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La enigmática y azarosa vida de Idaira Baqueiro, de Carlos Manzano - Reseña

La enigmática y azarosa vida de Idaira Baqueiro, de Carlos Manzano - Reseña

 

Carlos Manzano es un narrador inquisitivo. 
 
Acabo de leer La enigmática y azarosa vida de Idaira Badiero, última novela de su autoría. Ha sido de dos tirones porque en el primero algunas obligaciones me impidieron seguir. Es decir, atrapa, pero no sólo por la trama, sino por un lenguaje que raya en la obsesión para conseguir que quien lea la novela se hipnotice con los personajes antes que con el argumento. Y no es baladí el argumento, original y atrevido, con evoluciones sutiles, tanto del perfil de los actante como de la trama, que nos presenta a un tipejo educado en las formas y perverso en los fondos, que nos cuenta en primera persona una historia que al final no sabes si ha ocurrido tal como nos la ha narrado o es producto de su malsana perversión que va destapándose a lo largo de las páginas. 

No te la pierdas... y eso que, conociendo la afición a los viajes de Manzano, es una pena que no se haya explayado más en describirnos las ciudades visitadas y sobre todo las sensaciones que le producen. ¿Sabes?, creo que ha sido pereza, así que le reto a que en la siguiente nos hable más... de Amsterdam, por ejemplo, ¿o Berlín?

...cuando pierdes el miedo

...cuando pierdes el miedo

Mis padres nunca habían disfrutado de unas vaca­ciones largas.  En ese verano de 1978, con los últimos coletazos de la institución franquista de Educación y Descanso, mi madre consiguió unas plazas en un hotel de Lloret de Mar para toda la familia durante dos se­manas. 

En septiembre de ese año, se estrenaría en España la película “Grease”, con John Travolta y Olivia Newton John, que se convirtió en emblema de nuestra genera­ción y  a mí me evocó el amor de aquel verano, De­nisse.

En los aledaños de la piscina, nos fuimos cono­ciendo  quienes íbamos a compartir aquellas dos semanas, unos chavales que planeamos algunos diverti­mentos sin el control de los padres y en horarios noc­turnos.

Las leyes tácitas de mi pandilla en Zaragoza, y que por lealtad también quise cumplir allende sus fronte­ras, observa­ban que sus miembros debían dedicarse a la seducción femenina con alta diligencia, consi­guiendo el mérito en fun­ción del número de conquis­tas y del nivel de exploración obtenido en ese territo­rio ajeno.  Pero no me atraía ninguna de las chicas del hotel y ellas no mostraban especial inclina­ción a de­jarse seducir. 

En la segunda noche, unos diez o doce jovenzanos nos dirigimos a una de las discotecas incluidas en la planificación.  Mis compañeros y yo coincidíamos poco en intención de ligoteos, así que me dispuse a observar la situación en solita­rio desde una esquina discreta de la barra.   

Llegó una pareja mayor, de unos treinta años.  Algo más atrás, apareció una muchacha morena, de fino perfil y melena larga, que les seguía callada y seria, como si no quisiera molestar a quienes acompa­ñaba.

La discoteca comenzó a llenarse en poco tiempo.  Pasé bastante rato sentado en la silla alta de la barra, observando como cazador templado.  La pareja con­versaba animada; la chica morena, grave y silenciosa, se había apartado ligera­mente y, con las piernas cru­zadas —llevaba un pantalón muy corto que dejaba al descubierto una piel bronceada— y un vaso largo en las manos, espalda estirada, el cabello sobre los hombros, miraba al frente entornando los ojos para per­derse en sus mundos interiores.  La veía de costado.

Pasó más de una hora hasta que apagaron las lu­ces blancas, desconectaron los focos intermitentes, encendieron los fluorescentes de neón morado y cam­biaron el ritmo de la música para incitar al baile de con­tacto.

Ellos salieron a la pista.  Ella se quedó sola, en igual postura.  Declinó varias peticiones para bailar.  Seguí fijado en su perfil.

Al cabo de unos minutos, me acerqué hasta su sofá.  En esos pasos, medité en cómo pedirle que sa­liera a bailar con­migo… y no acertaba a encontrar pa­labras para formar una frase original que pudiera atra­erla.  Me senté cerca de ella.  Sólo dije:

—¡Hola!

—Salut.

—Est-tu française? —le pregunté con mi manejo idiomático pretendidamente correctísimo.

—No, malagueña —me desarboló con otra media sonrisa apartando la mirada de mi rostro para devol­verla a la pista.

No hubo baile y sí una larga charla, donde ella, con una voz cadenciosa, un tono melódico y envolvente, sin deje alguno, habló de sí misma mientras me iba que­dando pren­dado de sus muslos, de su escote, de sus ojos profundos y tristes, de sus labios…

Su padre se llamaba Ramón, emigrante desde hacía veinte años en Suiza, en la Romandía, su parte francófona, adonde también se llevó su familia: mujer, una hija y otra que nació allí, Denisse, ella.  Provenían de un pueblecito mala­gueño del interior. 

Y qué pechos tan preciosos adivinaba.

Era el primer verano de sus vacaciones que pasaba fuera de tierras andaluzas.  Aquella pareja eran su hermana y su cuñado, bajo cuya tutela había llegado a la Costa Brava por primera vez separada de su padre.  Su padre.

Cuando sus hermanos regresaron al sofá, me sa­ludaron cómplices y se apartaron a un costado.  Por instantes, noté que Denisse quiso que estuvieran más cerca de ella, y no por miedo hacia mí.  Nos despedi­mos sin citarnos expresamente para otro día, después de varias horas de charla. 

Aquel verano cobró hechizo desde ese mismo ins­tante en que la perdí de vista mientras subía por las escaleras hacia la salida. Denisse y yo, citados en la discoteca cada noche, apurábamos las horas hasta el amanecer. 

