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Molintonia

La metamorfosis de un capullo

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.  Se veía en el espejo del armario, tripa arriba, con las patas moviéndose, unos ojos saltones, un pequeño rabo y un derrame de líquido gelatinoso que le salía por la boca.  Podría ser una cucaracha gigante.  A su lado, respiraba pesadamente  Gloria, su mujer.  El reloj de la cómoda, allí enfrente, marcaba en fosforescente las ocho y ocho de la mañana.  Era un domingo de verano, caluroso, a fines de junio.

 Intentó hablar y le salió un ruido sordo, parecía un crujido, entre el croar de una rana y el barritar de un elefante.  El fluido pastoso se expandió por la cama sin poder evitar que llegara hasta la mujer.  Ella se movió inquieta.  El hombre vio de reojo cómo gesticulaba con una expresión de burla.  Seguro que estaba soñando contra él en una de esas historias habituales que después no se cortaba un pelo en narrarle con todo el lujo de detalles, como la del viernes, en la que ella le aplicaba tortura lentamente a modo de venganza.  Según Gloria, Gregorio se lo merecía por sus comportamientos rastreros, de los que provocan repugnancia, náuseas, aversión... 

Tras estas lucubraciones, tomó de nuevo conciencia de que se había convertido en un bicho asqueroso.  La cosa no era baladí porque estaba despierto, naturalmente, y comenzaba a sentir un olor fétido y un sabor extremadamente dulce. Dudaba si avisar a su mujer.  Pero no, no era conveniente; si ella se despertaba en ese momento, probablemente aprovechara para burlarse de él, como si fuera una cucaracha de verdad, y lo metería en una caja de zapatos, por lo que no podría avisar a Cecilia, la gorda.  Su deuda quedaría sin pagar, se le pedirían cuentas a sus herederos y descubrirían su afición ciertamente malsana.  Saldría en los telediarios.

 Siguió cavilando en la cama sin probar a moverse ni a proferir ese ruido extraño de antes. Se puso a analizar los hechos en busca de cabos que le llevaran hacia alguna causa para esa metempsicosis. Recordó que el jueves de esa semana, en la visita semanal al club, un hombre demacrado lo paró a la entrada y le susurró algo extraño, unas palabras de ritual o algo así, un hechizo o una maldición, sonriendo siniestro, con la misma expresión vengativa que Gloria le arrojaba mientras le contaba sus sueños.  Tenía la típica presencia del padre dolido.  Después, la encargada, la gorda, se comportó distante, no como las otras semanas anteriores, que siempre lo trató como un buen cliente,  y no podía ser menos porque pagaba a mes vencido dos mil euros en billetes de quinientos, una alta tarifa por las contraprestaciones que le ofrecían, nada fáciles de obtener en una población de ese tamaño.  En Madrid siempre encontró más oferta, pero, desde que el partido le propuso regresar a su ciudad de origen para liderar la delegación regional, su inclinación no se contentaba fácilmente.

Miró la hora, las nueve y nueve.  ¿La despertaba para que le diera la vuelta y así lograr la posición de andar?  La fuerza de esas patas delgadas no era suficiente para volcar el caparazón.  Las tortugas mueren así.  ¿Y las cucarachas?  De todas maneras, algo le decía que podría revertir el suceso gracias a su secretaria, que siempre encontraba remedio para cualquier dificultad. Volvió a mirarse en el espejo fijamente, escrutando cada milímetro de su nuevo cuerpo, estirando cada pata en su máxima extensión, examinando ese vientre ligeramente inflado.  Ningún problema en su vida había quedado sin solucionar.  Se requería paciencia, dinero y mano izquierda, herramientas que le sobraban.

Aquella chiquilla también le dio mal fario.  Más joven de lo corriente, su mirada no era ni de ingenuidad ni de sumisión.  Quiso rebelarse la muchacha, se le notó cierto temor cuando miró a la gorda, y no se atrevió finalmente a escaparse y ni siquiera a quejarse.  Aunque no tenía pechos, se le adivinaban unos futuros pezones grandes, lo que siempre le gustó… Tez morena, de gitana, pelo rizado en melena corta, mirada para despreciarlo y otra letanía, sonido a conjuro.

Nada más abrir los ojos, Gloria, a las diez y diez, exclamó: “¡Al fin, Gregorio, qué alegría!”.  Es casi seguro que cuando lo aplastó con la lámpara de la mesilla ya habría muerto por culpa de aquella pérdida de secreción tan abundante.

...abrazándola

Duermen las dos, Pascuala desde hace rato y Tomasa acaba de cerrar los ojos.  Les acompaña el silencio romo del hospital y ese olor perpetuo a medicamento que las enfermeras transportan en sus bolsillos.  Han servido pescado para cenar  y las dos se quejaron.

Por la ventana se ve el Canal Imperial de Aragón como una invitación a la escapada en una de aquellas barcas de remos que durante muchos años pasaron por ahí enfrente…. a dejarse llevar hasta el Ebro, hasta el mar… Ahora sólo hay patos engordados por el pan duro que la soledad arroja a través de personas sin amor en su vida o con amor a los patos.

Pascuala lleva algo más de tiempo en el hospital.  Le dio un ictus que le afectó al lado derecho de su cuerpo y al habla.  Desde entonces sólo balbucea y no puede caminar.  Le han prescrito rehabilitación diaria y mucha medicación, ocho pastillas, aunque desde que llegó su compañera actual ha rebajado la dosis del antidepresivo. 

Tomasa se mareó al bajar del autobús.  Cayó sobre el bordillo justo al lado de este hospital.  Le aplicaron cinco puntos de sutura y varias pruebas diagnósticas.  Su hijo es un jefazo en el departamento de Sanidad del Gobierno autonómico y, con su influencia, la dejaron ingresada por unos días.

 

Acaba de entrar la auxiliar para dar vuelta, como siempre hace a las tres de la madrugada, por si acaso, nadie se lo pide.  A ambas les caen bien las personas del Hospital San Juan de Dios, aunque Pascuala refunfuña siempre que entra Ramiro, un médico que le mira las piernas… y ella no se deja:

—Siempre tan coqueta, mujer.  Que tiene usted las piernas bonitas y me gusta verlas… ande, déjeme comprobar si se está haciendo fuerte esta pantorrilla derecha.

—Como que su marido se las besaba de arriba abajo, haciéndole cosquillicas para se pusiera blanda… —apoya la cuestión Tomasa.

Pascuala lanza un gruñido que hace reír a su compañera.

—No te hagas la interesante.  Ya quisiera yo que un chico tan guapo me tocara la pierna entera.

—A usted no, Tomasa, que lo suyo es de cráneo y de cerebro, y los médicos sólo podemos tocar las partes enfermas.

