl, David, Laura, Eduardo y Sofía, que fueron llenando el corazón de Gregorio con cariño y esmero en ese entorno propicio para el desarrollo y que hacía olvidar las amenazas del destino.

Llegaron los tiempos de asentamiento en los que no faltaron inquietudes por el futuro, como en cualquier persona perteneciente a esa generación de la resistencia, a la que nada le fue regalado por la fortuna, y que forjó su patrimonio desde la nada, prometiéndose que la vida de sus hijos y de sus nietos sería mucho más fácil que la suya, que tendrían el sustento asegurado porque podrían estudiar y acceder a las cosas bonitas de la vida.

Gregorio y Josefina, con la existencia establecida en torno al cuidado de quienes tenían cerca de su alma, tejieron mallas protectoras por si, como le pudo pasar a Pinito del Oro, la trapecista que tanto gustaba a Gregorio, los esfuerzos se les fueran de las manos y cayeran al vacío.  Pero habían forjado brazos y regazos potentes gracias al arrope, al acogimiento y a la cercanía, esas manos sensibles y abiertas que acariciaban a la distancia como si las tuvieras aquí pegadas, en tu piel, con amor.

En 1995, llegó la jubilación, con la resaca del triunfo en la Recopa del Real Zaragoza.  Fueron desmantelando ese local con vivienda, donde estuvo instalado el laboratorio de fotografía, los juguetes para los nietos, las despensas de chorizos y longanizas... Gregorio vendió las herramientas, las cuchillas, los tajadores, la picadora, las balanzas, el mostrador frigorífico...  Se dio de baja en el Gremio de Carniceros y le agasajaron en una cena con esa placa de plata que guarda con orgullo por 52 años de trabajo en la profesión, desde los 13 hasta los 65, con jornadas de más de 12 horas al día, más de 70 a la semana, números que Josefina nunca contabilizó, a pesar de su orden para albaranes, facturas y recibos.  Se despidieron sin ruido, mirando atrás con satisfacción, sin rencores ni cansancios, con el agradecimiento al negocio y al oficio que les había dado mucho más de lo que hubieran podido esperar cuando festejaban de casi niños por las calles de Montemolín y San José.

Años atrás, Gregorio se había cuidado de ajustar la cotización para que le quedara un poquito más del mínimo.  Y también años atrás, Josefina se había creado un fondo de pensiones para poder aportar a esa época algo de paga que aliviara las cargas esperadas.  Pero a veces el destino te presenta delante a seres que te miman sin haber motivo, con una dedicación más que profesional como la de aquella funcionaria que le dio a Josefina la posibilidad de acceder a la jubilación del SOVI, por sus años cotizados como modista y algunos apaños legales, como añadir las vacaciones no disfrutadas, para alcanzar el mínimo de los 1500 días que daban derecho a una paga escasa, pero suficiente para añadir a la jubilación de Gregorio. Y así empezó otro cumplimiento de sueños. Liberados de cargas familiares, viajaron y viajaron, incluso hasta Buenos Aires, hasta Iguazú, hasta Uruguay... Galicia, Oporto, Canarias, Baleares, París...  lo nunca previsto desde aquella vez que vieron el mar Mediterráneo en el viaje de novios o disfrutaron del valle de Tena o de las playas en la Costa Brava.

Aquel dinerillo que habían ido ahorrando en ese fondo de pensiones, que ya ahora no era necesario para complementar los ingresos, sirvió para otro sueño, qué bien que las vacas gordas puedan llegar con deseos y esperanzas para disfrutar.  Gregorio y Josefina compraron un apartamento en Salou, al que se marcharon varios meses al año, en la calle Huesca, cerca del paseo Jaime I, con sus nietos aún pequeños Sofía y Eduardo, tiempos para disfrutar con paz y paciencia del sol, del mar, de la pineda cercana, de la alegría de los nietos.

Edmunda, la suegra de Gregorio, vivió hasta casi los 99 años, le faltó una semana.  Falleció en 2004.  Y esos años de viajes por el mundo o en ida y vuelta a Salou, se combinaron con el cuidado durante más de 15 años de esa mujer de carácter que se fue marchando de a poco, casi en silencio, molestando lo menos posible, hasta que murió en casa con las manos cogidas de sus dos hijas, Pili y Josefina.

En el parto de Andrés, allá por el 20 de octubre de 1965, se le manifestó a Josefina una estenosis mitral, congénita, que hasta entonces no le habían diagnosticado.  Cuenta Gregorio que le debe la vida de los dos al doctor Teixeira, quien la atendió y consiguió revertir una situación que pudo ser fatal.  Pero el corazón estaba lesionado y era cuestión de tiempo que no fuera a más hasta incluso impedir el movimiento a causa de que el esfuerzo no podría ser soportado. Después de varias soluciones que alargaban la problemática, no quedó más remedio que someterla a una operación para colocarle las válvulas que podrían facilitar el tránsito de la sangre en su corazón de manera fluida para obtener una adecuada oxigenación y volver a un estado de vida normal.  La operación fue bien.  Se realizó en mayo de 2007.  Tenía Josefina 73 años y se abría así un período con posible calidad normalizada.  Pero cada hito en la vida se apoya en el destino, parece ser, y después de la intervención sufrió un ictus que cambió de objetivo las esperanzas.

Gregorio tuvo que volver a demostrarse que era un hombre de palabra con el compromiso, la honradez y la entrega incluidas en su ADN. Él se dijo que ahora tenía que dar la talla y así cambió su meta de vida cómoda y descansada por una transformación vital que le dio el rol de cuidador durante nada menos que nueve años. Más que cuestión de honor fue cuestión de amor.