Los amores de verano se anclan en el recuerdo con bon­dad.  Denisse llenó mis noches durante algu­nos meses inme­diatos y en varias madrugadas a lo le­jos; en la inmediatez porque unir amor y dolor es una experiencia más intensa en los inicios de la juventud, tan ingenua; y en la lejanía porque su historia personal pasó a convertirse en un relato menos esporádico de lo deseado… y aún lloro al recordarlo.

En una de las noches, decidimos aventurarnos en la playa toda la pandilla del hotel con un muchacho recién lle­gado, tímido, de mirada inquietante, para vivir una sesión extraña alrededor de una hoguera como centro de un ritual casi mágico. 

Nos colocamos en círculo sentados sobre la arena con las piernas cruzadas a modo de posición medita­tiva.  Recita­mos varios mantras en voz alta. El rumor de las olas se mez­claba con el aroma de la madera quemada, con el crepitar del fuego y con las caricias de una brisa dulce.

—Tu cuerpo es ligero ahora.  Respira, respira, res­pira.  Aleja los pensamientos y escucha el entorno, que tu mente se calme y se aparte.

Carlos, el maestro de ceremonias, después de unos ins­tantes en silencio, nos dirigió en un viaje al interior en busca de algún tesoro perdido.

—Entra en ti y permanece.  Es tu esencia, tu ser.  Consúltale y te hablará, te enseñará a eliminar el sufri­miento y a superar el dolor.

Se levantó.  Caminó por fuera del círculo dete­niéndose unos segundos junto a cada uno de nosotros.  Cuando se colocó tras de mí, sentí algo extraño en la espalda.  Después del rodeo completo, entró en el círculo y realizó el mismo re­corrido, ahora arrodillán­dose y tomando las manos de quien le quedaba en­frente.  Denisse y yo quedábamos los últimos y espe­ramos pacientes.

En ese momento del tacto, recibí un sentimiento de negrura, fuerte y duro, que se convertía en gris, blanco y luz total hasta que solté sus manos.

—Trabajarás y vencerás —me dijo Carlos al oído.

Pasó a colocarse enfrente de Denisse.  La miró fi­jamente más tiempo que a los demás, sonrió y le pasó las manos cerca del cabello sin tocarlo.  Susurraba al­gunas palabras, o cantos, o sonidos que no distinguía desde mi posición.  Colocó sus palmas bajo las palmas de ella. 

Denisse comenzó a llorar.  Carlos mantuvo su pos­tura y su oración.  Pasaron varios minutos en los que el susurro de Carlos se llenaba con sonidos de mar y viento, brisa de mis­terio y dolor, que parecía repetir quejidos del alma… El rostro de Denisse se fue ajando, apretaba los párpados, gesticulaba llena de angustia mientras le nacían lágrimas que llegaban hasta la comisura de su boca.  En eternos instantes, su cuerpo comenzó a moverse en esos cortos latigazos de quien no puede soportar la congoja.  Lloró más amargo… y se derrumbó.

Denisse dobló su cuerpo y cayó sobre un costado hasta quedar en posición fetal.  Llena de convulsiones por su sollozo angustioso, nos transmitía el padeci­miento desde la entraña.  Nadie nos habíamos movido, a pesar de varios amagos para acercarnos a ella.  Carlos permanecía imperté­rrito en su postura, quizá más concentrado en su plegaria. La luna se ocultó tras una nube.

Al fin, Carlos abrió los ojos.  Nos miró uno a uno y de­tuvo su atención en mí.

—Abrázala.  Tú puedes consolarla.

Y a los demás…

—Vámonos.  Ella debe vivirlo así.

En silencio, con los rostros encogidos, los brazos cruza­dos bajo el pecho apretando para soportar esa amargura ajena, se fueron levantando en silencio y me quedé solo con Denisse en un inmenso mar de compa­sión.

Me senté junto a ella y dudé si abrazarla.  Le acari­cié el cabello, luego su rostro.  Seguía temblando con los ojos cerrados.  Pasé un tiempo desconcertado, podían haber sido segundos u horas, mientras su dolor se iba incrustando en mi pecho.  Desmarañó su posi­ción y se irguió levemente:

—Protégeme —suplicó mientras se acercaba a mi regazo.

Se recostó sobre mis muslos —yo estaba de rodi­llas, sentado sobre mis talones—, rodeando mi torso con sus manos.  Sentía su cuerpo sobre mí, su respira­ción, sus lati­dos, sus jadeos.  Apoyó su cara de lado y su melena caía hasta el suelo.

—No sé qué siento —me confesó varios minutos después.

—Háblame —le rogué.

Su temblor iba cediendo y aparentaba menos per­turba­ción.  Me besaba en los brazos.

Se separó de mí para colocarse de frente, sentada, con las piernas cruzadas.  Colocó sus manos en las ro­dillas y detrás de ella, a lo lejos, se encendió un foco que oscureció su imagen y le dio un perfil de Shiva.  Le quise ver una tímida sonrisa:

—Colócate así como yo, por favor.

Obedecí su ruego y vino hacia mí dándose la vuelta para sentarse en el hueco que dejaban mis pier­nas.  Era menuda.  Recostó su cabeza sobre mi hombro y recibí el aroma de su cabello.

—Dame calor… calor.

La rodeé con mis brazos sobre sus brazos, que se cruza­ban en su cintura.  Atraje su cuerpo hacia mí.

—No sé lo que siento… Es frustración… humilla­ción… asco… vacío interior… me duele, me hiere como el hielo y me siento sucia.

—¿Qué te ha ocurrido con Carlos?

Sus manos sujetaron su vientre con más fuerza.

—El dolor como castigo, o como prueba…

Mantenía la voz melódica, apenas podía percibirse duda o temor, hablaba para sí.

—Quería ver y era imposible, todo oscuridad, muy oscuro, cerrado.  Primero he sentido vacío, soledad, estaba muy sola en una habitación, creo que era una habitación, y me resul­taba familiar.  ¡Qué angustia!  Algo iba a pasar, algo inevitable y lleno de dolor. Y yo sabía lo que era, lo estaba esperando con miedo.

Poco a poco, quebraba las palabras.