—Mañana mismo me enfermo de la pierna…  Además tengo un dolor en el pecho… —y Pascuala pone cara de ofendida: “qué descocada es esta mujer”.

 

A las ocho de la mañana, Tomasa ya se ha levantado.  Se peina, se pinta y se cambia de camisón.  Después, aún le da tiempo, antes de que llegue el desayuno, para acicalar a su compañera, estirarle la ropa de la cama, colocar el colchón elevado y ponerle la tiorba.  Cuando los auxiliares entran el desayuno, las dos esperan radiantes con la ilusión de que a Pablo, rubio y de ojos verdes, le toque ese servicio.  Para una es el más simpático; para la otra, el más guapo.  Tomasa se fija detenidamente todos los días cómo baja el celador a Pascuala de la cama para ponerla en la silla de ruedas.  Parece que vigila cada movimiento para comprobar que su amiga no siente dolor.  Después, le pone la toquilla por encima de los hombros, se agarra de la barra como si la silla fuera el carrito de un bebé, y salen los tres hacia el gimnasio del sótano.  De lunes a viernes toca ejercicio de rehabilitación.  A Tomasa le dejan hacerlo también por ser madre de quien es, no le corresponde por su dolencia…  y tampoco vivir en el hospital, pero es mejor así para que su hijo esté tranquilo..

Se encuentran bien en este centro, tutelado por una orden religiosa y atendido por personas amables, alguna de ellas monjas que no sonríen mucho, pero atienden con cariño.  Es el hospital de ancianos de la ciudad, lo han reformado, el gimnasio es de última generación y el olor se escapa por unos conductos de aireación que dejan el ambiente con aroma a rosas.  No parece que ahora sea el “recibidor de la muerte para viejos”, como algún periodista irrespetuoso escribió hace unos años en el periódico local.

 

Hoy Tomasa se está atreviendo a bajar de la cama a su compañera igual que han hecho los celadores por la mañana.  Hace buen tiempo y la nueva sala se llena de colorido con los visitantes.  Pascuala merece y necesita ese entretenimiento, además podrá sacarla a la terraza para que le dé el sol y coja un poco de color, que está muy blanquita de tanto hospital.  Sabe que le echarán la bronca, pero le gusta ser una niña mala.  Guarda dulces en el armario, dulces traídos por una asistenta de hace unos años, y que viene una vez cada quince días, vestida de forma diferente en cada visita, porque su hijo dio orden de que no la dejaran ver a su madre.  Este hijo no sabe que la asistenta tiene una tarjeta bancaria para sacar dinero de una cuenta secreta de Tomasa.

La sala se ha construido cerrando una extensa terraza donde desemboca el pasillo de la planta baja.  Tomasa se pone a jugar a las cartas con alguna familia, no porque a ella le guste, sino para que Pascuala, siempre a su lado, se divierta con sus gritos de alegría cuando gana y sus enfados cuando pierde.  Casi siempre lo simula todo, pero le gusta que su amiga pase un buen rato.

Pascuala tiene dos hijos que viven fuera y vienen poco.  Ya hace dos meses que no han visitado a su madre.  Con esto sí que se enfada Tomasa, pero ha conseguido que la asistenta le traiga un teléfono móvil, ha hecho amistad con una chica de la oficina y ya ha conseguido los números de teléfono de los hijos.  Una vez a la semana, marca el de uno y otro, y deja que Pascuala escuche:

—Sí, dígame… ¿Quién llama?...  A ver, escucho, dígame, ¿quién es?

En unas ocasiones puede oír a sus hijos, o a sus nueras, incluso una vez contestó Lorena, la nieta de tres años que se le parece tanto.

 

Acaba de irse Ramiro, el doctor.  A las dos le ha dicho que la cosa marcha bien.  Tomasa a veces se queja de un fuerte pinchazo en la cabeza, aunque los electros siempre le salen correctos.  Ramiro está seguro de que quiere que le palpe la cabeza y se lo dice:

—¡Pues claro que sí, majo!  Sigue, sigue palpando.

Pero las punzadas son de verdad.

 

Hoy es domingo.  En la planta calle está la capilla, no muy grande, coqueta, con algunas vidrieras de colores que hacen la misa más divertida.  Así se lo contaba Tomasa a Pascuala, pero ahora, con el atrevimiento del otro día para llevarla a la sala, de lo que no se enteró nadie, va a repetir travesura y oirán misa las dos juntas.  Esta vez, ocuparán más tiempo en el acicalamiento, porque la asistenta ha traído un cepillo mejor, laca y un perfume caro.

La capilla se llena del aroma que las dos han puesto detrás de sus orejas.

Pascuala mueve los labios, como si rezara.  Le brillan los ojos cuando escucha el Padrenuestro y busca la certeza mirando al sagrario.  ¿O quizá pide consuelo?  En el momento de finalizar el Credo, sujeta fuerte la mano de Tomasa, aprieta.  Sabe que su amiga no cree en estas cosas, le ha contado cómo siente la vida, de diferente manera a la que los curas les contaron de pequeñas, nada de fuego, ni de dolor, sólo amor y entrega, gozo y esperanza.  Tomasa sonríe de una manera diferente, iluminada y agradecida.

 

La asistenta ha recibido un encargo especial.  Debe ir a una dirección escrita en el mensaje al móvil que Tomasa le ha enviado esta mañana.  Ayer, después de la misa, le había llamado para explicarle lo que debía hacer: recoger un paquete pequeño en una joyería de un familiar lejano.

Ya lo tiene.  No lo abre todavía, es por la tarde, acaban de entrar a la habitación después de estar en la sala de visitas bastante rato y la cena llegará en un momento.  Se han lavado las manos.  Esperan.

Es el aniversario de la muerte de su marido, el 10 de noviembre, y Pascuala no ha querido comer.  Lleva dos días sin probar bocado, se cansa en los ejercicios y tiene los ojos vidriosos.  A veces, pierde la mirada en las aguas del Canal, hace esfuerzos para escuchar un burbujeo, suspira.  En esos instantes, Tomasa le acaricia la mejilla porque percibe esas gotas de angustia que su compañera recibe con cada noche, ahora más temprana. 

A las diez y cuarto, ha pasado la enfermera, al poco de empezar su turno de noche para comprobar que se han tomado sus pastillas, que todo va bien, y extrañamente, nunca lo ha hecho antes, arropa a las dos en silencio…

…Silencio y silencio hasta las doce, con las luces de las cabeceras encendidas y con sensaciones nuevas que se bandean en la habitación.  Tomasa se levanta.  Saca la cajita que ha traído la asistenta, le quita el envoltorio, la abre y guarda el contenido entre sus manos.  Pascuala, aún despierta, ha creído percibir un destello en el cristal de la ventana.  Es una piedra brillante:

—Fíjate, Pascuala, qué bonito.  Este diamante siempre ha estado con mi familia, ha pasado de madre a hija… y es mágico.  Te dice cosas… Verás…

Abre sus manos.

