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Relatos

Los Hombres Razonables

En vista del éxito que obtuvo Valero y de la influencia que ejercía en todos los ámbitos del barrio, surgió un movimiento pretendidamente compensador de los excesos idealistas que el filósofo propugnaba.  Parece ser que su objetivo era adecuar las enseñanzas teóricas a la práctica cotidiana, pero realmente se convirtió en un recalcitrante opositor, de tal manera que los obreros opinaban que era la mano oculta del Régimen.

Al menos, oculto sí.  Nadie sabe con certeza quién componía el grupo, pues su actividad se centraba en ediciones anónimas de octavillas con frases altamente dogmáticas que nunca desarrollaron.  Conforme su labor se asentó, ampliaron contenidos y, finalmente, se convirtieron en una herramienta de opinión que consiguió no pocos adeptos.  Su primera publicación se produjo tras el tercer comunicado de Valero: 

"Es necesario aprovechar el día".

Firmado: Los Hombres Razonables." 

Hubo algunos que pretendieron asignar la edición al filósofo, pues interpretaron estas palabras como de "alto contenido profundo".  Valero se encargó de desmentir las acusaciones, diciendo que él nunca publicaría algo así, puesto que de ello se deduce que "es necesario aprovechar el día".  A instancias de los despistados, aclaró su interpretación:

—El cúmulo de horas productivas no presupone un progreso.  Quizá sin producir, el avance sea más rápido.

Conforme a la naturaleza humana, la pregunta ¿quiénes son "Los Hombres Razonables"? provocó largas conversaciones y disputas, sin importar el alcance de sus mensajes.  Unos dijeron que el propio Jefe del Estado controlaba el grupo.  Otros argumentaron que no, que el Caudillo nunca avalaría un corpúsculo que actuara en la sombra, como los masones.  Algunos apoyaban la tesis de que Valero necesitaba argumentos contrarios para establecer un método dialéctico y, por tanto, él mismo, a falta de opositores, los creaba mediante esta invención.  Los soñadores opinaban que los propios papeles se autogestionaban su edición.   Los que no hablaban pensaban en una composición altamente motivada por aspectos económicos, e involucraban en ella a tal o cual comerciante o tendero, nunca empresario, al que su dependiente le iba con raras patrañas sobre la luz, provocándole parones o rebeldías injustificadas.  Lo cierto es que jamás se conocieron a "Los Hombres Razonables".

Hubo un día en que, sin previa intervención editada de Valero, Los Hombres Razonables actuaron de oficio, con ánimo de establecer un sistema de pensamiento que identificara la verdadera configuración del barrio en materia de futuro.  Tuvo una edición numerosa, e incluso aparecieron en buzones, bajo los cubos de Giesa, en los aledaños de la plaza Utrillas y en los nidos de las golondrinas.  Aquel día, el barrio se paralizó, lo que no gustó a los editores, aunque lo dieron por bueno si en los días siguientes se recuperaba el tiempo perdido.  Aquel día, Valero no evacuaba consultas en la esquina, lo leyó en la cama y sonrió en solitario: 

"BANDO 

Los Hombres Razonables Afirman:

—Es necesario un ahorro energético.

—Nadie puede convertirse en dueño de la luz, y ésta debe administrarse adecuadamente.

—En los domicilios bajos, se aprovechará la luz de las farolas.

—Solamente se utilizará la luz en abundancia dentro de las fábricas y factorías que produzcan beneficios.

—Además del ahorro lúcido, se atenderá al esfuerzo productivo.

—Los obreros obedecerán a los patronos.

—Los patronos velarán por sus obreros.

—La luz es dinero, el dinero conduce al bienestar; a más dinero, más bienestar; inversamente proporcional pues, a menos luz, más bienestar.

—El progreso también depende del dinero.

—La meditación es improductiva.

—Cuando sale el Sol, se inicia el ciclo económico.

—Cuando el Sol se pone, se apaga la luz y a dormir.

—LOS HOMBRES RAZONABLES TIENEN LA RAZÓN.

 

Firmado: LOS HOMBRES RAZONABLES."

 

Cuando el mensaje llegó a la calle, justo al salir el Sol, se paralizó el ciclo económico.

Quienes lo leyeron en sus casas encendieron la luz para leerlo mejor, incluso los patronos.

Hipólito, un comerciante, pensó que su bienestar residía en la salud de su familia.

En las fábricas y factorías que producían beneficios no se llegó a iniciar el trabajo, por lo que fue innecesario encender las luces.

Los obreros desobedecieron a los patronos.

Los patronos castigaron a los obreros.

Aunque no se ganó dinero, todo el barrio consideró que, leyendo la octavilla, habían conseguido un grado más de bienestar.

Cuando el Sol de puso, la luz se encendió y todas las familias comentaron el panfleto hasta que oyeron trajinar a los tranvías.

Muchos preguntaron que dónde estaba Valero.  "Meditando", se oyó, por lo que muchos se pusieron a meditar.

Al día siguiente, el filósofo colocó su mesa plegable en la esquina habitual y recibió decenas de consultas, la mayoría referidas a Los Hombres Razonables.  A cada uno, le dedicó un razonamiento sobre la pregunta cuestionada, pero realmente pocos se iban contentos y, a la hora de comer, la plaza Utrillas era un hervidero de conversaciones sobre lo mismo.  Valero, aplicándose paciencia, se marchó a su casa para echarse una siestecita y soñar con un magisterio enriquecedor, producto de la controversia en las opiniones.  Por la tarde, siguió evacuando consultas con mayor énfasis que por la mañana, instigando a que cada cual construyera su criterio y a que, si era necesario, hiciera uso de la meditación, herramienta imprescindible para encontrarse consigo mismo.

A las diez de la noche, el barrio no se acordaba de cenar y, al igual que a mediodía, giraban conversaciones sobre lo mismo en torno al círculo de la plaza, visto lo cual Valero decidió intervenir.

Llevó la mesa plegable al centro de la multitud, colocó la silla a modo de escalón y ascendió a las alturas presto a realizar una declaración (consideró que la ocasión no merecía un panfleto de respuesta).  Se hizo tal silencio expectante que hasta los tranvías callaron con respeto.  El cielo estaba teñido de un rojo tenue.  Valero habló: 

—LOS HOMBRES RAZONABLES NO TIENEN RAZÓN. 

La muchedumbre se dispersó lentamente con las dudas resueltas.

Aún dura la época de controversia.  Naturalmente, Valero no contribuye a apaciguarla, pues precisamente su motivación aumenta no porque exista una corriente de opinión distinta, sino porque se producen enconadas discusiones que él encauza hacia el enriquecimiento individual.

Los Hombres Razonables tienen una caterva de seguidores continuamente renovada, pues quienes siguen sus enseñanzas muy pronto salen del barrio en busca de oportunidades para apagar su luz y conseguir que su fábrica tenga las bombillas encendidas todo el día.

Valero, el filósofo

Cualquier barrio que se precie ha de tener un filósofo.  Es imprescindible para la buena evolución de sus gentes, actuando como contrapeso de acciones extremistas y centrando las ideas en unos valores singulares, pero universales.  Un barrio sin filósofo va a la deriva y puede ser víctima de cualquier influencia perjudicial.  Durante muchos años, ejercían ese papel los párrocos, con filosofía católica llena las pinceladas personales, a veces de brocha gorda.  Cuando su mensaje quedó anticuado, surgieron individuos cuyo discurso suplió las carencias de una sociedad sin conductor.  Naturalmente, los cambios ideológicos incruentos presentan etapas de convivencia entre las dos tendencias.  En Montemolín, con don Pepe se cumplió totalmente la transición.

Valero fue un hombre borracho.  Nadie le conoció trabajo alguno y todos le vieron con una perpetua botella de vino Monteviejo en la mano.  No se le conocían otros vicios y era un borracho pacífico, incluso entrañable.  Regalaba golosinas a los niños, les contaba historias de los duendes de la plaza Utrillas y jugaba con ellos a los montones.  Con la punta de la nariz y los pómulos en color de pimiento morrón, andaba con pisada fuerte y paso tambaleante.  Nunca se cayó.

Cuando murió don Pepe, Valero dejó de beber y empezó a fumar en pipa.  Su nariz y sus mejillas tomaron color de sol y frecuentó las tertulias de los mayores.  Apenas tardó quince días en publicar el siguiente axioma: 

"Montemolín es un barrio de estrellas".

Puesto que todo el barrio creía que los borrachos y los niños siempre dicen las verdades, las mujeres empezaron a pensar que sus hijas estaban hechas para triunfar en televisión y los hombres vieron en sus hijos unos astros del fútbol.  Desde entonces, sin nombramiento o ceremonia al efecto, Valero se convirtió en el filósofo de Montemolín.

Realmente, Valero quiso decir que cada uno de los habitantes del barrio tenía luz propia, y que no conseguirían iniciar el desarrollo de su individualidad hasta que así lo comprendieran.  Este valor de Montemolín era un valor universal.

Visto el éxito de su octavilla, decidió editar un decálogo a modo de base para su sistema de pensamiento, porque ya entrevió que, dado el vacío de ideólogo con la muerte de don Pepe, el barrio estaba necesitado de crear su propia escala de valores.  Ahora bien, a causa de su bisoñez en estas tareas y, teniendo en cuenta que nada es inmutable, decidió darle carácter dinámico, aunque no lo hiciera constar así en la publicación:

Sus diez artículos decían: 

1) Este barrio tiene luz.

2) La luz se nutre de un astro rey y de las lámparas de cada uno de sus habitantes.

3) Si cada habitante hace uso de su luz, nunca habrá oscuridad en el barrio.

4) Los niños también tienen luz, incluso más luz.

5) Es mejor la luz de una vela bella que la de una lámpara fea.

6) El barrio está abierto a otras luces.

7) Es mejor la luz blanca que la de otro color.

8) Las luces deben encenderse en armonía.

9) Siempre se tendrá encendida la luz.

10) Si la luz se apaga, hay que procurar encenderla. 

El Decálogo tuvo mucho eco porque se publicó en invierno y hacía mucho frío.  Valero explicó a los pocos días que no era necesario encender todas las bombillas de la casa, que por el día bastaba con el Sol y que por la noche, al estar dormidos, la luz de los sueños era suficiente.  En general, no se le hizo caso y, por ello, en el barrio de Montemolín, casi todas las casas tienen una luz encendida continuamente.  Valero se olvidó de explicar que el Decálogo hacía referencia a la luz interior y no a la luz eléctrica, y que más que la del Sol era más linda la de la Luna.

