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Molintonia

¡Qué genio!

Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo cuando la visite.”  “Tiene usted mucha razón, señor”, le contestó.

El buen padre esperaba una niña.  ¡Qué ilusión tenía con una nenita de trencitas doradas que lo cuidaría en su vejez!  Cuando se enteró del desenlace de los casi diez meses de embarazo, pataleó contra la cama, llorando de rabia, y estuvo a punto de sacudir un tortazo a su esposa al verla llegar a la habitación sobre una camilla, medio dormida bajo los efectos de la anestesia _parto sin dolor, como quiso el médico_, pero cuando extendió el brazo para lanzar la mano con fuerza, golpeó el gotero con el codo, tirándolo al suelo.  Miró al enfermero y pidió perdón.  “Cosa de los nervios”, se excusó.  Al minuto siguiente, sin tiempo para reiterar su tentativa, entró el ginecólogo con un traje de calle impecable, lo que le provocó un efecto sorprendente.  El papá se enfadó: “¿Así se viste usted para atender a las señoras? ¿No tiene bata blanca, o verde, o rosa?”.  “Señor, cálmese, acabo de cambiarme.  ¿Cómo puede usted creer...?”  “Ah, pues perdone”. “De nada.  Está usted disculpado”.  “Gracias”.  “Tiene usted un hijo guapísimo, el niño más guapo de España, ¡qué digo de España, del mundo!”.  “Eso se lo dirá usted a todos”.  “No me insulte, yo no halago de balde”.  “Entonces, es usted muy amable”. “Gracias”.  “El parto, ¿bien?”.  “Bien, ¿y usted?, gracias”.  “Yo regular”.  “Me alegro”.  “¿El pequeño, pues?”.  “Tiene un corazón formidable, fortísimo”.  “Vaya, guapo y fuerte el niño, me gusta”.  “Además, es muy espabilado, ha abierto los ojos enseguida y ha estado a punto de decirme mamá.  Pero yo le he tapado la boca, ¡qué horror!, ¡qué equivocación!  Es un niño adelantado”.  “Después de diez meses, ¿adelantado?”. “Adelantado de luces”.  “Será electricista, pues”.  “Será, será”. “El tiempo nos lo dirá...  Gracias, doctor”.  “De nada, yo siempre a su servicio, para hacerle a usted y a su hijo todos los favores que quiera”.  “Y, ¿a mi señora?”.  “A su señora se los hará usted, vamos, digo yo.  Hasta la vista, señor”.  “Adiós, adiós”.

Inmediatamente, le acercaron al niño y, raudo, inició un examen exhaustivo para comprobar los loores del ginecólogo.  Asentía con cada golpe de vista: "Bien armado está el pibe", y se convenció de que había creado un varón prototipo, por lo que olvidó a la niña deseada. Dio un beso a su esposa, otro al niño, y se arrellanó en el sillón _eran las tres de la madrugada_, apoyó las piernas estiradas sobre un taburete y durmió plácidamente soñando con el triunfo de su retoño.

El día del bautizo hubo revuelo.  Se corrían rumores. Que si el niño era tonto, que si la madre no asistía por vergüenza, que si el padre era el ginecólogo, que si el cura iba a ser negro...  Pero toda esa palabrería quedó atrás cuando se conoció el nombre a colocar al neófito: Aristóteles Napoleón.  La recién parturienta le había añadido Adolfito, por el abuelo.  El agua bendita se escurrió por el parietal y el pequeño sonrió.  “Este niño deslumbrará”, pronunció papá Gabino.

Aristóteles lloró mucho en su infancia, no por desgraciado, sino porque su inteligencia le enseñó a pedir con lágrimas, e incluso sin ellas, pues sus glándulas se cansaban y le mandaban a paseo.  Le daba igual, berreaba sin pausa hasta que mamá Pilar le envolvía la boca con un pañuelo de hatillo o papá Gabino cedía encantado a sus pretensiones.  A la vista de los resultados, optó por llorar solamente cuando papá se encontraba en casa, cosa poco frecuente, pues consiguió varios empleos para sufragar primero los caprichos y después la formación amplia y suficiente para su angelito.  En evitación de la llegada de más genios al hogar, y como Pilar se negaba rotundamente, Gabino solicitó la ligadura de trompas a la Seguridad Social.  Le contestaron que como él no tenía trompas, sino tubos seminíferos y solo un hijo, era imposible acceder a la operación.  Como anécdota, se lo contó a un primo suyo residente en China y éste le envió la píldora anticonceptiva masculina, todavía en observación, pero que resultó efectiva.  Un día le llegó una misiva desde Pekín, agradeciéndole su colaboración en el experimento.  Estaba redactada en un español nefasto, escrita en papel amarillo e iba firmada por un tal Chu_Lang_Chei, amigo de Hirohito, aunque fuera japonés.  Le entusiasmó tanto el halago que subió al trastero la copia de La Gioconda y colocó la carta enmarcada en su lugar.  Se enorgullecía de ella ante sus amistades.