—Yo no tengo hijas… ni sobrinas… ni nietas…  ¡Ah, mira!

Parece que la piedra se ilumina.  Quizá sea una ilusión óptica en la noche.

—Mi abuela veía las cosas que le iban a pasar.  Fíjate qué color tan estupendo nos anticipa… azul y blanco, cielo y nubes… como la mirada del ángel que nos viene a buscar…

Lo pone en la mano de Pascuala.

Retira la ropa de la cama y se acuesta junto a ella, la acaricia, le pasa el brazo por debajo de los hombros, pone su mano entre las suyas… y duermen, duermen, duermen...

Querida yaya (una carta de amor)

Querida yaya (una carta de amor)

Edmunda es mi abuela.  Nació en 1905 y rozó los 99 años de vida.  Fue casi madre de su hermano Felipe, ocho años menor que ella.  Se mudó de Alfambra, su pueblo natal, a Calamocha, y a los trece años era doncella para una familia importante que vivía en la calle Alfonso de Zaragoza.  Se casó con José en 1933 y tuvo dos hijas, Josefina, mi madre, y María Pilar, mi madrina.  Enviudó a los 42 años y se puso a trabajar como guardiana de tocador en el Teatro Argensola del Paseo Independencia.  Cuando en 1961 se convirtió en abuela, exclamó: ¡Ay, Dios mío, ojalá pueda verlo comulgar!  Y debe tener influencias por los entornos de allí arriba, porque el ruego se cumplió, no sólo conmigo, su primer nieto, sino con siete más y seis biznietos.  Me llevó de vacaciones a Cambrils, Salou y Navaleno, me compró cientos de pasteles, pero por encima de todo siempre me cogió de la mano cuando algún monstruo de la vida quería meterse conmigo. 

  

Querida yaya Edmunda:

Te estás marchando y te miro… y son dulces tus labios en los recuerdos de los besos que me regalabas para calmar mi angustia en los temores… besos que ahora se derraman en la hora de la despedida. Señora, dama escuchante de confidencias en el tocador del cine Argensola, que esperabas los descansos de la película para que alguna peseta sonara en tu platillo y te alcanzara para el pago del viaje hasta tu casa en el útlimo tranvía…. Ah, bendita cuidadora del aseo de señoras que, viendo la rosa púrpura de El Cairo, le pediste a Mia Farrow, cuando bajó de la pantalla, una moneda de oro para comprarme una breva de nata o una palmera de chocolate.  Y me señalabas a Clark Gable besando a Ava Gardner...  y a Gary Cooper solo ante el peligro, y a Marisol como si fuera mi novia… le habrías pedido un chistecico a Cantinflas, una mueca a Jerry Lewis o una canción a Luis Mariano...  llorabas con Vicente Parra cuando se fue María de las Mercedes y me jaleabas la llegada del séptimo de caballería.

Abuela, me dicen que te echaré de menos.  Oh, no, por Dios.   Tengo tus cabellos, hilos de seda blanca, tengo tus caricias en la nuca y tengo tus canciones de arrullo en las tormentas.  Ya ves, tengo un tesoro que no necesita tu presencia.

No te duela, yaya, la vida que no has vivido.  Descansa más allá del embrujo de tus películas y brilla más que aquella estrella de cine volando sobre mi sueño...

Descansa, descansa... vive más que nunca...  

Te quiero,

 

 Tu nieto José Antonio

La pierna

Le falta una pierna.  Lleva prótesis desde la cadera.  Avanza lentamente, bandeando los hombros para facilitarse el movimiento. La perdió bajo las ruedas de un camión, hace veintidós años, en un cruce peligroso frente a la casa de su novio. 

Es bella.  Mueve la melena, larga y negra, a cada paso.  Si se queda quieta, nadie nota que no tiene la pierna derecha bajo el pantalón, siempre pantalón.  La izquierda es larga, torneada, igual que su talle, espigado, y su cuello, erguido y flexible.  ¡Cuánto le gustaba a su novio esa figura definida, perfil de ideograma chino, sombra de mástil multicolor, caderas puntiagudas!

Siempre sonríe cuando camina.  Lo hace como un gesto espontáneo desde el primer día que abandonó el hospital.  Quiere desviar la atención de su movimiento anómalo enseñando lo más preciado de su naturaleza femenina.  En los tiempos en que se veía entera, apenas le daba importancia a su expresión risueña, sólo Gustavo apreció su sonrisa en una ocasión.

Quiero mirarme en tus ojos

y no ver tus pupilas,

sino sentir cómo tu alma

se enreda en los albores de tu cabello,

tener tu alma entre mis dedos

y extenderla en mi rostro

para saciarme de ti...

tu alma en tus ojos...

 

Recuerda estas últimas palabras de amor como  un insulto del destino.  Fueron la cita para su primera entrega, a las doce de la noche, en la calle Huracán, 33.  Cada palabra resuena en su entraña con estruendo de campana gigante, música del amor que hace veintidós años comenzaba a componerse en la partitura de su juventud.

Ya no siente su pierna ortopédica.  Se ha convertido en esa parte que le da seguridad para entenderse llena en su cuerpo mutilado.  Sonríe, sonríe, mientras la melena le acaricia largamente la espalda en un ir y venir del mundo diestro a la realidad siniestra.  Se detiene frente al semáforo en rojo y, por detrás, ya su pelo parado en vertical, puede verse la figura de sombra chinesca.  ¡Hermosa figura!  Deja de sonreír en la espera.  Cruza mirando al camión que acaba de pasar.

Siente un picor a la altura del tobillo de la prótesis.  Le sucede a menudo, cuando camina rápido y pierde la sonrisa.  Recupera la faz risueña al ver un muchacho apuesto que sale de un portal.  Piensa de nuevo en las palabras de amor, Gustavo, luces en su mente, destellos en su corazón, fogonazo en su voluntad.  Otro semáforo... se detiene... fuerza la sonrisa.

