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Opiniones de lectoras después de leer Silvana

Opiniones de lectoras después de leer Silvana

Enviada la novela a varios lectores con el anticipo que transcribo a continuación, recibí las siguientes opiniones, que he recortado para no hacer espoiler, ya que espero que te animen a leerla. 

“Un primer amor puede convertirse en estigma de pasión o de derrota. Silvana nos lo cuenta treinta y tres años después, cuando se siente capaz de enfrentarse a su propia historia para cerrar cuentas con el pasado.

Con un lenguaje duro, a veces intimista, a veces con humor, siempre directo, se desgranan los hechos de una relación adolescente que se truncó de golpe, pero que encierra secretos revelados con un giro vertiginoso de la trama en una desbordante tensión narrativa.

Nostalgias por el amor sin disfrutar, relaciones familiares rotas, denuncia social, intriga, poesía, canciones, esperanza son algunos de los ingredientes para esta novela corta.

El final, inesperado y truculento, deja al lector con el deseo de volver atrás, repasar los hechos y abrazar a Silvana.”

 

  • Tengo que decirte que te expresas muy bien. Es una novela que engancha porque he sufrido todo el tiempo por Silvana y su final
  • Me gustaría que hubieras dado más detalle del padre de Silvana.  También es muy interesante la vida de Salvador. Creo que tienes mucha base para que la novela sea más larga...
  • La introducción que haces me parece muy, muy buena. El lector encontrará en esas líneas una buena dosis misterio y curiosidad.
  • Quizás sabe a poco. Para ser novela corta es intensa por el contenido.
  • Primero tengo que decirte que me ha gustado la novela. Me había enganchado tanto a la vida de Silvana, que me he quedado con ganas de más. Por lo tanto, has conseguido que resulte interesante. Además ha resultado sorprendente; la estructura me ha parecido muy ingeniosa, porque la segunda historia se va ampliando para al final convertirse en el desenlace. 
  • La razón está en que he llegado a meterme tanto en la vida de Silvana y en la inocencia de un primer amor que no he llegado a pensar que Salvador fuera así.  Quizás por eso me ha gustado tanto el final, por lo sorprendente; no me lo esperaba.
  • Creo que has conseguido lo que querías, una libertad absoluta para que montemos nuestra propia historia.
  • Lo veo para padres de adolescentes y para tertulias. Después de haberlo leído y comentado, da para mucho.

Reseña de Historias de tres mujeres con sombrero rojo

Reseña de Historias de tres mujeres con sombrero rojo

Historias de tres mujeres con sombrero rojo, de Pilar Aguarón Ezpeleta, Marta Navarro García y Ana Rioja Jiménez, Huerga y Fierro Editores / 2020

 

El sombrero es un factor diferenciador. No sólo es funcional, quiero decir. Sirve para proteger la cabeza del sol, de la lluvia o del frío, pero también marca un status en quien lo porta, o quizá un origen o una preferencia. ¿Y si es rojo el sombrero? Atendiendo a la sugerente portada del libro Historias de tres mujeres con sombrero rojo, con fotografía del gran artista zaragozano Luis Simón Aranda, nos podríamos adentrar por ese pasillo/túnel de árboles que nos invita a transitarlo, previa tentación de que nos engalanemos con un distinguido sombrero de fieltro rojo. ¿Y si aceptamos? Me tomo la contestación en positivo y nos supongo entonces como dos seres elegantes (usted y quien suscribe) que cubren su cabeza por estética con un tocado cuyo color carmesí nos llena de fuerza superior para encontrar en cada hueco del sendero una historia de mujer. Edward de Bono, en sus “Seis sombreros para pensar”, nos anima a usar el de color rojo para aplicar la intuición, el instinto; nos dice que expresa emociones y corazonadas. Qué mejor acompañamiento, ¿no?

Se trata de veintitrés historias, cortas, pura literatura en breve, que configuran tres capítulos, uno por autora, para llevarnos de la mano por su mundo interior a través de la creación artística, una aventura que nos ofrecen con la garantía de experiencia y oficio.

Pilar Aguarón Ezpeleta anticipa que sus seis relatos tienen que ver con lo que más me conmueve: la doble moral, el paso del tiempo, la muerte y la libertad. Una de esas historias da título a su sección, El almacén de las vidas robadas. Es Pilar una escritora de estilo propio, contundente, aguaroniano, sin concesiones. Ya en su primer relato, una mujer que va a tener extraña suerte en la vida, se presenta de esta manera: “Mamá, no te preocupes, ya sé que acabaré siendo un ornitorrinco”. Quizá la chica se había dado un paseo por Macondo. Nos dice Pilar que sus protagonistas son mujeres fuertes dueñas de su destino. Y las tiñe de soledad existencial, de mirada a la muerte, a veces lenta, sin temor, con la ojeada lúcida al pasado que enmarca una vida casi siempre escondida.

Marta Navarro García, cuyas protagonistas toman las riendas de su vida —también—, nos hace quitar el sombrero cada vez que sus relatos dan el giro que atornilla la vida, con una tarta y un diamante, por ejemplo, o llamándonos la atención con una tierna imagen de un padre muy cambiado o, sobre todo, contándonos cumplidas venganzas de dos niñas acosadas por ancianas o de un neonazi engañado hábilmente por una joven arriesgada. El pasado, ese impostor que nos regala recuerdos embadurnados de mentiras piadosas, envuelve miradas que van y vienen para frenar y acelerar en la carrera de la vida, hasta que seamos incapaces de ayudar al inmigrante ilegal, en la frontera, donde cualquier defecto inventado en sus papeles, le devuelve día tras otro a los sueños oscuros: “Mañana es nunca. Mañana es un dulce de morfina”.

