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Ascender por resultados

Ascender por resultados

Juan trabajaba en una empresa hacía dos años. Era muy serio, dedicado y cumplidor de sus obligaciones. Llegaba puntual y estaba orgulloso de que no haber recibido nunca una amonestación. Siempre estaba en su puesto cuando se le necesitaba y, si hacía falta, se llevaba trabajo a casa.  Sus trabajos eran ejemplo de pulcritud y eficiencia. Cierto día, buscó al gerente para hacerle una reclamación:

 —Señor, trabajo en la empresa hace dos años con bastante esmero y estoy a gusto con mi puesto, pero siento que he sido dejado de lado. Mire, Fernando ingresó a un puesto igual al mío hace sólo seis meses y ya ha sido promovido a supervisor.

 —¡Ajá! —contestó el gerente con la mirada perdida, como pensando en algo a la vez que hablaba.

 Mostrando cierta preocupación le dijo:

 —Tengo un serio problema y quisiera pedirte que me ayudes a resolverlo. Quiero dar fruta para la sobremesa del almuerzo de hoy. Por favor, averigua si en la tienda de enfrente tienen frutas frescas.

 —Enseguida le traigo esa información.

 Juan procuró cumplir con el encargo al pie de la letra y a los cinco minutos estaba de vuelta.

 —Bien, ¿qué averiguaste?

 —Señor, tienen naranjas para la venta.

 —¿Y cuánto cuestan?

 —¡Ah! No pregunté.

 —Bien. ¿Viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal?

 —Tampoco pregunté eso.

 —¿Hay alguna fruta que pueda sustituir la naranja?

 —No lo sé, señor, pero creo que…

 —Bueno, siéntate un momento.

El gerente cogió el teléfono e hizo llamar a Fernando. Cuando se presentó, le dio las mismas instrucciones que a Juan, y en diez minutos estaba de vuelta. El gerente le preguntó:

 —Bien, Fernando, ¿qué noticias me traes?

 —Señor, tienen naranjas, las suficientes para atender a todo el personal, y si prefiere, tienen bananas, papayas, melones y mangos. La naranja está a 0,95 el kilo; la banano, a 1,15 la mano; el mango, a 0,55 el kilo; la papaya y el melón, a 1,30 el kilo. Me dicen que si la compra es por cantidades, nos darán un descuento de diez por ciento. Dejé separadas las naranjas, pero si usted escoge otra fruta debo regresar para confirmar el pedido.

 —Muchas gracias, Fernando. Espera un momento.

 Entonces se dirigió a Juan, que aún seguía allí:

 —Juan, ¿qué me decías?

 —Nada, señor… eso es todo. Con su permiso.

  

Extraído del libro “La culpa es de la vaca” de Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo y tomado del blog: esopoenlaempresa.blogspot.com

Marketing para una ciega

Marketing para una ciega

Tantas veces hemos visto carteles de personas que solicitan nuestra limosna apelando a la movilización de nuestros sentimientos….  En ellos, se alude principalmente a la causa por la cual esa persona se encuentra en esa situación, o a lo que hará con el dinero recaudado.

En el caso que hoy contamos, una mujer ciega, vestida humildemente, arrodillada en medio de la acera, seguía con movimiento de cabeza el transitar de los viandantes, buscando de su compasión una moneda a depositar en una raída taza que levantaba con la mano derecha.  Junto a ella, un trozo de cartón tenía escrito a mano:

 POR FAVOR, AYÚDEME, SOY CIEGA

A primeras horas de la mañana, un hombre vestido de traje azul mostró interés en la mujer.  Se acercó y dejó una moneda en la taza, que cayó sobre apenas dos o tres más.  Miró a ella con dulzura, como si quisiera transmitirle algo en silencio a través de aquellos ojos sin luz.  Pasados unos segundos en esa conexión, el hombre tomó el pedazo de cartón, sacó su bolígrafo del bolsillo interior de la americana y, recalcando bien las letras, escribió otro mensaje.

Volvió a colocar el pedazo de cartón sobre los pies de la ciega y se fue.

