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Molintonia

Relatos

El mensajero

Creo que debo contártelo, aun a sabiendas de la enorme posibilidad de que me tomes por loco o, al menos, alucinado.  Ocurrió con agravante de nocturnidad, pero sin alevosía, te lo juro, sobre las tres de la madrugada, si el reloj funcionaba correctamente.  Durante el día anterior, anduve algo nervioso, pero nada más de lo habitual, y, al acostarme, como siempre, tardé en conciliar el sueño después de encomendarme al Padre y hacer unos minutos de reflexión.  Ya resultó curioso que, a la par del rezo, con los ojos cerrados, la visión se me inundaba de un resplandor extraño que desapareció al cesar en mis oraciones.

Al lograr dormirme, caí con profundidad en un sopor intenso —lo sentí en sueños—y me parecía estar viviendo realmente imágenes de mi pasado que me asaltaban con cadencia y sin pausa.  Todas ellas tenían un contenido común: eran mis frustraciones o dolores, pequeños o grandes, que había sufrido, no por enfermedades físicas, sino por acontecimientos o situaciones, como cuando murió mi padre, discutí con un excelente amigo, rompí con mi novia, o como cuando alguna actuación de persona con poder suponía abuso de autoridad —ya sabes que son precisamente estas cosas las que más me deprimen—.  Recuerdo todo ésto como pesadilla, pues con cada imagen me venían otra vez las sensaciones que ya sufrí con esos acontecimientos, pero no desperté por ellas, sino a las tres de la mañana —creo que desperté—con una lucidez impropia de quien abandona el sueño a esas horas y con tiempo insuficiente de descanso.

No vi nada extraño, lo que se dice ver, pero noté algo en el ambiente que no sabría describir y que me causaba inquietud, inquietud por una espera, no por temor, puesto que sentía paz, silencio y quietud.  Intuía que tenía que suceder algo inexplicable, pero mi habitación estaba como siempre, todo igual, y, en ese momento, no recordaba nada de las imágenes soñadas ni de la angustia que me produjeron.  Es curioso, no intenté volver a dormirme, crucé los brazos entre la almohada y mi cabeza, y me dispuse a esperar, no sabía qué, pero a esperar.  Se me cerraban los párpados.

Te repito que me encontraba completamente lúcido, es importante que lo entiendas.

Y en esa espera, de pronto, apareció un resplandor a los pies de mi cama, una luz que podría englobar a una persona completa, con un brillo intenso, blanco, aunque era tal su irradiación que pudo ser de cualquier tonalidad.  Por unos segundos, permaneció quieta, tal como la vi al primer instante, y parecía que había estado allí desde siempre, pues no percibí su creación o cómo llegó.  Continué en mi posición, asustado, sin poder moverme y, al poco, la luz se acercó por mi izquierda hasta la mitad del largo de mi cama.

Abrí y cerré los ojos para comprobar que estaba despierto, y sí, lo comprobé, estaba inmerso en la realidad, en una realidad jamás sentida, pero palpable, no era sueño ni pesadilla, ni siquiera alucinación.

La luz se fue difuminando, dejando al descubierto lo que ya supuse: el perfil, en luz, de una figura humana, con silueta delgada, pelo largo y manos grandes.  Así, inmóvil, se mantuvo, como inmóviles tenía yo todos los músculos de mi cuerpo.  Y su rostro se erigía en comunicador, parecía querer hablar, pero sus labios no se movían y, en cambio, transmitía un mensaje, un mensaje indescifrable, aunque estaba cargado de paz, silencio y quietud.  Quizá sólo quería comunicarme ésto...  Lo cierto es que callaba.

No ando desorientado del todo en estos temas, estoy documentado sobre apariciones y he leído bastante sobre espiritismo y similares.  Conozco teorías que demuestran y justifican la existencia y presencia de extraterrestres en misión especial para con la Tierra, y muchas de ellas son, al menos para mí, muy creíbles.  Y si además, hago caso a la teoría de la reencarnación —acertadamente defendida por la doctrina espiritista— estaría perfectamente preparado para entender y asumir la aparición que presencié, ya sea como espíritu superior, enviado de otro nivel, o extraterrestre en cumplimiento de una misión.  Naturalmente, si sigo mi formación católica, sólo podría entenderla como la visión de un ángel, de un santo, o de un miembro de la Santísima Trinidad...  Pero a pesar de todo, la sorpresa me paralizó.

Alargó su brazo hasta mí y me aparté.  Entonces, sonrió, sonrió para darme confianza, para que creyera en su paz... y me relajé.  Sus ojos quedaron al descubierto de la luz, el resplandor cedió para que el rostro se mostrara al completo, sobre todo, sus ojos, profundos, azules, de mirada bondadosa, cargados de... amor —no encuentro otra palabra—.  Igualmente, la luz fue perdiendo vigor, y toda la figura apareció tal cual era, rodeada de una franja blanca y brillante, intensa, que parecía irradiada por la propia figura como una fuente de energía.

No recuerdo haber oído ningún sonido, se mantenía el silencio, silencio inquietante, y, sin embargo, contesté:

—Sí, soy José Ángel.

Me extrañé de esta reacción, pero hablé por impulso como respuesta a la pregunta: “Tú eres el hermano José Ángel, ¿no es verdad?”, y, como he dicho, mis oídos no oyeron, sus labios no se movieron y, sin embargo, escuché estas palabras tal como fui oyendo lo siguiente:

—No tengas miedo, no venimos a hacerte daño, somos hermanos tuyos y nos envía el Padre.

Lo sentí, no lo oí, con un tono grave y dulce que comunicaba la misma quietud que me invadió con su presencia.  Realmente, sus palabras me calmaron, quizá no tanto por su significado o por su tono como por la expresión que tomó el rostro del ser.

—Pero, ¿de dónde vienes? —pregunté en voz alta.

—No hace falta que hables, recibimos tu pensamiento y podemos contestarte.  No temas.

Sí, cuando escuché esto, realmente temí, temí pensar algo en contra de él, o de ellos, que pudieran captar.  Me creí desguarnecido, a merced de ese ser... y ya ni siquiera pensé en alucinación, lo entendía real y por encima de mí.

—Somos reales.  No de tu mundo, sino del Padre, para servirle a Él y a vosotros, nuestros hermanos.

Estaba desorientado, pero no atemorizado en exceso.  Sin dejar de mirarle, me incorporé hasta sentarme apoyado en el cabezal de la cama.

—Gracias por tu confianza.

Asentí y casi pronuncié “no hay de qué”, pero me retuve porque... ya lo habría oído, supuse.  Hice esfuerzos por no pensar, por no desnudarme ante él...  Imposible, es imposible dejar la mente en blanco, y me vino la duda de quién era ese ser de luz.

—Tu preocupación no es importante.  Sabrás quienes somos a su tiempo.  Hemos sido enviados porque debes escucharnos para iniciar tu camino sin dudas.

La habitación continuaba en silencio, sus frases llegaban a mí telepáticamente, pero ya no me sorprendía; en mi desorientación, lo asumía con naturalidad.

—Tú también eres un ser de luz y ha llegado tu hora.

Como un fogonazo, me vino la idea de muerte, no atendí a la primera frase, mi preocupación se fijó en adivinar si realmente me anunciaba mi salida de este mundo.  Casi no tuve tiempo de angustiarme.

—No vas a morir, no nos referíamos a la hora de tu muerte, sino a la hora de que te reconozcas como un ser de luz con una misión importante.  Hemos venido a iluminarte.

Me alivié del desasosiego.  Se suponía, pues, que yo era un ser como él, es decir, una burbuja de luz en lugar de un ser humano vulgar y corriente, de color carne.  No pude menos que sonreir.

