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Relatos

Celina, la equilibrista

1

Érase una vez... un circo...

...el Circo de las Mil y Una Diversiones, donde grandes y pequeños reían y reían, donde los mayores, dejando en la puerta sus malas caras y sus preocupaciones, sentían que su alma regresaba a las sensaciones de la infancia esperando el chiste del payaso, el salto mortal del trapecista o la pirueta del caballo amaestrado.

Pero dentro de los Circos, a deshora de las funciones, para dar a los espectadores unas horas de diversión es necesario pasar largos ratos de trabajo y esfuerzo.

En el Circo de las Mil y Una Diversiones, la pena se hizo muy grande cuando Esther le dijo al señor Galindo:

–No querría irme... de verdad... porque ustedes son maravillosos y ésta es mi gran familia, pero...

–Esther –le respondió el señor Galindo–, vivas aquí o en un iglú del Polo Norte, seguiremos siendo tu gran familia porque ya te has alojado en nuestros corazones.  Nunca te irás de nuestro recuerdo, pero debes continuar tu carrera para dar a los demás lo mejor de ti.

Esther era la equilibrista del Circo de las Mil y Una Diversiones.  Había llegado al grupo con apenas seis años, y doce años después su  interés y ganas de trabajar le habían hecho aprender tanto que se fijaron en ella otros circos muy importantes, en especial, el Circo de las Maravillas, el mejor del mundo entero.  Por eso, ahora, se despedía del Director del Circo de las Mil y Una Diversiones, el señor Galindo.

Y el señor Galindo se quedaba muy contento por ver progresar a una de sus empleadas, pero se le creaba un gran problema: tenía que encontrar un o una equilibrista que sustituyera a Esther.

Se puso a pensar acariciándose su panza, y con el dedo gordo sobre el ombligo gritó: ¡Eureka!, que quiere decir: ¡Lo encontré!  Y ya se puso tan nervioso que le transpiraba la calva, señal de una idea brillante.

 

2

 

Celina era hija de Amanda, la adiestradora de perritos que hacían desfiles sobre un tablón como si fueran soldaditos perfectamente instruidos y disciplinados.  Celina cumplió doce años con un cuerpecito de próxima mujer, aunque su nariz respingona le daba un aire de niña eterna.  Estaba comiendo un gran plato de spaghettis, su receta preferida, a la carbonara, cuando apareció resoplando el señor Galindo.

–Celina, cariño, ¡qué bien te veo!  Te traigo una sorpresa –le dijo mientras con un gran pañuelo se secaba el sudor de la calva–.  Vas a ser la equilibrista principal del Circo de la Mil y Una Diversiones.

La chiquilla se atragantó y empezó a toser… pero en cuanto pudo calmarse, miró al Director del Circo a los ojos buscando que le repitiera la última frase…  Ya no lo encontró porque el hombre se marchaba hacia su oficina dando saltitos de alegría.

Cuando el señor Galindo gritó: ¡Eureka! debió haber gritado: ¡Celina!, porque estaba acordándose de ella haciendo pinitos con la cuerda y los cilindros cuando creía que nadie la veía.

Celina siempre soñó con ser una artista de circo... desfilar junto a su mamá y los perritos, salir a la pista anunciada a bombo y platillo, vestida con una larga capa celeste, como el color de sus ojos, y después de realizar los más difíciles ejercicios, terminar con el temible salto mortal para escuchar el aplauso y el clamor de miles de niños que poblaban las gradas….

Aquella tarde, Celina comenzó a soñar una historia de verdad: iba a ser la equilibrista principal del Circo de las Mil y Una Diversiones, lo había dicho el Director ese señor que era tan bonachón y que nunca mentía.

Se lo contó rápidamente a su mamá, y salió corriendo para disfrutarlo con su mejor amiga, María, la trapecista.  María la miró con sus ojos dulces y su sonrisa de golondrina y, abrazándola, le dijo:

–Triunfarás, princesa.

…aunque ya sabía el precio que debería pagar su amiga, el mismo que ella pagó antes de subir a un trapecio.

Cuando Gerard se enteró, levantó a Celina con sus enormes brazos y la lanzó muy alto en el aire... A Celina le pareció volar y que nunca aterrizaría porque en ese vuelo volvió al sueño de su larga capa y de los aplausos eternos.

 

 3

 El señor Andrés refunfuñaba a todas horas, nadie le conocía una sonrisa, y algunas muchachas le tenían miedo por su mal genio.  El Señor Galindo le dio una orden:

–Tienes que hacer equilibrista a Celina.

–¿A Celina? –se extrañó el señor Andrés.

El señor Andrés era el hombre con más experiencia en el circo y por eso ejercía de entrenador.  Fue quien entrenó a Esther.  Y Esther conoció la dureza del señor Andrés, tal como le tocaría en breve a Celina:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y Celina tenía que saltar, correr, subir y bajar todos los días, sábados y domingos también, doce horas diarias, porque la temporada estaba a punto de comenzar y ella debía participar ya en la función de estreno.

–Pero... señor Andrés, yo quiero trabajar en la cuerda y con el cilindro.  Me canso de hacer gimnasia –rogaba entre sollozos Celina.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

–Pero... señor Andrés, no puedo más.  Me duelen las piernas y los brazos.  No puedo más –se quejaba Celina entre sollozos.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Nadie se atrevió a intervenir en el entrenamiento del Señor Andrés.  Amanda, la mamá de Celina, guardaba silencio en su abrazo cuando Celina le decía:

–No puedo ser equilibrista, mamá.  Es muy difícil.  No llegaré al estreno.  Es muy difícil.  No puedo.  No seré equilibrista.  ¡Nunca! ¡Nunca!

Y se dormía con un lloro amargo en los brazos de mamá.

 

4

 –¿Quién me compra una rosquilla?  ¿Quién me compra una rosquilla? –gritaba con voz de mirlo un señor escandaloso–.  Yo tengo mil rosquillas, ¿quién me las quiere comprar?

Quique “Kirikí”, claro está, era el payaso del circo y siempre estaba haciendo tonterías para alegrar la vida de los otros.  Con su bombín rojo y blanco a modo de cesto iba lanzando imaginarias rosquillas al aire, y parecía fabricarlas dentro de su camisa repleta de lunares.  Su gran problema era sujetarse un enorme pantalón, porque sus tiradores de goma estaban tan desgastados que cuando se metía las manos en los bolsillos enseñaba el calzoncillo de cuadros a colores.  Y como la pasta de sus rosquillas debía estar por dentro de los pantalones, cada rosquilla fabricada se convertía en una muestra de calzoncillo.

Quique “Kirikí” animaba a Celina con sus chistes, y al principio le arrancaba alguna carcajada, igual que Gerard con sus vuelos al viento, pero conforme los días pasaban, Celina se iba quedando muy seria, porque su mente estaba ocupada con:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Tampoco los ojos dulces ni la sonrisa de pajarillo de María podían sacar a Celina de su tristeza.

Su mamá también sufría y hasta parecía que sus perritos perdían la alegría en los ensayos de sus ejercicios.  Pero Amanda, como Esther, ya conocían los esfuerzos que exigía llegar al triunfo.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y los sueños de Celina se convirtieron en pesadillas.  Los bigotes del señor Andrés se alargaban como tentáculos de un pulpo y le obligan a saltar más alto, a correr más rápido, a subir más alto y a bajar hasta los infiernos del cansancio.  Celina lloraba en un silencio amargo, quizá todavía en la pesadilla, quizá ya despierta por los dolores del desencanto.

 

 

5

–¡Hola !

Su cuarto se iluminó con una luz que no era de sol ni de lámpara.

