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Molintonia

Don Manuel

Don Manuel

El silbido del viento arrullaba la hacienda musicando la melodía de un silencio calmado.  La mansión se construyó grandiosa para albergar la familia próspera de don Armando, el cacique del lugar, amor de tierras fértiles, conseguidas a costa de billetera, palabrería e influencias.  Tras la casa habían crecido pinos sin fruto a modo de un jardín gigantesco.  Las flores no eran necesarias, no le gustaban.  El viejo don Armando quería todo enorme porque en su infancia sólo conoció pedazos de algo.  Los pinos crecían rápido y llegaban a tocar el cielo.  A Manuel le agobiaban, pero ya no podía rebelarse contra ellos.  Estaba tendido sobre el colchón de las agujas todavía verdes y apoyaba la cabeza sobre una raíz que asomaba en la tierra.  Junto a él, a cada lado, tenía las muletas y, a unos pasos, una hamaca cómoda, que decidió no utilizar nunca.  Miraba el gris de una nube a través del verde esperanzado.  Se había convertido en el hombre derrotado por su propio ideal y desgarraba su mente con excusas inútiles que sabía mentiras.

Cuando Manuel apenas había comenzado a gatear, su madre los abandonó, cansada de soportar ultrajes y humillaciones de su marido.  Nunca recuerda haberla echado en falta porque el dinero de su padre compró un ama rechoncha y cariñosa.  El niño pasó feliz su infancia hasta que conoció el talante de tu padre y las noticias del mundo.  Don Armando, el hombre recto, práctico, ocupado, el simpático peligroso, impuso a su hijo una formación estricta, encaminada a aumentar el patrimonio y a colocar el estatus familiar en el peldaño más alto.  Envió al muchacho al mejor colegio de la ciudad, le obligó a cursar el Bachiller en un internado inglés y le consiguió una plaza en la universidad más famosa de Estados Unidos, especializada en formar economistas.  Nunca llegó a saber don Armando que Manuel cursó filosofía y letras a la par que los estudios demandados.  Cuando regresó a la hacienda, con veintidós años, informó de su deseo de escribir con el aplomo en sus enseñanzas le habían inculcado para su quehacer de vida.  Su padre porfió cruelmente para obligarle a cambiar sus deseos.  Manuel mantuvo impertérrito su intención y se encerró durante meses en su habitación abuhardillada.

Hacía ya tiempo, Manuel se marchó de la hacienda, peregrino hacia la meditación, para encontrar el medio de divulgar su verdad.  Salió silencioso, sin dejar recado ni despedida.  Llegó hasta la cabaña del tío Jeremías.  Se detuvo y recordó sus juegos con Caridad.  Ya no continuó su camino, escondió sus ropas caras, tomó los harapos que el bueno de Juan, el capataz, le legó como única herencia y, oliendo su aroma fresco, se tumbó sobre la hojarasca de la ribera y se durmió.  No contaba horas ni días.  Se alimentó de bayas y frambuesas y vivió de la soledad.  Una tarde, Zacarías se escabullía de una paliza del amo y encontró a Manuel.  Zacarías fue su único contacto con el mundo durante años, le visitó todas las semanas, llevándole periódicos viejos, pan duro y la pregunta que siempre le turbaba:

—Sea bueno, don Manuel, ¿por qué no se viene a la hacienda?

Nunca contestó.

—Ande, don Manuel, que todos le queremos allí, Paco, Remigio, el Luisillo… y yo, don Manuel, ¿qué soy yo sin usted?  Vuelva, don Manuel.

No le escuchaba porque temía decirle “voy contigo, Zacarías, voy contigo”.

Leía los periódicos mugrientos como tentáculos hacia el mundo.  Le mantenían vivo el vómito de la sociedad que conoció en su juventud.  Siempre creyó entender lo mismo y cada día pretendía estar listo para su labor, ya purificado en su aislamiento, pero su ímpetu se derrumbaba, necesitaba más fuerza.

Una mañana leyó un número reciente casi intacto.  Sus letras, que hablaban de sangre, le azuzaron.  Colgó su zurrón del hombre huesudo y caminó hacia el mundo.

Tomó el sendero que le llevaba hasta su villa rodeando la hacienda de su padre.  Con su paso lento, reconoció parajes antaño cotidianos, cuando se escapaba con Caridad hasta el arrullo del río para refrescarse del sol del mediodía.  Su padre entonces no tenía aún claro si construiría una mansión porque la gran casa donde vivían, en la plaza Mayor, superaba en ampulosidad al Ayuntamiento.  Allí, Manuel vivía a gusto.  Decoró un cuartito junto a la carbonera y desde una puerta pequeña se comunicaba con un callejón trasero.  Era muy fácil escaparse en el verano y correr sigiloso hasta las afueras para llamar a Caridad con su silbido secreto.  La familia de la muchacha ocupaba una casa vieja lindante con los campos arrendados por don Julián a Renato, el padre de Caridad, labrados curtido en mil soles y que, por fin, había encontrado uno bajo el cual asentarse.  Hacía cinco años que despedazaba los mismos terrones.  Manuel asomaba sus labios en una rendija del pequeño establo y emitía su sonido melodioso.  Caridad pedía permiso a su madre y salía al encuentro del galán.  Don Armando no tenía tiempo para enterarse.  Todo el pueblo conocía la relación inocente… y adivinaban su final cercano.  Don Manuel, con su caminar lento, comenzó a evocar los atardeceres junto a ella, el silencio de la brisa que acunaba violetas, el rostro lozano, las piedras azules de mirada dulce, el pliegue encarnado de sus labios.  Manuel no hablaba, sus sentidos se paseaban por aquella adolescente bella.  Paseaba a su lado pisando la hojarasca seca con cuidado de sortear  las hormigas que caminaban en hilera; escuchaba sus ilusiones; reía.  Pero Caridad se marchó.  Don Armando escuchó rumores en el bar y don Julián recibió una visita.  “Amigo mío, ¿no cree usted que con la familia Lope no rinden esas tierras tan fértiles lo que cabría esperar?”.  “¡Hombre, don Armando!”.  “Mire por el negocio, don Julián.  No tienen hijos varones y Renato se está haciendo viejo”.  “Tiene usted razón, don Armando”.

Don Renato Lope recogió su hogar en la carreta y partió con su familia a despedazar otros terrones.  Manuel no tuvo valor para conocer la verdad.  Aquel día perdió su juventud y ya no regresó de la ciudad en los veranos.

Apresuró el paso y sorteó los recuerdos volviendo su pensamiento a la labor encomendada por su conciencia.  Todos le escucharían.  Él sabría sacarles las espinas que endurecían las almas y los convertiría en nuevos seres.  Le esperaban.  Lo intuía.  No defraudaría a sus paisanos, serían los primeros en conocer sus palabras, las más difíciles, y entró en el pueblo, asustado, caminando sobre el empedrado con sus pies descalzos.  Llegó hasta la plaza.  Le habían seguido en silencio unos chiquillos asombrados.  Los ancianos, sentados en sus sillas de anea, cesaron su charla y miraron al hombre extraño, intentando ver un rostro conocido.  Las comadres del corro interrumpieron sus labores porque el forastero les podía venir al pelo para matar las tardes venideras hablando de él.

Don Manuel se detuvo ante la fuerte y bebió un sorbo del caño.  Suspiró, miró la iglesia y se subió al poyo de la entrada.  Extendió los brazos y, elevando la vista por encima de las cabezas, exclamó sin temor:

—¡Amigos, escuchad!

—Es Manuel, el hijo de don Armando, ¿no lo reconocéis? —cuchicheaban.  Se marchó hace años.  Dicen que se volvió loco en la cabaña del tío Jeremías.

—Su padre lo ha dado por muerto —informó un arriero de la hacienda. No quiere saber nada de él.

—Dejadle hablar.  A lo mejor dice algo importante.

—¡Está loco! ¿No veis las pintas que lleva?

—Bueno, pero escúchale.

Don Manuel prosiguió.

—¡Amigos!  ¡Vecinos! Hoy comienza vuestra liberación.  Es hora de que rompáis el espejismo que os están imponiendo.  Es tiempo de que os unáis para combatir la plaga que os han enviado.  Escuchadme y seréis libres.

La gente le atendía curiosa.  Hombres y mujeres dejaron sus faenas.  Los mayores arrastraron sus sillas por el empedrado y tomaron la primera fila; los niños dejaron sus juegos y miraban la hombre de barba larga y casi desnudo.  El cura observaba por la ventana de su casa adosada a los muros de la iglesia.  Estaba preparado para intervenir, por si acaso.

Don Manuel siguió su plática:

—Ha llegado la hora de abrir vuestra alma, de facilitar su entrada a los razonamientos de la paz y juzgarlos con el corazón.  Debéis punzar la conciencia maltrecha.  El hombre debe alzarse contras las acciones que le hunden en los excrementos de la maldad.  Seres crueles os embaucan con mil razones estúpidas y os dirigen por caminos de amenazas que han vaciado vuestra pureza.  Así os habéis convertido en corderillos antes los designios de una ley inhumana.  Unos escondéis vuestras repulsas con la falta de fortaleza; otros ni siquiera queréis saber y entender para vivir apartados en la mentira de la ignorancia.  Los primeros pecáis de debilidad; los segundos, de irresponsabilidad.

