Blogia

Molintonia

Reseña de contraportada de 'Los últimos catorce años'

Los últimos catorce años de la dictadura franquista son los primeros del narrador de esta historia; a través de una visión íntima de los acontecimientos que vivió, nos sumergiremos en  la vida de tantos protagonistas como familiares y amigos que influyeron en el crecimiento del cronista.

Con esta obra en nuestras manos, estamos invitados a sentarnos a la mesa de unos personajes que, inconscientes de su relevancia,  tejieron el devenir de un país; seremos testigos de un documental intrahistórico, nos convertiremos en acompañantes de un testimonio que da fe de cuarenta años de la historia española.

Asistiremos, como en un escenario y no en un patio de butacas,  a lo que fue la realidad social de una época, un escenario con un entorno sombrío y cerrado, ese barrio pequeño cuyos límites quiere superar el protagonista para conquistar el exterior con la esperanza.  Viviremos los juegos infantiles, los sistemas educativos, las relaciones con los amigos, los avances sociales de la familia, la aplicación del esfuerzo y la dignidad... es decir, el despertar paulatino a la liberación con unas condiciones que ya no se van a repetir:  la guerra civil, los años del racionamiento, la infancia en los años 60, la adolescencia en los 70... épocas irrepetibles que quedaron como únicas y que es necesario contar.

Acepta el convite y entra al recuerdo y a la reflexión en estas páginas salpicadas con perlas de un pensamiento de ternura y sensibilidad que aspira a cambiar las cosas.

 

El proceso creativo de 'Los últimos catorce años'

El proceso creativo de 'Los últimos catorce años'


Leyendo la reseña de contraportada de la novela ‘El mundo’, de Juan José Millás, sentí por dentro una llamada inhabitual.  Dice así:


“Hay libros que forman parte de un plan y libros que, al modo del automóvil que se salta un semáforo, se cruzan violentamente en tu existencia. Éste es de los que se saltan el semáforo. Me habían encargado un reportaje sobre mí mismo, de modo que comencé a seguirme para estudiar mis hábitos. En ésas, un día me dije: «Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina.» Entonces se me apareció el taller, conmigo y con mi padre dentro. Él estaba probando un bisturí eléctrico sobre un filete de vaca. De súbito, me dijo: «Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.» Comprendí que la escritura, como el bisturí de mi padre, cicatrizaba las heridas en el instante de abrirlas e intuí por qué era escritor. No fui capaz de hacer el reportaje: acababa de ser arrollado por una novela.”


 La compré, inevitablemente, bajo esa ínfula de un premio Planeta, y la disfruté con paciencia, sobre todo su primera parte.  Corría el mes de diciembre del año 2007 y acababa de reconvertirme en habitante de Zaragoza después de catorce años residiendo lejos, en Buenos Aires y en Madrid. Volver a casa remueve aguas profundas, cuya claridad depende de los aconteceres, o más bien de las sensaciones, que te provocaron la salida y el regreso.  En lo referente al germen de la novela, pretendí hacer luz en un pasado que volvía -que debía volver- para fijar mi nueva posición en mi antiguo entorno desde un mirador que no era tan conocido como yo creía.  Ni aquella Zaragoza ni aquellas gentes eran las mismas de tantos años atrás.  Y yo quería que lo fueran.  O eso sentía, que no es garantía de verdad irrefutable.Entré en vaivenes interiores movidos por acontecimientos inesperados y sobre todo indeseados.  Y esos vaivenes fueron aprendizajes que marcaron mis caminos dejando muescas muy reconocibles.

Pero no me puse de inmediato a redactar lo que aquellas páginas de Millás me inspiraron.  Pasó mucho tiempo y corrieron varias influencias para llegar a la novela a la que se refieren estos párrafos. A los meses, cayó en mis manos, como por ensalmo, ‘Autos de choque’, de Rodolfo Notivol, con quien comparto edad, orígenes y recuerdos aventureros de barrio.  ‘Autos de choque’ es una reunión de relatos relacionados casi a modo de novela, ambientados en el entorno de ese barrio que Rodolfo y yo compartimos, y en el que había localizado mis ‘Fábulas de Montemolín’ (nuestro barrio) como fogonazo de nostalgia desde mi Buenos Aires querido.  Por medio de Rodolfo conocí a Félix Romeo, un incansable agitador cultural, algo más joven, pero perteneciente a nuestra generación, originario del barrio de Las Fuentes, allí donde se ubicaba mi club de fútbol de toda la vida, Santo Domingo de Silos, en cuyo colegio Félix estudió y en torno al cual ambienta su novela ‘Dibujos animados’.  La leí. Otro aviso para navegantes de mi barco.

Atravesé una crisis creativa de más de tres años que ocupé en reunir mi obra escrita. Esa inmersión en mi pasado literario removió dulzuras y amargores en el recuerdo de quién había sido, esa persona que había decidido escribir por tantos motivos y por tantas intenciones.Mientras tanto, mi entorno familiar iba llenándose de una necesidad de fortaleza que sólo puedes encontrar si la iluminas con amor.  Y amor tuve caminando por un sendero repleto de maravillas dolorosas que seguían orientándome hacia un destino incierto.  Es decir, la introspección fue imprescindible y substancial.

