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Molintonia

Relatos

Adiós, mi vida

 

      La soledad me lastima en la entraña inexorablemente, con dureza.

  Estoy acariciando mi revólver y su imagen se agarra a mí.

             Lo conocí en el autobús.

         Me miró dulcemente.

        Me siguió en silencio.

       Me enamoré de su boca.

      Le dije ven a mí, ven.

    No puedo vivir sin él.

   Follamos, sí, por fin.

  Ya no va en mi autobús.

 No lo he vuelto a ver.

Lo mataría sin más.

Tengo mucha tristeza.

Ya me voy, amor.

Adiós, mi vida.

  Adiós mi vida.

Después

Se marcha veinte años después, veinte meses después.  Lo esperé miles de días y mil atardeceres de cada sábado, llegó al fin y le doy el adiós para volver a llamar a otros dioses. Nada ha sido como entonces porque los tornos de la vida nos retranquean los corazones.  Sólo me guardo un beso: el de la bienvenida, sólo uno, que me cercenó la entraña como un estallido de la memoria, torso desnudo, glande sabroso.  Francho se apagó como una gota a gota del sentimiento diluido en la búsqueda que no cuajó.  Apuesto, jugoso, alegre… diferente… otro. 

Sin título

Ahí, ahí vive. Es una casa abierta, con las ventanas sin postigos, las puertas sin llave y los muros sin piedra, sin ladrillos, sin adobe… si parece transparente…  El mago vive en ella como quien vive en una cueva al modo de un ermitaño, pero no lo es ni por asomo.  Voy a entrar porque espero que me haga ese encantamiento que llevo tanto tiempo esperando.  Y me he preparado a conciencia, con un brebaje exquisito y una oración jocosa.  No podía ser menos, porque después voy a matar a mi hijo.  No quiero que sufra.

Me dijo que llegara antes hoy, me lo dijo, me lo dijo.  Si le hubiera hecho caso… Ahora está ahí, tumbado, con esa expresión que siempre tuvo tan dulce que ni siquiera la sangre en el vientre le ha cambiado.  Seguro que papá les plantó cara, no lo dudo, pero ahí está, muerto, como hacía años que ya le tocaba… estar muerto, digo.  ¡Ey, ¿qué ruido es ese?!  Un chico está saltando del balcón.  Y lleva un cuchillo.  Voy a por él.  Pero no, mi padre respira.  Sí, respira.  Se me va a escapar.

Sobre tu tumba

Le gusta pasear por cementerios, por aquéllos que están llenos, donde ya no entierran, porque prefiere los muertos con antigüedad, los veteranos como errantes.  Decía: “los nuevos siempre están más asustados y me dan mucho menos morbo”.  En el cementerio de La Cartuja de la Concepción, ya sin plazas para el descanso eterno, está enterrada parte de mi familia junto a mi abuelo Bernardo.  Cuando se lo conté, mostró una alegría desmedida, estábamos en su casa, a punto de salir para el teatro, pero me tiró contra la cama, me desnudó y fornicamos como bestias durante toda la noche. 

Por la mañana, me propuso ir a ver la tumba de mi abuelo, que no es tumba, es un nicho, pero “da igual, será maravilloso, ¿no lo entiendes?, estar entre los muertos de tu sangre.”  Podría decirse que ahí se formalizó nuestro noviazgo, bajo el nicho de losa negra, abrillantado con betún porque al día siguiente se celebraba del día de los fieles difuntos.  “No nos separaremos jamás.  Ya vas a ver Bernardo, oh, mi amor.” Me llamo Pelayo, no Bernardo.

Me dijo que era escritora, que anotaba nombres raros de las lápidas para luego hacerlos protagonistas de sus relatos y que a veces investigaba en su pasado para incluir los datos en el perfil del personaje.  Le animé a que lo hiciera con mi abuelo, y así me serviría para conocer los asuntos secretos de mi familia paterna, que tenía historias de profundidad diabólica.  Se rió con mucha fuerza, soltó carcajadas crecientes, me miró como quien mira a un bebé, me arrastró hacia una esquina apartada y contra una puerta que lloraba con cada empujón logró excitarme para que le provocara dos orgasmos.  “No entiendes nada, Bernardo”.