Cruzaba hace veintidós años con el  poema en el bolsillo de su chaqueta.  Lo había recibido en papel azul esa misma tarde.  Lo leyó al salir del baño, desnuda, mojada, con jabón en la pierna derecha.  Vio las burbujas justo con “...tu alma en tus ojos...”.  Detuvo la lectura y se acarició el muslo, última vez para sentir esa piel.  Firmaba: “Tu amor”.  Veintidós años de espera, su edad, para encontrarse con el deseo fundamentado del acto de entrega.  Él decía amarla, ella lo creyó y buscó en el armario su más preciosa ropa interior, la que vieron los médicos en la mesa de operaciones cuando segaron su pierna.  Salió veloz de casa con esa sonrisa que nunca tenía en cuenta y corría hacia los brazos de Gustavo robando horas al sueño para entregarlas a su primer contacto de pasión.  Al otro lado de la avenida, brillaba un farol sobre la puerta de entrada a la casa.  El impulso de su corazón la atrajo hacia su tenue espectro.  Resbaló con la pierna derecha, la impregnada con jabón furtivo, y la colocó sucintamente bajo el verdugo de su amor.

Cada noche, al acostarse –duerme desnuda–, se desabrocha su cinto como un acto rutinario, coloca las dos manos en el muslo de plástico y cierra los ojos con fuerza.  Siempre su corazón late más deprisa antes de separarla.  Siempre evoca las manos de Gustavo.  Siempre deja caer hasta sus labios una lágrima de frustración... y amor.  Sujeta sus dedos al muslo, arquea la espalda, abre los ojos para mirar por última vez del día su cuerpo con forma cabal.  Es un tirón seco.  Deja que gire entre sus manos para colocarla en el pedestal que recoge el pie y la abraza por encima de la rodilla.  Allí la mira.  Se recuesta y con su piel desnuda sobre las sábanas se acaricia el muñón con un desgarro en el vacío... toca la otra pierna, el vello púbico, su sexo, a veces ahí se detiene, y sigue, porque Gustavo se fue y no lo conoció.

Luego duerme, siempre duerme.

Antes de colocarse la prótesis, nada más despertarse, la retira con cuidado de su pedestal iluminado por los rayos de la mañana, radiante como un trofeo, la acaricia con tacto de terciopelo, le pasa su paño blanco, siempre impoluto, y le regala su sonrisa, otra sonrisa.  Ha dormido sin su pierna encarnada, la que nunca tendrá, pero ahora está con ella el sucedáneo que anhela.  Ya tiene la posesión de todo su ser.  Encaja en el muñón y, al notarla en su sitio, derrama una lágrima de esperanza... y desamor.

Gustavo supo del accidente, corrió al hospital y vio el cuerpo mutilado de Floralba.  No volvió a recordar sus palabras tiernas, evitó el desgarro que nacía en su vientre, enloqueció por encima de su paz en ella, lloró mientras buscaba entre las sábanas la pierna perdida.  Floralba, en coma, sentía esa mano sobre su piel: calor, dulzura, pasión...  Pero no se encontró con el tacto de Gustavo, porque él no la buscaba.  El amor se perdió en aquella bolsa negra de plástico que contuvo la pierna destrozada.  Él también se fue.

Ahora revive, mientras llega a su cita con la sonrisa impuesta.  Sus pestañas se humedecen, su lengua recorre los labios estremecidos...  Lleva la mano a su muñón, a su pierna plástica, la toca, quiere sentirse protegida en el sentimiento ahora recordado, en esos ojos del hombre nuevo que la vuelven a mirar.  Se acerca.  Ella lo ve y sonríe, no como antes cuando caminaba, ahora irradian sus ojos.  Él la sujeta por los hombros y mira sus ojos, mira su sonrisa, se inclina y la besa suavemente en sus labios, mientras ella busca en su deseo la sensación de estar entera. 

Caminan cogidos de la mano.  Floralba se aferra para que su movimiento parezca corriente, que su melena permanezca vertical, mientras su sonrisa ya no quiere atraer la atención de ningún transeúnte.  Son pocos pasos hasta el destino final, pero él la detiene y le susurra al oído.  Ella cierra los ojos, se estremece antes de volver a caminar con su desequilibrio natural, pero con la misma sonrisa de antes.

Han avanzado apenas unos metros y entran en un portal que por la noche alumbrará un farol ajado por el tiempo.  Tras la puerta cerrada, él vuelve a prestarle sus labios y Floralba los toma en un preludio de su desnudez.  Ella se abraza, se cuelga de su cuello, no quiere que la pierna de plástico toque el suelo, no puede sentir un cuerpo mutilado en brazos de su amante completo.

La lleva hasta el centro de la estancia y le acaricia suavemente los hombros para sugerirle que se deje caer sobre la alfombra.  Floralba se asusta porque no puede doblar del todo su prótesis, pero él sonríe con su alma.  Se sientan enfrente, se miran a los ojos con las manos unidas mientras la habitación se tiñe de penumbra pudorosa.

Él habla, susurra, y suena su voz partida. 

Floralba se toca la cadera postiza y su pulgar se cuela por la hendidura.  Quiere escuchar más esa voz de hombre para olvidar la cama donde se encontró sin pierna, que retumbe horas y horas para construir las emociones rasgadas, rotas, para que enjugue lágrimas perdidas cada noche, cuando sin la prótesis ya nada podrá detener su grito interior retumbando en las entrañas.

Él la mira.  Quizá sabe lo que está sintiendo.   Descansa su mano en la mejilla de la mujer, acerca los dedos a sus labios. 

Ella no quiere ver.  Recuerda.  Y no puede entregarse, ni es él ni es ella.  Sigue su pulgar en la hendidura y vacila entre deseos contrapuestos, fundir la prótesis con el muñón o desabrocharla para siempre.  Percibe el tacto en su cara, lo espera también en su cuerpo, en su vientre, en su pierna que no está, desea regresar al sentimiento amputado.

Acaricia el hombro de Floralba, aparta la blusa, ahora la desabrocha sin dejar de mirar sus ojos cerrados, que son la fuente del recuerdo con su llanto contenido.  Sujeta la cara con las manos, los pulgares enjugan el desgarro.  Regresa al cabello, la melena que cubre la espalda, ya quieta, descubierta y nota un estremecimiento que le hace bajar los párpados.

Nunca pudo soñar con el instante, cortó sus anhelos en la cama del hospital.  El tacto ya no es sólo tacto, activa su esencia y cada movimiento sutil despierta los resortes oxidados.  Ni siquiera desea respirar porque cada inhalación le provoca temor por el estallido que presiente, temor a equivocarse en la entrega.  Cada sollozo aparta un poco más la resistencia de su cuerpo y le crea vida.

Le quita la blusa, la deja caer en la alfombra, mira el vientre... y ese pantalón que sujeta y esconde la entrega perdida.  Sus brazos le sugieren que se acueste.  El acatamiento del ruego le impulsa a descubrir su piel.  Busca los cierres y encuentra la hebilla que sujeta la prótesis.  Ahora él cierra los ojos, mueve a tientas los dedos mientras su corazón late fuerte en el miedo.  Ya la cadera izquierda al descubierto, ya la piel intuida y la hebilla desabrochada, el muñón al descubierto.  Levanta los párpados, vuelve a cerrarlos, pero el tacto le desvela tanto amor que debe mirar el corte del tronco.  Separa con dulzura la pierna plástica.  Sus labios bajan.

