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Molintonia

Literatura y fútbol

No es corriente encontrar estos dos términos tan juntos, literatura y fútbol, la primera considerada un arte mayor, de oficio refinado, intelectual y casi siempre solitario, en silencio creativo o contemplativo, mientras que el segundo es una actividad física, practicada en equipo, presentada ante masas enfervorizadas, de poco rigor para el intelecto y mucho que ver con las pasiones encendidas. 

Pero los caminos hacen extraños compañeros de viaje y como, ya desde el principio del artículo, me veo obligado a asegurar su relación para proseguir en la creencia de que transmito credibilidad, me permito incluir, a modo de prueba pertinente, una lista bibliográfica que los une, con el riesgo de que alguien me acuse de haber colocado la tirita antes que la herida.

 

  • Salvajes y sentimentales, de Javier Marías, por Editorial Aguilar
  • Los Cuadernos de Valdano, de Jorge Valdano, por Santillana 
  • El Fútbol contado con sencillez, de Alfredo Relaño, por Maeva
  • El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, por TM Editores
  • Yo Soy el Diego, de Diego Armando Maradona, por Planeta
  • Me gusta el futbol, por Johan Cruyff, de  Edic. B
  • Cuentos de fútbol I y II, (Selección de Jorge Valdano), por Alfaguara
  • El Fútbol que Viví...... y que siento, de Adolfo Pedernera, por IPESA
  • Aquellos domingos de gloria, de varios autores, por La Esfera de los Libros - Marca
  • Gracias, Vieja, de Alfredo Di Stefano, por Aguilar
  • Locas por el Fútbol, de Eva Orúe y Sara Gutiérrez), por Temas de Hoy
  • Historia del fútbol, del juego al deporte, por Alfred Wahl, de  Editorial B
  • Ronaldo, un genio de 21 años, por Wensley Clarkson, de Cooperación Editorial
  • …Horacio Quiroga y su relato ’’Suicidio en la cancha’’
  • …Pablo Neruda, y su poema “los Jugadores”, en su obra Crepusculario
  • …Mario Benedetti  y su cuento ’’Puntero izquierdo’’
  • …Rafael Alberti y su ’’Oda a Platko’’, portero del Barcelona

 

El poeta brasileño Vinicius de Moraes escribió un célebre poema a Garrincha; el español Camilo José Cela, sus “Once cuentos de fútbol”.

Pero lo más conocido de todos es “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano: la historia de un tiro desde los once metros que dura una semana entera, sobre lo cual se rodó una película en España hace tres años con el mismo título.

Estos datos sirven para avalar una realidad que se ha negado mucho tiempo: que la literatura y el fútbol están hermanados por un pacto de sangre, por algo más allá que un matrimonio.

Algunos intelectuales despreciaron este deporte y estimaron que no debía ser objeto de atención, como Rudyard Kipling, que inició esa mala relación en 1880, desdeñando al fútbol y “a las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.  Y prácticamente, desde esa fecha, el desencuentro se mantuvo generalizado hasta los años setenta.

Jorge Luis Borges también se despachó: "Es feo estéticamente. Once jugadores contra once, corriendo atrás de un balón no son especialmente hermosos", expresó. Estaba claro que entre las letras y la pelota no había amor.

Borges abundó en ese desdén, influido o arropado por la idea de que el futbol es el opio de los pueblos, que engaña a millones de estúpidos, por cuanto se convirtió en arma de dictadores para despistar al pueblo, sobre todo en su país, con la celebración del Mundial de 1978 para mayor propaganda de la dictadura militar.  En ese sentido, Eduardo Galeano también afirma:  “El fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Su historia es un triste viaje del placer al deber. El fútbol y la patria están siempre atados y los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad”.

Otra anécdota sarcástica de Borges sobre el fútbol sucedió precisamente en el Mundial citado, cuando Argentina venció a la magnífica selección holandesa y se proclamó campeona del mundo. Buenos Aires era un alboroto. Ese día Borges organizó una conferencia sobre Baruch Spinoza, el filósofo holandés. Los asistentes lo miraron con asombro y el maestro dijo: “¿Acaso alguno de ustedes piensa que ser de Argentina es mejor que ser de Holanda?”.

No voy a seguir contando ataques de los literatos al fútbol, que los hay, porque ya desde mediados del siglo XX, con setenta años de historia futbolística, cuando la literatura dejó de ser elitista y llegó al pueblo llano, tuvo la osadía de embarrarse en un campo de fútbol.

 

 

Le preguntaron a Valdano:  ¿Son incompatibles el fútbol y la literatura? 

Y Valdano contestó: “Leer un libro no sirve para jugar mejor al fútbol ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura. Son dos juegos (fútbol y literatura) que tienen diferentes modos de expresión y que resultan compatibles a fuerza de ser distintos”.

Otra pregunta: ¿A qué cree debida esa relación de amor-odio entre ambas disciplinas?

Contestación de Valdano: “Es la desconfianza  que siempre ha tenido la mente con respecto al cuerpo. Los intelectuales se desmarcaron del fútbol por considerarlo una expresión popular menor, por deducir que era, como la religión, "el opio del pueblo", por desconfianza hacia la masa y, finalmente, por snobismo. Por su parte, el mundo del fútbol presumía de hombría en el peor sentido, esto es, desde la exhibición de la brutalidad”.

Sigo haciendo constar opiniones, ahora la  de Juan Sasturain (1945), periodista editor de la sección Deportes del diario Página 12, de Buenos Aires, sobre los contactos entre el fútbol y la literatura:

 

 Tanto la práctica del fútbol como el ejercicio de la literatura, llevados a su grado de excelencia y respeto por los medios y posibilidades, pueden (aunque no suelen) alcanzar el grado de la artisticidad: pueden ser un arte, no sólo una actividad reglada por la eficacia o un trabajo marcado por la recompensa. El manejo de la pelota como el del lenguaje -puestos en buenos pies y manos- son un desafío a la creatividad y de ahí, de esa tensión por encontrar una forma original, cada vez única, para resolver dificultades expresivas, puede saltar la belleza. Ambas actividades tienen en común su condición de juego en tanto desafío, actividad en el fondo inmotivada, asunción de un riesgo y entrega personal. Las habilidades que requiere el fútbol (saber golpear una indócil pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean las manos) no sirven absolutamente para nada... Para nada que no sea el fútbol. De ahí su equívoca grandeza.

 

Resulta evidente que Juan Sasturain es un apasionado del fútbol.  Curiosamente, se da entre algunos intelectuales el deseo de justificar la unión de la literatura y el fútbol, como si se sintieran necesitados de ligar externamente esas dos pasiones que les producen cierta incomodidad en su conciencia.  En cambio, Miguel Pardeza, interpelado en una entrevista televisiva sobre sus gustos literarios, contestó a la cuestión de si el fútbol es un arte, después de pensar largamente para medir sus palabras, algo así: “El fútbol requiere de habilidad corporal y, en su intento por agradar al público, se provocan acciones estéticas, pero de ahí a calificarlo de arte queda mucho trecho”.

Me gustaría destacar una obra, cuya principal originalidad es que trata de futbol escrita por dos mujeres, las periodistas españolas Eva Orúe y Sara Gutiérrez y que fue publicada por primera vez en Internet.  Se titula “Locas por el fútbol” y habla de un deporte, el fútbol, inventado por y para hombres, y que fue durante muchos años un terreno vedado a las mujeres. No sólo eso: el fútbol se convirtió en un rival, y miles de novias y esposas cantaron convencidas, durante años, aquel pegadizo por qué, por qué los domingos por el fútbol me abandonas. Sin embargo, poco a poco, las mujeres han saltado al campo para convertirse en protagonistas del espectáculo. ¿Qué tiene el fútbol que las vuelve locas?  Ese es el argumento de esta novela tan divertida.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo, es el autor de esta definición tan aguda y repleta de sarcasmo y calidad literaria: “el árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los golpes. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga al exilio (...) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.

Tras un partido entre Junior y Millonarios, Gabriel García Márquez declaró: ’’No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien’’.

Mario Vargas Llosa llegó a ser columnista deportivo en “El País” durante el Mundial de 1982.  Ha expresado su amor por el fútbol en reiteradas ocasiones y en su artículo “El corazón goleador” se expresa así:

El fútbol (muy de vez en cuando) no es una operación matemática de resultados previsibles, sino un encuentro de seres vivos que juegan más para divertirse y gozar que para un salario o una copa. Esas tardes, en las que el corazón mete los goles y no los pies, se recuerdan después como una de esas experiencias que nos reconcilian a nosotros, los hinchas pobres diablos con la vida".

