Blogia

Molintonia

Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Quizá mi sensación de soledad le llamó, o quizá estaba al acecho desde que nací, o quizá su labor ya estaba preparada desde siempre.  Llegó mi pájaro sin aviso.  Le miré con recelo, pero sin temor, como si lo conociera... y me invitó a subir a su lomo.  No quise aceptar, porque nada ni a nadie habría aceptado.  Y menos aún, en esas horas de noche temprana, cuando el silencio te sumerge más allá de tu propio corazón.  Rechacé su petición, escondiendo la cabeza bajo la almohada, pero el pájaro aguardó pacientemente hasta que asomé la nariz, y me ofreció una sonrisa de confianza.  Volvió a agacharse, repitiendo su invitación, y, en el sopor, no recuerdo si la habitación se convirtió en cielo o el mundo de las nubes entró en mi guarida.  Lo cierto es que volábamos.

Volábamos quedamente, atravesando el aire con suavidad.  Apoyaba mis manos sobre el plumaje gris de su cuello y entrelazaba los pies bajo sus alas.  Recorríamos un cielo blanco y azul entre los huecos del algodón inconstante que cubría nuestro camino.  Desde lo alto, los parajes se me hacían tan diminutos como el carro de las estrellas o el rostro somnoliento y bonachón de la luna de la noche.

No podía suponer si mi pájaro tenía un destino, y tampoco hice esfuerzos en imaginarlo; me dejaba llevar, su sonrisa me había cautivado, y en su lomo me sentía protegido y feliz como un bebé acostado en el regazo de su madre.  Sobrevolamos ciudades atestadas con monstruos de cemento y asfalto, con fábricas apestosas y luces de neón, campos enormes de trigo, tierra yerma y montes exuberantes sin torres de metal.

Pero a pesar de su vuelo quedo, a pesar de su calma contagiosa, mantenía un rumbo recto hacia el horizonte, sin dudas y por horas y horas que parecieron segundos.

Nos acercábamos hasta los parques y las escuelas y yo gritaba a los niños saludos que no podían oir.  Un labrador pareció vernos, llevó la mano a su frente para protegerse del sol y asegurarse de la visión, pero una nube gris nos ocultó como por encanto y continuamos la línea recta de nuestro camino.  Surcábamos el mar...  jugueteábamos con las gaviotas, con los albatros y con los peces voladores.  Sorteamos las tempestades ascendiendo hasta el infinito y con el mar calmado dibujábamos el sendero ondulado de las olas.

Volvimos a ver tierra y el rígido rumbo nos trasladaba por encima de los  acantilados y de las arenas doradas.  Llegamos a la selva y atravesamos las sabanas y un río inmenso, y, al ver las cataratas a lo lejos, empujé el cuello de mi pájaro para pedirle que descendiera.  Entendí que cedía a mis deseos, pero solamente se acercó hasta que el agua embravecida salpicó mi rostro.  Entonces comencé a preocuparme.  Comprendí que aquel vuelo no era un vuelo de placer, incluso llegué a pensar que mi pájaro me había raptado, que pretendía trasladarme a su cubil y esconderme noches y noches, quizá toda la vida.  Me invadió la angustia y me aferré con manos y pies a su cuerpo.  Era imposible, mi pájaro no podía fallarme así.  Y siguió, siguió volando en su cauce hacia no sabía dónde.  Tuve miedo.  A pesar de su sonrisa, sentí morir.  Pensé que no volvería a casa...

El viaje continuaba sobre las nubes, nubes oscuras que ocultaban la tierra y hacían aumentar mi sensación de impotencia.  De pronto, tras atravesar una cordillera, después del último promontorio, se abrió a mis ojos una llanura que se perdía a lo lejos.  Y mi pájaro descendió casi imperceptible-mente, con un vuelo siquiera más quedo.  Le liberé de la presión en su cuello y observé detenidamente el paisaje.  Desde la montaña hasta el horizonte, la tierra estaba cubierta de flores, flores de todos los colores y de todas las especies.  ¡Pero tenían vida!, tenían movimiento.  Mi pájaro casi se había detenido en el aire y me permitía una visión perfecta.  ¡Las flores eran personajes, estaban vivas!, hablaban, jugaban, reían, formaban grupos.  A vista de pájaro, aquel Mundo irradiaba felicidad... Todos desbordaban alegría...  Todo era cortesía...  Desde mi vuelo veía a las flores en un juego continuo, respetuosas, amables, gozosas...  Una de tallo largo se agachaba y conversaba con otra pequeñita que se estiraba para ver la corola de su compañera.  Más lejos, una muy bella peinaba los estambres de otra insignificante, de tallo corto y asimetría indecorosa.  Todos los grupos parecían reuniones de viejos amigos, nadie avasallaba, nadie imponía su poderío.

Los arbustos formaban habitáculos variados de gran tamaño, diseminados por toda la  llanura, y las flores correteaban en los espacios abiertos entre ellos.  No se veía el final del jardín.

Y mi pájaro, mi pájaro amigo, después de recorrer suavemente el alegre jardín, comenzó una ascensión veloz, se detuvo de repente y con un golpe de ala me arrojó al vacío y huyó.  En mi caída, aún tuve tiempo de pensar en mis sospechas anteriores y de volver a sentir la angustia y el miedo que me invadió.  Cerré los ojos y supongo que perdí la consciencia, porque no recuerdo cómo, en el tiempo de tan rápida caída, unas rosas blancas tejieron una malla protectora para evitarme el impacto contra el suelo.  Cuando desperté, una de ellas, con las demás separadas, como guardándole la espalda, me saludó:

- Bienvenido, extranjero.

El sonido de su voz me dejó perplejo, y con el aturdimiento de la inconsciencia, no acertaba a contestar.

- Eres bienvenido, extranjero. Estás en el Jardín Feliz.

Me incorporé.

- Gracias, me habéis salvado.

- Nuestro deber es guardar la alegría en este Mundo.  Un accidente siempre es una desgracia.

- No me importan los motivos.  Gracias otra vez -reafirmé.

- ¿De dónde vienes, extranjero? -continuó interrogando la rosa blanca.

- De allá lejos - y señalé hacia dónde había huido mi pájaro.

- Y aquéllo, ¿qué es?

- Otro Mundo -le respondí con voz queda y sin querer parecer misterioso.

Su tallo penduló.  Creí ver miedo en su cáliz.  Se estremeció y todas sus compañeras se unieron en un murmullo.

- En fin, somos generosidad y aún no te hemos ofrecido nuestra morada.  Acompáñanos y te mostraremos los aposentos donde podrás descansar.

A pesar de su pretendida largueza, notaba sequedad en su ofrecimiento, y, al comenzar a caminar, sólo ella se colocó junto a mí, mientras unas cuantas rosas blancas más nos seguían a poca distancia.

- Y tu Mundo, ¿cómo es? -siguió interesándose.

- Muy distinto al vuestro, por lo que veo, muy distinto.

- Y ¿en qué ves tanta diferencia?

- Es palpable, no tiene comparación.  Desde mi pájaro he visto en vosotras unidad, alegría continua, juegos, risas.

- ¿Acaso tu Mundo no es así?

- No, por lo menos en esa continuidad.  Aquí he podido ver desde las alturas todo felicidad.  Y mi Mundo no es siempre feliz.  Se hace dura la vida y conseguir vuestra situación es imposible.  ¿Cómo podéis lograrlo?

- Mediante la igualdad -aseveró tajante-.  Todas somos iguales. Basamos la identidad en el respeto, en la mutua confianza y en la unión.

Caminábamos entre los grupos de flores, entre un sinfín de colores, entre un mundo atrayente.  Todas cumplían sus quehaceres con pulcritud, con compañerismo, con bromas y sensatez.  Todas sabían su misión y cada grupo prestaba un servicio distinto.  La organización era perfecta y en ese orden nada parecía fallar.

- Hemos llegado, extranjero.  Aquí podrás descansar.

Nos detuvimos frente a una construcción de cañas de bambú casi cubiertas con musgos y helechos.  El verdor y la fragancia envolvían el ambiente.  Una vez en su interior, invitaba al descanso y a la relajación.

- Dos de mis compañeras te servirán mientras permanezcas aquí.  Más tarde conocerás nuestro Mundo.  Que tengas buen reposo.

- Gracias, Rosa Blanca.  Hasta pronto -me despedí.

Como ella me había anticipado, dos compañeras de la anfitriona me acompañaron hasta los aposentos.  Se deslizaban silenciosas, una de ellas mostrándome el camino; la otra guardaba mi espalda.  Con gestos amables, me condujeron a una estancia inmensa, donde crecían multitud de plantas verdes.  En la pared frente a la entrada, se abría una ventana baja, tapada con troncos espinosos, cruzados a modo de celosía.

Realmente, necesitaba un respiro, habían sido muchas emociones extrañas en poco tiempo.  Me disponía a descansar sobre un montón de hierba, que supuse era el lecho de la estancia, y, a través de los troncos espinosos, vi cómo la rosa blanca que me guardó la espalda vigilaba mis acciones con la corola tensa y el tallo estirado.  La desafié con mis ojos y comenzó un paseo de centinela extremo a extremo de la ventana.

Al cabo de unas horas, tras haber dormitado inquieto, la Rosa Blanca penetró en mi estancia:

- Deseo que tu descanso haya sido provechoso.

- Gracias -contesté-, pero me resulta difícil dormir con esa vigilancia -añadí, señalando a mi guardián.

- Su deber es protegerte y servirte.

- ¿Protegerme en este Mundo?  No lo entiendo.

Y ella tampoco intentó explicármelo.

- Supongo que sigues interesado en conocernos...  El Jardín Feliz te espera.

Me invitó a salir y nuevamente las dos rosas blancas se colocaron a distancia y caminaron detrás de nosotros.

Las flores no se extrañaban de mi presencia.  Risueñas, nos cedían el paso.  Para saludar, inclinaban sus corolas, no sus tallos, dirigiéndolas hacia mi rostro.  Así, percibía la sugestiva mirada y el agradable perfume.  Ya habían terminado su labor y conversaban y jugueteaban sonrientes en grupos dispares que no repetían especie de flor entre sus componentes.  En cada grupo se erguía enhiesta una rosa blanca, amenazante con sus espinas, pero llena de luz y esplendor.