—Todos los hijos del Padre somos portadores de su luz, que reside en el alma, y la luz es parte del Padre.  Él nos creó para servirle en misión de Amor.  La tarea de todos sus hijos es existir de acuerdo con la Ley Universal, la Ley del Amor.

Recordé mensajes parecidos en alguna de mis lecturas, mensajes comunicados por seres extraterrestres a las personas contactadas.  En esos libros, se definía a estos seres como espíritus evolucionados, habitantes en otros planetas, cuya misión era encauzar el comportamiento terrestre para evitar su autodestrucción, es decir, redescubrir el mensaje de Cristo para vivir en amor fraternal.

—Aunque no somos seres encarnados de otros planetas, tu conocimiento es verdadero.  Pero el conocimiento no es suficiente, hay que obrar.  Nosotros también somos portadores de ese mensaje, pero mientras que ellos no pueden intervenir directamente en vuestra evolución, nosotros llegamos a seres elegidos como tú para darles la revelación de su tarea, para que obren desde dentro de su mundo con el deseo de comunicar a sus hermanos la verdadera naturaleza de su existencia y el verdadero camino para llegar hasta el Padre.

Me conmoví, se me erizaban los cabellos y sentí un fuerte escalofrío.  La serenidad y firmeza del mensaje no me dieron lugar a dudas, me parecía estar escuchando algo ya sabido, pero olvidado por algún rincón de la memoria.

—Tú ya fuiste iluminado al término de tu última encarnación, ya deberías estar junto a nosotros, pero deseaste, por intención de servir al Padre, volver aquí para ayudar a tus hermanos.

Lo de la reencarnación ya no me había asombrado cuando lo leí por primera vez, a pesar de su escasa demostración razonable, tan necesaria y acorde con nuestros tiempos, pero darla por cierta no me resultaba fácil así, de pronto, y menos siendo yo el protagonista y con cualidades tan halagüeñas.

—Tu humildad es tu virtud, tus dudas las da tu condición humana.  No hagas caso de tu mente, entiende a tu interior, tu Yo Superior, y verás claro.  Si miras dentro de ti sin temores, te será fácil reconocer nuestro mensaje, porque ya lo recibiste al convertirte en ser de luz.

Siempre he tenido fuertes convicciones espirituales, y digo espirituales por diferenciarlas de religiosas, puesto que religión me suena a Iglesia, y no me animan del todo las organizaciones eclesiásticas.

—Todos los hijos del Padre pueden ser dignos portadores de su esencia y dignos enseñantes del camino, pero hoy tu Iglesia está muy mediatizada por su condición humana, y al materializarse ha adquirido debilidad.  Otros pueden ser los enseñantes.  Tú así lo elegiste.

Nunca me imaginé con vocación de sacerdote, aunque en mi adolescencia llegué a pensar si no tendría estola por algún lugar de mi cuerpo, pues tanto amigos como amigas me utilizaban como escuchador de penas, y casi siempre con buen resultado.  En cualquier caso, seguían sin resultarme extraños los comunicados del ser de luz... y quería saber quién era.

—Tu impaciencia es indigna de tu fuerza de luz... pero es comprensible, no estás libre de defecto por ser humano.  Nuestra presencia es necesaria para ti.

—Pero... ¿para qué?, ¿qué debo hacer? —me atreví ya a preguntarle directamente con mi pensamiento.

—Ya has conocido tu verdadera esencia.  Ahora debes trabajar por desligarte de lo material en la medida que lo creas necesario para lograr la dedicación a la tarea que elegiste.

—¿Qué tarea, por Dios, qué tarea?

—El Padre nos envió a su Hijo, al espíritu de más luz, y dejó su Ley en la Tierra, la Ley del Amor.  Entiéndela y transmítela.

Yo creo en Jesucristo como Hijo de Dios, tal como me lo enseñaron, pero nunca me ha atraído la interpretación que de su mensaje hace la Iglesia.  No quiere decir que la rechace, sino que me parece que ocultan algo, como si se quedaran verdades para su uso exclusivo, quizá porque entienden que sólo ellos son capaces de interpretarlas.  Es decir, que me da la sensación de que me tratan como a un ingenuo.

—No se puede racionalizar un mensaje divino.  El error humano es buscar explicación intelectual a todos los fenómenos, y como no es lo mismo hablar a la mente que hablar al espíritu, vuestra Iglesia evita comunicar aquello que no resulta racional para no perder su condición de poder, ya sea espiritual o material.  Sus alegorías para explicar la Verdad resultan infantiles, de ahí su debilidad para enfrentarse a la verdadera evolución del mundo.  Y por ello, es necesario que otros seres comuniquen a los hermanos la esencia real del mensaje.  Tu capacidad de entendimiento está abierta y debes utilizarla para cubrir esa carencia.

—Pero mis dudas no son precisamente capacidad de entendimiento —le transmití—. ¿Cómo puedo entender si dudo?

Había llegado un momento en el que por dentro de mí se agitaba el deseo de saber.  Ya sentía al ser como una presencia habitual, y sus palabras me parecían recibidas de cualquier persona real conocida.  Lo tomaba como a un maestro, con confianza y respeto, y su mensaje, o su recomendación, lo recibía sin asombro.

—Cada paso llega a su tiempo.  No te vamos a abandonar.  Conocerás, sentirás e intuirás, y cuando el momento esté cerca, tu alma lo hará saber a tu mente.  Pon tu razón al servicio de tu espíritu y el camino surgirá fácil.

—¿Qué camino?  ¿Qué tarea?

—La Ley del Amor se basa en la fraternidad universal.  El bien puede al mal, pero hay que desear vencer.  Tú amas a tus hermanos y ese sentimiento te impulsará a obrar dentro de la enseñanza divina.  Tu alma es pura, permítele mostrarse tal cual es, y quien lo desee podrá seguir tu ejemplo...

Sentí un desgarro de ternura y se me humedecieron los ojos.  Comencé a llorar sin saber por qué.  Sus palabras me despertaron la intención de abrazarme a él... porque todo él era amor.  Supongo que me inundaba de emoción y creí estar liberando un sentimiento contenido desde hacía tiempo.  Sentía ser YO cada vez más.

—...Darte a los demás es darte al Padre y puedes hacerlo sin orgullo, sin interés y sin egoísmo.  Y si te das al Padre, te entregas al Amor, porque Dios es Amor, y Dios, el Amor, es la esencia de toda vida.  Sé que estás entendiéndonos y tus guías están preparados para ayudarte.

—¿Quién eres?

—Sí, ya puedes saberlo.  Soy un enviado del Padre, pero no vengo solo, y mi mensaje no parte sólo de mí.  Me llamo Rafael y María está conmigo.  Que la paz quede contigo, hermano.

Y el ser desapareció.  Continué llorando abstraído, sin apenarme por su marcha —realmente, siento que no se ha ido— y, dando gracias a no sé quién ni por qué, me dormí.

Vuelo hacia el amor

Y SI FUERA UN DULCE SUEÑO...

 

A lo largo de sus párpados cerrados, en el universo de la oscuridad, a través de un firmamento sin explicación, le atacaban juegos de luces, unos con destellos, otros con recorrido y sólo uno, intenso, se sujetaba, agrediéndole con su color, blanco, azul o amarillo.

Yacía, relajado, encima de la cama, pero creía que no estaba dormido porque percibía sensación de consciencia, como un sueño sin sueño, quizá pesadilla de la realidad... Quería despertar, pero era imposible, una fuerza sobrenatural, aunque en absoluto desagradable, le obligaba a permanecer en el letargo, y el deseo de escapar o era impedido, o era débil.  Se anclaba por inercia...