Al mes siguiente, en medio de gran expectación repartió otra octavilla: 

"Los días transcurren uno detrás de otro". 

El barrio lo recibió con tal alegría que Valero decidió establecerse a la entrada de la plaza Utrillas para evacuar consultas al módico precio de la voluntad.  A pesar de que no explicó que en ese mensaje hablaba de la paciencia, nadie le preguntó sobre su significado.

No se sabe si Valero era nombre o apellido, y él tampoco lo desveló.  Decía que no importaban ni los hombres ni los nombres, sino las ideas, porque un hombre podía haber tenido muchos nombres y las ideas sobrevivían a los hombres y a los nombres.  En la esquina de la plaza Utrillas enseñaba que una idea podía salvar a un hombre, pero nunca condenarlo, que una idea respetada sirve para crear otra, pero que si se combate contra ella, según sea la lid, generará vida o muerte.  Como nadie en esta tierra tiene la Verdad, hay que buscarla fuera de ella con el devenir de las ideas.

La siguiente octavilla, rezó: 

"Haz el bien y no mires a quién".

La gente lo entendió bien porque era un refrán muy oído.  Valero dijo esta vez que sólo era una idea y, como tal, sólo su aplicación serviría para demostrar su validez.  Dijo que no editaría más octavillas hasta que pudiera comprobar que se había aplicado lo suficiente esa idea como para poder decidir si nos acercaba o nos alejaba de la Verdad.  En lo sucesivo, publicaría "Edictos", es decir, opiniones sobre los sucesos del barrio.  Así, el primer caso comentado en un Edicto fue la creación, a propuesta vecinal, de la escuela valeriana: 

"Yo digo:

No está mal la idea, pero Valero no quiere ser profesor.  Una escuela sirve para enseñar hablando, y pienso que hay que enseñar actuando.  Como yo no actúo, sino que hablo, no puedo ser profesor.

Así propongo la creación de una escuela valeriana donde se enseñe la práctica de fútbol por jugadores expertos de más de treinta y dos años de edad, con, al menos, diez de práctica habitual".

De la escuela valeriana, salió el primer jugador del barrio que llegó a jugar en Tercera División.  Lastimosamente, la escuela desapareció, por falta de apoyo, al tercer año de su andadura.  Los chicos preferían jugar por libre y con derecho a pegar patadas al contrario.

Valero cometió algunos errores, pero poco a poco consolidó un sistema filosófico de barrio que dio a Montemolín una seña de identidad.

El pintor endemoniado

El talento artístico resulta incomprensible desde los conocimientos actuales.  Grandes inteligencias reconocidas son incapaces de escribir un renglón de poesía, o dar unas pinceladas con sentido, o entonar una melodía con encanto.

El talento artístico no se enseña, ni se aprende, no se adquiere ni con el mayor esfuerzo, es inútil buscarlo, es innato, existe o no existe.

Otra cosa distinta es la obra de arte.  Componer una obra de arte (no se puede crear; el hombre sólo transforma, Dios crea) implica conocer y haber practicado las técnicas adecuadas, lo que sí supone esfuerzo intelectual, para ponerlas al servicio del talento artístico.  Cuando estas dos virtudes se unen, surge la obra admirable.

Pero lo que aquí nos importa es el talento artístico, no la obra de arte, porque en Montemolín no hay obras de arte.

Cuando el talento artístico aparece en una persona, se producen comentarios y opiniones sobre su origen.  El más corriente es justificarlo por antecedentes genéticos (?).  Otros hablan de influencias ambientales (?).  Algunos se decantan por favoritismos de crítica.  Ciertos colectivos hablan de influencia esotérica: si el artista es bondadoso, predican intervención angelical... o de santos cualesquiera; si el artista es maligno, hablan de posesión demoníaca.

El barrio de Montemolín acoge entre sus habitantes a un hombre con talento artístico.  Se llama Fabio y trabaja adecuadamente las técnicas del óleo sobre tela y el temple sobre madera.  Solía exponer en la acera de la plaza Utrillas los días festivos entre semana, y los domingos en la plaza Santa Cruz.  En el barrio vende todos sus cuadros; los domingos apenas vende uno o dos, según la temporada.  Sus obras más cotizadas, y que ha repetido por demanda, son las que presentan los lugares encantados del barrio, especialmente las verjas de la estación, la filla y el palacio de Larrinaga.  Precisamente, el original del primero fue catalogado como "la composición que anticipa el nacimiento de un genio".  Valero siempre opinó lo mismo.

Hacía treinta años que Fabio había alquilado un pequeño local en Miguel Servet, 89, cuando apenas llegaba a la veintena.  Durante diez años, no participó en las actividades de la comunidad ni se integró siquiera en su grupo de vecinos, así que nadie supo mucho de él, salvo que se calzaba gorra de marino, tenía barba cerrada y fumaba en pipa.

Cuando ya expuso por primera vez, y así tomó contacto con la gente del barrio, en los corrillos se empezó a hablar de él con asiduidad.  Caía muy bien a las mujeres y, en especial, a las ancianitas, que se admiraban de "cuánto se parece este cuadro a mi casa", y le adquirían con generosidad todas sus obras.  Esta selección de mujeres lo encuadraba entre los elegidos del cielo.  Los más sensibles de Montemolín se felicitaban por contar en su cercanía con un verdadero artista, aunque en realidad —palabras de Valero— los verdaderos artistas no son los que cumplen acertadamente con su tarea técnica, sino los que, aprovechando su talento y habilidad, son capaces de aportar con su obra lecciones para el progreso interior revestidas de belleza.  A Fabio no se le reconocía esta cualidad.  En cierta ocasión fue preguntado sobre el tema y contestó, mirando al suelo como pillado en falta:

—La función del arte es meramente festiva.  Se trata de cumplir labores para agradar a los demás con su tendencia a la perfección.  Un cuadro decora, una mansión cobija, un libro enseña y una canción entretiene.  Si todo ello se fabrica con belleza, estaremos ante una obra que cumple su funcionalidad con expresión artística.

—Pero, ¿y el artista?  ¿Con quién se compromete? –le interpelaron.

—… —silencio.

–El talento supera la condición humana.  ¿No es obligación del artista ponerlo al servicio de la enseñanza para el hombre?

—… —silencio.

Desde entonces, Fabio dejó de pintar escenas del barrio.  Fabricó cuadros abstractos con predominio del negro, satinado de rojo y amarillo.  Se afeitó la cabeza y la barba y se vistió con telas de saco.  Fue un cambio radical, que se acentuó con un trato hosco y grosero a quien se le acercara.  Las ancianitas quisieron ayudarle y las despidió a patadas.  Así empezó a cundir el rumor de que Fabio estaba poseído por el demonio, apreciación que cuadraba con la excelente valoración que a partir de ahí se hacía de sus obras...  "Y, ¿si hubiera vendido su alma al diablo?".

Agustín se atrevió a contar que desde la galería interior –era vecino de Fabio— oía ruidos muy extraños, gritos de ultratumba.  Alentado por la gente morbosa, indagó a través de las rendijas y, como no pudo constatar más aliciente para las mentes retorcidas, se inventó que veía a su vecino pintar personajes del infierno a los que hablaba.  A consecuencia de tal mentira, las ancianitas maltratadas exigieron al párroco, don José, que solicitara un exorcismo inmediatamente.

Poca gente del barrio creyó en la posesión.  En algún corrillo se comentó que quizá su actitud era parte de su obra y que la evolución de su personalidad había desembocado en una locura artística, situación transitoria hasta que le llegara el propio entendimiento del proceso de cambio.

Hoy poca gente se preocupa de Fabio.  Agustín se cansó de fisgar.  También es cierto que sus visitas por el barrio son esporádicas, porque parece ser que gracias al aumento de ingresos alquiló otro estudio en el Casco Viejo de la ciudad.  Ahora bien, sigue siendo "el pintor del barrio", porque para las fiestas de septiembre vuelve a la plaza Utrillas para vender los cuadros que contienen escenas del barrio.  Es difícil saber si son remanente de su época anterior o nuevas composiciones.  En cualquier caso, sólo las expone en la plaza Utrillas.

El domingo pasado, don Fabio Nuño, pintor reconocido tardíamente en el mundo del arte nacional, publicó un artículo en el suplemento cultural del Heraldo de Aragón.  Merece la pena entresacar los siguientes párrafos:

"... el arte es esencialmente una mezcla de belleza inexplicable con intemporalidad.  Un artista está obligado a dominar las técnicas a su alcance para ponerlas al servicio de su talento...

... el talento podría ser un don divino, pero entonces no sería justo por discriminatorio.  Tiene que haber otra razón para explicarlo.  Es evidente que no conocemos reglas que avalen su existencia o inexistencia... pero estoy seguro de que las encontraríamos de estar dispuestos a bucear en el origen humano...

... igual que un empresario utiliza sus medios para dar progreso a su entorno, el artista no sólo debe crear belleza, a lo que está obligado y que le surge con facilidad, sino que debe salir de la comodidad de su virtud y comprometerse en una obra cuya expresión ayude al avance espiritual...  Si hoy yo escribo aquí, es porque lo entendí, y me arrepiento de haberlo conseguido tan tarde..."

Las batallas

Las batallas no son un juego de niños, pero hay que hablar de ellas.

En todos los barrios de la ciudad se producen batallas de bandas, y Montemolín es un barrio de la ciudad.

Para que se produzca una batalla es necesario que existan dos grupos enfrentados por alguna razón.  Esta razón puede ser fundada e infundada.  En el primero de los casos, la batalla siempre es evitable; en el segundo, una imbecilidad.

A fin de poderse integrar en la moda de la historia humana (razón de batalla, pues, infundada), en el barrio de Montemolín se formaron dos bandas de chavales: la de Larrinaga y la de la plaza Utrillas.

La banda de Larrinaga se compone de muchachos que viven en las inmediaciones del palacio de dicho nombre, o que simpatizan, o están emparentados con ellos.  Su lugar de reunión y preparación de estrategias se localiza en una nave abandonada de la CEFA.  El capitán de la banda se llama Alonso, un chico moreno, delgado y alto, con fama de buen tirador y, en ocasiones, demasiado cruel.