Los ojos ancianos le miraban tristes.  Los rostros tersos comenzaban a rebelarse contra él.  Los que quisieron atacarle se impusieron a los que se burlaban:

—¿De qué hablas, pordiosero?

—De guerra, de crueldad, de armas… de manipulación por los poderosos.  Los jóvenes debéis iniciar la lucha pacífica, contra las mentes, no contra los cuerpos.  Si permanecéis pasivos, ¿dónde queda vuestra vocación de libertad?  Ahora calláis por temor.  La cobardía os domina.  Permitís a esos hombres que jueguen con los más preciados ideales humanos: la paz y la libertad.

—¡Calla, imbécil!  Vete de aquí.  Estás trastornado.  No sabes lo que dices.

Alguien quiso razonarle.

—Nadie quiere la guerra.

—Nadie de vosotros… y pocos de ellos.  Pero quieres poder y lo alimentan con armas de guerra para disuadir.  Si un día esas armas disparan, ¿me dirías que no habrá guerra?  No, claro que no, sólo destrucción.  Mientras tanto, vivís oprimidos.

—¡A nadie le interesan tus palabras, idiota!  ¡Déjanos en paz!  No queremos revolucionarios.  Estamos bien como estamos.  No eres nadie para molestarnos con tus ideas falsas, con tu exageración y tu palabrería vana.

—Soy la voz de la conciencia purificada.

—¡Eres un loco!  ¡Lárgate!

Ya no quedaban sillas frente al poyo.  Los ancianos se alejaron silenciosos.   La masa se acercaba hasta él agrediéndole con sus palabras.  Levantaron las horcas, las azadas, los puños, le amenazaron.

Don Manuel levantó una mano y su rostro se encendió.  Todos callaron.

—Quise que fuerais los primeros en la redención de vuestra culpa, en la vuelta a la virtud humana.  Habéis negado la entrada de mi palabra en vuestro corazón encallecido.  Aquéllos que sepáis de qué hablo convenced a los otros, porque un día volveré y los incrédulos esconderán la mirada a mi paso.  Aún quedará tiempo para ellos y serán perdonados.

Salió del pueblo con su victoria.  Se había enfrentado al mundo y, a pesar del rechazo, su comienzo le servía de empuje.  Inició un nuevo camino hacia otras gentes de la comarca, hacia las villas limítrofes que le repudiaron como hijo del cacique.  Pateó el asfalto, el polvo de los caminos, las piedras de los senderos que castigaban sus pies descalzos mientras buscaba argumentos en su razón para llevar al mundo al estado de la comprensión.

Buscaba las plazas y, al paso por las calles, emergía de su interior el resplandor del profeta.  Las gentes se asustaban, pero le seguían y le escuchaban.  Algunos descubrían quién era y le volvía a tachar de loco. 

—Amigos, despertad a la creación, volved a las virtudes de la condición humana, recuperad la cualidad que os diferencia de las bestias, de las máquinas.  Vosotros sois sentido, sensibilidad y si lo despertáis, encontraréis injuria en el comportamiento de los dirigentes.  Os atacan escondiendo la verdad.  No os mienten siempre, pero visten la verdad de ropajes brillantes y no queréis entender.  Ellos braman promesas, os regalan esperanzas de falsedad, desean manejaros con vuestro consentimiento.  ¡Cómo se ríen!  Cuando hablan de misiles, de zonas de influencia, de evitar expansiones, están diciendo que quieren poder, que quieren asentarse para que su dinero gobierne.  No debéis olvidar que si la fuerza es vuestra, debéis usarla para vosotros mismos.  La vida la da el espíritu.  La vida la implanta el hombre que habla con su obra, el que redime la violencia.  Abrid vuestras almas al envío del amor, al letrado en el sentimiento, al poeta, al artista, al filósofo, al cantor y entended sus mensajes.  Sujetad con ternura la sensación que os regala…

Ante él ya no se arremolinaban las gentes que podrían recibir, entender y transmitir tus palabras.  Sólo niños y ancianos le escuchaban.  Niños encandilados con su elocuencia y su aspecto extraño.  Ancianos que recordaban el brío de su juventud y le compadecían con la certeza de adivinar que él no sería una excepción y acabaría como ellos, sujeto a una silla de anea y viviendo de imágenes pasadas.

Pero don Manuel prosiguió con entereza, no se amilanó ante la gente que hacía de su vida un juego o una rutina.  Reflexionaba cada una de sus frases en los pequeños descansos que robaba a su caminar, recostado sobre un tronco mientras comía pedazos de pan seco y negro.    Quería tener fe en sus semejantes.  Recordaba los rostros que se estiraban al escucharle y los consideró apóstoles de su ideal.  Quizá fueran pocos, pero irían creciendo hasta ser suficientes para derribar las puertas de los pode—rosos.

Su voz se divulgó.  “¡El loco ha dejado su escondite!  Anda por la comarca predicando cosas extrañas!”.  Para algunos ya dejaba de ser el ermitaño atormentado y comenzaron a preguntarse: “¿Será un profeta?”.  Otros admitían su condición de inspirado, pero referían: “Vanas palabras”.  Su mensaje voló con el viento, se esparcía tergiversado, aumentado, desmenuzado, despreciado, adulado…

Don Manuel llevaba en su zurrón un Nuevo Testamento.  Y apoyado en aquellos troncos leía en ocasiones, desengañado unas, apurado otras.  Cerraba siempre el libro con un golpe seco y elevaba su rostro hacia el cielo con los ojos cerrados.  Tras suspirar, abría sus párpados y quería ver algo de lo leído.  Sólo veía azul y gris.  Después dormía.

Continuó su tarea y en una parte del camino recordó a Caridad.  Ella le habría escuchado, quizá cumpla ahora la misma labor.  Caridad tenía miedo, pensaba que el mundo estallaría en unos días cercanos y siempre nombraba palabras del Apocalipsis.  Manuel le hacía mirar con más esperanza: “Seguro que eso está lejos de suceder”.

Nueva gente le esperaba.

—¡Hombres, mujeres!, limpiad vuestro espíritu.  Mirad en vuestro interior, dentro, muy dentro… ¿encontráis manchas que os avergüencen?  Ahí están, son las taras de vuestra conciencia, las que ensucian el ideal de vivir en paz y amar al amigo… y saber amar al enemigo.  Purificaos con el agua de la simplicidad, con el agua que bebió el primer hombre, el rey de la naturaleza, y entonces comprenderéis que el hombre impuro se engaña y engaña.  Si conseguís derrocar al poder inmundo, desaparecerá la sangre amenazante y llegará la paz, la paz deseada, la paz olvidada.  Recordáis de la niñez palabras que os asustaban, palabras que desde un púlpito os hacían temblar.  ¿Recordáis cómo retumbaban las lecturas de Juan, el apóstol joven, el profeta, el amigo, con el eco de la iglesia?  Él escribió con iluminación divina: “Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.  De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones y hubo granizo y fuego mezclados con sangre y una montaña ardiendo fue precipitada al mar y murió la tercera parte de los seres vivientes.  Cayó del cielo una estrella, ardiendo como una gran antorcha y secó las fuentes de las aguas.”  Son palabras de destrucción, de aviso profético, de peligro intuido.  ¿Y haréis caso a los que desde el poder os hablan hoy de guerra y olvidaréis la voz divina?  El único que tiene poder, el infinito, dios, os habló a través de su Hijo: “Quien esté limpio de corazón vivirá junto al Señor”.  Y limpio de corazón es quien en su conciencia guarda: “Amarán a tu prójimo como a ti mismo”.  Y ahora yo os digo: el Poderoso, el Padre quiere que viváis junto a Él en el paraíso, y el paraíso es esta tierra, porque Él la creó, dijo Moisés.  Y debéis preservar esta tierra de la destrucción, debéis llevarla a la paz distendida, siendo limpios en vuestro espíritu y evitando que llegue la espada, el granizo y el fuego, la montaña y la estrella de muerte y para lograrlo hay que amarrar la mano de los que quieres hacerlos caer.

Entre el gentío nadie le llamaba loco, pocos sonreían.  Buscando el rostro de Caridad, don Manuel había visto jóvenes impetuosos que despedían ilusión, muchos venidos de lejos, de la ciudad, de otras ciudades.

Al anochecer salió al camino para buscar el tronco del descanso.  Tomó su pedazo de pan y al terminarlo metió la mano en su zurrón.  Topó con el libro sagrado y, después de abrirlo por el pasaje de la crucifixión según San Mateo, lo arrojó a las aguas del arroyo.

—¿Dónde ha ido don Manuel?

Un joven de mirada agresiva y rasgos suaves había oído hablar del ermitaño y preguntaba a un aldeano.

—Ha tomado el camino del bosque.  Por allí se llega a Valverde de Lucerna.

El muchacho ya conocía aquellos mensajes desde mucho tiempo atrás, oídos en su interior, grabados a fuego en su entraña.

Le alcanzó a la orilla del lago.

—Te esperaba —saludó don Manuel.

—Siempre creí que encontraría alguien como tú.

—No soy ningún Mesías.

—Pero no tienes miedo a decir la verdad.