Otras referencias al fútbol por artistas y literatos, recogidas por Hernán Bienza, son:

Javier Marías dijo que ’’el fútbol es la recuperación semanal de la infancia’’ y ha escrito varios artículos sobre fútbol, especialmente uno que habla de Zinedine Zidane, autor de un “gol sobrenatural”.

El intelectual comunista Antonio Gramsci lo definía como ’’el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre’’.

Con cierto tono meloso, el checo Milan Kundera escribía que ’’tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo’’.

Y el multifacético Pier Paolo Pasolini dejó la mejor definición que la literatura pudo hacer de este deporte, que remite a los juegos circenses de la Roma antigua:

 

’’El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad.  Igual que la palabra poética.  El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que produce más goles es el más poético. Incluso el dribling es de por sí poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, driblar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Pero no sucede nunca. Es un sueño’’.

El periodista recopilador de estas definiciones, un apasionado argentino, después de transcribir las palabras del cineasta italiano, se siente obligado a rendir pleitesía a su dios con esta expresión: “Pasolini, obviamente, no había visto jugar a Diego Maradona. A pesar de desmentidas por el segundo gol del ’’Diez’’ a los ingleses, sus palabras están llenas de verdad poética. Pero de eso podría tratarse este desencuentro entre las letras y la pelota: Maradona tampoco había leído a Pasolini”.

Es conocida también la anécdota del Bryce Echenique colegial que jugó en la selección infantil de Universitario contra el Independiente argentino. Bryce entregó a cero su portería en la primera parte, pero en el segundo tiempo pidió jugar por el cuadro rival. Según ha explicado el escritor, quería sentir lo que sentía el otro, sentir lo suyo, ponerse en su lugar. A Bryce lo botaron a patadas del estadio y hubo quien le gritó “traidor a la patria”.

Se sabe que Albert Camus fue igualmente portero juvenil en la Universidad de Argel (Heraldo de Aragón, en “Hace 50 años”, publica el pasado 7 de Enero: El escritor francés Albert Camus… fue un excelente guardameta; una lesión pulmonar le hizo abandonar el fútbol); también, que Rafael Alberti, hincha del Barcelona, tuvo un duelo en verso con Gabriel Celaya, fanático del Real Sociedad.  Vladimir Nabokov jugó de portero y una vez, tras parar un balón en el césped, recibió tal cantidad de patadas en la cabeza que sufrió una conmoción.  Günter Grass ha dedicado un poema al Friburgo, el equipo de sus pasiones.

Jugué al fútbol durante treinta años, lo que me ha proporcionado experiencia y conocimiento para saborear sus cualidades y entender sus defectos, pero además me dio base para entender que la literatura y el fútbol se unen tal como se convierten en una pasión doble, la del hincha, forofo, profesional o estudioso de ese deporte con la del escritor que la reverbera en sus páginas a modo de catarsis expresiva.

En mi búsqueda para documentar este artículo, encontré un relato de un escritor argentino nacionalizado español, Andrés Neuman, ganador del último premio Alfaguara de novela, que me trajo sensaciones muy parecidas a las que me invadían en mi época futbolera.  Por eso, quiero finalizar transcribiendo unos párrafos de ese relato que creo muy especiales:

 

“Mi infancia son recuerdos de un patio con gravilla. Gritos desaforados. Mucho viento. La inminencia de un timbre. Los zapatos demasiado justos. Y algo más. Qué. Una pelota. De plástico anaranjado, o de cuero muy frágil, casi descosida.

Yo no sabía, por entonces, que a la pelota debía llamársela balón. Además, como estudiaba francés en el colegio, semejante mote me habría parecido una blasfemia o una concesión algo afeminada. Y en la escuela, señores, había que ser macho. Había que ser tan macho, tan rabioso y tan bestia, que el balón, no sé si me comprenden, de ningún modo podía ser masculino.

A mí, qué quieren que les diga, el fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el púber tísico, aspirante a poeta, al que todos martirizan en el patio. De no poder intercambiar más de tres o cuatro gruñidos vagamente sintácticos con la mayoría de la especie masculina; esa especie brusca y hermética con la que rara vez conseguía encontrarme cómodo. El fútbol me salvó, también, del riesgo de ignorar el cuerpo, tendente como era a elucubrar y a soñar despierto. El fútbol me enseñó que, en la vida, si uno echa a correr debe hacerlo hacia adelante. Que a la belleza, casi siempre, le ponen zancadillas. Y me enseñó, desde luego, que no conviene hacer la guerra solo, y que el enemigo, ay, es siempre demasiado parecido a nosotros. Cada vez que me preguntan qué habría sido de mí de no ser escritor, cuando estoy a punto de responder que nada en absoluto -un escritor de veras, como sabía Rilke, es incapaz de imaginarse un destino distinto a la escritura-, me viene a la mente un sueño infantil que duró algunos años. De modo que carraspeo, sonrío y replico: quizás habría sido futbolista.”

 

Publicado en revista Imán, núm. 3, de la Asociación Aragonesa de Escritores

Cuando crujen los corazones

 

Vendrá 

 

Resbala…

a lo lejos, y va cayendo lentamente

aplastando los árboles, los árboles y un templo,

gente

nadie se atreve a darle nombre

y es gelatina que se esparce

para esconderlo todo

y atarlo

y darle formas redondeadas, sutiles

Avanza, avanza, avanza

estoy en la ventana, viene hacia mí

y todos corren porque han visto

las delicadas estatuas de cálido metal

que van quedando dentro de la masa

que resbala, avanza, cubre, deglute

Si miro atrás no queda nada,

no hay nada, sí alguien, no nada

enfrente la masa viniendo

la quiero y seré libre, bello, dulce

He subido al campanario sonriente

miro abajo, atrás un poco

resbala…

lentamente aplastando árboles, un templo,

gente

y sonriente ya espero, fuera

vendrá

 

 

 

Mil dudas y la espera 

 

Hacia donde los ojos respiran

el aroma de la certidumbre

quiero llevar mis pasos lentos y lejanos

como una pluma sin tintero.

Si volar fuera un deseo

caminaría hasta olvidarlo en el camino

con las alas de la paloma en mis alturas,

alas risueñas con semblante de guía

para la hondura de mis túneles.

 

Vienes y te vas, ¿qué eres?

¿te llamo esperanza? ¿o te llamo quimera?

Y las alas sonríen en un sarcasmo paternal

Sigo mirando al suelo,

unas piedras y una flor ajada,

mientras a lo lejos se abre una boca

-es una boca de luz-

y suspiro con los ojos cerrados

en una esperanza sin colores.

 

 

 

Ni ternura 

 

La soledad y una mirada hacia dentro,

no veo nada, ser de los arrecifes, ni a ti,

y eres cueva o escarcha,

lánguida, muerte, descalzo y triturado…

como los bueyes uncidos

hacia delante y ojos al suelo.

¡¡No!!

Los horizontes no se detienen,

nunca se detienen

aunque los desechos del alma

se alojen en esos huecos de la sonrisa.

Císimo, laderonque, monisquela…

que sí, que quiero nuevos vientos

en nuevos mundos

en nuevas palabras

en nuevos significados.

¡No!

Pero quién se arrastra,

arañazo, sangre seca y escozor

para forjar la senda que juegan a esconder,

y está allí, la encontraré.

Retira el rostro, no es tuyo,

no tienes mérito ni valor

ni mérito ni valor ni vergüenza

ni ternura, olvídate.

No.

 

 

 

 El hueco de la mirada hueca

 

En ese hueco de la mirada hueca, dulce

donde existe la frontera de las pérdidas

y los suspiros se cruzan con tu risa

y los aromas se guardan bajo llave

y mis palabras se equivocan porque mueren

allí, en un gris alocado lucernario hueco

me he varado para no verte, soledad…

para no verte, soledad, para no verte…

y estás, inevitable y dolorosa, sin quejidos

con las golosinas amargas de un disparo

que no puedes regalarme… aún, aún, aún

La paloma me lleva y muere, sin corazón

y abajo lodo y fiemo… oscuro y húmedo

más soledad entre la mirada hueca, dulce

el mundo sobre mí en la chistera roja

así todos ríen, no como tú, soledad,

ríen hiriendo, ríes protectora y amante

te aferras, me arrastras, huyes conmigo, o no

un chasquido, bramas, me giro, hablo

y me quedo solo, soledad, sin ti

La ceremonia

Un hombre es enamorado.

Ha ocurrido en una plaza, ahí delante,

y la imagen es esperanzadora.

Se han despertado unos pájaros

y la soledad ha quedado desparramada,

como rota en mil pedazos

por los rincones bajo los árboles.

Parece que ha sucedido así:

ella paseaba alrededor de la estatua,

un caballero doliente que adora a su caballo sin cabeza

iba leyendo un libro de Salinas

prologado por Cortázar.

Poesía de Amor, decía la portada.