–¡Hola!  Soy Alicia.

Y mientras sonaba “soy Alicia”, la luz se hizo mujer y apareció un hada... un hada vestida con gasa de tul muy suave, gorro puntiagudo y varita de estrella, cabello rubio y ojos celestes, como el cabello rubio y los ojos celestes de la propia Celina.

Celina quiso asustarse, pero no pudo.  No pudo porque la voz melodiosa y el rostro tierno no le dejaban temblar.

–Yo soy Celina –acertó a decir.

–Lo sé, y he venido porque me has llamado.

–¿Yo? –se sorprendió Celina.

–Sí, claro.  ¿O acaso tu alma no pedía ayuda a gritos?

–Sí, pero... yo no te conozco.  ¿Cómo te podía llamar?

–Me conoces, pero no lo sabes, porque no puedes verme.  Siempre estoy junto a ti.

–¿Y cómo puedes ayudarme? –le preguntó, muy dulce, Celina.

–Mañana lo sabrás.  Porque mañana los bigotes del señor Andrés serán ramilletes de algodón que te ayudarán a saltar hasta las nubes, a correr como el viento, a subir hacia el cielo y a bajar hasta el descanso.

–Nunca podré –respondió Celina escondiendo la mirada.

–Sí que podrás, por supuesto, puedes ser una buena equilibrista, pero con la voluntad y el esfuerzo que estás demostrando podrás conseguir que esa pista de ahí afuera contenga la respiración emocionada con el corazón encogido.  Piensa que el aplauso de un niño será tu mejor regalo todos los días de tu vida.

Y Alicia, el hada, se sacó el gorro puntiagudo y se acostó juntito, juntito a Celina, ofreciéndole su abrazo para enjugar el dolor de sus piernas y de su corazón.

Al día siguiente:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y Celina saltó hacia las nubes, corrió como el viento, subió hasta los cielos y bajó, rendida y satisfecha, para descansar en la cama que rezumaba el aroma de Alicia, su hada.

 

 6

La orquesta ensayaba los últimos acordes, el señor Galindo sudaba sin cesar, Gerard levantaba una y otra vez sus pesas enormes, María calentaba sus músculos, “Kirikí” enredaba a todo el mundo con sus rosquillas y ofrecía té sin agua para curar el nerviosismo, los perritos de Amanda ladraban sin control y el señor Andrés refunfuñaba con sus ojos puestos en Celina.

Faltaba una hora para abrir las puertas del Circo de las Mil y Una Diversiones en la primera función de la temporada.

Celina estaba asustada, a pesar de Alicia, su hada, a pesar de los cariños de su mamá, de los ánimos de Gerard y de María, de los chistes de “Kirikí” y de los consejos del señor Andrés.

Recordaba los saltos, las carreras, las subidas, las bajadas, los tentáculos de los bigotes, las ramilletes de algodón, las lágrimas, las sonrisas... las nubes, el viento, los cielos y las sábana con olor a miel que la varita de Alicia le había regalado.

El Señor Galindo, tocado con chistera que ocultaba su calva, al ritmo de la orquesta, anunció:

–¡¡Señores, señoras, niñas y niños, la función comienza!!

Y el desfile abrumó a Celina que caminó entre los perritos de Amanda.  Las risas y los gritos le parecieron una exigencia de cientos de miradas y su corazón se encogía y su espalda se estremecía mientras en su cabeza se alborotaban los bigotes del Señor Andrés –¡Celina, salta!–, los brazos de Gerard, los ojos dulces de María, las caricias de su mamá, las tonterías de “Kirikí”... y el olor a miel de Alicia.

 

7

 –¡¡Señoras y señores, niñas y niños!!  Tengo el placer de presentar por primera vez a la mejor equilibrista del futuro: ¡¡¡La señorita Celina!!

Y Celina, a bombo y platillo, salió a la pista vestida con una larga capa celeste, como el color de sus ojos, saludó, y el clamor de los niños la infló con una fuerza que jamás había sentido.  Bailó sobre la cuerda en lo más alto de la carpa, caminó sobre los cilindros como quien camina por la vereda de un parque, y el silencio majestuoso que acompañaba cada ejercicio se convertía en una salva de aplausos.  Su cuerpo se pendía de un hilo, absorbía más y más fuerza del clamor de los niños, y cada mirada le contagiaba más y más seguridad... hasta que recordó el salto mortal que tantas veces vio realizar a Esther.

Le mandó un guiño al Señor Galindo, obligó al tambor a tocar redoble de misterio y cerró los ojos unos segundos para concentrarse en el ejercicio.

Nadie entendió nada, todos ansiosos esperaban el desenlace.  El número no estaba previsto, Celina nunca lo había ensayado y el Señor Andrés estuvo a punto de gritar “que paren la función, se va a matar”.  Gerard y “Kirikí” salieron a la pista para colocarse debajo de la cuerda, Amanda se pudo a rezar y María cruzó fuertemente los brazos a la altura del estómago.

El tambor redoblaba, las luces se apagaron y el foco sólo iluminaba la figura de Celina.

Celina solamente quiso acordarse de subir hasta el cielo, alcanzar las nubes y oler el olor a miel.

Anduvo hacia el centro de la cuerda, tanteó con las plantas de los pies, elevó la mirada hacia lo alto, cerró los ojos... y dio tres vueltas laterales apoyándose con las manos y los pies sobre la delgada cuerda para intentar alcanzar el extremo, sintiendo la misma sensación que gozaba saliendo de los brazos de Gerard.

Desde abajo, todo el circo aguantó la respiración.  “Kirikí” se tomó en serio su papel de protector y en el suelo recorrió con los brazos abiertos el vuelo de la equilibrista hasta que chocó con Gerard y se cayó al suelo.

Mientras, Celina había llegado al fin de cuerda, y, venturosa como una paloma saludaba hacia allá abajo.  La carpa pareció caerse, el público se levantó de sus asientos, los niños todavía seguían con la boca abierta y los puños apretados, y, por fin, el aplauso retumbó como un clamor del cielo.

Y cuando Celina abrió los ojos, buscó a mamá, a María, a Gerard, a “Kirikí”, al señor Galindo, al señor Andrés... y desde lo más profundo de su corazón les mandó mil besos de colores.

Y a lo lejos, en la última fila de la grada, creyó ver un hada con gorro puntiagudo que también le sonreía con un olor a miel.

¿Quién será la mejor equilibrista del futuro?

El emigrante

Cuando la sirena del barco dio el aviso de partida, no podía imaginar que, al cabo de los años, aquellas imágenes de la despedida se iban a clavar en mi corazón con tanta ternura.  Elevando la vista por encima de la proa, el mar se abría sin obstáculo para brindar su senda rumbo a la victoria del destino, y atrás quedaban recuerdos que bajo la cubierta se ocultaban en el equipaje de la esperanza.

Las promesas de un mundo distinto se habían inmiscuido en mi alma como una reacción en cadena, y su onda expansiva no dejaba sitio para que otras inquietudes alcanzaran un lugar.  Pudo llamarse Nueva Inglaterra, Australia, Cuba, Guayana, Júpiter, Luna o Indonesia, cualquier nombre que significara un salto en largo para perderme en ilusiones.  Ver a Evita encendida y a Perón enérgico y dominante logró que aquel marco en blanco se llenara con unas letras plateadas: Argentina.  Y todo el empuje de la juventud se volcó hacia el Atlántico envuelto en sueños de un futuro dorado.

Miles de pañuelos ondearon entre los dedos temblorosos y sirvieron para enjugar lágrimas.  Alguno de los cientos ilusionados hizo mención de lanzarse a tierra, pero pudo más el estómago vacío y el ansia de aventura hacia el triunfo en el país desconocido.  La sirena dio dos avisos y el barco buscó el espacio al infinito entre los espigones.