En un viaje que hicimos de propio para conocer el cementerio de la Chacarita en Buenos Aires, me dijo, después de practicarme sexo oral junto a la estatua de Gardel: “Lástima que tu abuelo tampoco esté aquí.  Me mienten, tus muertos me mienten, incluso a ti te mienten.  Tengo que seguir en la búsqueda de Bernardo, oh, mi amor.  Nos volveremos a ver sobre tu tumba”.

Quiero que me sepulten bajo tierra, nada de nicho, nada de incineración, y que me pongan sobre la losa una imitación de la estatua de Gardel.

Indecisión

Es como si se reflejara lo que ocurre detrás, incluso un asesinato. La pantalla está apagada, por supuesto, el ordenador está estropeado desde hace años, es un XT de Amstrad, me dijo Ernesto, con letritas verdes cuando funcionaba y con esos mandos cilíndricos que ayudaban a centrar la imagen.  Pero Ernesto le ha sacado una nueva utilidad.  Es hábil el chaval.  Hábil, o brujo, diría yo.

Hace un mes se cargaron a la vecina de ahí enfrente.  Mi amigo lo vio todo porque sospechó de una persona que subió con él en el ascensor.  Al llegar a su piso, entró a su cuarto y el pensamiento se le fue a ese acompañante de cabina.  Le entró un temblor y giró la cabeza sin motivo hacia el monitor de aquel ordenador antiguo que guardaba por cariño de cuando trabajaba en la tienda de informática. Lo vio, lo vio todo allí como si estuviera pasando detrás suyo y se reflejara en el cristal que hace de medio espejo.  Ni siquiera llamó a la Policía porque tiene asuntos turbios, no le vayan a trincar.

Estamos los dos en el paro y llevamos ahora unos días entreteniéndonos con lo que vemos por el monitor.  Le nombro a un tipo, lo invoca y de inmediato aparece en la pantalla a modo de visión reflejada con algo de distorsión por la tripa del cristal, como el que tenían las televisiones antiguas.  Somos un poco bordes y esperamos siempre a que haga cosas guarras: que se meta el dedo en la nariz, que se peda, se vaya a mear, o a cagar, que folle, que se haga una paja o que se meta un dedo por el culo.  De todo esto hemos visto, sobre todo de quienes nos caen mal, sobre todo del “Morcillas”.  Ojalá pudiéramos grabarlo y subirlo al youtube.  O mejor aún, venderlo a los programas cutres de la tele, si el prota fuera uno del famoseo.  Nos reímos un montón.

Lo de ayer salió algo chungo.  Ya me advirtió Ernesto antes de llegar.  “Prepárate, que vas a ver lo nunca visto”.  Me imaginé que por fin sabía la hora en que su profe de mates se tiraba al de naturales y lo íbamos a ver en primera fila.  Pero no.  Más fuerte aún.  Pero que muy fuerte.

Ernesto se despelotó sin decirme nada.  Me quedé mudo.  Y se metió en la pantalla, se subsumió.  Lo veía desde fuera como a un personaje de la tele y podíamos establecer buena comunicación, nos oíamos alto y claro.  Anduvo por ahí con el badajo colgando haciendo idioteces.  De pronto, se salió y apareció de golpe junto a mí.  Bromeamos un rato sobre la experiencia sin cortarnos un pelo al imaginar lo que podríamos ir haciendo a partir de ese momento.  Pero le dije que no, que yo no me colaba en la pantalla.  Hasta ahí podíamos llegar.  Me llamó de todo.  Y se volvió a meter.

En poco rato, apareció el “Morcillas” y le pegó tres navajazos en la tripa.  Tampoco voy a llamar a la Policía, así que me he despelotado –joder, espero que no me vea nadie–, me he atrevido a meterme en la pantalla y aquí estoy, esperando a ver qué puedo hacer.