- He visto que vosotras, las rosas blancas, no participáis ni en el trabajo ni en la alegría de las demás.  ¿Es que formáis un conjunto aparte?

- ¡Claro que no! -contestó la Rosa Blanca, muy enfadada por mi observación-.  Nosotras somos los seres más desarrollados y, por eso, nuestra labor es encauzarlas en el aprendizaje de la confraternidad y del bien común.

- ¡Aaaajá! -y callé.

El paseo resultaba encantador.  Aquella ingenuidad, aquel entusiasmo querían contagiarme.  No veía en las flores un mínimo resquicio de tristeza, de desencanto, de lucha o de rebelión.

- ¿Siempre tienen esta actitud?  ¿Siempre demuestran esta felicidad? -pregunté a mi anfitriona.

- Así es, siempre, amigo mío.  Nuestro Mundo vive en la felicidad, en la comprensión, en el amor y nosotras cuidamos de que cada día su corazón crezca en la libertad y por el bien de todas ellas.  Es la única forma de alcanzar la felicidad.

- El objetivo es hermoso, pero imagino que difícil de conseguir.  ¿No teméis la llegada del invierno y morir con él sin haber logrado este ideal?

- Veo que no conoces este Jardín.  Aquí no existe el invierno.  Somos inmortales, vivimos en la eternidad. Sólo podemos morir de tristeza.

¿Quién pudiera ser habitante en este Mundo?, un Mundo eternamente feliz.  Sonaba a paraíso.  Desde luego, era increíble, aquella sociedad era increíble.  No sentía el odio ni la maldad, no había hipocresía, ni ahogo.  No escuchaba ningún llanto ni veía ninguna lágrima.

Los grupos se hallaban distanciados y no se relacionaban entre sí.  Habían vuelto a su tarea y cada uno de ellos cumplía su cometido con responsabilidad, pero sin perder el entusiasmo o la sonrisa, ni siquiera los trabajos ingratos afectaban a su comportamiento.  De vez en cuando, en nuestro camino se cruzaba una rosa blanca que paseaba por los espacios separadores de los grupos.  Frente a la anfitriona, envíaba un saludo rígido, disciplinado, y la Rosa Blanca respondía del mismo modo.  Cuando se dirigía a mí, forzaba una sonrisa y, en un murmullo temeroso, pronunciaba un nuevo saludo. Las otras flores eran más graciosas, más amables, menos afectadas; desprendían espontaneidad.

Comenzaba a anochecer y, a la orden de las rosas blancas, se inició un movimiento general en el más completo silencio.  Ahora se creaban otros grupos, esta vez por especies: lirios, alhelíes, gladiolos, crisantemos, narcisos...  Caminaron hacia los grandes barracones, construidos de troncos y enredadera, con paso disciplinado que no rompía su grácil quehacer.  También en cada grupo seguía presente una rosa blanca...  Y entre toda aquella amalgama, quise encontrar algo... faltaba alguien...

- Y vosotras, rosas blancas, ¿no os agrupáis como ellas?

- No, debemos cumplir nuestra misión.

- ¿No es vuestra misión la misma que la de las otras flores? -me interesé.

- Está claro que no, extranjero.  Nosotras debemos protegerlas y educarlas para procurar su felicidad, para que mantengan el espíritu que tú mismo habrás observado.  Por nacimiento y formación nos resignamos a perder la libertad para amparar a nuestras hermanas.  Nos debemos a ellas, sólo a ellas.  Cuidamos de su desarrollo en el afán de darles una existencia dichosa.  Renunciamos al grupo, pero ellas lo entienden y nos ayudan.  Han sido educadas para ser maravillosas.

Empezaba a indignarme. Aquélla situación me iba pareciendo agobiante.  Tanta sumisión, tanta entrega, tanto poder...

- Y ellas, ¿no se rebelan?  ¿No son inteligentes para decidir cómo deben vivir, cómo quieren organizarse?

- No, sería motivo de muerte -contestó muy exaltada.

- Entonces, ¿cómo habláis de libertad? -grité, enojado-  ¿Cómo podéis dar felicidad y actuáis de esa manera?  ¿Hay que amenazar de muerte para crear un Mundo perfecto?

A pesar de mi agresividad, la Rosa Blanca había recuperado su calma y me contestó en tono paternal.

- No me has entendido.  Ellas no saben que pueden morir, no conocen esas supuestas amenazas.

- Y, cuando matáis, ¿qué ocurre?  ¿Ocultáis las muertes, cómo les explicáis el asesinato?

- Querido amigo, nunca ha ocurrido.  Nosotras no somos asesinas.  Pero está previsto.  Si el caso llegara a producirse, se les comunicaría que su compañera había partido hacia un grupo mejor.  No sabrían la verdad.  Seguirían felices por medio de la ignorancia.

Procuré calmarme.  Mi corazón bullía asustado.

- ¿Basáis, pues, la felicidad en la ignorancia?  ¿Sois capaces de entenderlo así?

- Exactamente.  El conocimiento es patrimonio de las rosas blancas, porque nuestra formación se ha dirigido a saberlo encauzar para transmitir exclusivamente felicidad.  Ellas viven en la ingenuidad y en la ignorancia.

- Pero ser ignorante significa dejar de conocer lo que realmente puede hacernos felices.  Si no se conoce la belleza, ¿cómo se puede amarla?   Si no se conoce la ciencia, ¿cómo progresar?  La formación lleva a la comprensión de la felicidad.

- Te equivocas.  Los conocimientos llevan a la mente hasta los problemas que no tienen solución.

- ¡Cualquier ser tiene derecho a elegir su camino!  La educación completa es el primer paso a la libertad...  Te voy entendiendo, Rosa Blanca, tú quieres poder, y si enseñas la libertad, no podrás ejercerlo.  Vuestro deseo es tener sometidas, sumisas, a las demás.

- De tu entusiasmo deduzco que hablas por tu Mundo.  Supongo que así está instituido.

- Tienes razón.  Intentamos ser libres, tendemos a la igualdad, educamos en ella a nuestros niños.  Nuestro Mundo es más justo que el tuyo.

- Entonces, dime, ¿cuántos sois felices?

- Muchos, creo yo... -pero mis palabras temblaron.

- Tus ojos contestan de otra manera.

No sabía defenderme.

Si permanecía callado, iban a convencerse de su verdad.  Estaban equivocadas y debía demostrárselo.

- ¿Suponéis inteligente vuestro Mundo? -le lancé.

- Sí, lo es -contestó, arrogante.

- Por lo tanto, todas lo sois, ¿no es cierto?

- En potencia, sí... aunque sólo las rosas blancas estamos preparadas para desarrollar la inteligencia, siempre en favor del bien común.

- Y, ¿puedes decirme que nadie, ninguna de ellas, ha sido capaz de desarrollarla como tú dices y de rebelarse como vosotras y vuestra manera de gobernar?

- No, hoy nadie es capaz.

Ahí vaciló y perdió viveza su color.

Continuamos caminando un largo trecho en silencio.  La Rosa Blanca había descompuesto su apostura.  Parecía temer algo.

En nuestro camino ya no había nada que ver.  El silencio era sepulcral, porque las flores ya dormían bajo la vigilancia de los escuadrones de rosas blancas.  En sus paseos, ahora estiraban las espinas para enseñar el signo de su poder y evitar cualquier posible desliz.  Formaban un ejército disciplinado y fuerte, sometido a sus ideales, convencidos de que su labor era la correcta.

Llegamos frente a mis aposentos.  Con mis divagaciones, apenas escuché la despedida de la Rosa Blanca, pero aprecié que estaba inquieta, que tenía deseos de dejarme para dirigirse a algún lugar.

Me tumbé en el lecho.  Debía reconocer que aquel Mundo era maravilloso para sus habitantes.  ¿Quién tenía motivos para protestar?  Nadaban en la alegría, eran eternos niños en un continuo jugueteo, su forma de vida sería deseada por cualquier ser infeliz.  El fin de las rosas blancas era digno de alabanza.  Y lo conseguían.  Todas las flores se creían en el Mundo perfecto, quizá porque no conocían otro, quizá porque no necesitaban más...  Al día siguiente saldría de dudas, hablaría con ellas y me dirían su parecer.

La Rosa Blanca entró en mi aposento.  Había recobrado su color, caminaba erecta, reluciente.  Cruzó la estancia y se acercó hasta mi lecho para decirme:

- Hemos celebrado Gran Consejo ...  El Gran Consejo de Rosas Blancas estima que tu permanencia entre nosotras es dañina para la buena evolución de nuestro Mundo.  Mañana deberás marcharte.

- Pero si no conozco... si no he visto aún cómo lográis...  Tengo que llevar a mi Mundo vuestro método.  Nosotros también buscamos la felicidad eterna.  ¿Por qué no me ayudáis?  Hablaste de hospitalidad.

- Debes marcharte.

- ¿Acaso tenéis miedo de que descubra la verdadera intención de vuestro proceder?  ¿Me tenéis miedo, Rosa Blanca?  ¿A un hombre solo?  ¿Tan poco estimáis esa labor de dirección hacia la felicidad?  ¿Tan poco os fiáis de esas hermanas tan bien educadas?

- No eres quién para cuestionarnos.  Vienes de un Mundo imperfecto.  No eres feliz, ¿verdad?  Y si no lo eres, no podemos permitir que contagies a las flores.  Sencillamente, no queremos acoger a un infeliz.

- No es verdad, no es verdad.  Claro que existe mi felicidad...  No me has entendido.

- Debes salir de aquí.

- Pero, Rosa Blanca... -emití el canto de la súplica, de la impotencia, a lo que supongo estaba tan acostumbrada a oir, y se creció todavía más, mirándome de soslayo; mientras salía, sentenció:

- No estás autorizado a replicar.  Las decisiones del Gran Consejo son irrefutables.  Mañana deberás marcharte...

