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Molintonia

¡Qué genio!

Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo cuando la visite.”  “Tiene usted mucha razón, señor”, le contestó.

El buen padre esperaba una niña.  ¡Qué ilusión tenía con una nenita de trencitas doradas que lo cuidaría en su vejez!  Cuando se enteró del desenlace de los casi diez meses de embarazo, pataleó contra la cama, llorando de rabia, y estuvo a punto de sacudir un tortazo a su esposa al verla llegar a la habitación sobre una camilla, medio dormida bajo los efectos de la anestesia _parto sin dolor, como quiso el médico_, pero cuando extendió el brazo para lanzar la mano con fuerza, golpeó el gotero con el codo, tirándolo al suelo.  Miró al enfermero y pidió perdón.  “Cosa de los nervios”, se excusó.  Al minuto siguiente, sin tiempo para reiterar su tentativa, entró el ginecólogo con un traje de calle impecable, lo que le provocó un efecto sorprendente.  El papá se enfadó: “¿Así se viste usted para atender a las señoras? ¿No tiene bata blanca, o verde, o rosa?”.  “Señor, cálmese, acabo de cambiarme.  ¿Cómo puede usted creer...?”  “Ah, pues perdone”. “De nada.  Está usted disculpado”.  “Gracias”.  “Tiene usted un hijo guapísimo, el niño más guapo de España, ¡qué digo de España, del mundo!”.  “Eso se lo dirá usted a todos”.  “No me insulte, yo no halago de balde”.  “Entonces, es usted muy amable”. “Gracias”.  “El parto, ¿bien?”.  “Bien, ¿y usted?, gracias”.  “Yo regular”.  “Me alegro”.  “¿El pequeño, pues?”.  “Tiene un corazón formidable, fortísimo”.  “Vaya, guapo y fuerte el niño, me gusta”.  “Además, es muy espabilado, ha abierto los ojos enseguida y ha estado a punto de decirme mamá.  Pero yo le he tapado la boca, ¡qué horror!, ¡qué equivocación!  Es un niño adelantado”.  “Después de diez meses, ¿adelantado?”. “Adelantado de luces”.  “Será electricista, pues”.  “Será, será”. “El tiempo nos lo dirá...  Gracias, doctor”.  “De nada, yo siempre a su servicio, para hacerle a usted y a su hijo todos los favores que quiera”.  “Y, ¿a mi señora?”.  “A su señora se los hará usted, vamos, digo yo.  Hasta la vista, señor”.  “Adiós, adiós”.

Inmediatamente, le acercaron al niño y, raudo, inició un examen exhaustivo para comprobar los loores del ginecólogo.  Asentía con cada golpe de vista: "Bien armado está el pibe", y se convenció de que había creado un varón prototipo, por lo que olvidó a la niña deseada. Dio un beso a su esposa, otro al niño, y se arrellanó en el sillón _eran las tres de la madrugada_, apoyó las piernas estiradas sobre un taburete y durmió plácidamente soñando con el triunfo de su retoño.

El día del bautizo hubo revuelo.  Se corrían rumores. Que si el niño era tonto, que si la madre no asistía por vergüenza, que si el padre era el ginecólogo, que si el cura iba a ser negro...  Pero toda esa palabrería quedó atrás cuando se conoció el nombre a colocar al neófito: Aristóteles Napoleón.  La recién parturienta le había añadido Adolfito, por el abuelo.  El agua bendita se escurrió por el parietal y el pequeño sonrió.  “Este niño deslumbrará”, pronunció papá Gabino.

Aristóteles lloró mucho en su infancia, no por desgraciado, sino porque su inteligencia le enseñó a pedir con lágrimas, e incluso sin ellas, pues sus glándulas se cansaban y le mandaban a paseo.  Le daba igual, berreaba sin pausa hasta que mamá Pilar le envolvía la boca con un pañuelo de hatillo o papá Gabino cedía encantado a sus pretensiones.  A la vista de los resultados, optó por llorar solamente cuando papá se encontraba en casa, cosa poco frecuente, pues consiguió varios empleos para sufragar primero los caprichos y después la formación amplia y suficiente para su angelito.  En evitación de la llegada de más genios al hogar, y como Pilar se negaba rotundamente, Gabino solicitó la ligadura de trompas a la Seguridad Social.  Le contestaron que como él no tenía trompas, sino tubos seminíferos y solo un hijo, era imposible acceder a la operación.  Como anécdota, se lo contó a un primo suyo residente en China y éste le envió la píldora anticonceptiva masculina, todavía en observación, pero que resultó efectiva.  Un día le llegó una misiva desde Pekín, agradeciéndole su colaboración en el experimento.  Estaba redactada en un español nefasto, escrita en papel amarillo e iba firmada por un tal Chu_Lang_Chei, amigo de Hirohito, aunque fuera japonés.  Le entusiasmó tanto el halago que subió al trastero la copia de La Gioconda y colocó la carta enmarcada en su lugar.  Se enorgullecía de ella ante sus amistades.

El pequeño genio jugó pronto con el ordenador.  Lo destripó al tercer día.  Conectó los chips de otra manera _él los llamaba escarabajos selenitas_y después de “adecentar” sus posibilidades, consiguió convertirlo en un órgano electrónico que su madre aprendió a tocar.  Como Aristóteles no gustaba de la música, una noche le dio por recomponer nuevamente la estructura  de los escarabajos selenitas.  Y, por la mañana, al ir Pilar a tocar “Para Elisa”, se encendió la pantalla y apareció una pareja presta a hacer el amor.  El juego consistía en acercar al varón a la posición ideal para iniciar la cópula siguiendo las coordenadas que solicitaba la hembra.  Pilar se escandalizó tanto como el día que entró a la habitación de Aristóteles y lo encontró dormido, desnudo y con su atributo erecto y sujeto por la mano derecha.

Le gustaba acudir al colegio porque podía rebatir cualquier explicación de los profesores y embarazarlos con preguntas complicadas de las que él ya conocía la respuesta.  Cada dos meses le pasaban de curso.  Entretenía las horas de clase fabricando figuritas de papel, aun estando sentado en la primera fila.  A pesar de su aparente distracción, no consiguieron pillarle en falta.  Los alumnos del último curso le buscaban en el recreo para pedirle que les resolviera sus problemas de matemáticas.  Papá Gabino le propuso cobrar por ello, pero él se negó.  El director del centro recibía todos los días alguna protesta de los profesores:  “Este niño no hace más que perjudicar a sus compañeros. Les hace sentirse retrasados mentales”.  “Aristóteles nos pone en ridículo cuando se lo propone y los alumnos empiezan a perdernos el respeto”.  “Tantísima inteligencia es un insulto”.  Ante tales argumentos, el director decidió enviarle a un centro especializado para genios.  Papá Gabino alegó falta de recursos económicos, pero la idea le engordó cuatro kilos.  Todo quedó solucionado con una carta al ministro de Educación y Ciencia solicitando una beca.  Le examinaron de un nivel muy superior al de su edad y terminó el ejercicio con la máxima nota en la mitad del tiempo requerido.  La última línea decía: “Por favor, no sean ridículos, es un examen para bebés.  Me he aburrido soberanamente”.  En el nuevo colegio, en un par de cursos, superó a todos los otros genios y, como no podían facilitarle el acceso a la Universidad, lo entretuvieron con tratados de filosofía que leyó como cuentos de los hermanos Grimm.  Le entusiasmó Maquiavelo, quiso ser “El Príncipe”, pero Montesquieu le hizo cambiar de opinión:  “Esto es más lógico, caramba”.  Rousseau le pareció un niñato y se embebió en la lectura de la Biblia y de El Capital.  “Engels y Marx debieron ser primos de Jesucristo”.  La clase obrera le tuvo sin cuidado, pero comenzó a imitar a Moisés con su compañeros.  Estuvo a punto de ahogarlos haciéndoles atravesar un canal nombrándolo Mar Rojo.  Se aprendió de memoria el Evangelio de San Juan, porque le gustaban las águilas.  Quiso convertir en cinco mil un pan y un sardina: se enfadó.  Tomó un vaso de agua y pidió que fuera vino: se enfadó.  Llegó al Apocalipsis.  Empezó a buscar en su barrio al nuevo profeta y como no lo encontró, devolvió las Sagradas Escrituras a la biblioteca y aconsejó que las colocaran junto a los cuentos infantiles.  Acababa de cumplir diez años.