—Me pareció que algo, o alguien, me tocaba, me invadía… sin poder rechazarlo, sin poder controlarlo, quizá manos, piel, cabello, mi cuerpo aprisionado, ocupado…  fue largo, muy largo, y me quería escapar, me salía de mi cuerpo, pero seguía sintiendo un domi­nio que por obligación tenía que aceptar… y creía verlo desde fuera de mí, como siendo otra persona, no estaba muerta, mi cuerpo se movía, pero mi alma se había deshecho de la prisión corporal…

Apretaba más y más sus brazos y se pegaba más a mí, buscando protección.  Se enfriaba de nuevo su piel.  Se encogía.

—Alguien, una presencia, otra que no era la que me tocaba, me pedía que regresara al cuerpo, que no debía estar fuera… era necesario vivir el dolor… nece­sario.

Volvió a llorar amargamente, en silencio, con un desgarro que me transmitía con cada movimiento suyo adelante y atrás, como si fuera un péndulo buscando el equilibrio.  A veces, giraba su rostro y me besaba en el cuello.

La oscilación iba siendo más queda; los hipidos, más separados; la presión, más suave… regresaba el calor a su piel.

—En algunas noches, sobre todo las de invierno, las más frías y oscuras, me he sentido igual, con la an­gustia hacién­dome daño.

Habló ahora más calmada, sabiendo lo que decía en cada frase, deseando soltar un lastre que había sido remo­vido por las visiones con Carlos.

—Destrozaba las almohadas, las mojaba con lágri­mas, saliva y desconsuelo.  Quería fundirme con las sábanas, con el colchón, con cualquier cosa que pu­diera compartir algo mío para desaparecer y no volver nunca más.  Estaba sola, per­dida en el mundo oscuro que hoy he vuelto a sufrir.  Pero, ¿sabes?... algo me querían decir a través de las manos de Carlos, un men­saje de misión, de prueba o liberación, o de todo esto a la vez.  Siento una reparación de mi alma, ali­vio…. No sé lo que es.

Fue tomando volumen con cada frase, regresó a su cuerpo de mujer.  Se acurrucó más en mí, ahora con deseo de tacto igual a igual, intercambio de vida o energía.  Entendí que estaba llenándome de agradeci­miento, ya era la Denisse de antes.  

Giró su rostro para mirarme desde mi pecho.  En­trecerró los párpados, sus pestañas se cruzaban frente a sus pupilas.  Llevó mis manos al nacimiento de sus pechos y alargó el cue­llo para alcanzar mis labios con los suyos, tacto que saboreé con mis ojos cerrados en un ejercicio de liberación convertido en deseo.  Largo beso.

Bajé mi mano a su ombligo, a su pubis…

—No, por favor.

En un instante, volvió a mi piel la sensación de su piel fría, encogió su cuerpo contra el mío para tomar impulso y salir de mi abrazo con un gemido rasgado.

A las diez de la noche siguiente, había quedado en llamar a Julián, miembro destacado de mi pandilla, para comentar las proezas logradas en mi verano de seductor.

—¿A que has dejado bien alto el pabellón de Mon­temolín?

—Como no podía ser de otra manera —le contesté algo fingido.

—Cuenta, cuenta.  ¿Han sido suecas o francesas?

—De ninguna de las dos, pero variadas.  Una holandesa que se llama Karen, y otra alemana… que me pareció enten­der que se llamaba Helen o Marlene, yo qué sé.

—¡Qué cabrón!  Dices ‘me pareció entender’…  ¿qué pasa, que sólo gritaba?

—Impresionante la chavala, oye, todo un portento, y no se privaba de nada.

—¿De nada?  ¿No me digas que tuviste de todo?  ¿Te la follaste?

—Tres veces.

—¡Y una mierda!

—Tres, tres…  Con la holandesa cayeron dos, pero hoy vuelvo a quedar con ella.

—Joder, qué envidia, macho.  Cuando vuelvas, tie­nes que contárnoslo de pe a pa.

—Por supuesto que sí.  Os quedaréis con la boca abierta.

Nada más colgar —había llamado desde una cabina cer­cana al hotel—, sin esperar a mis compañeros, salí como una bala para encontrarme con Denisse. 

—¿Has dormido bien? —me preguntó.

—Cuatro horas en la playa, tres en la siesta.

—Yo no he podido dormir… y aún me parece que sigo soñando…  Si te parece, hoy no entramos y nos vamos a pasear por el pueblo, ¿quieres?

Asentí cogiéndole la mano y saliendo a la acera con ella.

Caminamos en silencio por largo tiempo, dos, tres horas… mirándonos de vez en cuando, sonriendo o cabiz­bajos, deseosos o distantes, simpáticos o tacitur­nos, obser­vando luces, escaparates, individuos, autos, motos, parejas…  Dejamos atrás el paseo y continua­mos por los caminos sobre los acantilados que rodean las calas, casi sin luces, con soni­dos lejanos de cancio­nes y una luna burlona que nos ampa­raba.

—Tengo que contarte algo.  Es necesario —habló Denisse.

Preferí esperar en silencio a su revelación.

Seguimos caminando unos metros más con su cuerpo más pegado al mío.

—Ven, siéntate aquí.

A nuestra izquierda se alzaba una roca baja sobre la que me senté.  Detrás, algunos arbustos delimitaban el comienzo de un bosque de pinos altos.  Repetimos postura de la noche anterior, ella de espaldas a mí, ahora más alzada, recostada sobre mi pecho, mis bra­zos rodeando su torso.

Comenzó a hablar pausadamente, dirigiéndose hacia el infinito, con su armonía delicada, que ahora sonaba a vibración de viola.

—No recuerdo la primera vez. Supongo que habría más antes, no sé.  Su voz recia, sus manos callosas, las veo ahora, cada uno de sus dedos, las uñas, las cicatri­ces.  En su mano derecha, la falange superior del dedo corazón tiene tres pliegues muy profundos… en las otras hay más, cuatro muy marcadas y una quinta más fina, y podría decirte la cantidad de cada uno, cuatro en el meñique izquierdo… y pelos negros en el dorso de los dedos, en el dorso de la mano.  Al otro lado de cada nudillo, bajo cada dedo, en la mano derecha tiene cuatro callos grandes y uno más pequeño.  Según la época del año, están más abiertos o más cerrados… creo que depende de que sea tiempo de descarga en la fábrica, cuando llega el material y le toca hacer de peón.