—Sólo he querido renunciar a unas cosas que todos deseáis por comodidad.  He forjado mis ideas con palabras y quiero ser oído.

—¿Quién eres tú en realidad?

—Un escapado del mundo.

—Yo te encuentro tan dentro de él…  Eres valiente.  ¿Sabes que muchos te despreciarán y lanzarán su furia contra ti?

—Pero siempre habrá alguien como tú que entienda mis palabras como un hálito de ilusión que despierta el alma escondida.

—¿Eres sacerdote?

—No.

—Y ¿por qué predicas a Dios?

—Sus mensajes deben llegar a este mundo.

—Manuel —surgió una voz irreverente—, ¿crees en Él?

El silencio amarró al predicador.

—Soy cristiano.

—Entonces, ¿por qué estimular la vida en la Tierra y no la resurrección junto al Ser Divino?

—La Tierra es la morada de Dios y de los hombres.

—Pero los hombres no somos eternos.

—El hombre ha muerto y quiere matar.  Debemos crear al hombre.

—El hombre vive.

—No el hombre que yo busco.

—Sí, el hombre que buscas vive.

—No, yo debo resucitarlo antes de que muera para siempre.

—El hombre vive, Manuel, vive en el espíritu joven, en los seres que estamos despertando, en los jóvenes que no quieres destrucción y luchan contra los poderosos. No combatas por los que ya han muerto, habla a quienes aún poseen arrestos para enfrentarse a la mentira.  Ven a la ciudad, allí tomarán tu fuerza, te escucharán.

—Todavía es pronto.

—Pronto será tarde.  Yo anunciaré tu llegada.

El joven regresó a la ciudad y encendía su rostro de esperanza al explicar su conversación  y cómo le convenció para traer su mensaje.  Contagió su entusiasmo y miles de personas lo esperaron.

Don Manuel se quedó con el lago y su misterio.  Comparó la profundidad de las aguas con los hombres que no conocía.  Había pasado mucho tiempo desde que dejó la ciudad y recordó la asfixia del cemento, la masa cruel, la palabrería de los embaucadores.  Necesitaba tomar más fuerzas, necesitaba a Valverde, la villa que le acogería con calor, donde sus gentes le respetaban porque compartían sus ideales, disfrutaban con sus palabras y no tardarían en ponerse en acción.  Después saldría hacia la ciudad.

Levantó la vista hacia el cielo y vio brillo a través del azul.  Comenzó a caminar fortalecido.

Oyó chasquear la maleza.  Volvió su mirada hacia el ruido.  No había nadie junto a los arbustos.  Tuvo un presentimiento.  Sintió temor, pero no aligeró su paso.  Tras una roca, cuatro hombres enmascarados le salieron ante él.  No se detuvo.  Al intentar, arrogante, pasar entre ellos, uno le derribó y los otros tres descargaron sus palos en su cuerpo.  El que le empujó permaneció observando.  Cuando dijo “basta”, sus compañeros le obedecieron y se apartaron.  Agarró los tobillos con sus manos y le giró los pies.  A continuación le asestó unos golpes secos en los muslos, en las tibias… y fijando sus ojos en el rostro de un don Manuel resignado, ordenó “vámonos”.

El silbido del viento arrullaba la hacienda meciendo las ramas y musicando la melodía de un silencio calmado.

Reposaba entre los enormes pinos de su padre.  Había vuelto a casa, le habían llevado, no pudo oponerse… en realidad nunca quiso decir no.  A su lado, descansaban dos muletas como tentación de dar el paso que le alejara de su silla de ruedas.  Apenas abría los labios para alimentarse y susurrar un saludo al bueno de Zacarías.  La ciudad se quedó en el horizonte para siempre.  Mirando hacia ella sólo veía a Caridad con sus ojos vivos.

Por primera vez, Zacarías vio cómo don Manuel cogió las muletas y comenzó a moverse.  Se acercó hasta la mesa de mármol.  Tomó papel y pluma.  Pensó largamente mientras perdía la mirada entre los pinos.  Esperaba convencerse de su nueva intención, asentar la validez de su idea.  Sus dedos parecían frenados.  Y escribió.  No renunciaba a sus palabras ni a su deseo de comunicarlas y de crear inquietud.  Daría al mundo engañado su mensaje.  Quedaría escrito y conocido.

Zaragoza, año de gracia 2051

Zaragoza, año de gracia 2051

Se despertó aturdido.  Apenas podía abrir los ojos.  La cámara hibernática no estaba iluminada, llegaba luz a través de un foco alejado.  Deslizó la mampara de cristal que le aislaba de la estancia y dio unos pasos, frotó su cara y se despegó el cabello de la piel.  Su mente estaba confusa, se perdían sus recuerdos.   Empujó la puerta de la cámara.  Se abrió con lentitud, pero con facilidad.  “¿Ya es la hora?”, se preguntó.  Anduvo por la sala con los ojos semicerrados hasta que tropezó con un taburete.  El ruido le hizo daño.  Lo colocó en su posición anterior y se sentó en él.  Recogió la cabeza entre las manos y apoyó los codos sobre sus rodillas.  No podía concentrarse, tiraba con fuerza de sus cabellos húmedos, apretaba los párpados, presionaba sus antebrazos contra la cabeza… Poco a poco desapareció el zumbido y sus pupilas se acostumbraron a la nueva situación.  Su primera mirada se dirigió a la pared y centró su atención en el suelo blanco.  Se relajó.  Ahora percibía un bip—bip continuo.  Provenía de una máquina que soltaba una gráfica a impulsos, como un encefalograma.  Se levantó torpemente para intentar desconectarlo.  El movimiento le fatigó y se alteró.  No encontraba la forma de desconectarlo.  Golpeó unos mandos repetidamente.  El bip—bip cesó.

Buscó apoyo en la pared.  La piel de su espalda resbalaba por el material brillante.  Enfrente vio una ventana que daba a un patio interior.  Avanzó hacia ella arrastrando los pies.  Al alcanzarla cedió su peso a la frente que, junto con sus manos, buscó apoyo en el cristal.  Estaba cubierto de vaho.  Deslizó sobre él las yemas de los dedos.  Le agradó el tacto húmedo.  Tenía la piel arrugada.  Extendió las palmas y lo desempañó.  Miró al cielo.  El día estaba oscuro.  Le pareció temprano.  Abrió la ventana y respiró profundamente.  El aire le hizo bien.

 

—¿Dónde vas, papá?

—Salgo de viaje y tardaré en volver, Sergio.

—¿Por qué tardarás?

—Es muy importante.

—¿Y no podremos ir contigo?

—No, hijo.  Allí sólo puedo ir yo.  Mamá se quedará contigo y me esperaréis, ¿de acuerdo?

—Pero no te llevas maleta.

—Adonde voy no necesito maleta.

—¿Te darán ropa, y cepillo de dientes, y corbatas?

—Sí, no te preocupes, me cuidarán bien.

—Estás mejor en casa.

—Es difícil que lo entiendas, pequeño.

—Entonces, ¿podré disfrazarme con tus camisas?

—Claro que sí, pero no las ensucies, eh, o mamá te regañará.  Oye, Sergio, ¿cuidarás bien a mamá?, ¿bien, bien?

—Prometido, ya soy mayor.

—Adiós, hijo.

—Adiós papá, sé bueno.

 

El frío le mañana le hizo temblar.  Caminó hacia atrás y saltó sobre sus pies para conseguir un poco de calor.  Las piernas le fallaron y cayó al suelo.   Casi no se pudo levantar.  Volvió a sentarse en el taburete y esta vez sintió el frío en las nalgas.  Estaba desnudo.  Tenía el vello erizado, los dedos de los pies ligeramente morados.  Pesadamente, se acercó a la ventana y la cerró.  Frente a ella vio un armario y se dirigió a él con dificultad.  Al abrirlo, el olor fuerte le obligó a volver el rostro.  Había colgado trajes blancos y tomó uno.  Los focos del techo destellaban en los botones nacarados.  Comenzó a desabrocharlos.  Sus manos se desentumecían.  El abrigo de aquel tejido le causó una sensación extraña.

 

—Solamente tiene una solución, señor Luna.  Debe hibernarse.

—¿Hibernarme?

—…es duro, lo sé.

—Espero que lo sepa, por Dios.

—Serán dos o tres años como máximo, la ley no permite más de cuarenta meses y en su caso será suficiente.  Las investigaciones están muy avanzadas.  Con este procedimiento, evitaremos la proliferación del virus y usted estará vivo para someterse a la nueva medicación.  En otros casos ha funcionado. 

—¿Vivo? ¿Congelado?

—Sus órganos no sufrirán deterioro.  No sentirá nada.

—¿Y si al cabo de dos o tres años, o de cuarenta meses, la enfermedad sigue sin solución?

—Es su riesgo.

—No me ha contestado.

—Es imprevisible.

—Me devolverían la vida para dejarme morir.

—Es tiempo suficiente, señor Luna.

—Dos años muerto… ¿qué ocurrirá entretanto?

—Todo seguirá igual.

—Espero que las investigaciones no.

—No, claro, la ciencia no se detiene.

—¡Ah, bueno!

—Entonces, ¿accede usted?

—Sí, claro, los virus no se detienen.