El pequeño genio jugó pronto con el ordenador.  Lo destripó al tercer día.  Conectó los chips de otra manera _él los llamaba escarabajos selenitas_y después de “adecentar” sus posibilidades, consiguió convertirlo en un órgano electrónico que su madre aprendió a tocar.  Como Aristóteles no gustaba de la música, una noche le dio por recomponer nuevamente la estructura  de los escarabajos selenitas.  Y, por la mañana, al ir Pilar a tocar “Para Elisa”, se encendió la pantalla y apareció una pareja presta a hacer el amor.  El juego consistía en acercar al varón a la posición ideal para iniciar la cópula siguiendo las coordenadas que solicitaba la hembra.  Pilar se escandalizó tanto como el día que entró a la habitación de Aristóteles y lo encontró dormido, desnudo y con su atributo erecto y sujeto por la mano derecha.

Le gustaba acudir al colegio porque podía rebatir cualquier explicación de los profesores y embarazarlos con preguntas complicadas de las que él ya conocía la respuesta.  Cada dos meses le pasaban de curso.  Entretenía las horas de clase fabricando figuritas de papel, aun estando sentado en la primera fila.  A pesar de su aparente distracción, no consiguieron pillarle en falta.  Los alumnos del último curso le buscaban en el recreo para pedirle que les resolviera sus problemas de matemáticas.  Papá Gabino le propuso cobrar por ello, pero él se negó.  El director del centro recibía todos los días alguna protesta de los profesores:  “Este niño no hace más que perjudicar a sus compañeros. Les hace sentirse retrasados mentales”.  “Aristóteles nos pone en ridículo cuando se lo propone y los alumnos empiezan a perdernos el respeto”.  “Tantísima inteligencia es un insulto”.  Ante tales argumentos, el director decidió enviarle a un centro especializado para genios.  Papá Gabino alegó falta de recursos económicos, pero la idea le engordó cuatro kilos.  Todo quedó solucionado con una carta al ministro de Educación y Ciencia solicitando una beca.  Le examinaron de un nivel muy superior al de su edad y terminó el ejercicio con la máxima nota en la mitad del tiempo requerido.  La última línea decía: “Por favor, no sean ridículos, es un examen para bebés.  Me he aburrido soberanamente”.  En el nuevo colegio, en un par de cursos, superó a todos los otros genios y, como no podían facilitarle el acceso a la Universidad, lo entretuvieron con tratados de filosofía que leyó como cuentos de los hermanos Grimm.  Le entusiasmó Maquiavelo, quiso ser “El Príncipe”, pero Montesquieu le hizo cambiar de opinión:  “Esto es más lógico, caramba”.  Rousseau le pareció un niñato y se embebió en la lectura de la Biblia y de El Capital.  “Engels y Marx debieron ser primos de Jesucristo”.  La clase obrera le tuvo sin cuidado, pero comenzó a imitar a Moisés con su compañeros.  Estuvo a punto de ahogarlos haciéndoles atravesar un canal nombrándolo Mar Rojo.  Se aprendió de memoria el Evangelio de San Juan, porque le gustaban las águilas.  Quiso convertir en cinco mil un pan y un sardina: se enfadó.  Tomó un vaso de agua y pidió que fuera vino: se enfadó.  Llegó al Apocalipsis.  Empezó a buscar en su barrio al nuevo profeta y como no lo encontró, devolvió las Sagradas Escrituras a la biblioteca y aconsejó que las colocaran junto a los cuentos infantiles.  Acababa de cumplir diez años.

Al acabar el curso, papá Gabino y el director solicitaron el acceso a la Universidad.  Cuando en la Secretaría vieron la fecha de nacimiento, después de comprobar que no había error, se rieron a rabiar y enviaron a los peticionarios una invitación  al acto de Apertura de Curso para ocho años después.  Papá Gabino pensó: “Ilusos”, y marchó hacia el campus con el expediente académico de Aristóteles y una carta de aval firmada por el director de la escuela para genios.  Consiguió una entrevista con el Rector.  A la pregunta de “¿y qué estudios quiere realizar su hijo?” Gabino quedó en fuera de juego.  Ante el silencio, el Rector sonreía irónicamente y pasó a decirle: “¡Hala, Gabino!, vuélvase a casa y convenza al niño de que jugar con soldaditos es más educativo”.  El papá no se levantaba, estaba ensimismado.  Sobre la mesa del despacho, junto a una figura de la paloma de la paz de Picasso, vio un enjambre de hilos metálicos con unas bolitas que simulaban la estructura del átomo.  “Física Nuclear.  Matricule a mi hijo en Física Nuclear”.  “Pero, por Dios, que tiene diez años”.  “Ha aprobado el acceso, ¿no?”  “Sí”.  “Y con las mejores notas, ¿no?”  “Sí”.  “Pues dé las órdenes oportunas”, concluyó Gabino.