Ana Rioja Jiménez ofrece un paseo en bajel por un río calmo que esconde algunos rápidos en su cauce. Desde sus recuerdos de infancia y adolescencia —qué delicia para sus coetáneos (¡yo, yo, yo!) recordar la colección Historias Selección de la Editorial Bruguera, los gemelos Zipi y Zape o Lucecita, la última radionovela que logró competir con la televisión—, asistimos a las idas y vueltas de las vocaciones tempranas, a los grupos inolvidables de amigas inseparables que se separan, al dolor de las pérdidas

antes de tiempo, a unas vacaciones en San Leonardo de Yagüe, encantadora villa de Soria, en las que aprendes a montar en bicicleta o a enamorarte del chico más guapo del pueblo. Llegará la tele en color a la vez que la Constitución y resultará muy difícil esconder una lágrima cuando descubramos que una carta de amor secreta es la causante de un remedio equivocado. “La vida iba tan en serio que nos arrolló”.

Son tres escritoras de esa generación que mira desde la madurez un camino recorrido con esfuerzo y afán, con ilusiones donde los devenires de la vida se ofrecen con más generosidad y con más responsabilidad, de esa generación que mira desde su atalaya un camino por recorrer con el deseo de dejar huella, como la de estos relatos que son capaces de provocarnos piedad, sonrisas, amarguras, esperanzas...

La coda del libro es nada menos que un poema de Gil de Biedma que habla de los sueños de juventud, de envejecer y morir como verdad desagradable y único argumento de la obra. Estas Historias van de esto, pero no sólo de esto. Compruébelo y me lo cuenta, por favor. Estoy seguro de que después ya no será lo mismo.

Reseña de Alarma (VV.AA), Imperium Ediciones

Reseña de Alarma (VV.AA), Imperium Ediciones

En marzo de 2020, un día 16, lunes, iniciamos en España, casi a la par que en el mundo entero, un encierro en nuestros domicilios jamás llevado a cabo en la historia de la Humanidad.

Suena a comienzo de novela distópica. Pero la realidad siempre supera la ficción. Y ese arranque bien podría provenir de un libro histórico.

Poner de acuerdo a veintiocho personas independientes para iniciar un proyecto es verdaderamente difícil. Más aún si se trata de cumplir todas sus etapas en menos de dos meses. Quizá esta vez la ficción ha superado la realidad, porque de ficción se trataba el proyecto, y está terminado en menos de dos meses. Se llama Alarma y es un libro en el que veintiséis personas han creado textos con un sencillo lema: el confinamiento. Tres de esos autores, Alfonso, Pilar y José Antonio plantearon la propuesta a la que se unieron los editores Arancha y Raúl, para ir tejiendo esas historias que marcan la visión literaria de lo que provoca o inspira el estado de alarma.

La consigna fue crear un relato corto, de entre 500 y 2000 palabras, inspirado en ese momento excepcional en el que nos sumergimos de golpe, sin preparación ni pa-liativos ni anestesia, cumpliendo las recomendaciones de la OMS para frenar el con-tagio y la expansión de un virus de nombre similar al humanoide R2D2 de La guerra de las galaxias, que se había escapado de algún lugar de Wuhan, una ciudad relevante de China, que desde ahora será más recordada por su asociación con el SARS-CoV-2 que por ser donde cayó la dinastía Qing en 1911, o donde se encuentra la central eléc-trica con mayor capacidad de generación del mundo. Wuhan, murciélago y COVID-19 tardarán décadas o siglos en desasociarse en la memoria mundial.

En este entorno, que cada autor ha imaginado según su musa o vena creadora, se han desarrollado un prólogo y veinticinco historias de otras tantas autorías, de lo que se puede contar lo siguiente.

Entre ellos encontrarás cinco doctorados y un máster, cuatro miembros del pro-fesorado, tres artistas del grabado y/o de la pintura, un melómano, fotógrafo y exedi-tor, dos exgerentes de institución pública y empresa, un exdiputado, una poeta gatu-na... Y las distinciones: tres premios Imán, una doble ganadora en los premios Ciu-dad de Tudela, un Caballero de Ordo Sancti Michaelis in Hispania, un premio Vargas Llosa de relatos, uno de las Letras Aragonesas, dos Ciudad de Zaragoza, un premio

nacional de Periodismo Cultural, y un premiado más de 200 veces en menos de 20 años, todo un récord estilo Rafa Nadal.

Los relatos ─qué voy a decir yo─, son fantásticos, algunos en su doble significado y los demás deberían añadir adjetivos como crudos, críticos, románticos, divertidos, sensuales... Reitero que el requisito de extensión quedó entre 500 y 2000 palabras, y este es el encaje que hemos hecho los participantes en ese encorsetamiento a lo que tan poco dados somos la fauna escritora:

 

  • 1471 palabras es la extensión media, que se sitúa en el percentil 73,5. Es decir, nos vamos hacia cierta verborragia, apurando el permiso.
  • El rango, [771-2411], nos muestra que ninguno ha bajado del límite inferior, ni siquiera se ha acercado, y que uno (es sólo uno) lo supera en un 20%, lo que fue solicitado y autorizado.
  • Hay ocho relatos que están en el último percentil del rango y cinco presentan menor extensión de las 1000 palabras, punto medio del intervalo.

Disculpa los términos estadísticos, pero entenderás esta inclinación a lo numérico después de convivir con esas estadísticas diarias que machacan sin parar, con sus porcentajes comparados, avances, fases, ‘desescalada’, qué horror para quien viene de letras.

Respecto a características llamativas que atraen para la lectura, he detectado las siguientes:

16 relatos nos presentan argumentos con cierta, o consistente, crítica social: desunión, situación de los sanitarios, tratamiento de los ancianos, especial-mente en las residencias, violencia machista, inmigración, incomunicación, manipulación informativa...