Las luces se hicieron formas, rostros, cuerpos, con algo de realidad, con algo de misterio, con algo desconocido, y pulularon por su pantalla hasta que, con fogonazos, desaparecían allá por los límites izquierdo y derecho y en lejanía frontal.  Empezó a dejar de sentir piernas y brazos, como si su ser sólo se compusiera de cabeza y tronco, y oía los latidos de su corazón... no, no los oía, sabía que estaban allí, percibiéndolos con un sentido más allá de los sentidos.

Por un segundo eludió las imágenes y quiso analizar su estado.  Tuvo miedo.  La casa estaba sola, por las rendijas de las persianas se filtraba luz del patio interior, el disco se había agotado y el libro descansaba abierto sobre su pecho acompañando las lentas inspiraciones que ahora también percibía.  No conseguía abrir los párpados y el fondo oscuro quería vencerle, conquistarle de nuevo.  Por un escalofrío, volvía a sentir el cuerpo al completo, pero duró poco tiempo, y también desaparecieron de su consciencia el tronco, el cuello y la cabeza, sólo tenía mente, mente dominada por el impulso de excavar en lo oscuro, por el deseo de perseguir una luz o de meterse de lleno en el resplandor central.

Cuando el fondo fue tomando color, se sintió más cálido, porque adquiría tono anaranjado, y las luces continuaban su pululeo, y la Luz no se movía. Alguna forma le recordó persona conocida, pero cada una de ellas descifrable se alejaba de inmediato por un límite lateral.  Se convencía de que jugaban con él...  Quizá fuera un sueño.

El color anaranjado se diluyó como rayo de sol al atardecer, pero no llegó la noche, el fondo tomó un azul de cielo y seguía sintiéndose cálido, por la Luz, pensó...  Un golpe de rojo, rojo sangre, le agredió por impacto, y él mismo ocupó la pantalla, cubierto de rojo, sin regueros, todo sangre, creyó... y no le vino el desamparo, porque la Luz no se fue.

Cuando quedó solo el azul, por un instante su cuerpo se hizo incorpóreo y la Luz se desplazó a la lejanía y vio cómo él, todo sangre, salía del cielo fingido a velocidad rápida, con imágenes que se sucedían sin posibilidad de ver su contenido.  Creyó que salía de sí y pensó en la muerte, muerte plácida, pero él, su alma quizá, todo sangre, existía junto con la Luz, allí, lejana, sin dejar de presidir el acontecer.

Se paró el desplazamiento y se supo dentro de una casa pequeña, en un dormitorio y, sobre la cama, abrazando la almohada, descansaba Ángeles, con sueño inquieto y párpados irritados.  Vio su propio cuerpo, también en su cama, pero Ángeles estaba allí, en otro lugar, y se dio cuenta que él no era su cuerpo, sino una mancha roja.  Sobre ella, en la lejanía, la Luz reinaba, y cuando la miró por un momento, sintió dolor, y decidió acercarse a Ángeles. Así se calmó, se calmaron, él también, porque volvió a mirar a la Luz, y ahora le dio paz.

Regresó de inmediato a su cuerpo, miró la habitación y quiso salir del sueño, pero no podía, porque estaba despierto...  Ahora recordaba a Ángeles durmiendo y lloró de resentimiento, por falso orgullo, pero la Luz volvió a crecer, ocupó el azul casi hasta rozarle por donde miraba, y nuevamente sintió paz, consuelo o perdón.

Las luces menores regresaron a su deambular, algunas se acercaban a su mirada, otras rodeaban a la Luz, y ya todas permanecían en la pantalla, como si el dolor por Ángeles hubiera seleccionado colores y tamaño, para dejar a la vista algunas elegidas, porque todas eran ya consistentes, con órbitas definidas.  Y su cuerpo aparecía inerte, con respiración suave y expresión de placidez, sin otro movimiento, sin otro sonido que los latidos y, quizá, hasta el fluir de la sangre.

Pretendió introducirse en él y se sintió dentro, pero los músculos no respondían a su deseo.  Era dueño sin posibilidad de ordenar sus acciones y, en el esfuerzo de dominio, cuerpo y alma se elevaron lentamente unos centímetros, y si antes no sentía las sábanas, ahora se sabía sin gravedad, con el todo oscuro, sin azul y sin Luz, con terror.  Intentó asirse y nada le obedecía, cerró con fuerza los párpados y llamó a no sabía quién, deseaba respuesta o que todo cesara, y, relajándose, olvidando el esfuerzo, regresó la Luz, y luego el azul, y luego las luces, y se hizo como antes.

Un destello abandonó su órbita y pululó inquieto por la visión, inmiscuyéndose entre las otras luces.  Parecía que iba a perderse por cualquier límite, pero cambiaba de dirección y seguía su juego.  Le prestó atención, perdió la fijeza en la Luz y, entonces, el destello se abalanzó contra él, buscó otro límite y le envolvió en su resplandor para sacarlo nuevamente de su cuerpo, y comenzó a volar, o a viajar, sin percibir el desplazamiento, a otra sensación de agonía que se agudizó conforme se alejaba de su punto de partida.  La Luz se hizo pequeña y se sintió desprotegido nuevamente, con angustia y dolor, como si nunca fuera a escapar la sensación.  El destello, todo él era destello, cambiaba de color, se oscurecía, hasta casi alcanzar el negro, y a más oscuro, más desazón, y la Luz presidiendo, se alejaba, se alejaba, porque no se atrevía a mirarla.

A cada golpe de agonía, su cuerpo respiraba más lentamente, y el destello, a la par de gobernarle en su estado, se acercaba sobre su pecho y le presionaba.  Quiso morir, veía la muerte, y Ángeles, otros rostros desencajados y manchas negras que sonreían ocupaban su visión dejando cada vez más pequeña la ventana que daba paso a la Luz... Y los recuerdos le estallaron, todos amargos, como punzadas de remordimiento, se ajaba... y vio un hilo, débil, casi roto, que quería soltarse de su alma, que no de su cuerpo.  Y Ángeles desapareció, pero los rostros y las manchas continuaban su risa con crueldad y rictus de satisfacción, expresando victoria, humillándole.

Y sin querer, se asió a la Luz, la llamó, y la Luz se hizo grande, tapando las manchas negras y los rostros desencajados, la respiración volvió a su cuerpo, el hilo desaparecía y él regresaba al cuerpo, a los latidos y al fluir de la sangre.  Toda la Luz cubrió por un segundo la pantalla, y se quedó sin azul y sin destellos, no sabía si por deseo suyo o deseo de ella, porque empezaba a intuir que la Luz era ser, ser con albedrío capaz de escuchar y decidir.

En su cuerpo, sobre la cama, con el libro abierto, controló su pensamiento y recordó los recuerdos amargos con intención de darles dulzura, de engarzarlos con afecto, de darles cariño, una caricia, con amor, aunque le hirieran... pero pudo abrir los párpados y la Luz se fue a un aparte, vigilante, y creyó que sonreía con encanto, con cierta suficiencia, también triunfante, pero respetuosa.  Y sin fondo, las manchas y los rostros se sucedieron, ahora perdiéndose por los límites laterales, en sucesión, con cadencia, y él creyó dominarlos, porque ahora ya no sentía dolor... hasta que una de ellas, la más oscura, tenebrosa, se detuvo a su frente y giró, giró para, de pronto, ir hacia él en busca de su alma.  Tembló sin movimiento en su cuerpo.

Miró a la Luz, y la Luz, sabia, continuó en su sonrisa apacible, y comenzó a hacerse grande, y conforme así crecía, la mancha se apartaba lentamente y se perdía, no por los límites, sino diluyéndose, tomando color, desapareciendo, vencida, y creyó verle expresión de derrota, de rabia y también de temor, porque volvió la Luz, y todo fue Luz.

