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Molintonia

Relatos

Pasan cosas, ya sabes

Ahí está llorando, ¿lo ves?  Es un flojo, Ivana, no sé a quién de la familia se parece, débil, un niñito, indefenso, un mierda, vamos, que ya se lo decía papá cuando los compañeros se metían con él por esa mancha que le cubre media cara.  “Enfréntate o no serás nadie”.  Es guapo, si no fuera por la mancha es guapo, se parece a mí, quizá debido a eso entiendo lo de este verano, la primera chica que se fijaba en él.  Todos estaban tan contentos, le notaban menos tristeza, más sonrisas, seguro que por acostarse contigo, por sentirse hombre sobre una mujer, sobre todo con una mujer tan así, de tía buena, llamativa.  Ganó puntos frente a los críos del barrio, ya me necesitaba menos para defenderlo porque ser tú su chica le había dado un prestigio, no sale cualquiera con una modelo de lencería, cuerpo escultural y culo de Jennifer López, de las tetas ya no digo.  No lo sabrás, no te lo habrá contado, pero nos hablaba de ti en casa con un tono exaltado que ni siquiera disfrutando del triunfo en Liga le habíamos escuchado.  Y al tercer día me empezó todo.  Al tercer día de atreverse a hablar sobre la gran Ivana, para escándalo de mi madre y atención de mi padre, te alabó las habilidades en la cama, tu quehacer sensual, y te comparó a su admirada Angelina, y se comparó con Brad Pitt.  No se lo podía permitir, preciosa.  Es mi hermano preferido, un cielo de chico, tan amable y tan cariñoso, pero eso no.  Ivana, prometí que nunca le rompería el corazón, pero ya sabes, pasan cosas como la de ese día, me sentí tan humillado oyéndole hablar por primera vez en casa de un éxito como los míos, de su capacidad amatoria con la mejor hembra que había pisado el barrio, mejor que cualquiera de las que yo había tenido…  No dejé que manchara mi fama, que quisiera ponerse a mi altura y por eso estás ahora conmigo, a mis pies, prendada de mí, como corresponde, y serás mía, nunca volverás con él.  Está llorando, así aprenderá quién es el jefe, siempre.

A mesa puesta

Una copa para cada bebida, para vino, para agua, para champán, copas talladas, cristal de Bohemia, sonoro con un golpe, brillante, lleno de fulgores cuando refleja la luz de las velas, hace tanto tiempo ya… las velas, blancas, sobre candelabros de bronce, de brazos retorcidos que se alargan hasta la pared para acariciarla temblorosamente… siempre coloca en ese orden los aderezos para estas cenas que ya se prodigan menos, de cuando en cuando, para honrarlo, para agasajarlo, para amarlo un poco más, primero los candelabros, dos de tres brazos cada uno, envejecidos… después, las velas, que enciende a continuación porque prefiere esa luz en su ritual, luego el centro de flores secas, bajo, que no moleste,  pero colorido… es lo que ahora está puesto mientras coloca los manteles individuales, amarillo pálido con azul al borde, que destacan sobre el color del tablero, marrón oscuro, bordados con rosas, bordados por sus propias manos…  copas, velas, candelabros, flores, manteles… servilletas que irán con un aro en mate plateado salpicado con unas estrellitas incrustadas, a estrenar en esta cena, siempre ha incluido algo nuevo en cada ceremonia, ahora son los servilleteros, que desenvuelve de un papel fino, saca las servilletas, también amarillas pálidas con ribetes azules, y las introduce lentamente por el aro, cierra los ojos, recuerda otras veces, otras cenas, otros preparativos… saca las dos servilletas que coloca sobre los manteles de momento… levanta una copa y la mueve, la gira entornando los ojos para ver a través de ella los destellos de las llamas que parecen sonreírle, la golpea suavemente con la uña, escucha su nota, la lleva hasta sus labios, rojos, carmín de fuego y la deja a milímetros escasos, chasquea con la boca… se acerca al mueble para sacar los cubiertos, de plata, tallados en su mango, con una piedra azul, zafiro probablemente, en la parte gruesa, a juego con el ribete de las servilletas… deposita primero la cuchara de postre paralela al borde, una en cada lado del tablero, coloca más dulcemente en la derecha las cucharas soperas, ahora en la izquierda los tenedores grandes, tienen pavo de segundo, pavo relleno… los cuchillos de punta redondeada, muy grandes, van pegados a las cucharas de la derecha, sin tocarlas… y ahora culmina la colocación de los cubiertos poniendo a la vez dos cuchillos y dos tenedores más ligeros… ah, falta el cuchillito para el pan, que deja preparado donde después pondrá el plato pequeño… le espera la vajilla, blanca pura, con relieves de arabescos en las solapas y un fino cordón dorado sobre el borde externo, es de oro, él no lo sabe, su hijo menos aún… primero los llanos, muy grandes para su gusto, impolutos, brillantes, luego los hondos, para la sopa de fideos gruesos, encima de los otros, con cuidado para no rayarlos, para no hacer ruido, calculando el movimiento para que apoye con fineza… los del pan en la izquierda… el cuchillito encima… recoge las servilletas con sus aros y las coloca levantadas sobre el plato hondo… ya casi está… panecillos…  la jarra del agua, de la misma cristalería, algo pesada, pero tan bella, así mejor, a juego con las copas… se separa un par de metros, casi bajo el dintel de la puerta que da salida al pasillo y revisa con la mirada la perfección del conjunto en un silencio titubeante a la luz de las velas…. cuánto le gusta llegar a mesa puesta.   Suenan los pestillos, no es él, él es apagado, dulce incluso abriendo la puerta, pero no puede venir nadie más, Toñín tiene concierto, es un cric crac rápido, se ha equivocado quien sea y ha cerrado el pestillo, luego lo abre, las llamas tiemblan, tiemblan y se apagan con la corriente provocada por el movimiento de la puerta abierta de golpe. Son gritos, gritos, qué mierda, qué mierda, y aquí estás tú, vieja de mierda, el concierto se ha ido a la mierda… ella se lleva las manos a la cara, se protege, y Juanico, el “Joputa” para los amigos, se inclina un poco, estira el brazo y barre la mesa mientras brama, lo destroza todo.