  • Seis relatos dan protagonismo a los mayores
  • Cinco nos trae toques fantásticos o surrealistas
  • Cinco reseñan la ceremonia de los aplausos a las 20.00 horas
  • Cinco utilizan la técnica del paralelismo para crear comparaciones o metáforas que nos ayudan al vuelo de la imaginación o de la reflexión: con el movimiento de inmigración, con la guerra civil, con una ceremonia religiosa... o mencio-nando la similitud de términos de Cobi, la mascota de la Expo, con la COVID-19
  • Tres presentan estructura de diario y otros tres, epistolar
  • Tres son románticos, o muy románticos
  • Tres nos elevan la temperatura con toque erótico
  • Tres son jocosos, o incluso estrambóticos
  • Tres refieren distopías / utopías
  • Dos se remiten a la guerra civil española
  • Dos tienen a escritores como protagonistas
  • Dos nos presentan personajes muy prepotentes
  • Uno es una prosopopeya animalista
  • Uno hace referencia directa a una táctica futbolística: el catenaccio

Te vas a encontrar personajes como Leandro Merengue o Desiderio Picaporte, y vas estremecerte con un escuadrón de soldados que entra en una residencia. Leerás cómo un mal polvo (o hermoso para los implicados) provoca un incendio en un garaje, o cómo el incumplimiento del confinamiento da para un ligue esporádico que dispara la creatividad. Te irás de aventuras con Gene Hackman para salvarte del hundimiento de un transatlántico con nombre de dios, conocerás el caso de la mujer muerta que sigue enamorada de Jorge Mistral, te sorprenderás con una asesina y un ladrón que son descubiertos casualmente por los efectos de la pandemia, te morirás de amor con una parejita de mayores que como novios de su época se enamoran de balcón a balcón, o se convertirán tus pelos en alambre cuando imagines la distopía de un español que quiere saltar la valla... hacia Marruecos, y querrás saber cómo un pueblo consigue contener un maleficio desencadenado por concurso de pintura. Tendrás un subidón de esperanza aguardando que pueda cumplirse una utopía para dentro de cien años, o cuando te impulses al futuro próximo en el que recordaremos lo pasado como un mal sueño. Es probable que te alíes con un par de ancianas que van a cometer un delito para salvaguardar su derecho a la vida, y verás cómo es homenajeado a la vez que los sanitarios un veterano luchador contra el franquismo. Te sentirás con argumentos para defender que esta pandemia no es una guerra, que para guerra la de Siria. Podrás irte a Trijueque con nostalgia o recorrer el accionar diario de una poeta. Conocerás al amante de una cantante de moda... y a la madre del amante, escritor, por cierto. Te irás sobrecogiendo con un recién separado que debe cuidar a su padre mayor, y te aliarás con un loro para cantarle las cuarenta a un Presidente. Te confabularás con un severo personaje que le lee la cartilla a su amigo porque ya está bien de ser un meapilas, subirás a una bicicleta que recorre la ciudad de una forma diferente. Odiarás a un pedante que se mofa de sus asesinos, incluso después de muerto, y a unos herederos que rapiñan a una heredera por el coronavirus.

A pesar de que el libro lleva el subtítulo de Relatos desde el confinamiento, no vas a encontrar ninguna cárcel ni querrás encerrarte... salvo en un M Mercedes-Benz GLB 200 azul metalizado, de 163 caballos con asientos de cuero...

Volarás desde el confinamiento, relatos (25).

 

 

NOTA RELEVANTE: el importe de los derechos de autor con una aportación de la editorial irá destinado a disminuir los efectos de esta pandemia.

Reseña de El hombre de camisa blanca y pies descalzos, de Pilar Aguarón Ezpeleta

Reseña de El hombre de camisa blanca y pies descalzos, de Pilar Aguarón Ezpeleta

RESEÑA

El hombre de camisa blanca y pies descalzos, de Pilar Aguarón Ezpeleta.  Editorial La fragua del trovador, Zaragoza, 2020 

152 páginas 

  

La distancia entre los aeropuertos más cercanos de Sydney (SYD) y de Zaragoza (ZAZ) es de 17.446,80 km. Corresponde a un tiempo de vuelo aproximado de 21h 1min.” (Información obtenida en la web es.distance.to).  La ciudad más próxima a las antípodas de Zaragoza es Castelpoint, en Nueva Zelanda, 257 kilómetros del punto exacto, en el océano Índico todavía (muy cerca ya del límite con el océano Pacífico).   Y Castelpoint está a 2.347 km. de Sídney, atravesando el mar de Tasmania. 

Zacarías, el protagonista principal de la última novela de Pilar AguarónEl hombre de camisa blanca y pies descalzos, tiene esos datos como referencia cuando huye desde Zaragoza a Sídney, Nueva Gales del Sur, Australia.  ¿Por qué se escapa este muchacho a sus antípodas de nacimiento sin querer regresar jamás?   

Hace doce años que Pilar Aguarón Ezpeleta irrumpió en el panorama literario con un libro de relatos breves.  Esta es su undécima obra individual, cuarta novela, lo que nos da suficiente bagaje para comprobar cuál es su propuesta narrativa.  En esta última obra puede apreciarse un resultado de autora ya confirmada en su estilo y en su temática.  De hecho, cuando me envió el texto, me dijo: “Es una aguaronada”.  No hay mejor atributo para definirlo.  Quien haya seguido su trayectoria, no se va a sorprender con estas 152 páginas, porque en ella no hay nada técnico ni argumental (evito citar un par, al menos, de sorpresas muy agradables) que no podamos encontrar, y disfrutar, en otras obras de su firma. 

Es también Pilar una excelente pintora y en estas páginas acredita el conocimiento del mundillo de los marchantes y las exposiciones.  Uno de los personajes, sobre el que gira la mayor parte del argumento, Abel Arteaga, es un artista reconocido al más alto nivel internacional.  Y variode sus cuadros son el apoyo estratégico para encauzar mensajes narrativos que la autora quiere enviarnos, por ejemplo un pequeño cuadro de hortensias en poder de la reina Isabel II del Reino Unido, un gran cuadro, titulado Desechos y cotizado en diez millones de dólares, que muestra una vieja maleta junto a un contenedor de basura, y La huida, cuyo contenido da título a la novela. 