Desde aquel momento, un continuo tintineo acompañó los ruegos de la mujer.

Por la tarde, el hombre del traje azul creativo volvió a pasar frente la ciega que pedía limosna; su taza estaba llena de billetes y monedas.

Con esa habilidad que provoca la falta de un sentido para desarrollar la percepción de los demás, aquella mujer reconoció los pasos del hombre.

-Señor, ¿qué puso usted en el cartón?

-Nada que no sea cierto, señora, pero con otras palabras.

Sonrió y siguió su camino.

El nuevo mensaje decía :

HOY ES PRIMAVERA Y NO PUEDO VERLA.

El, probablemente un publicista, colocó con esta frase a los viandantes en la propia situación de la mujer ciega, promovió la empatía ante una minusvalía importante.  El cartel le dice a quien lo lea que ella no puede ver lo que los demás sí pueden.  Y es tan hermoso lo que se pierde… que mueve a responder positivamente a su petición: dame una moneda.

Cambiemos de estrategia cuando algo no adelanta, cuando no conseguimos lo previsto, cuando el mundo parece confabular contra nosotros.  Si nos mantenemos en la misma línea, seguiremos cosechando los mismos resultados, que seguirán siendo fracasos.

Nadie puede ser esclavo de su identidad: cuando surge una necesidad de cambio, hay que cambiar… incluso sin necesidad tenemos que renovarnos, esponjarnos, aplicar nuevos métodos, desmontar antiguas costumbres, abandonar los lastres que nos sumergen en la rutina.

"Quien pretenda una felicidad y sabiduría constantes, deberá acomodarse a frecuentes cambios." Confucio.

“Quien nunca ha cometido un error nunca ha probado algo nuevo.” Albert Einstein.

“Todo fluye; lo único constante es el cambio”. Heráclito.

Desarrollo en la cancha

Desarrollo en la cancha

Desarrollo en la cancha

 

Jacinto jugaba al fútbol en el equipo de la empresa.  Lo hacía de centrocampista de enganche y sus características eran diferenciadoras: además de tener un excelente toque de balón, se desgastaba en tareas de presión y defensa en un alarde de condiciones físicas que cuidaba con entrenamientos específicos.  Además, mostraba madera de líder, aglutinando a sus compañeros en torno a la combatividad, la disciplina y la ambición.  Sin duda, un carácter ganador.

 

Había ingresado en la empresa tres años antes de que el equipo se formara para jugar en un campeonato interempresas.  Cuando fue seleccionado desempeñaba funciones de responsable de tienda.  Allí había adquirido una buena experiencia en resolver problemas operativos, unas situaciones muy alejadas de las que le plantearon en los casos del MBA que cursó en el Instituto de Empresa (ahora Jacinto se cuestiona si fue bueno matricularse allí nada más recibir su licenciatura en Económicas, con apenas unos meses de experiencia laboral como camarero; cree que esos estudios se habrían aprovechado más con algunos años de desempeño profesional).

 

Le gustaba la gestión  de personas y le ofrecieron entrar a formar parte del equipo encargado de diseñar el sistema retributivo. Aceptó porque a su preferencia en la función unía su capacidad para los números.  Siempre había sacado la máxima calificación en las asignaturas que contenían aplicaciones matemáticas.

 

 A pesar de la pompa con que el área de recursos humanos procedió a su contratación, lo colocaron en una esquinita, delante de un ordenador, para que fuera alimentando unas cuantas hojas de cálculo y un par de bases de datos que, meses más tarde, servirían para efectuar cálculos complejos.  Es lo que tenía entrar a formar parte de una empresa grande, muy grande, en la que cobraba mucho más que antes, pero con mucha menos responsabilidad.  Pasó de la cabeza del ratón a la cola del león.

 

Le comentaba tímidamente estas impresiones a su novia, con la cual pensaba casarse pronto después de tantos años de relación (unos diez, más o menos).  Ella, mujer práctica, le recomendaba paciencia, que lo mejor es aguantar, que la empresa es de mucha solvencia y un puesto de trabajo asegurado es importantísimo hoy en día.  Jacinto no lo veía así, necesitaba más cancha, pero siempre tomó ella las decisiones y les había ido bien.  No tenía por qué desairarla.

