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Molintonia

Ceferino y el liderazgo

“Yo soy la resurrección y la vida”.

Pongo esta frase atribuida a Jesucristo, como podría poner la de “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

¡Qué fuerte!

Es muy probable que usted se pregunte por qué inicio este capítulo con estas dos frases.  Primero, porque responden a mi ideal de vida, pero, siendo que hablamos de liderazgo, las pongo porque fueron pronunciadas por una persona que fue, es y será presentada como un ejemplo de líder.  Ustedes se preguntan esto…   Yo me pregunté:

¿Por qué aquellos consultores/profesores de los cursos de liderazgo nos exponían como ejemplos de líderes a Jesucristo, a Ghandi, a Martin Luther King… o bajando algo a la tierra, a Jack Welch, el de General Electric, a López de Arriortúa (que entonces ya estaba de moda), el de GM y el lío Volkswagen, o a Mario Conde, que mira por dónde salió o, mejor dicho, dónde entró?

Me estoy refiriendo a unos consultores de marca USA (había un compañero que les llamaba los “usados”), que nos impartieron un cursito sobre liderazgo transformacional. Toma superadjetivo, digno de Superlópez, no el héroe de los cómics, claro está. La verdad, no me acuerdo ni de lo que significaba transformacional. Fue un curso rápido, con su proyector de diapositivas en Power Point, que tenían un diseño precioso, con un fondo común, llamativo, que todavía me hace guardar en la memoria el nombre de la empresa consultora: Atenea Consulting, pero, como ya le decía antes, no me acuerdo del sentido correcto de aquel adjetivo.  Voy a entrar en Internet, hombre, y así nos quitamos la curiosidad, ¿no le parece?

He pinchado en una página que casualmente, si existe la casualidad, recoge un artículo de un paisano mío, el profesor José Luis Bernal Agudo, de la Universidad de Zaragoza. Quizá por eso, me voy a tomar un poco más en serio lo que aquí transcribo:

 

El liderazgo transformacional es… la cultura del cambio, el agente transformacional de su cultura organizativa.

Puedo indicar los factores ya clásicos que se incluyen en el liderazgo transformacional (Bass, 1985):

a) Carisma: capacidad de entusiasmar, de transmitir confianza y respeto.

b) Consideración individual: presta atención a cada miembro, trata individualmente a cada subordinado, da formación, aconseja.

c) Estimulación intelectual: favorece nuevos enfoques para viejos problemas, hace hincapié en la inteligencia, racionalidad y solución de problemas.

d) Inspiración: aumenta el optimismo y el entusiasmo.

 

A ver, que todo esto está muy bien, y hasta animo a quien quiera seguir a leer el artículo entero (//didac.unizar.es/jlbernal/Lid.trnasf.html), pero no… O no sé… Dudo. Se nota ¿verdad?

La mayoría de los gurús tienen razón, los catedráticos, los investigadores, los consultores… cuando nos definen las líneas de lo que se llama liderazgo. A poca sensibilidad que tengas, te llegan hasta el corazón y, sin mucho esfuerzo de resistencia, te cautiva. Quizá incluso ahora le encuentro sentido a lo que mi inconsciente ha colocado como primeras frases de este capítulo.

¿Quién puede decir “no” a palabras tan llenas de significado? Pero es que a mí algo no me cuadra y me asusta muchísimo. ¿Por qué me tienen que poner esos ejemplos tan elevados y rimbombantes? Sí, sí, Jesucristo, Martin Luther King, Ghandi… y si seguimos así: a Giuliani, el alcalde de Nueva York, tan puesto de moda con el 11—S, o Gladiator (general Máximo en la película), a semejanza de un Espartaco cualquiera y otros modelos como John Kennedy, Alejandro Magno, Carlomagno y hasta Hitler y Mussolini en su faceta de atracción de voluntades.

En cuanto me siento a escuchar o a leer o a recibir una lección de liderazgo, que generalmente me habla de los grandes hombres que llenaron grandes páginas de la historia, me lleno de melancolía y suelo soltar un suspiro… cuando no agarro un cabreo monumental y en lugar de un suspiro suelto un exabrupto:

Suspiro: —¡Ay, quién fuera como ellos de verdad!

Exabrupto: —¡¡Pero por qué tengo que ser como ellos para saber mandar bien a mi gente!!

Uy, uy, uy… en esos lindos cursos sobre liderazgo me dicen que debo tener carisma, capacidad de convicción, arrastre, dominio de masas, elocuencia, contundencia, coherencia… y tantas encias como si fueran mancias otorgadas por un poder divino. Vamos, que ni la divinidad hereditaria de las antiguas monarquías. Nada, que no me convence tanta cualidad para una misión que verdaderamente no requiere tanto… que no, que me niego a ser un líder carismático o transformacional… Ah, y se lo dice alguien a quien quisieron hacer directivo y se negó. Pues fíjese, que acabo de contarle un secreto, lo he releído, y no lo voy a quitar.

Sí, me tomo un paréntesis para contarlo. Una vez, hace unos tres años, cuando nos compró la primera empresa extranjera, a los cuatro meses, más o menos, de la absorción, vinieron a buscarme como si fuera un crack de la gestión comercial para ofrecerme un puesto de Dirección en Madrid. Me visitó un consultor interno de Selección y me proponía ser candidato (luego me reconoció que yo era el único previsto, así que si hubiera aceptado, me habrían dado la vacante) para un puesto directivo, en el área de Ventas de Madrid (no el barrio, eh, ni la plaza de toros, sino un departamento dentro de la Dirección Comercial). Antes de decirle que no, le pregunté el porqué de haber pensado en mí. El hombre, entre otras cosas que ahora no recuerdo, me dijo…

—Usted tiene capacidad de liderazgo

… según se desprendía de los informes que poseían en la Central, provenientes de unas entrevistas y tests que nos habían aplicado a los pocos meses de tomar posesión.

Recordando aquello que ya he contado sobre que una vez me habían dicho que era un buen líder, seguí insistiendo para indagar en cualidades y habilidades y esas cosas raras de los de Recursos Humanos.

—Dígame: lo de tener liderazgo, ¿cómo se sabe?  ¿Unas preguntas de un test o una entrevista otorgan esa cualidad, al parecer tan importante?

—Le voy a contestar sin ser muy técnico –me dijo el consultor—.  Yo pienso que la observación de cómo trabaja una persona es el mejor método para  decir si una persona es líder o no.  Hay detalles prácticos que le voy a decir, que son, a mi entender, el reflejo de las capacidades de liderazgo: toda su gente, todo su equipo quiere quedarse con usted, nadie pide el cambio ni se siente frustrado por permanecer en el mismo puesto aquí; ha salido gente de su departamento hacia los lados y hacia arriba más que en ninguna otra sucursal y es que un líder hace que su gente crezca y que vuele si es necesario a otros lares, incluso le ayuda…  En fin, sería muy largo de enumerar, pero sepa usted, que todos sus colaboradores, y aquéllos que han estado con usted, han informado positivamente y le han valorado de forma muy alta en casi todos los aspectos de gestión.

—¿Qué aspectos son ésos?

—Comunicación, trabajo en equipo, motivación y compromiso, orientación al cliente, toma de decisiones, calidad en el trabajo, orientación a resultados, planificación, organización, capacitación técnica.

Y ahora lo puedo escribir tan de corrido, porque le he echado una ojeada al documento de Evaluación que me remitieron cortésmente.

—¿Y mi gente me ha evaluado bien en esos aspectos?

—Sí, ¿recuerda?, en aquella sesión que hicimos y que usted también realizó con otros colegas para evaluar a sus jefes.

¡Cómo no iba a recordarlo! Menudo revuelo causó. Pero bueno, eso es otra historia, y sólo la contaré si me preguntan por ella, que ahora toca lo del liderazgo, ¿no es así?  Me había olvidado por completo de aquella sesión tan intensa, donde nos hicieron muchas pruebas, algunas en forma de “actuación teatral”…  pero nunca pude pensar que con ellas sacaban esa información.

Ya he dicho que me negué a aquel ascenso. Cincuenta y ocho años de edad, un equipo por formar, costumbres adquiridas y un nivel de vida cómodo y agradable, fueron las razones que se agolparon en mi mente para calibrar mi decisión en milésimas de segundo… las mismas que me hubieran hecho contestar que sí… digamos que hasta ocho o diez años atrás. Me llegaba tarde el tren, y no pasé apuro en la contestación ni pena en los días siguientes.  Fue una renuncia fácil.

En el capítulo anterior he hablado de preguntar. Es uno de los medios. Uno de los medios para llegar a ser buen líder. Me estoy permitiendo ciertas licencias respecto a mi modestia. Perdón, pero voy a seguir usándolas, por el hecho que me legitima el haberme negado a esa promoción teniendo las capacidades para asumir un rol en el que se necesita ser lo que se llama Líder. Abro un paréntesis que cerraré al terminar este capítulo, ¿de acuerdo? No me gustaría que alguien me llamara soberbio o vanidoso.

Si valoramos a los grandes líderes que he nombrado en cada una de esas competencias directivas, probablemente obtendríamos calificaciones altísimas y bien merecidas. ¿Debo tener yo esas mismas calificaciones para ser considerado como líder? No, por Dios, no, no. Y mira que hay gente empeñada en decirme indirectamente que debe ser mi modelo. Si alguien que sale en bicicleta por primera vez se pone como parangón a Indurain, se quedará en casa para todos los días de su vida en cuanto compruebe que ni empujando la bicicleta a pie es capaz de escalar el puerto de Cerler en el triple de tiempo que el campeón.

Que los famosos gurús se queden calladitos, por favor, que ya cobran bastante por escribir cosas tan desorbitadas (también las hay buenas, no lo niego) como que tenga por modelo de liderazgo a José María Aznar o a Felipe González. No entro en connotaciones políticas, y admiro por igual a los dos señores… pero no les llego a ninguno ni al elástico del calcetín. Y ya no digo a otros individuos ya citados. No me sirve que me digan que de esa manera conozco las “mejores prácticas” (ejem, ejem) y así puedo tender a ellas. Indurain no sólo sube Cerler, sino los Lagos de Covadonga y l’Alpe d’Huez, pasando por el Tourmalet, que no es moco de pavo.