Visto desde hoy, el camino se ilustraba de hitos y etapas que dejaban pistas de lo que alguien, no supe quién, quizá el universo, me señalaba como objetivo: escribir esta novela.La confirmación llegó consistente cuando asistí a la presentación de ‘Entresuelo’, una autobiografía del escritor aragonés Daniel Gascón.  Más o menos, diciembre de 2013.  Y se precisó con la lectura de ‘Informe del interior’, de Paul Auster.  En ambas obras, los autores hacen su recorrido personal por la memoria del propio crecimiento que marcó sus vidas.No había vuelta atrás.Comencé a escribir la novela a principios de 2014, con la intención de mostrarme y mostrar qué hubo en mis años de infancia.  Antes, había buceado en tono autobiográfico con ‘Jugué al fútbol’, con ‘Fábulas de Montemolín’ y con ‘Mujeres que llenan mis noches’, ejercicios prodigiosos que no llegaron a ser plenos.  Revisar esas tres experiencias creadoras me ayudó a visualizar lo que en su momento no supe, o no pude, o no quise, reflejar del todo, porque las encontré cubiertas de esa pátina de ocultamiento que a veces nuestra mente nos obliga a colocar en la expresión de la memoria para evitar dolores del ego o del corazón.  Comprendí y descubrí todas mis excusas y quise enjugarlas con ‘Los últimos catorce años’.

Elegí pronto el título, que nació de varias influencias muy diferentes entre sí.  Las dos más relevantes fueron: una por mimetismo con ‘El último encuentro’, de Sandor Marai, que leí en esos días, y otra por enlace con el primer cuento (La mora) de ‘Mujeres...’, que termina con la muerte del dictador Franco, en 1975, con mis catorce años de edad, hito que siempre mis padres marcaban como clave para otorgarme autonomía y responsabilidades.  Relacioné ambos hechos y así surgió esa mixtura entre el período final del régimen y mis años de acercamiento hacia la madurez.

El contenido debía partir de mi memoria, ese almacén maldito que juega a iluminar más o menos sus estanterías, según criterios que algunos llaman el inconsciente.  Hubo compulsión creativa, como debe ser cuando quieres narrar desde las entrañas, y aprendí a usar el bloc de notas de mi teléfono móvil, donde apuntaba esos recuerdos que aparecían con escasa angulación y movimiento giratorio.

Di a leer esas secuencias y sensaciones a mi familia cercana, indagué más en hechos que no conocía al detalle, viajé con mi padre a sus lugares de infancia... Escribí el primer capítulo sin entender de dónde me llegaba esa composición estilística que los párrafos desprenden: continuas idas y vueltas en el tiempo, con un movimiento elástico que dispara los recuerdos, que los repliega después hasta ese centro del momento, intemporal que se va gestando desde el pasado y el futuro.  Llegué a creer que el tiempo es biunívoco, que quizá no es lineal, o no existe, o se condensa, o nos lo inventamos nosotros para poder ordenar lo que debemos vivir.  Puede ser debido a que en aquella época había comenzado mis prácticas de meditación, en las que aprendes a leer tu mente y concluyes que toda su vorágine es absolutamente innecesaria.  Llamé a mi herramienta aplicada como de ‘pensamientos encadenados’.

Y en esas estaba cuando llegó a mis manos el ‘Informe del interior’ citado.  Paul Auster remarcó el uso de la segunda persona para escribirse a sí mismo en ese trayecto para adentro, usando esa voz casi ajena, casi propia -de su otro yo parece ser-, desde la que construye su observación reflexiva.  Rehíce  el primer borrador de mi novela de principio a fin y quedé satisfecho de la impresión que supuse provocaría a quien se atreviera a leerla.

A 17 de noviembre de 2014, cumpleaños de mi padre, di por finalizada esa versión inicial.

Reposó. La leyeron algunos familiares y amigos más, recibí varias sugerencias y benevolentes críticas, algunas muy agradecidas, como la de quien le recordó a ‘Nada’, de Carmen Laforet, o los primeros capítulos de ‘La ciudad de los prodigios’, de Eduardo Mendoza.

Casi un año después de aquella primera culminación, falleció Esther, a quien le dedico esta novela, porque la leyó con un interés lleno de cariño y me dio los mejores consejos para hacerla, y hacerme, más comprensible.  Hay revoluciones del destino que son acicates para entender que estamos aquí con una misión ineludible, y que nuestra felicidad depende de que, consciente o inconscientemente, la descubras y la lleves adelante.  No me importa la duda, no sé si lo que sigue nació de ahí o de un retortijón de mis intestinos... la cuestión es que cuando la releí para enviarla a una editorial, cada párrafo me inspiraba una reflexión que surgía como lava que pugnaba por salir al exterior.  De ahí nacen esas líneas tan intimistas, llenas de mis preguntas o respuestas que pueden ser duda, mentira o verdad, no me importa, y que se derramaron ineludiblemente entre cada punto y aparte de mi historia para nutrirla, o nutrirme, de una percepción más consciente del mundo, o de mi mundo.

Ça y est.  Es para ti.

29º Bocadito - Luis Buñuel: el cine es un sueño dirigido

29º Bocadito - Luis Buñuel: el cine es un sueño dirigido

En este día que brilla en el calendario más que la luna llena hablaremos de Luis Buñuel, de la mano de Vicky Calavia.

 El cine es un sueño dirigido. Esta frase tan visionaria como cierta es del director turolense don Luis Buñuel, nacido en Calanda con el siglo XX, un 22 de febrero de 1900, y que desarrolló su obra entre España, México y Francia.

Alabado y admirado a partes iguales por directores de la talla de Woody Allen o David Lynch, Buñuel es el maestro de los mundos oníricos, el mago de los sueños hechos cine, el demiurgo de las fantasías del inconsciente humano plasmadas en un haz de luz y de misterio.

Para Buñuel el cine es también un instrumento de poesía, una alternativa moral, un medio de expresión de los sueños y de sus códigos éticos.