Al mejor modo de los Buendía en Cien años de soledad, obra y autor fetiches de Pilar Aguarón, los Arteaga, en cinco de sus generaciones, nos muestran, con dosis perfectamente medidas, sus secretos más ocultos.  El estilo aguaroniano viste con su pluma esas historias truculentas, de idas y vueltas físicas y emocionales, pluma que depura el lenguaje para que nada sobre y nada falte, golpeándonos de vez en cuando con sentencias que hacen vibrar las carnes: 

 

  • “Morir forma parte de la vida” 

  • “Yo vivía sola contra el mundo”. 

  • “Sublimaba la belleza de la derrota”. 

  • “El amor es un lujo que pocos se pueden permitir”. 

  • “Éramos una familia de alimañas sin sentimientos”. 

  • “Todos pertenecemos a nuestra infancia”. 

  • “La nostalgia debería estar prohibida”. 

 

La autora ya ha demostrado, y aquí la reitera, su maestría en el uso de varios recursos literarios que definen su estilo:  

 

  • ...el manejo del tiempo, por el que nos traslada con ritmo vertiginoso en unos momentos como en el primer capítulo, y en otros pausado y melancólico como en el último;  

  • ...el uso de varias voces en primera persona, donde aquí pasan a ser cuatro frente a las once de su anterior novela La vida que vendrá 

  • ...la inclusión de objetos que se convierten en personajes, verbigracia: un caserón, como ya incluyó en su excelente relato El caserón de las higueras, y en la para mí la mejor de sus obras hasta el momento, La casa de los arquillos, y que en esta novela forma parte especialmente del desenlace tierno y dulce, con un torreón pentagonal y una escalinata de mármol; los cuadros citados; un automóvil tan romántico como un Lincoln Continental de los años 30;  

  • ...la referencia a acontecimientos relevantes para fijar la fecha de ocurrencia de cierto hito del argumento, como la final del Campeonato Mundial de Fútbol de 2010, la subasta del mítico guante de Michael Jackson o la edición del LP SgtPepper’s, de Los Beatles.   

  • ...y no quiero olvidarme de citar esa llamada a temas musicales, como hace con Anthem (Himno), de Leonard Cohen para ambientar el estado de la casa matriz de la familia: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”, y a My Sweet Lord, de George Harrison (“que sea esta la canción que suene en mi funeral”), o a películas como Driving Miss Daisy. 

 

Siguiendo así a Pilar, diré que una ambientación perfecta como banda sonora para la película que se base en esta novela puede ser Hacia lo salvaje, de Amaral: 

 

“Ha elegido caminar hacia lo salvaje 

No tenéis ni idea de lo alto que puedo volar”. 

 

Y es que se trata de una historia de huida para la búsqueda de sí mismo.  Zacarías emprende un viaje de 40 años, en el que nunca olvida su origen y al que mira ineludiblemente con la esperanza dentro de su corazón y a su lado, personificada en su nieto Samuel que, además, pone la última voz narradora, llena de mesura y paz, con el reconocimiento de su estirpe y de sus raíces.  Entre medio, nos encontraremos a unas mujeres odiosas (frías, orgullosas y opresoras, ariscas, presuntuosas y desabridas, cerradas, duras y enfermas de resentimiento”), a unos hombres buenos, especialmente, Abel, que prefería la soledad a la fama”, con el contrapunto del padre Céspedes, “un bicho de cuidado, rencoroso, sádico, lascivo e hipócrita”. 

Toda novela tiene un corazón y un alma; cada cual podemos elegir.  Me quedo para el corazón con el personaje de Juanito, que recuerda a la “niña chica” de Miguel Delibes en Los Santos Inocentes entre los brazos de su padre Paco.  Y sí, el alma es Dorotea, una mujer baqueteada por la vida en esa función que su madre le impone rompiéndole el futuro de manera tan desalmada; y le adjudico ese rol porque en ella se sustenta la gran moraleja de la novela —“el rencor es un veneno que consume el alma”, una mujer que de “hosca, antipática y atormentada” se convierte en un ser adorable que asume la aceptación y el perdón como sanadores de su existencia, salpicando el recuerdo con el amor que no pudo ser. 

Esta novela nace, como en su prólogo nos cuenta Ana Rioja, de un relato publicado en la antología Oleaje. Relatos de mujeres que escriben de hombres, el año pasado, que se titula La estirpe de los malditos.  En el tiempo pasado desde su creación hasta la de esta historia, algún hado ha intervenido para que, liberando la maldición familiar, los Arteaga puedan mirar al mundo con filtros s luminosos. 

 

 

“...me atreví a preguntar a mi padre que cómo había podido intimar con una mujer tan hosca. Él, que siempre fue un hombre de pocas palabras, me miró y dijo solemne: 

—Para tener un hijo como tú.” 

Página 92 

 

20 años de Fábulas de Montemolín

20 años de Fábulas de Montemolín

Hace 27 años que terminé de escribir ‘Fábulas de Montemolín, por un ángel extraviado’, la publicación que me reencontró con el deseo, quizá misión, de llegar al público, después de siete años en silencio divulgativo, que no en creación. Es buen momento para recordar los sentimientos que me llevaron a su creación y cómo han sobrevivido a ese número mágico del cuarto de siglo o de las bodas de plata.

Nací en 1961, mis padres vivían en Miguel Servet, 97, bajo, y me crie en el corazón del barrio de Montemolín, de Zaragoza. Mi padre regentó una carnicería en tres locales, el susodicho arriba, después en el 89, al lado del kiosko de la Pilarín, y finalmente en el 85, compartiendo número con el bar de Los Madrileños, cuando arrendó el negocio al señor Hipólito. Sirva esta introducción para demostrar mis orígenes montemolineros y encuadrar adónde dirigí mi memoria para, en las mesas de mármol del Café Tortoni porteño, redactar las líneas de ese libro de relatos que contaba las andanzas reales y esotéricas de un muchacho de doce años que habitaba en otro plano por culpa del desencanto infantil.