Miraba sus manos, la palma y el dorso, abría y ce­rraba los dedos, los doblaba sin llegar a hacer puño, se las tocaba por un lado y otro.

—Podía ocurrir a cualquier hora porque trabaja a turnos.   Normalmente, se me acercaba cuando no había nadie más en casa o dormían, aunque también nos bajábamos al garaje.  Recuerdo los sonidos de sus movimientos, los pasos, el roce de su camisa, su respi­ración a distintos ritmos, nunca lo miraba a la cara, me daba vergüenza y agachaba la vista, a veces la cabeza, y casi siempre con ternura, o así quería entenderlo yo, sobre todo al principio, me acariciaba el cabe­llo, me lo desenredaba.

Hacía pausas, tragaba saliva… miraba al frente, al mar, a la luna, suspiraba y apretaba mis manos, espe­cialmente cuando empezó a contarme esto:

—A lo largo de los años fue cambiando sus cos­tumbres conmigo.  Al principio, era rutinario, me qui­taba algo de ropa y hacía movimientos que no quería que yo viera. Me rozaba un poco, sonreía.  Eso pasaba en mi dormitorio, se sentaba en mi cama, cuando des­pués de cenar me llevaba a la habita­ción, antes de que viniera mi hermana, que, al ser mayor, se acostaba más tarde.  Me tocaba con una mano por encima de la ropa interior, luego ya por debajo…

Cerró las piernas en un gesto reflejo.  De inme­diato, las separó y relajó los músculos.  Siguió hablando serena.

—En algunas temporadas venía más seguido, aun­que nunca fue muy continuado, incluso pudo pasar más de un mes sin que viniera a mi cuarto.  Me decía que era un secreto que no teníamos que contar a nadie, que era un juego nuevo, jugar a tocarnos… y entonces me pidió que le tocara.  Había cumplido los diez años… Me pidió que le tocara.  En las pri­meras veces, sacaba él su miembro, después me pedía que se lo sacara yo, bajando solamente la cremallera, no se des­nudó nunca, y me acompañaba la mano en su mo­vimiento.  Nada más terminar, se tapaba enseguida y se iba sin despe­dirse, apagaba la luz y cerraba la puerta del dormitorio.  Al cumplir los doce, más o menos, em­pecé a enterarme de lo que me estaba haciendo y tuve un miedo atroz, me sentía atrapada, porque era siem­pre muy cariñoso conmigo, me trataba como un buen padre, hablábamos de nuestras cosas delante de todos o en privado, pero sin sacar este tema, por supuesto, que ocurría sin palabras, sólo con actos, con tac­tos, con manoseos cada vez más internos, más invasivos, con más instinto animal.

Calló durante un largo rato para relajarse de nuevo.

—Me comenzó a llevar al garaje, en algunas oca­siones a una cueva cerca de casa, vivíamos algo a las afueras, una cueva en un bosque cuya entrada tapaba con ramas cuando entrábamos.  Ahí me pedía que me desnudara toda y que me mostrara delante de él.  En­cendía una linterna y llevaba el foco por todo mi cuerpo… después se levantaba y venía hacia mí para abrazarme por detrás… y me tocaba los pechos, el vientre, el pubis.

Se arqueó muy tensa… y llevó sus manos a los pe­chos, al vientre, al pubis.  Mientras ella se acariciaba, iba soltando la tensión… Devolvió sus manos a mis manos.

Siguió contándome lentamente, con detalle, lo que su padre le siguió obligando a hacer, más duro, más perverso…

—Hace tres meses que vivo con mi hermana.  Ella no sabe nada de lo que te cuento, pero lo intuye, lo veo en sus ojos.  Un día me marché, diciéndole a mi madre que necesi­taba estudiar diseño, una carrera que no existe en nuestra ciudad y sí en Grenoble, donde vive Malena con su marido desde que se casaron.  Dije que era necesario que estudiara el bachiller en deter­minado instituto para poder acceder más fácil.  Lo hablé un día en la cena.  Los dos callaron y asintie­ron.  Mi hermana me recibió sin pedirme explicaciones.  Creo que su marido también lo sabe, hoy lo sabes tú.

Sujetó fuerte sus manos a las mías.

—Hace tres meses, entró en mi habitación, me rompió la ropa, me obligó a arrodillarme de espaldas a él y me violó…  Me tapaba la boca, aunque no habría gritado…  En ese mismo instante, decidí que era la última vez.

Tras unos segundos en un abrazo intenso, me llevó detrás de la roca donde habíamos permanecido sentados.  Me hizo acostarme sobre el suelo, me des­nudó, se sentó sobre mí, me tomó de las manos y me hizo el amor.

—Empiezas a ganar la libertad… cuando pierdes el miedo.

La estalagmita

La estalagmita

Veo su número en la pantalla, ni siquiera la tengo registrada en la lista de contactos, ojalá se olvidara de mí.  Respondería a su llamada si la recordara envuelta en cualquier rol que no fuera lujuria o dominación.  Se llama Amor, qué ironía, lo que le falta, la guinda que podría atraparme por los siglos de los siglos como una posesión que ni un hechicero podría deshacer.

Comienza por mi cuello, siempre mi cuello, a modo de vampiresa que primeramente me saca el alma por donde no puedo evitarlo.  Sus labios, ligeramente acompañados por sus dientes, se pasean sobre mi yugular, que vibra potente al son de su atracción y mi deseo.

La conocí en un viaje a la profundidad de unas cuevas en los picos de Europa, donde vive.  Morena azabache, la Preciosa de Cervantes o la Dorothy de Lynch… una pulgada más alta que yo, lo suficiente para mirarme desde arriba y rociarse sobre mí en cada parpadeo.