Obsesionado y fascinado por la muerte, la religión y sus restricciones, la noción de erotismo unida indisolublemente al pecado, el fetichismo de los pies femeninos, la frustración de los deseos, los celos, el universo filosófico y moral de Sale, el comportamiento de los insectos, los celos elevados a psicosis, sus amigos surrealistas, el dadaísmo, Ramón Gómez de la Serna, el anticlericalismo, la libertad y el azar, la fe y la duda…

De costumbres monacales, don Luis es también un puritano, a quien le horroriza mostrar sexo explícito en sus películas y le produce un profundo asco ver un beso apasionado en la pantalla; un “macho español”, amante del vino y de las largas tertulias, rodeado siempre de sus amigos, mientras Jeanne, su mujer, come sola en la cocina sin piano…

Sin embargo Buñuel siente el amor como la mayor fuerza creativa y destructiva del hombre, ante la imposibilidad del auténtico sentimiento amoroso, inalcanzable, sólo plasmado en ese amor fou que lleva a la muerte o al suicidio…

Su legendaria sordera es su arma personal para aislarse del mundo cuando prefiere no saber, o hacer oídos sordos a comentarios desafortunados de periodistas y colegas, a quienes gasta bromas marca de la casa, quizás para evadirse de la monotonía y la zafiedad que a veces nos rodea. Es lo irracional e inesperado irrumpiendo en la vida cotidiana, bienpensante y burguesa, poniendo todo patas arriba y en tela de juicio nuestras costumbres sociales, políticas, religiosas, familiares y morales.

Trabajador incansable, llega a realizar a ritmo frenético hasta tres películas al año, abarcando una filmografía entre 1929 y 1977 de 33 títulos. Todos ellos en colaboración con grandes figuras de la historia del cine, desde el productor Gustavo Alatriste, el director de fotografia Gabriel Figueroa, las actrices Silvia Pinal, Caterine Deneuve o Jeanne Moureau, los actores Paco Rabal o Fernando Rey, los guionistas Julio Alejandro y Jean Claude Carriere... hasta amigos anarquistas y productores ocasionales como Ramón Acín…

Si me dijeran: te quedan veinte años de vida, ¿qué te gustaría hacer durante las veinticuatro horas de cada uno de los días que vas a vivir?, yo respondería: dadme dos horas de vida activa y veinte horas de sueños, con la condición de que luego pueda recordarlos.

El 29 de julio de 1983 fallece Luis Buñuel Portolés en Ciudad de México. Su último suspiro es una confesión al oído a Jeanne: Ahora sí que muero.

Simón en el desierto predica mientras una devota Viridiana reza subida al cielo, donde la espera Nazarín, que camina hacia abismos de pasión con la mutilada Tristana, acompañados por un perro andaluz, de edad de oro. En el gran casino el gran calavera confiesa que Susana es la hija del engaño, una mujer sin amor que ilusionada viaja en tranvía hacia Las hurdes, esa tierra sin pan, donde los olvidados del mundo ensayan un crimen de muerte en el jardín. La joven ungida por el angel exterminador se adentra en la via láctea al caer la aurora, soñada por Robinson Crusoe y leída por Belle de jour en el diario de una camarera, con ese aroma inconfundible del discreto encanto de la burguesía. La libertad es un fantasma, un oscuro objeto del deseo... ese deseo, Él, siempre el deseo…

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

28º Bocadito - El culto a lo vacío / El retrato de Dorian Grey

28º Bocadito - El culto a lo vacío / El retrato de Dorian Grey

En este día que brilla en el calendario más que la constelación de Orion, de la mano de nuestro buen amigo Alfredo Moreno, hablaremos de la película El retrato de Dorian Gray, del director Albert Lewin, que realizó solamente dos películas, ambas sobresalientes.   La otra es Pandora y el holandés errante, comentada en un bocadito anterior. 

Albert Lewin escribió y realizó en 1945 la que, hasta la fecha, es la mejor adaptación de la inmortal novela de Oscar Wilde. Se ha dicho a menudo que se limita a copiar fielmente los diálogos de la novela y a mutilar diversos fragmentos y reflexiones. Injusta valoración propia de quien critica el cine según un modelo meramente literario y no cinematográfico, por no mencionar el hecho de que sería estúpido pretender adaptar la obra, como han hecho todas y cada una de las versiones posteriores, sin incluir las magistrales conversaciones que escribió Wilde, en las cuales reposa la mayor parte de la carga filosófica, moral e intelectual de una obra maestra de la literatura.

La historia es bien conocida: Dorian Gray (interpretado por Hurd Hatfield) es un elegante y sofisticado joven de la alta sociedad londinense cuya belleza angelical no pasa desapercibida para las mujeres y cuya fortuna permite que su futuro matrimonial sea objeto de interminables polémicas en los salones de té de las damas de la aristocracia. Esa belleza no le pasa inadvertida a Basil Hallward, un pintor en horas bajas que descubre en el rostro de Dorian el vehículo para la realización de un retrato perfecto. Dorian, complacido en su vanidad, accederá a ello y acudirá con frecuencia al estudio del pintor, donde conocerá a un cínico y sarcástico lord llamado Henry Wotton (interpretado por un impecable, absorbente, magnético George Sanders), que se ve inmediatamente atraído por la personalidad de Gray y por el efecto que una belleza tan perfecta ejerce en él mismo y a su alrededor. La amistad (o mejor dicho, dependencia) que surge entre ambos les lleva a compartir innumerables veladas.  La vanidad de Dorian, su propia frustración al comprender que su éxito social se debe a su belleza y no a quien realmente es él bajo la capa de piel que lo cubre, le hará formular en voz alta el deseo de permanecer siempre hermoso, pacto implícito con el diablo que se cumplirá y que hará que durante más de veinte años sea el retrato de Basil, y no él, quien sufra las consecuencias del paso del tiempo, pero también de la decadencia moral en que se sumirá el propio Dorian en su lucha por conservar a la fuerza los efectos de una belleza que no era tan exterior.

La relación entre ambos, esa homosexualidad latente con tendencia a la dominación, sirve para la introducción de todas esas píldoras de sabiduría de las que la novela es una interminable fuente de la que extraer aforismos. Experiencia es la palabra con la que llamamos al conjunto de nuestras equivocaciones.  En especial, el personaje de George Sanders es un continuo altavoz de genialidad del que a cada momento emanan axiomas metafísicos y existenciales.  Lord Henry, cual Pepito Grillo del averno, es la voz de la conciencia del propio Dorian que lo inclina al mal camino de la explotación sin límites de su narcisismo, y a la persecución continua de una acumulación de satisfacciones con la belleza exterior como única raíz.