Le voy a decir quiénes han sido mis modelos.  Quizá le sorprenda, porque no son nada habituales, creo, al menos en la literatura.  Quiero advertírselo de antemano, pues algo he puesto de parte de mi sentimiento, de mi corazón para pensar en estos grandes líderes que tan cerca tuve, y de los cuales tantas enseñanzas extraje para ser eso mismo que ellos, sobre todo grandes personas.

El primero, mi padre, no podía ser menos, ese minero que se arriesgó, no sólo (y ahí reside el mayor valor) para dar mejor futuro a su familia, sino para buscar un horizonte distinto para él mismo, otras ilusiones. Desde su sombría naturaleza de hombre curtido en la oscuridad de la mina, desprendía ganas de volar. Se fijó sus objetivos, sin saber que se llamaban así; sacándose el carnet de conducir, aprendiendo a leer casi a la vez que se empapaba el código de circulación, pidiendo dinero prestado, contra su idea de que nunca había que tener deudas, para comprar el taxi y la licencia; recorriendo Zaragoza en solitario para conocerla bien antes que dar una vuelta innecesaria a un cliente y tener que cobrarle unos céntimos de más…  Más bien callado, tendría que evaluarlo muy alto en comunicación, porque ahorrando en palabras, obtenía réditos en los hechos.  Nunca falló en la coherencia, y habló con brevedad, a lo Baltasar Gracián, este paisano mío que tan de moda se ha puesto también para formar líderes.  Es un hombre que supo gestionar los recursos a su cargo y repartir los esfuerzos y los beneficios.  No me lo dijo nunca así… pero tuvo visión, una visión soñada de un mundo mejor que fue a buscar y encontró poco a poco, a cada paso con más intensidad, incluso de la planificada.

El segundo, un tío mío, primo de mi madre, que, en tiempos de Franco, a finales de los 50, fue un alcalde de mi pueblo, elegido democráticamente. De forma encubierta, por supuesto, pero lo propusieron los vecinos casi por unanimidad (pongamos en el casi a la familia del falangista que pretendía también el sillón consistorial) y lograron su nombramiento. El hombre no tenía ni pizca de nivel superior en Planificación, ni en Comunicación, nada de arrastre, era más bien huidizo, aunque buen negociador y, sobre todo, ayudaba a la gente, hasta el punto de arriesgarse, cediendo de sus derechos y de sus propiedades, tal como debe ser una ayuda sin esperar nada a cambio… y gracias a eso obtuvo ese nombramiento que para él supuso tal emoción que le arrancó las mismas lágrimas que cuando nacieron sus hijos.  Fue muy emocionante para mi familia ver cómo mi tío era nombrado para tan alta dignidad sin ser afín al régimen franquista, pues los vecinos se colocaron en la plaza y pidieron en silencio que Argimiro Rodrigo merecía ser el Alcalde porque había sabido organizar las tres cosas más importantes: los riegos, las obras de la mina, y el horario de misas con el cura.  Suena raro en estos tiempos, ¿no?  Pero la base no ha cambiado.  Él era un hombre bueno, organizado, tenaz y respetuoso.  Desde su puesto de maestro de obras, sabía cómo mandar a los oficiales y a los peones, y con el cura… sólo aplicó sentido común.

El tercero, mi segundo jefe. Han sido muchos jefes en mi vida, se podrá imaginar, pero de éste guardo especial recuerdo. ¡Qué paciencia tuvo conmigo! Me tocaba trabajar en la sección de imposiciones a plazo fijo, y yo no traía ninguna formación sobre el tema. En aquel tiempo, no había cursos programados ni nada por el estilo, así que dependías siempre de que algún compañero veterano quisiera ayudarte, lo que solía ocurrir como cosa natural: el oficial enseñaba al aprendiz. No me ayudaron, al contrario. Me envidiaron por ese ascenso tan rápido y les oía decir entre los archivadores que “si tan bueno es, que lo demuestre”. El jefe, que tendría un poco más de cuarenta años, Profesor Mercantil, carrera de prestigio en esa época, me llevó de la mano hacia todos los conocimientos necesarios, me puso problemas teóricos dándome base para el cálculo mercantil, me dio nociones de contabilidad, es decir, que me puso ese gusanillo para años más tarde comenzar el peritaje mercantil. Fue un maestro, pero no sólo en lo técnico, me enseñó a tratar con mis compañeros, y así, luego, años más tarde, entendí que era absolutamente necesario profundizar en las personalidades de tu gente para poder liderarlos, como se dice ahora.  Me di cuenta de su mano que cada persona es de una manera, y aún así, que cada momento puede hacer reaccionar a cada persona de una forma diferente, por lo que el buen jefe debe estar atento para, en cada situación, saber qué decir o qué hacer, primando siempre el buen ambiente, es decir las relaciones entre los miembros del equipo, antes que cualquier otra cosa, porque lo conseguido hoy a golpe de látigo, lo puedes perder mañana a golpe de rencor y desmotivación.

Y ya ve usted, no hablo de prohombres preclaros protagonistas de la Historia. Y fueron líderes, o así los vimos mucha gente y yo.

Fijándome un poco más, después de analizar esa teoría que nos dan en los cursillos de Mando y Liderazgo, le diré que de mi padre aprendí valores: esfuerzo, honestidad, constancia y entrega; y en mi tío pude apreciar la capacidad de servicio sin humillación, el trabajo en equipo con los vecinos para encarar catástrofes, la prestación de ayuda sin esperar nada a cambio; y de mi segundo jefe, a ser maestro, primero, ejerciendo de acuerdo a su discurso (con coherencia), y, posteriormente, enseñando con la delicadeza de saber que el alumno necesita ritmo y cadencia, atención, calor humano…

Después de escribir estos últimos párrafos, soy capaz de encontrar dentro de mí esos valores que aprendí hace tantos años y ahora me doy cuenta de que han regido, quizá inconscientemente, mi manera de desenvolverme como jefe. Es verdad, me siento un poco mi padre, un poco mi tío y un poco mi segundo jefe. Seguro que escarbando más encontraré mi propio método de sazonar esos aprendizajes, y no mucho más allá, todas las enseñanzas que he ido acumulando, sobre todo de aquéllos que han formado parte de mis equipos antes probablemente que de quienes hayan sido mis jefes, para quienes nunca tendré una mala palabra, pero no siempre una buena porque, ¡anda, que no me tocaron maulas!

Ceferino y Recursos Humanos

Me piden que hablemos primero sobre Recursos Humanos, algo general y divulgado en el mundillo de la empresa, pero que pocos de fuera conocen porque puede ser tenida aún por una cosa nueva y en implantación, ¿no es así?

Ay, Recursos Humanos, mágica expresión.

Y digo mágica porque algo de esoterismo tiene, pues hay mucha gente que no la entiende, y otra tanta que no cree en sus postulados. Déjeme usted situarme entre ambas. Ni es tan difícil de comprender ni es brujería.

Ahora bien, no me gusta nada, pero que nada, el nombre.

Centrémonos primero. Esto de Recursos Humanos viene a sustituir a lo anterior de Personal, que en algunos sitios lo llamaron en el entretanto Relaciones Laborales o Relaciones Industriales. En los primeros tiempos podían pertenecer a las áreas de asesoría jurídica o a la económica, según su mentor se dedicara más a la cosa sindical o a la de nóminas, que eran las únicas dos que empezaron dando sentido a estos departamentos.

Pues mire, me agrada mucho más cualquiera de aquellas expresiones que la de Recursos Humanos, aunque los eruditos en la materia digan que tienen menos contenido, que RH engloba funciones y actividades que sobrepasan los ámbitos de esas relaciones.

Para mí, el nombre de las cosas es muy importante (pero que mucho). Y si no, que me lo digan a mí, que me llamo Ceferino, etiqueta para toda la vida… o a Oscar Wilde, que la importancia se la dio a llamarse Ernesto. Póngale un buen nombre a un producto y siéntese a esperar. ¿Sabe lo que me costó vender el seguro de defunción porque a un preclaro hombre (o mujer) de la sede central se le ocurrió llamarlo Seguro de Deceso Voluntario? Sin comentarios…

Lo de Relaciones me suena bien, y que nadie se lleve a engaño, que no va por lo erótico la cosa. Relaciones significa poner en contacto dos o más partes, entablar conversación y escucha mutua, que suelen derivar en colaboración y acuerdos. El adjetivo me da igual, porque incluso en algunas empresas llegaron a colocarle el de Humanas, lo cual es absolutamente hermoso: un departamento llamado Relaciones Humanas, ¿se imagina que en su empresa se tuvieran en cuenta las “relaciones humanas”, ahora que nos hemos deshumanizado con la cosa de los objetivos, el rendimiento, los resultados, el beneficio, el retorno al accionista, la rentabilidad y la evolución en bolsa, se lo imagina?

Veamos algunos significados:

Personal. Una de sus acepciones es sinónimo de individual, quizá suena hasta íntimo, y si le quitamos la última letra queda persona, adonde quiero ir para dejar mi granito de arena (luego lo vemos).

Así pues, que yo digo que Recursos Humanos es mucho más rígido, duro, maleducado y despreciativo que incluso aquella otra desafortunada expresión de mano de obra.

Recurso. Según la RAE, éstas son las definiciones aplicables al tema:

 

Medio de cualquier clase que, en caso de necesidad, sirve para conseguir lo que se pretende. // Bienes, medios de subsistencia. // Conjunto de elementos disponibles para resolver una necesidad o llevar a cabo una empresa: recursos naturales, hidráulicos, forestales, económicos, humanos.