—Fijemos fechas.

—Déme tiempo, doctor.

—Lo comprendo, pero no se demore.

—Pierda cuidado.

 

 

Dejó la antecámara y salió al pasillo.  Se sentía ridículo con aquel traje.  No tenía cara de médico.  Avanzó tambaleante unos pasos, pero aseguró sus piernas y pudo evitar chocar contra la pared.  Había muy poca luz.   Solamente estaban encendidas las luces de noche.  Un resplandor le indicaba el ‘office’ de las enfermeras.  Siguió con sus pasos renqueantes y llegó hasta el mostrador bajo.  “¿Qué hora es?”.  Buscó el reloj sobre la puerta.  Marcaba las seis y veintidós.  No había nadie.  Sobre el mostrador una pantalla marcaba la fecha del día: 25 de octubre de 2051.  Tenía suerte.  No habían terminado los dos años previstos.  ¡El virus!

 

—Se lo explicaré en palabras llanas. En su análisis de sangre hemos encontrado unos organismos desconocidos.  Con su acción impiden que el oxígeno llegue a las células con la cantidad necesaria.  Por eso se siente usted cansado y respira con mayor frecuencia, tiene sobrealiento al realizar esfuerzos y aumenta su ritmo cardíaco…  Aún no conocemos con certeza de dónde viene.  Las primeras teorías apuntaban a una infección del agua corriente.  Hoy los investigadores han descubierto un posible presencia de ellos en el aire, aunque no afecta a todas las personas por igual.  En España, hay doce casos.  En Zaragoza, ninguno.  Pero usted viaja mucho, ¿verdad?

—Sí, suelo visitar todo el Norte, desde Cataluña hasta Galicia.

—En Barcelona y Bilbao se han detectado los casos más virulentos.

—¿Y?

—Seré sincero.  La mortalidad ha sido del cien por cien.

 

El traje blanco comenzaba a darle asco.  Odiaba a los médicos, tan autosuficientes, tan acostumbrados a tener el paciente en su poder.  ¿Dónde dejaron su ropa?  Debía estar en algún sitio.  Recordaba su traje azul con la insignia de La Salle, la corbata granate, la camisa listada.  Regresó a la antecámara.  Al lado del aparato desconectado, vio una puerta.  La palpó y comprobó que nada le impedía el desplazamiento.  Al mismo tiempo que se abría, la otra estancia se iluminaba con una luz amarillenta.  Era un laboratorio que acogía aparatos sofisticados.  Al frente de la puerta se veía una mampara que separaba un despacho.  Entró en él.  Sobre la mesa se alzaba una pantalla que titilaba.  La tocó y se activó de inmediato, con un fogonazo que casi le hizo daño a los ojos.  Conocía la estructura de los ficheros que encontró abiertos, una base de datos con opciones parecidas a las de su trabajo.  Tecleó “Adán Luna Sender”, y apareció su fotografía en un registro repleto de botones virtuales.  Pulsó en “Informes”  y surgió una imagen de su cerebro con una mancha oscura en la base.  Instintivamente se llevó la mano a la nuca.  Siguió buscando y las últimas palabras le hicieron cerrar los ojos con fuerza: “Sin solución de continuidad.  Desconexión.  Zaragoza, 17.09.2051”.

Sabía que iba a morir, pero expuesto de esta forma tan brutal sintió daño.  ¿Cuánto tardaría el virus en hacer su efecto?  Rechazó sus preguntas y su temor.  Salió del despacho y examinó el laboratorio.  Le extrañó la sensación de vacío.  Era consciente de su estado, de que actuaba por impulso, de que apenas podía pensar.  Pasó a otra estancia.  En un armario encontró sus ropas.  Se vistió con lentitud.  Le faltaba aliento.

 

—Elisa, tengo miedo.

—Todo pasará.

—¿Qué pasará?

—El tiempo y tu enfermedad.

—Y ¿si no hay solución?

—¿Qué más te da?  Hay que ser fuertes.  Si no te hibernan, en un mes…

—Tengo miedo a la muerte.

—Te enseñaron a Dios, ¿no es cierto?

—¿Tú crees que basta con eso?

—Adán, es la fe.

—Sólo pueden tener fe los ignorantes, la gente simple.  Quien sepa pensar siempre se quedará cuando menos en la duda.

—Nunca me hablaste así.

—Nunca tuve la muerte cerca.  ¿Y si no hay nada después?

—Debes confiar en Dios.

—Es la única solución, ¿no?  Por si acaso existe, para no ser condenado.

—Siempre creíste en Él.

—Y siempre dudé.

—Rezabas y eras feliz haciéndolo.

—La fe que me enseñaron.

—No renuncies a ella

—No tengo más remedio.

 

Salió al pasillo nuevamente.  El silencio del hospital le envolvía.  Caminaba muy despacio.  No percibía ningún ruido.  Revisó algunas habitaciones.  Todos los convalecientes dormían.  El ocupante de la 302 tenía la boca abierta.  Desde fuera, le pareció que no respiraba.  La pantalla de su lado emitía un bip—bip rápido.  La  cabeza le seguía dando vueltas.  Se le nubló la vista y se dejó caer al suelo.  Tardó unos segundos en recuperarse, pero creyó haber estado horas sin sentido.  Todo seguía igual.  Silencio.  Comenzó a preocuparse.  Volvió a caminar apoyado en la pared.  Las habitaciones tenían la puerta cerrada.  Ni una voz, ni un susurro.  Salió a la sala de los ascensores y llamó al más próximo.  Decidió bajar por las escaleras.  Desentumecería las piernas.  Se apoyó en la barandilla e intentó flexionar las rodillas para comprobar la fuerza de sus músculos.  Le respondieron.  Pero casi no podía respirar.  Descendió los peldaños despacio, midiendo cada movimiento.  Elisa, ¿dónde estará?

 

—Es un niño, Adán, un niño.

—No importa niño o niña, es nuestro.

—¿Qué nombre le pondremos?

—Abel.

—Y yo Eva, ¡no te digo!

—Es broma, mujer.

—Y al siguiente Caín, ¿de acuerdo?

 

El reloj de la planta baja daba las siete cero uno.  Ni un murmullo.  Manejaba mejor las piernas.  Volvía a caminar sin apoyarse en la pared.  Le llamó la atención una pantalla encendida y se acercó a ella.  Mostraba una página de noticias.  Tensión mundial.  El presidente italiano pide sensatez.  El mundo, a punto de estallar.  ¿Se atendrán a razones los dos grandes.  A las 18:00 de ayer se reunieron en Ginebra Sun y Patrick.  Ambos han accedido al contacto después de las presiones de Italia y la India en su papel de intermediarios entre las dos grandes potencias para lograr esta cumbre mundial en el momento de mayor tensión de los últimos cien años.  Corlane y Ghandi están encabezando un movimiento para detener el enfrentamiento entre China y Estados Unidos que podría desembocar en una guerra de inalcanzables consecuencias debido a la carrera armamentística de ambos países.  Las conversaciones se preveían muy tensa.  Han durado menos de una hora y ambos líderes han salido de su encuentro con expresiones altamente preocupantes.  Es conocido el carácter inflexible de Patrick y Sun no admite las pretensiones americanas en Asia.  Ninguna ha realizado declaraciones y los dos han acudido directamente al aeropuerto para tomar sus aviones y regresar a Washington y Beijing.

Comenzó a dolerle terriblemente la cabeza y recostó la nuca sobre un estante.  “Estos imbéciles continúan podridos”, pensó.  Dejó que transcurrieran unos minutos y siguió mirando las noticias.  El titular le estremeció.  USA y China dispuestos a utilizar todo su potencial.  Hoy se cumplen treceavos de las agresivas declaraciones de Randolph Taylor.  Desde aquel día, el cuarenta por ciento del presupuesto estadounidense se destina a armamento.  Su sucesor, Patrick, es la continuación del política del miedo.  El mundo teme a los botones.  Cientos de misiles apuntan en direcciones opuestas.  Los chinos han avisado de que no vacilarán en hacer uso de su poder de disuasión.  Tecnológicamente, aún van por detrás de Estados Unidos, pero hace varios años que poseen poder atómico para acabar con el planeta.  Desde su base espacial Mao controlan los movimientos del mundo…

…El plutonio ha sido desbancado.  Las armas químicas han adquirido preponderancia en las investigaciones y se han convertido en una amenaza ostensible.  El proyectil MKR17, diseñado como la bomba H por científicos alemanes en la Universidad de Oregón, es el arma más sofisticada de las creadas hasta hoy.  Nace de la bomba de neutrones, más conocida como la “bomba del capitalismo”.  Su radio de acción sobrepasa los quinientos kilómetros y actúa solamente sobre células vivas.  Destruye sin explosión, se mueve con el nitrógeno del aire y mata en silencio.  Sólo unos segundos…

…El observatorio de Maspalomas ha conseguido investigar las posibilidades de la nave espacial Mao.  Su descubrimiento no puede alarmar más a los españoles.  Si actúa para la interceptación de misiles lanzados desde la costa atlántica de Estados Unidos, existen grandes posibilidades de que su acción se demore hasta que sobrevuelen suelo ibérico.  ¡Si esto ocurriera…!

Salió al exterior.