Así, Wilde nos habla de la perversión del culto a la belleza como único ingrediente de la vida o del arte… de la belleza o más bien de la superficialidad.  Critica la vanidad y la autocomplaciencia, no ya de quienes son tan débiles de dejarse arrastrar por tales valores, sino de quienes dejamos que sean los que gobiernan una sociedad corrupta y podrida donde se exalta lo vulgar, lo feo y lo vacío, que Lewin traslada acertadamente con esa atmósfera entre gótica y onírica que salpica toda la película y que está emparentada con los ambientes de horror de los cuentos de Edgar Allan Poe.

En particular, la habilidad de Lewin para la utilización de los escenarios como acertado complemento del retrato interior de cada personaje resulta notable, así como la pormenorización en determinados objetos que sirven para marcar pautas narrativas, ya sea, por ejemplo, el propio retrato, en el que, sobre todo al principio, se sugieren las primeras mutaciones en su constitución moral con la utilización de distintos ángulos de cámara, como en el uso del color y su contraposición al blanco y negro predominante en la cinta, o esa estatuilla de un ídolo egipcio cuyo plano de detalle aparece siempre que se invoca el pacto diabólico que Gray ha urdido con la providencia y el paso del tiempo.

La recreación de la atmósfera y de la tensión narrativa nos hace pasar sucesivamente del terreno del drama de época al suspense criminal y de ahí al cuento de terror gótico precursor de otras cinematografías más recientes, al mismo tiempo que en esencia conserva los parámetros críticos que Wilde plantea en su novela, su agudo retrato de las debilidades del ser humano, de sus ambiciones, anhelos e imperfecciones, de su moral a la carta, todo adornado con un ingenio que inquieta a la vez que hace sonreír tanto por el poder y la fuerza irreprochable de sus argumentos como por la sutil ironía que suele acompañarlos, una vez más, gracias a la magnífica interpretación de Sanders, muy por encima en su papel de cualquier otro actor de la cinta.

Una magnífica película, estupenda adaptación de una todavía mejor novela, imprescindibles ambas para mirarnos al interior de nosotros mismos y reflexionar acerca de conceptos tan vigentes hoy en día como la hipocresía, la moral colectiva, los valores y costumbres inducidos a través de la llamada “aceptación social” y la superficialidad utilizada como anestesia a través de la cual confundir la falta de reflexión, de duda, de pensamiento, con la ansiada felicidad.

Bocaditos de cine recomienda el blog de Alfredo Moreno 39escalones.

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

27º Bocadito - BLADE RUNNER, el replicante rebelado

27º Bocadito - BLADE RUNNER, el replicante rebelado

En este día que brilla en el calendario tanto como Marilyn Monroe, nos iremos con Alfredo Moreno al año 2019 para encontrarnos con Ridley Scott y Harrison Ford en un mundo delirante con Blade Runner.

En 1968 el reputado autor de novelas de ciencia ficción, Philip K. Dick publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Catorce años después apareció una mente cinematográfica y un bolsillo con 28 millones de dólares para adaptar a la pantalla esa obra, si bien la acción en la película no se situó en 1992 como en la novela, sino en 2019, como quien dice, pasado mañana. El resultado fue una de las obras maestras, quizá la mayor, del género de la ciencia ficción.

En una futurista Los Ángeles, habitada en su mayoría por asiáticos, repleta de publicidad electrónica (verdadera publicidad, pues fue incluida en la película para financiar en parte los enormes costes) y donde no se ve ya la luz natural del día a causa de la extrema polución y la contaminación lumínica, la empresa Tyrrel Co. ha desarrollado una nueva especie de androides, llamados replicantes, la más perfecta ideada hasta entonces. Sus prestaciones son magníficas, resultan absolutamente humanos en todas sus acciones y formas de razonar. Para prever errores y sobresaltos ante posibles ansias de autonomía de estas máquinas, el fabricante les ha instalado una vida máxima de cuatro años. Sin embargo, este robot ha alcanzado tal grado de perfección que muchos expertos consideran que su cerebro artificial es tan exacto al humano que las máquinas son capaces de elaborar sus propias respuestas emocionales.

Un grupo de seis replicantes se fuga de una colonia especial y creen que han vuelto a la Tierra.  Deckard es un antiguo policía de una brigada destinada a la eliminación de los replicantes que cometían actos no programados por errores de funcionamiento.  El nombre de esta brigada es el título de la película: Blade Runners. Sus jefes lo reclaman para capturar a los fugados.

El dilema de Deckard por eliminar a unos androides con emociones y sentimientos plenamente humanos y que luchan por su supervivencia es la premisa del drama de la película.

Abundan los libros y artículos dedicados al turbulento rodaje de esta gran obra, a las malas relaciones de Harrison Ford y la insípida Sean Young (de hecho, en la escena de amor entre ambos, el forcejeo entre ellos es auténtico, real, no fingido), las protestas de los técnicos por el agotador ritmo de trabajo, o la falta de química entre el director y el propio Harrison Ford. Ello, unido al fracaso económico del estreno y al desconcierto que causó en la crítica, hizo crecer la rumorología y la mitomanía acerca de esta película, que pasó a engrosar las filas de las llamadas películas malditas. Sólo para un reducido grupo de críticos y aún más reducido grupo de espectadores la película era valorada en su justa medida, pero la aparición en 1992 de un nuevo montaje dirigido por Ridley Scott, en el que se añaden algunas escenas, se completan explicaciones y se da una nueva versión del final, colocaron por fin a la película en el lugar que le corresponde en la cinematografía mundial.