Deja paso a la angustia para que escape con cada caricia.  La desnudez le provoca la misma sonrisa de su caminar.  Siente la punzada de la hebilla y tensa los dedos para ir a buscar de nuevo la protección perdida.  Pero su mano se desvía a su vientre.  Ahora están los labios allí y quizá no necesite más calor.  Deja de percibir su muñón con cada roce. Ya no termina su cuerpo en el corte porque él continúa la caricia en el muslo derecho, su cara interna, la rodilla, los gemelos, el talón, los dedos de su pie.  Y cuando siente su peso ligero encima, su cuerpo invadiendo su entraña, recuerda el farol encendido en el portal y el alma que regresa sin tiempo.

–¿Por qué te fuiste?

–Tu pierna...

–Me la has devuelto, Gustavo.

La fiesta de los payasos

¡TICTAC, TICTAC, TICTAC!

El reloj dice que es la hora.

 

¡TOLÓN, TOLÓN, TOLÓN!

La campana también suena.

 

¡PLAS, PLAS, PLAS!

Todos los niños aplauden esperando la función.

 

¡UUÚ, UUÚ, UUÚ!

La luz se apaga y el público se calla.

 

¡TACHÁN, TACHÁN, TACHÁN!

Una música comienza y el escenario se ilumina. 

 

¡JAJAJÁ, JEJEJÉ, JIJIJÍ!

Allí vienen los payasos con sus risas de colores.

 

 

SON DONLUIS Y CARMIRONE

 

 

 

 

 

 

 

¡TURURÚ, TURURÚ, TURURÚ!

Donluis toca la trompeta y Carmirone se le burla.

¡TUM, TUM, TUM!

Carmirone le molesta con el ruido del tambor.

¡ZAS, ZAS, ZAS!

Y Donluis le abronca fuerte para que se porte bien.

¡AÚ, AÚ, AÚ!

Carmirone se queja y le sale humo de la oreja.

¡TURURÚ TANTÁN, TURURÚ TANTÁN!

Suena ya la orquesta y todos a cantar.

¡TARARÍ, TARARÍ, TARARÍ!

Termina la función y el público está feliz.

¡PLAS, PLAS, PLAS!

Qué bien lo pasamos, otro día volveremos.

 

¡CHAO, DONLUIS! ¡CHAO, CARMIRONE!

Celina, la equilibrista

1

Érase una vez... un circo...

...el Circo de las Mil y Una Diversiones, donde grandes y pequeños reían y reían, donde los mayores, dejando en la puerta sus malas caras y sus preocupaciones, sentían que su alma regresaba a las sensaciones de la infancia esperando el chiste del payaso, el salto mortal del trapecista o la pirueta del caballo amaestrado.

Pero dentro de los Circos, a deshora de las funciones, para dar a los espectadores unas horas de diversión es necesario pasar largos ratos de trabajo y esfuerzo.

En el Circo de las Mil y Una Diversiones, la pena se hizo muy grande cuando Esther le dijo al señor Galindo:

–No querría irme... de verdad... porque ustedes son maravillosos y ésta es mi gran familia, pero...

–Esther –le respondió el señor Galindo–, vivas aquí o en un iglú del Polo Norte, seguiremos siendo tu gran familia porque ya te has alojado en nuestros corazones.  Nunca te irás de nuestro recuerdo, pero debes continuar tu carrera para dar a los demás lo mejor de ti.

Esther era la equilibrista del Circo de las Mil y Una Diversiones.  Había llegado al grupo con apenas seis años, y doce años después su  interés y ganas de trabajar le habían hecho aprender tanto que se fijaron en ella otros circos muy importantes, en especial, el Circo de las Maravillas, el mejor del mundo entero.  Por eso, ahora, se despedía del Director del Circo de las Mil y Una Diversiones, el señor Galindo.

Y el señor Galindo se quedaba muy contento por ver progresar a una de sus empleadas, pero se le creaba un gran problema: tenía que encontrar un o una equilibrista que sustituyera a Esther.

Se puso a pensar acariciándose su panza, y con el dedo gordo sobre el ombligo gritó: ¡Eureka!, que quiere decir: ¡Lo encontré!  Y ya se puso tan nervioso que le transpiraba la calva, señal de una idea brillante.

 

2

 

Celina era hija de Amanda, la adiestradora de perritos que hacían desfiles sobre un tablón como si fueran soldaditos perfectamente instruidos y disciplinados.  Celina cumplió doce años con un cuerpecito de próxima mujer, aunque su nariz respingona le daba un aire de niña eterna.  Estaba comiendo un gran plato de spaghettis, su receta preferida, a la carbonara, cuando apareció resoplando el señor Galindo.

–Celina, cariño, ¡qué bien te veo!  Te traigo una sorpresa –le dijo mientras con un gran pañuelo se secaba el sudor de la calva–.  Vas a ser la equilibrista principal del Circo de la Mil y Una Diversiones.

La chiquilla se atragantó y empezó a toser… pero en cuanto pudo calmarse, miró al Director del Circo a los ojos buscando que le repitiera la última frase…  Ya no lo encontró porque el hombre se marchaba hacia su oficina dando saltitos de alegría.

Cuando el señor Galindo gritó: ¡Eureka! debió haber gritado: ¡Celina!, porque estaba acordándose de ella haciendo pinitos con la cuerda y los cilindros cuando creía que nadie la veía.

Celina siempre soñó con ser una artista de circo... desfilar junto a su mamá y los perritos, salir a la pista anunciada a bombo y platillo, vestida con una larga capa celeste, como el color de sus ojos, y después de realizar los más difíciles ejercicios, terminar con el temible salto mortal para escuchar el aplauso y el clamor de miles de niños que poblaban las gradas….

Aquella tarde, Celina comenzó a soñar una historia de verdad: iba a ser la equilibrista principal del Circo de las Mil y Una Diversiones, lo había dicho el Director ese señor que era tan bonachón y que nunca mentía.

Se lo contó rápidamente a su mamá, y salió corriendo para disfrutarlo con su mejor amiga, María, la trapecista.  María la miró con sus ojos dulces y su sonrisa de golondrina y, abrazándola, le dijo:

–Triunfarás, princesa.

…aunque ya sabía el precio que debería pagar su amiga, el mismo que ella pagó antes de subir a un trapecio.