Di un puñetazo al tronco más cercano.. Sentí una desazón terrible y caí derrotado.  Suspiré.  Estaba enojado, herido, pero no podía hacer nada...  Pensé si incitarlas a sublevarse sería la solución.  Quizá hablarles, hacerme fuerte con ellas, las sometidas, les daría empuje para imponerse a la tiranía de sus gobernantes.  Quería suponerlas reprimidas...  Era un error.  Su existencia era feliz, nada tenían que reprochar, nada tenían en esa mente anulada para descubrir que había algo distinto.  No podrían entenderme ni tampoco tenían motivo para cambiar.

Paseé por la estancia largo tiempo. No podía conciliar el sueño.  Me apoyé en el alféizar de la ventana, y a través del enrejado observé el horizonte.  ¡Qué pequeña se hacía la Luna!  Sus rayos se extendían por el rocío del jardín, y lanzaban un reflejo que vencía la oscuridad y la propia luz del astro.  En aquella belleza era imposible que siempre hubiera existido el dominio de las rosas blancas.  Disfruté del paisaje con nostalgia:  tenía que irme...

Pero allá, a lo lejos, algo no cuadraba y me extrañó.  Entre tanta luminosidad, había un espacio tremendamente oscuro.  Agudicé la mirada y el resplandor de sus alrededores me permitió ver el perfil de un tenebroso edificio que se erguía con descaro, sobresaliendo en altura y forma de todo lo que le rodeaba.  Era algo así como un palacio o una cárcel.

Bajo la ventana, paseaba mi guardián:

- Rosa blanca -le llamé.

No me contestaba.

- Rosa blanca, tengo que hablar contigo.

Sin dejar de caminar, me respondió:

- ¿Qué quieres?  No me está permitida la comunicación con el prisionero.

- No soy prisionero.  Estoy invitado por vosotras.

Parece que le convencí, porque, aun sin detenerse, volvió a hablar:

- ¿Qué quieres?

- Allá al fondo, veo un edificio extraño.  No cuadra con vuestro jardín.  ¿Qué es?

Ahora sí se detuvo, y mirándome retadora, explicó:

- En él yace la tristeza.  Es un lugar prohibido, el cementerio de quien no quiere gozar la felicidad.

- Si sois inmortales, ¿quién está enterrado?

La rosa blanca había vuelto a su paseo de centinela y no advertí que quisiera continuar la conversación.

Seguí observando el edificio, y pensé: “Allí guardan su secreto.  Allí está la respuesta al origen de este gobierno”.  Aquel paraje me daría la solución a todas las dudas.  Decidido, me dispuse a crear un plan para acercarme hasta él.

La arrogancia de las rosas blancas me lo puso fácil.  Burlé a mi guardián, no había más vigilantes y la puerta no tenía cierres. Amparado por el silencio, me escabullí entre las sombras y sorteé con sigilo a los escasos centinelas que guardaban el reposo de las flores.  Casi sin aliento, alcancé mi objetivo.

Ante mí, se extendía un campo yermo, satinado con brotes de maleza y limitado por barreras de espinos.  Todo aquéllo despedía hedor de muerte.

En una esquina de aquel camposanto, se alzaba una torre inmensa, construida de troncos secos y cubierta de ortigas.  En lo alto, se abría una ventana, y, filtrándose entre la hiedra que la cerraba, vi una luz. Ni siquiera me dio tiempo a entender el impulso.  Trepé por los troncos, azorado, lastimándome la piel.  Rasgué la reja y salté a la estancia.

Allí se encontraba.  Entonces me di cuenta de lo que había echado en falta en el Jardín Feliz.  Allí estaba el vacío del Mundo perfecto.  La Rosa Roja.

- Rosa Roja, eres tú -susurré.

Se acurrucaba en un rincón del calabozo, con sus pétalos ajados, el tallo encorvado, las espinas romas...  Levantó lentamente su corola y vi una mirada triste...

Había algo en mi interior que me obligaba a compadecerla y admirarla.  Su misterio tenía poco que ver conmigo, pero me sacudía una sensación inexplicable y estaba paralizado.

Se irguió y, escondiendo todo aquéllo que la extinguía, con un tono entre ingenuo y arrogante, me preguntó:

- ¿Quién eres tú?  ¿Por qué te extraña verme aquí?

Callé, no quería contestar todavía.  Aquella flor me cautivaba con su presencia, su aroma y su historia.  El enigma de su cautiverio ya no tenía secretos para mí, y su belleza me estaba envolviendo.

- ¿Quién eres? -insistió.

Sacudí la cabeza, olvidé las alabanzas que estallaban en mi corazón y respondí:

- No sé cómo ni por qué he llegado hasta aquí.

- ¿De alguna forma habrá sido, algún interés te habrá movido?  Nadie sabe dónde se encuentra el Jardín Feliz.  ¿Quién te ha traído?

Preguntaba con seguridad, parecía acostumbrada a exigir y verse complacida.

- Desde luego, mi deseo no era llegar hasta aquí, pero un amigo tan misterioso como tú me abandonó en un viaje y caí en tu Mundo.  Era un pájaro, un pájaro majestuoso.

- ¿Cómo es posible?  Nunca conocí a un pájaro que nos visitara.  Aquí sólo habitamos flores, ningún pájaro es de este Mundo.

- Quizá mi amigo pertenezca a todos los mundos.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

- Llegué esta mañana.  Las rosas blancas me acogieron y me alojaron.  Ahora...

Volvió a preguntar presurosa, inquieta por conocer mi respuesta:

- Y, ¿qué has visto?  ¿Qué te han contado?

- Cuando mi pájaro me abandonó, las rosas blancas me ofrecieron su hospitalidad.  Tuve un aposento y me mostraron su organización.  Todas las flores eran felices, jugaban, reían, disfrutaban de su existencia.  No vi un atisbo de tristeza, de agresividad.  Su vida era calmada, dichosa.  Nadie era presionado para cumplir su trabajo.  Me extrañó tan gratamente que quise averiguar sus métodos para conseguirlo y llevarlos conmigo.

- ¿Y te mostraron cómo lo han logrado?

- Con mi insistencia, pude hacerles hablar y lo que deduje de sus palabras no fue tan grato como mis observaciones.

- Cuéntamelo, por favor.

Mi Rosa Roja perdía su exigencia y, en su seno, emitía un ruego casi desesperado.

- Las rosas blancas han sometido a sus hermanas, han adquirido un poder fuerte y con él las educan en la ignorancia.  Creen que la ignorancia es la base de la felicidad.  ¡Y lo cierto es que la consiguen!  No lo comprendo, no lo admito.  No entendía que nadie se hubiera opuesto... pero ahora tú me das la respuesta a todas las dudas.  Aun con todo, algo me extraña, mi Rosa, ¿cómo estás cautiva y no muerta?, ¿cómo te han recluido aquí y las de tu especie yacen en ese cementerio?

Pareció gemir, pero no perdió su aspecto de majestad.  Había escuchado mi relato con la corola encendida y sujetando su tallo para mantener la gallardía.

- Como habrás supuesto, soy cautiva de mis hermanas blancas.  Me encerraron hace tiempo y, por lo tanto, sólo puedo hablarte de lo que conocí en mi libertad.

- Realmente, eso quiero saber.

Guardó un grave silencio y se deslizó por la estancia hasta llegar a la ventana y perder la mirada hacia la luna.  Sus palabras nacieron nostálgicas.

- Las rosas siempre hemos sido la especie fuerte, no importaba el color, todas las rosas formábamos parte del Consejo Rector y del ejército.  El Gran Consejo se elegía entre nosotras y la presidencia se alternaba.  Nunca hubo una disputa importante; la vida transcurría con altibajos, con criterios distintos, con odios y amores, risas y desilusiones, temores y alegrías.  Nuestra relación podía causarnos cualquiera de esos sentimientos, pero no por interés personal, sino porque todas queríamos lo mejor para el Jardín, cada una pensaba que su propuesta era la más beneficiosa para el bien común.  El Gran Consejo pretendía ser justo y yo creo que lo conseguía.  Las rosas velábamos para que se cumplieran sus acuerdos.  Nuestras espinas, creadas para defendernos, también podían prepararnos el ataque, y las utilizábamos para vigilar la igualdad, para proteger a los débiles de un abuso de fuerza.  Cada una tenía libertad para cumplir sus tareas y jamás nadie se negó a realizarlas.

- Y, entonces, ¿qué ocurrió, qué hizo cambiar aquéllo en el país de la “felicidad eterna”?

- Un día, una orquídea, llegada de muy lejos, de un lugar recóndito del Jardín, comenzó a disertar sobre unas nuevas ideas.  Pretendía dar a conocer una nueva forma de vida: el gobierno de los débiles, decía.  Hablaba de igualdad, de una existencia más justa.  Rechazaba el poder, la organización.  Su lema era “plena libertad” y para conseguirla todos debían vivir a su libre albedrío.  En torno a ella, se formó un grupo de elementos que le halagaba y compartía sus ideas.  Poco a poco, sus palabras calaban en los demás, a pesar de que las rosas rojas encontrábamos y comunicábamos mil argumentos para rebatirla.  Al cabo de un tiempo, la orquídea desapareció inexplicablemente, sin dejar noticias ni prueba de sus teorías.  Inmediatamente, las rosas blancas, calladas mientras la orquídea hacía sus discursos, se sublevaron.  Habían preparado un ejército numeroso y disciplinado.  Blandieron sus espinas y nosotras, las rosas rojas, fuimos aplastadas por su mayoría.  Nos encerraron y nos juzgaron, sentenciándonos a muerte.  En aquel momento, yo regía el Gran Consejo, y esperaba ser la primera en sufrir la ejecución.  Sin embargo, permanezco cautiva desde entonces en esta torre donde me has encontrado.

- Las rosas blancas supieron planear hasta el último detalle.  Si te hubiesen ejecutado, ¿cómo habrían enseñado en el tiempo los resultados de su fuerza?  Mataron a tus compañeras para demostrarlo, pero tú eres el símbolo de su poder.  En sus métodos de educación mostrarán esta torre como el camino a la tristeza y a la infelicidad, encubriendo el verdadero nacimiento de tu cautiverio.