Estaba como antes, ya sentía sus piernas, sus brazos, su ser encarnado, y se sintió débil, no por esfuerzo, sino por nimiedad, como si hubiera conocido la inmensidad y ahora regresara a un mundo ínfimo.  Quiso salir, pedir la Luz, tomar los destellos, volar o viajar, pero su cuerpo era él, su cuerpo y su alma eran él, sus párpados le daban oscuridad y no quería abrirlos porque buscaba la Luz.

Y en su lucha por llamar a la sensación de paz, la oscuridad se le quebró con luces blancas que él creyó de amor, porque él deseó convertirse en una de ellas para compartir su órbita, aun la de aquéllas que se perdían.  Y con ese deseo volvió la Luz, pero sin potestad, como espectadora, porque no existía ahora por necesidad, y se movió, se movió con delicadeza para tomar una de las otras luces, la más grande, la más brillante, y otra vez con delicadeza, con dulzura, con amor, la llevó frente a él a un mundo que ya comenzaba a ser real, y ya no necesitó salirse de sí, porque su búsqueda había acabado, tuvo satisfacción y sonrió... la pequeña Luz le fue conocida.

Abrió los párpados, sin oscuridad, sin temor, y caminó, como volando, como viajando, a una casa, a un dormitorio, al lecho de Ángeles.

 

...NADA VENDRÍA A SER REALIDAD

Por una esperanza

El aparte de la ciudad se alzaba en un montículo con cima pelada y pinos pequeños en la ladera.  El camino serpeaba entre los troncos para llegar al barrio, paredes de tablas, tejas robadas.

Un hombre descendía arrastrando un carrito viejo de bebé repleto de papel y cartón; una mujer lavaba a golpe de puño contra una losa rajada; un niño, cara sucia, pelo revuelto, lloraba sentado sobre los escombros; unos perros husmeaban comida por la plaza.

No había iglesia.  Un anciano predicaba al viento y la gente, con ropas raídas, rostro castigado y mirada alegre, le sonreía incrédula.  De vez en cuando, siempre martes, Pedro, algo así como alcalde, se quedaba escuchándole a distancia, muy atento, un largo rato, casi horas, y cuando los ojos se le cerraban, sonreía con la misma incredulidad de su gente y escapaba hacia la hoguera.

Alrededor del fuego, todas las noches se mataba el día contando dulzuras y amargores, quejas y esperanzas, canciones... y nunca venía futuro; pobreza, resignación y supervivencia.  Las voces rasgadas, al son de la guitarra, hablaban del día, o de los otros días, los del pasado, con deseo, siempre cumplido a medias, de poder contar una bonanza...  Pedro hacía las veces de patriarca, o casi dios y casi cura, pues al término del desahogo siempre elevaba una oración a las estrellas y se acordaba del martes pasado y del martes próximo.

Y el martes siguiente, el anciano no predicó, predijo para la noche una buenaventura, que sólo escuchó el alcalde, y calló con el rostro lleno de esperanza.  Pedro se llenó de incredulidad, pero no parpadeó y se dirigió a la hoguera, con su gente.

Esa noche no había alegrías, sino pobrezas, aunque no de espíritu, pues todos se hastiaron de protestar y cantaban.  Al término, el casi cura levantó los brazos para orar, y la luz vino, un destello, más que de día, invadió a la gente y al fuego, y todos radiaron de ilusión, como si las penas desaparecieran.

Al día siguiente, todos trabajaron igual.

A la noche siguiente, no hubo tristeza, todos cantaron... y el anciano murió en su chabola con el rostro lleno de esperanza.

La madre

Una rama del sauce estaba creciendo.  Desde la terraza, la veía correr como una serpiente hambrienta, sorteando los otros árboles, ninguno, sauce, y respetando las flores.  No se detenía para retirar las hojas perdidas en su camino, trazaba una trayectoria recta, inexcusable, a una velocidad constante.

En el cobijo del sauce no pasaba el sol y tampoco por su lado se oía el rumor del agua que le debiera dar sustento.

Más allá del ombú, el puesto soltaba el humo gris por la chimenea.  En un camastro, Alfredo, viejo resero, yacía con unas fiebres malditas, delirando con los sueños de la muerte y la vida.  Su caballo, alazán de manos claras, bufaba y relinchaba de la única manera que sabía llorar; esperaba su recado.

A la par de un chillido agónico en el puesto, la rama se detuvo y todo el sauce tembló como queriendo sacar las raíces y volar acelerado.  Cuando el humo se hizo blanco, la rama reanudó su camino.

Cerca de la casa perdí de vista el alargue del árbol.

Y tras unos segundos de espera, la tierra tembló, el puesto se hizo un destello y la rama volvió a su lugar, confundiéndose con sus hermanas en perlas de lágrima.

Dolores corría por la estancia, sin evitar los potreros, para encontrar oídos que escucharan la paz de Alfredo desde que una rosa blanca apareció junto a su mejilla sobre la almohada.

El sauce se hizo más verde.

Mirando al río, camino al mar, destino: España, una losa se alzaba bajo la rama escapada.  Antes de que el árbol naciera, un resero de nombre Alfredo, hace veinticinco años, mandó inscribir: "Aquí yace Mariela Ruiz, mi madre".

El anciano solitario

El viejo se apoyaba en el bastón con cabeza de buey y mástil nacarado que recibió de su abuela el día de un cumpleaños.  Julián lo recordaba desde casi siempre colocado sobre la cabecera de su cama.  Todos los años, el día del santo patrón, la abuela le acompañaba al acostarse, señalaba el bastón y le repetía:

—Tenlo presente como símbolo de familia.  Nunca te separes de él porque es tu protección y la de mucha gente.

Ahora se había convertido en báculo de su vejez.  Desde hacía veinte años le ayudaba en su paseo vespertino; se aferraba firmemente a él, arrastraba los pies y miraba al suelo, como si no quisiera dirigir la mirada, avergonzado, a quien se cruzara con él. Caminaba silencioso sobre el empedrado de las calles y, entre el gorjeo de las golondrinas y el olor a hierba, se escuchaba el golpeo del bastón a cada paso.  Por las baldosas de la plaza, siempre amortiguaba en lo que podía ese sonido metálico.  Acostumbraba a sentarse en el poyo de la fachada del Ayuntamiento.  A su frente, se alzaba una pared de adobe que servía a los mozos del pueblo para jugar al frontón.  Podía parecer que el viejo observaba las partidas de pelota, pero en realidad ni siquiera se fijaba en los muchachos.  Pasaba horas y horas sentado sobre el borde del poyo, con la espalda muy recta y con las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Únicamente se movía para sacar un pañuelo y secarse el sudor en verano o frotar su nariz en invierno.  Nunca se dirigía a nadie, nunca comenzaba una conversación y si no era interpelado, pasaban días y días sin oírle pronunciar una palabra.  Se cubría con una boina negra y pulcra y vestía con camisa blanca y pantalón gris.  En época de frío, se abrigaba con un largo gabán oscuro.  No se le recordaban otras ropas ni una mancha en su vestuario.  La única variación a encontrarle se vería en su rostro, un rostro limpio, terso, tostado, por donde aparecían todos aquellos recuerdos que le acudían en las horas sobre el poyo: expresiones de inocencia, de rabia, de amor, de injusticia, de rebelión, de resignación o de renuncia.  Vivía solo, en la casa que siempre fue de su familia.  Nadie entraba en ella desde hacía veinte años, desde que murió doña Luz, su madre.  Pero no sólo aquel día marcó el bloqueo de la puerta que antaño tanta gente traspasó; después del entierro comenzó el aislamiento de Julián y el uso del bastón.