Cuando Gerard se enteró, levantó a Celina con sus enormes brazos y la lanzó muy alto en el aire... A Celina le pareció volar y que nunca aterrizaría porque en ese vuelo volvió al sueño de su larga capa y de los aplausos eternos.

 

 3

 El señor Andrés refunfuñaba a todas horas, nadie le conocía una sonrisa, y algunas muchachas le tenían miedo por su mal genio.  El Señor Galindo le dio una orden:

–Tienes que hacer equilibrista a Celina.

–¿A Celina? –se extrañó el señor Andrés.

El señor Andrés era el hombre con más experiencia en el circo y por eso ejercía de entrenador.  Fue quien entrenó a Esther.  Y Esther conoció la dureza del señor Andrés, tal como le tocaría en breve a Celina:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y Celina tenía que saltar, correr, subir y bajar todos los días, sábados y domingos también, doce horas diarias, porque la temporada estaba a punto de comenzar y ella debía participar ya en la función de estreno.

–Pero... señor Andrés, yo quiero trabajar en la cuerda y con el cilindro.  Me canso de hacer gimnasia –rogaba entre sollozos Celina.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

–Pero... señor Andrés, no puedo más.  Me duelen las piernas y los brazos.  No puedo más –se quejaba Celina entre sollozos.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Nadie se atrevió a intervenir en el entrenamiento del Señor Andrés.  Amanda, la mamá de Celina, guardaba silencio en su abrazo cuando Celina le decía:

–No puedo ser equilibrista, mamá.  Es muy difícil.  No llegaré al estreno.  Es muy difícil.  No puedo.  No seré equilibrista.  ¡Nunca! ¡Nunca!

Y se dormía con un lloro amargo en los brazos de mamá.

 

4

 –¿Quién me compra una rosquilla?  ¿Quién me compra una rosquilla? –gritaba con voz de mirlo un señor escandaloso–.  Yo tengo mil rosquillas, ¿quién me las quiere comprar?

Quique “Kirikí”, claro está, era el payaso del circo y siempre estaba haciendo tonterías para alegrar la vida de los otros.  Con su bombín rojo y blanco a modo de cesto iba lanzando imaginarias rosquillas al aire, y parecía fabricarlas dentro de su camisa repleta de lunares.  Su gran problema era sujetarse un enorme pantalón, porque sus tiradores de goma estaban tan desgastados que cuando se metía las manos en los bolsillos enseñaba el calzoncillo de cuadros a colores.  Y como la pasta de sus rosquillas debía estar por dentro de los pantalones, cada rosquilla fabricada se convertía en una muestra de calzoncillo.

Quique “Kirikí” animaba a Celina con sus chistes, y al principio le arrancaba alguna carcajada, igual que Gerard con sus vuelos al viento, pero conforme los días pasaban, Celina se iba quedando muy seria, porque su mente estaba ocupada con:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Tampoco los ojos dulces ni la sonrisa de pajarillo de María podían sacar a Celina de su tristeza.

Su mamá también sufría y hasta parecía que sus perritos perdían la alegría en los ensayos de sus ejercicios.  Pero Amanda, como Esther, ya conocían los esfuerzos que exigía llegar al triunfo.

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y los sueños de Celina se convirtieron en pesadillas.  Los bigotes del señor Andrés se alargaban como tentáculos de un pulpo y le obligan a saltar más alto, a correr más rápido, a subir más alto y a bajar hasta los infiernos del cansancio.  Celina lloraba en un silencio amargo, quizá todavía en la pesadilla, quizá ya despierta por los dolores del desencanto.

 

 

5

–¡Hola !

Su cuarto se iluminó con una luz que no era de sol ni de lámpara.

–¡Hola!  Soy Alicia.

Y mientras sonaba “soy Alicia”, la luz se hizo mujer y apareció un hada... un hada vestida con gasa de tul muy suave, gorro puntiagudo y varita de estrella, cabello rubio y ojos celestes, como el cabello rubio y los ojos celestes de la propia Celina.

Celina quiso asustarse, pero no pudo.  No pudo porque la voz melodiosa y el rostro tierno no le dejaban temblar.

–Yo soy Celina –acertó a decir.

–Lo sé, y he venido porque me has llamado.

–¿Yo? –se sorprendió Celina.

–Sí, claro.  ¿O acaso tu alma no pedía ayuda a gritos?

–Sí, pero... yo no te conozco.  ¿Cómo te podía llamar?

–Me conoces, pero no lo sabes, porque no puedes verme.  Siempre estoy junto a ti.

–¿Y cómo puedes ayudarme? –le preguntó, muy dulce, Celina.

–Mañana lo sabrás.  Porque mañana los bigotes del señor Andrés serán ramilletes de algodón que te ayudarán a saltar hasta las nubes, a correr como el viento, a subir hacia el cielo y a bajar hasta el descanso.

–Nunca podré –respondió Celina escondiendo la mirada.

–Sí que podrás, por supuesto, puedes ser una buena equilibrista, pero con la voluntad y el esfuerzo que estás demostrando podrás conseguir que esa pista de ahí afuera contenga la respiración emocionada con el corazón encogido.  Piensa que el aplauso de un niño será tu mejor regalo todos los días de tu vida.

Y Alicia, el hada, se sacó el gorro puntiagudo y se acostó juntito, juntito a Celina, ofreciéndole su abrazo para enjugar el dolor de sus piernas y de su corazón.

Al día siguiente:

–¡Celina, salta!  ¡Celina, corre!  ¡Celina, sube!  ¡Celina, baja!

Y Celina saltó hacia las nubes, corrió como el viento, subió hasta los cielos y bajó, rendida y satisfecha, para descansar en la cama que rezumaba el aroma de Alicia, su hada.

 

 6

La orquesta ensayaba los últimos acordes, el señor Galindo sudaba sin cesar, Gerard levantaba una y otra vez sus pesas enormes, María calentaba sus músculos, “Kirikí” enredaba a todo el mundo con sus rosquillas y ofrecía té sin agua para curar el nerviosismo, los perritos de Amanda ladraban sin control y el señor Andrés refunfuñaba con sus ojos puestos en Celina.

Faltaba una hora para abrir las puertas del Circo de las Mil y Una Diversiones en la primera función de la temporada.

Celina estaba asustada, a pesar de Alicia, su hada, a pesar de los cariños de su mamá, de los ánimos de Gerard y de María, de los chistes de “Kirikí” y de los consejos del señor Andrés.

Recordaba los saltos, las carreras, las subidas, las bajadas, los tentáculos de los bigotes, las ramilletes de algodón, las lágrimas, las sonrisas... las nubes, el viento, los cielos y las sábana con olor a miel que la varita de Alicia le había regalado.