Es de noche.

Hay luna llena.

Un rayo se espejaba en una gota de lluvia

encima del caballero,

la mujer se ha agachado a recoger un verso

y el rayo le ha impactado,

un rayo de luna

que ha convertido en blanco su vestido.

El hombre venía de negro,

o quizá de oscuro,

la noche lo ennegrece casi todo.

Iba despistado, pensaba en el número

de sus tareas como un canario en su alpiste.

Se han cruzado las pisadas

y el rayo se ha escapado.

Las pisadas del hombre y de la mujer,

un pie de puntera sobre el suelo

para sostener una rodilla en equilibrio,

otro pie caminando sin sentido

lleno de números sobre controles.

Se han encontrado

y el rayo se ha fundido, se ha fundido.

Pero ahora refulge el traje negro

y el vestido se ha quedado en oro.

¿Eso es el amor?

No, no, viene después de ese impacto

prolongado, miles de segundos para la escena.

La escena se detiene cuando el caballero

desciende del pedestal

con su espada en la mano.

El silencio se corta con acero.

Un cura pasea trasteando entre el alpiste,

se santigua,

se exaspera,

maldice al caballero del caballo

gritándole que quién es él para ser sacerdote.

“Sacerdote, Vuecencia, por ahora”,

le lleva escrito en un papel una paloma despierta

en nombre del de la espada.

¿Será que la espada es el altar para los amantes?

¿O quizás un cáliz y la forma?

Dos muchachas se han quedado paradas

sonriendo.

Ahora mueven las manos,

para prender los restos

del rayo de luna expandido.

Ellas tienen lágrimas,

y llevan una de sus gotas hasta la espada

del caballero,

que brilla,

que está afilada de sabores,

quizá el del mosto

que van a beber en la ceremonia.

El caballero se parece a Neptuno

o a un guerrero que luchó contra los moros.

Ella se está convirtiendo en una ninfa,

su vestido se hace túnica,

y sus ojos no son los mismos,

son castaños.

El hombre sigue sin moverse,

el impacto le ha quebrado el movimiento,

pero ella lo acaricia.

Llega gente por la esquina de la plaza,

gente para mirar el desgarro de ternura,

porque ellos la perdieron, la ternura.

La gente son otros.

Los dos se miran

y los otros miran, quieren vivir en ellos,

y no pueden.

La paloma del mensaje se apoya en una rama,

sobrevuela la escena como una pluma

entrando en su tintero,

y el ala derecha se aposenta

en el hombro del caballero,

sólo el ala,

la paloma regresa a la rama

y sonríe.

Neptuno con espada también sonríe

a la par de la paloma.

Y ellos se miran,

ya casi se besan con las manos,

los dedos rozados,

la túnica de la dama,

la capa del amante.

Los otros miran y se emocionan, ya no son gente,

son Uno para la ceremonia,

son los ángeles, las vestales,

héroes y gigantes, musas y guardianes.

Y cuando Neptuno baja la espada,

los amantes reverberan,

son como luz en un disparo,

los dioses se arrodillan

para rendir pleitesía a príncipes recientes,

regresados,

desde siempre,

antes se amaron y ahora lo saben,

nada es nuevo,

es renovado después de un giro casi eterno.

Se reconocen.

El cura enfadado se difumina,

ya es sacerdote el caballero,

ya es forma y cáliz la espada,

ya se besan los esposos,

ha sido un instante, un instante de infinito,

de infinito.

Y la plaza no es plaza,

templo enarbolado,

los árboles son señores de otros reinos,

la gente, sus ejércitos,

luna se hace la noche toda,

y todos se difuminan como el cura,

más alegres,

mientras ellos, uno y otro,

los dos,

uno solo,

márgenes de amor,

página repleta de ternura,

un aura dorada,

un deseo en rebelión para las pieles,

fuego,

un Amor.

 

...solo mira la paloma, que ya tiene sus dos alas...

Color de hoja, verde mar

  

Perder

la inmensidad

por ti.

 

 

 

*** 

 

 

Acércate, mar

 

Mar,

acude a mí

y ahoga la pena

que hace morir

mi corazón.

De tu verde,

dame la caricia

de una ola.

De tu azul,

dame la sonrisa

de un susurro.

Quiero vivir en ti

como delfín

que busca

al náufrago

de la crueldad

dormida.

Desde la roca

te esperaré

para sentir

una sirena.

Acude a mí,

mar.

 

 

 ***

 

 

Marinero,

¡ven a mí!,

llévame

al mar.

De la brisa

tomaré

el postigo

que cierra

mis agujas.

De su entraña

beberé

la oscuridad

del gran misterio,

en la ola buscaré

el delfín

que me desliza

por la cueva

del sentido.

Del mar

quiero ver,

¡oh, dios!,

otra vez

a mi sirena.

 

 

 ***

 

 

Verde mar.

Quiero estar solo

en la hoja

del mar.

No me cubren

las olas

el apetito de una voz.

El faro centellea.

No viene nadie.

Los peces me ven

y escapan.

Quiero estar solo.

Me siento solo.

Cuando el mar

se enfurezca

moriré entre las olas.

Si Neptuno me llama,

acudiré a su morada

en un delfín sin alas.

No diré nada,

abriré mis brazos

y besaré su tridente

sin pasión.

 

Estoy solo.

 

Sobre un remolino,

una sirena cantaba.

Me tendía la mano.

De la roca

tomé un impulso

ciego

y la traje a mí.

 

No volverá al mar,

porque no era una sirena;

era una mujer morena

que rompía con su canto

el centelleo de la luna.

 

Con sus dedos

rasgaba

las cuerdas de una lira.

 

Con sus ojos

pedía

la mano del destino.

 

De su pecho

nacía

la caricia de una brisa.

 

Ya no estoy solo.

 

 

 ***

 

 

 

Estaba mirando cómo tu cabello

lloraba estrellas de mar

en lo oscuro de la noche tibia.

A lo lejos de tu rostro,

hacia el infinito de la nube,

nacía el mástil de un velero.

 

No había tormenta.

El velero vacilaba.

 

Tus cabellos de estrellas

ondearon al viento ruiseñor

figurando luz de guía.

 

Y el velero entre la bruma

despegaba la proa de las olas

furioso por llegar a ti.

 

*** 

  

 

Despertar tu sueño

con un beso de miel azul.

Mesar tu cabello

entre luces de noche sin fin.

Sentir tu piel

en la eternidad de un suspiro.

Amarte.

Más cerca.

Desearte entre encajes de luna

y brumas

para dormir en tu sueño

y escuchar la brisa

de tu ser enamorado.

Mujer,

verde sol de piedra pura,

hoy siento tu destino

entre sombras de felicidad

hoy siento de tu cielo

la paz en mi espíritu

sin miedo.

Amarte, mujer,

¡qué fácil!

 

 

 *** 

 

 

Ven,

acaricia la palabra

que suena sin eco,

porque mi mano

no se detiene

en la linde

de tu alma.

 

 

 ***

 

 

En el Edén,

cuando el Sol se pone,

tu rostro brilla

entre las estrellas

porque su luz

no le pertenece.

 

***

 

 

 He querido descansar de tu rostro

y he buscado el rocío.

Esta mañana no había flores,

no había rocío.

He buscado las flores

y no había violetas.

¿Por qué tu rostro me sigue?

 

He visto violetas,

pero estaban marchitas

en el frío de la noche.

Estaba mirando al cielo desnudo

cuando cantaba una alondra.

No venían las nubes,

estaba vacío.

¿Por qué tu rostro me sigue?

 

Sonaba el río con aguas tranquilas

y le he regalado una piedra.

El agua no era clara

y las ondas fueron turbias.

He escalado la montaña

y he tocado la nieve.

La he tocado en mis manos

y se ha derretido.

¿Por qué tu rostro me sigue?

 

He pisado la arena

y he mojado mi piel en agua verde.

El agua se ha enfadado

y ha enviado sus olas.

El cielo se ha vestido

y ha lanzado su fuerza.

Le he mirado

y en el traje de nube

he visto su rostro fuera de mi recuerdo.

 

He querido descansar de tu rostro.

¿Por qué tu rostro me sigue?

 

 

 ***

 

 

Sorbo de soledad

pensando en ti.

Tu mirada,

tu cabello negro,

tu capa de fuego.

Soledad

para pensar en ti.

 

 

 ***

 

 

Un halcón

hería las nubes.

Tendí la mano.

Debía sentir

sus garras

matando 

mi muerte...

 

Una saeta

sin cuerpo

encendió

mi entraña.

 

Ven a mí,

arquera.

 

Sentí

de su rostro

luz inquieta,

entereza sin pie.

Descendí.

Mi mano

sin sangre

prendió

su carcaj vacío

y tomó

su anhelo.