Al acabar el curso, papá Gabino y el director solicitaron el acceso a la Universidad.  Cuando en la Secretaría vieron la fecha de nacimiento, después de comprobar que no había error, se rieron a rabiar y enviaron a los peticionarios una invitación  al acto de Apertura de Curso para ocho años después.  Papá Gabino pensó: “Ilusos”, y marchó hacia el campus con el expediente académico de Aristóteles y una carta de aval firmada por el director de la escuela para genios.  Consiguió una entrevista con el Rector.  A la pregunta de “¿y qué estudios quiere realizar su hijo?” Gabino quedó en fuera de juego.  Ante el silencio, el Rector sonreía irónicamente y pasó a decirle: “¡Hala, Gabino!, vuélvase a casa y convenza al niño de que jugar con soldaditos es más educativo”.  El papá no se levantaba, estaba ensimismado.  Sobre la mesa del despacho, junto a una figura de la paloma de la paz de Picasso, vio un enjambre de hilos metálicos con unas bolitas que simulaban la estructura del átomo.  “Física Nuclear.  Matricule a mi hijo en Física Nuclear”.  “Pero, por Dios, que tiene diez años”.  “Ha aprobado el acceso, ¿no?”  “Sí”.  “Y con las mejores notas, ¿no?”  “Sí”.  “Pues dé las órdenes oportunas”, concluyó Gabino.

“Hijo, vas a estudiar Física Nuclear”,  anunció a su llegada a casa.  “Muy bien, papá”.  Pasó todo el verano en la biblioteca, desmenuzando capítulo a capítulo cada uno de los libros que contenían alguna palabra sobre la energía atómica.

Para celebrar el éxito de Aristóteles en su recién acabado bachiller, Gabino le regaló una bicicleta.  El genio la miró de soslayo, pero, enérgico, aseveró: “Me gusta”.  Y comenzó a usarla en las horas que no acudía a la biblioteca.  Con los conocimientos que adquiría sobre energía, construyó un motorcillo de hidrógeno que aplicó a la rueda delantera.  Lo perfeccionó de tal manera que alcanzaba los noventa kilómetros por hora.  Como no abundó en conocimientos de mecánica, olvidó mejorar los frenos y, al doblar una esquina, atropelló a una vieja.  En un alarde de reflejos, evitó el golpe directo, pero al derrapar tocó el bastón de la señora.  Aristóteles quedó en pie, y la buena anciana fue a parar de bruces al suelo.  Se rompió la nariz y la barbilla, la cadera y la rodilla y quedó con las sayas levantadas más arriba de los muslos.  “Qué horror”, pensó Aristóteles.  Se acercó hasta ella, le compuso la ropa y le dijo con cariño:  “Es usted muy guapa, señora”.  La anciana murió feliz al día siguiente, dejándole toda su herencia, que consistía en dos gatos y unos muebles roídos por la polilla.  A pesar de que dijera:  “Vaya mierda”, nunca supo que al convertirse en heredero universal de la señora, su papá evitó pagar los siete millones de indemnización con que el juez condenó el atropello.  Llevó muy pronto los dos gatos a la Sociedad Protectora de Animales, porque le molestaba que se orinaran en su alfombra.

El primer día de clase no osó contravenir al profesor, pero ya al segundo le lanzó una pregunta comprometedora.  Continuó igual los siguientes, aumentando la dosis ante cada uno de los catedráticos, hasta que optaron por llamarle a la Sala del Consejo.  Todos reconocieron ante él su imposibilidad para seguir el programa del curso si continuaba con su actitud.  Utilizó muy bien el terreno ganado y con apenas quince días de curso, salió de aquella reunión con tres asignaturas calificadas con sobresaliente cum laude.  No quiso abusar.

La noticia trascendió rápidamente y comenzó a hacerse popular.  Le propusieron para delegado de curso, pero rehusó diciendo:  “No puedo perder el tiempo con tonterías políticas”.  A pesar de este reconocimiento, algunas muchachas comenzaron a reírse de él, llamándole pequeñajo, imberbe, polilla, empollón.  Cansado de ellas, las convocó en una clase e intentó disertarles sobre la relación hombre_mujer.  Le abuchearon, se abalanzaron sobre él y lo desnudaron.  Así se dieron cuenta de que sus atributos viriles eran los de un hombre maduro.  Comenzaron a marcharse, comentando el acontecimiento, pero una se quedó allí, observándolo.  Aristóteles se acercó hasta ella, la rodeó con sus brazos, la besó en los labios, le quitó la ropa, le hizo el amor y se despidió: “Eres buena, muñeca”.

Las excelentes calificaciones le proporcionaron  becas sustanciosas, por lo que papá Gabino dejó alguno de sus empleos y pudo dormir lo suficiente para enseñarle a jugar al ajedrez.  Aprendió pronto el movimiento del caballo, pero se le atragantó que el peón comiera en diagonal y que pudiera convertirse en dama al llegar a la octava fila.  Protestó y protestó a su padre.  Gabino le explicaba las reglas con pulcritud y él le demostraba la idiotez de algunas, de tal manera que habría convertido el juego en una matanza de marcianos por pantalla.  Una vez derrotado por la lógica del reglamento, cuando papá le aplicó con elegancia el jaque pastor en las tres primeras partidas, tomó tal interés por el ajedrez que no durmió hasta conseguir vencer a su progenitor con tal rotundidad que se quedó sin oponente, porque Gabino sucumbió al aburrimiento de oír con rapidez: “Jaque mate. Jaque mate.  Jaque mate”.  Consiguió ser campeón de la Universidad sin perder una sola partida.  En el momento de recibir la placa acreditativa, abandonó su motivación y no jugó más.