Niñas con abrigo

La niña del abrigo gris, la que juega con la muñeca, le recuerda a Sofía, que cerró los ojos cuando le pidió un beso y, antes de que se rozaran los labios, la chica salió corriendo para contarlo a voz en grito por todo el patio del colegio.

La niña del abrigo verde, la que juega ahora con su amiga en la arena, le recuerda a otra niña que le negó ese beso cien veces hasta que una noche de invierno se lo dio con lengua inquieta como regalo por su santo.

La niña del abrigo azul, la que reniega sin parar, le recuerda a la mujer mayor que le enseñaba los pechos desde la ventana de enfrente y  que, cuando le tocó el timbre, recibió un pescozón antes de oír una carcajada siniestra.

Las niñas, que le abren su memoria como si fuera un melón para encontrar por ahí adentro, rehogándose en las pepitas, esos ligeros cuencos de imágenes donde dejaría reposar sus misterios si alguna vez se dejaran enganchar.

Tiene miedo, en ocasiones, tiene miedo porque si el abrigo es rojo, el melón se convierte en mariposa y se le lleva en el polvo de sus alas algunas de las sensaciones que esperaba repetir y repetir, saborearlas, ponerse sus pelos de punta, disfrutar de los escalofríos o de un vértigo en las tripas. Desde hace varios meses, se le van y se le vienen y, cuando llegan, las quiere atrapar para que permanezcan más rato, ¡leche!, que uno también tiene derecho a las cosas ricas de la vida.

Sus nietos se han ido de viaje, a esquiar.  Su hijo le ha dejado comida preparada porque el matrimonio se ha ido a buscarlos, nada, ida y vuelta en el día, pero como hace sol, después de tantos días con frío, ha salido a dar este paseo, se ha fatigado por la falta de práctica –él, que siempre fue un andarín incansable–, y ahora se le ve sentadico en el banco, muy recta la espalda, el estómago encogido, las piernas juntas, en ángulo recto, cualquiera diría que es una de esas estatuas de bronce que se ponen por ahí sueltas para sorprender a la gente.  ¡Qué abiertos tiene los ojos!

Ya sin sol, pronto porque es invierno, se pone a caminar hacia casa.  Llega hacia una esquina, pero prefiere darse la vuelta, quizá para ir por el otro lado, que hay más anchura en las aceras.  Mira el reloj de una farmacia, que cambia de hora a fecha, de fecha a hora, y sonríe porque mañana es su cumpleaños, creo que es por eso, y ya no tiene los ojos tan abiertos, camina más deprisa, y sus brazos han dejado el regazo para ir bandeándolos, igual que si se lanzara a una de aquellas caminatas largas por el Pirineo que le daban cientos de puntos en su carnet de la Federación Aragonesa de Montañismo.

No tardarán en llegar los chicos.

Camina despacio hacia casa, parece que le cuesta más que antes, va y viene por la avenida, sube y baja la mirada, sube y baja por la acera, se le nota indeciso, con un poquico de miedo, desorientado, pero ya, sí, ha leído el nombre de la calle, agacha la cabeza y marca un rumbo seguro.

Mete la llave en la cerradura, algo dura va,  y ahí que la retuerce dos veces y se le abre lentamente la puerta trayéndole un olor muy raro.

Busca a la izquierda el interruptor de la luz y le cuesta encontrarlo porque parece que no está en el mismo sitio.  Lo pulsa.  Unos focos le sacuden.  Estaba todo tan oscuro y de golpe tanta luz.  Mira la cómoda, siempre lo hace al entrar porque le reciben así las fotos de sus nietos, de su hijo, de su nuera.   Pero ¡alguien las ha cambiado, qué ocurre, se las han quitado, quiénes son esos!