—Hijo, tengo que irme, ya ves.  A partir de hoy, tu salvaguarda debe acompañarte sin excusa.  Descuélgalo y no te separes de él.

Y con la misa de funeral se inició el ritual de silencio que duraba veinte años.  Las gentes del pueblo hablaron sin cesar de su transformación.  La infancia de Julián fue alegre, muy alegre, traviesa, rebelde.  En la adolescencia, su quehacer se tornó más serio de lo que correspondía a su edad.  La juventud le hizo llorar y al culmen de la madurez se encerraba en un ensimismamiento total.  Unos decían que la abuela le había embrujado; otros hablaban de miedo a la soledad; los más atrevidos, opinaban que alguna influencia maligna le obligaba a comportarse así; y los más morbosos dejaban caer por cualquier rincón que Julián estaba enamorado de la madre y que su muerte le había quitado los deseos de vivir.  Lo cierto es que no se casó. Y siendo un “mozo apuesto y solvente, con galanura y propiedades”, se hacía extraño que no eligiera mujer.  Tuvo novia, una novia preciosa, que llegó al pueblo hecha casi una mujercita.  Tan pronto la conoció, Julián anduvo tras ella a escondidas de su madre y de su abuela durante algunos meses, los que hoy le quedaban en su recuerdo como la época más feliz de su vida.  Pero doña Luz lo supo pronto, ¡cómo no! y con el gris del atardecer, frente al crepitar de la chimenea, le dijo palabras duras que apagaron para siempre la alegría innata del muchacho.  A los pocos días, María José, la novia, y su familia marcharon del pueblo con pocas palabras de despedida.  La influencia de la abuela se había dejado sentir.  Julián comenzó a sembrar silencio.

Doña Luz ejerció desde los catorce años como curandera de la comarca.  Antes lo hizo su madre y antes su abuela, su bisabuela, su tatarabuela...  Atendían enfermos en un pajar de las afueras.  Quizá doña Luz se comportara algo más distante que sus predecesoras y además nunca predecía el futuro, su madre se lo prohibió tajantemente el día que le cedió el relevo, pero los lugareños acudían en gran número y todos salían satisfechos.  Una silla alta, artesanal, a modo de trono, presidía la estancia amplia; frente a ella, había un taburete de anea para el enfermo y, colgado de la cercha, se proyectaba sobre él un crucifijo gigante; más atrás, pegados a los muros de adobe, se alargaban unos maderos, apoyados en los extremos sobre unas piedras, para dar asiento a quienes esperaban su turno, a los acompañantes y, de cuando en vez, a espectadores.  Doña Luz curaba con las manos, con el simple contacto de su piel sobre la parte enferma —algunos contaban que habían sentido un calor extraño o una especie de corriente eléctrica, como de transmisión de energía—.  Pero era tradición familiar aderezar el rito con líquidos mágicos, con algún gesto discreto o con recetas de hierbas inocuas.  Así, los enfermos se pensaban curados con una medicina especial.  Doña Luz siempre ocultaba su magia con una grave elocuencia de humildad y nunca aceptaba pago por sus servicios.  Vivían de una importante porción de trigales que arrendaban todos los años.  No tuvo hijas, sólo a Julián, y su marido murió despeñado con la mula a los tres meses de haber estrenado paternidad, por lo que el muchacho creció al amparo de las dos mujeres, la madre y la abuela.  El día que Julián cumplió catorce años, doña Luz dejó de acudir al pajar y ya no atendió a los enfermos de la comarca.  Por la noche, la abuela comunicó al nieto:

—¿Recuerdas el bastón con cabeza de buey que hay colgado sobre tu cama?

—Sí, abuela.

—No está ahí por capricho.  Nunca lo descuelgues hasta que tu madre te lo ordene y siempre, la noche de tu cumpleaños, pásale este pañuelo por la caña.

—¿Por qué tengo que hacerlo?

—Lo sabrás a su tiempo.  Ahora obedece.

Julián tomó el pedazo de tela gris y lo deslizó por el bastón repetidas veces.

—Así está bien —aprobó la abuela—.  No te olvides. Lo mismo todas las noches de tu cumpleaños.

A pesar de la repetición de la ceremonia durante tres años, no volvieron a hablarle del bastón hasta el día siguiente del que se marchó María José.  Y tras la revelación, cada aniversario creyó más necesario acariciar esa noche la caña nacarada.

Era el tiempo de la recolección y, con el ocaso, los temporeros bullían por la plaza.  Formaban corros para beber un porrón de cerveza, o dormitaban apoyados en las paredes, o entraban y salían de la cantina.  Julián seguía impertérrito, con la espalda muy recta y las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Si algún forastero, por descaro o por educación, le saludaba, movía la cabeza como respuesta y le ofrecía una ligera sonrisa.  Nadie pasaba del hola, abuelo, o ¿qué pasa, viejo?, o buenas tardes, ¿cómo va eso?  Tampoco él pretendía más.  Cuando las estrellas atisbaban, regresaba a casa arrastrando los pies y mirando al suelo.

Una tarde, apareció entre los temporeros un hombre de barba.  Llamaba la atención porque no tenía aspecto de venir a trabajar en el campo.  Vestía algo llamativo, con camisa floreada y pantalón a rayas.  Movía los ojos con rapidez y examinaba con curiosidad todo el ambiente.  Después de un buen rato de observación, se metió entre el jolgorio y comenzó a preguntar con desparpajo.  No parecía impacientarle que nadie le diera razón.  Fumaba una pipa combada y llevaba colgado al hombro un bolso marrón que sujetaba a su costado con la mano derecha.  Entró en la cantina y se dirigió al mostrador.  La mujer que servía le señaló a los ancianos de la esquina.  Uno de ellos le habló unas palabras y el hombre dibujó una mueca de satisfacción.  Salió, decidido, a la plaza, atravesó el gentío y se detuvo frente a Julián.  Mientras sorbía la pipa con fluidez, escrutó al viejo durante unos instantes.  Tras el examen, metió la mano al bolso, sacó un pequeño bloc, escribió pausadamente unas notas, devolvió la libreta a su lugar y, con lentitud estudiada, para dar aviso de su intención, marchó hacia Julián.  Tomó asiento en el poyo, muy pegado a él, le tendió la mano y el hijo de Luz, la curandera, sin sorpresa, respondió al saludo como si lo hubiera estado esperando desde el primer día de su silencio.  El forastero le habló de inmediato.  Quiso ganarse al viejo y animaba sus palabras con gestos simpáticos y palmadas de confianza.  Julián mantenía su rigidez y enviaba la mirada a los corros de los temporeros... pero, conforme el hombre de la barba avanzaba en su discurso de presentación, su rostro se quebraba.  La pipa se apagó y, tras reponerla, el forastero ofreció tabaco al viejo.  Aceptó, lió un cigarrillo y con el humo de sus labios salieron tantas palabras como nadie del lugar le recordaba en toda su vida adulta.  Cuando lanzó la primera frase, el hombre de la barba metió la mano al bolso marrón y pulsó una tecla.  Mientras hablaba, Julián asía con fuerza la cabeza de buey y sus ojos emitían destellos de nostalgia, temor, rabia, desahogo...  De vez en cuando, el forastero abría la solapa del bolso y miraba su interior.  Siguió exhalando bocanadas de humo blanco, pero no pronunció otras palabras que su discurso de presentación.  El hijo de la curandera habló casi dos horas sin ninguna interrupción y cuando el sol se puso terminó el monólogo.  El forastero metió por última vez la mano en el bolso y cerró la solapa.  El jolgorio de la plaza había cedido.  Julián se levantó pesadamente, dio la vuelta sin despedirse y volvió más despacio a casa.