- Pero, ¿qué han creado? -preguntó, escandalizada-.  ¿Qué han hecho con las flores?  Desde mi ventana no oigo más que risas, juegos y silencio.  Todo parece ingenuo, a lo largo de este tiempo no he sentido ni un llanto, ni una lágrima, ni una disputa, siempre oigo calma y dicha, pero es superficial y creo que fingido.  Y los silencios de la noche me estremecen.  Con la oscuridad siento temor, sólo escucho un caminar disciplinado y luego, silencio, silencio.  No entiendo una vida sin lucha, sin lágrimas.  ¿Qué ha sido de aquel Mundo excitante?

Su melancolía me lastimaba.  Había escuchado el relato con ansiedad de conocer su historia, no su Mundo.  Sentí deseos de tomarla con mis brazos, de besarla y acariciarla para protegerla y defender su inocencia.

- ¡Mi flor! Tú perteneces a un Mundo como el mío, tú puedes ser parte de mi existencia...  ¡Mi flor!  ¡Mi Rosa Roja!

En aquel momento, me habría convertido en un héroe justiciero.  El entusiasmo y la fuerza me desbordaba... Intenté relajarme y seguí hablando con ella:

- Las flores rebeldes habéis sido aniquiladas y las supervivientes se educan al son que tus hermanas blancas deciden.  Han hecho valer su fuerza, pero no puedo negarles su diplomacia y su tacto.  Apenas hacen ostentación de sus espinas, su labor se centra en vaciar la mente de sus súbditos y diseñarla para que acaten sumisamente las órdenes, o ruegos, del poder.  Nadie se atreve a rebelarse porque carece de medios para creer que las rosas blancas están equivocadas.  Alguien puede entender hermoso ese objetivo, todas viven felices, pero el camino para conseguirlo es inadmisible.

Agachó su corola, inclinó el tallo, escondió sus pétalos y se sumió en llanto amargo.  Quise consolarla.

- Yo vengo de un Mundo como el tuyo, Rosa.  Nada es fácil, nadie tiene la verdad, cada uno es distinto, cada uno es un ser independiente, pero necesita de los demás para sobrevivir.  Y sobrevivir es el objetivo, sobrevivir hasta alcanzar la felicidad, pero no con imposiciones, la felicidad es libre, es individual, cada ser la busca a su manera y la encuentra en lugares distintos.  Para lograrla hay que luchar todos los días y vencer.  No te permiten el descanso...  Y creo que nadie ha alcanzado la felicidad pura que predican tus hermanas, porque en mi Mundo es imposible, los obstáculos son numerosos y a veces insalvables.

Mi Rosa Roja escuchaba atentamente; mis frases le habían devuelto el color a su corola y recobraba su aire de majestad.

- Entonces, ¿quién puede lograr sobrevivir en tu Mundo si es imposible la felicidad?

- No, no es imposible.  Nadie es continuamente feliz.  Creo que la felicidad debe conseguirse con la sencillez, con los ideales simples.  Sólo tenemos vida mientras hay algo que cumplir.  Por eso, los grandes objetivos, cuando se han alcanzado, ya no proporcionan ilusión por muy importantes que hayan sido, y la ilusión es felicidad.  Hay que estar educado para entender y disfrutar los pequeños detalles, hay que conocer la belleza y el amor, la cara alegre de cualquier instante, de cualquier acción, para poderlos gozar.  Yo puedo ser feliz acariciando un niño, observando una mariposa, caminando entre los árboles o conversando con quien amo.  Si me tumbo al sol, si escucho la música o miro las estrellas, si escribo un libro o trabajo para mis amigos, si preparo una fiesta o alimento a un perro abandonado, puedo ser feliz.  Cuando todos estos instantes se hayan unido sin ninguna pausa, o viva esperando encontrar alguno de ellos en cualquier momento, entonces tendré la felicidad pura.

La Rosa Roja enviaba su mirada perdida hacia la oscuridad.  Recordaba el Mundo donde vivió.

Continué:

- También existen las rosas blancas y también tienen espinas, pero son parte de nosotros, están en ese lugar porque sus hermanos se lo permitimos.  Cumplen su labor de organizar, como cualquier otro ser realiza su tarea.  El poder lo tienen concedido, nunca usurpado.  Y los demás tenemos la obligación de vigilar el ejercicio de ese poder...

- Esos gobernantes unen el Mundo, entiendo.

- Sí, piden opiniones y su obligación es actuar por el bien común.  Hay casos y países que rompen esa regla, en otros, la fuerza es su bandera; en fin, todo no es perfecto, en mi Mundo no hay nada perfecto.  Somos pequeños seres con grandes limitaciones.  Cada uno de nosotros es distinto, cada uno tiene su propio mundo, somos millones de mundos, y la unidad de todos ellos forma la gran sociedad.  Esa unidad es lo único que puede superar las limitaciones... existe el egoísmo, existe la maldad, pero el amor y la colaboración intentan contrarrestarlo.

Mis palabras la envolvieron.  Iba recobrando la esperanza, porque le había contado aquéllo que quería oir.  Y le hablé con el corazón, no pretendí engañarle.

Mi Mundo no le había defraudado, porque el suyo fue igual.  Allí vibró, sufrió y rió; en su Mundo construyó su intento de felicidad.  Fue reina, tuvo poder, sus espinas sujetaron el cetro del Jardín Feliz.  Y estaba orgulloso de él.

Con un gesto fulminante, se dirigió a mí, y entre ruego y exigencia, me pidió:

- ¡Llévame contigo!  ¡Quiero vivir en tu Mundo!  Allí reinaré, conseguiré cautivarlo y hacerlo feliz.  Sé cómo hacerlo, he vivido en un Mundo como el tuyo.  Vosotros me devolveréis el ansia de vivir.  A tu lado, crearé ilusiones, crearé paz, crearé tu felicidad.

Yo sabía que era cierto.  Sería reina.  Me aduló y no tenía más deseo que ampararla, atraerla junto a mí.  Ahora yo era el cautivo, de su fragancia, de su corola, de su esculpido tallo.  No podía defraudarle.

Invoqué a mi pájaro y mi fiel compañero atendió la llamada.   Tomándonos con sus alas nos hizo viajar hacia el horizonte.  Nos olvidamos de las Rosas Blancas y del Jardín, porque abrazados apenas nos quedaba aliento para disfrutar del vuelo.

 

 

Mi Rosa Roja vivió junto a mí y rodeada de todo aquéllo que antes conoció desde su trono.  ¡Y vaya si lo conoció!  Supo vibrar de emoción, enjugar lágrimas, sortear fracasos...  Recobró su vitalidad, rió y jugó, tuvo instantes felices... pero en todo el Mundo no pudo reinar, mi Mundo es muy grande.  Aun así, se convirtió en única princesa de otro entorno más pequeño: encontró mi corazón, encendió mi alma, compartió mis ilusiones, consoló mis errores...  Supo ser monarca de algo sencillamente vivo: mi mundo.

 

 

Mi Rosa Roja ya murió, aquí sí existe el invierno.  La lloré amargamente, como ella merecía.  Nunca quise decirle que todo podía acabar.  Cuando lo conoció, ya no le importaba, porque en este Mundo renació su felicidad.

Semblanza personal (leve autobiografía)

Nací en marzo, todavía en invierno, aunque a tiro cercano de la primavera, el día 9, en el primer año de la década revolucionaria, 1961.  Mi padre era dependiente de una carnicería, y mi madre, modista retirada del oficio por su matrimonio, ambos huérfanos de padre casi a la misma edad, en la adolescencia, época en la que comenzaron su relación como novios.  Soy el hijo mayor de tres y mis hermanos son María José, un año menor, y Andrés, cuatro años y medio menor.

Ejerzo como español, aragonés y zaragozano, de los que vinimos al mundo en un macrohospital que se llama Miguel Servet (o la Casa Grande) en honor al famoso aragonés librepensador.  Casualmente, mis padres vivían en la calle Miguel Servet, número 97, en esos momentos, aunque en la otra punta de la ciudad, en el barrio de Montemolín, en un bajo con un gran corral en la trasera y el local de la carnicería en la delantera.

Y el barrio de Montemolín se convirtió en ese idílico escenario que adorna las infancias de los niños sensibles a su crecimiento…  Se convirtió en el Macondo privado que arropó a mis fantasmas y fantasías..

Estudié maternales durante dos años con las hermanitas de Santa Ana en su colegio de la calle Numancia.  Allí tuve mi primera novia y mi primera pelea por un amor que no quería compartir.  Ella se llamaba Mariasun, y era morena.  A mi rival se le conocía por su apellido: el Galisteo.  Después de esas peleas, no me servía ser un chico listo en los estudios para librarme de los castigos de rodillas cara a la pared… aunque la hermana Teresa, llena de pecas, me apartaba algunas veces hacia el piso de arriba para enseñarme cuentos ilustrados.

Empezaba a ser parte de mi territorio infantil la plaza de Utrillas, configurada por una estación abandonada, dos largos edificios, un pretil de piedra y un hexágono repleto de árboles y baldosas con hierbajos en los ribetes…  Las gárgolas vigilantes de la entrada me impresionaban.  Algunos abuelos cuidadores declararon ver en mí algo especial, quizá una cara de chico bueno que me servía para salvarme de castigos por mis travesuras.

Para cursar Párvulos (1966), me mudé a La Salle Montemolín, situado en los principios del barrio, casi en la plaza de San Miguel, a tal distancia de mi domicilio que a veces tomábamos el tranvía para llegar hasta sus puertas, la línea 1, llamada del Bajo Aragón.

En aquel entonces comencé a disfrutar de cierta autonomía por la manzana limitada por las calles del Sol, Belchite, Higuera (Tomás) y Miguel Servet.  Mis amigos José Julián y Juan Antonio compartían aquellas aventuras que culminaban en el kiosco de la Pilarín, comprando cromos, o caramelos, o algún tebeo de Bruguera (Tiovivo, Pulgarcito, DDT..), mientras nos miraba con ternura alguna señora que iba a cambiar las novelas de Marcial Lafuente Estefanía para su marido, o de Corín Tellado para ella.