Qué corto se me hace el viaje (Entre candilejas)

Han pasado casi veinte años y una pluma arrastrada por la brisa se arrebuja en tirabuzón sobre mi historia.  He vuelto a verle, esta tarde, sobre las seis y diez, tan guapo, con el cabello largo, a mí me gustaba así, melena al viento, ojos entornados, rostro enardecido y sus labios en susurro para mi pecho.  Siete mil días de amor, desde aquel 1º de noviembre del 90, cuando fuimos a ver “Candilejas” al cineclub del colegio.  Llena de su aroma estuve, arropada en mis temores por su abrazo, eran butacas rojas, creo, llevé mi mano a su corazón para sentir que ese muchacho de pelo brillante, gafas oscuras y bíceps musculosos se había inmiscuido en mi hueco para ocuparlo hasta la eternidad.  Lloré angustiada cuando Calvero se alejaba de Terry y él debió suponer que aquellas lágrimas nacían por el viejo cómico, pero qué equivocado estaba, quizá nunca supo que irradiaba la felicidad por mis ojos al conocer el dulzor de los amores inmortales.  Tres días después dibujábamos al son de su piano los acordes de aquella canción, “vértigo, que el mundo pare, qué corto se me hace el viaje”.

Esta tarde reponían la película en el salón de actos del mismo colegio, ahora remozado, con nuevas butacas más cómodas, suelo de parqué y paredes forradas en tela burdeos, ahí donde no te he dejado venir conmigo a ningún acto, donde he rememorado cada instante de aquel mes de noviembre, de Todos Santos a San Andrés, desde aquel primero de mes con su guitarra hasta las nueve de la noche del día treinta, cuando a las puertas de “Bugatti”, ese pub encantado de la calle María Lostal, rompí con él sin saberle decir por qué, con el alma desgarrada por la arpía de Lola, que me embaucó en la ingenuidad y me marché a Dublín.  ¿Recuerdas lo que te conté sobre mi tiempo en Dublín?  No fue por aprender inglés, my darling, ni por conocer mundo, escapaba de sus presuntas infidelidades, que no eran verdad, que Lola se las inventó y me las contó para enjugar la envidia por su ruptura con Josep, el catalán tan feo.  Y caí como una idiota... la creí y lo abandoné sin siquiera preguntarle.  Me río ahora, ¿sabes?, ahora que ya lo tengo conmigo, ahí afuera esperándome, pero cuánto sufrí, cuánto me tergiversé los sentimientos para desviar la amargura por convencerme de que él sería feliz con las otras, no conmigo.  Fui tonta.  Hoy no.

Charlot nunca me gustó, ni siquiera mudo.  Y sin embargo, he visto “Candilejas” más de mil veces en las siete mil noches de amor, incluso hasta nueve puestas diarias, cinco cintas de video destrocé, dos deuvedés ahora, “Candilejas”, my darling.  Supe pronto que estaba en la sala, lo supe, lo supe, no puedo contarte por qué, apenas a los cinco minutos de comenzada la película, y cerré los ojos, repetí todos los diálogos para evadirme, para evitar mis pensamientos, como si pronunciara un mantra para meditar y así saliera levitando de aquella sala con mi corazón desorbitado.  Calvero en inglés, Terry en español, entre Candilejas te adoré...  Me besó por primera vez en el parque, al segundo día de salir, después de bailar una y cien veces a mi alrededor en una danza de seducción adolescente.  Me hacía tanta gracia… tanta gracia.  Entramos a pasear por el Botánico, quise sentarme en el banco donde mi madre le daba de comer a los patos.  Él se puso con las piernas hacia el otro lado, por debajo del respaldo, su hombro a centímetros de mi hombro.  Giré la cabeza, me miró… me besó.