En la plaza Utrillas, los miembros de la banda se reúnen junto a los bajos del pretil alargado, vertiente interior.  Por eso, en los ladrillos se ven dibujos que responden a los planes de ataque concebidos.  De entre José Cruz, Quique y Gonzalo, no existe un jefe decisivo.  Cualquiera de los tres lidera porque se reparten las acciones según el tipo.  José Cruz planifica, y en batalla es un soldado más.  Quique dirige a los grupos y Gonzalo capacita en los períodos entreguerras.  Uno u otro de ellos puede decidir en nombre de la banda.

No existe normativa sobre la adscripción a una u otra banda y puede pertenecerse a cualquiera de las dos sin que haya controversias de dominio.  Incluso puede darse el caso de chicos que en una batalla pertenezcan a banda distinta a la de la batalla anterior; no se exige lealtad de una contienda a otra.  Ahora bien, una vez iniciada la época de planificación, se mira muy mal un cambio de bando.  En el caso de descubrirse espías, se les condena a no permitirles acudir a los lugares de reunión habitual hasta que haya concluido la temporada de batalla, y ya nunca más podrán participar en los enfrentamientos.  Si a lo largo de una contienda, alguien discrepa de las órdenes o muestra disconformidad de la estrategia, debe retirarse y mantenerse al margen hasta la siguiente batalla (generalmente, por dignidad, el cambio no se produce hasta la temporada siguiente).  Se utilizan alternativamente dos campos de acción: la trasera de Giesa, como local de Larrinaga, y los antiguos depósitos de la Estación, como feudo de plaza Utrillas.

La trasera de Giesa es campo abierto con arboleda.  Se extiende desde el terraplén de la fábrica, que tiene incrustados bidones repletos de tierra, hasta los límites de la filla.  En esta cancha, se considera vencedor al bando que, a la hora de comer, ocupa mayor cantidad de bidones.  Los locales se protegen sacando la tierra y metiéndose en los bidones.  Los visitantes avanzan de tronco en tronco hasta ir llegando al terraplén.

Los depósitos de la Estación son unos grandes hoyos rectangulares con paredes de cemento, que contuvieron agua y carbón para las máquinas de vapor.  Existen cuatro depósitos.  Por todo el terreno hay casetas, grandes tuberías de metal, remolques, dos furgones destartalados y muros de contención.  Los locales tienen la posición de defensa de los cuatro depósitos en dos líneas: una de francotiradores sobre las casetas y los muros; la otra, en las inmediaciones de los hoyos, parapetados entre las hendiduras de sus pretiles.

Los proyectiles a utilizar son piedras seleccionadas con anterioridad por los jefes de ambos bandos.  Se trata de que no tengan aristas.  Está totalmente prohibido usar tanto tiradores o "tirachinas" como hondas a menos de veinte metros del objetivo, y en todas las confrontaciones se hace declaración jurada de su no uso.  Expresamente, debido a los avances tecnológicos, se ha tenido que incluir en la ley de guerra la prohibición de ballestas y armas de aire comprimido.

Operativamente, se trata de atacar las posiciones del adversario mediante el lanzamiento de los proyectiles, en tal abundancia que provoque la imposibilidad de mantener la defensa del puesto.  Si el lugar es tomado, se considera avance del visitante.  Hay que ser lo suficientemente hábil para mover a los soldados propios debajo de la propia línea de fuego, pues es imprescindible ocupar el espacio físico del puesto inmediatamente a su abandono.

Puede ocurrir que algún muchacho resulte lesionado.  Entonces se produce tregua para atenderlo, y un adversario (para equiparar las fuerzas), que si se conoce debe ser el causante de la lesión, lo acompaña hasta su casa.  Salvo casos de extrema gravedad, se continúa la contienda hasta la hora prevista, hora de comer.

A lo largo de la temporada se programan ocho batallas, cuatro en cada campo.  Si en el cómputo final, hay empate, se considera ganador a quien no lo hubo sido la temporada precedente.  El último sábado de agosto se procede a la entrega de los galardones: al bando campeón, al más arriesgado, al mejor estratega y al más disciplinado.  Se eligen de forma democrática.  En caso de lesionados, se les distingue con el premio de honor.

Al comienzo de cada temporada, se discute arduamente sobre si celebrar o no este tipo de contiendas.  Hasta hoy, se ha decidido continuar siempre y cuando existan guerras en la televisión, puesto que Montemolín también es parte del mundo.  Hay que decir que cada año presenta nuevos asistentes y más heridos.

Las últimas palabras

Os lego todas mis posesiones, sin más límites que tasas, impuestos y otras sangrías, para las cuales he previsto suficiente saldo en la cartilla de ahorro.  Espero que hagáis buen uso de ellas y que no os peleéis por tal o cual objeto.  Realmente, nada es imprescindible, pero guardo cierto cariño a ciertas cosas y me gustaría que les dierais el tratamiento adecuado.  La imagen de “La Última Cena” tiene un significado especial, no os deshagáis nunca de ella, y procurad que tenga cerca la imagen de la Dolorosa.  Como imágenes que son, ninguna de las dos tiene valor, pues son meras representaciones carnales, pero a lo largo de los años se han cargado de una energía propia de nuestra familia.  Entendedlas como signo de protección, y la fe os acogerá.  A Benito le ruego que conserve la pluma que ganó papá en el torneo de ajedrez.  No hay nada especial en ella, pero este deseo nace del cariño y me gustaría que perviviera.  Rosa, te corresponde mi mantilla blanca, que ya fue heredada por mi madre y por mi abuela.  Si alguna vez te decides a pasar por el Pilar, llévala para que sea bendita también sobre tu cabeza.  Desde aquí, ahora, puedo decirte que no es tan importante como creía, que la fe no reside en la mantilla, sino en el espíritu, pero la Virgen vela por nosotros y acepta los signos de veneración.  Lucía, sólo necesitas resignación, porque ya tienes conocimiento y sabiduría.  Conserva la piedra azul que guardas en tu monedero, tómala en tu mano con tus desencantos y suplica la paz para tu alma.  Tienes el camino abierto.  Con las otras propiedades podéis hacer lo que queráis, venderlas, lo mejor, para que la mejora económica os estabilice materialmente y os dediquéis así a repartir el bien, a dar ayuda y a la búsqueda de la verdad.  Por favor, quemad todos los muebles...  Y ya no hagáis más acopio...  Sé que os sorprenderá este ruego.  Nada más cerca de la realidad, ahora que la conozco desde dentro.  Cada hijo de Dios necesitamos de un apoyo material que nos libere de la carga de nuestro cuerpo, aunque en verdad la necesidad es vana, pero puesto que no somos perfectos, si no no estaríamos ahí, nos está permitida la búsqueda de esa satisfacción.  Ahora bien, ir más allá de lo necesario, de lo que nos viene, y, además, hacer de ello objetivo de la vida, significa renunciar al crecimiento del alma.  No busquéis poseer, sino dar con amor, porque el mensaje es verdadero: “Todo lo que deis de corazón, os será devuelto con creces”.  El poder material se extingue con la muerte, nos queda la lucidez espiritual, que alimentamos exclusivamente con el único acto nutritivo: el acto del Amor.

  

Estaba equivocada en mi práctica religiosa.  Os parece extraño que lo reconozca, ¿verdad?  Pero tampoco es vuestra la razón.  Cometí el error en la forma de practicar, no en el uso de la práctica.  Ya he recibido el perdón, pero la indulgencia de poco sirve, porque todos tenemos la posibilidad de conocer el verdadero camino, y para ello sólo se debe desear y buscar.  Vuestra nula práctica y mi exceso tienen la misma causa: la influencia de la sociedad.  Yo por sumisión y temor, vosotros por rebeldía y orgullo, hemos elegido una comodidad de conciencia que nos ha desviado.  No sirve mirar una imagen como consuelo, no sirve una reunión multitudinaria con respuestas pasivas, no sirve rezar letanías como un loro maleducado...  Y da lo mismo ser bautizado, o ser absuelto, o ser confirmado, o ser unido en matrimonio, o ser ungido, da lo mismo porque son errores humanos basados en signos materiales que sólo aportan aceptación social.  ¿Recordáis mis indulgencias plenarias?  Tantas son que debería tener audiencia directa en el salón del trono divino.  Las enseñanzas se han distorsionado, hemos perdido la sabiduría y trazamos vericuetos retorcidos, en lugar del sendero limpio y recto.  Debéis cambiar vuestra actitud, pero no hacia la veneración ni hacia el rezo, sino dirigida al mensaje que nace dentro de cada uno, es decir, que la imagen de tal o cual virgen, de tal o cual santo, no será objeto sagrado sino recordatorio de ese mensaje que recibís, y la oración nacerá del íntimo deseo de comunicaros individualmente con vuestro interior, con Dios, y si esos deseos se unen y nace un deseo común, la intención será más fuerte y más loable.  Los sacerdotes no son elegidos, son personas que han decidido entrar a formar parte de una organización humana, pero el mensaje que reciben de ella les llega del conocimiento, así como su rango.  Cada uno de ellos servirá según sepa mirar dentro de sí y, por ello, los habrá mejores y peores en su tarea.  No son sólo ellos los sucesores de los apóstoles, cualquier ser humano puede dar enseñanza, aunque no haya jurado los votos de castidad, pobreza y obediencia.  Por eso, os ruego que no juzguéis a nadie por su fachada pía ni que os dejéis influir por ese o aquel mensaje religioso, comparadlo con vuestro corazón y, si os conmueve, aceptadlo.  Puede que llegue el día en que alguno de vosotros sea elegido.  Por ello voy a rezar.  Por favor, no rechacéis la tarea porque con ella os acercáis más a Dios...  Y tampoco deshagáis lo hecho por rencor o desprecio, no cultivéis el odio con que me atacabais por mi devoción eclesiástica, sabed que toda alma imperfecta, que todo ser humano, comete errores, y la salvación es patrimonio de cada cual, no debe imponerse sino elegirse como opción individual.  Sed comprensivos con todo aquél que desee acercarse a Dios, porque el camino no es único, sólo debe ser única la intención, y si ella es pura, siempre se abre la puerta, aunque sólo sea para enseñarnos nuestro error.  Por cierto, Lucía, tenías razón cuando me dijiste que un sacerdote no era quién para justificar tu amor ante Dios ni para perdonarte los pecados.  Ni casarte ni confesarte te ayudará, ni a ti ni a nadie, para encontrar la luz de Dios.