Al cumplir doce años, comenzó a orinarse en la cama.  Nunca lo había hecho, es más, también fue precoz en su peticiones de pipí y caca, que solicitaba como “nene quiere grifito” y “nene quiere purruf”, respectivamente.  En un principio, Pilar le dejó estar, pero al repetirse diariamente, le llegó hasta el gorro la tarea de lavar sábanas y dar la vuelta al colchón.  Cuando se decidió a recriminarle, Aristóteles contestó: “Mamá, necesito dormir. No puedo preocuparme de pequeñeces como los deseos de acudir al mingitorio”.  “¡Ah, muy bien”, dijo mamá Pilar.  Al día siguiente, ni cambió las sábanas, ni dio la vuelta al colchón.  Cuando se acostó, Aristóteles, al sentir el olor y la humedad, colocó un plástico sobre la cama y durmió entre él y la manta. Como despertó empapado en sudor y resbaló al bajar de la cama golpeándose la espinilla con el orinal, decidió hacer caso a las ganas de orinar.

Se le hacía aburrida la Universidad y decidió acabar de una vez.  Al tercer año, se examinó de todas las asignaturas de cuarto y quinto.  Matrícula de Honor fue el resultado.  Tenía ilusión por el título de doctor, así que en dos meses preparó la tesis.  Le costó elegir el tema, pero al caer en sus manos un tomo de la  enciclopedia “La Segunda Guerra Mundial” disipó sus dudas.  “¿Puede usted fabricar una bomba atómica casera?”, tituló su trabajo.  La primera frase del preámbulo constaba de dos letras: “Sí”.  En setenta y tres folios escritos y quince esquemas, demostró cómo un licenciado en Física podía plantearse y resolver prácticamente el deseo de construir una bomba atómica.  El catedrático que dirigió la tesis se asustó y solicitó el cambio de distrito.  En su lectura, todos los asistentes quedaron mudos.  A los cinco días, recibió una invitación del Pentágono.  Contestó que no estaba en su ánimo dedicarse a juegos de guerra y que si le presionaban enviaría cartas a los árabes uno a uno, explicándoles cómo fabricar el arma, de tal manera que se convirtieran en el mayor peligro para Occidente.  No hubo respuesta.  Abandonó la Física Nuclear sin aplicar sus conocimientos y se dedicó a plantar setas venenosas para exterminar a las ratas que poblaban el solar de al lado de su casa.

Papá Gabino le insinuó: “Es hora de que te ganes la vida”.  “Aquí estás tú para eso”, le contestó.  Durante una semana se encontró sin plato ni cubierto en la mesa, por lo que descubrió cómo comer setas venenosas sin envenenarse, escribió un tratado sobre ello y vendió treinta mil ejemplares, no por su contenido, sino por la propaganda de la editora acerca de la edad del autor, trece años recién cumplidos.  Papá Gabino se compró un Mercedes y no le molestó por una temporada.

Una vez que mató a todas las ratas del solar de al lado de su casa, abandonó la cría de setas venenosas y se imbuyó en temas teológicos, excluyendo la lectura de la Biblia.  Cuando ya obvió la existencia de Dios, el misterio de la Santísima Trinidad y la llegada del Espíritu Santo para fecundar a la Virgen María, recopiló vidas de santos, en especial, misioneros.

Entre libro y libro, aprendió a conducir el Mercedes, estudió su chasis e inventó la manera de que nunca pudiera volcar.  Después de instalar sus artefactos, invitó a papá y a mamá a un pequeño viaje para demostrárselo.  Llevó el automóvil por pendientes casi verticales, sorteó vaguadas y barrancos y no volcó.  Regresaba a casa tan eufórico que oprimió el acelerador a tope.  Alcanzó los doscientos veinte kilómetros por hora y sonreía feliz.  A quinientos metros de la entrada a la ciudad, la carretera tenía un badén excesivamente pronunciado.  El coche voló y un remolino de viento en contra hizo que volcaran.  Aristóteles, al diseñar la colocación de sus artefactos, nunca pensó que un automóvil pudiera girar sobre su eje transversal _incluso los contrapesos le ayudaron en el volteo_.  Aristóteles salió ileso, papá Gabino apareció con el cinturón de seguridad enroscado al cuello y mamá Pilar bajo la rueda de repuesto.

El pequeño genio les lloró la ausencia.  Vendió la casa, retiró el dinero de todas las cuentas y se marchó al África, para cristianizar tierras inexploradas.  Nunca se supo más de él.

Se rumoreó que Togo tenía la bomba atómica.

Incluido en el libro de relatos "Epistolario de un oficinista"

La tregua, de Mario Benedetti

La tregua, de Mario Benedetti

Mario Benedetti murió el pasado 17 de mayo.  Había nacido en Montevideo, en 1920, y en 1960 publicó su primera novela, “La tregua”, donde recrea unos meses de la vida de un contable, Martín Santomé, imbuido en la rutina más extrema salvo durante unas semanas (lo que sería esa tregua entre dicha rutina) para atender a un nuevo amor en su vida, Laura Avellaneda.

Benedetti fue un oficinista desde 1934 a 1938 en una empresa de repuestos de automóviles, así que el ambiente no le era nada desconocido, y con su arte y su experiencia consigue una de las mejoras obras de la literatura sudamericana.


Me he sumergido en sus páginas a modo de recuerdo… y escribo aquí de la novela porque he podido disfrutar de sus descripciones sobre aspectos de la gestión de las personas.  Todo un lujo.  .
 
“La tregua” es una novela corta, de lenguaje directo, escrita en primera persona como entradas en un diario que escribe Santomé en los meses previos a su jubilación.  Me gustaría que esta reseña sea una recomendación veraniega de lectura, así que, como aperitivo, ahí van unas “aceitunas”:

 Viernes, 15 de febrero… sobre el placer en el trabajo: “…debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras como la M mayúscula o la b minúscula, en las que me he permitido algunas innovaciones.  Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté miles de veces…. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta… soñar.

 Viernes, 1º de marzo… sobre la supervisión del rendimiento: “El gerente llamó a los cinco jefes de sección.  Durante tres cuartos de hora nos habló del bajo rendimiento del personal.  Dijo que el Directorio le había hecho llegar una observación en ese sentido, y que en el futuro no estaban dispuestos a tolerar que, a causa de nuestra desidia (cómo le gusta recalcar “desidia”), su posición se viera gratuitamente afectada.  Así que de ahora en adelante, etcétera, etcétera… Todos sabíamos hoy que la arenga iba para Suaréz, pero entonces ¿a qué llamarnos a todos? ¿Será que el gerente sabe, como todos nosotros, que Suárez se acuesta con la hija del presidente? No está mal Lidia Valverde.

 Jueves, 18 de abril… sobre el auditor: “Vino el inspector: amable, bigotudo.  Nadie hubiera pensado que fuese tan cargoso.  Empezó pidiendo datos del último balance y terminó solicitando una discriminación de rubros que figura en el inventario inicial.  Me pasé acarreando viejos y destartalados libros desde la mañana hasta última hora de la tarde.  El inspector era un primor: sonreía, pedía perdón, decía “mil gracias”.  Un encanto el tipo.  ¿Por qué no se morirá?”

 Jueves, 1º de agosto: … una opinión sobre el jefe: “ Me llamó el gerente.  Nunca lo pude tragar.  Es un tipo maravillosamente ordinario y cobarde.  Alguna vez he tratado de representarme su alma, su ser abstracto, y he conseguido una imagen repulsiva.  Allí donde normalmente va la dignidad, él solo tiene un muñón: se la amputaron.”