Como mayor virtud de la cinta podemos destacar el formidable diseño de producción para ofrecernos una ciudad futura completamente desolada, iluminada artificialmente, repleta de gases, vapores, atestada de gente y sumida en la lluvia ácida. La riqueza de la simbología de la película ha dado pie a multitud de literatura, incluso más que sobre los pormenores del rodaje. Para muchos se trata de una película que habla de la religión, ocupando Tyrrell el lugar de Dios, que crea las máquinas a su imagen y semejanza humanas, con una vida limitada, un valle de lágrimas como el anunciado por los monjes medievales, y con un contador temporal limitado, mientras a lo largo de esa vida limitada él observa desde su promontorio tecnológico el discurrir de sus tristes e insignificantes vidas.

Igualmente, la película tiene la virtud de aunar sin que chirríen dos géneros en apariencia incompatibles, el cine negro y la ciencia ficción, creando un efecto sensacional. Ford se quejó de su mera presencia como monigote en los magníficos decorados de Scott, y su desconcierto, tampoco fingido sino real al no entender cómo y dónde debía moverse en cada escena, le confieren un matiz de desorientación y presencia atormentada a su personaje difícilmente conferibles de otro modo.

Varios cabos sueltos del guión contribuyen a acrecentar el tema de la película: el verdadero sentido de la vida, el por qué: ¿cuál es nuestra naturaleza? ¿por qué y para qué estamos aquí? ¿por qué tenemos que morir? ¿por qué hemos nacido? ¿cuál es nuestra función en el paso por la vida? Aparecen la ciencia ficción y unas máquinas para plantear cuestiones existenciales que son profundamente humanas, a las que se ha intentado dar respuesta con la ciencia, la filosofía y sobre todo a través de la religión, y que a día de hoy, siguen suponiendo una frustración imposible de solventar,

Una explicación al éxito en vídeo y DVD es que la cantidad y calidad de las imágenes que ofrece la película es tanta que muy pocos suelen conformarse con verla sólo una vez.  Rodada en decorados humedecidos por la lluvia y la neblina que caracterizan esta película en la que apenas se ve el sol, “Blade Runner” unió el alma caótica de Nueva York, Londres, Bangkok y Hong Kong en un diseño visual mil y una veces imitado desde entonces y bautizado como ciberpunk, mezcla de tecnología y marginalidad existencialista.

La película es una experiencia visual sensacional, pero también musical. A destacar la hermosa música del compositor griego Vangelis. Al final de la película se solapan el tema de amor que sirve de motivo a lo largo de toda la cinta y la famosa sintonía de un programa de documentales de La 2.

Bocaditos de cine recomienda el blog de Alfredo Moreno 39escalones.

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

 

Reseña de El refugio de las golondrinas, de Paula Figols

Reseña de El refugio de las golondrinas, de Paula Figols

El refugio de las golondrinas, de Paula Figols

Ediciones Anorak (2014 y 2017)

210 páginas

Uno de los libros que he leído últimamente y que más me ha envuelto en esa burbuja mágica de la buena literatura es ‘El refugio de las golondrinas’, de Paula Figols, periodista zaragozana, editado por Anorak en 2014 y del que aparece una segunda edición.

Es una novela delicada, dulce, salpicada de matices que he apreciado con profundidad porque el conocimiento del entorno, la plaza de San Felipe en Zaragoza, me ha llevado a imaginar con solidez en los recuerdos.  En sus descripciones he revivido establecimientos como los que describe, y he vivido su desaparición tal como la describe.  También he coincidido en esos gustos de los protagonistas que aparecen a modo de mies en el campo: por ejemplo, la primera novela de Benedetti que leí fue ‘Primavera con esquinas rotas’, y también considero ‘La tregua’ como la más tierna historia de amor jamás contada.  Fui lector de Los Cinco, aunque me gustaban más los Siete Secretos y Los Cinco Pesquisidores de la misma autora.  Soy adicto a Casablanca, la película (‘Siempre nos quedará París’), volé con Atreyu (’La historia interminable’) y estoy enamorado de esa plaza de San Felipe (me casé en su iglesia), voy a menudo por la Hipólita, qué ricas tartas, y quise ser ese muchacho que mira al infinito sentado en el suelo. Ah, tengo como referencia de personaje a miss Lunatic (que ‘actúa’ en Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite) para incluirla en mi proxima novela.

Llegué a esa novela a través de Inma Ceamanos, la bibliotecaria de Alfamén, quien me prestó el libro tras una tertulia especial, con cierto privilegio porque no tuve que rellenar la ficha obligada y no me dio plazo de devolución.  Me lo recomendó fervientemente, recordando otra tertulia que hizo por allí la autora. 

He disfrutado del encantamiento de la obra por varias causas, algunas mágicas, pero sobre todo porque me subyugó la voz narradora.  En realidas, son varios personajes los que cuentan, y se dan el testigo para cada capítulo... pero la voz es la misma, tan sugerente con ese cándido deambular por las historias.  Tiene un poso nostálgico y, como alguien puso en su blog, quizá podría haberse cambiado el final... pero no, cada cosa termina como termina, y no añado más para no destripar los cierres (me niego a escribir el palabrejo inglés de moda).

La plaza de San Felipe se quedó con ese chico con gorra, de tacto frío y mirada ausente, con la veleta oscura allá arriba, mientras cerraba el libro y lo acariciaba contra mi pecho, queriendo que su aura se uniera con la mía para sentir juntos el universo que habíamos creado en estos meses.  Éste es mi termómetro para calibrar la buena literatura.

 

El sentido común de los recursos humanos

El sentido común de los recursos humanos

Seguro que usted pertenece o ha pertenecido a un grupo o equipo del que, con su actuación, se espera obtener un resultado tangible.  ¿Se ha preguntado alguna vez si ese resultado habría sido mejor, peor, o simplemente distinto, si hubiera estado dirigido de otra manera?