 

Y ¿hablábamos de personas? Quizá hasta de seres humanos, ¿no? Por lo que ese adjetivo —humano— puede hacer pensar que así se humaniza el concepto. Todo lo contrario, óigame. ¿A quién estamos haciendo adivino? ¿A Huxley, con su Mundo Feliz repleto de alfas, betas o epsilones (que no deja de ser análogo a puestos jerárquicos)? ¿O a Nolan y Johnson, con “La fuga de Logan”, donde nos fagocitan a todos a los 21 años porque sobramos? Pero, ¿cómo podemos hablar de que algo (alguien) humano es un recurso? ¿No le parece que instrumentalizamos a las personas hasta el punto de compararlas con objetos o cosas meramente de usar y tirar, de programar y desechar?

Al director de recursos financieros lo llamamos director financiero; al de recursos técnicos, director técnico; al de recursos comerciales, director comercial, y al de recursos humanos, ¿por qué no lo llamamos director humano? Se lo contesto yo, no se preocupe. Es que así no incurrimos en un pleonasmo (entiéndase como la expresión en la cual hay dos o más palabras que tienen idéntico significado y que, por lo tanto, sólo una es necesaria), porque ser director y ser humano es lo mismo. No es un juego de palabras, no. Cada director, cada jefe, es además de su titulillo obligado, un responsable humano, de su gente.

Hace años me dijeron que yo era “un buen jefe”. Aquello me dio qué pensar… y pensé. Me estrujé mucho la mollera para poder deducir qué me decían con esas palabras. No encontraba ninguna solución al respecto, así que aprendí la primera lección importante para ser un buen jefe: les pregunté a ellos. Y yo pasando días de sufrimiento cuando la respuesta fue tan fácil como hacer una pregunta. Sirva esto como introducción de lo que entiendo por eso de Recursos Humanos.

Antes de seguir, diré que no tengo nada contra la función que esta gente se adjudica, al contrario, estoy totalmente de acuerdo con su quehacer y con el cariz que está tomando en los últimos tiempos; sólo que no me gusta el nombre.

Ah, y otra cosa no me gusta, tal como ya dejo entrever en el párrafo penúltimo: que las personas de mi equipo son responsabilidad mía y no de otro departamento, ni siquiera del de Recursos Humanos. Lo empecé a aprender con ocasión de algunos tropezones que me di hace más de veinte años y, a puro de caer, supongo que aprendí lo suficiente para que aquellos chicos de mi equipo dijeran lo de “buen jefe”.

Dicho esto, veamos qué creo yo que deben hacer los de Recursos Humanos para que sean más útiles, es decir, para que la empresa vaya mejor, es decir, para que tenga mejores resultados, es decir, para que cree más valor.

Me lo planteo con tres premisas:

-   Que mi gente es mía (no de mi propiedad, hablo de mi responsabilidad).

-   Que quiero aprender a tratarles mejor (no es filantropía).

-   Que admito ayuda (no a cualquier precio).

Soy un comercial, responsable de personas, que aprendió su oficio sin grandes enseñanzas, con el día a día de un quehacer más o menos rutinario, pero constante y esforzado. Nadie me enseñó a ser jefe y los cursos que me han dado cada vez que hemos cambiado de dueño (ya hablaremos de la formación, ¡bendita desubicada!), más me han desorientado que ofrecido soluciones.

Lo primero de lo primero: quiero que me informen de qué derechos y de qué deberes tienen las personas de mi equipo como trabajadores que son. Esto lo dije en un curso que se titulaba “Gestión de Personas para Mandos Intermedios”, en medio de un tema que se llamaba Mentoring (así como suena, sí, ring, ring), y el profesor casi me manda a picar espliego con las uñas, eso sí, muy educadamente, como si eso no fuera con él. Claro, era un consultor, psicólogo y enemigo, como supimos por sus chistes de mal tono, de los abogados y de los economistas, siempre intrusos en sus temas.

Mire, amigo mío, yo no puedo gestionar bien a mi equipo si no me enseñan lo que se puede y no se puede hacer desde el punto de vista legal. Antes que nada, la relación de trabajo es una relación jurídica, basada en un contrato, y los abogados que lo llevan desde la Central son como los médicos, que se guardan toda la información para ellos porque así se hacen importantes. Este aprendizaje forma parte de los cimientos, es la base que va a sostener todo el edificio a construir, ¿de acuerdo? Infórmenme, señores de Recursos Humanos, sobre los Convenios Colectivos, sobre sus interpretaciones, sobre sus modificaciones, sobre la legislación que los sustenta, y sobre algo de filosofía de Derecho del Trabajo, hombre, que así todos podremos hacer interpretaciones de sentido común antes de enrarecer ambientes con decisiones erróneas por desconocimiento y no por negligencia o maldad. No quiero que Catalina (una comercial de mi equipo) tenga que preguntar en la Central los días que le corresponden por la enfermedad de su madre, ni que sean los de Recursos Humanos los que firmen la autorización. Quiero ser yo quien lo haga, como responsable humano, es decir, de las personas de mi equipo y, más concretamente, de los resultados obtenidos por el esfuerzo de todos nosotros.  Quiero saber cuántos días de vacaciones les corresponden, si estoy obligado a darles la formación en horario laboral, si puedo sancionar por bajo rendimiento o si puedo flexibilizar la jornada.  Ocurren casos muy curiosos que me dejan como un pasmarote, porque los del Comité de Empresa saben mucho más que yo, o porque niego permisos que debería haber concedido y me caen broncas de la Central ante la protesta del presidente del Comité Intercentros.  Háblenme, por favor, de derechos y deberes laborales.

Más exigencias a Recursos Humanos. Antes fueron para los abogados, ahora para los economistas en doble sentido: costes globales e individuales.

Sobre los costes globales… déjenme planificar mi coste de Personal, porque si me dejan el de papelería, el de dietas, el de kilometraje, el de teléfono, gas y electricidad, incluso el de limpieza, ¿por qué no el de nóminas? No se debería permitir que un jefe desconozca lo que cuesta o no cuesta el pago en concepto de nóminas y seguros sociales, o en formación, o en coberturas sociales, del equipo del cual es absolutamente responsable para otras cosas, y que, al menos, sea informado de su configuración, y más adelante, incluso para opinar e influir en su composición, y ya mirando a largo plazo, hasta que me dejen configurar mi plantilla con posibilidad de contratar y descontratar (es que despedir me suena fuerte, perdón). 

Quiero saber cuánto cobra, con pelos y señales, mi gente… pero sobre todo, que me dejen manejar más cantidad para asignar más o menos sueldo.  Y aquí viene el segundo sentido, el que he llamado invididual: ¿me permitirían, señores mandamases, premiar a mi gente con emolumentos económicos individuales bajo mi criterio? ¿Quién mejor que yo conoce lo que cada uno de los miembros de mi equipo aporta al resultado global? ¿Quién mejor que quien está cerca de ellos? A ustedes, señores de Recursos Humanos, les pediría que me asesoren, que me aconsejen, que me acompañen, que me digan cuál es la política general de la empresa, pero no me hagan ese trabajo, permítanme decidir quiénes se merecen cobrar algo, mucho, o un poquito más que los otros compañeros, ya sea por los criterios que ustedes me den, que los discutiremos, pero también bajo mi opinión o llámenlo evaluación.  Y de verdad, les aseguro que lo que llegue a cada cuenta corriente de cada persona será mucho más ajustado a lo que merece, no sé si lo justo o correcto, pero sí mucho más de lo que es ahora.

Y llegamos a los psicólogos, que de todo tienen en este departamento tan amplio y acogedor. Llamo psicólogos a los que llevan la cosa que ellos se regodean llamando soft: selección, formación, desarrollo, liderazgo, habilidades, competencias. Uy con éstos, sí, los del mentoring aquél, pero también, los del coaching, training, learning, recruiting, reskilling, networking… ring, ring, ring… No entiendo nada. Y quieren que lo entienda todo y a la primera, y que lo aplique, que sea líder, coach, jefe, profesor, confesor y hasta exorcista con mis chavales. Pero es que, si bien los abogados no sueltan prenda, los economistas poca, los psicólogos, en cambio, se quieren quitar la paja de encima y nos tiran todos esos “ing” y similares para que los apliquemos de inmediato como herramienta de gestión de las personas.  Son gente experta… muy experta… en quitarse responsabilidades de encima, tirándote encima de la mesa unos ejercicios (así los denomino yo) bastante complicadillos, o complicados en grado máximo, o sea, 5, que es así como les gusta calificar lo “incalificable”.  Ni tan blanco ni tan negro, no me ocultes los conceptos, explícame más cosas, más objetivos y más conclusiones, más justificaciones para rellenar las casillas, y no me lo tires encima de la mesa, tráemelo, ayúdame a entenderlo, explícalo con detalle, seguro que es muy bueno, pero me lo tengo que creer para aplicarlo con convicción, y ya, por último, mientras esté aprendiendo cómo aplicarlo bien,  acompáñame, por favor.

Resumamos en castizo:

que los abogados no nos dan bola,

que los economistas sólo nos la dan al principio y al final del año,

y que los psicólogos nos la quieren hacer comer de queso y a la fuerza.

Ay, Recursos Humanos, Recursos Humanos… y qué buenos chicos parecen, ¿verdad?, siempre tan atentos y serviciales hasta para decirte que no, que no, que no.  Me acuerdo de cuando te atendían en la Oficina de Personal, a través de una ventanilla, luego mostrador, ante lo cual hacías fila por cualquier motivo que necesitaras, ya fuera para reclamaciones de nómina o para renovar el batín guardapolvo.  Atentos de verdad como unos buenos dependientes de ferretería, pero que tenían la sartén por el mango y con una sonrisa especial te negaban lo normal, esa hora extra que tú tenías registrada, pero ellos no, sonriendo, mucha sonrisa, hasta que mentabas al Jurado de Empresa, enlace sindical… o luego ya, Comité de Empresa, y te miraban desde su altura como alguien que acababa de ser traicionado.  Otros tiempos, otros modelos…

Si es que los aprecio mucho, no es broma, porque quieren hacer bien su trabajo, son buenos profesionales, pero sólo les pido ahora una cosa, aquélla que aprendí cuando me dijeron que era un buen jefe: hay que preguntar. Venid, acercaos al negocio, tocad al cliente, pero al externo, al que nos da de comer, y preguntadnos a los de la vanguardia lo que el Estado Mayor debe realizar. Queremos ayuda para hacer bien las cosas, pero si me mandas una Evaluación del Desempeño desde aquella torre tan brillante que tenéis en la Central, y además queréis que la devolvamos en tiempo, en forma, con entrevista al efecto y con una repercusión salarial que ni siquiera vosotros sabéis aún, no pretendáis que seamos tan perfectos que vuestra curva de análisis dé una campana de distribución exacta para discriminar adecuadamente en la gestión del potencial.