Salí la primera del cine, sorbí los recuerdos en mi entraña cuando me apoyé en el dintel de aquella puerta que nos vio pasar abrazados.  Estábamos unas veinte personas en la sala, chicos del colegio, seguro que les habían obligado a verla para charlar en clase sobre ella, si no, no me lo explico, también quizá profesores, o a lo mejor amantes maduros que se refugiaban en la oscuridad de un cine antiguo, qué romántico.  No tardó en salir.  Cuando lo vi, le quedaban unos siete pasos para llegar a mi lado.  Oh, querido mío, tomando un café en “La Taberna del Holandés”, recuerdos dulces, me dijo que también sintió mi presencia, que vino sin saber por qué, qué casualidad, su hermana le anunció aquella reposición, y que seguía soltero, dando muchos tumbos, de aquí para allá, que se ganaba la vida cantando, doce discos grabados, y aún guardaba aquella guitarra de nuestros tiempos, de palosanto, que había vivido estos años al compás de las canciones que interpretábamos juntos, todos recuerdos de golpe, allí en la cafetería de al lado, mirándolo embobada, mirándome embobado, dos adolescentes de nuevo, de regreso a los diecisiete, estudiantes de COU éramos, él con una camiseta de Spandau Ballet, azul oscura, yo con mis calentadores de bailarina.  Cantaba “vértigo, que el mundo pare, qué corto se me hace el viaje”. 

Han sido años de espera, de vísperas, de paciencia y amor escondido en ese mundo de las nostalgias que se convierten una y otra vez en realidades que desaparecen, en ese retrato que nunca supiste que era suyo, el que llevo en mi cartera, es él, Ismael, un joven loco, con sus canciones, sus poesías, mis amores y sus amores, y mis ofrendas, esas velas que todos años dedico a San Antonio, ¿lo entiendes?, no había opción posible.  Han sido años de alfombra roja que se extiende y se recoge, donde ahora paso y ahora no, donde tú estabas, donde siempre supiste que no pisarías y donde a cada rato apartabas mis melancolías para convertirlas en guirnaldas, oh, mi cielo…

Sé que leerás esto a la luz de la luna, hoy sobre las diez, cuando vuelvas a casa.  Te dejo todo preparado, la cena en el microondas y la tarjeta de mi abogada al lado de la escultura de Quinn.  No quiero nada, no me llevo nada.

La metamorfosis de un capullo

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.  Se veía en el espejo del armario, tripa arriba, con las patas moviéndose, unos ojos saltones, un pequeño rabo y un derrame de líquido gelatinoso que le salía por la boca.  Podría ser una cucaracha gigante.  A su lado, respiraba pesadamente  Gloria, su mujer.  El reloj de la cómoda, allí enfrente, marcaba en fosforescente las ocho y ocho de la mañana.  Era un domingo de verano, caluroso, a fines de junio.

 Intentó hablar y le salió un ruido sordo, parecía un crujido, entre el croar de una rana y el barritar de un elefante.  El fluido pastoso se expandió por la cama sin poder evitar que llegara hasta la mujer.  Ella se movió inquieta.  El hombre vio de reojo cómo gesticulaba con una expresión de burla.  Seguro que estaba soñando contra él en una de esas historias habituales que después no se cortaba un pelo en narrarle con todo el lujo de detalles, como la del viernes, en la que ella le aplicaba tortura lentamente a modo de venganza.  Según Gloria, Gregorio se lo merecía por sus comportamientos rastreros, de los que provocan repugnancia, náuseas, aversión... 

Tras estas lucubraciones, tomó de nuevo conciencia de que se había convertido en un bicho asqueroso.  La cosa no era baladí porque estaba despierto, naturalmente, y comenzaba a sentir un olor fétido y un sabor extremadamente dulce. Dudaba si avisar a su mujer.  Pero no, no era conveniente; si ella se despertaba en ese momento, probablemente aprovechara para burlarse de él, como si fuera una cucaracha de verdad, y lo metería en una caja de zapatos, por lo que no podría avisar a Cecilia, la gorda.  Su deuda quedaría sin pagar, se le pedirían cuentas a sus herederos y descubrirían su afición ciertamente malsana.  Saldría en los telediarios.

 Siguió cavilando en la cama sin probar a moverse ni a proferir ese ruido extraño de antes. Se puso a analizar los hechos en busca de cabos que le llevaran hacia alguna causa para esa metempsicosis. Recordó que el jueves de esa semana, en la visita semanal al club, un hombre demacrado lo paró a la entrada y le susurró algo extraño, unas palabras de ritual o algo así, un hechizo o una maldición, sonriendo siniestro, con la misma expresión vengativa que Gloria le arrojaba mientras le contaba sus sueños.  Tenía la típica presencia del padre dolido.  Después, la encargada, la gorda, se comportó distante, no como las otras semanas anteriores, que siempre lo trató como un buen cliente,  y no podía ser menos porque pagaba a mes vencido dos mil euros en billetes de quinientos, una alta tarifa por las contraprestaciones que le ofrecían, nada fáciles de obtener en una población de ese tamaño.  En Madrid siempre encontró más oferta, pero, desde que el partido le propuso regresar a su ciudad de origen para liderar la delegación regional, su inclinación no se contentaba fácilmente.

Miró la hora, las nueve y nueve.  ¿La despertaba para que le diera la vuelta y así lograr la posición de andar?  La fuerza de esas patas delgadas no era suficiente para volcar el caparazón.  Las tortugas mueren así.  ¿Y las cucarachas?  De todas maneras, algo le decía que podría revertir el suceso gracias a su secretaria, que siempre encontraba remedio para cualquier dificultad. Volvió a mirarse en el espejo fijamente, escrutando cada milímetro de su nuevo cuerpo, estirando cada pata en su máxima extensión, examinando ese vientre ligeramente inflado.  Ningún problema en su vida había quedado sin solucionar.  Se requería paciencia, dinero y mano izquierda, herramientas que le sobraban.