  

¡He sido tan religiosa, tan practicante, tan “beata” o “misicas”, que me decíais vosotros...!  Y realmente no es malo, ya os he dicho, pero el culto, los ritos, los cepillos, no sirven para nada, el alma no se compra ni se vende, no se salva ni se condena por tal o cual servicio religioso.  ¡Tantas de mis amigas de mantilla, de novenas, de cenáculos, practicaban por obligación, por “el qué dirán”!  Y su imagen de humildad piadosa, sólo imagen, desaparecía en cuanto pisaban su casa o la calle, creyéndose salvadas porque el domingo cantaban muy bien en la iglesia o porque se confesaban y comulgaban casi todas la semanas.  Hacían alarde de su moralidad, y su vida se basaba en aparentar, criticando con crueldad cualquier acto que se saliera de sus normas, siempre por motivo de sexo, dinero, matrimonio y vestuario.  Sé que no puedo ser acusada de sus mismos defectos y tampoco obré mal cuando las aceptaba junto a mí, pero me faltó valor para hablarles de verdad.  Mi vida ha sido constante entrega a los demás, a mis padres, a mi marido, a vosotros, a mis amigas...  He hecho del servicio mi quehacer diario, sacrificándome para que todo a mi alrededor estuviera bien.  Cada respiración mía estaba pensada para otro de mis semejantes.  Recuerdo especialmente mi dedicación a los últimos años de cada una de vuestras abuelas, soportando de mi madre su senilidad y de mi suegra su odio hacia mí “por haberle robado a su hijo”.  La enfermedad de papá estuvo a punto de hundirme y sólo por vosotros no me fui con él.  Esta entrega es mi patrimonio, nada más, que podría servir de ejemplo como una vida de bien.  Pero no ha sido perfecta, estuvo muy lejos de serlo, y no por mi religiosidad excesiva o por mis deseo de dinero.  Mi error estuvo en que mis actos eran de servicio a los demás, pero mi actitud servía a mi egolatría.  Cada uno de mis actos de entrega nacía por necesidad propia y con obligación, y llegaba a los demás como regalo de vitalidad.  Actuaba por conocimiento, es decir, me lo habían enseñado y no era capaz de rebelarme.  La intención surgía de mi deseo, no de mi amor, deseo de sentirme bien por hacerlo y no al contrario.  Ahí nace mi mayor falta: esperar algo a cambio, exigir a los demás que me dieran lo mismo que yo les había dado, que me devolvieran favor por favor.  No soy del todo culpable, culpable en la razón, porque lo exigía sin consciencia, pero ahora me doy cuenta del daño que he causado.  Vosotros habéis sufrido mi enfermedad cuando la enferma era yo; vosotros habéis sentido mi dolor cuando el dolor era mío.  He fingido miedos, he fingido desfallecimientos, he fingido para teneros cerca de mí un minuto más, porque no sabía vivir sin sentiros físicamente a mi lado.  Toda esa entrega, toda esa obligación, toda esa egolatría me ha impedido llegar a lo más preciado: ser yo.  No he sido yo, he sido siempre lo que los demás me dejaban o lo que los demás me daban, y, antes de nada, cada uno debemos ser nosotros mismos para poder dar lo mejor de dentro a nuestros semejantes.  Mi constante lamento interior, silencioso, se prolongaba en mis palabras y en mis actos, y, sin desearlo, todo mi bien se escondía detrás de esas lágrimas, y a mi alrededor sólo regalaba llanto, aun recubierto por una sonrisa.

 

Erais tan guapos cuando nacisteis, los tres, tan guapos y tan dulces...  Mi única ilusión fue ser esposa y madre.  ¡Qué alegría cuando me casé!  ¡Qué alegría cuando di a luz!  En cada uno de esos cuatro instantes pensé: ya tengo alguien a quien cuidar, soy feliz.  Y me dediqué por entero a cada uno de los cuatro, fuisteis reyes y estoy orgullosa de la educación que recibisteis.  Me propuse que fuerais hombre y mujeres de bien y de provecho, cultivando el alma, la mente y el cuerpo, intentando mejorar lo que yo había recibido.  Naturalmente, el centro de casi toda mi intención fue que no pasarais hambre, que la vida os fuera fácil, pensando que con dinero se solucionaba vuestra mayor necesidad.  Puedo presumir de haberos proporcionado casa y pan suficientes, además de una educación social y formativa.  No habéis sido buenos estudiantes, pero para ello no pude daros más; os comportáis bien en sociedad y, sobre todo, sois excelentes personas,  “buena gente”, que me gusta decir.  En vida, os reprocharía la falta de religiosidad...  Estoy orgullosa de haber creado y mantenido una familia unida con lazos de amor, y ha servido para que ahora, con vuestras vidas fuera del hogar, sepáis en qué se basa una relación.  Seguid unidos, limad los desacuerdos, y cada día crecerá en vosotros la grandeza del alma.  La vida es una escuela y todas las lecciones comienzan en el primer hogar, cultivando la convivencia, la tolerancia, la comprensión y la ternura.  Sé que ya no sois unos niños, pero no he querido creerlo.  Sé que sois libres y distintos, y no he querido entenderlo.  Mi excesiva pasión de madre, mis exigencias absorbentes han hecho de mi relación con vosotros un camino agobiante desde que fuisteis hombre y mujeres.  Incluso os debo confesar que me reprimí, pues habría deseado hasta el último momento que mi consejo se cumpliera, que regresarais a las diez a casa y que me pidierais que os preparara la comida.  No me atreví a comprender que vuestra libertad no era la causa de mi sensación de soledad, que mi deber de protección terminó hace muchos años y que crecer no es delito contra la maternidad.  Los padres sólo somos cauce, nunca motor, porque cada uno, también cada hijo, estamos obligados a vivir las experiencias que nos depara nuestra existencia, y quien pretenda influir directamente en el camino de otro puede provocar más daño que bien.  Debí convertirme en vuestra mejor amiga y sólo fui vuestra mejor madre.  Os pido perdón por exigiros tanto, por presionaros, para seguir mi camino, y aunque lo hice por amor, no causé más que retraso en vuestra madurez.  Sufrí, sufristeis por un error, pero os agradezco de corazón el respeto con que me soportasteis.

 

Apenas he nombrado a papá, y es todo un logro, ¿verdad?  Lo conocí con quince años, era costurera, “modistilla”, que me decía él, y le costó hacerse con mi atención.  Yo era muy guapa, y los chicos del pueblo suspiraron cuando me vine a la cuidad; él, un buen mozo, el “ojo derecho de su madre”.  Necesitamos catorce años de festejo, el dinero mandaba, y nos casamos muy enamorados.  Para nosotros, el otro era perfecto, y la unión, sublime, la ilusión aumentaba cada día, con cada acontecimiento que compartir.  Vivíamos en el amor, no cabe explicarlo de otra manera, y podéis incluir en él la ternura, la amistad, el respeto, la comprensión...  Reconozco que algunas tareas las cumplía por obligación, porque me enseñaron que una buena esposa debía comportarse así, pero no me importaba porque nacía como servicio para él.  A pesar de su aspecto serio y sensato, vuestro padre tenía un hervidero de alegría en su alma.  Le daba a cada cosa una importancia relativa y, en todo momento, actuaba con la dedicación necesaria.  Formábamos una pareja única y despertábamos la envidia de todos los amigos.  Cuando salíamos con ellos, aun separados, él con los maridos, yo con las mujeres, nos sentíamos cerca, como si uno estuviera dentro del otro, y nos intercambiábamos guiños, miradas y sonrisas, y, en ocasiones, él abandonaba su conversación, se acercaba hasta mí, me besaba y me decía al oído: “Te quiero como a un cielo”.  Sólo me di cuenta de su enfermedad cuando ya se había ido.  Mientras sufrió, siempre con los labios risueños, yo deseaba exclusivamente estar junto a él y proporcionarle lo mejor para que sanara pronto.  Gracias a vuestra existencia pude vivir... por vuestra existencia... y por su recuerdo.  Desde su muerte, mi vida sólo tuvo sentido para cuidaros y para pensar en él, fui parte de los demás, nunca yo misma.  Todas las noches alargaba mi brazo en la cama para acariciar el lugar de la almohada donde él reclinaba su mejilla.  Y el servicio que a él le debía se repartió entre vosotros tres.  Seguí a rajatabla sus deseos sobre la educación, sus inquietudes para vuestro futuro y, con ello, ya me sentía fuerte y amada... aunque sola.  Con el paso del tiempo, os exigí que me dierais lo que él me debería haber dado, a cada uno de vosotros os exigía que fuerais mi marido, y entre uno y otras deambulaba para buscar la acogida de la esposa fiel y cariñosa.  Necesitaba encontrar un calor de igual a igual, la brasa que mantiene cálido el corazón de una mujer...  quería encontrarle a él...  Quizá ahora entendáis por qué fui tan absorbente con vosotros, por qué ansiaba vuestras caricias, vuestros besos y abrazos, por qué me hundí cuando ibais saliendo del hogar.  No entendí que vosotros sólo erais semilla y fruto que cultivar para dejaros crecer en libertad.  A pesar de mi apariencia, nunca fui yo, sino la imagen de él que se proyectaba en mis actos, en mis sentimientos, en mis penas y en mis alegrías.  Desde que él murió, se apagó mi luz, ya no crecí, equivoqué el sentido del amor y me anclé en su recuerdo.  Perdí un tiempo magnífico... pero ahora... tengo esperanza otra vez, soy feliz, feliz, hijos, como nunca lo he sido... voy... voy a encontrarme con él, me está esperando, me lo han mostrado, lo he visto... y, juntos, como siempre lo hacíamos, vamos a iniciar un nuevo camino, un aprendizaje hacia el amor.

 

 

 

Os estoy aguardando, hijos, porque la muerte no es final, es un paso más hacia Dios, un alto en el camino hacia la perfección, y de ella nace cada vez la enseñanza de la única verdad, la enseñanza del Amor.  Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

La estación del Edén

Cuando yacía en la cama, ya con los dolores apagados, ya con mis acompañantes unos rezando, otros llorando, llegó hasta mí Juan, mi hijo menor, que siempre tuvo la piel muy cálida, y colocó sus dedos sobre mis párpados, a la vez que me decía quedamente, al oído, pero con la firmeza del convencimiento:

—Papá, el camino es limpio y recto, sin sobresaltos;  el destino, lo que tantas veces hemos hablado, el Edén.  Allá arriba te esperan, pero debes viajar en solitario, porque sólo tú eres dueño de tu alma.  La Luz te vendrá a buscar y se abrirán las puertas. Acércate a Ella.