Siento ahora sus besos bajo mis lóbulos, aspira más, sorbe el último gramo que queda de mi aliento fuera de mi cuerpo, y  su cuerpo arqueado se amolda al mío y baila una danza siniestra y sensual.

Se quedó atrás en la reata de visitantes, junto a mí.  Me retrasó en el caminar y se volvió hacia mí.  Le daba la luz desde un foco alto que su melena me tapaba y sólo veía un perfil y escuchaba su aliento.  Me apoyé en una estalagmita húmeda. Se acercó cimbreándose adelante.

 Sus dedos como artesanos de un arpa se van incrustando en mi dorso, gana y se apodera de mis movimientos, los maneja mientras susurra ‘eres mío’, como mandato que me hace vibrar en imán.

Desde que me besó en aquella cueva de claroscuros, metida en supremacía, dividió mi voluntad en cien migajas que me iba dejando utilizar a su antojo.  Visitamos cinco cuevas más, entre Asturias y Gerona.  Se ciñó a mí con la fuerza de la oscuridad que atrapábamos en cada descenso.  Ni una pizca de luz pudo despegarme y soñé con el amor.

Y se llena de fluidos mientras su palpitar me hipnotiza.  Se preocupa de llevar mi mano hacia la fuente de su placer mientras brota lentamente la miel que me obligará a probar.  No se separa de mí.  Nunca… siempre algo de su aura conmigo para mantener vivo el embrujo.

Acepté su compañía igual que quien acepta al sicario que le asesinará nada más suene un campanazo oculto… pero radiante de amor, inundado de la esencia que su nombre me transmitía cada vez que osaba nombrarla cuando nuestros cuerpos, el mío sin alma, se unían al frenesí: Amor, Amor, Amor.

Me deja tomar el mando y busco ríos escondidos por donde saciar mi sed o ese camino para recibir o entregar.  Sus pezones largos, oscuros, cálidos, de madre nutriente de los sentimientos que sirven para toda la vida, incluso acabada, como ahora siento.  Absorbo, me lleno de existencia a través de sus pechos que manan para mí. Mis manos abajo de su dorso, de donde la agarro y la abro como rajando un cordero pascual.  Su fuerza me pide más fuerza, pero aún no.

 Vuelve a sonar su llamada. He dejado mi teléfono en la mesita.  Sentado en la esquina del sofá, moviéndome adelante y atrás con los brazos cruzados sobre mis muslos, contra mi vientre, miro angustiado la pantalla.  No hay sonido, sólo vibra y retumba.  Cierro los ojos, pero está.

Se llena de mí con un hambre atroz, devora mis esquinas sin piedad y va dejando huella húmeda en cada lugar por donde cruje mi deseo.  Engulle cada pliegue y por fin llega al territorio viril que quiere poseer.  Se detiene para mirarme desde abajo.  Me mira con una sonrisa blanca y negra que maneja como una diosa amada o herida. Soy incapaz de decirle que abra los labios sobre la efervescencia porque prefiero sentir todo su rostro atrapándome, sus manos pegadas a mis caderas para traspasarme su fuego.

He querido desengancharme de su dolor, el que busca paliar con su hegemonía y que me traspasa sin compasión ni ternura.  Dejaré de ser suyo si aprendo a vivir con ella a mi lado en silencio.  Pero sus manos hablan, su carne habla, sus ojos hablan y segrega fluidos que se convierten en vapor para embaucarme en su hechizo.

Consigo entrar en ella sintiendo solo dentro de mí para olvidar, le sujeto las manos al suelo y bandeo mi cuerpo sabiendo que puedo caer derrotado.  Lucho contra ella, Amor.  Y comienza a suplicar.  Se descarna.  Aprieta los dientes queriendo evitar la capitulación.  Enlazo mis piernas con las suyas para sujetarla aún más.  La domino mientras empujo.  A la vez aspira y suspira.  Quiere gritar y no puede porque si no, se le escapará la única fuerza que me une a ella.  Cada vez me muevo con más delirio.  Contengo el jadeo, la miro ya con poder; revienta; me derramo sobre ella sin soltarle las manos ni las piernas; se agita; expira.

No vibra. La pantalla se ha apagado.  Me alargo sobre el respaldo del sofá, los brazos estirados y una sonrisa de liberación eriza mi albedrío.

Adiós,  Amor.

(publicado en la Revista Imán, de la Asociación Aragonesa de Escritores, núm. 19, noviembre 2018))