Aquella chiquilla también le dio mal fario.  Más joven de lo corriente, su mirada no era ni de ingenuidad ni de sumisión.  Quiso rebelarse la muchacha, se le notó cierto temor cuando miró a la gorda, y no se atrevió finalmente a escaparse y ni siquiera a quejarse.  Aunque no tenía pechos, se le adivinaban unos futuros pezones grandes, lo que siempre le gustó… Tez morena, de gitana, pelo rizado en melena corta, mirada para despreciarlo y otra letanía, sonido a conjuro.

Nada más abrir los ojos, Gloria, a las diez y diez, exclamó: “¡Al fin, Gregorio, qué alegría!”.  Es casi seguro que cuando lo aplastó con la lámpara de la mesilla ya habría muerto por culpa de aquella pérdida de secreción tan abundante.

...abrazándola

Duermen las dos, Pascuala desde hace rato y Tomasa acaba de cerrar los ojos.  Les acompaña el silencio romo del hospital y ese olor perpetuo a medicamento que las enfermeras transportan en sus bolsillos.  Han servido pescado para cenar  y las dos se quejaron.

Por la ventana se ve el Canal Imperial de Aragón como una invitación a la escapada en una de aquellas barcas de remos que durante muchos años pasaron por ahí enfrente…. a dejarse llevar hasta el Ebro, hasta el mar… Ahora sólo hay patos engordados por el pan duro que la soledad arroja a través de personas sin amor en su vida o con amor a los patos.

Pascuala lleva algo más de tiempo en el hospital.  Le dio un ictus que le afectó al lado derecho de su cuerpo y al habla.  Desde entonces sólo balbucea y no puede caminar.  Le han prescrito rehabilitación diaria y mucha medicación, ocho pastillas, aunque desde que llegó su compañera actual ha rebajado la dosis del antidepresivo. 

Tomasa se mareó al bajar del autobús.  Cayó sobre el bordillo justo al lado de este hospital.  Le aplicaron cinco puntos de sutura y varias pruebas diagnósticas.  Su hijo es un jefazo en el departamento de Sanidad del Gobierno autonómico y, con su influencia, la dejaron ingresada por unos días.

 

Acaba de entrar la auxiliar para dar vuelta, como siempre hace a las tres de la madrugada, por si acaso, nadie se lo pide.  A ambas les caen bien las personas del Hospital San Juan de Dios, aunque Pascuala refunfuña siempre que entra Ramiro, un médico que le mira las piernas… y ella no se deja:

—Siempre tan coqueta, mujer.  Que tiene usted las piernas bonitas y me gusta verlas… ande, déjeme comprobar si se está haciendo fuerte esta pantorrilla derecha.

—Como que su marido se las besaba de arriba abajo, haciéndole cosquillicas para se pusiera blanda… —apoya la cuestión Tomasa.

Pascuala lanza un gruñido que hace reír a su compañera.

—No te hagas la interesante.  Ya quisiera yo que un chico tan guapo me tocara la pierna entera.

—A usted no, Tomasa, que lo suyo es de cráneo y de cerebro, y los médicos sólo podemos tocar las partes enfermas.

—Mañana mismo me enfermo de la pierna…  Además tengo un dolor en el pecho… —y Pascuala pone cara de ofendida: “qué descocada es esta mujer”.

 

A las ocho de la mañana, Tomasa ya se ha levantado.  Se peina, se pinta y se cambia de camisón.  Después, aún le da tiempo, antes de que llegue el desayuno, para acicalar a su compañera, estirarle la ropa de la cama, colocar el colchón elevado y ponerle la tiorba.  Cuando los auxiliares entran el desayuno, las dos esperan radiantes con la ilusión de que a Pablo, rubio y de ojos verdes, le toque ese servicio.  Para una es el más simpático; para la otra, el más guapo.  Tomasa se fija detenidamente todos los días cómo baja el celador a Pascuala de la cama para ponerla en la silla de ruedas.  Parece que vigila cada movimiento para comprobar que su amiga no siente dolor.  Después, le pone la toquilla por encima de los hombros, se agarra de la barra como si la silla fuera el carrito de un bebé, y salen los tres hacia el gimnasio del sótano.  De lunes a viernes toca ejercicio de rehabilitación.  A Tomasa le dejan hacerlo también por ser madre de quien es, no le corresponde por su dolencia…  y tampoco vivir en el hospital, pero es mejor así para que su hijo esté tranquilo..

Se encuentran bien en este centro, tutelado por una orden religiosa y atendido por personas amables, alguna de ellas monjas que no sonríen mucho, pero atienden con cariño.  Es el hospital de ancianos de la ciudad, lo han reformado, el gimnasio es de última generación y el olor se escapa por unos conductos de aireación que dejan el ambiente con aroma a rosas.  No parece que ahora sea el “recibidor de la muerte para viejos”, como algún periodista irrespetuoso escribió hace unos años en el periódico local.