La tarde siguiente casi todo el pueblo acudió a velar el cuerpo del hijo de doña Luz, la curandera.

 

***

 

El viejo Secretario del Ayuntamiento se había jubilado y poco tardó el nuevo en aparecer por el pueblo, un chico joven, pequeñajo, y con aspecto de intelectual, corroborado por sus gruesas gafitas redondas y el montón de libros que traía en su equipaje.  En una de las cajas de madera, se leía sobre la tapa una inscripción manuscrita: “Ciencias Ocultas”, y en un rincón del fondo se parapetaba un libro más bien delgadito, con las tapas raídas y algunas hojas manchadas, titulado “Herencias de Poderes”.  Esta afición a la lectura del nuevo Secretario  avivó en el Alcalde un antiguo deseo: crear una biblioteca en la antigua escuela.  Y como en el actual ejercicio iba escaso de fondos, se le ocurrió una idea para comenzar: pidió un libro a cada vecino.  El nuevo Secretario, con el afán de caer bien a su jefe, donó un buen puñado de los suyos.  Entre ellos, se encontraba uno delgadito, de tapas raídas y varias hojas manchadas.  Cuando Estrella, la maestra, quiso preparar una charla sobre “Facultades Parapsicológicas”, repasó el índice de materias en la antigua escuela.  Encontró abundantes obras sobre el tema, y en la página veintitrés, capítulo segundo, del libro “Herencias de poderes”, comenzó a leer atentamente algo que se parecía a unas habladurías que corrían por el pueblo desde algunos años atrás:

 

“... Existen casos extraños, en los cuales la transformación de poderes sufre importantes modificaciones en la transmisión.  En unas ocasiones, la cantidad de poder varía, es decir, aumentan o disminuyen los tipos de poder que recibe el heredero; en otras varía la calidad, siendo entonces más o menos intensos, con mayor o menor proyección.  Si bien en la mayoría de los casos conocidos el poder se transmite con unas características muy semejantes, las excepciones no siguen una regla que permita clasificarlas más detalladamente.  Cada caso es distinto, como ya expondré más adelante, y son eso, excepciones sin más.  Pero de entre todas estas transmisiones con variación de poder que pasaré a describir, tuve la oportunidad de conocer una de ellas verdaderamente inquietante.  Podría entroncarse dentro de las denominadas variaciones por calidad, aunque la modificación en sí no existió, porque el receptor tomó una decisión, digamos, trágica.  Recibí informes de una generación de curanderos que se perdía en la memoria, y que inexplicablemente se truncó.  El caso me pareció interesante y me desplacé al lugar de los hechos, una pequeña población en la frontera catalano—aragonesa.  Había contactado anteriormente con gente emigrada a Barcelona y me comunicaron que todavía vivía allí el hijo de la última portadora conocida.  Una vez en el lugar, no fue difícil localizarle y me contó la historia.  Los habitantes del pueblo, según me hablaron tras la entrevista, divagaban sobre el motivo del cese de la tradición tan antiquísima, pero ninguno de ellos adivinaba ni remotamente la razón.  Todos los primogénitos habían heredado poderes especiales, pero resultaba curioso que nunca usaban de ellos dos personas a la vez: el portador daba paso a su heredero sin que éste hubiera utilizado antes los poderes y cesando aquél en el desarrollo de los mismos.  Esto se producía el día justo en que el receptor cumplía catorce años de edad.  Y la actividad curativa terminó precisamente cuando mi entrevistado cumplió esa edad.  En un principio, deduje que se había cortado la transmisión porque siempre habían sido mujeres las primogénitas y, por lo tanto, receptoras.  Algo había de cierto, pero mi conclusión pecó de simplista.  Ese día, el del catorce cumpleaños de Julián, el protagonista de este caso, su abuela aisló las posibilidades extrasensoriales del heredero, haciendo caso a una excepcional revelación: el primer varón portador poseería poderes malignos que no podría controlar, que causarían desgracias y catástrofes a las gentes de su entorno, y que así se transmitirían a sus descendientes.  Y este primer varón era mi entrevistado.  Por ello, su bisabuela conjuró en una talla de cabeza de buey, como símbolo de animal manso, la fuerza necesaria para que Julián pudiera abstenerse de utilizar sus poderes.  Pero he aquí otro caso curioso: tal como he contado, a los catorce años, cada portador estaba obligado a abdicar de sus posibilidades, por lo que el conjuro fue realizado muchos años antes de que naciera ese primer varón.  De cualquier forma, los poderes malignos no quedaban eliminados.  Y ésta fue la cruz de Julián.  Tuvo que soportar no sólo la ocultación de sus poderes sino también la renuncia al amor, porque al mantenerse la malignidad en recesión, sería heredada por su primer descendiente, varón o hembra.  Y Julián triunfó en su meta.  Nadie le conoció su poder gracias a sus renuncias, gracias a su responsabilidad, gracias a la bisabuela.  A cambio, enterró su vida en el silencio...”

 

La contraportada del libro hablaba de su autor.  Sobre un texto, en una fotografía, aparecía la imagen de un hombre con barba fumando en pipa.

Libro I - Arañazos, Epílogo

Estos párrafos pertenecen al Prólogo a “El Negro de Narciso”, de Joseph Conrad.  Los he incluido al final de "Arañazos".

 ...el artista habla a esa parte íntima de nuestro ser que no depende de la sabiduría, a lo que es en nosotros un don y no una adquisición, siendo, por consiguiente, más duradero.  Habla a nuestra capacidad de alegría y admiración, se dirige al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vincula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquéllos que aún han de nacer.

...obligar a los hombres absortos por el lejano espectáculo de los éxitos materiales a contemplar un momento en torno a ellos una visión de formas, de colores, de luz y de sombras; hacerlos detenerse el tiempo de una mirada, de un suspiro, de una sonrisa, tal es el término, difícil y fugitivo, y a muy pocos de nosotros concedido.  Pero, a veces, por efecto de la gracia y del mérito, hasta ese objetivo puede llevarse a cabo. Y una vez llevado a cabo -¡oh, maravilla!- he aquí que toda la verdad de la vida se encuentra en él: un instante de visión, un suspiro, una sonrisa, y el regreso a un eterno reposo.

La casa digna

(En homenaje a Gabo)

 I

Desde lo alto del edificio caían sonidos graves,  chocaban contra la acera como bloques de granito, rebotaban hasta invadir la calle,  ahogaban el rugido de los carros, y, al poco, con la cadencia rigurosa del golpeo, una nube lloraba grumos de yeso mientras  la Casa Digna respiraba con jadeos y estertores, impotente frente a los martillos, picos y bichos de metal, y desde su cabeza descubierta un obrero descarado ondeaba la bandera recién retirada, y sus ventanas, ojos escrutadores, se cubrían con párpados postizos de maderos bastos y cruzados a modo de sacrificio, mientras por los resquicios se prolongaban ramas de la nube hacia el tronco blanco, a mayor velocidad con cada sonido grave, a menor solemnidad con cada sonido agónico, y sus muros grises, todavía enteros, se atrevían al desafío y soportaban el flagelo de su entraña con valentía, casi con arrogancia, queriendo mantener el poder de sus años de esplendor, como cuando sobre el balcón se colocaba el palio rojo para resguardar del sol o de la lluvia al ángel venido de Dios que velaba la vida de los lugareños, ¡bendito Alcalde, que nos cuida!, o como cuando los cachivaches de la megafonía le arañaban la piel para transmitir a oídos cansados de oír lo mismo las palabras de bienaventuranza, promesas jugosas de presagios benignos, o como cuando a sus pies tendían la alfombra para proteger los zapatos caros del Gobernador, ¡bendito Gobernador, que nos ampara!, en su venida anual para la comida aniversario del día de la victoria sobre los levantiscos, o como cuando engalanaban los pretiles de sus ventanas, ojos inquisidores, con los divinos estandartes de la patria, de la provincia, de la alcaldía y de la santa y casta Mujer del Alcalde, y el picaporte dorado y la puerta maciza, pulida, alta, de dos hojas inmensas, también se cubrían del polvo blanco, y también se retorcían con los arañazos de los sonidos graves, y también soportaban con resignación el humillante paso de los obreros, lugareños de la plebe, que profanaban el dintel sagrado, unos con vómitos de libertad sobrevenida, otros con temor a la resurrección de todos los santos ministros, para continuar la tortura de la destrucción, tortura lenta...