https://revistaiman.es/la-estalagmita/ 

Entrevista en blog Ed. Adarve sobre Los últimos catorce años

Entrevista en blog Ed. Adarve sobre Los últimos catorce años

¿Cuándo y por qué decides crear tu novela?
Generalmente, mis lecturas me ayudan a encontrar inspiración para la creación literaria.  En este caso, ocurrió con El mundode Juan José Millás, novela que recibió el premio Planeta de 2007 y que contiene, sobre todo en su primera parte, referencias autobiográficas a sus primeros años de vida.  Leerla me movió algo por dentro, que se fue confirmando después por otras lecturas y otras vivencias personales hasta que a fines de 2013 me puse definitivamente a escribirla.
¿Es entonces autobiográfica?
 Así es.  Y no solo de sucesos, sino de pensamientos y sensaciones.  Describiendo los hechos, pretendí dar conocimiento de cómo vivía una gran parte de España en esa época, he querido dejar un documento ‘intrahistórico’ que abarca desde 1936 a 1975.  Por otro lado, va salpicada de reflexiones muy íntimas sobre temas que me asaltaron en una  lectura posterior varios meses después de la primera versión.  Esas reflexiones van referidas a visiones de los personajes, otras son preguntas sin responder sobre la vida, o sobre la muerte, o sobre la espiritualidad, o sobre el amor... que, después de escribirlas, ya que no la creé con esta intención, creo que ayudarán a quienes las lean en la búsqueda interior del sentido de su existencia.
¿Por qué elegiste ese título?
La dictadura de Franco nos marcó, y todavía nos marca, a todos los españoles.  Llevamos unos meses en que ha vuelto a ser noticia, y lo seguirá siendo durante muchos años.  ‘Los últimos catorce años’ van de 1961 a 1975, los dos septenios finales de esa dictadura, que coinciden con los catorce primeros años de mi vida. 
¿Cómo reuniste la información para poder escribirla?
El proceso creativo, con dos etapas diferentes, duró más de tres años.  Al ser su contenido autobiográfico, la información venía del recuerdo, a impulsos, a veces tan fuertes, que no podía parar.  Aprendí a utilizar la aplicación de Notas del teléfono móvil, y ahí iba apuntando lo que me llegaba desde el fondo de mi memoria, o de mi nostalgia, para ir desarrollando después. Pregunté a mis hermanos, a mis primos, tíos y amigos y, sobre todo, a mi padre, con el cual me fui a recorrer sus lugares de infancia y adolescencia.  Ese viaje nos devolvió sensaciones de mucho tiempo atrás, tanto por evocar su historia como por palpitar los dos juntos, solos, por horas y horas, en una cercanía que se llenaba de sensaciones amorosas que antes no nos atrevimos a mostrar.  Ese viaje marcó el tono de la novela.  Así terminó la primera etapa.  En la segunda, varios meses después de darla por culminada, una relectura me llevó a escribir los párrafos de reflexiones que he citado, y que surgieron como borbotones y que apenas tuve que corregir. 
¿En qué ingrediente reside la fuerza de esta historia?
Me atreveré a decir que la ternura y la calidez son las sensaciones más duraderas que ha provocado la novela, incluso aún bastante tiempo después de su lectura.  Al ser una novela con testimonios personales de época y lugares muy concretos, quienes lo vivieron se sienten identificados y reciben impactos de su propio recuerdo.  Y los más jóvenes seguro que reconocen las andanzas que les han contado sus padres o abuelos, y se sienten con más datos de esas experiencias vitales que, en realidad, han influido, y no poco, en ser como son ahora. Por otra parte, las píldoras de pensamiento íntimo pueden ser disparadores de un propio camino del lector para dentro de sí mismo, como así lo fue para mí en el momento de su creación.
¿Cómo describirías tu estilo?
Soy muy ecléctico, mezclo, diluyo, añado, cambio...  Creo que no tengo un relato o novela que se parezca a otro u otra, porque siempre he buscado renovarme, disfrutar creando en diferentes entornos literarios: estructuras, argumentos, tramas, recursos, intenciones...  En el caso de ´Los últimos catorce años’ apliqué un estilo absolutamente intuitivo, no hubo racionalidad, salvo en las correcciones (que fueron muchas o, mejor dicho, muchas fueron sus relecturas, algunas sin cambiar una coma).  Y ese estilo se basa en una encadenación de hechos muy veloz, incluso vertiginosa, que pretende fijar en el papel esos movimientos de la mente cuando se nos va de una lugar a otro, buscando no sé sabe bien que ruta seguir. Recuerdo que un profesor de técnicas de estudio nos enseñó un modo de potenciar la memoria: parar los pensamientos y recorrer hacia atrás cómo habíamos llegado al último.  Cuando lo hacíamos, nos reíamos con gana porque la conexión era precisamente inconexa, sin razón aparente alguna, y podía ser infinita, sobre todo en quienes disfrutaban de esa cualidad en forma destacada.  Pues bien, cada párrafo de la novela lleva ese movimiento, en cierto modo circular.  Además, está escrito en segunda persona, es decir, la voz que narra se dirige a quien quiere recordar (yo, con perdón de la autorreferencia), a modo de Pepito Grillo, o ser interior que te ofrece tu propia película.  En cambio, los párrafos de reflexión están redactados en primera persona porque no necesitan esa distancia, nacen desde dentro hacia afuera, sin necesidad de un notario interpuesto que suavice las emociones.  Otro aspecto algo llamativo es el uso del punto y coma, que actualmente se está perdiendo por esa tendencia a la frase corta y directa, oraciones simples que no obliguen a pensar demasiado.  Como esta novela pretende estimular, entre otras sensaciones, el pensamiento, he usado mi recurso favorito, que es la frase larga y rítmica, casi a modo de mantra.
¿Qué parte te resultó más complicada de escribir?
Todo y nada.  En realidad, su elaboración escrita surgió muy fluida...  Pero no es fácil vivir la creación de una autobiografía, y mucho menos en el momento personal en que me encontraba.  Esther, mi mujer, a quien dedico la novela, estaba enferma de cáncer.  Mi acompañamiento y su propio proceso, no el de la enfermedad, sino el personal que envuelve a la presencia de la muerte, abrieron unas puertas que difícilmente podrían haberse abierto de otra manera.  En el caso de la creación de la novela, supuso ese camino al interior que se suele iniciar por un episodio duro en tu vida y que vas jalonando de vivencias que pretenden poner luz en el tránsito.  Puedo decir que lo conseguí, y que me sentiría muy feliz si puedo despertarlo igualmente en quien lo lea, porque no hay nada más reconfortante en nuestro proceso vital que saber quién eres, sobre todo dando la mano a ese niño interior que, en mi caso, volví a revivir al escribir esas páginas
¿Quién o quiénes fueron los primeros en leer este libro? ¿Cuál fue la primera impresión?
Primero fue mi familia, que la valoró muy emotivamente, se sintieron muy reconocidos y se permitieron algún que otro lloro. Luego la pasé a leer a amigos y conocidos ajenos a la historia, y me hicieron unas devoluciones muy reconfortantes, me sentí muy bien con esa repercusión.  Por ejemplo, un lector muy ‘leído’ me dijo que le había recordado a ‘Nada’, de Carmen Laforet, y a los primeros capítulos de ‘La ciudad de los prodigios’, de Eduardo Mendoza.  Otro dijo que le parecía haberse sentado a la mesa de esos personajes, de esa familia, y haber vivido personalmente todos los acontecimientos narrados.
Si tuvieras que presentar este libro a nuestros lectores, ¿con qué palabras lo harías?
Es una historia que te hará vibrar de dos maneras, por el recuerdo o conocimiento desde dentro de la historia española del siglo XX, y por otro lado, con unas reflexiones que van a parar directo al corazón y te harán pensar sobre sentimientos profundos.
¿Por qué crees que nuestros lectores debiesen leer tu libro?
Para no perderse una experiencia diferente por varias razones; por el contenido, que te lleva de la mano en un paseo testimonial; por el estilo, que te transporta suavemente por los hechos sin casi darte cuenta; y por el fondo emotivo, que remueve sensaciones sólidas y extraordinarias.