 

Hoy Tomasa se está atreviendo a bajar de la cama a su compañera igual que han hecho los celadores por la mañana.  Hace buen tiempo y la nueva sala se llena de colorido con los visitantes.  Pascuala merece y necesita ese entretenimiento, además podrá sacarla a la terraza para que le dé el sol y coja un poco de color, que está muy blanquita de tanto hospital.  Sabe que le echarán la bronca, pero le gusta ser una niña mala.  Guarda dulces en el armario, dulces traídos por una asistenta de hace unos años, y que viene una vez cada quince días, vestida de forma diferente en cada visita, porque su hijo dio orden de que no la dejaran ver a su madre.  Este hijo no sabe que la asistenta tiene una tarjeta bancaria para sacar dinero de una cuenta secreta de Tomasa.

La sala se ha construido cerrando una extensa terraza donde desemboca el pasillo de la planta baja.  Tomasa se pone a jugar a las cartas con alguna familia, no porque a ella le guste, sino para que Pascuala, siempre a su lado, se divierta con sus gritos de alegría cuando gana y sus enfados cuando pierde.  Casi siempre lo simula todo, pero le gusta que su amiga pase un buen rato.

Pascuala tiene dos hijos que viven fuera y vienen poco.  Ya hace dos meses que no han visitado a su madre.  Con esto sí que se enfada Tomasa, pero ha conseguido que la asistenta le traiga un teléfono móvil, ha hecho amistad con una chica de la oficina y ya ha conseguido los números de teléfono de los hijos.  Una vez a la semana, marca el de uno y otro, y deja que Pascuala escuche:

—Sí, dígame… ¿Quién llama?...  A ver, escucho, dígame, ¿quién es?

En unas ocasiones puede oír a sus hijos, o a sus nueras, incluso una vez contestó Lorena, la nieta de tres años que se le parece tanto.

 

Acaba de irse Ramiro, el doctor.  A las dos le ha dicho que la cosa marcha bien.  Tomasa a veces se queja de un fuerte pinchazo en la cabeza, aunque los electros siempre le salen correctos.  Ramiro está seguro de que quiere que le palpe la cabeza y se lo dice:

—¡Pues claro que sí, majo!  Sigue, sigue palpando.

Pero las punzadas son de verdad.

 

Hoy es domingo.  En la planta calle está la capilla, no muy grande, coqueta, con algunas vidrieras de colores que hacen la misa más divertida.  Así se lo contaba Tomasa a Pascuala, pero ahora, con el atrevimiento del otro día para llevarla a la sala, de lo que no se enteró nadie, va a repetir travesura y oirán misa las dos juntas.  Esta vez, ocuparán más tiempo en el acicalamiento, porque la asistenta ha traído un cepillo mejor, laca y un perfume caro.

La capilla se llena del aroma que las dos han puesto detrás de sus orejas.

Pascuala mueve los labios, como si rezara.  Le brillan los ojos cuando escucha el Padrenuestro y busca la certeza mirando al sagrario.  ¿O quizá pide consuelo?  En el momento de finalizar el Credo, sujeta fuerte la mano de Tomasa, aprieta.  Sabe que su amiga no cree en estas cosas, le ha contado cómo siente la vida, de diferente manera a la que los curas les contaron de pequeñas, nada de fuego, ni de dolor, sólo amor y entrega, gozo y esperanza.  Tomasa sonríe de una manera diferente, iluminada y agradecida.

 

La asistenta ha recibido un encargo especial.  Debe ir a una dirección escrita en el mensaje al móvil que Tomasa le ha enviado esta mañana.  Ayer, después de la misa, le había llamado para explicarle lo que debía hacer: recoger un paquete pequeño en una joyería de un familiar lejano.

Ya lo tiene.  No lo abre todavía, es por la tarde, acaban de entrar a la habitación después de estar en la sala de visitas bastante rato y la cena llegará en un momento.  Se han lavado las manos.  Esperan.

Es el aniversario de la muerte de su marido, el 10 de noviembre, y Pascuala no ha querido comer.  Lleva dos días sin probar bocado, se cansa en los ejercicios y tiene los ojos vidriosos.  A veces, pierde la mirada en las aguas del Canal, hace esfuerzos para escuchar un burbujeo, suspira.  En esos instantes, Tomasa le acaricia la mejilla porque percibe esas gotas de angustia que su compañera recibe con cada noche, ahora más temprana. 

A las diez y cuarto, ha pasado la enfermera, al poco de empezar su turno de noche para comprobar que se han tomado sus pastillas, que todo va bien, y extrañamente, nunca lo ha hecho antes, arropa a las dos en silencio…

…Silencio y silencio hasta las doce, con las luces de las cabeceras encendidas y con sensaciones nuevas que se bandean en la habitación.  Tomasa se levanta.  Saca la cajita que ha traído la asistenta, le quita el envoltorio, la abre y guarda el contenido entre sus manos.  Pascuala, aún despierta, ha creído percibir un destello en el cristal de la ventana.  Es una piedra brillante:

—Fíjate, Pascuala, qué bonito.  Este diamante siempre ha estado con mi familia, ha pasado de madre a hija… y es mágico.  Te dice cosas… Verás…

Abre sus manos.

—Yo no tengo hijas… ni sobrinas… ni nietas…  ¡Ah, mira!