 

El rey

de las nubes

moría en la noche.

 

 

*** 

 

 

Bella.

Tiznadas cuevas

de luz intensa;

curva de viento,

castigo suave;

algodón de rubí,

martirio indemne;

manto nocturno 

de fuego muerto.

 

Tu armonía

inunda

desde la selva del infierno.

 

Tu luna simple

deslinda

la meta del sentido.

 

Y el mortal desesperado

que te admira

sucumbe.

 

Bella.

 

 

 

 ***

 

  El silencio de un susurro

brama en lo lejano de mi seno.

La inconstancia de un gemido

derrumba la razón de mi agonía.

El capricho de un acorde

repica en el umbral de mi sentido.

 

No puedo morir sin ti.

Eres la onda de un molino sin muela

que gira sugestivo,

la piedra de una playa sin arena

que sonríe insinuante;

el lucero de una noche sin estrellas

que bizquea tembloroso.

 

¡Cálida inquietud!, aroma de ti.

 

Sentir que estoy amando,

sentir que te he besado,

sentir que la esquila de mi entraña

resuena prendida de tu anhelo.

¡Sentir de ti, qué fácil!

 

 

 ***

 

 Al escuchar

cómo tu voz repica

en el eco del silencio,

abro el cristal de mi alma

a tu son

para que mi entraña

se estremezca.

Cuando siento

que vibras en tu canto

para decir en el cielo

la inquietud de tu sentido,

cierro la puerta a mi pensamiento,

llevando mi alma a tus pies.

Si el ruiseñor te acompaña,

apenas mi oído

conoce su canto,

porque entre haces de sonido

tu voz se deslinda,

se hace reina, como tú.

Son colores de música,

luces de malva y mar

en mi corazón,

llamadas de blanco

en capa púrpura

que robo al viento

para quebrar tu soledad.

 

 

*** 

 

 

Sensación

de unir dos almas,

éxtasis del amor.

Rozar el viento,

no despertar.

De sentirla dicha encontrada

suspiro

rayo

que no hiere.

Es torrente

que no cesa,

que mana del clamor

de una canción.

Es tormenta

que no arrasa,

que se esconde

de la brisa

cancelada

por la nube oscura.

 

Mujer de mí,

ampara otra vez

la noche

del destino

con tu fuego.

Brilla por siempre

en la meta

de mi anhelo

y no escapes

de la cerca

sin fronteras

que se tiende

en mi sentido.

 

 

 ***

 

 

Amar tu sonrisa

es tomar el cielo,

el mar y la brisa.

Mirar tu mirada

es gozar el fuego sin mal

y herir nada.

 

Amor,

quiero sentir en mi pecho

el susurro del viento

y tus caricias sedientas

que piden

una llamada de paz.

 

Romper tu silencio

es vender una estrella.

 

 

  *** 

 

Estaba la luna roja,

la luna, la luna roja,

y tus labios reflejaban

la sangre rubí caliente

del torero herido.

 

Estaba la luna blanca,

la luna, la luna blanca

y tus ojos me decían

besa mi piel abierta

de mujer enamorada.

 

Estaba la luna azul,

la luna, la luna azul,

y tus manos me pedían

toca mi pecho ardiente

con tu espada ensangrentada.

 

Estaba la luna muerta,

la luna, la luna muerta

y el sol naciente despertaba

de mi sueño oscuro

al rocío con una luz quebrada.

 

***

 

Tu mirada, niña, tus ojos

 

A Federico García Lorca

 

 

Brilla un lucero en al alba

que en tus ojos se refleja;

tus ojos, niña del alma,

me miran y me desnudan.

 

Revienta el sol en cascada

mientras la luna se quiebra;

por el monte un caballo anda,

reluce el rayo amarillo,

 

y tus ojos niña amada,

me miran y me desnudan.

 

Tus labios quietos me hablan,

tu pelo negro me dice

acércate, ven y ama,

pero allá en el río, a lo lejos,

 

tus ojos, niña del alma,

me miran y me desnudan.

 

Cae tu enagua en la rama

y el sauce se despereza;

tus labios quietos me llaman,

la luz del alba me ciega

 

y tus ojos negros de hada

me miran y me desnudan.

 

El viento me arrastra y canta,

desliza un carro de luces

y allí me pide que vaya;

quiero besarte, mi niña,

 

pero tus ojos de amada

me miran y me desnudan.

Me lleva el carro a tu entraña

sorteando el sol amarillo,

y en la orilla, en la rama,

no estás, te has ido, pequeña.

 

Tus ojos, niña del alba,

me miran y me desnudan.

 

 

 ***

 

 

En tus ojos habita el negro

de la noche profunda,

negro resplandor de verdad,

noche limpia de rocío fresco

y luna llena de sonrisa.

 

Cuando los cometas aparecen

en tu noche con su cola de fuego

y sus destellos rabiosos,

el negro se hace luz de amor

o brasa inquieta.

 

Sin tus ojos deshago el mundo,

sin tu noche acaba el resplandor

y mi alma pide con silencio

que llegue un cometa

...quizá tuyo...

 

Soledad, amarga sonrisa,

espacio vacío a mi lado

que despierta el ansia de ti,

robando el tiempo al día,

quemando al sol rojizo,

llorando al amanecer.

 

 

 *** 

 

Cuando hablas a una flor

y recoges de su cáliz

el rocío,

descansa en tu voz

una melodía de viento,

descansa en tu piel

un tibio aroma de espliego.

Palabra de miel,

susurros de estrella,

y en tus labios

un remanso de lunas y colores.

 

 

 *** 

 

 

Caminando por un sendero

con luces de colores

mirabas un árbol seco

en un desierto de frío.

 

Tus dedos mesaban

hilos de viento

y tus manos esquivas

rompían el cielo.

 

Sobre tus cabellos

volaban gorriones y alondras

y entre rocas de hielo

escuchabas la risa del miedo.

 

Tus labios lamían

dulce de ángel

y las flores quebraban

tu hastío en el cieno.

 

El encanto se rompe

entre ramas de fuego

que prende

tu espina de amor.

 

 

*** 

 

Se entreabrieron tus labios

y rocé tu sabor a miel de lirio.

Mil besos

habría tomado,

mil besos

quise prender en miel de lirio,

pero aquel dulce desesperado

que mojó mi alma,

aquel dulce

estremeció mi dorso helado.

 

No escondías tu dulzura

ni aquella mirada de pasión

que prendió el encantamiento.

 

Se habían deshecho

tus labios en los míos

y la marca sensual de tu sabor

había perdido

el carisma del deseo.

 

Un beso.

Se entreabrieron tus labios.

 

 ***

 

 

Amor sin ti,

¡qué duro resulta

saber miradas

que mueren en tu seno!,

amor sin ti.

 

¡Qué daño regalas

cuando mis dedos

se alargan en sus yemas

y logran rozar

tu cuerpo

con risas de disculpa!

 

No quiero

que tus besos se dispersen,

porque llora mi corazón

cuando susurras

a un desconocido

matador de mi alma.

 

Si muero

alejado de tu esfinge

te amparará

mi agonía,

porque sabrás

que en la distancia

siempre contuve mi pensamiento

llorando por ti

Sensaciones de un desencanto frustrado

I

 

Con el alma

entre las manos

declina

la materia impura,

sumérgete en el espíritu

de la imaginación.

 

Toma

entre los vientos

el sendero del sentido

y grita,

calcinante,

la apología

de la libertad hallada.

 

 

II

 

Para podar una montaña

no necesitas

un hacha afilada.

Toma de la calle

la crueldad que se respira

y con tu dedo,

con su daño,

romperás

de un golpe seco

esa rama que le sobra.

 

 

III

 De un libro sin nombre

 Margen blanco.

Cuando entro

en la hoja

sólo siento

margen blanco.

La hoja

no tiene margen,

no encuentro letra,

y al cerrar

los ojos

tampoco veo.

Si los abro,

todo sigue blanco

y no hay margen.

Sólo busco

una voz,

una palabra.

Todo está blanco,

me pierdo en la luz.

La hoja termina

y al final de la hoja

veo luz.

Es la palabra.

Ya no hay margen.

Toda la hoja está escrita.

 

 

IV

 

 Entras en la cueva y gritas.

El eco no te responde.

Tu voz

no se oye.

Quieres de la luz

que no te hiera.

La cueva

no es oscura,

tiene luz:

un rayo.

Te tapas

tras la piedra

y rezas:

dios, dios, dios.

El dios

no viene,

le hablas.

Gritas, gritas

y el eco repite.

Ya eres tú.

La luz no te hiere...

 

 

V

 Tauromaquia

 Al despertar al cielo

la sensación se vuelve estrella.

No existe lo negro,

porque cierro los ojos

y veo luz.