Antes de vivir (en Relatos de 90 segundos)

Antes de vivir (en Relatos de 90 segundos)

(Incluido en el libro Relatos de 90 segundos, noviembre de 2018. La Fragua del Trovador)

Acabo de encontrar un recodo en la ribera y unas grandes ramas me ocultan del ataque.  Estoy solo.  Muy solo.   Cada piedra del camino que he seguido por la orilla ha dejado puyazos en mi piel. Necesito más amparo.  Más para un alma rota por un rayo….  Ojalá pudiera huir, que desaparezca el nudo de mis tripas, el horror sobre las uñas y la saliva enmohecida de mis labios. 

En el suelo, rompía ella un círculo de sangre oscura al lado de mi libro de matemáticas.  Ella era mi madre.  Aún estará allí. 

Ahora crecen las aguas.  Me recuesto sobre las piedras para buscar algo de cielo a través de los resquicios.  Resquicios de amor.  La cruz del puente se desliza, se ríe de las aguas que han pasado por mi lado, me señala con un brazo de su travesaño y dispara otro rayo que vuelve a matar mi alma. 

Ella era mi madre. Él era mi padre.  En su dormitorio, la cama estaba deshecha por un lado, el que no tenía sangre.

Antes de que me diera la vuelta, el cuchillo atravesó su corazón.

http://www.lafraguadeltrovador.com/ 

 

 

Mi nueva web, joseantonioprades.com

Mi nueva web, joseantonioprades.com

Hoy inauguramos mi nueva web, con un diseño esplendoroso, obra de Luis del Valle, con su empresa e-main espacio creativo.  

Hemos incluido información sobre mi faceta comunicativa, especialmente la creación literaria, con amplias referencias a mis publicaciones, una por una en el caso de los libros editados, y con links para poder adquirir todos ellos en formato digital o en papel, ya que he podido preparar reediciones en tres plataformas de red: Bubok, Lulu y Amazon, además de las propias de las editoriales, Lacre para el caso de Silvana, la puta, y Adarve para Los últimos catorce años.

Iremos actualizándola con novedades, tanto a través de cada sitio de la web, como del blog, que de momento sigue residiendo aquí, en Blogia.

Muchas gracias por tu atención y espero que disfrutes con alegría serena.

Desde el taller del escritor (sobre Los últimos catorce años)

Desde el taller del escritor (sobre Los últimos catorce años)

¿De qué va la novela?

El argumento se nutre de los recuerdos de la voz narradora, que cuenta sus vivencias de los primeros catorce años de vida, y que coinciden con los catorce últimos de la dictadura en España del general Franco.  No obstante, sus evocaciones a la vida de sus padres y abuelos le lleva hasta la Guerra Civil de 1936/39.

Los personajes pertenecen a una familia de clase baja, que llegó a Zaragoza, la capital de Aragón, entonces cercana al medio millón de habitantes, proveniente del mundo rural, y que, gracias al esfuerzo personal, lograron avanzar social y económicamente en esos últimos años del franquismo.

Con los antecedentes de sus padres y abuelos, aparecen sucedidos durante la contienda bélica, pinceladas de las relaciones sentimentales reprimidas incluso por la presión policial y relatos de una emigración temporal buscando nuevos horizontes en otros lares.

El padre fue carnicero, por lo que gran parte de la novela transcurre en torno a ese oficio y a sus características, presentando la interpretación de un muchacho que va creciendo en ese entorno con una madre disconforme con la profesión, pero conformada con el papel que le ha tocado vivir.

Aparecen las relaciones familiares de aquella época, los comienzos colegiales, los apodos a los profesores, y las anécdotas que van diseñando la apertura que se produciría en la Transición.  Se describe el ambiente propio de alguien que observa importantes limitaciones, que se las toma con cierto tono irónico y que dejan preparado el terreno para superarlas en un futuro próximo.

Destacan entre sus líneas:

  • la descripción de la carnicería y del oficio de carnicero: la visita al Matadero, el sacrificio de un conejo, el corte de la carne con diferentes herramientas.
  • el entorno sombrío, cerrado, que se dibuja en torno a un barrio pequeño, con el agobio de sentir un territorio que no da de sí para la inquietud que el protagonista despliega.
  • los perfiles educativos en los colegios, con los castigos físicos y las formas de enseñar, en las que se aprecia el cambio evolutivo que marcaba el nuevo sistema.
  • los juegos infantiles y sus lugares, que son característicos de esa época y que van avanzando en la muestra de crecimiento del protagonista.
  • las relaciones con los primeros amigos y su entrañable compañerismo; amistad de infancia y adolescencia, vista desde un sentimiento de compartir la vida.
  • los avances sociales de la familia y su crecimiento gracias al esfuerzo, ejemplo de un momento histórico que permitía avanzar a pasos grandes
  • el despertar paulatino a la libertad de unas formas que ya no se van a repetir: la infancia en los 60, la adolescencia en los 70, épocas con costumbres y formas que quedarán como únicas y de las que es necesario dar fe.
  • los sentimientos de un adolescente que quiere mirar por encima del muro; aparece un muchacho con miras que superan a su ecosistema, y que, con timidez, va elevando en la búsqueda de un ideal palpable.

 

¿Cómo se estructura?

Se divide en tres capítulos, que corresponden cada una a un tercio aproximadamente de los años narrados.  Cada una, si bien no se produce un salto abrupto, viene marcada por el punto de cambio hacia más autonomía y libertad de un muchacho que crece. 

En la primera parte, la acción depende siempre de los padres o familiares mayores. 