El Señor Galindo, tocado con chistera que ocultaba su calva, al ritmo de la orquesta, anunció:

–¡¡Señores, señoras, niñas y niños, la función comienza!!

Y el desfile abrumó a Celina que caminó entre los perritos de Amanda.  Las risas y los gritos le parecieron una exigencia de cientos de miradas y su corazón se encogía y su espalda se estremecía mientras en su cabeza se alborotaban los bigotes del Señor Andrés –¡Celina, salta!–, los brazos de Gerard, los ojos dulces de María, las caricias de su mamá, las tonterías de “Kirikí”... y el olor a miel de Alicia.

 

7

 –¡¡Señoras y señores, niñas y niños!!  Tengo el placer de presentar por primera vez a la mejor equilibrista del futuro: ¡¡¡La señorita Celina!!

Y Celina, a bombo y platillo, salió a la pista vestida con una larga capa celeste, como el color de sus ojos, saludó, y el clamor de los niños la infló con una fuerza que jamás había sentido.  Bailó sobre la cuerda en lo más alto de la carpa, caminó sobre los cilindros como quien camina por la vereda de un parque, y el silencio majestuoso que acompañaba cada ejercicio se convertía en una salva de aplausos.  Su cuerpo se pendía de un hilo, absorbía más y más fuerza del clamor de los niños, y cada mirada le contagiaba más y más seguridad... hasta que recordó el salto mortal que tantas veces vio realizar a Esther.

Le mandó un guiño al Señor Galindo, obligó al tambor a tocar redoble de misterio y cerró los ojos unos segundos para concentrarse en el ejercicio.

Nadie entendió nada, todos ansiosos esperaban el desenlace.  El número no estaba previsto, Celina nunca lo había ensayado y el Señor Andrés estuvo a punto de gritar “que paren la función, se va a matar”.  Gerard y “Kirikí” salieron a la pista para colocarse debajo de la cuerda, Amanda se pudo a rezar y María cruzó fuertemente los brazos a la altura del estómago.

El tambor redoblaba, las luces se apagaron y el foco sólo iluminaba la figura de Celina.

Celina solamente quiso acordarse de subir hasta el cielo, alcanzar las nubes y oler el olor a miel.

Anduvo hacia el centro de la cuerda, tanteó con las plantas de los pies, elevó la mirada hacia lo alto, cerró los ojos... y dio tres vueltas laterales apoyándose con las manos y los pies sobre la delgada cuerda para intentar alcanzar el extremo, sintiendo la misma sensación que gozaba saliendo de los brazos de Gerard.

Desde abajo, todo el circo aguantó la respiración.  “Kirikí” se tomó en serio su papel de protector y en el suelo recorrió con los brazos abiertos el vuelo de la equilibrista hasta que chocó con Gerard y se cayó al suelo.

Mientras, Celina había llegado al fin de cuerda, y, venturosa como una paloma saludaba hacia allá abajo.  La carpa pareció caerse, el público se levantó de sus asientos, los niños todavía seguían con la boca abierta y los puños apretados, y, por fin, el aplauso retumbó como un clamor del cielo.

Y cuando Celina abrió los ojos, buscó a mamá, a María, a Gerard, a “Kirikí”, al señor Galindo, al señor Andrés... y desde lo más profundo de su corazón les mandó mil besos de colores.

Y a lo lejos, en la última fila de la grada, creyó ver un hada con gorro puntiagudo que también le sonreía con un olor a miel.

¿Quién será la mejor equilibrista del futuro?

El emigrante

Cuando la sirena del barco dio el aviso de partida, no podía imaginar que, al cabo de los años, aquellas imágenes de la despedida se iban a clavar en mi corazón con tanta ternura.  Elevando la vista por encima de la proa, el mar se abría sin obstáculo para brindar su senda rumbo a la victoria del destino, y atrás quedaban recuerdos que bajo la cubierta se ocultaban en el equipaje de la esperanza.

Las promesas de un mundo distinto se habían inmiscuido en mi alma como una reacción en cadena, y su onda expansiva no dejaba sitio para que otras inquietudes alcanzaran un lugar.  Pudo llamarse Nueva Inglaterra, Australia, Cuba, Guayana, Júpiter, Luna o Indonesia, cualquier nombre que significara un salto en largo para perderme en ilusiones.  Ver a Evita encendida y a Perón enérgico y dominante logró que aquel marco en blanco se llenara con unas letras plateadas: Argentina.  Y todo el empuje de la juventud se volcó hacia el Atlántico envuelto en sueños de un futuro dorado.

Miles de pañuelos ondearon entre los dedos temblorosos y sirvieron para enjugar lágrimas.  Alguno de los cientos ilusionados hizo mención de lanzarse a tierra, pero pudo más el estómago vacío y el ansia de aventura hacia el triunfo en el país desconocido.  La sirena dio dos avisos y el barco buscó el espacio al infinito entre los espigones.

Mientras las aguas grandes nos acariciaban o nos agredían, mientras la luna llena nos sonreía o nos lanzaba su ceño irónico, los días y las noches se turnaban para llevarnos al sueño de la gloria o a la nostalgia de las raíces.

...

¡El río!  ¡Entramos en el río!  Y las miradas se hicieron una hacia el horizonte sin entender dónde el agua dulce se convertía en salada.  Los corazones latieron con prisa queriendo dar impulso al barco para acelerar su llegada en ese día de inquietud que pudo parecer un siglo.

En los galpones del puerto unos pugnaron por hacerse con un lugar preferencial; otros, obnubilados por la incertidumbre, se escondieron detrás de las columnas o se apartaron por las esquinas.  Los patrones que buscaban mano de obra nos escudriñaban desde el patio como quien revisa una partida de ganado.  Pero la apuesta estaba hecha y el cielo de Buenos Aires aparecía como el paraíso a nuestros pies.

Hoy, cuarenta y cinco años más tarde, con los bolsillos más o menos repletos y una vida guiada por las promesas, los corazones de aquellos millones repartimos nuestro cariño, nunca entero, entre las aguas del río que nos dio su bienvenida y aquellos pañuelos que nos dijeron adiós con un mensaje repleto de esperanza.

El regreso

Por un precio módico, un bocadillo de calamares me llamaba justito, justito desde la entrada al Tubo.  Tenía prisa, pero cómo negarme al olorcillo que llegaba hasta el Banco Zaragozano.  Casi tropiezo con una señora que se apeaba de un autobús del 22,  Las Fuentes–Gómez Laguna.  Se hizo la enfadada jocosamente:

–A ver, maño, si lo bien que ahora voy en el autobús, me lo chafas tú andando tan despistao.  Anda, majo, ten más cuidao que casi me escachas el pie.