 

  • Acércate, pregúntame y no traigas las respuestas preparadas, porque también quiero pensar y colaborar en aquello que después me afectará.
  • Escúchame y no te des la vuelta cuando hablo, porque sé lo que me digo.  Los años de experiencia sirven, sirven en grado máximo, muy máximo
  • Diséñame los sistemas y otras zarandajas para mí, no para ti.  Date cuenta que serán mis dedos y mis ojos quienes manejarán las pantallitas… y no tengo tanto tiempo.
  • Infórmame, fórmame en mi lenguaje, sin conceptos etéreos ni extranjerismos, que a veces parecéis de otro lugar.  Hazme el lenguaje llano y adecuado para un mortal cualquiera, no quieras destacar por saber tanto inglés..
  • Pídeme opinión sobre la repercusión de lo que has diseñado.  No te vayas así como así, prometiendo volver y ahí me las den.  Vuelve, y pídeme opinión sobre cómo van las cosas, que te atenderé la mar de bien porque también me interesa lo que traes entre manos.
  • Y corrige, corrige, corrige… según te diga quien lo aplica (o sea gente de tu empresa que usa de verdad el sistema) y no tu colega de enfrente, que sabrá mucho de grandes teorías de Recursos Humanos, como tú, pero trabaja con gente diferente.

 

¿Hemos hablado de Recursos Humanos? ¿Del departamento o de la función? ¿De los jefes o de los miembros del equipo? Son preguntas retóricas, sólo para revisar lo anterior… No sé bien cómo calificar estas opiniones que pongo aquí. Pero si esto lo lee alguien en cuya tarjeta pone Recursos Humanos (o Human Resources, uf), por favor, que tome nota para que no caigan mis rogativas al vacío. Soy el primer interesado en que mi gente esté bien gestionada, por varias razones, pero sólo hay una principal, y es de corazón, no de mente ni de bolsillo: porque son personas (y aquí enlazo con aquello del departamento de Personal sin la ele), son seres humanos, no recursos humanos, que quieren sentirse útiles (y qué más quiero yo, por Dios).   No parece tan difícil, ni necesitamos tanta complejidad, hagámosles mejores personas, y serán mejores profesionales… pero me parece que esto no es de este capítulo… que ya la contaré luego, así…

Que me escuchen, oiga, pregunten, pregunten, y todo, todo irá mucho mejor.

Ceferino, palabras de introito

Se han dirigido a mí varios personajes importantes para que deje constancia por escrito de mis opiniones sobre algunos aspectos de mi andadura profesional. Gracias, señores, es un halago que, después de tantos años de trabajo, alguien valore de esta manera los esfuerzos invertidos y los aprendizajes obtenidos para llegar a ser quien soy, ni más ni menos primordial que cualquier otro trabajador que ronde mi edad.  En algún sitio leí que la experiencia es la madre de la ciencia, pero que también la experiencia no se compone de las cosas que se han vivido, sino de las cosas que se han reflexionado.  Y no hay mejor aprendizaje que reflexionar sobre la experiencia, ya sea propia o ajena.

Señor/a lector/a, voy a hacer todo lo posible para que estas páginas que han llegado a sus manos se conviertan en enseñanzas que lleven al aprendizaje. Ya sabe, la enseñanza es de una dirección, mientras que el aprendizaje viene de la contraria. No hay enseñanza sin alumno, pero sí aprendizaje sin maestro. Es una de las cosas que me ha hecho ver mi vida profesional y que me ha salido poner aquí, al principio del texto. Y quiero decir que como usted me está leyendo, hay enseñanza, y si nadie me leyera, nada tendría de enseñanza, por supuesto. Habrá aprendizaje si algo de lo que digo no le suena a sandez y es capaz de estimular su cerebro para entender mejor o para aplicar mejor algún precepto o regla, ya sea de sentido común o de sentido profesional, que ambos adjetivos no son necesariamente intercambiables.

Me llamo Ceferino Cifuentes Rodrigo y tengo sesenta y un años, esa edad tan mal observada últimamente por personas dedicadas a la empresa, y más, si ocupan un cuadradito del organigrama, porque soy jefe comercial de una empresa de seguros en el Área Sur de España y Portugal, que ahora es multinacional después de pasar con grandes vicisitudes varios procesos de absorción y fusión.  A los mayores nos miran mal hasta los propios mayores, sí, aquéllos que deben hacer las grandes reestructuraciones a consecuencia de sesudos planes de reingeniería.  ¿Pero no quedamos en que “re” es una nota musical?

Sí, soy un mando en una empresa que no sé si llamarla grande, mediana o elástica, porque de unos años a esta parte hemos pasado por tres dueños distintos y en realidad no he conocido a ninguno en profundidad como para decir si hemos sido cabeza de ratón, cola de león o entraña de rinoceronte. Hemos superado vicisitudes varias que más eran producto de nuestra propia superstición que de la realidad cotidiana porque la cosa es que mi trabajo tampoco ha cambiado mucho, pero los sustos… Qué sustos nos venían cada vez que anunciaban una nueva movida. En fin, que ahora ya está uno acostumbrado y se convence de que en la vanguardia (en mi vanguardia) todo continúa igual, que sólo cambian los del Estado Mayor.

Sigo aquí, siendo un frente operativo del negocio y me siento algo raro cada vez que tengo que poner un nuevo logo en la fachada de mi oficina, que me obliga a pedir que los limpiadores se esmeren en liberar las marcas de polvo que ha dejado el anterior, no sea que los nuevos vengan a visitarnos y se lleven un cabreo mayúsculo creyendo que no hemos asumido su compra con lealtal.  ¡Como si la lealtad se midiera por la densidad del polvo marcado en la pared por el logo anterior!

En fin, le diré que regento una sucursal comercial de la compañía en una zona de tamaño medio y, aunque me agrada mi trabajo, apreciaría un buen acuerdo para jubilarme mirando a cualquier isla del Caribe.

Le contaré algunos de mis antecedentes personales para que pueda usted encuadrarme con lo que le voy a decir, pues estoy seguro de que si no viniera de donde vengo, ni hubiera pasado por donde he pasado, las siguientes letras iban a ser otras, y quizá hasta muy distintas.

Soy hijo de un matrimonio que emigró a Zaragoza en 1960, cuando yo tenía 15 años. Acababa de terminar el Bachiller Elemental en el pueblo más grande de la comarca, Utrillas, cabecera de una zona minera, gracias a que mi padre hacía muchas horas extraordinarias en las minas de Escucha.  Él quiso salir del polvo que iba ocupando sus pulmones y nos quiso dar una vida mejor, según el cánon de aquella época: vivir en una ciudad trabajando muchas horas de lunes a sábado, para poder ir a comer un bocadillo el domingo en el Parque aún llamado Primo de Rivera.

En Zaragoza viví en una zona noble, codeándome con “señoritos”, porque mi madre regentó una portería en la calle Alfonso I, la que termina justo enfrente de la catedral del Pilar, mientras mi padre trabajaba en el negocio del taxi.  Gracias a que mi madre sabía coser bien (me hacía unos trajes impecables) y a que mi padre iba trayendo buen dinero en efectivo con su Seat 1400 tan negro, ese círculo de la calle importante me aceptaba como alguien a quien no humillar.

Ingresé de botones en un banco, recomendado por uno de aquellos “señoritos” a los que cautivé con mis atrevimientos y salvajadas que un niño de ciudad no haría, y menos vestido de forma impecable, sin un remiendo.  Mi agudeza me ayudó en mi carrera y llegué a oficial administrativo después de muchas horas de no levantar la cabeza del escritorio y trazar asientos contables con una pulcra letra redondilla. Habiendo cumplido los 30 años, justo cuando murió Franco, me propusieron cambiar a la filial de seguros, cubriendo una vacante de subjefe.

Allí vi mi oportunidad, y decidí aprovecharla porque intuía un gran cambio en mi vida al igual que en la sociedad que me estaba tocando vivir. Llegué a participar en política dentro de una organización política que terminó integrándose en el PSP de Tierno Galván.  Me sirvió para entender qué significaba un carácter reivindicativo y para saber que el miedo sólo paraliza a quien se deja vencer.  Corrí delante de los grises… y que no se entere mucha gente, por favor, que mi padre aún no lo sabe: dormí una noche en los calabozos de la comisaría del barrio de San José. 

Dejé esta actividad porque me propusieron en 1978, casi al amparo del referéndum de la Constitución, (con 33 años de edad, la de Cristo, ese signo de madurez), una plaza de jefe de equipo en una ciudad del sur (no quiero localizarla porque no viene al caso y que me perdonen quienes esperaban esta revelación, pero es que prefiero que en este libro destaque mi Zaragocica antes que cualquier otra ciudad), que acepté. También por aceptar este cargo abandoné mis estudios de Perito Mercantil, que había comenzado unos meses antes, lo que me fue penando durante varios años, y aún me pena, aunque menos, porque ya he tocado mi techo profesional y no se ha quedado tan bajito.

En realidad, poco ha cambiado mi vida superficial desde aquel traslado, porque sigo en el mismo edificio, en la misma calle, en la misma ciudad… y casi en el mismo puesto… digo casi, porque he ido creciendo en categoría y sueldo en la medida en que pudimos hacer crecer la facturación de la oficina y no me abrieron en las cercanías otra agencia que se me llevara la clientela. He dicho vida superficial, sí, porque la profunda he querido que cambiara, y ha cambiado, y creo que mucha de ella va a ir quedando reflejada en estas páginas. Espero no rasgarme la piel en el empeño de escribirla, porque sé que alguna historia de las que cuente me va a dejar un rasguño por aquí adentro, no por su contenido en sí, sino por las emociones que remueva.