Los métodos de motivación para implicar a las personas en una tarea han evolucionado a lo largo de los tiempos en función del avance de cada sociedad.  Desde el esclavismo hasta las teorías actuales sobre la gestión del talento, hemos pasado por muchas prácticas encaminadas a conseguir de las personas su mayor aportación.

Hoy, para quien pertenezca a una organización empresarial, la principal referencia sobre su contrato laboral, que es la fijación del entorno jurídico donde implícitamente se aloja su motivación, aparece en las Jefaturas de Personal, en algunos casos llamadas Direcciones de Relaciones Laborales, o de Relaciones Industriales, o de Recursos Humanos.

Desde la década de los 50, como consecuencia de prácticas desarrolladas en la Segunda Guerra Mundial, y posteriormente con desarrollos de la psicosociología industrial, comenzó a estudiarse la motivación en el trabajo como una cuasidisciplina independiente, con tratamientos y análisis que llenarían varios metros de librerías.

¿Está usted motivado en su trabajo?  Si ahora pudiera escuchar su respuesta, seguiría preguntándoles ¿por qué?  Sé que recibiría respuestas dispares, porque cada persona tiene objetivos diferentes.  En la mayoría de los casos, las razones no responden al contrato legal que le une a la organización.  Permítame encuadrarlas en el contrato psicológico, que viene a significar el pacto tácito que cada persona realiza con su empresa (sea representada por la Dirección, por el Jefe de Personal o por cada Jefe) sobre lo que esperan obtener el uno del otro de la implicación individual en el proyecto.

Casi todo el mundo trabaja para sobrevivir.  Esencialmente, la motivación para trabajar es la recompensa económica por estar disponible unas horas al día ante el empleador.  Esa disponibilidad es administrada por el empresario o sus representantes para conseguir un resultado… pero ¿pensando sólo en la nómina de fin de mes puede conseguirse el mejor resultado?  Claro que no.

Volvamos al contrato psicológico.  Puesto que cada persona es un ser social, al incluir sus objetivos en un grupo, busca metas de socialización: sentir la propia valía, pertenecer a un equipo triunfador, realizar mayor aportación…  En la medida en que esos objetivos sean cumplidos, la identificación con el grupo y con sus resultados crece y, con ella, el deseo de trabajar para él.  Cuanto mayor sea el cumplimiento del contrato psicológico, mayor satisfacción y mayor productividad.

Tradicionalmente, las empresas han basado sus políticas para las personas en normas y procedimientos cuya lectura subliminal trasluce la mayor probabilidad de que casi nadie quiere trabajar, o que quien quiere hacerlo sólo desea ganar más.  Por lo tanto, es necesario asustar con el posible castigo.  Así sería lo explícito, pero lo implícito también existe…  Seguro que cada uno sabe cómo debe comportarse para caer bien a quien decide sobre él, ya sea para que no le despidan, que le renueven el contrato, para promocionarlo, para encomendarle un trabajo más cómodo o para darle un bonito lugar con vistas al parque. 

Estamos en un período de cambio, donde las nuevas generaciones han crecido en un entorno social cada vez más distinto.  Centrándonos en nuestro país, los actuales dirigentes de empresa crecieron en entorno autoritarios, donde la disciplina, el silencio y la sumisión eran los valores implícitos imperantes.  Pero los nuevos actores del mercado de trabajo han crecido en la libertad, la protesta y la autonomía.  Ahora, los primeros haces de jefes… los segundos, de subordinados.  Me pregunto: ¿es posible entenderse entre un elefante y un tigre?

Son necesarias nuevas prácticas para los nuevos tiempos.  Cada vez más, los jóvenes prometedores tendrán más posibilidades de elegir a qué organización quieres pertenecer según les satisfagan las cláusulas del contrato psicológico.  Y ¿quién no quiere tener a los mejores en su equipo?  Entonces, quien quiera ser empresa puntera (o quizá quien sólo quiera sobrevivir) deberá proponer cláusulas que se ajusten a los valores de esta generación que no tiene miedo a la inseguridad laboral, que quiere autonomía y no un jefe pesado, que espera aprender y crecer… además de conjugarlo con una adecuada calidad de vida…

Lo que se llama “función de Recursos Humanos” debería dedicar cada día mayores esfuerzos a esta tipología de contrato.  Hoy existen muy pocas empresas que entran de lleno en estas prácticas de gestión de las personas.  Y digo entran de lleno, porque de vacío son muchas más, aquéllas que incluyen en los discursos de las Juntas de Accionistas en boca de un gran Presidente, o Vicepresidente o Consejero Delegado: “…porque nuestro principal activo son las personas…”, para a continuación anunciar lo que ha aumentado la productividad de los empleados, encubriendo maliciosamente que la plantilla ha disminuido en tantas o cuantas personas.

Estas técnicas se llaman Liderazgo, Trabajo en Equipo, Comunicación Efectiva, Motivación, Coaching, Mentoring…  combinadas con herramientas como la Evaluación del Desempeño, la Evaluación 360 grados, la Identificación del Potencial, el Assessment Center… todo ello al alcance de los expertos en la materia que, generalmente, se encuentran en la consultoría o en las grandes empresas.  Pero la mayoría de nuestra actividad económica se realiza a través de las PYMES, donde estas palabrejas son rara avis, y donde en más de una ocasión provocan grandes carcajadas.  Tienen su parte de razón… pero sólo parte.  Resulta evidente que estas técnicas y herramientas conforman un sistema de gestión que sólo es operativo para trabajar con grandes volúmenes de datos.  En una empresa con 50 personas es habitual que el gerente conozca obra y milagros de cada una de ellas.  Pero no es óbice para que su contenido, quizá me atrevo a decir que su filosofía, no se aplique.