“Han apretado el botón”.

Frente al hospital yacían dos cuerpos sobre el asfalto.  Se acercó hasta ellos.  Tenían la piel amoratada, las piernas encogidas, las manos tapaban los oídos.  Tocó su frente.  Al contacto con los dedos cálidos, brotó un ligero reguero de sangre.  Cerró los ojos y se desplomó.

“Ha estallado.  Todo ha muerto”.

Vio lacias las hojas de los árboles.  Caían de las ramas con el viento frío y llegaban al suelo posándose con suavidad.

“¡Elisa!  ¡Sergio!

Comenzó a caminar enfebrecido.  Intentó correr.  Tuvo que detenerse, el mundo daba vueltas a su alrededor.  Se recostó sobre una pared y al fondo de la calle vio tres coches cruzados, subidos a las aceras.  Sus conductores estaban recostados sobre el panel de dirección tapándose los oídos con sus manos.

El sol había salido como él lo recordaba.  Dio unos pasos para comprobar su estabilidad y pudo seguir caminando.  A su alrededor, en cualquier dirección, yacían cuerpos en igual postura, caídos de costado, con las rodillas encogidas hacia el pecho y las manos sujetando ambos lados de la cabeza.

Adán solamente se preocupaba de la longitud de la avenida.  Quedaban kilómetros para su destino y se encontraba débil.  Le aterrorizaba el silencio, el silencio del viento del amanecer.  Se atemorizaba de sí mismo, de su final.  Cruzaba los brazos agarrándose con fuerza a los hombres y en sus ojos comenzaban a convivir lágrimas de rabia y de dolor.

“Todo está acabado.  Hemos destruido el mundo.  Los hombres han vencido en su batalla contra el hombre”.

Seguía la línea recta de la avenida.  Los ojos semicerrados miraban hacia la barandilla del Ebro.  El agua continuaba su camino sin la esperanza de dar vida.  Bajo el puente de Piedra se escapaban dos mil años de historia.  Sobre sus arcos yacían más zaragozanos.  Muertos.  Cada pisada aguantaba frágilmente el peso de su cuerpo.  Cada pisada hacía caer al suelo una lágrima de impotencia.

Ni un ápice de vida.  No quería escuchar el susurro del agua.  Atraía a su mente recuerdos de la Historia que estudió en las aulas viejas del colegio de Montemolín.  Los hermanos elogiaban el espíritu del hombre y sus logros en el tiempo.  ¡Qué ironía! 

Ahogaba los kilómetros de la avenida con la vista del río que no había muerto y con sus nostalgias inútiles.  Se resistía a evocar a Sergio, a Elisa.  Tenía miedo a desfallecer.

Su calle estaba vacía, silenciosa, iluminada.  Los muertos la habían respetado.  Se detuvo ante el portal y miró arriba, al tercer piso, el último del edificio.  Había una ventana entreabierta.  Entró al patio y acarició las plantas artificiales.  Evitó la espera del ascensor y subió una a una, lentamente, las escaleras.  Buscó en sus bolsillos las llaves y encontró la cartera.  Se le cayó de las manos.  Quedó abierta en el suelo mostrando una fotografía de tres personas sonrientes.  La pisó.  Entró en casa.  Caminó hasta el dormitorio.  Empujó la puerta suavemente esperando lo imposible.  Elisa abrazaba a Sergio.  Un hilo de sangre seca descendía de su oído derecho.  Apenas podía ver a Sergio.  La madre lo protegía con todo su cuerpo.  Adán se acercó sereno y besó sus mejillas.  Se sentó en el borde la cama y abrió el cajón de la cómoda.  Cogió la pistola, la apoyó en su sien y disparó.

Línea 38

Línea 38

Mientras escalo por los peldaños de entrada tintinea el ding—dong de salida.  Deposito mis monedas, recojo el billete, acaricio el plástico que cubre la barra alta y me detengo.  Por un instante, algunos pares de ojos me escrutaron.  Pero no, no soy nada especial, uno más.  El murmullo de conversaciones intrascendentes me hace reflexionar sobre la impersonalidad de la situación. Se repite cada día.

Los asientos están ocupados.  Al fondo, algunas personas se aferran a las barras verticales.  Esperan su parada.  Se apean.  Vuelve a sonar el ding—dong.  Otros recogen su billete.  Otra vez se alzan los ojos escrutadores, pero igual abandonan su objetivo por rutinario.  Tampoco son nada especial.  Se acerca mi destino.  Ahora la barra vertical es mía. La puerta resopla.  Se abre y bajo.

Dos, tres… varios viajes todos los días.  Y por impersonal es enervante.  Supongo que debe ser así.  Es cruel sentir una masa que asfixia, unos cuerpos que oprimen y no poder por impotencia suplicar que todo cese.  Quizá cincuenta, quizá cien personas que se pisan, que se empujan que sienten el calor de unas a otras y… quizá cincuenta, quizá cien personas solitarias.

¡Si el autobús hablara… quién sabe si no callaría por respetar la cotidiana incomunicación de sus pateadores!

Mas sin palabras también hay vida.  Los labios se tabican, pero vence el movimiento.  Seguro que el autobús no habla, pero sí posee el dossier anecdotario de sucesos que presenció:

 

“Aquel señor llevaba gafas oscuras y bastón blanco.  Se sentaba delante, en el primer asiento.  Prendida en su solapa y acariciándola continuamente con sus dedos, enseñaba una tira de números.  La cabeza, alta; sus manos, nerviosas.  Era ciego.

El autobús se preparaba para cruzar el canal Imperial.

—¡Señor conductor!  ¿Podría pararme después del puente, junto a la parroquia.

El señor conductor se volvió extrañado.  Su mirada, ruda.  Analizó, desafiante, a su interlocutor y se sintió seguro al ver que miraba al frente sin poder observarlo.

—Lo siento, no tenemos parada donde usted dice.  Si acaso el semáforo se pusiera rojo…

El ciego agachó la cabeza, se santiguó, entrelazó sus manos y susurró algo que parecía un padrenuestro.

La puerta delantera lanzó un resoplido.  Ronca, seca, volvió a sonar la voz del conductor con un atisbo de bondad mal disimulada:

—¡Venga!, que lo tenemos rojo. ¡Baje usted!  ¡Rápido!

El suspiro del ciego liberó a los ocupantes de toda la tensión retenida.  Sonrieron.”

  

“¿Adónde va aquella pila de paquetes?  Por el pasillo del autobús, con inverosímil equilibrio, se deslizaba una señora con la compra ciertamente que de todo un mes.

Sin pedir ayuda y sin nadie que se la ofreciera, alcanzó la puerta trasera.  No podía bajar.  El hombre del último asiento volvió la cara.  El que miraba por la ventanilla grande consiguió sentarse.

De la fila de los que subían, se escapó un muchacho.  Cuando fue a coger el primer paquete, la pila se desparramó.  La buena mujer mantuvo su silencio.  Entre los dos recogieron el desastre.  El muchacho perdió el autobús”.

 

“El puñetazo sonó clarividente.  Tendido en el suelo, el agredido miraba extrañado.  El agresor, tranquilo, se apretaba los nudillos, dibujando un leve gesto de dolor.  En la siguiente parada, nuestro primer personaje se apeó asustado, muy asustado.  El muchacho, con uniforme de soldado del Ejército del Aire y una cartera en la mano, se quedó pensativo, con una expresión de seguridad que mostraba sentido de justicia: ‘Se lo merecía’.  Al descender, caminó con paso firme hacia Gran Vía, 4.  Su rostro no presentaba el menor arrepentimiento.

Cuando el autobús describía movimientos bruscos, aquel señor se abalanzaba sobre el soldado.  Las primeras veces, el muchacho se sorprendía y aceptaba el perdón.  Se volvió de espaldas.  A la siguiente ocasión, el hombre aún tomó más impulso y, torneando los hombros hacia atrás, le empujó con mayor decisión y fuerza.  El puñetazo surgió como un disparo.”

Pero sigue impersonal el entorno. Apenas nadie dice nada. 

No importa.  El mundo no se detiene, sigue.

 

Reseña de Historias de sujetadores, de Anabel Consejo

Reseña de Historias de sujetadores, de Anabel Consejo

Es el primer libro que publica en solitario mi socia en 3d3 LiterArt Anabel Consejo Pano, y así os lo cuento.

 Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños, dice Blanche Dubois en “Un tranvía llamado deseo”

 Imaginar un sujetador promovería, al menos, dos interpretaciones, según sea evocado por un varón o por una mujer.  A través de un varón, las dos copas y el cierre presentarían un escenario erótico, un anticipo, quizá, de una intensa sesión amatoria.  En la recepción de una mujer, convengamos que la imagen se alargaría, antes que por el erotismo, por las vicisitudes del mundo femenino, exclusivamente femenino, como prenda práctica y cotidiana.

 ¿Será Historias de sujetadores un libro erótico o un libro de mujeres? Hay contestación a las dos opciones, aunque no sólo a ellas.