 

De todas formas, hubo movimientos en el área, sufrió más decepciones con su jefe, muy dado a su propio lucimiento aprovechándose del trabajo de los miembros de su equipo, y pudo cambiarse de área, a Desarrollo de Personas, donde le encargaron diseños para el modelo de liderazgo y para la gestión de competencias.  Durante un tiempo se sintió cómodo.

 

Pero unos dos años después, ya cerca de cumplir los treinta, justo cuando se había comprado un piso para irse a vivir con su novia, surgió una buena posibilidad: integrarse en un plan de desarrollo internacional, en la que había una vacante para implantar el sistema de gestión por competencias en las empresas de Sudamérica.  Lo solicitó con poca fe, a modo de prueba, a ver qué pasaba.

 

Cuando lo eligieron, saltó de alegría lanzando al aire toda la tensión acumulada por los años escondido detrás de pantallas de ordenadores, de los power point y de los honores para otros.  Se lo dijo a ella con prudencia, le notó sorpresa a la baja, pero le informó que en ese período (un año) la empresa costeaba estudios a los cónyuges de los expatriados como apoyo a la situación, así que ella podría cursar el máster que había pensado.  La mejora salarial les cubría el sueldo dejado de percibir.

 

Se marcharon a Santiago de Chile con la ilusión de consolidar sus proyectos personales y profesionales.

 

Jacinto pasó varios meses dolorosos.  A la adaptación a las nuevas funciones y a las costumbres diferentes se unía la nueva convivencia en pareja.

En su lugar de acogida, encontró un ambiente adecuado para cumplir su cometido, con unos buenos anfitriones que le facilitaron apoyo y recursos.  Pero debía viajar por el resto de países sudamericanos para contactar con directores generales y de recursos humanos, a fin de adaptar el sistema diseñado en España a las realidades locales, pero sin perder de vista su aplicación común.

Se sintió desbordado por su soledad, por el desconocimiento técnico del sistema, por su poca experiencia en el trato con directivos, por el trabajo autónomo sin la facilidad de tener cerca a un jefe que le solventaba las dudas y los problemas...

Junto con su tutor de desarrollo, se propuso una mejora personal basándose en su desarrollo competencial, para lo cual contó con un buen fundamento teórico gracias al contenido de sus funciones.  Esa vez, “el herrero tiene sartén de hierro”, decía Jacinto.  Y se puso a ello con empeño superando situaciones difíciles buenas dosis de esfuerzo y dedicación en cada paso.  Iba creciendo, creciendo, creciendo.

Consiguió tan excelentes resultados que le propusieron ampliar su estancia por seis meses más.  Estaban contentos con los resultados, pero no se había culminado el trabajo, dada su complejidad.  Unos meses antes, algo importante había ocurrido en su vida privada: rompió la relación con su novia, que regresó a España.  Éste fue su análisis: “en cuanto subí mi autoestima y empecé a tomar iniciativas en la pareja, a tomar decisiones y decir ‘no’, se produjo un choque de trenes”.

Fueron diez meses más en esa función, consolidando su crecimiento, aprovechando la oportunidad, pensando en el futuro con el nuevo patrimonio que estaba consiguiendo: experiencia personal y profesional con las propias iniciativas, con autonomía, incluso eligiendo aquellas situaciones o aspectos de gestión que intuía más adecuados a lo que deseaba mejorar.

Volvió a España muy a su pesar… pero el proyecto se culminó con éxito y su puesto era finito.  Ya se había llevado diez meses de propina al estándar de los planes de desarrollo.  Dejó innumerables puertas abiertas y se dispuso al regreso a España repleto de  expectativas.