Mi tía Pili me regaló “Un capitán de quince años” cuando yo tenía nueve… y me trajo la afición por Julio Verne, de quien tuve una antología que leí decenas de veces.  Mi tía Paca trajo en su bolso dos libros: uno de los cinco pesquisidores y otro de los siete secretos, ambos de Enyd Blyton, suficientemente atractivos para luego comprar más y más con la misma firma.  Añadí a mis aventuras grandes relatos que editaba también Bruguera, con un página de tebeo, a modo de resumen, cada cuatro de letra algo pequeña… “Robinson Crusoe”, “Mujercitas”, “Las aventuras de Gulliver”, “La Flecha Negra”… Emilio Salgari y Sandokán, Karl May y Sitting Bull, Robert Stevenson y Tom Sawyer (también Huckleberry Finn)…  Mis padres se hicieron socios del Círculo de Lectores y recibimos el Rey y la Reina de madera como sujetalibros que luego reconocí en tantas y tantas casas…  Así recuerdo: “Maravillas de mundo”, “Cien obras maestras de la pintura”, “Proyecto Apolo”, “Grandes acontecimientos de nuestra historia”…

Y por tomar una fecha de referencia para el cambio de ciclo, me voy a la caída de la Dictadura (1975), que me encontró con 14 años.  Hasta entonces deambulé como un infante soñado, que leía hasta los prospectos de los medicamentos, según mi madre, que quería jugar al fútbol y que empezaba sus experiencias literarias en una revista colegial, llamada La Tortuga por los retrasos en su salida a la luz en cada número.  En sexto de EGB, en la clase de Literatura, escribí en versos pareados un resumen que nos pidió el profesor sobre el Cantar del Mío Cid.  Es mi primera toma de consciencia literaria.  La segunda ya llegó a los quince, en primero de BUP y escrita en clase de Francés, mientras un profesor nos leía algún pasaje de “Le petit prince”.  Se tituló “A ella” y surgió como respuesta a una poesía titulada “A él”, que escribió una amiga, Cristina.  No se la di a ella, la chica no me gustaba mucho, pero la escribí en formato reducido, la metí en mi cartera junto a una foto de mi padre vestido de torero, y me servía para ligar (o eso creía yo).  Mis amigos siempre se metieron conmigo por esos objetos que en cualquier momento enseñaba pretencioso con el deseo de despertar admiración.

La transición a la democracia me llegaba a oleadas de información que aún me costaba entender y que, ya en línea casi literaria (tenía mi cuaderno personal lleno de poesías y reflexiones), observaba con asombro e interés intermitentes.  Iban los amores de chicas llenando huecos, unas veces más que otros para inspirar las composiciones en ese cuaderno que aún conservo como un documento adolescente de súbitos enfrentamientos con la vida. En 1977, escribiendo en prosa poética sobre las agresiones a la Madre Naturaleza, gané mi primer premio literario, 1000 pesetas en libros que nunca recibí.  Quizá por ello aún me creí más futbolista que escritor…

Con la inspiración de mi primera novia de verdad, a las puertas del cierre sentimental que ella provocó, se gestó, a fines de 1981, mi primer relato largo, de 10 páginas, escrito en una máquina Olivetti Lettera que me prestó mi tío Julián, y que luego repetí en la mía, de la misma marca, aunque portátil y de letra más sencilla, modelo Dora.  Meses después, acepté la tentación del éxito y presenté ese relato, “Rosa Roja”, al premio Santa Isabel de Portugal.  Como no gané, la soberbia juvenil me hizo despotricar contra todos y cada uno de los miembros del Jurado.  Oh, vanidad.

Además, en todo este período, logré jugar al fútbol (motivo de una novela autobiográfica en la madurez) como un chico promesa que buscaba más la afirmación de la personalidad que la práctica de un deporte de masas.

Hasta los 28 (1989), llené mis años con un matrimonio de final no deseado, dos hijos maravillosos, Raúl y David, una veintena de cuentos y algún poema que me daban certeza de mi vocación literaria.  Más relleno tuve con un trabajo aburrido, universidad tardía, militancia y cargo sindical, fútbol…  En ese año, una propuesta incumplida para publicar una novela por entregas en una revista, gestó mi primera obra larga: “El embrujo de una rubia platino”, lo que me dio confirmación de que podría llamarme escritor algún día venidero.

En la crisis de los treinta, sin pareja sentimental, acabados los sueños futbolísticos, y contactando con grupos de influencia espiritual, me dominaron los deseos de trabajar en los “Cuentos de Luz”, obra publicada cuatro años después en el Nuevo Mundo con una editorial despreocupada y una estafa del distribuidor.  Incluí en ellos mi primer relato, Rosa Roja, y la edición me costó un ojo de la cara.

Concretamente, el nuevo mundo se localizó para mí en Buenos Aires, donde, a los treinta y dos años, comencé una nueva etapa profesional, fructífera, con cambio de especialidad y repleta de retos, ya acompañado por Esther, mi musa desde un tiempo antes de aceptar temerariamente aquella oferta para cruzar el océano.  En el primer viaje intercontinental, volé para vivir en la lejanía durante tres meses, en los cuales se gestó el regreso literario a mis orígenes con “Fábulas de Montemolín”, varios de sus relatos escritos sobre las mesas de mármol del Café Tortoni o en la habitación 619 del Hotel Continental, que incluían mis recuerdos de chico en el barrio conjugándolos con gotas de fantasía y pinceladas de ternura (consecuencias de la añoranza, qué fructífero sentimiento).  Después de esos meses, la aventura argentina se prolongó por más de cinco años, época de crecimientos, época de grandes sueños, con la venida de Eduardo, mi tercer hijo, que nació exactamente dos años después del primer día en que aterricé sobre las pistas de Ezeiza.

Cuando finalizaba “…la rubia platino”, leí “La muerte de Iván Ilich”, del gran Tolstoi, y me inspiré para preparar unas pinceladas de una supuesta próxima novela.  Nueve años después, luego de haber publicado “Epistolario de un oficinista” y “Cuentos de Luz”, de haber cerrado con ilusión las “Fábulas…” de mi ángel extraviado, de haberme ilustrado con teoría literaria argentina, aquella idea tomó vida tras unos meses de creación compulsiva.  Primero se tituló “La muerte del abuelo”, y más tarde, le adjudiqué a la totalidad el título de la tercera parte: “Olor a Varón Dandy”, una novela de 300 páginas.

Estamos allá por 1998.  Siguiendo con el empuje compulsivo, tras dar por cerrada la susodicha novela, algún duende me sugirió escribir una novela erótica… y le hice caso.  Antes de terminar el año, nació “Pronto serás mía”, que envié a la que debió ser la última (o de las últimas) convocatorias del Premio La Sonrisa Vertical.  No gané.

Regresé a España (aunque a Madrid, no a mi Zaragoza natal) al año siguiente, con el deseo de publicar en mi tierra las “Fábulas…” que a ella pertenecían.  Lo hice en 2001, habiendo agregado a mi currículum el año anterior un primer premio de artículo profesional, convocado por AEDIPE la Asociación de mis colegas de oficio como experto en Recursos Humanos.  Gracias a este éxito, comencé a colaborar en revistas especializadas y a ser invitado a congresos y seminarios.  De estas actividades, conjugadas con mis experiencias profesionales, han surgido dos libros de relatos que aunaron mi profesión y mi afición: cuentos sobre recursos humanos y gestión empresarial, agrupados en los títulos “Qué cosas tienes, Ceferino” y “Hábiles o inútiles directivos”, el primero publicado en 2008 por el Grupo RHM.  Entretanto, otros cuentos infantiles, escritos en Buenos Aires, me dieron nuevas satisfacciones: el primer premio de La Salle Gran Vía y la selección como finalista en el concurso de la Fundación Cabana.

En el pasado mes de marzo, un buen amigo me ha involucrado en la Asociación del Deporte Solidario y ha publicado mi novela autobiográfica “Jugué al fútbol, historia de una ilusión”, en la que se unen tres de mis pasiones: fútbol, literatura y gestión de las personas.  Cedí a ASDES los derechos de autor y con los beneficios obtenido, unos cuantos niños sin recursos disfrutaron de un campamento deportivo en el Pirineo

Regresé a mis pagos zaragozanos en 2007. Mi primera acción fue asociarme con los escritores aragoneses para vivir de cerca sus ilusiones, que son parecidas a las mías.  En mi equipaje, guardaba páginas escritas que conformaban gran parte de mi historia.  He ido reordenándolas y cuatro años más tarde, han configurado la compilación de mis obras escritas hasta esa fecha, siete libros de relatos, cinco novelas, una recopilación de mis artículos profesionales y una miscelánea con poesía, canciones, teatro, reseñas…  Están siendo publicadas poco a poco en formato digital por la Editorial online Literatúrame.

Entusiasta que soy del trabajo en equipo, a pesar de su cierta incompatibilidad con la tarea del artista, en 2008, junto a mis socias Pilar y Anabel, configuramos la Asociación 3d3 LiterArt, desde donde estamos promocionando la querencia por el relato breve mediante lecturas, recitales y publicaciones.  Ya llevamos preparados tres libros en conjunto: TresdeTres, Tintas distintas y Cuentos de amor, desamor y otras reacciones químicas.

En este último año he finalizado otro libro intimista de relatos “Mujeres que llenan mis noches” (Siete cuentos de amor), que anda pululando por distintos concursos y editoriales, y me bullen varios proyectos más que no debo contar.

Exclamo con el profesor Keating: ¡Carpe diem!, vivo en el aquí y el ahora y te saludo: Namasté.

Hueles a sándalo, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Hueles a sándalo, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Ella me daba la mano y no hacía falta más...  Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

(de La tregua, por Mario Benedetti)

 

 

 

Las grandes historias de amor siempre están de moda y nunca caducan: Marco Antonio y Cleopatra (ah, Julio César); Calixto y Melibea, con su Tragicomedia; Diego e Isabel, los Amantes de Teruel; Romeo y Julieta, Montescos y Capuletos; Oliver y Jenny, de “Love Story”; Florentino y Fermina, que amaron en los tiempos del cólera; Rick e Ilse, a los que siempre les quedará París; el conde Laszlo y Katherine, de “El paciente inglés”… Casi todos los escritores incluyen sensaciones de amantes en sus creaciones. Las pasiones amatorias son ingredientes que provocan atracción en el lector, quizá porque quien las ha vivido es capaz de revivirlas, o quizá porque quien no las ha vivido puede vivirlas con el transcurrir de la historia.