La generación de Gregorio se fundamentó en patrones de comportamiento absolutamente distintos para el hombre y para la mujer.   En el matrimonio habían adoptado tácitamente esos patrones sin que nada ni nadie pidieran otra actitud.  Cuando Josefina enfermó, con el ictus del que ya no pudo recuperarse, a pesar del empeño médico y familiar en ello, Gregorio comenzó a asumir su nuevo rol de amo de casa junto al de hombre proveedor.  A los 76 años, su modelo de funcionamiento se llenó de cacerolas, carros de compra, fregonas, bayetas y productos de limpieza, mientras aprendía más y más qué debía hacer para ser el mejor cuidador del mundo, el mejor cuidador de su mujer.  Se habían casado en 1960.  En 2010 pudieron celebrar los 50 años de matrimonio.  Habían visto cómo crecían sus hijos, con sus estudios, sus buenos puestos de trabajo, sus bodas, los nietos, los biznietos... 50 años que les habían dado la vida desde aquel compromiso que nació aún mucho antes, en 1948, cuando se prometieron en aquel corral de la calle del Salvador, enfrente de la carnicería de Manolete y con la tía Felisa vigilante.

El cuidado de Josefina supuso un tránsito por centros de día y residencias que Gregorio asumió desde la aceptación y la entrega, siempre con la esperanza de que tal o cual fisioterapeuta descubriera tal o cual ejercicio, que tal o cual logopeda descubriera tal o cual práctica que devolviera a Josefina el estado que pudo mantener apenas unos días después de la operación, hasta que el dio el ictus.

No faltó un día Gregorio a su cita con Josefina, con mimo y cariño, con entrega y dedicación, llevando escondidas en el bolsillo aquellas bebidas reconstituyentes que no le daban en las residencias, o esa golosina que siempre agradecía con una sonrisa que le iluminaba sus ojos azules.

Josefina falleció el 23 de enero de 2016. 

Hasta ese día, a la par que su labor, Gregorio celebraba con emoción los títulos universitarios de sus nietos, que superaban a los de sus hijos, con su emigración mucho más allá de Sabiñánigo para abrir la familia al mundo, el nacimiento de sus biznietos...

Hace poco vendió el apartamento de Salou.  Quizá se le pudo caer alguna lágrima, pero tuvo convencimiento y aceptación, vive el tiempo y la época que le toca vivir y mira valiente, como siempre lo fue, como cuando se enfrentaba a un penalti o a un novillo, hacia el aquí y el ahora.  Ha cumplido 93 años. Recuerda dónde estuvo cada una de las tres carnicerías, sus viviendas, los nacimientos de cada hijo, los bordillos de la plaza Utrillas, las leyendas del palacio de Larrinaga, las entradas al Matadero Municipal, el cine Roxy, las butacas de madera de La Salle Montemolín, y allá a lo lejos, aquella carnicería de Ángel, o más aún, la torre Olivera, donde su madre y su abuela le obligaban a comer verdura.

Epílogo de "Otoño contigo"

Epílogo de "Otoño contigo"

Hasta aquí llega Otoño contigo, selección de relatos como seres de otros mundos, que presenta ese título con aroma a petricor, color amarillo y dulce preámbulo para la época más cálida de la existencia en este mundo.

En 2011, cumplidos los 50 años de vida, recogí mi obra literaria en una compilación que titulé En medio de la vida, nacida de una catarsis. Han pasado doce años, unidad de un reloj, de un año y de las leyes mágicas del universo.

Hace tiempo que vengo en transición (diferente de la catarsis) y ya termina. Llegamos a ser otros, quizá otros más, cuando vamos cruzando los puentes.

Estas has sido las colecciones de relatos publicadas:

  • Arañazos
  • Epistolario de un oficinista (selección)
  • El juego de las sillas
  • Cuentos de Luz
  • Fábulas de Montemolín
  • Qué cosas tienes, Ceferino
  • Inútiles directivos
  • Mujeres que llenan mis noches
  • No es cierto que las madres son maravillosas (selección)
  • Hemistiquios
  • Nada es como tu nombre
  • Evangelios mágicos (selección)
  • Amando a mares (selección)

En total han sido más de ciento setenta relatos en cuarenta y dos años, de diferentes temáticas, extensiones y técnicas narrativas, es decir, eclécticos, tal como he calificado mi estilo cuando me han preguntado.  Podría ser también variado, diverso o heterogéneo.  He deseado desde mis primeros escritos repetirme lo menos posible y así fueron surgiendo con esos estilos diferentes, e incluso pretendidamente originales, con las que contar mis imaginaciones y mis intuiciones, ingredientes en la marmita que Juan Rulfo asigna a la creatividad (junto con la voluntad, el trabajo y el esfuerzo).

Me he ocupado, no mucho tiempo, en hallar en lo escrito una división por etapas, y lo he conseguido, salpicado de cierto escepticismo… pero he descubierto algunos hitos que podrían marcar también un giro, cambio o revolución en mi contenido literario.  La incluyo en el prólogo y la transcribo aquí:

“la más antigua recorrería los años de 1981, fecha del primer relato, a 1994, año en que viajé a Argentina; la central, que ocuparía el período hasta 2011, cuando decidí hacer la recopilación En medio de la vida; y la tercera desde ese año hasta 2023.”

Trece, diecisiete y doce para cada una de ellas, respectivamente.  

Ciertamente, este año que está concluyendo ha supuesto, por varias razones, una evolución vital, más allá de la literaria, pero, por tanto, también literaria.  Guardo tres poemarios y una novela en el cajón, que han ido naciendo desde principios de 2022 a estas fechas.  Serán las obras de paso, y así entro en esa cuarta etapa incierta, pero atractiva; el mundo sigue, nunca se detiene, y juego con ventaja, porque lo sé.

 

José Antonio Prades

8 de noviembre de 2023