Parece que la piedra se ilumina.  Quizá sea una ilusión óptica en la noche.

—Mi abuela veía las cosas que le iban a pasar.  Fíjate qué color tan estupendo nos anticipa… azul y blanco, cielo y nubes… como la mirada del ángel que nos viene a buscar…

Lo pone en la mano de Pascuala.

Retira la ropa de la cama y se acuesta junto a ella, la acaricia, le pasa el brazo por debajo de los hombros, pone su mano entre las suyas… y duermen, duermen, duermen...

Querida yaya (una carta de amor)

Querida yaya (una carta de amor)

Edmunda es mi abuela.  Nació en 1905 y rozó los 99 años de vida.  Fue casi madre de su hermano Felipe, ocho años menor que ella.  Se mudó de Alfambra, su pueblo natal, a Calamocha, y a los trece años era doncella para una familia importante que vivía en la calle Alfonso de Zaragoza.  Se casó con José en 1933 y tuvo dos hijas, Josefina, mi madre, y María Pilar, mi madrina.  Enviudó a los 42 años y se puso a trabajar como guardiana de tocador en el Teatro Argensola del Paseo Independencia.  Cuando en 1961 se convirtió en abuela, exclamó: ¡Ay, Dios mío, ojalá pueda verlo comulgar!  Y debe tener influencias por los entornos de allí arriba, porque el ruego se cumplió, no sólo conmigo, su primer nieto, sino con siete más y seis biznietos.  Me llevó de vacaciones a Cambrils, Salou y Navaleno, me compró cientos de pasteles, pero por encima de todo siempre me cogió de la mano cuando algún monstruo de la vida quería meterse conmigo. 

  

Querida yaya Edmunda:

Te estás marchando y te miro… y son dulces tus labios en los recuerdos de los besos que me regalabas para calmar mi angustia en los temores… besos que ahora se derraman en la hora de la despedida. Señora, dama escuchante de confidencias en el tocador del cine Argensola, que esperabas los descansos de la película para que alguna peseta sonara en tu platillo y te alcanzara para el pago del viaje hasta tu casa en el útlimo tranvía…. Ah, bendita cuidadora del aseo de señoras que, viendo la rosa púrpura de El Cairo, le pediste a Mia Farrow, cuando bajó de la pantalla, una moneda de oro para comprarme una breva de nata o una palmera de chocolate.  Y me señalabas a Clark Gable besando a Ava Gardner...  y a Gary Cooper solo ante el peligro, y a Marisol como si fuera mi novia… le habrías pedido un chistecico a Cantinflas, una mueca a Jerry Lewis o una canción a Luis Mariano...  llorabas con Vicente Parra cuando se fue María de las Mercedes y me jaleabas la llegada del séptimo de caballería.

Abuela, me dicen que te echaré de menos.  Oh, no, por Dios.   Tengo tus cabellos, hilos de seda blanca, tengo tus caricias en la nuca y tengo tus canciones de arrullo en las tormentas.  Ya ves, tengo un tesoro que no necesita tu presencia.

No te duela, yaya, la vida que no has vivido.  Descansa más allá del embrujo de tus películas y brilla más que aquella estrella de cine volando sobre mi sueño...

Descansa, descansa... vive más que nunca...  

Te quiero,

 

 Tu nieto José Antonio

La pierna

Le falta una pierna.  Lleva prótesis desde la cadera.  Avanza lentamente, bandeando los hombros para facilitarse el movimiento. La perdió bajo las ruedas de un camión, hace veintidós años, en un cruce peligroso frente a la casa de su novio. 

Es bella.  Mueve la melena, larga y negra, a cada paso.  Si se queda quieta, nadie nota que no tiene la pierna derecha bajo el pantalón, siempre pantalón.  La izquierda es larga, torneada, igual que su talle, espigado, y su cuello, erguido y flexible.  ¡Cuánto le gustaba a su novio esa figura definida, perfil de ideograma chino, sombra de mástil multicolor, caderas puntiagudas!

Siempre sonríe cuando camina.  Lo hace como un gesto espontáneo desde el primer día que abandonó el hospital.  Quiere desviar la atención de su movimiento anómalo enseñando lo más preciado de su naturaleza femenina.  En los tiempos en que se veía entera, apenas le daba importancia a su expresión risueña, sólo Gustavo apreció su sonrisa en una ocasión.

Quiero mirarme en tus ojos

y no ver tus pupilas,

sino sentir cómo tu alma

se enreda en los albores de tu cabello,

tener tu alma entre mis dedos

y extenderla en mi rostro

para saciarme de ti...

tu alma en tus ojos...

 

Recuerda estas últimas palabras de amor como  un insulto del destino.  Fueron la cita para su primera entrega, a las doce de la noche, en la calle Huracán, 33.  Cada palabra resuena en su entraña con estruendo de campana gigante, música del amor que hace veintidós años comenzaba a componerse en la partitura de su juventud.

Ya no siente su pierna ortopédica.  Se ha convertido en esa parte que le da seguridad para entenderse llena en su cuerpo mutilado.  Sonríe, sonríe, mientras la melena le acaricia largamente la espalda en un ir y venir del mundo diestro a la realidad siniestra.  Se detiene frente al semáforo en rojo y, por detrás, ya su pelo parado en vertical, puede verse la figura de sombra chinesca.  ¡Hermosa figura!  Deja de sonreír en la espera.  Cruza mirando al camión que acaba de pasar.