La buena literatura arranca sensaciones dentro del mundo irreal que se crea por arte y magia de unas palabras, ya sean narrativa, poesía, teatro o guión de cine.  La pasión amorosa es uno de los altercados humanos que más intensas sensaciones produce porque nos arrastra fuera de la razón y nos provoca el vuelco de los sentidos.  Cuando la literatura se involucra en ese frenesí de locura y, convertida en arte, nos trasmite sus conmociones, llegamos al estado de lectores catalépticos… y sentimos.  Oh, maravilla.

Hueles a sándalo” es una novela que sólo, nada más y nada menos, es una historia de amor, una historia de amor por sí misma, sin otra intención que mostrar cómo Fernanda y Rubén se aman, cómo se conocen, cómo se desean, cómo se divierten, cómo se separan, cómo se añoran, y cómo son capaces de amar el amor sin saciarse.  Dos muchachos que maduran sin alejarse de su corazón juvenil para conservar las brasas del incendio sentimental que casi los destruye.  Es una historia de ida y vuelta, con diferentes rutas y paradas, que se mueve por un trayecto repleto de peripecias inesperadas.  El episodio de las tarjetas es tanta delicia como encontrarse cincuenta higos abiertos, jugosos, sabrosos, dulces, eróticos… recién caídos de la higuera.

Y es también una novela histórica, aunque solamente sea así clasificada para encuadrarla en el género más mediático, que refleja una época reciente, nuestra época, desde los años 80 hasta hoy, treinta años de clamor, porque describe, tomando partido, los avatares de la historia internacional en esas décadas que acompañan a los protagonistas en su amorío.  Sin la Segunda Guerra Mundial, “Casablanca” no habría existido tal como es (quizá Ilse aún viviría con Rick en París).

Tengo la misma edad que Fernanda, catorce años cuando murió Franco, y vivo en la misma ciudad que ella, Zaragoza…  Conocí “Cancela”, la cafetería donde se ven por primera vez, me sentí indefenso en las artes del ligoteo cuando disputaba una chica a un cadete uniformado como es Rubén, supe de algunos de estos muchachos forasteros que se aprovechaban de las chicas zaragozanas para tener desahogo pasajero mientras cursaban en esa ciudad los tres años de Academia, y tuve mal (y bien) de amores juveniles por las mismas calles que ella transita: Paseo de Sagasta, Dato, Gran Vía, Plaza de Aragón, Independencia, César Augusto...  ¿Quizá por eso he disfrutado con esta novela?  Quizá.  Pero no sólo por eso.

Para mí, Rubén es el malo. Sí, ni siquiera me lo parece el padre de Fernanda, que también interviene lo suyo, o el del propio Rubén.  Este chico se lleva mi etiqueta de malo, que debe existir en cada relato que fabrique vida para el lector.  Y creo que opino así porque Fernanda me ha cautivado como debe cautivar cualquier protagonista de una buena historia para sumergirse en sus páginas y no parar hasta el desenlace… que, por cierto, es muy inteligente, así que más loores para la autora.  Probablemente, a otra persona le cautive Rubén, es lo que tiene la vida, que nada es negro ni blanco, sólo lleno de tonalidades de gris que, en la paleta de Fernanda, se llenan de color para cubrir de pinceladas su eterna desazón, la que refleja en los ojos de su cuadro “Moreno de verde luna”, sin saber que ahí va a residir el imán que mantendrá viva la atracción.  Misterio en el frenesí.

Además, es una novela que nos hace viajar, no se queda en Zaragoza, su lugar de origen, sino que, como vuela una pluma de paloma, nos pasea por Florencia, Madrid, París, Nayaf y Diwaniya (Irak), Herat (Afganistán), de la mano de dos rutas paralelas que no terminan de encontrarse, casi ni siquiera al final… Pero no cuento más.

He sonreído.

Me he enfadado.

Me he emocionado…

He vuelto a sentir escalofríos de hombre enamorado…

Ars Mágica, de Nerea Riesco (www.nereariesco.com)

Ars Mágica, de Nerea Riesco (www.nereariesco.com)

Me sedujo la portada: colores ocres para una joven desnuda de espaldas y a su lado estanterías con libros encuadernados en cuero, muy antiguos… y en letra blanca, casi de tarjeta de visita, una leyenda: Siglo XVII, norte de España: un inquisidor, una bruja… y algunos hechizos. El aperitivo se completa con la reseña de contraportada, que hace pensar, después de ver a la mujer desnuda, en una posible aventura del inquisidor con ella… Figuraciones atractivas, que animan a iniciar la lectura.

Así me introduje en el auto de fe del 7 de noviembre de 1610, en la Plaza de Santiago, en Logroño, hecho histórico, narrado a modo de prólogo y que da pie a la historia protagonizada por Alonso de Salazar y Frías, un inquisidor de grado medio que quiere aumentar su fama de justo y ecuánime valorando la certeza de unas acusaciones de brujería con la compañía de dos jóvenes frailes: Íñigo de Maestu y Domingo de Sardo. Alonso duda de la existencia del diablo y se afana en descubrir pruebas que describan la falsedad de las denuncias, incluso duda de sí mismo y de su formación teológica para justificar, por ejemplo, un embarazo de soltera, del cual se acusa al demonio (¡oh!).

Comencé el paseo literario con buenas perspectivas que se confirmaban con pequeños detalles, como el título de cada capítulo (descripciones de fórmulas mágicas, recordando a Como agua para chocolate con sus recetas mexicanas) y unos iconos que acompañan principio y final de los capítulos (el dibujo de una bruja preparando sus mejunjes y una cruz que parece tomada de la tapa de un escapulario).

La novela se desarrolla en dos planos que confluyen al final: las peripecias del inquisidor, convirtiéndose también en policía que investiga una muerte extraña relacionada con su trabajo, y las de Mayo de Labastide (quizá la joven de la portada), que deambula con su burro (ella está convencida de que es un hombre embrujado) en la búsqueda de su aya, Ederra, un personaje que nunca aparecerá en el plano real de la novela, aunque la autora le da una vida primorosa.

En los primeros capítulos, sufrí algunos resbalones porque el lenguaje se escapaba por derroteros periodísticos más que novelísticos, y podría tratarse igual de una novela ambientada hoy que en el imperio maya… pero recuperé el paso sin llegar a caer, y me iban subyugando muchos elementos de la obra.

Nerea Riesco navega con pericia sobre las aguas turbulentas de la novela histórica. Se palpa una excelente documentación, pero los textos apenas contienen referencias que pudieran hacerla indigesta. Mezcla sus personajes inventados con históricos de relevancia, como Felipe III, el duque de Lerma, la reina Margarita, Rodrigo de Calderón, secretario del duque, de una forma acertada y verosímil.

Por el género en que se encuadra, deberían primar los hechos antes que los personajes, el ambiente histórico antes que las profundidades psicológicas… en cambio, el mayor valor de esta novela es la perfilación de sus protagonistas, a veces con delicadas pinceladas, siempre con ternura, jugando con magia, ficción, historia, calor… apartándose de una visión omnipotente, dándoles la mano para acompañarlos y desde esa posición, dar fe de los sucesos que les ocurren, sin juzgar, incluso confabulándose con sus creencias ingenuas. Me quedo con Ederra, pero Mayo es una delicia, Íñigo cautiva con su candidez y Alonso, con sus dudas metafísicas y su amor platónico.

La Inquisición es una época oscura de nuestra historia… pero “Ars Mágica” no pretende darle luz, ni mucho menos, sino convertirla en una excusa para imbuir a sus personajes… Hay amor, hay tutelas, hay corrupción, hay vicisitudes universales de hombres y mujeres que con acierto la autora ha insertado en un ambiente que le sirve como contrapunto de terrorismo de estado, de fuego y tortura, para que los personajes aún parezcan más humanos.

Es una novela interesante, que se lee con fluidez, que no agobia con el ritmo, sino que marca pautas de lectura cadenciosa, a veces necesariamente atenta para disfrutar, sobre todo, de la ternura.

 

Humildad para crecer

¿Hasta qué nivel puede desarrollarse una habilidad o competencia directiva?  No lo sé, no creo que nadie pueda dar una respuesta concisa, pero me atrevo a escribir que sólo las habilidades innatas son las que ayudan al éxito, incluso sin desarrollarse.  Las adquiridas evitan el fracaso.

Se ha debatido en infinidad de espacios (incluso en éste) sobre si un líder nace o se hace, cuestión, como la mayoría de aspectos en este ámbito, algo difusa, es decir, que ni sí ni no, sino todo lo contrario.

En la cosa competencial, más o menos lo mismo. 

Me arriesgaré a dar mi parecer que surge de la observación, de la experiencia ajena y de la personal.  Leí hace tiempo que un jugador “magnífico” del Real Zaragoza, quizá Carlos Lapetra, no creía en los entrenadores como factor de triunfo.  Explicaba que un buen entrenador no puede hacer campeón a un equipo de malos jugadores, pero, en cambio, un mal entrenador puede hacer perdedor a un equipo de buenos jugadores.  Con “Los Magníficos” hubo un entrenador Luis Bello, a quien se atribuye la frase en el vestuario: “Señores, salgan y jueguen como saben”, a modo de única instrucción.  Es verdad, aquel equipo jugaba solo y una injerencia podría estropear la magia que había adquirido.  A veces, no liderar es el mejor liderazgo. 

Parecido criterio podemos aplicar en el tema de hoy.  Hay competencias que cada persona posee y que, conforme las va conociendo y aplicando, incluso sin pulimentar, se aplican para obtener resultados y se consiguen (hasta puede ser bueno no tocarlas).  Esa bola de nieve, por la autoestimulación que supone comprobar que uno es bueno, hace que un solo rasgo, habilidad o competencia pueda encauzar hacia el triunfo.  Me corrijo: no será un solo rasgo, por supuesto, pero sí el de mayor peso.

Pues bien, quiero decir  que con ese rasgo, habilidad o competencia en grado superior se obtiene el triunfo, pero sin los otros en un mínimo nivel se obtiene la condena al fracaso. 