La autora se sumerge de lleno en el universo de la mujer; mujeres son las protagonistas principales de todos los relatos del libro, aunque en todos menos uno, “La ciega”, aparece replicando un hombre como parte importante en la acción.  El mundo de Anabel en este libro es dual, sí, del yin frente al yan, movido por las remembranzas eróticas que a los varones nos puede despertar el título y que resultan atractivas desde las fantasías femeninas que iremos encontrando: el jardinero musculoso o un amante esporádico, hacerlo en el baño de un tren o en la trastienda de una panadería, contratar un prostituto o seducir a un becario…

Pero con el encanto de lo erótico sutil, dulce erotismo blanco, este libro de catorce relatos no solamente aterriza en el mundo sensual.  A lo largo de sus páginas, nos llevamos también muestras para reflexionar sobre las mujeres prisioneras que se enfrentan a su destino, ya sea un matrimonio hundido en la rutina, un marido humillador, el avance de la edad, el abandono del amante o el síndrome de la cuidadora.  También nos enfrentaremos al equívoco, escandalizándonos en la primera página del relato y riendo al final cuando comprobemos cómo las palabras juegan malas pasadas, sobre todo si somos curiosos impertinentes.

Y por cambiar de ambiente en un ejercicio que requiere poco esfuerzo, podremos sentirnos en una sala de cine reviviendo películas especiales que la autora nos trae con un guiño cómplice: nada menos que el gran Hitchcock con “Rebeca”, o la escena tan recordada de “El cartero siempre llama dos veces” entre unos apasionados Jack Nicholson y Jessica Lange, o esa historia sublime de Tita, no tanto con su amado Pedro, sino en la relación con su madre María Elena, en “Como agua para chocolate”, de Alfonso Arau.

A mí me gusta Ingrid, sueca tenía que ser, esa señora que se la juega frente a su marido bobo, insulso, superficial, asumiendo la nostalgia de lo que fue, pero ya no es, y así se sobrepone a su realidad enfrentándose a los convencionalismos y prefiriendo su dignidad a la vida cómoda después de su último intento por recuperar un tiempo mejor. 

Anabel apenas se escabulle de lo cotidiano, se siente vital dentro de unos entornos de la intrahistoria que crean episodios relevantes, o que se hacen relevantes porque la autora los coloca en el escenario literario; tanto monta, monta tanto.  Se atreve con la mirada ingenua de una niña narrando la aventura de su padre con una prostituta.  Se atreve con aventuras electrizantes de amas de casa o ejecutivas de postín.  Se atreve con la mujer madura y el joven transformado.  Se atreve con insinuaciones de zoofilia.  Se atreve con la grafología.  Se atreve con el amor.  Se atreve. Porque es valiente no le teme a una hoja en blanco ni a lo que en ella crea.

 Se arriesga y gana.

 

Sólo entre las hojas del libro hallé restos de su aroma, en “Azules, no grises”, de Anabel Consejo

Contigo somos + paz

Contigo somos + paz

Estuve allí y suscribo este artículo...

Somos Más Paz desde el 24 de Octubre

La unión interna comienza a exteriorizarse en grandes aforos. Los convocantes valoran satisfactoriamente esta primera gran cita por la paz que nace dentro. Aún quedaron asientos vacíos pero se irán llenando. Irán llegando de todos los lugares, de todos los credos, de todas las edades y condiciones sociales. Aún quedaron sillas vacías en el gigantesco Palacio de los Deportes de Madrid, pero había que comenzar algún día a llenar esos amplios aforos para la paz y el arranque fue extraordinario.

En medio de las gigantescas y frías instalaciones deportivas ardió el fuego de la fraternidad. El 24 de Octubre fue sólo el comienzo de un futuro trabajo aunado entre grupos y entidades que apuestan por esa sagrada paz que nace en el interior de cada ser humano. Fundación Ananta, Fundación Valores-Carta de la Tierra, Instituto Potencial Humano, Fundación Cultura de la Paz y Hub Madrid fueron las organizaciones convocantes de este “Contigo somos + paz y X aniversario de la Carta de la Tierra”. Detrás de ellas todo un elenco de organizaciones que se brindaron igualmente a apoyar tan importante cita de unidad. Había que comenzar a exteriorizar a gran escala la unión interna que se está fraguando, había que manifestar ya físicamente la fraternidad que está emergiendo. Escribimos para los que tuvieron la suerte de estar presentes en esa mañana grande, también para los que enviaron su espíritu, para los que no lo vieron con los ojos de la carne.

La cifra de asistentes se acercó a los 4.000, lo cual constituye la mayor meditación por la paz y la fraternidad que nunca se haya realizado en nuestro país. Aún quedaron asientos vacíos, pero nos consta que por toda la geografía ibérica había muchas almas sintonizadas con esos instantes de profunda unión en lo interno. Escribimos para la historia, para que se sepa cuándo los humanos comenzaron aquí a llenar grandes aforos deportivos, escribimos para un mañana en el que este género de actos estará a la orden del día. En el futuro será habitual confraternizar más allá de nuestros credos personales en lo más puro de nuestras almas. Será habitual unirnos en la palabra sagrada, en el silencio unificador, en la invocación aunada y poderosa, gentes de diferente filiación espiritual. A partir del domingo 24 de Octubre ya será más fácil, pues hay precedente. Se podrá avanzar en este tipo de futuras unidades de acción, pues ya se ha ensayado. Os ofrecemos algunos breves, pero significativos extractos de los discursos de ponentes. Más difícil nos será atrapar la música de Ocno, Luis Paniagua o Ravid Goldschmidt, más difícil será atrapar los guiños traviesos de los duendes, describiros cuando los gnomos de la utopía de la "Fábrica de los sueños", remontaban los cielos empujándonos también a cada una de las miles de personas presentes, a la cumbre de la emoción. No, no hallaremos las palabras. Quizás las fotos que acompañan estas letras os sugieran algo de la ternura, el color y la fantasía con las que Marisa Tejada y sus duendes nos cautivaron a todo el público.

Oradores para la paz

El acto lo presentó María Pinar, de Fundación Valores, quien fue dando la palabra a cada uno de los ponentes.

Para que no hubiera duda alguna, María Toscano lo dejó bien claro desde el primer momento: la verdadera paz es una conquista de adentro. La catedrática y conocedora profunda de mística comparada, colocó el desafío de la paz bien cerca de cada quien: “El obstáculo de la paz somos nosotros mismos”. Invitó a ganar la “otroidad”, como parte de nosotros mismos, a “comunicamos de profundidad en profundidad, de alma a alma”. Redondeó afirmando: “Siendo el otro, no tenemos que asimilar al otro”. Desde “nuestro propio lago interior” la oradora sugirió abrazar la infinidad y el universo. Ya en un plano más concreto, abundó en la verdad como necesidad pública: “Necesitamos la verdad como condición de paz”. Igualmente Toscano apuntó que no puede haber paz mientras perdure el hambre, la injusticia, la persecución, la ignominia, la violación… Por último vinculó la verdadera paz al amor, pero matizó que se refería a un amor profundo e incondicional, nada fácil, “amor como capacidad de comprender al otro, amor como plenitud del ser humano”. Sus últimas palabras fueron en referencia a la alegría como el fruto de la paz.

El cirujano Mario Alonso Puig quiso mostrarnos cómo transitar de un corazón en guerra a un corazón en paz. El argumento para ese mutuo respeto se manifestó contundente: “El otro es tierra sagrada”. Después puntualizó: “En realidad todo ser humano es tierra sagrada, aunque no esté en su mejor momento”. Ensalzó a continuación el valor de la compasión: “cuando el otro es agresivo conmigo, hay un profundo dolor dentro de sí mismo…” y de la misericordia, “que quiere decir enviar nuestro corazón al otro”. Seguidamente apuntó lo más difícil: “enviárselo sin plantearse siquiera, si el otro merece o no el corazón”. El médico y escritor condujo también sus palabras hacia el amor. Describió las diferentes formas de amor en función del grado de correspondencia que esperamos: “finalmente se ama sin necesidad de ser amado, sin otro deseo y otro gozo que el de amar”. Se despidió con un “Namasté”, que es un saludo en sánscrito que indica: “me inclino ante la luz y la belleza que hay en tu interior”.