Me gustaría que este artículo pudiera dar una modesta aportación a esa aplicación en ámbitos más pequeños que los habituales… aunque antes creo necesario indicar el principal motivo por el que estimo imprescindible esa aplicación.  Desde hace más de cuarenta años se ha estudiado la función social que cumple la empresa, y no sólo referida a la de dar subsistencia y ocupación efectiva a las personas de un colectivo.

A través de la pertenencia a una empresa se socializa la gran mayoría de la población y, en muchos casos, es la única agrupación organizada a la que un individuo pertenece.  Además de la labor de creación de riqueza, la empresa tiene la responsabilidad de la creación de una cultura que nunca se sabe si es causa o efecto de la del ámbito geográfico al que pertenece.

Es innegable que las prácticas de gestión (de mando, organizativas, de relación interpersonal) que se aplican en su seno son transmitidas, casi siempre inconscientemente, al ámbito social externo de sus componentes.  Quiero decir que quien tenga un jefe déspota tiene muchas más posibilidades de ser sumiso cuando en la calle ejerza de “subordinado” o de ser tirano cuando en su entorno ejerza de “jefe”.  Se necesitarían muchas líneas para analizar las interrelaciones de estas influencias en la sociedad, grupo o individuo, pero para que sirva la argumentación me basta con que usted esté conforme conmigo en que existen ciertas posibilidades de que se cumpla la premisa.  He aquí mi justificación para lo que sigue a continuación: si en las empresas se adoptan tratamientos de gestión que enriquezcan personalmente a sus componentes, la sociedad en general saldrá enriquecida como suma sinérgica de la mayor riqueza de los ciudadanos.

¿Cuál sería mi propuesta para aplicar sencillamente aquellas técnicas y herramientas?  Hay un principio en Derecho del Trabajo que sirve para analizar los comportamientos de los trabajadores: el de buena fe.  Ahora me pregunto: ¿cuál es la buena fe del empleador respecto al empleado?  No sólo dar ocupación y recursos para efectuar adecuadamente la tarea encomendada.  Como un buen tutor, debe crear un entorno en el cual pueda desarrollarse una labor que dignifique la tarea y los resultados de las personas que trabajan bajo su responsabilidad… que, bajo el respeto, no sólo permita, sino que incentive y apoye el deseo que todo el mundo tiene de sentirse útil.  Se trataría de premiar y no castigar, de encauzar y no imponer, de felicitar y no abroncar, de unir y no desunir… Quizá sea valentía para tratar a sus empleados como personas iguales que han hecho la elección de invertir su cualificación y su talento en esa empresa para que le dé sus frutos, tanto económicos como de desarrollo personal.  ¿Cómo trataría usted a un socio suyo, a alguien que le ha prestado un bien suyo para colaborar en conseguir un resultado?  Si un empleado, de la jerarquía que sea, recibe ese tratamiento de su jefe o gerente, le garantizo que será muchas menos las veces en que tendrá que recurrir al Estatuto de los Trabajadores o al Convenio Colectivo para resolver un conflicto.  Ya sólo por eso, merece la pena: ese ahorro de tiempo es dinero.

Actuando así, podría entenderse que aplica técnicas modernas de gestión de los Recursos Humanos… cuando en realidad sólo estaría aplicando reglas de sentido común.

Reseña 'La vida que vendrá', de Pilar Aguarón

Reseña 'La vida que vendrá', de Pilar Aguarón

Reseña de ’La vida que vendrá’  - Pilar Aguarón Ezpeleta - Editorial La fragua del trovador, 2017

Las respuestas que damos a la vida se pueden filtrar por la mente, por las  emociones o por el corazón.  Cuando queremos contarlo en modo literario, hay que combinar esos tres filtros con sabiduría.  Me dejo adrede uno que considero fundamental para entender más de una profundidad, el espiritual, pero creo que no ha llegado el momento para exigirlo en esa acción de montaje.  No obstante, creo que aún inconscientemente, como efecto de una energía basada en el amor, Pilar Aguarón tamiza a sus personajes de una textura sensible, que incluso salta el concepto espiritual.

Así lo viví con mi aventura lectora de sus obras anteriores, especialmente en las dos últimas, que se acercan a ese redondeo culminante en el devenir literario de la autora, La casa de los arquillosLas verdaderas historias de amor son pasajeras, ambas publicadas en su sello de preferencia La fragua del trovador, con quien repite ahora en la edición de esta novela tan especial.

En La vida que vendrá, el personaje principal, Irina, inmigrante bielorrusa, es una asesina.  Y sin embargo, no me desdigo de lo escrito en párrafos anteriores.  Incluso otros personajes, como Julio, el marido asesinado, o su padre, con un perfil odioso que a la autora le gusta recrear en su mundo literario, se tiñen de un aura con rasgos de ternura.

Antes de pasar a más anclajes argumentales, es necesario hablar de la estructura de la novela, donde volvemos a apreciar el oficio de Pilar Aguarón para generar el imán de lectura y el ejercicio de imaginación y memoria que es necesario para que el lector se sitúe en el entorno de la historia. Presenta once capítulos, más un epílogo, que se titulan con el nombre de quien narra, decisión que muestra el deseo de que la atención de la trama se dirija tanto hacia las personas tanto como hacia los hechos.  Elegida la primera persona como canal narrativo en todos los capítulos, cada pedazo que forma el rompecabezas argumental, menos complejo que el de La casa de los arquillos, nos sumerge en las historias personales de cada cronista, que se entrecruzan para ir dibujando ese mapa que nos lleve hasta averiguar el móvil del asesinato.

Nos envuelven ingredientes perfectos para actuar con el magnetismo que requiere esta narración, configurada por un cóctel de amoríos, enamoramientos, secretos familiares, juego, prostitución, herencias inesperadas... con la sazón de las referencias históricas, que tan bien maneja la autora, y que nos van situando en los momentos cronológicos de los hechos narrados.