Debo entonar un mea culpa. En mi crecimiento, presté casi nula atención al barrio, e in-cluso a mis orígenes familiares. Pudo ser cuestión de desidia o de falta de perspectiva, no sé. La mayoría de las veces valoramos poco lo que tenemos cerca, quizá porque no sabemos mirar a los lados, o nos llenamos de una visión con autoestima diminuta, o no sabemos encontrar elementos de comparación. No pongo más excusas. Tuve que irme a más de 10.000 km de distancia, a Buenos Aires, Capital Federal, para mirar con ‘ojos de ver’ a mi barrio y a mis orí-genes. Lo que llamo ‘ver’ podría definirse como ‘sentir desde el corazón’, expresión que suena a manida y hasta superficial, pero no me importa dejarla aquí porque refleja un sentimiento que alguien llama nostalgia, o morriña, o añoranza por lo que tuvo y no supo apreciar lo que se merecía. En ello entra el barrio de Montemolín.

Gracias a Héctor Varela, un hombre culto del entorno porteño, conocí a varios autores argentinos poco conocidos fuera del país o de la capital, como fue el caso de Alejandro Dolina, un hombre polifacético, agitador cultural, famoso por un programa de radio muy especial (tan especial que a su vez era retransmitido por televisión) y que había publicado ‘Crónicas del Ángel Gris’, un excelente libro de relatos que recoge aventuras del protagonista del título en el barrio porteño de Flores, con los Hombres Sensibles y los Hombres Refutadores de Leyendas. Su lectura me inspiró para crear mi Flores particular (o también mi Macondo) con el Ángel extraviado, los Hombres Encantados y los Hombres Razonables.

Como todo el mundo sabemos, hay sentimientos que no se pueden explicar, adhesiones o apegos que llegan a ser enfermizos por su obstinación en martillear a nuestra voluntad para dejarnos pegados a esas sensaciones que solemos disfrazar de amor. Inconscientemente, somos felices de amar así. Amar a Montemolín es casi como amar en Montemolín a la primera novia o primer novio, sobre todo si también tiene nacionalidad montemolinera (¿qué tal si nos pedimos el carné de identidad específico de estas tierras que llegan desde el bajo Huerva hasta el Ebro de Cantalobos y el escurridero del Canal, por lo menos?)

Ayer me contaron que hay un habitante del barrio, ya mayorcito y nada analfabeto, que no sabe que vive en el barrio de Montemolín. Supongo que hay más así. Qué dolor. ¿Hasta ese punto hemos llegado de indiferencia o descuido?

Existen varios dichos y refranes que pretenden pontificar sobre lo que nos marca la fija-ción de dónde somos. Me voy a quedar con el dicho que remarca ‘somos de donde vivimos la infancia’. Me ha dado por recorrer, con la mente fijada en el sentimiento, las distintas estaciones de mi vida para poder quedarme con ese ‘somos de…’. Infancia, matrimonio, residencia, trabajo, de todas ellas puedo marcar entornos diferentes que podrían ser el atributo de mi ‘soy de…’. Como ya puedes deducir, las tres últimas estaciones sobran, porque declaro solemnemente que ‘soy de donde viví mi infancia’, el barrio de Montemolín, en Zaragoza. Y debo explicar que mis padres no son originarios del barrio, aunque vivían cerca en su soltería, mi padre en la calle Heroísmo, rozando el larguero del barrio, y mi madre en la calle del Salvador (ahora San Luis de Francia), bocacalle de Privilegio de la Unión. Algunos expansionistas hasta podrían incluir ambos lugares dentro de los límites del barrio. En fin, que quiero decir que en mi casa no se vivía intensamente la pertenencia, más bien nada, y mis primeros atisbos para buscar una raíz se iban a la Torre Olivera, en los confines del barrio para no ser inexactos, cuna de la familia materna de mi padre, los Rodrigo, y después a Calamocha y aledaños por mi abuela materna Edmunda, e incluso a La Cartuja, adonde viven descendientes de mis ancestros Prades, de quienes nos desvinculamos familiar y emocionalmente por un típico problema de hurto de herencia, cosas que probablemente tengan que ver con deudas kármicas del transge-neracional (palabras de mi amiga Teresa Escartín, mejor pedir explicaciones a ella). Mi abuelo paterno, Bernardo, y parte de su rama familiar, está enterrado en el cementerio de La Cartuja Baja (o de la Concepción), enclave que los dichos expansionistas también colocan dentro del dominio del barrio de Montemolín (lo cual apoyo, ya que prueba irrefutable es que el polígono industrial frente al cementerio lleva el nombre del barrio).

En este momento, que es lo único que cuenta, confirmo: ‘soy del barrio de Montemolín’.