Una correcta detección de competencias puede ayudar a evitar esta condena.  Las habilidades innatas, fácilmente detectables, pueden mejorarse con aportaciones teóricas, animando a la propia observación y análisis, practicando sobre la base existente y, así, tender a la excelencia.  La persona aceptará encantada trabajar en esta situación porque sabe que va a esforzarse para mejorar en lo mejor que tiene.  Ahora bien, pedirle esfuerzo para que mejore en algo que no posee de forma innata resulta cuando menos áspero, y cuando más, imposible. 

Conocí a un directivo medio que destacaba en las reuniones por su capacidad de expresión, su buen sentido del humor y su excelente síntesis en las conclusiones.  Nos tocó trabajar con él en materia de desarrollo porque sus jefes le auguraban una promoción cercana.   La detección competencial ilustró sus carencias en varios aspectos, esencialmente en planificación y en gestión de personas.  Evidenciárselas ya fue una odisea… y además no conseguimos que las aceptara, por lo tanto, no entró en el plan de desarrollo y se quedó como directivo medio.  Aún sigue ahí.

En cambio, una persona joven, con potencial detectado a medio plazo, se incluyó en uno de los planes al efecto… y gracias a su deseo de superación, a sus ganas de autoconocimiento y, sobre todo, a su humildad, descubrió sus enormes capacidades de comunicación, que habían quedado ocultas bajo una sugestión de “que lo hago mal”, adquirida por intervención de su primer jefe “castrador”.  Al poco tiempo de incluirse en el plan, este “alto potencial” fue elegido para realizar presentaciones por toda la empresa de unos modelos de gestión, debido “a su excelente habilidad comunicativa”.  Poco después, fue llamado a congresos y conferencias.  En cierta ocasión, años después, ya como directivo consolidado, me dijo: “…y pensar que mi primer jefe me repetía sin descanso ’si es que no sabes ni hablar’”.

 

Publicado en ForoRH núm. 114, de 24/07/2009

Arribistas

Hay especies raras (o no tan raras) de directivos que se llenan de símbolos de estatus para vanagloriarse en su posición y que miran con ganas de compadreo solamente hacia arriba o con desprecio para los lados.  Ya antes de ser nombrados visten con traje azul o gris, camisa clara y corbata oscura.  Les cuesta acertar con el calzado, porque suelen usar los llamados zapatones, con suela gorda de goma, y con los calcetines, normalmente blancos o con rombos.  En fin de semana, después de ahorrar comiendo perritos calientes de lunes a viernes, acuden a los clubes coquetos de la ciudad para dejar huella, cara y nombre que en un futuro les permita hacer una llamada a alguien importante para preguntarle “y de lo mío, ¿qué?”.

Siempre hay incautos que los miran como gente de valor, deslumbrados por su verborrea y su capacidad para el peloteo encubierto.  Incluso hay papás que los ven como buenos partidos para sus hijas.  Se deshacen en palabrería empalagosa y suelen conseguir lo que quieren o algo parecido.

Cuando ocupan su sillón, se afanan en llamar a sus amistades más afines, por un lado, para confirmarles que sus pretensiones se han visto colmadas (de momento, que luego habrá más) y, por otro lado, a sus enemigos más acérrimos, para darles con un canto en los dientes.

Pululan por el edificio de la empresa sin quitarse la americana, bien pertrechados ahora bajo trajes de marca, zapatos de tafilete y camisas de algodón egipcio con doble puño que sujetan los gemelos.  Algún hortera hasta se pone pañuelo a juego con la corbata en el bolsillo frontal de la americana.

El primer día de su asunción, congregan a sus subordinados en su propio despacho y, sin levantarse de la silla, mirando desde abajo con desprecio encubierto, hacen ver que no se habían dado cuenta de que estaban ahí, se levantan sonrientes y van estrechando la mano a cada uno de los asistentes, soltando las frases que aprendieron en alguna materia del máster internacional de dirección de empresas

“Estoy supercontento de que forméis parte de mi equipo”.

“Os daréis cuenta de cuánto me gusta que colaboremos para hacer el trabajo entretenido, interesante y productivo”.

“Si ya me lo decía mi madre: Hijo mío, trata bien a la gente y  te tratarán bien a ti”.

“Conseguiremos cosas espectaculares, ya veréis”.

Y poco a poco, como quienes están cargados de tareas muy importantes, irán empujando en la espalda a los más cercanos a la puerta para sacarlos suavemente al pasillo.  Cuando ya arrastren al último:

“Pronto tendremos otros contactos, otras reuniones como ésta, intercambios de opiniones y recomendaciones.  ¡Somos un equipo!, no lo olvidéis”.

Se dedicarán a buscar aquel que más trabaja y que más sabe, o ambas cualidades a la vez, y lo llenarán de trabajo, de responsabilidades delegadas, de objetivos “megaguays”, novedosos y “parasimpetáticos”, de tal manera que haya contenido consistente en el departamento y nadie les pueda decir que no se preocupan por la empresa.  Oh, oh.

Una vez confeccionadas las tarjetas y sustituida la placa en el puerta del despacho, desaparecerán periódicamente, alegando reuniones con la alta dirección, para ir abonando el campo del próximo ascenso.  Siempre que se van cierran con llave.

Llegarán más tarde y se irán más pronto, no por cuestión de holgazanería, sino para no juntarse en el ascensor con personas que no pertenecen a su rango social, con quienes las conversaciones les resultan insulsas.  No saludan a inferiores por el pasillo.

Cuando lleguen al poder otros diferentes de su cuerda, los despedirán con varios millones de euros y algunos se colocarán en distintos Consejos de Administración o en alguna Dirección General de un Ministerio menor.

El supervisor

Octavio baja por las escaleras lentamente dejando caer su cuerpo en cada pisada. Su casa rompe un chaflán en el barrio de Molintonia, casi a las afueras de Augusta, en dirección Oeste, hacia la tierra de los tambores de Buñuel. Es un edificio añejo al que quizá un día le otorguen el título de monumento histórico y sea remodelado en su interior, manteniendo incólume una fachada de rancio abolengo, con gárgolas bajo los dinteles de los balcones y columnas de orden corintio en bajorrelieve.

Sin embargo, aún hoy sigue enseñando sobre el portal una placa ajada por el tiempo que descubre su solera o su antigüedad: 1929, obra del arquitecto Manuel Argüelles en tiempos de juventud. Así comenta ante sus invitados cuando llegan ante la fachada: “Honrad este honor, amigos míos, porque setenta y cinco años de historia os contemplan”, parodiando a Napoleón ante las pirámides.

Ya lleva tres años actualizando el mensaje, desde que terminó la carrera y decidió no regresar a Sarinián, su lugar de origen en el interior. Tres años completados a golpe de contratos eventuales en tareas afines a su titulación de ingeniería: operario de montajes en cadena.

Tropieza un par de veces por culpa de los escalones diagonales que cruzan los descansillos.

Octavio maneja una máquina de inyección plástica. Ingresó en la empresa dos semanas atrás contratado por una Empresa de Trabajo Temporal con un salario de 6,56 € la hora, incluidas pagas extras y vacaciones. Sin apenas formación, una raquítica hora de charla virtual sobre Seguridad en la Fábrica, lo colocaron a pie de máquina. Aprendió de su compañero, un hombre de 53 años, que llevaba tres meses en su mismo puesto de trabajo, gracias a los incentivos fiscales (para la empresa, naturalmente), que primaban el ingreso de personas de su edad.

Previamente, una atenta muchacha, como representante del área de Personal le había dado la bienvenida. Octavio le preguntó si existían posibilidades de que le hicieran contrato indefinido. La chica agachó la cabeza con gesto de culpabilidad.

Quería cumplir bien su trabajo. Quizá existieran buenas perspectivas, pero tampoco se iba a confiar. Vio transitar a una secretaria vetusta con algunos mails impresos en su mano para entregarlos en los despachos. Las paredes estaban decoradas con fotografías de la evolución empresarial, máquinas antiguas, próceres veteranos.

A lo lejos del pasillo, percibió una boisserie impecable precedida de unos sillones marrones de cuero como antesala del despacho del gran Gerente General; todo el mundo se saludaba formalmente con el tratamiento de usted.

Y un silencio absoluto, casi macabro.

El despacho del Supervisor se abría con ventanas acristaladas desde un piso alto que controla todos los puestos de trabajo asignados a su sección. Durante los breves minutos que duró la primera charla con él, escuchó palabras que escondían peticiones de sumisión a cambio de un trato preferente. Prefirió entender que el Sr. León no era una mala persona. Al menos, sus ojos así lo delataban, aunque tenía voz de mando en plaza.

Ayudándose en su Manual de Gestión de Empresas, ya en la primera semana dedujo una cultura de empresa rancia y paternalista, orientada a la producción, con reducción de costes y disciplina espartana. Se convenció de que debería esperar tiempos mejores, aunque estaba seguro de que su carácter le iba a traicionar de nuevo.

Corrían rumores de un cambio de Dirección, de que una multinacional iba a comprar la empresa porque los dueños actuales no pensaban seguir con el negocio, pero ¿quién podía creerlo en una compañía con más de 30 años sin cambios?

Como apenas ha dormido en toda la noche, hoy se ha levantado más temprano que de costumbre para espantar las angustias con el aire fresco de la mañana, y ha decidido acudir a la fábrica caminando. Según su contrato, debe cumplir 15 días de prueba y mañana se cumple el último día.

Y ya le ha vencido el contrato de alquiler, con la dueña detrás de él para que lo renueve con el pago de las dos mensualidades acordadas como aval: “porque no puedes garantizar un empleo estable”, reproche de la casera.

El lunes pasado se había decidido a dar forma a una idea que comenzó a madurar a los dos días de integrarse en la cadena. El trabajo rutinario le permitía observar una y mil veces el proceso de trabajo. Imaginó soluciones dispares hasta que consiguió reorganizar mentalmente todos los pasos de producción y reconvertirlos en unos movimientos que podrían mejorar los tiempos en más de un treinta por ciento. Se había emocionado en sus deducciones mientras las iba pasando a limpio en un documento de propuesta. Y ese lunes, sin querer suponer el impacto en su jefe, supo que iba a jugar con temeridad.

El Supervisor recibió la sugerencia con mucha sorpresa.

–¿Cómo dices?–, rugió.