 

II

Don Celestino Rueda, orden de Dios, cautivó mil manos callosas, confiscó un furgón destartalado, y las envió por veinte años a repetir diseño arquitectónico en las siete Casas Dignas del país en los siete pueblos de diez mil lugareños, pero don Celestino cayó fusilado en un patio con paredón de adobe y mientras mil ojos lloraban, ¡oh, Dios, ¿por qué te llevaste a nuestro ángel?!, otros mil confiscaron un furgón destartalado para derruir las siete Casas Dignas, y así el pueblo del Sudeste tuvo por un mes once mil habitantes, y por un mes, la nube de grumos de yeso envolvió con sonidos graves la Casa Digna, y quien en el mes transitaba por la calle de la Restauración cruzaba a la acera de la izquierda según se mira a la plaza de Rueda, y cerraba los ojos para no ver cómo gritaba el edificio magno sus alaridos de lesa majestad, ¡ya les contaría yo si don Celestino resucitara, que todo es posible!, y para creerse escondido de la cólera que le vendría al alcalde huido como cuando alguien orinaba en las esquinas de la Casa Digna o como cuando, siempre pocas veces, alguien osaba sugerir que la leche llegaba tarde o la carne de vaca olía mal, a pesar de que  Radio Calamantes, de los neolevantiscos, cantaba y cantaba el nombre del nuevo don Celestino, eso sí, con otro talante, pero en el pueblo del Sudeste, en el del Este, en el del Nordeste, en el del Oeste, en el del Sudoeste y en el del Noroeste, nadie quiso entender a Radio Calamantes y siguieron trabajando como los días de antes, incluso como los de antes, y cuando llegaron los otros mil nuevos obreros, los de la destrucción, cerraron las tiendas y los bares para que no los desvalijaran, y encerraron a sus hijas para que no las deshonraran, y se acordaron de los Policías de la alcaldía que habían huido justo cuando el furgón destartalado apareció por la colina, y no osaban comentar lo grande que se hacía la nube y lo fea que se quedaba la Casa Digna sin tejado y sin ventanas, pero algunos exaltados comentaron en voz baja que si ahora la leche llegaba antes de que los niños lloraran y si la carne sabía a vaca algo más, verían con buenos ojos que la Casa Digna se cerrara, ¡herejes!, les chilló una amante del alcalde huido, y los exaltados se conformaron con pensar en el sabor de la carne de veinte años atrás, cuando el pueblo criaba sus propias vacas, y la leche no llegaba porque estaba, y el cielo era de otro color porque los sábados y los jueves tiraban fuegos artificiales.

  

III

El día de la Victoria, veinte años ha, una semana más tarde que en el pueblo Central, los mismos exaltados comentaron que a lo mejor todo iba bien, ¡idiotas, siempre irá mal aquí en el Sudeste, sin trigo ni mar!, y los lugareños prepararon una bonita bienvenida al nuevo Alcalde, enviado de don Celestino, ese que decían era el Jefe del Estado, y el nuevo Alcalde llegó por otra calle de la prevista, se instaló en la casa del Predicador, junto a la iglesia, cambió el patrón del pueblo y avisó de la venida de los mil obreros para levantar la Casa Digna, digna casa del Alcalde para el pueblo, según siempre hablaba don Celestino, claro, y fue verdad, que a los dos años llegó el furgón destartalado, y el edificio magno creció tan precioso que todos los lugareños se alegraron, aunque les quitaron las vacas y las tierras y mandaron desterrar a dos o tres exaltados que se atrevieron a ¡vaya cosa, mis vacas por una casa!, y la vida se hizo más lenta porque al Alcalde no le gustaban los relojes y dijo que los pararan a las siete y diez, que a esa hora él cenaba con su santa y casta Esposa, y empezó a mandar cosas raras como que la gente no saliera al campo ni a la calle de noche, ¡qué protección nos da!, y que para cambiar de mulas tenían que entregar en la alcaldía las muertas y pagar por las nuevas el precio marcado por el Alguacil, ¡esto es una buena organización!, y reclutó a ciento doce Policías para cuidar de la propiedad, ¡si toda la tierra es de la alcaldía, es que quiere proteger nuestras casas y nuestras mujeres!, y mandó pagar algo más, ¡es para mejorar!, y a pesar de las rarezas y sin contar con los relojes parados, siguió todo igual, aunque por la noche sólo disfrutaran de la luna treinta y dos Policías, el Alcalde y su santa y casta Esposa, que Hijos no tenían, ¡pobrecitos!, y aunque los domingos el Predicador hablara y hablara de las cualidades de don Celestino, ¡un padre para todos!, ese que decían era el Jefe del Estado, y ahora el día del patrón se celebrara para Julio, que había más luz, en lugar de en Septiembre, para San Moisés, siempre santo del pueblo, y aunque la leche llegara tarde y la carne oliera mal, tan mal que los niños decían a sus madres que no comían, y las madres les castigaban con los brazos abiertos delante del cuadro del otro alcalde, el que les dio las vacas y les creó problemas con el pasto y con la libertad del precio de las lechugas.

El regreso al adiós

Volvía a Zaragoza sin adivinar por qué y con la certidumbre de que se encontraría perdido en la ciudad maldita.  Mientras el tren traqueteaba cada vez más lento, mientras las ruedas chirriaban sobre los raíles pegados al andén, repasó en un golpe fugar los ocho años transcurridos.  No se arrepentía y estaba seguro de que aún no llegaba el final de esta etapa de su vida, pero un impulso incontrolable le arrastró a regresar.

Encontró la estación muy cambiada.  Los rótulos de información destellaban ahora con letras fosforescentes y habían reparado las escaleras mecánicas.  Fue un alivio; estaba cansado, la cincha del petate le molestaba en el hombro y las enormes botas le recalentaban los pies a cada pisada.  Anduvo lentamente por un pasillo y salió al “hall”.  Se detuvo un instante y miró hacia los ventanales de la izquierda.  Sólo había cielo.  Caminó hasta el centro de la estancia y se sentó en una butaca de plástico, dejando caer el petate entre sus piernas.  Respiró profundamente y expulsó el aire con lentitud.  Los viajeros pululaban a su alrededor.  Tenía la certeza de que no vería a nadie conocido y de que nadie se acercaría hasta él para saludarle: “Ricardo, ¿eres tú, Ricardo?  Claro que eres tú.  ¡Qué cambiazo, chico!  Tantos años sin verte…  ¿Cómo te van las cosas?”.  Se había cubierto la cara con una barba rasa, exageradamente cuidada y, a través de su cabello corto podía intuirse una piel curtida, como si hubiera estado expuesta al sol y al polvo durante mucho tiempo.  Los párpados se escondían bajo las cejas gruesas, el rostro había perdido vigor, se marcaban desmesuradamente los pómulos y la nariz, y en los ojos nacía una mirada endurecida, calculadora, peligrosa.  Apoyó su espalda sobre el respaldo y dormitó durante un instante.