 Sábado, 17 de agosto:…sobre los accionistas: “Esta mañana estuve hablando con dos miembros del Directorio.  Cosas sin mayor importancia, pero que alcanzaron, sin embargo, para hacerme entender que sienten por mí un amable, comprensivo desprecio.”

Y como último contenido del aperitivo previo al excelente almuerzo que será la lectura de la novela, le presento, amigo lector, este diamante literario:

 Lunes, 3 de febrero: “Ella me daba la mano y no hacía falta más.  Me alcanzaba para sentir que era bien acogido.  Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.”

Que usted lo lea bien.

Publicado en ForoRH nº 111, del 4 de julio de 2009

Severiano, el tenor

Severiano, el tenor

Severiano se ha vuelto loco.  Decididamente, está loco de atar.  Y tengo que hacer esfuerzos para creerlo, pero lo he visto, lo he visto y lo he oído.  Ramiro me lo había avanzado en la última reunión de exalumnos y, como siempre exageró con brutalidad, imaginé de sus palabras una historia imbécil para desprestigiar el carisma del buen Severiano.  Esta vez, Ramiro llevaba razón con su cuentecillo. 

Severiano y yo fuimos carne y uña durante trece años colegiales, amigos con las escapadas en bicicleta, con los primeros cigarrillos en los pinares y con las centraminas para empollar de un tirón el curso completo de Filosofía.

Mientras cursábamos los años del Bachillerato, Severiano simultaneaba las muchachas con el Conservatorio.  Quería cantar, ganarse la vida cantando, una utopía en su caso, pero bueno, ahí estaba, alegre, ilusionado y consciente de sus virtudes.  Timbre de tenor, presencia y dotes interpretativas le avalaban; su sentido musical, también; pero sus cuerdas vocales... sus cuerdas... más que cuerdas parecían hilos, y no de seda precisamente.  Resultado: ronquera profunda a la segunda pieza.  Como el Conservatorio estaba saturado y al profesor de canto no le gustaba escuchar voces mejores que la suya, Severiano sólo interpretaba un par de estrofas en los exámenes.  Lógicamente, alcanzó las mejores notas y su ego se idolatraba.  Comenzó a pensar en Pavarotti.

Con tan excelentes augurios, al terminar el curso preparatorio para la Universidad _ahí nos separamos_, quiso dedicarse al bel canto.  Morirse de hambre casi lo consigue.  Subsistió gracias a un amigo que le facilitó un bonito trabajo: vender números de rifa ilegal en las bocas de metro, lo que le reportaba beneficios, pues acompañaba el anuncio de la venta con notas de los coros de Nabuco.  Y de ahí nace su locura.  Me explicaré.

Un buen día, se le acercó un avispado empresario de corsetería, con ínfulas de creativo y sin nada que hacer en las tardes calurosas, para proponerle interpretar a Mefistófeles en un Fausto que llegaría a representarse en el Teatro Colón de Buenos Aires.  El amigo Severiano regaló a una ancianita los últimos boletos de la rifa y se abalanzó sobre el corsetero para besarle los anillos, los dedos, las orejas y los calcetines.  Acababa de alcanzar la meta soñada.  Tras dos días de ensayo, el drama se estrenó en el salón social de la fábrica de bragas del empresario.  Severiano triunfó, el público era un clamor, ni un solo espectador permaneció en su silla, se palpaba la exaltación del éxito.  Todos aplaudían, él pensaba que a su voz, al más ridículo traje de cuernos asimétricos y rabo enroscado jamás visto en un escenario.  En la gira posterior por las otras fábricas y los colegios del barrio, el triunfo se prolongó.  Las carcajadas ahogaban su afonía y el drama se convirtió en una comedia feroz: Fausto, en lugar de vender su alma al diablo, compraba estampitas de santos para ahuyentar a los vampiros.  Cuando el corsetero acudió a la última función de la primera gira, y corroborando su intención de llevar la obra al Teatro Colón o similares y no al Folies Bergère de París, no tuvo más remedio que acercarse al camerino de Severiano:  “Señor del Cacho, entiendo el éxito de la obra con este giro de la temática, pero, teniendo en cuenta que deseo representar el drama ante un público selecto, me veo obligado a contratar un tenor para el papel de Mefistófeles, puesto que un cómico no necesito”.  Aquello fue un noqueo fulminante.  Demoledor.

Ahora, Severiano vende números de rifa junto a las puertas del Congreso, vestido de Satán serio, colgado en un trapecio y entonando canciones de Joaquín Sabina, que no le producen ronquera.  De vez en cuando, sentencia: “Mientras busco a Fausto, quedaré suspendido en el espacio y en el tiempo, frente a un agujero negro de antimateria”.

Decididamente, Severiano se ha vuelto loco.

(Relato incluido en la antología "Voces con vida", de la editorial mexicana Semiotics)

La mala praxis en la dirigencia

Se ha repetido hasta el hartazgo que una crisis es una oportunidad.  Veolo bien. Podríamos extender el significado de esta frase para matizar que se trata de una oportunidad de crecimiento, una oportunidad de cambio, una oportunidad para hacer cosas que nunca se han hecho.  Cuando el barco tiene vías de agua, nadie pregunta si debe cumplir o no la norma establecida, así que en estado de emergencia todas las soluciones son bienvenidas porque ya da lo mismo el riesgo de aplicarlas.  Como consecuencia, se estimula la creatividad y surgen soluciones originales.

También existen otras interpretaciones (muchas más) hechas por las partes interesadas que pretenden cumplir la máxima aparentando que están cambiando para, en cambio (valga la redundancia), seguir igual.  Y quien así opina, se aboca a la mala praxis en la gestión de recursos, generalmente sin darse cuenta de su error, debido a esa falta de perspectiva que proporciona la falta de inteligencia que, a su vez, aboca a la mala praxis.  Círculo cerrado.

¿Cómo podríamos detectar al/ a la (¡hala!) mal/a directivo/a con una rápida interpretación de hechos observados?

Hay algunos/as de dichos/as dirigentes que poseen la capa de invisibilidad de Harry Potter y es difícil encontrarlos, salvo que tropiecen o pasen por delante del gato de Flint (el guardián del colegio), pero debemos arriesgarnos a buscar y buscar y buscar para que los/las adheridos/as al mal mandar, manden mal, pero en su casa.

Elijamos, en esta ocasión, tres casos de mala praxis en la función directiva:

1º) el/la desgastador/a, es decir, aquél que decide, implanta y controla una sistemática importantísima destinada a la reducción de gastos, tales como (¡atención!): uso de teléfonos móviles, sea dejándolos en la oficina al término de la jornada o con chequeo exhaustivo por parte del/la secretario/a de los números de destino, no sean que llamen a los/las amantes; fotocopias, no sea cuestión de que los/las desaprensivos/as en tiempo de crisis sigan trayendo trabajos del/de la niño/a a la oficina para duplicarlos con el tóner; consumo de papel, por lo cual habrá que aprovechar las impresiones no válidas para papel borrador, inclusive el papel periódico (del gratuito) para papel higiénico…

2ª) el/la desaparecido/a, o sea, quien por la mañana llega con la sonrisa de oreja a oreja o con la cara entre las piernas (sirven los dos extremos como síntomas inequívocos de parálisis en acción), saluda entre dientes expeliendo algo de saliva, y se enclaustra en el despacho, inclusive con cierre de llave si es preciso, y no hace mención de salir ni siquiera para evacuaciones fisiológicas (probablemente, se haya traído orinal de casa).  Imposible preguntarle por lo que se debe hacer.