Transcurrió en un susurro, sin tiempo material de que las palabras fueran pronunciadas, y las oí más allá de la habitación, como si Juan hablara desde la Luz que me prometía.  No, no eran frases tangibles, no eran frases de consuelo ni de resignación ni de despedida, surgían dulces porque las decía el Amor, y no el amor filial, ni yo las recibía con amor o debilidad de padre...  eran palabras de espera y esperanza.

Me llegó el último sonido y aún pude oír:

—Ha muerto.  Descanse en paz.

Sé que hubo sollozos, que casi todo el mundo se apenó, pero sentí que Juan irradiaba paz, no sabía si para consolarse, para transmitírmela o para fortalecer a los demás.  Mi última imagen es su rostro transfigurado mirando hacia lo alto, señalando el camino, la vía de iluminación.

El miedo a la muerte me desapareció veinte años atrás, cuando ella se fue y dejó su labor en este mundo con la satisfacción de haber cumplido su papel y sabiendo que nada le ataba, que debía ascender a la presencia de su Dios con el alma como único equipaje.  Juan tenía quince años y quiso irse con ella, sufrió con desesperación, maldijo la vida y todo en lo que no creía, se ofreció a cambio, no aceptó la huida de su madre...  Pero ella, en su lecho de agonía, le habló palabras que nadie sabe, y el hijo se marchó, desapareció por todo el día, no asistió al entierro y, tras el regreso, nunca necesitó un consuelo ni un consejo, tornó su vida alegre, feliz...

Supe al instante que mi cuerpo había perdido la vida.  Por un momento, pude ver el mundo desde arriba con una superioridad no deseada, como si lo de allá abajo no importara.  Oí el silencio absoluto y a mis lados se hizo la oscuridad, una oscuridad impersonal, sin temor, pero repleta de vacío, llena de significado indescifrable.  Quise ver a lo lejos y nada se abría; abajo, lágrimas; a los lados, nada; y arriba...

Elevé los ojos, por fin, y encontré la Luz, un resplandor intenso, como un sol incoloro, sin forma... Y sentí que sonreía, que sonreíamos los dos al encuentro con una paz deslumbrante.  Me llamaba, y recordé las palabras de Juan.  La Luz me tendía una mano en forma de camino, de haz radiante que ocupaba un pedazo de oscuridad desde arriba hasta mi lugar.  Tuve un instante de duda y el haz parpadeó como queriendo apagarse, dando a entender que existía un tiempo determinado, una sola oportunidad.  Y cuando mi deseo se hizo firme, el haz se convirtió en peldaños, en una escalera automática que llegaba hasta la Luz, ahora convertida en cúpula a modo de cobijo.

La escalera ascendía y yo subí sin mirar atrás, sin miedo, con esperanza, con paz que aumentaba conforme veía la cúpula más cerca.  Ya no tenía oscuridad a los lados porque el fin de la escalera había cubierto el pasillo con flecos de la cúpula...  Alguien se acercaba hacia mí, alguien desconocido, pero cuya presencia sentí familiar.  De lejos, apareció con túnica blanca, casi confundido con la Luz, y se movía con paso quedo en dirección firme.  Comunicaba la paz igual a la ascensión, como si sonriera, aun con su rostro hierático... pelo negro, melena sobre los hombros, rasgos angulosos y ojos brillantes.

—Eres un ser de luz —me habló—y has decidido llegar hasta aquí para aprender.  Nosotros te recibimos con alegría, como hermano que eres de la gran fraternidad.  Sé bienvenido.

—Gracias, pero ¿por qué estoy aquí contigo?  ¿Quién eres?

—Has sentido mi presencia en muchas ocasiones.  Soy tu guía espiritual, el ser que tú has intuido como ángel de la guarda en el concepto limitado de tu enseñanza.  Me llamo Antares y elegí la misión de hacerte llegar hasta la Luz, el Padre Eterno...  Me honro por tenerte aquí.  Somos dichosos porque has encontrado el camino.

—Y ¿qué debo hacer?

—Debes continuar en la búsqueda porque tu sabiduría no es plena.  Aún debes aprender para estar con nosotros en el proceso de iluminación.  Tu camino no ha terminado todavía.  Tienes la Luz, pero no has comprendido la enseñanza.  Aprenderás, y en la última etapa te están esperando para acompañarte.  Déjate llevar, nosotros te guiaremos.

Antares se sumergió en la Luz y desapareció, desapareció a mi vista, que no a mi sentido, porque su presencia era palpable, como él dijo, igual que en otras ocasiones, cuando reclamaba ayuda incorpórea para consolar un sufrimiento.

Y sí, la escalera me llevó a una estación, a una encrucijada.  La cúpula se hizo imagen  de una gran cobertura con nervios de hierro y columnas moldeadas, andenes de piedra, pitidos resonantes...  Y en todas las vías me esperaba un tren, con su máquina y un solo vagón.  No había gente, pero sentía con vida a cada uno de los trenes, les palpitaba un corazón, su hálito vital.  Crucé las vías por delante de las máquinas para observarlos de cerca.  Se alineaban en la misma dirección, con los motores en marcha, ya  para partir.  Recorrí los andenes y vi cada vagón con su puerta abierta, aguardando mi entrada.  ¿Cuál debía elegir?...

Nadie podía ayudarme, la decisión caía en mí exclusivamente y sin posibilidad de evitarla.  Comprobé que donde debían colgar los carteles del trayecto, aparecían rectángulos con pintura menos desgastada.  Todos los trenes silbaron al unísono como señal de salida inminente...  La duda me atenazó, y no dudé, invoqué a mi ángel de la guarda, a mi guía espiritual, Antares, y, sin sentirlo, pero con la seguridad de tenerlo a mi lado, supe de inmediato cuál era el tren correcto, el que debía llevarme al lugar escogido para acercarme a la última estación.

El humo de la máquina se confundía con las brumas erizadas que aguardaban afuera.  Me había sentado en una butaca tapizada, justo en el centro del vagón, al lado de la ventanilla.  Intenté ver la dirección que tomábamos pegando la mejilla al cristal, pero la vista sólo me alcanzaba hasta la chimenea de boca grande pasando por encima del carbón que transportaba la vagoneta auxiliar.  Estaba solo, como en el ascenso por la escalera, pero ahora me amparaba una sensación cálida, porque realmente entendía al tren como un personaje con vida propia y misión determinada.  Salimos de la niebla enseguida, al menos por mi lado, pues por la otra hilera de butacas, la visión seguía igual.  Parecía que circulábamos por la ladera de una montaña, puesto que al frente sólo se veía cielo y abajo vegetación con un pequeño manantial.  Sonó un pitido prolongado y la corriente de agua cayó en cascada.

Aparecieron construcciones, cobertizos, establos y una casa de campo que me resultó familiar.  El arroyuelo discurría al fondo del paisaje, algo crecido y postizo al conjunto de la escena.  La sorpresa me agarrotó al llegar sobre la casa: “Tristán”, mi perro pastor correteaba por el camino... y un muchacho... ¡era yo!... le lanzaba un palo para jugar.  Mi frente, mi nariz, mi barbilla y mis manos abiertas se aplastaron contra el cristal...  Sentí como si todo el tren sonriera con la suficiencia de un abuelo cariñoso, con exceso de protección y comprendiendo mi sorpresa ingenua.  Casi se detuvo y pude observarme de niño feliz, en la ignorancia del porvenir, con la conciencia limpia, la maldad escondida y el egoísmo acentuado.  Aquel muchacho todavía disfrutaba de las cosas insignificantes, se sabía dueño del mundo y se creía tal vez el centro del Universo.  Mi padre salió de la casa y le negué ayuda con los aparejos porque prefería jugar con “Tristán”; mi madre apenas conseguía levantar el recipiente de ropa recién lavada piedra contra piedra; y yo, único hijo, acariciaba el lomo de mi perro y buscaba un trébol de cuatro hojas.  Me invadió una sensación de angustia con deseo de penitencia, sin agobios, con paz, con intención de reponer el daño con un servicio.  Era como si el Amor desprendido para uso personal se difuminara aislando el brote de egoísmo, para, en el balance, reconocer la justa medida de la existencia infantil.

Regresaron las brumas y ahora rayos de luz se filtraban hasta destellar contra el metal negro de la máquina.  Manteníamos viva la marcha y percibí que el tren se encontraba más relajado y más alegre, como si esta etapa le hubiera confirmado la utilidad del viaje.

El paisaje volvió a la claridad y, paralelo a nosotros, apareció un tren que circulaba en la misma dirección y a igual velocidad.  Yo viajaba en él, viajaba hacia la casa de campo con la cara enfurruñada para visitar a mi abuelo.  A través de las ventanillas del tren acompañante, me vi disgustado por salir de viaje y, a lo lejos, mi abuelo, nostálgico, me esperaba...  Nuevamente me invadió la angustia, hasta que toda la ventanilla se ocupó por un abrazo de abuelo y nieto, repleto de lágrimas nacidas de la ternura... y mi abuelo, mi mano entre las suyas, me miró, no al niño, sino al viajero de las brumas, y con reproche y cariño pareció decirme que no le importaba mi ausencia en su muerte porque sabía que ocupaba un lugar en mi corazón.  Lloré.

La aceleración creció y nos sumergimos en brumas que ahora se erizaban a mayor velocidad.  Intenté ver hacia todos los lados, pero las imágenes desaparecieron.  Sentí como si diéramos un amplio giro, el vagón se inclinó ligeramente y sonó otro pitido prolongado.  Al concluir el aviso, estábamos detenidos, habíamos regresado a la estación de partida, y la puerta se abrió.  Entendí que debía bajar al andén y así lo hice.  Tal como pisé el bordillo, el tren viajero inició una marcha lenta y noté su saludo con gesto de satisfacción por un deber cumplido.  La estación estaba más iluminada, incluso por la salida al exterior se atisbaba una luz más fuerte.  Ahora eran tres las máquinas que me aguardaban con los motores en marcha y, tras ellas, igualmente se enganchaba un solo vagón.  Cada una parecía llamarme a su seno, pero no sentí la necesidad de elegir, en realidad, un impulso me empujaba a subir a un vagón, cualquiera, sin preferencia, para iniciar otro viaje.