—Por favor, señor, ¿me da…

Se incorporó como un resorte y llevó su mano al bolsillo derecho de la guerrera.  Mantuvo tenso todo el cuerpo mientras escrutaba al supuesto enemigo.  El gitanillo se asustó y corrió endemoniado hacia las escaleras de los andenes.  Ricardo se relajó, examinó su entorno intentando encontrar algún curioso y se excusó: “Aún no me he convenido de aquí hay paz”.  Palpó la pistola y se aseguró de que llevaba puesto el seguro.

Decidió abandonar la estación.  Antes, buscó la consigna y depositó el petate.  El empleado tocó con desconfianza el bulto y, al comprobar un objeto duro, le pidió explicaciones.

—Es una caja de plomo.  Recuerdo de una visita

La sacó y la abrió a un palmo de la cara del preguntador.

—Está vacía.  ¿La ve?

—De acuerdo.  Ahí tiene el comprobante.

Dio media vuelta sin despedirse y atravesó lentamente el umbral de las puertas automáticas.  Al salir al exterior, inspiró profundamente y se sintió satisfecho.

Descendió por la cuesta de acceso a la estación y al llegar a la avenida, se volvió para mirar el edificio.  Leyó Zaragoza—Portillo, como queriendo confirmar que iba a iniciar su recorrido por el lugar deseado.  Pensó visitar las calles de su adolescencia, donde aprendió a ratear y revender, donde el hambre le hizo madurar y donde conoció a Lorena.  Cada paso se convertía en un recuerdo lejano, en un ir y venir de imágenes descontroladas que le  castigaban con evocaciones de un pasado escondido.  La sirena de una ambulancia le devolvió al presente con brusquedad.  Volvió a tensar el cuerpo y vigiló con su mirada las luces rojas hasta que se perdieron en la avenida.  Retomó su caminar pausado y convirtió su recorrido en una confirmación de que nada había cambiado, que todo transcurría igual que en la tarde de su huida: ancianos tomando el sol sentados en los bancos, madres advirtiendo a sus pequeños, carteles hincados sobre las tapias, coches zigzagueando para avanzar unos metros más…

Ensimismado con sus comparaciones, cruzó la calzada sin mirar y una motocicleta estuvo a punto de golpearle.  Aquella sensación de riesgo le recordó la traición, el atraco, el asesinato, los policías, el juicio…  No consiguió reprimir un gesto de rabia y la imagen de Lucio y Sandino le impulsó a agarrar con fuerza la pistola.  Comenzaron a unirse episodios fugaces con sentimientos dolorosos: los dos amigos declarándole culpable, la sentencia, la impotencia para rebatir todas las mentiras, la soledad, las lágrimas de Lorena y la huida lejos, sin rumbo, donde la inercia le llevara.  Siguió apretando la culata, deslizó el dedo hasta el gatillo y lo oprimió con ira.  El seguro salvó el disparo.

Se detuvo ante la calle resta, estrecha y larga que daba nombre al barrio.  La continuidad se rompía con las tapias del solar que en su infancia acogió la caseta donde organizaba la banda y planeaba las incursiones para los robos.  Paseó por las callejuelas llevando la mirada a los balcones, a los portales, contando las farolas nuevas y desgranando los adoquines desencajados.  Frente al portal rojo, ahora recién pintado y con los cristales limpios, leyó: “Café La Fama”… el bar de la partida, del café y la copa.  Alguien abrió la puerta y comprobó que el olor a fritura no había desaparecido.  Miró hacia las mesas del fondo.  Un hombre le devolvió la mirada y tocó el brazo de su compañero.  Éste torció el tronco y frunció los párpados queriendo corroborar su visión.  Ricardo exageró el gesto de palparse el bolsillo y se quedó quiero, con el rostro frío y los brazos arqueados.  Los hombres se levantaron, hablaron en la barra y el camarero los acompañó a la trastienda.  Ricardo decidió no acudir a la puerta trasera del bar.

Alcanzó la tapia del solar y rodeó la manzana.  El portal quince de la calle de San Blas estaba cruzado por dos maderos.  Levantó la vista al segundo piso y, en la fachada, junto al balcón de la esquina, permanecía el corazón que dibujó hacía casi veinte años.  Sólo él podría adivinar que, bajo el polvo blanco del derribo, se leía Lorena y Ricardo.  En la ventana de su habitación, clavado en el postigo que soportó su frente cuando lloró la muerte del padre, un cartel decía: “Peligro.  Casa en ruinas”.

Deambuló un tiempo eterno por las calles estrechas, pateando las tapas de las alcantarillas, arrastrando los dedos por los ladrillos carcomidos,  o por las persianas metálicas manchadas de grasa… Salió a la calle del mercado. Olía a verdura y frutas, los cubos de goma se alargaban por las aceras y un basurero recogía con una escoba de palo recio los desperdicios desparramados por los gatos.  Recorrió los porches de la izquierda golpeando las columnas con la mano abierta.  El  aire fresco del río le devolvía algo de vitalidad.  Al dejar atrás el pasillo cubierto, ya podía ver el trasiego de las aguas marrones bajo las arcadas del puente centenario.  Volvió a permitirse el recuerdo y evocó las escapadas a la alameda de la ribera para comerse la fruta robada, los baños en el mes de abril, totalmente desnudo, y los catarros que su madre le sanaba con vasos de leche, miel y zumo de limón.  Lorena le obligaba a quedarse en cama.  No le importaba pasar la tarde junto a él, sentada en la alfombra, haciendo viajes hasta la cocina para cambiar el agua de la palangana y mojar un pañuelo blanco para refrescarle la frente.

Llegó hasta la barandilla que daba al río.  Se apoyó con los codos y observó el trasiego de las aguas.  Dos remeros entrenaban de puente a puente y sintió la tentación de arrojarles una bola de papel mojado para levantaran la vista hacia él y poder saludarles.  Aquello fue idea de Javier.  Nunca consiguieron su propósito.  Le habría gustado ser remero, pero la cuota del Club Helios, o la del Náutico costaban mucho dinero. 

Los álamos de la orilla bandeaban sus ramas y las hojas caían suavemente sobre el agua marrón.  Ricardo siguió la más amarilla hasta que un remolina la tragó.  Jorge ya tendría diez años.  Buscó en el bolsillo interior, sacó una cartera raída y deslizó entre sus dedos una fotografía carcomida.  Lorena sostenía al niño en sus brazos; los dos sonreían.  Se volvió de espaldas al río y durante unos segundos fijó la mirada en aquella imagen.  Cuando no pudo sujetar la lágrima, acarició el papel brillante y lo devolvió a la cartera.  Siguió su camino contra el viento para que sus ráfagas secaran la angustia y el río no pudiera verle llorar.

Quizá todavía le esperaran, quizá todavía en la mesilla quedara su recuerdo en el portarretratos de bronce.  Sintió un escalofrío de temor.  Hacía tiempo que había olvidado esa sensación.  Mantuvo el paso firme y marchó hacia María Agustín, 22.

Frente a su destino, dos chiquillos arrastraban una valla metálica.  Corría hacia ellos una mujer rubia.  Lorena.  La madre reprendió al mayor, pero el muchacho se rebeló, continúo en su juego y el pequeño cayó sobre la acera.

Ricardo reconoció a Jorge.

Un hombre cruzaba la calle.

—Allí viene papá.

Los dos chiquillos se lanzaron a saludarle.

Ricardo se dio la vuelta, saludó por última vez al río y al mercado y marchó hacia la estación, a por el primer tren, a vivir o morir en la próxima guerra mirando en las noches de campaña una fotografía cada día más ajada.