3ª) el/la delegadón/a: dígase así de quien delega en exceso, con verborrea explicativa en extensión especulativa frente al interlocutor subordinado, hasta el punto, por ejemplo, de solicitar a su secretario/a que explique al/a la asistente/a del/de la doctor/a los dolores que siente profundamente en el pecho, juntamente con emisión de suspiros y eclosión de erupciones con prurito en el cuero cabelludo, antes de solicitar hora todas las semanas con un especialista distinto, hasta ir a parar al homeópata amigo de su hija, la cual le dice que mejor se multiplique por cero; otras acciones se resumen en dos: no tomar ninguna decisión sin consultar con su jefe/a o con una comisión, y dejar de firmar todos los partes de trabajo (los pasa a su secretario/a, a quien pide que le falsifique la firma).

Querido/a amigo/a, ¿me cuenta usted más casos de mala praxis de la dirigencia?  No se lo diré a nadie, palabrita del niño Jesús.

 

Nota: habrá notado usted que he usado siempre el masculino/femenino para provocar una sonrisa de satisfacción en Bibiana Aído... pero qué mal queda…  No lo volveré a hacer más.

Publicado en ForoRH nº 110 26/06/2009

Fusiles al alba

Fuimos grandes amigos, como solamente se puede ser en la infancia.  Todas las ilusiones caían en nuestras manos y fabricábamos un futuro de progreso y de justicia cabalgando sobre las bicicletas, jugando a los “montones” o preparando un partido de fútbol contra el barrio vecino casi enemigo.  No son tanto tiempo veinte años, y hace diez estábamos eligiendo en la ingenuidad de los dieciocho.  Carlos ya luchaba contra el sistema y justificaba la batalla con la bandera de la igualdad.  Entonces, me hacían gracia sus ideas, o si no sus ideas, que las más de las veces no entendía, sí la vehemencia de su defensa y el dogmatismo de su discurso.  Me las contaba encendido, exaltado por la imprudencia de la juventud...  Y no dejó de ser joven.

El patio de la prisión, silencioso, gris, desprendía una sensación fúnebre.  Los guardianes vigilaban por las galerías, unos desfilando con pie firme; otros, relajados, confiando en la solidez de los barrotes.  El cielo se vestía de un color perla que jugaba con la luz y la oscuridad para hacer inútiles los inmensos faroles del tejado.  La brisa del amanecer traía olor a muerte.

Carlos tenía fama de travieso, díscolo o gamberro, según quien juzgara sus actos; sus actos, que también eran los míos, porque los dos nos juramos, después de alguna película de indios, eterna amistad, hermanos de sangre.  Pero siempre tuvo marcado el estigma de la revolución.  No le bastaba con hacer travesuras, debía comunicarlas y defenderlas, sentirse guerrero en una guerra, ahora dudo si contra los demás o contra sí mismo, y cuando todo el mundo las conocía, cuando todo el barrio le nombraba en los corros del atardecer, jugaba a ser héroe, líder de unas masas fantásticas que arrastraba a la rebelión contra el sistema.  A veces le preguntaba:

_¿Qué sistema?

Y Carlos me agredía con la mirada autosuficiente de los iluminados:

_Ingenuo. ¿Qué sistema?, me preguntas.  Tu sistema, tu acomodo con lo fácil, con el dinero, con el sillón burgués.  Todo, todo está podrido.

_¡Eh, eh! _le frenaba_, que estoy contigo, ¿sabes?  No intentes acalorarme con tus mítines, ¿de acuerdo?

Y Carlos, enfadado, se alejaba de mí hasta el día siguiente, quizá porque yo era su amigo de la niñez...

Odiaba a don Francisco y un día, en su clase, el maestro quiso aplastar a los comunistas con una larga perorata tan encendida como cualquier arenga de Carlos.

_Este hombre es del sistema _me chistó al oído_.  Lo pagará, no imagina lo que le puede ocurrir.  Nos está engañando.

Don Francisco, tras las clases de la tarde, cayó por la escalera y pasó cuarenta días y cuarenta noches con la pierna derecha escayolada.  A pesar de que todo el colegio conoció por los pasillos al ejecutor de la venganza, nadie nunca tuvo valor para denunciar a Carlos.  Las canicas en el rellano compusieron su primera “acción popular” para el “encuentro con la justicia”.

Cumplidos catorce años separamos nuestros destinos por primera vez.  Los dos superamos la reválida, los dos con sobresaliente, y nuestras familias nos empujaban al Bachiller Superior.  Pero Carlos ya había escudriñado en nuestra caseta del río las páginas de “El Capital”, robado de la biblioteca secreta de un cura socialista, y decidió llevar la contraria a todo el mundo.  Quiso integrarse en el proletariado, y se hizo con un puesto en la fundición de la competencia de su padre.  Su padre, don Carlos, era el “asqueroso burgués”, enriquecido al amparo de los nacionales, con el estraperlo en la guerra y con los sobornos después, adicto al Régimen y miembro activo de la Falange.  Durante la infancia, Carlos le acompañaba a las reuniones y observaba, que no escuchaba, el estilo de su progenitor para ensalzar sus ideas y lograr el convencimiento y el aplauso fácil de la audiencia.  Una vez que decidió no acudir más, apenas tuvo relación con su padre sino para disputar agriamente sobre política y romperse la cara de mes en mes.  No comprendo cómo no le echó de casa.  ¡Un comunista hijo de un falangista!  Yo creo que don Carlos le aguantó porque, al trabajar para la competencia y enardecer a sus camaradas obreros, minó la productividad de la fundición y la empresa de don Carlos se situó a la cabeza del sector en solitario.  Y mientras yo me debatía entre el latín y las matemáticas, mi amigo sembraba el germen de la revolución.

En multitud de ocasiones, me hablaba de sus acciones, cómo arengaba a  los trabajadores, cómo preparaba atentados _ingenuos_ contra la fábrica y cómo embaucaba a su padre para que le protegiera de la policía política.  Había algo extraño que tardé en comprender: nunca intentó convencerme o arrastrarme hacia sus ideas, parecía que me guardaba en una urna sellada y que sólo hablaba conmigo para desahogarse, jamás para encumbrarse o enorgullecerse.

Años después, soy incapaz de sentir lástima por él; ni el silencio del patio, ni los rifles de los guardianes, ni las lágrimas de su madre, me causaban el estremecimiento lógico ante el desenlace. 

Mis notas brillantes en el Preuniversitario le obligaron a sufrir una leve vacilación.  Recuerdo en sus ojos una brizna de nostalgia cuando le comuniqué mi decisión de estudiar Derecho.

_Tú serás grande, Manuel _me vaticinó.

Dio la vuelta sin despedirse, y me dejó... hasta el día siguiente.

_Yo también voy a la capital...