Llega corriendo su hijo, agitado, diciéndole que qué susto, que no estabas en casa, que te habíamos dicho que no salieras, que a ver si te quitas esa llave del llavero, que se va a enfadar tu inquilina, que ya no vives aquí, papá, anda, ven, vamos a casa, que te has vuelto a despistar, y deja ese abrigo rojo en la percha, que no es tuyo.

Animals

Le llegó un sms: “en risotto a las 0.15”. Cerró los ojos con fuerza, se tapó la cara y agachó la cabeza. Por fin recibía la señal, un mensaje a las 0.00 horas de un día 12 de cualquier mes con una palabra que contuviera doble t.  Así se lo predijeron, así se cumplía.  Un ritual.

Empujó tímidamente la puerta, como si al hacerlo estuviera adentrándose en un terreno que sabía prohibido.  Miró a ambos lados de la calle, miró arriba, a los balcones de la propia acera y de la contraria, miró a su propia alma, a su propia entraña. 

No había nadie en el recibidor, la estancia se iluminaba por unas extrañas luces de neón azul que creaban una atmósfera delirante, irreal y sugestiva.  Una cortina de fieltro negro tapaba la visión del interior y las letras del cartel destacaban en blanco las dos tés sobre la oscuridad reinante.  Se apagaron.  Entonces, entró sin más remedio.

Al contrario que lo visto hasta ese momento, muy moderno, minimalista, el pasillo que se abrió tras la cortina se decoraba como si hubiera sido modelado en los años 70, colores sicodélicos, mucha madera y tulipas redondeadas.  Olía a marihuana.

Continuó caminando sobre una moqueta marrón primero, luego roja, después gris o malva, feísimas combinaciones que resaltaban cada dos o tres metros con el alumbramiento difuso de una bombona casi opaca.  El pasillo se arqueaba y ofrecía puertas dobles a la izquierda, parecían entradas a los palcos de un teatro.  Unos metros adelante vio abierta una de ellas.

Se sintió obligada a entrar.

Y al punto de sentarse, se iluminó el escenario para mostrar sobre las tablas una especie de altar en piedra y una mesa a la derecha sobre la cual refulgían dos objetos metálicos. A la izquierda, un trono elevado. En un silencio letal  el foco se apagó un segundo, sólo un segundo.

Ella apareció sentada en un trono, vestida de túnica morada con una melena larga.  Ella misma.  Diez años antes.

Comenzó a sonar Pink Floyd, Dogs, de Animals, su long play preferido y a cada fogonazo del foco, apagado y encendido al segundo, aparecían víctimas arrodilladas, atadas, asustadas, casi muertas.  Ella en el trono, altiva, miraba presuntuosa alrededor esperando a quien debía llegar.

Las víctimas desaparecieron y quedaron charcos de sangre.

Ella esperaba.

Ahora el foco se apagó más tiempo, dos o mil segundos, y después, ella apareció atada en el altar.  Ellos también aparecieron, parecían unos sacerdotes o unos patriarcas o unos guías de amor, con túnicas sujetas a la cintura por cordones dorados.  Y miraban al trono vacío y movían los labios con los brazos abiertos, palmas al techo… 

Quien debía llegar no llegaba.

Más fogonazos… seguidos… ella gritó cuando ellos le clavaron varias veces las dagas que tomaron de la mesa, decenas de punzazos, sangre suya derramada, era la suya, mientras su melodía favorita le envolvía el corazón troceado.

Ya se apagó el foco de continuo.  Se abrió la puerta del palco y desanduvo el pasillo por el que entró, descorrió la cortina, empujó la puerta tímidamente, como saliendo de un recinto prohibido, y quien esperó sin respuesta en el escenario apareció por la izquierda y le pegó un tiro en la sien.