Al mirarme en el espejo, veo ya a un hombre maduro y canoso, con poco pelo, repeinado hacia atrás con gomina para evitar que se me crespen cuatro pelillos rabiosos allá por un remolino en el cogote. Tengo unas cejas muy pobladas que aún mantienen un color oscuro, casi como su primigenio color castaño, que no cuadra con mi cabello blanco, y le da a mi rostro un aspecto más duro del que realmente tengo. Llevo unas gafas algo anticuadas, con montura de pasta negra en la parte superior y aro dorado para sujetar el cristal (me gustan, qué narices, ¿por qué las tengo que cambiar), que casi ocultan del todo mis ojos azules, tan alabados por ciertas damas de las que ya no hablaré más. También tengo otras gafas para corregir la presbicia que presentan un diseño más moderno, con montura al aire, y que uso sobre todo cuando me pongo delante del ordenador para “liberar” las nuevas pólizas y otras zarandajas que ahora piden con firma electrónica, nada de papel. Reconozco la generosidad de mi nariz, con una punta redondeada que semeja el postizo de un “clown” tipo Charlie Rivel. Tuve mandíbula fuerte en mi juventud, pero hoy la papada me ha dulcificado el perfil. Gusto de llevar las patillas más bien largas y frondosas, a la moda de los años de mi época adolescente. Así, en conjunto, me dicen que tengo un aire a Woody Allen, o quizá a Stan Laurel, sobre todo por su expresión de despistado perpetuo.

Me habría gustado crecer más porque fui admirador de Emiliano y Buscató, pero me quedé raspando el 1,60. Es decir, ni para jugar de base. He cultivado una buena barriga que nunca tuve antes de los 50, puntiaguda, de las que no se adivinan mirándome desde atrás, pero que no me preocupo en disimular. Cuando no llevo corbata (casi siempre me la pongo, incluso en fin de semana para ir a la iglesia), me abro tres botones de la camisa porque me gusta mostrar sin empaque mi buena pelambrera en el escote, que no tengo nada contra nadie, pero soy de los de pelo en pecho. Ejerzo de soltero por vocación.

No cuento mucho de mis andanzas (“que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”), porque soy un hombre discreto, ni siquiera mis compañeros de trabajo podrían dar fe de mis anécdotas extralaborales. Lo que sí confirmo es que no he adquirido el deje andaluz, que no, que no quiero, sino que más bien cada día aumento mi acento aragonés (y a mucha honra), y además, soy socarrón antes que gracioso natural.

Lo dicho, amigo/a lector/a, espero que pueda aprender riendo, que se divierta, porque voy a poner todo lo que de verdad pienso sobre los temas que me han propuesto los editores, señores que parecen honestos y no van a recortar o retocar nada más que lo necesario para hacerle asequible a usted este librito (seguro que yo me enreveso mucho).

 

Nota del Editor:

Una vez leído lo escrito más arriba, nos dijo Ceferino que contáramos algunas cosas que no se atrevía a exponer por pudor y vergüenza, así que, haciéndole caso, añadimos unas líneas a su preámbulo, con salpicones de nuestro charco:

Ceferino es un hombre curtido, veterano, hecho a sí mismo gracias a una inteligencia instintiva con profunda puesta a tierra que él reconoce y achaca a los años que vivió en el medio rural, entre los mineros, los agricultores y los pastores, unos de agujeros oscuros y otros de cielo abierto. Dice que tiene aún la filosofía parda de entonces. Transmite bondad y, sobre todo, honestidad, es de esos hombres que si te da la mano para sellar un pacto, no necesitas papeles firmados. Usa un lenguaje llano y directo, probablemente porque no conozca ni le importe conocer otro; además, desconfía de todo lo nuevo hasta que no se ha probado su efectividad. Comenta que su apóstol preferido es Santo Tomás. Se declara cristiano, que no del todo católico, aunque va a misa, y repite mucho la máxima de “haz el bien y no mires a quién”.  Es como si quisiera tener una moral, quizá basada en la religión que le enseñaron, pero sobre la que no se atreve a reflexionar para afianzar su propio criterio. 

En sus 28 años andaluces, aunque repite machaconamente que sigue igual, ha pasado de un quehacer monótono y rutinario gestionando pólizas administrativamente a ser el jefe comercial de zona que mejores resultados obtiene, especialmente en la retención de clientes (a pesar de las crisis sobrevenidas cada vez que sonaba una fusión) y en el aumento de negocio individual por fidelización. Sus empleados lo respetan y admiran, él los sigue llamando de usted aunque tengan veintipocos años, y todos destacan que siguen su modelo de gestión, con pocas palabras vanas y muchos actos de verdad.  Si le nombras la palabra ´líder’ se le erizan los pelos y te mira en silencio frunciendo el ceño.

Habitualmente, podríamos verlo en su despacho acristalado con las mangas de la camisa remangadas en pliegues casi hasta el codo, con el primer botón de la camisa desabrochado de tal manera que le salen algunos recios pelitos por encima de la corbata desencajada… y si es ya última hora del día, los cabellos rebeldes de su cogote han vencido a la gomina y sobresalen como unos finos talles enhiestos sobre la coronilla… la mesa llena de papeles… y con el cigarrillo en los labios, que a esas horas ya no aguanta la Ley Antitabaco y se enciende uno tras otro para compensar la abstinencia de toda la jornada laboral. Ah, pero no le ven fumar sus empleados.

Dice que no le importaría que le jubilaran para volver a su Zaragoza, que visita al menos cuatro veces al año, pero cuando lo ves en su puesto de trabajo transmite la misma ilusión que cualquier jefe recién nombrado. No quiere ni oír hablar de un traslado, aunque supusiera ascenso y gratificación, que estima mucho a sus chavales de ahora, que al fin ha conseguido un equipo a su gusto y que ellos aún lo necesitan. Cuando habla de la gente de su equipo se le pone tono y cara de padre.

Libro XI - ¡Qué cosas tienes, Ceferino! - Prólogo de Raúl Píriz

Libro XI - ¡Qué cosas tienes, Ceferino! - Prólogo de Raúl Píriz

 Actualmente, cuesta hacerse una idea de la rapidez con la que las teorías del management han invadido nuestro modo de entender el liderazgo y de cómo su aplicación ha dado paso a la reinvención de las relaciones humanas en nuestras organizaciones y empresas. Su éxito ha radicado, principalmente, en la orientación que nos han facilitado para mejorar nuestras habilidades directivas y para destacar en un mercado profesional cada vez más capacitado y especializado. Por ello, quien desacredite su influencia en nuestro desempeño profesional, está cometiendo un acto injusto, sobre todo porque el management nos ha permitido transformar los tradicionales esquemas de liderazgo para adaptarnos a los avances sociales y económicos de un mundo cada vez más global y mediatizado, que demanda un estilo de dirección en las empresas flexible, dinámico y alejado de las jerarquías cerradas.

Sin embargo, el éxito original de este tipo de literatura que, sin duda, revolucionó el mercado editorial, también creó de forma paralela una línea literaria cargada de tinta esnobista, técnica, alejada de la realidad y apta sólo para quienes tienen la certeza de que la práctica y el error no existen dentro del camino profesional.

En este contexto, podemos encontrar obras que tras su lectura nos permiten mejorar nuestras habilidades directivas desde el conocimiento y la experiencia de sus autores, y textos basados principalmente en teorías y en casos de éxito siguiendo un estilo más cercano a la cultura empresarial angloamericana que a la española.

Así, con el paso de los años, la novedad del management ha disminuido a su vez que la oferta de libros se ha multiplicado. Una situación que ha llevado a muchos directivos a adoptar actitud incrédula y desconfiada sobre aquellas obras que garantizan el éxito directivo a través de 10 pasos básicos. Una actitud peligrosa y hasta nefasta para nuestra cultura literaria y para nuestro desarrollo directivo, ávido de conocimiento y carente de recursos por la falta de material de calidad. Quizá, una actitud que nos ha llevado a mostrarnos indiferentes con lo que ocurre a nuestro alrededor porque tenemos la sensación que todo lo que se dice se ha dicho, y que si no es así, seguro es el resultado de un refrito de teorías pasadas que resultan una alegoría a la sandez. Una actitud que confieso se ha apoderado de mí con el correr de los años y que me ha llevado a leer con recelo más de un texto de management.

Sin embargo, el libro que hoy se encuentra en sus manos, “Qué cosas tienes, Ceferino”, escrito por mi amigo José Antonio Prades, experto en desarrollo directivo, resulta una brisa de aire fresco que viene a refrescar la ilusión y a rescatar del desencanto a quienes piensan que todo está dicho y escrito sobre management empresarial.

En sus líneas existe vida y creatividad, principalmente porque nos acerca a las modernas teorías relacionadas con la motivación, la formación, el desarrollo y la evaluación de competencias, y retoma, desde una visión realista, aquellos valores y objetivos que los responsables de la gestión de personas jamás deben olvidar, y que tienen relación con la equidad, el trato justo y personalizado entre directivos y empleados.

En “Qué cosas tienes, Ceferino”, el tradicional protagonismo de los gurús, que tiene por objeto facilitarnos claves infalibles para dirigir a un equipo y para liderar un proyecto, se traslada a un personaje de ficción, Ceferino, un tradicional jefe del departamento comercial de una pequeña empresa que acaba convirtiéndose en el Director de RRHH, quien, junto a Meritorio, un recién licenciado en psicología y becario de la empresa, nos describe minuciosamente los cambios de gestión que surgen en el corazón de una organización.

Sin pretensiones de resultar interesante, sino con la esperanza de demostrar que el trabajo diario, el trato directo con las personas y la coherencia a la hora de ejercer el liderazgo son las claves del mejor modelo de dirección de RRHH, Ceferino recorre con su experiencia los valores que, condimentados con las habilidades de gestión que nos propone el management, se puede sacar lo mejor de las personas y el mejor desempeño a nivel profesional, individual y de grupo.