Me alegró oírle así, pero...

_Ingresaré en otra universidad.  Allí, más cerca del poder, lo combatiré con mayor eficacia.  Me aguardan otros compañeros.  Está todo preparado.  Caerán.

_¿Sabes a lo que te arriesgas? _me atreví a prevenirle.

_Sé dónde voy a parar...  Manuel, es fácil que no volvamos a vernos.  No te conviene mi amistad.  Mientras dure mi padre, me salva mi apellido, pero tú serías blanco de una venganza contra mí.  Cultiva tu carrera y algún día tendrás noticias mías.

Supe que se escapaba para casi siempre.  Y sin despedidas, sin abrazos, sin más palabras que su sonrisa, me dio la espalda y se escabulló.

Tardé en saber de él.  Ocurrió como en aquella ocasión, en nuestra pequeña ciudad, cuando pululando por los caminos de los alrededores vimos un tumulto en una vieja casa abandonada y nos acercamos a paso quedo hasta descubrir una confabulación secreta de la oposición a la dictadura.  Si allí Carlos sembró su ánimo para la acción encubierta, en esta otra ocasión, descubrí el verdadero fervor de mi amigo por aquella causa.  Tres imberbes de tercero de Derecho, con americana de gales y cuello almidonado, sufríamos unas copas de más, y la desorientación nos llevó hacia las casas semiderruidas del casco viejo.  Oímos murmullos bajo el edificio más alejado de una calle sin salida.  El sótano respiraba por un tragaluz con rejillas enfangadas.  Mirándonos en silencio, decidimos buscar un resquicio por donde fisgonear.  De pronto, el murmullo se apagó, crujieron unas maderas y una voz surgió penetrante:

_¡Camaradas!, gracias por vuestra asistencia en este momento tan decisivo.  Os honra la valentía y no puedo menos que sentirme halagado por presidir este importante elenco de luchadores...

Hablaba Carlos, lo escuchaba después de tres años y sentí como si todo ese tiempo se agrupara en un segundo para recordar solamente su despedida.  No podíamos ver a nadie, pero en nuestra incipiente inquietud política, abríamos los oídos a lo que pensábamos sería una página de la historia.  Aguantamos helados de frío hasta cinco minutos antes del cierre del colegio mayor, y, en esa larga hora, Carlos se enfebreció, haciendo apología de la libertad y del comunismo, incitando a la lucha armada y a la rebelión con una pasión enardecida.  A cada frase, sus oyentes le jaleaban y poco a poco comenzaban a compartir el ardor de la arenga.  Lanzaba frases demagógicas, mencionaba acciones internacionales, refería artículos del periodismo extranjero... A la semana siguiente, la prensa nacional hacía una escueta reseña a la detención de cinco revolucionarios, acusados de promover movilizaciones en una fábrica de las afueras de la ciudad.  Carlos no aparecía entre ellos.

Mientras el sol se tornaba rojizo sobre el ala Este de la prisión, recordaba el rostro de mis dos compañeros de escucha, asustados y emocionados, deseosos de narrar su aventura, pero reprimidos por la imagen del Caudillo, que presidía cada uno de nuestros rincones habituales.  Se abrió el portón principal, y los guardianes dieron paso a un coche negro y a su escolta militar.  El director de la prisión se cuadró, mano derecha en alto, para saludar a un general plagado de medallas.

A partir del mitin del casco viejo, busqué contactos para recibir información sobre Carlos.  Supe que se había integrado en una organización terrorista y que le asignaban tareas de responsabilidad.  Quise entender las razones, pero, a pesar de comprender sus motivos, a pesar de compartir el rechazo por sus enemigos, sólo podía juzgarle como un fanático, como un exaltado en una imprudencia desmesurada.  Pero si mi Carlos no había cambiado, tenía la seguridad de que nadie guiaba sus pasos, de que era consciente de su camino.  Carlos había planeado su autodestrucción.

Los ciudadanos vivían felices con el seiscientos y la Seguridad Social; el aparato político se encargaba de ocultar las preocupaciones del Gobierno por los movimientos revolucionarios, pero Carlos, siempre Carlos, me obligaba a mantenerme informado sobre las revueltas.  Y yo, sin valor para enfrentarme a mi sentido de rebelión, sorbía diariamente la lucha escondida para acabar con el Régimen.  La Universidad se convirtió en un hervidero de noticias, comenzó a palparse actividad.  Carlos iba de boca en boca como el líder de un próximo pronunciamiento.  Los más exaltados lo tomaban como estandarte.  Sentí preocupación por él y por su verdad...  pero el Régimen lo controlaba todo.

La licenciatura me apartó de aquella efervescencia.  Comencé a trabajar en el bufete de un abogado criminalista y procuré olvidar a Carlos.  Supe que huyó a Europa y, sabiéndolo a salvo, conseguí mi deseo.

Desde la galería, la tranquilidad de aquellos años volvía a estar lejana.  Observaba la arena del patio para evitar la visión de la pared de adobe, pero aun con la certeza que todo estuvo escrito desde el principio, sentía una congoja horrible.  Me confortaba que Carlos no pudiera verme, aunque supiera que estaba ahí, hasta el último paso, hasta el último suspiro.

Regresó a España, ¡maldita la hora!, y en su vuelta únicamente trajo una fiebre: luchar y luchar, enardecer a las masas, encontrar fanáticos como él para que le arrastraran a su final.  Lo encontró un 26 de septiembre, cuando su padre llevaba tres días bajo una losa.  Fue acusado de cien delitos, quizá noventa y nueve falsos.  Y aquella vez tampoco le podía fallar.

_Hola, Carlos.

_Hola, Manuel.  ¿Por qué tú?

_¿Crees en alguien mejor?

_Ya lo creo _me contestó, enfadado_. ¡Cualquiera!  No debes mezclarte en esto.  Es cosa mía y yo lo solucionaré.  Puedes salir de aquí, y muchas gracias.

_No, no salgo, y tú tampoco.  He venido a preparar tu defensa con todas las consecuencias.

Carlos eludía mirarme al rostro.  Había perdido vigor, le vencía la palidez y de su eterna adolescencia solamente conservaba el brillo de unas pupilas limpias.  Me pareció derrotado, por eso no podía irme.

_Siempre has hecho tu voluntad, y sea buena o mala, tu suerte ha conseguido que nadie te obstaculizara _se rindió.

_Quizá actúe en el momento oportuno.

_Y, ¿ahora lo es?

No quise contestarle.

_Carlos, tienes todo perdido, mañana estarás acabado _le anticipé_.  Y no vengo como víctima, sólo como amigo para soportar junto a ti la derrota.

No había cambiado.  Inició una sonrisa pausada y culminó con grandes carcajadas el desprecio a mi vaticinio.

_Eres un perdedor, maldito Manuel.  ¿Quién te ve? ¿Crees que unos cuantos sentados junto a la poltrona pueden acabar con millones de voces?  No podrán conmigo, aún no es el momento, todo está listo para derrumbarlos y yo tengo la dinamita necesaria.  No me rindo, ¿sabes?... Y tú...