Mientras las aguas grandes nos acariciaban o nos agredían, mientras la luna llena nos sonreía o nos lanzaba su ceño irónico, los días y las noches se turnaban para llevarnos al sueño de la gloria o a la nostalgia de las raíces.

...

¡El río!  ¡Entramos en el río!  Y las miradas se hicieron una hacia el horizonte sin entender dónde el agua dulce se convertía en salada.  Los corazones latieron con prisa queriendo dar impulso al barco para acelerar su llegada en ese día de inquietud que pudo parecer un siglo.

En los galpones del puerto unos pugnaron por hacerse con un lugar preferencial; otros, obnubilados por la incertidumbre, se escondieron detrás de las columnas o se apartaron por las esquinas.  Los patrones que buscaban mano de obra nos escudriñaban desde el patio como quien revisa una partida de ganado.  Pero la apuesta estaba hecha y el cielo de Buenos Aires aparecía como el paraíso a nuestros pies.

Hoy, cuarenta y cinco años más tarde, con los bolsillos más o menos repletos y una vida guiada por las promesas, los corazones de aquellos millones repartimos nuestro cariño, nunca entero, entre las aguas del río que nos dio su bienvenida y aquellos pañuelos que nos dijeron adiós con un mensaje repleto de esperanza.

El regreso

Por un precio módico, un bocadillo de calamares me llamaba justito, justito desde la entrada al Tubo.  Tenía prisa, pero cómo negarme al olorcillo que llegaba hasta el Banco Zaragozano.  Casi tropiezo con una señora que se apeaba de un autobús del 22,  Las Fuentes–Gómez Laguna.  Se hizo la enfadada jocosamente:

–A ver, maño, si lo bien que ahora voy en el autobús, me lo chafas tú andando tan despistao.  Anda, majo, ten más cuidao que casi me escachas el pie.

Y realmente, caminaba despistado, como si tuviera un espíritu burlón detrás de mí que me borrara de la mente las prioridades y me estuviera empujando hacia otro destino.

En la esquina, con su eterna silla de madera, plegable con asiento barrado, el ciego gritaba en un mensaje de autómata cariñoso:

–¡¡Iguales!! ¡¡Para hoy!! ¡¡Iguales para hoy!! ¡Iguales! ¡Para hoy! ¡Iguales para hoy!

Y parecía que tenía dos bocas para hablar, porque entre anuncio y anuncio le daba para conversar con la cigarrera de su vera, que a su frente tendía la mesita con Pall Mall, Benson, Chesterfield... (de contrabando).

Doblé la esquina y me llamó la atención una cara conocida que perdía la mirada a través del cristal de la cafetería de Las Vegas II.  Podría ser...  No, era imposible.  Ella fue así hace treinta años... y tan lejos de aquí...  No, no era Nelly.

Entré al primer bar de la calle, pero me salí al momento, porque nada más girar había visto al fondo, algo en alto, un par de obreros que trabajaban en una fachada.  Me fijé a fondo.  ¡No, no podía ser!.  Estaban desmontando el cartel de El Plata.  Volviendo a entrar, le pregunté al camarero:

–Sí, hombre.  Dicen que lo cierran por vacaciones, pero la verdad es que no hay “pelas”.  Yo creo que no lo abrirán.  Qué pena.  ¡Con lo buena que está la Mary de Lis!

Pedí el bocadillo con los calamares recién hechitos y me pareció que los bichos revivían, porque mi estómago hervía de nostalgia sin saber la causa.  El chato de clarete me alivió.

La prisa era por mi hermana, claro.  Se le había ocurrido que fuera a su casa para que sus vecinas me conocieran.  Esto de estar soltero hay veces que no conviene.

Pilar –mi hermana– vive en el Actur, un nombre que nadie sabe bien de dónde viene.  Es algo así como la abreviatura de un plan de viviendas que Sáinz de Varanda trajo para la ciudad.  El barrio se hizo mundialmente famoso por los gitanos y el Papa, es decir, echaron a los gitanos porque venía el Papa y el buen hombre no iba a ver pobreza, naturalmente.  Ellos ganaron, que les dieron casa gratis, con el descontento de mi hermana, que ella estaba pagando el piso religiosamente y con mucho esfuerzo, y éstos, ya ves, por su cara bonita, ahí lo tienen.

En vista de las pocas ganas que tenía de conocer a las vecinas soltericas, decidí irme caminando poquito a poco.

¡Qué precioso estaba el Tubo!  Aceras nuevas, empedrado liso para las calles que permitían la circulación de coches, fachadas remozadas y ambiente festivo, incluso luminoso por su parte más centrada, con bares repletos de juventud, unos de tapeo y otros con música a rabiar que agredía cuando la puerta se entornaba.

Ya en la calle Alfonso, me di cuenta de que La Casa Blanca seguía blanca, pero más pequeñica, y aún tenía en el escaparate trajes de marinero como el que fue mío, luego de mi primo y al final pantalón corto para todo trote de su hermano el pequeño.

¡Ah, el Ciclón!  Igualico, pero más anciano.  En lugar de triciclos y soldadicos, ahora enseñaban coches para infantes con motor eléctrico y cambio de marchas, muñecas estilizadas y juegos electrónicos.  ¡Ah!, los disfraces seguían en la esquina: el Zorro, D’Artagnan, la muleta de El Cordobés...

Por delante de la Cafetería Santiago olía a chocolate con churros.

¡Dios mío, ¿qué le han hecho?  La plaza del Pilar enterica... sin coches, ni calles, ni árboles... enterica y peladica... como cien campos de fútbol... y de porterías un cubo de baldosicas que tapa medio La Seo y una fuente espectacular que sólo deja ver la torre de San Juan de los Panetes.  ¡Tomá!  Si también está la pelota: penalty contra los Juzgados.  ¡Qué cambiazo!   ¡Ah, pero la Virgencica está lo mismo, con ese retablo de don Pablo Serrano que es la mayor bendición haya coches, árboles, o no los haya.   Y están las palomicas...  y los gitanicos vendiendo maíz... y el vendedor de papeletas de oblea...  ¡Ufff!, menos mal.

Me santigüé y pedí perdón a mi Virgencica por no saludarla desde dentro... pero mi hermana es mi hermana... y sus vecinas son sus vecinas.

Me salí a la Ronda, y me sorprendieron unas farolas sicodélicas que miraban a las torres del Pilar con varios ojos brillantes, arqueadas hacia atrás.

Volví a sentir ese cierzo que te araña cuando cruzas el Ebro y, allá, a la izquierda, descubrí un puente nuevo, y, allá, a la derecha, el puente de Piedra aparecía rejuvenecido, con pretil de piedra, faroletes de antorcha y dos leones altísimos que ejercían su labor de guardia mirando a la Lonja.    Pero... ¿y el puente de Hierro?  Le han puesto babero...  Jolín, jolín, ¡qué fácil quedaría ahora llegarnos hasta la Estación del Norte!

Viendo desde la baranda cómo remeros y piragüistas le pinchaban los ojos al puente de Santiago, me fui acercando a Helios descubriendo que la avenida de los Pirineos ya no envidiaba al pedazo inmenso de la 9 de Julio.. y andandito, andandito, me planté en lo que me dijeron era el Actur.  Desde luego que ahora nadie podrá quejarse de planificación urbana.  ¡Qué buen ejemplo de calles, avenidas y parques!  Sólo le faltaba la hierba para parecer el diseño porteño.