Viví mi infancia primigenia dentro de la plaza de Utrillas, en su diseño antiguo, con un hexágono abordillado que a su vez se abría en cuatro pasillos que, a modo de radios geométricos, te llevaban hasta la fuente de hierro central, a cuyo alrededor se abría un anillo que permitía deambular pegado a sus bordes, y que tenía otro paralelo unos metros hacia afuera, donde los pequeños teníamos permitido circular a nuestra gran velocidad sobre bicicletas, patines y patinetes, sorteando a los jugadores de marro-pañuelo o a los de chapas. Estos últimos se colocaban a horcajadas sobre los otros bordillos interiores, que delimitaban unos parterres que contenían algo de hierba y otros arbustos parecidos a los ombús con recias hojas verde oscuro. A las chibas se jugaba dentro de esos parterres, haciendo los guás con los tacones o con las uñas de los chicos más dotados de anchura y fuerza en los dedos. Al taco podía jugarse en cualquier entorno de la plaza, igual que a los montones o a la taba, para lo que se hacían círculos que podrían considerarse aquelarres. Por las afueras del hexágono, lugar que en mis primeros años era aparcadero de coches, lo que luego se prohibió, era el lugar para los partidos de fútbol, carrera de bicicletas para mayores de siete años, lanzamiento de caña… También recuerdo que jugábamos a Tarzán, a papás y a mamás, y, ¡ojo al dato!, a ‘Viaje al fondo del mar’ jugábamos en la acera que bordeaba el frontal del edificio de la estación, ya cerrado, como los edificios laterales de viviendas, que eran cuidados por el señor Benito, gastador de muy mala leche, sobre todo cuando rompíamos cristales a pedradas. Las barras de sodio que neutralizaban al reactor nuclear del submarino estaban dibujadas con tiza bajo los pretiles de las ventanas del edificio. Me gustaba ser el capitán Lee.

El recuerdo te lleva a lugares de tu entraña y te saca escalofríos o pelopuntazos, lágrimas o suspiros, te lleva a vaivenes del amor al miedo y del dolor al placer. Mirar al pasado sin esconderte del presente te garantiza un futuro más claro y una enseñanza en la que tú mismo eres el maestro.

Cuando mi universo infantil se amplió más allá de la plaza Utrillas, exploré lugares inéditos del barrio, como el escorredero, Pinarcanal, la filla, Cantalobos… con incursiones en bicicleta que simulaban carros de combate o cazabombarderos que dominaban los caminos y los espacios para salir vencedores, siempre vencedores, de batallas quijotescas que nos hacían mantener la imaginación despierta. Nos íbamos en avanzada hasta la ribera del Ebro para espiar a parejas que habían adelantado la revolución digital (dedos al ataque o a la defensa), para re-crear conquistas de castillos lejanos como la fábrica de cementos, o establecer partidas aven-tureras desde el apeadero de Miraflores, o buscar sin éxito la subestación eléctrica donde creíamos que podía fraguarse la invasión extraterrestre de la ciudad. También hurtábamos, con cierto permiso, regaliz de palo en la fábrica del camino del Junco.

Qué más da dónde pongamos la fantasía. Qué más da el contenido si lo que importa es el continente, preferiblemente de amplio volumen para que allí podamos meter más ilusiones, más sueños, más utopías, más esperanzas, más anhelos.

Ser del barrio de Montemolín es un orgullo. Montemolinero. Montemolinera. Los amo-res se cuelan dentro y, con la generosidad de su propia definición, debemos extenderlos para que ese chico que ayer me contaron que no sabía que vivía en el barrio más entrañable del universo universal (¡hasta el infinito y más allá!) se embadurne de la espuma histórica que rezumamos a rabiar y que se empieza a extender, todavía sigilosamente (aguarda, aguarda, que vamos sin freno), por los registros y las memorias de quien se atreva a escuchar.

 

En el barrio de Montemolín de Zaragoza, a 30 de julio de 2021

Sinopsis de Silvana

Sinopsis de Silvana

Silvana es una mujer de cuarenta y cinco años, con una buena posición social, dedicada al diseño de moda, que en cuanto acaba de morir su madre, intentando deshacerse de fantasmas enquistados, narra en primera persona su único amor, ocurrido en 1982, cuando contaba doce años de edad. Salvador fue su primer novio, el muchacho del primer beso, del primer tacto, que deja huella para toda la existencia. También está Beatriz, la íntima amiga que le acompaña muy de cerca en ese despertar adolescente. Silvana, Salvador y Beatriz formaron un triunvirato de consecuencias impensables

A partir del primer cuarto de la novela, aparece otra voz plana e insensible, incrustándose a modo de informe policial, que nos va narrando otra historia, en la que el lector se va encontrando datos que coinciden con lo que cuenta Silvana y que ocasionan el descubrimiento paulatino de ciertos hechos que tintan de terror los pasajes recordados. Ambos hilos narrativos se entrecruzan dejando señales de cómo se interrelacionan. Silvana está pasando por un crudo momento emocional y lo transmite con su forma de contar aquellos instantes tan románticos en su hallazgo del amor, mientras ese informe hace de contrapunto en estilo y contenido para ir moviendo la balanza de las sensaciones, sin llegar a equilibrarla en ningún momento.

Trata del amor y de la pasión en compañía del sexo, del abandono físico y emocional de los padres, del delito más execrable que puede producirse en este mundo y de la hipocresía social. Penetra en los bajos fondos y en las miserias del ser humano para desenmascarar un submundo con escenas escabrosas, unas de iniciación, otras repletas de un desprecio abominable. Denuncia cómo los estratos más poderosos son capaces de usar sin la menor empatía a otras personas para procurarse su bienestar.

En resumen, sus líneas revelan una historia intensa, desgarrada, que se sumerge en los impactos psicológicos que dejan unas relaciones familiares llenas de dureza, y en la que el lector vive con la protagonista su amor adolescente desde una viva y ágil narración que profundiza en la soledad y el dolor provocado por hechos lejanos que, aún treinta y tres años después, causan sentimientos contradictorios. Y el giro que le da a la historia la segunda voz deja huecos en la trama que deberán armarse en la propia imaginación de quien va bebiendo la historia…

Esta novela ha resultado ganadora del III Concurso Literario "El Trallo", convocado por la Comisión de Cultura y Juventud del Ayuntamiento de Grisén (Zaragoza), edición de 2016.

 

El coronavirus y el amor

El coronavirus y el amor

A veces silencio la palabra amor. A veces la cambio por cariño, afecto, solidaridad. Y lo hago porque mi pudor responde todavía a la educación masculina ancestral de que lo sentimental pertenece al mundo femenino y no al mío. Y es verdad, pertenece al mundo femenino, pero no a las mujeres. He aprendido a diferenciar a lo masculino de los hombres y a lo femenino de las mujeres, pero no voy ahora a hablar de esto. Sirva de introducción para hablar de amor.