Y realmente, caminaba despistado, como si tuviera un espíritu burlón detrás de mí que me borrara de la mente las prioridades y me estuviera empujando hacia otro destino.

En la esquina, con su eterna silla de madera, plegable con asiento barrado, el ciego gritaba en un mensaje de autómata cariñoso:

–¡¡Iguales!! ¡¡Para hoy!! ¡¡Iguales para hoy!! ¡Iguales! ¡Para hoy! ¡Iguales para hoy!

Y parecía que tenía dos bocas para hablar, porque entre anuncio y anuncio le daba para conversar con la cigarrera de su vera, que a su frente tendía la mesita con Pall Mall, Benson, Chesterfield... (de contrabando).

Doblé la esquina y me llamó la atención una cara conocida que perdía la mirada a través del cristal de la cafetería de Las Vegas II.  Podría ser...  No, era imposible.  Ella fue así hace treinta años... y tan lejos de aquí...  No, no era Nelly.

Entré al primer bar de la calle, pero me salí al momento, porque nada más girar había visto al fondo, algo en alto, un par de obreros que trabajaban en una fachada.  Me fijé a fondo.  ¡No, no podía ser!.  Estaban desmontando el cartel de El Plata.  Volviendo a entrar, le pregunté al camarero:

–Sí, hombre.  Dicen que lo cierran por vacaciones, pero la verdad es que no hay “pelas”.  Yo creo que no lo abrirán.  Qué pena.  ¡Con lo buena que está la Mary de Lis!

Pedí el bocadillo con los calamares recién hechitos y me pareció que los bichos revivían, porque mi estómago hervía de nostalgia sin saber la causa.  El chato de clarete me alivió.

La prisa era por mi hermana, claro.  Se le había ocurrido que fuera a su casa para que sus vecinas me conocieran.  Esto de estar soltero hay veces que no conviene.

Pilar –mi hermana– vive en el Actur, un nombre que nadie sabe bien de dónde viene.  Es algo así como la abreviatura de un plan de viviendas que Sáinz de Varanda trajo para la ciudad.  El barrio se hizo mundialmente famoso por los gitanos y el Papa, es decir, echaron a los gitanos porque venía el Papa y el buen hombre no iba a ver pobreza, naturalmente.  Ellos ganaron, que les dieron casa gratis, con el descontento de mi hermana, que ella estaba pagando el piso religiosamente y con mucho esfuerzo, y éstos, ya ves, por su cara bonita, ahí lo tienen.

En vista de las pocas ganas que tenía de conocer a las vecinas soltericas, decidí irme caminando poquito a poco.

¡Qué precioso estaba el Tubo!  Aceras nuevas, empedrado liso para las calles que permitían la circulación de coches, fachadas remozadas y ambiente festivo, incluso luminoso por su parte más centrada, con bares repletos de juventud, unos de tapeo y otros con música a rabiar que agredía cuando la puerta se entornaba.

Ya en la calle Alfonso, me di cuenta de que La Casa Blanca seguía blanca, pero más pequeñica, y aún tenía en el escaparate trajes de marinero como el que fue mío, luego de mi primo y al final pantalón corto para todo trote de su hermano el pequeño.

¡Ah, el Ciclón!  Igualico, pero más anciano.  En lugar de triciclos y soldadicos, ahora enseñaban coches para infantes con motor eléctrico y cambio de marchas, muñecas estilizadas y juegos electrónicos.  ¡Ah!, los disfraces seguían en la esquina: el Zorro, D’Artagnan, la muleta de El Cordobés...

Por delante de la Cafetería Santiago olía a chocolate con churros.

¡Dios mío, ¿qué le han hecho?  La plaza del Pilar enterica... sin coches, ni calles, ni árboles... enterica y peladica... como cien campos de fútbol... y de porterías un cubo de baldosicas que tapa medio La Seo y una fuente espectacular que sólo deja ver la torre de San Juan de los Panetes.  ¡Tomá!  Si también está la pelota: penalty contra los Juzgados.  ¡Qué cambiazo!   ¡Ah, pero la Virgencica está lo mismo, con ese retablo de don Pablo Serrano que es la mayor bendición haya coches, árboles, o no los haya.   Y están las palomicas...  y los gitanicos vendiendo maíz... y el vendedor de papeletas de oblea...  ¡Ufff!, menos mal.

Me santigüé y pedí perdón a mi Virgencica por no saludarla desde dentro... pero mi hermana es mi hermana... y sus vecinas son sus vecinas.

Me salí a la Ronda, y me sorprendieron unas farolas sicodélicas que miraban a las torres del Pilar con varios ojos brillantes, arqueadas hacia atrás.

Volví a sentir ese cierzo que te araña cuando cruzas el Ebro y, allá, a la izquierda, descubrí un puente nuevo, y, allá, a la derecha, el puente de Piedra aparecía rejuvenecido, con pretil de piedra, faroletes de antorcha y dos leones altísimos que ejercían su labor de guardia mirando a la Lonja.    Pero... ¿y el puente de Hierro?  Le han puesto babero...  Jolín, jolín, ¡qué fácil quedaría ahora llegarnos hasta la Estación del Norte!

Viendo desde la baranda cómo remeros y piragüistas le pinchaban los ojos al puente de Santiago, me fui acercando a Helios descubriendo que la avenida de los Pirineos ya no envidiaba al pedazo inmenso de la 9 de Julio.. y andandito, andandito, me planté en lo que me dijeron era el Actur.  Desde luego que ahora nadie podrá quejarse de planificación urbana.  ¡Qué buen ejemplo de calles, avenidas y parques!  Sólo le faltaba la hierba para parecer el diseño porteño.

Y allí, por fin, vi el edificio azul y blanco, el "Ducados", por aquello del paquete de tabaco negro, en cuyo seno, sexto hache, moraba mi querida hermana, y sus vecinas, en los otros agujericos de la colmena.

–¡Querido, qué bien que llegaste!  Qué novieta te tengo preparada.  Yo no la he visto, pero voy a acertar, que te lo digo yo.  Espera, espera, que llamo a la Asun y te la trae.  Es una prima, de fuera, de por tus tierras, ¿sabes?  De por Julujuy o algo así.  ¡Hala, a ver si te casas, que con ésta no extrañarás tus américas!

No hubo más saludo.  Directo al grano, como se requiere en estos asuntos de casamentería.

–¡Aaaasuuuun!  ¡que ya está aquí mi hermano!  Vente con tu prima.

Y llegó la Asun, y llegó la prima.

–Pero... Bernardo... Bernardo, sos vos...  pibe, ¿acá, quién me lo iba a desir?

Nelly había sido mi primera novia en Buenos Aires.