Molinete a la realidad

sin sufrir del rojo rubí.

Sueño blanco.

Verde mar.

 

Y despierto libre, saturado.

 

El mundo sigue igual,

no como antes;

el cariz ha cambiado

porque el filtro

se tiñó.

 

Sueño blanco.

Verde mar.

 

 

VI

 

 

 

Desde el alba grito libertad

para un dios de sueño

que reza en el mar perdido

llorando por ti.

 

Volverá de entre las rejas

con las alas batidas,

los ojos en luz,

la fuerza en el alma vacía,

llorando por ti.

 

Y entre lágrimas de desencanto,

cuando beba el sueño de ser libre

y tenga entre sus dedos

el cielo del amor,

ya no llorará por ti,

quebrará sus mejillas

con el miedo de entender

que no sólo el viento

es senda de libertad.

 

 

VII

 Evasión

 Despertar.

Rutina del amanecer.

El mundo no se derrumba, sigue.

Es tu vida lo que cae,

y se levanta, y cae, y se levanta.

 

El quehacer continúa

y tú has tropezado...

pero te arrastran.

No te detienes, porque el mundo sigue

y tú eres mundo.

 

¡Párate!, le exiges

y no quieres sino pedir: ¡Avanza!,

que pase el tiempo,

que siga más rápido,

y poder decir

a la vuelta del desahucio: ¡Ya pasó!

 

 

 VIII

 

 

Descansa en la sombra

sin respirar

lo macabro de la espera,

sin conocer

el martirio de la reja

que antaño cerró la puerta del mar.

No quiere ver el sol

que ofusca su mirada

en el cielo

de la soledad.

¿Por qué morir?

 

 

No quiere despertar,

sueña en un país mágico

que no existe.

Lo sabe.

Morar en quimeras,

pedirle a las brumas el sol

que no luce,

gritar sumergido

queriendo que sepan su mal,

y cuando se acueste la luna

volver a vivir una lágrima de luz.

 

 

¡Dios, ven!,

No permitas su descanso

en el mundo oscuro.

 

 

Ha dejado de soñar

porque el rayo

le ha dormido

las ansias del vacío.

No morirá con el sol,

abrirá los ojos entre miedo

y cuando vuelva la luna

encenderá su luz de sueño.

¿Por qué morir?

 

 

IX

  

No, no,

hoy no te buscaré.

¡Aléjate!

Quédate en el cielo de la duda

 y muere por una vez.

No me pidas desaliento,

hoy soy feliz.

 

 

X

 

 Fuego,

fuego del mundo

que apaga

la sed

del deseado.

Del río

se desborda

la espuma del desencanto

y no apaga

el fuego.

No hay humo,

porque veo.

No hay calor

o siento frío.

Hielo y fuego,

fuego de hielo.

 

 

XI

  

Vibración

de sentir un dios en mis entrañas.

Ahogo

de saber mal en el destino.

Sin juicio,

sin amor,

puedo morir en el martirio

de romper el encanto

de una ilusión feliz.

Ser,

no separes mi carisma

de mi muro fingido;

no es para ti.

 

 

XII

  

Agonizaba entre cipreses

de aguja al cielo.

Miraba la muerte

entre ramas de angustia.

Era dios y su luz,

dios y una cruz.

Cuando se abrió la tumba

y respiró el aroma impuro,

miró hacia lo alto: la noche,

brío de victoria, talismán.

Era dios y su luz,

dios y una cruz.

 

Y crecía la aurora en color,

mataba la noche sin sangre

con fuego eterno de luz.

Ya no hay muerte, es la paz.

Libro X - Otros géneros: poesía, canciones, teatro, reseñas y artículos

Libro X - Otros géneros: poesía, canciones, teatro, reseñas y artículos

(puedes descargar este libro en fichero .pdf desde www.3d3escritores.com/prades/obras/otros.htm y en comprarlo en formato papel desde www.bubok.es/libros/213115/Otros-generos )

Sobre Poesía...

Mi primer sueño literario fue ser poeta.  Porque como ya he contado, poesía fue mi primera obra con conciencia de creador, aunque fuera del género épico y en pareados.  Y también porque las musas del amor adolescente me chistaban al oído benditos sentimientos que quería plasmar en palabras derretidas.  Así jugué a enamorar muchachas bellas con letras ordenadas en renglones (a los que ingenuamente llamaba versos), a veces con acrósticos a modo de aparentar un manejo técnico “impresionante”.  Quizá me sirvió para algo, pero lo cierto es que ninguna me lo expresó personalmente.  Después pasé a la prosa poética, pero esa es otra línea argumental que sólo merece la pena mencionar como el inicio que me llevó a escribir ya relatos más largos, algunos tirados a la papelera por empalagosos, dulzones, harinosos…

Repasando lo escrito a modo de poemas, he podido darme cuenta que me muevo hacia ese género en sentimientos concretos; tal como he anticipado, uno de ellos es la expresión del amor, ya sea a mujer concreta, casi siempre, u onírica, soñada o deseada y no palpada, o con amor de padre.  Así los títulos,

 Color de hoja, verde mar

Mi niño, pequeño rey

La luna escapa

Por una estrella

Otro sentimiento, quizá todavía más íntimo, es el de la desazón, la expresión de un estado de ánimo de abatimiento, a veces contra mí mismo, a veces contra el mundo, aunque siempre con esperanza, con la ventana en el techo de la prisión que deja pasar de vez en cuando el rayo de sol que no tapan las nubes.  Trataba de desnudar mi alma con tanto pudor, que aun quitándome la ropa siempre me he dejado cualquier adminículo o postura que me sigue ocultando mis cosas.  Así,

Sensaciones de un desencanto frustrado

Cuando crujen los corazones

 Y por último, en La ceremonia, escrita con motivo de la boda de una amiga, Paloma, inspirado por el relato de sus preparativos y la búsqueda de textos que le proporcioné, aplico cierto estilo narrativo que nunca antes habría usado como hilo conductor de un poema.

 

Sobre Canciones...

En mi búsqueda entre carpetas amarillentas con folios olvidados, he encontrado unas cuantas octavillas, como aquéllas en las que tomé apuntes para el Epistolario…, con varias canciones escritas para Esmeralda, que actuó como cantante durante casi tres años en varios locales de la ciudad.

Sólo dos de ellas tuvieron música en acorde de guitarra y ninguna llegó a ser grabada, porque desde que fue madre ya no quiso volver a cantar.  Así, las propuestas se quedaron entre los borradores de poesías escondidas y las he rescatado para esta recopilación.  Algunas llevaban fecha y la he incluido.  Algunas llevaban título, y las que no, se lo he puesto ahora. Están ordenadas tal cual las he encontrado.

Se convierten en un homenaje especial.

 

Sobre Teatro...

En el colegio hice algo de teatro en el sentido literal del término (aunque también en el figurado).  Recuerdo que en segundo de primaria fui elegido para escribir una obrita a representar y le adjudiqué al protagonista un rifle matador que, a la postre, se materializó en la escopeta de perdigón de mi primo Luisito, quien me la prestó para la ocasión y la llevé a clase escondida en el abrigo, porque en aquellos años cuando la Policía era el “gobierno”, apetecía mucho tener un motivo para pensar en correr una aventura por culpa de su persecución.

Más tarde, leíamos obras de teatro en clase.  En una de ellas me tocó representar a Chispa, mujer soldadera en El Alcalde de Zalamea que confirma en determinado momento: “Estoy preñada”, y aún me escondo ante el recuerdo del ataque de vergüenza y las jocosas intervenciones del respetable público.

Y siguiendo con teatro clásico, en el mismo acto en el cual me entregaron mi primer premio literario, 1977, escenario del teatro de La Salle Gran Vía, interpreté a Tello, el criado de El Caballero de Olmedo, que lo encuentra muerto en la última escena de las que representábamos.  Tanto dramatismo quise darle a la interpretación, que me agaché ante el cuerpo moribundo del caballero para exclamar:

 ¡Traidores, villanos, perros;

volved, volved a matarme;

pues habéis, infames, muerto

el más noble, el más valiente,

el más galán caballero

que ciñó espada en Castilla!

Y el paquete de Marlboro que llevaba en el bolsillo de mi camisa se cayó sobre la cara de mi compañero César Casorrán, a la sazón don Alonso, el caballero de Olmedo.  Apenas pude soportar el ridículo cuando, después de cogerlo rápidamente, me tocaba elevar el brazo gritando…

 ¡Venganza, piadosos cielos!

Naturalmente, sin que se viera el paquete rojo en mi mano, aunque algunos cigarrillos quedaran sobre el escenario.