Tomé uno con máquina de vapor inmensa y vagón lujoso, que no tenía butacas alineadas y semejaba la habitación de un hotel, con barra de bar, cortinas, sofás y sillones tapizados en telas vistosas.  Me senté en un taburete cercano a la ventanilla, desde donde podría observar con claridad lo que aconteciera durante el trayecto por el mundo exterior.

Arrancamos de inmediato y nos sumergimos en las brumas a mayor velocidad que la del viaje anterior.  Y antes también, el paisaje se hizo diáfano a mi derecha, con montañas y bosques entre los que serpeaba el arroyo caudaloso con brío y desbocado.  Casi al frente de la máquina me vi con edad adolescente, quince años, corriendo por una calle desierta.  Sentí ansiedad como la tuve en aquel entonces, y deseaba ver enseguida la meta de la carrera.  No tardé en llegar.  Justo ante la ventanilla, mis brazos adolescentes rodearon la cintura de Mariana, mi primer amor, y recibí el beso en los labios igual que aquella vez, apasionado y voraz.  Pero de inmediato, Mariana salió llorando, gritando contra mí y mi desplante, y la escena me agobió con puñalada de culpabilidad.  El yo adolescente sonreía sin remordimiento, como así sonrió también cuando participó en escenas de otros desplantes poco románticos y en la burla y paliza a un vagabundo epiléptico que mi yo propuso sin piedad ni compasión.  Aparecí frotándome las manos cuando maquinaba la maniobra para engañar y desbancar a mis adversarios para un consejo escolar, y la pantalla se tiñó de gris oscuro cuando negué la ayuda a Carlos Miramón para el estudio del examen final en el último curso de Bachiller.  Y con ese gris que me inundaba, no ya por los ojos, sino en la entraña, donde duele la maldad, sentí el desgarro de la angustia y de la penitencia como un arañazo en el alma, acto de contrición para un final de justicia.  Así, con la espalda curvada por el peso de la culpabilidad, desapareció el color amargo y la luz se acercó con ella, que traía el amor, con ella, habitante inmediata de mi corazón, Esther María, cuya imagen ascendió del fondo de la escena, allá donde el arroyo se había hecho maduro y sus aguas se abrían a la tierra fértil.  Invadió el blanco la visión, el gozo se hizo paz y sentí curada mi alma con la presencia de ella, con su amor.

Cuando desperté del blanco, la ventanilla me enseñaba de nuevo la estación, donde había crecido la luz y, sin palabras, sin sonidos, el entorno se había llenado de vida.  Al descender, entré en calor de compañía, como si me introdujera en un gentío dichoso, aunque no tuviera nadie real a mi alrededor.  En el costado del tren recién abandonado, vi un cartel que antes del viaje no estaba en ese lugar; informaba: “Viaje a los sentidos, camino de la perfección”.  Y también este tren sonrió antes de partir.

Una sola vía aparecía ocupada por un vehículo futurista, de morro puntiagudo y perfiles redondeados.  Me aguardaba con la puerta levantada, pero sentí reparos a entrar...  Estaba tan colmado con la sensación del viaje anterior...  Oí dentro de mí la voz de Antares:

—Tus viajes han sido elegidos acertadamente.  No dudes.  Continúa, porque el final es la recompensa.

Recogí el mensaje sin extrañeza y accedí al moderno tren con la esperanza de continuar sumido en la paz.  Tomé asiento en un sillón envolvente y, con tranquilidad, me dispuse a recibir las imágenes necesarias.

Arrancamos con una exagerada aceleración y en la velocidad mantenida presagiaba un viaje cómodo y sin sobresaltos.  Las imágenes llegaron de inmediato y se sucedieron rápidamente.  Al principio, se encadenaron con el fin del trayecto anterior, por lo que me confirmaron en el placentero estado de la vuelta.  Fue confianza vana o juego del proceso, pues de inmediato la regresión me mostró como impactos de meteorito las escenas más duras de mi vida, calificadas así en el viaje, no porque las entendí de esa manera cuando realmente transcurrieron, y más angustioso resultó verme indiferente o satisfecho ante actos como aquéllos: negar la compañía a Esther en el parto de Juan, olvidarme de ella en mi lucha egoísta por adquirir prestigio, descuidar mi atención en los primeros síntomas de su enfermedad; y como latigazos intermitentes me vinieron salpicones del cierre de la empresa para no perder dinero, de la lucha con mi socio por arrebatarle poder, del despido del contable para justificar mi ineptitud...; y el colmo del vía crucis sucedió cuando tres pequeños, mis hijos, callados, sufrían sin saber por qué, con la intuición de que su padre vivía una vida ajena a sus inquietudes...  Me revolví en el asiento con una herida que sabía a muerte cruenta por agresión alevosa al amor...  Y cuando Esther me miraba con dulzura desde su lecho de muerte, la desazón y el remordimiento hurgaron en la herida para regalar saña al estertor definitivo...  La luz se me había apagado, vencía la oscuridad y mi ser intangible yacía en el sillón con la agonía del castigo.  Incluso el tren se detuvo y me transmitía su compasión.  Fueron pasando tinieblas con movimiento propio que me hacían aceptar la penitencia con la resignación de merecer una condena ejemplar.  Entre la oscuridad, las aguas calmadas del río se habían teñido de una mugre apestosa...  Esther encendió el alivio.  Todavía en el lecho de muerte, su mano se unió a la mía y dio calor a la escena como consuelo a mi fracaso.  María, Luis y Juan me arropaban camino del cementerio, acompañaban mi pesar en los meses siguientes y prestaban su ayuda a mi resurgimiento como hombre solo.  Al frente de la escena, un atisbo de ternura se introducía en las tinieblas con deseo de ocupación.  Observándolo, el consuelo aumentaba, y el tren comenzó una suave marcha, como queriendo acercarse a la sensación abandonando la oscuridad.  Comprendí que Esther me la enviaba, no desde la vida terminada, sino desde algún lugar existente por encima del vagón.  La escena se llenó de seres, seres desconocidos que irradiaban amor para despertarlo en mí hacia ellos... y tal fue su atracción que quise que mi alma se prolongara entre sus almas para conseguir una fusión completa.  Esther me incitaba con aliento cálido, y toda su presencia se hallaba en cada ser de la escena.  El río, transparente, inmenso, traspasaba la última llanura, el mar al fondo... Y como un suspiro, como una brisa, las tinieblas huyeron y la luz se hizo con sonidos de paz, el tren aceleró en un arranque de dicha y abrió una compuerta en el techo del vagón.  Sobre mí aparecieron cruces de vías, puentes metálicos, pasos a nivel, y sobre ellos, con placidez, ocupados por seres felices, circulaban otros trenes en una venturosa sinfonía de amor.

Al mirar arriba ensimismado, no percibí el regreso a la estación.  Se cerró la compuerta y volví mis ojos a la ventanilla.  La sensación de gentío ahora fue real, los andenes se encontraban repletos de hermanos que desprendían hospitalidad hacia mí.  No deseaba bajar, pero la puerta lateral se abrió... se abrió para permitir que ella, Esther, radiante, única, esplendorosa, se uniera a mi camino con un abrazo de encuentro en la dulzura, de encuentro en el amor.  El tren se puso en marcha, y a la salida hacia las nubes, en la última columna, se iluminó un cartel que se despedía: “Estación del Edén”.

La llamada de la luz

Acudían en multitud, uno tras otro, apelotonados, desde abajo, en un tropel de cuerpos intangibles que se movía lentamente hacia mí con rostros desencajados y suplicantes.  Me asusté, pero no podía moverme, y no porque estuviera paralizada, sino porque, sin conocer la causa, yo sabía que debía darles ayuda... ¿qué ayuda?

Los veía como gentío impersonal, pero, sobre ellos, un ser más iluminado parecía protegerles, y me miraba de forma distinta, muy distinta, como si debiera decirme con su expresión, dulce, que cumpliera mi tarea sin perder un segundo.  Yo me acaloré y me puse tensa, casi no sentía la silla, y luchaba por entender mientras me entraba por el vientre una angustia de impotencia.

Un hombre de cara amargada me vino por la derecha, no de la multitud, pero con el mismo rostro apenado.  Se acercó casi a un palmo de mí, se alejó y se acercó, tomando un rictus serio, de reproche, entendí.  De abajo, distinguía una niña con vestido corto, trenzas rubias, sangre por detrás de la cabeza y una muñeca en la mano.  Un muchacho, también emergido del gentío, se acercó hasta ella y la tomó de la mano.  La niña se sintió protegida, pero mantenía una mirada de extravío, sin buscar nada, y caminaba arrastrando los pies y la muñeca.  El hombre de cara amargada seguía junto a mí, esperando, ya no se alejaba.

De pronto, vi sobre el gentío una imagen, parecía un accidente entre dos automóviles, que tomó protagonismo sobre lo demás.  Un joven deambulaba entre curiosos sin percatarse de lo ocurrido, parecía despistado, miraba a todas partes.  El ser de luz me empujaba a decirle algo, pero yo no sabía qué.

Llegó Ángel —por fin— y cerramos la rueda de energía.  Cuando tomó mi mano, supuse que también veía lo mismo que yo, porque dijo:

—Están todos contigo.  Tú los has atraído.  Bien, no te asustes.

—Pero, ¿quién es el ser de luz?

—Nuestro guía.  Está ahí para ayudarnos.  En realidad, para ayudarte.

El hombre de cara amargada insistía con su presencia y Ángel notó mi estremecimiento.

—No temas.  Pregúntale si sabe por qué está ahí.

—Pero, ¿cómo?  ¿Me oirá?

—Pregúntale.  Ellos están contigo.  Oirán lo que tú les digas.  No lo hagas en voz alta, háblales con la mente.

Así lo hice.  El hombre contestó que no y lo comuniqué al grupo.  Soraya me indicó:

—Dile que ha muerto.

—Sí, me dice que ya lo sabe.

—Bien —continuó Soraya—.  Dile que mire a lo alto y que busque la luz.

—Sí, también veo la luz —contesté, extrañada—.  Está arriba, muy lejos.

—Muy bien, pues enséñale el camino —habló ahora Ángel.

Le señalé la luz y pareció que el hombre entendía.  Miró como queriendo agradecérmelo y ascendió por un pasillo imaginario hasta perderse sumergido en un destello.

—¿Y la niña?