En la segunda, queda enmarcada por el ambiente colegial de primaria, junto con los juegos en la calle. 

En la tercera, surge la autonomía y se atisba la evolución adolescente en mentalidad y relaciones; terminará con la primera novia.

Cada uno de los párrafos, sin puntos y aparte, comienza narrando un hecho concreto y después avanza o retrocede en el tiempo hasta reencontrar el hilo del comienzo.  No obstante, los hechos iniciadores surgen de forma cronológica. 

Entre párrafos, la propia voz, ahí en primera persona, comparte reflexiones que fluctúan entre los hechos narrados, la onírica del pensamiento, o las visiones filosóficas de la existencia, con incursiones en lo emocional y espiritual.

 

¿Cuál es su estilo?

Comienza con un guiño a Antonio Machado, específicamente a su poema “Retrato”.

Está narrada en segunda persona.  He querido utilizar este recurso con el fin de generar cierta distancia de la voz a los hechos, sin llegar a la lejanía de la tercera persona.  La posición ha sido como si el protagonista se hablara a sí mismo, como si se contara su propia historia figurándose otra persona.  Este recurso plasma la continua búsqueda del otro yo, el que esa voz fue en el pasado, para indagar así en el origen de quién es en el momento de escribir esos párrafos, con todos los dolores y alegrías que provoca mirar atrás. 

Presenta una prosa ágil y directa que provoca una lectura absorbente.  Los hechos están contados con la intención de despertar recuerdos y sensaciones con la mera narración, sin descripciones extensas, basándose en una exposición de hechos elegidos y relacionados en función de cómo observa el narrador.  Ese tipo de observación es fundamental para darle el tono a la novela, que transita por la ternura, la nostalgia, la denuncia, la ironía y la fidelidad a un origen familiar, emocional y geográfico.

Es preponderante la frase larga, a veces muy larga, e incluso con enumeraciones que transmiten una sensación de mantra para envolver aún más con la lectura.  No se trata de una forma secuencial de contar.  Se concatenan los hechos -también sensaciones, aunque no son dominantes-, que van y vienen en el tiempo dentro del mismo párrafo, creando derivaciones narrativas que se incluyen así adrede, imitando al fluir de la mente en procesos de pensamiento, fluir que es fácilmente observable en las diferentes técnicas de meditación pasiva.  Personalmente, denomino esta técnica como de ‘pensamientos encadenados’.  Este uso es mayor en la primera parte; se atempera en la segunda; y es menos vertiginoso en la tercera.

Otra característica de estilo es la puntuación, utilizando signos poco habituales actualmente.  Predomina el punto y coma, con el deseo de reivindicar su uso.  También son numerosos los paréntesis y guiones.  Apenas se producen diálogos y las literalidades se indican entre comillas.

Existen algunos toques estilísticos que dan novedad y frescura a la narración.  Hay toques irónicos referidos con socarronería aragonesa.  Aparecen aragonesismos cuyo significado se indica en notas a pie de página.  Igualmente, algunas expresiones coloquiales propias de la época o del lugar también son explicadas en otras notas.

Esta novela está creada desde la exposición personal a un espejo interno, sobre el cual se han ido proyectando recuerdos a modo de catarsis, con lo cual el protagonista encuentra un conocimiento, un reconocimiento, una aceptación y una remisión al futuro.  Se adivina una búsqueda de respuestas, cuyo hallazgo se convierte en una terapia literaria que se trasluce en cada párrafo, con su reflexión correspondiente y, más aún, al terminar la lectura.

 

 Los personajes

Dada la situación biográfica del protagonista, cobra especial relevancia el entorno típico de relación: familiar, colegial y amigos.

 

  • Edmunda, Isidra, José y Bernardo, los abuelos, de los que destaca la presencia matriarcal de ellas, y la ausencia de ellos, a modo de inspiradores nostálgicos.
  • Josefina y Gregorio, los padres, con la breve narración de su  historia personal, así como la de su noviazgo.  Van cediendo protagonismo conforme crece el protagonista.
  • Los profesores, con un tratamiento diferenciado en razón del propio avance cronológico de la época y de madurez del protagonista.
  • Los amigos, desde los primeros contactos de mero juego, hasta los compañeros de ligue, pasando por los compinches de aventuras excepcionales.
  • Las amigas, que dado el entorno de la época aparecen como relaciones iniciáticas de pareja antes que como amistad o compañía.

 

También los lugares tienen su parte protagonista: el propio barrio, sus edificios emblemáticos -el Matadero Municipal, el palacio de Larrinaga y la estación de Utrillas, con su plaza-, la carnicería y los edificios de los colegios.

Reseña de contraportada de 'Los últimos catorce años'

Reseña de contraportada de 'Los últimos catorce años'

Los últimos catorce años de la dictadura franquista son los primeros del narrador de esta historia; su voz entrañable te sumergirá en la vida de los familiares y amigos que influyeron en su crecimiento. Entraremos de su mano en habitaciones que quisieron ser iluminadas con un sol de ida y vuelta, llenos de esperanzas que le llevaron al lugar donde no hay tiempo, sino horas... y horas...

Con esta obra en tus manos, estás invitado a sentarte a la mesa de unos personajes que, inconscientes de su relevancia,  tejieron el devenir de un país; serás testigo de un documental intrahistórico que te convertirá en acompañante de un testimonio notarial de cuarenta años de la historia español; asistirás, desde el propio escenario, a la representación de la realidad social de una época, desde ese barrio pequeño cuyos límites quiere superar el protagonista para conquistar el exterior con la aventura.  Vivirás los juegos infantiles, los sistemas educativos, las relaciones con los amigos, los avances de la familia... es decir, el despertar paulatino a la liberación con unas condiciones que ya no se van a repetir:  la guerra civil, los años del racionamiento, la infancia en los años 60, la adolescencia en los 70... épocas irrepetibles que quedaron como únicas y que es necesario contar.

Acepta la invitación, entra al recuerdo y a la reflexión en estas páginas salpicadas con perlas de un pensamiento de ternura y sensibilidad que aspira a cambiar las cosas.