Quizá de estos hechos cómicos me vino la vena para continuar, algunos años más tarde, mi vinculación con el género teatral, y cómico a más inri.  Tomé contacto con los espectáculos de variedades a través de varios amigos, precisamente en el café Variedades de Zaragoza.   Allí cantaba mi entonces novia, Esmeralda, y el ambiente me llevó a querer participar en aquellos espectáculos jocosos y extravagantes.  Como no me atrevía a ser actor (aunque lo intenté con un monólogo que titulé El Hacetiempo, y que no incluyo aquí porque se trataba de casi no hablar, sino solamente gesticular), comencé a escribir obritas cómicas muy “ligeras de cascos”, acordes con lo que el público tardío de la transición demandaba, obras picantes, incluso escandalosas en color verde y no precisamente por ecológico, en el descenso de aquel género tan espectacular llamado revista.

Va aquí una muestra de ellas, las que más se representaron, algunas de ellas interpretadas por Miguel Ángel Tirado, a quien nombro por el buen recuerdo y cariño que me dejó, y que responde más por su personaje, Marianico el Corto, que por su apellido.

No quiero dejarme en estos comentarios a Piluca, mi prima actriz, a quien le escribí un monólogo que incluyo, y que nunca se representó porque… lo perdí entre cientos de papeles borrador y que he encontrado por casualidad mientras rebuscaba papeles amarillentos para esta recopilación.

Y finalmente, vaya mi saludo para el grupo de teatro La Peonza, de Cuarte de Huerva, población donde ahora vivo, y especialmente a su directora María Teresa Mur y a Julio Izquierdo, con quienes he vuelto a retomar ese gustillo por la actuación (como lecturas teatralizadas) convertido en un aragonés castizo con obras de Alberto Casañal.

 

Sobre Reseñas...

La junta directiva que lideró la Asociación Aragonesa de Escritores hasta 2009 incentivó a sus asociados, entre otras cosas, a escribir reseñas de libros y publicarlas en el blog de la web.  Al principio, no me provocó mayor interés, pero en mi participación en la Feria del Libro de 2008 la Asociación me regaló un libro, “Ars Mágica”, con el compromiso de hacerle la reseña citada.  Y me puse a ello, y la elaboré.  El  libro me pareció notable y me dio satisfacción que la propia autora, Nerea Riesco, a quien no conozco personalmente, la leyera en el blog y me enviara un emotivo mail de agradecimiento.

Con este precedente, quise mantener esa actividad literaria, pero otras cuestiones me apartaban de ella.  No obstante, aproveché el tirón para escribir un artículo-reseña de la novela de Mario Benedetti, “La tregua”, a los pocos días de su fallecimiento, y que publicaron en la revista virtual ForoRH, dado su contenido orientado a la gestión de las personas.  Benedetti fue oficinista algunos años, y esa novela se ambienta en un hábitat funcionarial.  No incluyo aquí esta reseña porque va en su correspondiente lugar dentro del apartado Literatura de la profesión.

Ya después, ayudando a mi socia Pilar con retoques para su novela “Hueles a sándalo” (antes “Boceto para un retrato”) le ofrecí, y aceptó, que redactara su prólogo.  Una vez terminado, quedó como una reseña de la obra, por lo cual también le dimos divulgación de esa manera.

Y cómo no, Anabel, mi otra socia en la aventura de 3d3, también aceptó ese ofrecimiento para reseñar su libro de relatos “Historias de sujetadores”, reseña que se ha publicado en varios blogs del universo cibernético.

Disfruté con todas ellas, tomando partido favorable por cada una de las obras comentadas, pero no tanto por lealtad al autor, sino más por compromiso con la buena literatura que contienen.

 

Sobre Artículos...

Al poco tiempo de publicar Jugué al fútbol…, y debido al contenido de esa novela, Inma y Miguel,  me invitaron a dar una charla en su tertulia “Fuentes de la Mentira” sobre “Literatura y fútbol”.  De aquellos apuntes sacados con bastante rapidez, se gestó después este artículo que incluyo a continuación con título Aproximaciones de la literatura al fútbol, y que se publicó en la revista “Imán” de la Asociación Aragonesa de Escritores.

Aprovecho también este apartado como cajón de sastre, y añado dos artículos de opinión que escribí para mi blog (deseaba seguir con más artículos, pero ahí quedó el intento),  uno de ellos publicado por el diario Heraldo de Aragón.

Y aunque me resistía al principio, me ha costado varios meses tomar la decisión de incluir algún artículo de los que escribí en la revista sindical “Al corriente”, de ERZ, a cuyo Comité de Empresa pertenecí durante los años 1987 a 1991, siendo además coordinador de redacción de la susodicha revista.  Mi reticencia estaba en que aquellas colaboraciones no llevaban firmas y dudaba si descubrirme como autor (¡demasiado pudor!).  Como veinte años son veinte años, me ha podido la mirada nostálgica y ahí te pongo esa muestra.

 La junta directiva que lideró la Asociación Aragonesa de Escritores hasta 2009 incentivó a sus asociados, entre otras cosas, a escribir reseñas de libros y publicarlas en el blog de la web.  Al principio, no me provocó mayor interés, pero en mi participación en la Feria del Libro de 2008 la Asociación me regaló un libro, “Ars Mágica”, con el compromiso de hacerle la reseña citada.  Y me puse a ello, y la elaboré.  El  libro me pareció notable y me dio satisfacción que la propia autora, Nerea Riesco, a quien no conozco personalmente, la leyera en el blog y me enviara un emotivo mail de agradecimiento.

 Con este precedente, quise mantener esa actividad literaria, pero otras cuestiones me apartaban de ella.  No obstante, aproveché el tirón para escribir un artículo-reseña de la novela de Mario Benedetti, “La tregua”, a los pocos días de su fallecimiento, y que publicaron en la revista virtual ForoRH, dado su contenido orientado a la gestión de las personas.  Benedetti fue oficinista algunos años, y esa novela se ambienta en un hábitat funcionarial.  No incluyo aquí esta reseña porque va en su correspondiente lugar dentro del apartado Literatura de la profesión.

 Ya después, ayudando a mi socia Pilar con retoques para su novela “Hueles a sándalo” (antes “Boceto para un retrato”) le ofrecí, y aceptó, que redactara su prólogo.  Una vez terminado, quedó como una reseña de la obra, por lo cual también le dimos divulgación de esa manera.

 Y cómo no, Anabel, mi otra socia en la aventura de 3d3, también aceptó ese ofrecimiento para reseñar su libro de relatos “Historias de sujetadores”, reseña que se ha publicado en varios blogs del universo cibernético.

Disfruté con todas ellas, tomando partido favorable por cada una de las obras comentadas, pero no tanto por lealtad al autor, sino más por compromiso con la buena literatura que contienen.

 

Sobre Artículos...

Al poco tiempo de publicar Jugué al fútbol…, y debido al contenido de esa novela, Inma y Miguel,  me invitaron a dar una charla en su tertulia “Fuentes de la Mentira” sobre “Literatura y fútbol”.  De aquellos apuntes sacados con bastante rapidez, se gestó después este artículo que incluyo a continuación con título Aproximaciones de la literatura al fútbol, y que se publicó en la revista “Imán” de la Asociación Aragonesa de Escritores.

Aprovecho también este apartado como cajón de sastre, y añado dos artículos de opinión que escribí para mi blog (deseaba seguir con más artículos, pero ahí quedó el intento),  uno de ellos publicado por el diario Heraldo de Aragón.

Y aunque me resistía al principio, me ha costado varios meses tomar la decisión de incluir algún artículo de los que escribí en la revista sindical “Al corriente”, de ERZ, a cuyo Comité de Empresa pertenecí durante los años 1987 a 1991, siendo además coordinador de redacción de la susodicha revista.  Mi reticencia estaba en que aquellas colaboraciones no llevaban firmas y dudaba si descubrirme como autor (¡demasiado pudor!).  Como veinte años son veinte años, me ha podido la mirada nostálgica y ahí te pongo esa muestra.

Ilustración tomada del blog de Luis Oroz "Poesía del instinto"

Libro IX - Jugué al fútbol... historia de una ilusión.

Libro IX - Jugué al fútbol... historia de una ilusión.

Para introducir esta novela, qué mejor que incluir las palabras de la presentación.  Hay párrafos que volverás a leer en el Prólogo, pero no los elimino para ser fiel al momento, en el Restaurante Bahía de Zaragoza, el día 1º de abril de 2008. Ahí van.

Empezaré por los agradecimientos.

En primer lugar, el agradecimiento es a Salvador, que se empecinó en que esta novela viera la luz… y la luz ha visto. 

También a Xavi (Aguado), porque creyó en esto desde el principio y hoy está aquí, que es la mejor manera de demostrarlo.

A José Antonio Parra, de Gráficas Parra, por su dedicación en la confección del libro.