—También ha muerto.  Todos que tú ves han muerto y están vagando.  Esperan un camino, una respuesta, una palabra.  Ahora dependen de ti para iluminarse y ascender.  Eres su guía.

—Y ¿por qué yo?

—Porque tienes luz, Roxana —me aclaró Soraya.

—Sí, y ellos viven en la oscuridad —siguió Ángel—. Han acudido a tu luz, les has atraído.

—Quiero salvar a la niña.

—No hace falta.  El muchacho que la lleva de la mano va a conducirla.  Es su misión.  El también murió de accidente y ahora ayuda a todos los niños que mueren así.

Era cierto, caminaban hacia el mismo pasillo por donde ascendió el hombre de cara amargada.  Pero se detuvieron y el muchacho me saludó y comenzó a hacer muecas graciosas, bailes desgarbados.  Cuando sonreí, parece que quedó satisfecho y siguieron su camino.

—A su manera, él también quería ayudarte.  Y lo ha conseguido.  Ya no estás tan tensa, ¿verdad?

—Sí, me he relajado.  Era muy gracioso.  Parecía un “pasota”.

—No descuides a los demás —me advirtió Ángel—.  Están aguardando.

El joven del accidente miró hacia mí, pero en seguida escondió la mirada y siguió caminando entre la gente que yo veía en un aparte, en distinto plano.  Oía un murmullo que me molestaba.

—Llámalo —me exigió Ángel con voz firme.

Obedecí.

—Dile que si sabe que ha muerto... aunque no, no lo sabe.  Vas a tener que decírselo, necesita saberlo.  Díselo.

Sin palabras, le dije: “Has muerto en el accidente que ves”.

El muchacho giró el rostro hacia mí rápidamente, con sorpresa, con crudeza, queriendo agredirme, pero creo que entendió al momento, porque se recogió la cara entre las manos y lloró.

—Dile que no se preocupe.  La muerte no es destrucción, ni culminación, simplemente es la frontera para dar otro paso.

—Me pregunta que qué hace ahí.

—Acaba de morir y no ha visto la luz —habló Soraya—.  Quienes no la ven están apegados a la vida terrena, no quieren abandonar el mundo material.  Intenta guiarlo, dile dónde tiene la luz y que vaya hacia ella sin miedo.  Es el camino.

Mientras se lo iba comunicando, el muchacho levantó la mirada, primero hacia mí, después hacia la luz, me dio las gracias y se elevó.  Quedé satisfecha, colmada, como si hubiera obedecido las órdenes del ser de luz —lo llamé ángel de bondad—que me sonrió ahora con mayor énfasis y asintiendo, dando conformidad a mi quehacer.

El gentío seguía allá abajo con rostros anhelantes, pero dubitativos, desorientados, mirándome algunos con extrañeza, otros con esperanza.

—Pidamos al Padre por ellos para que puedan encontrar el camino hacia la luz, para que se deshagan de lo que les une a este mundo y se eleven hacia Él.

Unimos todos las manos con más fuerza y Ángel comenzó la oración...  Apenas pudo pronunciar la primera frase.

—Espera, Ángel, veo a una mujer que viene hacia mí.  Está desesperada... lleva los vestidos rotos y la cara sucia...  Viene deprisa.  Ángel, ¡está llorando...!, grita: “¡Mis hijos!  “¡Mis hijos!”.

—Tranquilízate, Roxana —me confortó Ángel; y él y Soraya apretaron mis manos.

—Dile lo mismo que a los otros —me indicó otra vez Soraya.

—No quiere escuchar, pregunta por sus hijos, que dónde están sus hijos.

—Si sube hacia la luz, podrá serles de ayuda.  Primero necesita encontrar la luz.  Guíale.

—Está llorando... y se enfada conmigo... se va... quiere encontrar a sus hijos...  No me escucha.

—Bien, déjale, ya entenderá.  Recemos por los otros.  El guía lo pide.

Ángel volvió a iniciar la oración con voz profunda, pausada y firme.  Me concentré en sus palabras —un Padrenuestro y un Ave María—y a cada frase, por detrás del gentío, crecía una luz de igual intensidad a la superior donde había dirigido al hombre y al muchacho.  Cuando terminó la oración, el gentío recibía el destello desde arriba, estaba todo iluminado.  Al instante, se apartaron para crear un pasillo y volvieron el rostro hacia donde había nacido la luz.

...Y de allí, hacia el espacio abierto por la multitud, apareció un ser mucho más luminoso que el guía, parecía que la luz venía con él.  Iba vestido con una túnica blanca que sólo dejaba al descubierto la cara y las manos.  Lo vi con una melena que casi tocaba los hombros, pelo rubio, brillante con la luz y sólo distinguía sus ojos, ojos que irradiaban una sensación que solamente pude entender de Amor.  A la vez que caminaba entre el gentío, por mi izquierda, emergió otro ser, con túnica y capucha, con figura de mujer, que avanzó al encuentro de aquél, sin la luz, pero con luminosidad propia.  Por los lados de la capucha, veía unos mechones de pelo negro brillante, azul con los destellos, y no vi, pero intuí que sonreía con bondad.  Se encontraron frente a mí.  El hombre abrió los brazos y extendió las manos como dándome a entender que sus palabras iban a ser de protección.  Llevaba heridas en las manos.  La mujer quedó en segundo plano.  Él me miró a los ojos fijamente, con ternura, y habló:

—Esperamos grandes cosas de ti.

Ambos se giraron, la mujer tomó el brazo del hombre, caminaron por el pasillo entre el gentío, y se perdieron a través de la luz.

La revelación

Aquel día brillaba la luna llena.  La veía a través de los árboles desnudos en la plaza de Los Sitios, a veces sí y a veces no, porque Zaragoza sufría un viento racheado, regalo del Moncayo, que desplazaba rápidamente las nubes.  Apenas daban las ocho de la tarde, pero hacía casi dos horas que la luz solar se había escapado.  Aunque la temperatura real no era desagradable, la sensación de frío helador se extendía como una capa de rocío.  Iba provisto de abrigo, guantes y bufanda, suficientes prendas para vencer un clima nórdico, pero las ráfagas hirientes se colaban por cualquier poro buscando un centímetro cuadrado de piel donde depositar su mensaje de hielo.  Según el golpe de viento, tiritaba.

Suelo acudir habitualmente a la llamada maña, porque su gente es simpática, desprendida y hospitalaria.  En aquella ocasión, acababa de asistir a un seminario sobre la Literatura de la Postguerra, invitado por la Universidad de Zaragoza. El último día, ya cansado, me retiré rápidamente escuchando la despedida sobre el estrado del conferenciante.

Puesto que todavía era pronto para cenar, antes de regresar al Gran Hotel, donde me hospedaba, decidí dar un paseo por las calles del centro zaragozano.  Los porches del paseo de la Independencia abrigaban del viento, pero en cuanto era necesario cruzar una calle transversal, el latigazo era terrible.  Pretendí acercarme hasta la iglesia de La Magdalena, pero, después de andar por toda la calle Costa, al llegar a la plaza de Los Sitios, dudé si luchar contra enemigo tan inmisericorde me compensaría.  Aún anduve varios metros, crucé la calle Sanclemente y, frente al kiosco de la plaza, determiné tomar dirección al hotel.

Antes de aparecer junto al botones, a las nueve y cinco de la noche, con la cara helada y el pelo revuelto, lo último que recuerdo de la realidad es un cartel en negro brillante con el nombre de una imprenta, justo antes de torcer hacia la calle Zurita.

A la vuelta de la esquina, me sacudió un enorme torbellino, supuestamente de viento, que me obligó a inclinarme hacia delante y a agachar la cabeza para evitar que el impacto me derribara.  Sentí un frío glacial que me recorrió no sólo la poca piel a la intemperie, sino todo el cuerpo, incluso por dentro de las entrañas.  Creí encontrarme en el centro de un tornado, porque con los ojos cerrados me sumergí en una vorágine ascendente.

Supuse que había perdido el sentido, pues aquella sensación era inconsciente, no pertenecía al mundo de los vivos, me encontraba en un espacio ingrávido y no podía dominarme.  Por un momento pensé en la muerte... pero ¿sin agresión?, ¿sin dolor?...  Quizá un sueño... pero no, no dormía.  La situación era real, yo había sufrido un golpe de viento, tenía los ojos cerrados y mi cuerpo se alzaba... al menos, eso sentía.  Tuve miedo, me encontraba a merced de algo o de alguien y no podía ni siquiera luchar, o defenderme, o pedir explicaciones.  Rogué ayuda a lo infinito, recé lo que sabía y me encomendé al Dios que me habían enseñado... porque la sensación de vacío sólo podía entenderse como... muerte.

Cesó todo de inmediato, el viento, el frío, el miedo.  Me creí suspendido en el aire y protegido por una burbuja... o por un campo de energía, valga la expresión científica.  Y abundando en este lenguaje, convengamos que “había traspasado el umbral físico y estaba viviendo una experiencia extrasensorial de magnitud elevada con repercusión directa en mi espacio, en mi tiempo y en mi cuerpo”.  Lo trascendente era que me sentía con existencia, pero incorpóreo, en otra dimensión... y aún no había abierto los ojos.  Así, pendulante, desapareció el temor.  En mi entorno, se desparramaba el silencio y la paz, y se creó un ambiente de acogimiento.  Con reparos, quise ver.

Estaba muy arriba, estaba volando, me había elevado en vertical como disparado por un cohete, y podía ver los tejados, las antenas, las copas de los árboles, desde una altura impresionante.  Levanté la cabeza y vi cielo.  Miré a los lados y vi oscuridad.  Extrañamente, me encontraba muy tranquilo, pero no me creía que aquello fuera consciente... y me pellizqué.  Tenía cuerpo, tenía... y me di cuenta de que no me cubrían mis ropas, sino una túnica de color gris perla, con mangas anchas, que me llegaba hasta los tobillos.  Puesto que mis conocimientos y mi sentido común no eran capaces de hallar explicación al fenómeno, decidí ampararme en el escepticismo, aunque, por seguridad, sólo miraba hacia abajo.  Destacaban sobremanera la basílica del Pilar y los haces de luz que parecían traspasarla hasta perderse más o menos por donde andaba, o volaba, yo.  Me llamó la atención la curva que el río Ebro describe antes de trazar la recta de llegada a Zaragoza.  La plaza de toros rompía el diseño de aristas y daba encanto a tanto vértice...  En fin, supuse que pronto despertaría.