Y allí, por fin, vi el edificio azul y blanco, el "Ducados", por aquello del paquete de tabaco negro, en cuyo seno, sexto hache, moraba mi querida hermana, y sus vecinas, en los otros agujericos de la colmena.

–¡Querido, qué bien que llegaste!  Qué novieta te tengo preparada.  Yo no la he visto, pero voy a acertar, que te lo digo yo.  Espera, espera, que llamo a la Asun y te la trae.  Es una prima, de fuera, de por tus tierras, ¿sabes?  De por Julujuy o algo así.  ¡Hala, a ver si te casas, que con ésta no extrañarás tus américas!

No hubo más saludo.  Directo al grano, como se requiere en estos asuntos de casamentería.

–¡Aaaasuuuun!  ¡que ya está aquí mi hermano!  Vente con tu prima.

Y llegó la Asun, y llegó la prima.

–Pero... Bernardo... Bernardo, sos vos...  pibe, ¿acá, quién me lo iba a desir?

Nelly había sido mi primera novia en Buenos Aires.

Mirando atrás

A veces, quizá siempre, el espacio y el tiempo son relativos, no hay metros, ni segundos y, a pesar de la realidad, nos parece que no estamos donde estamos, sino donde pensamos.  El espacio se transforma y el tiempo desaparece como si quisieran enseñarnos que no vivimos donde vivimos.  Puede ser sueño, fantasía, imaginación... Quizá.

Eran las tres de la tarde y el solecillo ya calentaba.  Las mañanas húmedas castigaban demasiado al reuma.  Por eso, Venancio y Antonio paseaban en invierno después de comer, excepto si llovía, algo más habitual de lo que conocieron en su infancia.  Sólo deseaban conversar y mirar al cielo, huían de las vidrieras frívolas y exclusivamente se detenían en los kioscos para ojear la portada de los diarios del exterior que siempre ocupaban un lugar escondido.  Andaban por la vereda derecha de la avenida y se quejaban de los agujeros y de la mala educación de los conductores.

–¿Viste que están refaccionando la iglesia de San Miguel?  Seguro que nunca la terminan.  Pasará como con La Seo.  ¿Creés que quedará mejor que antes?  Ni lo sueñes.  Reventarán alguna verja, alguna talla... Mirá al arcángel, miralo bien y hablaremos de él en unos meses.

Venancio era devoto de San Miguel y, además, en esa iglesia lo bautizaron cuando aún se recordaba la campana de los perdidos y un zapatero remendón echaba medias suelas en un cuchitril intruso contra la fachada, junto a la puerta del templo, frente a la plaza.

–Venancio, que se está cayendo a trozos.  Y la cornisa, ¿ves la cornisa?  Parece la cancha de fútbol de Larrinaga, llena de pozos y carcomida.  Necesita una refacción.  ¿No quedó bien el Pilar?

–¡Andate, boludo!

–Y vamos, vamos por la calle de San Miguel, nuestra querida calle.  Andá, caminá por esa vereda bárbara.  Y mirá las fachadas... todas limpias, arregladas...  Las arreglaron.  Está más lindo, ¿o no?

–Atento a la Casa del Duende, atento.  Ves.  Para comer, un restaurante, un boliche.  Ese edificio no es para la diversión.  No, Antonio.  ¡Es un sacrilegio, un sacrilegio!

La concejalía que su padre tuvo en los cuarenta daba derecho a Venancio a criticar cualquier acción urbanística contra su ciudad.  ¡Qué diferencia de planificación, de sensibilidad hacia lo rancio, hacia la ciudadanía!

–Si reventarán también Santa Catalina con una playa subterránea o con un bloque de quince pisos.  Ya viste con Santa Ana, en el Coso.

–Y... bueno, yo veo la ciudad más linda, Venancio.  Acá tenés la plaza José Antonio: pasto cuidado, adoquines, arbolado, zona para perros, el monumento cuidado, espacio para caminar...  Éso es pensar en los zaragozanos.

–¿Cómo?  ¿Cómo dijiste?  ¿La plaza José Antonio?  Perdón, Antonio, perdón, la plaza de Los Sitios.  Leé bien el cartel, y no pequés contra el Excelentísimo Ayuntamiento y la Concejalía de Urbanismo.

–¡Y qué más da!  Yo quiero caminar por mi ciudad, caminar tranquilo y recordar cómo escalaba hasta Agustina de Aragón y cómo encorría a los perritos engalanados de las señoronas encopetadas.  No seás tan cruel y amá un poco más, con ternura, la vida que tuvimos, no la que tenemos.  Esta de ahora qué más da.

–¡Y un cuerno!  Si mi Pascuala levantara la cabeza... llamaría a Radio Zaragoza para poner firmes al Alcalde y a unos cuantos concejales.  Vos que decías, la plaza del Pilar, el Tubo.  Vamos, vamos al paseo y no me hablés hasta la esquina de Zurita.

Antonio era un hombre profano en muchas cosas, sólo buscó el trabajo y no tuvo tiempo de profundizar más que en el corazón de su mujer y en el de su ciudad.  Sabía amar mejor que nadie, pero no entendía de política ni de planes de urbanismo.  Le importaba el calor de cada cosa y de cada ser, sin etiquetas ni ornamentos.  Cuando emigró, dejó su alma y su recuerdo en las callejas que conoció.

–Mirá a la izquierda, Antonio... y ahora hacia la derecha, hacia el Ebro.  ¿Dónde, dónde está el Ebro?  Detrás del Tubo, detrás de esas casas abigarradas sin servicios ni cocheras.  Pero no, hay que respetarlo porque es el patrimonio artístico de la ciudad, el casco histórico, repleto de "cacos" históricos y patrimonios sustraídos...  Igual que el Mercado Central.  ¡No, déjenlo, que es una maravilla!  Sí, señor, mirando a la avenida y al puente, como un estorbador oficial...  ¿No eran lo mismo las plazas de La Seo y del Pilar?   Y, ¿qué han hecho?  ¡Reventarlas!, con una pista de aterrizaje y unas palanganas para los pies de los turistas.

–¿Te fijás en la tabaquera?  ¿Cuántos paquetes de contrabando le compraste?  ¿Y la ortopedia?  ¿No le comprabas de “estrangis” los condones para tus líos?  ¿Y “El Plata”?  ¿Querés arrasar tus aventuras?  ¿Qué te quedá, Venancio?  ¿Odio por tus años pasados?  Caminá por Estébanes, seguí por Mártires, o por Cinegio y llegate al antiguo número uno del Paseo de la Independencia, al Gobierno Civil, con la mirada retadora del Guardia Civil con tricornio.

Se conocieron en el Círculo de Aragón hace años incontables, cuando aún suspiraban por encontrar un mundo mejor y la vida no les había regalado arrugas.  Venancio, presidente, le encargó a Antonio que colocara fotografías de la tierra en cada uno de los rincones del local.  No tuvo que viajar, porque su maleta desbordaba material.  Desde entonces, unieron su pasión por Zaragoza antigua y, ahora, cuando el Círculo es de los jóvenes que crecieron fuera, los dos maños se consuelan con la duda de que si siguieran allá, amarían lo mismo aquello que dejaron.

–Tiraron el Monumental, se cargaron el Argensola, el Dorado es un bingo.  Aquí tenés, confiterías y boliches para recordar a Paco Martínez Soria y a Colsada.  Menos mal que aún perdura el Elíseos... ¿Dónde están Los Espumosos de entonces?