Siente un picor a la altura del tobillo de la prótesis.  Le sucede a menudo, cuando camina rápido y pierde la sonrisa.  Recupera la faz risueña al ver un muchacho apuesto que sale de un portal.  Piensa de nuevo en las palabras de amor, Gustavo, luces en su mente, destellos en su corazón, fogonazo en su voluntad.  Otro semáforo... se detiene... fuerza la sonrisa.

Cruzaba hace veintidós años con el  poema en el bolsillo de su chaqueta.  Lo había recibido en papel azul esa misma tarde.  Lo leyó al salir del baño, desnuda, mojada, con jabón en la pierna derecha.  Vio las burbujas justo con “...tu alma en tus ojos...”.  Detuvo la lectura y se acarició el muslo, última vez para sentir esa piel.  Firmaba: “Tu amor”.  Veintidós años de espera, su edad, para encontrarse con el deseo fundamentado del acto de entrega.  Él decía amarla, ella lo creyó y buscó en el armario su más preciosa ropa interior, la que vieron los médicos en la mesa de operaciones cuando segaron su pierna.  Salió veloz de casa con esa sonrisa que nunca tenía en cuenta y corría hacia los brazos de Gustavo robando horas al sueño para entregarlas a su primer contacto de pasión.  Al otro lado de la avenida, brillaba un farol sobre la puerta de entrada a la casa.  El impulso de su corazón la atrajo hacia su tenue espectro.  Resbaló con la pierna derecha, la impregnada con jabón furtivo, y la colocó sucintamente bajo el verdugo de su amor.

Cada noche, al acostarse –duerme desnuda–, se desabrocha su cinto como un acto rutinario, coloca las dos manos en el muslo de plástico y cierra los ojos con fuerza.  Siempre su corazón late más deprisa antes de separarla.  Siempre evoca las manos de Gustavo.  Siempre deja caer hasta sus labios una lágrima de frustración... y amor.  Sujeta sus dedos al muslo, arquea la espalda, abre los ojos para mirar por última vez del día su cuerpo con forma cabal.  Es un tirón seco.  Deja que gire entre sus manos para colocarla en el pedestal que recoge el pie y la abraza por encima de la rodilla.  Allí la mira.  Se recuesta y con su piel desnuda sobre las sábanas se acaricia el muñón con un desgarro en el vacío... toca la otra pierna, el vello púbico, su sexo, a veces ahí se detiene, y sigue, porque Gustavo se fue y no lo conoció.

Luego duerme, siempre duerme.

Antes de colocarse la prótesis, nada más despertarse, la retira con cuidado de su pedestal iluminado por los rayos de la mañana, radiante como un trofeo, la acaricia con tacto de terciopelo, le pasa su paño blanco, siempre impoluto, y le regala su sonrisa, otra sonrisa.  Ha dormido sin su pierna encarnada, la que nunca tendrá, pero ahora está con ella el sucedáneo que anhela.  Ya tiene la posesión de todo su ser.  Encaja en el muñón y, al notarla en su sitio, derrama una lágrima de esperanza... y desamor.

Gustavo supo del accidente, corrió al hospital y vio el cuerpo mutilado de Floralba.  No volvió a recordar sus palabras tiernas, evitó el desgarro que nacía en su vientre, enloqueció por encima de su paz en ella, lloró mientras buscaba entre las sábanas la pierna perdida.  Floralba, en coma, sentía esa mano sobre su piel: calor, dulzura, pasión...  Pero no se encontró con el tacto de Gustavo, porque él no la buscaba.  El amor se perdió en aquella bolsa negra de plástico que contuvo la pierna destrozada.  Él también se fue.

Ahora revive, mientras llega a su cita con la sonrisa impuesta.  Sus pestañas se humedecen, su lengua recorre los labios estremecidos...  Lleva la mano a su muñón, a su pierna plástica, la toca, quiere sentirse protegida en el sentimiento ahora recordado, en esos ojos del hombre nuevo que la vuelven a mirar.  Se acerca.  Ella lo ve y sonríe, no como antes cuando caminaba, ahora irradian sus ojos.  Él la sujeta por los hombros y mira sus ojos, mira su sonrisa, se inclina y la besa suavemente en sus labios, mientras ella busca en su deseo la sensación de estar entera. 

Caminan cogidos de la mano.  Floralba se aferra para que su movimiento parezca corriente, que su melena permanezca vertical, mientras su sonrisa ya no quiere atraer la atención de ningún transeúnte.  Son pocos pasos hasta el destino final, pero él la detiene y le susurra al oído.  Ella cierra los ojos, se estremece antes de volver a caminar con su desequilibrio natural, pero con la misma sonrisa de antes.

Han avanzado apenas unos metros y entran en un portal que por la noche alumbrará un farol ajado por el tiempo.  Tras la puerta cerrada, él vuelve a prestarle sus labios y Floralba los toma en un preludio de su desnudez.  Ella se abraza, se cuelga de su cuello, no quiere que la pierna de plástico toque el suelo, no puede sentir un cuerpo mutilado en brazos de su amante completo.