_Basta, Carlos... _interrumpí sus bravuconadas porque me causó miedo; se encendía a cada frase y su mirada huidiza se tornó en agresión; vibraba, intentaba comunicar, mostrarse como un profeta iluminado con el don de la verdad, con licencia para utilizar cualquier medio a fin de concluir su misión_...  Eres más inteligente que yo, me conoces bien y, por lo tanto, sabes a quién estás hablando.  Nunca te dejaste engañar, así que creo tus palabras como nacidas de ti y no impuestas.  Hace años te veía como un joven arriesgado que estaba en una línea de justicia con unos métodos violentos, pero siempre dominándose, siempre dando el otro paso muy meditado, con lucidez matemática.  ¿Esa lucidez te ha llevado hasta aquí?

_¿Acaso no tengo la luz?  ¿Acaso crees que estoy equivocado?  ¿No puede vencer la verdad?

_Carlos, ¿eres tú?...  Sabías que esto estaba fracasado desde el principio.

_¿Quién te crees?  ¿Dios?

_No, amigo, soy un hombre que lee la realidad.  Estamos entre barrotes, es la cárcel, y tú estás con la cabeza rapada y con tres guardianes esperando a que intentes escapar para regarte la espalda de balazos.

_No será ese mi final.

_Cuéntamelo tú _le reté.

Se levantó y rodeó la mesa para colocarse detrás de mí.  No quería mirarme.

_He escrito mi vida, Manuel.  Desde veinte años atrás he esperado este momento, he trabajado duro para conseguirlo, y todo está hecho.  Además, tenía que servir para algo, había que buscar una causa noble para cumplir el destino que quise fijarme... y ha servido, ha servido para iniciar una lucha justa.

Le escuchaba a mi espalda y no me volví.

_¿Cuál es tu justicia? _quise saber.

_Mi liberación _contestó, recalcando el posesivo.

_¿Y a cuántos has arrastrado por tu liberación?

Salió de la sala, sin despedirse, para no volver a verle... hasta el día siguiente.

El general subió al estrado de madera.  Diez fusileros, engalanados en oro, formaron frente a la pared de adobe.  Carlos caminó lentamente hacia ellos, se detuvo y fijó la mirada en el rostro del cabo del pelotón.  Se oyó una voz, unos rugidos de fuego y el reo cayó a la arena.

 

José Antonio Prades

Zaragoza, octubre de 1987

Leire (Pajín) y Cristiano (Ronaldo)

¿Cuánto debe cobrar un directivo? ¿Un millón, por redondear?  ¿Mucho variable y poco fijo?  ¿O el fijo aumenta si es cuestión de atraer talento robándoselo a la competencia?  ¿Se gana un directivo lo que cobra?  ¿Hay alguna forma de medirlo… de verdad?  ¿Se le paga por ganar dinero ya o también por crear cimientos de empresa?

Leire Pajín puede llegar a cobrar 20.000 € mensuales por ostentar varios cargos (ver El Confidencial, 10/6/09).  No hay constancia de pago de prima por fichaje, es de la cantera.

Cristiano Ronaldo cobrará nueve millones de euros por temporada (no sé ni quiero mirar si son netos o brutos, qué brutalidad), más ingresos por publicidad variada.  El pago por su fichaje ha sido de 94 millones de euros (ver todos los medios de comunicación).

Leire es una directiva, Cristiano es un experto… los dos son dependientes (?) por cuenta ajena.  Aunque haya mucha diferencia, los dos cobran una barbaridad.

Leire es una profesional de la política desde que, a los 23 años, fue la diputada más joven del Congreso.  Ha ido teniendo más o menos éxito en sus cargos para los que fue nombrada a dedo por su partido (como casi todos los políticos, que nadie vea fijación por la señora), y al llegar ZP a la Moncloa, a quien sustituyó en el honor de ser el diputado más joven, adquirió preponderancia en el partido, tanto por su valía como por la cuestión de cuotas.  Obtenida por Pepe Blanco (el político, no el cantante, que éste se murió en 1981,cuando aquél tenía 19 añitos, después de hacer pareja eterna con Carmen Morell, igual que aquél la hizo con Caldera, de la cual sobrevivió el más afín al ZP, no el más competente; ¡uy, que me desbarro!), la vicepresidencia del partido, nuestra señora fue nombrada por el mandamás, secretaria organizativa del pesoe.  Últimamente se ha destacado por ver una conjunción planetaria, gran visión iluminada para halagar mucho a su nombrador, más también pelotear al íntimo amigo Obama (a ver si nos suelta algo y nos perdona el desplante de ZP a su bandera; lo de Lula fue por rellenar).  Vamos, eso deduzco yo, que es impresión personal.

Y Cristiano es un habilidoso deportista que lleva unos pocos años como destacado en su equipo y en su selección nacional, experto en marcar goles y por tanto en dar espectáculo.  Ha creado su propia marca, se venden muchos productos basados en su figura futbolística, llena estadios y sienta gente al televisor para verlo expresamente, por lo que genera importantes ingresos para el club al que pertenece.  También es famoso por sus escarceos lúdicos, por sus enfados y rabietas... por su tableta de chocolate en el abdomen.  Cristiano tiene una vida profesional de no más de diez años en ese gran nivel, salvo lesión que le incapacite.

No pretendo emitir sentencia, ni siquiera dictamen, sobre ambos ejemplos, pero espero que a usted le genere interés por el análisis y por crearse una opinión al respecto comparando ambos casos de alta remuneración en función de actividades.

Lo cierto es que en todas las épocas existen grandes diferencias de ingresos entre los mortales, y las pautas éticas que las encuadran se mezclan con las económicas, con las sociales, con las políticas, e incluso con las filosóficas.  No será el siglo XXI la época en la que desaparezcan, más que nada porque no cambiará la condición humana en tan corto período de tiempo.  Pero sería muy interesante hacer ya algo por ello.  Los tiempos de crisis son propicios.  Podríamos basarnos en modificar ciertas bases educativas y en promover la solidaridad… por ejemplo.

Repito: ¿Cuánto debe cobrar un directivo? ¿Un millón, por redondear?  ¿Mucho variable y poco fijo?  ¿O el fijo aumenta si es cuestión de atraer talento robándoselo a la competencias?  ¿Se gana un directivo lo que cobra?  ¿Hay alguna forma de medirlo… de verdad?  ¿Se le paga por ganar dinero ya o también por crear cimientos de empresa?

(Publicado en Foro RH núm. 108 - 18/06/2009)

 

La desigualdad

Antes de nada, por si acaso, dejo claro que para mí hombre y mujer se engloban en el concepto de persona, con los mismos derechos y obligaciones ante la ley y ante las oportunidades que se ofrezcan para su progreso; las diferencias surgen de la mera fisiología y nunca deben ser justificación para una merma de igualdad en ese trato.

Digo esto tan taxativamente porque en según qué ambientes he notado un tufillo fundamentalista que pretende ver cosas donde no las hay, pero qué gusto les da inventarlas, ¿verdad?, para intentar actuar como aquella censura de tan infausto y a la vez ahora divertido recuerdo.

He construido primero la trinchera (perdón), porque cuando he expuesto en algún foro lo que ahora voy a tratar de escribir, me han tachado despectivamente de antiZP y otras cositas más duras.  Nunca he sido antinada, aclaro, más bien me decanto por ser proalgo, pero ¡ay!, esos fundamentalismos.