He sido siempre proclive a creer en lo que puedo tocar, o en lo que puedo entender.  Mi formación humanística no me ha dado claves para ir más allá de lo material y me ha anclado en una visión vitalista y generosa del mundo, donde la evolución sólo depende de la tecnología y de la solidaridad.  Por ser estudioso del arte literario, defiendo al hombre como creador en su límite humano, aunque algunas veces he podido percibir en mi trabajo que la mente no trabaja en solitario, que lo que nosotros, los investigadores y los críticos, llamamos talento, no reside en los genes o en el cerebro, sino que mana de una fuente misteriosa, propia del ser humano, pero despierta en casos elegidos por alguna razón incomprensible.  Un catedrático de arte, en alusión a esta teoría que le había expuesto, me contestó que el talento es una cualidad del alma, y que su admiración por los artistas era debida a que habían sido capaces de destaparse frente a su medio de expresión, sea pincel, pluma o plumilla, de desnudar su alma escondiendo el pudor.  Quizá mi sensación se refería al descubrimiento del alma, quizá... pero era una sensación, no un conocimiento.  Y si, en alguna ocasión, yo pude haber percibido en mí la emanación de esos valores ocultos, debo ceñirme en exclusiva a mis trabajos de investigación, nunca publicados, sobre el fenómeno religioso.  La idea de Dios me atrae, pero me avergüenza; la espiritualidad me llama, pero me desconcierta.  He intentado profundizar en mis convicciones trascendentales a través de la investigación sobre trabajos de los demás, y siempre, por intangible, he abandonado el trabajo con dolor de cabeza y desasosiego.  Pero, en fases de creación, no de estudio, cuando intentaba plasmar en un papel mi verdadero sentir sobre la trascendencia del ser humano, me he sumido en un éxtasis inesperado, durante el cual mi mano se deslizaba con fluidez sin que mi mente fuera capaz de seguir su trayectoria.  Y el producto conseguido era bello, arte, literatura, pero repleto de un contenido metafísico que habría hecho sonreír a cualquier lector.  Me asustaba y rompía los folios en mil pedazos, con rabia en los dedos y nostalgia en el corazón.

Sonaron en algún reloj las campanadas de las ocho.  Miré a la gente, a los coches, a las ventanas, y los acontecimientos ocurrían con detalle, con realidad, tan creíbles que era imposible fabricarlos en un sueño.  Me moví inquieto, pero, sin suelo, quedé en el mismo lugar... De pronto, sentí una presencia extraña, de alguien que estaba a mi lado y que no era visible... y, como absorbido por una gran turbina, comencé a desplazarme en dirección al sur de la ciudad.  Algo tiraba de mí sin agarrarme, me arrastraba con suavidad, me hacía descender... y era real, ese algo era un ser, lo sentía con presencia, con calor humano.  Sobrevolé el paseo de la Independencia, el Paraninfo, la Gran Vía, el estadio de la Romareda, el Pirulí, cada vez a menos altura y cubriendo cierta curva, hasta, que tras casi chocar con los edificios de Univérsitas, aterricé en la estación del Portillo, en medio del gentío.  Me sentí ridículo con aquella túnica, y mi llegada desde luego que no resultaba de lo más habitual. Intenté ascender, pero no dependía de mí.  Intenté esconderme, pero no podía moverme.  Temí que alguien me conociera...  Y la presencia que me protegía, sonrió.  Sonrió, porque la gente pasaba a mi lado y no se inmutaba, nada le llamaba la atención.  Observé detenidamente el trasiego, miré al reloj, marcaba las ocho y cinco, y me fijé en la mirada de aquéllos que caminaban cerca de mí.  ¡No me veían!, era invisible, transparente, supongo, y entonces ya creí que mi situación era irreal, que pertenecía a otra dimensión...  Ni me sentía muerto, ni estaba soñando, ni tenía cuerpo...

Y otra vez, como en la esquina de la calle Zurita, se hizo un tornado que me acogió, y, con una velocidad de vértigo, noté que ascendía en vertical directamente hacia el cielo, si es que existía, hacia una luz difusa que destellaba en lo alto.

Me detuve en seco, sin problemas de inercia ni de deceleración, como si el movimiento hubiera sido un paso terrestre.  Cuando pude ver sin distorsiones, miré con curiosidad a mi alrededor, y lo que vi... en fin, no vi nada...  una oscuridad iluminada...  podría definirla así... como un espacio inmenso, lleno de vacío, pero con una luz... luz de luna llena... A lo alto, un foco, un destello permanente, del que no nacía la iluminación descrita, parecía presidir el entorno.

—Bienvenido.

Me hablaba un ser vestido como yo, que había aparecido sin aviso por detrás de mí.  Era más alto de lo normal, su rostro desprendía blancura, con cabello lacio sobre los hombros y mirada profunda.  Extrañamente, no me inmuté, incluso le creí conocido.

—¿Es usted el responsable de esto? —le pregunté con aplomo.

—No.  Cada uno es responsable de lo que le ocurre.  Es decir, tú eres responsable de tu presencia aquí.

Me encontraba tan tranquilo que hasta percibí el tuteo.  Aun con su majestuosidad, decidí darle el mismo tratamiento.  En cierta manera, lo sentía igual a mí.

—Nada más lejos de mi intención que desear vestirme de esta manera, volar de forma indiscriminada y saltear el Universo con mi aventura.

—Es cierto. Todo lo que has nombrado no ha sido deseo tuyo, pero no estás en condiciones de comprender por qué te ves de esta manera.  Tú me preguntabas la razón de estar aquí...

—Sí. Pretendía una respuesta sobre eso.  ¿Puedes dármela?

—No hay más contestación que darme a conocer.

—Pues has llegado acompañado de unos efectos especiales muy espectaculares.  Has conseguido impresionarme.  ¿Cuál es tu técnica?

—No depende de la técnica.  Debía presentarme de una forma que te introdujera sin sobresaltos en la sabiduría de la Verdad.

—¡Vaya!, ¿es esto parte de la verdad?

—Digamos que estando en la Verdad, esto no es sorprendente, sino lo habitual.  Es este momento, estás juzgándote como ser humano, y tu apreciación mental es errónea, porque nos encontramos en otra dimensión, que ya conoces, pero a la que te has cerrado por falta de sabiduría.

—Entonces, ¿soy un ignorante?

—No, vives en la oscuridad, y cuando has estado a punto de iluminarte, te has ocultado.  Has tenido a las puertas de tu conocimiento la luz de la Verdad, el camino correcto, pero tus dudas cerraban el paso sin remedio.  Yo vengo para darte la enseñanza.

En condiciones normales, mi contestación habría sido intolerante y despectiva, pero tenía la sensibilidad excitada y recibí sus palabras como un rayo de entendimiento.  Sentí recuerdos sin imágenes, quizá de algo ya sabido, que me obligaron a guardar silencio y a meditar sobre las palabras escuchadas.

—Mi labor —continuó—se centra en despertarte la luz interior, en darte inspiración para que tu existencia se llene de sentido verdadero.

—Yo creo que no carezco de sentido, al contrario, he sabido buscar acicates repletos de contenido para realizar un trabajo que me enriquezca tanto a mí como a los demás.  Y no me considero frustrado.

—Sabes que sí lo estás.  Ahora no has hablado con el corazón.  Sientes que tu vida no está colmada....

Tenía razón y nadie conocía este secreto.  Desde años atrás, allá cuando sobrepasé la treintena, comencé a sufrir desencantos esporádicos sin motivo aparente.  Estaba felizmente casado, mis hijos también disfrutaban de bienestar y mi labor docente tenía un  reconocido prestigio.  Económicamente, mi situación no podía despertar ninguna queja y, sin embargo...

—...que te falta un ingrediente esencial imposible de encontrar.  Bien, estoy dispuesto a descubrírtelo si tú lo deseas.

—Tu ofrecimiento es generoso y no puedo negarme.  Pero, ¿qué me vas a pedir a cambio?

—Solamente humildad para corregir tus errores y oídos abiertos para mis recomendaciones.  Con ello me consideraré satisfecho, pero si ni aún eso me das, tampoco me sentiré engañado.  Ya te he dicho, tu deseo me basta.

—Es fácil de aceptar.  Te escucho.

—Tu error se basa en la carencia, en la omisión.  Tu descontento no nace por lo que haces, sino por lo que estás dejando de hacer.  Has recibido suficientes pruebas para que tu alma perciba lo que el mundo espera de ti, pero las has rechazado porque, según tu interpretación, no tienen fundamento.  Y no, no tienen fundamento humano, pero el hombre no es sólo humano, es también divino, se compone de alma, es alma, y hay que llegar hasta el entendimiento interior para descubrirla.  Te has detenido en tu mente, en el conocimiento, no has querido profundizar en lo que tu corazón te demandaba, y lo que tú llamas descontento es una cavidad vacía en tu corazón...

Me estaba hablando y no podía mirarle a los ojos.  Sus palabras, su tono, se introducían por cada poro de mi piel y llegaban hasta el lugar más recóndito de mi cuerpo.  Pero no me sentía avergonzado, sino dolido, porque cada golpe de su voz se hincaba en una llaga de mi alma.  Él repetía lo que tantas veces yo escuché desde mi entraña, y tantas veces eludí...

—...Recibiste un don, un don nada gratuito, porque lo habías ganado con justicia, y todos los dones deben ponerse al servicio de la verdad, de la verdad divina, que no es otra cosa que la ayuda para tus compañeros de camino.  No has hecho mal uso de él, sino que no lo has utilizado para lo que es necesario, incluso por ello no lo has desarrollado por completo.

—¿Qué debo hacer entonces?

—Ya lo sabes, pero necesitar oírlo, ¿verdad?  Tu don para comunicar es tu herramienta.  Con ella debes hacer caso a tu intuición y dejar que trabaje dirigida por tu interior para expresar en palabras y papel cómo debe llegarse al camino de la Verdad, el único que lleva a la paz del hombre.

—¿Quién eres?  ¿Cómo me conoces tan bien, mejor que yo mismo?

—Soy parte de ti, tu guía, y te amparo sin condiciones desde que llegaste a esta existencia.  Es mi obligación y deseo servirte, y si tú lo quieres no será ésta la última vez que me haga presente a tus sentidos...  Ahora debo marcharme.  Haz uso de tu don y ambos nos alegraremos.