El Sr. León vestía de azul, con cazadora de paño y pantalón de pana, propio de su rango, que además se acreditaba por una chapa sujeta con aguja a la altura del pecho. Calvo y de voz grave, repartía instrucciones por los puestos de la cadena en un tono severo. Entre los subordinados tenía sus preferencias y el tratamiento podía ser más o menos hosco según que el operario le cayera menos o más simpático. Hasta el lunes, parecía que Octavio entraba en el grupo de los preferidos.

En la parada programada, el Supervisor se encontraba tres puestos más allá del suyo. Mientras los demás se desplazaban hacia el cuarto del café, Octavio se acercó al Sr. León.

–¿Puede dedicarme un momento?

No recibió contestación, pero la mirada le sugirió que el hombre estaba a la escucha.

–Querría charlar con usted unos minutos sobre un asunto que me ronda hace varias semanas. ¿Le parece que vayamos a su despacho?

El Supervisor se giró y le hizo una señal con la mano para que le siguiera.

–Perdón, Sr. León, tengo que pasar antes por mi taquilla para buscar un documento que quiero presentarle.

Recibió una mirada reprochadora, seguida de unas palabras tajantes.

–Tengo tres minutos. Te espero en mi despacho.

Octavio salió al resuello para recoger la propuesta, elaborada ese fin de semana con una dedicación especial, acompañada de gráficos y estudios de tiempos y costes.

Solicitó permiso para acceder al habitáculo acristalado. Un gesto adusto le autorizó.

Sin sentarse, casi a distancia, casi en posición de “firmes”, acercó el documento a la mesa, mientras iba explicando los pasos realizados para llegar a las conclusiones que había colocado en la primera página.

Dos minutos.

–Me lo quedo. Vuelve a tu puesto.

El camino al trabajo discurre por las afueras de la ciudad. Sale al paseo que bordea el río y se apoya en la barandilla para observar el paso de las aguas. Los remolinos le agitan su estado de excitación. Vuelve a recordar las consecuencias de su propuesta, que había olvidado bajando por la escalera de su casa. Maldice al mundo, maldice a la fábrica, maldice a la máquina y maldice al Sr. León. Nadie tiene derecho a comportarse de esa manera ni los demás de permitirlo. ¿Por qué soportan personas como él en las empresas? Un hombre castrador, angustiado y que angustia a los demás, lleno de complejos, cruel...Sigue el camino con la vista en el puente que debe atravesar, largo, de una sola arcada.

Al día siguiente de la propuesta, el Supervisor esperaba a Octavio a la entrada de la sala de máquinas. El hombre no contestó al saludo, pero le observó con ojos inquisidores durante una larga media hora. El muchacho trabajó inquieto y cometió errores propios de la desatención. A media jornada, Octavio sintió detrás suyo la presencia del Supervisor y escuchó su primera reprimenda como subordinado laboral.

Mientras atraviesa el puente, se siente volando sobre esas aguas turbias que le recuerdan su agitación. El miedo y la rabia se le agarran en el vientre y le vienen deseos de gritar al viento su injusticia, de lanzar su ira contra el Sr. León... y de romperle los huesos. Se consuela dando un fuerte puñetazo al pretil. Seguiría pateando los hierbajos, escupiendo a las baldosas... pero la sensatez le domina. Tiene que mantener su trabajo a toda costa, nada de violencias, sino aceptación, aceptación, aceptación. Cumpliría los tres meses de contrato y después... ya se vería.

El Sr. León lo miraba desde todos los ángulos posibles sin dejarle un resquicio por el que pudiera escapar de su vigilancia. Sus ojos de águila carroñera se movían en círculo por sus órbitas, lo perseguía con saña y con su media sonrisa de deleitación ante la tortura. Pero no acabó ahí el castigo por “haber sido más listo que él”. Después de las miradas repletas de agujas, comenzó la agonía. No podía ser que un hombre fuera capaz de amargar a otro de esa manera. El Supervisor, revestido de poderes para hacer y deshacer a su antojo, iba desgranando sus armas de superioridad: detenía la cadena justo cuando Octavio iniciaba su labor para obligarle a reiniciar su trabajo; le abroncaba en voz alta con la intención de que todos los compañeros le escucharan; analizaba el más pequeño error para después anotarlo con risa de satisfacción; controlaba atento sus horarios de entrada, descanso y salida; revisó exhaustivamente su ropa de trabajo y finalmente, etc.

Cuando llega a los descampados, el miedo se apoderó de las piernas y tiene que hacer esfuerzos para mantenerse en pie. Casi le es imposible seguir adelante y le aparece la imagen del Sr. León como un vampiro babeando sangre; primero con esa expresión de desprecio sarcástico...; pero después, con el esfuerzo de querer vencer en la batalla que le espera, lo imagina postrado y humilde, aceptando su culpa, destrozado, suplicando perdón, como Octavio desearía encontrarle al incorporarse hoy al trabajo.

El día de antes, justo el día de antes, el Supervisor había emitido un informe mentiroso donde daba cuenta del descuido, torpeza y falta de atención que estaba observando en el desempeño de Octavio Antúnez. Recalcaba con solemnidad todas las instrucciones desobedecidas, los errores en los trabajos, incluso mencionaba un conato de rebelión ante la autoridad establecida. La recomendación final rezaba: "Despido inmediato".

Se coloca frente a la puerta de la fábrica y ve entrar a sus compañeros. Piensa por un momento en esconderse por cualquier paraje solitario y aguardar a que una mano salvadora le preste ayuda. El vigilante sonríe como todas las mañana, saludando efusivamente y entregando la tarjeta horaria a cada empleado. Decide avanzar y enfrentarse a las consecuencias.

Cuando el vigilante le entrega la tarjeta, un papelito adherido le ordena: "Preséntese ante el Jefe de Personal".

Se le dispersa la mente por conjeturas de reproches, despido y humillación.

–Adiós al contrato–, suspiró.

Camina unos pasos por el patio y se acurruca bajo un dintel en penumbra. Toda la sangre se le acumula a borbotones por los alrededores del estómago y siente la sensación de vomitar. Apoyado contra la puerta metálica se ve señalado, descubierto y amenazado por los 200 compañeros de la fábrica. Cierra los ojos y transcurre su tiempo imponderable.

La secretaria le ruega que espere.

–Pase, Sr. Antúnez –le invita secamente el Jefe de Personal.

–...

–Siéntese, señor Antúnez.

–...

–Veamos, señor Antúnez, desde hoy usted es Supervisor de Cadena.

–Pero... ¿y el Sr. León?

–Ayer lo despedimos.

Los culpables de no vender

Llegaba Juan Beisti, de la Dirección Comercial.  Alguien dijo que venía de mandamás, pero luego nos enteramos de que era sólo un “currito” de Promoción y Ventas.  Tendría sobre los cuarenta y cinco, pelo canoso y cara de mala leche.  Nos convocaron fuera de horario laboral, en la trastienda de uno de los locales sin aire acondicionado.  Sólo estábamos los responsables de tienda.   Nadie se ocupó de encargar café, bastante hacía el gerente de Zona con pelotear al Beisti.

El susodicho Beisti mostraba buenas maneras, saludaba alegre (con sonrisa forzada y sarcástica) y se presentaba uno a uno a los asistentes.   A Farrete, nuestro gerente, se le caía la baba cuando alguno de mis compañeros saludaba con reverencia.
 
Comenzó la cosa con unas palabras pegajosas, como gelatina, dirigidas de uno a otro de los conductores de la reunión.   Después, nuestro gerente repartió como un pulgoso arrastrado unas fotocopias mal hechas, grapadas al revés, con el logo de la empresa en su versión borrosa, en la cual se recogía lo que el enviado iba a contarnos.

–Señoras y señores… (mentalmente, hice una rima que no me atrevo a repetir aquí)… La cosa está muy mal, muy mal.
–¿Cómo de mal? –le pregunté.
–Mucho… más de lo que ustedes se imaginan… mucho. 
–Según don Ramón, estamos a un 98% de lo vendido en el año anterior durante el mismo período… y estando en crisis…  –seguí tocándole las narices.

Don Ramón, léase Farrete, se puso muy colorado.

–Según mis datos –siguió el enviado mirando unos papeles manchados de aceite–, estamos al 72,12% de lo presupuestado en ingresos y al 105,3% en gastos.
–¿Presupuestó usted? –me ayudó Jaimito.

El gerente Farrete hacía gestos por detrás del ponente para que nos calláramos.

–No, yo llevo la acción comercial de este distrito. Por eso, traigo instrucciones claras para que suban las ventas.  Hasta ahora, aquí no se ha hecho nada bien.  Tengo información de errores en aplicación de ofertas y en el seguimiento al cliente.
–Y en la central, ¿han hecho todo bien? –largué con un inocente retintín.

Silencio sepulcral.  Tono de polvos talco en la cara de Farrete.

El Beisti movió la vista hasta donde yo estaba.

–Aquí se trata de lo que se hace mal en estas sucursales –me dijo mirando con furia al gerente.
–En estas sucursales hacemos lo que podemos, y la mayor parte de las cosas están muy bien hechas –me eché varias flores.
–No lo veo yo así.  Por ejemplo, no se ponen los carteles de las ofertas.
–Por ejemplo, los carteles de las ofertas contienen errores muy importantes.  ¿Pondría usted un cartel con información errónea para los clientes?
–Tampoco se han cumplido los planes de reducción de gastos, porque en esta oficina, por ejemplo, el gasto de luz ha subido un 17 %.
–En esta oficina, de la cual soy responsable, se ha estropeado el temporizador que apaga las luces del escaparate a las 0.00 horas, y no se ha podido reparar o cambiar porque se ha agotado el presupuesto de mantenimiento y en la central no nos dan más.  Solicité apagarlas al salir y me negaron la propuesta.  Se han fundido dos bombillas.

No seguí porque algunos de mis compañeros apretaban las piernas para ayudar a los esfínteres en su función (unos por mucho miedo, otros por mucha risa), y no era cosa de obligarles a ir todos juntos al baño.

Al día siguiente, Farrete me llamó a su despacho y me entregó la carta de despido, como no podía ser de otra manera.  “Casualmente”, ya tengo trabajo en el negocio de enfrente… y me he llevado una buena indemnización. 

Que les den.

Publicado en ForoRH, 9/07/2009