Lo recibió su jefa con interés por conocer de primera mano su experiencia. Antes no había mostrado tanta escucha, pero nunca es tarde. Escuchó atenta sus relatos y apreció sin dudar que le hablaba un Jacinto muy distinto al que había salido de aquel departamento hacía casi dos años.  Personalmente, se alegró mucho… Personalmente…

Aún le guardaban su lugar de trabajo idéntico a cómo lo dejó, con esas pegatinas de grandes futbolistas en la parte más oculta de la mesa, con los mismos bolígrafos y el mismo desgrapador que tanto le gustaba.  Abrió el ordenador y saltó el mismo salvapantallas, una fotografía de su ex novia, que inmediatamente cambió.  Una chica chilena había viajado con él.

Pasaron tres meses en la confianza de que su experiencia, demostrada desde el primer día de regreso, le sirviera para que le asignaran más responsabilidades, otras funciones de mayor jerarquía, un ascenso.  Nada.

Pasaron cuatro, cinco meses, un año, de nuevo hastiado, bastante dolido…

Jacinto pidió la cuenta y se integró como socio en una nueva consultora de recursos humanos.  Se dedicó a aplicar lo aprendido para consolidar su negocio y en el primer año levantó los resultados por encima del doble de lo conseguido hasta entonces.

Se casó con aquella chica chilena, es padre de un bebé, ha ampliado su negocio a ámbitos inmobiliarios y se dedica a expandir la empresa por el ámbito sudamericano.

 (Publicado en ForoRH, nros. 150 y 151, 16 y 23 de julio de 2010)

Las haches del Bosque, don Vicente

Las haches del Bosque, don Vicente

Escribo desde la sensación del triunfo colectivo, emocionado por los mensajes emocionantes que se crean alrededor de la selección española como campeona del mundo.

Gol de Iniesta.

No tenía previsto escribir sobre el asunto, pero me he sentido movilizado por Álvaro, el hijo de Vicente del Bosque. Dijo sobre él el seleccionador: “es un regalo del cielo”. Álvaro tiene síndrome de Down. Después he comenzado a leer sobre características, currícula, aspectos particulares de la figura de este hombre que ha llegado al mayor éxito posible de su especialidad profesional. Y como hace poco hablábamos usted y yo de Marcelo Bielsa como líder y maestro, y hace dos años lo hicimos sobre la carismática selección que ganó la Eurocopa, hoy me dispongo a reflexionar sobre don Vicente.

Lo recuerdo por primera vez con un mostacho pleno, con unos mechones rizados por la nuca, espigado, junto a Planelles, como jugadores cedidos por el Real Madrid a un Castellón novato en la Primera División española. Volvió después para ser titular en su equipo y en la selección española de entonces, imprimiendo un sello de orquesta bien afinada en ambos equipos. Fue la elegancia en el juego. Después, como técnico, se incluyó en las categorías inferiores de donde surgió hasta llegar al banquillo como máximo responsable del primer equipo del Real Madrid. Tras Miguel Muñoz, es el entrenador que más títulos ha conseguido en menos tiempo.

Paradójicamente, un hombre que ha investigado en los secretos del liderazgo, Jorge Valdano, decidió prescindir de sus servicios porque lo veía con “perfil bajo”, es decir, no daba imagen de modernidad ni hablaba inglés. Antes de esta decisión, lo conocí en el hotel Monte Real de la capital de España, vestido con su clásico chándal azul marino de tres rayitas, escribiendo con lápiz en una libreta, solo en un salón de cien metros sobre una mesa inmensa de estilo isabelino. Llevaba calcetines blancos. Y luego, cuando lo veía en pantalla, bromeaba con mi hijo: “Eduardo, mira, que sale don Pantuflo (el padre de Zipi y Zape)”. ¿Y qué?

Hoy es el mejor entrenador del mundo. Parece ser que tener imagen guapa y hablar idiomas no es precisamente una competencia necesaria para ganar el campeonato del mundo. “Es capaz de darle a sus decisiones un sentido natural. Todo el trabajo de Del Bosque inspira una sensación de inevitable normalidad” (Alfonso del Corral, que fue jugador de baloncesto y médico del Real Madrid). Don Vicente es el hombre hache, la letra muda, la letra del silencio, la letra introvertida que mira para dentro y da personalidad a la palabra que la contiene. Es humano. Es honesto. Es humilde. Y Alfonso del Corral dice que es homogéneo, que no cambia, que sabe comportarse con grandeza incluso en los momentos más oscuros, que nunca se transforma ni en la dulzura ni en la amargura. Don Vicente se marchó con dolor del Real Madrid. Y fracasó: una temporada truncada en Turquía y un puesto fallido en Cádiz. Pero regresó con el reto de sustituir a una persona carismática que había conseguido un reto inalcanzado en más de cuarenta años (Luis Aragonés, entrenador campeón de la Eurocopa 2008). Don Vicente lo ha superado.