–Yo los tengo, ¿y vos?...  Sí, vos también, pero no los encontrás.  Todo está igual en nuestra memoria.  Todo está bien porque la ciudad ya no nos pertenece.  Tal como hemos encogido cada día, Zaragoza se ha vestido de otra manera, con minifalda y con tacón... pero vos sólo ves con los ojos.  Cerralos un momento y acordate del tranvía.  Pisá por ahí cerca y sentirás los raíles, el chillido del freno, las maderas de los escalones, la trasera ocupada, el embudo para la arena...  O por ejemplo, ahí están los porches, y Los Mártires, y el Banco de España... allí, el Justicia, Capitanía, Medicina...  y lo que no está lo tenés vos...  ¿Cómo lo recordará aquel chiquillo?

–¡Boludeces!  Lo que es es como es.  Y aún puede ser de otra manera.  Medicina, o Correos, eso está bien, viejo.  Y la fuente, que la han puesto otra vez.  No ves como todo vuelve...  Se dan cuenta, Antonio, se dan cuenta.  Hay que decírselo.  Le escribiré al Alcalde.  Y lo pondré a parir por estas farolas y por las del Ebro, y las de detrás del Principal, y las del Puente de Piedra, ¡ah! y por los leones, allá tan arriba.

–Ahí enfrente está la Diputación, y el Casino... Y allí, el Zaragozano.

Venancio ya jadeaba, y no por su vehemencia, sino porque el paseo se hacía largo.  Agarró del brazo a Antonio, que todavía soportaba bien la artrosis, y cesó en sus protestas.  La brisa les traía olor a humedad, y el recuerdo tierno les endulzaba el ruido de los colectivos.  Antonio miraba alrededor desde dentro y disminuía el paso para no cansar a su amigo.  Los ojos del alma le descubrieron que no había sirena sobre la cúpula del Banco de España.

–¿Iremos mañana al Círculo?  Actúa la rondalla y canta un amigo de mi sobrina.

–No, Antonio.  Prefiero pasear y ver todo esto.  Estoy cansado de llorar por dentro, de ver a mi Josefina en cada moza que baila, cansado de que las cuerdas de la bandurria se me desgarren en el estómago y de que las rodillas me fallen cuando el jotero canta “la palomica”.

Antonio puso su mano sobre la de Venancio y la palmeó:

–Caminaremos, pues, mañana, y nos acercaremos hasta la Magdalena.  Y no dirás ni una palabra de cómo refaccionaron la torre.

Llegaron hasta la avenida más ancha del mundo y, en el centro, el Obelisco, como una rosa de los vientos, parecía que sobrevolando la Casa Rosada y el Río de la Plata señalaba el camino a Zaragoza.

  

 Antonio murió el 12 de noviembre de 2003, con noventa años, de los cuales la mitad más uno los vivió en Zaragoza (España).  Dejó suficiente dinero para que, junto con su mujer, fuera llevado en barco hasta cualquier puerto que les dejara cerca del cementerio de Torrero, en su ciudad natal, y les compraran un nicho a perpetuidad.  De Venancio no he sabido nada más.

 

Ataúd abierto

Alberto salió al balcón del hotel.  Hacía un frío intenso y algo de niebla, pero las labores de la mañana le habían dejado tal rabia que necesitaba apagar el nervio que le quemaba.  Justo a su frente se alar­gaba una calle peatonal repleta de comercios vistosos y carteles en lo alto. Sólo deseaba perder la mirada por algún infinito, hasta quizá ce­rrando los ojos si así lograba algo de calma.

La gente que caminaba por la calle iba deprisa, arropada, con su objetivo claro para ocupar el menor tiempo en su paseo dentro del aire tan frío.  Por eso, le llamaron la atención dos jovencitas que alegre­mente charlaban y reían con un paso tranquilo.  Le dio la sensación de que estaban allí como impuestas, pues no respondían al tipo propio de los lugareños y su ropa apenas podría tapar una temperatura otoñal.  Cambiaban de una acera a otra sin motivo aparente, apenas percatándose de lo que mostraban los escaparates y, de cuando en vez, se golpeaban los brazos una a otra para estallar en carcajadas o, de vez en cuando, se fundían tan juntitas que desde atrás habrían pare­cido unos enamorados.

Extrañamente, sus risas ostentosas no generaban sonido y al jun­tarse, una bruma les envolvía, como si la neblina se concentrara en torno a ellas.

Alberto se despistó por un tiempo, cuando la mente le devolvió a sus preocupaciones de la mañana y le pasó el rato sin ver lo que mi­raba y sin sentir las punzadas del frío.

Su atención hacia las muchachas se hizo firme cuando comprobó que al despertar del letargo sus imágenes le devolvieron justo al punto en el que las había perdido de vista por sus disquisiciones.  Fue como si una película se hubiera desconectado en el instante en que abandonó su atención por las secuencias.  Las encontró ligeramente arqueadas hacia atrás, con expresión de carcajada, y aún alcanzó por segundos a ver la imagen detenida.  Agitó su cabeza cerrando los ojos como quien desea volver a una realidad, pero no le sirvió para borrar la sensación porque en continuidad con la acción las chicas seguían allí con su paseo.

Parecían felices y desentendidas de su alrededor.  Corretearon persiguiéndose una a la otra dando vueltas a un banco de piedra; obser­varon juntitas las revistas expuestas en un kiosko para después relan­zarse a las carcajadas supuestamente por el contenido de una portada; volvieron a fundirse; juguetearon con las manos palmeándose en bra­zos y piernas; exploraron lo mostrado en un escaparate y concluyeron de nuevo riendo con furia; y volvieron a fundirse.  Así continuaron en un avance corto por la calle peatonal, que no en su recorrido porque seguían su trayecto de una acera a la otra.

Igual que antes se ensimismó con sus preocupaciones, Alberto se embrujó con el quehacer de las muchachas.  Cuando se dio cuenta, decidió entrar a la habitación y olvidarlas.  Precisamente, comenzó a sentir el frío al cerrar las puertas del balcón.  Se frotó los brazos y se dispuso a buscar un jersey.  No pudo dejar de pensar en ellas y el re­paso mental de las imágenes le hizo caer en la cuenta de que las mu­chachas cambiaban de expresión continuamente: serias, risueñas, carcajeantes y enigmáticas, casi en una cadencia exacta y siempre por este orden.  "Están locas", pensó.

Quiso ponerse a leer un periódico, pero ni siquiera llegó a buscarlo, porque una curiosidad impertinente le impulsó a salir nuevamente al balcón.

Allí estaban otra vez arrancando en la misma postura que él las dejó...  y otra vez, por un instante, esa imagen detenida...  Pero ahora miró alrededor de ellas y comprobó que del ambiente que las rodeaba sólo las dos estaban igual que antes, el resto había variado con la lógi­ca de los minutos transcurridos.  Se pellizcó sabiendo que no estaba soñando.  Entonces se dio cuenta de que no sentía frío.

Las muchachas, en su camino zigzagueante, apenas avanzaban un par de metros en la longitud de la calle cada vez que cruzaban de acera.  Continuaron sus risas, sus juegos y continuaron fundiéndose después de cada golpe de carcajadas.  Alberto se había enganchado al espec­táculo y le daba la sensación de que no estaba donde estaba.  Un veci­no del hotel descorrió las cortinas y él le dirigió un saludo, pero no hubo contestación.  Alberto sintió que fue atravesado por su mirada como si fuera un hombre invisible.  Instintivamente, se palpó para comprobar su estado sólido.  Tal estupidez le devolvió al escenario, y se repitió la instantánea de las otras veces.  Lo tomó por natural y continuó la observación.