Ceferino nos habla desde su experiencia adquirida con el tiempo y no desde los manuales relacionados con el liderazgo; nos cuenta con un agudo sentido del humor y sarcasmo qué significa gestionar un grupo de profesionales, luego de haber transitado por diferentes puestos directivos y tras haber aprendido a dirigirles siguiendo el ejemplo, positivo y negativo, de quienes fueron sus jefes directos. Un personaje que nos invita a reflexionar, a través de una agudeza impecable, sobre los tradicionales pecados que los profesionales y directores de RRHH solemos cometer cuando prestamos atención a las teorías y descuidamos aspectos básicos de la gestión de personas: la formación, la escucha activa, la motivación, la comunicación entre la dirección de RRHH y el resto de departamentos y mandos intermedios, la evaluación del desempeño, la gestión del talento, etc. Un objetivo que su autor, José Antonio Prades, consigue con un admirable talento y no con menos dosis de talante, sobre todo porque este libro viene a consolidar su trayectoria literaria, la cual ha sabido desarrollar con indiscutible maestría de forma paralela a su prestigiosa carrera directiva; un camino que ha recorrido desde una posición independiente y con un sentido crítico único sobre la función de los directores de RRHH, para así aportar, a través de su pluma, las claves de gestión que sólo buscan el desarrollo de nuestra función.

Por ello, para el Grupo RHM de Comunicación y para mí como prologuista, ha resultado todo un privilegio contar con José Antonio Prades para editar el primer libro de nuestra nueva línea editorial, RHM Ediciones, que tiene por objetivo facilitar un espacio a todos aquellos autores que, de forma independiente y desde una base experiencial, desean contribuir al crecimiento de los Recursos Humanos en nuestro país. Un proyecto que personalmente me llena de orgullo y que viene a consolidar el trabajo que viene realizando el Grupo RHM a través de sus distintos medios de comunicación especializados en RRHH: www.rrhhmagazine.com, la revista AprendeRH, www.aprenderh.com, y el semanario ForoRH, www.fororh.com.

De igual modo, para la materialización de este libro ha resultado imprescindible la colaboración Jorge Crespo, excelente amigo y singular caricaturista, quien ha sabido descubrirnos los corazones de Ceferino y de Meritorio, otorgándoles una personalidad única e inconfundible a través de sus trazos, y que nos ha ayudado a editar un libro único, diferente y con un gran sentido del humor; sin lugar a dudas un sello de calidad alejado de los tradicionales formatos de la literatura directiva.  Por último, resulta obligado reseñar y destacar todo el trabajo del equipo humano del Grupo RHM de Comunicación, que hacen posible a diario continuar aportando contenido de valor y de calidad a todos los profesionales y directores de RRHH.

Les invito a partir de ahora a entretenerse y a descubrir quiénes son Ceferino y Meritorio, que seguro sabrán ganarse con humor, creatividad y sentido crítico un espacio en el corazón de todos los lectores y en el panorama literario de habla hispana dirigido a la Alta Dirección.

Reciban un cordial saludo.

 

Raúl Píriz

Director General

Grupo RHM de Comunicación

Libro XI - ¡Qué cosas tienes, Ceferino! (entrevista)

Libro XI - ¡Qué cosas tienes, Ceferino! (entrevista)

(entrevista realizada por Paulina Riquelme para RRHHMagazine)

“Escribir sobre el liderazgo es una tarea difícil que requiere experiencia, visión, generosidad y sobre todo sentido común, y por estas razones son pocos los profesionales españoles que han decidido iniciar un camino literario para compartir sus conocimientos utilizando sólo la tinta y el papel.

Escribir un libro sobre management es un desafío que hay que asumir con ilusión y con profesionalidad para no caer en los tópicos ni en la demagogia; desafío que ha sabido afrontar con maestría y humildad, José Antonio Prades, autor del libro titulado ¡Qué cosas tienes, Ceferino! Breve manual de Filosofía Parda en RRHH, el primer libro de la colección “Más allá de los Recursos Humanos” editado por RHM Ediciones.

A través de esta entrevista, comparte con nosotros su visión sobre el liderazgo y la función de RRHH y nos cuenta cómo un artículo para la revista AprendeRH terminó siendo el inicio de la vida de Ceferino, un personaje de ficción que le da vida a su obra homónima que, a través de sus experiencias profesionales, acerca a las personas a la función de RRHH e invita a los profesionales ligados a ella a reflexionar sobre los ’pecados’ más habituales cometidos en su gestión.

Con un lenguaje sencillo, sin tecnicismos, ¡Qué cosas tienes, Ceferino! Breve manual de Filosofía Parda en RRHH es un libro que viene a reencantar a quienes piensan que se ha escrito todo sobre management, porque es un libro vivo, alegre, práctico y muy humano, alejado de teorías y tecnicismos.

 


1. ¿En que se diferencia el libro ¡Qué cosas tienes, Ceferino! de otros libros de management empresarial?

 

Es un libro de carne y hueso. Me explicaré. Podemos generalizar diciendo que la literatura del management se encarrila en dos vertientes: una puramente técnica, donde el autor expone teorías, conceptos y visiones de nuevos enfoques o tratamientos; otra que tiende a la fábula, a la analogía, incluso a la alegoría, para invitar a la reflexión desde lo más sencillo. Bajo mi punto de pista, en los dos casos se adolece de la exposición del “pateo del terreno”.

En “¡Qué cosas tienes, Ceferino!”, he querido intercalar un nuevo estilo entre los dos citados. Un nuevo estilo que sería el equivalente a la literatura realista, casi naturalista, diría yo, de “carne y hueso”, como he dicho antes.

He intentado elaborar una visión a través de un protagonista autodidacta, que ha llegado a ser directivo gracias a su crecimiento experiencial, y que es lo que vuelca a las páginas de la obra, con un deseo implícito de que sus vivencias puedan servir para aprender desde otro punto de vista. ¡Ah!, he querido darle un toque de humor, de socarronería, porque sonreír alarga la vida… así que quien lea el libro puede tener asegurado un tiempo más entre nosotros.

 

2. ¿Cómo nace su interés por escribir esta obra dirigida a los profesionales dedicados a la función de RRHH e interesados en el management empresarial?

 

No puedo decir que hubiera una planificación, ni incluso una intención concreta para escribir esta obra. Surgió casi de la nada cuando me pedisteis colaboración para un número de AprendeRH que iba a hablar del e—learning. Sí, el primer capítulo que escribí fue Ceferino y el e—learning. Recibí buenas críticas y ánimos para seguir escribiendo sobre el personaje, por lo que ahí se unieron mis deseos de aportar un granito de arena a este mundillo con mi afición literaria, y poco a poco fue naciendo la historia de Ceferino. Pronto se unió Jorge Crespo al equipo y, junto a Raúl, crearon también a Meritorio, por lo que los dos personajes comenzaron su andadura para intentar dar frescura a las visiones de Recursos Humanos.

 

3. Podría contarnos cómo surge la figura de Ceferino, el protagonista de este libro.

 

Me puse delante de una página en blanco y decidí dejar volar los dedos… Enseguida me asaltó una imagen, la de un antiguo compañero de trabajo, con el que ni siquiera intercambié nunca ni una palabra, y me dije: éste es mi personaje.

No sé por qué este hombre andaba anclado por mi memoria. Elegí que fuera un jefe comercial porque es un rol muy adecuado para ser gestor de personas, y porque algo de experiencia personal he tenido en esa faceta. Lo demás… empatía… quise meterme en los zapatos de Ceferino y contar con su voz lo que le gustaría mostrarnos.

 

4. ¿Cuál es el objetivo de Ceferino al contarnos su experiencia profesional?

 

Enseñar desde la práctica, desde lo operativo, desde el terreno…  Las cabezas más pensantes de Recursos Humanos provienen de Consultoría o de Escuelas de Negocio. Pocos, quizá ninguno de los que ahora recuerdo, han tenido un contacto diariamente largo con lo operativo, con lo cotidiano… Son personas excepcionalmente dotadas para escuchar a los otros, para sintetizar y extraer el jugo que convierten en teoría… pero no la han vivido, no han sido actores de sus propuestas.

Ceferino sí. Ceferino es un sufridor, o disfrutador, del trabajo de diseño exquisito que los teóricos lanzan desde la “torre” y quiere tener derecho a opinar. No pretende invadir territorios de nadie, pero quiere ser oído y tenido en cuenta. Ya veremos ahora cómo le va, porque hace unos meses lo nombraron director de Recursos Humanos… y le toca ser fraile. Quizá nos lo cuente algún día.

 

5. Según su opinión: ¿cuáles son las principales virtudes y los mayores defectos de Ceferino?

 

Es una persona bregada, hecha a sí misma, que está donde está por méritos propios, por el trabajo bien hecho. Es más bien testarudo y descreído, le cuesta razonar en el cara a cara porque siempre está cuestionando lo que llega… aunque para él ha sido la única manera de crecer.

No le va mucho la conciliación familiar— profesional, pero es que no tiene familia, es soltero y siempre ha vivido para trabajar. Es adicto al trabajo, salvo para ir a misa.

Es un hombre religioso a la vieja usanza y que nadie le toque a su Virgen del Pilar, ahora bien, es respetuoso con todas las creencias, aunque no le gusta hablar de religión.

Refunfuña a menudo y se le escapan algunos gritos… pero como la ternura se le sale por los poros, todo el mundo le perdona de inmediato. Es muy fumador, y no creo que lo deje fácilmente. Fuma tabaco negro, Ducados, que es muy nacional, pero ha sabido aceptar la ley antitabaco y sólo la transgrede cuando no hay nadie a quien pueda molestar el humo. Eso sí, si todos los presentes fuman o dan su beneplácito, saca rápidamente el paquete y le daría igual estar en una plaza que en un templo… casi se come la nicotina.

¡Ah!, otra cosa y quizá la más importante para lo que nos ocupa: es un buen jefe.

 

6. ¿Qué opiniones sobre la gestión de personas comparte con Ceferino y cuáles no?

 

Difícil me lo ponéis… Debería estar bastante distanciado de Ceferino, quizá podría decir que sólo coincidiría en la mitad de sus apreciaciones, pero… Creo que tanto Ceferino como yo hemos ido cambiando de opinión a lo largo de las historias. Se ve más capítulo a capítulo, en cada tema.