Quizá debiera escribirlo con mayúscula: Amor. Así podría diferenciarse de la acepción más común que usamos en nuestro lenguaje cotidiano, el amor de pareja.

Alguien (gracias) me aclaró que el amor (Amor) no es un sentimiento, es un estado. ¿Estás o no estás... en el amor? Y también me aclararon que el amor no es enamoramiento, y que el amor no es posesivo, ni violento, ni empieza o acaba... Me costó entenderlo porque estaba lleno de creencias impuestas por nuestra sociedad, que, consciente o inconscientemente, nos programa para quedarnos en nuestra superficie y enfocar nuestros comportamientos hacia la supuesta realidad que vemos, oímos, palpamos, olemos o gustamos. No creo que la realidad sea lo que nuestros sentidos externos perciben; está demostrado científicamente, pero los realistas lo discuten, es decir, la realidad que los realistas defienden está refutada por la Ciencia en que apoyan sus argumentos. Quizá el sexto sentido, la intuición, aparece como herramienta más idónea para percibir el mundo, la existencia.

La intuición me dice que vamos a salir del coronavirus con una dosis de amor en vena tal que superará en porcentaje inconmensurable la que ahora sabemos expresar. Estoy dispuesto a escuchar ¡iluso!, ¡romanticón!, ¡sentimental!, ¡feminoide! Ya con oídos esquivos, intentaré explicar a qué refiero.

Sé que no hace falta una referencia a los aprendizajes directos que estamos adquiriendo con la crisis, porque vuelan por la red cientos de mensajes que con más o menos enfoque práctico nos los expresan a diario. También mi amiga Pilar Aguarón Ezpeleta se ha referido a los científicos como los salvadores del momento. No voy a negarlo, por supuesto, pero nada en nuestra especie humana puede consolidarse si no evidenciamos el amor (Amor). Evidenciar es hacer consciente, dejarlo salir de nuestra costra interna con el conocimiento de que su tránsito discurre porque lo deseamos así. También vale si es inconsciente, pero entonces el nivel de aprendizaje es chiquitín. Alcanzar la sabiduría no es llenarse de conocimientos intelectuales, es comprender desde la intuición (algunos dicen 'desde el corazón') que todo lo adquirido por la mente sólo sirve para la vida en la Tierra si lo aplicamos con amor. El amor como estado actúa de catalizador para enfocar las acciones al objetivo supremo que tantas teorías filosóficas o espirituales nos ha mostrado con relativo éxito: 'vivir en la unidad', 'ser uno', ''no hagas al otro lo que no quieras para ti', 'ama al prójimo como a ti mismo', 'haz el bien y no mires a quién', 'ama y haz lo que quieras'...

Vuelvo al coronavirus. Que tengan que trabajar los científicos (incluye mujeres) para superar esta crisis y lograrlo gracias a ellos es fundamental para eliminar el miedo. El miedo es el opuesto del amor. Hay quienes nos dicen que solo hay dos estados: el miedo y el amor. Cuanto más miedo sentimos, menos amor desprendemos... y viceversa. A esta crisis, los psicólogos la están llamando 'la crisis del miedo', que nos hace ser irracionales, egoístas, agresivos. Y por otro parte, son infinitos los actos que se van oponiendo a ese sentimiento, actos de amor, que son los de una sociedad sana, abierta, comprometida, auténticamente humana (y valga la extensa significación del término).

Seamos conscientes de que cuando la crisis acabe, si mantenemos conscientemente los actos de amor y los aplicamos para que desaparezca el dolor del mundo, habremos entendido lo que ese pequeñajo tan feo ha venido a enseñarnos, después de que hayamos despreciado tantos avisos: que si el otro ser está bien, nosotros estamos mejor... y la Tierra también.

Namasté.

Poemas como hechizos

Poemas como hechizos

El 16 de noviembre del año pasado, subió a la luz mi abuela Dora.  Había nacido en el 36, a la vez que empezó la guerra civil española, pero ni ella la sufrió ni nos la nombró a los nietos en las narraciones de su vida, más llenas de anécdotas graciosas que de sufrimientos o letanías de culpa.

Podría decirse que mi abuela Dora fue una bruja.

Soy hijo de su hija menor, la que pudo heredar sus poderes, pero que ha preferido encauzarlos a una cosa que llaman reiki, que consiste en aliviar dolores y enfermedades con imposición de manos, como enfermera en la Seguridad Social, en cuidados intensivos del Hospital Miguel Servet.

Quiero contar en estas páginas una de sus aventuras, la que destapó mi curiosidad para hacer más preguntas sobre esa condición esotérica.  Anticipo que no tienen respuesta y que las sigo haciendo, por lo cual, si usted es persona avezada en este asunto, le ruego ya mismo que lea lo siguiente con esmero y, si le es posible, me haga llegar su opinión.  De no tener conocimientos en la materia, espero que le sirva para seguir investigando y así pueda entender mejor la primera frase de este relato.

Mi abuelo José, al que no conocí porque falleció unos años antes de nacer yo, aparece en esta historia allá por 1950, cuando conoció a mi abuela.  Vivían los dos en Zuera, un pueblo importante que está a unos 30 kilómetros de Zaragoza y a 125 del monasterio viejo de San Juan de la Peña.  Es importante este último dato.

Dora viene de Adoración y, según cuenta mi madre, el nombre le venía ‘al pelo’, porque era una mujer que se merecía ser adorada por su bondad y su ternura.  Quizá usted se pregunte por qué entonces he escrito antes que ‘podría decirse que mi abuela Dora fue una bruja’.  No quiero cambiar el calificativo, pero no era una bruja como la de los cuentos.  No practicaba magia negra ni hechizos ni sortilegios.  Ahora podría llamarla hada, hechicera, maga, nigromante o taumaturga.  Descarto sibila, vidente o adivinadora.  Me atrevería a aceptar alquimista.  No conozco detalles suficientes, pero me guío por la intuición sobre lo que mi madre cuenta, no mucho.  Era una bruja buena.