Ahora se fijó en los momentos en que se fundían.  Registró una fase completa de todo el proceso: risas, análisis de objeto, juego, carcajada y...  Esa atención le hizo percibir la gran diferencia entre las dos: una, morena, de rasgos angulosos y melena larga rizada; la otra, rubia nórdica, de cara redonda y pelo corto; una, vestida informal, con tejanos rotos y zapatillas de deporte; la otra, elegante, con falda ajus­tada y zapatos de tacón fino...  Se acercaron nuevamente hasta fun­dirse... hasta fundirse de tal manera que una frente a la otra rompían la solidez y se incrustaban formando un ente único y ¡transparente!  "Me estoy volviendo loco", pensó.

Con acopio de serenidad, decidió repetir la observación... y se re­pitió el resultado.  Quizá la concentración de neblina distorsionaba la imagen, quizá.  La gente pasaba alrededor de ellas sin inmutarse, aun­que el frío obligaba a caminar deprisa y a concentrarse en evitar cual­quier pérdida de abrigo, por lo que difícilmente se podría prestar atención a otra cosa que a buscar calor.  La niebla se hacía más intensa.

Las muchachas, rompiendo el proceso, se habían detenido frente a un escaparate más tiempo del debido.  Anteriormente, la fase de las risas se había cumplido.  Alberto, ya tomadas las circunstancias como una situación normal, aguardaba a sentir frío para regresar a la habi­tación y comenzar a leer plácidamente el periódico.  Pasaron algunos minutos con ellas casi estáticas mirando al frente y, en ellos, Alberto reinició un interés participativo en el espectáculo.  Escrutó los carteles suspendidos por encima de las muchachas e intentó adivinar cuál correspondía al escaparate en cuestión.  Funeraria La Estrella: quizá un ataúd abierto le llamaba la atención.  Modas Ángel: un modelito para la morena podría ser digno de admirar.  Recreativos del  Uni­verso: la caza del palomo a doble disparo siempre generaba mucha expectación.  Cafetería Paraíso: ¿y si sus ojos estaban desnudando a un galán exu­berante?

Alberto perdió la tranquilidad esperando a que comenzaran el juego y  provocaran las carcajadas.  Seguían pasando minutos y ellas continuaban estáticas frente al escaparate, como obnubiladas por una visión.  Cuando tomó consciencia de su nerviosismo, inició el giro para entrar... pero de soslayo vio a la chica morena arrodillarse de golpe... y recuperó la atención.  Sí, la chica morena se había dejado caer sentándose sobre los talones y elevando la vista al cielo.  Emitía una expresión de duda, de pregunta, de amargura, de súplica.  Se tapó la cara con las manos y escondió la barbilla junto al pecho.  La nór­dica seguía de pie, mirando al frente, pero su rostro mostraba un rictus de sorpresa, de susto, de temor, de desesperación...  Al poco, también elevó la cara, también la cubrió con las manos, igual bajó la frente... y finalmente se arrodilló.

Durante unos segundos compartieron postura, pero la rubia volvió la vista hacia su compañera como si entonces se diera cuenta de que estaba junto a ella, le puso el brazo por encima de los hombros y lanzó un grito de angustia... sin sonido real.  La morena le siguió y ambas mostraron esa expresión de seres desgarrados por un acontecimiento sorprendente y exageradamente doloroso.  Alberto sintió el ambiente pleno de angustia, como si toda la niebla la transmitiera gota a gota hasta comunicarla a todos los mortales.  A él le entró por el vien­tre y le hirió la entraña.  No sentía el frío.

Al poco de los gritos, se abrazaron con un impulso simultáneo y feroz.  Así, los desgarros se intensificaron, sus bocas se abrían más allá de los límites, los ojos, plenos de lágrimas, solicitaban compasión por las alturas y, una contra otra, los brazos se asían a las espaldas buscando protección ante la angustia o deseando desaparecer para eludirla.  Alberto también sintió aumentar el desgarro.

Y la niebla volvió a concentrarse, esta vez con más intensidad, en torno al abrazo de las dos muchachas.  Ellas miraban al escaparate y gritaban, miraban al cielo y gritaban.  Su cerco de bruma se hizo más brillante, como iluminado... y comenzaron a fundirse, a diluirse, a ga­nar transparencia, mientras el desgarro se hacía sensación insopo­rtable a través del aire.

Alberto se quebró la entraña y, en un impulso de compasión, se lanzó adentro, bajó por las escaleras y se dirigió hacia ellas sin saber si lo que deseaba era prestarles ayuda.

Al atravesar la puerta del hotel, vio que se diluían en la lejanía de la ca­lle, como quien se pierde en el horizonte, riéndose.

Desapareció la niebla, desapareció el desgarro, y su entraña se dis­tendió.  Siguió caminando por inercia hasta el frente del escaparate.  Sólo se vio a sí mismo porque era un local abandonado en el que únicamente había un espejo.

Alberto se dio cuenta de que no llevaba abrigo y sintió frío.

Los guardaba por casualidad

Osvaldo se puso muy contento cuando Gabriela le dejó su periquito.  Eso le demostraba que los años de vecindad habían desembocado en una gran confianza, porque para ella Boabdil era como un hijo único.

Gabriela debía marchar a su pueblo natal para cuidar a su madre enferma, alérgica a los pájaros.  La muchacha lloró hasta la extenuación y alargó las fórmulas de despedida para retrasar el momento de marcharse.  Osvaldo llegó a pensar que las lágrimas nacían por él, pero se desengañó cuando con el penúltimo adiós su vecina tomó a Boabdil entre las manos y lo acurrucó junto a sus labios para despedirse.

Como último mensaje, Gabriela informó a Osvaldo que regresaría todos los domingos porque ese día su tía cuidaría a mamá.

Osvaldo se tomó muy en serio el cuidado del pajarito, incluso compró libros ilustrados sobre la especie, pero por respeto a la dueña no cambió los hábitos de cuidado y alimentación.  Al añadir amor a su tarea de custodia, Boabdil le regalaba trinos muy musicales en cuanto la luz del sol se colaba por la galería de la cocina.  Por esta respuesta tan entrañable, Osvaldo empezó a tomarse la tarea con mucha pulcritud.

El primer domingo de visita, Gabriela entró a saludar a Boabdil y a Osvaldo.  Ella sugirió que mientras durara la conversación en el salón, el periquito estuviera por ahí cerca para verlo durante más tiempo.  Osvaldo observó que mientras tomaban el té con pastas, Gabriela desviaba la mirada hacia Boabdil, y le entró esa complicidad que surge cuando se ve a una madre vigilar a su hijo con los ojos encendidos y una media sonrisa de admiración.  Antes de marcharse, Gabriela dejó dicho que estaba muy agradecida del trato a Boabdil.

Con el correr de las semanas, ese cuidado exquisito que Osvaldo desbordaba se fue cambiando en un cariño de padre y hasta soñaba con algún logro importante de su retoño Boabdil.  Los domingos se llenaban de intercambios de alabanzas sobre los progresos del periquito, que si cambiaba tal o cual pluma, que si comía más o menos alpiste, que si entonaba mejor o peor su canto matutino.  Osvaldo hasta llegó a pensar que quizá dentro de algunos meses podrían formar familia.  Gabriela, al ver la dedicación de su vecino por Boabdil, le permitió cierta libertad en la elección de comida, marca de agua y ubicación del animalito en la casa.

Boabdil cumplió cinco años y al domingo siguiente recibió dos regalos: una jaula nueva por parte de Osvaldo y una rueda de plata por parte de Gabriela.  Los dos se pusieron muy contentos esa tarde y lo festejaron con una botella de vino.

Osvaldo se identificó tanto con Boabdil que comenzó a reflexionar sobre su vida pasada.  Si así amaba a un pájaro, ¿cuánto no habría amado a unos hijos?  Y repasó sus andanzas con dos o tres novias, intentando averiguar cuál de ellas habría sido mejor madre para su prole.  Fue a parar a la penúltima, pero se parecía tanto a Gabriela que terminó imaginándose a su vecina como esposa y madre solícita de unos cuantos churumbeles.