Seguidamente Federico Mayor Zaragoza ejerció una vez más con fuerza y poder su liderazgo indiscutible en el marco de una ciudadanía consciente y comprometida. El viejo profesor y diplomático, el incansable defensor de los derechos humanos y trabajador por la alianza de las civilizaciones, se arrancó con fuerza: “Necesitamos una movilización general. Ya nunca más la mano armada, sino la mano tendida… La paz en uno mismo, en el hogar, en el aula, en el pueblo, en la ciudad…, la paz en el mundo entero”. A continuación arremetió contra el “adagio perverso”: “Si quieres la paz, prepara la guerra”, e hizo votos por un nuevo rumbo planetario: “La paz es el fruto del trabajo cotidiano. Todos los días hemos de luchar contra la pobreza. Todos los días han de ser para nosotros días de paz. Tenemos que estar a la escucha de los demás…”. Emocionó al auditorio cuando recitó la declaración de las Naciones Unidas, cuando lanzó ese llamado que él tanto ama: “Nosotros los pueblos, la gente…, tenemos que evitar la guerra a las generaciones venideras”. Obviedades que en su potente y ronca voz adquirían una emoción inigualable: “Todos somos iguales en dignidad…” No escatimó tampoco autocrítica: “Hemos ofrecido la vida a los designios del poder, a terceros. Hay que formar ciudadanos libres y responsables. Más allá de las formalidades de la democracia, hoy hay otras formas civilizadas de expresión. Contamos para ello con nuevos medios”. Apeló a desterrar la cultura del dominio y abogó por la gran transición hacia una cultura de conciliación y de paz. Animó en esa misma dirección a desvivirnos en favor del otro: “No podemos mirar para otro lado cuando observamos los pingües beneficios que obtienen las empresas occidentales en el tercer mundo a costa de mano de obra barata y agotamiento de recursos. No puede ser que haya gente que muere de hambre, cuando nosotros tenemos de todo”. Seguidamente inculcó nuevo coraje a la ciudadanía allí representada: “Los ciudadanos somos los que dirigen el mundo, el mundo lo han de dirigir las democracias genuinas. No puede ser que sólo los más prósperos de la tierra, los que gozan de mayor poder político o económico nos dirijan. No debemos permitir que sean siempre los mismos”. Por último trajo hasta el palacio deportivo al poeta García Lorca, que hace algunas décadas ya había profetizado que no tardaría en llegar: “una gran explosión espiritual que permitiría a todos los seres humanos vivir iguales en dignidad”. He aquí las últimas palabras en la alocución de quien ha entregado su vida entera a la paz: “Caminemos hacia la interdependencia global y responsabilidad universal... El destino común nos hace un llamamiento para buscar un nuevo comienzo. Para cumplir esta promesa debemos cambiar de mentalidad y de corazón. “¡Contigo la paz es posible!”. Por último, subió a la tribuna de oradores quien suscitaría una y otra vez los aplausos de un público absolutamente adherido a su mensaje.

Joan Antoni Melé, con su invitación a ser consecuentes y responsables en la vida práctica de los ideales que proclamamos, terminó de ganar el corazón de los asistentes. El número dos de Triodos Bank hizo un llamado muy directo a cada uno de los presentes a implicarse de forma real con el nuevo mundo que ya está emergiendo y a privar de energía al sistema imperante. Pero antes de lanzarse a ganar para el compromiso ético y social a quienes atentos escuchábamos su discurso, contó la bella historia de una navidad en los frentes de la primera guerra mundial. Allí soldados de un lado y otro de las trincheras llegaron a confraternizar en unas fechas tan especiales. En medio del campo de batalla afloró de forma espontánea la paz y el amor, cuando quienes se estaban matando optaron, siquiera por unos breves momentos, por los cigarros compartidos y la amistad. Tras la bella historia real vino el argumento claro, rotundo, incuestionable: “Es muy fácil echar la culpa a la banca de los males presentes. ¿Son los bancos los codiciosos o somos todos los que hemos participado en la creación de este mundo? En treinta años que he estado en banca tradicional, entre las miles de personas que se han acercado a mi despacho interesadas por algún producto financiero, ninguna me ha preguntado por lo que hacíamos con ese dinero y sí por cómo sacar el máximo beneficio”. Seguidamente le entró a su tema bandera: espiritualizar la economía. Según este gran comunicador que arrancó los aplausos del público en más de ocho ocasiones, “la economía es el ámbito en el que todos nos relacionamos. Todos nos necesitamos, todos podemos tener una relación fraternal. Ahí empieza la nueva economía: descubrir cada quien sus capacidades para aportarlas al mundo en forma de trabajo. Ya no contagiar más miedo, sino descubrir quiénes somos y qué podemos aportar al mundo”. El peculiar banquero puso alto el destino humano: “Hemos creado una economía animal y sin embargo el ser humano no se guía únicamente por instinto. El ser humano puede estar por encima de las circunstancias, puede elegir crear, puede elegir su destino. Eso poco tiene que ver con el animal”. Melé argumentó sobre la necesidad de incluir la bondad al servicio de la transformación de la sociedad: “Tenemos más poder del que creemos. Hemos de aplicar nuestras capacidades al servicio de la humanidad. Los seres humanos somos un organismo global. Es vergonzoso que haya tanta gente que se muere de hambre, teniendo como tenemos la humanidad más poder económico y tecnológico que nunca”. Más adelante afloró el Melé más combativo: “El mercado no es libre. Eso es una falsedad. No existe la ley de la oferta y la demanda. Es falsa esa confianza en el mercado de, ‘tú preocúpate de lo tuyo que el mercado ya lo regulará todo’. Lo que son inexorables son las leyes de la naturaleza… Lo que es sagrado es la dimensión del ser humano… El otro es tan sagrado como nosotros”. Después vino también su propia invitación a la rebelión: “No puede ser que nos dejemos seducir tan fácil: “No debemos adaptarnos a esta sociedad que está enferma. Debemos cambiar el mundo. Cada quien ha de ver cómo contribuye a la construcción de la nueva sociedad”. El Subdirector General de Triodos aportó también posibilidades prácticas de cambio: “A la hora de consumir y a la hora de ahorrar votáis. Cada adquisición, cada producto o servicio que contratáis es un voto. Habéis de ser conscientes de a dónde va vuestro voto. No podéis permitir que con vuestro dinero se hagan las cosas que se están haciendo”. Por último concluyó: “Ya no se debe tratar de educar para ganar dinero, sino para ser hombres y mujeres “de provecho” para la sociedad, como se decía antes. La motivación tiene que ser la ética, el deseo de cambiar el mundo. En un organismo cada parte, cada célula, afecta a las demás… Ha llegado el momento de que la gente tome en sus manos las riendas de su destino. Estamos en pie de paz”.

Meditación para la paz Marta Matarín, del movimiento internacional Brahma Kumaris, condujo la meditación final, los instantes mágicos en que nos pudimos sentir un solo ser, en un solo latido, en un solo pulsar de paz, unidos también al Cielo cualquiera sea la forma, los colores como cada quien lo pinte. Antes de sumergirnos en la profunda paz de la meditación, esta profesora de meditación señaló que “desconectándonos de nosotros mismos, de quien en realidad somos, no podemos alcanzar la paz”. Dejó claro que ser espiritual “no es sentarse en una nube y no hacer nada”, sino más bien “aprender a respetar todas las formas de vida, profundizar en el reconocimiento de nuestro verdadero ser, recobrar el equilibrio perdido, reconectar con la verdad y el amor profundos”. La alocución de la líder de Brahma Kumaris fue una invitación a la sencillez, a la responsabilidad, a la transformación, a la no violencia…: “Es conveniente alejarnos del consumo excesivo. La naturaleza humana necesita encontrar su oasis de paz. Necesitamos cultivar una visión elevada para el mundo”. En ese sentido Marta sugirió “visualizar la estrella que somos, la paz que somos, entrar en un espacio de silencio o de paz total como si estuviéramos bajo los rayos de un sol espiritual”. En esa misma línea práctica invitó a “absorber toda la paz, todo el amor que somos, a absorber toda la quietud de estos momentos”. En el ejercicio de meditación colectiva lanzó esta bella sugerencia: “Visualizad la tierra aquí con nosotros. Vamos a regalarle a la tierra la paz que estamos experimentando, el amor y el agradecimiento que en este instante sentimos. Sentimos la vibración de estos momentos. Sentimos la energía del sol espiritual brillando sobre nosotros, inundando toda la tierra. Esta es la semilla de la paz que está siempre con nosotros. Cuando deseemos la podemos hacer crecer…”. Las últimas palabras de Marta resuenan aún en nuestros corazones: “La paz está sólo a un pensamiento de distancia. Todos somos paz, irradiando paz al mundo. Paz, paz, paz...”

Con el acto del Palacio de los Deportes ha triunfado la paz, pero sobre todo ha triunfado el trabajo grupal, la unión de diferentes grupos y fundaciones tras un alto ideal de fraternidad y paz interior. El evento del 24 de Octubre, no tiene en ese sentido ningún precedente, ha abierto horizonte hermoso de nueva cooperación. La Tarea continúa. Sólo juntos podremos. Equipo de Portal Dorado

Antes de jubilarse

Antes de jubilarse

Se ha jubilado don Mariano Martínez, alias “Mama” (palabra grave) según operarios, acólitos y similares.  El hombre, director de área, ha cumplido los 65 años al pie del cañón, sin nadie que le haya movido el piso durante 20 años, después de 10 como jefe administrativo probo y eficiente.  Entró de prácticas de verano.

Veía este domingo “Atraco a las tres”, y ese segundo jefe de sucursal que ascienden cuando liquidan al viejete apacible en la primera escena, parecía el molde con el que diseñaron a Mama, tan cuidadoso con las necesidades de la empresa, tan meticuloso con la divulgación de los derechos y deberes de los oficinistas, tan escrupuloso con la moral y el orden en el centro de trabajo.

Y con él, se jubila doña Clotilde, alias “la tilde”, la secretaria de siempre, de toda la vida, que, inexplicablemente, sólo ha compartido querencias laborales con don Mariano.  Son los dos del mismo año y del mismo mes, aunque de diferente signo zodiacal por aquello de mírate allá un par días.  Él es Leo y ella Virgo, mujer soltera y hacendadamente ordenada, como requiere ese cargo para preparar el café y encargar cruasanes calentitos, crujientes, recién hechos para las visita.