Ceferino siempre es reacio a las cosas nuevas, protesta por sistema, como una herramienta de autodefensa, y en eso no me parezco nada a él. Pero poco a poco va entrando en materia, analiza, ve, siente… y aplica. Y por otro lado, ser empático con él me ha devuelto, ha desempolvado y me ha hecho revisar el mundo operativo, por lo que mi visión también se ha modificado. Tendría que revisar una a una todas las opiniones de Ceferino y reflexionar sobre qué pienso después sobre cada tema… y sería muy largo y bastante pretencioso. Quédate con un apunte: Ceferino no soy yo, pero estoy más cerca de Ceferino que antes de iniciar sus historias.

 

7. El libro: “¡Qué cosas tienes, Ceferino!”, nos recuerda la importancia que tiene el trato justo y el sentido común en el ejercicio diario del liderazgo. ¿Nos puede explicar cómo relacionar estos dos conceptos en la práctica diaria de nuestro trabajo como profesionales y directores de RRHH?

 

Cualquier persona que lidere un equipo debe basarse en estas dos premisas para llevar adelante su función. Está en juego su credibilidad y por lo tanto su labor responsable. Yo cambiaría el adjetivo justo por equitativo. En la empresa, me gusta hablar más de equidad que de igualdad, salvo para la igualdad de oportunidades. A partir de aquí, debe primar la equidad, es decir, tratar de acuerdo al mérito. El sentido común no tiene especial definición. Es axioma puro y nace como mezcla de muchas otras virtudes, que no competencias, como el respeto, la reflexión, la bondad, la coherencia, la compasión, el cuidado a la persona, la capacidad de dar. Y como profesionales de Recursos Humanos tenemos dos responsabilidades: una, liderar con el ejemplo, ser modelos dentro de nuestro propio departamento, algo que no es tan habitual, porque muchas veces “en casa del herrero, sartén de palo”; y dos, convencer y vencer los obstáculos a cualquier precio para que ese estilo impregne toda la organización.

 

8. Según su experiencia directiva, ¿cómo aprendemos a liderar?

 

Siempre en gerundio, siempre. Ahora bien, hay ayudas, e intentaré resumirlas, porque es un tema que daría para mucha conversación. Cualquier aprendizaje requiere capacidades, es decir, aunque sé que contradigo muchas teorías, para liderar hay que valer, no todo se aprende, no todas personas pueden ser líderes, y no todas quieren serlo. Una vez descubierta esa capacidad y esa voluntad, el diamante en bruto debe pulirse mediante la formación, la experiencia y el tutelaje.

Formación en habilidades de gestión, que darán el conocimiento y algo de práctica en su aplicación; la experiencia para vivir directamente las consecuencias del liderazgo y asumirlo en la justa medida para ejercerlo, pues no hay crecimiento sin esfuerzo, sin temor a lo desconocido, sin vértigo, sin sufrimiento. Y cada día se aprende, así que añadamos otro ingrediente imprescindible: la humildad que, unida a la capacidad de elección y observación de los modelos adecuados, nos da el mejor campo de aprendizaje.

 

9. ¿Cuáles son los principales “pecados” que los profesionales de RRHH cometen a la hora de dirigir a las personas?

 

Hay un pecado muy grave, gravísimo, casi diría que mortal; y es la incoherencia del mensaje con la actuación. Es necesario advertir que dentro de Recursos Humanos hay varios perfiles, y no precisamente complementarios, sino opuestos en bastantes casos.

Tienen poco que ver entre sí la gente de Relaciones Laborales, con la de Administración de Personal, y con la de Desarrollo… pero cuando se fija una política de Recursos Humanos, en la primera área que se debe cumplir es en la dirección de Recursos Humanos… Y no siempre es así.

Alguna vez he oído decir a un directivo de esta función: “Oye, que esto es para los otros, nosotros tenemos que seguir igual, nada de objetivos ni entrevistas ni motivación. Bastante tenemos con tragar lo que nos fabrican aquéllos de allí (los de Desarrollo)”. Si existe el infierno, o el purgatorio, esta persona debería pasar un buen rato por ellos. Las buenas prácticas en gestión de personas son obligatorias en la dirección de Recursos Humanos, por dar ejemplo, por coherencia, por sentido común… Y como este pecado es tan grave, ya no necesitaríamos más para una condenación.

 

10. ¿Cree que está todo dicho en management empresarial?

 

Nunca está todo dicho en nada, creo yo. El mundo está en permanente evolución, por lo tanto, siempre surgen novedades. Hay que expresarlas, y unas veces cuajarán y otras no. Ahora bien, existe una tendencia muy clara desde hace muchas décadas y que no cambia de orientación. Todas las teorías tienden al buen trato, al respeto, a la atención personalizada, a la flexibilidad… conjuntadas con la medida del rendimiento y la valoración de los méritos, del esfuerzo. No deja de ser una aplicación del Amor.  Sí, ponlo con mayúscula. El Amor se introduce en la práctica de las empresas. Se está añadiendo la emocionalidad a la racionalidad, los sentimientos a las razones, y se consiguen unas relaciones más humanas, más satisfactorias.

Generalmente, estas teorías, como son la orientación al cliente, el desarrollo de personas, la responsabilidad social corporativa, el liderazgo motivador, han sido diseñadas o divulgadas por hombres… pero si están obteniendo éxito es por la incorporación de la mujer al mundo laboral. Vosotras traéis la diferenciación que se necesitaba para cerrar el círculo de la creación de valor, no tanto como la generación del beneficio. Soy un optimista irredento, así que digo: en este caso, VAMOS BIEN.

Libro VIII - Pronto serás mía. Cómo se hizo

Libro VIII - Pronto serás mía. Cómo se hizo

Terminando la novela entonces titulada La muerte del abuelo, me surgió la urgencia de escribir la novela que sigue.  Por el hecho de que sea erótica quizá puedas concluir que era una urgencia fisiológica, pero el resultado fue literario, lo juro.  Transcurrían ya los últimos meses de mi ‘estadía” porteña y me hallaba con la inercia del esfuerzo continuado por terminar la otra novela, así que me puse a ello con enorme dedicación después de leer una noticia de aquellos días que contaba el enamoramiento de una profesora y su alumno de 15 años.   Es esta noticia la que me lleva a enmarcar la historia en un colegio, pero desvinculándola del enamoramiento para darle más fuerza erótica, que a veces raya en lo pornográfico.   Por cerrar dudas que me han planteado algunas veces, no hay ninguna inspiración ni relación con “Lolita” de Nabokov.  Supongo que se me puede tachar de poco original o reiterativo en el tema, profesor maduro con alumna adolescente, pero me arriesgué, al igual que con el mito de don Juan, buscando lo llamativo en otros aspectos.

Acababa de trabajar con varias voces narrativas en la novela anterior y me propuse continuar con esta técnica, lo que además me facilitaba la elaboración, porque cada impulso me permitía comenzar y cerrar cada pequeño capítulo de una sentada, algo muy recomendable cuando no tienes una dedicación completa al oficio de escribir.  Casi igual me había pasado con … el abuelo, pero en aquella ocasión la planificación había sido más exhaustiva.  Con Renato y Camila la historia surgió fluida, muy fluida, quizá por esa continuidad de esfuerzo comentada antes, a pesar de la gran cantidad de voces utilizada.

Me divirtió la construcción de esta novela jugando con el equívoco ante un hombre que da una imagen oscura y “boba” frente a la tentación de una menor de edad que es capaz de encenderle sus atributos.  Me gustó bucear por la mente de Renato para diseccionar instintos escondidos, tanto el sexual como el de acceso al poder.  La presenté al Premio de La Sonrisa Vertical en 1999.  Estuvo publicada durante bastante tiempo y con cierto éxito en www.yoescribo.com

 

... sobre mis escritos de la profesión (gestión de personas)

En el año 2000, resulté galardonado con el primer premio de la Asociación de Dirección de Personas (AEDIPE).  Era la primera vez que se convocaba y me presenté con un artículo novelado de título muy largo: “Ramón Huertas, director de Recursos Humanos o Una filosofía para la gestión de las personas”. 

En razón de ese premio, fui invitado al Congreso de la Asociación, que se celebró en el Palacio de Congresos de Barcelona, y la entrega del galardón se trasladó al encantador lugar rehabilitado de la estación de Francia.  Otro miembro del jurado, José Manuel Casado, contó cuánto se había reído al leer mi relato, en pleno mes de agosto, en sus vacaciones playeras, junto con otras decenas de ellos que le resultaron algo más empalagosos.  Me ruboricé bastante, no tanto por ese piropo, sino porque a mi lado se encontraba un profesor del IESE, Santiago Álvarez de Mon, a quien le habían concedido el segundo premio.

Cuando salí a recibir el galardón, me invitaron sin previo aviso a pronunciar unas palabras, y recuerdo que dije algo parecido a esto: “Hace unos años, cuando Trueba ganó su Óscar, dijo que no creía en Dios, sino en Willy Wilder; tiempo después, Almodóvar lo dedicó a unas cuantas decenas de Vírgenes españolas; ahora, más modestamente, seguiré la estela religiosa en las alocuciones de la entrega de premios y diré que la profesión de Recursos Humanos, glosada en mi artículo, es cuestión de fe. Sí, de fe, de creer en lo que no se ve, puesto que la mayoría de los resultados que pueden generar nuestras acciones, por mucho que se midan, por mucho que se lleven a los números, solamente podremos saber que son efectivas a través de la fe.  Si no creemos en ellas, mejor que nos dediquemos a otra cosa”.