Estas ligeras fantasías le hicieron recordar que leyó en un libro que era bueno para los periquitos compartir su jaula con una periquita.  No dudó más que dos días, y así, un viernes regresó a casa con "Granada", una periquita coquetilla, a la que colocó de compañera de Boabdil.

Aquel domingo esperaba ansioso la llegada de Gabriela para contarle la sorpresa.  Realmente, Gabriela se sorprendió y se mostró muy agradecida por tal decisión, puesto que Boabdil era un hombrecito muy apuesto que necesitaba compañía femenina.  Acarició repetidamente a "Granada" y felicitó efusivamente a Osvaldo, dándole un beso en los labios.

Al día siguiente, "Granada" apareció muerta en la jaula.

Osvaldo se asustó, pero enseguida pensó que algunas periquitas no soportaban el cambio de ambiente, así que llamó a Gabriela para comentarle lo sucedido, quien lloró amargamente.  Decidieron, a sugerencia de Osvaldo, proveer de compañera rápidamente a Boabdil.

Aquel domingo, la alegría reinó en la visita, tomaron champán y Gabriela terminó en los brazos de Osvaldo, besándole el cuello justo en el momento que dieron las cinco, hora de marchar.  A la nueva periquita le pusieron "Isabel".

Al día siguiente, "Isabel" apareció muerta en la jaula.

Osvaldo se asustó y recriminó a Boabdil su falta de vigilancia.  Repitió las operaciones de la semana anterior, pero esta vez empezó a imaginarse historias extrañas: que si en la pajarería existía un germen de fiebres que se desarrollaba en cuanto los pájaros abandonaban el local, que si otra periquita celosa venía por la noche y mataba a su contrincante, que si algún vecino se convertía en sádico por las madrugadas de los domingos… y en esos pensamientos llegó hasta sentir a Gabriela entre sus brazos.  Así que decidió bautizar a la nueva periquita con el nombre de Gabriela.

Durante cinco días observó detenidamente las evoluciones de la pareja.  Boabdil había asumido ciertas costumbres que le recordaban sus propios actos: comer despacio saboreando el alimento, sorbitos de agua cada dos bocados, cabezadita después de las comidas...  Y Gabriela, la periquita, se acurrucaba en ocasiones en una esquinita de la jaula, como Gabriela, la vecina, se acurrucó entre sus brazos.  Boabdil cantaba como de costumbre.

Aquel domingo, la sorpresa para Gabriela fue saber que la nueva periquita se llamaba Gabriela.  Radió de ilusión y sugirió celebrarlo con una espléndida merienda.  La fiesta fue tan distendida que concluyó haciendo el amor con Osvaldo.

Al día siguiente, Osvaldo apareció muerto en la cama.

La madre de Gabriela pidió permiso a los policías para retirar a los periquitos, que eran suyos y los guardaba el vecino por casualidad. 

Ramón Luna Gutiérrez

Confieso que he matado.

He matado con premeditación y alevosía a Ramón Luna Gutiérrez.  El asesinato se produjo a las dos de la madrugada del día 13 de febrero de 1995.  No puedo precisar la hora de la muerte, porque cometí el hecho y quedé como alucinado, sin consciencia de lo que después acontecía.  El arma utilizada, y que ustedes han sacado del cadáver, fue el cuchillo de cocina que había comprado en el Supermercado Altax, sito en calle Almazor, nº 275.  Lo introduje en la cavidad torácica buscando el corazón, y creo que lo encontré, pues el estallido de sangre fue impresionante.

Ramón Luna Gutiérrez era un hombre indeseable.  Mi relación con él se pierde en el tiempo y nunca congeniamos.  Su carácter exageradamente violento se mezclaba con un tono burlesco y arrogante muy difícil de soportar.  Por razones de proximidad, me vi obligado a convivir con él, pero nuestro distanciamiento se fue acrecentando por diferencias difíciles de salvar hasta que con el asesinato he quedado totalmente liberado de su influencia.

Aquel día yo lo había pasado bastante sereno, pero a la hora de acostarme, sobre las once y media de la noche, me llegó su presencia de una manera agobiante.  Tuve que soportar una especie de sueño dirigido –aclaro que me encontraba totalmente despierto, en el que todas sus andanzas que yo había despreciado me venían una detrás de otra provocándome ahogos intermitentes.  Así aguanté como pude hasta alrededor de dos horas.  Entonces me levanté, fui hasta la cocina y saqué el cuchillo de sierra.  El impulso me sorprendió y paseé bastante rato por la casa, de aquí para allá, durante esa media hora que falta hasta las dos de la madrugada.  Pude así haberme arrepentido, pero, al contrario, el paso de los minutos me iba confirmando el empeño, por lo que le clavé la hoja en el corazón.

A decir verdad, aquella noche no fue la primera vez que me invadió ese deseo de matarlo.  Recuerdo el inicio de todo, allá cuando teníamos quince años y Ramón le dio una paliza injustificable y extremadamente cruel al podiosero que dormía a la entrada del parque.  Actuó con total impunidad porque fue de noche, en invierno y bajo la farola que siempre estaba fundida.  Creo que ésto les resolverá aquel caso, ¿verdad?  Puedo asegurarles que yo soy el único que lo sabe.  Desde entonces, me fue creciendo su desprecio por él hasta el punto dicho de asesinarlo.

Antes de ayer, Ramón incendió la casa de los nigerianos.  Sí, también fue él, por el solo motivo –muy razonable, decía– de que esos "negros de mierda" no tienen derecho a invadir un país del primer mundo.  Ramón se apuntaba a la limpieza étnica y hacía apología hitleriana.  Roció todo con gasolina y arrojó la cerilla.  ¿No me digan que esto no es ya delito suficiente para la pena capital?

...

Me reventó a la primera novia de un bofetón.  Le abrió las narices y le partió el labio.  Yo no estaba presente, pero me dijo que iba vestida con minifalda y escote, y que daba un aspecto de "puta barata".  Ahí sí le amenacé con matarle, pero no me creyó capaz y se lo tomó a broma.  Ramón hubiera merecido morir empalado y puesto al sol.

...

El año pasado se me llevó todo el dinero que Antonia, mi esposa, guardaba en la jarra de la alacena para jugárselo en una partida de póker especial que habían preparado los tahúres del barrio.

...

El día que estrené mi primer coche, me lo robó y se estrelló contra un poste.  Repararlo costó muchos meses de ahorro, pero se reía cada vez que yo se lo recriminaba.

...

Quizá hayan pasado más de tres años desde que Ramón asaltara la farmacia de La Romareda solamente por diversión.

...

La noche de mi boda violó a mi mujer.

...

Confieso que he matado a Ramón Luna Gutiérrez.

 

          

 

Firmado: Ramón Luna Gutiérrez

H. (a Frank Kafka)

H. se despertó sobresaltado, miró el reloj, que no había sonado y, al comprobar que daban las nueve menos cuarto, se lanzó al baño.  Por el pasillo recordó que era su primer día de vacaciones, así que volvió a meterse en la cama. No consiguió dormirse nuevamente, pero se arrebujó entre las mantas disfrutando del asueto.  Cuando ya las ganas de orinar se le hicieron insoportables, se levantó y fue al baño.  Después del alivio, se giró hacia el lavabo para enjuagarse la cara.  Conforme deslizaba las manos desde las cejas a las mejillas, se miró al espejo... y comprobó, no sin sorpresa, que le devolvía el reflejo de una bestia.