Don Mariano mandaba mucho.  Es de esos hombres de personalidad oscura que casi te da miedo entrar a su despacho con mobiliario de los años 70, sofás de cuero y jarras de cristal de Bohemia.  Se hizo un hueco en el Comité de Dirección y era invitado asiduamente al Consejo de Administración.  Hablaba lo justo.  Según quién le escuchara, ordenaba, sugería o recomendaba actuaciones concretas, que después, gracias a “la tilde” perseguía con encono para comprobar el estricto cumplimiento de las normas, procedimientos, ordenanzas, memorandos y comunicados de régimen interior.

El siglo XXI no había entrado en su calendario ni en su casa ni en su despacho. No usaba móvil, por supuesto, ya que sólo tocaba el teléfono si le filtraba la llamada su secretaria, pues contestaba con manos libres a sus subordinados o inferiores y con el auricular en la oreja y volumen bajo a sus colegas o superiores (si se trataba de alguien muy muy alto, del gobierno o algo así, se estiraba en la silla a modo de cuadratura militar).  Ya no digamos del ordenador, para él una ventanita más de su despacho, allí ubicado en la esquina norte, y que le cambiaban cada tres años sin siquiera saber si funcionaba la pantalla.

Antes de marcharse, ha acometido dos acciones impagables.  La primera, llamando a su despacho a un muchacho treintañero, de la misma edad que su único hijo más o menos, con quien se identificaba muchísimo.  Las malas lenguas hablaban de algo más que una inclinación filial.  El propio joven, llamado Pablo González, contó la conversación, de ahí que ahora se pueda reflejar en esta columna un detalle interesante: don Mariano, alias Mama, le ponderó sus grandes virtudes como jefe y, por lo tanto, con un futuro halagüeño en la empresa, quién sabe si ocupar este despacho con vistas al canódromo.  Ahora bien,  “por favor, señor González”, siempre llamó por su apellido a los subordinados, “está usted muy mezclado con la plebe, con el populacho, con el mundo operario incluso, y eso es muy malo, muy malo para ejercer la autoridad como se debe”.  Pablo no le hará caso.

Y en segundo lugar, ejerciendo un poder que nunca se atrevió a usar por temor a represalias familiares, incluso, ha llamado al proveedor directamente, sin intermediarios, con voz de orden y mando, para que, sin falta y a la mayor brevedad posible (le respondieron de un día para otro), se lleven esa máquina de café que está en el pasillo, donde se pierde tanto tiempo en conversaciones banales que, más que beneficiar, perjudican a la empresa.

Dicen que el próximo director ha dicho que la repondrá.

Publicado en ForoRH, núm. 157 (21/10/2010)

Si soy yo, sumo; si quiero ser otro, resto

Si soy yo, sumo; si quiero ser otro, resto

Érase una vez una empresa llamada “La Selva, S.A.”, cuyos objetivos se centraban en lograr la mejor supervivencia de las especies, basándose en las capacidades individuales de sus integrantes.

Como no podía ser de otra manera, el cargo de director general estaba ocupado por el León.  El señor León, que ejercía bajo la atenta supervisión de la señora presidente: doña Leona, comenzó a afanarse por buscar el mejor camino para el logro de la excelencia.

En una empresa, el León (Gerente de Selva S.A.), buscaba el mejor camino para el logro de la excelencia y convoco a sus ejecutivos a una convención, en la que todos participaron activamente durante 3 días.

La reunión se orientó a los "Factores de Éxito".

El Conejo propuso que para lograr la Excelencia todos debían estar preparados para correr veloces a fin de no ser presa del peligro.

La Ardilla propuso desarrollar la capacidad de trepar y escalar ya que desde lo alto de los árboles podía verse todo con más amplitud.

Un Pato indicó que lo más importante era la capacidad de nadar para atravesar los ríos de Selva S.A.

El Águila señaló la capacidad de Volar como el elemento clave para el desarrollo del éxito.

Así lo hicieron el resto de los animales señalando otros atributos sumamente importantes tales como la capacidad de ver en la oscuridad, o tener colmillos y garras fuertes, etc.

Ante la diversidad de ideas se conformó un consejo consultivo y seleccionaron los elementos de éxito:

  • correr,
  • escalar,
  • nadar y
  • volar.

Acto seguido el León (Gerente) encargó a su departamento de entrenamiento para preparar al resto de animales en el dominio de esas capacidades.

Por más que practicaron, no lograban su cometido.

El Pato, excelente en natación, tenía dificultades para correr y se quedaba fuera de hora para practicar.  Como corría lentamente, tenía menos tiempo para nadar, hasta que por úlltimo las patas se le hincharon y se retiró a descansar.

El Conejo, gran velocista, entró en estrés tras la frustración de no poder nadar.

La Ardilla, excelente en el arte de escalar, se lesionó en las clases de vuelo y también saco notas muy bajas en carrera y natación.

Al mes se presentaron las evaluaciones y, tras el desencanto, el León, bastante molesto, indicó que todo quedara como antes.

El Mono propuso la siguiente MORALEJA :

 “Aprendamos de esta experiencia.  Para enfrentarnos a los nuevos retos, lo más importante es la capacidad de trabajar en equipo colaborando y cooperando unos con otros, pero sumando nuestras cualidades a las de los demás, no tratando de de mejorar lo que hacen los demás”.

 

 

Resumido de "Fábulas para la Empresa"  (http://www.geocities.com/wialo_al/fabula.htm)

La liebre y la tortuga

La liebre y la tortuga

Érase una vez una tortuga que durante años había vivido satisfecha, pero ahora no estaba contenta. Su problema eran las competiciones deportivas; la tortuga quedaba bien en los concursos de baile y en las pruebas de escondite, pero no en las de velocidad, donde llegaba siempre la última, al contrario que la liebre, que siempre vencía.

Y la tortuga acudió a una firma de consultores, que escuchaban atentamente las preocupaciones de la tortuga. La examinaron profundamente. También  tuvieron varias entrevistas, largas y profundas, con otras tortugas y otras liebres.

Finalmente, presentaron a la tortuga sus diagnósticos y recomendaciones. La razón de que la tortuga perdiera en las competiciones radicaba en que las tortugas eran más lentas que las liebres. Sin ninguna duda esto se probaba de forma concluyente.

Los consultores añadieron que la tortuga no podía correr más que la liebre porque sus patas eran cortas y su cuerpo voluminoso. La liebre tiene las patas mucho más largas y, además, una complexión más ligera.

Después de esta explicación la tortuga no cabía en sí de gozo. Estos profesionales no eran como algunos consultores que lo único que hacen es aconsejarte con la información que uno mismo les ha dado.

Los consultores presentaron sus recomendaciones. Enseñaron a la tortuga la foto de un jaguar. La elegancia de sus patas gráciles y de su cuerpo ligero dejaron a la tortuga sin respiración. Lo que la tortuga tenía que hacer era convertirse en un jaguar. La cortedad de las patas sólo era una manifestación superficial del problema de aquélla. El verdadero obstáculo para que triunfara era que estaba confinada a los límites de su imaginación. En el entorno actual, muchos seres vivos, añadieron los consultores, también tenían esta deficiencia; y eran muchos también los que habían sido asesoradas por Boston, McBainey y Butterson (el nombre de los consultores) para superarla.

Al ver la factura, la tortuga concluyó que era un dinero bien gastado. Sin embargo, pasados unos días, algunas dudas empezaron a penetrarle. Finalmente, se armó de valor y telefoneó a Boston, McBainey y Butterson: “¿Cómo puedo convertirme en jaguar”?, les preguntó. La tortuga sintió alivio cuando los consultores le dieron una respuesta inmediata. Le ofrecieron los servicios de su equipo para la gestión del cambio, equipo formado por unos consultores entrenados para explicar a cada parte del cuerpo la importancia de convertirse en jaguar.

A la tortuga le atrajo la propuesta, pero antes de enviar la carta de aceptación a Boston, McBainey y Butterson, decidió tener una charla con una vieja y sabia lechuza. Y lo que la vieja y sabia lechuza le dijo fue: Las tortugas y las liebres han evolucionado para adaptarse a entornos muy diferentes. Las liebres están más aclimatadas a los espacios abiertos en los que la velocidad les proporciona una ventaja competitiva. Las tortugas viven muchos años en territorios hostiles porque sus caparazones las protegen de los depredadores y de la climatología. Ésta es la razón por la que, aunque la llanura pueda aparecer como más atractiva, lo es para las liebres pero no para las tortugas; esto explica también por qué no es sensato que las liebres vivan en las marismas. Una criatura feliz es aquélla cuyas características se adaptan al entorno en el que vive y eso es lo que ayuda a hacer realidad el proceso de la evolución biológica gradual.

La tortuga pensó que este consejo era sabio y se volvió a sus marismas, decisión que, como pronto pudo constatar, fue muy sensata: unas semanas más tarde una manada de leones invadió la llanura y devoró todas las liebres. La tortuga siguió viviendo en los manglares, lenta pero felizmente, casi para siempre.

 

Autor; John Kay.

Resumen de una fábula contenida en el primer capítulo de su libroThe hare and the tortoise, an informal guide tu business strategy”  

Traducción de Carlos Herreros de las Cuevas