A la vez que tú

Miro hacia la calle, hermosa, hermosa tú, y observo los andares de la gente que pasa por delante de la ventana.  Ellos no ven adentro, fuiste lista colocando estas cortinas porque nunca me gustó vivir en un bajo, pero ahora te lo agradezco, sólo tengo que subir un escalón, que no está nada mal, bien puesto está por si algún día se desbordara el río, como nos pasó aquella vez en los Pirineos…  Hala, nos pusimos de barro como un cristo, corriendo porque casi nos alcanza la riada.  Ya no soy el mismo, lo he admitido hace muchos años, no es para que lo discutas, pero puedo subir ese escalón sin apoyarme en nada, sólo con el impulso de mi pierna, esta pierna de ciclista que tantas veces depilaste a pesar de que te parecía algo mariquita la cosa.

Ellos pasan y no miran adentro, porque no ven nada, tardo mucho en encender la luz, sería así cuando me verían y yo no los vería, pero entonces bajo la persiana del todo, del todo, hasta abajo, ahora que no me reniegas, mujer, que yo respiro bien y el olor a viejo que pueda haber no se nota cuando estás dentro.  Trajín que dura hasta casi las nueve, cuando he dado algunas cabezadas ya, pero no me voy a la cama porque no me dormiría para largo, sólo es que cierro los ojos para tomar fuerza y recordarte de nuevo, bonita mía.

Isidra, la del tercero, está en el hospital, una embolia, tantas varices que tiene, y tantos años; bueno, dos más que yo.  Querían dejarme el gato, pero no he aceptado, con muchas excusas, así que se habrán dado cuenta de que ninguna era cierta.  No lo he aceptado porque a ti no te gustan los gatos.  Ahora da igual, ya lo sé, pero es que ya estoy acostumbrado a estar solo y ese bichejo tampoco hace compañía porque se escapa a todas horas para fisgar en el patio de luces por los ventanucos de los retretes, así se pasa las tardes, que es cuando yo más lo necesitaría; la compañía, digo, el gato no, ni perros, ni pájaros, ya es bastante con el murmullo de la televisión o, te habrás dado cuenta, con esa serenata de Schubert, la que nos cantó la Mónica en las bodas de oro, que te gustó tanto, qué bien canta mi sobrina.  Vino a visitarme el mes pasado, es tan maja la chica, hablamos de esa canción y, aunque está de gira, consiguió hacérmela llegar cantada por ella.  La pongo todos los días a las seis de la tarde, después de merendar, y está en otro idioma, pero recuerdo lo que ella nos contó, que era de un amado a su amada, tierno sueño o algo así.

Estoy triste, bastante triste.  Hace mucho frío y casi no salgo del comedor, me pongo en la mesa camilla con el brasero encendido y, cuando me canso de los cotilleos o de ver los documentales tan sosos, leo poesía… He vuelto a la poesía, bueno, a un libro de poesía, que por mucho que lo leo no consigo entender bien sus versos.  Es el de Pedro Salinas, el que nos encontramos en aquel hotel perdido de la playa, donde casi no dormimos.  Tiene frases que me siguen pareciendo raras, pero como tienen tu olor, las repito y las repito y las repito.  Si me canso, pongo de nuevo la tele, pero raro es el día que con la serenata y con las poesías no me entretengo hasta la cena, con un lloro de cuando en cuando.  Es por el tiempo tan malo, que no salgo y por eso estoy triste.

¿Ves?, hoy me he quemado, no me hago con la cocina por más que quiera, y me duele mucho esta quemadura, ahora le acabo de aplicar un buen chorro de aceite de oliva.  Si es que no puede ser, déjame protestar un poco, no me van nada las faenas de la casa, y gracias que el ayuntamiento me manda esa chica con tanta rasmia, pero lo que tengo que hacer yo…  En fin, lo que siempre digo, me tenía que haber muerto a la vez que tú.  Y no me reniegues, mujer, que no es una herejía, ya me lo he confesado para que no te enfades, pero supongo que cuando lo pienso estoy de nuevo en pecado mortal y me tocará ir al infierno, me da igual, pienso lo mismo, y me iré contigo  estés donde estés, que ya te encontraré; nunca me ganaste cuando jugábamos al escondite.