Seguramente estaba aún bajo los efectos del sopor que nos embriaga cuando alargamos las horas de sueño.  Abrió y cerró repetidamente los párpados, pero la imagen de la bestia no se iba.  Palpó el espejo.  Hizo guiños y gestos raros…  La bestia le respondía con ademanes idénticos.  Le habló:

—Buenos días.

Y la bestia movió los labios a la par del saludo.  No había duda, aquel era su rostro, pero los hombros, los brazos y el torso tenían forma humana.  Se miró abajo y también el tronco y las piernas presentaban la forma de hombre.

Le invadió la desesperación.  La cosa de allí enfrente era horrible, con ojos saltones, nariz de perro y boca de tiburón.

H. intentó calmarse.

No se atrevía a tocarse la cara.

Se vistió en el dormitorio sin notarse nada extraordinario.  Volvió al baño cumpliendo su rutina, ahora para perfumarse y peinarse.  Mecánicamente, levantó la mirada hacia el espejo.  La imagen seguía ahí.  Forzó la atención en los ojos y dedujo que no había duda; esa expresión era suya.

Decidió salir a la calle.

Podría ser un hecho traumático, pero tenía que salir.  Además, sentía en el baño cierto olor a guarida de alimañas.  Sería obsesión, seguro, pero hasta le pareció que el dormitorio se impregnaba de ese olor.

Bajó en el ascensor y al cruzar por delante de la portería volvió el rostro y agachó la cabeza.

—¡Señor! ¡Señor H.! —le llamó la portera.

Se vio obligado a detenerse y contestar.

—Dígame.

—Señor H.  Debo recordarle que estos días, hasta el domingo, cortarán el agua desde las nueve hasta mediodía y como usted está de vacaciones...

—Gracias.

La portera no se había extrañado de su aspecto.  O quizá había vuelto a su estado normal.  Intentó verse en el escaparate de la zapatería.

—Buenos días, señor H. —le saludó el zapatero.

—Buenos días —contestó.

Y a la vez que oía el saludo estaba comprobando en el cristal que su rostro mantenía la configuración de bestia...  Sin embargo, tanto la portera como el zapatero le reconocieron y no se habían asombrado.  La situación le resultaba sarcástica, y pensó si su vista no sufriría algún defecto.  Hizo averiguaciones observando a su alrededor las cosas del barrio y comprobó que veía como el día de antes, como los otros días, nítido y sin distorsiones.

Se introdujo entre el bullicio de la calle y nada extraño ocurrió.  Podía pasear sin atenciones curiosas, lo que le hacía suponer que el resto del mundo estaba ciego o él no pertenecía ya al mundo.

Caminó largo rato intercambiando saludos forzados con otros ciudadanos, que siempre eran contestados mirándole al rostro sin sorpresas.  Entró por una calle que nunca había transitado y lanzó su buenos días a un hombre de mediana edad que arreglaba su jardín:

—Perdón, señor, tiene usted cara de bestia inmunda —le espetó.

—¿Cómo dice usted?

—Su cara, señor, es una mezcla de perro y tiburón.

—¿La ve usted así?

—Sí, ya lo creo.  Pero pase, pase, por favor.

H., alucinado, entró a la casa.

—Venga por aquí, sígame.

El hombre de mediana edad le hizo entrar a una estancia amplia, únicamente ocupada por cuatro sillones orejeros como esquinas de un cuadrado perfecto.  Entre ellos el suelo se cubría con una alfombra redonda llena de dibujos cabalísticos.

—¿De verdad que usted me ve con cara de bestia?

—Ya lo creo, y además percibo su olor—. Hizo un gesto de asco—.  Pero siéntese, siéntese.

—Gracias, ¿señor...?

—Samsa, Gregorio Samsa.

El señor Samsa tomó asiento en el sillón frontal al que ocupó H.  La ventana quedaba detrás del anfitrión, lo que provocaba que H. lo viera en claroscuro.

—Y, ¿cómo se siente usted, señor... ?

—H., Franz H.  Me siento muy extraño.  Usted ha sido el único que me ha visto la cara de bestia.

—Lo entiendo, lo entiendo.  Es que yo tuve cierta experiencia.

—¿Experiencia?

—Así es, pero no viene al caso.

—Entonces, ¿piensa que esto que me sucede es normal?

—Normal no, pero no es el único, ¿sabe usted?

El señor Samsa hablaba con un tono misterioso, pero como daba la impresión de que sabía algo sobre casos parecidos al suyo, H. empezó a encontrar cierto consuelo.

El señor Samsa encargó a su criada que sirviera café y departió amablemente con el señor H. en una conversación de temas cotidianos.  La sala se impregnó de un olor a bestia bastante desagradable.

Cuando dieron las doce, el señor Samsa, muy correcto, pidió excusas y dio por concluida la visita, pero invitó al señor H. a regresar al día siguiente a la misma hora.

H. salió a la calle muy satisfecho, entendiendo que había encontrado un hombre afable que sabía comprenderle ante su desgracia.  Cuando llegó a casa, se preocupó de ventilarla bien y pasó el resto del día viendo la televisión.  Naturalmente, no pudo dejar de pensar en su aspecto, pero el recuerdo del señor Samsa le ayudó a quitar importancia al problema.

A la mañana siguiente, se dirigió a la casa de su amable anfitrión con deseos de preguntarle algo más sobre los casos similares que conocía, pero el señor Samsa se escabulló y la conversación derivó en los mismos temas intrascendentes del día anterior.

Así transcurrieron cuatro tertulias más.

El séptimo día, el señor Samsa, más misterioso que de costumbre, se atrevió a ofrecer al señor H. un procedimiento para superar el problema.  H. mostró mucho interés y decidió cumplir a rajatabla todas las instrucciones que el amable confidente le indicó.

Aquella noche, antes de acostarse, H. ya había realizado todas las fases del método explicado y se dispuso a dormir para esperar el resultado. Fijó en el despertador la hora de alarma de sus días de trabajo, puesto que ya concluían sus vacaciones.  Tardó horas en recibir al sueño... y despertó sobresaltado a las nueve menos cuarto. Miró al reloj.  Estaba bien conectado.  "Llegaré tarde al trabajo", pensó.  Y sin acordarse de su contrariedad, se lanzó raudo al baño.  Al mirarse al espejo, recordó los días pasados.  Por fin volvía a su aspecto normal... y se acordó de su benefactor, el señor Gregorio, Gregorio Samsa.  Llamó al trabajo para informar de su retraso, se vistió rápidamente y salió a la calle.

—¡Dios mío!  ¡Un monstruo! —gritó la portera.

H. comprobó que se dirigía a él.  Y desde la calle:

—¡Una bestia! ¡Una bestia!

H. corrió hasta el cristal de la zapatería y vio que su cara mantenía el aspecto normal que se había reflejado en el espejo del baño.

—Pero... ¡qué monstruosidad! —gritó el zapatero—. ¡Es una bestia!  ¡Llamen a la policía!

La gente se arremolinó en torno a H. guardando cierta distancia para protegerse de un más que posible ataque, dado el aspecto del señor.

H. comenzó a sentir confusión y miedo.  A su alrededor se sucedían gritos de horror y comentarios sobre su aspecto de perro y tiburón.

"No puede ser", pensó H. y volvió a mirarse al cristal de la zapatería.  Allí se reflejaba su imagen corriente.

H. se vio prisionero por la muchedumbre.  A lo lejos, se oían las sirenas de la policía.  H. emitió un rugido, la gente se apartó y aprovechó para salir huyendo.

Se dirigió a casa del señor Samsa.

En el lugar de la casa del señor Samsa aparecía un solar desolado.