Y ha superado otros duros escollos, críticas, acusaciones, manipulaciones… con su rostro inmutable y su mirada bonachona, mientras transmitía a sus pupilos la visión: “No es momento de hacer balance y sí para soñar”. No irrumpe como elefante en cacharrería, ni hace ostentaciones, tampoco verborrea, ni siquiera plantea análisis sesudos, pero aplica dosis de sentido común, además de trascendencia a su misión: “Este grupo no solo ha pensado en ganar, sino también en otros valores”. Sabe igualmente cuál es su rol de representatividad y cumple con él "La imagen de un seleccionador es la imagen del país que representa". Apela al sentido de equipo: "La unión de los jugadores es nuestra fuerza. Si perseguimos un éxito será el de los 23 [jugadores], no de uno solo". Y además es caballeroso y honorable: "Estoy obligado a felicitar al rival [ ]. Si no jugamos bien nosotros fue por méritos del adversario”. Don Vicente es un hombre líder, hoy líder mundial, que transmite grandeza desde la sencillez, que valora el éxito en su justa medida, que sabe calibrarlo incluso en su faceta más expuesta, la económica: “No sé lo que cobro. Las cuentas las lleva mi mujer”, y que celebrará el mayor triunfo de su vida en su entorno cercano, sin aduladores, con el mismo cariño y ternura de quienes le arroparon en los fracasos.

Es don Vicente un modelo de hombre sabio. Qué bien sabe su triunfo en el ámbito mundial.

Marcelo Bielsa, líder y maestro

Marcelo Bielsa, líder y maestro

En este momento, parece necesario hablar de fútbol; medio mundo está pegado a las noticias del Mundial y no me parece nada mal seguir la estela, porque la práctica de este deporte ha llenado parte de mi vida durante muchos años, incluso lo suficiente para escribir una novela. 

 Aunque, en realidad, no quiero hablar de fútbol, sino de liderazgo. 

 La cosa me ha venido a la cabeza al leer unas declaraciones de Marcelo Bielsa, el entrenador argentino de la selección de Chile (quien conoce el percal, sabe el mérito que tiene cruzar intereses entre estos dos países, tradicionalmente enfrentados como buenos vecinos que son).  Ha dicho:

 "El liderazgo de verdad se ve en la derrota. El conductor sólo es bueno si ha superado la adversidad. Las operaciones y los cambios se hacen en la victoria, no en la derrota. La adversidad es el momento de observación. El liderazgo está directamente relacionado con la derrota. Porque es ahí cuando se verifica la consistencia del conductor. Una de las claves que tiene que tener un líder, es que necesita ser querido para ganar, y no ganar para ser querido".

El artículo del que he sacado el párrafo estaba titulado de esta guisa: “Soy un coleccionista de fracasos”, puesto en boca de don Marcelo, quien tiene tantas perlas que un estudiante argentino ha creado un blog donde las recoge.

 La cuestión me surge así: ¿Es necesario fracasar para ser líder?

 En España, no somos tolerantes con el fracaso.  Habitualmente, descabalgamos a quien se atreve a fracasar y lo expulsamos del podio de los triunfadores.  Pero lo cierto es que casi nadie llega arriba sin fracasar, incluso diría que nadie y pondría en el casi a quienes lo han ocultado por pudor, vergüenza o vanidad.  Porque quien esté arriba sólo entenderá a los de abajo cuando ha sabido superar tropiezos, errores y derrotas.  Siguiendo a Bielsa, le añado que en el culmen del éxito no se suele iniciar ningún cambio, ninguna modificación, no se evoluciona cuando te regodeas ante el éxito tan traicionero; son los malos tiempos –las crisis- lo que lleva al ser humano a cuestionarse su dirección.