“Hijo, vas a estudiar Física Nuclear”,  anunció a su llegada a casa.  “Muy bien, papá”.  Pasó todo el verano en la biblioteca, desmenuzando capítulo a capítulo cada uno de los libros que contenían alguna palabra sobre la energía atómica.

Para celebrar el éxito de Aristóteles en su recién acabado bachiller, Gabino le regaló una bicicleta.  El genio la miró de soslayo, pero, enérgico, aseveró: “Me gusta”.  Y comenzó a usarla en las horas que no acudía a la biblioteca.  Con los conocimientos que adquiría sobre energía, construyó un motorcillo de hidrógeno que aplicó a la rueda delantera.  Lo perfeccionó de tal manera que alcanzaba los noventa kilómetros por hora.  Como no abundó en conocimientos de mecánica, olvidó mejorar los frenos y, al doblar una esquina, atropelló a una vieja.  En un alarde de reflejos, evitó el golpe directo, pero al derrapar tocó el bastón de la señora.  Aristóteles quedó en pie, y la buena anciana fue a parar de bruces al suelo.  Se rompió la nariz y la barbilla, la cadera y la rodilla y quedó con las sayas levantadas más arriba de los muslos.  “Qué horror”, pensó Aristóteles.  Se acercó hasta ella, le compuso la ropa y le dijo con cariño:  “Es usted muy guapa, señora”.  La anciana murió feliz al día siguiente, dejándole toda su herencia, que consistía en dos gatos y unos muebles roídos por la polilla.  A pesar de que dijera:  “Vaya mierda”, nunca supo que al convertirse en heredero universal de la señora, su papá evitó pagar los siete millones de indemnización con que el juez condenó el atropello.  Llevó muy pronto los dos gatos a la Sociedad Protectora de Animales, porque le molestaba que se orinaran en su alfombra.

El primer día de clase no osó contravenir al profesor, pero ya al segundo le lanzó una pregunta comprometedora.  Continuó igual los siguientes, aumentando la dosis ante cada uno de los catedráticos, hasta que optaron por llamarle a la Sala del Consejo.  Todos reconocieron ante él su imposibilidad para seguir el programa del curso si continuaba con su actitud.  Utilizó muy bien el terreno ganado y con apenas quince días de curso, salió de aquella reunión con tres asignaturas calificadas con sobresaliente cum laude.  No quiso abusar.

La noticia trascendió rápidamente y comenzó a hacerse popular.  Le propusieron para delegado de curso, pero rehusó diciendo:  “No puedo perder el tiempo con tonterías políticas”.  A pesar de este reconocimiento, algunas muchachas comenzaron a reírse de él, llamándole pequeñajo, imberbe, polilla, empollón.  Cansado de ellas, las convocó en una clase e intentó disertarles sobre la relación hombre_mujer.  Le abuchearon, se abalanzaron sobre él y lo desnudaron.  Así se dieron cuenta de que sus atributos viriles eran los de un hombre maduro.  Comenzaron a marcharse, comentando el acontecimiento, pero una se quedó allí, observándolo.  Aristóteles se acercó hasta ella, la rodeó con sus brazos, la besó en los labios, le quitó la ropa, le hizo el amor y se despidió: “Eres buena, muñeca”.

Las excelentes calificaciones le proporcionaron  becas sustanciosas, por lo que papá Gabino dejó alguno de sus empleos y pudo dormir lo suficiente para enseñarle a jugar al ajedrez.  Aprendió pronto el movimiento del caballo, pero se le atragantó que el peón comiera en diagonal y que pudiera convertirse en dama al llegar a la octava fila.  Protestó y protestó a su padre.  Gabino le explicaba las reglas con pulcritud y él le demostraba la idiotez de algunas, de tal manera que habría convertido el juego en una matanza de marcianos por pantalla.  Una vez derrotado por la lógica del reglamento, cuando papá le aplicó con elegancia el jaque pastor en las tres primeras partidas, tomó tal interés por el ajedrez que no durmió hasta conseguir vencer a su progenitor con tal rotundidad que se quedó sin oponente, porque Gabino sucumbió al aburrimiento de oír con rapidez: “Jaque mate. Jaque mate.  Jaque mate”.  Consiguió ser campeón de la Universidad sin perder una sola partida.  En el momento de recibir la placa acreditativa, abandonó su motivación y no jugó más.