Sí, vamos a hablar de la desigualdad que nuestro presidente del Gobierno ha aplicado en el nombramiento de ministr@s, con balanza inclinada hacia al número de mujeres.  Y también quiero mentar esa fotografía en la que aparece muy satisfecho con las ocho mujeres que le acompañan ya con el juramento prestado.

No voy a ser corporativo masculino (muy diferente de machista).  No quiero que haya más hombres que mujeres en el gobierno, o en puestos directivos, que es más el motivo del presente artículo.  Usted me dirá: “Entonces, ¿quiere que haya paridad?”.  Tampoco, tampoco.  “Pues aclárese, oiga”.

He venido apostando por la cultura del mérito, la meritocracia, aunque me resisto a llamarla así, porque todo que lleve cracia me produce repelús.   Esa cultura del mérito se basa en la equidad, que no es lo mismo que la igualdad.  Es decir, hay que dar a cada cual su recompensa según los méritos contraídos, los cuales deberán ser explícitamente conocidos por los optantes a los premios.  Por tanto, nuestro presidente ha caído en la desigualdad por número (lo que no es nada censurable), y es potencialmente inequitativo (ya se verá dentro de unos meses si lo potencial se convierte en cinético), pues con la famosa fotografía hace notar que la condición de mujer (casi imposible de obtener con esfuerzo por quien no la tiene) es la preponderante para ocupar los cargos de las señoras que le acompañan en la foto.  ¿Ha hablado el señor Zapatero de algo así como el gran currículum que presenta tal señora, o de algo así como su demostrada capacidad de gestión?  No, no.  Parece que son ministras porque son mujeres, y eso es peligroso hasta para las propias mujeres.  Me preocupa pensar que el sexo femenino defiende los mismos métodos corporativos que han criticado de los hombres.

La tan manida igualdad, o paridad, va a ir viniendo por la propia inercia, no necesita de la aplicación tan peligrosa de la discriminación positiva.  El acceso a posiciones de responsabilidad por la mujer se producirá progresivamente en cuanto vayan avanzando en experiencia las mujeres que se han esforzado en su capacitación y que han ido escalando en la jerarquía.  No podemos ni debemos negarnos a la historia que nos precede.  La sociedad relegó a la mujer a las tareas de esposa y madre sin posibilidad de acceso a otras funciones.  En España, esto cambia a partir de los años 80, por lo que ahora es cuando aquella cantidad mayor de mujeres con deseos de acceder a responsabilidades de gestión está alcanzando un nivel de experiencia que le capacita para ocupar esos puestos.  De ahí, la inercia que hablaba antes.  Sus compañeros de generación ya están acostumbrados a verlas en competencia y son capaces de admitirlas y de considerarlas con igual rasero, con equidad…  Ellas quieren ser directivas, ellas están preparadas, ellas acceden hoy ya a esos niveles… la evolución es enemiga de la revolución. ¿Usted cree que el rabo nos desapareció por decreto o por intervención de un ministerio?  Y tampoco niego que sea imprescindible seguir trabajando por la paridad, en razón de mentes machistas (ahora sí procede el término) que aún mandan.

A mí me gusta una línea de la política de igualdad de Endesa, que dice así:  A igualdad de condiciones, tendrá preferencia para ocupar la vacante ofertada la persona del sexo que se encuentre en inferioridad de representación en esa ocupación.

José Antonio Prades

Publicado en ForoRH, abril de 2008

Pep, Pep, Pep

Parece obligado hablar de Pep Guardiola.  Lo hago con satisfacción y con admiración, no es ninguna tortura, aunque algo me ha saciado la cantidad de literatura deportiva y managerial que se ha vertido sobre él en las últimas semanas.

Pep Guardiola es noticia porque es un líder que ha conseguido sus objetivos, nada más y nada menos.  Los ha conseguido en un año, en el primero de su andadura como entrenador de elite.  Los ha conseguido con brillantez, sin cuestionamientos, con mérito.  Rotundo.

Tiene 38 años, jugó hasta los 35, descansó poco menos de un año, a los 36 comenzó a dirigir, tras estudiar el correspondiente curso, al segundo equipo del Barcelona, con el que también consiguió su objetivo ascendiéndolo a Segunda División “B”.  A los 37, hace once meses, ocupó el banquillo del primer equipo y en esta temporada ha batido todos los registros de un equipo español: triple campeonato con un excelente espectáculo de juego.

Intentaré no reiterar lo que ya se ha dicho tantas veces, aunque con tantas veces este asunto en el candelero tampoco pretendo ser exclusivo, ni siquiera original.  Para ello, hablaré de algunos detalles que en mi opinión han sido especiales.

Varios medios de comunicación han dicho que con el éxito de Guardiola se desmonta el mito de la experiencia para conseguir esos resultados.  Craso error, desde mi punto de vista.  ¿Acaso Guardiola no es experto?  Es joven… y generalmente, se asocia inexperiencia a juventud.  Craso error.  Entiendo que el concepto de reflexión es fundamental para hacer que las cosas vividas se conviertan en experiencia.  Sumar cumpleaños no es experiencia.  Tampoco lo es dejarse llevar por la vida, sufriendo o disfrutando de cada acontecimiento que nos llega.  Incluso tampoco es experiencia buscar acontecimientos porque sí…  La acumulación de cosas vividas sirve para llenar la memoria, pero no para el crecimiento vital.  Por eso, Guardiola es experto y joven, probablemente más experto que personas con el doble de edad, porque él ha intervenido muy intensamente en lo que quería vivir, porque ha sabido buscar nuevas sensaciones continuamente, porque ha fracasado y se ha levantado… pero sobre todo, porque ha sido capaz de extraer enseñanzas de cada triunfo y de cada derrota.

En el último minuto de la final, hizo un cambio “psicológico”.  Salió Pedro por Iniesta.  ¿Un reconocimiento al enorme esfuerzo y al gran rendimiento de Andrés, uno de los tres grandes del equipo?  No lo niego, esa es la primera interpretación y la suscribo.  Pero tenía en el banquillo a varios jugadores para sacar al campo… y eligió a Pedro.  Un detalle de grandeza…  con deseo de motivación y con visión a largo plazo.  Quedaba un minuto para finalizar y era un momento oportuno y único para homenajear a su gente, a la gente de la cantera, de donde él venía y que ahora le llevaba en volandas al éxito…  También fue un guiño a todos esos chicos que se identifican con Pedro, a quienes están a las puertas del primer equipo y sueñan con ser campeones, a los chicos con potencial que aumentaron su ilusión viendo a Pedro entrar al campo el día más grande de la historia del club…

A Pep le quedan muchos acontecimientos en su vida para seguir sumando experiencia y ser más experto aún, más maestro de los maestros.  Fracasará, seguro, (ver Luis Aragonés ayer mismo), y algunos le quitarán galones, pero regresará para seguir ganándolo todo.

Admiro su humildad, su constancia, su autoridad… y el buen uso de su inteligencia innata.  Suerte, además, que su jefe ha estado callado y bien callado.

José Antonio Prades

(Artículo publicado en ForoRH nº 107 ,  4/6/2009)