A Sandra y a Breaking Time, por esta portada tan maravillosa.  Por cierto, que muchas personas me han preguntado si soy yo el chiquillo que aparece ahí, y no, no lo soy, pero ya empiezo a decir que sí, porque casi nadie se cree que no sea yo.

Sigo agradeciendo… a mis compañeros del fútbol, entrenadores y directivos, porque con ellos he crecido y me han dado las experiencias para contar lo de la novela y mucho más.  Especialmente, quiero destacar entre ellos a los componentes de los últimos equipos de Madrid en los que jugué, que fueron leyendo la novela conforme la escribía y me dieron sabios consejos que mejoraron el relato. 

A mi familia, que me apoya en este oficio/afición de escribir que tanto tiempo les roba…

Y seguro que de alguien me olvido, por lo que pido disculpas y alargo mi agradecimiento a todas aquellas personas que me han ayudado a ser como soy.

Esta novela ve la luz gracias a una de esas casualidades que parece improbable que sucedan.  Conocí a Salvador (Macías) en los años en los que transcurre el argumento, allá por 1975-76, más o menos, cuando su padre era presidente del C.D. Santo Domingo de Silos, y él se apuntaba como entrenador de alevines.  Ya él se marchó de Zaragoza para iniciar sus estudios, yo seguí otros caminos, y perdimos el contacto hasta que hace tres años recibí un mail en el trabajo, entonces en Madrid, en el que me contaba cómo me había localizado.  Los avatares de la vida nos habían hecho desembocar casi en el mismo camino profesional y estaba suscrito a la revista en lo que yo colaboro con artículos sobre recursos humanos y desarrollo directivo.  Inmediatamente, le llamé al teléfono que me ponía a pie de texto, y ya seguimos en contacto intermitente hasta que me invitó a una cena solidaria primero, y luego a reuniones en las que empezaba a gestarse ASDES.  En una de ellas, en el restaurante Trier, con su habitual habilidad para involucrar en proyectos humanitarios a cualquiera que se le cruce por la acera, propuso una ronda de intervenciones para que cada uno expusiéramos lo que podríamos hacer por esa causa.  A mí no se me ocurría nada, hasta que recordé que el último cajón del último armario de mi estudio guardaba el ejemplar de una novela que tenía que ver con lo que Salvador había expuesto que le gustaría que ASDES impulsara: el deporte como escuela de valores.  Así que ahí que lo lancé, Salvador lo cogió al vuelo, y Xavi Aguado, que también andaba por allí, remató la jugada como alguno de los cabezazos suyos que terminaban en la red, ofreciéndose para presentarla, como así hizo en abril pasado. 

Pero quiero irme un poquito para atrás en el tiempo y compartir con vosotros la génesis de esta novela.  Hace ya varios años, viviendo en Buenos Aires, veía en televisión una serie titulada “Ricardo Rojas, D.T. (Director Técnico)”, que narraba las peripecias de un jugador de alto nivel convertido en entrenador de un equipo base.  Hubo una escena en la cual un representante de futbolistas hablaba con un muchacho adolescente.  Después de alabarle sus virtudes, el hombre  le comunicaba:

–Mirá lo que te conseguí, ché…. que te acepten para una prueba en las inferiores de River.

Recordando mis tiempos en los que pude vivir una conversación parecida,  estuve a punto de soltar una lágrima que acompañara al escalofrío de la espalda.

Este fue el punto de partida de la novela.

También coincidía en ese momento que mi hijo Raúl comenzaba sus andanzas futbolísticas, y se mezclaron la nostalgia del recuerdo con el amor de padre para provocarme una sensación agridulce entre lo que fue, pudo ser y podría suceder.

El fútbol, su práctica, ha formado parte importante de mi vida, pero no sólo como afición y entretenimiento, sino como crecimiento y evolución en este mundo de cuerdos y locos.  No sé si me llevó hacia la cordura o hacia la locura, pero sí estoy seguro que me trajo hacia el lado donde hoy me encuentro. 

Después de aquella emoción frente a la pantalla, comencé a escribir unas líneas para dejar constancia a mis hijos de aquellas peripecias, logros y fracasos, que me dio la pelota, su gente y su entorno. 

Lo titulo “Jugué al fútbol”, porque así fue, y le añado “... historia de una ilusión” porque así lo sentí.  En la mayoría de las ocasiones, cuando vivimos el crecimiento de un sueño, es difícil percibirlo tal como se produce porque no tenemos perspectiva.  Con el paso del tiempo, se haya cumplido o no, su recuerdo se acerca más a las sensaciones que a los hechos y entonces sí es una ilusión.  Dice García Márquez, en el prólogo de su autobiografía, que la propia historia no se escribe tal como ha sido sino tal como la recordamos, que quizá no tenga nada que ver con los hechos verdaderos sino con esos sentimientos y sensaciones que hemos guardado, tan tergiversados a veces que testigos de nuestra vida serían incapaces de reconocerlas si las leen tal como las contamos. 

El fútbol, como práctica, se convierte no sólo en un deporte, es también un estilo de vida que genera formas de relacionarse, pautas de comportamiento, metas personales, valores de actuación... que marcan la evolución de una existencia.

Así, como futbolista, he vivido esas influencias que sólo son perceptibles con el paso y el poso del tiempo.  Mientras he escrito estas páginas me he preguntado: ¿sería yo de otra manera si no hubiera jugado al fútbol?, ¿cómo respondería ahora a las situaciones de mi vida si en mi época de crecimiento no hubiera jugado al fútbol?... ¿sería mejor, peor o distinta persona?  Son preguntas retóricas, no hay respuesta posible, pero gracias a ellas he sido capaz de entender esa gran influencia que hoy siento sobre mi realidad.

He aprendido del fútbol, no sólo técnicas de dominio de balón, estrategias, tácticas, reglamentos o normas.  He aprendido a situarme dentro de un equipo, a reconocer la autoridad, otorgada o no, a relacionarme con los demás en momentos de presión, a conocerme más en el esfuerzo o en la pereza, a saber discernir maneras de actuación según el momento, a ser líder ante iguales, a negociar, a dirigir.  He aprendido las sensaciones de logro, de triunfo y fracaso, de envidia, de orgullo, de pertenencia, de equidad o inequidad, de recompensa.

Fueron años que coincidieron con el despertar de una sociedad que no quería estar dormida, el salto a la democracia, a la esperanza… Momentos en los que se gestaban logros que sólo somos capaces de ver treinta años después.  José Antonio Marina, un filósofo reconocido, dice que para educar a un niño hace falta toda la tribu.  Mi tribu se configuró, entre otras influencias, con las carreras burlando a los “grises”, con los coletazos de la gente del régimen que se resistía a desaparecer, con las lecciones de democracia de los que volvían de la clandestinidad… y con mis amigos del fútbol.  Una época con campos de tierra y piedras, con equipajes de algodón y números en skay, con vestuarios precarios, con redes que había que quitar después de los partidos porque si no te las robaban, con las botas y los árbitros todos de negro… con el Zaragoza Deportiva en lunes para saber qué había pasado el domingo en la liga, porque Estudio Estadio se transmitía los lunes por la noche (no daba tiempo antes)…

En fin, es una novela que tiene un poso nostálgico como cualquiera que se adentra en los años de atrás.  Además, todas las generaciones creemos que la nuestra es la mejor, siempre decimos cuando ya no somos jóvenes “es que estos chicos de ahora…”, y no es verdad, cada época es diferente, ni mejor ni peor… pero la mía me sirve a mí y es la que defiendo, la que viví y la única que puedo enseñar a la generación siguiente.

No es una novela de hazañas deportivas ni de cotilleos de vestuario.  Leído como si no la hubiera escrito yo, encuentro una reflexión de un hombre maduro con la crisis de los cuarenta, en la que ve que pierde aptitudes físicas, se va a buscarlas en la nostalgia de su juventud y encuentra a unos cuantos maestros que le han ayudado a ser quien es… así que se lo toma como un antidepresivo para superar ese salto hacia años de menos músculo y más corazón.

Quise profundizar más en esas enseñanzas que aquella práctica del fútbol en esa época determinada me proporcionó.  Como decía antes, los años te dan una perspectiva diferente de las cosas.  Debido a mi experiencia profesional, aprendí a entresacar enseñanzas de los hechos que la vida te va presentando para que se conviertan como en un libro de texto que te hace reflexionar y acelerar tu crecimiento.