Al cumplir doce años, comenzó a orinarse en la cama.  Nunca lo había hecho, es más, también fue precoz en su peticiones de pipí y caca, que solicitaba como “nene quiere grifito” y “nene quiere purruf”, respectivamente.  En un principio, Pilar le dejó estar, pero al repetirse diariamente, le llegó hasta el gorro la tarea de lavar sábanas y dar la vuelta al colchón.  Cuando se decidió a recriminarle, Aristóteles contestó: “Mamá, necesito dormir. No puedo preocuparme de pequeñeces como los deseos de acudir al mingitorio”.  “¡Ah, muy bien”, dijo mamá Pilar.  Al día siguiente, ni cambió las sábanas, ni dio la vuelta al colchón.  Cuando se acostó, Aristóteles, al sentir el olor y la humedad, colocó un plástico sobre la cama y durmió entre él y la manta. Como despertó empapado en sudor y resbaló al bajar de la cama golpeándose la espinilla con el orinal, decidió hacer caso a las ganas de orinar.

Se le hacía aburrida la Universidad y decidió acabar de una vez.  Al tercer año, se examinó de todas las asignaturas de cuarto y quinto.  Matrícula de Honor fue el resultado.  Tenía ilusión por el título de doctor, así que en dos meses preparó la tesis.  Le costó elegir el tema, pero al caer en sus manos un tomo de la  enciclopedia “La Segunda Guerra Mundial” disipó sus dudas.  “¿Puede usted fabricar una bomba atómica casera?”, tituló su trabajo.  La primera frase del preámbulo constaba de dos letras: “Sí”.  En setenta y tres folios escritos y quince esquemas, demostró cómo un licenciado en Física podía plantearse y resolver prácticamente el deseo de construir una bomba atómica.  El catedrático que dirigió la tesis se asustó y solicitó el cambio de distrito.  En su lectura, todos los asistentes quedaron mudos.  A los cinco días, recibió una invitación del Pentágono.  Contestó que no estaba en su ánimo dedicarse a juegos de guerra y que si le presionaban enviaría cartas a los árabes uno a uno, explicándoles cómo fabricar el arma, de tal manera que se convirtieran en el mayor peligro para Occidente.  No hubo respuesta.  Abandonó la Física Nuclear sin aplicar sus conocimientos y se dedicó a plantar setas venenosas para exterminar a las ratas que poblaban el solar de al lado de su casa.

Papá Gabino le insinuó: “Es hora de que te ganes la vida”.  “Aquí estás tú para eso”, le contestó.  Durante una semana se encontró sin plato ni cubierto en la mesa, por lo que descubrió cómo comer setas venenosas sin envenenarse, escribió un tratado sobre ello y vendió treinta mil ejemplares, no por su contenido, sino por la propaganda de la editora acerca de la edad del autor, trece años recién cumplidos.  Papá Gabino se compró un Mercedes y no le molestó por una temporada.

Una vez que mató a todas las ratas del solar de al lado de su casa, abandonó la cría de setas venenosas y se imbuyó en temas teológicos, excluyendo la lectura de la Biblia.  Cuando ya obvió la existencia de Dios, el misterio de la Santísima Trinidad y la llegada del Espíritu Santo para fecundar a la Virgen María, recopiló vidas de santos, en especial, misioneros.

Entre libro y libro, aprendió a conducir el Mercedes, estudió su chasis e inventó la manera de que nunca pudiera volcar.  Después de instalar sus artefactos, invitó a papá y a mamá a un pequeño viaje para demostrárselo.  Llevó el automóvil por pendientes casi verticales, sorteó vaguadas y barrancos y no volcó.  Regresaba a casa tan eufórico que oprimió el acelerador a tope.  Alcanzó los doscientos veinte kilómetros por hora y sonreía feliz.  A quinientos metros de la entrada a la ciudad, la carretera tenía un badén excesivamente pronunciado.  El coche voló y un remolino de viento en contra hizo que volcaran.  Aristóteles, al diseñar la colocación de sus artefactos, nunca pensó que un automóvil pudiera girar sobre su eje transversal _incluso los contrapesos le ayudaron en el volteo_.  Aristóteles salió ileso, papá Gabino apareció con el cinturón de seguridad enroscado al cuello y mamá Pilar bajo la rueda de repuesto.

El pequeño genio les lloró la ausencia.  Vendió la casa, retiró el dinero de todas las cuentas y se marchó al África, para cristianizar tierras inexploradas.  Nunca se supo más de él.

Se rumoreó que Togo tenía la bomba atómica.

Incluido en el libro de relatos "Epistolario de un oficinista"

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