 En aquel Congreso, formaba parte del comité organizador, Raúl Píriz, que fue mi anfitrión y quien me dio el cheque del premio.  Raúl creó lo que hoy ya es el Grupo RHM de Comunicación Directiva, con su web, entonces pionera y hoy vanguardista, www.rrhhmagazine.com, de la que surgieron unas spin off como la revista en papel AprendeRH o el semanario virtual ForoRH, además de blogs y redes sociales para Europa y América Latina.  Raúl confió en mí.  Desde aquel 2000 hasta hoy, no he dejado de colaborar en sus medios, publicando artículos, ensayos, entrevistas, relatos que, amablemente, ha incluido en esas páginas de sus publicaciones.  Mis abrazos también a Marta del Río (d.e.p.) y a Paulina  Riquelme que, con dedicación y paciencia, siempre han estado dispuestas a ayudarme con enorme cariño.

Es así como comencé mi Literatura de la profesión, de la que aquí va mi primer libro de relatos en esta materia, y que se titula “¡Qué cosas tienes, Ceferino!”.

La obroliosis, o mal de la obra

Un cuento con chispazo

 

 

Corría el año 1987 y hacía dos que teníamos nuevo dueño y nuevo Director General.  Una de sus decisiones fue la reforma total del edificio de la sede central, reforma que veinticuatro años más tarde aún perdura.  Las obras se realizaron desalojando parcialmente el edificio, y moviendo las ubicaciones del personal según se iban terminando las áreas a ocupar.  Esta es una crónico jocosa de tal evento.

La Universidad de Levèreg (Liechtenstein) va a sorprender a la opinión hispana con la próxima publicación de un estudio exhaustivo y profundamente documentado, fruto de la colaboración entre las unidades sociológica y epidemiológica de su Dirección de Medicina y Prevención.  El objeto de las investigaciones parte del descubrimiento de una nueva enfermedad: la obroliosis –más adelante detallaremos al respecto, y de sus síntomas y consecuencia.  Gracias a nuestros contactos de nuestra corresponsalía en Vaduz, capital del pequeño estado alpino, podemos ofrecer a los lectores un avance de su contenido.  Si afirmamos que va a sorprender a la opinión española, no pretendemos diferenciarla por estimarle algún grado de susceptibilidad o superstición, sino porque el párrafo referido a la localización de los primeros atisbos epidémicos indica que los brotes más acusados se han detectado a través del Macizo Central de los Pirineos, en el eje Jaca-Huesca, y se están prolongando hasta la capital de antiguo reino aragonés, dejando entrever que podría extenderse hacia el sur de la Península, si las autoridades competentes no arrancan el mal de raíz.

Con un lenguaje marcadamente teórico, las conclusiones demostradas explican los síntomas de esta enfermedad contemporánea.  Hemos conseguido la colaboración de un cuadro de médicos que cultivan la pedagogía informativa y, gracias a sus amables traducciones, estamos en condiciones de presentar comprensivamente los estudios referidos.

Definiremos la obroliosis, o mal de la obra –que nadie traduzca al latín-, como un conjunto de síntomas que se aprecian tras la acumulación, en un edificio o habitáculo más o menos reducido, de actividades encaminadas a un cambio de imagen física.  Este mal se produce en aquellos individuos que por motivos laborales no pueden sustraerse a sus consecuencias.  Nace como efecto de una trasmutación del estrés al uso de los actuales ejecutivos, que pretenden conseguir resultados en un corto espacio de tiempo.  El apresuramiento ocasiona desorganización, descoordinación y sinlicencia, que son caldo de cultivo para el virus de la obroliosis.  ¡Ay de los subordinados, porque el portador de la mente impulsora se inmuniza con vacuna de despacho!

Creemos necesario describir y divulgar los síntomas que presenta esta dolencia, debiendo constatar el carácter aproximativo del estudio, pues los casos aparecidos no parecen suficientes para dejar atadas todas las causas.  Hay que advertir especialmente a aquellos individuos que observen a su alrededor un movimiento inusual de operarios de la construcción, aunque con anterioridad ya se habrá podido apreciar a topógrafos o topolinos, arquitectos o arqueólogos, en disposición de medir, remedir, medrar o remedrar, con una alegría inusitada.  Generalmente, suele transcurrir algún tiempo hasta la segunda fase.  En ella se comienza a divisar en las estancias una acumulación extraña de objetos: quits de andamiajes, continentes de escombros… y personas desconocidas que estudian la ubicación de enseres, muebles e individuos.  A partir de ahí, se precisa actuar contra el mal de la obra, porque a continuación de estos síntomas visuales, aparecen los síntomas acústicos, que producen consecuencias molestas como irritación, desconcentración y otitis aguda.  En caso de permitir el desarrollo de esta tercera fase, la evolución de la obroliosis es irreversible.

Reunidos los emisores de esta información, decidimos elaborar un análisis empírico de la exposición y, una vez convencidos de que el mal se contagia a través de las mentes impulsoras mencionadas y no a través del contacto directo con los sufridores, nos dirigimos al lugar que el estudio nombraba como último foco descubierto de la obroliosis.  Tal como hemos apuntado, no tuvimos que desplazarnos gran distancia: en Zaragoza, en el centro, en la calle de San Miguel, bendito diablo que le ataca, en el número diez, donde se sitúa un edificio en chaflán con Isaac Peral, Premio de Arquitectura “Arquitecto Magdalena”, 1964, se apuntaba el desarrollo de esta enfermedad.

Una vez observado el estado del edificio, no fue difícil obtener la primera conclusión: estaban claramente reflejados todos los síntomas que el equipo de Levèreg informaba.   Algunos detalles introducirán al lector en el análisis: exceso de polvo depositado en todas las superficies horizontales, maderas apiladas en torno a muros desconchados, deambular de obreros con objetos propios de los gremios de la construcción, apiñamiento de sufridores en habitáculos restringidos, material de trabajo archivado en cajas de cartón propias de otro menester, exceso de contaminación acústica, golpeo de martillos, arrastre de mobiliario, gritos de capataz, protestas del colectivo sufridor…  La comunicación con este colectivo nos confirmó las premisas enunciadas con anterioridad, verbigracia: topógrafos o topolinos, arquitectos o arqueólogos, midiendo, remidiendo, medrando o remedrando, en una época no muy lejana.

Al comprobar las bases de la epidemia con una exactitud tan abrumadora, nuestro siguiente paso se dirigió a la observación y comprobación directa de las posibles consecuencias de la enfermedad.  Antes de enumerarlas, creemos necesario informar de las condiciones especiales en que se desarrolla la obroliosis en este edificio.  La estructura antigua y caduca va a ser sustituida por una distribución acorde con las circunstancias de una nueva empresa.  Dicha distribución se fundamenta en el aprovechamiento de espacios, creando balconadas panorámicas, escaleras transparentes y decoración agradable y económica.  Esto se consigue mediante el cubrimiento de un patio con una cúpula transparente, sin goteras y sin parasol, lo que facilita la eliminación de ventanas, antaño tan discretas, y la prolongación de las soleras sobre el anterior espacio abierto; en el interior, desaparecen las tabiques para animar la comunicación silenciosa y evitar el cabeceo matutino; se mejora la iluminación con pantallas difusoras y rejillas reflectantes, que dan un ambiente jocoso mediante sus destellos multicolores, y se cubren los suelos con moqueta desinfectada y antipolvo (¡ejem!) que impide el repiqueteo taconil de las señoras.  Ya sentadas estas bases y, sin dejar de observar que son parciales en tanto que esta filosofía se mantiene con diferentes modificaciones por otras estancias, estamos en condiciones de enumerar las consecuencias reales y probables de esta grave epidemia:

 

a)    Alto nivel de alergia

Se aprecia en el inicio de la segunda fase y queda reflejado por estornudos atípicos e irascibilidad del personal.

 

b)    Heridas inciso-contusas

El traslado de enseres laborales provoca pequeños accidentes en los miembros superiores e inferiores, como arañazos, cortes y quemaduras por frotamiento… sin olvidar el agotamiento físico en individuos poco habituados a estas tareas.

 

c)     Desarraigo

Las nuevas ubicaciones ocasionan nostalgias y abatimientos, aumentadas por el desconocimiento de cuánto durará el nuevo emplazamiento, cuál será la instalación definitiva y si mejorará su anterior situación.

 

d)    Congestiones pulmonares

El desarrollo simultáneo de los trabajos modificativos con la actividad laboral, en general sedentaria, provoca alteraciones de la temperatura idónea para dicha actividad, a causa de corrientes de aire a través de pasillos y grietas, incluso, adicionalmente, averías de los sistemas de acondicionamiento.

 

e)     Ansiedad

El avance imprevisible de las modificaciones incide en un desconocimiento del estado puntual de las instalaciones, por lo que los individuos presentan una actitud inestable ante la incertidumbre de su seguridad: ascensor instalado provisionalmente, peldaño sin ajuste, bandado tambaleante, pintura fresca, agujero sin señalizar.

 

 

f)     Claustrofobia

El achique de espacios útiles ocasiona un apiñamiento humano y material en las estancias disponibles, lo que conlleva situaciones de agobio e indiscreción, cultivo de la rumorología por conversaciones mal escuchadas sin deseo expreso y con motivaciones censurables.  Todas estas consecuencias desembocan en una sensación de impotencia, presión o abatimiento, según los casos particulares.

 

g)    Riesgo de embolias

El descenso de las señoras vestidas a la antigua usanza o a la moda postmoderna por los descritos peldaños transparentes provoca avidez o sonrojamiento.  En el primer caso, el estiramiento de las vértebras cervicales y, en el segundo, el agolpamiento instantáneo de sangre en el rostro, presentan el riesgo de crear coágulos que desembocarían en situaciones críticas.

 

h)    Pesimismo

Aquellos individuos que logran superar las consecuencias anteriormente expuestas se lanzan a una cuestión espeluznante, no exenta de implicaciones posteriores: ¿y todo esto tendrá fin algún día?

 

Con esta exposición no pretendemos ser agoreros, pero en cualquier caso creemos necesario informar de esta neófita epidemia a los lectores, para que en la observancia de los indicados síntomas irreversibles tomen la precaución de someterse a los cuidados de un psicoanalista, o médico de cabecera, para aplacar con garantía sus secuelas inevitables.

Sirva como esperanza la confirmación de que no se ha contabilizado por obroliosis ningún desenlace mortal.

 

 Incluido en la revista “Al corriente”, número 12/1987