 Todo proceso de desarrollo requiere de una cuota importante de análisis, de reflexión, de cuestionamiento, de tirón de orejas, de mirarme en el espejo con el espíritu crítico de decirte: ¿qué hago aquí?  ¿Se imagina usted a alguien en esta tesitura cuando se encuentra sumido en el éxito?  Yo no.  Por eso creo que es necesario caer para levantarse, y una vez de pie, antes incluso de restañar las heridas, empezar a pensar en las causas que te llevaron a morder el polvo. 

 Por cierto, hay personas que, aun viviendo en el más puro fracaso, siguen insistiendo en la misma forma de hacer… lo que también se debe a la falta de aceptación del fracaso o a la estulticia más estentórea.

 Cuando Marcelo Bielsa entrenaba a Vélez Sarsfield, su relación con José Luis Chilavert, figura entonces de ese equipo, era más bien tensa. Durante un viaje en avión, el entrenador le preguntó: "Chilavert, ¿usted es feliz?". El arquero, atónito, se lo quedó mirando… y a partir de esa pregunta, ambos comenzaron a charlar distendamente y la relación cambió para siempre.

 A Marcelo Bielsa le llaman “El loco”.  Nadie sabe bien por qué.

 http://frasesbielsistas.blogspot.com/

(Publicado en ForoRH núm. 150 - 01/07/2010)

Parábola sobre la evaluación

Parábola sobre la evaluación

—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

 El maestro sin mirarlo, le dijo:

 —Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... — y haciendo una pausa agregó— si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

 —E...encantado, maestro— titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades, postergadas.

 —Bien, asintió el maestro.

 Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:

 —Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

 Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.

 Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entrando en la habitación, dijo:

 —Maestro, lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

 —Qué importante lo que dijiste, joven amigo— contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar

 El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

 —Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender, yo no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

 —¡¡¡58 MONEDAS!!— exclamó el joven.

 —Sí— replicó el joyero—, yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé...si la venta es urgente...

 El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

 —Siéntate— dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

  De Jorge Bucay, en “Cuentos para pensar”

(Publicado en ForoRH núm. 149 - 24/06/2010)

Las cosas de las emociones

Las cosas de las emociones

Las cosas de las emociones, del corazón, de los sentimientos y de la espiritualidad no se han llevado bien con la empresa.  Las primeras incursiones aceptadas en gran parte de las empresas, y ya casi por ley, son los factores psicosociales, dentro de la especialidad de Ergonomía, en Prevención de Riesgos Laborales.  Desde ahí, nos llenan de anglicismos para poner nombre al stress (ya castellanizado como estrés), al burn-out, al mobbing…  Es decir, consecuencias negativas de determinadas acciones en el entorno laboral.

 

No quiero que hablemos de lo negativo, ni siquiera de cómo evitar lo negativo.

 

Prefiero que hablemos de lo que ayude a mejorar, o de lo que debamos modificar para favorecer el crecimiento.  No pretendo que estemos en un estado medio, adecuado, tipo, estándar… lo que llamaríamos normal, vamos.  Debemos tender al escalón superior, aquél que creyó encontrar Butragueño cuando conoció a Florentino.

 

Cuando aplicamos herramientas de desarrollo para las personas, pretendemos que su resultado sea un mayor crecimiento competencial para el cumplimiento y la superación en sus funciones.  No queremos que esa persona vaya a un estado “normal”, sino a uno “superior”.  Esto puede ser discutible si hablamos competencia a competencia (que alguna puede encontrarse en bajo nivel y queramos llevarla al medio), pero en el global de la persona buscamos que su desempeño tienda a la excelencia.

 

Dicen que Nicolas Flamel encontró la piedra filosofal… y eso le dio riquezas y la inmortalidad.  ¿Cuál sería, metafóricamente hablando, la piedra filosofal del desarrollo, aquella herramienta que nos garantizara el mejor resultado en la gestión?  Creo que existe y, como casi siempre, no hay que esforzarse mucho para encontrarla, sino simplemente saber mirar: la reflexión.