No hay parafernalia en la literatura de Pilar Aguarón, ni en la historia, ni en los protagonistas, ni en el entorno, todo es austero, incluso la ampulosidad cuando aparece se llena de sencillez, como si se escurriera para no entorpecer la descripción del dolor o de la resignación, del amor o de la esperanza, que sabiamente aparecen en la trama sin que la situación social de quien lo vive signifique alegría o sufrimiento.  De esta manera, como surgida de un control de costes en una empresa con riesgo de quiebra (la autora es economista), su creación sólo emite lo necesario para experimentar la historia de arriba abajo, con poca anchura, con ningún ribete ni adorno, vestida de lo imprescindible para navegar con garantías (o no) de llegar a puerto.

Entremos algo en detalle.

La capacidad de síntesis se hace puntera ya en el primer párrafo, donde recorremos de golpe veinticinco años. Y en ese primer capítulo, cuando volvamos a leer la novela para conseguir encajes, comprobaremos que nos íbamos de un salto a aconteceres que se rematan en el último capítulo, en el desenlace.  Así, comenzamos a saber que en una región frutera, adonde llegan inmigrantes cada año, aparece Irina, mujer bielorrusa de extrema belleza, que cautiva a Julio, un electricista perezoso y juerguista, jugador y pendenciero que, a la sombra de su padre, frecuenta ambientes sórdidos.  A las pocas líneas de comenzar, ya sabremos que Irina ha matado a su marido. Y diez protagonistas, siempre con su voz personal e intransferible, nos van contando su historia en un suave vaivén temporal, a través de la cual tejemos el tapiz completo de la historia de Irina, hija de un matemático, churrera por elección propia, hermosa por razón genética y creadora de su propio destino sin una queja. 

Al mejor modo de David Lynch, la autora nos introduce en sórdidas y trágicas historias de familias que aparentan normalidad mientras esconden secretos, y entre todas ellas volamos vertiginosamente hacia la justificación del crimen, que, como hacía esperar la descripción dulce de Irina, nos hace perdonar semejante acción e incluso hasta nos llevaría quince años atrás para salvarla en el juicio y, como propone Paulina, una ninfa de altos vuelos que entregó su virginidad dos veces al mejor postor por el precio de un potosí, cargarle el muerto a un bosnio infame sin escrúpulos que hubiera merecido morir sodomizado en la cárcel.

Habla la familia del asesinado, la hermana y la madre, que dejan atisbar un trasfondo de envidias y dolores que se trasladan desde otras generaciones como una maldición encubierta. Hablan prostitutas, madamas y proxenetas, con una voz que se viste incluso de inocencia y dulzura, como si la obscenidad, la lascivia y el delito encontraran personajes que lavaran su imagen para hacerla llevadera, quizá desde la verdad de que las cosas no son ni blancas ni negras, que nadie es malo porque sí, que todo tiene un sentido y al final sobreviven los buenos, como Irina, haciéndose cargo de una churrería, desde donde empieza a tejerse una bonita historia de amor y un próspero negocio de pastelería.  Antes, a modo de penitencia o pago por servicios que no se recibieron, dos mujeres (mujeres), Ofelia y Paulina, se enriquecen por arte del destino, y envuelven su sensación de menoscabo haciendo felices a personas que saben apaleadas por la vida.

Hombres crápulas, un notario vicioso, el bosnio desalmado y un tonto comunista… dan juego a contrarrestarse con un profesor de matemáticas, un padre postizo con amor auténtico o un adúltero leal hasta el fin de sus días.  Así son los varones que nos trae la novela, como la vida misma, enfrentados o confraternizados con féminas que viven en el desamor, en la maternidad impostada o impuesta, en el preclaro vaticinio del Tarot, en el bestial bandazo de la vida o junto a la verdad sin tapujos del cariño auténtico al que no saben renunciar.

Me quedo con términos suculentos como zangolotino, mandil, pellas, chaparro, economatera, zascandil y mocear para regodearme con la expresión ‘ecuación diofántica’.  Bravo por la riqueza lingüística.

Y nos damos, inevitablemente siendo una obra de Pilar Aguarón, paseos históricos por el suicidio de Juan Belmonte, torero de postín, por la guerra civil, por las persecuciones franquistas, la guerra de Ifni, los atentados de ETA, por la transición, el incendio del hotel Corona de Aragón, la guerra de los Balcanes, etcétera. Bravo por la riqueza histórica.

También podemos envolvernos de música, con referencias tan dispares, pero tan sutiles, como Janis Joplin, Quilapayun y Julio Iglesias (¡qué tierna la evocación a Gwendolyne!).  Y no olvido el cine: Regreso al futuro, Frank Cappa, Luis Buñuel, Florián Rey y Doctor Zhivago.  Bravo por la cultura, por la cultura.

Y abundemos en el arte con cada retrato de los protagonistas que la mano de Pilar, también pintora, nos añade en esta edición, como el de Irina, en la portada, que irradia toda la tristeza y la esperanza que nos transmite el personaje.

Para redondear con un sorbete de frambuesa, disfrutemos de esas contundencias que con proverbial maestría nos deleita sabiamente Pilar Aguarón:

“En la familia de mi madre, el suicidio era casi una tradición”.

“La vida está demasiado mitificada.  Tampoco hay que loarla tanto”.

“Tal vez sea cierto que seguimos un camino predeterminado y que todo ocurre por algún motivo superior a nuestra propia voluntad”.

“No hay sensación  más destructora que la soledad acompañada”

“Era como si la vida que yo quería recordar la hubiese vivido otra persona”.

“La desmemoria sólo entiende los afectos”.

Nada es como parece En la vida que vendrá.  En cambio, todo cobra sentido  porque la Virgen de los Remedios se hizo alcaldesa perpetua de Villalón y un zafiro rosa convierte en sortija un anillo para que Irina no vuelva a Bielorrusia.

 

No existe el lugar en el que puedas estar que no sea el lugar donde te tocaba estar. -John Lennon