La lleva hasta el centro de la estancia y le acaricia suavemente los hombros para sugerirle que se deje caer sobre la alfombra.  Floralba se asusta porque no puede doblar del todo su prótesis, pero él sonríe con su alma.  Se sientan enfrente, se miran a los ojos con las manos unidas mientras la habitación se tiñe de penumbra pudorosa.

Él habla, susurra, y suena su voz partida. 

Floralba se toca la cadera postiza y su pulgar se cuela por la hendidura.  Quiere escuchar más esa voz de hombre para olvidar la cama donde se encontró sin pierna, que retumbe horas y horas para construir las emociones rasgadas, rotas, para que enjugue lágrimas perdidas cada noche, cuando sin la prótesis ya nada podrá detener su grito interior retumbando en las entrañas.

Él la mira.  Quizá sabe lo que está sintiendo.   Descansa su mano en la mejilla de la mujer, acerca los dedos a sus labios. 

Ella no quiere ver.  Recuerda.  Y no puede entregarse, ni es él ni es ella.  Sigue su pulgar en la hendidura y vacila entre deseos contrapuestos, fundir la prótesis con el muñón o desabrocharla para siempre.  Percibe el tacto en su cara, lo espera también en su cuerpo, en su vientre, en su pierna que no está, desea regresar al sentimiento amputado.

Acaricia el hombro de Floralba, aparta la blusa, ahora la desabrocha sin dejar de mirar sus ojos cerrados, que son la fuente del recuerdo con su llanto contenido.  Sujeta la cara con las manos, los pulgares enjugan el desgarro.  Regresa al cabello, la melena que cubre la espalda, ya quieta, descubierta y nota un estremecimiento que le hace bajar los párpados.

Nunca pudo soñar con el instante, cortó sus anhelos en la cama del hospital.  El tacto ya no es sólo tacto, activa su esencia y cada movimiento sutil despierta los resortes oxidados.  Ni siquiera desea respirar porque cada inhalación le provoca temor por el estallido que presiente, temor a equivocarse en la entrega.  Cada sollozo aparta un poco más la resistencia de su cuerpo y le crea vida.

Le quita la blusa, la deja caer en la alfombra, mira el vientre... y ese pantalón que sujeta y esconde la entrega perdida.  Sus brazos le sugieren que se acueste.  El acatamiento del ruego le impulsa a descubrir su piel.  Busca los cierres y encuentra la hebilla que sujeta la prótesis.  Ahora él cierra los ojos, mueve a tientas los dedos mientras su corazón late fuerte en el miedo.  Ya la cadera izquierda al descubierto, ya la piel intuida y la hebilla desabrochada, el muñón al descubierto.  Levanta los párpados, vuelve a cerrarlos, pero el tacto le desvela tanto amor que debe mirar el corte del tronco.  Separa con dulzura la pierna plástica.  Sus labios bajan.

Deja paso a la angustia para que escape con cada caricia.  La desnudez le provoca la misma sonrisa de su caminar.  Siente la punzada de la hebilla y tensa los dedos para ir a buscar de nuevo la protección perdida.  Pero su mano se desvía a su vientre.  Ahora están los labios allí y quizá no necesite más calor.  Deja de percibir su muñón con cada roce. Ya no termina su cuerpo en el corte porque él continúa la caricia en el muslo derecho, su cara interna, la rodilla, los gemelos, el talón, los dedos de su pie.  Y cuando siente su peso ligero encima, su cuerpo invadiendo su entraña, recuerda el farol encendido en el portal y el alma que regresa sin tiempo.

–¿Por qué te fuiste?

–Tu pierna...

–Me la has devuelto, Gustavo.

La fiesta de los payasos

¡TICTAC, TICTAC, TICTAC!

El reloj dice que es la hora.

 

¡TOLÓN, TOLÓN, TOLÓN!

La campana también suena.

 

¡PLAS, PLAS, PLAS!

Todos los niños aplauden esperando la función.

 

¡UUÚ, UUÚ, UUÚ!

La luz se apaga y el público se calla.

 

¡TACHÁN, TACHÁN, TACHÁN!

Una música comienza y el escenario se ilumina. 

 

¡JAJAJÁ, JEJEJÉ, JIJIJÍ!

Allí vienen los payasos con sus risas de colores.

 

 

SON DONLUIS Y CARMIRONE

 

 

 

 

 

 

 

¡TURURÚ, TURURÚ, TURURÚ!

Donluis toca la trompeta y Carmirone se le burla.

¡TUM, TUM, TUM!

Carmirone le molesta con el ruido del tambor.

¡ZAS, ZAS, ZAS!

Y Donluis le abronca fuerte para que se porte bien.

¡AÚ, AÚ, AÚ!

Carmirone se queja y le sale humo de la oreja.

¡TURURÚ TANTÁN, TURURÚ TANTÁN!

Suena ya la orquesta y todos a cantar.

¡TARARÍ, TARARÍ, TARARÍ!

Termina la función y el público está feliz.

¡PLAS, PLAS, PLAS!

Qué bien lo pasamos, otro día volveremos.

 

¡CHAO, DONLUIS! ¡CHAO, CARMIRONE!