 

Sólo podemos avanzar si miramos hacia atrás, si nos miramos hacia atrás, y analizamos, y evaluamos, y corregimos.  Después, aplicaremos lo corregido y vuelta a empezar.  No tiene ningún misterio, es así de sencillo.  Lo complicado es saber encontrar las herramientas con las que haremos el análisis.  Y esas herramientas nos las va dando la experiencia, nuestras vivencias, nuestros modelos, nuestras lecturas, nuestros estudios.  Con estos ingredientes ante la coctelera, deberemos elegir cúales vamos a volcar en el líquido aglutinador para crear nuestro brebaje.  Ahí entran, sobre todo, los valores.  A partir de ahí, vuelta a empezar… pero…

 

La exposición a los elementos que nos circundan es el primer impacto a nuestra estabilidad emocional.  Ya desde el nacimiento, dejar el cómodo y cálido alojamiento nos arroja a sensaciones que no conocemos…  La resistencia o la adaptación son herramientas que van entrando a nuestra caja…  Antes, se produce nuestra reacción emocional.  Según sea la intensidad reactiva que nos provoque, nos removeremos contra o a favor de sus consecuencias…  Este proceso nos va haciendo más expertos (probablemente, sólo probablemente) en la gestión de esas emociones.  Cuantas más veces hayamos sentido una emoción, más capacitados nos encontraremos para la búsqueda de la respuesta más adecuada al momento (nunca hay respuestas correctas ni incorrectas; además, calificarlas así supondría juicios de valor que son desaconsejables).

 

Y llega la siguiente causa de impactos emocionales: el cambio, ya sea por causas propias o por causas ajenas.  Si es por ajenas, las vemos en otro momento.  Si es por propias estamos avanzando más en nuestro desarrollo.  Las cosas de las emociones, son clave para crecer,  imprescindibles, condición sine qua non…  Conocimientos, experiencia, reflexión, herramientas, elección y aplicación.  Ésta es la rueda del proceso  circular para el desarrollo. 

(Publicado en FororH, núm. 148, 11/06/2010)

Aprender a pensar

Aprender a pensar

Apuntes para Telémaco

Aprender a pensar

 

Le voy a contar una anécdota que se atribuye a dos premios Nobel por sus hallazgos sobre la estructura del átomo.  Es una leyenda urbana y quizá no sea cierta, pero encierra una interesante moraleja, por lo que al menos sirve a modo de parábola:

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

 

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado a un problema de física, pese a que el muchacho afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir el arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía:

“¿Cómo mediría usted la altura de un edificio con un barómetro?”

El estudiante había respondido:

–Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la altura del edificio.

La respuesta era correcta, pero en la resolución no aplicaba las características propias del barómetro, si no las de cualquier objeto que hiciera de plomada.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera a la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba, escribió la siguiente respuesta:

“Tomo el barómetro y lo dejo caer a la calle desde la azotea del edificio. Mido el tiempo de caída con un cronómetro. Después  aplico la formula de la caída libre y así obtengo la altura del edificio.”

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta y lo despidió.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.

– Bueno – respondió, – hay muchas respuestas. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides su altura y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos fácilmente la altura del edificio.

–Perfecto –le dije,– ¿y hay otra solución?

–Si, –contestó– éste es un procedimiento muy elemental para medir un edificio, pero también sirve. Tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro en la pared y cuentas el nímero de marcas hasta la azotea. Multiplicas la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la  altura.

–Es un método muy directo, por supuesto.

–Y si lo que se quiere es un procedimiento más sofisticado, puedes atar el barómetro a una cuerda, lo descuelgas desde la azotea hasta la calle y lo mueves como si fuera un péndulo. Así puedes calcular la altura midiendo su período de oscilación.

– En fin, –concluyó– existen otras muchas maneras, pero, probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa de la portera. Cuando abra, decirle: "Señora portera, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En ese momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema: la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la  diferencia de altura entre ambos.

–Ciertamente la conozco, pero durante mis estudios, los profesores han intentado enseñarme a pensar.

 

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922.