La intención de la novela fue contar a mis hijos mis andanzas futbolísticas, pero mientras la iba escribiendo, un compañero de trabajo que iba leyendo los capítulos, me aconsejó extraer “píldoras de conocimiento” que llaman los consultores para ir colocándolas conforme cada hecho de los que contaba me reportaba. Lo cierto es que vivimos muchas experiencias que sin querer nos van dejando una huella indeleble.  En mi rol de tutor de futuros directivos, siempre intentaba que los pupilos fueran buscando experiencias que les dieran enseñanzas, y trataba después de hacerles reflexionar sobre ellas, porque la verdadera experiencia, la que sirve para la vida, no se nutre de las cosas que vivimos, sino de las que reflexionamos.

Ahora tenemos un ejemplo muy reciente en Pep Guardiola, con el que dicen que ha demostrado que la experiencia no es imprescindible para ser tan excelente entrenador.  No estoy de acuerdo con quienes afirman esto, porque Guardiola es joven, pero tiene mucha experiencia, más que personas que le doblan la edad, porque estoy seguro que cada uno de los hechos que ha sabido vivir lo ha desmenuzado para aprender a sufrir y para aprender a crecer… además de otras cualidades muy deseables para ser líder, como la humildad, la constancia, y la exigencia.

Para terminar, os quiero leer otra opinión sobre este libro.  Además, me sirve para agradecer y homenajear a su autor, Javier Vázquez, que no ha podido estar hoy por aquí.  Javier ha escrito el prólogo de la novela, con un ejercicio de ternura que será calificado con Matrícula de Honor.

Prólogo

Siempre he pensado que uno de los mayores tesoros del ser humano es la ilusión, especialmente si esa ilusión la comparte con los demás.  Y es que sin ilusión no existirían los sueños y, sin sueños, no habría metas que alcanzar ni serían posibles esos pequeños logros cotidianos, esos escalones invisibles que conducen hacia la cima de un sueño.  A veces se alcanza, a veces no; pero en uno y otro caso es la ilusión la que mueve, la que da vida a la vida de cada uno.

Por eso este libro rezuma vida; porque es la historia de una ilusión, la de un sueño que se toca con los dedos.  Pero además es la historia de un sueño cercano, la aventura vital escrita en primera persona que podría cambiar de nombre y ser la de uno mismo; con sus esfuerzos, sus reveses, sus logros, sus sacrificios... 

Esta es una historia de fútbol, pero también una historia cotidiana; de sueños y de ilusiones.  De cómo el deporte se convierte en una escuela de valores para la vida y de cómo el auténtico fenómeno social del balón está lejos de las grandes estrellas mediáticas internacionales para hacerse mucho más reales en la base, en la dedicación desinteresada y la superación anónima.

Es la historia de Prades, de José Antonio; de un escritor valiente que se atreve a pensar a dónde pudo haber llegado y a dónde quiso llegar; de una ilusión que continúa treinta años después.  Una ilusión con el aroma a chocolate del primer balón de tiras de cuero; del color sepia de las primeras fotos junto a un patinete y con un balón de caucho bajo el brazo.  De los primeros fichajes; de los campos de tierra, la primera camiseta, la primera vez en la Romareda...  Una historia que habla de la pasión por divertirse con todas las caras del fútbol; de cómo un jugador puede ser entrenador, del valor del jugador en el banquillo, con su interés, con su ilusión, con el sufrimiento de la banda...  Del valor de la amistad y del trabajo en equipo, del deporte que construye sueños, sentimientos, superación, esfuerzo, coraje, iniciativa y compromiso. 

En definitiva, ésta es la historia de todos los que alguna vez jugamos al fútbol.  Pero más que eso.  Es la voz que reivindica el deporte como una escuela; como una enseñanza para la vida; como un revulsivo para volver a creer en la ilusión.

Libro VII - Olor a Varón Dandy

Libro VII - Olor a Varón Dandy

Sería la primavera del 89… Repasando El embrujo… para darle unos cuantos retoques, leí “La muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi.  Esa angustiosa agonía intelectual del personaje, me llevó hacia la idea inicial de esta novela: escribir el rechazo de un nieto por su abuelo tirano.  Redacté apenas un folio a lápiz y la idea se quedó así registrada durante nueve años, mientras bullían alternativas creativas por mi imaginación.

Al fin, en 1998, con el estrés profesional calmado, y ganas de actividad literaria después de un paréntesis de casi tres años, decidí dar forma a esos impulsos.  En un viaje a casa por Navidad, recuperé aquel primer folio y diseñé un esquema que retoqué cien veces y apenas cumplí.  La elaboré en las madrugadas antes de salir hacia el trabajo, o manteniendo el botón del despertador activado en el fin de semana y fiestas de guardar para ponerme a escribir horas y horas antes de oír los ruidos cotidianos de la mañana.

Es una novela infinitamente revisada, infinitamente repensada, pero que al final no le ha sido infiel a la idea originaria.  Habla el nieto con un dolor profundo para abrir boca con un impacto emocional que rasga.  Continúa con su madre en un ejercicio de trasposición (la voz es la de su segundo marido, que habla cuando ella ha muerto) para enviarnos a un mundo agridulce.  Y completa la historia la abuela, en un tono antitético con el del principio, narrando su vida a un interlocutor silencioso.  Así, tres puntos de vista hilvanados con hilos de diferentes texturas y colores, dejan al lector unos caminos que debe transitar repleto de emociones para ir armando su propia impresión del personaje.

Llegué a estar tentado en elaborar una gráfica en la cual se reflejara en cada pequeña parte de la novela (es un collage narrativo) la intensidad amor-odio hacia el abuelo, de tal manera, que ese camino emocional pudiera conservar el vértigo de la montaña rusa, donde cada curva, cada descenso y cada subida son imprevisibles.  Lo deseché con horror de mí recordando al profesor de literatura anterior a Keating en el “El club de los poetas muertos”, que explica la calidad de un poema sobre un diagrama cartesiano.

En el perfil de Santiago, el nieto, incluyo algunas vivencias autobiográficas y me permito así revivir momentos dulces y amargos de mi adolescencia, incluso en algún instante con intención de crear aquello que me habría gustado tener mediante un desenlace inventado, o para denunciar lo que entonces ni entendí que debía denunciarse.  Cosas de escritor y sus fantasmas.

Conforme escribía la primera parte, me fueron surgiendo modificaciones al plan previsto sobre Carmen, la madre.  Para que el abuelo influyera aún más en el nieto y justificar el torbellino emocional, hice de ella un ser especial, con un despertar y una confirmación de misión espiritual que así continuaba la línea que había impregnado mis obras en Cuentos de Luz y Fábulas de Montemolín.  En esa elevación, entendí que resultaba muy forzada una narración en primera persona y muy alejada una en tercera, así que me decidí por crear al segundo marido para que ayude a más lectores a sentirse reflejados ante la luz de Carmen.

Y Manuela es una delicia.

Me documenté sobre la Guerra Civil en los alrededores de Belchite y sobre las andanzas de la División Azul, pero no quise marcar con ello descripciones históricas que apartaran al lector del trazado emocional, por eso los datos sobre la realidad están incluidos de forma indirecta, siempre como expresión del momento al que se enfrentaba cada personaje.  La tercera parte fue revisada por mi madre y mi tía, a quienes se la envié por correo con preguntas interpuestas para que me corrigieran los posibles errores cometidos al narrar hechos y costumbres que ellas habían vivido en primera persona.

Estuve siempre preocupado por el comienzo.  Al principio, no coloqué fechas en las cabeceras de cada extracción del diario o de cada carta, deseando que fuera el lector quien se diera cuenta de que era narrado hacia atrás… pero me recomendaron que las indicara porque desorientaba a las personas más necesitadas de cauce para la lectura.  También reduje las extensiones de los tres primeros capítulos, buscando más la esencia que la prórroga en la descripción del odio, que se hacía algo pastosa. Y me ha costado confirmar la estructura de la segunda parte, aunque nunca me he decidido a acometer su reescritura.  Hasta pensé en ir cruzando los párrafos de cada parte para generar aún más sensación de collage narrativo.  Pero la novela ya queda como está porque creo que habría sido rizar el rizo.

En Manuela apenas incluí correcciones.

No había leído “Cinco horas con Mario” antes de comenzar esta obra; había visto la representación teatral de Lola Herrera, cómo no.  Así que no sabía que su principio era una esquela, tal como empieza mi novela.  Lejos de desear eliminarlo, me sentí satisfecho al haber tomado prestado por intuición este recurso de una eminencia como Miguel Delibes.

Y su primer título fue La muerte del abuelo.  En algunas copias, coloqué delante el término Réquiem, mientras cada parte mantenía su propio título.  Al final, intentando buscar más originalidad, coloqué como título global el de la tercera parte, la de Manuela.

La han recibido multitud de editoriales y multitud de concursos (pero ésta es su primera edición).  Para uno de ellos, le di forma de novela corta independiente a la narración de la abuela.  Así nació el prólogo que aquí incluyo con leves correcciones.  También va una reseña de contratapa…