Tuvieron un noviazgo tradicional.  En aquellos tiempos, una pareja de adolescentes que se convertían en novios se ponía en el ojo del huracán de las comadres, y más en un pueblo, donde las habladurías corren como agua en río de montaña y, a falta de otros temas, configuraban el repertorio de los chismes que hoy nos ofrecen tan desvergonzadamente ciertos programas de televisión.  Entonces, un noviazgo tradicional suponía pasear juntos, tomar chocolate con bollos, quizá una copita de anís con rosquillas y alguna conversación a través de la ventana baja, con reja, por supuesto, después del atardecer.  Hacer otras cosas significaba ser la comidilla en esos círculos inquisidores.  Ser novios ‘como Dios manda’ tampoco significaba librarse de entrar en esas conversaciones, pero era más fácil encontrar defensoras que no permitieran contar mentiras, como se hacía con los ‘descastados’ para darle más ambiente a las tertulias.

Mis abuelos, ambos hijos de familias con posibles, que se decía entonces, es decir, con capacidad económica para evitar que los niños trabajaran antes de la edad correspondiente, pudieron estudiar hasta los catorce años, algo raro en esa época, y tuvieron una maestra que les enseñó a amar la poesía.

Mi abuela creía en la alquimia del amor —de ahí esa posible denominación de alquimista que he nombrado—, y además defendía que los mejores embrujos para enamorados podrían hacerse con poemas, ya fueran propios o ajenos. 

Se casaron con veintisiete años ambos.  Y disfrutaron de su luna de miel nada más terminar el convite de la boda.  Tenían reservado el hotel en Ansó, al Norte de Huesca esquina con Navarra, pero realizaron en el camino unas paradas algo especiales, sobre todo la del Monasterio de San Juan de la Peña.  Esta joya románica se alza cerca del Pirineo oriental aragonés.  Existen investigaciones que asignan a ese lugar cierto poder telúrico, como de conexión con otros mundos, un agujero de gusano.

De lo que he podido recordar de las historias que contaba mi abuela y lo que he sonsacado a mi madre, muy poco porque no le gusta hablar de estos temas, puedo escribir un relato de lo que ocurrió y que te deja con el gran estupor que he anticipado.

El vehículo del viaje fue un Seat 600-D, nuevecito, de las primeras unidades de ese modelo, regalo de mi bisabuelo Andrés a su hijo José.  El viaje se desarrolló en varias etapas.  Pero la primera parada ya empezó en Zuera, bajo el arco de la Mora.

Continuaron por una carretera poco habitual que transcurre algo más al Este que la nacional y que va a encontrarse en Ayerbe con una de las dos que unen a Jaca con Huesca.  Cerca de allí se produjo la siguiente parada, a las puertas de otra joya románica, el castillo de Loarre.  

Siguiendo esa ruta hacia la Peña Oroel, antes de llegar al puerto de Santa Bárbara, se alzan majestuosos los mallos, enormes rocas de gran altura, de Riglos.  Desviándose hacia su cumbre, existe una pequeña llanura desde donde se aprecia un paisaje extraordinario.  Allí fijaron la siguiente etapa del viaje.

Y con esas vistas, uno al otro se leyeron estos poemas, que mi madre finalmente accedió a darme, tras un interrogatorio bastante profundo en el que investigó sobre lo que sabía de mis abuelos:

 

Amor de trigo y mies, compañero en la ascensión,

te entrego sin apego mis caricias de luz y espigas,

vibro desde mi entraña sagrada hasta tu corazón enardecido

para prender la lumbre del hogar que ahora creamos.

Somos seres en el camino que la nada crea para nosotros

con el aura brillante del poder que nos otorga el cielo.

 

Alma serena que nunca duda en el sendero luminoso,

tengas como tuyo el aliento que ofrezco al Universo

para mirar ahora mismo lo que el futuro y el presente

son capaces de crear en este mismo punto de la Tierra,

donde el sol venturoso y la luna quieta ya no son distintos

porque brillan al unísono como nuestros cuerpos en la luz.

 

Ya has leído dos paradas en edificios laicos.  Esta última ocurrió entre enormidades naturales que elevan la consciencia del momento.  De ahí, pletóricos de pureza, se acercaron al agua del pantano de Santa María de la Peña, a su largo túnel, al puente colgante. Y repitieron el ritual, largo rato de meditación y cánticos de mantras, pegaditos a la orilla.

Según esa ruta, llegarían al monasterio por la sinuosa carretera que discurre entre árboles perennes que dotan de frescor y sonrisa al camino, quizá ya al caer de la noche —se casaron en diciembre, el 15—.  Hacía frío, me contó.  Se las arreglaron para entrar al edificio, vacío y solitario.  Iban a pasar ahí la noche, al mejor modo de los aspirantes a caballeros que velan las armas. 

Luna llena radiante.

En el claustro, en diagonal a la capilla, bajo un capitel con figuras diluidas, pronunciaron abrazados estos versos:

 

La luna como testigo mira en nosotros

la esencia humana y la esencia divina

para vivir en tu luz. ¡Sea el amor consagrado!

 

Repitieron tres veces a modo de conjuro. Después, en el silencio que sonaba a música, mi abuela se elevó hacia el cielo iluminado.  No es metáfora.

Despertaron al amanecer junto al tabernáculo del Santo Grial.

Me dice mi madre que mis abuelos santificaron el amor.

Me dice mi madre que el cuerpo de mi abuela Dora no está en el ataúd, nadie sabe cómo desapareció. 

 

Incluido en el libro colectivo Trobada, Imperium Ediciones, 2020